Me cuenta Mariana que se encontró con el hermano de Tamara, y se quedó muy preocupada. Mariana es amiga de Tamara, aunque desde que Mariana está conmigo, bueno, se ven menos. Cuando yo iba a la primaria tenía un amigo que se llamaba Martín, doble escolaridad y después me iba derecho del colegio a merendar a la casa, seguíamos jugando. Lo que quiero decir es que uno crece y eso trae aparejado, de invariable manera, obligaciones, ocupaciones, llamalo como quieras. La amistad es un organismo que va mutando, eso es lo que sucede.
El asunto es que Mariana se encontró con el hermano de Tamara, y el hermano de Tamara le contó que a Tamara hubo que internarla. Se chifló, le dijo el hermano de Tamara a Mariana, refiriéndose a su hermana y a modo de resumen. El hermano de Tamara quería ser jugador de fútbol, era un 5 con marca y buen pase. Jugaba en Platense, en la tercera, hasta que se jodió la rodilla. Rotura de ligamentos cruzados de la rodilla derecha, jamás volvés a trabar una pelota como antes. Finalmente, el hermano de Tamara se recibió de profesor de educación física, trabaja de personal trainer en un gimnasio por Villa Urquiza. Tampoco tiene mucha facilidad de palabra. Se le saltó la térmica, dijo el hermano de Tamara, trastorno de ansiedad generalizada, con trastorno obsesivo compulsivo, con algún trastorno de personalidad que se me escapa en este momento, sumale un brote psicótico, la lista seguía. Hay más enfermedades mentales que gente, signo de los tiempos.
La encontraron a Tamara a las dos de la mañana en un cajero automático. Hasta ahí todo bien, parecía como si hubiera bajado a comprar cigarrillos y se le hubiera ocurrido retirar algo de plata. Pero no. Estaba bailando, o como bailando, supuestamente, con el cajero automático. Lo manoseaba, al cajero. Ella estaba en bombacha y corpiño, con el jean enroscado a un tobillo. Giraba y se frotaba un poco, Tamara, contra el cajero automático, y tarareaba una cancioncita. Se sacaba una teta del corpiño y la pasaba por la pantalla.
Justo entró un tipo a sacar plata, la vio a Tamara en ese estado y el tipo llamó a la policía, al 911, para avisar que no, que no era por un robo. Que había entrado al cajero automático de tal banco en tal y tal esquina y había encontrado una mina casi en bolas, dándole besitos al cajero automático. No, no era agresiva, pero sin dudas estaba mal.
–No puedo entender –dijo Mariana– qué le pasó. Fuimos juntas a la facultad, hemos veraneado en Buzios. Una mina piola, inteligente, bárbara.
–Es raro, la verdad –dije. Pero a mí no me sorprendía en lo más mínimo su actitud delante del cajero automático. Quiero decir, conmigo le funcionaba.