Lo explico porque me parece que la monada todavía no lo
entiende. Pero yo cada vez tengo menos ganas de andar por ahí, explicando
cosas. Tengo que pagar las expensas, lavarme los dientes, ir al supermercado a
comprar latas de atún La Campagnola en oliva y fideos Don Vicente. Así que lo
explico una vez y no lo explico más.
A ver, cuantas más cosas virtuales te pasan, menos cosas
reales te pasan. A más virtualidad, menos realidad. Es una ley poética, pero
también física. Quiero decir, funciona así.
Pero qué cara de boludos que tienen todos, mamita. Bueno,
agrego un poco, digo algo más.
El invento no es malo, alguien se dio cuenta lo que estaba
pasando, lo que se venía, y lo inventaron. El invento es perspicaz por cierto,
me atrevería a decir que estamos en presencia de una perversa genialidad.
Se dieron cuenta, si quieren primero en las ciudades del
occidente capitalista civilizado, pero casi inmediatamente después en otras
partes. Se dieron cuenta que vivir se volvió imposible, vivir perdió la gracia.
Multitudes, hordas, empujando, desplazándose, tratando de
llegar a alguna parte, corriendo detrás de algo, para después tener que volver,
a sus casas, adonde puedan, hasta que no den más.
El mundo se llenó de cosas, tampoco los voy a aburrir con
eso. No hay más espacio, se cogieron hasta las nubes del cielo, cagaron en los
ríos, pusieron antenas de teléfonos celulares en el culo de los delfines, y
así. La materia tiene horror al vacío, creo que dijo Spinoza (o Didier Drogba),
y seguro que ni sabía lo que estaba diciendo aunque ahí está, es parte del
problema. De la enfermedad.
Entonces se inventó algo, otra cosa, otro mundo. Virtual.
Y vos pasaste a sentir que en verdad estás acompañada, que
tenés doscientos treinta y siete amigos en el facebook, cuando tu marido no te
dirige la palabra durante la cena. Detesta tu cara, la forma que tenés de
mordisquear esa patética y acartonada milanesa de soja como si fueras un
marsupial.
O te hacés llamar ‘Jirafa Luminosa’, en el twitter, y te
siguen, y seguís, pero si festejaras tu cumpleaños, o te murieras, no lograrías
que vengan más de cuatro personas. No te conoce nadie, no interesa lo que te
pase, si te compraste una remera o te cortaste el pelo, si juntás fotos de
playas con aguas color turquesa o te tirás un pedo. Lo mismo da.
Listo, entonces. Eso. Tenés que saber que no importa cuánta
virtualidad seas capaz de agregar a tu vida, tu realidad no se modificará un
ápice. Seguirás siendo la misma retardada de siempre, el mismo alérgico bobo
amante de la pornografía y las bebidas saborizadas.
Son carriles paralelos, vibran en diferentes planos. Lo
virtual no modifica lo real. Y no, no sé qué tenés que hacer al respecto. Podés
comprarte un perro, un perro práctico, un perro más o menos pequeño, o hacer un
curso, un curso de algo, un curso de cualquier cosa. Podés no hacer
nada, tampoco te daba para mucho más.