18.8.13

Gitano


         Tengo una capacidad, un don, llamalo como quieras. Es una habilidad extrañísima, de lo más particular. Te explico.
         Te leo la suerte, te adivino el futuro, y te cuento tu pasado, no, no te lo adivino, tu pasado ya pasó, no hay nada que adivinar. Pero te cuento de tu vida cosas que te pasaron, para que veas, al mismo tiempo, mi habilidad para decirte el futuro. Sí, sobre el tema que vos quieras, sobre lo que a vos te angustie o quieras saber. Pero no, pará.
         Es como las gitanas, claro, pero no, no te leo la mano. Es un poquito más complejo. Te tengo que meter la nariz en la concha. Así, ya te lo dije, te puede parecer un poco brusco pero te lo dije, de una.
         Te meto la nariz en la concha, y te tengo que respirar adentro, sí, adentro de la concha, claro. Es un minuto, o dos. Lo tengo calculado por reloj. Te acostás en la cama, apoyás las plantas de los pies, bien al borde, rodillas flexionadas, piernas abiertas, como si fuera el examen de una consulta ginecológica. Yo me arrodillo al costado de la cama, y te meto la nariz en la concha. Vos no hacés nada, y yo tampoco hago nada. Cierro los ojos y respiro, respiraciones pausadas.
         A los dos minutos salgo, saco el hocico del interior de la vagina misma, y ahí sí, me siento al costado de la cama y te contesto lo que quieras durante unos veinte minutos, media hora.
         Me podés preguntar lo que quieras. Por qué te dejó tu ex marido, o si tu hija va a conseguir trabajo. Me podés preguntar si hay vida después de la muerte, si fuiste princesa en alguna vida pasada, si vas a vivir alguna vez en un departamento que no sea contrafrente, si no bajás de peso porque lo tuyo es hormonal.
         Me preguntás lo que quieras, y yo te contesto.
         No, bueno, te digo la verdad, casi nunca la pego. No sé qué carajo te pasó en la vida, ni me importa. Mucho menos lo que te va a pasar.
         Pero puede suceder que después de haberte estado respirando un rato adentro de la concha, bueno, te agarren ganas de coger. Me pidas que ya que estamos te la ponga un ratito, y eso nos va a hacer sentir mejor, a los dos, casi de inmediato. No te cobro nada, qué te voy a cobrar.

12.8.13

Olas de un pálido lila


         La mamá de Mariana estaba a punto de cumplir setenta años. Había enviudado hacía dos años, el papá de Mariana había sido toda la vida un fumador empedernido, y lo había pagado. Una angina que se complicó, un enfisema, sus pulmones dijeron basta.
         Mariana iba todos los sábados a almorzar con su madre. Venía su ex a buscar a su hija Catalina, los sábados bien temprano, y Mariana se iba a una clase de gimnasia primero, a la peluquería después. Lo que ella llamaba ‘mantenimiento’, o ‘llevar el auto al taller’. Mariana tenía treinta y ocho años, tampoco era una nena.
         Iba Mariana, a lo de su madre. Conversaban generalidades, su madre le pasaba el parte de las noticias, una prima a la que le habían descubierto un tumor en un pecho o un fibromita, alguien que había muerto o le faltaba poco para morirse, le contaba la última película que había ido a ver al cine donde actuaban al mismo tiempo Guillermo Francella y Burt Lancaster, se le mezclaba todo.
         Comían algo, Mariana y su madre, por lo general pollo aunque a veces pescado, con la televisión encendida. Después la madre le hacía un café, y empezaba acomodar los platos para irse a dormir la siesta, y eso era todo. Mariana se iba en su pequeño automóvil, revisaba si había recibido algún mensajito de texto, si alguien la había invitado a un cumpleaños o si un compañero de trabajo le había escrito que tenía ganas de verla, lo que significaba que tenía ganas de coger. Mariana, para no perder la práctica, por lo general iba, cogía.
         –Te hago un té, mejor –dijo la mamá de Mariana mientras ponía la pava en el fuego–. Así no tomás tanto café que después te mata esa gastritis.
         –Si te dije que quiero un café es porque quiero un café –dijo Mariana y se levantó, con su plato en la mano–. Creo que soy bastante grande para decidir si prefiero tomar té o café.
         La mamá de Mariana sacó las tazas de porcelana que tenían un pequeño grabado en el tercio inferior, como olas de un pálido lila.
         –¡Tengo treinta y ocho años, y puedo tomar lo que se me cante el culo! –dijo, bueno, gritó Mariana. Y dejó caer el plato, con los restos de la pechuga de pollo, sobre el piso de la cocina. Estalló, el plato, como se suele decir, en mil pedazos. Quizás un poco menos–. Estoy repodrida que me mires con esa carita como si te hubiera fallado en algo.
         –Yo no –dijo la mamá de Mariana.
         –¡Callate! ¡Callate de una vez, por Dios! –Mariana empuñaba su tenedor como si fuera una mira telescópica dirigida a la garganta de su madre– ¡Hice lo mejor que pude! ¡Me casé con el tipo que a vos te gustaba! ¡Y era un pelotudo! Un depresivo pelotudo que me dejó por la secretaria, una negrita analfabeta que corre maratones y que le debe chupar la pija mientras trata de hacer esos crucigramas berretas. Hice lo mejor que pude, mamá, hice lo que me enseñaste que había que hacer, desde que tengo once años, y me salió todo para la mierda. ¡Estoy sola, estoy grande! Cuando me suena el despertador a la mañana no sé cómo hacer para salir de la cama. De sólo pensar que voy a tener que venir a almorzar con vos el sábado que viene, me pica todo el cuerpo. Vos y tu rayo láser de lo que hay que hacer y lo que no hay que hacer, lo que está bien y lo que está mal. No soporto más, mamá, tu reprobatoria mirada. Cuando ponés esa carita.
         Mariana se agachó y empezó a juntar los pedazos del plato. Había restos de ensalada rusa sobre las baldosas. Su madre se acercó con un trapo rejilla.
         –Bueno, bueno –dijo la mamá de Mariana–. Ahora te hago un tecito de hierbas, como el que tomo yo antes de ir a dormir. Vas a ver cómo te hace sentir mejor, cómo te relaja.

6.8.13

Karate


         Las clases especiales, las clases sólo para los cinturones negros, eran los sábados a las siete de la mañana. Éramos cuatro alumnos, porque uno se había ido a vivir a Japón, donde pensaba finalizar su formación con el gran Maratoshi Nakasa. A veces el maestro dejaba que participara de las clases algún cinturón marrón al que le faltaba menos de un año para rendir el examen de cinturón negro. Pero el alumno tenía que saber que la iba  a pasar mal, que esa experiencia era parte del aprendizaje.
         Hacía frío, los techos eran altos. Una sola ventana, minúscula, un cuadrado de no más de veinte centímetros de lado. El pequeño gimnasio estaba revestido en madera, el piso, y las paredes hasta unos dos metros de altura, lo demás era cemento. No había gran cosa. Unos duros listones de madera, enclavados en unas bases rectangulares de concreto, maderas a las que había que golpear hasta que te sangraran los nudillos. Todo era rústico y despojado. En una pared, pintado con letras muy pequeñas, podía leerse ‘Cualquiera puede soportar lo soportable. El objetivo del karateca es soportar lo insoportable’.
         El maestro Makoda hizo su ingreso. Nos pusimos, los cuatro, en línea, firmes, y lo saludamos con un grito que dejaba en claro nuestra veneración, nuestro respeto.
         El maestro era implacable con sus correcciones, casi sin hablar. De pronto venía y te aplicaba una artera patada en los riñones, para indicarte que no estabas prestando atención o que tu postura no era lo suficientemente erguida. Makoda había venido del Japón, debía tener unos cincuenta y cinco años, morrudo, el cabello ya gris cortado a cepillo, las manos como sartenes. Había sido campeón mundial de karate, en el mundial de Suecia, era una leyenda viviente.
         Estábamos por comenzar con la rutina de calentamiento, para luego pasar a las formas y al combate. Se abrió la metálica puerta pintada de verde oscuro.
         –Pimiso –ingresó una pequeña japonesa. Flaca como un alambre, de un metro y medio de altura como mucho. Iba vestida con lo que parecía ser una especie de pijamas, pantalón y casaca de seda negra. El conjunto tenía algunos grabados dorados, en las mangas que le quedaban un poco largas, como arabescos, quizás como flores.  Pensamos que sería una asistente del maestro Makoda, que venía a traerle algún mensaje a nuestro Sensei, quizás un poco de té. El maestro la miró con severidad, las clases eran sagradas, el maestro detestaba ser interrumpido.
         Intercambiaron, el maestro y la mujer, algunas palabras en japonés, cortísimas frases como esputos, cargadas de jotas y de bufidos.
         Entonces la mujer dio un paso más, se acercó al maestro Makoda, y le aplicó un sonoro cachetazo.
         –Seguí –le dijo la mujer–, vos seguí dando estas clases de mierda, mientras tu hija y yo nos cagamos de hambre.
         La mujer nos miró, hizo una ínfima reverencia que consistió en una casi imperceptible inclinación de cabeza, y salió del gimnasio haciendo ruido con las ojotas que llevaba puestas en sus pequeños pies.

30.7.13

Modo fácil


         El asunto es, bueno, como todo, más o menos, así. Si tenés más de treinta años fracasaste, eso es seguro. Es algo cronológico, no tiene nada que ver con la voluntad. No vamos a discutir eso.
         Lo interesante, si esto puede  tener algo de interesante, es qué hacés con tu fracaso. Qué hacés con eso.
         Te doy alguna pista, lo que me gusta a mí, pinceladas gruesas.
         Me gusta cuando veo a un taxista que maneja, que maneja con una indefinible mezcla de solvencia y displicencia. No insulta a nadie, no se apura, tampoco le interesa demasiado conversar con el pasajero (vos, en este caso). El tipo sabe que el tránsito es un metálico mar que no va a parar nunca, se trata de poner primera, después segunda, después frenar, punto muerto. No importa, no importa si hace calor, no importa si llueve. No importa si soñaste con ser piloto de fórmula uno o si te gusta ir los domingos a pescar a Chascomús o si tu nena chiquita tiene varicela. Primera, segunda, y otra vez.
         Me gusta cuando veo a un pianista en el lobby de un hotel, tocando melodías de jazz de la década del cincuenta para sonrosados turistas alemanes que usan camisas hawaianas y se ríen a carcajadas sin llevarle el apunte. Me gusta porque el tipo sigue tocando mientras un japonés tropieza con el piano por retroceder sin mirar hacia atrás para sacarle una foto a su escuálida señora (yo preferiría, llegado el caso, coger con una tira de asado). Me gusta porque el tipo de pronto se acuerda de algo, una nota, un fraseo de Tony Bennett que lo hizo feliz, y entonces golpea las teclas con energía mientras un grupo de turistas brasileños arrastran sus valijas repletas de prendas de cuero (camperas de gamuza, con flecos en las mangas, pobrecitos), y sonríe.
         Me gusta cuando veo a una peluquera que tiene algo para contar a pesar de haber tenido que meter sus gastadas manos en treinta y siete cabezas ese fin de semana, y te recomienda un champú que te va  a dejar el pelo suave como las tetas de una comadreja, y mueve el culo que ya casi no es un culo para vos, sólo para vos, porque sabe que le estás mirando el culo aunque el delantal esté a punto de explotar y derramar todo ese culo sobre las baldosas llenas de pelo. Me gusta porque tiene ganas de contar un chisme de alguien que actúa en la televisión, y se ríe bien fuerte, y mira una revista donde hay una isla en medio de un mar color turquesa pero ni piensa en la isla ni en cómo llegar, le gusta el turquesa, sabe que le queda bien ese color, con eso le basta.
         Podría seguir, claro, es fácil seguir. Me gusta la gente que corre pero apenas, trotan diez minutos para ver si les anda el corazón, para verificar que están vivos, estar vivo es una buena noticia, necesaria y suficiente. Me gusta la gente que coge con entusiasmo, como pueden, cogen sin pensar en pornográficas imágenes porque saben que el entusiasmo es el piloto del calefón de la alegría, y con bajar un poco las luces alcanza para no ver demasiado lo que hay del otro lado, después de todo a quién carajo le importa la realidad, desde cuándo. Me gusta la gente que sale de la fiambrería con un poco de queso y un poco de dulce de membrillo como si llevaran el más preciado de los tesoros, la comida molecular te la podés meter, con cucharita, en el culo (y el sushi también, mamucha).
         Para resumir, entonces, porque me tengo que ir. Me gusta la gente que descubre que el fracaso es la más exquisita de las excusas para abandonar el esfuerzo, y deciden, entonces, pasarla lindo con lo que hay, tomárselo con calma.

24.7.13

El diablo está en los detalles


         Antes de coger, o mejor dicho, para coger, ella me pedía que le clavara una chinche. Ya está, ya te lo dije.
         La primera vez me sorprendí un poco, claro. Quiero decir, a mí a veces me puede gustar ponerme la máscara del hombre araña, para coger, o que me pajeen en el cine con la mano llena de maní con chocolate, si la película es muy aburrida. Pero son boludeces, cositas.
         Fuimos a la casa de ella, en la segunda salida. La había llevado a comer a un restaurancito italiano donde se comen pastas caseras, habíamos tomado un rico vino.
         Y ella me preguntó si quería subir, a su casa. A tomar algo más. Dije que sí, claro. Una cosa llevó a la otra. Estábamos en un sillón del living conversando, con jazz de fondo. La besé, respondió. Todo iba bien, la urgencia de descubrir un cuerpo nuevo, el no conocer los tiempos y distancias de la otra persona. Ver qué botones se puede apretar, cuáles no funcionan. Intrincados mecanismos.
         Y entonces, cuando la alcé para llevarla hasta la pieza y la tiré en la cama como si fuera una más que apetecible bolsa de papas. Cuando la desvestí y le quité la bombacha y ya estaba por empezar a olfatearle la concha como un famélico bull terrier, cuando le estaba por meter el hocico.
         –Pará –me dijo.
         Y yo paré, me detuve. Todo iba fenómeno, pero ella quería decir algo, manifestar una inquietud, que no se la pusiera sin forro, o que no le gustaba que le metieran un dedo en el culo, ni siquiera una falange, o que le gustaba que la cogieran primero boca arriba, o mirando al nordeste, no sé.
         Pero no. Sacó una cajita del primer cajón de la mesa de luz. Pensé que podía ser un lubricante saborizado, un piolín para que la atara, una porción de pizza fría por si entre polvo y polvo le agarraba hambre.  
         No, era una cajita de chinches. Ella abrió la cajita, sacó una chinche, esas chinches doradas que usábamos en los trabajos prácticos de la escuela primaria. Esas chinches de lo más berretas. Ella me dio la chinche.
         –Tomá –dijo–. Clavame la chinche, primero.
         –Qué –dije. Y me quedé mirando. Pero ella estaba bárbara, ya predispuesta, flaca, huesuda, tetas pequeñas, cualidades perdurables, culito redondo y firme.
         –Dale –dijo, y sonrió, se sopló el flequillo de la frente–. Clavame la chinche, en cualquier lado. Me gusta.
         Terminé mi whisky de un trago, la miré para ver si era un chiste, pero no. Así que agarré la chinche, y la apoyé sobre su teta derecha, cerca del pezón. Esperando que ella me quitara la mano. Pero ella puso su mano sobre la mía, y me indicó. Hizo presión. Con la otra mano me tenía agarrado de la hapi.
         Así que apreté. Sentí el ‘pric’ del pequeño pincho de metal agujereando la piel, y ella lanzó un suspiro, todo su cuerpo se relajó y fue puro placer.
         A partir de ahí fue siempre igual. Era eso, nomás. Ella necesitaba que le clavara una chinche, antes de comenzar la fornienda. En cualquier lado, podía ser en una nalga o en un hombro, o en una pantorrilla cuando la ponía en cuatro patas. Ella cerraba los ojos y esperaba, mientras yo decidía si clavarle la chinche en la espalda o en la planta de un pie. Y entonces se deshacía en placer. Era magia, era la luz de la vagina misma iluminando el universo entero, era alegría.
         Nos veíamos dos o tres veces por semana. Genial, absolutamente genial, íbamos a cenar, dormíamos juntos. Una mujer inteligente, hermosa, divertida.
         Después del sexo ella se pasaba un algodón con alcohol por el puntito de sangre, tiraba la chinche al tacho de basura que había en la cocina. Volvía a la cama, me daba un sonoro beso, y se dormía.
         Jamás en mi vida estuve tan bien con alguien. Hacíamos planes, incluso, para irnos a vivir juntos.
         Hasta que un día, estábamos en su dormitorio, con el televisor encendido, y cuando empecé a quitarle el corpiño ella abrió el cajón. Sacó la cajita. Y nada, la dio vuelta, la agitó un par de veces. Se habían acabado las chinches.
         –No importa –dijo–. No pasa nada.
         Al poco tiempo dejamos de vernos. Me dijo que se iba a hacer un posgrado a Canadá. Necesitaba cambiar de aire, dijo, una nueva vida.

18.7.13

All you need is yo


         Te tengo que decir algo, el amor no existe. Pará, bueno, pará, tampoco es para que te pongas así. Ya sé, tenés ejemplos, siempre hay ejemplos, para todo hay ejemplos. En el 97% de los casos, cuando decís que amás, no amás, es otra cosa. Te explico.
         El amor a una madre, sí claro. Sos chiquitito y amás a tu mamá, pero porque te da refugio y comida, y porque no conociste a otra madre. Porque saliste de la vagina únicamente, saliste poco podríamos decir, si te sacaran a tu madre, y te empezara a abrazar otra madre, o te diera de amamantar. Al poco tiempo estarías satisfecho, también, con tu nueva mamá.
         El amor a un animal, a un gato o a un perro, a tu mascota. Es que el animal es mudo, es la desesperación más pura, el horror de estar vivo sin posibilidad de verbalizarlo. Si mirás a los ojos a un perro vas a ver la historia de la civilización, desde la rueda y el fuego para acá. Los animales te acompañan, no tienen problemas en estar con vos aunque te falten la mitad de los dientes o tengas una verruga peluda, o una indomitable halitosis. A los animales no les importa si largaste la carrera de diseñador gráfico en segundo año, si después de rascarte el culo te olés los dedos, o si cogías con una prima retardada. Los animales son agradecidos.
         El amor a una mujer, o a un hombre, el amor de pareja. Este es el más fácil de todos, el más ridículo. Es mentira, tan simple como eso, no amás. Se trata, tan solo, de la creciente repulsión que te provoca tu propio ser, el asco que te da estar con vos mismo. Con tal de no tener que estar a solas, vos, con vos, serías capaz de amar a una bestia subhumana, a una alimaña inmunda. A una rata de quincho. Me ha sucedido, he amado a una mala mujer, sólo para no tener que acordarme de ir a comprar el queso rallado para los fideos.
         Para resumir. El amor está excesivamente sobrevalorado, el amor no es mucho más que una buena campaña publicitaria, con la intención que creas que tenés algo para dar, que sos mejor de lo que sos. Hay otros sentimientos más interesantes, incluso entretenidos. Pero el amor no tiene nada que ver con lo que vos creés. En una época se podía conseguir un amor importado, pero ahora el amor es un amor de segunda selección, un amor de bajísima calidad. El amor casi no existe, el amor ya no es lo que era.

12.7.13

H. y las palomas


         Me llamó mi tía S.
         Mi tía S. vivía sola. Se había casado de grande, y había tenido un hijo. Después el marido se fue a vivir al norte, creo que a Misiones, y la dejó. Mi tía S. había trabajado de enfermera en hospitales, pero después engordó mucho y la echaron. Se había vuelto descuidada, eso dijeron.
         Como dicen los americanos, when it rains, it pours. La cosa sigue. Mi tía S. cuidaba algún que otro enfermo por horas, a domicilio. Andaba siempre mal de dinero. Mi padre la ayudaba, mi tía S. era, y es, la hermana de mi padre. El asunto es que mi padre la ayudaba  mientras vivía, pero un día mi padre se murió y entonces no pudo ayudar más a nadie.
         Más. El hijo de mi tía S., H., tiene algo. Nació con algo, un leve retardo. Dormía con mi tía, en la misma cama eso quise decir, hasta que cumplió los 17 años. Y aún así costó sacarlo, mandarlo a dormir a su cuarto.
         Era como un niño grande, de rubios rulos y mirada transparente. Un chico en un cuerpo de noventa o cien kilos, se había vuelto un ropero de dos puertas. No hacía nada, creo que no había logrado terminar la primaria. Mi tía S. preparaba tortas, riquísimos bizcochuelos rellenos con dulce de leche, con merengue arriba. Su hijo, que de alguna forma era mi primo, se sentaba a ver la televisión, los dibujitos animados, los tres chiflados, alguna serie de cowboys, durante toda la tarde. Comía torta, con la mano, y se reía. Después, que yo sepa, no hacía más nada.
         Cada tanto, cada tres meses, yo le llevaba algún dinero a mi tía. Lo hacía por la memoria de mi padre. Le tocaba un timbre, mi tía bajaba y nos íbamos a tomar un café a algún bar de Primera Junta, no me dejaba subir a su casa, ni ver a su hijo. Yo entendía, de eso no se hablaba.
         Al parecer había otra cosa, una cosa más, que le gustaba a H., además de ver los dibujitos animados en la televisión todas las tardes.
         Las palomas. Eso era lo que le gustaba, estar con las palomas.
         Subía a la terraza del edificio de la calle Directorio, a cualquier hora, y las palomas venían a su encuentro. No tenía que llevar comida ni nada, sólo sentarse en la mugrienta terraza. Y las palomas venían, miles de palomas, de quién sabe dónde, de todas partes.
         Y H. se quedaba ahí, con una semisonrisa, el labio inferior apenas entreabierto y quizás un hilo de baba cayéndole sobre el desteñido buzo, mientras las palomas lo envolvían como una nube gris oscuro. Las palomas hacían ese ruido, iban de un lado a otro con ese cabeceo tan particular, tan característico, cagaban por todas partes. Y H. se quedaba ahí sentado, cubierto de palomas, feliz.
         Pasaba lo mismo si iba a cualquier parque, si lo llevaban de paseo a una plaza. Las palomas querían estar con él y él quería estar con las palomas. Así de simple.
         Pero me llamó mi tía, mi tía S., un domingo a la mañana.
         Me dijo que H. se había puesto peor. Había empezado a tener ataques de madrugada. Se despertaba en mitad de la noche aullando de susto, transpiraba, aterrado. Decía que se iba a morir, que tenía miedo. Lloraba.
         Conseguí un psiquiatra que me recomendaron, la acompañé a mi tía S., con H., a hacer una consulta. El chico entraba en una especie de trance, se ponía catatónico. Se balanceaba un poco, hacia atrás y hacia delante, y hacía una especie de gorjeo, un ‘pip pip’. Un poco parecido a Dustin Hoffman, en aquel brillante papel que hiciera en la película ‘Rain Man’.
         El psiquiatra fue lapidario. Dijo que había que medicarlo fuerte, había que internarlo por un tiempo. Si no, cualquier noche, en medio de un ataque, podía matarse.
         S. estaba desesperada, pero sabía que no había otra solución. Me hice cargo de los gastos, vimos las instalaciones, había un buen régimen de visitas. No era demasiado lejos. El lugar que nos recomendó el doctor, por Hurlingham, tenía un regio parque. Los internos que vimos parecían calmados, el personal amable.
         Llegó el día. Era un domingo. Fui a la casa de mi tía, con el auto. Mi tía lloraba y hacía notables esfuerzos por contenerse. Estaba devastada.
         Toqué timbre, subí. Mi tía aguardaba con la valija que le había preparado a H., junto a la puerta.
         –¿Dónde está? –Pregunté.
         –Arriba –me dijo mi tía–. En la terraza. Despidiéndose de las palomas.
         Había que proceder, a veces hay que hacer lo que hay que hacer y no mucho más que eso. La vida es elegir entre lo malo y lo peor. Nada para agregar al respecto.
         Puse la valija en el baúl, senté a mi tía S. en el asiento del acompañante. Le dije que me esperara en el auto.
         Subí a la terraza, a buscar a H.
         Ocho pisos por ascensor, uno más por la escalera. Abrí la puerta de metal.
         Ahí estaba. Sentado en el medio de la terraza, en el piso, las piernas cruzadas, las manos sobre los muslos con las palmas hacia arriba. Como si hubiera estado meditando pero se hubiera cansado. Miraba hacia el frente y hacia ninguna parte. El sol le pegaba en la cara y le pegoteaba un poco los rulos a la frente. S. le había comprado un equipo de gimnasia.
         Había palomas, miles de palomas, sobre su regazo, sobre sus hombros, sobre su cabeza. Palomas sobre el piso mirándome con sus reprobatorios ojos laterales, fulminándome de amarillo. Haciendo ese sonido de fondo, como si perdiera una cañería, como si el edificio entero estuviera gorgoteando.
         –Bueno, H. –me adelanté un paso, se me había secado la garganta–. Tenemos que ir, tu mamá ya te explicó. Es por un tiempito, nomás, hasta que te mejores. Es por tu bien.
         Levantó la cabeza, apenas, ni me miró.
         Entonces pasó algo. Como una explosión, como un tornado. Aleteaban, las palomas, todas las palomas hacían un tumulto de alas. Se hizo una mancha gris y mi primera impresión, por el sonido, fue que las palomas lo estaban aplaudiendo. Suena ridículo, pero me pareció que las palomas lo aplaudían con las alas. Como si le estuvieran dando ánimo.
         Pero no, la mancha se concentró, el sonido se hizo más fuerte. Y H. se despegó del piso, así, sentado como estaba. Más fuerte, el sonido, más fuerte, y H. quedó acostado, boca arriba, en el aire.
         Se lo llevaban, las palomas. Se lo llevaban y alcancé a escuchar que H. tarareaba una canción muy dulce con su vocecita de niño. Se lo llevaban en el aire, más alto, más lejos, y H. cantaba.

6.7.13

Ayuda memoria


acariciá a los perros.
saludá a los árboles.
(okey, no a todos, no a todos).
sé amable con los niños y con los ancianos,
y con cualquiera que te parezca que no puede
defenderse.
no, no importa, a quién carajo le importa
si no te salieron las cosas como vos querías.
si fuiste a cancún y se te perdieron las fotos,
si chupaste mil pitos con sabor a naftalina,
si fuiste o serás subgerente de algo. de cualquier
cosa.

hacé lo que yo te digo.
y caminá bajo la lluvia de vez en cuando,
y sentate a mirar el mar cada vez que puedas.

con eso es suficiente. con eso alcanza para justificar
una vida. incluso tu estúpida vida.

30.6.13

Nigiri


         Carla venía pensando, desde hacía algún tiempo, en matarse. Tenía treinta y ocho años y estaba sola, no había tenido hijos. Daba clases de inglés en dos escuelas primarias, hacía algunas traducciones.
         Más allá de haber ido a un crucero donde la gente hacía cola media hora antes del desayuno para poder servirse primeros la comida, y una semana en un Club Med donde había jugado al vóley en la playa y había paseado en un barquito, en los últimos años no le había sucedido gran cosa.
         Su madre había entrado en una especie de demencia senil, y había tenido que internarla en un geriátrico. Su hermana, con su marido, se habían ido a vivir al sur, y trabajaban en algo relacionado con el turismo y la hotelería.
         La vida se había vuelto árida y gris, le daba de comer a su gato Toribio y hacía las compras en el supermercado. Se había anotado en un gimnasio del barrio pero la gimnasia nunca había sido lo de ella, ni durante la secundaria. La gente era superficial y rústica, básicos todos, aburridos. Hablaban de los atributos, las cualidades de determinadas zapatillas.
         Preparó todo para ese viernes. Dos blísters de Rivotril de 0.5 mg, pidió sushi en Bokoto para cenar. Sacó el vino blanco, de la marca alemana que le había recomendado el vendedor, de la heladera.
         La idea era fácil, sencilla. Iba a cenar el riquísimo sushi, y se iba a tomar la botella de aquel vino suave y dulzón. Cada quince o veinte minutos iba a tomarse un Rivotril, y cuando sintiera que se adormecía, se tomaría cinco o siete de un saque con lo que quedaba del vino, y se metería en la bañera para darse un baño de inmersión, un último baño de inmersión con esencia de lavanda y pétalos de flores, el agua bien caliente. Se quedaría dormida y ya no se despertaría.
         Dejó comida en el plato para Toribio, para una semana. Instrucciones sobre la mesa del comedor en una carta de dos carillas escrita con letra de imprenta. Había pagado el geriátrico de su madre un año por adelantado, y había corregido los exámenes de sus dos cursos.
         El lunes vendría Norma a limpiar, y le avisaría al portero que a pesar de tener una copia de la llave no podía ingresar al departamento, porque estaba la llave puesta en la puerta, del lado de adentro. Tirarían la puerta abajo y la encontrarían. Dejó sobre la puerta de la heladera, pegado con el imán en forma de ananá, el nombre y los teléfonos de su hermana. La palabra ‘¡AVISAR!’, así, todo en mayúscula.
         Probó el sushi, estaba riquísimo. Tomó un trago de vino y la primer pastilla, según lo planeado. Muy rico todo y hasta luego. El televisor encendido en un canal donde daban justo esa película que debía haber visto treinta veces, donde actuaba Meg Ryan de jovencita. Qué bien que le quedaba ese corte de pelo a Meg Ryan, así, como despeinado pero apenas, cortito. Ella se había hecho una vez ese corte, pero tenía las orejas muy salidas, y las orejas captaban la atención del observador, que se olvidaba inmediatamente del corte de pelo. No, a ella no le quedaba bien.
         Lloró un poco. Le dio un pedacito de salmón blanco a Toribio, que se relamía. El salmón era para los gatos como ir a Disney. Tomó más vino, con una segunda pastilla. Bostezó.
         Entonces sonó el teléfono.
         –Hola –dijo.
         –Hola –dijeron del otro lado. Era Mariano, Mariano Wilbur, de la secundaria. Le explicó, algo atolondrado, que la había encontrado en el Facebook y había conseguido su teléfono a través de una amiga. Se había decidido a llamar. Él se había recibido de ingeniero y había vivido en el exterior nueve, no, casi diez años. Pero había vuelto, y se había divorciado, también. Quería saludarla, saber cómo andaba, tanto tiempo, qué era de su vida.
         –Si te sorprendí o te agarré en un mal momento, disculpame –dijo Mariano Wilbur–. Pero me acordé de vos, y pensé en llamarte.
         –Qué sorpresa –dijo Carla.
         Quedaron para verse al día siguiente, ir a picar algo. Carla pensó que tenía todo el sábado para acomodar el departamento, rompió la carta. Sacó el tapón de la bañera que se estaba llenando. Se fijó en el blíster, había tomado sólo dos pastillas, y media botella de vino. Se fue a la cama, dejó el televisor encendido.

24.6.13

De la excelencia


         Fue estudiado, se dedicaron a estudiar el fenómeno científicos de primer nivel, de primera línea. Es verdad, lo leí en una nota o vi el videito con un reportaje, por internet. Tenés que hacer el esfuerzo y descubrir que internet es algo más que ver videos de tipos cogiendo con la careta del hombre araña puesta, o buscar por facebook fotos de tus compañeras de la primaria para ver que todas están hechas mierda, arrasadas por el micro de dos pisos de la vida que nos pasó por encima, y así quizás puedas dormir un poco más tranquila. La herramienta es poderosa, pero la imbecilidad humana sigue siendo la misma. Combinación de temer.
         Fue estudiado entonces, te decía, que para lograr la maestría en algo, en cualquier cosa, para poder tocar con maestría las variaciones Goldberg en el piano o para ser campeón olímpico de salto en largo, hacen falta diez mil horas.
         Quiero decir, las diez mil horas no garantizan que vayas a ser el mejor del mundo en nada, que seas capaz de jugar los finales de torre como Karpov o que pintes como Schnabel, pero las diez mil horas vendrían a ser la condición necesaria. La base. El agua que debe llenar el estanque para que pueda surgir la graciosa foca del talento y deleite al mundo con sus monerías.
         Así como escuchás, diez mil horas. Por eso es que yo, en lo único que puedo ser genial, un verdadero maestro, es en tomar whisky, y vos en chupar pitos. Bueno, acá estamos.

18.6.13

Motivado


         Después de un divorcio más o menos traumático, Gabriel empezó a juntar los pedazos de los vidrios rotos de su existencia. Empezó a ir a un psicólogo que le recomendaron. Un hombre de unos sesenta años que usaba camisas a cuadros, siempre, y jugaba a vaciar o llenar una pipa que jamás encendía, mientras le decía cosas como ‘no hay que dejar que la tristeza pase al cuerpo’, o ‘ponerlo en palabras es darle vida’.
         Empezó a ir a correr, Gabriel. Primero los sábados a la mañana, más que nada para sentir un poco de solcito en la cara, pero después le tomó el gusto. Se anotaba en cualquier carrera de cinco o diez kilómetros. Le gustaba estar ahí, en medio de un esfuerzo colectivo. La gente era amable, había mujeres en calzas, fijaba la vista en algún culito, y corría.
         Se puso pelo, Gabriel. Un amigo le habló maravillas de una nueva técnica de implante. No era doloroso, y su amigo andaba con el pelo por los hombros, y flequillo.
         Iba al teatro. Había un circuito de teatro under que Gabriel jamás había conocido. Buenas obras de profundos significados, al final se quedaba conversando con alguien, se levantaba alguna mina.
         El negocio empezó a repuntar. Gabriel decidió que era el momento de invertir, abrió una sucursal en Villa Urquiza. La cosa caminaba, su contador le preguntó si no se había dado cuenta que estaba facturando más del doble que el año anterior.
         Un sábado a la mañana, cuando fue a la casa de su ex a buscar a su hija Cecilia, Karina salió a la puerta, a saludarlo.
         –Te veo bien –le dijo Karina–. Mirá qué flaco que estás, y con pelo. Cambiaste el auto y todo. Lo que no entiendo, lo que no puedo entender, es por qué no intentaste hacer, mientras estábamos juntos, ni el diez por ciento de lo que hiciste después.
         –No sé –dijo Gabriel–. Da muchas más ganas saber que lo que hacés va a molestar a alguien, que lo que hacés es contra alguien, que a favor de sostener algo. Creo que hacer algo contra alguien siempre es más entretenido que hacer algo a favor. La motivación es distinta, supongo que pasa por ahí.

12.6.13

Arrabalero


         Me quedé en el centro. Tenía que ir a una reunión que se suspendió, una reunión que no se hizo, y me dio fiaca volver a las seis y pico, con todo el malón de gente.
         Me senté en la barra de un bar, un pebete de salame y manteca y una cerveza de tres cuartos, lo más cerca que podés estar de la felicidad si pasaste la 9 de julio, para el lado de Alem. En medio de la gente que salió a matar (y a morir) por unas monedas. En la ciudad se respira desesperación y fracaso, lo demás lo podés ver por televisión. Más desesperación, más fracaso.
         Había más gente, en la barra, se mezclan los que no almorzaron con los que se acuerdan que no cenaron. Había una prostituta muy cascoteada, sentada en una mesa, que abría un poco las piernas cada vez que entraba alguien al establecimiento. Había una parejita que discutía, si todavía tenían fuerzas para discutir es porque no trabajaron lo suficiente. Te espero en la bajadita, nada para decirles, te espero en alguna curva de la vida después de los treinta años y vemos qué pasa.
         El tipo, a dos butacas de distancia, habla. Conmigo, con los mozos que están detrás de la barra, con los que están sentados en las mesas. Con un triple de jamón y queso de un pan que parece gris, y debería ser blanco. Quizás es un efecto de la luz, no sé. Toma moscato.
         Habla, el tipo. Se acomoda los anteojos sobre el puente de la nariz con el dedo mayor de una mano, como si estuviera afirmando un clavo. Una de las patillas de los lentes está pegada con cinta adhesiva. El tipo debe tener, calculo, setenta años.
         Habla, el tipo, el traje le brilla de mugre. Dice que era cantor de tangos. Que una vez se fue a las manos con Canaro. Cuenta que Piazzolla le pidió por favor que viajara con él a Paris. Habla de su amistad con Leopoldo Federico, dice que fueron como hermanos. Dice, el hombre, mientras las miguitas del sánguche se le prenden de las solapas del saco como animales persistentes y decisivos, que fue el único que le podía seguir el tren, con la merluza, la sarlanga, al polaco Goyeneche. Cuenta una anécdota con Edmundo Rivero y varias mujeres en un tren. Habla de piringundines y milongas. La dulzura de Cardei, Virulazo una vez le pidió, a él, que le enseñara un paso.
         –Pero qué decís –dice un hombre que come dos empanadas y ha dejado su maletín en el piso–, todo lo que contás es mentira. Estás mezclando personas y fechas, confundís quintetos con cuartetos, decís que jugabas a las cartas con Pichuco y que tomabas whisky con el negro Lavié. Es cualquier cosa, no dan las fechas, es todo mentira. No se entiende nada.
         Se hace una pausa. El hombre tose y después termina, de un trago, su vaso de moscato.
         –Puede ser –dice, y vuelve a llenar el vaso con la jarrita de metal–, como usted dice, que sea todo mentira. Pero aún así es infinitamente más interesante que su triste vida. Qué carajo tiene eso que ver con lo que estoy contando.

6.6.13

Manuel Yung se hunde


         Quizás no tenga demasiado sentido contar esto. Éramos jóvenes, primer año de la secundaria. Hace quizás ya demasiado tiempo.
         Colegio de varones, del estado, barrio de Caballito, no es preciso dar más datos. Habíamos comenzado las clases en Marzo, y entre las cosas que tenían planeadas para nosotros, para que nos formáramos antes de salir al mundo, para que nos convirtiéramos en hombres de bien, útiles a la patria, estaba el hacer gimnasia.
         En las clases de gimnasia, en las clases de educación física, nos explicaron que una de las ventajas que tenía pertenecer a ese colegio, era que el colegio poseía un natatorio. Una pileta.
         Estábamos, qué remedio, en nuestra primer clase de natación. Más de treinta muchachitos de unos trece años, en fila, uno al lado del otro, al borde de la pileta (de ambos lados, en la parte honda). En shorts, todos, shorts azules, con el escudo del colegio cosido al short, un escudo de felpa que ni bien nos tiráramos a la pileta se haría moco y que, por órdenes de las máximas autoridades de la escuela, debía estar siempre visible y en buen estado.
         Era Mayo, y hacía algo de frío. Tenés que remontarte a esa época, un frío que no se usa más, un frío que se dejó de fabricar.
         El profesor Palmero nos daba la bienvenida a nuestras clases de natación. Flaco, severo, con el cabello teñido de un negro absoluto, peinado hacia atrás, con gomina. Iba de traje, porque habían venido, justamente para la ocasión, autoridades del colegio. Había conseguido, el colegio, un crédito para reparar la pileta. Tenían que mostrar, los funcionarios, que mientras se afanaban lo que podían, la pileta, bueno, funcionaba. Eso les garantizaba seguir afanando.
         Y ahí estábamos nosotros, entre fastidiados y aburridos, todavía sin saber muy bien para qué habíamos sido puestos sobre la faz de la tierra, para mostrar, en principio, que el colegio contaba con una regia pileta. Que la pileta, por decirlo de algún modo, tenía agua. Funcionaba.
         El profesor Palmero, severísimo, con militar cadencia, daba órdenes. Miraba a los alumnos, o sea a nosotros, como si fuéramos excremento, o quizás algo todavía más inútil. Las manos cruzadas a la espalda.
         –¡Ahora, cuando yo les indique, van a  saltar a la pileta! –caminaba, Palmero, detrás nuestro, iba y venía, quizás demasiado cerca– ¡Van a saltar al agua! ¡El ejercicio es flotar, de cualquier forma, en el agua! ¡En el agua se flota! ¿Está claro?
         –¡Sí, profesor! –gritamos todos. Estaba uno, pelirrojo, al que le decíamos colorado. Había un negro, con el pelo mota, con el cabello duro como el acero, al que le habían puesto una gorra de baño para intentar domesticarle un poco la pelambre. Había un ucraniano demasiado grandote, del doble del tamaño de nosotros. Los brazos le llegaban casi a las rodillas, yo jamás había visto brazos tan largos. En fin, muchachos de clase media como mucho, otra Argentina, cuando todavía había esperanzas, cuando todavía no se había ido todo a  la mismísima mierda, un crisol de razas.
         –¡Repito la orden! ¡Cuando yo diga que salten, ustedes saltan al agua! ¡Y flotan! ¿Estamos?
         –¡Sí, profesor! –gritamos todos. Al profesor Palmero le gustaba que respondiéramos a sus órdenes, todos juntos. Gritando.
         –¡Si alguno tienen algún problema…! –dijo Palmero, que miró por un momento a un chico que parecía tener abultado el short, como si tuviera el pito parado– ¡Si alguno no sabe nadar, lo dice ahora! ¿Alguien no sabe nadar?
         Nada. No hubo respuesta. Hacía frío, tenía la piel de gallina. Seguro que había un problema con la calefacción.
         –¡Repito, alumnos! ¡Se van a tirar al agua cuando yo lo diga! ¿Algún problema?
         Nada. Hagámoslo de una vez, y vayámonos de esta inmunda pileta donde todo parece de un desteñido verde y el olor a cloro casi marea. Los funcionarios de la escuela y de la ciudad miraban sus relojes y cuchicheaban. Querían seguir con sus vidas de funcionarios, irse.
         –¡Al agua! –gritó Palmero.
         Saltamos. Saltamos todos. De cabeza, parados. Ruido, ruido de gente cayendo al agua. Tocar el fondo y subir. Moverse, mover los brazos, para flotar, y porque el agua estaba bastante fría.
         Miro. Estoy flotando en el agua, tratando de entrar en calor, y miro. No pasa nada, flotar es fácil, y es una actividad que conviene practicar. Para el resto de la vida, digo.
         Pero algo está mal. Algo está muy mal. Se escuchan gritos y gargajeos. Alguien se está ahogando. Uno de los chicos se ahoga, se va para abajo.
         Se llama Yung. Manuel Yung, le decimos ‘Chino’, aunque no es chino, pero es oriental. Es muy flaquito, algo encorvado, usa lentes, no, no ahora que se está ahogando, cuando está en clase. Anota todo, todo lo que dicen los maestros. No tiene amigos, no habla prácticamente con nadie.
         El profesor Palmero, obligado por la situación, mientras el resto de nosotros lucha por mantenerse a flote, salta al agua.
         De cabeza, se tira, Palmero. Y de traje.
         Rescata al chico. Lo junta del fondo, y lo sube a la superficie. Nada, con el pobre chico agarrado del cuello, hasta la parte baja del natatorio. Lo saca.
         Manuel Yung está azul, o casi azul, tendido boca arriba al costado de la pileta. De rodillas, el profesor Palmero le hace respiración boca a boca, primero, y masaje cardíaco, después. Le levanta los pies y le flexiona las piernas, fuerte, contra el pecho del chico, como si estuviera intentando empujar una carretilla.
         De pronto, Manuel Yung lanza un grito. Escupe agua y algo de vómito. Su rostro se va poniendo menos y menos morado.
         Lo sientan. Hemos ido saliendo todos, yendo hasta donde está Manuel Yung, ahora sentado. Lo dejan respirar. El profesor Palmero chorrea agua de los bolsillos del saco. Le falta un zapato.
         –¡Les pregunté si alguno no sabía nadar! –está, el profesor Palmero, visiblemente ofuscado. Mira el estado de su traje y niega con la cabeza. Debe ser su único traje– ¡Les pregunté si había algún problema con tirarse al agua! ¿Qué carajo les pasa?
         –Non tendo –dijo Manuel Yung, secándose las lágrimas con el antebrazo. Manuel Yung, tiempo después, nos contaría que había llegado de Corea hacía menos de tres meses. Sabía, como mucho, quince palabras en castellano.

30.5.13

Linda


         A Linda le decían Linda desde que podía recordar, desde siempre. Le decían Linda, justamente, porque era linda. Esas bellezas naturales, como la lluvia, como el amor, sin explicación. Sin causa.
         Hasta que un día, Linda, que estudiaba para bioquímica como su papá, trabajando en un laboratorio, manipulando unos reactivos, tuvo un accidente. Se tropezó, Linda, y una probeta que llevaba en una mano cayó al piso, al tiempo que Linda caía al piso, también. Y un ácido la salpicó, le quemó un costado de la cara.
         Le quedó una mancha, a Linda, en el rostro. Una mancha bastante grande, que le cubría prácticamente el costado derecho de la cara. Morada, era la mancha, entre morada y púrpura. El ácido le había achicharrado la piel. Como esas personas que a veces uno ve que han nacido con esas manchas de nacimiento, pero peor, mucho peor. Porque no era de nacimiento. Porque Linda había sido linda siempre, y ahora costaba mirarla a la cara.
         Pasaba algo  más, también. Los que conocían a Linda, no sabían si debían continuar diciéndole Linda, porque Linda no se llamaba Linda, y ahora tampoco era linda.
         Los que conocían a Linda, entonces, si le decían Linda sentían que se estaban burlando, que quizás la molestaban por estar diciéndole, a Linda, algo que no era verdad, no era cierto. Y si decidían llamarla por su nombre, a Linda, bueno, era demasiado grosero, como si le recordaran a Linda que ya no era más linda, y Linda se los quedaba mirando.
         A Linda le parecía que si le decían Linda estaba mal. Y si no le decían Linda, bueno, las cosas se habían puesto aún peor.
         Mientras tanto, yo recorro la ciudad y sueño con conocerla. Ya no es linda, brilla algo.

24.5.13

Caída libre


         Sucedía, qué novedad, que yo andaba con ganas de coger. Por lo general, por todo lo que sufrí de chico, por larguísimos períodos de abstinencia que comenzaron en la adolescencia y se extienden sin dificultades en mi vida adulta, tengo ganas de coger. Sucede que a veces esas ganas se intensifican, me aturden, me impiden pensar en otra cosa.
         Me despertaba a la mañana con el pito muy parado, me quedaba con el labio inferior apenas entreabierto mirando el escote de la señora que me cortaba doscientos gramos de salame en la fiambrería, con el particular detalle que la señora de la fiambrería debía tener unos setenta años o quizás más, cuando pasaban cerca mío chicas que iban al colegio secundario en pollera, olisqueaba el aire para sentir esa deliciosa fragancia a culo sin demasiado uso. Bocanadas de culo fresco.
         Fui a ver a una prostituta. No es lo ideal, por cierto, conviene por lo general coger con alguien que tenga ganas de coger también, eso hace que todo, la situación, se vuelva más amable. Pero sentía que si no la ponía un poco me iba a estallar un huevo. Notaba que mis escleróticas pasaban del blanco a un marfileño matiz, inequívoca señal que la leche me había subido a los ojos. Necesitaba desfogarme.
         Agarré los clasificados en el trabajo, me encerré, hice un par de llamadas. Nada original, por cierto. Arreglé para ir a las seis de la tarde a un departamento en Marcelo T. de Alvear y Suipacha. Trescientos pesos, la chica, decía el aviso, se llamaba Nancy.
         Fui caminando. Luego hice la parte difícil, detenerme en la entrada del edificio, tocar el timbre bajo la despreciativa mirada de un portero, una mirada que parecía decir ‘otro retardado más que tiene que pagar para coger’. Eso hacía que me sintiera mal, un despreciable ser, solo, enfermo.
         Pero las ganas de coger se imponen por sobre casi todas las cosas. Las ganas de coger pueden aparecer en medio de un velorio o después de un terremoto. Las ganas de coger son uno de los motores del universo.
         Toqué timbre arriba, al final del pasillo, 9E. Me abrió una chica, usaba una bata de toalla de un desteñido verde, y dejaba entrever que iba, debajo, en bombacha y corpiño. Tenía el cabello húmedo y recogido. Morocha, no muy alta, culona, con antropomórficos rasgos de haber nacido en el noroeste argentino.
         –Hola, ¿Nancy? –sonreí, transpiraba un poco–. Qué tal, soy Mariano –dije.
         Sonrió ella también, dominaba el oficio. Me hizo sentar en un silloncito y me ofreció un vaso de gaseosa sin gas.
         Hablamos un par de minutos, del clima, del tráfico, generalidades. Le pregunté, otra vez, la tarifa. Me dijo, otra vez, trescientos pesos, un servicio. Saqué trescientos cincuenta pesos y se los di. Me miró.
         –Tratame bien –dije. Siempre creí que es un noble gesto apostar a lo mejor del alma humana. La propina, por algo que no recibiste. La propina por adelantado. No, el mundo no se ordena lustrando a los delfines con Blem, ni impidiendo que se hagan zapatillas con piel de culo de niños africanos. El mundo mejora dando propina, podés ir anotando.
         Fue a guardar la plata a la cocina y volvió. Me puse de pie. Nos abrazamos. Es una parte difícil también, el preámbulo, sin excederse. No te podés poner a besuquearla como si fuera tu novia, las prostitutas no aceptan que las beses. Pero podés tocar un poco, una nalga, las tetas. El cuerpo es la mercadería que viniste a utilizar, para eso pagaste.
         Nancy se sacó con un estudiado movimiento la bata, luego el corpiño, tenía buenas tetas, generosos pezones. Ella me pasó el dorso de la mano por la bragueta, yo le apreté un poco las nalgas mientras me la apoyaba.
         Antes de desvestirme, antes de proceder con la fornienda, algo más. Bajé la cabeza, y me zambullí entre sus tetas. Quería rozar con mi nariz esos maravillosos pezones, retener un pezón en la boca y recordar esa sensación tan cálida, tan dulce. Ya podía sentir mi erección, el desbocado caballo del deseo cruzando las colinas de la desesperación. Sabía que en cuanto la pusiera, acabaría en menos de un minuto. Yo era un kalashnikov, una metralleta uzi.
         Había poca luz. Apoyé una mejilla contra sus tetas, mientras ella me tenía agarrado de la japi, ya me había bajado la bragueta y su mano hurgaba con solvencia. Faltaba que me separase para terminar de desvestirme, y acometiera entonces la tarea como un famélico chancho pecarí, y listo. Fumar un cigarrillo, quizás, saludar. Desde la cocina se escuchaba el sonido de un televisor encendido. Dibujitos animados.
         Pero sentí algo raro. Me separé, había sentido algo extraño. No, ahí no, más arriba. Me pasé una mano por la mejilla, y la tenía húmeda. Instintivamente, me pasé la mano por la mejilla y me llevé los dedos a la nariz, era un olor lejano y familiar. Un dulzón aroma que yo, desesperado por coger, no conseguía descifrar. Pero tenía húmeda la mejilla, y eso era raro.
         –Uy, perdoná –dijo Nancy, fue a la cocina y volvió con una toalla de mano–. Es que fui mamá hace tres meses, y todavía me sale un poco de leche de los pechos.
         Me pasó la toalla por la mejilla. Me volví a sentar en el silloncito, con la desteñida toalla en las manos. Se me había muerto la japi, había desaparecido por completo, muerta para siempre. Mis huevos eran dos arvejas, yo era un asco de persona, un despreciable ser, manoseando las tetas de una mujer que quizás acababa de amamantar a su bebé en la cocina.
         –Bueno, ¿vamos? –Dijo Nancy, y se arrodilló para ayudarme con el pantalón.
         No había ninguna posibilidad de redención para mí. Había caído a lo más bajo, no habría perdón para mi alma.
         Me puse de pie. Para irme. Debía bañarme con detergente, con lavandina, abrazar la religión, irme a meditar a una cueva en el Himalaya, visitar geriátricos y leerle a los viejitos libros de Coelho, no sé.
         –Dale, levantá la pierna –me miró, Nancy, me miró y sonrió lo mejor que pudo–. Yo te ayudo con los zapatos.

18.5.13

Sueño que estoy muerto


         Sueño que estoy muerto. Nada, eso, estoy muerto, y el mundo sigue existiendo. Veo todo con claridad, perfectamente. Hay árboles y flores, perros que ladran y mueven la cola, llueve en alguna ruta mientras alguien conduce y escucha música clásica en la radio. Creo que Shostakovich. Alguien fuma, alguien da la primer pitada a un cigarrillo y siente que el mundo se ordena. Alguien asoma la nariz a un café con leche y deja que el delicioso humito ascienda por sus fosas nasales. Risas, oigo risas de niños pequeños, risas como pedacitos de magia.
         Todo está allí, todo lo que siempre me gustó de estar vivo está ahí, pero yo no estoy, porque estoy muerto. Quiero gritar, quiero decir algo al respecto pero no me sale nada, muevo los labios, tenso las venas del cuello, pero soy un televisor en blanco y negro en mute.
         De pronto me despierto. En realidad no me despierto, me despiertan. Moni me está tocando un hombro.
         –¿Eh? –digo– Qué hora es.
         –Nada, las cinco de la mañana –pasa una mano por mi sudado torso–. Me pareció que llorabas. No puede ser, decías, puta madre, no puede ser. Estoy segura que decías eso.
         –Ah, sí.
         –¿No me traés un vaso de agua? Estoy muerta de sed.
         –Claro –me siento en la cama. Me pongo de pie. Voy a la cocina. Abro la canilla. Lleno un vaso con agua. Vuelvo. Doy un sorbo, al  agua, al vaso, para que no se me vuelque mientras camino por el pasillo. Le paso el vaso a Moni, que está sentada contra una almohada.
         –Gracias –dice–. No sé qué haría sin vos.
         –No sé –digo–. Supongo que te irías a buscar el agua vos, seguirías.

12.5.13

Niñez extraviada


         Camino por la calle, voy hacia alguna parte. Si vivís en una ciudad, si sos un occidental adulto más o menos civilizado y vivís en una ciudad, bueno, por lo general caminás por la calle, por lo general vas a alguna parte. Es lo que podríamos decir, parte de tu cotidianeidad. Rutina.
         Entonces veo algo.
         La verdad que no hay que ver nada, por la sencilla razón que no hay nada para ver. Si levantás la vista no vas a ver mucho más que enloquecidos rostros, presos del espanto y el más puro estupor. Todo el mundo apurado, todo el mundo tiene algo tremendamente importante para hacer, aunque si los pararas de a uno y les preguntaras por qué, por qué hacen lo que hacen, o para qué. En el 97% de los caso no sabrían qué responder.
         Lo que vi fue a un hombre, bastante mayor, más de setenta años, seguro. Una boina escocesa, gruesos lentes, de esos que dejan los ojitos chiquititos, casi traslúcidos, bien atrás, como medio metro atrás de la cara. Una de las patillas de los anteojos pegada con cinta scotch. El hombre tenía un bastón, también. Mal afeitado, con medias y una especie de pantuflas, como si hubiera bajado a la calle a comprar un remedio, o pan. Casi te diría que tenía puesto el pantalón del pijamas, y en la parte de arriba una camiseta, y un pulóver. Tenía un ínfimo y repetitivo movimiento de cabeza, lateral. Lucía algo confundido, inestable.
         Estaba parado, el hombre, frente a la vidriera de una veterinaria. Miraba, con fascinación, una jaula con pajaritos.
         Me detuve, lo miré. El hombre seguía con los ojos el movimiento de uno de los pajaritos en particular, quizás era un gorrión, la verdad no sé, no entiendo un pomo de pájaros. Parecía, el hombre, sonreír, apenas, para después murmurar algo, como si le estuviera hablando al pajarito, o quizás, me pareció, cantaba una canción.
         Me enternecí, me quebré. Quizás el hombre recordaba alguna escena de su niñez, en un alejado pueblito de su provincia natal, una infancia donde los gorriones cantaban en los árboles mientras él juntaba ciruelas o naranjas para que su madre preparara mermelada. El hombre soñaba con los ojos abiertos, llevado por pajarito de inflamado pecho, recordaba alguna lluvia donde fue feliz, el olor de la tierra mojada, los ladridos de su perro.
         Entré a la veterinaria, fue un impulso. Me atendió un muchacho con los dos dientes delanteros el triple de grandes de lo normal, como si fuera un descendiente de un roedor o un marsupial. Aburrido hasta el cansancio que todo el mundo entrara a preguntar por los cachorritos, pero después nadie compraba nada.
         Compré el pajarito. Sí, lo compro, lo llevo, envolvemeló, no, es un chiste. Sí, te compro también, para llevarlo, una pequeña jaula.    
         Pagué, salí.
         –Tome –le dije al hombre que todavía seguía ahí. Se sorprendió. Me miró, retrocedió medio paso, se rascó la barba–. Es para usted.
         Sostuve la jaula en alto, frente a su acuosa mirada. Me pareció que lagrimeaba un poco, emocionado, no se lo esperaba.
         Tomó la jaula, con las dos manos. Enganchó el bastón debajo de una axila.
         –Gracias –dijo, en un hilo de voz–. Gracias.
         Corrió la traba de la metálica puertita, con cuidado, con mucho cuidado, metió la mano. Ahí entendí, el hombre deseaba liberar al ave, ver al pájaro elevarse en el cielo, recordar aquella sensación, la infancia perdida. Había una canción, una canción que yo había escuchado hacía muchísimo tiempo, ‘niñez extraviada’.
         Sacó el pajarito y lo sostuvo, con ternura, en una mano. Ya casi estaba llorando yo también. En un mundo tan horrendo quedaban todavía pinceladas de belleza, cuando se lo contara a la noche a Moni.
         Puso una mano sobre la cabeza del pajarito. Una bendición, una caricia de despedida.
         Hizo un movimiento, giró ambas manos, en sentido contrario, el movimiento que uno haría para abrir un frasco de mayonesa.
         Crac.
         Tiró un poco, y le arrancó la cabeza, al pajarito, su ojito lateral me miró de la manera más extraña.
         –Mi tío los hacía a la cacerola –se lo guardó, el cuerpo, el pajarito, en un bolsillo del pantalón–. Con papitas, cebollas, zanahorias y morrones. Una delicia.

6.5.13

Empírica evidencia


         Entro a un bar, a desayunar. Es, que yo recuerde, una de las pocas cosas interesantes que tiene estar vivo. Sí, desayunar. Si algún día te parece que la vida no tiene sentido, si algún día no das más y te estás por matar, andá a un bar. A desayunar.
         Me siento.
         El mozo viene a tomarme el pedido, y por cortesía, porque debe ser el estilo del bar, me trae un diario. Mientras le digo (café con leche, una medialuna), deja el diario sobre la mesa. El mozo se va.
         El mozo vuelve, con mi café con leche, con mi medialuna. Yo estoy mirando por la ventana del bar.
         –Te traje el diario –me dice el mozo, señalando, con el mentón, el diario que ha dejado sobre la mesa.
         –Sí –le digo, porque lo que ha dicho es cierto. El diario está ahí, como empírica evidencia.
         –Pensé que querías leer el diario –dice el mozo. Ha dejado el café con leche y la medialuna, pero no se retira. Al parecer no ha terminado el contacto.
         –No –digo, y vuelvo a mirar por la ventana. Pasan los autos, si vivís en una ciudad pasan autos, siempre. Una mujer que quizás de joven fue linda pero ya no, con el cabello teñido de un amarillo excesivo, baldea la vereda. Un hombre desayuna sentado en una mesita de afuera, a pesar del frío. Tiene dos bull dogs a sus pies y le limpia, a uno, la boca, con una servilleta de papel. Pasa un paseador de perros llevando diez perros o más, y empujando una bicicleta con la otra mano. Se produce una breve disputa de perros, entre el grupo del paseador, y el par de bull dogs. Un concierto de ladridos que el paseador se encarga de sofocar retando a dos o tres perros por su nombre. Alguien sale a la calle y enciende un cigarrillo, alguien habla por teléfono en un tono de voz que parece querer decirle, al universo todo, que quizás parece un boludo pero no es ningún boludo, a él le suceden cosas importantes.
         –¿Por qué no? –dice el mozo.
         –¿Eh? –me sorprende, la pregunta. Me sorprender verlo todavía de pie, junto a la mesa, con el diario ahora en la mano.
         –Por qué no querés leer el diario –dice el mozo, y sonríe, apenas. Mueve, el diario, dos veces, cerca de mi rostro, como si me estuviera abanicando.
         –Porque no –le digo–. Porque el diario es una estupidez inventada para tipos como vos que no tienen la más puta idea de qué va la cosa. El diario es para gente que necesita que le expliquen lo que está pasando, así como hay gente que necesita escuchar el pronóstico meteorológico por televisión para saber si tienen frío o calor. El diario es para pelotudos que jamás tuvieron una idea ni la van a tener. El diario es para tipos que se atiborran los domingos viendo tres partidos de fútbol por televisión, después de una semana de ver programas de concursos donde la gente baila o canta y sueña con dejar de ser lo que son, mientras bailan, mientras cantan. Un tipo que lee el diario es un fracasado, sin excepción. Y además, porque no me interesa la realidad. Prefiero la ficción.
         Se queda muy quieto, el mozo, mientras yo doy el primer sorbo al café con leche. Me parece que separa un poco las piernas, para estabilizarse, como si se hubiera mareado, y hace un sonido, con la garganta, un hipo que bien puede ser un contenido sollozo venido de quién sabe dónde, de alguna parte.
         –No me hagas caso, loco, era un chiste –extiendo la mano, hacia el diario– ¿No sabés cómo salió Atlanta?