Me paré en una esquina, para cruzar. Es lo que se estila. No, prefiero no decirte la esquina, qué importa la esquina. Si te digo la esquina te pueden agarrar ganas de pasar, por esa esquina, a ver si me ves. Y yo no te conozco, claro, pero sé que preferiría no verte. Tengo pocas convicciones, las he ido perdiendo con el tiempo. Pero de eso estoy seguro.
–Señor –me hablan, a mí. Un muchacho de más o menos veinte años, flaco, algo desgarbado, inclinado un poco hacia delante, como si estuviera embolsando el viento. Va de jeans, destrozadas zapatillas de lona, y un buzo con capucha color turquesa. Lleva la capucha puesta, las manos en los bolsillos del buzo, se adivinan los puños apretados.
Lo miro. No respondo, pero lo miro. Podríamos decir que mirarlo es mi respuesta.
–Le quiero comentar algo –dice, tiene buena dicción, se expresa con claridad, mira el piso, como si estuviera nervioso, preocupado.
–Sí –le digo.
–Quería avisarle que está por impactar un asteroide contra la tierra –dice, me mira por un instante, vuelve a bajar la mirada–. Están preparando un arca. Bueno, no un arca, una nave. Para los que se van a salvar, porque el resto del planeta desaparecerá, morirán todos, no hay escapatoria. Van a llevar animales, también, de determinadas especies, para que se reproduzcan y pueda continuar la vida en otro planeta. Plantas, desde ya, claro, árboles. Y algunos humanos, pero muy pocos. Le puedo decir dónde hay que presentar el formulario, la aplicación, para estar entre los elegidos.
–No, gracias –respondo. Está por cambiar el semáforo, debería cambiar el semáforo, pero no cambia.
–Le cuento otra cosita –dice debajo de la capucha, vuelve a meter las manos en los bolsillos. Pareciera, ahora, estar buscando algo. Un caramelo, una llave, un cigarrillo–. Están por probar un arma química. Sí, los yanquis, claro, quiénes van a ser. Tienen un virus nuevo, una cepa, no, qué ántrax, setenta y tres mil veces más potente. Es un polvillo, no tienen más que rociar de noche las góndolas de los supermercados, y después la epidemia se multiplicaría en menos de cuatro días. Es el virus de la depresión. La depresión más absoluta que se pueda imaginar. Deja a la gente tan deprimida, tan triste, que no les quedan fuerzas ni para rascarse el culo. Todo el mundo se quedaría en sus casas, twitteando estupideces. Las calles serán para pocos. Yo conozco el antídoto al virus, sé cómo hacerlo. Hace falta dulce de membrillo Esnaola, y un blíster de aspirinas. Le puedo ensañar a prepararlo.
–No, flaco, te agradezco. –Nada, el semáforo no cambia, pero tampoco pasan los autos.
–El semáforo no anda –señala, el semáforo, con el mentón. Percibo que tiene un ligero tic, como un tembleque que le sacude un poco el cuerpo– ¿No me ayuda con algo? Me gustaría desayunar, estoy muerto de hambre.
–Sí, cómo no –le doy veinte pesos, le palmeo un hombro.
–Sí, cómo no –le doy veinte pesos, le palmeo un hombro.
Hay gente que para conmoverse necesita lo épico, lo grandilocuente. Si me preguntan a mí, prefiero lo simple.