6.2.13

Últimas fichas


         –Me tenés que acompañar –me dijo Gabriel.
         Éramos amigos desde siempre, desde toda la vida, desde donde valía la pena recordar. Habíamos ido juntos a la secundaria. Ya estábamos grandes, él, y también yo. La vida no se había ensañado de particular manera con nosotros, pero nos había pasado por encima, como a todo el mundo. Algo de la celeste misericordia nos había permitido, a cada uno por su lado, esquivar devastadoras tragedias, caídas de aviones, terminales enfermedades, esas cuestiones. Pero la sumatoria de ínfimos y cotidianos fracasos, como un aplicado escultor con metódico cincel, iba logrando el similar efecto de dejarte estupefacto, vacío, demasiado cerca de la lona como para poder sentir de unívoca manera, con absoluta claridad, el olor a pata de la derrota. Tristes también, sin alma.
         Divorciado, Gabriel, una hija adolescente se negaba a verle la cara. Detestado por su ex mujer, y por sus dos hermanos que lo acusaban de haber sido, de niño, una carga, y de adulto, un problema para la familia. Poco afecto al trabajo desde siempre, consideraba, el hecho de trabajar, un absurdo teórico, un defecto de carácter. Perder el tiempo para conseguir dinero sólo para veinte o treinta años después descubrir que habías conseguido algo de dinero, pero ya no tenías tiempo. La más perversa y evidente de todas las trampas, y aún así, dotada de una pasmosa eficacia. Como la gambeta de Mané Garrincha, que hacía siempre la misma, amagaba hacia adentro, y luego desbordaba. El defensor sabía con toda claridad lo que Garrincha iba a hacer. Lo sabía, pero no podía evitarlo. Garrincha pasaba.
         Así había vivido, Gabriel, a los trompicones, haciendo guantes con la vida que le había dejado tatuado el jab de izquierda en la cara.
         Y ahora se había venido grande, y necesitaba dinero. Quería hacerle un regalo, el mejor regalo, a su hija Natalia, para el cumpleaños de quince. Quería entrar a la fiesta siendo otro, impecable, perfecto, con un reloj Cartier que había visto una vez en una vidriera, y zapatos italianos. Quería entrar, bailar con su hija el vals, decirle ‘perdón’ al oído, y desaparecer para siempre. Irse a vivir a Buzios, o a Bahía, comprar una casita y vivir junto al mar.
         Pero para ser otro, la mejor manera de ser otro, es con guita. Eso cualquiera lo sabe.
         –Me tenés que acompañar, Juan –dijo Gabriel–. Vamos al casino de Miramar este fin de semana. Tengo un método, un infalible método que me llevó tres años de trabajo. Voy a saltar la banca.
         Olvidé decir que Gabriel fue siempre considerado un matemático loco. Desde chico, tenía una particular habilidad para los números. Le habían hecho un test para medirle el coeficiente una vez, y había dado que su mente era una extraña combinación de Euclides, Newton, Gauss, y Euler. Algo nunca visto. Resolvía teoremas en el pizarrón mientras la profesora, siguiendo el desarrollo con un índice en el libro, se babeaba. Hacíamos apuestas, y él  multiplicaba tres números de nueve cifras en el aire, y acertaba siempre. después los dividía o los volvía a multiplicar, les calculaba el logaritmo, la raíz cuadrada. Dio clases en Exactas durante algún tiempo, después de recibirse de licenciado en matemáticas, hasta que se aburrió. En realidad enloqueció, decía que Einstein se había equivocado y que él tenía la refutación de la teoría de la relatividad, la envió a la Asociación de Matemáticos y Físicos de Zurich. Después Martita se cansó de él y lo dejó. Gabriel se deprimió, iba al parque a darle de comer a las palomas, dijo que había inventado un juego de mesa, mezcla de ajedrez y backgammon, que cambiaría la industria del entretenimiento para siempre. Quiso ir a vender la licencia de su juego a Singapur, y lo detuvieron cuando se bajó del avión con tres cigarrillos de marihuana. Estuvo preso allá, creyeron que era un narcotraficante, lo torturaron. En fin.
         Me explicó Gabriel, su método. Sólo puedo decir que revolucionaba la teoría de las probabilidades, que era absolutamente infalible, y que no entendí casi nada.
         Nos fuimos, el viernes, al departamentito que me dejó mi abuela en Miramar. Siete de diciembre. Gabriel me dijo que solamente necesitaba dos noches, ni siquiera tres, para volver con una fortuna.  Dos noches, me dijo, tres horas cada noche. Dos horas de precalentamiento, la parte más importante, mirando una mesa, estudiando la caída de la ruleta, memorizando los números que iban saliendo, estableciendo patrones, haciendo cálculos en su prodigiosa mente. Y después sí, iba a hacer entre cinco y diez plenos seguidos. En realidad menos de diez, para no forzar las matemáticas leyes que rigen nuestro precario universo, eso dijo. Diez lucas por pleno, lo había chequeado y era la apuesta máxima.
         –Trescientos sesenta lucas, por cinco, hacé la cuenta –me dijo Gabriel–. Al día siguiente lo mismo, y nos volvemos.
         –Quedate tranquilo, vos sos un amigo –dijo también, me vio la cara–. Ya pedí las diez lucas prestadas, a mi vieja. Pobre vieja, ya está grande. tiene el departamentito hipotecado, la están por desalojar. La hice empeñar las joyas de su casamiento. Pero yo lo arreglo.
         Según los números de Gabriel, si no estaba muy inspirado, volvía con seiscientos mil dólares. Pero podía ser más, había que verlo en el momento.
         –Táctica es sobre el terreno –dijo Gabriel–. Pero tengo el método. Jamás estuve tan seguro de algo en mi vida. Voy a ir al cumpleaños de Natalia con el mejor regalo, le voy a dejar algo de guita a mi vieja, y después voy a desaparecer para siempre.
         Gabriel era mi mejor amigo, así que me pedí el viernes en el laburo. Fuimos.
         Entramos al casino a las ocho de la noche. No quiso ir a cenar, Gabriel, dijo que necesitaba estar con el estómago vacío, la mente despierta.
         Entramos, había pocas mesas habilitadas. Miró las patas de las mesas, las caras de los croupiers, se puso en cuatro patas y metió por un instante la nariz en la alfombra. Luego estudió con un dedo ensalivado primero, y la llama de un encendedor después, para identificar posibles corrientes de aire. Eligió una mesa. Se paró a un costado, las manos cruzadas a la espalda.
         –No me hables, por dos horas no me hables –dijo. Así que fui a fumar, a dar una vuelta, me senté en unos silloncitos de pana que alguna vez debieron haber sido elegantes. Se me acercó una desvencijada puta que dijo que no tenía problemas en coger conmigo y con Gabriel a cambio de un plato de comida caliente, y que la dejáramos dormir (y bañarse) en el hotel, con nosotros. Le dije que después veíamos.
         Me acerqué a la mesa. A las dos horas y pico. Gabriel sacó del bolsillo las dos fichas que le habían dado en la caja y pidió que le dieran, en la mesa, fichas de mil pesos.
         Éramos pocos. Un matrimonio de jubilados, la puta, dos tipos con pinta de ser policías de civil, y otro par que parecían ser de la zona, de trabajar en la construcción y haber decidido pegarse una vuelta por el casino de puro aburridos nomás.
         Gabriel miraba la mesa, miraba y murmuraba como si estuviera rezando. Números, eso era lo que murmuraba, progresiones de números, hacía cálculos en el aire, repasaba.
         De pronto, cuando el croupier dijo ‘no va máaas…’, y por sobre la frase, porque parte del método consistía en efectuar la apuesta cuando la bolita estuviera fuera del contacto  de la mano del croupier. Justo entonces, Gabriel agarró las diez fichas rectangulares, y las puso sobre el 27.
         Se hizo silencio. Cinematográfico momento de diez o quince segundos de duración. Hasta un policía de uniforme y un mozo del bar se acercaron a ver la jugada. La mesa casi vacía, y el 27 coronado de fichas turquesas. Gabriel miraba la mesa pero miraba mucho más allá de la mesa, su mirada llegaba al centro de la tierra. Le había agarrado un tic que le hacía parpadear mucho un ojo, como si le temblara.
         –Negro el cuatro –dijo el croupier.

         A la hora, en el club  de pescadores. Gabriel apenas había mordisqueado su milanesa. Yo había terminado mi bife, mojé un pedazo de pan en la salsita de las papas al horno, me serví lo que quedaba del vino.
         –No sé qué pudo haber fallado –dije, por decir algo–. Lo que me explicaste era infalible. Quizás alguien se apoyó sobre la mesa justo en el momento de tirar, y se descalibró algo. Quizás abrieron una ventana.
         No me respondió. Pagué la cuenta. Volvimos al departamento caminando muy despacio, fumando.
         –Tenés que pensar en algo para hacer con las matemáticas –le dije con la intención de animarlo–. Podés volver a dar clases, o escribir teoremas, o laburar en una compañía de seguros. Diseñar algoritmos. Lo tuyo fueron los números desde siempre. Sos un genio, todos los que te conocen lo saben.
         –Y sé cocinar bastante bien –dijo Gabriel–. Si consigo algo de capital podría poner una rotisería. Acá mismo, se debe hacer buena guita durante la temporada.

30.1.13

Siempre es tarde


         Tarde. Siempre es tarde. Tu amor llega tarde, tu amor huele a queso dejado demasiado tiempo en la góndola de un supermercado de barrio. Para ser feliz, es tarde. Para ser feliz deberías recibir ese cucurucho de chocolate y limón en la heladería ‘Caballo loco’ en Miramar, y tener nueve años, y que el heladero no se rascara el culo, bien adentro, mientras te pasaba el helado, el cucurucho, con la otra mano. Es tarde para descorchar ese cabernet porque ya estuviste en pareja demasiadas veces, y te casaste, y te divorciaste, también, y te desvistieron sin el apropiado entusiasmo, y tenés la vagina más seca que una baldosa de porcelanato.
         Es tarde, claro que es tarde. Tarde para leer ese libro que leíste diez años tarde. Tarde para salvar a ese fox terrier pelo duro porque el camión dio marcha atrás y se oyó apenas un agudo ladrido, metálica pena, y cuando le dijiste a los del camión que pararan, que cuidado, estaban escuchando cumbia bien fuerte. ‘Amigo’, ‘eh, amigo’, te decían, se reían, y arrancaron.
         Ya es tarde para llegar a la estación de micros y decirle que no se vaya, es tarde para abrazar a tu padre y decirle que entendés incluso lo que él jamás quiso que entendieras, es tarde para saber qué querés ser cuando seas grande.
         Es tarde para caminar por la playa de la mano, es tarde para ver llover, es tarde para el café con leche y las tostadas y las ganas de estar juntos por todo el verano.
         Es tarde, sabés que es tarde y que te vas a morir. Dicen que después tenés todo el tiempo del mundo.

24.1.13

Nancy va a trabajar


         La prostituta viaja a su trabajo. Son las once de la mañana. Hace un turno de diez horas, empieza a atender después de las doce del mediodía. Trabaja en un pequeño departamento sobre la calle Marcelo T. de Alvear, con otras tres chicas. Se turnan, dos y dos, y el Toti o Rulo que vigilan que nadie se haga el loco, las cuidan.
         Se acuesta, Nancy, con un promedio, entre cinco y nueve tipos por día. Trescientos pesos por tipo, el treinta por ciento es para ella. Y las propinas.
         Viaja en colectivo con los auriculares puestos, le gusta escuchar la radio, enterarse lo que pasa, y un poco de música. Acaba de dejar a su  hija en el colegio. Iris, su pequeño milagro, su sol. Todas las prostitutas tienen una hija, real o imaginaria, por ellas trabajan, siguen con ese asco de vida.
         Mira, Nancy, un rápido paneo detrás de sus lentes oscuros que le cubren la mitad del rostro y le tapan las ojeras y el fastidio. El colectivo lleno. La gente, hombres, muchos hombres, yendo a sus trabajos, conversando con sus esposas o novias, o hablando por teléfono celular con alguien que del otro lado les contesta, los escucha.
         De pie, Nancy, la cartera pegada a la panza, piensa que todo es mentira. Esos tipos que parece que tienen esposas, trabajos, hijos. En un rato nomás, comenzarán a tocar el timbre. Nerviosos, sudados, furtivos. Para pedirle que se las chupe, que se las chupe más, que se trague el esperma mientras ellos se ponen una careta del hombre araña o la estrangulan. Hombres que le pagarán cincuenta pesos más si ella se viste de colegiala y acepta hablar como una nena chiquita. Hombres que lo único que quieren es que ella les diga ‘papi’ o ‘ay, papito’, o ‘qué grande que la tenés’, ‘uy, eso duele, duele mucho’.
         Hombres que cogen y mientras cogen la obligan a decir, a ella, que es una puta de mierda, y la insultan. Hombres que quieren que ella les meta un consolador fosforescente en el culo.
         Qué mierda, por Dios. Qué vida de mierda, cuánta hipocresía. Detrás del decorado sólo hay bestias sin alma, locura infinita.
         –Sentate, por favor –un muchacho, no más de veinte años, muy serio, peinado para el costado, con gruesos lentes y un par de libros en la mano. Se aparta un poco, una persona se ha levantado y él, que está de pie justo frente al asiento vacío, lo señala, se lo ofrece.
         Quizás no todo sea tan malo, piensa Nancy, que viaja a su trabajo vestida con mucha discreción, podría ser una mujer yendo a un banco, a una oficina. No es voluptuosa, su cuerpo es duro, compacto.
         –No, gracias –¿Me estaré volviendo vieja?, piensa también.

18.1.13

Ladrar y morder


         El dicho, justamente, dice, eso de ‘perro que ladra, no muerde’. Es un dicho popular, no hay que darle demasiadas vueltas al asunto.
         Significa, el dicho, lo que quiere decir, es que perro, un perro, que ladra, bueno, no muerde, o sea, no te va a morder. Podríamos decir, entonces, que si el perro te ladra, te está avisando. Ahora, sería bueno saber qué carajo te está avisando. Porque si no te está avisando que te va a morder, puede que te esté avisando que tu novia coge con otro, o que tenés una goma baja (el auto, no tu novia), o que Batistuta y Crespo pueden jugar juntos. El perro te puede estar avisando muchas cosas.
         Si el perro te ladra, para no morderte, estamos en presencia de una criatura muchísimo más compleja de lo que suponíamos. Aquí también se abren dos magníficas líneas de razonamiento. Una sería que el perro disfruta, disfrutaría mucho con morderte, pero se priva, elige ladrar. Así como alguien se priva de fumar o de beber, el perro sabe que morder le hace mal a la salud (a la salud de él, a la tuya también, pero tu salud no tiene para él tanta importancia) y elige cuidarse. Muerde sólo los fines de semana, ponele. La otra vía argumental sería que el perro ha descubierto que le da mucha más satisfacción ladrar que morder, algo así como los tipos que insisten en hablar de sexo todo el tiempo en las oficinas, o que no paran de ver pornografía y de decir insinuaciones a las chicas que pasan por la calle. Pero si la chica se detiene a escucharlos, si la chica está, por decirlo de algún modo, predispuesta a interactuar, el sujeto se aturde y huye, el sujeto no sabe cómo proceder.
         También podemos estar en presencia de una fantástica maniobra distractiva, una ingeniosa campaña de marketing. El perro ladra, para que pienses que no muerde, y luego te muerde. El perro ladra y muerde, y se ríe además, después de morderte, por lo tonto que fuiste. O te dice que te mordió por tu bien.
         También, desde ya, habrá perros de lo más sofisticados, que no ladran ni muerden. El perro no ladra, para que pienses que muerde, pero tampoco muerde. El perro no quiere hacer un pomo, puede que el perro esté un poco hinchado las pelotas o con ganas de tomarse un whisky. Al perro, en este caso, le importa un carajo tu absurda existencia. El perro está en otra cosa.

12.1.13

Como la flor de loto


         En el edificio donde vivo, en la puerta del ascensor de los departamentos ‘B’, lo he notado, han hecho inscripciones con una llave. El ascensor, para los departamentos ‘B’, está al fondo del pasillo del hall de entrada. Los departamentos ‘B’ son los del contrafrente. Los dueños de los departamentos ‘A’, que son al frente, también prefieren usar el ascensor de los departamentos ‘B’, ya que los conduce a la puerta de servicio, de sus departamentos ‘A’. Si los dueños de los departamentos ‘B’ subieran por el ascensor correspondiente a los departamentos ‘A’, descubrirían que no tienen ninguna puerta a la cual pueden ingresar (yo lo he hecho, quiero decir, lo he intentado). Descubrirían que no los conduce a ninguna parte. Entenderían también, muy probablemente, las diferencias que existen entre ‘A’ y ‘B’, en un sentido algo más amplio, me atrevería a decir existencial.  
         El asunto es que lo noté el otro día, de casualidad, esperando el ascensor en la planta baja. En la puerta del ascensor, han escrito con una llave, rayando el metal. Dice el nombre del portero. El portero se llama ‘Pedro’. Dice, escrito con llave, ‘Pedro puto’. También dice ‘Limpiá, Pedro’. Y dice ‘Pedro me cojo a tu hija’. Creo que el portero, Pedro, tiene dos hijas. Habría que ver a qué hija en particular se refieren, hay una que es muy bonita.
         A veces bajo a dar una vuelta por el parque, muy temprano. Troto, camino, me arrastro, practico repting, según cómo me sienta, según mi estado de ánimo. La intención es llegar luego, al trabajo, ya cansado. Para no pensar. Durante un tiempo pensé que pensar me podía ayudar, pero después me di cuenta que no, que pensar era peor. Pensar te puede matar en muy poco tiempo, y pensar, en el 97% de los casos, no cambia nada.
Vuelvo del parque, todavía sigue siendo temprano, veo al portero. El portero limpia con una parsimonia que tanto podría calificar como abulia o esmero, la puerta del ascensor.
         –Buen día –le digo.
         –Buen día –me dice, y suspende la tarea, se aparta, para que yo pueda utilizar el ascensor.
         –Pedro –digo–, la verdad que quiero felicitarlo –me mira, dirige hacia mí su bovina mirada–. Hace una semana noté las inscripciones de la puerta. Son ofensivas e insultantes, cualquiera se hubiera indignado. Pero usted permanece impertérrito, incólume, estoico, me atrevería a decir. Usted sigue limpiando esa puerta, haciendo brillar la injuriante superficie. Es evidente que habita en usted un ser superior, con intuitivos conocimientos de milenaria sabiduría zen. Hay monjes que se pasan toda una vida en inhóspitos monasterios sin lograr su comprensión sobre lo efímero de la existencia. El saber que todo pasa, que todos somos uno, que somos apenas espacios de conciencia. Usted hace un maravilloso ejercicio de aceptación, no responde a la violencia, sabe que debe fluir con el río de la vida. Como la flor de loto, que surge del más hediondo de los barros, y regala luego su exquisito perfume, transmutando la mugre, la porquería, en belleza. Lo admiro.
         –No –me mira, Pedro, con la franela sobre el hombro, los brazos, quizás excesivamente largos, colgando al costado del cuerpo, el cabello teñido de un negro casi azul, como si se hubiera teñido con pomada para zapatos–. Me dijo el abogado que deje todo así. Que saque unas fotos. Dijo que con esto puede pedir una indemnización que me voy a quedar con medio edificio. Manga de forros.

6.1.13

Pirámides, camellos


en la morgue
los cuerpos se impacientan.
quieren terminar los trámites
y saber
si la vida después de la muerte
es igual
o mejora

sospechan que el más allá
es un tiempo compartido.

los médicos más jovencitos se ríen
de los tatuajes
que ya nada representan
(sin lienzo no hay pintura posible).

alguien discute a los gritos por
teléfono
y juega a pinchar el dedo gordo
de un pie
con una birome verde.

alguien deja su taza de café con leche
demasiado cerca de una rodilla que
alguna vez tuvo fama de trofeo.

en la radio suena una canción de Shakira
que hace pensar en pirámides, en camellos.

los vivos y los muertos.
los vivos y los muertos.

30.12.12

Ayudín



         Cuando llega fin de año, cuando llegan las fiestas, hago alguna de las cosas que te cuento. Hago lo siguiente.
         Voy a un hospital, por ejemplo, a cualquier hospital. Puede ser en Navidad, puede ser en año nuevo. Voy a la sala de terapia intensiva. Llevo dos o tres botellas de champán de calidad media que puse previamente a enfriar, y vasitos de plástico. Llevo unas masitas o un pan dulce, algo para comer. Si logro entrar brindo con los enfermos, si me descubren y me piden que me retire, entonces brindo en la sala de espera, con los familiares. Abrazo a alguien, toco una mano. Los escucho, les transmito alguna palabra de aliento.
         Puedo también, perfectamente, bajar a las once y algo de la noche del 24, o del 31, a un parque. Llevo lo mismo que comenté, y me acerco a un grupo de vagabundos, de mendigos. Muestro la mercadería que tengo para compartir, y enseguida veo cómo se suavizan las facciones. Me hacen un lugar, alguien eructa, se oye un rasposo gargajeo, una carcajada, alguien lanza una furibunda escupida.
         Pero no, de ninguna manera, no hay una pizca de bondad en  mí, ni compasión, no siento nada de nada, no te confundas.
         Lo que necesito es estar con gente que esté tan hecha mierda como yo. Confirmar, de algún modo, que Dios no se ha ensañado. En particular, conmigo.

25.12.12

En el aire


         Me di cuenta que algo malo debía estar sucediendo de verdad, porque la azafata ni se molestó en tomar el intercomunicador para intentar transmitir unas tantas veces ensayadas palabras de sosiego. Se limitó a sentarse, en un asiento que la dejaba de frente a la gente de la primera fila, y se tiró del pelo.
         Habíamos sentido un viandazo, todos, como si hubiéramos caído en un pozo de aire. Esa sensación tan horrible de saber que no hay nada debajo, que nada nos sostiene o peor aún, que los piolines que por lo general sostienen una vida están hechos del material de las nubes.
         Me puse de pie, caminé hasta ella con lentitud y aplomo, me incliné.
         –Qué pasa, linda –le dije. Iba de traje, yo, viajaba por trabajo a la provincia de Mendoza. Quizás algo en mis modos, o mi corte de cabello excesivo, le hizo creer que yo podía ser un piloto de civil, alguien con la capacidad de resolver la situación.
         –Se acaba de desmayar el piloto –transpiraba, tuvo un leve acceso de llanto–. Una diarrea fulminante. Algo que comieron. El copiloto está casi igual, acaba de cagarse encima, no creo que aguante consciente. De torre de control nos dijeron que no pueden hacer nada, ¿usted es piloto? –negué con la cabeza– ¿Es médico?
         –No –la ayudé a incorporarse, sosteniéndola de un codo, le indiqué que ingresara al baño, y avancé detrás de ella. Cerré la puerta–. Vení que te la voy a poner un poquito. Si el avión se cae, por lo menos nos morimos cogiendo, y si nos salvamos vas a estar tan contenta de seguir con vida, que casi ni te vas a acordar que cogiste conmigo. Como perder el cepillo de dientes o que se te rompa una media, un minúsculo incordio. Una ínfima contrariedad.

20.12.12

Fuera de la mente



         El gurú sabía que el tema que intentaba explicar, el tema que todos deberían saber pero no sabían y él intentaba explicar era, justamente, difícil de explicar. Hacía miles de años que algunos iluminados habían intentado explicar lo que estaba ahí, al alcance de la mano, para salvar a la humanidad. Pero las palabras resultaban rudimentarios instrumentos, cómo explicar con un puñado de vocales, y algunos ruidos, siseos, lo divino.
         Lo que había que explicar era que todo consistía en dar un ínfimo saltito y colocarse fuera de la mente. Fuera de la mente te conectabas, como por arte de magia y sin el menor esfuerzo, con una inteligencia superior, un estado de bendición, la alegría del ser, la pasión en colores y todo lo demás. Lo único que hacía falta era un minúsculo envión para salir de la mente. No pensar.
         Como el gurú sabía que otros habían intentado, antes que él, explicar lo inexplicable, decidió utilizar un ejemplo. No se puede explicar qué es estar fuera de la mente utilizando el lenguaje, que es una herramienta de la mente. Por lo general, los más sabios, los mejores, habían intentado explicar, lo inexplicable, haciendo silencio. El silencio es el lenguaje de Dios, pero en el mundo que vivimos, el silencio no alcanza. El silencio no es suficiente para que la gente, como se ha dicho tantas veces, despierte.
         El gurú dijo que podía mostrar lo que era entrar en comunión con el todo, con tan solo salirse de la mente. Sí, con un ejemplo.
         Fueron a un zoológico, en la India. El gurú entró a la jaula de los cocodrilos. Que no era una jaula en el sentido estricto, sino una especie de laguna con barro donde los cocodrilos se sentían a gusto. El gurú entró. Se quitó la túnica y se acostó, sobre el barro, boca arriba, como si fuera a dormir una siesta. Cerró los ojos, las manos sobre el abdomen, se hizo el más absoluto silencio. Cuando salió un cocodrilo que apenas asomaba los ojitos del agua, y se puso a avanzar con ese bamboleo lateral tan curioso, tan característico, que tienen los cocodrilos para caminar. Cuando salió el cocodrilo, decía, el cocodrilo llamado Jerry, una bestia de más de tres metros de largo, y fue derecho hacia el gurú que parecía dormido, la verdad que todos temimos lo peor.
         Una mujer venida de Alemania no pudo reprimir un ataque de hipo. Alguien sollozó, esperando el fatídico chasquido de mandíbulas, el gurú sería devorado en un par de mordiscos. A pesar de la expresa prohibición, los japoneses sacaban fotitos con sus teléfonos celulares. Hacía un calor del carajo, mediodía en Calcuta. Después que el cocodrilo terminara de comerse al gurú, nosotros tendríamos que defendernos, a las trompadas, de los mosquitos.
         El cocodrilo avanzó, abrió la boca que era todo dientes, movió la cabeza con lentitud en ambas direcciones, un suave bostezo de precalentamiento antes del almuerzo.
         Y nada. Se acostó al lado del gurú, casi tocándole un hombro con el lateral de su temible cabeza, a descansar. Como si fuera la cosa más natural del mundo, pura armonía.
         A los cinco o diez minutos el gurú abrió los ojos, acarició el rugoso lomo el animal, y salió de la jaula.
         –Al salir de la prisión de la mente –dijo el gurú–, al entrar en comunión con el todo, nada puede hacerme daño. No hace falta explicarlo con palabras, ustedes lo vieron.
         La gente se abrazaba, algunos lloraban. El gurú nos había mostrado lo que no se podía explicar, la mente es ilusión, la mente es maya, fuera de la mente somos uno.
         Me dieron ganas de decirle al gurú que hiciera la prueba de quedarse así dormidito con alguna de las chicas que yo solía frecuentar. Cuando te despertás no hay nada, te pelan.

15.12.12

Que Dios te ayude


         Mi amigo Martín iba manejando un automóvil, cuando chocó. Hasta acá todo más o menos normal. Quiero decir, es domingo a la mañana, vas manejando tu automóvil, y chocás.
         Pero.
         Martín no iba solo en el auto. Martín iba con su padre. El padre de Martín tenía un almuerzo en Pilar, y Martín le había dicho que no se hiciera problema, que él lo alcanzaba.
         –No te hagás problema, yo te alcanzo –le había dicho Martín a su padre.
         La idea de Martín era dejar a su padre a eso de las once de la mañana, para luego irse a jugar un partido de fútbol con sus amigos, por el Tigre.
         Pero chocó, Martín, en la ruta. Se rozó con otro auto, a 140 kilómetros por hora. Volanteó, tocó el freno involuntariamente. Y volcó.
         No le pasó nada, a Martín, tenía puesto el cinturón de seguridad, y además tuvo suerte. Pero el padre de Martín se golpeó feo la cabeza. El padre de Martín quedó en coma.
         Pasaban los días y el papá de Martín no se despertaba. Los médicos le dijeron, después de una semana, que era muy probable que el papá de Martín se muriera.
         Era viudo, el papá de Martín, y Martín supo que si hubiera tenido que mirar a los ojos a su madre y decirle algo, ensayar una explicación, no hubiera podido.
         Mientras tanto todos consolaban a Martín. Había testigos, el otro auto, un Peugeot manejado por un chico muy jovencito, había hecho una absurda maniobra tratando de rebasar al auto de Martín por la derecha, justo cuando Martín se abría para dejarlo pasar.
         La esposa de Martín, el hermano de Martín, los amigos de Martín, todos le decían a Martín que no había sido su culpa.
         Martín andaba desesperado, hacía las interminables guardias en terapia intensiva del Fleni, seguro que saldría un circunspecto médico a las cinco de la tarde a darle el parte, a decirle que su padre había muerto, y entonces Martín no podría soportarlo. Sencillamente, no iba a haber forma de soportar eso.
         Fue a una sinagoga, Martín, olvidé mencionar que Martín era judío. Fue a una sinagoga y habló con un rabino, de cualquier cosa, de ver crecer a los hijos, de para qué habíamos sido puestos sobre la faz de la tierra, de los árboles y las flores. Habló con un rabino de barba blanquísima, que lo escuchó en silencio. Después, se quedó sentado un rato largo, Martín, rezando. El rabino se acercó, y por un instante, le puso una mano en el hombro. Rezó, Martín, rezó mucho, rezó sin saber rezar, Martín no tenía la más mínima formación religiosa. Martín, que jamás había creído en nada, rezó, y lloró también. Prometió que si su padre se salvaba, abrazaría la religión con todas sus fuerzas. La religión sería su vida.
         Y el papá de Martín, pasados diecisiete días del accidente, abrió los ojos. Se incorporó en la cama y dijo que tenía sed. El padre de Martín vio a Martín y sonrió. El padre de Martín, para sorpresa de los médicos, viviría.
         Y Martín se hizo religioso. Comenzó a ir al templo, todos los días, a la mañana, y a la noche. Cambió su vestimenta y sus hábitos alimentarios. Martín comenzó a donar el cincuenta por ciento de sus ingresos, al templo, al templo que había ido, y a otros templos también. Martín no quiso jugar más al fútbol con nosotros. Tampoco quiso volver a coger con su secretaria, nunca más asado, ni un cigarrillo, ni pizza. Su compromiso era con Dios.
         Pasaron los años, con la particular indolencia que suelen tener esos fenómenos.
         El padre de Martín, que ya era grande, se puso más grande. Le descubrieron un problema en un pulmón. Cayó en terapia intensiva, y la cosa se agravó. Ahora sí, el papá de Martín se moría.
         Martín fue a la sinagoga, no a la de siempre sino a otra sinagoga, porque al rabino que aquella vez del accidente lo había atendido a Martín, lo habían cambiado de zona.
         Martín pidió verlo, al rabino. El rabino estaba más viejo, con la barba más blanca todavía. Caminaba muy despacio, dando cortos pasitos.
         Martín le dijo al rabino que su padre se había enfermado, su padre se moría.
         El rabino lo miró, detrás de sus lentes sin marco, en silencio. Bebió un sorbo de té.
         –Nada –dijo Martín–, venía a decirle que el pacto que hice con Dios aquella vez, vence con la muerte de mi padre. Voy a volver a tomar vino, a comer asado, a coger. Me pareció correcto venir y avisarle.

10.12.12

Como en cualquier oficina


         El cocodrilo le cuenta al elefante que está harto, harto de verdad, ni siquiera puede ir a la playa y tirarse a tomar un poco de sol, todos salen corriendo ni bien asoma el hocico. Todos le tienen miedo, manga de putos.
         El elefante le dice a la jirafa que siempre es el mismo embole. Los chicos lo quieren ver, todos le quieren dar comida, maníes con cáscara, algún pancito, claro, pero le quieren tocar la trompa. Todo el mundo le quiere acariciar la trompa, me gustaría ver si se bancarían que todo el mundo les quisiera rascar los huevos, o las orejas, trescientas veintisiete veces por día.
         La jirafa le cuenta al hipopótamo que no da más, sí, puede ver todo el paisaje, fumarse un faso ahí arriba está bárbaro, no necesita irse a vivir al piso 37 de una torre en Puerto Madero. Pero tiene las cervicales a la miseria, no es tan sencillo.
         El hipopótamo le dice al león que todos lo consideran un mugriento pero no, nada que ver. Lo que pasa es que nadie quiere ayudarlo a bañarse, y entonces, si no se embarra un poco, se lo comen los mosquitos. Sí, claro, el pajarito es macanudo, te da una mano con los parásitos, pero si le pedís al pajarito que te ayude a bañarte se te caga de risa, te dice que le chupes bien la pija.
         El león le dice al hombre que sí, mucho rey de la selva, pero a la mina que traés al safari te la cogés vos, después mostrás las fotos que me sacaste mientras te tomás un gin tonic (con Angostura), te hacés el pulenta sentado en un sillón Chesterfield, con aire acondicionado. Rey de la selva las pelotas.

5.12.12

La rotación y traslación del planeta tierra

 
Voy a lo de una prostituta. Tiene un departamento por el barrio de Palermo, se maneja con una clientela más o menos reducida. Debe tener unos treinta años, es bonita, sin caer en pornográficos estereotipos de excesivas glándulas mamarias ni cabello teñido de un rubio que hace mal a la vista. Tiene un bello cuerpo, culo compacto, tetas pequeñas, la piel dura producto de una actividad que hace que el propio cuerpo genere algo, una sustancia que la proteja, como la queratina que forma el caparazón de los insectos, aunque la comparación no sea del todo correcta. El rictus amargo por la vida que lleva, la mirada astuta de un animal que ha aprendido a sobrevivir en la peor de las selvas.
–Hola, Juan –me conoce. Debo venir una vez por mes, desde hace casi un año supongo. Me la recomendó un amigo. Es una buena piba, por lo general me convida una cerveza o un café, fumamos un cigarrillo, se puede hacer silencio, o conversar sobre alguna generalidad.
No, creo que no me expliqué bien, producto de mis tremendas dificultades expresivas. No voy a coger, por quién me toman. Me entendieron mal.
Doy un ejemplo, lo mejor va a ser que de un ejemplo. El lenguaje suele ser un instrumento limitado, hay cosas difíciles de explicar.
Concurro, por ejemplo, a lo de Iris (ese es su nombre, así se hace llamar), y llevo dos botellas de dos litros de Coca Cola. Puede ser Fanta, perfectamente. Puede ser Sprite.
Le digo que se meta en la bañera, de pie, desnuda, para no hacer enchastre. Le vacío la Coca Cola, los dos litros, desde arriba, en la cabeza. Soy un sujeto alto, grandote, olvidé decirlo, ella debe medir un metro sesenta, no mucho más.
Le vacío la Coca Cola en la cabeza, decía, mientras ella ofrece el rostro como si mirara la ducha, y deja que el líquido le caiga por el cuerpo. Se frota, apenas, algo, los brazos o los muslos, como si se estuviera bañando. Repito la operación, con la otra botella. Si la primer botella era de Coca Cola, la segunda botella es de Coca Cola, también.
La cosa debe llevar un minuto, no mucho más. Entonces le digo que se siente, sobre una silla de la cocina, y se quede así, sentada, sin hacer nada. Cinco minutos, siempre menos de diez, en silencio. Hasta que le digo ‘listo’, o ‘gracias’, o ‘es suficiente’.
Es importante para mí, no me canso de comprobar, que vivimos en un mundo donde la gente está dispuesta a dejarse fastidiar. Por dinero.
Entonces ella se va a bañar.

30.11.12

Para no estar (tan) solo


         No, no tenés que entender a las mujeres. No hace falta, ni lo intentes. No es preciso, además.
         Lo único que tenés que saber es que la mujer viene con un mecanismo, un dispositivo. Los hombres se la pasan pensando que quizás les ha tocado una mujer en particular, con determinados atributos de carácter, rasgos de la personalidad. Algo hormonal, nada que ver.
         El tema es que la mujer no tiene plan. Viene a la vida sin plan. Entonces su plan, el plan de la mujer, es modificar tu plan.
         Ya sé, ya sé. ¡Te digo que ya sé! Está la maternidad, dar vida, eso. Lo que justifica a la mujer, la redime, le da alguna trascendencia acerca de su precario paso por la tierra, la exonera, si es preciso decirlo de alguna forma, de todo lo demás. Pero eso no es un plan, eso es imperativo-categórico. Le pasa a las lechuzas, a las jirafas, también.
         Si entendés eso, apenas eso, no vas a tener problemas con las mujeres nunca más.
         Repito, para fijar los conceptos (y más que nada para molestar). La mujer no tiene plan. La mujer, su aire y su alimento, está en modificar tu plan.
         Pasamos a la praxis. No me quiero quedar en las alturas, regodeándome en un andamiaje teórico tan genial. A veces tengo miedo, también, me pregunto por qué yo, por qué me tocó saber tanto a mí. Too much.
         Si vos querés una pizza. Si vos te morís por dos porciones de fugazzeta  y una lata de cerveza, tenés que simplemente decir: ‘¿qué vas a cocinar?’. Si vos querés echarte un polvorón más o menos digno, lo único que tenés que hacer es levantarte del sillón antes que termine la película y decir ‘me voy a dormir, estoy recansado, no doy más’.
         Y así, cuando vos digas que querés comer comida casera tu mujer pedirá una pizza en La Continental, cuando vos te tires en la cama como un exánime rinoceronte tu mujer vendrá al cuarto con su mejor camisón y buscará contacto, cuando vos digas que sería bueno ir al sur en auto tu mujer dirá que ella necesita una quincena en Pinamar.
         Lo importante es que la mujer sienta que ha modificado tu plan. Y entonces sí, vas a ver cómo tener una mujer cerca, una compañera, es una de las cosas más lindas que a un hombre le pueden pasar.

25.11.12

Quién hubiera dicho


         No creo mucho en los seres humanos, como especie, en general. No espero nada demasiado bueno de las personas. Sé que cuando hay demasiada gente es un error, sin excepciones. No importa si se trata de un recital o del subterráneo, no importa si Argentina salió campeón de algo, de cualquier cosa, si hicimos el sánguche de milanesa más grande del mundo o si le declaramos la guerra a Bolivia porque la Pachamama es Argentina y atiende en Almagro. Si hay mucha gente, no quiero estar ahí, si hay mucha gente, está mal.
         Para resumir, la gente es una mierda, eso quería decir.
         Ahora, cuando voy a hacer las compras, a un supermercado de barrio, un domingo cualquiera. Si te fijás un poco, si mirás bien. Vas a ver, en la puerta del supermercado, del lado de afuera, enganchado a un árbol o a un poste de luz, de la correa, un perro. Algún perro, cualquier perro. Un perro de alguien, no importa de quién, de alguien que entró a hacer compras y tuvo que dejar el perro afuera.
         Y mirás, es un minuto nomás, al perro. El perro es todo ojos, no hay nada más en su mente que la puerta, el lugar por el que su dueño se fue. El perro espera y espera y es la desesperación más pura que yo jamás haya visto. El perro, ese perro, necesita que vuelvas, vos. Sí, vos, ese pelotudo que acaba de comprar una botella de Gancia y  medio kilo de queso Port Salut, esa quejosa mujer que huele a naftalina y a flujo vaginal intenso y que acaba de humillar a la cajera del supermercado por una moneda de veinticinco centavos.
         Quiero decir, el perro está ahí, señalándole al universo entero que algo  bueno habita en ese ser humano. El perro está ahí, esa muda alegría de volver a verte, diciéndonos, a todos, que quizás tenga algún sentido nuestra absurda existencia.

20.11.12

Mejor así


         Es divertido cuando  un contador se despierta en mitad de la noche para hacer pis, y descubre que se le está inundando el baño. Que se debe haber roto un caño, del baño, del vecino, de arriba.
         Resulta simpático cuando un prestigioso abogado va a hacerse un chequeo anual y el médico mira la radiografía del tórax, y la vuelve a mirar, y el abogado no quiere preguntar pero pregunta, y el doctor le dice que conviene repetir la placa, que ve una manchita. ¿Usted fuma mucho?
         Me parece bien cuando una psicóloga algo mayor sale de ducharse y por un instante, mientras se seca, se observa al espejo y no le gusta para nada lo que ve. Da un paso adelante, enciende esa luz. Cómo es posible, claro que es posible que te salgan canas, ahí también, sí.
         Es que fuera de tu estricta área de cobertura sos uno más, un boludo más. Lo que sabés no te salva.

15.11.12

Minotauro


         Iba para la costa, fuera de temporada. Paré en Minotauro, para tomar un café con leche, estirar las piernas, hacer pis. Es un poquito antes de llegar a Dolores.
         Sábado, las diez de la mañana, había salido temprano. Llovía, apenas.
         Paré el auto. Me bajé, me desperecé. Se me acercó un perro bigotudo, movió la cola sin demasiado entusiasmo.
         Entré, tres chicas detrás del mostrador, con el mismo delantal y el cabello recogido. Pocas mesas ocupadas. Un tipo de bigotes y camisa a cuadros fumando contra un rincón, mirando por la ventana. Un matrimonio intentando darle de comer a un bebé. Una parejita dándose la mano por encima de la mesa.
         –¡A ver, forros! –di un golpe sobre el mostrador, la superficie de fórmica hizo un chasquido de platos y cucharitas– ¡Esto es un asalto! ¡Pongan todo lo que tienen arriba de la mesa! ¡Celulares, billeteras, todo!
         Hice silencio, una pausa. Tomé una gaseosa que ya estaba abierta y bebí un trago, del pico. Después partí la botella contra el mostrador, y dejé caer, los pedazos, al piso.
         –¡Al que se haga el vivo lo quemo de una! –seguí– ¡La guita, loca, dame toda la guita! ¡Vos, abrí esa caja! ¡Qué cara de boludos que tienen todos, por Dios bendito y la Virgen que llora Fernet! ¡Y vos, sí, vos, vení que me la vas a chupar un poco, me gustan tus tetitas!
         Nada. Una de las chicas de atrás del mostrador se dio vuelta, y siguió preparando un café con leche con la máquina. El tipo de bigotes terminó su cigarrillo y encendió otro. El bebé eructó. Afuera estacionaron otros dos autos. Entró más gente, una mujer a la que le costaba caminar, como si tuviera un problema de cadera, preguntó si hacían tostados, cuánto costaban.
         Dicen, lo he escuchado en más de una ocasión, que uno de los encantos que tiene el irse de vacaciones, es que podés ser otro. Pero a mí no me pasa, se ve que conmigo no funciona así.

10.11.12

Perspectiva


         Mi amigo RM recibió instrucción militar, siendo jovencito. Después, pasada la adolescencia, salió de ahí, la vida lo llevó hacia otro lado.
         Cada tanto, en algún asado con amigos o en una pizzería, se le da por recordar un par de anécdotas de aquella época en que abrazaba la carrera militar. El territorio de la adolescencia revisitado desde la adultez, con nostalgia y cariño. Algo de lo más normal, a todos nos pasa.
         Una de las historias que RM recuerda de esa época, es una historia que se contaba entre los novatos, los jóvenes que hacían sus primeros pasos en la escuela militar.
         Se contaba, recuerda RM, que después de tres años de instrucción, se seleccionaba a los mejores, eran detectados aquellos con mayores aptitudes. Y se les ofrecía, lo cuento con mis palabras, carezco de la exacta jerga y tampoco importa, se les ofrecía, entonces, decía, pertenecer a un sofisticado grupo de elite. Ser los más especiales y únicos soldados de la patria, para secretas misiones. Ser comandos.
         Entre las tremendas pruebas a las que eran sometidos en una impiadosa instrucción, los comandos, había una, una que se contaba y que RM solía recordar.
         La prueba era, más o menos, así. Se llevaba al aspirante a comando a la selva, al monte. En Chaco, en Formosa.  Se lo desnudaba y se lo molía a golpes, entre varios. Luego se lo encerraba en una jaula construida con cañas de bambú sobre el barro, aunque no sé si era bambú, pero tipo Vietnam. Se le daba, solamente, al aspirante a comando, un vaso de agua y un pedazo de pan por día como único alimento. El pan podía haber sido pishado, o utilizado por alguien para limpiarse el culo, esos detalles. Debía permanecer, el soldado, encerrado e indefenso, en medio de la selva.
         No, no terminé. ¿Te aburriste? Sigo.
         Pasaba algo, durante el encierro. A los tres o cuatro días, como por casualidad, aparecía un perro. Un cachorrito, atorrante, venido de quién sabe donde. Del monte, de la zona.
         El cachorrito aparecía y se metía en la jaula. El perrito, era de lo más normal, se pegaba al prisionero, al soldado, al aspirante a comando, ya que los encargados de la vigilancia no le daban bola, o sencillamente lo pateaban, intentaban quemarlo con un cigarrillo. Y el soldado, que no tenía absolutamente nada para hacer más que soportar que lo despertaran en mitad de la noche y lo baldearan con agua helada o le pusieran música a todo volumen para no dejarlo ni siquiera dormir, para que enloqueciera, bueno, el soldado jugaba un poco con el perrito.
         El soldado y el perrito dormían juntos. El soldado le daba cobijo a su mascota, su amigo.
         Pasadas un par de semanas, transcurrido ese plazo donde el soldado había sido picado por insectos, había tenido que dormir junto a sus excrementos, había recibido nuevas y variadas palizas y demás humillaciones de carácter tan inconcebible como vejatorio, al final, se le decía al soldado que la prueba había finalizado. Lo felicitaban, la capacitación había concluido.
         Antes de liberarlo y que pasara a integrar el selecto grupo, faltaba una cosa más, sólo una cosa. Debía, el soldado, matar a la mascota. Matar al perrito, con sus propias manos, y comérselo. Eso era todo.
         Aquí terminaba la historia, la historia que cada tanto RM recordaba y solía contarnos. Se hacía entonces un particular silencio, la gente soltaba los cubiertos y dejaba de comer. Alguien, pasados unos minutos y todavía sin hablar, se animaba a servir más vino.
         Y a mí se me ocurre ahora, se me da por pensar con la prístina claridad de concepto que suele dar una adecuada distancia de los hechos, que el entrenamiento descripto, con sus peculiaridades, no debiera ser para los aspirantes a un sanguinario grupo de elite dentro de las fuerzas armadas.
         Quiero decir, si no podés hacer eso, te va a costar conseguir trabajo, formar una familia, viajar en colectivo.

5.11.12

Encuentro con el poeta


         Viviana trabajaba freelance, de fotógrafa. Hacía fotos en fiestas, en casamientos también, para ganarse la vida. Pero no era lo que le interesaba. Participaba en concursos, fotografiaba insectos o la lluvia o a su perro dormido, hacía cursos, compraba libros. Entre tantos rubros sobre los cuales no entiendo nada de nada ni me importan, no entiendo nada de fotografía. Pero eran buenas fotos, era algo que se podía sentir.
         Le pedían fotos, habitualmente, para algunas revistas. Paisajes, o fotos de manifestaciones, fotos de determinados recitales, fotos de algún personaje al cual le habían hecho una entrevista.
         Me dijo, Viviana, que le habían pedido un par de fotos de Pedro Pablo Mavale. Pedro Pablo Mavale era uno de los poetas más importantes, vivos. Había estado internado en un hospital psiquiátrico, por más de diez años, después de dos o tres intentos de suicidio. Escribía, en sus comienzos, bajo el alias de ‘Piterpol’, y se había transformado, casi de inmediato, en un poeta de culto, maldito, una leyenda viviente. Pura potencia expresiva, mezclado con pinceladas de infinita ternura, extraña combinación. Curiosamente, había accedido a que le hicieran un reportaje para la revista literaria ‘Hueso’, debía necesitar el dinero. Viviana tenía que tomar algunas fotos del poeta que iban a aparecer, junto con el reportaje, en el próximo número de la revista. Pedro Pablo Mavale debía andar por los setenta años, se decía que no salía nunca de su casa, se decía que ya no escribía.
         Me preguntó, Viviana, si no quería acompañarla el día que iba a tomar las fotos. Pedro Pablo Mavale le había dicho que podía recibirla el domingo por la tarde. Viviana se acordaba que yo, una vez, hacía muchos años, cuando estábamos llenos de ilusiones, cuando cogíamos, le había regalado un libro de Mavale.
         –El libro se llamaba ‘Mi pito en tus manos’, ¿te acordás?
         –Sí –dije. Me acordaba. Poemas como cuchillazos de un loco con un oxidado Tramontina. Contaba la leyenda que Mavale era admirado por Burroughs y por Bukowski, los dos al mismo tiempo. Habían venido de la Random House para publicarlo en inglés, le habían ofrecido un contrato, y él había dicho que no, que estaba bien así. Que no quería.
         Me dijo Viviana que Mavale estaba viviendo en un departamentito sobre la calle Independencia. Domingo, tres de la tarde, nos encontramos, fuimos.
         Tocamos timbre, Independencia al mil doscientos, no preguntaron nada del otro lado del portero eléctrico, abrieron. Subimos.
         4D. Vivana golpeó dos veces la puerta, despacito. Se escucharon ruidos, una botella estallando contra el piso, puteadas, seguidas de carcajadas, seguidas de más puteadas, ladridos, un grito.
         Se abrió la puerta.
         –¿Qué? –ante nosotros, un hombre. Prácticamente calvo, un puñado de pelo a cada lado de la cabeza, como alitas, la incipiente y blanca barba de no haberse afeitado por tres o cinco días. Estaba en pijamas, bueno, no exactamente, sólo los pantalones largos del pijamas. Rayas que alguna vez debieron ser azules, sobre un fondo que alguna vez debió ser verde agua. Manchados, los pantalones, de salsa, quizás restos de tuco o sangre, y quemaduras de cigarrillos. Flaco, con la panza floja, descalzo, anguloso, ojeras que iban de un lila pálido al morado.
         –Buenas tardes –Viviana tosió, se le había secado la garganta–. Soy la fotógrafa de la revista ‘Hueso’. Vine a hacerle unas fotos, como habíamos quedado.
         –¿Qué? –Se rascó el estrecho torso desnudo con el revés de un pulgar que tenía una uña larga y amarilla. En la otra mano tenía una botella de whisky por la mitad, ‘Old Smuggler’. Inclinó la cabeza hacia atrás, y por un momento pareció que iba a caerse. Bebió un largo trago de la botella, del pico. A causa del particular pico vertedor que suelen tener las botellas de whisky, el whisky, justamente, salió a borbotones, empapándole el rostro.
         –Soy la fotógrafa de la revista… –se interrumpió, Viviana, quizás sea mejor decir que fue interrumpida por el inconfundible sonido de un pedorreo largo, ronco, profundo.
         –Ahhh –abrió los ojos, Mavale. Ahí estaba, el ícono viviente, el autor de ‘Desesperaciones’, y ‘Perdiendo la gracia’, donde habían sido tocadas las más altas cumbres de la poesía argentina. El absoluto dominio de la palabra, la indómita belleza, la prodigiosa ternura.
         Viviana se congeló.  Retrocedió un paso. El hombre, Mavale, se sostenía con una mano del marco de la puerta, y levantaba apenas un pie para dejar salir, el pedo, con mayor comodidad. Cagarse mejor.
         –Señor Mavale –saqué de un bolsillo del saco el manoseado libro, cuyo título era ‘A vos nunca te abrazaron así’–. Si no es molestia, traje un libro suyo. Lo leí siendo jovencito, y significó mucho para mí. Quería pedirle, por favor, si podría firmarlo.
         Mientras terminaba mis palabras, llegó el olor. De su interminable pedo. Un olor como a huevos crudos y queso rancio, mezclado con whisky. El olor pronto envolvió la totalidad del palier, fétido, imposible, lacerante.
         –Puto –pensé que había entendido mal, pero no. El viejo me miraba, me hablaba a mí–. Puto, cojan.
         –¿Qué? –Dijo Viviana, que se aferraba con ambas manos a la cámara de fotos que colgaba de su cuello.
         –Cojan –repitió Mavale–. Cojan, yo ya no puedo coger. Pero me gusta tocar, me gusta ver coger.
         Estiró una mano, Mavale, y le agarró una teta a Viviana. La pobre no podía retroceder, no podía moverse del susto. El viejo apretaba la teta, con lascivia, pero como si manipulara un artefacto, un juguete más o menos aburrido. Abrió la boca, se le había juntado mucha saliva, y parecía como si el viejo masticara un poco, la saliva. No debía tener más de cinco dientes, y algo verdoso en su boca. Pedazos de lechuga, o flema, seguramente.
         –Eh, oiga –de un golpe, le bajé la mano.
         –¡Ataca, Pericles! ¡Ataca a los invasores! –Se apartó, de costado, Mavale, para dejar paso a su perro. Era un ovejero alemán, pero ladró sin convicción. Me asusté, de verdad, hasta que descubrí que al perro le costaba moverse. Tenía un problema, arrastraba ambas patas traseras como si las tuviera quebradas. Quizás un problema de cadera, tan común en esa raza. Entonces vi que el perro tenía el hocico casi blanco, su ladrido se fue apagando, me pareció que el perro temblaba un poco, mientras agachaba la cabeza y nos miraba de costado.
         –Llamá el ascensor –le dije a Viviana que parecía haberse recompuesto un poco. Seguía con la cámara en las manos, apuntando al piso–. Vámonos de una vez.
         –Cojan –dijo Mavale otra vez, echó whisky sobre la cabeza del fatigado perro, que se había sentado– ¡Cojan antes del fin! ¡Somos espacios de conciencia!
         Gargajeó, Mavale, escupió al piso. El verde flemón que había venido masticando, y que ahora latía sobre el piso como un aguaviva.
         –¡Somos espacios de conciencia! –Se tambaleó un poco– ¡La vida no tiene sentido, boludos!
         Se fue, se metió para adentro del departamento, dejó la puerta abierta. Se escuchaba música, música clásica. Me pareció que era Shostakovich.
         Llegó el ascensor. La metí a Viviana adentro, y apreté planta baja. Pericles nos miraba, pero algo desorientado, como si se estuviera quedando ciego y buscara imágenes que se correspondieran con los ruidos.
         Salimos a la calle.
         –¿Te sentís bien? –Viviana asintió, y le salió un sollozo. Después se relajó. Se sentó en los escalones de la entrada de un edificio, y se puso a revisar su bolso. Tenía las uñas marcadas sobre la tela de la remera, a la altura del corazón, encendió un cigarrillo.