18.8.16

Clases de dolor


Mi amigo M. tocó el timbre, era domingo. Debían ser las diez de la mañana. Dijo que pasaba a saludar. Dijo que venía de correr. Me sorprendió un poco la verdad, mi amigo M. era un tipo de dos atados de cigarrillos diarios desde la adolescencia. Le gustaba la pizza, le gustaba el vino. Le gustaban las dos o tres cosas que le gustaban desde siempre y que lo hacían sentir bien.
–Mirá –me dijo, mientras le servía un café–. Correr es una experiencia repugnante. Cuando corro me duelen las plantas de los pies, no te olvides que yo tengo pies planos y que jamás usé plantillas. Por lo tanto, me duelen las plantas de los pies a cada paso que doy. Pero es mucho peor después. Al día siguiente, cuando tengo que bajar de la cama, es como si me hubieran estado martillando los talones, la sensación tan horrible de saber que para caminar, para llegar hasta el baño a hacer pis voy a tener que avanzar, y que cada paso que dé va a ser peor.
–Y me duelen los tobillos –dijo–. Yo tengo esguince crónico de tobillos, así que se me doblan los pies y se me hinchan los tobillos, es un dolor agudo, y la inflamación no se te va más. Me duelen las rodillas, desde ya. No te olvides que yo tengo sobrepeso por decirlo de una manera amable, las rodillas crujen y es casi una imposibilidad material, como si las rodillas estuvieran a punto de romperse ante la carga que deben soportar. Las rodillas parecen mirarme y decir ‘¿por qué nos hacés esto?’.
–Y se me jode todo el sistema –M. me pidió más agua–. Porque me agito mal, no sé, debo pasar las trescientas pulsaciones por minuto. En determinado momento ya no me late el corazón, me laten todos los órganos. Intento respirar pero es como si no me entrara el aire, o como si el aire no fuera suficiente. Quedo al borde de la extenuación, del desfallecimiento.
–Y decime entones –me senté en el sillón– ¿Para qué corrés?
–Es que cuando me pasa todo lo que te conté –dijo M.–, mientras me pasa todo eso, no puedo pensar.

12.8.16

Paréntesis creyente


Vi a Dios en los ojos de un bebé que miraba todo sin un solo concepto, la más pura presencia sin palabras.
Vi a Dios en una vagina apenas entreabierta, a la espera de aquello que la completa.
Vi a Dios en un plato de vermicelli tuco y pesto en el Pippo de la calle Montevideo, entre el queso rallado si sabías mirar, estaba el significado de la vida.
Vi a Dios a través de un vaso de whisky Johnnie Walker etiqueta verde y Dios era dulce y amargo a la vez y te daba una palmada sobre el hombro y te decía que todo iba a estar bien.
Vi a Dios en un perro que saltaba de la más pura alegría de verte y casi te hablaba con todo su perruno ser para decirte que estaba contento, sí, de verte a vos. A vos que jugabas a meterle la mano en la boca y tironearle de los dientes y por un momento él sabía, vos sabías también, que lo que estaban haciendo era la cosa más divertida del mundo.
Vi a Dios en el mar.
Vi a Dios en la pizza y en el café con leche y en la cerveza y en el vino y la vez que te abracé, que nos dimos ese beso. La vez que caminamos por la calle de la mano y la lluvia nos hacía compañía.
Así que es como dicen nomás, Dios está en todas las cosas.

6.8.16

Momento a momento, día a día


–Se ve que estaba fundido –dije, me paré bajo el umbral de la puerta de la cocina–. ¿Hace cuánto que estaba sonando el despertador?
Moni ya se había bañado, estaba en bombacha y remera, calentaba el café. Ni me miró. A la mañana estaba de mal humor, pero se le iba a lo largo del día. Como si a la mañana, los primeros cuarenta o cincuenta minutos de estar despierta, se le viniera encima todo lo que iba a tener que hacer hasta la noche. No le gustaba mucho su trabajo, pero a quién le gusta su trabajo. Quizás tampoco le gustaba mucho su cotidianeidad, por decirlo de algún modo, su vida.
Para la mujer tener hijos es un imperativo categórico, no importa las argumentales pavadas que pueda decir, a favor o en contra, al respecto. Tener un hijo justifica su precario paso por la tierra, además de permitirle tener donde volcar su existencial angustia. Tener un hijo mantiene a la mujer ocupada por quince años mínimo, y después, cuando recupera parte de la conciencia, ya está, ya es vieja. El tema se imponía cada vez más, entre nosotros, en cada pausa, en cada silencio. Qué íbamos a hacer con eso.
–No sabés lo que soñé –dije.
–Qué –dijo. Abrió la heladera, sacó la mermelada.
–Soñé que me perseguía un monstruo, algo horrible. Como si fuera una cucaracha pero gigante, más alto que yo. Y de pie, quiero decir, parado en dos patas. Le veía la panza, de un amarillo pálido con rayas negras, y movía las patas, varias patas como si fueran brazos, patas con dobleces y peludas, que terminaban en una especie de pinzas. Y corría rápido, la cucaracha, me perseguía.
–Bueno –dijo. Me sirvió café, se sentó, con sus galletitas–. Ya está, no es nada.
–No, pará –dije–. Después soñé que me caía, me caía de una torre muy alta, estaba fumando en un balcón y me empujaban. Yo caía, desde un piso cincuenta y siete. Caía y caía mirando el cielo, esperando el impacto que terminaría con mi vida y esa espera, justamente, era el más puro espanto. Una sensación tan angustiante.
–Bueno –dijo Moni. Tomé un sorbo de su té, pintó una galletita con mermelada, masticó–. Es un sueño muy común, la sensación de caída. Dura un par de segundos como mucho, está estudiado.
–Y después soñé algo más –probé el café. Estaba fuerte, estaba bien–. Soñé que me estaba cogiendo a tu amiga, a Miriam. Cogíamos y empezábamos a pensar cómo matarte, con veneno. Para poder seguir juntos, ella y yo. Así que ella tenía una amiga que trabajaba en una farmacia, y conseguía el veneno, para que yo te lo diera durante el desayuno. Estábamos enamorados como chicos, dispuestos a cualquier cosa.
Soltó la taza, Moni, hizo ruido cuando la dejó sobre el plato. Escupió unas miguitas mientras hablaba.
–Los sueños tienen mucho significado, Juan. Lo que me decís es muy grave.

30.7.16

Sanito


Si querés dejar de comer, la única forma de dejar de comer, es empezar a beber. Si querés dejar de estar todo el día pensando en clavarte una tira de asado con papas fritas a la provenzal, y de entrada quizás un chorizo y una morcilla, por qué no, o una porción de riñones y una provoleta. Flan con dulce de leche, potente como un misil, de postre. Y un plato de ravioles, a la noche, con tuco, con albóndigas, con queso rallado, un manjar.
Si querés dejar de beber, la única forma de dejar de beber, es empezar a fumar. Si querés dejar de ir todas las tardes a la salida del trabajo a tomarte un litro de cerveza y dos o tres whiskys, o limpiarte un tubo de vino durante la cena. Y después un par de fernets pero como bajativo, para limpiar. O sino coñac.
Si querés dejar de fumar, la única forma de dejar de fumar, es volverse sano. Si querés dejar de prender un cigarrillo ni bien te despertás, otro mientras esperás que se caliente el agua para el mate. Y un cigarrillo justo antes que venga el colectivo, otro apenas te bajás, otro después de almorzar, y otro más.
De sólido a líquido de líquido a gaseoso y de gaseoso a la nada misma. Eso sos vos, sin vicios, un aparato psicosomático que paga impuestos y se lava los dientes. Nada para contar, no existís.

24.7.16

Un paseo por la montaña sagrada


Cuenta la leyenda una situación, podemos llamarlo anécdota si querés, pero que tiene pinceladas de semblanza, de mensaje.
Estaba el inapelable sabio, el sagrado gurú de la India, quizás el más venerado de todos y con razón, capaz de transmitir la beatitud misma a través del silencio, por el mero poder de su presencia.
Vivía el santo junto a la montaña sagrada a la cual había llegado siendo un adolescente y de la cual ya no se apartaría a lo largo de toda su vida. Se limitaba a ser, a estar presente durante todo el día, mientras miles de fieles de todas partes del mundo iban con el único objeto de verlo aunque fuera un instante, sentir su luz. Se cuentan historias, milagros, y están los diálogos traducidos para quienes deseen saber lo que allí ocurría, de qué se hablaba. Cada palabra de aquel hombre era una perla, la más pura luz que iluminaba el camino. Y la mirada de ese hombre puede verse en algunos retratos, parecía contener todo lo bueno de este mundo.
Dentro de su rutina, el hombre se levantaba tempranísimo para dirigir y ocuparse de las tareas de la cocina. Minucioso y excelente cocinero, atento a cada detalle de las comidas que se servían, a todos por igual, en el ashram.
La otra actividad que se permitía, una vez al día, era un paseo. Una caminata, por la mañana, alrededor de su sagrada montaña. A eso quería llegar.
En uno de sus matinales paseos, volvía el sabio cuando vio la siguiente escena. Era la temporada de lluvias y a orillas de una pequeña laguna había un sapo siendo devorado por una serpiente. Se detuvo un instante a observar. La serpiente había logrado atrapar al sapo, y lo había engullido hasta la mitad. Pero, parecía haberse atragantado, no poder concluir la faena. Mientras el sapo, preso e inmovilizado, continuaba aún con vida. Con esa muda desesperación que suelen tener los animales ante situaciones de carácter definitivo.
¿Qué hacer? No podía matar a la serpiente, el sabio, porque sabía que lo sagrado habitaba en todas las cosas. Y además, la serpiente había hecho lo que estaba en su instinto, proveerse de alimento. Tampoco podía el sabio liberar al sapo. Si lo liberaba, el sapo, ya comido hasta la mitad, tampoco sobreviviría.
Decidió entonces seguir con su camino, el gurú. Dejar que las cosas fueran resueltas por la naturaleza.
Ahora bien. Cuando llegué a casa el martes del trabajo, bastante más temprano que de costumbre, y te encontré boca abajo con mi mejor amigo encima, rompiéndote el orto con toda seguridad, tal suele ser tu afición querida Mónica, como tanto te gusta. La verdad que pensé por un instante, si matar a mi mejor amigo de un botellazo en la cabeza, o si gritar e intentar separarte de algún modo, pero se me antojó que no sólo no mostrabas excesivos deseos de ser liberada, sino que estabas siendo, como podía apreciarse, intensamente bien cogida. ¿Qué hacer?
Así que les saqué una foto con mi teléfono celular y se la envié a tus familiares y seres queridos, a todos los que te conocen podríamos decir, a vos, querida Mónica, y a él, que también es casado.
Porque yo seré un pelotudo desde ya, un cornudo, lo que ustedes quieran. Pero nunca me sentí un gurú, un santo.

18.7.16

La pasamos bien juntos


Habíamos dejado de salir hacía más de dos meses. Me llamó, me pidió que pasara a verla. Tenía un regio departamentito por Núñez, Mariana, en una calle tranquila. Cómodo y moderno, le gustaba la decoración. Contrafrente abierto, daba a los jardines de una torre. Con cochera.
Era viernes, eran las ocho de la noche.
–Hola –dije. Me hizo pasar.
–Hola, Juan –Estaba en camisón, aunque no era, técnicamente, un camisón. Un remerón largo de algodón que se le pegaba al cuerpo y le marcaba el elástico de la bombacha. No tenía corpiño y no lo necesitaba. Unas deliciosas tetitas pequeñas y firmes.
–Hola, Mariana –dije, decidí sentarme en el sillón–. Me llamaste, no sé. Nosotros, bueno…
–¡Me dijiste que te podía llamar cuando quiera! –Estalló, Mariana. Estaba ojerosa, moqueaba– ¡Me dijiste que te podía llamar si necesitaba algo!
–Sí –dije, me senté–. Sí.
–¡Ya sé que no salimos más, ya lo sé! –se sonó los mocos, fue a la cocina– ¡Me dijiste que te podía llamar! –Vino de la cocina, volvió con un vaso de agua. Para ella.
–Ya te dije que sí. Acá estoy.
–Necesito que me ayudes, Juan –Se sacó el pelo, su fantástico y desordenado pelo, de la cara–. Para eso te llamé.
No dije nada, no había nada para decir. Suspiré. Hubiera pagado por un whisky, pero si me tomaba un whisky me iban a venir las ganas de coger. Y no debía cogerla, ya no.
–Me voy a matar, Juan.
–Bueno –dije. Ya no estaba para ciertas boludeces, adolescentes efervescencias en una mina grande–. Te felicito.
–No entendés –se paró, abrió un cajón, sacó un .38 corto, pesado, contundente. Por un momento pareció que me apuntaba pero no. Lo apoyó junto a ella, en el sillón donde estaba sentada–. Necesito que me ayudes.
–¿Qué? –no podía quitar la vista del arma, como si se tratara de un animalito que pudiera treparse y atacar en cualquier momento– ¿A qué?
–Sí, que me ayudes. A matarme.
–Eso –siguió–. Me quiero matar, no quiero vivir más. Y vos tenés la culpa, así que prefiero que estés presente. Y más aún, que me mates vos.
–Sabés que no voy a hacer eso.
–¡Vos me dijiste que me ibas a ayudar con lo que necesite! –levantó el arma, se apuntó, de abajo hacia arriba, apoyando el caño del revólver debajo del mentón. Después cambió de posición, le resultaba más cómodo para seguir hablando, apuntarse a la sien.
–No –dije. No sabía qué decir. Le colgaba un hilo de baba. Se notaba que estaba empastillada. Traté de pensar. ¿Cuál era el teléfono de emergencias? ¿911? ¿107? ¿314? ¿Llamar al portero del edificio, a un familiar? ¿Y qué le digo a la policía? ¿Qué me invitó a cenar y se terminó pegando un balazo? Infinitos quilombos como nubes tapando el cielo, todo mal.
–Sí, Juan –se compuso un poco, Mariana, pero seguía con la pistola en la sien–. Te quise mucho, la pasamos bien juntos, y me rompiste el corazón. Quiero que estés así, enfrente mío, mientras me pego un tiro. Quiero irme viendo tu cara, hace como una semana que no duermo. Estoy tan cansada, Juan. Pero ya está todo decidido, ya estás acá.
Pensé en decir no, pero era un no muy genérico, un no que representaba tantos nos, todo lo que no me había salido durante tantos años. Si trataba de saltar y quitarle el arma podía ser peor. Se llegaba a pegar un tiro conmigo ahí, forcejeando, quién me iba a creer que yo sólo quería ayudar.
Me puse cómodo. Era claro que la cosa iba en serio. Me hizo acordar cuando jugaba al ajedrez y de pronto, en medio de una partida, tenías la certeza que estabas perdiendo. Que no ibas a poder zafar. Le pasa a los boxeadores también, cuando sonríen.
Aflojé los brazos sin dejar de mirarla. Intenté respirar, tan solo eso y ni siquiera eso, dejar que la respiración ocurriera. No pensar.
–¿Qué vas a hacer? –dijo Mariana.
–¿Eh? –me acomodé en el sillón– ¿Cuándo?
–Ahora –se apretaba el caño del revólver contra la sien–. Después que me mate.
–Nada –dije–. No sé.
–¿Y si no me mato? –me miraba, desafiante–. Si no me mato qué ibas a hacer.
–Iba a salir –dije–. A cenar.
–¿Con una mina, no? –Se palmeó un muslo–. Seguro que con una mina.
–Sí, con una mina.
–¿Es más linda que yo? –Se puso de pie, Mariana, de perfil. Se puso una mano sobre la inexistente panza para que yo pudiera apreciar.
–No sé, Mariana. Me gusta.
–¿Y es más joven, no? –me miró, de frente, con las piernas algo separadas, como si me estuviera apuntando con la cresta de la vagina–. Seguro que es más joven.
–Sí –dije–. No mucho, unos años.
–¡Yo sabía! –dijo, volvió a sentarse– Yo sabía. ¿De dónde es, del laburo? Seguro que es del laburo, que tipo de mierda que sos, Juan.
Había bajado el arma porque le pesaba. Me apuntaba desde abajo, con el arma apenas torcida. El dedo en el gatillo, siempre.
–Sabés qué –dijo Mariana–. No me voy a matar un carajo, Juan. El lunes voy a ir a tu laburo así conozco a la tipa. Quiero ver si es más flaca que yo, si está más buena que yo. No creo que te hayan chupado la pija como yo, Juan –se rió, por un momento, recordando algo–. Quiero ver qué carita tiene esa pelotuda. Yo veo la cara de una mujer y me doy cuenta al toque si la sabe chupar o no. No creo que consigas gran cosa, Juan. Fui lo mejorcito que tuviste en la puta vida. Ahora te podés ir, andá tranquilo.

12.7.16

Martín va al psicólogo


Cuando a Martín se le murió el hermano lo mandaron al psicólogo.
Eran muy jóvenes, demasiado jóvenes, los dos. El hermano de Martín, y Martín. El hermano tenía quince años cuando se le desató un cáncer fulminante que lo devoró en tres meses. No hubo nada que hacer, algo que le masticaba la sangre mientras Martín veía a su hermano ponerse amarillo y gris y achicarse hasta desaparecer.
Martín tenía dos años menos que su hermano. Su madre, que lo vio devastado, se preocupó en medio de su tan propio como inconcebible dolor, y decidió que Martín tenía que ir a un psicólogo. Una amiga le recomendó un extraordinario profesional.
Allá fue obligado Martín, a su primera sesión. Se sentó en un sillón individual de cuero color borravino.
El psicólogo, que había conversado previamente con la madre de Martín, le preguntó a Martín si quería decir algo, cómo se sentía en relación a lo que había ocurrido.
–Estoy decepcionado con la vida –dijo Martín. Después hizo silencio, no dijo nada más.
Al día siguiente el psicólogo llamó a la mamá de Martín. Le dijo que Martín no necesitaba tratamiento. De algún modo Martín seguiría adelante con sus cosas.
Al poco tiempo el psicólogo dejó la profesión. Se fue a vivir a un departamentito que había quedado de sus padres, en Necochea. Su idea era poner un bar pero no encontró el local adecuado, le complicaron la habilitación. Terminó poniendo una pequeña rotisería a dos cuadras del centro. Comida casera, para llevar.

6.7.16

Una suerte de memoria


El otro día vi un documental, o quizás no era un documental, quizás era una entrevista. Por televisión, sí, por televisión. Cuando llego a casa no tengo un pomo para hacer y prendo la televisión. No, qué escribir, escribir no sirve para nada, hace tiempo que no escribo.
El asunto. Hablaba, entrevistaban a un entrenador de tenis. No sé el nombre del tipo, tampoco sé nada de tenis. En mi vida toqué una raqueta, pero puedo mirar los grandes torneos, no sé, ver a dos tipos corriendo, esforzándose por pasar la pelotita del otro lado. Se escuchan aplausos, enfocan las tribunas, hay bellísimas mujeres, hombres con lentes oscuros y gorritas. Gente que parece estar pasándola bien.
Sigo. El entrenador contaba que determinado jugador experimentaba una excesiva contracción en el momento de impactar la pelota. El jugador anticipaba aunque fuera una décima de segundo el impacto, y su cuerpo se contraía. Su cuello, sus hombros, todos su ser. Y eso le quitaba la necesaria fluidez a su ‘swing’. No podía desarrollar la plenitud del movimiento para pegar con la soltura necesaria. Y era esa diferencia lo que le impedía, al jugador, lo que le dificultaba estar en lo más alto del mundo.
Entonces el entrenador había ideado un método. Le daba al jugador una raqueta sin cuerdas. Y lo ponía a entrenar, con alguien o con una máquina que le lanzara mil pelotas. Y el jugador debía correr a impactar la pelota, como de costumbre. Pero no la impactaba desde ya, porque la raqueta, su raqueta, por decirlo de algún modo estaba vacía. El jugador corría, llegaba, hacía su golpe, y la pelota lo atravesaba, la pelota pasaba de largo. Repetir ese ejercicio, golpear en el vacío cinco mil pelotas por día, iba dejando una suerte de memoria en el cuerpo del jugador, su cuerpo de algún modo se reprogramaba. No había impacto, no había contracción que dañara su juego.
Luego, cuando el jugador jugaba de verdad, su cuerpo reprogramado no experimentaba la contracción que solía arruinar su performance.
Quedé maravillado con la explicación del problema y el método utilizado para corregirlo. Notable y sutil.
Yo desde hace un tiempo me pajeo de la siguiente manera. Meto la japi en una bolsa de papel madera, o en una bolsa de supermercado. Hago algunos movimientos, cierro los ojos, intento eyacular. No, qué carajo tiene que ver con el tenis, es que tenés la vagina excesivamente amplia. Intento acostumbrarme.

*alguna persona cargada de mala intención podría desde ya aducir que en lugar de una vagina excesivamente amplia, bien podría tratarse, el problema, la cuestión, de un pito excesivamente pequeño. pero no, no es el caso.

30.6.16

Alma humana


Ese viaje en avión venía mal desde el vamos. Tardé en llegar al aeropuerto, había una maratón que cortaba la ciudad en treinta y siete pedazos. Domingo, ocho de la mañana, y a la gente se le daba por correr. Bajo la lluvia, además. Desesperaciones.
A mitad de camino, en la ruta, un corte. Gente que reclamaba que los habían dejado sin luz por dos o tres días. La idea desde hacía tiempo en nuestro amado país, era buscar el mal común. Cuando a un grupo de personas les sucedía una contrariedad, les sucedía un incordio, la natural y exquisita reacción era intentar por todos los medios que a otros, a otro grupo de personas, les sucediera algo todavía peor. El mal ajeno siempre es un consuelo, todo el mundo sabía que no se trataba de pedir soluciones. Nadie iba a solucionar nada, jamás.
Logré llegar a Ezeiza y ahí me enteré que el vuelo salía con demora. Por el clima, por un desperfecto técnico, por algo.
Despaché mi valija y me fui a desayunar, me compré una revista. Decidí tomármelo con calma.
A las tres horas nos dejaron subir al avión. Ahí sí, otra vez, a los diez minutos una azafata nos avisó que había una demora, que debíamos permanecer sentados.
–¡Nooo! –gritó un tipo que estaba dos filas delante mío– ¡Déjenme bajar! ¡Nos vamos a morir todos! ¡Déjenme bajar!
Intentaron calmarlo pero era difícil. Tiró a una azafata al piso de un empujón. La gente gritaba. Una mujer se puso a llorar de los nervios.
–¡Es una señal! –El hombre había logrado avanzar, intentando entrar a la cabina. Tenía tomado al piloto, que justo se había asomado para ver qué pasaba, del cuello–. ¡Es el fin del mundo, el apocalipsis! ¡Déjenme bajar!
Me puse de pie. Me acerqué al hombre, desde atrás. Le hablé al oído.
–Ahora cuando sirvan la comida te doy mi porción –dije–. Y podés tomar toda la cerveza que quieras. Lo arreglé con la azafata.
El hombre soltó al piloto y volvió a su asiento. Se puso el cinturón de seguridad, se quedó muy quieto.
Hace tiempo que el imperativo categórico del ser humano es conseguir algo gratis. Lo demás es anécdota.

24.6.16

La mañana tan perfecta


Tengo un amigo, del reducido grupo de amigos que tengo, quizás debiera decir ‘tenemos’. O mejor todavía ‘somos’. Pero tampoco es eso lo que quiero decir, qué importa si ‘somos’ o ‘tenemos’, somos tres amigos, cuatro como mucho. Nos vemos cada tanto.
Uno de mis amigos, M., tiene mucho dinero. Es un prestigioso abogado, anda en automóviles alemanes, sale con pibas jovencitas. Está divorciado, le gusta el surf.
Me invitó, M., a mí y a los otros dos, a pasar unos días a su casa en Punta del Este. M. tiene un departamento por la parada quince, frente al mar. Primeros días de Diciembre, muy poca gente, sólo sentarse en ese balcón a tomar un café y volvés a sentir que la vida tiene algún sentido. No te digo un propósito, pero sí un sentido. Sentías que se te volvían a cargar las gastadas pilas del alma.
Me levanto muy temprano, porque sí, la inercia de tantos pero tantos años de oficina. Se me ocurrió bajar a caminar un poco por la playa.
Fui, eran las ocho de la mañana como mucho. La Mansa con el agua planchada, el sol empezando a calentar. Tuve gana de nadar. Olvidé decir que no sólo sé nadar, sino que durante buenos diez años fui jugador de waterpolo. O sea, me siento más que cómodo en el agua. Alguna vez fue mi elemento, después mi elemento pasó a ser el whisky, pero me estoy yendo de tema.
Me metí, ni siquiera demasiado fría. Empecé a bracear. Grandes y pausadas brazadas traccionando el agua, avanzando sin dificultades. Levanté la cabeza. Me sentí ágil, vigoroso, parte de la naturaleza. Se me ocurrió que podía llegar nadando hasta enfrente, hasta la isla Gorriti, sin problemas. Debían ser un par de kilómetros, no más que eso. Cuando entrenaba podía nadar cinco kilómetros día por medio. Pan comido.
No pensé más, ni la distancia, ni que estaba solo, ni en si podía haber rayas o tiburones. Bajé la cabeza y nadé. Nadé y nadé. El agua y yo, se sentía tan bien.
Nadé un rato largo. Como cuando hacía fondo, sería el equivalente de trotar, en caso que uno hubiera elegido, en lugar de nadar, correr. Debo haber nadado, recto hacia el horizonte, veinte minutos. Media hora. El agua tan quieta, el sol, la mañana tan perfecta.
Me pareció que se me estaba por acalambrar una pantorrilla, la pantorrilla izquierda, pero no. Apenas un tironcito sin importancia, seguí.
Al rato paré, estaba agitado, flotar en aguas abiertas es todavía más fácil que flotar en una pileta. Respiré.
Entonces me di cuenta. Estaba como mucho a mitad de camino. O un poco más de la mitad. Llevaba nadando no sé, cuarenta o cincuenta minutos. No tenía reloj, había perdido la noción del tiempo.
Y me di cuenta. Me di cuenta que no daba más, no tenía más fuerzas. Supe con absoluta claridad que no iba a poder llegar hasta el otro lado. Y supe también que no iba a poder volver.
Me di cuenta que eso, lo que me estaba pasando. Justamente eso era mi vida.

18.6.16

Algo que no dicen los libros de autoayuda


A veces concurro a lo de alguna prostituta, preferentemente por el centro, aunque puede ser por barrio norte también, o recoleta. Lo más bien.
Voy, saludo, y negocio un rato. La chica me explica el tarifario. Son mujeres que conocen su oficio, saben lo que tienen que hacer y cómo, han aprendido a sobrevivir a lo largo de los años.
Pero no, no es eso lo que quiero. No vine a coger, por quién me toman.
Le pido a la mujer, por ejemplo, que me chupe el dedo gordo de mi pie izquierdo, como si fuera, mi dedo, una poronga, sí como no, pero más que nada la parte de abajo, donde mi dedo apoya con el piso y se ha ido formando a lo largo de los años ese horrible callo.
O puede que le pida a la mujer que se meta un turrón Namur, que he comprado en un kiosco cualquiera. Que se meta el turrón en el culo (sin el envoltorio, qué les pasa), bien adentro. Y que luego se suba, con el turrón asomando de su culo apenas, a una mesa. Y que cante una canción. Cualquier canción, de la que se acuerde más o menos la letra.
A veces le pido a la mujer que se vacíe una Coca Cola de dos litros en la cabeza, y se quede así, de pie en la bañera, por un par de minutos, mientras la Coca Cola se seca. Y la mujer me mira, toda pegoteada, con ganas de preguntar cómo sigue, qué más tiene que hacer. Pero no sigue de ninguna manera, no tiene que hacer más nada.
En una oportunidad la prostituta tenía un pequeño perro, un bulldog francés llamado ‘Bruno’. Le pedí que lo masturbara, al perro, que le hiciera una paja. Negociamos la tarifa un buen rato, con ella, el perro no pidió nada.
Ver qué sería capaz de hacer una persona por dinero es una experiencia de lo más gratificante.

12.6.16

Crux


Me hubiera gustado ser alguien capaz de arreglar algo. Nada más, eso es todo lo que me hubiera gustado ser.
Alguien capaz de arreglar un calefón, por ejemplo, que no da agua caliente, que no anda. Y hacerlo dar agua caliente, hacerlo andar.
Alguien capaz de arreglar un automóvil. Un automóvil al que se le pinchó una rueda en medio de la ruta. Bajarme del automóvil, muy despacio, quizás con una mueca de ínfima contrariedad, apenas. Encender un cigarrillo, dar dos o tres pitadas. Cambiar la rueda, se hace de noche, sacudirme un poco las manos. Y seguir.
Alguien capaz de arreglar el juguete de un niño, un avión o un robot, poner algo en su lugar y ver al niño sonreír otra vez porque el mundo, su mundo, se ha ordenado.
Me hubiera gustado pasar por la tierra arreglando cosas, grandes o pequeñas, importantes o ínfimas, pero arreglar cosas, cualquier cosa, algo.
Y no ser este animal torpe y absurdo que no puede parar de escribir, esta bestia sin alma que lo único que sabe es escribir. Y que de tanto escribir te va arreglando la vida, claro.

6.6.16

Boomerang


La historia es, más o menos, siempre más o menos, así.
Iba a visitar a mi madre los domingos. Mi madre había enviudado, lo que equivalía a decir que mi padre había muerto. Los domingos pasaba a verla, a mi madre, a almorzar por decirlo de algún modo, porque mi madre jamás había cocinado en toda su vida. No le interesaba cocinar, mucho menos comer, pero tenía otras virtudes.
El asunto es que a la vuelta de la casa de mi madre había un mendigo. No, ya sé, en todos lados hay mendigos, pero quizás porque era domingo, quizás porque me acordaba de mi padre, me entraban ganas de hacer algo bien, de disculparme con él de algún modo por mi estúpida vida, no sé. Le daba, al mendigo, dinero. Domingo a domingo. Me saludaba el hombre, parecía contento de verme como si fuera un perro que no puede creer la suerte que tiene y salta de contento, hablábamos un par de palabras. Me contó una catarata más o menos inconexa de tragedias que lo habían llevado hasta ahí, me contó la muerte de su hija, me contó que tenía sida, me contó que lo había atropellado un auto.
Yo le llevaba alfajores o bizcochitos, ropa de abrigo para el invierno, y hasta le conseguí unos medicamentos para el asma que le habían recetado y no podía comprar. Yo ni siquiera le contaba a nadie lo que hacía, no sacaba chapa de buen tipo. Me hacía bien ayudarlo, a mí.
Iba los domingos, cerca del mediodía, le daba comida y algo de dinero, ropa, hablábamos un rato. Y me iba. Nada más. Sentía que justificaba mi domingo y quizás mi precario paso por la tierra. Mi vida.
Mi madre vive cerca del jardín botánico, olvidé mencionar eso.
El asunto fue que tenía que hacer un depósito en una cuenta bancaria para que no me la cerraran, y yo estaba justo cerca de Santa Fe y Scalabrini Ortiz porque había ido a retirar unos análisis de sangre. Suelo estar por el centro, de lunes a viernes, así es mi vida, esa es mi rutina.
Se me ocurrió hacer el depósito en la sucursal del banco que estaba ahí nomás, sobre Santa Fe.
Falta poco, sigo.
Entré al banco, poca gente, una pequeña fila. Y no va que entran a robar. Como en las películas. Se queda uno en la puerta, tres adentro. Sacan pistolas y una escopeta de caño recortado, gritan.
–¡Al suelo, al suelo todos, no es con ustedes, no sean boludos!
Una señora se desmayó del susto. Le habían dado un culatazo al guardia de seguridad, quedó sentado, apoyado contra la pared, chorreando sangre sobre la desteñida alfombra.
Agarraron al gerente de la sucursal y lo zamarrearon un poco para que abriera la puerta del tesoro. Sabían que era el día de pago de jubilaciones y no sé qué más. Había guita.
Entonces levanto la cabeza y lo veo. Uno de los ladrones era el mendigo. El mendigo al que venía viendo hacía casi un año, todos los domingos. El mendigo al que le había comprado remedios, el mendigo que me había abrazado llorando mientras me mostraba una foto de su pequeña hija muerta.
Me reconoció al toque, como si se encontrara con un compañero del colegio. Sonrió apenas, me hizo un gesto abriendo los brazos, como diciendo ‘qué querés que haga, es la vida’. Y asintió, también, bajó por un instante la vista sin dejar de sonreír, parecía darme una indicación. Como si me dijera ‘chito, no digas nada, vos quedate piola’.
Entonces miró a uno de sus compañeros y le dijo:
–Ese forro me conoce, matalo.

30.5.16

Cómo comportarse en un negocio


Cuando entrás a un negocio, a cualquier negocio, dos de cada tres veces y puede ser todavía más, el vendedor no te quiere atender. Es algo patológico, aunque yo solía tomarlo como personal, pero no es personal. Se trata simplemente que el vendedor quería ser otra cosa, cualquier otra cosa. Pero está ahí, en ese negocio, que a veces está adentro de un shopping, unas doce horitas por día. Y el vendedor, que quería ser otra cosa, te odia por eso.
Entonces, la forma que tiene el vendedor de expresar su odio a la humanidad toda es ignorarte. Vos entrás, y el vendedor sigue hablando con el otro vendedor, o habla por teléfono como si estuviera arreglando para cenar con Daniela Urzi, o mira la computadora, la pantalla de una computadora que atrasa treinta y siete años y tiene un monitor de fósforo naranja. Mira la compu, el vendedor, y no a vos, no te saluda ni sonríe, no te dice ‘hola’, mira la compu como si estuviera jugando al poker con el gordo Ronaldo, como si estuviera twitteándose con Lady Gaga, como si su vida no pudiera parar de ser interesante.
Y antes me ofendía, me ponía mal. Tosía o decía algo. Pero no hace falta eso, no.
El antídoto, la forma, es bien sencilla. Lo único que tenés que hacer es ponerte a tocar algo. Algo de la mercadería que hay en el local. Olvidate del vendedor, olvidate si entra más gente. Si estás en una casa de ropa descolgá un saco que te quede, a vos, tres talles más chico, y empezá a meter un brazo, quizás incluso sin sacarte tu propio saco. O sacás un pantalón de un perchero y empezás a meter un pie con zapato y todo. Si es una fiambrería podés levantar un pedazo de queso fontina que fue prolijamente ubicado sobre el mostrador, lo levantás con ambas manos y apoyás la nariz encima o le metés un dedo para ver la consistencia, o agarrás una mortadela de cinco kilos cortada al medio, te la pasás por la frente y suspirás. Si es una librería agarrá un libro, cualquier libro, lo abrís al máximo, como si quisieras partirlo en dos, y te ponés a leer, así de pie. Das vuelta una página, leés un par de líneas, pensás, das vuelta otra página con descuido, la doblás, la arrugás.
En cualquier caso, el vendedor se va a fastidiar mucho.
‘¿Sí?’, te va a decir, o ‘Señor’, o ‘¿Qué desea?’.
–Nada –respondés–. Quería saber si existo.
Y te vas.

24.5.16

Gestalt


–Mirá –dijo Tamara–. Cuando me cogías, cuando me agarrabas los domingos a la mañana y te me tirabas encima, me parecías repugnante. Abría las piernas un poco y pensaba en otra cosa. Te escuchaba jadear y pensaba ‘son siete minutos como mucho, ya termina’. Después salías y quedabas ahí echado sin decir nada, agitado, como un hipopótamo al borde de la muerte.
–Y cuando me llevabas a esos bodegones de mierda –se acomodó un poco el pelo, Tamara, un mechón detrás de una oreja, ese gesto tan suyo–. Esos bodegones donde te atiborrabas de fideos con brócoli y ajo y casi me podías provocar una quemadura de segundo grado con el aliento, y decías ‘qué bueno que está’, y te terminabas el vino de un trago. Yo casi podía verte en 3D los dientes manchados con pesto y pensaba ‘por Dios, qué burro’. Los lugares donde me llevabas a comer eran denigrantes, de pobre, de alguien que ni siquiera asomó el hocico al mundo. Una verdadera mierda.
–Después te sentabas a tomar whisky en el sillón, ponías el televisor en la National Geographic. Y te podías quedar ahí, mirando esos cocodrilos o unas cebras de mierda y murmurabas ‘genial’, y ni me contestabas si te preguntaba algo, no me prestabas atención. Y yo pensaba ‘qué carajo mira este pelotudo por Dios. Las discusiones existenciales que yo tengo con mis compañeros de terapia y termino acá, con este boludo que mira correr una manada de avestruces’. Era imposible, no veía la hora de quedarme dormida. Me daba náuseas.
–Entiendo todo lo que me decís –dije, terminé el café que ya estaba tibio–. Pero por qué esperaste hasta que te diga que me estoy viendo con otra mina. ¿Por qué no hiciste nada antes?
–No sé –Tamara miró por la ventana del bar, hizo una pausa–. Creo que en general estábamos bien.

18.5.16

Hubo un tiempo que fue hermoso


Durante una época la gente, las personas, sabían hacer algo. Eso que te gustaba hacer definía gran parte de tu carácter, tu grupo de pertenencia, lo que creías que era tu aura. Era, por decirlo de algún modo, porque de algún modo hay que decirlo, la parte constitutiva, basal, el centro mismo. De vos.
Pero todo fue cambiando. La gente fue arrasada por la vida en la ciudad, atontada por un tornado informativo hecho de fotoscancionestwitterfacebookcandiescrushesylareputamadrequeteremilparió.
Y entonces. Ahora no hacés nada. Nadie sabe hacer nada. Mantenerte con vida, volver a tu casa, pagar algún impuesto, lavarte los dientes, es todo lo que podés hacer. Nada más, así se vive.
A alguien se le debe haber ocurrido, a alguien que tampoco sabía hacer nada. La carta de presentación pasó a ser alguna privación. Entonces vos vas y decís, por ejempo, que no comés verduras de hojas verdes porque la tierra está contaminada con polonio, que es un polonio más fuerte, un polonio potenciado. Y alguien dice que no come harinas refinadas porque eso te afloja los átomos del culo, te queda el culo con forma de palangana. Alguien dice que cuatro veces por semana baja y corre once kilómetros descalzo porque las suelas de goma son un invento de las multinacionales (correr también es no hacer nada, mamucha, correr es una forma de desesperación, no hay más que mirar esas caras), mientras la gente desayuna pero vos no, vos tomás un vaso de agua tibia y corrés como se corría en África hace tres mil años.
El asunto es que como no sabés hacer nada, lo único que te queda es estar orgulloso de un sufrimiento, o de algo que no hacés, de alguna mortificación. Y de esa forma encontrás tu lugar en el mundo, tenés algo para contar en las reuniones sociales, das alguna que otra lección de vida. Tu juego consiste en privarte de algo, sufrir, privarte de algo mucho más que otros que también se privan. Hay una pirámide de la privación que conduce a un por demás austero pedestal.
Y no te das cuenta que al haber abrazado esa religión ya no podés seguir haciendo nada de lo que te interesó alguna vez. Lo que te gustaba ha sido corrido de lugar, quedó fuera de foco. Privarse es una mugre, un moco, un barro que salpica todo lo demás.
No hay cómo retroceder, tampoco. Pasaste del grupo de gente a los que les gustaba algo, al grupo de los que han elegido el camino del flagelo, de la privación. Cruzaste esa línea y vas a estar triste para siempre, no existe manera que puedas escapar de esa existencial tristeza. Eso es lo que te quería decir, lo que te puedo garantizar.

12.5.16

Back to basics


Llegué del trabajo, debían ser las siete de la tarde, quizás un poco más. Llamé el ascensor, vino el ascensor. Subí. Se detuvo, el ascensor, en el quinto piso. Se abrieron las puertas. Ella empezó.
​–¡Claro no, claro! –Amenazó con dar un paso adelante, los puños apretados a la altura de la cintura, blancos los nudillos de tanto apretar, pura furia contenida. Dudé, por un instante, porque dar un paso para salir del ascensor implicaba chocarla, prácticamente.
​–¡Siempre lo mismo! –Casi escupía al hablar, saltaban de su boca chispitas de saliva– ¡Yo trabajando como una burra para que esté todo impecable, y el señor llega cuando quiere! ¡El señor se toma todo el tiempo del mundo!
Cruzó los brazos, chistó, un chistido de lechuza, y torció un poco la cabeza, como si quisiera dejar descansar la cabeza sobre un hombro levantado mientras esperaba las explicaciones que yo tuviera para darle, por inverosímiles que fueran.
​–¡Esto no da para más! ¡No puedo seguir así! –Se dio vuelta, como si supiera que no valía la pena hablar conmigo, que yo no podía cambiar–. Maldigo el día en que te conocí. Ese tipo te va a arruinar la vida, me dijo mi mamá. Viejita querida –alzó las manos en una plegaria hacia un cielo de yeso–. Tenías tanta razón.
​–Disculpe –dije, giré apenas, para poder cerrar la puerta del ascensor–. Yo soy su vecino, apenas la conozco.
​–Es verdad –dijo–, pero desde que vivo sola no tengo con quién pelearme. Necesito practicar.

6.5.16

Para los que nunca corrieron un Fórmula 1


Me acordé de algo, no me preguntes por qué, no todo tiene que tener explicación. Me acordé lo siguiente. En algún momento vi una entrevista por televisión a Reutemann, sí, al ‘Lole’ Reutemann. No, nada que ver con la política, la política no tiene la menor importancia. Yo te digo cuando era piloto de Fórmula 1, o sea, muchísimo antes.
O quizás no fue, la entrevista, a Reutemann. Quizás fue a Fittipaldi, o a Niki Lauda, no sé. La Fórmula 1 no me interesa en lo más mínimo, además, ni las maratones, por mí te podés meter un matafuego en el culo y salir corriendo lo más rápido que puedas. Aunque me parece pintoresco, no, lo del matafuego no, la Fórmula 1.
Pero creo que fue Reutemann, el piloto, al que entrevistaban por televisión aquella vez. El tipo, el piloto, probando un auto antes de una carrera, había tenido un accidente. Se había pegado un palo de los fuertes.
Lo que contaba el piloto, es que recién salido del automóvil, recién chocado, habiendo estado a milímetros de perder la vida. Pedía otro auto, y salía a correr. De inmediato. Sin pensar en lo que había sucedido, qué error había cometido, lo cerca que había estado de matarse. Nada, ningún tipo de evaluación, cero conclusiones. A correr de nuevo, nada de análisis. Nada de nada.
Lo que explicaba el piloto, que quizás era Reutemann, era que la clave era estar ahí, corriendo a toda velocidad, haciendo lo que hacías porque te gustaba, porque era tu profesión, de inmediato. Porque si te ponías a estudiar la cuestión, qué podías haber hecho mal, qué había fallado, eso te iba a dejar una marca en la psiquis, en el cerebro. Algo que iba a alterar tu manera de seguir conduciendo. Eso era lo que había que evitar. Seguías corriendo.
Entonces me di cuenta, entonces entendí tantas cosas. Porque cuando yo saqué a bailar lento a Gisela en aquel baile, cuando me dijo que no, que de ninguna manera. Que no tenía pensado bailar un lento conmigo ni loca. Bueno, me puse mal, traté de entender la situación, lo que había sucedido. Me quedé pensando, tenía once años.

30.4.16

Dilema de la mujer


La mujer tiene un problema. En realidad, dos. El agudo es el que nos ocupa, el agudo es del que vamos a hablar, el más importante. Para llegar al agudo, al segundo problema, debe pasar por el primero. No, ya sé, no se entiende nada.
La mujer no resiste estar sola, ése es su primer problema. La mujer necesita compañía. Completarse de algún modo, conseguir lo que le falta.
Empezando por la poronga desde ya. Entonces la mujer necesita conseguir un hombre. Para parir, para tener un hijo, un biológico justificativo de su existencia. Para armar algo parecido a un hogar, una familia. Para no estar tan sola.
Supongamos que ha resuelto, por decirlo de algún modo, esa parte. La mujer ha buscado un hombre y lo ha conseguido. Acá empieza la cuestión, lo que podríamos denominar el problema.
Porque al buscar, dentro de sus posibilidades, quizás sería mejor decir limitaciones, la mujer se ha buscado un hombre con tal o cual atributo. Relacionado, desde ya, con lo que la mujer anhelaba. Volvemos al principio: con lo que le falta.
Se ha buscado entonces un hombre, la mujer, que posea inteligencia o dinero o sentido del humor, alguna suerte de belleza quizás relativa al vigor, prestigio, posición en la sociedad. Un hombre que sepa tocar la guitarra o tenga título universitario o una interesante vida social. Por lo general la cuestión no sale de ahí. Eso es lo que busca la mujer en la forma de un hombre. Y lo ha conseguido. Listo.
Pero.
Conseguido el hombre con tal o cual atributo, la mujer enfrenta un aterrador dilema.
La mujer sabe que debe demoler al hombre que ha conseguido. Para que no escape. Pero al demolerlo, al hombre, destrozará lo que le gustaba de él. Porque si el hombre le gustaba por ser seductor y sigue siendo seductor, el hombre no podrá evitar querer seguir ejerciendo su seducción en otra parte, su capacidad. Afuera, claro. Entonces la mujer decide que debe quitarle la capacidad de seducción, al hombre, preocuparlo hasta que se le pongan blancos los pelos de los huevos, engordarlo, infartarlo, y así. Le ha quitado, entonces, al hombre, su capacidad de seducción. Pero al hacerlo, la mujer debe seguir viviendo con ese novedoso infeliz.
El trabajo de la mujer pasa a ser encontrar ese inconcebible punto en el cual el hombre, podríamos decir el animal sin temor a equivocarnos, conserve de algún modo las cualidades que poseía cuando deambulaba libremente por la selva y aún así decida permanecer en cautiverio, en el zoológico. Tarea tan ímproba como espinosa de lograr. Porque si la mujer no demuele lo suficiente, si la mujer le permite al hombre conservar la inteligencia o el vigor, si el hombre tiene resto físico o anímico o monetario, el hombre querrá volver a la selva. Y si la mujer se aplica a demoler, si la mujer se asegura de hacer su destructivo trabajo, descubrirá un buen día que lo que tiene a su lado es un residuo, una miserable rata de quincho, una basura sin alma ni voluntad.
Si la mujer se excede en la demolición, la veremos en cualquier cine, o en un restaurante, con un balbuceante infeliz que duda, que no alcanza a decidir si lo que quiere son ravioles o agnolottis. Un hombre que titubea con la cucharita con queso rallado en la mano sin saber si ya está bien. Si la mujer no supo demoler lo suficiente la veremos sola, divorciada, intentando como puede, como le sale, juntar los atribulados pedazos de su absurdo ser, para volver a intentar hacer aquello que es lo único que sabe hacer. Buscar otro hombre que le permita seguir.
No, ya sé, no estás de acuerdo con nada de lo que te estoy diciendo. Te parezco un pelotudo, jamás me elegirías, a mí, como pareja. Me parece correcto, quedamos así.

24.4.16

Presencia consciente


–El vehículo es el cuerpo pero no somos el cuerpo –dije–. Es ridículo que estemos todos tan confundidos. Cómo es posible que la gente crea que sos eso que ves, como si pensaran que son la casa donde viven. Igual igual, vivís en tu casa, pero no sos tu casa. De paso, fijate nomás que te podrían cortar, no sé, un dedo o una oreja, y seguirías siendo. Eso debiera bastar, digo, para dejar en claro que no somos el cuerpo. El cuerpo es una máquina, compleja desde ya, por cierto, pero no mucho más que un aparato psicosomático.
–Y no somos la mente –dije–. No podemos ser la mente, aunque aquí la trampa es infinitamente más sutil. De hecho la mente no existe, y eso es toda una revelación. La mente no es un objeto, es una acción. Lo saben los hindúes desde hace cinco mil años, no sé por qué carajo no te lo explican en la escuela primaria. La mente no es mucho más que un puñado de pensamientos. ¿Dónde está la mente? Sin pensamientos no hay mente.
–Hay algo más –dije–. Yo te diría que somos presencia consciente. Eso que hace que el cuerpo tenga sensaciones, y la mente pensamientos. Una suerte de ‘sensación de ser’, de ‘yosoidad’, somos un ‘soy’ sin ‘yo’, es lo más cerca que vas a estar con palabras aunque las palabras no alcanzan a tocarlo. Cómo podrías definir lo ilimitado cuando usás una herramienta limitada para definirlo. El lenguaje no es más que un instrumento de la mente.
–Bueno, Juan –dijo ella, y se quitó el pelo de la cara– ¿Vas a acabar o no? Me la pusiste y de repente te quedaste quieto y empezaste a decir todas estas boludeces. Tampoco puedo aguantar con las piernas arriba media hora, me acalambro.