30.10.13

Si estás triste


         No vayas a la India, no, no hace falta.
         Si llegás a tomar un vaso de agua de la canilla, en la India, te vas a cagar encima una semana.
         No te cojas a tu prima. De ninguna manera, aunque esté divorciada.
         Si te cogés a tu prima te vas a arrepentir, y ella se va a arrepentir. Y se van a tener que seguir viendo en Navidad, en los cumpleaños de los hijos. Se van a sentir siempre basuras sin alma.
         No te hagas socio de un gimnasio. En los gimnasios la gente está más triste que vos, en los gimnasios la gente se quiere matar, mientras transpiran. Correr en cinta es estar muerto, es peor que estar muerto, es estar muerto y seguir transpirando. Ball and chain, el hámster en la ruedita.
         No te pongas tetas, si sos una chica, no te pongas pelo, si sos un muchacho. Y no te pongas tetas, si sos un muchacho, ni te pongas pelo si sos una chica, eso sería todavía peor.
         No hagas cursos de fotografía, no hagas cursos de pintura. No vayas a talleres literarios, no estudies teatro. Jamás tuviste nada para decir, la más mínima vocación artística. De chiquito, en el colegio, odiabas a la profesora de piano.
         No compres un perro, no compres un gato.
         No planees vacaciones donde tenés pensado ser otro, si vas a esquiar te romperás una rótula, ya sé que en el Caribe el mar es turquesa, pero te está esperando un aguaviva que te va a dejar los huevos como dos damascos.
         Si estás triste sentate en un bar, a la mañana, bien temprano. Pedí un café con leche y mirá por la ventana. Ahí estás vos, eso es la vida. Lo demás lo vamos viendo.

24.10.13

Das geld


         El taxista se llama Miguel y le pasó lo siguiente.
         El taxista, Miguel, tiene sesenta y dos años, es canoso, alguna vez tuvo rulitos, maneja un taxi desde hace mucho, desde hace veintisiete años.
         A pesar de pasarse sentado todo el día, unas doce horas por día, no está gordo. Tiene la panza floja, eso sí, porque dejó de jugar a la pelota cuando se jodió una rodilla, los ligamentos cruzados. Pero es de esas personas, Miguel, que en lugar de derramarse con el paso de los años, de explotar, no, ha ido implosionando.
         Víctima del cigarrillo, casi dos atados al día, y de los nervios. Además, la gastritis, una gastritis que no se fue con nada y que lo va quemando, como si alguien se encargara de mantener encendido un fueguito a la altura de la boca de su estómago. Desayuna leche con avena y miel, en un plato, (y canela, porque se lo sugirió una vez un pasajero cubano) y después trata de no comer nada, hasta la noche, un par de caramelos de eucalipto. Lo que come lo mata.
         Está cansado, Miguel, siempre laburando en esta ciudad de locos enfermos, de bestias sin alma, siempre tratando de juntar un mango. La vida es manejar doce horas por día, hasta que cae rendido en la cama y entonces sueña que maneja, que esquiva colectivos por un pelo, que lo cagan a puteadas.
         Encima cambió todo. La ciudad se vino brava, la inmigración, vino lo peor, la mugre latinoamericana, todo el mundo hablando por celular con vaya uno a saber quién, con otro loco que habla desde algún otro lado sin que se entienda ni siquiera el idioma. Mensajitos, todos mandando mensajitos, sacando fotos. Qué carajo les pasa.
         La inseguridad, te afana cualquiera. Lo afanaron tres veces, a Miguel, en los últimos seis meses. Una vez una parejita, el tipo de traje, la mujer con un bebito. Cambió todo, Buenos Aires es Camboya y es Saigón y es el Congo, también. La última vez lo afanaron en Constitución, tres pibitos que no debían tener más de trece años.
         Lo paran, a Miguel, dos muchachos. Sabe que no tiene que parar, pero ya paró, es un reflejo. Son casi las siete y media de la mañana, en el Abasto.
         –A Rivadavia y Pedernera –dice uno y se pone una gorrita, una gorrita con visera que tenía en la mano. Se pone lentes negros, también, deja la mochila en el piso, entre los pies.
         Ya está, perdió Miguel.
         –Acelerá un poco, amigo –dice el otro, y ambos se ríen–. Es corta la bocha, alto apuro tenemos.
         Listo. Maneja, Miguel, entre triste y resignado. Van para Flores, los chicos, hablan un dialecto casi incomprensible. Uno habla por el celular, con alguien. ‘No se vayan, pintó bondi’, dice, se ríe fuerte.
         Faltan tres cuadras, después faltan dos cuadras. Después falta una cuadra.
         –Siga de largo, amiguito –dice el de lentes y gorrita, le ha tocado un hombro–. Dos más, no tres más, y doble. En el pasaje.
         Miguel obedece. Piensa en su hija que tiene veintinueve años y está embarazada de un imbécil. Piensa en su mujer, le encontraron un bultito en el pecho. Quimioterapia. Piensa que la desgracia es un perro que muerde, que traba las mandíbulas y no te suelta más.
         –Acá está bien, capo –dice el otro. Poca gente. si pasara un policía gritaría, Miguel, si no le dolieran todos los huesos se hubiera tirado con el automóvil en movimiento ahí, al pasar por Plaza Flores. Que sea lo que Dios quiera.
         Frena, Miguel. Decide que lo mejor es apagar el auto. A veces cuando te roban se llevan el auto y lo dejan a quince o veinte cuadras, a veces te hacen bajar del auto, pero no se lo llevan.
         –Dame la plata –escucha Miguel.
         No dice nada, sabe que lo mejor es no discutir, para que no se enojen. Con la mano derecha saca la billetera escondida en el bolsillo de la puerta izquierda, con dos dedos. La pasa hacia atrás, sin darse vuelta. No quiere llorar, pero está cerrando los ojos, encogiendo los hombros, esperando sentir la punta del cuchillo contra su cuello, o el rústico culatazo. ‘No me maten’, quiere decir Miguel, ‘por favor no me maten’. Pero no le salen las palabras, y se queda así, la mano derecha al costado de su cabeza que apunta al frente, pasando la billetera hacia atrás, esperando el golpe. Los ojos cerrados, esperando.
         –Eh, oiga –dice el de gorrita, que le está tocando el hombro otra vez, se ha quitado los lentes–. Le pedí la plata a él –señala a su amigo–, para pagarle. Señor, qué le pasa.

18.10.13

Esas cosas que pasan


        Escuché gritos, escuché ruidos, un portazo. La alarma del ascensor, también. Casi inmediatamente otro grito, un ‘Ahhh’ de una mujer joven quedó por un momento suspendido en el aire inundándolo todo, y se fue apagando.
         Nada del otro mundo, lo normal. Vivo en un barrio que se fue a la mierda. Mejor dicho, el país se fue a la mierda, el barrio cayó a una velocidad aún mayor. Para los amantes de las matemáticas, derivada segunda. Vivo en un contrafrente abierto, cada tanto se escucha un tiro, la alarma de un automóvil, el grito de una mujer que bien puede estar siendo apuñalada o cogida, con o sin su consentimiento.
         Pero no, esta vez no, todos los ruidos venían del propio edificio. Gente corriendo por las escaleras, alguien gritando ‘¡Dale! ¡Cuidado! ¡Dejá, boludo, dejá!’. Alguien dijo ‘no puedo respirar’. Alguien tropezó y cayó, otro portazo. Toses, ruido de vidrios rotos. Alguien, un chico, gritó ‘¡mamá, mamá!’.
         Miré la hora en el reloj de la cocina, doce y veintisiete, de la noche, claro.
         Golpearon mi puerta de mala manera. Tres golpes, cuatro.
         –¡Hay que salir! ¡Hay que salir! –La voz del portero. Una de las personas más imbéciles que yo haya visto en mi vida, y había visto varias.
         –¿Qué pasa? –Miré por la mirilla, valga la redundancia (la redundancia algo tiene que valer). Estaba el portero, despeinado, en camiseta y pantalón de pijamas– ¿Qué carajo pasa?
         –¡Se quema el edificio! –Gritó, el portero. Alguien que bajaba por las escaleras lo empujó a la pasada– ¡Se quema!
         Abrí la puerta. Estaba en shorts, terminé mi whisky de un trago.
         –Hola –dije.
         –¡Hay que bajar a la calle, ya llegan los bomberos! –el portero tenía un derrame en un ojo, y un rasguño cruzándole en diagonal el rostro, quizás se había golpeado mientras bajaba a las apuradas. Había humo, un espeso humo flotando por todas partes. Había olor a quemado. El portero iba descalzo– ¡Fuego!
         –Bueno, gracias –dije. Cerré la puerta. Estaba terminando de escribir un poema que hablaba, cuándo no, del Nesquik que me hubiera gustado tomar cuando era chico, de una mujer que me había abandonado, de esas cosas que pasan.
         Me serví más whisky, me senté, agarré la birome. A mí la realidad había dejado de interesarme hacía un rato largo.

12.10.13

La mermelada del amor


         Cuando conocí a Gisela era una linda morocha. Flaca, huesuda, atlética, a punto de cumplir los treinta años. Divertida, era entretenido quedarme hasta bien tarde mirando la televisión con ella. Cualquier programa, una película o un documental de la National Geographic donde los cocodrilos acechaban en un río asomando apenas los ojitos, muy quietos, esperando para comerse a las cebras. Quedarse mirando la televisión sin que ella hiciera ninguna de las clásicas preguntas pelotudas. Fumaba un cigarrillo, hacía al pasar un comentario.
         Le gustaba coger, además. Cogía con entusiasmo, con interés. Chupaba la pija con más vocación que técnica, se arrodillaba sobre el parquet y se metía mi pito en la boca y no le molestaba que le acabara en la cara o en el pelo. Y sí, si la ponía en cuatro patas le parecía bien, y si la cogía de parado, contra una puerta, le parecía bien también.
         Estudiaba algo, daba clases de algo, estaba de buen humor, tenía una fantástica risa. La recuerdo bien. Cocinaba a veces, milanesas con puré.  Le gustaba la lluvia y el helado de limón.
         Al poco tiempo de irnos a vivir juntos cambió todo. Empezó a engordar, comía pan con dulce de leche en el desayuno. Y manteca, también. Le saltó un problema de tiroides, eso me dijo, algo que la ponía irritable. Se puso reiterativa, contaba las dos o tres pelotudeces que le habían pasado en la adolescencia, que en un viaje a Buzios había cogido con un negro. Se vino quejosa. Se quejaba, de todo. Del precio de la mermelada de duraznos La Campagnola, del ruido que hacían los colectivos al frenar, de las amigas que la seguían llamando o que la dejaban de llamar, del resultado de los concursos televisivos donde los participantes cantaban o bailaban, del olor de mis axilas. Coger dejó de interesarle, le resultaba un fastidio hasta quitarse el corpiño, lanzaba un bufido, cogíamos los viernes a la noche para no tener que hacer de cenar, o los domingos a la mañana, algo rapidito, como prender el calefón y abrir la ducha para verificar que más o menos el agua se calienta, que sigue funcionando. Algo mecánico, un procedimiento, como retirar dinero de un cajero automático. Algo que, de tanto en tanto, había que hacer.
        
         Lo que sucede, mucho me temo, es que las mujeres insisten en mostrarte la mejor versión de ellas mismas al conocerte. Algo que por definición, por su intrínseca naturaleza, sólo puede ir hacia abajo. En lo personal, las mujeres que han estado conmigo terminan sintiendo por mi persona un profundo desprecio. Pero mis atributos y capacidades, o mejor dicho la falta de, estaban allí desde el comienzo. Cantidad de veces me han dicho que me odiaban, pero ninguna, que yo recuerde, me dijo que la defraudé.

6.10.13

Chan, chararán


         Empieza el acto.
         Estoy de pie sobre el escenario, frente al público. Hay mucha gente, el teatro está lleno.
         Voy vestido de frac, con moño y todo. Me he quitado la galera, haciendo una clásica y estudiada reverencia, para saludar. He dejado la galera, dada vuelta, sobre una pequeña mesa que hay a mi lado.
         No hay muchas cosas más, aparte de mi persona, sobre el escenario. A un costado, algo apartada, una gastada valija de la cual se supone que iré sacando los instrumentos que vaya precisando para realizar mi acto. Al lado de la valija hay una jaula, con cuatro, no, cinco algo amontonados conejos.
         Empieza el acto. Golpeo con la varita, la varita mágica, sobre la pequeña mesa donde está la galera apoyada. Dos golpecitos contra la metálica superficie, para captar la atención del público. Se hace un silencio, respetuoso y expectante a la vez.
         Dejo la varita. Camino hacia la izquierda unos pasos, hasta la jaula.
         Vuelvo al centro del escenario, con un conejo. Las luces me siguen.
         Meto al conejo en la galera.
         –Chan –digo–, chararán.
         Saco al conejo de la galera. Con una mano. Lo sostengo de las orejas, de frente al público, en el aire. El conejo es blanco, gordito, con el hocico rosado. Hace ese movimiento, con el hocico, tan particular, tan característico.
         Levanto de la mesa, con la otra mano, un cuchillo. Es un cuchillo Victorinox  (modelo fibrox safety nose 18 cm), mango negro, la hoja de puro acero inoxidable. Con un diestro movimiento, degüello al conejo de lado a lado. Se escucha un chillido muy agudo, como si entraran en contacto un vidrio y una superficie metálica. Salpica la sangre. Suelto el cuchillo, lo dejo caer al piso. Termino de separar, la cabeza del conejo del resto del cuerpo, utilizando ambas manos. Arrojo la cabeza del conejo al público, como si efectuara el saque de un arquero de fútbol (de gancho, podríamos decir), y me dedico a revolver el interior del cuerpo del conejo. Meto una mano como si se tratara de una alcancía, saco el corazón que todavía palpita, las vísceras, mastico un pedazo de algo, parece el hígado, me enchastro la cara.
         La gente aplaude. Hay gritos de sorpresa, de entusiasmo. Algunos se ponen de pie y sacan fotos con sus teléfonos celulares.
         Voy hacia atrás, casi hasta el cortinado de color borravino, un asistente me alcanza una toalla algo desteñida. Me limpio un poco el sudado rostro, la sangre de las manos.
         Vuelvo al frente. Doy otros dos golpes con la varita mágica contra la mesa. Se apagan los murmullos, la gente se acomoda en sus lugares.
         Camino hacia la jaula. Vuelvo, con un conejo, al centro del escenario. Meto al conejo en la galera.
         –Seguimos –digo–. Chan, chararán.
         Saco al conejo de la galera. Lo sostengo, con una mano, de las orejas. El conejo es blanco, muy blanco, quizás un poco más pequeño que el anterior. Se lo ve inquieto, le molestan las luces. Cuelgan sus patas traseras de simpática manera, como si el conejo intentara rebotar en el aire.
         Con la otra mano, y con precisión, me suelto el cinto, desabrocho un botón, bajo el cierre. Caen mis pantalones, al piso, y quedan enroscados en mis tobillos. Me bajo los calzoncillos, también. Ahora se pone difícil, porque tomo un preservativo de la mesa, muerdo el envoltorio, rompo, escupo. Pero, si bien he logrado una decente erección quién sabe cómo, a la velocidad del rayo, bueno. Se me complica, ponerme el preservativo, con una mano. Me cuesta.
         Así que dejo un momento, sólo por un momento, al conejo dentro de la galera otra vez, para que no se mueva, para que no escape. Me pongo el preservativo, ahora sí, usando ambas manos, y vuelvo a tomar al conejo.
         Tomo al conejo, con ambas manos, me coloco detrás, detrás del conejo, como si estuviera tomando al conejo por la cintura, y empujo. Con la poronga. No importa, no importa si el conejo es pequeño, si es conejo o coneja, si la operación resulta antropomórficamente inadmisible. Intento sodomizar al conejo, que lucha por escapar, mueve las patitas en el aire.
         No se puede, encuentro una abertura, un esbozo de orificio, apoyo la poronga, empujo, insisto. Lubrico al conejo, como si condimentara una ensalada, en su totalidad, con una lata de WD-40 que he traído para la ocasión.
         Nada, no consigo atravesar la materia, penetrarlo, aunque debo estar lastimando al conejo, de algún modo, porque el conejo tuerce la cabeza hacia atrás, muestra los dientes. Chilla.
         Finalmente opto por frotarme, me saco el preservativo de un tirón, y me froto con el conejo, contra el lomo del conejo que es peludo, suave. La sensación no es lo que podríamos denominar ‘the real thing’, pero aún así es satisfactoria. Cierro los ojos, me concentro.
         –¡Ahh, ahhh! Ahí va –y eyaculo, eyaculo sobre el conejo. Suelto el conejo recién eyaculado, que cae al piso, le doy una furibunda patada y el conejo vuela hacia el público.
         –¡Bravo! –grita alguien. Se escuchan aplausos– ¡Grande, master! –hay festivos chiflidos.
         Me subo los calzoncillos, me subo los pantalones, me acomodo un poco la camisa dentro del pantalón.
         Voy hacia la jaula. Vuelvo, con otro conejo, un tercer conejo, al centro del escenario. Meto el conejo en la galera.
         –Uno más –digo–. Chan, chararán.
         Saco al conejo de la galera. Lo sostengo de las orejas, de frente al público, en el aire. El conejo es blanco, tiene los bigotes muy largos.
         Saco una zanahoria, una zanahoria pequeña. Apoyo al conejo sobre la mesa, y acerco la zanahoria al hocico del conejo. La zanahoria es de un naranja brillante bajo los focos. Llevándome un índice a los labios, pido silencio. El conejo huele, y comienza a comer. Echa las orejas hacia atrás, y come, todo su cuerpo se relaja. El conejo está en su mundo.
         Lo acaricio, paso una mano por su lomo.
         Entonces, tarareo una dulce canción, mientras el conejo come. Lo sigo acariciando. La canción que tarareo, muy bajito, es ‘you are the sunshine of my life’.
         Se oyen un par de silbidos. La gente comienza a abuchearme.
         –¡Que se vaya! –grita alguien– ¡Que se vaya!
         –¡No sabés hacer nada, boludo! –Me grita una mujer de la tercera fila.
         –¡Boludo, pelotudoooo!
         –¡Devuelvan la plata!
         Me tiran objetos. Un zapato, una lata de gaseosa, un teléfono celular que pasa a pocos centímetros de mi cabeza.
         Tiene que intervenir personal de seguridad, algunas personas quieren subir al escenario, a golpearme. Corro hacia atrás, desaparezco detrás del cortinado, busco refugio.
         Sucede que a la gente le gusta ver cosas que serían capaces de realizar. Sentirse, de algún recóndito y particular modo, identificados. Pero la verdadera magia, cuando ven que podrían hacer algo distinto a lo que hacen, ser distintos de lo que son, bueno, ahí les cuesta entender. Ahí se les complica.

30.9.13

Vamos a cambiar el mundo


         Hay quienes consideran que todo sistema político debiera ser abolido. Que la política en sí misma es una trampa, para que un grupo de personas busquen su particular y aristocrática conveniencia, en desmedro de las forever postergadas mayorías.
         Hay quienes piensan que es prioritario menester salvar a las ballenas. A las tortugas, a los osos pardos, a los elefantes y a las cebras. A los delfines.
         Hay quienes sostienen que el trabajo es una maldición bíblica, una forma de alienación donde se cumple aquello de el hombre lobo del hombre, las vidas humanas se transforman en mera mercancía.
         Hay gente que lucha para que los ricos dejen de ser ricos, y los pobres dejen de ser pobres, para que las tierras vuelvan a sus tribus originarias, para que no exista más la aberración de la propiedad privada, por la eliminación del trabajo infantil, de la prostitución, de la violencia doméstica. Para resumir, el mundo está mal, está muy mal, está todo al revés, las cosas debieran ser bien diferentes.
         Esta mañana pedí tres cafés con leche y una sola medialuna. Considérenlo mi aporte.

24.9.13

Medianoche en Paris. Mediodía en Villa Crespo


         Vuelvo al barrio. Al barrio donde nací, donde pasé, entre tantas cosas, la vida, hasta casi entrada la edad adulta.
         Tengo que hacer un trámite, legalizar unas fotocopias, alguna imbecilidad de ese tenor. Me dicen que el escribano no llegó, que está demorado, que se quedó atrapado en un ascensor. Así que digo que bajo a tomar un café.
         El 97% de la vida es esperar, sólo esperar. El resto del tiempo es para lavarse los dientes, pagar el gas, comer un par de empanadas de carne cuando pediste de jamón y queso, tomar un vaso de agua con gas cuando pediste sin gas, y viceversa, y viceversa todas las veces que sea necesario, las cosas que te mantienen andando.
         Entro a un bar, me siento, pido un café.
         Y entonces pasa. Sucede.
         Entra gente, un par de personas. Un pibe que fue conmigo a la primaria, jugaba muy bien al fútbol, seguro. Usa un bastón, arrastra una pierna. Balbucea con dificultad para hacer su pedido, tiene espasmódicos movimientos, se le escapa un gutural gemido. Ha tenido algo, un ataque, no sé.
         Entra una pareja. La mujer es la chica que nadaba en el club, la mujer más linda que yo haya visto en mi vida, verla en malla me daba material para masturbarme con diaria regularidad unas dos o tres semanas, en doble turno. Ahora es un inmundo bofe. Se ha echado unos treinta kilos encima, grita, a su marido, se queja, del clima, de la inseguridad, de lo caro que está todo. Tiene los  dientes muy manchados, usa un viejo pulóver que alguna vez debió ser bordó. Mastica con la boca abierta, las miguitas salpican en todas direcciones.
         Por la calle pasa un hombre, alguna vez fue mi vecino. Solía usar una boina a cuadros, y me hacía preguntas porque una vez me había visto en el ascensor con un libro de ajedrez. Ahora pide plata, en la calle, cuando corta el semáforo. Ofrece estampitas, y unas calcomanías, también. Usa un pantalón de franela gris, donde luce, con dolorosa claridad, un manchón de orina.
         Y así podría seguir.
         No, claro, entiendo tu forma de razonar. Te acordaste de ‘Midnight in Paris’, de Woody Allen. La idea, tantas veces utilizada en ciencia ficción. Te parás en una esquina, a determinada hora, y volvés al pasado.
         Pero no, lo que te acabo de contar puede tener algún punto de contacto, pero no es lo mismo. Acá no volvés al pasado. Acá te parás en una esquina y el pasado viene hacia el presente, con la única intención de recordarte que la vida nos pasó por encima. A todos.

18.9.13

Putas dominicanas


         Lo conocía a JC de la época de la universidad, habíamos estudiado juntos, nos habíamos hecho amigos. Hacía de eso muchos años, no sé, más de diez, con eso es suficiente para transformar algo en pasado. Después de diez años, no importa, ya no importa nada, nada de lo que hayas hecho o dejado de hacer. Nada que te haya, justamente, pasado.
         Después, JC consiguió una beca y decidió seguir estudiando. Se fue a Washington, luego vivió un tiempo en Holanda. Ahora vive en Bélgica, es profesor, da clases. Siempre solía decir, ‘me importa un pomo lo que estudio, estudiar es mejor que trabajar, con saber eso me alcanza’.
         Está de visita en Buenos Aires, vino a ver a su madre, a su hermana. Cruzamos mails, quedamos en ir a comer.
         Es viernes, son las diez de la noche, estoy parado en Callao y Rivadavia. Esperando a JC. Él se está quedando en la casa de una hermana, por San Cristóbal. No sé si va a preferir ir a comer un puchero a El Globo, o a El Imparcial. O quizás quiera ir a comer fideos a Pippo, como en la época de la facultad. O empanadas, a La Americana.
         Estoy parado en la esquina, en diagonal al Congreso. Buenos Aires se ha vuelto un infierno, es Saigón, es Namibia, es cualquier cosa y ya no se puede volver atrás. No hay adónde volver. Tampoco se puede seguir. Perdimos la brújula, hay que volar sin instrumentos. Es una situación curiosa, particular.
         Se me acercan dos mujeres. Prostitutas, reconocibles prostitutas a noventa metros de distancia. Dominicanas. Una es mayor, en todo sentido. Casi un metro ochenta de voluptuosa mujer, no tiene culo sino ancas que lleva a duras penas comprimidas bajo rotundas calzas blancas. Tetas, quince o veinte kilos de tetas a punto de estallar, de vencer el corpiño y ponerse a cantar o darte un cachetazo. Generosos pezones, grandes, pezones del tamaño de hamburguesas. Usa el cabello recogido, tiene una sonrisa que es todo vicio, una fantástica sonrisa que dice que ha visto todo lo malo de este mundo y va por más.
         –Hola, lindo –me dice. La otra se queda un paso atrás. Parece su sobrina, flaquita, huesuda. Mucho más joven, no más de veinte años. Minifalda ínfima, cabello corto, piernas largas y algo chuecas, con las rodillas apenas hacia adentro. Le cuesta mantener el equilibrio sobre unos plateados zapatones de imposibles tacos. Tetitas de adolescente, toda la fuerza para cabalgarte arriba de la poronga hasta que te mueras, hasta que no des más, hasta que le pagues.
         –Hola –contesto, pero miro hacia atrás, indicando que si me dijo ‘lindo’, no soy yo.
         –¿Estás esperando a alguien? –se ríe, la grandota, de mi ocurrencia. Se abre un poco la camisola que lleva encima, para que pueda observar la mercadería–. Supongo que a nosotras.
         –Eh, no –digo, miro su escote, esas tetas podrían hacer eyacular a un muerto, esas tetas podrían hacer eyacular a una estatua–. Gracias.
         –Dale, bonito –se acerca un poco, pone su brazo sobre el hombro de la más joven, a la que ha hecho avanzar un paso–. Si la preferís a ella no me ofendo.
         No digo nada, ya dije que no. No tengo más nada para decir.
         –Si querés te la chupamos entre las dos –sigue, se relame. Tiene una lengua larga y muy roja, como si acabara de comer helado de frutilla–. Yo te chupo la pija mientras ella te chupa los huevos, te va a encantar.
         Miro, por encima de su cabeza. JC no aparece. La gente pasa.
         –Ya sé –dice–, te gusta mirar. Me la cojo yo a ella, me pongo un arnés con un pito de treinta y tres centímetros. Vas a ver cómo grita, le encanta gritar. Vos nos mirás.
         –Sí, me gusta gritar –dice la flaquita. Básica, sin levantavidrios. Parece drogada.   
         Pausa. Saco mi teléfono celular y miro la pantalla, pero es un reflejo, un tic nervioso.
         –No seas tímido –se acerca más, la grandota, siento su aliento a caramelo de eucalipto, podría devorarme el pito de un mordisco–. Si querés te hago una paja, algo rapidito. Vamos a la plaza.
         La flaquita enciende un cigarrillo y me lo ofrece, el de ella, el que acaba de encender. Le tiemblan un poco las manos. Le digo que no con la cabeza.
         –Dale –sigue, la grandota, me toca una mejilla con la mano–. Dejame que te la chupe, o rompeme la cola, tenés pinta que te gusta hacer la cola. O vamos y nos bañamos juntos, los tres. Me trago la leche, me sacás fotos. No sé, hacemos cualquier cosa por dinero.
         –Como todo el mundo –digo–. Qué novedad.

12.9.13

Está despedido


         Estaba sentado en la oficina, no, no importa qué oficina. Microcentro, mirando por una ventana que no daba a ninguna parte, una ventana que parecía decir que el mundo iba a ser gris por los siglos de los siglos amén (hey, men). Once y veinte de la mañana, martes.
         Vi venir caminando a Aristizábal por el pasillo. Peinado para atrás, con gel, una camisa con sus iniciales bordadas, ‘AAA’. Andrés Alejandro Aristizábal, Gerente Regional de Operaciones. El pasillo daba al ascensor, también daba a la Gerencia de Finanzas.
         –Ey, Hundred –tardé en reaccionar, en levantar la cabeza. Trabajaba, yo, en el banco, desde hacía cuatro años. Aristizábal me había hablado dos veces como mucho, una para señalarme que yo tenía un pedacito de lechuga en la mejilla. Había bajado a comer un pebete de milanesa con lechuga y tomate, a la calle, de parado. Si no fumás (yo sólo puedo fumar de noche, no sé, para mí fumar es un acto privado), si no te gusta pajearte en un baño mientras en los cubículos de al lado se oyen ruidos de gente defecando, comer termina siendo una de las pocas válvulas de escape. La otra vez fue para decirme que me estaba quedando pelado, que eso parecía–. Te llama Passimeni.
         –¿Eh? –dejé la birome, estaba revisando una planilla de cuentas corrientes, y se me perdían los números en la pantalla–. Perdón, estaba distraído.
         –Sí –se rió, Aristizábal, miraba su nuevo reloj, parecía un Omega. Sentía, Aristizábal, que su reloj no sólo decía la hora, sino que decía, al mismo tiempo, quién era él en la pirámide social. Buen reloj–. Te llama Passimeni, que subas.
         –Señor –dije–. Passimeni es el Director General del banco. No debiera saber que existo.
         –Es verdad, es verdad –se rió, Aristizábal, y levantó un poco un costado de la boca, como si todo mi ser no fuera mucho más que un sorete de perro todavía fresco–. Pero pidió por vos. Me dijo que subas.
         –¿Ahora? –pregunté.
         –Sí, ahora. Subí a ver qué rompiste.
         –Bueno, ahí voy –grabé la planilla para no perder los cambios, me puse el saco.
         Fui hasta el ascensor, último piso. El botón decía ‘Directorio’.
         –Soy Hundred, Juan Hundred –le dije a la secretaria que me miró como si fuera un tampón usado. Muy rubia, muy puta, con pinta de saber que chupar la pija es un plan de carrera tan bueno como cualquier otro–. Me dijo el señor Aristizábal que el señor Passimeni pidió por mí. Quizás se trata de un error.
         –A ver, esperá –me señaló con el mentón unos silloncitos, pero yo no me senté. Me quedé parado, mirando los cuadros. Cuadros que no significaban nada, pintados por pichones de Rothko, brochazos gruesos, rectangulares, manchas. Yo podría pintar cuadros así, con la poronga, después de meter la poronga en distintos frascos de mermelada, en frascos de mermelada de distintos sabores, sin mayores dificultades.
         –Sí –dijo la secretaria, y sonrió–. Dice Passimeni que pases.
         Empujé la puerta más pesada del mundo. Entré.
         –¿Hundred, no? –dijo Passimeni de espaldas, contemplaba el río a través del inmenso ventanal, las manos en la nuca. Giró su silla, se puso de pie, tuvo que caminar unos buenos nueve pasos para poder recorrer el perímetro de su escritorio, y entonces saludarme. Nos dimos la mano–. Siéntese, por favor. Ah, está despedido.
         –Señor –dije–. Debe haber un error. Usted ni me conoce, trabajo en cuentas corrientes. Soy asistente, a veces escribo algunos informes.
         –Le estoy diciendo, Hundred, lo que pasa –se sentó en una suerte de living, unos simpáticos sillones individuales  que olían a cuero, a campo, a vacas pastando. Tomó una botellita de agua mineral importada de una mesa muy bajita, se sirvió, agua, en un vaso–. Usted está despedido. Vaya a recursos humanos y pida por María Benarza, ella está al tanto de todo. Lleve esta tarjeta de mi parte (tomó la tarjeta, la dio vuelta, escribió un ‘3’, hizo un gancho), la indemnización será el triple de lo normal.
         –No entiendo. ¿Por qué me echa?
         –Sí, claro –se echó hacia atrás, Passimeni, en el sillón, suspiró e hizo una mueca de incomodidad, como si tuviera gastritis, o hemorroides, o algo en el cuello, algo que lo molestara todos los días y a cada momento–. Usted pretende una explicación.
         –Si puede –dije–. No recuerdo haber recibido ninguna queja, y mi trabajo es, por decirlo de algún modo, irrelevante. Gano poco, además, no molesto a nadie.
         Levantó una mano, Passimeni, indicando que le aburría el mundo en general, y escucharme en lo particular. Hice silencio.
         –Hundred, como usted bien sabe, la gente de sistemas, está básicamente para hacer espionaje interno. Pinchan teléfonos, voltean mails, cada computadora es en realidad un ojo, un ojo nuestro. A quién odia un empleado, con quién chatea, si roba, si cambia el auto.
         –Entiendo –dije.
         –Bueno –prosiguió, Passimeni–, a mí me hacen llegar un informe quincenal, de rutina, quién coge con quién, quién se peleó con quién, si alguien se puso un kiosquito. Después hay requerimientos especiales.
         Tomó agua, me señaló una heladerita de puerta transparente donde había gaseosas y jugos, negué con la cabeza.
         –El asunto es que llega el informe, no se olvide que tenemos más de dos mil empleados –dijo–. Y salta su caso.
         –¿Mi caso? –me señalé el pecho con un índice.
         –Sí, Hundred, su caso. Chequeo el informe, de sistemas. Pido que lo amplíen, que me den un informe general, suyo, en profundidad. Nada.
         –Nada –repito yo, esperando, por insondables misterios de la física, que nada signifique algo.
         –Nada, Hundred –Passimeni se pone de pie, resopla. Aplaude, un solo aplauso, como si estuviera llamando a alguien, pero no, no está llamando a nadie, y nadie viene–. Usted no ve pornografía. Usted no baja música. Usted no chatea, no tiene twitter ni facebook.
         Hace una pausa. Me mira.
         –La pregunta –sigue, Passimeni–, es qué carajo hace todo el día acá adentro. Algo muy malo sucede con usted, no sé, podría estar pensando. La empresa no se puede dar semejante lujo, no podemos correr esos riesgos.

6.9.13

Porque este viagra es azul, como el mar azul


         Nos hace mucho mas moco la rutina que una guerra. Lo que te destroza es caminar esas tres cuadras, cada mañana, una y otra vez, podríamos perfectamente soportar una catástrofe natural, sabrías cómo sobreponerte a un terremoto. Son las pequeñas cosas las que te van comiendo el alma, las que van opacando cada famélica y absurda molécula de tu ser, las grandes cosas son cambios de paradigma, no exentos de trauma por cierto, pero, por tratarse de cosas que nunca te pasaron, que jamás imaginaste, descubrís al mismo tiempo, asombro sobre asombro como fetas de jamón cocido, novedosas respuestas que habitan en tu ser, insólitas capacidades.
         Que no te aguanto más, eso. Preferiría tener que coger con una jirafa, o con un pato de madera.

***

         Le pasa al escritor, es algo bien conocido entre los escritores, ese momento frente a la página en blanco donde mirás y está la página, en blanco –ya lo dije–, y estás vos, y el hámster de la creación se niega a mover la ruedita hecha de palabras.
         Le pasa al pintor, claro que sí, está el lienzo colocado sobre el caballete y el pintor toma su pincel, están las pinturas, en latas, en pomos, el pintor debe saltar, zambullirse en el tempestuoso y desde ya colorido mar de la imaginación, adonde quiera que el viaje lo transporte después de esa primera pincelada que aún no llega.
         Le pasa al artista, perdón, al actor, en el instante previo a salir a escena, donde él, de este lado de la cortina, todavía es él, y un momento después el juego lo transformará en otro, no será él, movido por misteriosos piolines, ya no.
         Lo que te quiero decir es que te veo así, derramada sobre la cama, y no tengo las más mínimas ganas de cogerte. Se me murió la japi, pero igual voy, ahí voy.

30.8.13

El otro chakra


         Habíamos ido a ver al gurú. Estaba todo el mundo, desde hacía unos años, con eso de respirar. Alguien se había dado cuenta que en el occidente capitalista civilizado se vivía para el reculo, la gente estaba angustiada, triste, trastornada en general. Alguien había dicho que la solución estaba en respirar, en volver a respirar. Las actividades espirituales, como cualquier otra, están sujetas a las modas. En el fondo es siempre lo mismo, el repackageo de cosas descubiertas o inventadas hace más de tres mil años. Todos necesitamos creer en algo, no damos más.
         El asunto es que fuimos a ver al gurú, porque el gurú venía de visita a la Argentina y daba una serie de charlas en La Rural. Me invitó mi amiga Belén, que había hecho el curso y decía que el curso le había cambiado la vida. Antes del curso, con Belén, cogíamos una vez por semana. Después de hacer el curso, Belén no había querido coger más conmigo. Así que supongo que el curso me había cambiado la vida a mí también.
         Belén tenía entradas y me invitó. Fuimos el viernes a las nueve de la mañana. Calculo que debía haber como siete mil personas, una cosa descomunal.
         Entró, el gurú, parecía un Cristo chiquitito, un Cristo tamaño small, la gente aplaudía a rabiar. Habló, dijo un par de incoherencias, con una vocecita similar al graznido de un ave. Dijo que somos puntitos de conciencia y que Dios es amor. Después dijo algo sobre tomar menos Coca Cola y no comer carne. Dijo que si comés carne te entra al cuerpo la tristeza que tuvo el animal antes de morir. Después pasaron un video donde había gente respirando, haciendo los ejercicios de respiración en una prisión en Sri Lanka. Los presos, entrevistados después del curso, decían que se habían vuelto buenos. Que no tenían ganas de violar, ni de drogarse. No, tampoco tenían ganas de volver a matar, ni de trabajar.
         Había buena energía. La gente se miraba y se sonreía sin motivo. Yo recordaba haber ido, hacía muchos años, a un recital de Attaque 77, y la gente no había resultado ni la mitad de amable. Alguien había tirado en esa oportunidad un botellazo, alguien, mientras saltábamos y cantábamos alguna absurda canción, me había querido robar la billetera.
         Para terminar, dijo la presentadora, mientras el gurú miraba hacia los costados como si tuviera ganas de salir corriendo, como si estuviera apurado por irse a defecar. Para terminar, dijo la presentadora, el gurú, traductor mediante, iba a contestar algunas pocas preguntas. Era tradición en la India, que el gurú accediera a contestar a quienes lo visitaran sobre los temas más diversos. En eso consistía un ‘Satsang’.
         El asunto es que se me había dormido un pie, por estar sentado con las piernas cruzadas, no había sillas ni nada que se le parezca, y justo me paré. Para estirar las piernas, me puse de pie, y entonces se me acercó una chica y me pasó un micrófono.
         Raro, se sorprendieron todos, porque había discípulos sentados en las primeras filas, y ya debía estar más o menos arreglado quiénes iban a preguntar. Incluso debían estar arregladas las preguntas, los temas sobre los cuales el gurú, para beneficio de la mayoría, deseaba explayarse, contestar.
         Pero me paré y no sé por qué la piba, que estaba yendo hacia delante, se detuvo y me pasó el micrófono. La traductora no tuvo más remedio que asentir, y aguardar mi pregunta.
         –Quiero saber si el swami puede hablarnos del chakra oculto –dije. Se hizo un silencio, la gente se dio vuelta para mirarme. La traductora tradujo, el gurú me observó con cierta inquietud.
         –Hay un chakra –proseguí–, un chakra que no está en la coronilla ni en el plexo solar. Un chakra del cual poco se sabe, porque no se lo menciona en los libros. Se ubica en un muslo, puede ser el izquierdo o el derecho, en el lateral externo del muslo. Empieza a manifestarse como una picazón apenas, una sensación, un ronroneo. Arranca como un punto pero crece, va creciendo, se manifiesta. Y pasa a ser cuadrado, el chakra, de hasta diez centímetros de lado, aunque por lo general es rectangular.
         Se escucharon algunas toses. La traductora traducía, el gurú escuchaba con su máxima atención.
         –Es un chakra que una vez detectado –dije–, rige la totalidad de nuestro ser, guía nuestro camino. Es el chakra que nos lleva a la iluminación, otorga sentido a nuestras precarias existencias. Amor, paz.
         –Es el chakra del bolsillo, de la guita –dije–. Si no tenés guita, qué carajo importa cómo respirás.

24.8.13

A lo perro


         Existen dos tipos de perros. No, sí, ya sé, no estoy hablando de eso. Qué carajo importa de qué raza es tu perro.
         Existen dos tipos de perros, entonces, decía. Los perros que cuando los dejás atados, mientras entrás al supermercado un domingo a la tarde, por ejemplo. Los perros que cuando los dejás atados, cuando enganchás la correa en un poste de luz, y te vas, se ponen a ladrar, con todas sus fuerzas, a un determinado ritmo, podría utilizar la palabra ‘cadencia’ (siempre quise utilizar la palabra ‘cadencia’). Incapaces de prestar atención al paisaje o a la caricia de un ocasional transeúnte. Son pura desesperación y así lo hacen saber, lo manifiestan, al resto del universo. El otro tipo de perros son los que, en idéntica situación, se quedan muy quietos, entran en una particular y profunda introspección. Uno puede ver cómo los consume su perruna tristeza, parecen por un instante comprender algo que al mismo tiempo saben imposible de comprender, y hacen silencio mientras se hunden en el vasto y proceloso mar de su circunstancia.
         Lo mismo ocurre, si te fijás bien, con los seres humanos, con las personas, en los grandes rubros del horóscopo. Está la correa, está la situación, y está una alternativa que no mencioné porque me quedó chico el ejemplo. Pero es una alternativa que los perros ni siquiera consideran, así que tampoco debe ser gran cosa.

18.8.13

Gitano


         Tengo una capacidad, un don, llamalo como quieras. Es una habilidad extrañísima, de lo más particular. Te explico.
         Te leo la suerte, te adivino el futuro, y te cuento tu pasado, no, no te lo adivino, tu pasado ya pasó, no hay nada que adivinar. Pero te cuento de tu vida cosas que te pasaron, para que veas, al mismo tiempo, mi habilidad para decirte el futuro. Sí, sobre el tema que vos quieras, sobre lo que a vos te angustie o quieras saber. Pero no, pará.
         Es como las gitanas, claro, pero no, no te leo la mano. Es un poquito más complejo. Te tengo que meter la nariz en la concha. Así, ya te lo dije, te puede parecer un poco brusco pero te lo dije, de una.
         Te meto la nariz en la concha, y te tengo que respirar adentro, sí, adentro de la concha, claro. Es un minuto, o dos. Lo tengo calculado por reloj. Te acostás en la cama, apoyás las plantas de los pies, bien al borde, rodillas flexionadas, piernas abiertas, como si fuera el examen de una consulta ginecológica. Yo me arrodillo al costado de la cama, y te meto la nariz en la concha. Vos no hacés nada, y yo tampoco hago nada. Cierro los ojos y respiro, respiraciones pausadas.
         A los dos minutos salgo, saco el hocico del interior de la vagina misma, y ahí sí, me siento al costado de la cama y te contesto lo que quieras durante unos veinte minutos, media hora.
         Me podés preguntar lo que quieras. Por qué te dejó tu ex marido, o si tu hija va a conseguir trabajo. Me podés preguntar si hay vida después de la muerte, si fuiste princesa en alguna vida pasada, si vas a vivir alguna vez en un departamento que no sea contrafrente, si no bajás de peso porque lo tuyo es hormonal.
         Me preguntás lo que quieras, y yo te contesto.
         No, bueno, te digo la verdad, casi nunca la pego. No sé qué carajo te pasó en la vida, ni me importa. Mucho menos lo que te va a pasar.
         Pero puede suceder que después de haberte estado respirando un rato adentro de la concha, bueno, te agarren ganas de coger. Me pidas que ya que estamos te la ponga un ratito, y eso nos va a hacer sentir mejor, a los dos, casi de inmediato. No te cobro nada, qué te voy a cobrar.

12.8.13

Olas de un pálido lila


         La mamá de Mariana estaba a punto de cumplir setenta años. Había enviudado hacía dos años, el papá de Mariana había sido toda la vida un fumador empedernido, y lo había pagado. Una angina que se complicó, un enfisema, sus pulmones dijeron basta.
         Mariana iba todos los sábados a almorzar con su madre. Venía su ex a buscar a su hija Catalina, los sábados bien temprano, y Mariana se iba a una clase de gimnasia primero, a la peluquería después. Lo que ella llamaba ‘mantenimiento’, o ‘llevar el auto al taller’. Mariana tenía treinta y ocho años, tampoco era una nena.
         Iba Mariana, a lo de su madre. Conversaban generalidades, su madre le pasaba el parte de las noticias, una prima a la que le habían descubierto un tumor en un pecho o un fibromita, alguien que había muerto o le faltaba poco para morirse, le contaba la última película que había ido a ver al cine donde actuaban al mismo tiempo Guillermo Francella y Burt Lancaster, se le mezclaba todo.
         Comían algo, Mariana y su madre, por lo general pollo aunque a veces pescado, con la televisión encendida. Después la madre le hacía un café, y empezaba acomodar los platos para irse a dormir la siesta, y eso era todo. Mariana se iba en su pequeño automóvil, revisaba si había recibido algún mensajito de texto, si alguien la había invitado a un cumpleaños o si un compañero de trabajo le había escrito que tenía ganas de verla, lo que significaba que tenía ganas de coger. Mariana, para no perder la práctica, por lo general iba, cogía.
         –Te hago un té, mejor –dijo la mamá de Mariana mientras ponía la pava en el fuego–. Así no tomás tanto café que después te mata esa gastritis.
         –Si te dije que quiero un café es porque quiero un café –dijo Mariana y se levantó, con su plato en la mano–. Creo que soy bastante grande para decidir si prefiero tomar té o café.
         La mamá de Mariana sacó las tazas de porcelana que tenían un pequeño grabado en el tercio inferior, como olas de un pálido lila.
         –¡Tengo treinta y ocho años, y puedo tomar lo que se me cante el culo! –dijo, bueno, gritó Mariana. Y dejó caer el plato, con los restos de la pechuga de pollo, sobre el piso de la cocina. Estalló, el plato, como se suele decir, en mil pedazos. Quizás un poco menos–. Estoy repodrida que me mires con esa carita como si te hubiera fallado en algo.
         –Yo no –dijo la mamá de Mariana.
         –¡Callate! ¡Callate de una vez, por Dios! –Mariana empuñaba su tenedor como si fuera una mira telescópica dirigida a la garganta de su madre– ¡Hice lo mejor que pude! ¡Me casé con el tipo que a vos te gustaba! ¡Y era un pelotudo! Un depresivo pelotudo que me dejó por la secretaria, una negrita analfabeta que corre maratones y que le debe chupar la pija mientras trata de hacer esos crucigramas berretas. Hice lo mejor que pude, mamá, hice lo que me enseñaste que había que hacer, desde que tengo once años, y me salió todo para la mierda. ¡Estoy sola, estoy grande! Cuando me suena el despertador a la mañana no sé cómo hacer para salir de la cama. De sólo pensar que voy a tener que venir a almorzar con vos el sábado que viene, me pica todo el cuerpo. Vos y tu rayo láser de lo que hay que hacer y lo que no hay que hacer, lo que está bien y lo que está mal. No soporto más, mamá, tu reprobatoria mirada. Cuando ponés esa carita.
         Mariana se agachó y empezó a juntar los pedazos del plato. Había restos de ensalada rusa sobre las baldosas. Su madre se acercó con un trapo rejilla.
         –Bueno, bueno –dijo la mamá de Mariana–. Ahora te hago un tecito de hierbas, como el que tomo yo antes de ir a dormir. Vas a ver cómo te hace sentir mejor, cómo te relaja.

6.8.13

Karate


         Las clases especiales, las clases sólo para los cinturones negros, eran los sábados a las siete de la mañana. Éramos cuatro alumnos, porque uno se había ido a vivir a Japón, donde pensaba finalizar su formación con el gran Maratoshi Nakasa. A veces el maestro dejaba que participara de las clases algún cinturón marrón al que le faltaba menos de un año para rendir el examen de cinturón negro. Pero el alumno tenía que saber que la iba  a pasar mal, que esa experiencia era parte del aprendizaje.
         Hacía frío, los techos eran altos. Una sola ventana, minúscula, un cuadrado de no más de veinte centímetros de lado. El pequeño gimnasio estaba revestido en madera, el piso, y las paredes hasta unos dos metros de altura, lo demás era cemento. No había gran cosa. Unos duros listones de madera, enclavados en unas bases rectangulares de concreto, maderas a las que había que golpear hasta que te sangraran los nudillos. Todo era rústico y despojado. En una pared, pintado con letras muy pequeñas, podía leerse ‘Cualquiera puede soportar lo soportable. El objetivo del karateca es soportar lo insoportable’.
         El maestro Makoda hizo su ingreso. Nos pusimos, los cuatro, en línea, firmes, y lo saludamos con un grito que dejaba en claro nuestra veneración, nuestro respeto.
         El maestro era implacable con sus correcciones, casi sin hablar. De pronto venía y te aplicaba una artera patada en los riñones, para indicarte que no estabas prestando atención o que tu postura no era lo suficientemente erguida. Makoda había venido del Japón, debía tener unos cincuenta y cinco años, morrudo, el cabello ya gris cortado a cepillo, las manos como sartenes. Había sido campeón mundial de karate, en el mundial de Suecia, era una leyenda viviente.
         Estábamos por comenzar con la rutina de calentamiento, para luego pasar a las formas y al combate. Se abrió la metálica puerta pintada de verde oscuro.
         –Pimiso –ingresó una pequeña japonesa. Flaca como un alambre, de un metro y medio de altura como mucho. Iba vestida con lo que parecía ser una especie de pijamas, pantalón y casaca de seda negra. El conjunto tenía algunos grabados dorados, en las mangas que le quedaban un poco largas, como arabescos, quizás como flores.  Pensamos que sería una asistente del maestro Makoda, que venía a traerle algún mensaje a nuestro Sensei, quizás un poco de té. El maestro la miró con severidad, las clases eran sagradas, el maestro detestaba ser interrumpido.
         Intercambiaron, el maestro y la mujer, algunas palabras en japonés, cortísimas frases como esputos, cargadas de jotas y de bufidos.
         Entonces la mujer dio un paso más, se acercó al maestro Makoda, y le aplicó un sonoro cachetazo.
         –Seguí –le dijo la mujer–, vos seguí dando estas clases de mierda, mientras tu hija y yo nos cagamos de hambre.
         La mujer nos miró, hizo una ínfima reverencia que consistió en una casi imperceptible inclinación de cabeza, y salió del gimnasio haciendo ruido con las ojotas que llevaba puestas en sus pequeños pies.

30.7.13

Modo fácil


         El asunto es, bueno, como todo, más o menos, así. Si tenés más de treinta años fracasaste, eso es seguro. Es algo cronológico, no tiene nada que ver con la voluntad. No vamos a discutir eso.
         Lo interesante, si esto puede  tener algo de interesante, es qué hacés con tu fracaso. Qué hacés con eso.
         Te doy alguna pista, lo que me gusta a mí, pinceladas gruesas.
         Me gusta cuando veo a un taxista que maneja, que maneja con una indefinible mezcla de solvencia y displicencia. No insulta a nadie, no se apura, tampoco le interesa demasiado conversar con el pasajero (vos, en este caso). El tipo sabe que el tránsito es un metálico mar que no va a parar nunca, se trata de poner primera, después segunda, después frenar, punto muerto. No importa, no importa si hace calor, no importa si llueve. No importa si soñaste con ser piloto de fórmula uno o si te gusta ir los domingos a pescar a Chascomús o si tu nena chiquita tiene varicela. Primera, segunda, y otra vez.
         Me gusta cuando veo a un pianista en el lobby de un hotel, tocando melodías de jazz de la década del cincuenta para sonrosados turistas alemanes que usan camisas hawaianas y se ríen a carcajadas sin llevarle el apunte. Me gusta porque el tipo sigue tocando mientras un japonés tropieza con el piano por retroceder sin mirar hacia atrás para sacarle una foto a su escuálida señora (yo preferiría, llegado el caso, coger con una tira de asado). Me gusta porque el tipo de pronto se acuerda de algo, una nota, un fraseo de Tony Bennett que lo hizo feliz, y entonces golpea las teclas con energía mientras un grupo de turistas brasileños arrastran sus valijas repletas de prendas de cuero (camperas de gamuza, con flecos en las mangas, pobrecitos), y sonríe.
         Me gusta cuando veo a una peluquera que tiene algo para contar a pesar de haber tenido que meter sus gastadas manos en treinta y siete cabezas ese fin de semana, y te recomienda un champú que te va  a dejar el pelo suave como las tetas de una comadreja, y mueve el culo que ya casi no es un culo para vos, sólo para vos, porque sabe que le estás mirando el culo aunque el delantal esté a punto de explotar y derramar todo ese culo sobre las baldosas llenas de pelo. Me gusta porque tiene ganas de contar un chisme de alguien que actúa en la televisión, y se ríe bien fuerte, y mira una revista donde hay una isla en medio de un mar color turquesa pero ni piensa en la isla ni en cómo llegar, le gusta el turquesa, sabe que le queda bien ese color, con eso le basta.
         Podría seguir, claro, es fácil seguir. Me gusta la gente que corre pero apenas, trotan diez minutos para ver si les anda el corazón, para verificar que están vivos, estar vivo es una buena noticia, necesaria y suficiente. Me gusta la gente que coge con entusiasmo, como pueden, cogen sin pensar en pornográficas imágenes porque saben que el entusiasmo es el piloto del calefón de la alegría, y con bajar un poco las luces alcanza para no ver demasiado lo que hay del otro lado, después de todo a quién carajo le importa la realidad, desde cuándo. Me gusta la gente que sale de la fiambrería con un poco de queso y un poco de dulce de membrillo como si llevaran el más preciado de los tesoros, la comida molecular te la podés meter, con cucharita, en el culo (y el sushi también, mamucha).
         Para resumir, entonces, porque me tengo que ir. Me gusta la gente que descubre que el fracaso es la más exquisita de las excusas para abandonar el esfuerzo, y deciden, entonces, pasarla lindo con lo que hay, tomárselo con calma.

24.7.13

El diablo está en los detalles


         Antes de coger, o mejor dicho, para coger, ella me pedía que le clavara una chinche. Ya está, ya te lo dije.
         La primera vez me sorprendí un poco, claro. Quiero decir, a mí a veces me puede gustar ponerme la máscara del hombre araña, para coger, o que me pajeen en el cine con la mano llena de maní con chocolate, si la película es muy aburrida. Pero son boludeces, cositas.
         Fuimos a la casa de ella, en la segunda salida. La había llevado a comer a un restaurancito italiano donde se comen pastas caseras, habíamos tomado un rico vino.
         Y ella me preguntó si quería subir, a su casa. A tomar algo más. Dije que sí, claro. Una cosa llevó a la otra. Estábamos en un sillón del living conversando, con jazz de fondo. La besé, respondió. Todo iba bien, la urgencia de descubrir un cuerpo nuevo, el no conocer los tiempos y distancias de la otra persona. Ver qué botones se puede apretar, cuáles no funcionan. Intrincados mecanismos.
         Y entonces, cuando la alcé para llevarla hasta la pieza y la tiré en la cama como si fuera una más que apetecible bolsa de papas. Cuando la desvestí y le quité la bombacha y ya estaba por empezar a olfatearle la concha como un famélico bull terrier, cuando le estaba por meter el hocico.
         –Pará –me dijo.
         Y yo paré, me detuve. Todo iba fenómeno, pero ella quería decir algo, manifestar una inquietud, que no se la pusiera sin forro, o que no le gustaba que le metieran un dedo en el culo, ni siquiera una falange, o que le gustaba que la cogieran primero boca arriba, o mirando al nordeste, no sé.
         Pero no. Sacó una cajita del primer cajón de la mesa de luz. Pensé que podía ser un lubricante saborizado, un piolín para que la atara, una porción de pizza fría por si entre polvo y polvo le agarraba hambre.  
         No, era una cajita de chinches. Ella abrió la cajita, sacó una chinche, esas chinches doradas que usábamos en los trabajos prácticos de la escuela primaria. Esas chinches de lo más berretas. Ella me dio la chinche.
         –Tomá –dijo–. Clavame la chinche, primero.
         –Qué –dije. Y me quedé mirando. Pero ella estaba bárbara, ya predispuesta, flaca, huesuda, tetas pequeñas, cualidades perdurables, culito redondo y firme.
         –Dale –dijo, y sonrió, se sopló el flequillo de la frente–. Clavame la chinche, en cualquier lado. Me gusta.
         Terminé mi whisky de un trago, la miré para ver si era un chiste, pero no. Así que agarré la chinche, y la apoyé sobre su teta derecha, cerca del pezón. Esperando que ella me quitara la mano. Pero ella puso su mano sobre la mía, y me indicó. Hizo presión. Con la otra mano me tenía agarrado de la hapi.
         Así que apreté. Sentí el ‘pric’ del pequeño pincho de metal agujereando la piel, y ella lanzó un suspiro, todo su cuerpo se relajó y fue puro placer.
         A partir de ahí fue siempre igual. Era eso, nomás. Ella necesitaba que le clavara una chinche, antes de comenzar la fornienda. En cualquier lado, podía ser en una nalga o en un hombro, o en una pantorrilla cuando la ponía en cuatro patas. Ella cerraba los ojos y esperaba, mientras yo decidía si clavarle la chinche en la espalda o en la planta de un pie. Y entonces se deshacía en placer. Era magia, era la luz de la vagina misma iluminando el universo entero, era alegría.
         Nos veíamos dos o tres veces por semana. Genial, absolutamente genial, íbamos a cenar, dormíamos juntos. Una mujer inteligente, hermosa, divertida.
         Después del sexo ella se pasaba un algodón con alcohol por el puntito de sangre, tiraba la chinche al tacho de basura que había en la cocina. Volvía a la cama, me daba un sonoro beso, y se dormía.
         Jamás en mi vida estuve tan bien con alguien. Hacíamos planes, incluso, para irnos a vivir juntos.
         Hasta que un día, estábamos en su dormitorio, con el televisor encendido, y cuando empecé a quitarle el corpiño ella abrió el cajón. Sacó la cajita. Y nada, la dio vuelta, la agitó un par de veces. Se habían acabado las chinches.
         –No importa –dijo–. No pasa nada.
         Al poco tiempo dejamos de vernos. Me dijo que se iba a hacer un posgrado a Canadá. Necesitaba cambiar de aire, dijo, una nueva vida.