30.7.14

Yo interior


–Para mí se tiñe –dijo Hernán.
–¿Eh? –estaba distraído, Hernán me señalaba el televisor encendido. Se había sentado  en el sillón de tres cuerpos, frente al televisor, y jugaba a cazar el hielo que le había quedado en el vaso de whisky con los labios. Yo seguía sentado cerca de la mesa, todavía comiendo restos de la picada. Una aceituna rellena con morrón, daditos de queso. Un poco de pan untado con una pasta hecha de manteca y roquefort. Un puñado de castañas de cajú.
Ya se habían ido todos. Gabriela, la novia de Hernán, lavaba los platos en la cocina. Habían hecho una picada descomunal, como siete tipos de fiambres distintos. Y quesos, increíbles quesos que le conseguía un cliente que tenía una granja por General Madariaga. Panes caseros, panes artesanales, panes de todo grupo y factor.
Habíamos comido como chanchos enjaulados, como osos del bosque, éramos ocho. ‘Quedate un rato más, así charlamos’, me había dicho Hernán. Me señaló la mesa, repleta todavía de manjares. Sin decir nada, fue y abrió otra botella de un cabernet áspero y potente.
–Se tiñe, este forro –Hernán miraba la televisión, recostado en el sillón. Un periodista estaba entrevistando a Ravi Shankar, que había venido de visita a la Argentina.
–¿Te parece? –Dije, y me serví más vino. Doblé una feta de salame con una feta de queso, reforcé con otra feta de salame, y me comí la combinación de un bocado.
–Claro que se tiñe –Hernán levantó su vaso, confirmando que sí, todavía estaba el hielo pero no, ya no estaba el whisky–. Es un tipo de más de cincuenta años. ¡No podés tener el pelo tan negro!
–No sé, che –miraba los platos, el fiambre, todo para mí. Ver un perro rengueando bajo la lluvia me tocaba el alma. Ver un chiquito descalzo haciendo malabares en una esquina me tocaba el alma. Me tocaba el alma el mar y caminar bajo la lluvia. Y las picadas también, me tocaban el alma muchas cosas– ¿Es un gurú, no? Si es un gurú, si está iluminado, bien puede haber encontrado el secreto para no tener canas.
–¡Las bolas! –Hernán se incorporó en el sillón– Además está maquillado. ¡Fijate bien, debajo de los ojos! Tiene rímel.
–No sé –rodajas de salame picado grueso, jamón cocido de un rosa pálido, como el fresco pezón de una adolescente. Gruyere, no, más roquefort, sí.
–Sí, está maquillado mal –Hernán se puso de pie, se inclinó un poco hacia un costado y se tiró un pedo sonoro, un pedo corneta–. Y esa vocecita, como si te estuviera hipnotizando mientras te habla. Todos estos tipos son reputos. Se comen pibitos.
–No creo, pará –Gruyere ahora, y un poco de Camembert, también, todo arriba de una rebanada de pan negro–. Los tipos van a las cárceles y les enseñan a los presos ejercicios para no deprimirse, para estar más tranquilos. Les enseñan a respirar, los ayudan a encontrar su yo interior.
–¡Gaby, me servís más whisky! –Se volvió a sentar–. Acordate de Sai Baba. Todo muy lindo, todos contentos con las cadenitas  que hacía aparecer y el afro perfecto, hasta que empezaron las denuncias. A estos tipos les gusta pajear a chicos chiquitos. Les acarician las bolitas, son unos asquerosos.
Me di cuenta que casi me había limpiado el tubo de vino, el último, yo solito. Era fácil de comprobar, no había nadie más sentado a la mesa. Miré el reloj, dos y cuarenta y siete de la mañana. Y todavía tenía que manejar hasta casa. No iba a dormir un carajo, tres horas, había arreglado para ir a jugar al fútbol con los pibes. Ni siquiera me pasaban la pelota y con razón, apenas podía moverme. Era malísimo.
–Bueno, Hernán –me paré, me desperecé–. Voy a arrancar, se hizo cualquier hora.
–¿Ya te vas? –Gabriela me palmeó la espalda a la pasada, traía otro whisky para Hernán–. Podés quedarte y voy haciendo el desayuno.
Me reí, una mina piola, Gabriela.
–¿Sabés lo que me jode, Juan? –Se paró con dificultad, Hernán. Agarró el vaso de whisky que le pasaba Gabriela y le dio un beso en el pelo. Tomó otro trago–. Me di cuenta que desde hace unos años se vive mal. La gente se puso desconfiada, cínica. Nadie cree más en nada, y eso es muy triste.

24.7.14

Marketinero


No sé si te pusiste a pensar, no sé si lo pensaste alguna vez, no creo. Porque la gente en general no piensa, pensar se dejó de usar, pensar pasó de moda, como los pantalones ‘pata de elefante’. Por otra parte es más que entendible, todos están con mil quilombos, ocupados en mantenerse con vida, corriendo como famélicos galgos detrás de la liebre, la liebre es la guita, sí claro, qué otra cosa. Eso es, justamente, parte de la cuestión, del asunto.
¿Te pusiste a pensar cuántas cosas hacés, por día, que te gusten? Ponele que tenés más de treinta años, o treinta años. Porque si tenés quince años lo único que querés es hacerte la paja, y entonces vas y te hacés la paja y te tranquilizás un poco. Si tenés quince años no cuenta. Y si tenés, no sé, setenta años, bueno. Te duele el alma, pero además te duele todo. Así que procedés a un ejercicio de resignación, una pacífica convivencia con la desgracia. Qué otra te queda.
Cuántas cosas hacés, que te gusten. Te fumaste dos cigarrillos, ahí tenés, diez minutos. Te echaste un polvo más o menos digno, ahí tenés veinte minutos, veinticinco (tampoco te hagás el john Holmes justo ahora). Te comiste un helado o un alfajor, cinco, diez minutos.
No, correr no cuenta. Decís que corrés porque  te gusta, pero es el terror padre que tenés de envejecer, de engordar, de morirte. De las tres cosas juntas. 
Y ver la televisión no cuenta, ver la televisión es el más primitivo intento por dejar de pensar, por dejar de acordarte lo pelotudo que sos aunque sea por un ratito. Pero entonces es peor, porque apagás tus pensamientos, y entran los de otros, los del televisor. Se trata, apenas de una maniobra distractiva, embrutecedora. Aturdirse.
Sí, si querés te tomo pintarte las uñas o cortarte el pelo, mamucha, aunque bien podría ser considerado ‘cuidado personal’, ‘mantenimiento’. Como lavarse los dientes, no mucho más que eso.
Están las vacaciones, también. Son un concentrado. Comés dos helados, fumás cuatro cigarrillos, te echás dos polvos. Sí, sacás fotos, a un pájaro, a una ballena, a la nieve o al mar. Sí, sale el sol. Cuidado con el aguaviva.
Si calculás, un día tiene 1.440 minutos. Ponele entonces que las cosas que te gustan sean, con suerte, el tres por ciento del día. A veces dos, a veces uno. No pasa de ahí, no más de eso. 
Comer y dormir son cosas que hacés, como podés, como te sale. Son cosas que hay que hacer para seguir viviendo. Imperativo-categórico. 
En cualquier caso, entonces, estar feliz puede ser considerado una comisión, una propina, una limosna, un vuelto. Pareciera que la vida poco tiene que ver con estar contento.

18.7.14

A mi manera


Algo que vengo haciendo.
Voy y cojo con ciegas. Con ciegas que no ven, claro, de eso se trata, en eso consiste, básicamente, estar ciego.  O voy y cojo con rengas, con esas mujeres que usan un zapatón al que le han agregado una plataforma de veinte o treinta centímetros de alto para que no se note que les falta un pedazo de pierna, pero igual se nota, no hay manera que no se note.
O voy y me cojo sordomudas, sordomudas que me miran con los ojos a punto de salirse de las órbitas, mientras me las cojo, y lanzan desgarradoras guturalidades que bien podrían ser confundidas con el sonido de mamíferos medianos siendo apuñalados pero no, es su particular manera de expresar satisfacción, alegría.
Cojo con mujeres en sillas de ruedas, no me preguntes cómo. Me las siento encima con sus piernitas como alambres torcidos, o las tiro boca abajo sobre la alfombra, les pongo un almohadón debajo para levantarles un poco la cola, y me las cojo mientras dicen que no pero sí, cuidado con las rodillas, chillando de placer.
Cojo con viejas, también. Voy a los geriátricos y me cojo alguna mujer de ochenta años o más, pienso un poco en otra cosa, toco un hombro o un muslo, me pongo un poco de dentífrico Noc 10 en la japi para que no se me caiga, transpiro, transpiro mucho, por un momento pienso que no voy a poder pero puedo, supero el crítico valle de algún olor a hospital que me genera sutil repugnancia, y sigo cogiendo. Cojo con gordas, muy gordas, mujeres de más de cien kilos que apenas pueden moverse y resoplan, les digo que me tapen la cabeza con sus infinitas tetas, o me tiro encima, me zambullo en la grasa, cumplo mi  faena como un animal famélico y primitivo. Chupo la concha, meto los dedos.
Vos te creés que sos buena persona porque una vez ayudaste a limpiarle el pico a un pingüino empetrolado con quitaesmalte Cutex, o participaste de una marcha contra el trabajo esclavo en Guinea Ecuatorial. Sostuviste un cartel contra los barcos pesqueros japoneses que arponean delfines.
Bueno, yo voy y me cojo lo que nadie se quiere coger, yo también quiero un mundo mejor. Me involucro.

12.7.14

Para que comprendas


Llevaba yendo al psiquiatra más de cinco años, Cecilia. Había empezado cuando cumplió los treinta y tres, se había dado cuenta que en lugar de resucitar, lo único que quería era pegarse un tiro en las tetas.
La vida se había ido volviendo un fastidio. Se levantaba como si hubiera pasado la noche hundida en un agua viscosa y gris. Todo le resultaba monótono, poco entretenido. Vivir era pagar los impuestos y lavarse los dientes, y hacer las compras, y los chequeos médicos, había que ir al ginecólogo aunque casi ni cogiera, y depilarse, y teñirse el pelo para no parecer una vieja. Después, había que trabajar, criar a su hijita a pesar de estar divorciada de Gustavo que había resultado un pelotudo importante, al que sólo le interesaba ir a la cancha a ver a Argentinos Juniors y lavar el auto los domingos. Ese Renault 18 de mierda.
Había empezado con un psicólogo que le recomendó una amiga, después de haber probado con la homeopatía, el reiki, yoga, lo normal. La tristeza generalizada envolviéndolo todo, ningún antídoto.
A los dos años el psicólogo la había derivado a un psiquiatra. Había cosas que tenían una génesis química. Le explicaron de conexiones neuronales, determinadas zonas del cerebro que no encendían de una adecuada manera, la importancia de la sertralina.
Ahí andaba, Cecilia, volviéndose grande, mirando las noticias de la noche, mientras Catalina crecía, mientras la plata no alcanzaba, nunca alcanzaba, sintiendo que todo lo bueno de este mundo la pasaba de costado, sin siquiera rozarla. Como cuando una elegía una caja del supermercado, y esa caja dejaba de avanzar. Algo salía mal y ella estaba ahí, en medio de lo que salía mal, mientras algo, otro algo, parecía estar saliendo bien. Pero no a ella. La vida era una mala película y una ni siquiera podía levantarse de la butaca, no estaba permitido salir del cine.
Se había ido a hacer un chequeo de salud, y el psiquiatra, que había aprovechado para agregar un par de estudios, le había pedido que le llevara los resultados a él también.
–Bueno, esto sí que está mal –dijo el psiquiatra, que se llamaba Jorge–. Vamos a tener que hacer estos estudios de nuevo. Puede que estés muy enferma, Cecilia. Que te queden pocos meses de vida.
Se hizo una pausa. Cecilia sintió como si se cayera, como si se cayera dentro de ella. Todo lo que no había hecho en la vida, todo lo que le había salido mal. Y ahora esto, la enfermedad, la muerte, el sinsentido.
–Bueno, en realidad no –Jorge se rió, una corta carcajada, como el estornudo de un perro–. Era un chiste. Sólo quería demostrarte que no importa lo mal que digas que estás, lo mal que creés que te va. Aún así, Cecilia, no querés que se termine nada. Deberías ponerte contenta, te interesa estar viva.
–¡Pero qué pelotudo! –Se puso de pie, Cecilia, y le dio un cachetazo al psiquiatra, a Jorge, un cachetazo que le hizo volar los lentes sin marco.
Bajó a la calle. Una amiga le había recomendado un gimnasio cerca de su casa donde se podían hacer clases no sólo de gimnasia, también había tae bo, spinning.

6.7.14

La máquina de curar


El método que inventé, basado principalmente en una curiosa mezcla de intuición y genialidad que me desborda y que sucede, en los seres humanos, como mucho dos o tres veces cada quinientos años. En otras especies, en las jirafas o en los hipopótamos, la verdad que no sé.
El método que inventé para curar las adicciones, las adicciones a cualquier cosa, es de una genialidad nunca vista, por eso no se le ocurrió a nadie. Y además es barato.
Primero tenés que definir cuál es la adicción, lo que te gusta y a la vez sabés que hace mal, y por eso, mientras te gusta, te atormenta. Puede ser el alcohol, claro, el cigarrillo, la cocaína. Puede ser el dulce de leche o el helado, pueden ser los medicamentos para dormir o para no sentir dolor, puede ser el sexo o los jueguitos electrónicos. Lo mismo da.
Una vez que identificaste la sustancia, la actividad, tenés que ser honesto, honesto con vos mismo, y determinar la dosis, la frecuencia. Si fumás un atado de cigarrillos por día, o si te masturbás once veces por semana. Es importante, ahí está la clave del método. Sólo tenés que mirar, que mirarte, y reconocer que te comés medio kilo de helado después de la cena, o que te quedás tres horas por día jugando a la Playstation.
Con esos dos datos, sustancia o actividad, y cantidad o frecuencia, ya está. Podemos comenzar el tratamiento.
Acá viene la trampa, la magia. Empezás, durante treinta días, duplicando. 
Duplicás. Si sos un fumador de un atado diario, durante treinta días, vas a fumar dos, dos atados. Si comés medio kilo de helado, te comés un kilo. Si a la tarde te tomabas dos Quilmes de ¾, te tomás cuatro. Creo que se entiende. Durante treinta días, duplicás.
Después, pasados los treinta días, vienen otros treinta días. Ahora vas a cero, nada. Si tomabas whisky no tomás, si cogías con prostitutas no cogés, si fumabas porro, no fumás. Repito, treinta días, nada.
Listo. Eso es todo lo que hay que hacer. Treinta días doble, luego, treinta días nada. Ahí termina el método.
Después podés seguir con tu vida, como quieras. Puede suceder que retomes de inmediato tu contacto con la sustancia, en las cantidades originales. Que retomes la actividad con la frecuencia habitual. Puede que aumentes al doble la cantidad de lo que consumías, o que no vuelvas a consumir eso que te daba placer.
Puede suceder que no entiendas el método, lo que hiciste. Puede que te des cuenta que la vida no tiene mayor sentido, con o sin adicciones. Eso también puede pasar.

30.6.14

Entre los átomos


Tenés que ver un accidente. Lo mejor es que veas un accidente, a veces el  conocimiento es doloroso, por otra parte. Si te lo explican no es lo mismo, si te lo explican no lo vas a entender. Las cosas importantes no se aprenden con explicaciones.
No, está bien, es un buen intento, pero no. La medicina no es lo mismo. Podés presenciar una operación, claro, y ver lo que hay adentro del cuerpo. Pero en ese caso se abre una parte, una zona, algo puntual, con el supuesto afán de reparar. Lo importante, de lo que estamos hablando,  precisa que veas el tema de romper, destrozar, llamalo como quieras. Destruir. 
Lo mejor es que veas un accidente de tránsito, un choque de autos, lo que queda, ponele de un tipo que manejaba su automóvil a 140 km/h y choca o vuelca. O si se cae, alguien, de una terraza o de un séptimo piso, y cae a la calle. Ahí lo vas a entender más que perfectamente.
Está estudiado, por otra parte, disculpame si no lo expreso con absoluta precisión, tampoco es mi especialidad, pero tiene que ver con el espacio existente entre los átomos, entre las moléculas. Está estudiado, entonces, decía, que más del 99% del cuerpo humano, en su interior, es un espacio vacío. No hay nada, la solidez es aparente.
Que el cuerpo no existe, no somos eso, no te busques ahí. Pero sí, tenés un culo espectacular, si no ni te dirigiría la palabra. No te hablaría.

*donde dice ‘un culo espectacular’, puede decir ‘unas tetas bárbaras’. el sentido del texto no sufre mayores modificaciones.

24.6.14

Distinto de las telenovelas


Miriam no estaba mal. Quiero decir, en líneas generales, en los grandes rubros del horóscopo. En la vida.
Había cumplido treinta y ocho años y entonces lo que asomaba en el horizonte eran los cuarenta y eso era bravo, desde ya. A veces se arrepentía de haber estudiado sociología y no psicología, a veces le parecía que podía haber tenido dos hijos en lugar de uno, le molestaba no haber seguido con los cursos de teatro, de fotografía, esas cosas. Pero trabajaba en el departamento de recursos humanos de una empresa petrolera y no le iba mal, estaba casada con Gustavo desde hacía nueve años y se querían, sus padres envejecían con achaques, pero vivían. Tenía su auto, el invierno pasado habían ido a esquiar y Brunito se había divertido como nunca. Venían hablando con Gustavo de irse a vivir a una casa para que Bruno tuviera más espacio, y un perro. Quizás por Acassuso, aunque estaba el tema de la inseguridad. Pero bueno, había proyectos en el horizonte y eso siempre era bueno, ya verían.
Entonces fue a tomar un café como todos los miércoles, con su amiga Karina. Se conocían de toda la vida, con Karina, habían ido de vacaciones juntas durante la adolescencia. Brava, Karina, fumaba porro, se cogía todo lo que se movía, y estaba buena. Bajita, tetona, abogada, había tenido mil novios pero no había podido armar familia.
–Te quiero contar algo –dijo Karina. Merendaban juntas, los miércoles, en un bar de Las Cañitas.
Miriam se preparó para otra de las clásicas aventuras de Karina, algún jugador de fútbol que se la había levantado por la calle, o un abogado conocido que salía por televisión, pero no.
–Me quiso coger Gustavo –Dijo Karina, y prendió un cigarrillo.
–Qué Gustavo –dijo Miriam, y recién se dio cuenta a los treinta segundos, cuando Karina pitaba sin mirarla, sin responder.
–¿Gustavo? –Miriam le sacudió un hombro a Karina, que parecía distraída. 
Al parecer, Karina había pasado a saludar a Miriam el jueves anterior, a eso de las siete de la tarde. Pero Miriam no estaba, porque había cambiado de gimnasio, y había ido a otra clase, la clase que solía hacer los martes. El que estaba, porque había llegado temprano a su casa, era Gustavo.
Le había propuesto echarse un polvo, así de una, Gustavo. Le dijo, Gustavo, a Karina, que le tenía ganas desde siempre. Que tenían una hora para ellos, para coger, en el comedor, porque Miriam era maniática con los olores, si cogían en la cama Miriam se iba a dar cuenta. Le dijo, Gustavo, que podían bajar a la baulera, mejor todavía. Para coger, claro, en la baulera. Como si hubieran bajado a la baulera a buscar cualquier cosa, una valija, y de pronto sucediera, sin pensarlo. Algo rapidito. 
–… –Miriam quiso preguntar algo pero no le salía nada. Permanecía con la boca abierta.
–Me fui –dijo Karina–. Dudé mucho en decirte algo, pero no sé. Me pareció que te lo tenía que contar.
Karina terminó el cigarrillo, le dijo que no quería seguir hablando, y se fue. 
Miriam se quedó pensando. Pensó primero en volver a su casa y someterlo a Gustavo a un interrogatorio. ¿Era posible, Gustavo, que se hubiera intentado coger a su mejor amiga? Después pensó que era Karina la que mentía, lo que quería era destrozar su matrimonio porque sí, porque ella seguía sola, de jodida.
Había que hacer un careo. Sentarlos frente a frente, a ver quién mentía.
Se fue caminando a su casa, Miriam, de la bronca que tenía. A las siete cuadras, más o menos, dijo que no. Gustavo era un buen marido, y Karina su mejor amiga. La posibilidad de perder a cualquiera de los dos se le antojaba infinitamente triste. Mejor no hacer nada, nada de nada, seguir teniendo un marido, y una amiga. Mejor no saber, el tiempo diría.

18.6.14

Solcito de la mañana


Estaba sentado en la cocina. No, no desayunaba, había ya tomado un par de mates. Estaba vestido, traje y corbata. Había empezado el invierno pero no hacía un frío excesivo. Vivíamos en un contrafrente bastante abierto en Villa Urquiza, entraba por la ventana el primer solcito de la mañana. Miré el reloj, colgado sobre los azulejos, 0749.
–Qué –dijo Mariana. Se asomó a la cocina y se quedó junto al marco de la puerta, con un cigarrillo entre los dedos. Acababa de bañarse, estaba envuelta en un toallón de un desteñido verde oscuro. Ahora venía la parte donde se cepillaba el pelo durante unos tres minutos, mientras murmuraba.
No contesté, tampoco la miré. Pensaba en ese rayito de sol, en cómo le solía gustar a mi gata Berta sentarse, sentarse y que le pegara el solcito en la cara.
Tenía que juntar fuerzas, levantarme, arrancar. Ir al centro. Hacía un par de semanas que me dolía la cintura, un pinchazo, como si me atravesaran justo arriba del culo con una aguja de tejer finísima, hirviente. La sensación era como si se me fuera la fuerza de las piernas. Había probado darme calor con una almohadilla eléctrica, y una pomada.
–Qué –repitió Mariana–. Qué pasa.
Levanté la vista, la miré. Ella pitó, soltó el humo como si el espacio mismo estuviera en deuda con ella, como si el aire le debiera algo.
–Me acabo de dar cuenta que no te soporto, ya que me lo preguntás –dije–. Me doy cuenta que me parecés una mujer de lo más básica, poco interesante, aburrida. Ya ni ganas de cogerte, tengo. Pero tampoco es todo con vos. No aguanto mi trabajo, no quiero ir al centro nunca más en mi vida. No quiero viajar en subte, ni escuchar a la gente hablando idioteces por sus teléfonos celulares, ni comer en algún lugarcito de morondanga una desteñida milanesa. No quiero ver boludeces por televisión, no me interesa el fútbol ni los programas de concursos donde los participantes cantan o bailan o compiten a ver quién es capaz de pishar más lejos, de hacer la caca más grande. Quiero ver el mar, quiero caminar por la playa bien temprano y meter las patitas en el agua. Quiero acariciar a un perro, y comer pizza con la mano, y tomar un whisky mirando la noche a través de una ventana. Quiero dormir la siesta, quiero fumar un cigarrillo, quiero que me vuelva a interesar algo, que me vuelvan a crecer las ganas de hacer algo por absurdo que parezca, ganas de cualquier cosa.
–Bueno, bueno –dijo Mariana–. Acordate que esta noche quedamos en ir a comer a lo de mi hermana, quedé que llevábamos una torta, o masas. Después la seguimos, todo lo que dijiste me parece muy interesante, eh. Me parece bárbaro.

12.6.14

Semáforos


Me paré en una esquina, para cruzar. Es lo que se estila. No, prefiero no decirte la esquina, qué importa la esquina. Si te digo la esquina te pueden agarrar ganas de pasar, por esa esquina, a ver si me ves. Y yo no te conozco, claro, pero sé que preferiría no verte. Tengo pocas convicciones, las he ido perdiendo con el tiempo. Pero de eso estoy seguro.
–Señor –me hablan, a mí. Un muchacho de más o menos veinte años, flaco, algo desgarbado, inclinado un poco hacia delante, como si estuviera embolsando el viento. Va de jeans, destrozadas zapatillas de lona, y un buzo con capucha color turquesa. Lleva la capucha puesta, las manos en los bolsillos del buzo, se adivinan los puños apretados.
Lo miro. No respondo, pero lo miro. Podríamos decir que mirarlo es mi respuesta.
–Le quiero comentar algo –dice, tiene buena dicción, se expresa con claridad, mira el piso, como si estuviera nervioso, preocupado.
–Sí –le digo.
–Quería avisarle que está por impactar un asteroide contra la tierra –dice, me mira por un instante, vuelve a bajar la mirada–. Están preparando un arca. Bueno, no un arca, una nave. Para los que se van a salvar, porque el resto del planeta desaparecerá, morirán todos, no hay escapatoria. Van a llevar animales, también, de determinadas especies, para que se reproduzcan y pueda continuar la vida en otro planeta. Plantas, desde ya, claro, árboles. Y algunos humanos, pero muy pocos. Le puedo decir dónde hay que presentar el formulario, la aplicación, para estar entre los elegidos.
–No, gracias –respondo. Está por cambiar el semáforo, debería cambiar el semáforo, pero no cambia.
–Le cuento otra cosita –dice debajo de la capucha, vuelve a meter las manos en los bolsillos. Pareciera, ahora, estar buscando algo. Un caramelo, una llave, un cigarrillo–. Están por probar un arma química. Sí, los yanquis, claro, quiénes van a ser. Tienen un virus nuevo, una cepa, no, qué ántrax, setenta y tres mil veces más potente. Es un polvillo, no tienen más que rociar de noche las góndolas de los supermercados, y después la epidemia se multiplicaría en menos de cuatro días. Es el virus de la depresión. La depresión más absoluta que se pueda imaginar. Deja a la gente tan deprimida, tan triste, que no les quedan fuerzas ni para rascarse el culo. Todo el mundo se quedaría en sus casas, twitteando estupideces. Las calles serán para pocos.  Yo conozco el antídoto al virus, sé cómo hacerlo. Hace falta dulce de membrillo Esnaola, y un blíster de aspirinas. Le puedo ensañar a prepararlo.
–No, flaco, te agradezco. –Nada, el semáforo no cambia, pero tampoco pasan los autos.  
–El semáforo no anda –señala, el semáforo, con el mentón. Percibo que tiene un ligero tic, como un tembleque que le sacude un poco el cuerpo– ¿No me ayuda con algo? Me gustaría desayunar, estoy muerto de hambre.
–Sí, cómo no –le doy veinte pesos, le palmeo un hombro.
Hay gente que para conmoverse necesita lo épico, lo grandilocuente. Si me preguntan a mí, prefiero lo simple.

6.6.14

Formas de pago


Cuando no tenés nada, bueno, cuando no tenés nada no, no hace falta ser tan estricto, pero cuando te falta algo. Sentís, que lo que te falta te hace moco, te condena. El agujero de lo que te falta es lo que te define.
No quiero generalizar pero generalizo, tengo que generalizar. Tampoco puedo ir caso por caso. Ponele los grandes rubros del horóscopo: salud, dinero, amor. Con eso estamos, con eso alcanza.
Algo te falta, tenés una pierna más corta que la otra o estás en cama, enfermo. O no hay manera, sabés que jamás vas a poder juntar la plata para comprar ese Alfa Romeo ‘Mito’ azul tan profundo. O ella te dijo que no, que no quiere salir con vos, ni a la esquina. Sos un buen tipo pero no, no le gustás ni un poquito.
Hasta ahí estamos, te falta, no hay manera de tener lo que querés, de ser lo que te gustaría ser. Te ponés mal.
Pero después vas y mirás. Alguien que tiene el flequillo que jamás tuviste, o las tetas paraditas que quedan tan bien para bajar a la playa en bikini en Punta del Este y sentarte en un parador a comer unos mejillones a la provenzal. O ves a alguien que tiene ese departamento, ese auto, esa casa frente al mar y viaja todos los inviernos a esquiar. O ves a alguien desayunando con la mujer que soñaste, el tipo unta una tostada con mermelada de damasco y mira por la ventana del bar mientras ella chequea algo en su celular, y vos estás afuera, afuera para siempre de este mundo porque es domingo a la mañana y no tenés a quien abrazar. 
Bueno, si ves un poco, te vas a dar cuenta que los que tienen, también tienen otra cosa. Tienen miedo, mucho miedo, de perder lo que tienen. Están aterrados de descubrir una várice en esas fantásticas piernas, o una cana, o que los roben, o que baje el precio de las propiedades en Madagascar.
Tener viene con un miedo incorporado, el miedo a dejar de tener ese atributo, esa cosa, esa capacidad.
Para resumir, entonces. Es como si la vida decidiera si te cobra por adelantado, como las prostitutas, o como los psicólogos. Al final.

30.5.14

Algo cambia


–Juguemos al doctor –dije.
–Bueno, dale.
Sonrió. Se sacó la ropa. Había traído una nueva combinación, bombacha y corpiño de un celeste oscuro, no, un violeta muy clarito, como si al celeste le hubieran echado una gota de violeta. Con un delicado borde de encaje, sensual, sutil.
Puse música, jazz instrumental. Petrucciani, para ser más exacto. ‘Trio in Tokio’. 
–No, no puede haber música –dijo ella.
–En la sala de espera sí –dije yo.
–Pero no adentro del consultorio, no –dijo ella.
Tenía razón. Apagué el radiograbador.
Se sentó muy derecha, con las manos sobre los muslos, sin apoyar la espalda en el respaldo de la silla. Esperando instrucciones.
–Bueno –dije, me puse de pie, me rasqué el mentón–. Debo decirle que el resultado de los estudios no es bueno. Hay que operarla, le diría que debe ser operada lo antes posible. Luego de la ablación, aplicaremos rayos. Eso también genera algunos contratiempos, náuseas, vómitos, un estado de debilidad generalizado. Pérdida del cabello, por supuesto. Manchas en la piel.
–Pero, pero –tuvo un sollozo, un acceso de llanto. Se cubrió la cara con las manos.
–Debe pensar usted en la probabilidad de sobrevida –proseguí–. Yo diría que es de un cincuenta por ciento. A pesar de lo avanzado de la enfermedad, hoy en día la medicina ha progresado mucho.
–No puede ser, no puede ser –se peinaba para atrás el cabello, como si quisiera apretarlo, asegurarse que estuviera pegado a su cráneo–. Por qué a mí, Dios mío. Por qué.
Entonces sí, le dije que debía revisarla un poco. La llevé a la cama y le dije que se acostara, boca arriba. La cogí, le bajé al bombacha y la cogí. Ella no se movía, ella se dejaba hacer.

24.5.14

Eso


Te cuento cómo estoy, te cuento lo que me pasa.
Bueno, no, si querés mejor no, no te cuento nada. Pero ya que estás acá, ya que viniste a visitarme. Ya que fuimos a cenar y me decís que no, que de ninguna manera, que no tenés ganas de coger. Bueno, te cuento algo, tampoco vos tenés un pomo para decir, pero eso desde siempre. No es tu culpa, sos así de boboncha, no pasa nada.
Tengo la angustia de los grandes hombres. Eso es todo, ya está, ya te lo dije. 
Tengo la tristeza, ponele, de Charly García cuando se dio cuenta que se venía grande y que no se le ocurrían más canciones. Tengo el dolor, la preocupación, ponele, de Maradona cuando se dio cuenta que sin importar lo genial que hubiera sido, no le daban las piernas, había llegado la hora de retirarse.
Y así podría seguir, pero tampoco quiero aburrirte. Tengo los nervios destrozados como debía tenerlos no sé, Steve Jobs, antes de sacar el iphone a la venta. Tengo el terror que debió tener Christopher Reeves cuando se cayó del caballo y le dijeron que no se iba a poder mover nunca más, Superman las pelotas. Tengo la abrumadora sensación de responsabilidad de un General que sabe que debe atacar y se perderá la vida de cientos de soldados. Tengo el stress de alguien que sabe que al día siguiente juega la final, el partido para el que se preparó toda la vida.
Pero mi vida en sí, vos me conocés, es de lo más normal. Tengo un departamentito en Almagro, trabajo hace más de diez años en la misma estúpida oficina, viví con Alicia un montón de tiempo, sí, cogíamos, claro que cogíamos, los domingos a la mañana. O los viernes.
Para resumir, mi vida es la de un pelotudo de lo más tradicional, monótona, sin el más mínimo sentido, cero creatividad, aburrimiento total. Pero tengo todo lo malo, las secuelas que sólo pueden tener quienes están en las alturas de la creación, en la alta competencia, o quienes conducen los destinos de miles de personas.
Sufro como sólo sufren los sabios, los genios, los grandes hombres, cuando en realidad debiera tener la tranquilidad de quien sabe que no ha hecho con su vida nada de nada. Tomo mate cocido, espero que Argentinos Juniors salga campeón, veraneo una quincena en Necochea.
Extraña patología la mía. Sí, ya sé, qué boludo.

18.5.14

Otros rumbos


Me pasó algo raro. Conocí una chica. No, eso no es lo raro, pará, sigo. Conocí una chica, Adriana. El asunto es que me quedé sin laburo, me rajaron a la mierda del banco. Y ando corto de guita, claro. Voy pagando el alquiler, me como los pocos manguitos que junté. Tampoco es que tenga grandes gastos, a mí, francamente, las pocas cosas que me interesan son chupar y coger. Sí, leer, leer también, y escribir, pero poquito, los libros te los tiran por la cabeza, ya nadie lee, los pibes quieren jugar a la playstation, y darle al twitter como desesperados. Vas a una librería de la calle Corrientes y te comprás los libros que quieras por dos mangos. Escribir es más barato todavía, una birome, y un cuaderno. Escribir no sirve para nada por lo general, pero es uno de las actividades más baratas del mundo, eso hay que reconocerlo. Si quisiera tocar el saxofón o andar en bicicleta, ahí sí que estaría jodido. 
Buena piba, Adriana, para nada exuberante, con sentido del humor. Clasicona, sabe hacer milanesas con puré, coge con interés, no hace falta más nada. 
El asunto es que me quedé sin guita y decidí volver a vivir a lo de mi vieja, para ahorrarme el alquiler. Hasta que consiga algún laburito como la gente. 
Pero entonces, ¿cómo hago con Adriana? Para coger, digo. Porque la mina se banca que un hombre la lleve a comer a una parrillita de mala muerte, pero ir a coger a un telo de San Cristóbal, donde ves saltar las pulgas en el acolchado, eso no. Eso le quita las ganas a cualquiera.
Adriana es enfermera. No sé si es enfermera, quiero decir, toda la carrera, o hizo un curso. Trabaja por encargo, cuida ancianos a domicilio, gente que no se puede mover o que tuvo un ataque o un accidente, gente que está al borde de la muerte o muy enferma.
Le sirve, a Adriana, le pagan bien. Me dijo que estaba cuidando a un viejo, pobrecito, el hombre estaba cuadripléjico, en silla de ruedas. Ni hablar podía. Estaba, el viejo, en un departamento por Núñez, la familia del tipo se iba todo el fin de semana, al country. Quedaba sola, Adriana, desde el viernes a la tarde hasta el domingo a la noche, con el pobre viejo.
Le tenía que dar de comer, Adriana, dos veces por día. Y bañarlo, una vez por día, nada más. El resto del día el viejo dormía, o Adriana lo sentaba cerca de una ventana, para que mirara un poco. Y la televisión, claro.
–Venite –me dijo Adriana–. El viernes, después de las nueve de la noche. Cenamos algo, estamos un rato juntos.
–¿Te parece? –Me dio la impresión que no correspondía ir a la casa de otra persona, sin que los dueños supieran.
–Sí, tonto –dijo Adriana–. Estoy sola, el pobre viejo no puede ni hablar, no pasa nada.
Fui. Adriana hizo ravioles, tomamos vino.  Un departamento de puta madre. Ya le había dado de comer al viejo cuando yo llegué, y lo tenía sentado en el living, en la silla de ruedas, frente al televisor con el volumen bastante alto.
–Este es un amigo que vino a visitarme, don Emilio –dijo Adriana, cuando llegué. El viejo ni me miró. Parecía concentrado, y casi dormido a la vez. Las piernas cubiertas por una colorida frazada.
La hago corta. Nos pusimos a ver la televisión, en el sillón, y empezamos a besarnos. De ahí a coger hubo medio paso.
–Pará –dije, mientras Adriana ya estaba en bombacha y corpiño– ¿Y éste? –señalé al viejo.
–No pasa nada –se rió, Adriana, y subió más el volumen del televisor.
Genial. Absolutamente genial. La mejor experiencia sexual de mi vida. Adriana, en medio de la faena, se paró, y movió la silla de ruedas, puso al viejo apuntando hacia nosotros. Me calenté como nunca. El viejo nos miraba coger, con una mezcla de estupefacción e interés. Me pareció que le caía un poco de baba.
El mejor sexo de mi vida, como te dije. Adriana no paraba de acabar. Acababa y se reía, ‘mirá cómo estoy dejando el parquet’, decía, y volvía a acabar. Me eché tres polvos, no cogía así desde la adolescencia. Una cosa de locos.
Lo que te quería contar es que a partir de eso empezamos a coger en geriátricos, en las salas de terapia intensiva de los hospitales, en cumpleaños de setenta y cinco. Cogemos delante de viejos que nos miran. Por lo general nos contratan de los geriátricos, como te dije. Hemos cogido también, a pedido, en salas de velatorio, al lado del cajón del muerto.
Somos una especie de espectáculo. Dicen que para los viejos es terapéutico, ver coger. Mejor que cantar en un coro, o jugar a las cartas. Tuve que contratar un par de parejas más, porque no damos abasto con las fechas. Estoy ahorrando dinero, cojo como nunca en la vida.

12.5.14

Todo empezó a andar mal


Sin entrar en la multiplicidad de detalles que componen una vida, a Carlos le iba bien. Casado, dos hijos, el mayor ya adolescente, y Tatiana, una nenita dulce, el sol de su vida. Tenía un negocio de venta de artículos de limpieza, veraneaba la primer quincena de Enero en una regia casa en Pinamar, cambiaba el auto cada tres años.
​Jugaba al fútbol una vez por semana, los miércoles, con sus amigos de toda la vida. Había tenido una amante, una chica que trabajaba en el negocio y lo encandiló con su juventud, pero nada serio. Tenía cuarenta y tres años, había querido estar con una mujer más joven, cosas que pasan. No cambiaba a Paulita por nada del mundo.
​Y así seguía la vida, desenrollando su carretel. Hacía cuatro años que había muerto su padre, del corazón. Había comprado una casa de fin de semana, Tatiana le había pedido un perro para su cumpleaños de nueve años. Un Schnauzer miniatura medio cascarrabias que se llamaba Felipe. Paulita seguía con sus cursos, de teatro, de fotografía.
​Pero. Con la displicencia que suelen tener las cosas importantes, todo empezó a andar mal. Carlos trataba de encontrar el momento exacto, en qué curva de la vida se había comenzado a ir todo a la mierda. Se quedaba perplejo, a las tres de la mañana, tomando un té en calzoncillos bajo los fluorescentes tubos de la cocina. Se había vuelto imposible, para él, dormir. Así que se levantaba de la cama, no insistía.
​Su hijo, tuvo un golpe en un partido de fútbol. A la noche levantó fiebre, y perdió el conocimiento. El golpe había sido en la cabeza, y existía la posibilidad que se hubiera formado un coágulo. Permanecía internado, Facundo, en el hospital, mientras los médicos dudaban acerca de la conveniencia de operarlo. Los riesgos eran elevados, de dejarlo como estaba. Y los riesgos eran todavía más altos, de una cirugía.
​En alguna de las guardias esperando el parte médico, Paulita le contó que sabía que él le había sido infiel. Había visto un mensaje en su celular, y pensaba en divorciarse ni bien Facundo saliera del hospital.
​Tatiana empezó a tener ataques de pánico, no podía ir al colegio, ni pisar la calle. Temblaba, lloraba, hubo que medicarla. Tenía los nervios como un paquete de fideos partido al medio.
​En el negocio algo se complicó. Se incendió el depósito, perdió una fortuna en mercaderías.
​Un domingo a la mañana, sacó a pasear a Felipe y se le soltó la correa mientras intentaba encender un cigarrillo. Felipe cruzó la avenida y los automóviles se ocuparon de él. Pensó en comprar otro igual, sin decirle a Tatiana. Pero no era posible, volvió a  su casa con la correa en la mano, se sentó a escuchar los alaridos de la niña. Dolor en estado puro, carne viva.
​Desolado, con Facundo todavía internado, con Tatiana cada vez peor, con Paulita que se negaba a dirigirle la palabra, en la ruina. Entró un día, mientras caminaba sin sentido, a una iglesia. Entró sin saber por qué, a llorar, a buscar quizás algo de consuelo.
Lunes por la mañana, muy temprano. Agosto, hacía frío.
​–¿Por qué, Dios? –murmuró Carlos, moqueando, con los ojos enrojecidos– ¿Por qué me sale todo mal? ¿Qué es este ensañamiento, este castigo?
​No había nadie, el recinto estaba húmedo y desolado y frío. Sólo una mujer muy mayor, acomodando unos ramitos de flores cerca del púlpito, bajo la imagen de un Cristo que lloraba con los brazos en cruz.
​–Bueno –oyó como si le hablaran al oído, se sobresaltó. Era un susurro que descendía sobre él, no entendía–. Durante cuarenta años te fue más o menos bien, y jamás se te ocurrió preguntarte si era suerte, si te lo merecías. Ahora dos o tres manos que no te tocan las cartas que vos querés, y decís que la vida no tiene sentido. No sé, no me parece.

6.5.14

Hablan las flores


El experimento es relativamente simple, no hay complejidad excesiva para su ejecución. Eso es importante, porque si lo que se pretende demostrar se encuentra en inalcanzables alturas del conocimiento, o si se requiriera, para la demostración, de un herramental inaccesible por su costo, complejas maquinarias, bueno, eso dificulta todo. El conocimiento debe ser tan contundente como abordable.
Comprás cuatro flores. Pueden ser cuatro rosas, o margaritas, no sé, vas a la florería y comprás cuatro flores, no importa qué flores, pero cuatro flores iguales.
Ahora bien. Pedís que te corten los tallos, más o menos, para que queden de quince centímetros, o te vas a tu casa, con las flores, y los cortás vos, sobre la mesada, con un cuchillo. Los podés cortar con una tijera, también.
A la noche. El experimento es a la noche. Necesitás cuatro vasos. En uno ponés agua, agua de la canilla, en otro ponés agua, agua que ahora está al natural, pero que previamente fue calentada, como si te hubieras ido a preparar un té o una sopa, algo en el microondas. En el tercer vaso ponés, también hasta más de la mitad, una gaseosa, ponés coca cola. En el cuarto vaso ponés whisky.
Ponés una flor en cada vaso. Listo, eso es todo. Te vas a dormir, es de noche.
Al día siguiente, cuando te despertás, vas y te fijás lo que aconteció con las flores.
Vas a ver las diferencias, qué le ocurrió a cada flor. Eso te va a permitir comprender tantísimas cosas sobre la modernidad, sobre el progreso, sobre el bien y el mal, cuál es la opinión de la naturaleza sobre lo que ha estado sucediendo todo este tiempo. 
Además, si compraste el whisky para llevar adelante el experimento, te queda prácticamente la botella entera. Tenés algo para hacer el resto de la semana, quiero decir, hasta que te anotes otra vez en un megatlón o decidas hacer un curso de fotografía. Seguro se te va  a ocurrir algo.

30.4.14

No sé qué decirte


–Juan.
–Sí.
–¿Te puedo preguntar algo? –ella se incorporó en la cama, acabábamos de coger, se había hecho la correspondiente pausa–. Te quiero preguntar algo.
–Sí –giré la cabeza para el otro lado y manoteé el piso, buscando el vaso de whisky.
Lo encontré, lo levanté, lo miré. Estaba vacío.
–¿Vos me querés? –Ella encendió un cigarrillo. Le gustaba fumar después de coger. Le gustaba fumar después de bañarse, también.
–Eehh –dije. 
–Es que se nota mucho –dijo ella–. Antes de coger, no te interesa mucho nada de lo que digo. Estás apurado. Querés que termine, la cena, la charla, lo que sea. Querés ir a coger.
No dije nada. Pensé en el whisky, en la botella de whisky. Debió quedar en la cocina, en el comedor. Sentí la ausencia, la ausencia de whisky, de la botella de whisky, y la extrañé. La extrañé como se extraña a una mascota de la infancia, como se extraña un atardecer en la playa con amigos, cuando sos adolescente, cuando cae el sol.
–Y después de coger, bueno, ahí menos. Ahí sí que no te interesa nada de nada –prosiguió, ella–. De lo que me pasa. De mi vida.
No sabía qué decir. No prometo nada, hace tiempo que dejé de mentir, de prometer. Vivir es distraerse, dijo Bioy. Nos veíamos los viernes, o los martes. Íbamos a cenar, hablábamos un poco. Después, íbamos a coger.
–No sé qué decirte –dije–. No sé qué querés que te diga.
–¡Que te interesa algo! –levantó la voz, pitó con fuerza. Pero no era el inicio de una tempestad, sólo énfasis. Una reacción–. Que te interesa saber cómo estoy, qué me pasa. Que no sé qué hacer con mi vida. Si tengo planes, si quiero cambiar de trabajo, o volverme a vivir a Pehuajó.
–Bueno, cómo estás –dije. 
–No, Juan, así no –apagó el cigarrillo, se puso de pie y comenzó a vestirse. Estábamos en mi casa–. Así parece una joda. No es real. Te da lo mismo. ¡Te da todo lo mismo! Lo que querés es ponerla y nada más.
Era verdad. Coger era una de las pocas cosas que todavía me interesaban. Que me hacían bien. También me interesaba comer dos o tres galletitas con dulce de membrillo, a la mañana. En una época me había interesado leer.
–Esperá que te bajo a abrir –dije. 
–¿Ves? –se apartó el pelo de la cara– ¿Ves? Te da lo mismo, te da lo mismo si me quedo, si me voy. Sos un asco, Juan. Sos un asco de persona, no sé qué carajo hago con un tipo como vos.
–Esperás –le dije–. Más o menos como todo el mundo. Hacés un poco de tiempo. Esperás hasta que te pase algo mejor.

24.4.14

Ahora


Ahora te dicen que no comas carne. Que te hagas vegetariano, o mejor aún, vegano. Crudívoro, si podés. Porque si comés carne, si te comés un churrasco o una milanesa, se te pega la angustia del animal cuando lo mataron, el susto de la vaca por no poder despedirse de su familia, la frustración del chancho de no haber podido llevar  sus hijos a Disney, la tristeza del pollo por no poder seguir vivo y competir en el Tour de France para pollos, se te pega todo lo malo.
Ahora te explican en cualquier programa de televisión que si le ponés un sobrecito de azúcar al café con leche sos Mengele, el azúcar es Satán, Belcebú, Lucifer. El azúcar es el demonio.
Ahora te hacen entender que ni se te ocurra ponerle sal al agua donde vas a hacerte los fideos Don Vicente. Si precisás condimentar la ensalada, la lechuga, los tomates, si te gusta la sal, tendrías que usar sal dietética, sal light, sal desalificada, desalada, desalinizada, sal sin sal es mejor todavía. Si ves un salero, cruzá de vereda. La sal te hace reventar el corazón como si le dieras una patada a un sapo contra un zócalo. La sal es la muerte misma.
Ahora te recuerdan que los hidratos de carbono son la peste. Olvidate de comer una medialuna a la mañana, no entres nunca más a una pizzería en tu vida, no, descendiente de italianos las pelotas, no insistas. Y nada de gaseosas, que se te pudre el alma, probá dejar un clavo oxidado en un vaso lleno de Coca Cola durante una noche, y a la mañana siguiente fijate qué pasa. Y nunca más alcohol. El alcohol fija las grasas, pule las neuronas, empasta la poronga. Podés tomar un vaso de vino en tu cumpleaños de cuarenta, dos vasos de vino en tu cumpleaños de ochenta, tres vasos de vino en tu cumpleaños de ciento veinte, y así.
Está todo muy claro, antes nadie sabía todo lo que hacía mal. ¿El cigarrillo? ¡Ja! Un cigarrillo y tu vida vale menos que la de una araña. Ahora la información circula, podés buscar los efectos de unas papas a la provenzal por internet. Se avanzó mucho, está todo investigado.
Lo que no se sabe es cómo hacer para que la gente esté contenta. Para que la gente vuelva a tener ganas de coger, de caminar bajo la lluvia, o de reírse. Para eso todavía no encontraron nada.

18.4.14

Doppelgänger


Para cortar la ciudad en veinte minutos, tenés que tomar el subte. Es el infierno, es Saigón, es el horror de estar vivo, es todo lo malo que te puede pasar y mucho más. Pero es menos de media hora.
Salí del centro, tenía que ver a alguien, tomar un café con alguien, en un bar de Cabildo y Aguilar.
No, no importa el alguien, ni tampoco importa, mucho menos, el por  qué. Lo que te puedo decir es que tenía que tomar un café con esa persona, para hablar de algo.
Así que me metí en el subte D, en Diagonal y Florida. Hasta ahí todo bien, hasta ahí estamos. Debían ser las cuatro de la tarde como mucho, así que tampoco era el horario de salida del malón de pelotudos que, a falta de ingenio y/o atrevimiento, bueno, trabajan. Había gente, claro que había gente, desde hace algunos años hay gente en todas partes. Pero todavía no estaban demasiado apilados, eso es lo que quise decir.
Voy parado, por supuesto, agarrado para no caerme. Y suelo cerrar los ojos. Por el intervalo de tiempo que dura recorrer dos o tres estaciones. Aplico todos mis conocimientos de meditación, y pienso. Quiero decir, no pienso. Intento no pensar, aunque intentar tampoco sea el verbo adecuado. Ser, estar, sin pensamientos, apenas eso. Puede que me ilumine, que me convierta en un verdadero Buda y me dedique a recorrer el mundo hablando un poco y sonriendo. O puede que se me pase un poco más rápido el viaje. Me sirven las dos.
Acá viene el asunto, el tema.
Repito la operación, la operación de ignorar mi absoluto fastidio, y mantener mis ojos cerrados por un par de estaciones, y no pensar, pensar lo menos posible.
Y abrí los ojos. Para ver dónde estaba, para ver si estaba vivo, para chequear que no me estén cogiendo o afanando o las dos cosas al mismo tiempo.
Abrí los ojos, entonces, te decía.
Estoy en el subterráneo, eso ya lo dije. El subterráneo está detenido, porque ha llegado a una estación. La estación es Agüero. Alto, eso no es todo. También se ha detenido, del otro lado, otro subterráneo, el que va en dirección contraria, hacia Catedral. Los subterráneos van en ambas direcciones, y por leyes de la física, se cruzan en sus trayectos. A veces, en movimiento, o como en este caso por unos instantes, detenidos. El punto es que abro los ojos, y estoy yo. No, yo soy yo, yo sé que soy yo, pero estoy yo también, en el otro subte. Del otro lado.
Parpadeo. Me miro a mí mismo, y ya estoy por comprender que es un reflejo de los vidrios de las ventanillas, me estoy viendo reflejado, a mí mismo. Miro la imagen, como si de un espejo se tratara, la imagen también me mira.
Pero. Ya están por arrancar, uno de los subterráneos o los dos, con milimétricos segundos de diferencia. Se escuchan las bocinas del cerrado de puertas, alguien que habla por teléfono (siempre hay alguien que habla por teléfono, alguien que está muerto y habla por teléfono porque todavía no se dio cuenta, porque aún no lo sabe), esas cosas.
Pero, dije. Del otro lado. Alguien se mueve, alguien se ha levantado. Y mi imagen, sin dejar de observarme, descubre el lugar libre, retrocede un par de pasos, y se sienta.
Arrancan los subterráneos. No puede ser, no puede suceder, que mi imagen se siente, porque yo sé, estoy seguro, que permanezco de pie. Yo sigo parado.
Los subterráneos se mueven. Mi imagen, que se ha sentado, que continúa mirándome, levanta una mano y hace, con dos dedos, una V. Sonríe, apenas.
En Plaza Italia casi se pelean dos tipos, Uno dijo que lo habían empujado, el otro que habían intentado robarlo. El resto del viaje no tuvo mayores complicaciones.

12.4.14

Éramos jóvenes, era verano


Estoy en un bar, desayunando. Tuve que ir a dar sangre para el papá de un amigo. La verdad que no me divierte ni me interesa, dar sangre. Pero la gente que conocés se divide en dos grandes grupos: los que te van a pedir sangre, y los que te van a pedir plata. Así que si me piden sangre, bueno, doy.
Fui muy temprano, di sangre. Me quisieron pesar, antes de dar sangre, tomarme la presión, verme los hematocritos, evaluar mi estado de salud. Flaco, yo vengo y te doy sangre. Si no te gusta cómo está, la sangre, no sé, usala para hacerte buches, o como lustramuebles. Pero no me jodas.
Di sangre, finalmente. Medio litro. Y me fui a desayunar, a mirar por la ventana de un bar. A seguir con mi vida.
Estoy por Boedo, todavía no son las ocho de la mañana. El café con leche está bien caliente y espumoso, las medialunas brillan como pequeños soles. El mundo se ordena.
Entra un muchacho, al bar. Tiene el cabello todavía húmedo. Está muy abrigado, con esas camperas de jean que adentro tienen corderito. Usa una bufanda a cuadros, también, roja y verde. Hace frío.
–Hola –dice el muchacho, y permanece de pie, junto a mi mesa.
–Hola –digo. Espero que apoye sobre la mesa cualquier cosa que sea lo que vende para decirle que no, que no compro. Que se vaya.
–¿Me puedo sentar? –Dice el muchacho. Pareciera que está nervioso, titubea.
Lo miro. Hago silencio. En tantísimas cuestiones, el silencio es la mejor respuesta. Haberlo sabido antes.
–Le quiero decir algo –corre una silla, con lentitud, se sienta sin tocar, con la espalda, el respaldo de la silla–. Soy tu hijo.
–¿Eh? –suelto la taza de café con leche, suelto la birome, suelto un soplido, lo que equivale a decir que suelto el aire.
–Soy tu hijo, Juan –tiene los puños apretados sobre la mesa–. Mi mamá es Silvana, la conociste en Villa Gesell, trabajaba de moza. Ella no me quería decir tu nombre, pero yo insistí. Me contó cómo se conocieron. Vos trabajabas en un boliche, ese verano. Mamá, Silvana, estuvo casada con otro tipo, después. Pero se separó, vivimos en San Bernardo.
–No –dije–. No puede ser.
El chico debe tener quince años, quizás dieciséis. Y se parece, un poco, a mí. Es alto, los desordenados rulos, narigón. No sé, cómo era yo de jovencito. Silvana, Silvana, ¿una moza de Miró? ¿De Dogo’s? ¿Cogía yo en Villa Gesell? ¿Con quién cogía? Andaba drogado todo el tiempo, fue hace tanto.
–Sí, sos mi papá –prosigue, el muchacho–. No te asustes, no quiero nada. No vine a pedirte nada, no te voy a hacer ningún reclamo. Sólo quería conocerte, verte la cara.
–Mirá –digo–. Si sos mi hijo, jamás me enteré. Silvana no me buscó ni me dijo nada. Ni siquiera sé quién es Silvana, no consigo recordarla.
–Entiendo –dijo el pibe–. Pero ella sí se acuerda de vos. Me dio tus datos. Dice que hacías surf, y que tenías un fantástico sentido del humor. Dijo que la hacías reír, eras un capo.
–No sé –digo, tomo un sorbo de café con leche–. No me acuerdo.
–¿Qué hacés? –mira el cuaderno abierto sobre la mesa, garrapateado con mi letra de loco– ¿Puedo mirar?
–Sí, claro.
Lee, el pibe, durante cinco minutos. Lee lo que escribo, historias donde todo me sale mal, donde el mundo entero es una mierda, donde los perros son atropellados con metálica indiferencia, y llueve todo el tiempo, y la vida es como mirar a través de un televisor en blanco y negro con el volumen bajito. No hay esperanza, para taparnos de la desesperación, sólo tenemos la frazadita del fracaso.
–No entiendo –dice, levanta la cabeza, me mira–. Para vos todo está mal. Yo no soy como vos, si no algo de lo que escribís resonaría en mí. No podés ser mi papá.
–Y no –sonrío, es una estúpida sonrisa–. Quizás te equivocaste, o te dieron mal el apellido. Quizás tu mamá estuvo, bueno, con más gente. Quiero decir, no la juzgo, pero éramos jóvenes, era verano.
–Puede ser que tengas razón –suelta mi cuaderno, con algo de desprecio, algo bastante parecido al asco–. Chau.
–Chau, pibe. Que tengas suerte.
Se va, con la bufanda en la mano.
Siempre tuve la sensación que la literatura no había hecho nada por mí, tantos años escribiendo para nada, ni libros ni premios. Ha sido, la literatura, una fastidiada puta a la que me he cogido mal. Ningún resultado.
Hasta esta mañana, claro.

6.4.14

Shuruk Impele


Fueron todos a ver al brujo de la tribu. La preocupación se mezclaba con las rústicas pintadas en los atribulados rostros. Cortaba el aire el precario lenguaje construido a base de siseos, de guturalidades.
–¡Shuruk! ¡Shuruk Impele! –corearon el nombre del reverenciado místico, el temido guía. 
Al rato apareció. Se escuchó una tos y un arrastrar de pies, salió de su cueva.
Descalzo, huesudo, unos pocos pelos, blancos, a los lados de la cabeza, como si fueran pequeñas alitas. Usaba un taparrabos de piel de antílope. Se apoyaba en su bastón, que no era otra cosa que una rama del cedro sagrado situado a escasos metros de su cueva. Tenía una leve renguera, y su mirada era acuosa, casi transparente, lo cual, sumado al particular movimiento que hacía con la cabeza hacia delante, como si fuera un perro y estuviera olisqueando el aire, daba la sensación que el hombre de algún modo te percibía pero no te veía, que quizás hacía mucho tiempo que se había ido quedando ciego.
–Qué –dijo. La multitud se postró, cayeron de rodillas, las frentes rozaron la tierra en señal de sumisión y reverencia.
–Oh, sabio maestro –dijo uno, apoyando las palmas de las manos una sobre otra contra su pecho, a la altura del corazón–. Llegan las tormentas. Venimos a preguntarte si debemos escapar de la orilla del río, si debemos marchar noche y día sin descanso en busca de cobijo. Pero entonces perderíamos los granos almacenados y nuestras chozas, estaríamos a merced de los leones y las víboras. No sabemos qué hacer, no tenemos consuelo.
–Debo consultar a los dioses –dijo Shuruk Impele, tocó con dos dedos el colmillo de cocodrilo que colgaba de su cuello–. Tráiganme un cochinillo asado de menos de seis meses, y una fuente de papas, batatas, cebollas, calabazas, morrones. Y unas tinajas de vino. ¡No pueden venir a pedir el favor de los dioses sin hacer una ofrenda! ¡Cómo se atreven!
Se fueron. Por la tarde, dos jóvenes guerreros dejaron lo solicitado, en la entrada de la cueva. Shuruk Impele les gritó, desde adentro, que volvieran dentro de tres lunas.
Volvieron, aterrados. Relámpagos cruzaban el cielo como incandescentes flechas. Habían oído, por las noches, el bramido de los animales indicando el peligro. Una araña peluda había picado en un brazo al pequeño hijo de Samamet, y la mujer estaba desolada. Habían envuelto el bracito del niño en hojas de plátano untadas con miel, pero la cosa no mejoraba. Era una señal, un designio.
–¡Shuruk! ¡Shuruk Impele! –Gritó uno de los guerreros de la primera fila– ¡Queremos saber qué hacer! ¡Se avecinan las tormentas! ¿Debemos marchar, o nos protegerán los dioses?
Salió, Shuruk, legañoso, mal dormido. Llevaba el rostro manchado con lo que parecía ser sangre, pero también podía ser una suerte de tuco. Tenía el vientre desproporcionadamente hinchado en relación al resto del cuerpo.
–Qué carajo pasa –dijo el brujo–. Estaba durmiendo.
–Oh, amado maestro, las tormentas. ¿Subirán los ríos? ¿Debemos irnos para salvar la vida de nuestras familias, dejando atrás todo lo que hemos construido?
–Mmm, ajá –regurgitó, Shuruk, lanzó una furibunda escupida que permaneció como un animal verdoso y primitivo, latiendo sobre la tierra–. Los dioses aún no han respondido. Tráiganme dos vírgenes, de menos de quince años. Con las tetitas pequeñas y los pezones puntiagudos. Báñenlas con aceite de sándalo y perfume de lavanda. Lávenles bien el cabello, usen hojas de menta, también un poco de ortiga. Y traigan grasa de joroba de cebú en un cuenco. Es importante.
Las dos pequeñas fueron llevadas, contra su voluntad, de más está decirlo, las dejaron atadas junto a la entrada de la cueva. Esa misma noche.
–Pueden volver, mañana después del mediodía –dijo Shuruk a los emisarios.
Pero al día siguiente llovió. Se desató una tormenta como nunca antes. Cayeron los árboles y crecieron los ríos. Se perdió la cosecha, se ahogaron varios niños. No quedó nada en pie. Durante cinco días y cinco noches la tierra fue arrasada. Vino la peste y la enfermedad, el hambre, el frío.
Cuando el diluvio cesó, los pocos que se habían salvado fueron a ver al brujo. Habían perdido todo, sus bienes, sus familias.
–Maestro, maestro –hablaba uno de los sobrevivientes, de rodillas. Tenía llagas en el cuerpo, sarna, botulismo–. La tormenta nos azotó, destrozó todo lo que poseíamos. ¿Por qué no nos advertiste? ¿Acaso no sabías?
–Bueno –dijo Shuruk Impele, se rascó un poco la panza con el revés de un pulgar. Después juntó los dedos de una mano y los acercó a su nariz, oliéndolos. Parecía recordar alguna cuestión, se reflejó en sus facciones concentración y deleite–. Si se fijan bien mi cueva está en la parte más alta del terreno. Estuve comiendo como un desaforado, me cogí un par de pendejas. Quiero decir, es algo que ha venido sucediendo desde tiempos remotos, y que sucederá siempre. Tampoco se pueden salvar todos.