30.5.15

Flum


Marcela tenía una habilidad, por decirlo de algún modo. Un don. Aunque quizás tampoco sea la definición más apropiada, cómo decirlo. Se trataba de una capacidad, eso sí, pero para nada tradicional. Algo atípico.
Marcela se metía una aceituna en el culo. Lo podía hacer poniéndose en cuatro patas, o de pie, inclinada hacia delante, apoyándose contra la pared o el respaldo de una silla. O apoyándose en la mesada de la cocina.
Se metía la aceituna en el culo, Marcela, y hacía un movimiento, una particular presión con sus nalgas, y con su vientre a la vez. Y ¡flum! La aceituna salía despedida, como un balazo, pegaba contra la otra pared de la habitación.
Lo había practicado mucho, Marcela, dominaba la técnica. Tenía puntería, eso quise decir. Podía pegarle, con la aceituna, a un vaso colocado sobre una mesa, a un cuadrito con un paisaje de una callecita de Checoslovaquia, a su gato Sigfrido que dormitaba sobre el apoyabrazos de un sillón color borravino, quizás algo desteñido (el sillón, no el gato).
Lo hacía un par de veces al día, después de desayunar, o a la nochecita, cuando salía de darse un baño. Se ponía una aceituna en el culo, Marcela, a veces verde, a veces negra. ¡Flum! Las lanzaba.
El problema es que como todos, cuando se tiene un don, una habilidad, bueno. En algún momento, querés mostrarlo. Si sabés tocar el piano o el violín, si tocaste de chiquito, no sería extraño que intentes hacerlo durante una cena navideña, o en la casa de una novia. Es natural.
Pero era un problema. Porque Marcela era una mina bárbara. Inteligente, divertida, sabía cocinar milanesas con puré de batatas, cogía con entusiasmo, con interés.
Pero. En algún momento de privacidad, en algún momento íntimo, Marcela decía ‘te voy a mostrar algo’. Iba a la cocina, y volvía con una aceituna. Se ponía en cuatro patas, se metía la aceituna en el culo. Hacía su numerito y después se reía, encantada.
Los hombres al poco tiempo se iban. Se escapaban. Sin demasiadas explicaciones, comenzaban a ausentarse, dejaban de llamarla. Decían que se habían vuelto a encontrar con una antigua novia, o que estaban con demasiado trabajo y no querían una relación estable. Rajaban.
Marcela habló con una amiga, Marcela no era tonta. Marcela se daba cuenta. Los hombres se preguntaban, una vez que habían visto el numerito, si Marcela tenía alguna clase de trastorno, si no era una loca o una pervertida. Cómo había aprendido a tener puntería lanzando aceitunas con el culo. En qué circunstancias.
Así que Marcela dejó de mostrar lo que sabía hacer, su truco. Se contentaba con practicarlo en privado, un par de veces por día, nada más. Sin que la viera nadie.
Marcela se había puesto de novia con Gustavo. Un tipo piola, abogado, bastante familiero. Le gustaba correr maratones, cambiaba el auto cada tres años.
Después de un año de noviazgo, habían decidido casarse, por qué no. Irse a vivir juntos, eran jóvenes, pensaban en tener hijos. A Gustavo le iba bien, lo habían hecho socio del estudio. Progresaba.
Una noche, en la casa de Marcela, después de tomar un rico vino, después de coger. Recostados en la cama. Gustavo fumaba un cigarrito holandés. Faltaban dos meses para la boda.
–Uh –dijo Gustavo, y le besó un hombro–. Andá a la cocina y fijate en la bolsa. Hoy compré unas cerezas riquísimas. Traelas que las comemos.
Marcela volvió de la cocina, desnuda. Había puesto un puñado de las cerezas en un pequeño bowl. Levantó una cereza del cabito, con dos dedos. La sostuvo por un instante en alto.
–Tomá –dijo Marcela mientras le pasaba el bowl–, tené. Te quiero mostrar algo.
Sonrió, Marcela, y se apartó de la cama un par de pasos.

24.5.15

Multiple choice


será cuando yo tenga tiempo y vos tengas ganas.
será cuando yo tenga ganas y vos tengas frío.
será cuando yo tenga plata y vos tengas miedo.
será cuando yo tenga hambre y vos tengas sueño.
será cuando yo tenga odio y vos tengas náuseas.

será cuando vos tengas herpes y yo tenga caspa.
será cuando vos tengas libros y yo tenga asma.
será cuando vos tengas brillo y yo tenga canas.
será cuando vos tengas várices y yo tenga magia.
será cuando vos tengas perro y yo tenga auto.

o no será nunca. y no tendrá la menor importancia.

18.5.15

2%


​Muchas veces entro a bares y pido cosas que no quiero tomar. Si quiero café, ponele, pido té, y cuando me lo traen lo dejo ahí, sin tocarlo siquiera. Al rato pago, como corresponde, y me voy.
​A veces tomo colectivos que nada que ver, el recorrido, con el lugar al que tengo que ir. Si tengo que tomar el 106, por ejemplo, me tomo el 24. Y cuando llego a la terminal me bajo, no tengo la más puta idea de donde estoy. Me bajo, y fumo un cigarrillo.
​O entro a locales, a cualquier lugar de ropa. Pido una camisa para un adolescente de 55 kilos, meto un brazo, no logro ni pasar el primer tercio de la manga, digo ‘bárbaro, justo lo que estaba buscando’.
​Sé perfectamente, cada mañana, apenas abro los ojos, que no soy ni el 2% de la persona que me hubiera gustado ser. Lo demás son detalles.

12.5.15

Otras mejillas


A veces voy a un banco a hacer un trámite, tengo que depositar un cheque, por ejemplo. Algo que cobré, alguien que me pagó, por algo que hice, de eso vivo. Y el cajero empieza a mirar el cheque y niega con la cabeza, dice que no, que está mal hecha la firma, o que el cheque tiene olor a pis de perro, o que está mal escrito mi apellido, seguro que está mal escrito mi apellido. Lo importante es que el cajero dice que algo está mal, que el cheque no se puede depositar, que el trámite no se puede hacer.
Entonces lo miro, lo miro a los ojos y le digo:
–Mirá, sé que a tu mamá le hicieron estudios. Van a tener que hacerle quimioterapia, como te dijo el doctor. Pero va a salir, vas a ver que se va a curar. Este verano la vas a poder llevar a San Bernardo con tu familia. Ella va a caminar por la playa, y va a volver a cocinar. Quedate tranquilo, lo va a superar.
O a veces voy al supermercado a comprar algo, una vez por semana, algo para comer, fideos Don Vicente, y queso rallado. Y papel higiénico, también, para limpiarme el culo cada tanto, y un San Felipe roble, básico, sin levantavidrios, y latas de atún La Campagnola en oliva, y no sé qué más. Y la cajera empieza a pasar los productos por la lectora con infinito fastidio y dice que no. Que la lata que elegí no tiene bien el código de barras, o que las bolsas de residuos Asurín con manija fueron abiertas, alguien al parecer usó el rollo, el rollo de bolsas, se lo metió, el rollo, en el culo, y eso es muy grave. O el chocolate Águila que agarré fue pisado por un elefante mientras filmaban, en el supermercado, un avance para la remake de ‘Tarzán’. Pero algo no anda, mi cara, mi dinero, voy a tener que esperar a que llegue el gerente intergaláctico, el supervisor intercontinental.
Entonces la miro, la miro a los ojos y le digo:
–No pasa nada, tu novio te obligó a abortar en ese departamentito de morondanga en José León Suárez, y te hicieron el aborto con una cucharita de café oxidada, y estás con pérdidas, asustada, estuviste al borde de la septicemia. Pero quedate tranquila, zafaste. Vas a conseguir otro novio, un pibe macanudo que vive cerca de tu casa, por Lanús, y te va a querer bien. No se dañó el útero ni nada, sólo hace falta que descanses unos días y después sí, a seguir cogiendo arriba de los árboles, o en una mugrienta terraza con cumbia de fondo, como te gusta a vos. Vas a ver que en poquito tiempo tenés una nena preciosa. Te gustaría ponerle Romina, lindo nombre.
Y claro. Se sorprenden un poco, de ver cómo es posible que acierte exactamente lo que les sucede. Pero para mí es la cosa más sencilla del mundo. Las ganas de romper las pelotas que tenés, son proporcionales a lo mal que estás.

6.5.15

Una trompeta Paul Mauriat


Entro al local, el local está sobre la calle Talcahuano. Es un negocio que vende instrumentos de viento.
El asunto es que tenemos un amigo, el Tuchi, que toca la trompeta. Empezó a tocar la trompeta de grande, cuando se divorció. Dijo que, divorciado, le sobraba tiempo cuando volvía de trabajar, y energía. La trompeta era mejor que gritar, que pasarse un par de horas discutiendo con Estelita por cualquier boludez. Tocaba la trompeta, una o dos horas, se iba a dormir. Quedaba fundido.
Hacía tres o cuatro años le habíamos comprado, entre varios amigos, una trompeta. El Tuchi no tenía un mango, apenas podía pagarse las clases de trompeta. Cuando recibió la trompeta casi se desmaya de la alegría.
Ahí estaba el Tuchi, seguía laburando en esa escribanía, Estela se había quedado con el departamento, con el auto, y seguía pidiéndole dinero. Progresaba, el Tuchi, con la trompeta, iba dejando la medicación que le había recetado un psiquiatra amigo para no venirse abajo por completo. Hasta había conocido una mina.
Me contó Gustavito que el Tuchi, en una clase grupal, alguien le había hecho un comentario despectivo, sobre la trompeta. Le habían dicho que tenía una trompeta ‘de estudio’, lo que equivalía a decir que no tenía una trompeta ‘profesional’.
–Qué hacemos –me había dicho Gustavito, sirviéndose la última porción de fugazzeta, en ‘Nápoles’ (qué quizás ya no era ‘Nápoles’ en un sentido estricto, pero bueno, nosotros tampoco éramos los mismos).
–Le compramos una trompeta profesional –dije yo–. De una.
Ahí estaba, en el negocio de la calle Talcahuano. Abrigado, porque era Agosto, con una mochila. Adentro de la mochila, entre algunos papeles de laburo y un libro, tenía dinero. Guita.
Me atendió un idiota de barba y cabello recogido. Con esa semisonrisa que ponen los tipos que creen que saben algo que vos no sabés. En este caso, era evidente, así como los vendedores que trabajan en librerías suelen ser escritores frustrados que creen que vos no tenés la más puta idea de literatura, los vendedores de instrumentos musicales, bueno. Suponen que vos sos contador o abogado, a lo sumo dentista, que no tenés idea quién fue Thelonious Monk o Petrucciani. Te desprecian, aunque en el fondo no es más que un reflejo de lo que se odian a sí mismos por la vida que llevan. Le pasa mucho a los instructores de los gimnasios, y a los mecánicos de autos, también.
Expliqué, como pude, la situación. El Tuchi, la trompeta de estudio ‘Júpiter’ que le habíamos regalado alguna vez para que no se matara. Las ganas de regalarle una trompeta profesional que le permitiera, de algún modo, subir de categoría.
–Tengo una trompeta Paul Mauriat pero es cara, muy cara –el tipo de barba se miró con otro vendedor, que también llevaba el cabello recogido, y que tenía todavía más cara de pelotudo, los ojitos cerrados, como si hubiera estado fumando porro los últimos quince años adentro de un baño y no mucho más que eso–. Es, para que entiendas, como la ‘Ferrari’ de las trompetas.
–La Ferrari de las trompetas, mirá vos –dije – ¿Y cuánto vale?
–Veintisiete mil pesos –dijo el de barba, y sonrió, una sonrisa que estaba infinitamente más cerca de los fenicios, del comercio, que de la música. Una sonrisa que parecía decir ‘no sólo no sabés de música, sino que además no tenés la guita’.
–¿La puedo ver? –dije.
–Ehh, sí, claro –el tipo se paró con desgano, caminó unos pocos pasos hacia atrás, se metió en un cuartito que estaba detrás de la caja registradora, volvió con la trompeta–. Acá tenés. Con cuidado, es un objeto muy valioso, un instrumento de precisión me atrevería a decirte. Algo para entendidos.
Apoyó la trompeta sobre el mostrador. La sacó del estuche.
–Permiso –dije. La levanté, con ambas manos, como si fuera un arma, como si fuera un animal herido. Jamás había tenido un instrumento musical en mis manos, ni una guitarra, ni el palito de una batería. En mi vida.
Y entonces toqué. Agarré la trompeta y comencé a tocar. Toqué ‘you are the sunshine of my life’. Tocaba y el sonido acariciaba el aire. Una versión que parecía como si ahí estuviera, frente a mí, la mujer de mi vida. Notas largas que te pinchaban el alma, tan dulce y tan triste. Toqué y por un instante pareció que el universo todo me escuchaba. Era magia, era dolor, era alegría.
Quizás todo duró un minuto, no más que eso. Dejé la trompeta, con cuidado, sobre el mostrador. La acaricié con la yema de dos dedos, como una despedida.
Me miraban, los vendedores. Una chica que estaba comprando una boquilla para su saxo se había emocionado, sonreía.
–Epa, sos un groso –dijo el de barba–. Sos bueno de verdad. ¿Tocaste con Malosetti, no? Estoy seguro que te vi en La Trastienda. No te había reconocido.
Pero no, nada que ver. Fue un instante nomás, como si a la realidad se le hubiera soltado una costura y las cosas hubieran podido ser de otra manera. Como me hubiera gustado a mí, seguramente.

30.4.15

Clara y Carla


Clara y Carla eran amigas desde la secundaria. Terminado el colegio, la vida las había ido separando pero de algún modo, con intermitencias, habían conseguido conservar el precario filamento de la amistad. La vida las había arrojado a ellas con sus precarias canoas hacia diferentes planos de la existencia. Pero algo quedaba, algún recuerdo adolescente, unas vacaciones en San Bernardo, un cumpleaños, un llanto en un balcón, un cigarrillo compartido.
Clara se había casado a los veintidós años, y seguía casada, más de catorce años después. Tenía dos hijas, Romina y Camila. Había comenzado a estudiar arquitectura en su momento, pero al poco tiempo había dejado. Era ama de casa, hacía un poco de gimnasia, había hecho cursos de pintura y fotografía. Su marido, César, tenía dos, no, tres locales de artículos de limpieza. Veraneaban en Brasil, y en invierno iban a esquiar. Tenían un buen pasar, la vida transcurría sin mayores contradicciones, envejecían.
Carla había querido ser bailarina de tango, profesional. Después había puesto una academia para enseñar. Había viajado bastante con un espectáculo de tango en un crucero. Había vivido en Barcelona y en Ámsterdam. Había salido con cientos de tipos, con un piloto de turismo carretera, con un profesor de filosofía noruego, con un cantante que había tenido un accidente y había quedado paralítico. Había estado internada un par de meses en rehabilitación, porque se había hecho adicta a la cocaína primero, a los antidepresivos después. Flaca, conservaba un cuerpito de una mujer de menor edad. Fumaba mucho, tenía una risa nerviosa, como una descarga eléctrica.
–Estoy saliendo con un jugador de fútbol –pitó, Carla. Estaban sentadas en La Biela, en las mesitas de afuera. Debían ser las cuatro de la tarde, hacía calor–. Un nene de veinticuatro años. No sabés la fuerza que tienen esos tipos en las piernas. Me coge, me coge como una ametralladora, a repetición. Acaba rápido, eso es verdad, pero no sé, acaba y le queda el pito parado. Acaba y sigue, tres, cuatro veces seguidas.
–Con César casi ni cogemos –dijo Clara–. Después que nació Camilita, es como que dejó de interesarnos. Cogemos cada quince o veinte días. Algún domingo a la mañana. Pero es algo automático, como lavarse los dientes, cogemos un poco y después desayunamos.
–Imaginate yo –dijo Carla–, bajando de una cupé flamante con ese pibito. Lo están por vender a Europa, si le sale eso se salva. Me dijo que si se va a Europa me lleva. Ojo, es bruto como un arado. Le dije que me gustaba la ópera, y a los dos días apareció en casa con una caja familiar de obleas, pobrecito.
–César es muy buen padre –dijo Clara, tomó un trago de su jugo de naranja–. Lleva a las nenas al colegio, mira los cuadernos a ver qué dicen las maestras. A la noche, cuando vuelve del negocio, me llama por teléfono para ver si hace falta comprar algo, para la cena. Me dice ‘pasame la lista, pichona’. Me dice pichona porque antes me decía ‘gordita’, pero a mí no me gusta que me digan ‘gordita’.
–El pibe me coge, viene y me coge, quiere coger todo el tiempo –dijo Carla–. Tiene la poronga muy gruesa, eso me encanta. Aunque el pobre pibe debe haber visto mucha pornografía. Me quiere acabar en el pelo, o me da vuelta y me la quiere meter por el culo, así de una. Y yo le tengo que explicar que no es así, que no se coge así. Y no le pidas una palabra dulce porque no le sale. Entrena todos los días, y cuando no entrena sigue jugando al fútbol en la play, no entiendo.
–La otra vez hablábamos, con César –dijo Clara–. Pensamos que podíamos ir un fin de semana a Pinamar, sin las nenas. Porque sí, para estar juntos y ver qué pasa. Una vez probamos ir a un telo, pero estábamos ahí y nos pareció ridículo. Si nos conocemos de memoria, casi veinte años juntos.
–La verdad que a veces me canso –dijo Carla mirándose una uña del dedo gordo del pie–. Quiero decir, todos me quieren coger, todos quieren que me ponga en cuatro patas y diga ‘sí, papito, así’, o llevarme a Punta del Este de trampa un par de días. Me gustaría estar con alguien que también quiera estar conmigo. Cocinar una cena, ver la televisión, quedarnos en casa. Parar un poco.
–Ojalá conociera a alguien –dijo Clara–. No te digo que me iría de casa, yo a César lo adoro, es un gran tipo, y están las nenas. Pero no sé, tener un amante por un par de meses, alguien del gimnasio que me pida que se la chupe en el auto, o que me lleve a un cine y me pida que le haga la paja ahí. Sentir que me pueden descubrir pero que igual quiero subir a la terraza para que me manoseen las tetas, o en un ascensor. No sé, algo de aventura para que la vida me resulte más entretenida.

24.4.15

Atlas


Últimamente cojo con putas. Soy muy feo desde que puedo recordar, desde siempre. Y además perdí la paciencia. No tengo ganas de hablar con una retardada que te cuenta que va tres veces por semana al gimnasio, y lo cuenta creyendo que trotar en cinta equivale a ser Simone de Beauvoir. O una pobre piba que se compró un ventilador de techo y supone que eso la coloca a la altura de Janis Joplin. No sé, me pone triste. Son básicas, sin levantavidrios, me quitan las ganas de coger, en parte de vivir. Es algo que lamento pero qué se yo, también lamento las catástrofes aéreas, el hambre en Etiopía.
Así que cojo con putas, por aquello de ‘la función hace al órgano’. Una vez por quincena, una vez por semana si ando bien de dinero. Es un presupuesto.
Durante un año cogí con putas de Europa del Este. Checoslovacas, ucranianas, rusas, yugoslavas. Chicas muy delgadas que hablan español como el señor Alberto Olmedo cuando hacía de ‘Rucucu’, tienen tetitas pequeñas pero firmes. Llevan el cabello teñido de un negro absoluto, sus pequeños cuerpos flexibles y atléticos, como si de niñas hubieran tenido que trabajar en algún circo por un plato de comida.
Al año siguiente cogí con prostitutas asiáticas. Japonesas, coreanas, chinas también. Y tailandesas, y filipinas. Dominan ampliamente el arte de cabalgar, se te suben y te bailan un malambo arriba de la poronga. Chupan la pija con delicadeza. Después de coger te preguntan si te querés bañar y te ofrecen un té. Son calladas, sumisas.
Otro año cogí con prostitutas del norte argentino. Misioneras, salteñas, jujeñas, también correntinas. Tienen viciosas sonrisas y pezones grandes como hamburguesas. Mientras cogen suelen decir expresiones en sus lenguas nativas. Se calientan, a veces se calientan y cogen con entusiasmo, dicen ‘el primero es para vos, papi. Ahora me toca a mí’. Se tragan la leche, se dejan hacer la cola por lo general, con un leve incremento de la tarifa. Suelen tener un televisor encendido en el cuarto o en la cocina, donde miran dibujitos animados.
Eso es lo que hago, básicamente, para tener algo parecido a una vida sexual.
Suele suceder, en alguna cena con amigos, que alguien pregunta dónde fui de vacaciones. Casi de inmediato suelen agregar:
–Deberías viajar más, Juan. Viajar te permite conocer otras culturas, te abre la cabeza.

18.4.15

Separar la basura


Me estaba por pegar un tiro, me estaba por matar. No, nada figurado, qué sentido figurado. Lo mío era, si se aplica la palabra, literal.
Tenía, sobre la mesa, un cuaderno Rivadavia tapa dura donde había estado escribiendo los últimos días algunas cosas que se me pasaban por la cabeza, una birome, una botella de whisky Grant’s por la mitad, un par de empanadas de carne que se habían enfriado (de La Continental), un arma. Un .38 corto, cinco tiros, bastante viejo, sin número de serie, pura metálica contundencia.
Por un momento me dio bronca, el arma, tan ordinaria. Hubiera preferido una glock .40 flamante, moderna. Me la iba a prestar un amigo al que le conté que me iba a matar. Pero empezó con que había comprado el arma hacía poco, que le había costado bastante cara, que justo estaba arreglando para irse con amigos a cazar, en fin.
Conformarme, conformarme con lo que hay. La distancia entre lo que querés ser y lo que sos como un embravecido mar de circunstancias. La historia de mi vida.
Había cenado un par de empanadas. Con whisky. Había terminado de corregir un poema, un poema que hablaba de todo el Nesquik que me hubiera gustado tomar cuando era chico. Un poema que me gustaba mucho, que corregía una vez por año.
Me faltaba fumar un cigarrillo, un cigarrillo cualquiera, encontré un atado de Philip Morris casi vacío, pero no vacío. Dar dos o tres pitadas y listo. Sentarme en el sillón del comedor, y pegarme un tiro.
Las cosas no habían resultado como yo esperaba, las cosas nunca habían resultado como yo esperaba, no hacía falta entrar en detalles.
Prendí el cigarrillo, pité. Acaricié la áspera culata del revólver. Allá vamos.
Sonó el timbre. El timbre de arriba, el timbre de mi departamento.
–¿Sí? –dije. Fui hacia la puerta. Estaba descalzo, en shorts y remera, con el arma en la mano.
–Señor Hundred –la voz de mi vecina, la vecina del 7°A. Yo vivía en el 7°B. La señora Dovidavich.
–Sí –repetí.
–Quería hablar un momento con usted.
Abrí la puerta, un poco. Apenas. Me asomé, dejando oculto, apoyada contra la puerta, mi mano. La mano con el .38.
–Hola, señora Dovidavich –dije.
La señora Dovidavich era una mujer muy bajita, compacta, con el cabello corto teñido de color zanahoria. Su tono de voz era agudo, chillón, y señalaba con un índice a su ocasional interlocutor cuando hablaba, para que no quedaran dudas de a quién le hablaba. A mí, en este caso.
–Señor Hundred –me miró y torció la boca, con su habitual desprecio hacia cualquier integrante de la especie humana, en particular hacia sus vecinos–. Usted pide una vez por semana comida en ‘La Continental’, ¿no es cierto?
–Bueno, sí –dudé, miré hacia atrás, las empanadas frías sobre la mesa–. Creo que sí.
–Porque después, a los dos o tres días, usted tira lo que sobra –siguió, la señora Dovidavich–. Pero tira la caja con los restos de comida, y eso trae cucarachas.
Señaló, la señora Dovidavich, la puerta ubicada en la mitad del pasillo. Donde, ella y yo, tirábamos la basura hasta que viniera a recogerla, cada noche, el portero.
–Sí, puede ser –dije. Estaba transpirando. Necesitaba un whisky más, sólo un whisky más, y matarme. Nada más que eso.
–Pero eso está mal –me apuntó, la señora Dovidavich, con su corto índice–. Eso está mal. Porque usted sabe que hay que separar la basura, Hundred. No puede dejar ahí la caja con restos de comida.
–No, no puedo –dije. Seguía transpirando. ¿Había terminado de corregir el poema? ¿Había terminado el cigarrillo?
–Buenas noches –dije.
–No, todavía no terminé –dijo la señora Dovidavich. Dio un paso, un paso adelante, indicando que de ninguna manera debía yo cerrar la puerta–. Además, usted toma vino –dijo.
–Es probable, sí –dije.
–¡Y tira la botella! –se señaló, la señora Dovidavich, con un índice, el mismo índice que utilizaba para señalar al universo todo, la sien. Indicando que la conducta descripta rayaba con la locura– ¡Tira la botella con el resto de la basura!
–Señora Dovidavich, yo –dije. Quería sentarme. Sentarme en el sillón, y matarme. Todo lo que me había salido mal, todo lo que no me había salido. El cansancio, todo el cansancio sobre mí, sobre mis fatigadas rodillas. El fracaso de haber deambulado sin mayor sentido por el absurdo territorio de la vida.
–Le aviso que estoy harta, Hundred –chistó, la señora Dovidavich. Sí, hizo un chistido de lechuza–. Vivo en este edificio hace más de veinticinco años. Le aviso que ya presenté una queja al consorcio y…
–Vieja de mierda –dije. Se sorprendió, la señora Dovidavich–. Te voy a matar, vieja de mierda.
El primer tiro no salió. Eso es lo que debe haberla salvado. Le apunté directo al pecho con el .38 y gatillé. Nada, click. La señora Dovidavich corrió, en chinelas, así como estaba corrió por el estrecho pasillo en dirección a su departamento. Le tiré, tres tiros. Dos pegaron contra la metálica puerta del ascensor. Y uno le pegó en una nalga. Alcanzó a meterse, la señora Dovidavich, en su departamento. Aullaba de dolor. Fui hasta su puerta y seguí apretando, pero sólo salió una bala más que atravesó la puerta.
–¡Abrí, vieja de mierda! ¡Abrí que te voy a meter el revólver en el culo y te voy a gatillar adentro a ver si todavía sentís algo!
Se oyeron gritos. Alguien llamó a la policía. A una ambulancia, también.
Me fui a dormir. Dejé la puerta del departamento abierta, me tiré en la cama. Estaba cansado, tan cansado. Cuando vinieran a detenerme les explicaría lo que había sucedido, mi versión de los hechos. Seguro que alguien me entendería.

12.4.15

Medialunas


El experimento es bien fácil. Bueno, en realidad, más que fácil es barato. Lo barato contiene lo fácil, lo engloba, lo abarca. Lo barato viene de la mano de lo fácil, por lo general. Se hacen compañía.
Suponemos que tenés un trabajo, tenés, no sé, treinta años, y tenés que trabajar. En una fábrica, en un negocio, en una oficina.
Vas y comprás medialunas. Esperás que sea viernes y entonces, antes de entrar al trabajo, vas y comprás medialunas. Una docena, o si trabajás en un sector con bastante gente, bueno, podés comprar dos. Dos docenas de medialunas, estamos hablando, ponele, de cien pesos.
No, ya sé, comprar medialunas no es ningún experimento. Ahora viene lo importante.
Necesitás tener un momento, tres minutos, solo, vos, con las medialunas. Te encerrás en un cuarto, o en un auto, o en un baño, no importa.
Y hacés lo siguiente.
Abrís el paquete, con las medialunas. Agarrás las medialunas, una por una. Y a cada medialuna le arrancás, con dos dedos (o tres), de un pequeño tirón, una de las puntas, un cabito. Olvidé decir que las medialunas son de manteca.
Vas arrancando una punta de cada medialuna. Si las medialunas son buenas, y además están recién hechas, vas a ver que el procedimiento es de lo más fácil. Las puntas se desprenden casi con ternura. Se puede hacer con una tijera, también, cortar el cabito. Pero queda, el corte, muy artificial, muy riguroso. Conviene usar los dedos.
Hacés eso. Y volvés a acomodar todo en el paquete. Las medialunas, más o menos una al lado de la otra, en fila. Y en un costado, todos los cabos. Un montoncito, con las puntas.
Llegás a tu trabajo, si es temprano mejor, decís ‘buenos días’, y dejás el paquete en algún lugar accesible, a la vista de todos. ‘Traje medialunas’, podés decir, si hay gente. Si no hay gente abrís un poco el paquete y te vas a hacer lo tuyo.
Cuando llega la gente, algunos se hacen un café, otros prenden la computadora, y así. Lo que sea que se haga en ese trabajo. Y se van a acercar, al paquete, al paquete donde están las medialunas.
Puede ser que uno levante la cabeza y mire a los costados, sorprendido. Otro puede llegar a decir ‘¿y esto?’. ‘Medialunas’, contestás vos, o te desentendés. No decís nada.
Al ratito vas a ver que las empiezan a comer. Quizás un chico, al pasar, se come una puntita. O revisa las medialunas y elige una que le parece que está más entera.
Al final del día vas a ver que las medialunas tuvieron bastante aceptación. Se comieron más de la mitad, de las medialunas, y de los cabitos también. Seguro.
La gente no da más, la gente es la mierda pura. Esto es apenas una manera más de verificarlo.

6.4.15

Leo en la terraza


A ver.
Me mudé, me tuve que mudar y me mudé. Me fui a vivir a un departamento más chico, mal ubicado, en fin. Son situaciones.
Subía a la terraza, dos veces por semana, bien temprano. A hacer yoga. Porque me dolía la espalda, y mi departamento era muy pequeño. Le pregunté al portero si podía subir a la terraza, me miró, el portero, como si yo fuera un extraterrestre recién llegado del espacio exterior. Al portero no le interesaba en lo más mínimo nada de lo que sucediera en el edificio, por eso era el portero.
La cosa iba normal, salvo una vecina que subió a colgar la ropa un día y se quejó porque me vio en cueros. Yo hacía media hora de yoga, antes de ir a trabajar, un par de veces por semana. Trataba de sentir que, justamente, me sentía mejor. Engañarse es una parte importante de la práctica de cualquier actividad. Podés llamarlo ‘motivación’.
Entonces subió un día una mujer. Era la del tercero ‘A’.
–Se llama Leo, le gusta sentarse y mirar el cielo –sacó un toallón, lo dobló en cuatro, y lo puso sobre el piso–. No te va a molestar. Lo vengo a buscar en un rato.
Y se fue, la mujer. Dejó a Leo. Leo era un muchachón bajo, chueco, con la cabeza desproporcionadamente grande para el resto del cuerpo. Los brazos muy largos. Los faciales rasgos tan particulares, tan característicos, de quienes tienen síndrome de down.
–Hola –dijo Leo, le costaba hablar, se le trababa la lengua– ¿Qué hacés?
–Yoga –le respondí–. Me duele la espalda.
–Bueno –dijo Leo, y no habló más.
Nos hicimos amigos. Leo era callado, respetuoso. Nos saludábamos, y la mamá se iba.
–Qué hacés –me preguntaba Leo.
–Yoga –respondía yo, otra vez–. Para la espalda.
–Yoga, yoga –decía Leo, y se reía.
Por lo general se quedaba sentado mirando algo, un insecto, un pájaro, simplemente el cielo. A veces se paraba y me imitaba, algún ejercicio. Inclinarse hacia adelante, con las piernas rectas, y agarrarse los dedos gordos de los pies.
–No puedo –decía Leo. Yo lo ayudaba a estirar, le enseñaba algún ejercicio diferente cada semana. Leo traspiraba, sacaba la lengua siempre babeante. Aunque me sorprendió un día, haciendo el ‘loto’.
–¡Muy bien, Leo! –Aplaudí, el loto era impensable para mis maltratadas rodillas. Estaba orgulloso, se reía. Le resultaba sencillo sentarse así.
Un día Leo me pidió si para la próxima vez le podía conseguir un alfajor. La madre no lo dejaba comer dulces, porque engordaba. Le traje el alfajor al otro día, tardó como veinte minutos en comerlo. Lo ayudé a lavarse la cara en la pileta para lavar la ropa. Estaba todo manchado de chocolate, feliz. Cuando llegó la madre a buscarlo, antes de irse se dio vuelta y me hizo ‘sh’, con un dedo sobre los labios.
A la semana siguiente se me acercó, le costaba pronunciar las palabras. Quería coger. No, no conmigo por suerte, quería coger con una mujer. Me dijo que tenía plata ahorrada. Me dijo que había visto películas, pero que nunca había cogido. Tenía veintisiete años.
Lo armé, no me preguntes cómo, pero lo armé. A través de una prostituta amiga. Ella no quería, pero tenía una amiga que sí, que no tenía problema. Me cobró el doble. La hice venir, un viernes, a la mañana bien temprano. La dejé escondida en mi departamento, mirando la televisión. Después la hice subir a la terraza.
Leo tuvo sexo nomás, detrás del tanque de agua. Era una metralleta Uzi, a pesar de la medicación que le daban para tenerlo bajito en vueltas. Se echó cinco polvos. Acababa y se reía, y la prostituta se reía también.
–Es una máquina, jamás había visto algo así en mi vida. –Dijo la mujer.
Volvió, Leo, a la otra semana. Me miró. Quería hablarme.
Me dijo que se iba a suicidar. Le dije que no, discutí con él. Me explicó, con una claridad que daba miedo, que por culpa de él sus padres sufrían. La vida, su vida, era un asco. No podía hacer nada de lo que quería, la gente se burlaba todo el tiempo. Me dijo que yo era su único amigo y tenía que ayudarlo.
–Ayudarte cómo –dije–. Qué.
Me explicó que el lunes siguiente se iba a matar. Se iba a tirar de la terraza. Pero como sabía que se iba a asustar en el último momento, necesitaba que yo lo empujara.
–¿Qué?
Eso, se iba a parar en la cornisa, del lado de afuera de la baranda, y necesitaba vencer el último miedo, un empujoncito.
–No puedo, Leo. No puedo hacer eso.
–Sí que podés, mogólico –me dijo con los puños apretados, le saltaban chispazos de saliva, todo rabia contenida.
Al lunes siguiente, Leo se suicidó. Apareció muerto en la calle. Gritaba una señora, sonaban las bocinas. Subieron corriendo a la terraza, ahí estaba yo, mirando para abajo, mirando a Leo derramado sobre el pavimento, en medio de todo ese ruido. Todos creen que la ciudad son los edificios y los autos y la gente corriendo pero no, la ciudad no es mucho más que ruido.
–Se tiró –dije–. Pasó del otro lado y se tiró.
La madre de Leo se acercó y me abrazó, se acurrucó contra mi pecho. Lloraba.
–Gracias, gracias por todo lo que hiciste por él –dijo–. Leo te quería mucho.

30.3.15

Un asunto amarillo


En una época trabajé en un local de Havanna. No, no voy a decir en cuál, no voy a decir la zona. Se multiplicaron por todos lados, los locales de Havanna, como los del café Martínez y alguna otra cadena más. Venden café, desayunos, licuados, sándwiches. Además de los alfajores de siempre aunque para mí ya no son los de siempre. O quizás los alfajores siguen siendo los de siempre, y lo que se cayó como un piano fue la Argentina. Hablo de la calidad.
Mi trabajo era estar adentro, en la cocina. Hacer los tostados, los licuados, los jugos, el café. Había trabajado en restaurantes en serio, para mí era pan comido.
La plata era poca, pero trabajaba de 8 a 15, y después tenía tiempo libre para mí, para escribir, para pensar que podía cambiar de vida.
En el local había un par de pibas que atendían, y un encargado. A eso quería llegar.
El encargado odiaba a los chinos, eso. No sé por qué, jamás lo explicó. Cada vez que entraba un chino al local (y por chino se entendía cualquier sujeto con rasgos orientales: japonés, coreano, filipino, no sé qué más), el tipo se ponía mal.
–A ver, qué pidió –decía cuando alguna de las chicas me estaba pasando el pedido. Y ahí empezaba el tema.
Si el chino había pedido un licuado ‘tutti-frutti’, el encargado agarraba las frutas ya troceadas, y las tiraba al tacho de basura repleto de restos de comida y mugre. Mezclaba un poco, o se sonaba los mocos encima. Entonces las sacaba con ambas manos, frutas manchadas de mugre y restos de yerba, y las metía en la licuadora.
–Ahora sí, preparale el licuado a ese chino de mierda –decía el encargado.
Si el chino pedía un tostado de jamón y queso, agarraba el jamón, y el queso, y los tiraba sobre el piso con lavandina, o se paraba sobre las fetas de jamón, un día llegó a pishar sobre el queso.
–Dale –me decía con una mueca que podía llegar a ser una sonrisa–. Hacele el tostado a ese chino puto.
Y así. Al principio nos reíamos, algo sin importancia. Pero después no. El tipo se pasaba la taza de café por las axilas, por las bolas, les escupía el café con leche, se sonaba los mocos dentro de la licuadora. ‘Dejame a mí, lo preparo yo’, decía.
El resto del tiempo era un tipo correcto, amable, buen jefe. Trataba bien a los clientes, se preocupaba si alguna de las chicas tenía un problema personal, no robaba. Tenía buen carácter.
Un día llegué a la mañana, y había un auto de policía en la puerta del local. El encargado había aparecido muerto en su domicilio. Se hablaba de un asunto de drogas, de un intento de robo. Pero no lograban encontrar una pista.
Y yo no dije nada, conté cuál era mi rutina de trabajo, expliqué que jamás había visto nada raro. Pero yo sabía, yo sé que lo mataron los chinos.

24.3.15

Asado


Pablo acaba de chocar con la moto. Iba por la Panamericana, para Pilar. Lo habían invitado a un asado. Es sábado, casi las doce del mediodía.
Maneja motos desde siempre, Pablo, maneja bien. Tiene una Kawasaki 800 nuevita. Va rápido, le gusta la velocidad. El auto de adelante no se da por enterado, no lo deja pasar. No le da bola a la luz, nada. Un Peugeot 208 negro, manejado por un muchacho jovencito, con una chica de acompañante que mueve la cabeza al son de la música.
Como venían más autos, muchos autos, por el carril rápido, tuvo una idea, Pablo. Ni la pensó. Torció apenas, aceleró para pasarlo por la derecha, al Peugeot. Y justo el pibe del 208 tocó el volante también, para la derecha, después de uno o dos minutos de venir haciéndose bien el pelotudo. Ya había acelerado, Pablo, ya estaba acelerando y tocó al Peugeot, no lo pudo evitar.
Toca al Peugeot y se le tuerce la moto. Y vuela, Pablo. Sale despedido hacia adelante. Vuela, Pablo, está en el aire y vuela, a tres metros de altura. Con los brazos extendidos, como si fuera Superman. Una sensación tan agradable, estar en el aire es algo tan cómodo, tan sutil y a la vez tan intenso.
Vuela y es un instante del más puro ahora que dura y se prolonga. Un eterno presente, redondo y brillante como una pequeña esfera hecha de un material todavía no inventado. Y es como dicen, nomás, o como leyó alguna vez. Ve su vida pasar ante sus ojos, un racconto, un compacto, como sucedía los domingos a la noche cuando pasaban el partido de fútbol más importante de la fecha pero encogido, más apretado, sin que pierda su esencia. Lo más interesante.
Ve, Pablo, la peli de su vida, se reconoce perfectamente aquí y allá. La vez que Gabriela le dijo que sí y se fueron caminando del boliche, se fueron juntos a la playa y llovía, cuando volvió a casa y lo estaba esperando Javier aquella vez, para decirle que había muerto su perro, Urko querido, la maestra de sexto grado, tan buena, con esos pulóveres con olor a naftalina, acariciándole la cabeza en el patio del colegio. La vez que fue a coger al puterío de la calle Membrillar y eligió a la chica que tenía una fea cicatriz en la cara. Huele, Pablo, el olor del café con leche y las tostadas, el olor de la cebolla en las hamburguesas de Carlitos en Villa Gesell a las siete de la mañana. Ve, Pablo, ve a Mariana de perfil, despeinada, con esas tetas tan perfectas. Escucha, Pablo, escucha la risa de su viejo como poseído, loco de alegría, cuando Racing empató en el minuto cuarenta y tres y el mundo se volvió un lugar muchísimo más amable, escucha los ladridos, los ladridos de Urko del otro lado de la puerta cada vez que volvía del colegio. Ve a su abuela Estela, caminando muy despacio por el pasillo de la casa, trayéndole un pedazo de pan dulce casero y un vaso de leche a la cama cuando tuvo sarampión.
Huele, escucha, ve. Un pensamiento surca su mente, como un rayo en medio de la noche mar adentro. ¿Ocurrió todo realmente? ¿Lo vivido, fue real?
Entonces toca el piso, Pablo. Aterriza sobre el pavimento con la cabeza y es como si apagaran la luz.

18.3.15

Slalom


Veo gente que se casa. Gente que se casa y tiene hijos. Mujeres que arrastran a sus hijos por la calle con un fastidio tatuado en el rostro, un fastidio de haber hecho exactamente lo que quisieron, aquello para lo que estaban convencidas que habían sido puestas sobre la faz de la tierra. Ellas no quieren a sus maridos, y sus maridos no las quieren. Esperan que se desocupe una mesa en un restaurante de barrio donde los panes yacen en metálicas paneras (una suerte de morgue para panes) mientras la vida se pasa. Se miran o se hablan pero no se miran ni se hablan, una desarmonía tan perfecta, demasiado perfecta, jamás imaginada.
Veo gente que trabaja. Diez o veinte años en alguna oficina, esperando esa subgerencia que nunca llega, ni a Godot lo esperaron tanto. Viajando una y otra vez en subterráneos como una mala película donde la gente, otra gente, lo único que quiere es gritar a través de un teléfono celular que a la noche a los fideos les pondrán salsa pomarola o habrá un partido de fútbol o un programa de entretenimientos donde los participantes cantan o bailan, no puede ser tan malo.
O ponés un negocio. Antes o después ponés un negocio, para comprar y vender algo hasta que no des más, hasta que odies la mercadería que comprás y que vendés y sólo te queden deseos para tener dos negocios.
Después llegan las enfermedades, la muerte, las tragedias que se limitan a flotar apenas, a moverse no mucho esperando la oportunidad como aplicados cocodrilos.
En lo personal no he hecho mucho con mi vida, no hice, ahora que lo pienso, prácticamente nada. He tratado, simplemente, de no ser como vos, de no hacer nada como vos. Nunca tuve un plan, pensé que con no ser como vos alcanzaba.

12.3.15

La gente se muere


Se murió la mamá de Gabriel. Aunque nos veíamos cada vez menos, Gabriel seguía siendo un amigo. Nos conocíamos, con Gabriel, de toda la vida. Cuando era chico iba a la casa de Gabriel a merendar, la mamá de Gabriel siempre me había tratado bien. Me saludaba, me hacía alguna pregunta, como si le interesara en verdad algo de lo que me estuviera pasando, mi estúpida vida. Me ofrecía un té, siempre con una palabra amable, siempre una sonrisa.
Me avisó mi amigo L., me llamó por teléfono.
–Che, Juan, se murió Elena.
–¿Qué Elena?
–Elena, boludo –dijo L. –. La mamá de Gabriel. La entierran el domingo, en Pilar.
Decidimos ir, con L. La idea era irnos después a almorzar a alguna parrilla. Tomar vino, mirar alguna mina que pasara andando en bicicleta, charlar un poco de cualquier cosa, de la vida.
Me pasó a buscar a las diez. Fuimos, llegamos. Saludamos a Gabriel que pareció alegrarse de vernos. Fingió una sonrisa pero el dolor lo pasaba por encima. Venía mal, Gabriel, se había divorciado de su segunda mujer, había quebrado su negocio, estaba en la lona, grande, triste.
Lo de Elena había sido un cáncer fulminante que se la comió en tres semanas. Algo en la sangre, implacable como un pacman con anfetas. Por alguna razón que yo no alcanzaba a dilucidar, lo malo siempre tenía, venía revestido de una contundencia rigurosa y unívoca. Lo bueno no, lo bueno solía ser algo más tenue, opinable, vaporoso. Las cosas buenas de la vida eran frágiles y venían mal embaladas, lo malo era una pila sulfatada dispuesta a resistir mil años. Conste en actas.
Llegó más gente, tíos, primos. El hermano de Gabriel, Adrián, dos años menor. Estaban distanciados por algún tema de dinero. La mujer de Adrián odiaba a su cuñado por diversos motivos, alguna vez Adrián le había prestado dinero y Gabriel no se lo había devuelto, o Gabriel había ofendido a la madre, a la madre de la esposa de Adrián, en una cena navideña. Gabriel tenía muy mala bebida desde que éramos jovencitos, de la época que íbamos a bailar, se ponía violento, empezaba a decirle las peores barbaridades a todos los presentes y se reía, así que la situación era perfectamente posible. Pudo haber sucedido.
Fue llegando más gente. El papá de Gabriel permanecía en un rincón, desolado, sin poder levantar la vista del piso, encogido. Era un hombre que había trabajado toda su vida en los ferrocarriles, hincha de Atlanta. Amaba a esa mujer con la que había estado casado por más de cuarenta años, sin ella no podía imaginar cómo seguir adelante con su vida.
Hago una pausa, sé que aburro pero hay demasiados detalles. Sigo.
Se dijo una oración en una pequeña capilla. Llegó el momento de cargar el cajón, el último tramo hasta la definitiva sepultura. Había poca gente, algunos parientes con sus esposas, conocidos del padre y de la mujer fallecida, un par de chicos pequeños. L. me hizo una seña, mientras se acercaba a una de las manijas del cajón. Había que acompañar a Gabriel, que apenas podía con su alma. Me acerqué al cajón para hacer lo mío.
Levantamos el cajón de la especie de camilla con ruedas para caminar los últimos metros. Entre 6. Avanzamos.
Algo se soltó. Una manija cedió con un ‘clac’ y alguien tropezó. Caímos varios, por el súbito desequilibrio. Escuché el ruido de la madera del cajón, rompiéndose contra el piso.
–¡Forro, pelotudo! –Gabriel señalaba a su hermano con un índice, todavía sin soltar su manija del cajón caído, lo que lo obligaba a estar medio agachado. Le salían las palabras cargadas de furia, las lágrimas se le mezclaban con el sudor, salpicaba saliva.
–¡Siempre lo mismo, siempre lo mismo! –Adrián, de pie, había soltado el cajón y buscaba en el bolsillo superior de su camisa el atado de cigarrillos. Era un tipo de cuarenta cigarrillos diarios desde que tenía quince años, necesitaba fumar. Fumar era una de las pocas cosas que lo habían sostenido a lo largo de su vida.
–¡Te pedí guita para enterrar a mamá, y me dijiste que no tenías! ¡Rata piojosa! –Gabriel le dio un empujón a su hermano, que tenía las manos ocupadas encendiendo un cigarrillo y se fue al piso.
–¡Guita, todo el tiempo guita! –La esposa de Adrián se interpuso entre Gabriel y su marido caído, llevaba un bebé en brazos– ¡Todavía no nos devolviste la plata que te prestamos hace tres años!
–¡Vos no te metás, pelotuda! –El papá de Gabriel, con renovadas fuerzas vaya uno a saber surgidas de dónde, sentó a la esposa de Adrián de una piña. La mujer cayó desmayada sobre el césped, sin soltar, por suerte o reflejo, al bebé que sostenía contra su pecho. Así quedó, el bebé, descansando sobre el pecho de su madre. Le salía, a la mujer, sangre de la nariz– ¡Ni siquiera puedo ver a mis nietos cuando quiero, conchuda!
Se desató el caos. Intervenían familiares tratando de contener la situación, mientras volaban trompadas de todas partes. Hubo incluso patadas voladoras, alguien, un hombre bastante mayor, se había quitado el cinturón, y repartía cintazos con frenesí. Había enroscado el cinturón en una de sus manos, dejando libre el extremo con la hebilla.
–¡Qué mierda todo! ¡Qué mierda todo! –Gritó Gabriel en un momento, junto al cajón, de rodillas. Alguien quería poner un poco de orden, ayudarlo a incorporarse, alguien le había tirado un botellazo desde atrás, a Gabriel, que lo había alcanzado en un oído y parecía haberlo dejado aturdido. Un perro, un pequeño bull dog francés color negro con correa (quién puede venir a un cementerio con un perro, por Dios bendito y la Virgen que llora lágrimas de Campari), se acercó al cajón. Levantó una pata, hizo pis. Se oyó el llanto de un bebé, no el bebé de la mujer de Adrián, otro bebé.
–¡Me robaron, ladrones, llamen a la policía! –Gritaba una mujer a la que en medio del tumulto le habían quitado la cartera. Se había juntado más gente, curiosos, algunos que esperaban para otro entierro, otros sacaban fotos con los teléfonos celulares de última generación pagados en cuotas, teléfonos que valían más que todas las prendas de vestir que llevaban puestas, y las que tenían en sus armarios, en sus casas, también. Teléfonos celulares que valían más que todos los libros juntos que hubieran leído a lo largo de todas sus curiosas existencias. La gente estaba enferma, vacía, y en la mayoría de los casos, enferma y vacía al mismo tiempo. Necesitaban una pitada de twitter, un trago de facebook, para seguir adelante con el cachivache de sus vidas.
Lo levanté a L. y me lo llevé a un costado.
–Qué tipo hijo de puta –L. tenía un corte en un labio–. Me embocó de una. Ni siquiera sé quién es ese viejo de mierda.
–Vamos. Se puso difícil todo, me parece –entré al auto–. Hasta morirse.

6.3.15

Más allá


Cómo te cuento esto, a ver.
Héctor tenía, en el brazo derecho, un muñón. O sea, no conozco los términos técnicos, no soy médico. El brazo, el brazo derecho, el brazo derecho de Héctor, terminaba justo en la muñeca. Un accidente, un trágico e inconcebible accidente cuando Héctor no tenía todavía dos años de edad. Su madre se había distraído hablando con una amiga en una carnicería del barrio de Balvanera. Apoyó al bebé sobre el mostrador, el bebé gateó. Estaba encendida la cuchilla esa que usan los carniceros. No hace falta excederse con los detalles. Basta con decir que Héctor perdió una mano, eso lo marcó para siempre. Todavía hoy, casi cuarenta años después, los días de lluvia, la mano, esa ausente mano, le pica.
De alguna forma pudo seguir adelante, Héctor, con eso que podríamos denominar su vida.
Alicia venía de una historia de constantes abusos. La violaba su padrastro, desde que era una nena, y lo siguió haciendo durante varios años. La pellizcaba en sus ínfimas tetitas, la manoseaba, hacía que la nena lo masturbara, y luego seguía lo demás. Alicia, durante la cena, miraba a su madre, sabía que su madre sabía. Pero no hizo nada, su madre, una mujer débil que se pasaba el día fumando, no había trabajado jamás en su vida. Se fue de su casa a los quince años, Alicia. Detestaba a los hombres con todo su ser, se hizo prostituta, vivió un tiempo en Entre Ríos. Después heredó una casita de una tía, y pudo dejar de a poco esa vida. Estudió enfermería. No se casó ni tuvo hijos. Le gustaba ir al cine los sábados, a la primera función, antes del mediodía. Tenía un perro, tenía una amiga.
Se conocieron, Héctor y Alicia, en el hospital. Una noche que Héctor pensó que estaba teniendo un infarto. Había tenido un disgusto con un socio por un tema de dinero, pensó que se moría.
Héctor la pasa a buscar, a Alicia, los viernes, por la guardia. Van a un hotel que queda sobre la calle Río de Janeiro. Alicia se sienta contra el respaldo de la cama y sin quitarse la bombacha, corriéndola un poco de costado, se mete, bueno, el muñón de Héctor, en la vagina. Se queda así un rato largo, con los ojos cerrados. Después Alicia le chupa, a Héctor, la poronga, lo hace eyacular. Duermen abrazados. Al día siguiente desayunan, conversan sobre alguna generalidad, se despiden con un beso en la mejilla.
Y nada más. Hay historias algo sórdidas por cierto, donde se alcanza a percibir un orden que va mucho más allá de nuestras módicas capacidades de comprensión y raciocinio. Son las historias que me gustan a mí.

28.2.15

Experiencia traumática


Estuve muerto, así como escuchás, así como te lo estoy contando. Volvía de Pinamar y tenía pensado salir bien temprano el domingo, pero salí de joda el sábado, chupé como un animal. Fui al casino y gané plata, seguí de largo.
Entonces arranqué el domingo, pero casi al mediodía, hecho pelota. Me dolía la nuca, sentía la nuca a diez o quince centímetros de la nuca, me latía. Y había vomitado, cuando me levanté. Tomé café y salí, no daba más.
Me quise apurar, ahí estuvo el tema. Pisé el pedal, venía a ciento sesenta, te imaginás, a ciento sesenta no doblás ni frenás. Eso fue lo que pasó, apareció un carro en medio de la ruta, así como escuchás, un carro tirado por un caballo, y no pude hacer ninguna de las dos cosas.
Seguí de largo, me la di contra un árbol. Perdí el conocimiento, la conciencia, llamalo como quieras. Me morí.
Y mientras estaba muerto, fue curioso. Porque la gente no sabe, cuando estás muerto, estás muerto y te ves. Tratá de pensarte muerto y vas a ver que no podés, porque ves la escena, porque te ves, y eso implica que eso que sos no muere, hay algo más.
Estuve muerto, te decía. Y no, no vi un túnel ni luces, no había ángeles ni una musiquita en particular. Estaba muerto y estaba desayunando, con vos. Estábamos en la cocina, así como ahora, y tomábamos mate, y vos te quejabas de algo, de cualquier cosa, y a mí se me hacía tarde para ir a trabajar.
Me recriminabas algo, algo que yo no había hecho o que había hecho mal, y se me caía una galletita con mermelada, al piso, y vos te ponías peor. Porque la galletita caía dada vuelta, o sea con la cara pintada de mermelada, al piso. Y vos decías que si yo te quisiera, bueno, la galletita hubiera caído del derecho, y no del revés. Si yo te quisiera la galletita hubiera caído de la forma que hiciera menos enchastre, eso era una señal. Que siempre lo mismo, que eras una bestia de carga, que no parabas de limpiar.
Se ve que alguien, un auto, pasó, y llamó por celular. Andaba una ambulancia cerca, me lograron salvar. Decí que los tipos tenían el desfibrilador y todo, lograron llevarme al hospital.
La experiencia fue traumática, por cierto, me rompí una pierna en tres pedazos, una clavícula, y me quedó un feo hematoma en la frente. Al principio tenía que hacer todo en cámara lenta, me costaba coordinar.
Después, más o menos, la vida se acomoda. Pero lo que me quedó claro, de la experiencia, es que vivir con vos es la muerte. Sobre todo el desayuno.

24.2.15

Grageas


Pensé que se podía ser feliz. Pero no, no es posible ser feliz. No se puede. Y en ese descubrimiento habita algo, no sabría decirlo con exactitud. Una suerte de comodidad que bien podría ser un sucedáneo de la felicidad.
Para que lo puedas entender, si habláramos de ropa, sería una segunda marca.
(de ‘Fuera de tu shopping’)

La mujer en la vereda, habla con una vecina. Dice que, desde que se divorció, compró un perro. Tira de la correa, y sonríe. Dice, arreglándose su horripilante cabello, que no le falta nada, que se acabaron las discusiones, que tiene todo lo que podría necesitar.
Así que miro al perro. Tiene, el perro, la mirada que tantas veces he visto en oficinas. La mirada de un marido que sólo piensa en escapar.
(de ‘Complicidad de género, solidaridad de clase, y algunas otras barbaridades’)

Si se espera el amor, el tiempo suficiente, vendrá el amor. Pero, tal vez, por haberlo esperado el tiempo suficiente, todo lo que fuera necesario, cuando venga el amor, será un fastidio. Después de haber permanecido en una sala de espera, cualquier cosa que nos diga el doctor nos molesta.
Y al salir del consultorio, al volver donde quiera que sea, no podemos quitar de nuestra mente a toda esa gente que en la sala de espera, espera y espera.
(de ‘Bienvenido, bienvenido amor, decía la canción’)

Me sirvo otra porción. De pizza. De roquefort. Y con la fugacidad hecha de instante, de ranura de tiempo, de ese material inasible y mercurial que dura un parpadeo, comprendo el significado de la letra de la canción ‘Color esperanza’.
Esperanza. Verde. Roquefort. No es que te considere tonta, te lo explico porque creo que ni el autor sabía a qué se refería, de qué estaba hablando.
(de ‘Nanána nanána, naná ná nanána’)

Aquellos desgraciados que han tenido la oportunidad de leer lo que escribo me dicen, a veces, que mi personaje es más interesante que la persona real. Hacen entonces una pausa donde entraría fácilmente un camión de expectación, como si acabaran de descubrir la vacuna contra el acné juvenil. Y yo no sé qué contestarles. Sobre todo porque, por lo general, ellos no tienen personaje. Lo que quiero decir es que no hay nada más, son así.
(de ‘Frazaditas’)

Suena el teléfono. Deben ser las tres de la mañana. Atiendo.
–Hola –digo, mi originalidad es un himno.
Oigo el ladrido de un perro, alto, estridente, inflamado de indignación, un ladrido que parece decir ‘hijo de puta’, y también ‘te di los mejores años de mi vida’, un ladrido que manifiesta a viva voz que le fallé, que le mentí, que ha sufrido por mi exclusiva culpa.
Vuelvo a la cama. Merezco, sin duda, todo lo que me sucede. Pero no es normal.
(de ‘Culpable, culpable’)

Dice Cheever: ‘podemos enviar un hombre a la luna, pero no podemos curar la artritis’.
Aplausos.
(de ‘Gracias’)

Yo también, ahora que lo pienso, he sido un niño precoz. Con alguna peculiaridad que hace a intrínsecas características de mi persona. Tal vez algo sesgado a lo malo, a lo trágico, a lo perverso, atributos que suelen tener una negativa connotación, lo admito.
La crisis de los cuarenta la tuve a los once, for example.
(de ‘Precoz’)

La mujer más linda que conocí en mi vida, la veo por la calle, y es fea. La pizza más rica que probé una madrugada de invierno, la pizza que te hacía saltar un par de lágrimas de la más pura alegría, ya no me conmueve. La lluvia me moja y meto las patitas en el mar pero no, no funciona como debiera, como debiese.
Algo ha pasado, soy otro.
(de ‘No me peguen en el piso’)

Tengo la culpa católica, la angustia judía, el rencor acumulado de un negro, el sentimiento de falta de aceptación de un puto, el deseo de revancha de un gordo, de un enano, de un rengo. De un enano gordo rengo.
Estoy hecho mierda, ya lo sé.
(de ‘Soy así’)

Me gustaría que me quieras por lo que soy.
Pero lo sé, me conozco, no va a ser posible.
Así que lo mejor es que me digas cuánto es, qué te debo.
(de ‘Falso haiku’)

18.2.15

Todo lo que no hay que ser


Debía estar mal yo, lo admito. Me estaba divorciando, y Catalina no paraba de romperme las pelotas. Me había tenido que alquilar un departamentito por Villa Urquiza, hasta que lográramos vender la casa y entonces me pudiera comprar algo más o menos decente. Catalina me complicaba las visitas a la nena. Me decía ‘sí, cómo no, vení a buscar a Pili el sábado a las diez de la mañana’, y cuando yo iba, tocaba el timbre y no había nadie, se habían ido a pasar el fin de semana a Luján, a lo de su familia. O a Cañuelas. Pedía dinero, reclamaba que yo no le pasaba el dinero que le correspondía, pero no era sólo dinero. Me odiaba, me consideraba un repugnante ser, causal de todas las calamidades que habían acontecido en su vida. Así de simple. 
La novela que había estado escribiendo durante los últimos cinco años, donde había puesto cada molécula de mi atribulado ser, la novela que me catapultaría a mi tan merecido destino de grandeza, finalmente la había presentado en una editorial. Me mandaron un mail a las dos semanas, me dijeron que no estaban interesados. También me dijeron que quizás escribir no era lo mío. Que me dejara de joder. 
Me senté a desayunar, en un bar de Boedo. Tenía que encontrarme con Emilio, que me iba a prestar el auto hasta que el mecánico terminara con el mío. Emilio era un amigo.
Entró un tipo, al bar, se sentó en la mesa de al lado. El bar estaba casi vacío, pero el tipo se sentó en la mesa de al lado. De traje, el tipo, y lentes. Más de cincuenta años, con un maletín de cuero de esos medio triangulares, como los que usan los visitadores médicos. Se estaba quedando pelado, y usaba el pelo de un costado de la cabeza, para intentar cubrirse, cómo decirlo, el techo de la cabeza. También iba teñido, de un color inverosímil. Te hacía doler la vista de solo verlo.
Pidió un café con leche con dos medialunas, de manteca, se paró para agarrar un diario de otra mesa, y volvió a sentarse.
Vino su pedido. Acá empezó la cuestión, el tema. El tipo seguía leyendo el diario y con una mano agarró, al mismo tiempo, un sobrecito de azúcar, y uno de edulcorante. Los abrió de un saque, con la otra mano, de un solo movimiento, y dejó caer el contenido de ambos sobres dentro de su café con leche.
Seguía leyendo, con la cabeza demasiado cerca del diario apoyado sobre la mesa. Se le levantaba, un poco, el pelo, la tapa de pelo tan precariamente construida. Levantó la taza, dio in largo sorbo del café con leche, mientras leía.
No pude soportarlo.
–Usted –dije–. Usted –repetí más fuerte, y entonces no tuvo más remedio que levantar la cabeza y mirarme–. Usted es un imbécil.
Se hizo un silencio, una pausa. El hombre tenía una medialuna en la mano, y acababa de dar un mordisco que se ralentizó, mientras me miraba, la medialuna en el aire, su masticar en cámara lenta.
–Usted es todo lo malo de este mundo –proseguí–, todo lo que no hay que ser. Usted fracasó en la vida, no hay más que verlo, pero eso no le interesa en lo más mínimo. Usted le pone azúcar y edulcorante al café con leche al mismo tiempo, porque sí, porque alguien le dijo que el azúcar hace mal aunque a usted le gusta. Usted va a trabajar durante treinta años en la misma oficina sin preguntarse jamás por qué. Usted se debe haber casado con una mujer que lo detesta, y que lo manda a hacer las compras los domingos, y que lo deja cogerla el tercer viernes de cada mes, con la luz apagada por supuesto. 
Me puse de pie. No era yo, lo admito, pero era yo. Salía de mí, una fuerza de la naturaleza, algo se quería manifestar, algo que tenía que suceder.
–Usted es un asco –le tiré el diario, al piso–. Usted no sabe si está feliz o triste porque perdió la sensibilidad para comprender la diferencia, si su televisor a partir de mañana fuera en blanco y negro usted no diría nada, le parecería bien. Usted no sabe si prefiere veranear en el mar o en las sierras, y si en una encuesta le preguntaran cuál es su plato preferido usted respondería ravioles, y milanesas, y arroz con pollo, claro, también. A usted le gusta el vino pero no demasiado, nunca demasiado, usted toma cerveza los domingos, en el almuerzo, una latita, con eso está bien. Detesto lo que usted es y lo que representa, el universo entero debiera escupirle el café con leche, pero en lugar de eso me estoy yendo a la mierda, yo. Mi vida entera se va a la mierda mientras usted leerá la página de deportes aunque no le importe demasiado el resultado, aunque no sea capaz de recordar, ni bien salga del bar, quién jugó con quién. Si le dieran un periódico de hace quince años ni siquiera notaría la diferencia, si estuviera Kempes en la tapa usted seguiría leyendo lo mas bien. Usted ni siquiera se angustia por lo que hubiera querido ser cuando fuera grande, porque no quiso ser nada. Ni siquiera albergó algún anhelo, no le prestó atención, sabía que no tenía la más mínima posibilidad, y eso le pareció, desde siempre, desde el vamos, la cosa más normal del mundo. El solo hecho que usted respire el mismo aire que yo me hace mal, me hace doler.
Se me había salido la camisa del pantalón, me había agitado, la gente me miraba. Un mozo dudaba en acercarse.
–Uy –dijo el hombre y miró los sobrecitos–. Debían estar pegados, ni me di cuenta. Pero todo lo que dijo es desde ya opinable. Quiero decir, puede ser.

12.2.15

Lección de vida


Todas las mañanas, camino cuatro cuadras para desayunar. Antes de ir al centro, a trabajar. En una época iba al centro y desayunaba ahí, pero ya no. El centro está podrido, flota una nube aunque nadie la ve, es la nube de la frustración, de todos los que querían ser otra cosa pero no tuvieron más remedio que ir a trabajar. Por dinero, claro.
​Es como en esa película, me confundo el nombre, sobre la energía que queda en el lugar donde tiraron una bomba atómica, eso perdura, eso no se va más y genera tremendos efectos, horribles trastornos. O si vas a una cárcel abandonada, un lugar donde torturaron gente. Flota el espanto en el aire, los gritos que rebotaron conta las paredes. La gente está distraída, la gente no se da cuenta porque es algo intangible, porque no se ve. Pero está ahí, esa energía de dolor te mastica el alma. Andate a vivir a más de cien kilómetros de la capital y te vuelve a crecer el pelo, se te van las ojeras y las ganas de llorar. Es probable que se te vuelva a parar la pija, que se te vuelva a humedecer la vulva (no, bueno, las dos cosa al mismo tiempo no, según corresponda, según el caso).
Doblo en C., y hay un mendigo. Está hecho de mugre, descalzo, pringoso el cabello, ha ido acumulando sucesivas capas de prendas que, harapo sobre harapo, junto con cartones y pedazos de papel de diario para protegerse del frío, constituyen su vestimenta. Es evidente que lleva unas buenas semanas sin bañarse.
–Señor, señor –me dice cada vez que me ve. Yo me acerco, lo saludo, y le doy un par de monedas de dos pesos. O un billete de diez.
​–Dios lo va a bendecir –dice él. Luego camino una cuadra más, y me meto en el bar a desayunar
​Esa es la rutina.
​Pero el otro día, metí la mano en el bolsillo, y no tenía nada. Raro, pero no tenía. Tampoco era grave, le debo estar dando algo con diaria periodicidad, de lunes a viernes, hace más de un año. Pero no tenía, no tenía monedas, ni cambio. Sólo la billetera, donde llevo los billetes de cien. Así que seguí de largo.
​ –Dios lo va a castigar –dijo. Alcancé a escucharlo. Me detuve. Volví, como se suele decir, sobre mis pasos. Tres, cinco pasos.
​–Oíme una cosa, turro –lo increpé–. Te estoy dando plata todas las mañanas, y me decís que Dios me va a bendecir. Una vez que no tengo cambio, y me decís que Dios me va a castigar. Mirame, mirame bien. ¿Entonces si mañana te vuelvo a dar monedas, Dios me va a volver a bendecir? ¿Así funciona?
​–Y sí –se corre un poco el pelo del rostro, su sonrisa está hecha de amarillos intervalos–. El mundo se trata de lo que necesito yo, no sé qué le ves de raro.

6.2.15

Cambio de paradigma


No, lo que te mata no es fumar. Lo que te mata, lo que te hace moco, es verle la cara cada mañana a tu mujer, cuando sale del baño, de cagar. Y parece disconforme, con la rotación y la traslación del planeta tierra, con la lluvia y con el sol y cualquier fenómeno climático intermedio, con la vida que le tocó, con por qué te eligió, con el final de la novela que dan por la noche en horario central (todas las novelas terminan mal). Y sí, claro, con su manera de cagar.
No, olvidate, el whisky no hace ningún daño, el whisky no hace mal. Lo que hace daño es ir al trabajo otra vez, prender la computadora otra vez, que suene el teléfono otra vez. Que alguien te diga que alguien cumple años o que se tiró un pedo o que se murió, que te digan que hay que quedarse después de hora para escuchar lo que tiene que decir el gerente general o intergaláctico, o hay que ir a un entierro, o hay que brindar.
No, ese café, ese helado, esa milanesa, ese culo, esa lata de coca cola tan fría que te pica la garganta. Nada de lo que te gusta, nunca, jamás te hizo mal. Lo que te destroza es lo que nadie dice, lo que te arruina es todo lo demás.