El médico me había recomendado que nadara. Por la espalda. Me dolía la espalda, a veces las cervicales, a veces las lumbares, pero me dolía la espalda, siempre. De estar todo el día sentado frente a una computadora, dijo el médico. Te sentás mal y no te das cuenta, o hacés fuerza con el cuello porque el respaldo de la silla está vencido, y no te das cuenta.
Lo importante, lo que deberías saber, es que después de los treinta años te va a doler algo, eso no es negociable. Conviene ir haciéndose amigo del dolor, invitarlo a dar una vuelta, conocerse. Prepararse para una relación más íntima.
Te haría bien nadar, dijo el médico. Me anoté en un Megatlón de barrio, no importa el barrio. Sabía nadar, había nadado de chico, ese no era el problema.
El problema era la gente. Mucha gente, siempre. Hay una nueva monada que considera conveniente cuidarse el cuerpo, creen que eso les garantizará alguna clase de status y aceptación. Están los que hacen pesas, están los que corren en cinta o andan en bicicleta fija, y así. No hay fauna más estúpida que la que concurre a un gimnasio, de más está decirlo. Gente bastante particular, que han olvidado la relevancia de pensar de tanto en tanto, o de permanecer en silencio. Sign of the times.
Probé ir a nadar después del trabajo, pero estaba la pileta llena. No, no llena de agua, llena de boludos. Así que probé ir a las siete, después a las ocho de la noche. Finalmente, a las nueve. El club cerraba a las diez y media, la pileta a las diez. A las nueve por lo general la gente se va a cenar, la cosa se ponía algo más fluida, disminuía el caudal de infelices, se volvía todo menos traumático.
Entraba a la pileta nueve y cuarto más o menos, nadaba media hora, salía, me duchaba, me secaba, me vestía, y me iba a comer algo por ahí, antes de volver a casa. La actividad física me hacía dormir mejor, la espalda se seguía quejando un poco, pero no chillaba como un animal herido.
Salía de nadar, me duchaba, esperaba un poco que el cuerpo se secara / secase, sentado en un banco del vestuario, antes de vestirme.
Había un tipo. Cada vez que yo salía de nadar, y me sentaba en el mismo banco, había un tipo. Sentado. Cubierto apenas por una pequeña toalla sobre los hombros.
Hablando por teléfono celular, el tipo. Siempre.
–Sí, mi amor, sí. ¡Ya te dije que sí! –Hablaba muy fuerte, miraba alrededor, buscando aprobación, empatía–. Ahora voy, linda. ¡Te dije que ahora voy!
O sino.
–Pero no, bebé, no era yo. ¿Cómo voy a estar tomando un café con otra mina justo enfrente de tu casa? –Se reía, el tipo, subía el tono de voz, gesticulaba para su involuntario y algo fastidiado público, desplegaba los abstrusos avatares de su ajetreada vida afectiva.
–Cortá de una vez, Tolombetti –le gritaba desde el mostrador el empleado del vestuario, con un cigarrillo colgando de la boca.
Así supe que al tipo le decían Tolombetti, y que estaba siempre ahí, después de correr doce minutos en la cinta, recién bañado, hablando media hora o más por teléfono celular, con una o varias mujeres, no se sabía, porque a veces cortaba, tomaba aire, y atendía de nuevo o volvía a llamar. A los gritos, discutiendo, por lo general sobrador, peleando o reconciliándose.
–Te dije que hoy no puedo, preciosa –resoplaba, Tolombetti, se rascaba con un índice la nuca, o arriba, justo en el centro y arriba, en el techo, por decirlo de algún modo, de su cabeza–. Te había avisado que hoy me voy a comer con los muchachos.
Pálido como un fantasma, Tolombetti, peinado para el costado con un peine muy finito, como lo debía haber peinado su mamá a los once años, los ojos algo enrojecidos, mirada de dogo aturdido, entre cuarenta y cincuenta años. Hablando por teléfono, siempre.
Había algo más, algo perturbador, difícil de omitir. Tolombetti era portador de una descomunal garompa. Por regla general no me gustan los tipos, y en los vestuarios de hombres la norma básica es no mirar, o no mirar más abajo del cuello en caso de ser preciso mirar a alguien. Pero el tipo estaba ahí, sentado sobre un banco de madera, con la verga descansando sobre uno de sus muslos, como una pequeña foca o el antebrazo de un rollizo bebé. El tipo hablaba por teléfono y se miraba un poco la chaucha, o la palpaba con dos dedos, como si le estuviera tomando el pulso, y hasta los tipos que querían burlarse de las conversaciones de Tolombetti, enfocaban por un momento la gaver, y no tenían más remedio que hacer un respetuoso silencio. Así como en las cárceles se respetan la cantidad de asesinatos cometidos, en los vestuarios se respetan las vergas (los tamaños). El tipo dejaba ahí la herramienta, tomando aire, imponiendo presencia, mientras seguía con sus interminables discusiones telefónicas.
–¡Basta, Tolombetti! ¡Cortala, basta! –gritaba el tipo del vestuario y todos los que terminábamos de cambiarnos (éramos cinco o siete sentados en diferentes bancos del vestuario) nos reíamos, porque Tolombetti hacía la señal de silencio con un dedo sobre los labios, o se tapaba el otro oído para no perder el hilo de la conversación que mantenía.
Hasta que un día. Como siempre. Diez de la noche. Había nadado, me había duchado, estaba terminando de vestirme. Demoraba un poco en ponerme la camisa porque hacía calor, yo transpiro como un condenado.
–Bueno, bebé, bueno –Tolombetti hablaba–. Ya se te va a pasar, voy a comprar un vinito y paso en un rato. Vas a ver que nos amigamos.
Fueron dos, así que estaba planeado. Uno era un instructor del gimnasio, al otro no lo había visto nunca. La maniobra fue perfecta en su ejecución, sumado al efecto sorpresa.
Uno de los dos, no el instructor, inmovilizó a Tolombetti deste atrás, con una toalla. Simplemente le pasó la toalla enrollada por encima de la cabeza, y de esa forma, tirando, le trabó los brazos. Mientras el otro, el instructor, le quitaba justo en ese instante a Tolombetti el teléfono celular de la mano.
El instructor se puso el teléfono en una oreja.
–¡A ver si te dejás de romper las pelotas, querida, que acá en el gimnasio no aguantamos más! –Dijo. Y todos nos reímos con ganas, mientras Tolombetti forcejeaba para zafarse aunque sin suerte, porque el pibe que lo atenazaba con la toalla era joven, de unos ochenta kilos, físico muy trabajado.
La escena era tremenda, brillante y tremenda, por aquello que dijo Cioran alguna vez, eso de ‘lo que no es desgarrador, es superfluo’.
Pero el instructor, después de lanzar la puteada, se quedó con la boca abierta. Fue pasándonos el teléfono, de uno en uno, para que lo viéramos, tocaba teclas, nos acercaba el teléfono a las respectivas orejas, nos hacía escuchar.
El teléfono estaba mudo, el teléfono no andaba, el teléfono jamás había funcionado. Tolombetti, ya liberado de la toalla, se tapaba la cara con las manos. Lloraba como un chico, negaba con la cabeza. Lloraba.