El asunto fue que el perro de mi amigo, de mi amigo Martín,
enfermó. Martín es mi amigo desde la adolescencia, lo que equivale a decir
desde siempre. Y tiene a ese perro desde que lo conozco, o sea desde toda la
vida.
Urko, se llama el perro, aunque Martín nunca explicó por
qué. Debe ser porque es atorrante, o con carucha de matón supongo, pero no lo
sé.
Lo que sí te puedo contar es que Urko es un perro de esos
perros que no llaman demasiado la atención. Un perro atorrante como ya dije,
mediano, mezcla de cualquier cosa, bigotudo. Es el perro más inteligente que vi
en mi vida. Sólo le falta hablar, como se suele decir. Te mira, entiende, se
sentaba al lado de Martín a ver la televisión, o lo miraba, se lo quedaba
mirando para que Martín le diera algo, un poco, el último pedazo del cucurucho
con helado de dulce de leche. Sin ladrar, sin saltar ni romper las pelotas, lo
miraba a Martín como diciendo ‘dale, loco, yo también quiero un poco de
helado’.
Dormía junto a la cama de Martín, en el piso, lo esperaba
que Martín volviera del colegio primero, de la facultad después, para ir a dar
una vuelta al parque. Martín se sentaba en el parque, a fumar, mientras Urko
iba y cagaba o se peleaba o boludeaba un poco con una perra, se la encaraba, la
invitaba a salir.
Debía tener unos doce años, Urko. Y se enfermó. Se había
venido viejo, se movía menos, pero cuando Martín vio que el perro dejaba
comida, que ni siquiera mostraba demasiado interés por el helado, bueno, estaba
todo dicho.
La veterinaria dijo que el perro tenía un cáncer fulminante.
Le hicieron un par de estudios que confirmaron el diagnóstico. Le dieron
medicamentos para que no sufriera, pero la veterinaria le dijo a Martín que lo
mejor iba a ser dormirlo. Así se lo dijo, y Martín se largó a llorar como un
chico.
Sigo. Martín me pidió un favor. Me dijo que tenía que llevar
a Urko a la veterinaria, el lunes a la mañana. Para que lo durmieran.
Me dijo, Martín, que él no iba a poder hacerlo,
sencillamente no era capaz. Además, Urko me conocía, yo a veces lo sacaba a
pasear, habíamos hasta ido de vacaciones juntos con Martín y el perro. Urko no
iba a sospechar nada. Iba a venir, conmigo, sin problemas.
Acepté. Pasé a buscar a Urko el lunes por la mañana, me lo
bajó la hermana de Martín, Lucila. Me dijo que Martín, después de despedirse de
Urko como si tal cosa, se había ido el domingo a Pinamar, para ni siquiera
estar cerca. Me dijo, Lucila, que Martín estaba destruido.
Urko me movió la cola, como siempre. Caminaba un poco más
lento, y con la cabeza abajo, como si estuviera concentrado. La veterinaria
quedaba a unas siete cuadras de la casa de Martín.
Llegué. Me atendió una piba macanuda que estaba al tanto de
todo. Me hizo pasar a un consultorio donde las paredes eran de azulejos verde
agua, tipo quirófano. Había una camilla, también, y ese olor que hay en los
hospitales. Ese olor a limpio y a miedo y a muerte. Ese olor tan terrible.
La cosa se puso mal de entrada. Cuando la chica quiso alzar
a Urko, el perro la mordió de una. Se sacudió, Urko, con los ojos a punto de
salirse de las órbitas. Ladraba, mostraba los dientes, puro miedo. Sabía que
algo estaba mal, se refugió bajo mis piernas. Temblaba.
–Dejame a mí –le dije a la chica–. Decime dónde va la
inyección. O guiame vos, con la mano. Cuando yo te diga.
Le dije a la chica que retrocediera, que se quedara afuera
del consultorio, la puerta apenas abierta.
–Venga para acá, Urko querido –dije, y lo alcé. Temblaba un
poco, pero ya estaba más tranquilo, me lamió la mano–. Ahora te voy a acostar
en la camilla.
Lo paré, en la camilla, le rasqué arriba de los ojos, la
frente. Le apreté el cuello con una mano y tiré apenas hacia arriba, como si
fuera el mordisco de una madre a su cachorro. Lo puse de costado, lo obligué a
acostarse. Respiraba con dificultad, muerto de miedo.
–Urko, no pasa nada, papá –lo acaricié, tenía el vientre
hinchado, unas feas protuberancias, le hice un guiño a la doctora–. Ahora te
van a sacar sangre, apenitas. Y nos vamos, Urko, es un pinchazo y ya nos vamos
a buscar a Martín.
Le tapé los ojos con una mano. La doctora entró, y lo pinchó
en una pata. En el momento del pinchazo, Urko gimió. Movió la cabeza, y me
mordió la mano. Yo dejé la mano. Y él mordía pero no mordía, mordía sin morder,
como hacen los perros cuando te conocen. Cuando te quieren. Cuando están
jugando.
Mordía, Urko, mordía y me miraba.
–Ya está, Urko, ya está.
Un pinchacito nomás. No duele nada.
Al ratito se durmió.
Quedó ahí, sobre la camilla.
La doctora me acompañó fuera del consultorio.
–No sufrió –me dijo, y me dio un vaso con agua.
Te cuento la historia para que veas que le mentí a un perro.
Le mentí a un perro que confiaba en mí. Dejé que lo mataran.
Esa es la clase de persona que soy. No sé qué más te puedo
decir de mí. Vos querés saber si estuve con alguna otra chica mientras te
fuiste de vacaciones. Era eso lo que me preguntabas.