30.9.14

En la tecla


Pasé a ver a Nancy. Una amiga muy puta, o una puta muy amiga, no sé cuál sería la manera más apropiada de decirlo.
Trabajaba, Nancy, de puta. Esa era su profesión. La había conocido de esa manera, ella ejerciendo su trabajo, yo buscando aliviar mis necesidades, calmar mis ingobernables apetitos.
Nos habíamos hecho amigos. Ella no me cobraba, yo le hacía regalos. Cada tanto íbamos a cenar, o al cine. A ella le gustaban las películas de acción, hablábamos de la vida.
La llamé, le dije que andaba cerca de donde atendía. Me dijo que pasara después de las siete.
Esperé en un bar, tomé una cerveza mirando a través del vidrio la ciudad hecha de indómita locura, después fui.
Seguía trabajando pero poco, ella, dos o tres tipos por día. Tenía una clientela que le era fiel, y había hecho algún dinero. Ya no tenía la obligación de trabajar de puta, pero era lo que sabía hacer. Tenía ahorros, auto, y una casita en la costa, su pequeña hija, Iris, iba a un colegio privado. No le había ido tan mal en la vida, eso decía.
Me quedé en calzoncillos, ella estaba con una bata, nos sentamos a ver un poco la televisión, en la cocina.
–Pará –dijo. Abrió un regio vino que le había traído un cliente. 
Era nuestro privado ritual. Un poco de cotidianeidad, no forzado, sin todo lo malo que la cotidianeidad suele traer aparejado. Conversábamos un poco, mirábamos cualquier cosa en la televisión. Después ella se arrodillaba y me la chupaba, o me llevaba de la mano a la cama.
–Mirá –me dijo–. Aprendí algo nuevo, jamás se me hubiera ocurrido.
–A ver –dije.
Entonces ella se metió el control remoto, del televisor, en la vagina.
–Decime qué canal querés ver –dijo. 
–¿Eh? 
–Qué canal. Vas a ver.
Dije el 58. Ella, sentada, hizo un movimiento, apenas, con la parte inferior del abdomen. Apareció el 58 en la pantalla.
–Fue casualidad –dije–. A ver, 39.
Se movió, como si se acomodara en la silla. La televisión cambió de canal. Al 39. 
–¡Es increíble! –Dije, porque era absolutamente increíble.
–Pará, mirá –se sacó el control remoto de la vagina, se metió su teléfono celular–. Decime tu número.
Se lo dije. Ella se movió un poco, cruzó una pierna. Mi teléfono comenzó a sonar.
–Nooo –dije–. Es genial, absolutamente genial. ¿Podés mandar mensajitos?
–Sí –dijo–. Lo que quieras. Puedo escribir cualquier cosa.
No le creí. Hicimos la prueba. Funcionaba a la perfección. Tuvo una falta de ortografía, pero era porque ella creía que la palabra se escribía así.
–Es genial, de verdad. No sé qué decirte.
Ella se sacó el teléfono de la vagina. Se puso de pie, vino hasta mí. Se me sentó encima.
–¿Vamos a la cama, o preferís que te la chupe un poquito? –Y mientras yo le acariciaba con las yemas de los pulgares esos magníficos pezones, siguió– Todos tenemos algún don, eso es lo fantástico de este mundo.

24.9.14

El arte de ayudar


A veces espero que se haga de noche. Tampoco tan tarde, después de cenar, a eso de las diez. Ponele que es invierno, ponele que hace frío. Voy a un Starbucks, y compro un par de capuchinos. Me los llevo.
Entonces camino unas cuadras, voy, busco algún mendigo. Alguien que esté hecho mierda, o como se dice ahora, ‘en situación de calle’. Alguien que esté durmiendo, justamente, en la calle, muerto de frío.
–Hola –le digo–. Buenas noches.
Me paro junto a él. Tomo mi café con leche, de a pequeños sorbos. Sale humito, el vaso es térmico pero igual quema un poco los dedos.
–Está caliente –digo–. Está rico.
Agarro el otro café con leche, quito la tapa del recipiente. Y vuelco, lentamente, muy lentamente, el contenido, el café con leche, sobre la vereda.
También se puede hacer, lo he hecho, con comida. Si detectaste un mendigo que está famélico, que te parece que está muerto de hambre, vas con un par de hamburguesas completas de Mc Donald’s. Te parás frente a él, y te ponés a comer. Con ahínco, con énfasis, masticás grandes bocados de tu hamburguesa doble con jamón, con queso, con tomate, con huevo. Después podés ponerte en cuclillas y darle un poco de la hamburguesa a un perro que pasa, o te bajás los pantalones y pishás, la otra hamburguesa, la pishás toda y la tirás a un tacho de basura.
El amor es una fuerza poderosa. Tanto se ha dicho al respecto desde tiempos remotos, de la biblia hasta Lennon. Pero a veces, yo sé lo que te digo, para salir del fondo, lo que necesitás es odiar. Lo que te va a mover es el odio.

18.9.14

Fue bueno mientras duró


–Dejame hablar –estoy sentado, al costado de la cama, desnudo. Termino el whisky de un trago. Me gusta tomar un whisky, desnudo, después de coger, sentado al costado de la cama, como si contemplara lo sucedido, mi obra. Me gusta tomar whisky vestido también, sentado en la cocina o en el comedor, o en un bar. Me gusta tomar whisky, básicamente–. No me interrumpas por tres o cinco minutos. Porque siento que te tengo que decir lo que me pasa. Y me cuesta, decir las cosas. Entre hablar y escribir, prefiero escribir. Y todavía más prefiero ni hablar ni escribir, prefiero coger o caminar, tomar café con leche o mirar por la ventana.
Ella se incorporó un poco, contra los almohadones. Dudó por un instante si encender un cigarrillo, pero no tenía demasiadas ganas de fumar, era más que nada para dejar de tocarse el cabello, tener las manos ocupadas.
–Me cuesta decir las cosas –apoyé el vaso en el piso–. Me han dicho que soy hermético, pero me parece importante decirte esto, dejame hacer el intento. Porque yo seré muchas cosas, egoísta, malhumorado, fóbico, pero no soy de mentir. Y menos a las personas que me interesan, a las personas que quiero. Mentir en un trabajo, mentir por dinero, eso no es mentir, eso es otra cosa. Por eso, a vos, no te quiero mentir.
Prendió el cigarrillo nomás, Miriam, pitó. Todo su cuerpo pareció relajarse mientras exhalaba. 
–No sé cómo empezar –me rasqué, con el revés de un pulgar, la panza–. Mirá, bueno. Estuve pensando y no sé, me parece que lo nuestro, la relación, se ha ido agotando. Es como si ya supiéramos lo que va a pasar, lo que vamos a hacer. Qué plato vas a elegir para cenar, qué botón hay que apretar, para coger. Y yo no sé como hace otra gente, pero a mí la rutina me mata, siento como si un hámster me fuera masticando, despacito, el alma. Repetir una y otra vez las cosas y esperar que el resultado sea diferente, locura diría Einstein. Me cuesta, me pone mal todo esto, porque empiezo a sentirlo, me conozco, una sensación de generalizada incomodidad, y aunque diga que no, aunque luche contra eso, no puedo. Se impone el fastidio, y entonces me parece que te lo tengo que decir, para que no sigas perdiendo el tiempo conmigo. Fue bueno mientras duró, debiéramos poder recordar las cosas buenas, despedirnos sin excesivo rencor. La relación está agotada, y no es culpa de nadie, a veces no es culpa de nadie. Las cosas se acaban, digamos que de muerte natural, la decadencia y caída de cualquier proceso. No tiene sentido hacernos daño, prolongar el sufrimiento, la agonía. Te lo tenía que decir, dejé todo en la relación, puse lo mejor de mí, hice mi mejor esfuerzo. A mí también me duele, claro que me duele. Pero igual, bueno, te lo dije. Ahora me siento mejor.
–Qué decís, Juan –Miriam apaga el cigarrillo en el cenicero que está sobre la mesita de luz, se sienta en la cama–. Si nos conocimos el viernes pasado, esta es la segunda vez que cogemos.

12.9.14

Viviending


Toda categorización es arbitraria, desde ya, el lenguaje es una limitada herramienta para comunicarnos, pero es lo que tenemos. Sería todavía más difícil si fuéramos ñandúes.
Están los que quieren, quieren algo, cualquier cosa, y no lo tienen. El deseo está ahí, brillante como un tomate, sin poder ser satisfecho. Es el grupo más numeroso de seres humanos, por razones obvias. Querer y no tener provoca un ejército de frustrados.
Después están lo que quieren, y tienen. Categoría atípica por cierto, lábil, inestable en su duración temporal. Los que tienen lo que quieren están llamados a descubrir que ahora que tienen, que tienen lo que querían, bueno, no es como ellos pensaban que era. Esa mujer, ese auto, ese puesto de trabajo que tanto anhelaste, ahora te asesina. El problema es tan angustiante como sofisticado, porque si tenés lo que querías tener, y descubrís que eso tampoco te satisface, bueno. La tristeza te puede tapar como un mar. Cómo hacer para seguir sin motivaciones, sin motivos.
También están los que tienen, tienen incluso aquello que no querían. Situación incómoda desde ya, cómo no sentirte mal. Te preguntás el por qué de las cosas, si la vida ha decidido ponerte a prueba. Es probable que no puedas disfrutar de lo que tenés, por el simple hecho que parece haber intervenido la pura casualidad, la suerte. Vas a querer escapar, de aquello que tenés y no quisiste tener, cambiar, ser otro, dedicarte a la espiritualidad o a la filantropía. Torcer tu destino.
Y están los que no quieren ni tienen. Seres bastante básicos por cierto, en un estado de curiosa animalidad, primitivos. Gente que se sube al colectivo, y si tarda cuarenta minutos el viaje está bien, si tarda cincuenta y cinco minutos, está bien también. Gente que va en verano a Mar del Plata y se acuesta bajo el sol junto a otro millón de personas y eso les parece normal. El mundial de fútbol es cada cuatro años, mientras tanto tenés la Copa Libertadores, la UEFA, la Champions. La Copa Virutita Gómez.
Ah, vos querés una moraleja, una semblanza. Bueno, no va a poder ser, yo no tengo moralejas, no soy La Fontaine, esto no es ‘la zorra y las uvas’. Después te venís grande, eso sí. Después te morís.

6.9.14

Pequeño, agridulce, delicado fruto


Estoy en un bar, un bar de barrio, antiguo, histórico podríamos decir, venido a menos. Un bar sin detalles que merezcan ser mencionados en este momento. Son casi las nueve de la mañana. Sobre la mesa hay un pocillo de café, y un vaso con agua. Eso es lo que he pedido, café, eso es lo que estoy tomando. Hay más gente, en el bar, algunas personas que miran por la ventana o desayunan o ambas cosas.
Entra una mujer, no mucho más de treinta años, prolijamente vestida. Elegante. Cabello a la altura de los hombros. Algo robusta, quizás excedida de peso, pero no gorda. No todavía.
Viene hasta mi mesa. Se sienta.
–¡Forro! –dice, su tono de voz es elevado, gesticula. Deja la cartera junto a sus pies, al costado de la silla– ¡Así que ahora te diste cuenta que no me querés más! ¿Y mientras tanto qué hacías, cogías con alguna otra pibita mientras yo hacía las compras? ¡Mientras yo te preparaba la cena! Sos un mal tipo, Juan. Y además sos un pelotudo. Sos muy pelotudo.
Se levanta, la mujer. Agarra su cartera. Se va.
Casi de inmediato, con menos de un minuto de diferencia, entra otra mujer. Es más joven, delgada, usa un gastado jean y remera. Tiene tan poco busto que no precisa usar corpiño. Lleva carpetas, apuntes, cuadernos. Se nota que viene o va de la facultad, esa es su actividad principal, a eso se dedica.
Viene a mi mesa. Se sienta.
–¡No puedo más! –dice, y se larga a llorar– ¡No te podés ir, Juan! ¡No te podés ir! –hace una pausa. Se suena la nariz con unas servilletas de papel y las aprieta, las hace un bollo–. Te quiero, Juan. No te vayas. La podemos remar, estas cosas pasan. Pensá en todo lo que vivimos juntos. Los momentos compartidos.
No respondo. No me muevo.
–Pensalo, Juan. Pensalo y me llamás –dice. Se va. Vuelve, se había olvidado sus cuadernos. Agarra sus cosas, y por un momento me acaricia el pelo, o el lugar donde debería estar el pelo, porque yo tengo poco pelo. Entonces sí, se va.
Pasa un minuto. Entra una tercera mujer. Viene hasta mí, se saca los lentes de sol. Se la ve solvente, conocedora de su belleza. Mundana, desenvuelta. Me acomoda un sonoro cachetazo. Cae una cucharita de metal (las cucharitas suelen ser de metal, salvo en las heladerías, donde son de plástico) al piso.
–Qué tipo de mierda que sos, Dios mío. No te quiero volver a ver en mi vida –amaga con tirar otro cachetazo, pero yo encojo el cuello, levanto un antebrazo, es un involuntario gesto de defensa. Siento cómo me late la mejilla.
–Mierda, sos la mierda pura–dice ella–. Para tu entierro van a tener que contratar extras que quieran llevar el cajón. El tiempo que me hiciste perder, basura.
Lanza un grito. No, no es un grito, es una especie de aullido. Se pone los lentes oscuros, se va.
Pasa un rato, un rato pequeño. Un ratito.
–Señor –me habla, un hombre, desde otra mesa cercana, me habla a mí–. disculpe, pero no entiendo. Conté tres mujeres, y hay cuatro o cinco más afuera, esperando para entrar. Disculpe otra vez, pero no entiendo qué pasa.
–Le comento –digo–, le explico. Sin dudas usted conoce gente, amigos, o gente del trabajo, quizás usted mismo. Gente, decía, que alguna vez fue a coger con una prostituta. Sin hacer juicio moral ni estético alguno, se trata, supongo, que el hombre va y paga por un servicio. Lo que más le gusta de la relación con una mujer, lo que desea. Lo que en verdad le interesa, podríamos decir. Bueno, lo que a mí me gusta son las despedidas.

30.8.14

Solo


Soy todo lo que no me salió. Estoy hecho de todo lo que no fui. Si te fijás bien, cada vez que no me quisieron abrazar, cada lento que no bailé. Me sostienen mis fracasos, la partida de ajedrez que no gané, el examen que reprobé, el libro que no escribí. Cada vez que te esperé en esa esquina, y no viniste. El delicioso encanto de lo no sucedido, los sueños rotos, todo lo que me hubiera gustado que pasara, y no pasó. Curiosa sustancia la mía, lo que me define, los materiales que componen el magma de mi atribulado ser.
No tengo nada para mostrar, no hay logros ni trofeos ni nada que justifique mi precario paso por la tierra. Pero también descubro que la ventana no es mucho más que ausencia de pared. Te invito a mirar a través de mí.

24.8.14

Natural


De acuerdo a la naturaleza de tu vicio, de acuerdo con la composición, la estructura molecular de tu vicio, es fácil comprender aquello que te atormenta.
Como todo el mundo sabe, como vos sabés, en la naturaleza la materia puede hallarse en tres estados: sólido, líquido, y gaseoso.
Si tu vicio es la comida, entonces, claro está, tu vicio es sólido. Eso trae aparejado, hay una línea directa, con tu modo de ver la vida, lo que te preocupa por ende, podríamos decir, lo que te define. Lo que sos. Si tu vicio es sólido, lo que precisás son certezas. Te gustaría entender el funcionamiento del universo en general, de aquello que lo compone en particular. Tenés contundentes puntos de vista, sobre todo. Creés que no hace falta ir de vacaciones a Río de Janeiro porque el agua está muy fría, si la arena es igual en San Bernardo. Estás seguro que no hay vida después de la muerte, y que no hace falta ponerle nafta súper al auto, creés que la Coca Cola es un invento de las multinacionales para tener esclavizados a los pueblos, y que el colesterol es un chamuyo de los médicos para poder cobrarte algún estudio. Sos, básicamente, un boludo con opiniones.
Si tu vicio es la bebida, entonces tu vicio es líquido. Eso implica que lo que te complica la vida es  no fluir. Te matan las aglomeraciones, los embotellamientos de tránsito, la gente que te empuja y ni siquiera dice ‘perdón’, o ‘disculpe’. Podrías quedarte mirando el mar un largo rato, sin problemas, y preferirías andar en bicicleta que jugar al fútbol. No te molesta conversar, pero elegirías mejor conversar en un bar que dentro de un departamento, porque mientras conversás en un bar, podés mirar por la ventana. Entendés que en la vida sos arrastrado, casi todo el tiempo, por fuerzas muy superiores a tu capacidad de comprensión y raciocinio, hay que tratar de llevarse lo mejor posible con todo aquello que desconocemos, con el misterio. Además, te cuesta recordar, cuando eras chico, qué era lo que tenías pensado, lo que te hubiera gustado ser, cuando fueras grande.
Si tu vicio es el cigarrillo, entonces, no hace falta ser ninguna luminaria para decirlo, tu vicio es gaseoso. No pudiste hallar nada que en verdad te apasione, aprendiste a moverte bien en el difuso territorio de lo indefinido. No te molesta estar casado, pero estabas cómodo cuando eras soltero. Nunca pensaste en coger con tipos, pero te podrías dejar tirar de la goma por un travesti sin mayores inconvenientes. Cuando te preguntaban si querías más a tu mamá o a tu papá vos sonreías, apenas, pero no contestabas. Tuviste un perro durante algún tiempo, y también, después, tuviste un gato. Te interesa lo sobrenatural, podrías pasarte horas mirando documentales sobre la India, o sobre China, en Discovery Channel. Te gusta viajar en avión, pero tenés miedo que se caiga (el avión, los aviones). Leés los horóscopos, creés en la suerte y en la energía. Podés estar triste los domingos, pero se te pasa. Quiero decir, mientras puedas seguir fumando, no te suicidarías.
También hay otros vicios. Está el sexo y las drogas, pero cuando uno los analiza en detalle, caen dentro de alguna de las tres categorías anteriores. Depende de cómo cogés, depende qué droga tomás.
Y están los que no tienen vicios. Sujetos munidos de una supina irrelevancia. Demasiado pelotudos para ser incluidos en el presente informe.

18.8.14

Canción de amor que te recuerda


Compuse una canción. Una canción de amor. Empezó como un poema, creo, pero sin causa, sin motivo aparente, se transformó en canción. Sentí cómo iba llegando la música.
Es una canción que habla de vos, claro. Una canción que te recuerda. Una canción que habla del tiempo que estuvimos juntos. Cosas cotidianas, que uno no ve, precisamente, mientras las vive, porque esa misma cotidianeidad hace creer que son situaciones normales y duraderas. Pero después, cuando todo termina, esas cosas son las que te faltan. Un domingo a la mañana, cualquiera, de invierno, esas cosas, te sorprenden como si un chancho pecarí te diera una patada en el centro del pecho. Y vos pensás que no vas a poder respirar con normalidad, nunca más, pensás que te va a doler para siempre.
Tenía que ir a una cena, me di un baño. Se me ocurrió cantar, mientras me bañaba, la canción. La canción de amor que te compuse, la canción de amor que habla de vos.
–¡Callate, forro! –escuché que gritaba algún vecino. El baño tiene una pequeña ventana que da al pulmón del edificio. 
–¡Era una puta, boludo! –gritaron de otro piso– ¡Le tocaba las bolitas a mi perro, lo trataba de pajear! ¡Era una recontraputa!
–¡Tenía halitosis! –ahora una voz de mujer, creo que del séptimo B– ¡Tenía vaginitis! –carcajadas, fuertes carcajadas que fueron interrumpidas por un acceso de tos. Luego, un contundente gargajo. 
Entonces recordé, el tiempo de nuestra relación donde te viniste a vivir aquí, conmigo. Los vecinos te veían en la calle, seguro, entrar y salir del edificio, o en el ascensor.
Quiero decir, de algún modo, también te conocían.

12.8.14

Seres de luz


Fue estudiado, hace como mil ochocientos años, por los indios. No, creo que está mal dicho, por los hindúes. Sí, claro, por los hindúes, de ahí salió el yoga, la meditación, de ahí salió todo lo que tiene valor, la verdadera sabiduría. ¿De dónde querés que salgan las cosas importantes, de la Universidad de Palermo?
Los tipos se dieron cuenta, mientras buscaban lo real, la trascendencia, la vida eterna, llamalo como quieras, como más te guste.
Se dieron cuenta que el ser humano derrama lo más importante, casi la totalidad de su energía, como si fuera la cosa más natural del mundo. El ser humano no se da cuenta y va perdiendo lo más sagrado. A través de los sentidos.
Calculá, más o menos, ponele que el 90% de la energía se te va a través de la vista. Sí, claro, vos no te das cuenta, ni lo pensás, pero estás mirando. Todo el tiempo. A través de los ojos, viendo, viendo todo, te vas quedando sin alma, embotado, aturdido. Te vas muriendo.
Si hicieras la prueba, si te fueras una semana a Pinamar, en invierno, y te pasaras esa semana con los ojos vendados. Cerrados y vendados, sin ver. Bueno, rejuvenecerías entre diez y quince años de un saque. Estamos enchastrados, embrutecidos de tanto ver, de todo lo que vemos. Lo único que tenés que hacer es dejar de ver, por una semana, y te transformarías en un semidios, tu vida cambiaría.
Después viene lo que escuchás, y si querés, al mismo tiempo más importante todavía, lo que hablás. Si hacés el ejercicio, el experimento, de dejar de hablar, por una semana, te cargarías como una pila Varta. Podrías trepar a los árboles como si fueras un chimpancé, la energía que desperdiciás al hablar te permitiría hacer proezas, elevarte, alcanzar alturas del conocimiento que son, hasta ahora, para vos, tan inconcebibles como desconocidas. Una semana sin hablar, es todo lo que necesitás para que cambie por completo el sentido de tu precario paso por la tierra.
Sí, también está la energía sexual, se ha escrito mucho al respecto. La energía sexual es la naturaleza en estado latente, puro, lo primario y primitivo, pulsión de vida. No es tan directo e inmediato como las anteriores, lo que se pierde al mirar, al hablar, pero si pudieras estar sin tener actividad sexual, ponele, por dos meses, y pasados esos dos meses te hicieras un chequeo, bueno, tu médico se quedaría sin palabras. Te diría que te dieron los resultados de los análisis clínicos de otra persona. De un adolescente, alguien recién salido a la vida.
Y si probaras estar sin ver, sin hablar, y sin coger, todo junto, bueno, no. Las cosas no suelen ser tan lineales, los fenómenos que te estaba explicando son mucho más complejos y van más allá de tu capacidad de comprensión, de raciocinio. A lo que vos te referís es a estar casado.

6.8.14

En el Ministerio


Ministerio. Interior de un antiguo edificio. Tarde, casi las siete de la tarde. Interminable y ancho y desierto pasillo. Piso de baldosas negras y blancas, rombos podría decirse, según cómo se las mire. Frente al ascensor, un hombre de más o menos treinta años. De traje, peinado hacia atrás con gel. El traje es azul oscuro, la corbata es azul, pero más clara. Camisa blanca, zapatos con suela de goma recién lustrados, o nuevos. Estamos en el quinto piso del ministerio. El hombre será el ‘Hombre 1’ (H1), espera el ascensor. Vuelve a tocar el botón. Duda por un instante si meter las manos en los bolsillos del pantalón.
Quien se acerca es un hombre de unos cincuenta años, semicalvo y bronceado. Usa un saco sport, camisa rosa pálido, pantalón pinzado. Usa unos lentes muy finos, sin marco. Será, en adelante, el ‘Hombre 2’ (H2). Se acerca al H1, tiene la intención de abordar el mismo ascensor. 
Como ha terminado el horario laboral, en el pasillo hay algo menos de luz. Una persona con uniforme de limpieza, a lo lejos, arrastra un gigantesco escobillón con ondulantes movimientos y pasmosa lentitud, como si estuviera obligando a dar pequeños pasos a un caprichoso animal.
H2: Hola.
H1: Hola, qué tal.
H2: El Subdirector se cruzó mal con el Director. Pero mal.
H1: ¿Por?
H2: El Subdirector le dijo al Director ‘a mí no me importa a qué Diputado le chupaste la pija. Yo estoy en planta hace treinta años, acá tus contactos no corren’.
H1: ¡Uh! Le fue directo a la yugular.
H2: Sí, pero el Director le dijo ‘vos te cogías a la de Presupuesto, si no no estarías acá. Eso lo sabe todo el mundo’.
H1: ¿La de Presupuesto? Para mí le daba a la vieja de Logística. Cuando todavía era cogestible, digo.
H2: Nooo, Logística no. Presupuesto y Logística tienen un pacto. Nadie se puede coger a nadie cruzado. Fue acordado hace mucho, esas cosas se respetan.
H1: ¿Y Planeamiento?
H2: Planeamiento solamente tiene contacto con Desarrollo, desde que los cambiaron de piso.
H1: Y desde que la Gerente de Informática corrió con un cuchillo al capo de Legales. Lo corría por el pasillo y le gritaba ‘¡Te pensás que nos podés trabar el expediente, hijo de puta!’.
H2: Acá la papa es lo que dicen los Regionales. Si los Regionales dicen que no se jode, te imaginás que de Proveedores hacen buena letra.
H1: Pero mirá que el Gerente de Proveedores se la juró al Jefe de Sistemas.
H2: Sí, pero después se reunieron los Directores, y pidieron hablar con el Jefe de la Oficina Nacional. El Jefe de la Oficina Nacional les dijo: ‘Pónganse de acuerdo porque si no los echo a los dos, y ustedes en la calle no vuelven a ganar estos sueldos en la puta vida. Manga de forros’.
H1: ¿Y?
H2: Se quedaron mudos. Se tuvieron que dar la mano. Hasta prometieron ir a almorzar juntos.
H1: No me los imagino almorzando. Salvo que vaya también el Director de Provincias. O si obligan a ir también a los Jefes de Área, para matizar un poco.
H2: Sí, los Jefes de Área por lo menos arman algún partido de fútbol cada tanto en las canchitas de Salguero. Para que los pibes se conozcan, interactúen. 
H1: Igual hay que ver qué pasa después de las elecciones. A los Subdirectores se les suele pedir la renuncia. Los Diputados que renuevan necesitan lugares donde meter a su gente.
H2: Che, ¿vos sos asesor de Ramírez, de Proyectos, no?
H1: No, yo estoy con Suárez, en Control de Gestión. Me efectivizaron hace poco. 
Se escucha el ruido del ascensor, como si aterrizara una oxidada y exánime nave espacial.
H2: Qué suerte, ahí vino.
H1: Me dijeron que para la noche está anunciado lluvia.

30.7.14

Yo interior


–Para mí se tiñe –dijo Hernán.
–¿Eh? –estaba distraído, Hernán me señalaba el televisor encendido. Se había sentado  en el sillón de tres cuerpos, frente al televisor, y jugaba a cazar el hielo que le había quedado en el vaso de whisky con los labios. Yo seguía sentado cerca de la mesa, todavía comiendo restos de la picada. Una aceituna rellena con morrón, daditos de queso. Un poco de pan untado con una pasta hecha de manteca y roquefort. Un puñado de castañas de cajú.
Ya se habían ido todos. Gabriela, la novia de Hernán, lavaba los platos en la cocina. Habían hecho una picada descomunal, como siete tipos de fiambres distintos. Y quesos, increíbles quesos que le conseguía un cliente que tenía una granja por General Madariaga. Panes caseros, panes artesanales, panes de todo grupo y factor.
Habíamos comido como chanchos enjaulados, como osos del bosque, éramos ocho. ‘Quedate un rato más, así charlamos’, me había dicho Hernán. Me señaló la mesa, repleta todavía de manjares. Sin decir nada, fue y abrió otra botella de un cabernet áspero y potente.
–Se tiñe, este forro –Hernán miraba la televisión, recostado en el sillón. Un periodista estaba entrevistando a Ravi Shankar, que había venido de visita a la Argentina.
–¿Te parece? –Dije, y me serví más vino. Doblé una feta de salame con una feta de queso, reforcé con otra feta de salame, y me comí la combinación de un bocado.
–Claro que se tiñe –Hernán levantó su vaso, confirmando que sí, todavía estaba el hielo pero no, ya no estaba el whisky–. Es un tipo de más de cincuenta años. ¡No podés tener el pelo tan negro!
–No sé, che –miraba los platos, el fiambre, todo para mí. Ver un perro rengueando bajo la lluvia me tocaba el alma. Ver un chiquito descalzo haciendo malabares en una esquina me tocaba el alma. Me tocaba el alma el mar y caminar bajo la lluvia. Y las picadas también, me tocaban el alma muchas cosas– ¿Es un gurú, no? Si es un gurú, si está iluminado, bien puede haber encontrado el secreto para no tener canas.
–¡Las bolas! –Hernán se incorporó en el sillón– Además está maquillado. ¡Fijate bien, debajo de los ojos! Tiene rímel.
–No sé –rodajas de salame picado grueso, jamón cocido de un rosa pálido, como el fresco pezón de una adolescente. Gruyere, no, más roquefort, sí.
–Sí, está maquillado mal –Hernán se puso de pie, se inclinó un poco hacia un costado y se tiró un pedo sonoro, un pedo corneta–. Y esa vocecita, como si te estuviera hipnotizando mientras te habla. Todos estos tipos son reputos. Se comen pibitos.
–No creo, pará –Gruyere ahora, y un poco de Camembert, también, todo arriba de una rebanada de pan negro–. Los tipos van a las cárceles y les enseñan a los presos ejercicios para no deprimirse, para estar más tranquilos. Les enseñan a respirar, los ayudan a encontrar su yo interior.
–¡Gaby, me servís más whisky! –Se volvió a sentar–. Acordate de Sai Baba. Todo muy lindo, todos contentos con las cadenitas  que hacía aparecer y el afro perfecto, hasta que empezaron las denuncias. A estos tipos les gusta pajear a chicos chiquitos. Les acarician las bolitas, son unos asquerosos.
Me di cuenta que casi me había limpiado el tubo de vino, el último, yo solito. Era fácil de comprobar, no había nadie más sentado a la mesa. Miré el reloj, dos y cuarenta y siete de la mañana. Y todavía tenía que manejar hasta casa. No iba a dormir un carajo, tres horas, había arreglado para ir a jugar al fútbol con los pibes. Ni siquiera me pasaban la pelota y con razón, apenas podía moverme. Era malísimo.
–Bueno, Hernán –me paré, me desperecé–. Voy a arrancar, se hizo cualquier hora.
–¿Ya te vas? –Gabriela me palmeó la espalda a la pasada, traía otro whisky para Hernán–. Podés quedarte y voy haciendo el desayuno.
Me reí, una mina piola, Gabriela.
–¿Sabés lo que me jode, Juan? –Se paró con dificultad, Hernán. Agarró el vaso de whisky que le pasaba Gabriela y le dio un beso en el pelo. Tomó otro trago–. Me di cuenta que desde hace unos años se vive mal. La gente se puso desconfiada, cínica. Nadie cree más en nada, y eso es muy triste.

24.7.14

Marketinero


No sé si te pusiste a pensar, no sé si lo pensaste alguna vez, no creo. Porque la gente en general no piensa, pensar se dejó de usar, pensar pasó de moda, como los pantalones ‘pata de elefante’. Por otra parte es más que entendible, todos están con mil quilombos, ocupados en mantenerse con vida, corriendo como famélicos galgos detrás de la liebre, la liebre es la guita, sí claro, qué otra cosa. Eso es, justamente, parte de la cuestión, del asunto.
¿Te pusiste a pensar cuántas cosas hacés, por día, que te gusten? Ponele que tenés más de treinta años, o treinta años. Porque si tenés quince años lo único que querés es hacerte la paja, y entonces vas y te hacés la paja y te tranquilizás un poco. Si tenés quince años no cuenta. Y si tenés, no sé, setenta años, bueno. Te duele el alma, pero además te duele todo. Así que procedés a un ejercicio de resignación, una pacífica convivencia con la desgracia. Qué otra te queda.
Cuántas cosas hacés, que te gusten. Te fumaste dos cigarrillos, ahí tenés, diez minutos. Te echaste un polvo más o menos digno, ahí tenés veinte minutos, veinticinco (tampoco te hagás el john Holmes justo ahora). Te comiste un helado o un alfajor, cinco, diez minutos.
No, correr no cuenta. Decís que corrés porque  te gusta, pero es el terror padre que tenés de envejecer, de engordar, de morirte. De las tres cosas juntas. 
Y ver la televisión no cuenta, ver la televisión es el más primitivo intento por dejar de pensar, por dejar de acordarte lo pelotudo que sos aunque sea por un ratito. Pero entonces es peor, porque apagás tus pensamientos, y entran los de otros, los del televisor. Se trata, apenas de una maniobra distractiva, embrutecedora. Aturdirse.
Sí, si querés te tomo pintarte las uñas o cortarte el pelo, mamucha, aunque bien podría ser considerado ‘cuidado personal’, ‘mantenimiento’. Como lavarse los dientes, no mucho más que eso.
Están las vacaciones, también. Son un concentrado. Comés dos helados, fumás cuatro cigarrillos, te echás dos polvos. Sí, sacás fotos, a un pájaro, a una ballena, a la nieve o al mar. Sí, sale el sol. Cuidado con el aguaviva.
Si calculás, un día tiene 1.440 minutos. Ponele entonces que las cosas que te gustan sean, con suerte, el tres por ciento del día. A veces dos, a veces uno. No pasa de ahí, no más de eso. 
Comer y dormir son cosas que hacés, como podés, como te sale. Son cosas que hay que hacer para seguir viviendo. Imperativo-categórico. 
En cualquier caso, entonces, estar feliz puede ser considerado una comisión, una propina, una limosna, un vuelto. Pareciera que la vida poco tiene que ver con estar contento.

18.7.14

A mi manera


Algo que vengo haciendo.
Voy y cojo con ciegas. Con ciegas que no ven, claro, de eso se trata, en eso consiste, básicamente, estar ciego.  O voy y cojo con rengas, con esas mujeres que usan un zapatón al que le han agregado una plataforma de veinte o treinta centímetros de alto para que no se note que les falta un pedazo de pierna, pero igual se nota, no hay manera que no se note.
O voy y me cojo sordomudas, sordomudas que me miran con los ojos a punto de salirse de las órbitas, mientras me las cojo, y lanzan desgarradoras guturalidades que bien podrían ser confundidas con el sonido de mamíferos medianos siendo apuñalados pero no, es su particular manera de expresar satisfacción, alegría.
Cojo con mujeres en sillas de ruedas, no me preguntes cómo. Me las siento encima con sus piernitas como alambres torcidos, o las tiro boca abajo sobre la alfombra, les pongo un almohadón debajo para levantarles un poco la cola, y me las cojo mientras dicen que no pero sí, cuidado con las rodillas, chillando de placer.
Cojo con viejas, también. Voy a los geriátricos y me cojo alguna mujer de ochenta años o más, pienso un poco en otra cosa, toco un hombro o un muslo, me pongo un poco de dentífrico Noc 10 en la japi para que no se me caiga, transpiro, transpiro mucho, por un momento pienso que no voy a poder pero puedo, supero el crítico valle de algún olor a hospital que me genera sutil repugnancia, y sigo cogiendo. Cojo con gordas, muy gordas, mujeres de más de cien kilos que apenas pueden moverse y resoplan, les digo que me tapen la cabeza con sus infinitas tetas, o me tiro encima, me zambullo en la grasa, cumplo mi  faena como un animal famélico y primitivo. Chupo la concha, meto los dedos.
Vos te creés que sos buena persona porque una vez ayudaste a limpiarle el pico a un pingüino empetrolado con quitaesmalte Cutex, o participaste de una marcha contra el trabajo esclavo en Guinea Ecuatorial. Sostuviste un cartel contra los barcos pesqueros japoneses que arponean delfines.
Bueno, yo voy y me cojo lo que nadie se quiere coger, yo también quiero un mundo mejor. Me involucro.

12.7.14

Para que comprendas


Llevaba yendo al psiquiatra más de cinco años, Cecilia. Había empezado cuando cumplió los treinta y tres, se había dado cuenta que en lugar de resucitar, lo único que quería era pegarse un tiro en las tetas.
La vida se había ido volviendo un fastidio. Se levantaba como si hubiera pasado la noche hundida en un agua viscosa y gris. Todo le resultaba monótono, poco entretenido. Vivir era pagar los impuestos y lavarse los dientes, y hacer las compras, y los chequeos médicos, había que ir al ginecólogo aunque casi ni cogiera, y depilarse, y teñirse el pelo para no parecer una vieja. Después, había que trabajar, criar a su hijita a pesar de estar divorciada de Gustavo que había resultado un pelotudo importante, al que sólo le interesaba ir a la cancha a ver a Argentinos Juniors y lavar el auto los domingos. Ese Renault 18 de mierda.
Había empezado con un psicólogo que le recomendó una amiga, después de haber probado con la homeopatía, el reiki, yoga, lo normal. La tristeza generalizada envolviéndolo todo, ningún antídoto.
A los dos años el psicólogo la había derivado a un psiquiatra. Había cosas que tenían una génesis química. Le explicaron de conexiones neuronales, determinadas zonas del cerebro que no encendían de una adecuada manera, la importancia de la sertralina.
Ahí andaba, Cecilia, volviéndose grande, mirando las noticias de la noche, mientras Catalina crecía, mientras la plata no alcanzaba, nunca alcanzaba, sintiendo que todo lo bueno de este mundo la pasaba de costado, sin siquiera rozarla. Como cuando una elegía una caja del supermercado, y esa caja dejaba de avanzar. Algo salía mal y ella estaba ahí, en medio de lo que salía mal, mientras algo, otro algo, parecía estar saliendo bien. Pero no a ella. La vida era una mala película y una ni siquiera podía levantarse de la butaca, no estaba permitido salir del cine.
Se había ido a hacer un chequeo de salud, y el psiquiatra, que había aprovechado para agregar un par de estudios, le había pedido que le llevara los resultados a él también.
–Bueno, esto sí que está mal –dijo el psiquiatra, que se llamaba Jorge–. Vamos a tener que hacer estos estudios de nuevo. Puede que estés muy enferma, Cecilia. Que te queden pocos meses de vida.
Se hizo una pausa. Cecilia sintió como si se cayera, como si se cayera dentro de ella. Todo lo que no había hecho en la vida, todo lo que le había salido mal. Y ahora esto, la enfermedad, la muerte, el sinsentido.
–Bueno, en realidad no –Jorge se rió, una corta carcajada, como el estornudo de un perro–. Era un chiste. Sólo quería demostrarte que no importa lo mal que digas que estás, lo mal que creés que te va. Aún así, Cecilia, no querés que se termine nada. Deberías ponerte contenta, te interesa estar viva.
–¡Pero qué pelotudo! –Se puso de pie, Cecilia, y le dio un cachetazo al psiquiatra, a Jorge, un cachetazo que le hizo volar los lentes sin marco.
Bajó a la calle. Una amiga le había recomendado un gimnasio cerca de su casa donde se podían hacer clases no sólo de gimnasia, también había tae bo, spinning.

6.7.14

La máquina de curar


El método que inventé, basado principalmente en una curiosa mezcla de intuición y genialidad que me desborda y que sucede, en los seres humanos, como mucho dos o tres veces cada quinientos años. En otras especies, en las jirafas o en los hipopótamos, la verdad que no sé.
El método que inventé para curar las adicciones, las adicciones a cualquier cosa, es de una genialidad nunca vista, por eso no se le ocurrió a nadie. Y además es barato.
Primero tenés que definir cuál es la adicción, lo que te gusta y a la vez sabés que hace mal, y por eso, mientras te gusta, te atormenta. Puede ser el alcohol, claro, el cigarrillo, la cocaína. Puede ser el dulce de leche o el helado, pueden ser los medicamentos para dormir o para no sentir dolor, puede ser el sexo o los jueguitos electrónicos. Lo mismo da.
Una vez que identificaste la sustancia, la actividad, tenés que ser honesto, honesto con vos mismo, y determinar la dosis, la frecuencia. Si fumás un atado de cigarrillos por día, o si te masturbás once veces por semana. Es importante, ahí está la clave del método. Sólo tenés que mirar, que mirarte, y reconocer que te comés medio kilo de helado después de la cena, o que te quedás tres horas por día jugando a la Playstation.
Con esos dos datos, sustancia o actividad, y cantidad o frecuencia, ya está. Podemos comenzar el tratamiento.
Acá viene la trampa, la magia. Empezás, durante treinta días, duplicando. 
Duplicás. Si sos un fumador de un atado diario, durante treinta días, vas a fumar dos, dos atados. Si comés medio kilo de helado, te comés un kilo. Si a la tarde te tomabas dos Quilmes de ¾, te tomás cuatro. Creo que se entiende. Durante treinta días, duplicás.
Después, pasados los treinta días, vienen otros treinta días. Ahora vas a cero, nada. Si tomabas whisky no tomás, si cogías con prostitutas no cogés, si fumabas porro, no fumás. Repito, treinta días, nada.
Listo. Eso es todo lo que hay que hacer. Treinta días doble, luego, treinta días nada. Ahí termina el método.
Después podés seguir con tu vida, como quieras. Puede suceder que retomes de inmediato tu contacto con la sustancia, en las cantidades originales. Que retomes la actividad con la frecuencia habitual. Puede que aumentes al doble la cantidad de lo que consumías, o que no vuelvas a consumir eso que te daba placer.
Puede suceder que no entiendas el método, lo que hiciste. Puede que te des cuenta que la vida no tiene mayor sentido, con o sin adicciones. Eso también puede pasar.

30.6.14

Entre los átomos


Tenés que ver un accidente. Lo mejor es que veas un accidente, a veces el  conocimiento es doloroso, por otra parte. Si te lo explican no es lo mismo, si te lo explican no lo vas a entender. Las cosas importantes no se aprenden con explicaciones.
No, está bien, es un buen intento, pero no. La medicina no es lo mismo. Podés presenciar una operación, claro, y ver lo que hay adentro del cuerpo. Pero en ese caso se abre una parte, una zona, algo puntual, con el supuesto afán de reparar. Lo importante, de lo que estamos hablando,  precisa que veas el tema de romper, destrozar, llamalo como quieras. Destruir. 
Lo mejor es que veas un accidente de tránsito, un choque de autos, lo que queda, ponele de un tipo que manejaba su automóvil a 140 km/h y choca o vuelca. O si se cae, alguien, de una terraza o de un séptimo piso, y cae a la calle. Ahí lo vas a entender más que perfectamente.
Está estudiado, por otra parte, disculpame si no lo expreso con absoluta precisión, tampoco es mi especialidad, pero tiene que ver con el espacio existente entre los átomos, entre las moléculas. Está estudiado, entonces, decía, que más del 99% del cuerpo humano, en su interior, es un espacio vacío. No hay nada, la solidez es aparente.
Que el cuerpo no existe, no somos eso, no te busques ahí. Pero sí, tenés un culo espectacular, si no ni te dirigiría la palabra. No te hablaría.

*donde dice ‘un culo espectacular’, puede decir ‘unas tetas bárbaras’. el sentido del texto no sufre mayores modificaciones.

24.6.14

Distinto de las telenovelas


Miriam no estaba mal. Quiero decir, en líneas generales, en los grandes rubros del horóscopo. En la vida.
Había cumplido treinta y ocho años y entonces lo que asomaba en el horizonte eran los cuarenta y eso era bravo, desde ya. A veces se arrepentía de haber estudiado sociología y no psicología, a veces le parecía que podía haber tenido dos hijos en lugar de uno, le molestaba no haber seguido con los cursos de teatro, de fotografía, esas cosas. Pero trabajaba en el departamento de recursos humanos de una empresa petrolera y no le iba mal, estaba casada con Gustavo desde hacía nueve años y se querían, sus padres envejecían con achaques, pero vivían. Tenía su auto, el invierno pasado habían ido a esquiar y Brunito se había divertido como nunca. Venían hablando con Gustavo de irse a vivir a una casa para que Bruno tuviera más espacio, y un perro. Quizás por Acassuso, aunque estaba el tema de la inseguridad. Pero bueno, había proyectos en el horizonte y eso siempre era bueno, ya verían.
Entonces fue a tomar un café como todos los miércoles, con su amiga Karina. Se conocían de toda la vida, con Karina, habían ido de vacaciones juntas durante la adolescencia. Brava, Karina, fumaba porro, se cogía todo lo que se movía, y estaba buena. Bajita, tetona, abogada, había tenido mil novios pero no había podido armar familia.
–Te quiero contar algo –dijo Karina. Merendaban juntas, los miércoles, en un bar de Las Cañitas.
Miriam se preparó para otra de las clásicas aventuras de Karina, algún jugador de fútbol que se la había levantado por la calle, o un abogado conocido que salía por televisión, pero no.
–Me quiso coger Gustavo –Dijo Karina, y prendió un cigarrillo.
–Qué Gustavo –dijo Miriam, y recién se dio cuenta a los treinta segundos, cuando Karina pitaba sin mirarla, sin responder.
–¿Gustavo? –Miriam le sacudió un hombro a Karina, que parecía distraída. 
Al parecer, Karina había pasado a saludar a Miriam el jueves anterior, a eso de las siete de la tarde. Pero Miriam no estaba, porque había cambiado de gimnasio, y había ido a otra clase, la clase que solía hacer los martes. El que estaba, porque había llegado temprano a su casa, era Gustavo.
Le había propuesto echarse un polvo, así de una, Gustavo. Le dijo, Gustavo, a Karina, que le tenía ganas desde siempre. Que tenían una hora para ellos, para coger, en el comedor, porque Miriam era maniática con los olores, si cogían en la cama Miriam se iba a dar cuenta. Le dijo, Gustavo, que podían bajar a la baulera, mejor todavía. Para coger, claro, en la baulera. Como si hubieran bajado a la baulera a buscar cualquier cosa, una valija, y de pronto sucediera, sin pensarlo. Algo rapidito. 
–… –Miriam quiso preguntar algo pero no le salía nada. Permanecía con la boca abierta.
–Me fui –dijo Karina–. Dudé mucho en decirte algo, pero no sé. Me pareció que te lo tenía que contar.
Karina terminó el cigarrillo, le dijo que no quería seguir hablando, y se fue. 
Miriam se quedó pensando. Pensó primero en volver a su casa y someterlo a Gustavo a un interrogatorio. ¿Era posible, Gustavo, que se hubiera intentado coger a su mejor amiga? Después pensó que era Karina la que mentía, lo que quería era destrozar su matrimonio porque sí, porque ella seguía sola, de jodida.
Había que hacer un careo. Sentarlos frente a frente, a ver quién mentía.
Se fue caminando a su casa, Miriam, de la bronca que tenía. A las siete cuadras, más o menos, dijo que no. Gustavo era un buen marido, y Karina su mejor amiga. La posibilidad de perder a cualquiera de los dos se le antojaba infinitamente triste. Mejor no hacer nada, nada de nada, seguir teniendo un marido, y una amiga. Mejor no saber, el tiempo diría.

18.6.14

Solcito de la mañana


Estaba sentado en la cocina. No, no desayunaba, había ya tomado un par de mates. Estaba vestido, traje y corbata. Había empezado el invierno pero no hacía un frío excesivo. Vivíamos en un contrafrente bastante abierto en Villa Urquiza, entraba por la ventana el primer solcito de la mañana. Miré el reloj, colgado sobre los azulejos, 0749.
–Qué –dijo Mariana. Se asomó a la cocina y se quedó junto al marco de la puerta, con un cigarrillo entre los dedos. Acababa de bañarse, estaba envuelta en un toallón de un desteñido verde oscuro. Ahora venía la parte donde se cepillaba el pelo durante unos tres minutos, mientras murmuraba.
No contesté, tampoco la miré. Pensaba en ese rayito de sol, en cómo le solía gustar a mi gata Berta sentarse, sentarse y que le pegara el solcito en la cara.
Tenía que juntar fuerzas, levantarme, arrancar. Ir al centro. Hacía un par de semanas que me dolía la cintura, un pinchazo, como si me atravesaran justo arriba del culo con una aguja de tejer finísima, hirviente. La sensación era como si se me fuera la fuerza de las piernas. Había probado darme calor con una almohadilla eléctrica, y una pomada.
–Qué –repitió Mariana–. Qué pasa.
Levanté la vista, la miré. Ella pitó, soltó el humo como si el espacio mismo estuviera en deuda con ella, como si el aire le debiera algo.
–Me acabo de dar cuenta que no te soporto, ya que me lo preguntás –dije–. Me doy cuenta que me parecés una mujer de lo más básica, poco interesante, aburrida. Ya ni ganas de cogerte, tengo. Pero tampoco es todo con vos. No aguanto mi trabajo, no quiero ir al centro nunca más en mi vida. No quiero viajar en subte, ni escuchar a la gente hablando idioteces por sus teléfonos celulares, ni comer en algún lugarcito de morondanga una desteñida milanesa. No quiero ver boludeces por televisión, no me interesa el fútbol ni los programas de concursos donde los participantes cantan o bailan o compiten a ver quién es capaz de pishar más lejos, de hacer la caca más grande. Quiero ver el mar, quiero caminar por la playa bien temprano y meter las patitas en el agua. Quiero acariciar a un perro, y comer pizza con la mano, y tomar un whisky mirando la noche a través de una ventana. Quiero dormir la siesta, quiero fumar un cigarrillo, quiero que me vuelva a interesar algo, que me vuelvan a crecer las ganas de hacer algo por absurdo que parezca, ganas de cualquier cosa.
–Bueno, bueno –dijo Mariana–. Acordate que esta noche quedamos en ir a comer a lo de mi hermana, quedé que llevábamos una torta, o masas. Después la seguimos, todo lo que dijiste me parece muy interesante, eh. Me parece bárbaro.

12.6.14

Semáforos


Me paré en una esquina, para cruzar. Es lo que se estila. No, prefiero no decirte la esquina, qué importa la esquina. Si te digo la esquina te pueden agarrar ganas de pasar, por esa esquina, a ver si me ves. Y yo no te conozco, claro, pero sé que preferiría no verte. Tengo pocas convicciones, las he ido perdiendo con el tiempo. Pero de eso estoy seguro.
–Señor –me hablan, a mí. Un muchacho de más o menos veinte años, flaco, algo desgarbado, inclinado un poco hacia delante, como si estuviera embolsando el viento. Va de jeans, destrozadas zapatillas de lona, y un buzo con capucha color turquesa. Lleva la capucha puesta, las manos en los bolsillos del buzo, se adivinan los puños apretados.
Lo miro. No respondo, pero lo miro. Podríamos decir que mirarlo es mi respuesta.
–Le quiero comentar algo –dice, tiene buena dicción, se expresa con claridad, mira el piso, como si estuviera nervioso, preocupado.
–Sí –le digo.
–Quería avisarle que está por impactar un asteroide contra la tierra –dice, me mira por un instante, vuelve a bajar la mirada–. Están preparando un arca. Bueno, no un arca, una nave. Para los que se van a salvar, porque el resto del planeta desaparecerá, morirán todos, no hay escapatoria. Van a llevar animales, también, de determinadas especies, para que se reproduzcan y pueda continuar la vida en otro planeta. Plantas, desde ya, claro, árboles. Y algunos humanos, pero muy pocos. Le puedo decir dónde hay que presentar el formulario, la aplicación, para estar entre los elegidos.
–No, gracias –respondo. Está por cambiar el semáforo, debería cambiar el semáforo, pero no cambia.
–Le cuento otra cosita –dice debajo de la capucha, vuelve a meter las manos en los bolsillos. Pareciera, ahora, estar buscando algo. Un caramelo, una llave, un cigarrillo–. Están por probar un arma química. Sí, los yanquis, claro, quiénes van a ser. Tienen un virus nuevo, una cepa, no, qué ántrax, setenta y tres mil veces más potente. Es un polvillo, no tienen más que rociar de noche las góndolas de los supermercados, y después la epidemia se multiplicaría en menos de cuatro días. Es el virus de la depresión. La depresión más absoluta que se pueda imaginar. Deja a la gente tan deprimida, tan triste, que no les quedan fuerzas ni para rascarse el culo. Todo el mundo se quedaría en sus casas, twitteando estupideces. Las calles serán para pocos.  Yo conozco el antídoto al virus, sé cómo hacerlo. Hace falta dulce de membrillo Esnaola, y un blíster de aspirinas. Le puedo ensañar a prepararlo.
–No, flaco, te agradezco. –Nada, el semáforo no cambia, pero tampoco pasan los autos.  
–El semáforo no anda –señala, el semáforo, con el mentón. Percibo que tiene un ligero tic, como un tembleque que le sacude un poco el cuerpo– ¿No me ayuda con algo? Me gustaría desayunar, estoy muerto de hambre.
–Sí, cómo no –le doy veinte pesos, le palmeo un hombro.
Hay gente que para conmoverse necesita lo épico, lo grandilocuente. Si me preguntan a mí, prefiero lo simple.

6.6.14

Formas de pago


Cuando no tenés nada, bueno, cuando no tenés nada no, no hace falta ser tan estricto, pero cuando te falta algo. Sentís, que lo que te falta te hace moco, te condena. El agujero de lo que te falta es lo que te define.
No quiero generalizar pero generalizo, tengo que generalizar. Tampoco puedo ir caso por caso. Ponele los grandes rubros del horóscopo: salud, dinero, amor. Con eso estamos, con eso alcanza.
Algo te falta, tenés una pierna más corta que la otra o estás en cama, enfermo. O no hay manera, sabés que jamás vas a poder juntar la plata para comprar ese Alfa Romeo ‘Mito’ azul tan profundo. O ella te dijo que no, que no quiere salir con vos, ni a la esquina. Sos un buen tipo pero no, no le gustás ni un poquito.
Hasta ahí estamos, te falta, no hay manera de tener lo que querés, de ser lo que te gustaría ser. Te ponés mal.
Pero después vas y mirás. Alguien que tiene el flequillo que jamás tuviste, o las tetas paraditas que quedan tan bien para bajar a la playa en bikini en Punta del Este y sentarte en un parador a comer unos mejillones a la provenzal. O ves a alguien que tiene ese departamento, ese auto, esa casa frente al mar y viaja todos los inviernos a esquiar. O ves a alguien desayunando con la mujer que soñaste, el tipo unta una tostada con mermelada de damasco y mira por la ventana del bar mientras ella chequea algo en su celular, y vos estás afuera, afuera para siempre de este mundo porque es domingo a la mañana y no tenés a quien abrazar. 
Bueno, si ves un poco, te vas a dar cuenta que los que tienen, también tienen otra cosa. Tienen miedo, mucho miedo, de perder lo que tienen. Están aterrados de descubrir una várice en esas fantásticas piernas, o una cana, o que los roben, o que baje el precio de las propiedades en Madagascar.
Tener viene con un miedo incorporado, el miedo a dejar de tener ese atributo, esa cosa, esa capacidad.
Para resumir, entonces. Es como si la vida decidiera si te cobra por adelantado, como las prostitutas, o como los psicólogos. Al final.