30.5.14

Algo cambia


–Juguemos al doctor –dije.
–Bueno, dale.
Sonrió. Se sacó la ropa. Había traído una nueva combinación, bombacha y corpiño de un celeste oscuro, no, un violeta muy clarito, como si al celeste le hubieran echado una gota de violeta. Con un delicado borde de encaje, sensual, sutil.
Puse música, jazz instrumental. Petrucciani, para ser más exacto. ‘Trio in Tokio’. 
–No, no puede haber música –dijo ella.
–En la sala de espera sí –dije yo.
–Pero no adentro del consultorio, no –dijo ella.
Tenía razón. Apagué el radiograbador.
Se sentó muy derecha, con las manos sobre los muslos, sin apoyar la espalda en el respaldo de la silla. Esperando instrucciones.
–Bueno –dije, me puse de pie, me rasqué el mentón–. Debo decirle que el resultado de los estudios no es bueno. Hay que operarla, le diría que debe ser operada lo antes posible. Luego de la ablación, aplicaremos rayos. Eso también genera algunos contratiempos, náuseas, vómitos, un estado de debilidad generalizado. Pérdida del cabello, por supuesto. Manchas en la piel.
–Pero, pero –tuvo un sollozo, un acceso de llanto. Se cubrió la cara con las manos.
–Debe pensar usted en la probabilidad de sobrevida –proseguí–. Yo diría que es de un cincuenta por ciento. A pesar de lo avanzado de la enfermedad, hoy en día la medicina ha progresado mucho.
–No puede ser, no puede ser –se peinaba para atrás el cabello, como si quisiera apretarlo, asegurarse que estuviera pegado a su cráneo–. Por qué a mí, Dios mío. Por qué.
Entonces sí, le dije que debía revisarla un poco. La llevé a la cama y le dije que se acostara, boca arriba. La cogí, le bajé al bombacha y la cogí. Ella no se movía, ella se dejaba hacer.

24.5.14

Eso


Te cuento cómo estoy, te cuento lo que me pasa.
Bueno, no, si querés mejor no, no te cuento nada. Pero ya que estás acá, ya que viniste a visitarme. Ya que fuimos a cenar y me decís que no, que de ninguna manera, que no tenés ganas de coger. Bueno, te cuento algo, tampoco vos tenés un pomo para decir, pero eso desde siempre. No es tu culpa, sos así de boboncha, no pasa nada.
Tengo la angustia de los grandes hombres. Eso es todo, ya está, ya te lo dije. 
Tengo la tristeza, ponele, de Charly García cuando se dio cuenta que se venía grande y que no se le ocurrían más canciones. Tengo el dolor, la preocupación, ponele, de Maradona cuando se dio cuenta que sin importar lo genial que hubiera sido, no le daban las piernas, había llegado la hora de retirarse.
Y así podría seguir, pero tampoco quiero aburrirte. Tengo los nervios destrozados como debía tenerlos no sé, Steve Jobs, antes de sacar el iphone a la venta. Tengo el terror que debió tener Christopher Reeves cuando se cayó del caballo y le dijeron que no se iba a poder mover nunca más, Superman las pelotas. Tengo la abrumadora sensación de responsabilidad de un General que sabe que debe atacar y se perderá la vida de cientos de soldados. Tengo el stress de alguien que sabe que al día siguiente juega la final, el partido para el que se preparó toda la vida.
Pero mi vida en sí, vos me conocés, es de lo más normal. Tengo un departamentito en Almagro, trabajo hace más de diez años en la misma estúpida oficina, viví con Alicia un montón de tiempo, sí, cogíamos, claro que cogíamos, los domingos a la mañana. O los viernes.
Para resumir, mi vida es la de un pelotudo de lo más tradicional, monótona, sin el más mínimo sentido, cero creatividad, aburrimiento total. Pero tengo todo lo malo, las secuelas que sólo pueden tener quienes están en las alturas de la creación, en la alta competencia, o quienes conducen los destinos de miles de personas.
Sufro como sólo sufren los sabios, los genios, los grandes hombres, cuando en realidad debiera tener la tranquilidad de quien sabe que no ha hecho con su vida nada de nada. Tomo mate cocido, espero que Argentinos Juniors salga campeón, veraneo una quincena en Necochea.
Extraña patología la mía. Sí, ya sé, qué boludo.

18.5.14

Otros rumbos


Me pasó algo raro. Conocí una chica. No, eso no es lo raro, pará, sigo. Conocí una chica, Adriana. El asunto es que me quedé sin laburo, me rajaron a la mierda del banco. Y ando corto de guita, claro. Voy pagando el alquiler, me como los pocos manguitos que junté. Tampoco es que tenga grandes gastos, a mí, francamente, las pocas cosas que me interesan son chupar y coger. Sí, leer, leer también, y escribir, pero poquito, los libros te los tiran por la cabeza, ya nadie lee, los pibes quieren jugar a la playstation, y darle al twitter como desesperados. Vas a una librería de la calle Corrientes y te comprás los libros que quieras por dos mangos. Escribir es más barato todavía, una birome, y un cuaderno. Escribir no sirve para nada por lo general, pero es uno de las actividades más baratas del mundo, eso hay que reconocerlo. Si quisiera tocar el saxofón o andar en bicicleta, ahí sí que estaría jodido. 
Buena piba, Adriana, para nada exuberante, con sentido del humor. Clasicona, sabe hacer milanesas con puré, coge con interés, no hace falta más nada. 
El asunto es que me quedé sin guita y decidí volver a vivir a lo de mi vieja, para ahorrarme el alquiler. Hasta que consiga algún laburito como la gente. 
Pero entonces, ¿cómo hago con Adriana? Para coger, digo. Porque la mina se banca que un hombre la lleve a comer a una parrillita de mala muerte, pero ir a coger a un telo de San Cristóbal, donde ves saltar las pulgas en el acolchado, eso no. Eso le quita las ganas a cualquiera.
Adriana es enfermera. No sé si es enfermera, quiero decir, toda la carrera, o hizo un curso. Trabaja por encargo, cuida ancianos a domicilio, gente que no se puede mover o que tuvo un ataque o un accidente, gente que está al borde de la muerte o muy enferma.
Le sirve, a Adriana, le pagan bien. Me dijo que estaba cuidando a un viejo, pobrecito, el hombre estaba cuadripléjico, en silla de ruedas. Ni hablar podía. Estaba, el viejo, en un departamento por Núñez, la familia del tipo se iba todo el fin de semana, al country. Quedaba sola, Adriana, desde el viernes a la tarde hasta el domingo a la noche, con el pobre viejo.
Le tenía que dar de comer, Adriana, dos veces por día. Y bañarlo, una vez por día, nada más. El resto del día el viejo dormía, o Adriana lo sentaba cerca de una ventana, para que mirara un poco. Y la televisión, claro.
–Venite –me dijo Adriana–. El viernes, después de las nueve de la noche. Cenamos algo, estamos un rato juntos.
–¿Te parece? –Me dio la impresión que no correspondía ir a la casa de otra persona, sin que los dueños supieran.
–Sí, tonto –dijo Adriana–. Estoy sola, el pobre viejo no puede ni hablar, no pasa nada.
Fui. Adriana hizo ravioles, tomamos vino.  Un departamento de puta madre. Ya le había dado de comer al viejo cuando yo llegué, y lo tenía sentado en el living, en la silla de ruedas, frente al televisor con el volumen bastante alto.
–Este es un amigo que vino a visitarme, don Emilio –dijo Adriana, cuando llegué. El viejo ni me miró. Parecía concentrado, y casi dormido a la vez. Las piernas cubiertas por una colorida frazada.
La hago corta. Nos pusimos a ver la televisión, en el sillón, y empezamos a besarnos. De ahí a coger hubo medio paso.
–Pará –dije, mientras Adriana ya estaba en bombacha y corpiño– ¿Y éste? –señalé al viejo.
–No pasa nada –se rió, Adriana, y subió más el volumen del televisor.
Genial. Absolutamente genial. La mejor experiencia sexual de mi vida. Adriana, en medio de la faena, se paró, y movió la silla de ruedas, puso al viejo apuntando hacia nosotros. Me calenté como nunca. El viejo nos miraba coger, con una mezcla de estupefacción e interés. Me pareció que le caía un poco de baba.
El mejor sexo de mi vida, como te dije. Adriana no paraba de acabar. Acababa y se reía, ‘mirá cómo estoy dejando el parquet’, decía, y volvía a acabar. Me eché tres polvos, no cogía así desde la adolescencia. Una cosa de locos.
Lo que te quería contar es que a partir de eso empezamos a coger en geriátricos, en las salas de terapia intensiva de los hospitales, en cumpleaños de setenta y cinco. Cogemos delante de viejos que nos miran. Por lo general nos contratan de los geriátricos, como te dije. Hemos cogido también, a pedido, en salas de velatorio, al lado del cajón del muerto.
Somos una especie de espectáculo. Dicen que para los viejos es terapéutico, ver coger. Mejor que cantar en un coro, o jugar a las cartas. Tuve que contratar un par de parejas más, porque no damos abasto con las fechas. Estoy ahorrando dinero, cojo como nunca en la vida.

12.5.14

Todo empezó a andar mal


Sin entrar en la multiplicidad de detalles que componen una vida, a Carlos le iba bien. Casado, dos hijos, el mayor ya adolescente, y Tatiana, una nenita dulce, el sol de su vida. Tenía un negocio de venta de artículos de limpieza, veraneaba la primer quincena de Enero en una regia casa en Pinamar, cambiaba el auto cada tres años.
​Jugaba al fútbol una vez por semana, los miércoles, con sus amigos de toda la vida. Había tenido una amante, una chica que trabajaba en el negocio y lo encandiló con su juventud, pero nada serio. Tenía cuarenta y tres años, había querido estar con una mujer más joven, cosas que pasan. No cambiaba a Paulita por nada del mundo.
​Y así seguía la vida, desenrollando su carretel. Hacía cuatro años que había muerto su padre, del corazón. Había comprado una casa de fin de semana, Tatiana le había pedido un perro para su cumpleaños de nueve años. Un Schnauzer miniatura medio cascarrabias que se llamaba Felipe. Paulita seguía con sus cursos, de teatro, de fotografía.
​Pero. Con la displicencia que suelen tener las cosas importantes, todo empezó a andar mal. Carlos trataba de encontrar el momento exacto, en qué curva de la vida se había comenzado a ir todo a la mierda. Se quedaba perplejo, a las tres de la mañana, tomando un té en calzoncillos bajo los fluorescentes tubos de la cocina. Se había vuelto imposible, para él, dormir. Así que se levantaba de la cama, no insistía.
​Su hijo, tuvo un golpe en un partido de fútbol. A la noche levantó fiebre, y perdió el conocimiento. El golpe había sido en la cabeza, y existía la posibilidad que se hubiera formado un coágulo. Permanecía internado, Facundo, en el hospital, mientras los médicos dudaban acerca de la conveniencia de operarlo. Los riesgos eran elevados, de dejarlo como estaba. Y los riesgos eran todavía más altos, de una cirugía.
​En alguna de las guardias esperando el parte médico, Paulita le contó que sabía que él le había sido infiel. Había visto un mensaje en su celular, y pensaba en divorciarse ni bien Facundo saliera del hospital.
​Tatiana empezó a tener ataques de pánico, no podía ir al colegio, ni pisar la calle. Temblaba, lloraba, hubo que medicarla. Tenía los nervios como un paquete de fideos partido al medio.
​En el negocio algo se complicó. Se incendió el depósito, perdió una fortuna en mercaderías.
​Un domingo a la mañana, sacó a pasear a Felipe y se le soltó la correa mientras intentaba encender un cigarrillo. Felipe cruzó la avenida y los automóviles se ocuparon de él. Pensó en comprar otro igual, sin decirle a Tatiana. Pero no era posible, volvió a  su casa con la correa en la mano, se sentó a escuchar los alaridos de la niña. Dolor en estado puro, carne viva.
​Desolado, con Facundo todavía internado, con Tatiana cada vez peor, con Paulita que se negaba a dirigirle la palabra, en la ruina. Entró un día, mientras caminaba sin sentido, a una iglesia. Entró sin saber por qué, a llorar, a buscar quizás algo de consuelo.
Lunes por la mañana, muy temprano. Agosto, hacía frío.
​–¿Por qué, Dios? –murmuró Carlos, moqueando, con los ojos enrojecidos– ¿Por qué me sale todo mal? ¿Qué es este ensañamiento, este castigo?
​No había nadie, el recinto estaba húmedo y desolado y frío. Sólo una mujer muy mayor, acomodando unos ramitos de flores cerca del púlpito, bajo la imagen de un Cristo que lloraba con los brazos en cruz.
​–Bueno –oyó como si le hablaran al oído, se sobresaltó. Era un susurro que descendía sobre él, no entendía–. Durante cuarenta años te fue más o menos bien, y jamás se te ocurrió preguntarte si era suerte, si te lo merecías. Ahora dos o tres manos que no te tocan las cartas que vos querés, y decís que la vida no tiene sentido. No sé, no me parece.

6.5.14

Hablan las flores


El experimento es relativamente simple, no hay complejidad excesiva para su ejecución. Eso es importante, porque si lo que se pretende demostrar se encuentra en inalcanzables alturas del conocimiento, o si se requiriera, para la demostración, de un herramental inaccesible por su costo, complejas maquinarias, bueno, eso dificulta todo. El conocimiento debe ser tan contundente como abordable.
Comprás cuatro flores. Pueden ser cuatro rosas, o margaritas, no sé, vas a la florería y comprás cuatro flores, no importa qué flores, pero cuatro flores iguales.
Ahora bien. Pedís que te corten los tallos, más o menos, para que queden de quince centímetros, o te vas a tu casa, con las flores, y los cortás vos, sobre la mesada, con un cuchillo. Los podés cortar con una tijera, también.
A la noche. El experimento es a la noche. Necesitás cuatro vasos. En uno ponés agua, agua de la canilla, en otro ponés agua, agua que ahora está al natural, pero que previamente fue calentada, como si te hubieras ido a preparar un té o una sopa, algo en el microondas. En el tercer vaso ponés, también hasta más de la mitad, una gaseosa, ponés coca cola. En el cuarto vaso ponés whisky.
Ponés una flor en cada vaso. Listo, eso es todo. Te vas a dormir, es de noche.
Al día siguiente, cuando te despertás, vas y te fijás lo que aconteció con las flores.
Vas a ver las diferencias, qué le ocurrió a cada flor. Eso te va a permitir comprender tantísimas cosas sobre la modernidad, sobre el progreso, sobre el bien y el mal, cuál es la opinión de la naturaleza sobre lo que ha estado sucediendo todo este tiempo. 
Además, si compraste el whisky para llevar adelante el experimento, te queda prácticamente la botella entera. Tenés algo para hacer el resto de la semana, quiero decir, hasta que te anotes otra vez en un megatlón o decidas hacer un curso de fotografía. Seguro se te va  a ocurrir algo.

30.4.14

No sé qué decirte


–Juan.
–Sí.
–¿Te puedo preguntar algo? –ella se incorporó en la cama, acabábamos de coger, se había hecho la correspondiente pausa–. Te quiero preguntar algo.
–Sí –giré la cabeza para el otro lado y manoteé el piso, buscando el vaso de whisky.
Lo encontré, lo levanté, lo miré. Estaba vacío.
–¿Vos me querés? –Ella encendió un cigarrillo. Le gustaba fumar después de coger. Le gustaba fumar después de bañarse, también.
–Eehh –dije. 
–Es que se nota mucho –dijo ella–. Antes de coger, no te interesa mucho nada de lo que digo. Estás apurado. Querés que termine, la cena, la charla, lo que sea. Querés ir a coger.
No dije nada. Pensé en el whisky, en la botella de whisky. Debió quedar en la cocina, en el comedor. Sentí la ausencia, la ausencia de whisky, de la botella de whisky, y la extrañé. La extrañé como se extraña a una mascota de la infancia, como se extraña un atardecer en la playa con amigos, cuando sos adolescente, cuando cae el sol.
–Y después de coger, bueno, ahí menos. Ahí sí que no te interesa nada de nada –prosiguió, ella–. De lo que me pasa. De mi vida.
No sabía qué decir. No prometo nada, hace tiempo que dejé de mentir, de prometer. Vivir es distraerse, dijo Bioy. Nos veíamos los viernes, o los martes. Íbamos a cenar, hablábamos un poco. Después, íbamos a coger.
–No sé qué decirte –dije–. No sé qué querés que te diga.
–¡Que te interesa algo! –levantó la voz, pitó con fuerza. Pero no era el inicio de una tempestad, sólo énfasis. Una reacción–. Que te interesa saber cómo estoy, qué me pasa. Que no sé qué hacer con mi vida. Si tengo planes, si quiero cambiar de trabajo, o volverme a vivir a Pehuajó.
–Bueno, cómo estás –dije. 
–No, Juan, así no –apagó el cigarrillo, se puso de pie y comenzó a vestirse. Estábamos en mi casa–. Así parece una joda. No es real. Te da lo mismo. ¡Te da todo lo mismo! Lo que querés es ponerla y nada más.
Era verdad. Coger era una de las pocas cosas que todavía me interesaban. Que me hacían bien. También me interesaba comer dos o tres galletitas con dulce de membrillo, a la mañana. En una época me había interesado leer.
–Esperá que te bajo a abrir –dije. 
–¿Ves? –se apartó el pelo de la cara– ¿Ves? Te da lo mismo, te da lo mismo si me quedo, si me voy. Sos un asco, Juan. Sos un asco de persona, no sé qué carajo hago con un tipo como vos.
–Esperás –le dije–. Más o menos como todo el mundo. Hacés un poco de tiempo. Esperás hasta que te pase algo mejor.

24.4.14

Ahora


Ahora te dicen que no comas carne. Que te hagas vegetariano, o mejor aún, vegano. Crudívoro, si podés. Porque si comés carne, si te comés un churrasco o una milanesa, se te pega la angustia del animal cuando lo mataron, el susto de la vaca por no poder despedirse de su familia, la frustración del chancho de no haber podido llevar  sus hijos a Disney, la tristeza del pollo por no poder seguir vivo y competir en el Tour de France para pollos, se te pega todo lo malo.
Ahora te explican en cualquier programa de televisión que si le ponés un sobrecito de azúcar al café con leche sos Mengele, el azúcar es Satán, Belcebú, Lucifer. El azúcar es el demonio.
Ahora te hacen entender que ni se te ocurra ponerle sal al agua donde vas a hacerte los fideos Don Vicente. Si precisás condimentar la ensalada, la lechuga, los tomates, si te gusta la sal, tendrías que usar sal dietética, sal light, sal desalificada, desalada, desalinizada, sal sin sal es mejor todavía. Si ves un salero, cruzá de vereda. La sal te hace reventar el corazón como si le dieras una patada a un sapo contra un zócalo. La sal es la muerte misma.
Ahora te recuerdan que los hidratos de carbono son la peste. Olvidate de comer una medialuna a la mañana, no entres nunca más a una pizzería en tu vida, no, descendiente de italianos las pelotas, no insistas. Y nada de gaseosas, que se te pudre el alma, probá dejar un clavo oxidado en un vaso lleno de Coca Cola durante una noche, y a la mañana siguiente fijate qué pasa. Y nunca más alcohol. El alcohol fija las grasas, pule las neuronas, empasta la poronga. Podés tomar un vaso de vino en tu cumpleaños de cuarenta, dos vasos de vino en tu cumpleaños de ochenta, tres vasos de vino en tu cumpleaños de ciento veinte, y así.
Está todo muy claro, antes nadie sabía todo lo que hacía mal. ¿El cigarrillo? ¡Ja! Un cigarrillo y tu vida vale menos que la de una araña. Ahora la información circula, podés buscar los efectos de unas papas a la provenzal por internet. Se avanzó mucho, está todo investigado.
Lo que no se sabe es cómo hacer para que la gente esté contenta. Para que la gente vuelva a tener ganas de coger, de caminar bajo la lluvia, o de reírse. Para eso todavía no encontraron nada.

18.4.14

Doppelgänger


Para cortar la ciudad en veinte minutos, tenés que tomar el subte. Es el infierno, es Saigón, es el horror de estar vivo, es todo lo malo que te puede pasar y mucho más. Pero es menos de media hora.
Salí del centro, tenía que ver a alguien, tomar un café con alguien, en un bar de Cabildo y Aguilar.
No, no importa el alguien, ni tampoco importa, mucho menos, el por  qué. Lo que te puedo decir es que tenía que tomar un café con esa persona, para hablar de algo.
Así que me metí en el subte D, en Diagonal y Florida. Hasta ahí todo bien, hasta ahí estamos. Debían ser las cuatro de la tarde como mucho, así que tampoco era el horario de salida del malón de pelotudos que, a falta de ingenio y/o atrevimiento, bueno, trabajan. Había gente, claro que había gente, desde hace algunos años hay gente en todas partes. Pero todavía no estaban demasiado apilados, eso es lo que quise decir.
Voy parado, por supuesto, agarrado para no caerme. Y suelo cerrar los ojos. Por el intervalo de tiempo que dura recorrer dos o tres estaciones. Aplico todos mis conocimientos de meditación, y pienso. Quiero decir, no pienso. Intento no pensar, aunque intentar tampoco sea el verbo adecuado. Ser, estar, sin pensamientos, apenas eso. Puede que me ilumine, que me convierta en un verdadero Buda y me dedique a recorrer el mundo hablando un poco y sonriendo. O puede que se me pase un poco más rápido el viaje. Me sirven las dos.
Acá viene el asunto, el tema.
Repito la operación, la operación de ignorar mi absoluto fastidio, y mantener mis ojos cerrados por un par de estaciones, y no pensar, pensar lo menos posible.
Y abrí los ojos. Para ver dónde estaba, para ver si estaba vivo, para chequear que no me estén cogiendo o afanando o las dos cosas al mismo tiempo.
Abrí los ojos, entonces, te decía.
Estoy en el subterráneo, eso ya lo dije. El subterráneo está detenido, porque ha llegado a una estación. La estación es Agüero. Alto, eso no es todo. También se ha detenido, del otro lado, otro subterráneo, el que va en dirección contraria, hacia Catedral. Los subterráneos van en ambas direcciones, y por leyes de la física, se cruzan en sus trayectos. A veces, en movimiento, o como en este caso por unos instantes, detenidos. El punto es que abro los ojos, y estoy yo. No, yo soy yo, yo sé que soy yo, pero estoy yo también, en el otro subte. Del otro lado.
Parpadeo. Me miro a mí mismo, y ya estoy por comprender que es un reflejo de los vidrios de las ventanillas, me estoy viendo reflejado, a mí mismo. Miro la imagen, como si de un espejo se tratara, la imagen también me mira.
Pero. Ya están por arrancar, uno de los subterráneos o los dos, con milimétricos segundos de diferencia. Se escuchan las bocinas del cerrado de puertas, alguien que habla por teléfono (siempre hay alguien que habla por teléfono, alguien que está muerto y habla por teléfono porque todavía no se dio cuenta, porque aún no lo sabe), esas cosas.
Pero, dije. Del otro lado. Alguien se mueve, alguien se ha levantado. Y mi imagen, sin dejar de observarme, descubre el lugar libre, retrocede un par de pasos, y se sienta.
Arrancan los subterráneos. No puede ser, no puede suceder, que mi imagen se siente, porque yo sé, estoy seguro, que permanezco de pie. Yo sigo parado.
Los subterráneos se mueven. Mi imagen, que se ha sentado, que continúa mirándome, levanta una mano y hace, con dos dedos, una V. Sonríe, apenas.
En Plaza Italia casi se pelean dos tipos, Uno dijo que lo habían empujado, el otro que habían intentado robarlo. El resto del viaje no tuvo mayores complicaciones.

12.4.14

Éramos jóvenes, era verano


Estoy en un bar, desayunando. Tuve que ir a dar sangre para el papá de un amigo. La verdad que no me divierte ni me interesa, dar sangre. Pero la gente que conocés se divide en dos grandes grupos: los que te van a pedir sangre, y los que te van a pedir plata. Así que si me piden sangre, bueno, doy.
Fui muy temprano, di sangre. Me quisieron pesar, antes de dar sangre, tomarme la presión, verme los hematocritos, evaluar mi estado de salud. Flaco, yo vengo y te doy sangre. Si no te gusta cómo está, la sangre, no sé, usala para hacerte buches, o como lustramuebles. Pero no me jodas.
Di sangre, finalmente. Medio litro. Y me fui a desayunar, a mirar por la ventana de un bar. A seguir con mi vida.
Estoy por Boedo, todavía no son las ocho de la mañana. El café con leche está bien caliente y espumoso, las medialunas brillan como pequeños soles. El mundo se ordena.
Entra un muchacho, al bar. Tiene el cabello todavía húmedo. Está muy abrigado, con esas camperas de jean que adentro tienen corderito. Usa una bufanda a cuadros, también, roja y verde. Hace frío.
–Hola –dice el muchacho, y permanece de pie, junto a mi mesa.
–Hola –digo. Espero que apoye sobre la mesa cualquier cosa que sea lo que vende para decirle que no, que no compro. Que se vaya.
–¿Me puedo sentar? –Dice el muchacho. Pareciera que está nervioso, titubea.
Lo miro. Hago silencio. En tantísimas cuestiones, el silencio es la mejor respuesta. Haberlo sabido antes.
–Le quiero decir algo –corre una silla, con lentitud, se sienta sin tocar, con la espalda, el respaldo de la silla–. Soy tu hijo.
–¿Eh? –suelto la taza de café con leche, suelto la birome, suelto un soplido, lo que equivale a decir que suelto el aire.
–Soy tu hijo, Juan –tiene los puños apretados sobre la mesa–. Mi mamá es Silvana, la conociste en Villa Gesell, trabajaba de moza. Ella no me quería decir tu nombre, pero yo insistí. Me contó cómo se conocieron. Vos trabajabas en un boliche, ese verano. Mamá, Silvana, estuvo casada con otro tipo, después. Pero se separó, vivimos en San Bernardo.
–No –dije–. No puede ser.
El chico debe tener quince años, quizás dieciséis. Y se parece, un poco, a mí. Es alto, los desordenados rulos, narigón. No sé, cómo era yo de jovencito. Silvana, Silvana, ¿una moza de Miró? ¿De Dogo’s? ¿Cogía yo en Villa Gesell? ¿Con quién cogía? Andaba drogado todo el tiempo, fue hace tanto.
–Sí, sos mi papá –prosigue, el muchacho–. No te asustes, no quiero nada. No vine a pedirte nada, no te voy a hacer ningún reclamo. Sólo quería conocerte, verte la cara.
–Mirá –digo–. Si sos mi hijo, jamás me enteré. Silvana no me buscó ni me dijo nada. Ni siquiera sé quién es Silvana, no consigo recordarla.
–Entiendo –dijo el pibe–. Pero ella sí se acuerda de vos. Me dio tus datos. Dice que hacías surf, y que tenías un fantástico sentido del humor. Dijo que la hacías reír, eras un capo.
–No sé –digo, tomo un sorbo de café con leche–. No me acuerdo.
–¿Qué hacés? –mira el cuaderno abierto sobre la mesa, garrapateado con mi letra de loco– ¿Puedo mirar?
–Sí, claro.
Lee, el pibe, durante cinco minutos. Lee lo que escribo, historias donde todo me sale mal, donde el mundo entero es una mierda, donde los perros son atropellados con metálica indiferencia, y llueve todo el tiempo, y la vida es como mirar a través de un televisor en blanco y negro con el volumen bajito. No hay esperanza, para taparnos de la desesperación, sólo tenemos la frazadita del fracaso.
–No entiendo –dice, levanta la cabeza, me mira–. Para vos todo está mal. Yo no soy como vos, si no algo de lo que escribís resonaría en mí. No podés ser mi papá.
–Y no –sonrío, es una estúpida sonrisa–. Quizás te equivocaste, o te dieron mal el apellido. Quizás tu mamá estuvo, bueno, con más gente. Quiero decir, no la juzgo, pero éramos jóvenes, era verano.
–Puede ser que tengas razón –suelta mi cuaderno, con algo de desprecio, algo bastante parecido al asco–. Chau.
–Chau, pibe. Que tengas suerte.
Se va, con la bufanda en la mano.
Siempre tuve la sensación que la literatura no había hecho nada por mí, tantos años escribiendo para nada, ni libros ni premios. Ha sido, la literatura, una fastidiada puta a la que me he cogido mal. Ningún resultado.
Hasta esta mañana, claro.

6.4.14

Shuruk Impele


Fueron todos a ver al brujo de la tribu. La preocupación se mezclaba con las rústicas pintadas en los atribulados rostros. Cortaba el aire el precario lenguaje construido a base de siseos, de guturalidades.
–¡Shuruk! ¡Shuruk Impele! –corearon el nombre del reverenciado místico, el temido guía. 
Al rato apareció. Se escuchó una tos y un arrastrar de pies, salió de su cueva.
Descalzo, huesudo, unos pocos pelos, blancos, a los lados de la cabeza, como si fueran pequeñas alitas. Usaba un taparrabos de piel de antílope. Se apoyaba en su bastón, que no era otra cosa que una rama del cedro sagrado situado a escasos metros de su cueva. Tenía una leve renguera, y su mirada era acuosa, casi transparente, lo cual, sumado al particular movimiento que hacía con la cabeza hacia delante, como si fuera un perro y estuviera olisqueando el aire, daba la sensación que el hombre de algún modo te percibía pero no te veía, que quizás hacía mucho tiempo que se había ido quedando ciego.
–Qué –dijo. La multitud se postró, cayeron de rodillas, las frentes rozaron la tierra en señal de sumisión y reverencia.
–Oh, sabio maestro –dijo uno, apoyando las palmas de las manos una sobre otra contra su pecho, a la altura del corazón–. Llegan las tormentas. Venimos a preguntarte si debemos escapar de la orilla del río, si debemos marchar noche y día sin descanso en busca de cobijo. Pero entonces perderíamos los granos almacenados y nuestras chozas, estaríamos a merced de los leones y las víboras. No sabemos qué hacer, no tenemos consuelo.
–Debo consultar a los dioses –dijo Shuruk Impele, tocó con dos dedos el colmillo de cocodrilo que colgaba de su cuello–. Tráiganme un cochinillo asado de menos de seis meses, y una fuente de papas, batatas, cebollas, calabazas, morrones. Y unas tinajas de vino. ¡No pueden venir a pedir el favor de los dioses sin hacer una ofrenda! ¡Cómo se atreven!
Se fueron. Por la tarde, dos jóvenes guerreros dejaron lo solicitado, en la entrada de la cueva. Shuruk Impele les gritó, desde adentro, que volvieran dentro de tres lunas.
Volvieron, aterrados. Relámpagos cruzaban el cielo como incandescentes flechas. Habían oído, por las noches, el bramido de los animales indicando el peligro. Una araña peluda había picado en un brazo al pequeño hijo de Samamet, y la mujer estaba desolada. Habían envuelto el bracito del niño en hojas de plátano untadas con miel, pero la cosa no mejoraba. Era una señal, un designio.
–¡Shuruk! ¡Shuruk Impele! –Gritó uno de los guerreros de la primera fila– ¡Queremos saber qué hacer! ¡Se avecinan las tormentas! ¿Debemos marchar, o nos protegerán los dioses?
Salió, Shuruk, legañoso, mal dormido. Llevaba el rostro manchado con lo que parecía ser sangre, pero también podía ser una suerte de tuco. Tenía el vientre desproporcionadamente hinchado en relación al resto del cuerpo.
–Qué carajo pasa –dijo el brujo–. Estaba durmiendo.
–Oh, amado maestro, las tormentas. ¿Subirán los ríos? ¿Debemos irnos para salvar la vida de nuestras familias, dejando atrás todo lo que hemos construido?
–Mmm, ajá –regurgitó, Shuruk, lanzó una furibunda escupida que permaneció como un animal verdoso y primitivo, latiendo sobre la tierra–. Los dioses aún no han respondido. Tráiganme dos vírgenes, de menos de quince años. Con las tetitas pequeñas y los pezones puntiagudos. Báñenlas con aceite de sándalo y perfume de lavanda. Lávenles bien el cabello, usen hojas de menta, también un poco de ortiga. Y traigan grasa de joroba de cebú en un cuenco. Es importante.
Las dos pequeñas fueron llevadas, contra su voluntad, de más está decirlo, las dejaron atadas junto a la entrada de la cueva. Esa misma noche.
–Pueden volver, mañana después del mediodía –dijo Shuruk a los emisarios.
Pero al día siguiente llovió. Se desató una tormenta como nunca antes. Cayeron los árboles y crecieron los ríos. Se perdió la cosecha, se ahogaron varios niños. No quedó nada en pie. Durante cinco días y cinco noches la tierra fue arrasada. Vino la peste y la enfermedad, el hambre, el frío.
Cuando el diluvio cesó, los pocos que se habían salvado fueron a ver al brujo. Habían perdido todo, sus bienes, sus familias.
–Maestro, maestro –hablaba uno de los sobrevivientes, de rodillas. Tenía llagas en el cuerpo, sarna, botulismo–. La tormenta nos azotó, destrozó todo lo que poseíamos. ¿Por qué no nos advertiste? ¿Acaso no sabías?
–Bueno –dijo Shuruk Impele, se rascó un poco la panza con el revés de un pulgar. Después juntó los dedos de una mano y los acercó a su nariz, oliéndolos. Parecía recordar alguna cuestión, se reflejó en sus facciones concentración y deleite–. Si se fijan bien mi cueva está en la parte más alta del terreno. Estuve comiendo como un desaforado, me cogí un par de pendejas. Quiero decir, es algo que ha venido sucediendo desde tiempos remotos, y que sucederá siempre. Tampoco se pueden salvar todos.

30.3.14

Escapada


         Yendo para Pinamar, pinché una rueda. Me gusta ir a la costa, aunque sea tres o cinco días, fuera de temporada. Meter las patitas en el mar, tomar un café con leche y saber que no tenés absolutamente nada para hacer todo el resto del día.
         Invité a Valeria, dijo que sí. Cogíamos cada tanto, metíamos alguna cena, dormíamos un rato abrazados. Ella tenía una hija de ocho o nueve años que se llamaba Brisa.
         Arregló con su ex marido, y me dijo que sí, que podía. Yo tenía un amigo que me prestaba un regio departamento en el centro de Pinamar. Noviembre, casi nada de gente, una delicia.
         Pero pinché la rueda, a unos cuarenta o cincuenta kilómetros de Madariaga. Nadie, en la ruta, debían ser las doce de la noche.
         Abrí el baúl, nada. Una rueda desinflada, ni la llave cruz, ni el cricket. No sé ni para qué me fijé, no sé cambiar una rueda. Tampoco sé hacer asado. Me gusta leer y tomar whisky, mirar por la ventana de los bares, eso es lo que sé hacer, soy así.
         Valeria intentaba llamar a una grúa con el celular, pero se perdía la señal. Probaba todas las combinaciones de tres números con un asterisco adelante. Nada, cero.
         Ni luz, en la ruta. El ruido de los grillos, algo de viento. La nada misma.
         Al rato pasó una pick up. Le hicimos señas. Pararon, se bajaron, eran tres tipos.
         Casi violan a Valeria. Me tuve que pelear. Me dieron un culatazo en la cara. Me habrán roto, de un saque, tres muelas. Me sangraba un oído, un dolor difícil de describir. Un dolor difícil de ser imaginado.
         Se fueron, nos robaron la plata y las llaves del auto, los teléfonos, y se fueron. Uno me pinchó la otra rueda de adelante, con su cuchillo de monte. Antes de irse me tiraron un botellazo que dio contra el lateral del automóvil. Una botella de ginebra, salpicaron los vidrios. Se reían, escuchaban cumbia y se reían.
         Valeria, todavía con un ataque de nervios, se pishó encima. Tuvo algunas convulsiones, me dijo que era epiléptica, yo no sabía.
         El oído me latía como si me fuera a explotar, seguía escupiendo pedacitos de dientes. Encontré un blister de Ibupirac, en la mochila, y me tomé cuatro o cinco. Dolía.
         Se acercó un perro, de la nada, uno de esos perros mezcla de Collie con algo, mugriento, peludo. Lo quise acariciar, y me mordió la mano. Valeria le tuvo que tirar varios piedrazos, porque no se iba.
         Ahí estábamos, en el medio de la ruta, Valeria a punto de haber sido violada, yo con la boca hecha pedazos, sin poder mover el auto, sin teléfonos, sin dinero.
         Me acordé que la última vez que había ido al psicólogo fue para decirle que sentía que me había venido grande, que no me pasaba nada. Que la vida se había vuelto poco entretenida.

24.3.14

Una buena persona


         Era una pavadita, una cosa de nada que para mí servía, un truco.
         Cuando conocía a una chica, cuando salía con una chica por primera vez, la invitaba a cenar. A una cantina de barrio ubicada en Almagro, bien ambientada, chiquita, nada del otro mundo. Se comía bien.
         Y como yo solía ir, mucho, por lo general con amigos, bueno, podríamos decir que era habitué. Me conocían, en particular uno de los mozos. Algo gordo, el mozo, siempre transpirado y de buen humor, jovencito.
         Teníamos arreglado un acto. Cuando yo llevaba a una chica a comer, por primera vez, al entrar al local, le hacía una seña casi imperceptible, con la cabeza. O un guiño.
         Entonces él nos atendía, como si no me conociera. Hacíamos el pedido. Y cuando lo traía, bueno, ahí venía el asunto. Al servir el vino, él hacía un pequeño movimiento, como si alguien lo hubiera tocado de atrás haciéndolo trastabillar. Daba un golpecito, y salía un borbotón, un chorrito de vino, de la botella.
         La idea era que el pibe se ponía muy nervioso, debido a su involuntario error.
         –No pasa nada –decía yo, mientras el mozo no sabía cómo disculparse por haberme salpicado la camisa–. Dale nomás, quedate tranquilo.
         En eso consistía, básicamente, el truco. El mozo me salpicaba con el vino, se ponía mal, yo lo absolvía. Eso ocasionaba un fantástico efecto en mi ocasional acompañante. Veía que yo tenía sentimientos, que era una buena persona, que a pesar del inconveniente saludaba, dejaba propina. Por lo general, entonces, lograba que la chica se pusiera en un adecuado nivel de existencial predisposición. Para coger, claro.
         Fui con Carla, a la cantina. Martes, casi las nueve de la noche. Entré, dije que no tenía reserva, le hice, al mozo, el guiño. Carla era una piba que había conocido en una clase de yoga, flaca, poca teta, culito más que firme. Estudiaba arquitectura, creo, o ciencias de la comunicación.
         Elegimos los platos de la carta, pedí vino. Carla contemplaba la simpática decoración del lugar, la bandera de Italia, el cuadro del Padre Pío.
         El mozo trajo el vino y la entrada, berenjenas a la parmesana.
         –Están marchando las pastas –dijo.
         Sirvió el vino. Yo me preparaba con total naturalidad para hacer mi acto. Mostrar que no sólo me interesa coger. Que puedo ser magnánimo, altruista, comprensivo.
         Pero. Algo pasó. El mozo, que se llama Gastón, hizo el tropezón, el saltito. O quizás justo lo tocaron de atrás, una señora que iba al baño. Porque salió el borbotón, de vino. Pero manchó a Carla. En su remera, cayó la salpicadura.
         –Perdón –dijo Gastón, apoyando la botella sobre la mesa.
         –¡Pero qué pelotudo! –Carla se puso de pie, ofuscada– ¡Gordo forro, ni siquiera sabés servir un vino de mierda!
         –Bueno –dije yo. Gastón retrocedió un paso. Transpiraba.
         –Boludo –seguía, Carla– ¡Esta remera me la trajeron de Inglaterra, boludo! ¿No vas a hacer nada, Juan? –volvió a mirar a Gastón–. Te voy a hacer mierda, forro. Qué boludo que sos, se ve que tus papás son parientes, o te caíste de la cuna de cabeza, cuando eras muy chiquito.

18.3.14

La cosa más normal del mundo


Necesitaba trabajar, conseguí un trabajo. Bueno, en realidad, no necesitaba trabajar, lo que necesitaba era dinero. Pero si no te da la cabeza para afanar, y no tenés alguna habilidad no tradicional, entonces trabajar es lo que se estila. 
Me consiguió el trabajo mi amigo M. M. se estaba por recibir de abogado, en realidad se estaba por recibir de abogado hacía como quince años. Y mientras tanto, M. trabajaba en el Ministerio.
En los Ministerios está lleno de gente que no hace un pomo, a nadie le importa. Hay Gerentes de cualquier cosa, Subgerentes de algo, siempre hay cargos para repartir, prácticas rentadas, pasantías. Si aguantás seis meses sin hacer cagadas, quiero decir, sin que te vean corriendo en pelotas por los pasillos o cagando arriba de una computadora, entonces te efectivizan. Y ahí sí, ahí te podés dedicar a no hacer nada como más te guste. 
Estaba en mi segunda semana de trabajo, me habían destinado al área de Archivos. Estaba en un sótano, ordenando expedientes. Había carpetas de distintos colores, y etiquetas. Había unos gigantescos ficheros de metal que iban de pared a pared. Había que ordenar expedientes, o perderlos, pero perderlos y volverlos a encontrar si alguien, un Subgerente, los solicitaba. Para volverlos a perder, pero de una manera diferente.
Ahí estaba yo, durante seis horas, pensando en algo, en cualquier cosa, cerca de un escritorio con una computadora que me habían dejado y que era una carreta, una computadora que tardaba en abrir el ‘buscaminas’, cargando datos, ordenando expedientes, rotulando siglas, archivando. 
–Ahí llegó Betty –dijo un pibe que usaba la corbata muy floja y la camisa afuera del pantalón–. Por si querés comer algo. 
–¡Grande Betty! –dijo una mujer a la que le costaba moverse, tenía las piernas muy hinchadas. Pero se puso de pie, apretando un billete en una mano.
–A ver, vos, Claudio. Te toca ir a comprar Coca Cola.
Betty debía ser una mujer de unos cincuenta años, morocha, con el cabello recogido. Cargaba una heladera de telgopor, que apoyó sobre un escritorio. Se juntó un grupito de los que trabajábamos en aquel inmundo sótano. 
–Yo quiero deditos –dijo una chica que tenía una verruga peluda sobre el labio–. Dos porciones. ¡A mi hijo le encantaron!
–Para mí orejas, con mostaza –dijo un tipo de Logística.
–¿Sánguches de qué hiciste? –Preguntó Víctor.
–De muslo –dijo Betty–. Muslo de un gordo que murió ayer. Están tiernísimos.
Tardé en comprender. Pensé que era parte de lo que todavía no sabía, la jerga, códigos de la gente que trabajaba en el Ministerio. Algún chiste privado.
Nada de eso. De la heladera, y con guantes de cirujano puestos, Betty iba sacando, bueno, lo que le pedían. Partes de cuerpos, sí, de cuerpos humanos. Las orejas servidas en conos de papas fritas, troceadas, los dedos rebozados como milanesas, sin las uñas, sándwiches hechos de muslos de una persona muerta. Escalopes de culo con guarnición, servidos en unas simpáticas bandejitas plásticas. Alguien comentó que la semana pasada lo mejor había sido unas tetas rellenas con queso parmesano y provolone que eran una delicia. Otro le dijo que era un burro, que lo que les daba el gustito era el roquefort. Las tetas eran a los cuatro quesos, y tenían, también, mozzarella y roquefort. Discutieron un poco, se reían.
Tuve que apoyarme sobre un escritorio, se me movió un poco el piso, sentí un mareo. Me contó uno de los cadetes que Betty estaba casada con un tipo que trabajaba en la morgue. Todos los viernes traía, para vender, comida hecha con pedazos de cuerpos. Sí, claro, de humanos.
Me explicó el pibe que al principio te daba un poco de impresión. Pero después te dabas cuenta que era la cosa más normal del mundo. Betty era una maestra de la cocina, y la mercadería siempre era fresca, trabajaba sólo con muertos de la semana. Era rarísimo, los empleados estaban por lo general de buen humor. Cuando alguno se hacía un chequeo, todos habían mejorado de manera notoria su estado de salud. Además, era mucho más barato que bajar a comprar comida a la galería.

12.3.14

Todo es energía


Salimos de una fiesta. Estuve tomando whisky, había whisky importado (Johnnie verde), y tomé whisky, en cantidad. Tomé un poco de cocaína, también. La combinación perfecta, taco y punta. Qué le vamos a hacer, sí, hace mal.
Estoy cansado, pero no tengo ganas de dormir. Me pasé de vueltas, quiero sentarme en un banco y ver cómo amanece. Fumar un par de cigarrillos. Pensar qué quiero ser cuando sea grande, aunque ya sea grande. Esas cosas.
Salí de la fiesta, que ya debía haber terminado hacía un par de horas, y Tamara se vino conmigo. A veces cogemos, pero no íbamos a coger. Queríamos charlar, fumar un rato, irnos a dormir. 
Tomé un café con leche en Selquet, ahí en Pampa y Alcorta, debían ser las ocho de la mañana. Antes de ir a buscar el auto, caminé para el lado del parque.
–Bancame que fumo un pucho y después te alcanzo con el auto –dije. Vive en Vicente López, Tamara, estudia arquitectura, o comunicación social. 
–Sí, claro –me dijo–. En casa no hay nadie. Digo, te podés quedar.
Caminamos un poco. Nos sentamos en un banco, frente al lago. Hacía un poco de frío. Poca gente, los que corren en serio, los tristes, los fanáticos. Algún vagabundo dormido junto a un cartón de vino.                    Domingo, pintaba para llover. Quizás quedarme a dormir con Tamara, después almorzar algo rico, tomar un poco de vino. No mucho más que eso.
Estábamos sentados, fumando, viendo el lago. Tamara se subió el cierre de la campera hasta arriba, y se acurrucó contra mí.
–Todo es energía –dije de pronto, sin motivo–, todo está en la mente. Mirá.
Me puse de pie, agarré una ramita del pasto, que tenía la longitud de una batuta. Golpeé, dos veces, con la ramita, contra el respaldo del banco.
–Fijate –dije–. Mirá.
Empecé a tararear, casi para adentro, una melodía. Y mientras tanto movía los brazos, varita en mano, como si estuviera dirigiendo una imaginaria orquesta.
Estaba de pie, di un par de pasos, para quedar justo al borde del lago.
Parecía un chiste dedicado para Tamara, una zoncera. Pero no. Algo comenzó a suceder.
Los patos. Saliendo de cualquier parte, de todos los rincones del lago, venían hacia mí. Se formaron. Un triángulo con el vértice de un pato, a no más de tres metros de mis pies. Serían unos veinte patos, quizás más. Todos con la cabeza en alto, sin quitarme los ojos de encima.
–Taran tararán tan tan –murmuraba yo, los patos seguían mi batuta, doblaban, se dividían en dos grupos perfectos, derecha e izquierda. Hacían un semicírculo, se alejaban y volvían a formarse–. Tan tan, tararara rarán. 
Seguían los patos, sin distraerse. Alcé la batuta y los patos casi se paran en dos patas, inflando el pecho, estirando bien arriba las cabezas. Luego, apunté hacia abajo, de golpe, y todos los patos metieron la cabeza en el agua. Cerré haciéndolos aletear en lo que pareció un final con trombones. 
–Increíble –Tamara aplaudió, azorada–. Tenés algo, un don. No sé, sos genial.
Solté la ramita. Me senté, encendí un cigarrillo. 
Uno de los patos, el más gordo, de un blanco medio desteñido, con algunas manchas color marrón, avanzó hacia mí. Salió del agua. Se acercó unos pasos con ese andar tan particular, tan característico.
–Ahora conseguinos algo para comer –Habló, el pato, movió el pico, su voz era metálica y grave, me miraba de perfil–. O te pensás que estamos acá para hacerte quedar bien a vos. Danos comida, galletitas, o medio kilo de carne picada. O guita, loco. Si no de acá no se van.

6.3.14

Fatiga de materiales


Al principio estábamos bien, viste cómo es. Conocés a alguien y la vida misma parece un abanico que despliega su impresionante paleta de colores. La ves a ella y algo, la forma en que se quita el pelo de la frente, o la escuchás reírse, y sentís que Dios no se olvidó de vos, Dios abre su celeste billetera y te tira una propina.
Y pasa algo, olvidadas sensaciones. Cosquilleos que habían quedado guardados en un mugriento cajón de tu memoria. Ganas de reírte de cualquier cosa porque el universo todo te parece un lugar agradable y divertido. Ganas de bañarte todos los días, de ayudar a los ciegos a cruzar la calle, de acariciar a los mugrientos y bigotudos perros que caminan bajo la lluvia, ganas de dejar pasar a la gente de la fila, dejarlos subir, antes que vos, al colectivo.
Y te movés como un gracioso lobo marino en las deliciosas aguas del deseo. Manda la pasión, las ganas de quitarse la ropa lo antes posible, para coger, claro, para volver a coger, porque sos una fuente, un inagotable surtidor, y ella te hace crecer las ganas, ella es la madre tierra y te lleva de la mano al país de las maravillas a través del interior de su vagina misma.
Ganas y deseo, deseo y ganas. De abrazarla, de morder, de oler, de apretar, como un chico al que le han regalado su golosina preferida. Y sos feliz, y te dan ganas de ser cursi, de escribir poemas, de prometer, de regalar flores y caminar de la mano y ver películas de amor.
Pero después, algo pasa. Es tan triste que revisás los bolsillos como quien busca una llave hecha de ausencia. No sé, lo mismo ya no es más lo mismo. Algo, un gesto en su rostro se te antoja disruptivo, como si reflejara algo malo de ella, algo que la habita y que ha salido a la superficie. Te parece que quizás su carcajada se ha vuelto estentórea y excesiva, te parece que vuelve a contar la misma gilada una y otra vez. Te parece algo torpe o con una curiosa falta de ingenio, sus anhelos parecen robados de una telenovela mexicana. La descubrís mala, algo tonta, un poco encorvada quizás, con una fea cicatriz en un hombro, y el inexorable avance de las várices como un ejército de aplicados insectos, la celulitis.
Y te das cuenta aquello que bien cantaba el señor Carlos Alberto García Moreno, eso de ‘y si mañana es como ayer otra vez, lo que fue hermoso será horrible después’. Sabés que no vas a poder seguir, con ella, porque no das más. Llega el momento de los reproches, asoma su fea cabeza el suricato hecho de puro rencor, hay que buscar la flecha de la salida. El extenuante game de la despedida.
¿Qué? ¿Querés saber cuánto tiempo estuvimos juntos? ¿Cuánto duró la relación? ¿No te dije?
La conocí el viernes, nos separamos el lunes. Fue todo muy intenso, una vida.

1.3.14

El mundo a sus pies

     
       Fue de casualidad, como tantas otras cosas. Mariana fue a un pedicuro de barrio. Se le había encarnado una uña del dedo gordo, y de seguro se le había infectado porque le dolía a cada paso que daba. Bajó del colectivo, tenía cinco cuadras hasta su departamento, y vio el localcito a la calle. Decía ‘Pedicuro’, nada más, y había un ridículo cartel, un pie, que se podía ver como si uno, el que miraba, fuera el piso desde abajo, y el pie estuviera apoyado sobre la vidriera. La planta del pie, se veía, el contorno de los dedos. Todo, el pie, dibujado por una fina luz fluorescente, de un pálido lila, que se encendía y se apagaba.
       ​Tenía tiempo, los viernes se iba antes de la oficina donde trabajaba en el departamento de recursos humanos de una importante compañía. Nada, hacía los tests de manchas para los boludos que ingresaban a trabajar, liquidaba sueldos, mandaba mails corporativos anunciando los casamientos, embarazos, defunciones.
       ​Eran las cinco de la tarde, y tampoco había arreglado para hacer algo a la noche. Era separada, Mariana, su matrimonio había durado casi cuatro años, hasta que finalmente habían coincidido, con Pablo, en que no se soportaban. Ella se quedó con el departamentito que habían comprado, y le había ido pagando su parte, la de Pablo, en cuotas. Pablo se había vuelto a Chivilcoy y había puesto un consultorio, era psicólogo.
       ​Entró al pedicuro y preguntó si había algún turno disponible. Le dijeron que sí, que claro, ahora mismo. Pasó a un gabinete donde había unos cómodos silloncitos y una simpática tarima donde apoyar, de a uno por vez, los pies. También había una camilla.
       ​Ella solicitó el tratamiento standard, le dijeron que la duración era de veinte minutos, media hora como mucho.
       ​Entró un muchacho de barba, con el cabello recogido, muy delgado. Tenía puesto jeans y un delantal celeste de mangas cortas.
       ​–Hola –dijo el pibe que tenía pinta de cantar en una banda de reggae–. Soy Emiliano.
       ​Empezó, Emiliano, a masajearle los pies. Le hacía reflexología, frotaba sus pies con aceite de coco y esencia de lavanda, además de cortarle las uñas, limar callos, suavizar durezas. Le masajeaba el pie, con cuidado, con dedicación, friccionaba, apretaba determinados puntos.
       ​Sucedió entonces algo que la tomó por sorpresa, a Mariana. Desprevenida.
       ​Supo que era eso, conocía perfectamente la sensación y era eso, pero no podía ser eso. Mariana sintió que se mojaba toda, que acababa, que los orgasmos venían, uno detrás de otro en simpática procesión, casi grita, se tapó la boca con un puño, se le escapó una especie de maullido.
       ​–Perdón –dijo Emiliano–, quizás apreté muy fuerte. Si algo duele, por favor decime.
       ​El muchacho terminó y se fue a lavar las manos. Mariana cerró los ojos, intentó recomponerse. Estaba agitada, sudorosa, enchastrada de flujo.
       ​Logró ponerse de pie, se calzó los zapatos. Saludó, dejó propina.
       ​Raro, muy raro, pensó mientras se bañaba. Habían sido los mejores orgasmos que podría recordar desde la adolescencia. Pero no, no era el pibe, el pibe casi no la había mirado. Tenía que ser algo, algo de ella, en los pies. Algo que ella no sabía.
       ​Volvió a ir, el viernes siguiente. La atendió una mujer bastante excedida de peso con rasgos aindiados. Lo mismo, lo mismo. Tuvo que hacer notables esfuerzos para no retorcerse en la silla. Puro placer, en un momento soltó una carcajada de alegría.
       ​Increíble, increíble. Estaba exultante. Esperaba toda la semana su visita al pedicuro. El trabajo ya no la fastidiaba, estaba de buen humor. Una amiga le preguntó si se había hecho algo en la cara, bótox, un lifting. Le dijo que estaba más fresca que nunca.
       ​Salió incluso con Gustavo, el martes, fueron a cenar y a coger. Estuvo bien, todo muy bien, pero ni de lejos podía compararse con su visita al pedicuro.
       ​Su vida marchaba mucho mejor, se alineaban los planetas. Ya no la violentaba el tráfico de la ciudad ni hacer las compras en el supermercado. Iba al cine y salía también con Martín, le dijeron en el trabajo que la iban a nombrar subgerente.
       ​Hasta que un viernes se bajó del colectivo, caminó dos cuadras, dobló en MD, y se quedó quieta. No estaba. Sí, estaba, el local, pero no el cartel del pie nimbado de luz fluorescente. En su lugar, a un costado, un precario cartel donde podía leerse ‘Se alquila’.
       ​Se habían ido, así como así. El negocio no dejaba ganancias, quién tiene tiempo para hacerse los pies en un barrio de mierda, y cuánto se puede cobrar por ese servicio. Ni atendiendo cincuenta personas por día.
       ​Mariana se agarró el estómago con una mano y no pudo contener el llanto. La gente que pasaba por la calle la miraba, con una mezcla de extrañeza y empatía. Como se mira a alguien al que acaba de sucederle una tragedia, alguien al que le han dado una terrible noticia.

24.2.14

Mejor no saber

       ​
       Me separé de Paola, y me fui a vivir a un departamentito por Balvanera. Alquilé de apuro un contrafrente de mierda, donde escuchabas las puteadas de los vecinos mientras cenaban en sus cocinas con desteñidos azulejos colores pastel. Paola me dijo que se iba a volver a Entre Ríos, con su familia, en un par de meses. Entonces, dijo, me devolvía mi departamento. Ella no quería nada mío, le parecía que con no verme más era suficiente premio. No importa cuánto uno haya querido a alguien, lo bien que la hayan pasado juntos, se va acumulando una mugre, un barro de rencor, en el fondo. Algo que termina enchastrando todo lo bueno que hayas sido capaz de construir. En fin, la vida.
       ​Empecé a ir a desayunar a un barcito de la calle S., casi en la esquina de M. Tomaba un café, comía una medialuna, antes de emprender mi via crucis personal, intransferible, ir al centro a dejar un tercio de mi vida por unas pocas monedas. Como hace todo el mundo.​
       ​No sé, fue una cosa extraña. El mozo me estaba sirviendo el pedido, y le dijo a un tipo de otra mesa ‘no, pará, ayer salió el 29, pará un minuto’. Jugaba a la Quiniela, el mozo, y el hombre le estaba levantando su apuesta, como todos los días.
       ​–639 –dije.
       ​–¿Qué? –dijo el mozo.
       ​–639 –repetí–. Es el número que va a salir hoy en la Nacional.
       ​El número, simplemente, había aparecido en mi mente, y lo dije. El mozo se fue, siguió con lo suyo.
       ​A los dos días volví al bar.
       ​–Tomá –vino el mozo, con un café con leche con tres medialunas–. Invito yo.
       ​Lo miré, no entendía.
       ​–Gané, con tu número. Siete lucas –aplaudió, dos veces, para captar la atención del resto de las mesas–. Este señor es un vidente, pregúntenle lo que quieran. Tiene poderes, es mi amigo.
       ​Debió ser un chiste, pasar como un chiste, pero no fue un chiste. A la semana siguiente se me acercó un hombre, algo mayor, de lentes.
       ​–Disculpe, me están ofreciendo un automóvil, acá tengo la foto, y la fotocopia de los papeles –se sentó, el hombre, en mi mesa–. Quiero saber si está en buen estado. Si lo puedo comprar sin problemas.
       ​Tomé la foto. Cerré los ojos.
       ​–Sí -respondí–. Lo puede comprar tranquilo.
       ​Al otro día vino una mujer.
       ​–Buenos días –dijo, me saludó al estilo hindú, juntando las palmas de las manos a la altura de la frente–. Tengo la posibilidad de cambiar de trabajo. No sé qué hacer.
       ​Le toqué un hombro.
       ​–Sí, va a ser bueno para usted –dije–. Cambie de trabajo. La empresa donde usted está trabajando va a cerrar en tres meses.
       Se corrió la voz. Venía la gente. El mozo los hacía esperar en fila, fuera del bar, hacían cola junto a la puerta. Arreglamos, primero, no más de diez personas por día, lo que yo quería era desayunar. Hubo que subir a veinte.
       ​Yo me sentaba siempre en la misma mesa, tomaba mi café, miraba por la ventana. La gente se sentaba o se quedaba de pie, no más de cinco minutos. Hacían una pregunta, yo respondía. Saludaban.
       ​El mozo no quería abusar, pero me preguntó qué número jugar a la Quiniela un par de veces más. Volvió a ganar. Cada vez que me iba del bar, para tomar el colectivo, la gente, en la puerta, aplaudían.
       ​Iba de lunes a viernes, los fines de semana no. Los fines de semana me iba a desayunar con mi hermana que vivía en Hurlingham. Veía a mis sobrinos.
       ​Fui al bar el lunes, como de costumbre. A las ocho de la mañana. El mozo me trajo el desayuno. Al rato dejó pasar a una mujer, se sentó en mi mesa.
       ​–Se murió –dijo. Era una mujer joven, usaba un pulóver color rosa pálido con botones, tenía un pañuelo en una mano. Los ojos hinchados de tanto llorar.
       ​–¿Eh? –dije.
       ​–Se murió, Marquitos –siguió la mujer–. Usted me dijo que se iba a salvar. Lo tenían que operar, y vine a preguntarle, y usted me dijo que se iba a salvar.
       ​Hizo una pausa.
       ​–Y no se salvó –tuvo un acceso de llanto– ¡Marquitos se murió! ¡Lo operaron y se murió!
       ​–Sí –dije, le apreté, por un momento, una de sus manos, su crispado puño sobre la mesa–. Se murió.
       ​–Usted sabía –me dijo, me preguntó– ¿Usted sabía que se iba a morir?
       ​–Sí –terminé mi café–. Lo sabía. Pero no podía hacer nada para evitarlo. Lo operó otro doctor. Usted lo iba a operar con el doctor Parissi, pero a último momento lo operó el doctor Raimondi. Si lo operaba Parissi, había posibilidad.
       ​–¡Me mintió! –gritó la mujer. Se puso de pie, cayó la silla hacia atrás– ¡Lo sabía y me mintió! ¡Marquitos se murió! Se murió...
       ​–Entiendo su dolor –dije–. Supongamos que yo le dijera, ahora, que si me da un cachetazo, el cachetazo que tiene tantas ganas de darme, el cachetazo que está por darme. Bueno, si me da ese cachetazo porque se murió Marquitos, porque yo no se lo dije, porque este mundo es a veces tan triste y tan absurdo. Qué pasaría si yo le dijera que si usted me da ese cachetazo, bueno, cuando salga de acá, cuando cruce la calle, la va a atropellar un colectivo. Y que, si en cambio, no me da el cachetazo, si no me pega, entonces el colectivo no va a atropellarla. Entonces no. ¿Qué haría usted? ¿Me creería?
       ​La mujer soltó el cachetazo. Fue un latigazo, un chasquido que me hizo picar la mejilla derecha.
       ​–Usted me mintió –dijo la mujer. Y salió del bar.

18.2.14

Cosas terribles


       ​Le dije, muy serio, que había leído durante años védicos papiros, sagradas escrituras, donde se explicaba más que claramente que el mundo terminaría en un mes o dos. Sucederían climáticas tragedias como las que estábamos viendo cada vez más seguido en los noticieros de televisión. Terremotos que partirían el pavimento como si fuera de hojaldre, maremotos que devorarían playas enteras, con sus fantásticos hoteles y sus turistas de perversos apetitos.  Llovería detergente y nafta común y Cepita de pomelo y moco de bebé, la gente contraería pelagra, lepra, psoriasis y botulismo, todo en uno. Por los cambios las ratas, con su fantástico poder de mutación, alcanzarían el tamaño de los perros medianos, desarrollarían la habilidad de erguirse sobre sus patas traseras, y de pedir dinero o queso rallado según les viniera en gana, y de pronunciar palabras como ‘master’ o ‘fiera’ o ‘amigo’. Los sobrevivientes tendrían que acostumbrarse, justamente a vivir, en precarias condiciones, sin ley, saqueando y matando como famélicos lobos. Las computadoras personales y los teléfonos celulares expandirían el virus de la depresión y la locura, ejércitos de zombies empleados por un despiadado poder central recorrerían los pueblos en busca de niños, para llevárselos, para robarles los órganos, para comerlos.
       ​Viviríamos, en breve, el inimaginable pero al mismo tiempo tan temido fin de los tiempos. Como los dinosaurios, nuestra civilización se extinguiría.
       ​Ella se tomaba la cabeza con las manos, negaba, se tapaba los oídos. Tuvo un acceso de llanto. Me pregunto por qué le contaba todas esas cosas terribles.
       ​–Es que me dijiste que no querés coger –terminé mi whisky–. Me gustaría que te sientas no digo tan mal como yo, pero un poquito.

12.2.14

La cucaracha


         Estaba durmiendo. Sí, soy un ser humano, a veces duermo. Digamos que trato de dormir, para ser más exactos. A veces el bocho se me va a cualquier lado, todo lo que me salió mal, todo lo que no me salió, esas cosas. Durante muchos años estuve convencido que lo mejor de mí era la cabeza. No, la cabeza de la poronga no, la cabeza. La capocha, la mente. Y un buen día te das cuenta que lo que te está matando, lo que te está haciendo moco, bueno, es la cabeza. Y ahí sí que no sabés qué hacer, cómo bajarte de vos mismo. Tema chivo.
         Estaba durmiendo. Y abrí un ojo. Como se dice en la jerga militar: sin causa.
         –¡Aaahh! ¡Aaaahgsptrbaaa! –Grité. A no más de diez centímetros de mi rostro, sobre la almohada. Una cucaracha.
         Salté de la cama. Del julepe. Me puse contra la pared. Transpirado, asustado. Preocupado, triste.
         La cucaracha, siguiendo ancestrales instintos, emprendió la huida. Cruzó la cama en diagonal, bajó al parquet. Era una cucaracha veloz, una cucaracha con caja de sexta.
         Yo ya había prendido la luz. Agarré una ojota. Y sí, flaco. Si te despertás con una cucaracha cerca de tu cara, la tenés que matar. Porque si no la matás, si la cucaracha consigue darse a la fuga, entonces no vas a dormir. No, no esa noche, no vas a dormir nunca más en tu vida, sabiendo que la cucaracha está ahí, en alguna parte. Al acecho.
         –¡Hija de puta! –le pegué un ojotazo, que la paralizó– ¡La puta madre! –seguí pegando, en cuclillas, ojotazos. Enérgicos, rotundos, algunos absolutamente mal direccionados. Un par habían logrado abollarla un poco, inmovilizarla en parte. Pero no estaba muerta, no todavía.
         Entonces sucedió algo extraño. Hubo un flash, un fogonazo. Como si de pronto hubiera sucedido un relámpago, pero dentro de la habitación. Hubo un sonido también, algo similar a cuando uno abre el agua caliente y el calefón es muy viejo.
         No podía ser real, pero era real. Ahí estaba. La cucaracha. Pero de pie, sobre dos patas traseras. Y la cucaracha, ahora, medía más de un metro ochenta. Gorda, corpulenta, la panza rugosa y veteada, sus patas muy cerca de mi rostro. Las antenas en constante movimiento, el caparazón de un marrón oscuro, como si un humano robusto se hubiera colocado una suerte de coraza.
         Imposible, aterrador a la vez. Sentí que estaba por desmayarme en cualquier momento. Retrocedí un poco.
         –A ver, forro –la cucaracha me hablaba, y me señalaba con una de esas patas que tienen ese horripilante doblez–. A ver si entendés algo de una vez. Yo te entendí, soy una cucaracha, y estaba en tu cama.
         –No, yo –dije. Solté la ojota. La dejé caer.
         –¡Ahora callate! –se trabó, la cucaracha, sacó pecho. Era difícil mirarla y soportar la repugnancia–. Ahora callate porque te arranco la cabeza de un mordisco.
         –Sí –dije. Crucé las manos a la espalda.
         –Prestá atención, pelotudo –dijo la cucaracha–. Soy una cucaracha, y estaba en tu departamento. Okey, hasta ahí estamos. Hacé lo que tengas que hacer. Si me tenés que matar, me matás.
         –No, bueno –dije.
         –¡Pero me matás de una, forro! –se acercó, la cucaracha. Yo no tenía más lugar para retroceder–. Porque la naturaleza no tiene problemas con eso. Los leones se comen a las cebras, los peces grandes se comen a los chicos. Es antropológico, una noción de universal equilibrio que nos excede, nos contiene, nos abarca. No pasa nada.
         Pensé que iba a vomitar, sentí cómo me subía una arcada. Algo ácido, caliente.
         –Pero –siguió la cucaracha, y me tocó, la sensación más horrible que yo jamás hubiera experimentado. Me tocó una mejilla, con una patita que ya no era una patita, era una pata de casi un metro de largo, con algo parecido a pelos o pequeños filamentos. Me tocó la mejilla, como si me acariciara–. Lo que no va, lo que la naturaleza no acepta ni permite, es la violencia innecesaria. El ser humano es el único animal cruel.
         Tragué, como pude, parte de mi vómito. Asentí, no dije nada.
         –Así que ya sabés –dijo la cucaracha–. Si me tenés que matar, matame. No hay problemas con eso. Pero no me boludees, porque no va.
         Hubo otro fogonazo, otro flash.
         La cucaracha desapareció. Quiero decir, ahí estaba otra vez, no más de tres centímetros de largo, caminando con dificultad, intentando salir de la habitación.
         Agarré la ojota, otra vez.
         Solté la ojota. Pasé por encima de la cucaracha, con mucho cuidado. Fui a la cocina, me serví un vaso de agua.

6.2.14

Pura adrenalina


         –Mirá –Me dijo Pablo–. Te voy a dar un ejemplo. Para que veas cómo me he formado. De qué estoy hecho.
         Pablo era un amigo de la adolescencia, lo que bien mirado equivalía a decir de toda la vida. Y siempre, que yo recordara, le había gustado ir al límite. Había hecho todas las artes marciales conocidas, también boxeo. Después, había comenzado a bucear en el Caribe, entre tiburones. Después le había dado por el alpinismo, había subido al Everest más de cinco veces. Saltaba en paracaídas, desde ya, por lo menos una vez por semana. Hacía parapente y kite surfing. Le gustaba irse a surfear, en invierno, a Hawai, y a la Polinesia. Olas de más de diez metros.
         Cuando venía de visita al país, Pablo me llamaba y aunque sea hacíamos un par de cervezas, o un desayuno. Se reía, Pablo, de mi estúpida vida.
         –No entiendo –decía Pablo–. Cómo podés levantarte todas las mañanas, una y otra vez, para ir a la misma oficina. Ni que hablar de tener que coger con la misma mujer. ¡La vida es vértigo, Juan! ¡Adrenalina!
         Actualmente estaba viviendo en Tailandia, Pablo. Competía en Muay Thai contra los locales. Cogía sin preservativo con prostitutas de quince años llenas de tatuajes adictas a la heroína, tenía siempre tres o cuatro jovencitas viviendo con él. Eran como geishas pero mejor que geishas, me explicó. Sabían cocinar y casi no hablaban. Estaban para servirle.
         Quise hacer un comentario acerca de los peligros de la promiscuidad sexual sin los debidos resguardos.
         –Las enfermedades son para los occidentales aburguesados como vos, Juan –se rió, Pablo, se golpeó el pecho con los puños, como Tarzan–. Una vez por semana me tomo un vaso de sangre de cobra. ¡Estoy inmunizado, Juan! ¡Hay que vivir la vida!
         –Mirá –me dijo. Habíamos bajado al subterráneo, íbamos para el centro, a comer. Debían ser las nueve de la noche–. Te voy a dar un ejemplo.
         Se había comprado un café, Pablo. En uno de esos vasitos térmicos. Apoyó, el vaso, junto al borde del andén del subterráneo. Sobre la línea amarilla.
         –Fijate, fijate lo que voy a hacer –dijo.
         Se puso casi acostado, apoyado sobre sus manos y los dedos de los pies, como quien se prepara para hacer flexiones de brazos. Justo sobre el vaso, su cabeza, en el limite del andén.
         –Mirá, Pablo, ya entendí el punto –dije. Algunos curiosos miraban–. Ahora levantate, que está por venir el subte.
         –Sólo se trata de soportar la presión, Juan –dijo. Recordé la frase, de alguna película. Más que probablemente dicha en una cornisa de un rascacielos, Al Pacino.
         –No hace falta. En serio.
         Se escuchó la bocina, más prolongada y fuerte que de costumbre. Venía, el subte, y el conductor, distraído al principio, debió haberse asustado de lo que veía.
         Pasó el subte, mientras frenaba. Estábamos casi al final del andén. Y en el momento que el subterráneos pasaba a no más de medio centímetro de la cabeza de Pablo, él hizo una flexión de brazos, quedó abajo, más cerca del piso, sosteniéndose con la fuerza de sus brazos. Y agarró el vasito de ese material tan parecido al tergopol. Lo agarró, al vasito, con los dientes, y echando un poco la cabeza hacia atrás, bebió un sorbo de café.
         Se fue, el subte. Pablo dejó, el vaso, otra vez con los dientes, sobre la línea amarilla. Se puso de pie, dando un acrobático salto.
         –¿Viste? –dijo, se reía, satisfecho–. No sé si viste.
         –Impresionante –dije–. Aunque se nos fue el subte.
         –Pará, pará –estaba exultante, Pablo. Volvió a acomodar el vasito, al límite exacto del andén. Se habían acercado algunos curiosos, aunque se mantenían a una prudencial distancia. La gente quiere ver, no participar–. Ahora lo mejoro. Vas a ver como lo mejoro.
         Pasaron un par de minutos. Se oyó, todavía lejos, el característico ruido del subterráneo, aproximándose.
         –Mirá –dijo Pablo–. Ahora vas a ver lo que es tomar riesgos.
         Se puso de espaldas, al andén, al vasito de plástico, también. A un metro de distancia más o menos. Y se dejó caer, hacia atrás. Quedó, otra vez, apoyado con las manos y los pies, su cabeza a escasos tres milímetros del borde donde finalizaba el andén. Pero ahora era mucho más difícil sostener la posición. Estaba haciendo un exigido puente.
         Me puse de costado. Tomé carrera, dos pasitos, y ‘¡flum!’. Volé el vasito a la mierda, a la mismísima mierda, justo antes que llegara el subte. De una patada.
         –¡Pero qué hacés! ¡Estás loco! –Se puso de pie, Pablo, alterado– ¡Me podrías haber quebrado un diente!
         –Lo que tenés que entender –dije, mientras subía al subte–, es que el hecho que no quiera jugar al backgammon con cocodrilos ni tirarme desnudo en paracaídas, de ningún modo implica que quiera ser tu espectador.
         Me miraba, Pablo, desde el andén. Dudaba si subir o no subir.
         –Todos vivimos en primera persona, Pablo –dije–. Me voy a comer.