30.11.13

Yo sé


         Yo sé que hay algo bueno para nosotros, en alguna parte.
         Yo sé que hay una esquina donde nos vamos a encontrar, y va a estar lloviendo, y vamos a estar tan contentos de estar ahí, sólo de estar ahí. De vernos.
         Yo sé que hay una pizza que nos espera en alguna curva de la vida. Donde la muzzarella nos acariciará el alma, nos calentará el corazón como la caricia de una madre y nos dirá que nada fue en vano, que un par de risas bien pueden derrotar a la muerte.
         Yo sé que vamos a caminar de la mano por alguna playa, muy temprano, metiendo los piecitos en el agua. Va a ser invierno y va a haber un perro peludo, también. Y el mundo nos va a parecer un lugar mucho más amable.
         Yo sé que un día lloverá whisky o café con leche y voy a pisar una baldosa que me va a salpicar de ganas de hacer, esas ganas que tenía cuando me parecía que la felicidad era posible.
         Yo sé que hay algo bueno para nosotros. En alguna parte.

24.11.13

Asado con familia


         Fui a visitar a mi prima Milena. Tengo una prima que se llama Milena, desde chicos, desde siempre. Y aunque nos vemos poco y nada por diversas circunstancias de la vida, nos queremos. Es la prima a la que más quiero.
         Siempre la admiré, a Milena. Porque de chiquita ella quería ser bailarina clásica, y alguna vez la vi ensayar en puntas de pie, con el cabello tirante recogido y el cuerpo tan pulido, tan perfecto. Después se cansó del baile y estudió yoga muchos años. Fue instructora, daba clases por todo el país, cuando nos veíamos me enseñaba alguna postura para mi dolor de espalda. O para mi crónica tristeza.
         Se casó, Milena, tuvo dos hijos, vivió casi diez años en Londres. Se divorció, ahora vive con su nueva pareja en Vicente López. Pinta, pero no pinta un jarrón o una naranja por hobby. Pinta de verdad, expone sus acuarelas, las vende.
         Me dijo que me quería ver, me dijo que hacía mucho que no nos veíamos, me dijo que fuera a visitarla. El sábado al mediodía. Ian, su nueva pareja, haría un asado. Ella me dijo que quería conocer a mi novia, que fuera con Romina.
         En fin. Fuimos. Vicente López, una regia casa, la hija de Milena, Sofía, que ya debía tener quince años, estudiando para el colegio, el menor, Guillermo, no estaba porque se había quedado a dormir en la casa de un amigo y tenía partido de fútbol.
         Ian le debía llevar a Milena unos doce o quince años, bohemio, canchero, macanudo. Una casa bárbara con un jardín para tirarse a dormir la siesta. Árboles, sí, cinco o siete árboles de cien años, un álamo, un fresno.
         Estábamos en otoño pero no hacía demasiado frío. Ian insistió en mostrarme la cava de piedra, construida bajo la tierra, como si fuera un refugio atómico. Subimos con varios vinos. Ian insitía en que probáramos un Syrah australiano. Riquísimo. Romina se entendió al toque con Milena, la ayudaba a preparar las ensaladas.
         –¿Y éste cómo se llama? –pregunté, palmeando a un Collie atorrante, cariñoso, con pinta de no bañarse muy seguido.
         –Vito –me dijo Milena desde la cocina–. Le falta hablar, solamente. Es el mejor perro que tuve en mi vida. No sabés cómo cuida a los chicos.
         Trajeron unos platitos con salame y queso cortado en cubitos. Ian me sirvió un whisky de apertura. Era francés, de Bretaña,  editaba una revista de arte que marcaba tendencia en Europa. Fanático del asado y de los paisajes que podía recorrer en bicicleta, estaba encantado con la Argentina.
         Quería chequear mis mails. No hacía falta, pero estaba esperando que me  mandaran una presentación, corregida, para una charla que debía dar el lunes, y el teléfono me andaba para el culo. Soy consultor, me gano la vida hablando, digo un par de boludeces, hago reír a la gente mientras les explico qué hacer con su dinero, finanzas, no es una mala vida.
         Le pregunté a Milena si me dejaba consultar mis mails en cualquier computadora. Sólo un minuto.
         –Subí al cuarto de Sofía –me dijo Milena–. Tiene dos computadoras, además de su ipad,  y su iphone. En serio, no le molesta. Andá y pedile una de las netbooks.
         Subí, con el vaso de whisky en la mano. La puerta del cuarto de Sofía estaba entreabierta. Golpeé, dije ‘permiso’.
         Nada, silencio. Se debía estar bañando, se oía el ruido de una ducha, proveniente del baño situado a mitad del pasillo.
         Había pósters, un osito de peluche sentado entre los almohadones de la cama, lo clásico. Me senté frente a la computadora.
         Fue un error, fue un error, no debí hacerlo, lo sé, lo admito. Toqué el teclado, ahí estaba, en la pantalla, el cielo celeste de fondo, las nubecitas, los íconos. Pensé, es un segundo, chequeo el mail y me quedo tranquilo. Clickeé para abrir el explorador, miro si recibí el mail y bajo a limpiarme un tubo de vino con la picada. Pero el navegador tardó en abrir. Quizás la conexión era lenta, no lo sé.
         Debí levantarme e irme, no anda, listo. Pero di un sorbo al whisky, y abrí, al azar, una carpeta ubicada en el ángulo inferior izquierdo de la computadora. En la carpeta decía, debajo, ‘Vito’.
         Hice doble clic al voleo, eran cientos de fotos. Se abrió una foto. Al principio no entendí bien, pero después sí, después entendí perfectamente. Una foto del Collie, de Vito, sentado, con la pija parada, muy parada, casi púrpura. Las manos de la nena, de Sofía, una mano sosteniendo la pija, la otra los huevos. El perro miraba a la cámara algo aturdido, con la lengua afuera. La nena, en bombacha y corpiño, también miraba a la cámara. Con lascivia. Sonreía.
         Abrí otra foto, la de al lado. Ahora Vito estaba de pie (de pie, para los perros, es en cuatro patas), y Sofía, a su lado, en cuatro patas también. Muy agachada, como si estuviera buscando algo debajo de la cama. Pero no, estaba metiéndose el pito de Vito en la boca. La nena hacía casi una contorsión para mirar a la cámara, desde abajo, con el pito del perro en la boca. El perro parecía despreocupado, tranquilo.
         Abrí una más, una foto más. Sofía acostada de espaldas sobre la alfombra de color celeste, las piernas abiertas. Sí, claro, con Vito encima. La toma debió exigirle algunos ajustes, pero estaba bien lograda. Se veía, claramente, la penetración. La chica tenía puestas unas botas cortas que le quedaban muy grandes, se agarraba, con ambas manos, los tacos en punta, las piernas bien arriba.
         Cerré las fotos, cerré la carpeta, y bajé. En el pasillo todavía se escuchaba la ducha. Volví al jardín, me senté, terminé mi whisky de un trago. Ian  acomodaba el carbón con el atizador, para que el fuego diera más de lleno en las tiras de asado.
         –Tomá, probá esto –me pasó un tenedor con un pedacito de salchicha parrillera–. Decime si ya está bien.
         Me pareció que Vito me miraba. A mí, no la comida.

18.11.13

Qué hiciste con tu vida


         –¿Tuviste un hijo?
         –¿Eh?
         Me había quedado dormido, y la pregunta me despertó. Debían ser las dos de la mañana, más o menos. Porque habíamos ido a cenar, antes de venir a mi casa. Claro, a coger.
         –Si tuviste un hijo, Juan –ella se había incorporado contra los almohadones, y miraba la televisión, sin volumen. No era fea, aunque tampoco era linda. Y definitivamente no era joven.
         –No sé –dije–, no entiendo.
         –No es tan difícil, Juan, la pregunta. Si tuviste un hijo.
         Existen dos tipos de charlas, de conversaciones, entre un hombre y una mujer. Las charlas antes de coger, y las charlas después de coger. Las charlas que suceden antes de coger son charlas donde el hombre piensa cómo hacer, cuánto falta, para ir a coger. Las charlas que suceden después de coger son charlas donde el hombre piensa cómo hacer, de qué forma escapar, antes de volver a necesitar coger.
         –No –gargajeé, se me había secado la garganta–. No tengo hijos. Por ahora. Que yo sepa. Quiero decir, no me consta.
         Se hizo una pausa. Ella miraba en la televisión un programa japonés donde los participantes hacían absurdas piruetas mientras un desorbitado público se reía a carcajada limpia y aplaudía. Los participantes, con cascos y pecheras rojas o azules, se tiraban por inflables toboganes, o hacían una guerra con tortas de crema, imbecilidades por el estilo. Era evidente que los japoneses habían quedado mal del bocho después de Hiroshima, no tenían la más puta idea de cómo divertirse.
         –¿Y plantaste un árbol? –dijo ella.
         –¿Qué? –Hice fuerza para sentarme en la cama, pero sentí un pinchazo justo en la base de la columna, producto de algún mal movimiento durante la fornienda, y sobrepeso, claro.
         –Si plantaste un árbol, Juan –ella encendió un cigarrillo.
         –No, no planté un árbol –resoplé, tratando de descifrar si el dolor iba a ser benévolo conmigo, o si me llevaba, de la mano, hacia la invalidez sin atenuantes–. Tampoco sé distinguir entre un caballo y una vaca. Soy un tipo de ciudad, con todo lo que eso implica.
         Otra pausa. Ahora, en el televisor, setenta o noventa japoneses de ambos sexos luchaban sobre una resbalosa superficie, se amontonaban, chocaban unos con otros intentando mantenerse en pie, se caían. Eran dos equipos, pero era imposible entender el juego, la consigna, lo que hubiera que hacer. La gente, el público, deliraba de la risa.
         –¿Escribiste un libro, Juan? –dijo ella, y bebió gaseosa de la lata, de una lata que había junto a la cama, sobre el piso. Por un instante, mientras echaba la cabeza hacia atrás y bebía gaseosa con satisfacción, con deleite, cerró los ojos y el cabello le cayó sobre los hombros, y fue bonita otra vez.
         –No, pichona, no escribí ningún libro –dije–. No sólo no escribo, sino que prácticamente no leo. Creo que la literatura es una actividad perimida.
         –¿Ves? –dijo mientras se rascaba delicadamente la base de una teta con la punta de un meñique–. No tuviste un hijo, no plantaste un árbol, y no escribiste un libro. No hiciste nada de nada, quiero decir, nada trascendente con tu vida.
         –No sé –dije, logré sentarme en la cama, apoyé los pies sobre el parquet, junté fuerzas–. Pero tiene que haber algo más. Estoy seguro que tiene que haber algo más. Algo que tampoco es coger con vos, desde ya. Si no, esto no es vida.

12.11.13

Pescadito


         Se llamaba Martín Pedrazzi, pero le decían ‘Pescadito’.
         Yo trabajaba en una casa que vendía todo tipo de envases de plástico, artículos de cartón, bolsas de polietileno, un local que quedaba sobre la calle Velasco. Viste cómo es, estás todo el día ahí, doce horas, te terminás conociendo con todos. Los pibes que laburan de cadetes en otros negocios, las chicas que atienden en los mostradores y salen a fumar, alguna que va al kiosco a comprar un alfajor y se queda a charlar un poco.
         Pescadito estaba siempre ahí, sentado en la calle, desde muy temprano. Podía ser un mendigo, y de hecho estaba en el límite, pero no era un mendigo. No pedía.
         El pibe estaba ahí, prolijo, muy prolijo, parecía recién bañado, con el cabello húmedo peinado con raya al costado. Flaco, desgarbado, con los hombros un poco echados hacia delante. Los ojos como salidos de las órbitas, pero apenas, una suerte de exoftalmia. La cristalina mirada observándolo todo, como si en verdad algo interesante estuviera sucediendo.
          Respetuoso, con la voz muy bajita, apenas un murmullo, se ofrecía para hacer algo, cualquier cosa. Se ofrecía a lavarle el auto al dueño de la farmacia, se ofrecía a ayudarte a descargar el camión que llegaba con la mercadería, se ofrecía a ir al bar y traer los almuerzos, se ofrecía para hacer trámites bancarios.
         A fuerza de estar, de insistir, se había ido ganando un lugar. En el barrio lo conocían todos, sabían que cuando llegaran al negocio ya iba a estar ahí, en el edificio de mitad de cuadra, sentado en los escalones. Esperando.
         –Qué hacés, Pescadito –le decía el mozo del bar–. Alcanzale este café a Salomón, que no se te caiga.
         –Eh, Pescadito, tomá. Traeme dos alfajores Fantoche triples del kiosco, de chocolate, y pilas para el control remoto. Quedate con el vuelto.
         –Pescadito, ¿me lustrás los zapatos que están hechos un asco? Y fijate si en la zapatería no tienen cordones.
         Y allá iba, Pescadito, a cumplir con el encargo. Inmutable, con una semisonrisa tatuada en los labios, lento el andar.
         Acá viene el asunto, ya llegamos. Le decían ‘Pescadito’, a Pescadito, porque el tipo de la pescadería una vez había salido a la vereda, y le había preguntado al muchacho qué quería para el almuerzo. La intención, claro estaba, era darle comida, alimentarlo. En la pescadería, que se llamaba Ultrafish, tenían de todo. Vendían filetes de merluza ya hechos, a la milanesa, ensaladas de frutos de mar, latas de palmitos también, calamaretis fritos, no sé, brótolas, besugos, abadejos. Rabas.
         –No sé –había respondido Pescadito–. Pescado.
         Así que el dueño de la pescadería que se llamaba Ramón, había salido con un pescado, una brótola entera, con cabeza y todo, sosteniéndola de la cola, y la había puesto a la altura de la cabeza de Pescadito. Era una broma, claro.
         –Gracias –había dicho Pescadito. Había agarrado el pescado con las dos manos, y se puso a comerlo. Daba pequeños mordiscos sobre el lomo del pescado crudo, ante la atónita mirada de Ramón que pensaba que el muchacho le había seguido la broma y lo estaba cargando.
         Pero no, Pescadito siguió comiendo, despacio, concentrado.
         Corrió la noticia, se supo enseguida. Todas las mañanas, Ramón le daba a Pescadito alguna tarea, acomodar las bolsas de hielo, cargar los desperdicios en el camión que pasaba a retirarlos, ir a pagar algo. Y al mediodía, Ramón le daba al chico algo de comer. Algo que podía variar pero siempre era crudo. Pescado.
         Y Pescadito, que para ese entonces ya había sido bautizado Pescadito, comía sentado en el cordón de la vereda, alguien le ofrecía un vaso de gaseosa o un poco de jugo, él también lo aceptaba.
         Algunos de los muchachos cada tanto le preguntaban, cómo podía comer eso, pescado crudo, pero Pescadito se los quedaba mirando. No contestaba.
         Era un enigma. Pescadito estaba sano, sonriente, tenía fuerzas, parecía más o menos normal, hablaba poco, siempre dispuesto a realizar cualquier tarea. Con entusiasmo. Lo único que comía era pescado crudo. No mucho, un par de pejerreyes, una merluza, trillas, a veces, una porción de salmón blanco.
         Y entonces vino el día. Un diluvio. Diciembre en Buenos Aires, un calor imposible, más de treinta y cinco grados. Estaba terminando de ordenar unas cajas, el cielo se puso negro. Se largó a llover mal, viste como es. La ciudad se inunda, sube el agua a las veredas, la gente se pone más fastidiosa que de costumbre, creen que va a granizar, que se les va a hacer moco el auto. Les meten presión en las noticias, les dicen que viene un tifón o un tornado, hay que llenar el espacio con algo.
         Llovía y llovía y parecía que no iba a parar nunca. El agua rebalsaba de las alcantarillas, subía a la vereda, el cielo había bajado la cortina, como si fuera de noche.
         Con el pretexto de evitar que el agua entrara al negocio, agarré un secador de piso y salí del local, a fumar un cigarrillo. Me gustaba ver llover desde que era chico, lo que equivalía a decir desde siempre. Me sigue gustando.
         Entonces lo vi, a Pescadito. Mi primera sensación fue que se había tropezado, porque estaba como acostado, boca abajo, en el medio de la calle. Temí que se hubiera lastimado.
         –¡Eh, Pescadito! –dije, y ya estaba por ir a ayudarlo a levantarse. Pero me di cuenta que no, que no se había caído. Porque se estaba moviendo, como si ondulara, sumado a laterales movimientos de su cuerpo, ágiles y precisos. Nadaba, Pescadito, iba nadando entre los autos.

6.11.13

La vida continúa


         Murió el papá, el papá de Mariana.
Mariana era mi novia, vivía conmigo hacía casi seis meses, así que las cosas pronto tendrían que empezar a fallar. Lo bueno dejaría de ser tan bueno, lo malo se volvería muchísimo más malo. Lo normal, la vida.
         Pero por el momento Mariana vivía conmigo, y nos gustaba coger y quedarnos después de la cena juntos, despiertos, mirando cualquier cosa por la televisión mientras terminábamos el vino. Desayunábamos en silencio. Un rato, durante la noche, dormidos, nos abrazábamos.        
         El papá de Mariana tenía setenta y ocho años, hacía mucho, más de diez años, que vivía en Ostende. Le gustaba andar en bicicleta, y tenía un perro, un ovejero alemán que se llamaba Walter. Había sido (el papá de Mariana, no el perro) marino mercante.
         Acompañé a Mariana al velatorio, lo habían traído, al hombre, a Buenos Aires. Tenía cáncer de pulmón, y prefirió no tratarse, eso me había contado Mariana. Prefiero seguir fumando, había dicho el hombre, alguna vez, cuando le preguntaron. Y se había quedado en Ostende, jugando al dominó con sus amigos, yendo a pasear con Walter cada mañana.
         La sala de velatorios era una clásica sala de velatorios. Al papá de Mariana lo velaban en el primer piso, había otro velatorio en planta baja. Hasta cuando te morías te tocaba estar con gente que no conocías, compartir el espacio. No sé por qué pero eso fue lo que pensé, no pude evitarlo.
         Había venido gente a despedirse, claro. La ex esposa del papá de Mariana, o sea la mamá de Mariana. Los cuatro hermanos de Mariana, tres mujeres y un varón, con sus familias, menos la más jovencita que estaba sola y parecía fumada, aunque podía bien ser el efecto de la tristeza. Había parientes, más parientes, algún amigo, primos. Como treinta personas, tratando de no moverse mucho dentro de la pequeña sala.
         Mariana se había puesto de pie y había entrado por un momento a la salita contigua, donde estaba el cajón. Se había quedado ahí, con una mano sobre el féretro. En silencio.
         –¡A ver, todos! –dijo, se asomó, se afirmó bajo el marco de la puerta, aplaudió, dos veces– ¡Quiero decir unas palabras!
         No la tenía en esa faceta, pero eso era normal también. Ante el contacto más o menos directo con la muerte, están quienes se ponen locuaces o particularmente melancólicos, algunos tienen arrebatos  de euforia, otros caen sentados por sus propios recuerdos, como si hubieran recibido una trompada. Ante el enigma de la muerte, ante lo que no podemos explicar ni conocemos, todo vale.
         Alguien tosió. Dos o tres personas se pusieron de pie. Alguien que fumaba en el pasillo dio la última pitada y asomó la cabeza en la sala.
         –Están acá –dijo Mariana–, para despedir a Alberto. Mi padre.
         Se hizo un silencio, Mariana pareció juntar fuerzas, tomar aire.
         –Hay algo que nunca conté, porque me prometí no contarlo –dijo Mariana–. Mi papá, Alberto, el hombre que todos ustedes conocen, era un hijo de remil putas. Alberto me violó, cuando yo era una nena, cuando mi papá era para mí la persona más importante del mundo y yo no podía defenderme. Me violó cuando yo tenía nueve años, y siguió violándome, regularmente, los domingos, durante años.
         –Vos dormías la siesta, mamá –dijo Mariana y señaló a su madre–. Mientras Alberto me manoseaba, me metía los dedos, me obligaba a que se la chupe. Después me cogía. Yo me tenía que dejar para que él no te pegara a vos. Para que no las viole a ustedes, me amenazaba –apuntó, con el mentón, al sector donde estaban sus hermanas.
         –Pero no puede ser –dijo un señor de lentes, con bastón. Era el hermano de Alberto.
         –¡Callate, pelotudo, vos no sabés nada! –dijo Mariana. El hombre pareció sentirse mal, trastabilló. Tuvo que sentarse.
         –¡Así que ya saben! Este hombre que ustedes están recordando con cariño, era una basura, un pervertido que me cagó la vida. Me cogía y después me daba una palmadita, me decía ‘muy bien, muy bien, vos sos mi preferida’. Por eso se fue a vivir a la costa, porque cuando crecí no pudo soportar tener que mirarme a la cara. Nunca lo dije, cargué con esto. Siguió la vida. Ahora ya está, ahora ya no importa. Ahora lo saben.
         Tuvo un sollozo, Mariana, un acceso de llanto. Fui a su encuentro, me abrazó. Alguien gritó ‘¡no!’, se cayó una silla. La mamá de Mariana se agarraba la cabeza con las dos manos, como si tuviera miedo que la cabeza se le pudiera caer y rodara por el piso.  
         –Necesito fumar un cigarrillo –me dijo al oído–. Llevame abajo.
         Estábamos en la calle, Mariana pitaba. Le pasé la mano por la frente, le acaricié el pelo.
         –No sabía –dije, apoyado contra el lateral de un automóvil, los brazos cruzados–. Jamás dijiste nada. Qué tremendo.
         –Es todo mentira –dijo Mariana, sonrió. Tiró el cigarrillo y me apretó, por un momento, con dos dedos, con los internos y flexionados laterales de los dedos mayor e índice de la mano derecha, la nariz. Y dio un pequeño tirón, como si me estuviera acomodando, la nariz, en la cara.
         –¿Eh?
         –Es mentira –repitió, lanzó un soplido–. Pero mi papá tenía un regio departamento en Pinamar, debe haber varios en la cola para repartirlo. Con esto me van a tener en cuenta, el viejo lo hubiera entendido perfectamente. Algo me van a tener que tirar, no se van a poder hacer los pelotudos.

30.10.13

Si estás triste


         No vayas a la India, no, no hace falta.
         Si llegás a tomar un vaso de agua de la canilla, en la India, te vas a cagar encima una semana.
         No te cojas a tu prima. De ninguna manera, aunque esté divorciada.
         Si te cogés a tu prima te vas a arrepentir, y ella se va a arrepentir. Y se van a tener que seguir viendo en Navidad, en los cumpleaños de los hijos. Se van a sentir siempre basuras sin alma.
         No te hagas socio de un gimnasio. En los gimnasios la gente está más triste que vos, en los gimnasios la gente se quiere matar, mientras transpiran. Correr en cinta es estar muerto, es peor que estar muerto, es estar muerto y seguir transpirando. Ball and chain, el hámster en la ruedita.
         No te pongas tetas, si sos una chica, no te pongas pelo, si sos un muchacho. Y no te pongas tetas, si sos un muchacho, ni te pongas pelo si sos una chica, eso sería todavía peor.
         No hagas cursos de fotografía, no hagas cursos de pintura. No vayas a talleres literarios, no estudies teatro. Jamás tuviste nada para decir, la más mínima vocación artística. De chiquito, en el colegio, odiabas a la profesora de piano.
         No compres un perro, no compres un gato.
         No planees vacaciones donde tenés pensado ser otro, si vas a esquiar te romperás una rótula, ya sé que en el Caribe el mar es turquesa, pero te está esperando un aguaviva que te va a dejar los huevos como dos damascos.
         Si estás triste sentate en un bar, a la mañana, bien temprano. Pedí un café con leche y mirá por la ventana. Ahí estás vos, eso es la vida. Lo demás lo vamos viendo.

24.10.13

Das geld


         El taxista se llama Miguel y le pasó lo siguiente.
         El taxista, Miguel, tiene sesenta y dos años, es canoso, alguna vez tuvo rulitos, maneja un taxi desde hace mucho, desde hace veintisiete años.
         A pesar de pasarse sentado todo el día, unas doce horas por día, no está gordo. Tiene la panza floja, eso sí, porque dejó de jugar a la pelota cuando se jodió una rodilla, los ligamentos cruzados. Pero es de esas personas, Miguel, que en lugar de derramarse con el paso de los años, de explotar, no, ha ido implosionando.
         Víctima del cigarrillo, casi dos atados al día, y de los nervios. Además, la gastritis, una gastritis que no se fue con nada y que lo va quemando, como si alguien se encargara de mantener encendido un fueguito a la altura de la boca de su estómago. Desayuna leche con avena y miel, en un plato, (y canela, porque se lo sugirió una vez un pasajero cubano) y después trata de no comer nada, hasta la noche, un par de caramelos de eucalipto. Lo que come lo mata.
         Está cansado, Miguel, siempre laburando en esta ciudad de locos enfermos, de bestias sin alma, siempre tratando de juntar un mango. La vida es manejar doce horas por día, hasta que cae rendido en la cama y entonces sueña que maneja, que esquiva colectivos por un pelo, que lo cagan a puteadas.
         Encima cambió todo. La ciudad se vino brava, la inmigración, vino lo peor, la mugre latinoamericana, todo el mundo hablando por celular con vaya uno a saber quién, con otro loco que habla desde algún otro lado sin que se entienda ni siquiera el idioma. Mensajitos, todos mandando mensajitos, sacando fotos. Qué carajo les pasa.
         La inseguridad, te afana cualquiera. Lo afanaron tres veces, a Miguel, en los últimos seis meses. Una vez una parejita, el tipo de traje, la mujer con un bebito. Cambió todo, Buenos Aires es Camboya y es Saigón y es el Congo, también. La última vez lo afanaron en Constitución, tres pibitos que no debían tener más de trece años.
         Lo paran, a Miguel, dos muchachos. Sabe que no tiene que parar, pero ya paró, es un reflejo. Son casi las siete y media de la mañana, en el Abasto.
         –A Rivadavia y Pedernera –dice uno y se pone una gorrita, una gorrita con visera que tenía en la mano. Se pone lentes negros, también, deja la mochila en el piso, entre los pies.
         Ya está, perdió Miguel.
         –Acelerá un poco, amigo –dice el otro, y ambos se ríen–. Es corta la bocha, alto apuro tenemos.
         Listo. Maneja, Miguel, entre triste y resignado. Van para Flores, los chicos, hablan un dialecto casi incomprensible. Uno habla por el celular, con alguien. ‘No se vayan, pintó bondi’, dice, se ríe fuerte.
         Faltan tres cuadras, después faltan dos cuadras. Después falta una cuadra.
         –Siga de largo, amiguito –dice el de lentes y gorrita, le ha tocado un hombro–. Dos más, no tres más, y doble. En el pasaje.
         Miguel obedece. Piensa en su hija que tiene veintinueve años y está embarazada de un imbécil. Piensa en su mujer, le encontraron un bultito en el pecho. Quimioterapia. Piensa que la desgracia es un perro que muerde, que traba las mandíbulas y no te suelta más.
         –Acá está bien, capo –dice el otro. Poca gente. si pasara un policía gritaría, Miguel, si no le dolieran todos los huesos se hubiera tirado con el automóvil en movimiento ahí, al pasar por Plaza Flores. Que sea lo que Dios quiera.
         Frena, Miguel. Decide que lo mejor es apagar el auto. A veces cuando te roban se llevan el auto y lo dejan a quince o veinte cuadras, a veces te hacen bajar del auto, pero no se lo llevan.
         –Dame la plata –escucha Miguel.
         No dice nada, sabe que lo mejor es no discutir, para que no se enojen. Con la mano derecha saca la billetera escondida en el bolsillo de la puerta izquierda, con dos dedos. La pasa hacia atrás, sin darse vuelta. No quiere llorar, pero está cerrando los ojos, encogiendo los hombros, esperando sentir la punta del cuchillo contra su cuello, o el rústico culatazo. ‘No me maten’, quiere decir Miguel, ‘por favor no me maten’. Pero no le salen las palabras, y se queda así, la mano derecha al costado de su cabeza que apunta al frente, pasando la billetera hacia atrás, esperando el golpe. Los ojos cerrados, esperando.
         –Eh, oiga –dice el de gorrita, que le está tocando el hombro otra vez, se ha quitado los lentes–. Le pedí la plata a él –señala a su amigo–, para pagarle. Señor, qué le pasa.

18.10.13

Esas cosas que pasan


        Escuché gritos, escuché ruidos, un portazo. La alarma del ascensor, también. Casi inmediatamente otro grito, un ‘Ahhh’ de una mujer joven quedó por un momento suspendido en el aire inundándolo todo, y se fue apagando.
         Nada del otro mundo, lo normal. Vivo en un barrio que se fue a la mierda. Mejor dicho, el país se fue a la mierda, el barrio cayó a una velocidad aún mayor. Para los amantes de las matemáticas, derivada segunda. Vivo en un contrafrente abierto, cada tanto se escucha un tiro, la alarma de un automóvil, el grito de una mujer que bien puede estar siendo apuñalada o cogida, con o sin su consentimiento.
         Pero no, esta vez no, todos los ruidos venían del propio edificio. Gente corriendo por las escaleras, alguien gritando ‘¡Dale! ¡Cuidado! ¡Dejá, boludo, dejá!’. Alguien dijo ‘no puedo respirar’. Alguien tropezó y cayó, otro portazo. Toses, ruido de vidrios rotos. Alguien, un chico, gritó ‘¡mamá, mamá!’.
         Miré la hora en el reloj de la cocina, doce y veintisiete, de la noche, claro.
         Golpearon mi puerta de mala manera. Tres golpes, cuatro.
         –¡Hay que salir! ¡Hay que salir! –La voz del portero. Una de las personas más imbéciles que yo haya visto en mi vida, y había visto varias.
         –¿Qué pasa? –Miré por la mirilla, valga la redundancia (la redundancia algo tiene que valer). Estaba el portero, despeinado, en camiseta y pantalón de pijamas– ¿Qué carajo pasa?
         –¡Se quema el edificio! –Gritó, el portero. Alguien que bajaba por las escaleras lo empujó a la pasada– ¡Se quema!
         Abrí la puerta. Estaba en shorts, terminé mi whisky de un trago.
         –Hola –dije.
         –¡Hay que bajar a la calle, ya llegan los bomberos! –el portero tenía un derrame en un ojo, y un rasguño cruzándole en diagonal el rostro, quizás se había golpeado mientras bajaba a las apuradas. Había humo, un espeso humo flotando por todas partes. Había olor a quemado. El portero iba descalzo– ¡Fuego!
         –Bueno, gracias –dije. Cerré la puerta. Estaba terminando de escribir un poema que hablaba, cuándo no, del Nesquik que me hubiera gustado tomar cuando era chico, de una mujer que me había abandonado, de esas cosas que pasan.
         Me serví más whisky, me senté, agarré la birome. A mí la realidad había dejado de interesarme hacía un rato largo.

12.10.13

La mermelada del amor


         Cuando conocí a Gisela era una linda morocha. Flaca, huesuda, atlética, a punto de cumplir los treinta años. Divertida, era entretenido quedarme hasta bien tarde mirando la televisión con ella. Cualquier programa, una película o un documental de la National Geographic donde los cocodrilos acechaban en un río asomando apenas los ojitos, muy quietos, esperando para comerse a las cebras. Quedarse mirando la televisión sin que ella hiciera ninguna de las clásicas preguntas pelotudas. Fumaba un cigarrillo, hacía al pasar un comentario.
         Le gustaba coger, además. Cogía con entusiasmo, con interés. Chupaba la pija con más vocación que técnica, se arrodillaba sobre el parquet y se metía mi pito en la boca y no le molestaba que le acabara en la cara o en el pelo. Y sí, si la ponía en cuatro patas le parecía bien, y si la cogía de parado, contra una puerta, le parecía bien también.
         Estudiaba algo, daba clases de algo, estaba de buen humor, tenía una fantástica risa. La recuerdo bien. Cocinaba a veces, milanesas con puré.  Le gustaba la lluvia y el helado de limón.
         Al poco tiempo de irnos a vivir juntos cambió todo. Empezó a engordar, comía pan con dulce de leche en el desayuno. Y manteca, también. Le saltó un problema de tiroides, eso me dijo, algo que la ponía irritable. Se puso reiterativa, contaba las dos o tres pelotudeces que le habían pasado en la adolescencia, que en un viaje a Buzios había cogido con un negro. Se vino quejosa. Se quejaba, de todo. Del precio de la mermelada de duraznos La Campagnola, del ruido que hacían los colectivos al frenar, de las amigas que la seguían llamando o que la dejaban de llamar, del resultado de los concursos televisivos donde los participantes cantaban o bailaban, del olor de mis axilas. Coger dejó de interesarle, le resultaba un fastidio hasta quitarse el corpiño, lanzaba un bufido, cogíamos los viernes a la noche para no tener que hacer de cenar, o los domingos a la mañana, algo rapidito, como prender el calefón y abrir la ducha para verificar que más o menos el agua se calienta, que sigue funcionando. Algo mecánico, un procedimiento, como retirar dinero de un cajero automático. Algo que, de tanto en tanto, había que hacer.
        
         Lo que sucede, mucho me temo, es que las mujeres insisten en mostrarte la mejor versión de ellas mismas al conocerte. Algo que por definición, por su intrínseca naturaleza, sólo puede ir hacia abajo. En lo personal, las mujeres que han estado conmigo terminan sintiendo por mi persona un profundo desprecio. Pero mis atributos y capacidades, o mejor dicho la falta de, estaban allí desde el comienzo. Cantidad de veces me han dicho que me odiaban, pero ninguna, que yo recuerde, me dijo que la defraudé.

6.10.13

Chan, chararán


         Empieza el acto.
         Estoy de pie sobre el escenario, frente al público. Hay mucha gente, el teatro está lleno.
         Voy vestido de frac, con moño y todo. Me he quitado la galera, haciendo una clásica y estudiada reverencia, para saludar. He dejado la galera, dada vuelta, sobre una pequeña mesa que hay a mi lado.
         No hay muchas cosas más, aparte de mi persona, sobre el escenario. A un costado, algo apartada, una gastada valija de la cual se supone que iré sacando los instrumentos que vaya precisando para realizar mi acto. Al lado de la valija hay una jaula, con cuatro, no, cinco algo amontonados conejos.
         Empieza el acto. Golpeo con la varita, la varita mágica, sobre la pequeña mesa donde está la galera apoyada. Dos golpecitos contra la metálica superficie, para captar la atención del público. Se hace un silencio, respetuoso y expectante a la vez.
         Dejo la varita. Camino hacia la izquierda unos pasos, hasta la jaula.
         Vuelvo al centro del escenario, con un conejo. Las luces me siguen.
         Meto al conejo en la galera.
         –Chan –digo–, chararán.
         Saco al conejo de la galera. Con una mano. Lo sostengo de las orejas, de frente al público, en el aire. El conejo es blanco, gordito, con el hocico rosado. Hace ese movimiento, con el hocico, tan particular, tan característico.
         Levanto de la mesa, con la otra mano, un cuchillo. Es un cuchillo Victorinox  (modelo fibrox safety nose 18 cm), mango negro, la hoja de puro acero inoxidable. Con un diestro movimiento, degüello al conejo de lado a lado. Se escucha un chillido muy agudo, como si entraran en contacto un vidrio y una superficie metálica. Salpica la sangre. Suelto el cuchillo, lo dejo caer al piso. Termino de separar, la cabeza del conejo del resto del cuerpo, utilizando ambas manos. Arrojo la cabeza del conejo al público, como si efectuara el saque de un arquero de fútbol (de gancho, podríamos decir), y me dedico a revolver el interior del cuerpo del conejo. Meto una mano como si se tratara de una alcancía, saco el corazón que todavía palpita, las vísceras, mastico un pedazo de algo, parece el hígado, me enchastro la cara.
         La gente aplaude. Hay gritos de sorpresa, de entusiasmo. Algunos se ponen de pie y sacan fotos con sus teléfonos celulares.
         Voy hacia atrás, casi hasta el cortinado de color borravino, un asistente me alcanza una toalla algo desteñida. Me limpio un poco el sudado rostro, la sangre de las manos.
         Vuelvo al frente. Doy otros dos golpes con la varita mágica contra la mesa. Se apagan los murmullos, la gente se acomoda en sus lugares.
         Camino hacia la jaula. Vuelvo, con un conejo, al centro del escenario. Meto al conejo en la galera.
         –Seguimos –digo–. Chan, chararán.
         Saco al conejo de la galera. Lo sostengo, con una mano, de las orejas. El conejo es blanco, muy blanco, quizás un poco más pequeño que el anterior. Se lo ve inquieto, le molestan las luces. Cuelgan sus patas traseras de simpática manera, como si el conejo intentara rebotar en el aire.
         Con la otra mano, y con precisión, me suelto el cinto, desabrocho un botón, bajo el cierre. Caen mis pantalones, al piso, y quedan enroscados en mis tobillos. Me bajo los calzoncillos, también. Ahora se pone difícil, porque tomo un preservativo de la mesa, muerdo el envoltorio, rompo, escupo. Pero, si bien he logrado una decente erección quién sabe cómo, a la velocidad del rayo, bueno. Se me complica, ponerme el preservativo, con una mano. Me cuesta.
         Así que dejo un momento, sólo por un momento, al conejo dentro de la galera otra vez, para que no se mueva, para que no escape. Me pongo el preservativo, ahora sí, usando ambas manos, y vuelvo a tomar al conejo.
         Tomo al conejo, con ambas manos, me coloco detrás, detrás del conejo, como si estuviera tomando al conejo por la cintura, y empujo. Con la poronga. No importa, no importa si el conejo es pequeño, si es conejo o coneja, si la operación resulta antropomórficamente inadmisible. Intento sodomizar al conejo, que lucha por escapar, mueve las patitas en el aire.
         No se puede, encuentro una abertura, un esbozo de orificio, apoyo la poronga, empujo, insisto. Lubrico al conejo, como si condimentara una ensalada, en su totalidad, con una lata de WD-40 que he traído para la ocasión.
         Nada, no consigo atravesar la materia, penetrarlo, aunque debo estar lastimando al conejo, de algún modo, porque el conejo tuerce la cabeza hacia atrás, muestra los dientes. Chilla.
         Finalmente opto por frotarme, me saco el preservativo de un tirón, y me froto con el conejo, contra el lomo del conejo que es peludo, suave. La sensación no es lo que podríamos denominar ‘the real thing’, pero aún así es satisfactoria. Cierro los ojos, me concentro.
         –¡Ahh, ahhh! Ahí va –y eyaculo, eyaculo sobre el conejo. Suelto el conejo recién eyaculado, que cae al piso, le doy una furibunda patada y el conejo vuela hacia el público.
         –¡Bravo! –grita alguien. Se escuchan aplausos– ¡Grande, master! –hay festivos chiflidos.
         Me subo los calzoncillos, me subo los pantalones, me acomodo un poco la camisa dentro del pantalón.
         Voy hacia la jaula. Vuelvo, con otro conejo, un tercer conejo, al centro del escenario. Meto el conejo en la galera.
         –Uno más –digo–. Chan, chararán.
         Saco al conejo de la galera. Lo sostengo de las orejas, de frente al público, en el aire. El conejo es blanco, tiene los bigotes muy largos.
         Saco una zanahoria, una zanahoria pequeña. Apoyo al conejo sobre la mesa, y acerco la zanahoria al hocico del conejo. La zanahoria es de un naranja brillante bajo los focos. Llevándome un índice a los labios, pido silencio. El conejo huele, y comienza a comer. Echa las orejas hacia atrás, y come, todo su cuerpo se relaja. El conejo está en su mundo.
         Lo acaricio, paso una mano por su lomo.
         Entonces, tarareo una dulce canción, mientras el conejo come. Lo sigo acariciando. La canción que tarareo, muy bajito, es ‘you are the sunshine of my life’.
         Se oyen un par de silbidos. La gente comienza a abuchearme.
         –¡Que se vaya! –grita alguien– ¡Que se vaya!
         –¡No sabés hacer nada, boludo! –Me grita una mujer de la tercera fila.
         –¡Boludo, pelotudoooo!
         –¡Devuelvan la plata!
         Me tiran objetos. Un zapato, una lata de gaseosa, un teléfono celular que pasa a pocos centímetros de mi cabeza.
         Tiene que intervenir personal de seguridad, algunas personas quieren subir al escenario, a golpearme. Corro hacia atrás, desaparezco detrás del cortinado, busco refugio.
         Sucede que a la gente le gusta ver cosas que serían capaces de realizar. Sentirse, de algún recóndito y particular modo, identificados. Pero la verdadera magia, cuando ven que podrían hacer algo distinto a lo que hacen, ser distintos de lo que son, bueno, ahí les cuesta entender. Ahí se les complica.

30.9.13

Vamos a cambiar el mundo


         Hay quienes consideran que todo sistema político debiera ser abolido. Que la política en sí misma es una trampa, para que un grupo de personas busquen su particular y aristocrática conveniencia, en desmedro de las forever postergadas mayorías.
         Hay quienes piensan que es prioritario menester salvar a las ballenas. A las tortugas, a los osos pardos, a los elefantes y a las cebras. A los delfines.
         Hay quienes sostienen que el trabajo es una maldición bíblica, una forma de alienación donde se cumple aquello de el hombre lobo del hombre, las vidas humanas se transforman en mera mercancía.
         Hay gente que lucha para que los ricos dejen de ser ricos, y los pobres dejen de ser pobres, para que las tierras vuelvan a sus tribus originarias, para que no exista más la aberración de la propiedad privada, por la eliminación del trabajo infantil, de la prostitución, de la violencia doméstica. Para resumir, el mundo está mal, está muy mal, está todo al revés, las cosas debieran ser bien diferentes.
         Esta mañana pedí tres cafés con leche y una sola medialuna. Considérenlo mi aporte.

24.9.13

Medianoche en Paris. Mediodía en Villa Crespo


         Vuelvo al barrio. Al barrio donde nací, donde pasé, entre tantas cosas, la vida, hasta casi entrada la edad adulta.
         Tengo que hacer un trámite, legalizar unas fotocopias, alguna imbecilidad de ese tenor. Me dicen que el escribano no llegó, que está demorado, que se quedó atrapado en un ascensor. Así que digo que bajo a tomar un café.
         El 97% de la vida es esperar, sólo esperar. El resto del tiempo es para lavarse los dientes, pagar el gas, comer un par de empanadas de carne cuando pediste de jamón y queso, tomar un vaso de agua con gas cuando pediste sin gas, y viceversa, y viceversa todas las veces que sea necesario, las cosas que te mantienen andando.
         Entro a un bar, me siento, pido un café.
         Y entonces pasa. Sucede.
         Entra gente, un par de personas. Un pibe que fue conmigo a la primaria, jugaba muy bien al fútbol, seguro. Usa un bastón, arrastra una pierna. Balbucea con dificultad para hacer su pedido, tiene espasmódicos movimientos, se le escapa un gutural gemido. Ha tenido algo, un ataque, no sé.
         Entra una pareja. La mujer es la chica que nadaba en el club, la mujer más linda que yo haya visto en mi vida, verla en malla me daba material para masturbarme con diaria regularidad unas dos o tres semanas, en doble turno. Ahora es un inmundo bofe. Se ha echado unos treinta kilos encima, grita, a su marido, se queja, del clima, de la inseguridad, de lo caro que está todo. Tiene los  dientes muy manchados, usa un viejo pulóver que alguna vez debió ser bordó. Mastica con la boca abierta, las miguitas salpican en todas direcciones.
         Por la calle pasa un hombre, alguna vez fue mi vecino. Solía usar una boina a cuadros, y me hacía preguntas porque una vez me había visto en el ascensor con un libro de ajedrez. Ahora pide plata, en la calle, cuando corta el semáforo. Ofrece estampitas, y unas calcomanías, también. Usa un pantalón de franela gris, donde luce, con dolorosa claridad, un manchón de orina.
         Y así podría seguir.
         No, claro, entiendo tu forma de razonar. Te acordaste de ‘Midnight in Paris’, de Woody Allen. La idea, tantas veces utilizada en ciencia ficción. Te parás en una esquina, a determinada hora, y volvés al pasado.
         Pero no, lo que te acabo de contar puede tener algún punto de contacto, pero no es lo mismo. Acá no volvés al pasado. Acá te parás en una esquina y el pasado viene hacia el presente, con la única intención de recordarte que la vida nos pasó por encima. A todos.

18.9.13

Putas dominicanas


         Lo conocía a JC de la época de la universidad, habíamos estudiado juntos, nos habíamos hecho amigos. Hacía de eso muchos años, no sé, más de diez, con eso es suficiente para transformar algo en pasado. Después de diez años, no importa, ya no importa nada, nada de lo que hayas hecho o dejado de hacer. Nada que te haya, justamente, pasado.
         Después, JC consiguió una beca y decidió seguir estudiando. Se fue a Washington, luego vivió un tiempo en Holanda. Ahora vive en Bélgica, es profesor, da clases. Siempre solía decir, ‘me importa un pomo lo que estudio, estudiar es mejor que trabajar, con saber eso me alcanza’.
         Está de visita en Buenos Aires, vino a ver a su madre, a su hermana. Cruzamos mails, quedamos en ir a comer.
         Es viernes, son las diez de la noche, estoy parado en Callao y Rivadavia. Esperando a JC. Él se está quedando en la casa de una hermana, por San Cristóbal. No sé si va a preferir ir a comer un puchero a El Globo, o a El Imparcial. O quizás quiera ir a comer fideos a Pippo, como en la época de la facultad. O empanadas, a La Americana.
         Estoy parado en la esquina, en diagonal al Congreso. Buenos Aires se ha vuelto un infierno, es Saigón, es Namibia, es cualquier cosa y ya no se puede volver atrás. No hay adónde volver. Tampoco se puede seguir. Perdimos la brújula, hay que volar sin instrumentos. Es una situación curiosa, particular.
         Se me acercan dos mujeres. Prostitutas, reconocibles prostitutas a noventa metros de distancia. Dominicanas. Una es mayor, en todo sentido. Casi un metro ochenta de voluptuosa mujer, no tiene culo sino ancas que lleva a duras penas comprimidas bajo rotundas calzas blancas. Tetas, quince o veinte kilos de tetas a punto de estallar, de vencer el corpiño y ponerse a cantar o darte un cachetazo. Generosos pezones, grandes, pezones del tamaño de hamburguesas. Usa el cabello recogido, tiene una sonrisa que es todo vicio, una fantástica sonrisa que dice que ha visto todo lo malo de este mundo y va por más.
         –Hola, lindo –me dice. La otra se queda un paso atrás. Parece su sobrina, flaquita, huesuda. Mucho más joven, no más de veinte años. Minifalda ínfima, cabello corto, piernas largas y algo chuecas, con las rodillas apenas hacia adentro. Le cuesta mantener el equilibrio sobre unos plateados zapatones de imposibles tacos. Tetitas de adolescente, toda la fuerza para cabalgarte arriba de la poronga hasta que te mueras, hasta que no des más, hasta que le pagues.
         –Hola –contesto, pero miro hacia atrás, indicando que si me dijo ‘lindo’, no soy yo.
         –¿Estás esperando a alguien? –se ríe, la grandota, de mi ocurrencia. Se abre un poco la camisola que lleva encima, para que pueda observar la mercadería–. Supongo que a nosotras.
         –Eh, no –digo, miro su escote, esas tetas podrían hacer eyacular a un muerto, esas tetas podrían hacer eyacular a una estatua–. Gracias.
         –Dale, bonito –se acerca un poco, pone su brazo sobre el hombro de la más joven, a la que ha hecho avanzar un paso–. Si la preferís a ella no me ofendo.
         No digo nada, ya dije que no. No tengo más nada para decir.
         –Si querés te la chupamos entre las dos –sigue, se relame. Tiene una lengua larga y muy roja, como si acabara de comer helado de frutilla–. Yo te chupo la pija mientras ella te chupa los huevos, te va a encantar.
         Miro, por encima de su cabeza. JC no aparece. La gente pasa.
         –Ya sé –dice–, te gusta mirar. Me la cojo yo a ella, me pongo un arnés con un pito de treinta y tres centímetros. Vas a ver cómo grita, le encanta gritar. Vos nos mirás.
         –Sí, me gusta gritar –dice la flaquita. Básica, sin levantavidrios. Parece drogada.   
         Pausa. Saco mi teléfono celular y miro la pantalla, pero es un reflejo, un tic nervioso.
         –No seas tímido –se acerca más, la grandota, siento su aliento a caramelo de eucalipto, podría devorarme el pito de un mordisco–. Si querés te hago una paja, algo rapidito. Vamos a la plaza.
         La flaquita enciende un cigarrillo y me lo ofrece, el de ella, el que acaba de encender. Le tiemblan un poco las manos. Le digo que no con la cabeza.
         –Dale –sigue, la grandota, me toca una mejilla con la mano–. Dejame que te la chupe, o rompeme la cola, tenés pinta que te gusta hacer la cola. O vamos y nos bañamos juntos, los tres. Me trago la leche, me sacás fotos. No sé, hacemos cualquier cosa por dinero.
         –Como todo el mundo –digo–. Qué novedad.

12.9.13

Está despedido


         Estaba sentado en la oficina, no, no importa qué oficina. Microcentro, mirando por una ventana que no daba a ninguna parte, una ventana que parecía decir que el mundo iba a ser gris por los siglos de los siglos amén (hey, men). Once y veinte de la mañana, martes.
         Vi venir caminando a Aristizábal por el pasillo. Peinado para atrás, con gel, una camisa con sus iniciales bordadas, ‘AAA’. Andrés Alejandro Aristizábal, Gerente Regional de Operaciones. El pasillo daba al ascensor, también daba a la Gerencia de Finanzas.
         –Ey, Hundred –tardé en reaccionar, en levantar la cabeza. Trabajaba, yo, en el banco, desde hacía cuatro años. Aristizábal me había hablado dos veces como mucho, una para señalarme que yo tenía un pedacito de lechuga en la mejilla. Había bajado a comer un pebete de milanesa con lechuga y tomate, a la calle, de parado. Si no fumás (yo sólo puedo fumar de noche, no sé, para mí fumar es un acto privado), si no te gusta pajearte en un baño mientras en los cubículos de al lado se oyen ruidos de gente defecando, comer termina siendo una de las pocas válvulas de escape. La otra vez fue para decirme que me estaba quedando pelado, que eso parecía–. Te llama Passimeni.
         –¿Eh? –dejé la birome, estaba revisando una planilla de cuentas corrientes, y se me perdían los números en la pantalla–. Perdón, estaba distraído.
         –Sí –se rió, Aristizábal, miraba su nuevo reloj, parecía un Omega. Sentía, Aristizábal, que su reloj no sólo decía la hora, sino que decía, al mismo tiempo, quién era él en la pirámide social. Buen reloj–. Te llama Passimeni, que subas.
         –Señor –dije–. Passimeni es el Director General del banco. No debiera saber que existo.
         –Es verdad, es verdad –se rió, Aristizábal, y levantó un poco un costado de la boca, como si todo mi ser no fuera mucho más que un sorete de perro todavía fresco–. Pero pidió por vos. Me dijo que subas.
         –¿Ahora? –pregunté.
         –Sí, ahora. Subí a ver qué rompiste.
         –Bueno, ahí voy –grabé la planilla para no perder los cambios, me puse el saco.
         Fui hasta el ascensor, último piso. El botón decía ‘Directorio’.
         –Soy Hundred, Juan Hundred –le dije a la secretaria que me miró como si fuera un tampón usado. Muy rubia, muy puta, con pinta de saber que chupar la pija es un plan de carrera tan bueno como cualquier otro–. Me dijo el señor Aristizábal que el señor Passimeni pidió por mí. Quizás se trata de un error.
         –A ver, esperá –me señaló con el mentón unos silloncitos, pero yo no me senté. Me quedé parado, mirando los cuadros. Cuadros que no significaban nada, pintados por pichones de Rothko, brochazos gruesos, rectangulares, manchas. Yo podría pintar cuadros así, con la poronga, después de meter la poronga en distintos frascos de mermelada, en frascos de mermelada de distintos sabores, sin mayores dificultades.
         –Sí –dijo la secretaria, y sonrió–. Dice Passimeni que pases.
         Empujé la puerta más pesada del mundo. Entré.
         –¿Hundred, no? –dijo Passimeni de espaldas, contemplaba el río a través del inmenso ventanal, las manos en la nuca. Giró su silla, se puso de pie, tuvo que caminar unos buenos nueve pasos para poder recorrer el perímetro de su escritorio, y entonces saludarme. Nos dimos la mano–. Siéntese, por favor. Ah, está despedido.
         –Señor –dije–. Debe haber un error. Usted ni me conoce, trabajo en cuentas corrientes. Soy asistente, a veces escribo algunos informes.
         –Le estoy diciendo, Hundred, lo que pasa –se sentó en una suerte de living, unos simpáticos sillones individuales  que olían a cuero, a campo, a vacas pastando. Tomó una botellita de agua mineral importada de una mesa muy bajita, se sirvió, agua, en un vaso–. Usted está despedido. Vaya a recursos humanos y pida por María Benarza, ella está al tanto de todo. Lleve esta tarjeta de mi parte (tomó la tarjeta, la dio vuelta, escribió un ‘3’, hizo un gancho), la indemnización será el triple de lo normal.
         –No entiendo. ¿Por qué me echa?
         –Sí, claro –se echó hacia atrás, Passimeni, en el sillón, suspiró e hizo una mueca de incomodidad, como si tuviera gastritis, o hemorroides, o algo en el cuello, algo que lo molestara todos los días y a cada momento–. Usted pretende una explicación.
         –Si puede –dije–. No recuerdo haber recibido ninguna queja, y mi trabajo es, por decirlo de algún modo, irrelevante. Gano poco, además, no molesto a nadie.
         Levantó una mano, Passimeni, indicando que le aburría el mundo en general, y escucharme en lo particular. Hice silencio.
         –Hundred, como usted bien sabe, la gente de sistemas, está básicamente para hacer espionaje interno. Pinchan teléfonos, voltean mails, cada computadora es en realidad un ojo, un ojo nuestro. A quién odia un empleado, con quién chatea, si roba, si cambia el auto.
         –Entiendo –dije.
         –Bueno –prosiguió, Passimeni–, a mí me hacen llegar un informe quincenal, de rutina, quién coge con quién, quién se peleó con quién, si alguien se puso un kiosquito. Después hay requerimientos especiales.
         Tomó agua, me señaló una heladerita de puerta transparente donde había gaseosas y jugos, negué con la cabeza.
         –El asunto es que llega el informe, no se olvide que tenemos más de dos mil empleados –dijo–. Y salta su caso.
         –¿Mi caso? –me señalé el pecho con un índice.
         –Sí, Hundred, su caso. Chequeo el informe, de sistemas. Pido que lo amplíen, que me den un informe general, suyo, en profundidad. Nada.
         –Nada –repito yo, esperando, por insondables misterios de la física, que nada signifique algo.
         –Nada, Hundred –Passimeni se pone de pie, resopla. Aplaude, un solo aplauso, como si estuviera llamando a alguien, pero no, no está llamando a nadie, y nadie viene–. Usted no ve pornografía. Usted no baja música. Usted no chatea, no tiene twitter ni facebook.
         Hace una pausa. Me mira.
         –La pregunta –sigue, Passimeni–, es qué carajo hace todo el día acá adentro. Algo muy malo sucede con usted, no sé, podría estar pensando. La empresa no se puede dar semejante lujo, no podemos correr esos riesgos.

6.9.13

Porque este viagra es azul, como el mar azul


         Nos hace mucho mas moco la rutina que una guerra. Lo que te destroza es caminar esas tres cuadras, cada mañana, una y otra vez, podríamos perfectamente soportar una catástrofe natural, sabrías cómo sobreponerte a un terremoto. Son las pequeñas cosas las que te van comiendo el alma, las que van opacando cada famélica y absurda molécula de tu ser, las grandes cosas son cambios de paradigma, no exentos de trauma por cierto, pero, por tratarse de cosas que nunca te pasaron, que jamás imaginaste, descubrís al mismo tiempo, asombro sobre asombro como fetas de jamón cocido, novedosas respuestas que habitan en tu ser, insólitas capacidades.
         Que no te aguanto más, eso. Preferiría tener que coger con una jirafa, o con un pato de madera.

***

         Le pasa al escritor, es algo bien conocido entre los escritores, ese momento frente a la página en blanco donde mirás y está la página, en blanco –ya lo dije–, y estás vos, y el hámster de la creación se niega a mover la ruedita hecha de palabras.
         Le pasa al pintor, claro que sí, está el lienzo colocado sobre el caballete y el pintor toma su pincel, están las pinturas, en latas, en pomos, el pintor debe saltar, zambullirse en el tempestuoso y desde ya colorido mar de la imaginación, adonde quiera que el viaje lo transporte después de esa primera pincelada que aún no llega.
         Le pasa al artista, perdón, al actor, en el instante previo a salir a escena, donde él, de este lado de la cortina, todavía es él, y un momento después el juego lo transformará en otro, no será él, movido por misteriosos piolines, ya no.
         Lo que te quiero decir es que te veo así, derramada sobre la cama, y no tengo las más mínimas ganas de cogerte. Se me murió la japi, pero igual voy, ahí voy.