10.12.18

Contra el esfuerzo


El problema es pedagógico, educativo, supongo, mucho me temo.
En las aulas, claro, y en las familias también. El mensaje que reciben los chicos, cuando son chicos. Los chicos son una esponja, hasta los once años, más o menos.
El mensaje que reciben los chicos, para la vida, es que las cosas pueden cambiar. Con esfuerzo.
Pero eso es mentira, lo que equivale a decir que no es cierto.
Una de las pocas cosas que tienen importancia, una de las pocas cosas que pueden hacer que tu vida no sea un himno a la monotonía, que tu vida no parezca un televisor en blanco y negro con el volumen bajito, es el talento.
Tenés que tener talento, ese es el tema, ahí está el asunto. Talento para jugar al fútbol o para tocar el piano, tener un don, un atributo, una poronga de 33 centímetros a la sombra, unas tetitas redondas y firmes que parecen querer llevarse el mundo por delante (una de las dos cosas quiero decir, o la poronga o las tetitas, no hace falta las dos cosas al mismo tiempo).
Y si te fijás bien, si te zambullís y mirás más allá de la superficie, te vas a dar cuenta que el talento es como la suerte. Viene o no viene, aparece y te saluda o sigue de largo y jamás vas a poder hacer un gol de volea o pintar un cuadro.
El talento es una forma de suerte, la suerte es una forma de talento, eso es lo que tenés que tener, aunque no puedas hacer prácticamente nada, justamente, para tenerlo. El talento y la suerte pueden hacer que tu vida tenga algún sentido, un atisbo de significado.
Pero no, por lo general no, no tenés talento ni suerte ni nada que se le parezca. Sos una ensalada de esfuerzos que quizás te permitan, no sé, tener un hijo o cambiar el auto. Pero no habrá ninguna clase de brillo en tu vida. No, por favor, no me cuentes lo que hiciste, ni tus planes, tus patéticos proyectos. Lo mejor que podés hacer es ponerte cómoda, disfrutar conmigo de todo este gris.

30.11.18

2x4, 2x3


Cuando yo la conocí, ella abominaba de la normalidad. ‘Detesto a los normales’, me dijo una vez. Aunque no le solicité demasiadas explicaciones, bueno, porque a mí lo que más me interesaba de su personalidad, de su forma de pensar, de su manera de ver la vida, era básicamente ponerla en cuatro patas y cogerla. Esas eran mis prioridades, no sé si lo lamento. Ella igual necesitaba explicar lo que le molestaba del planeta tierra en general, y de sus integrantes en lo particular.
Lo que le molestaba era la gente que trabajaba en un trabajo normal, la gente que se casaba y tenía hijos y soñaba con cambiar el automóvil cada tres años y pasar una quincena en San Bernardo, o en Pinamar.
Ella era capaz de tomar dos o tres ginebras en ‘La Giralda’, a la par mía, fumaba un cigarrillo detrás de otro, y bailaba tango. Iba a ‘La Viruta’, al ‘Podestá’, a los clubes de barrios. Y bailaba. Era capaz de explicarte la diferencia entre Virulazo y Copes, por qué Soto era tan respetado, por qué el tango acrobático o de salón era una cagada en cuatro tiempos.
–El tango es mi pasión, el tango es mi vida –Me dijo una vez mientras se secaba el cabello después de bañarse, con un toallón verde botella algo desteñido. Mientras yo la miraba, haciéndome un poco el distraído, su fantástico cuerpo desnudo. Alta, morocha, poca teta, culito firme, unas manos increíbles y esas piernas larguísimas.
Después de un verano juntos en Buzios nos peleamos. Apareció alguien, un nuevo muchacho para ella, un bailarín. Tampoco quisimos irnos a vivir juntos, yo estaba trabajando en el banco y hacía malabares con la guita. Ella bailaba y estudiaba con un ucraniano que era el mejor bailarín de tango de Europa, aplicaba conceptos de la física, de la mecánica, al baile. Era un científico del tango, ella decía que nunca había visto bailar a alguien así. Tenía un poco de tos, la vida le mostraba un colorido abanico de posibilidades. Yo me moría en cada viaje en subte y lo sabía.
Hace poco se me dio por trotar. Bah, me hice un chequeo, me dijeron que me moviera un poco, que bajara la panza, que dejara el whisky. Después de más de diez años trabajando en el centro estás clínicamente muerto, eso cualquiera lo sabe. Fuiste a buscar algo de guita y el precio es la vida, welcome to my kingdom.
Empecé a ir a Palermo los sábados a la mañana, a trotar un par de vueltas, antes del café con leche con medialunas. Tengo la teoría que lo que te mata no es el colesterol, ni el azúcar, mucho menos el cáncer. Lo que te mata es la tristeza, eso es lo que nadie te dice.
Ahí estaba, Mónica. Dando una clase de tango al aire libre para jubilados, gente de la tercera edad, gente que traían de alguna dependencia gubernamental, de geriátricos, de hospitales.
Había un par de parlantes, ella estaba entera, con su pollera ajustada y unos zapatos de taco alto. Tenía el cabello más corto, peinado a lo varón, con gomina. Usaba una flor en el pelo, una flor roja.
Me reconoció de inmediato mientras le sostenía ambas manos a un pobre viejo que luchaba por no caerse sobre el pavimento. De fondo, se oía la rasposa voz de Goyeneche.
Le sonreí y seguí caminando, me perdí entre la gente que pasaba trotando, las bicicletas, los vendedores de gaseosas. Hacía mucho calor, Enero en Buenos Aires es el horror de estar vivo, iba a hacer calor todo el día.

20.11.18

Las de carne son de pollo


Tenés que entender que va a llegar un momento en que te va a dar lo mismo si tu señora coge con un compañero de trabajo o si sube a la terraza a buscar la ropa y se engancha con la soga. Y se cae. Suenan las sirenas.
​Tenés que entender que va a llegar un momento en que te va a dar lo mismo si la persona que se te acerca en la calle te quiere saludar porque fue con vos a la primaria, quéhacéscómotevatantotiempoquéesdetuvida, o si es un ladrón que te apunta con un arma y te dice ‘ehhh amiguitoo’.
​Tenés que entender que va a llegar un momento en que te va a dar lo mismo si la foto que estás viendo fue en Buzios o en Necochea, de dónde carajo sacaste esa malla.
​Tenés que entender que va a llegar un momento en que te va a dar lo mismo si la piba en la fiambrería te da doscientos gramos de salame o de salchichón, si el doctor te dice que subió o bajó, si ella te dice que te sigue queriendo o ya no.
​Y cuando eso pase, ese es el momento de prestar atención.

10.11.18

Particular y única


Es difícil de explicar, y es antropométrico pero no sólo antropométrico, tiene que ver con el clima y los vientos, con la época del año, si estás más cerca de la montaña o del mar.
Hay gente que me cansa el huevo izquierdo, y hay gente que me cansa el huevo derecho, eso. Lo siento durante la interacción, el tirón, la pesadez, y sé exactamente de qué lado, qué huevo me cansa esa persona.
Por ejemplo, claro que hay ejemplos, siempre hay ejemplos. Las cajeras de supermercado me cansan el huevo derecho, los tipos que hablan por celular con manos libres me cansan el huevo izquierdo. Las mujeres que lloran me cansan el huevo derecho, pero las mujeres que te dicen ‘te di los mejores años de mi vida’ me cansan el huevo izquierdo. La gente que viene a proponerme algún negocio me cansa el huevo derecho, la gente que viene a contarme algo relativo a un partido de fútbol de la copa Toronto Melba Wilkinson me cansa el huevo izquierdo. Los tipos que pasan por la calle y te paran para decirte que fueron con vos a la primaria o a la secundaria o a la facultad, sí claro por qué no, me cansan el huevo derecho, la gente que toca bocina me cansa el huevo izquierdo, los empleados que te miran desde detrás de cualquier ventanilla y te dicen ‘no, no se puede, falta el formulario..’ me cansan el huevo derecho, los cajeros automáticos que no dicen nada pero tampoco dan plata me cansan el huevo izquierdo.
Podría seguir.
Pero con vos me pasa algo que hacía mucho no sentía, una sensación que tenía olvidada y por eso te lo quiero contar. Vos me cansás los dos huevos.

30.10.18

La felicidad ja ja jaja


–La felicidad es lograr aspiraciones, muchachos, eso es todo lo que tienen que saber. Logros sobre aspiraciones –dijo el profesor. No, no importa qué profesor, no importa la materia. Era la escuela secundaria y yo no sabía un pomo de la vida, pero tenía la fuerza del tamaño de un mar, no quería conformarme con mordiscones. No sabíamos todavía, no podíamos saber que la vida te empieza a pasar la piedra pómez por las bolas despacito primero, casi ni te das cuenta. Cada trámite, cada viaje en subte, cada vez que te lavaste los dientes y miraste y viste que escupías pedacitos de comida, cada vez que te sacaste el forro y viste eso que había salido de tu cuerpo, y así. Cada óptica que rompiste del auto, cada noticia donde cuentan que le quemaron las plantas de los pies a un jubilado con una plancha porque no quiso decirles a los ladrones dónde escondía sus ahorros. Hasta que no das más, hasta que te das cuenta que vas caminando por una calle del centro con la mirada perdida o gritando incoherencias por el celular. Y entonces entendés un poquito pero ya es tarde, porque darse cuenta es justamente el chinchin tibetano que te avisa que se fue todo a la mismísima mierda para nunca más volver, aquello que podríamos llamar tu ‘vida’.
Y me acuerdo que el profesor dijo eso sobre la felicidad y después terminó la clase, la clase de cualquier cosa y cada uno siguió con lo suyo.
Pero lo que el profesor no dijo es que todos nos íbamos a pasar la vida corriendo por agrandar de algún modo, de cualquier modo, trabajando el numerador. No dijo que también se podía achicar el denominador. Una vida menos agitada, quizás más sencilla.

20.10.18

Rotura de karma


El problema es más o menos, siempre más o menos por que la vida es más o menos, así. La gente tiene tiempo y dinero, o no tiene. Pero esas serían las dos cosas que mantienen a una persona con vida.
Sí, también está el amor, claro, y el dulce de leche Vacalin y Netflix y los cuadros de Francis Bacon, toda categorización es arbitraria, no rompas las pelotas.
Los que tienen tiempo se la pasan buscando dinero. Y los que tienen dinero se la pasan pensando en la salud, en cómo no morirse, en cómo hacer durar el tiempo, que el tiempo dure más tiempo. Aunque hay gente que tiene dinero y se la pasan buscando más dinero y más, hasta que un día alguien toca la campanita y les avisan que ya no tienen más tiempo.
Pero está mal, es asimétrico. Se distorsiona todo, el ser humano se va volviendo una total y absoluta mierda.
Lo que hay que hacer es lo siguiente. Avisarle a la persona que cuando se muera su patrimonio se sortea. Sí, le podés dejar algo a tus hijos, una casa, algo de dinero. Pero si tenés diez departamentos en Miami o una empresa con quinientos empleados, eso se sortea. Porque el que nace con una dotación inicial de recursos genéticos, petiso o rengo o con un labio leporino, sabe que tiene que vivir con eso y lo soporta y quizás consiga sobreponerse de algún modo, pero si vive en una tribu africana o en Berazategui y es pobre, sabe que va a seguir siendo pobre toda la vida.
Se sortea, la fortuna de un millonario austríaco le puede tocar a un congoleño que nació en una aldea, las combinaciones son infinitas. Se sortea la riqueza del que muere con los que nacen ese mismo día si querés. Puede ser dentro del país o del continente o se firman acuerdos de cooperación. Se puede sortear que un año los chicos que nacen en Etiopía reciben los patrimonios de quienes mueren en Alemania, y así. De esa forma los hijos de los millonarios no serán tan millonarios (ni tan boludos), los que nacieron en la miseria pueden tener suerte. Tratá de imaginarte cómo se modificarían las motivaciones de las personas, el impacto que la nueva situación tendría en sus maneras de ver la vida.
No, ya sé, te parece una impracticable pelotudez, no te gusta ni un poquito la idea. Esta mañana me cortaron el gas y tuve que bañarme con agua fría, debe ser eso.

10.10.18

Una suerte de existencial equilibrio


–Para mí se trata de una suerte de existencial equilibrio –dije–. Lo que sucede es que llegó la modernidad, nos alejamos de la rueda y el fuego. Podríamos decir que nos perdimos en el camino.
Ella me miraba, yo no diría con entusiasmo pero sí con interés. El restaurante era bastante bueno, italiano, pequeño y acogedor, como si una madre sudorosa y de regordetas manos te estuviera amasando las pastas que ibas a comer. No era demasiado caro, además, había pedido un vino mitad de tabla. Era la primer salida, tampoco quería intentar parecer lo que no era.
–Te doy un ejemplo, para que veas –dije–. Me confundo las fechas, tampoco soy un estudiante de historia. Pero ponele que por el año 1300 fue la peste negra, en Europa. La gente se moría como moscas. Nada, lo que se conocía del mundo se redujo no sé, a la cuarta parte. Murieron millones de personas.
Ella soltó los cubiertos. Se había pedido una especie de lasaña de berenjenas que tenía buena pinta, pero más que nada porque estaba cubierta de queso gratinado. Había comido dos o tres bocados, era evidente que se cuidaba. Comer no era lo suyo.
–Y de pronto los médicos, los científicos de la época, van y descubren un grupo de gente, unos campesinos en determinada zona de Bavaria o Baviera, no sé, que no se morían –dije–. Los tipos seguían trabajando, en lo suyo, eran granjeros. Y estaban lo más bien, ¿entendés?
Ella tomó un sorbo de vino pero apenas, como si se mojara los labios. Yo había conocido mujeres que tomaban ginebra en La Giralda, una bailarina de tango que se tomaba un vaso de vino en dos tragos, te tenías que apurar para que no se tomaran tu parte de la botella.
–Y de pronto descubrieron, entonces –dije–, porqué. Por qué a ese pequeño grupo de personas no les sucedía nada, no se morían. Era porque trabajaban cosechando, entre otras cosas, cebollas. Dormían en un galpón repleto de cebollas. La cebolla suelta algo en el aire, no sé, que mata todos los virus, las bacterias. La cebolla hasta impide que te piquen los mosquitos, tiene propiedades mágicas.
–Muy interesante, la verdad, lo que me contás –se acomodó un mechón de pelo detrás de la oreja, intentó sonreír–. Aunque no sé a qué viene todo esto.
–Que desde acá te siento el aliento que tenés –dije–. Ni sueñes con que te chupe la concha.

30.9.18

Collar de ahorque


La gente se queja. Es normal que la gente se queje. El 97% de las quejas tienen que ver con el dinero. La falta de dinero, el dinero que nunca alcanza, el ingrato esfuerzo para conseguir dinero, la bíblica maldición de trabajar.
Pero. Hay algo que la gente no sabe. Todo el mundo cree que sus problemas están conectados de alguna forma con la falta de dinero. Se trata tan solo de conseguir dinero, mucho dinero, el dinero que vos creés que te haría feliz, el dinero que vos necesitás.
Si vos ganás ponele quinientos dólares por mes y creés, como categoría de imposible, como ir de paseo a marte o a la luna, que todos tus problemas se solucionarían con veinte mil dólares por mes. Y de pronto alguien te los da. Los veinte mil dólares por mes, no hace falta que hagas nada, acá están.
Bueno, de pronto se arreglarían dos o tres temas. Pero no serías feliz, de ninguna manera. Ese espacio que ocupaba el 97% de tu mente se dispararía en cualquier dirección. La tristeza te daría un existencial latigazo que vos serías incapaz de interpretar.
Por eso conviene que sigas atormentado por la falta de guita, las boludeces de siempre. Si el jueguito cambia de pantalla lo que sigue es infinitamente más complejo, no lo podrías soportar.

20.9.18

Malas noticias


–Hola.
–Sí. –Dije.
Debían ser las doce y veinte de la noche, raro que sonara el teléfono en casa, y esa hora. Raro que sonara a cualquier hora la verdad, yo después de las diez de la noche me marchitaba como un ficus. Me despertaba a las tres o a las cuatro de la mañana, sabía que no era bueno, que me convenía acostarme un poco más tarde o dormir más o las dos cosas, pero no me salía.
–Se murió Fleco. Bah, lo mataron.
–¿Eh? –dije–. No puede ser.
–Sí, boludo. Salieron a hacer un laburito, les dije que no salieran. Les dije que no salgan con lluvia, con lluvia todo se pone raro.
–Sí –dije–. La lluvia es jodida.
–Pero salieron igual, con el Toti. Master en la otra moto.
–¿Master? –dije.
–Sí, a mí tampoco me cabe el pibe, pero los chicos lo quieren. Dicen que no es que se cree importante, es callado nomás.
–No sé –dije.
–Siguen a un BMW que salió de un restaurante en puerto madero. Lo siguieron hasta Vicente López. Un tipo medio veterano con una minita. Y cuando van a entrar al garage de la casa se baja el Fleco y no sé si la piba gritó o qué pero el tipo dio marcha atrás con todo, y al boludo de Master se le cayó el fierro.
–¿Se le cayó? Es joda.
–Sí, se ve que se abatató o algo. Y el tipo tuvo tiempo de hacer una maniobra rara y lo pisó al Fleco.
–No te puedo creer.
–Así como escuchás, el auto lo pasó por encima y le partió la columna. Y el Toti trababa de levantarlo al Fleco del piso pero se le desarmaba todo, le salía sangre por todos lados. Y este pibe, Master, vio que venían de la garita corriendo y se rajó. Dejó a los pibes, dejó el fierro, dejó la moto y se fue corriendo.
–Pero qué pelotudo.
–Ya lo vamos a agarrar, ya vas a ver, me están averiguando en el barrio. Pero mataron al Fleco, entendés. No sé, pensé que se lo podías ir a decir a Julia vos.
–¿Yo?
–Sí, ustedes siempre fueron tan amigos. Vos sos como un hijo para Julia, sos el único que se lo puede decir.
–No sé –dije–. La voy a destrozar. ¿Dónde está Julia?
Hubo una pausa.
–¿Beto?
–¿Eh? –Dije.
–Sos Beto, ¿no?
–No, la verdad que no. Debés haber marcado mal.
–¿Y para qué me dejás seguir hablando, forro?
–No sé, me enganché con la historia. Pobre Fleco, te digo la verdad.

*puede que me repita un poco, puede que mejore. dejémoslo estar.

10.9.18

La sonrisa de los delfines


Vi un documental. No, no vi un documental, para qué carajo voy a ver un documental. Lo leí en un artículo, por internet. Escribían sobre el tema y me debe haber llamado la atención. Hay cosas que te llaman la atención y cosas que no te llaman la atención, no tiene explicación, viste cómo es.
El artículo, la nota, con video, era sobre los delfines. Te muestran un video con delfines nadando a toda velocidad, o jugando a seguir un barco que navega en medio del mar, poniéndose a un lado y a otro del barco, nadando en zigzag, haciendo piruetas para que los vean.
Y se ríen. La científica que relataba dentro del video decía que hablan, los delfines, que entienden, que tienen la capacidad de comunicarse y es cierto que parecen reírse, estar contentos. Están vivos y están contentos y se ríen, eso era lo que les pasaba.
Pero no es eso de lo que quería hablar, hay algo más. Tienen una capacidad, los delfines, un mecanismo. Pueden dejar de respirar. Descubrieron que el delfín, los delfines, pueden dejar de respirar a voluntad. Y morir.
Lo hacían, los delfines, cuando están en cautiverio. Cuando los quieren utilizar como entretenimiento en parques acuáticos. Los delfines se deprimen, se dan cuenta que no es para eso para lo que fueron puestos sobre la faz de la tierra por decirlo de algún modo (sobre la inmensidad del océano).
Entonces el delfín de da cuenta que lo que le está pasando está mal y deja de respirar. Y muere. Resuelve la cuestión.
En cambio un humano seguirá yendo treinta años a un trabajo de mierda, o continuará despertándose cada mañana con esa mujer mala y absurda, pero no dejará de respirar.
Se quejará de su suerte, se enfermará, probará anotarse en un gimnasio o cambiar el auto o coger con la secretaria del jefe o mudarse o viajar y así. Pero no dejará de respirar porque no sabe cómo hacerlo y eso es tan triste.

30.8.18

Bruma


Nunca tuvimos demasiado contacto con mi abuela, pero me lo pidió mi madre. Y no importaba lo mal que yo estuviera en la vida, lo fracasado que me sintiera, no había modo de omitir que mi madre me había querido. Se había esforzado, había hecho lo mejor que había podido aunque los resultados, bueno, los resultados fueran una mismísima mierda.
Lo que me pidió, mi madre, fue que fuera a ver a mi abuelita que estaba internada en un geriátrico hacía dos o tres años. Iba, mi madre, tres veces por semana sin falta, se sentaba junto a ella y le tenía una mano.
Nada, mi abuelita no emitía el menor comentario, una demencia que la había pasado por encima dejándola sin expresión, tan chiquita, la mirada acuosa casi transparente. El cabello blanco y áspero cepillado hacia atrás un poco. Ni una palabra.
Así que ahí fui, sábado a la mañana, un frío del carajo. Tenía partido de fútbol y asado, después. Gascón, cerca de Corrientes, logré estacionar el auto a una cuadra.
Toqué timbre, me anuncié, me abrieron una reja con otro timbre, y una puerta de metal después. Tenías que estar anotado como visita, aunque el guardia de seguridad estaba muerto de sueño. Tampoco había demasiado que cuidar, supongo que era eso.
Una mujer de uniforme celeste y cofia en la cabeza me hizo pasar a una sala de estar que daba a un precario jardín. Me preguntó el nombre de mi abuelita, se lo dije.
–Ah, sí, ahora la bajan –Dijo, y se fue.
Ahí me quedé, en la sala donde había mesas y sillas y algunos viejos dispersos. Pensé en no mirar nada, en mantener la vista unos veinte grados por encima de la línea del horizonte y quedarme sentado hasta que trajeran a mi abuelita. Pero miré.
Dos viejos en pijamas jugaban al dominó pero no jugaban. Permanecían sentados frente a frente, sin jugar, como si estuviera sucediendo algo de vital importancia frente a ellos pero que tampoco tuvieran apuro en descubrir. Una mujer caminaba dando cortos pasitos sin decidirse muy bien adónde ir, se le había abierto el camisón y se veía su azul desnudez. Un hombre lloraba en un rincón apretando un bastón entre sus piernas, mientras alguien, su hijo quizás, lo acariciaba, le pasaba la mano por el pelo cortado al rape como si fuera un gato. Alguien tuvo un acceso de tos y gargajeó y escupió un esputo que iba del verde agua al gris. Alguien se puso de pie, elevó las manos al cielo, se le cayó un vaso de plástico al piso, y gritó ‘¡Señor!’
Y el olor, el olor envolviéndolo todo como una manta polar. Un olor a desinfectante, a vómito apagado con sucesivas capas de lavandina, a muerte, a descomposición.
–Disculpe –me hablaba la mujer de la cofia, que era bajita y tenía una dulce sonrisa–, pero su abuelita no va a poder bajar. Está recostada, no se siente bien.
Me hablaba, la mujer de la cofia, pero yo no podía entender nada de lo que me decía. Tampoco podía recordar quién era yo ni dónde estaba. Era uno de ellos, no me iba a poder ir.

20.8.18

Se vive así


Lo que sucede es tan triste, nada para explicar. Pero quién lo va a hacer si la gente es tan pelotuda. Todos tenemos una misión, quiero creer a veces, fuimos puestos sobre la faz de la tierra para hacer algo.
​A ver, ahí vamos. En otros tiempos quizás, la carta de presentación era lo que sabías hacer. Una habilidad, un logro, algo que sentías que era lo que querías decir de vos, la parte constitutiva y más auténtica de tu ser. Pero. Después pasó el tiempo, la gente va corriendo de acá para allá, hay que pagar el gas y lavarse los dientes y tomar el colectivo y twittear alguna idiotez. Se vive así.
​Y entonces. Ya no hay ningún logro, ni una pequeñísima habilidad. No sabés tocar el acordeón ni hacer un omelette, ni siquiera sabés hacer la vertical. Y en el lugar donde debería ir el logro pusiste una privación. Eso es lo que sucedió.
​Vas a cualquier lugar y alguien cuenta que no come queso ni leche ni huevos, otro dice que hay que tomar café descafeinado y cerveza descervezada, alguien corre quince kilómetros por día descalzo y si le preguntás por qué corre quizás sonría, apenas, pero no te podría contestar porque ni él lo sabe. Un sucedáneo de la religión y no mucho más que eso, el horror de estar vivo, desesperación al natural.
​Ya está, eso es todo lo que quería decir. Reemplazaste algo que sabías hacer por una privación, por algún sufrimiento. Por eso no te reís más.

10.8.18

No estaría funcionando


a veces amy winehouse de burzaco
a veces colin farrell de haedo
a veces me rasco el culo y me
huelo los dedos.

soy tu suave ricky martin de beraza
tu exótica rihanna reyamila
tu princesa de coto
llena de bótox.

soy kim kadarshian
con el culo de garrafa
y tengo un tupper con ensalada.

soy cristiano ronaldo de lugano
y me hago un jopo.
dame todo lo que tengas, loco.

*el otro día, sábado a la mañana, di una vuelta por el parque centenario al que no volvía desde hace tiempo. sitio sagrado que yo creí desde siempre mi lugar en el mundo, con propiedades similares a ‘arunachala’ para quienes conozcan algo de espiritualidad. lo que vi, lo que sentí, me causó cierta desazón. después vinieron las palabras, sepan disculpar.

30.7.18

Tres sonidos


Hay tres sonidos. Tres sonidos de identificación unívoca, me gustaría decirlo así. Sonidos donde ocurre una curva de la vida, después de oírlos todo es diferente. Tu percepción del universo en general y para qué pomo fuiste puesto sobre la faz de la tierra en particular, bueno, cambian. Son más importantes, esos sonidos, que cualquier proceso educativo que hayas recibido, llegado hasta donde hayas llegado. Son más importantes que la primera vez que cogiste, o si descubriste que que te gusta más el té que el café, que preferís mucho más a los perros que a los gatos. Estamos hablando de otra cosa.
Te los voy a contar, claro, los tres sonidos. Para eso estoy, para eso vine. Aunque no en orden de importancia, porque no tienen orden de importancia. No tienen jerarquía, eso quise decir. Te puede tocar oír los tres, a lo largo de tu vida, o uno solo. Te puede impactar más uno que otro. Lo importante es que tu vida no volverá a ser como antes.
El primer sonido es el sonido de cargar un arma.
El segundo sonido es el sonido de los cubitos, dos cubitos, chocando contra el borde de un vaso.
El tercer sonido es el sonido de contar dinero. Un fajo de dinero.
Podríamos agregar tantísimas cosas. Que el sonido es el de meter un cargador en una pistola glock .40 o de amartillar un revólver 38 corto, o el sonido previo al disparo de una escopeta, en fin. Podríamos decir que los cubitos suenan en un fondo de whisky y el vaso es ancho, y la habitación está a oscuras, y estás solo. Podríamos decir que el fajo es de diez mil dólares y el que los cuenta transpira un poco y hay un olor difícil de descifrar, a encierro, a óxido, metálico.
Si no te pasó. Si no escuchaste ninguno de los tres sonidos que te estoy detallando. Bueno, no sé. Cagar es una dulce melodía, podés quedarte con eso.

20.7.18

Cómo vamos a parar el agua


Tuve un sueño, no me quiero extender demasiado. El sueño fue más o menos, siempre más o menos porque mi vida es más o menos, así.
Yo estaba durmiendo, o recostado, y me venía a buscar alguien. Alguien pero no sé quién, podía ser una chica que salió conmigo en la adolescencia, podía ser el portero de un edificio donde había vivido hacía algunos años, no lo sé. Y yo me paraba y lo acompañaba, desde la habitación. La habitación era la habitación donde estaba durmiendo en realidad, o sea, la habitación donde estaba recostado afuera del sueño y la habitación donde estaba acostado en el sueño era la misma habitación.
La persona me guiaba hasta la cocina, yo la seguía. Pero la cocina no era la cocina del departamento donde estaba viviendo, la cocina era la cocina del departamento donde viví cuando era niño, con mis padres. Tenía un mueble de cocina, la mesada, y unos azulejos amarillos muy pálidos, muy claritos. Supongo que era lo que se ponía en las cocinas en esa época.
Y entonces la persona, una ex novia o el portero, señalaba hacia la pared, bastante alto, a los azulejos. Y yo veía dos, no, tres. Salían, de la pared, chorros de agua. Fuerte, chorros de agua ininterrumpidos que caían sobre la pileta de la cocina, sobre la mesada, sobre el piso. Empapándolo todo.
Y entonces yo hacía un gesto. Yo estaba en shorts y remera, como suelo estar en casa, y hacía un gesto. Un gesto que algunas veces hacía mi padre, que le vi hacer a mi padre en momentos trágicos de su vida. Cuando volvimos a casa un domingo y nos habían entrado a robar y nos habían robado todo, o cuando le anunciaron que mi mamá se tenía que operar, que estaba muy enferma.
El gesto era agarrarse la frente, con una mano. Toda la frente, y mi padre era bastante pelado, tenía una frente muy amplia. Yo también soy así.
Eso entonces, ocurría en el sueño, hacía el gesto, el gesto de mi padre, de agarrarme la frente con una mano. Y en el sueño dije: cómo vamos a parar el agua.
Y entonces me desperté.

10.7.18

Territorio Shaolin


Tengo una rutina con el chino que atiende el supermercado, el supermercado chino, claro. Hago las compras en un chino, ocho o diez productos en el canasto, una vez por semana. No tengo paciencia para los supermercados grandes, los carritos, las cajas rápidas que son lentas, la gente mirándose las compras como si se hicieran una tomografía computada, una colonoscopía. En los supermercados chinos hay mugre, la gente no tiene pretensiones, un albañil entra a comprar una cerveza de litro, una mujer con un bebé intenta robarse un sobre de mayonesa sin excesivo disimulo, la vida es más simple.
​El chino, con su milenaria destreza ha intentado aprovechar al máximo el espacio del local. Al fondo puso una suerte de verdulería atendida por una boliviana que permanece sentada impertérrita con la mismísima semisonrisa del Buda. Adelante, junto a la caja para cobrar, vende alfajores y cigarrillos. Y a un costado, hacia lo que sería el lado opuesto a la puerta de salida, armó algo parecido a una fiambrería.
​Cuando entro, cuando agarro el canasto y voy hacia el fondo por un pasillo a buscar mis cosas, el chino me saluda. ‘Cortame doscientos de cocido’, le digo.
​–Bocatta –Me dice el chino flaquísimo, y se saca el cigarrillo de la boca.
​–Sí –le digo. Es Bocatti, pero no importa. La idea es que cuando termino de encontrar mis cosas y vuelvo a la caja, ya está preparado el paquetito de papel con mis doscientos gramos de jamón cocido. Gano tiempo. El chino siente que no lo vigilo cuando me prepara el pedido, que confío en él. Todavía queda nobleza en el mundo.
​El supermercado es una mugre pero no importa. Compro unas hamburguesas de pollo Granja del sol, un vino de cien pesos, avena, café La Virginia, un dulce de leche o una mermelada, papel higiénico, una levité que por el color parezca jugo de algo, a veces un aceite de oliva. Podría entrar al supermercado y hacer la compra con los ojos vendados, de memoria.
​Hay algo más. Cuando le digo al chino, apenas entro ‘haceme doscientos de cocido’, y él me dice ‘¿Bocatta?’ y yo le digo ‘sí’. Hace una ínfima pausa y me dice ‘¿queso?’, y yo le digo ‘no’. porque agarro algún pedazo de queso sancor, pategras, cremón, fynbo, gouda, no sé, voy cambiando el queso para no aburrirme más todavía. Si no pudiera cambiar el gusto del queso, quizás ya me hubiera pegado un tiro.
​Fui al supmercado, el otro día, era martes.
​–Hola, haceme doscientos de cocido –dije.
​–¿Bocatta? –dijo el chino.
​–Sí –empecé a caminar hacia adentro del local, canasto en mano.
​–¿Queso? –dijo el chino.
​Iba a decir que no, como siempre.
​–Sí –dije. Y arranqué por el pasillo para hacer mis compras.
​–¿La Paulina o Verónica? –Dijo el chino.
​Volví sobre mis pasos, lo que equivale a decir que retrocedí. Lo miré.
​–No sé –dije–, el que vos digas. ¿Cuál es mejor?
–Elomismo –dijo el chino y sonrió, apenas. Jamás lo había visto sonreír. Y entonces entendí que era verdad, tantas pero tantas películas de artes marciales. Toda esa sabiduría del lejano oriente.

28.6.18

Nada nuevo


Muchas veces me despierto y prendo la radio, todavía acostado en la cama, o sino prendo el televisor y pongo un noticiero, a la noche, mientras me preparo algo parecido a una cena.
Escucho, veo, las noticias.
Alguien en Berazategui o en Burzaco, un hombre que violó y mató a su pequeño hijito de tres años. Habla alguien que lo conoce, al hombre, dice que era puntual y trabajador, buena persona, buen amigo.
O un robo, un robo en una casita de morondanga de alguna parte. Robaron a una jubilada y como no tenía mucho dinero la torturaron. Le quemaron las plantas de los pies con una vieja plancha Atma de plástico naranja para que confesara dónde ocultaba su supuesto tesoro. Como la mujer no decía nada, porque no tenía mucho para decir sobre la cuestión, le quemaron el rostro, después. Y le mataron, de un tiro, a su pequeño perro.
Noticias así, variaciones por el estilo. Amputaciones, ahorcamientos. Alguien entierra viva a su novia adolescente en el jardín de la casa de sus padres, con ayuda de algunos familiares, alguien le cierra el hocico a su perro con cinta de embalaje y después lo acuchilla hasta que se desangra, alguien le corta un dedo a un viejo en un geriátrico y se lo mete en el culo, al viejo, y nadie se da cuenta porque nadie se toma el trabajo de mirarle las manos y contarle los dedos y ver qué carajo pasa.
Podría seguir, claro que podría seguir, con el espanto, con el horror, quién sabe hasta cuándo. Y ya sé lo que me vas a decir, también está el mar y la lluvia y las puestas de sol y la risa de un niño. La belleza, la música.
Así que no consigo entender de qué carajo estamos hechos. Por qué somos así, qué nos pasa.

21.6.18

Volver a volver


Sonó el teléfono, era de noche.
Hace tiempo que en mi casa dejó de sonar el teléfono. Y si suena no atiendo, además. No recuerdo cuándo fue la última vez que llamó alguien y me interesara lo que tenía para decir. Lo mismo se aplica a las conversaciones cara a cara, en persona. Sí, también a los mails, y los mensajitos claro.
Pero atendí.
–¿Hola, Juan? –Una voz de mujer.
–Sí –dije.
–Soy Laura –dijo, hizo una pausa esperando ser reconocida. Pero yo no la reconocía, así que hice una pausa yo también–. La mujer de Pablo.
–¿Eh? Ah, sí, qué hacés, Laura –Pablo era mi amigo desde la adolescencia. Buen amigo. Tenía dos hijos, Pablo, con Laura. La veía, yo, a Laura, con suerte dos veces al año. En el cumpleaños de Pablo, y quizás de casualidad, alguna vez, en la calle. Fin de mi contacto con Laura. A mí me parecía una mina piola, trabajaba de docente en algún colegio primario del gran Buenos Aires y era la mamá de los hijos de Pablo. Suficiente.
–Disculpá que te moleste a esta hora –dijo Laura.
–No me molestás, Laura –dije, miré la hora. Eran las once y veinte de la noche. Sí, me molestás.
–Te llamo por Pablo –dijo Laura.
–Sí, decime.
Se hizo otra pausa. Y hubo una congoja, un acceso de llanto que fue sofocado por un pañuelo.
–¿Está con vos?
–¿Eh?
–Si está con vos, Pablo –Laura logró seguir hablando, su voz quebrada.
–Laura, no.
–Es que no vino del trabajo –no me dejó terminar–. No atiende el celular, ya llamé a su hermana y a la mamá. Nadie sabe nada, no está por ningún lado.
–Sé que a veces te va a ver a vos –siguió–. Sé que va a tu casa a comer pizza y a tomar vino, no importa, está todo bien. Cuando vuelve de tu casa me dice que tuvo una reunión de trabajo, pero le siento el aliento. Fugazzeta, siempre, y vino. Todo bien.
–No está acá –dije–. Viene los miércoles, cada dos miércoles.
–Sí, lo sé –Laura se sonó la nariz–. Pensé que podían haber cambiado el día.
–No.
–Fui a la comisaría
–¿Para qué?
–¡Cómo para qué, cómo para qué! –Se puso de pie, Laura. No, no porque la estuviera viendo. Oí cómo se caía una silla al piso–. Tendría que haber vuelto a las seis de la tarde. Y son las once de la noche.
Nada, no dije nada.
–Llamé a los hospitales, también –dijo Laura–. Emergencias.
–¿Y?
–Nada, nada de nada. No está, Pablo, no está en ninguna parte. ¡Estoy desesperada, Juan! ¡No sé qué hacer!
–Quizás se fue –dije.
–¿Qué?
–Que quizás se fue, Laura –encendí un cigarrillo, pité–. Desde hace un tiempo me venía diciendo, bueno, no te ofendas.
–¿Qué? ¿Te venía diciendo qué?
–Que se quería ir. Que no daba más.
–¿Tiene otra mujer? ¿Es eso? ¿Tiene otra mina, no?
–Mirá, yo no sé, Laura. Tené un poco de paciencia, seguro aparece. Pablo no puede vivir sin vos y adora a los chicos. Hay un momento donde miramos por la ventanilla de la vida y lo único que vemos es un repetido paisaje, desierto sin arena creo que dijo el poeta. Debe estar agobiado, confundido, buscando fuerzas para poder continuar con tanto sinsentido, nada más.
–Qué forro que sos, Juan. Siempre me pareciste un pelotudo mal –cortó.
La verdad, Pablo jamás me había dicho nada respecto a rajarse. Si en verdad le había pasado algo malo, si lo había atropellado un camión, bueno, no se podía hacer nada. Pero si aparecía, entonces Laurita iba a quedar de lo más asustada. Ninguna mujer resiste ser abandonada, eso, la sola posibilidad, las suaviza un poco. Las pone más dulces.

14.6.18

Climatronic


Tenía que cambiar el auto. La verdad que mi auto estaba viejo, lo había comprado cuando se murió mi padre. Hacía de esto más de diez años.
Alguien, un amigo, me recomendó una concesionaria de automóviles donde conocía a alguien que me iba a hacer un buen precio. No, no importa qué marca era mi automóvil, ni tampoco importa de qué marca era el automóvil que estaba yendo a ver. Prescindamos de eso.
El asunto es que llamé y me dijeron que pasara tal día. Fui, me atendió un vendedor de unos cincuenta años, flaco, de traje y corbata. Era calvo, el vendedor, pero se notaba que por encima de su natural calvicie debida a la mala alimentación quizás, al paso del tiempo, a la fatiga de materiales por decirlo de algún modo, se rasuraba la cabeza, con una maquinita supongo, como mínimo una vez por semana. Siempre he pensado que rasurarse el cráneo es una suerte de mutilación, un castigo, una manera de dejar en claro el profundo disgusto que tiene, el portador de la cabeza, con relación al cabello que le tocó en suerte, quizás con su propia vida. Me parece algo excesivo, como si alguien que en los demás órdenes de la vida resultara ser un imbécil más o menos normal, hubiera tenido, con relación a su cabello, un ataque de personalidad. No corresponde, no va.
Hice un par de preguntas sobre el modelo del automóvil que estaba intentando comprar. El precio desde ya, y tal o cual prestación. La idea era que el vendedor me explicara algo, las ventajas del modelo en cuestión, para luego preguntarle en cuánto tomarían mi viejo automóvil como parte de pago. Lo normal.
El vendedor parecía no estar a gusto, quizás con la situación, quizás con mi persona. Me pasa últimamente que ni bien entro a un lugar, sin haber dicho una palabra todavía, caigo mal. Soy tan luminoso que hago daño en la tremenda oscuridad que envuelve a la mayoría de las personas, es algo que no depende de mí. No lucho contra eso, miro un poco más arriba de los ojos de mi ocasional interlocutor y dejo que su odio se vaya derramando, sé que su vida después de verme no volverá a ser la misma y sé que el aprendizaje es doloroso, lo dejo estar.
–Tiene climatronic –dijo el vendedor, mostrando un folleto.
–¿Eh?
–Que tiene climatronic, el auto –dijo el pelado. Miraba a los costados, como queriendo escapar.
–¿Y qué vendría a ser el climatronic? Si se puede saber –Pregunté.
–Ehh –se pasó una mano por la cara–. Ehh, es un sensor, un sensor.
–Un sensor de qué.
–Un sensor –repetía el pelado, hizo una teatral pausa–. Si llueve, el sensor detecta la lluvia. Y se enciende el limpiaparabrisas, solo.
–Mire –dije–. Si no estoy capacitado, si no estoy consciente como para darme cuenta si está lloviendo, bueno. No sólo no estaría en condiciones de manejar, creo que sería equivalente a decir que no estoy en condiciones de saber si me tengo que limpiar el culo. Tengo derecho a pensar, entonces, que el automóvil que usted me está ofreciendo tiene climatronic porque el automóvil me considera un pelotudo. Y desde ya, usted me considera un pelotudo, también. Lo cual es opinable, pero me resulta un poco antipático como argumento de venta. No sé si me entiende.
–No, bueno. Yo… –Se cubrió la cara con las manos el pelado. Parecía como si estuviera por largarse a llorar.
–No pasa nada, capo –le di una palmada en el hombro, me puse de pie. O al revés–. El auto que me querés vender es una mierda, una total y absoluta mierda. Fracasamos todos, todos quisimos ser otra cosa pero eso ya lo sabés.

7.6.18

Punto de partida


Está mal desde el vamos, y no es culpa de nadie. Así fue planteado desde un comienzo, a nadie se le ocurrió revisar la cuestión. Una pena, porque la sociedad, la vida en sociedad se estructura, de algún modo, desde ahí. Aquello de ‘no es bueno que el hombre esté solo’, o ‘la familia es la célula básica’, boludeces por el estilo. En fin.
El proceso de seducción, a eso me refiero. Porque para estar con alguien, para irse a vivir o para coger o quizás las dos cosas, primero hay que conocerse. Gustarse, podríamos decir.
Siempre hay una primera cita, eso digo. Incluso en los casos donde te conociste en un boliche si querés, y fuiste a la playa movido por el tornado del deseo, bueno. Hay un día después, y entonces hay una noche después, una primera cena, algo así.
Cuál es el punto, el quid. En esa primera cita, la mujer y el hombre intentarán brillar. Potenciar cualquier positivo atributo, los tengan o no, y ocultar aquello que desprecian de sí mismos, lo que los avergüenza.
Se trata, entonces, de mostrar una versión mejorada de uno mismo, se intenta deslumbrar de algún modo a la persona que se tiene enfrente. En eso consiste, sin excesivas dificultades interpretativas, el proceso de seducción.
Pero no, eso está mal. Allí subyace, es su génesis, el fracaso todo. Lo que se desenrollará con el hilo hecho de tiempo y hará que todo termine en reproche, en odio, en rencor. Para la mierda para ser más exacto.
No puede resultar de otra manera. Pusiste en esa primera cita la vara a una altura que jamás podrás volver a saltar. Aquello que dijiste que eras y jamás fuiste. Aquello que mostraste pero no sos.
Por eso, en lo que a mí respecta, lo que hago en la primera cita es mostrar lo peor de mí, la inmunda alimaña que me habita, el repugnante ser que soy, que me contiene que me envuelve y que me abarca. Si lográs superar ese primitivo asco de ese horroroso comienzo, bueno, podés estar segura que lo nuestro no hará otra cosa que mejorar. Pero puede suceder, está claro y es tan pertinente como apropiado, que no logres soportar ese primer contacto. Y eso creéme, yo sé lo que te digo, es todavía mejor.