Se llamaba Martín Pedrazzi, pero le decían ‘Pescadito’.
Yo trabajaba en una casa que vendía todo tipo de envases de
plástico, artículos de cartón, bolsas de polietileno, un local que quedaba
sobre la calle Velasco. Viste cómo es, estás todo el día ahí, doce horas, te
terminás conociendo con todos. Los pibes que laburan de cadetes en otros
negocios, las chicas que atienden en los mostradores y salen a fumar, alguna
que va al kiosco a comprar un alfajor y se queda a charlar un poco.
Pescadito estaba siempre ahí, sentado en la calle, desde muy
temprano. Podía ser un mendigo, y de hecho estaba en el límite, pero no era un
mendigo. No pedía.
El pibe estaba ahí, prolijo, muy prolijo, parecía recién
bañado, con el cabello húmedo peinado con raya al costado. Flaco, desgarbado,
con los hombros un poco echados hacia delante. Los ojos como salidos de las órbitas,
pero apenas, una suerte de exoftalmia. La cristalina mirada observándolo todo,
como si en verdad algo interesante estuviera sucediendo.
Respetuoso, con la
voz muy bajita, apenas un murmullo, se ofrecía para hacer algo, cualquier cosa.
Se ofrecía a lavarle el auto al dueño de la farmacia, se ofrecía a ayudarte a
descargar el camión que llegaba con la mercadería, se ofrecía a ir al bar y
traer los almuerzos, se ofrecía para hacer trámites bancarios.
A fuerza de estar, de insistir, se había ido ganando un
lugar. En el barrio lo conocían todos, sabían que cuando llegaran al negocio ya
iba a estar ahí, en el edificio de mitad de cuadra, sentado en los escalones.
Esperando.
–Qué hacés, Pescadito –le decía el mozo del bar–. Alcanzale
este café a Salomón, que no se te caiga.
–Eh, Pescadito, tomá. Traeme dos alfajores Fantoche triples
del kiosco, de chocolate, y pilas para el control remoto. Quedate con el
vuelto.
–Pescadito, ¿me lustrás los zapatos que están hechos un
asco? Y fijate si en la zapatería no tienen cordones.
Y allá iba, Pescadito, a cumplir con el encargo. Inmutable,
con una semisonrisa tatuada en los labios, lento el andar.
Acá viene el asunto, ya llegamos. Le decían ‘Pescadito’, a
Pescadito, porque el tipo de la pescadería una vez había salido a la vereda, y
le había preguntado al muchacho qué quería para el almuerzo. La intención,
claro estaba, era darle comida, alimentarlo. En la pescadería, que se llamaba
Ultrafish, tenían de todo. Vendían filetes de merluza ya hechos, a la milanesa,
ensaladas de frutos de mar, latas de palmitos también, calamaretis fritos, no
sé, brótolas, besugos, abadejos. Rabas.
–No sé –había respondido Pescadito–. Pescado.
Así que el dueño de la pescadería que se llamaba Ramón,
había salido con un pescado, una brótola entera, con cabeza y todo,
sosteniéndola de la cola, y la había puesto a la altura de la cabeza de
Pescadito. Era una broma, claro.
–Gracias –había dicho Pescadito. Había agarrado el pescado
con las dos manos, y se puso a comerlo. Daba pequeños mordiscos sobre el lomo
del pescado crudo, ante la atónita mirada de Ramón que pensaba que el muchacho
le había seguido la broma y lo estaba cargando.
Pero no, Pescadito siguió comiendo, despacio, concentrado.
Corrió la noticia, se supo enseguida. Todas las mañanas,
Ramón le daba a Pescadito alguna tarea, acomodar las bolsas de hielo, cargar
los desperdicios en el camión que pasaba a retirarlos, ir a pagar algo. Y al
mediodía, Ramón le daba al chico algo de comer. Algo que podía variar pero
siempre era crudo. Pescado.
Y Pescadito, que para ese entonces ya había sido bautizado
Pescadito, comía sentado en el cordón de la vereda, alguien le ofrecía un vaso
de gaseosa o un poco de jugo, él también lo aceptaba.
Algunos de los muchachos cada tanto le preguntaban, cómo
podía comer eso, pescado crudo, pero Pescadito se los quedaba mirando. No
contestaba.
Era un enigma. Pescadito estaba sano, sonriente, tenía
fuerzas, parecía más o menos normal, hablaba poco, siempre dispuesto a realizar
cualquier tarea. Con entusiasmo. Lo único que comía era pescado crudo. No mucho,
un par de pejerreyes, una merluza, trillas, a veces, una porción de salmón
blanco.
Y entonces vino el día. Un diluvio. Diciembre en Buenos
Aires, un calor imposible, más de treinta y cinco grados. Estaba terminando de
ordenar unas cajas, el cielo se puso negro. Se largó a llover mal, viste como
es. La ciudad se inunda, sube el agua a las veredas, la gente se pone más
fastidiosa que de costumbre, creen que va a granizar, que se les va a hacer
moco el auto. Les meten presión en las noticias, les dicen que viene un tifón o
un tornado, hay que llenar el espacio con algo.
Llovía y llovía y parecía que no iba a parar nunca. El agua
rebalsaba de las alcantarillas, subía a la vereda, el cielo había bajado la
cortina, como si fuera de noche.
Con el pretexto de evitar que el agua entrara al negocio,
agarré un secador de piso y salí del local, a fumar un cigarrillo. Me gustaba ver
llover desde que era chico, lo que equivalía a decir desde siempre. Me sigue gustando.
Entonces lo vi, a Pescadito. Mi primera sensación fue que se
había tropezado, porque estaba como acostado, boca abajo, en el medio de la
calle. Temí que se hubiera lastimado.
–¡Eh, Pescadito! –dije, y ya estaba por ir a ayudarlo a
levantarse. Pero me di cuenta que no, que no se había caído. Porque se estaba
moviendo, como si ondulara, sumado a laterales movimientos de su cuerpo, ágiles
y precisos. Nadaba, Pescadito, iba nadando entre los autos.