En la secundaria tuve un amigo que se llamaba Javier.
Resultó que Javier tenía dinero. Bueno, no él, su padre, su familia. Aunque a
esa edad, con menos de dieciséis años, tener dinero o no tener dinero no
cambiaba nada. Que uno no se daba cuenta de las diferencias, la cabeza estaba
en otra cosa, eso quise decir.
Nos invitó Javier, a Damián y a mí, una semana de
vacaciones. Javier veraneaba todo el mes de Enero, desde que podía recordar,
desde siempre, en Punta del Este. Tenía un regio departamento en la parada 11
de la mansa, frente al mar. Y nos había invitado a sus dos mejores amigos, a
Damián y a mí, una semana. Al Uruguay, a Punta del Este, a su casa. Una semana
en la que no iban a estar sus padres, ni sus hermanos, nadie de su familia.
Nosotros solos, imaginate.
De más está decir que tanto Damián como yo no lo podíamos
creer. Pibes de barrio, familias que aspiraban a ser de clase media, vacaciones
en Miramar en el departamentito de unos abuelos, en mi caso. Íbamos a ir a
Uruguay, íbamos a viajar en aliscafo, necesitábamos un poder de nuestros padres
para salir del país. Pura aventura.
Pero nada de eso importa, lo que quiero contar es otra cosa.
Todo lo que digo, lo que escribí, es puro contexto.
Lo importante es que tanto Damián como yo éramos dos pibitos
sin un mango, yendo de invitados una semana, a Punta del Este. El mundo
desplegaba ante nuestros azorados ojos su maravilloso abanico de colores. Allá
fuimos.
Habíamos ido a hacer las compras, Damián y yo. Javier se
había quedado en su casa, bañándose después de un día de playa, hablando con su
madre por teléfono, no sé. Nos tocaba a nosotros hacer las compras para la
noche. Ravioles o fideos, fiambre y queso, gaseosas.
Había en Uruguay, supongo que siguen existiendo, unas
galletitas llamadas ‘Bridge’. Eran unas obleas,
cuadradas, con un relleno de mousse, una pasta de chocolate. Las
galletitas eran riquísimas, y caras para nosotros. Supongo que a nuestra
particular falta de dinero había que agregar un tipo de cambio adverso, esas
cuestiones que suelen tener que ver con la económica realidad de los países y que de alguna manera terminan llegando a los individuos. A las personas.
Entramos a un supermercado que estaba en la parada 5 y la
Roosevelt, habíamos salido de la playa y fuimos al supermercado, antes de volver
caminando al departamento de Javier.
Entramos al supermercado, y Damián me contó su idea. Me dijo
‘pará, Juan, tengo una idea’.
Su idea era la siguiente. Yo iba a agarrar un paquete de
galletitas ‘Bridge’. Luego, iba a ir a la caja a pagarlo. Luego, volvía a
entrar al supermercado, para encontrarme con él, y hacer las compras.
Como si de un iceberg se tratara, faltaba la mejor parte de
la idea, lo que no se ve. Lo que subyace.
Teníamos que abrir el paquete de galletitas, y con absoluta
despreocupación, comer. Terminado el paquete, debíamos agarrar otro, otro
paquete, lo abríamos, y continuábamos comiendo. En caso de ser increpados por
algún guardia de seguridad o personal del supermercado, la respuesta era de lo
más simple. ‘Sí, señor, estamos haciendo las compras, y teníamos hambre. Acá
puede ver usted el ticket de estas galletitas’.
Siempre un paquete de galletitas encima, y el ticket.
Impecable lógica.
Nos quedamos en el supermercado una buena media hora. Debemos
haber comido nueve paquetes de ‘Bridge’, quizás once. No íbamos a tener ni
ganas de cenar. Nos reímos mucho.
Nos limpiamos las miguitas y fuimos con el carrito a la
caja, a pagar nuestras compras.
Al llegar a la caja debí haber notado que algo sucedía.
Nos estaban esperando, junto a la caja, personal de
seguridad, policías, incluso gente de prefectura.
Para resumir, nos obligaron a pagar unas cinco veces más de
lo que habíamos comido. Tuvimos que llamar a Javier para que trajera todo el
dinero que habíamos llevado para la semana de vacaciones. Fuimos demorados, en
una comisaría. Amenazaron con llamar a nuestros padres y deportarnos. Tuvimos
que rogar bastante, pedir disculpas, jurar que jamás lo volveríamos a hacer.
Fue entonces cuando supe que me sería difícil vivir con las ideas
de otros, por más buenas que fueran. Se me iba a tener que ocurrir algo a mí.
30.6.12
25.6.12
Así como me ves
Desde hace algún tiempo, por las mañanas, desayuno con el
miedo. A veces viene el susto, también. Hay días que se sienta la tristeza, y
se queda, despreocupada, tomándose unos mates ya tibios, mirando por una
ventana que da a un contrafrente donde
jamás se verá nada que merezca la palabra ‘paisaje’. Levanta una pierna, se
corta las uñas.
Muchas veces, vienen juntas, desayunan conmigo, la ansiedad y la frustración. Se atolondran, mueven mucho las sillas, vuelcan algo. Ensayan un par de ampulosas carcajadas.
Han venido también la angustia, la furia, la locura. El rencor desde ya, el estupor, la insipidez más despiadada.
Cuando te fuiste, te llevaste todo lo bueno de este mundo. Desayunar es mi cruz.
Muchas veces, vienen juntas, desayunan conmigo, la ansiedad y la frustración. Se atolondran, mueven mucho las sillas, vuelcan algo. Ensayan un par de ampulosas carcajadas.
Han venido también la angustia, la furia, la locura. El rencor desde ya, el estupor, la insipidez más despiadada.
Cuando te fuiste, te llevaste todo lo bueno de este mundo. Desayunar es mi cruz.
20.6.12
Es tu opinión
Es
de noche. Sé que me va a costar dormir, es algo que se siente en el cuerpo. Algo,
como si durante el día hubieras pisado una baldosa y la tristeza te hubiera
salpicado hasta el alma. El alcohol no está funcionando, el alcohol no
funciona, y cuando el alcohol no funciona es porque no va a funcionar nada. Acostumbrate.
Bajo a dar una vuelta, al parque, para estirar las piernas, fumar un cigarrillo, tratar de olvidarme de algo que debió ocurrir y no ocurrió, o de algo que ocurrió y quizás no debió ocurrir.
Estoy caminando. Deben ser las once de la noche, a esa ahora ya afloja un poco la locura, la gente se guarda. Hace frío, además.
Un par de chiflados corriendo, escapando, como pueden, como les sale. Por lo general, cuando la gente ve pasar a alguien corriendo, temprano a la mañana, imaginan virtudes como el intento de superación, el esfuerzo, la búsqueda de la salud en alguno de sus edulcorados sabores. Yo, cuando veo a alguien corriendo a la mañana, lo único que veo es alguien que no cogió la noche anterior. Y si corrés a la noche, bueno, quizás llevás no cogiendo quién sabe, una vida. Correr es un sucedáneo de la religión, es todo lo que tenés que saber al respecto.
Un tipo pasea a su perro, un boxer. Le tira de la correa. Le pega, le habla.
–¡Pero qué hacés, boludo! –le da un patadón, de costado–. No me hagás embarrar porque te mato.
Enciendo mi cigarrillo.
–¡Dale, forro, dale! –el tipo le da un tirón lo suficientemente fuerte para arrancarle el cuello–. Cagá de una vez. Tengo frío. ¡Cagá!
Me acerco un poco. Hago como que me masajeo una entumecida rodilla. Finjo atarme los cordones.
–¡Qué comés, qué comés! –el tipo le pega al animal con la propia correa, le da un par de lonjazos. El animal lo mira, lo mira y aguanta. Un golpe más, para fijar los conceptos, dos golpes más, y lo suelta. El animal continúa con lo suyo.
La crueldad con los animales es una cosa que me ha molestado desde siempre. Con las personas, con los seres humanos por decirlo de algún modo, jamás he logrado ese nivel de empatía.
–Che –lo señalo, al tipo–. ¿Por qué no lo dejás tranquilo al perro? ¿Para qué carajo tenés un perro? Digo, si te molesta todo lo que hace.
El tipo me mira, retrocede un poco. Se da cuenta que me lleva veinte o treinta años, y yo le llevo veinte o treinta kilos. Sabe que pierde, lo sabe con todo su ser, no puede hacer nada al respecto.
Entonces siento la mordida, artera, de atrás, en mi pantorrilla derecha que empieza a quemar, a quemar y a pinchar al mismo tiempo, a doler de verdad.
Me doy vuelta y me agacho todo en un solo movimiento, tratando de apretar la zona. El dolor crece como una mancha. Sangre entre los dedos.
–No te metas, forro –el boxer me mira, me habla–. Qué carajo te metés.
Bajo a dar una vuelta, al parque, para estirar las piernas, fumar un cigarrillo, tratar de olvidarme de algo que debió ocurrir y no ocurrió, o de algo que ocurrió y quizás no debió ocurrir.
Estoy caminando. Deben ser las once de la noche, a esa ahora ya afloja un poco la locura, la gente se guarda. Hace frío, además.
Un par de chiflados corriendo, escapando, como pueden, como les sale. Por lo general, cuando la gente ve pasar a alguien corriendo, temprano a la mañana, imaginan virtudes como el intento de superación, el esfuerzo, la búsqueda de la salud en alguno de sus edulcorados sabores. Yo, cuando veo a alguien corriendo a la mañana, lo único que veo es alguien que no cogió la noche anterior. Y si corrés a la noche, bueno, quizás llevás no cogiendo quién sabe, una vida. Correr es un sucedáneo de la religión, es todo lo que tenés que saber al respecto.
Un tipo pasea a su perro, un boxer. Le tira de la correa. Le pega, le habla.
–¡Pero qué hacés, boludo! –le da un patadón, de costado–. No me hagás embarrar porque te mato.
Enciendo mi cigarrillo.
–¡Dale, forro, dale! –el tipo le da un tirón lo suficientemente fuerte para arrancarle el cuello–. Cagá de una vez. Tengo frío. ¡Cagá!
Me acerco un poco. Hago como que me masajeo una entumecida rodilla. Finjo atarme los cordones.
–¡Qué comés, qué comés! –el tipo le pega al animal con la propia correa, le da un par de lonjazos. El animal lo mira, lo mira y aguanta. Un golpe más, para fijar los conceptos, dos golpes más, y lo suelta. El animal continúa con lo suyo.
La crueldad con los animales es una cosa que me ha molestado desde siempre. Con las personas, con los seres humanos por decirlo de algún modo, jamás he logrado ese nivel de empatía.
–Che –lo señalo, al tipo–. ¿Por qué no lo dejás tranquilo al perro? ¿Para qué carajo tenés un perro? Digo, si te molesta todo lo que hace.
El tipo me mira, retrocede un poco. Se da cuenta que me lleva veinte o treinta años, y yo le llevo veinte o treinta kilos. Sabe que pierde, lo sabe con todo su ser, no puede hacer nada al respecto.
Entonces siento la mordida, artera, de atrás, en mi pantorrilla derecha que empieza a quemar, a quemar y a pinchar al mismo tiempo, a doler de verdad.
Me doy vuelta y me agacho todo en un solo movimiento, tratando de apretar la zona. El dolor crece como una mancha. Sangre entre los dedos.
–No te metas, forro –el boxer me mira, me habla–. Qué carajo te metés.
15.6.12
t + 1
Tarde, siempre es tarde. Cuando venís, sencillo hasta la
exasperación, fastidio hasta la náusea, es porque, justamente, es tarde.
Si me decís holaquetalcomoestástantotiempo, bueno, es porque
te divorciaste de tu horrorosa señora y diez años después precisás un amigo,
alguien que te escuche, que te pague una cerveza y te jure que la vida continúa
aunque no haya más lluvia en Villa Gesell para ninguno de nosotros.
Si me decís que te diste cuenta que soy el hombre de tu
vida, el que mejor te cogió, con superior entusiasmo, o el que más te quería.
Bueno, mamucha, es porque te viniste grande, pasaste al galope de talle de
bombacha, goodbye M, welcome L, la celulitis te masticó la magia, te desangelaste
a pura várice. Fatiga de materiales.
Si me decís que siempre pensaste que yo era la persona ideal
para el trabajo, es porque ya me echaste, o nunca me tomaste, te pareció que yo
no era el adecuado o que en verdad podía andar y no te convenía tenerme cerca.
Si me decís que te encantaba lo que escribía, que te parecía que yo era el
nuevo mesías que la literatura argentina llevaba tanto tiempo esperando, bueno,
es porque no me publicaste.
Y así podríamos seguir, te pegaste dos o tres vueltas en la
calesita de la vida y ahora sabés, sentís que sabés, que era yo, claro que era
yo, para cualquier cosa, la persona exacta, con el talento justo, la fuerza, las
ganas. Servía, sí, claro.
Pero cuando venís es tarde, siempre es tarde. Porque yo no
tuve más remedio que quedarme conmigo, hacer otra cosa, seguir con mi precaria
existencia. Mi estúpida vida.
10.6.12
Desde el futuro
Estamos en el año 2078, estamos en el futuro. No soy bueno
para la ciencia ficción, por lo general creo que con la ficción es suficiente.
Alcanza.
Estamos en el año 2078, entonces, decía. Se festeja el aniversario, el centenario del mundial 78. Hay pósters de Kempes en las calles, la Argentina hace años que no existe más, se llama Tina, el país. Tuvo que vender, en un momento, la ‘Ar’, para poder seguir adelante, para que no la expulsaran del planeta tierra. Y a los pocos años, vendió el ‘gen’.
El paisaje es como la peli ‘Mad Max’, hordas luchando por el agua, por el vino, por el combustible. En las calles vuelan fardos de pasto. La gente mata perros y se los come, los teléfonos celulares y las computadoras son gratis, para que todos estén enchufados. Una delicia.
Después de la quinta guerra mundial, quedó lo que quedó. No se usa más el dinero y se abolió la propiedad privada. Cada uno tiene lo que es capaz de defender, la gente se agrupa por el simpático hecho de la supervivencia. Llueve sin parar, una mezcla de agua tibia con ceniza. Ah, se vive todo el tiempo, se vive para siempre. Se vive hasta que te presentás en una oficina, llenás un formulario y apretás un botón, para morirte. Al principio se reía, la gente, decía ‘nadie va a ir a apretar ese botón’. Pero después, tarde o temprano, la gente se fue dando cuenta que vivir es un fastidio. Cansa.
Pero no quería ser tremendista ni apocalíptico, no quería hablar de nada de eso. Hay una epidemia, una epidemia nueva. Una patología, un brote, cómo llamarlo.
Empiezan a desaparecer los maniquíes. De todas partes. De las vidrieras, de las fábricas, de donde sea. La gente, ambos sexos, todos sienten la pulsión de coger con maniquíes. Cualquier maniquí, roto o entero, un pedazo de culo, una cabeza, una mano.
El Comité Central de Ciencia y Tecnología luce desconcertado. Han estudiado y conocen todos los cambios en las pautas de conducta, producto de la polución ambiental y la descontrolada ingesta de psicotrópicos. Pero esto no había pasado jamás, debe ser un virus proveniente del espacio exterior, de las bases que se han ido instalando en Júpiter, una roca caída de la galaxia de Xiburg.
Soy estudiado como el posible antídoto, el huésped del cual quizás pueda crearse la vacuna para combatir el mal. Los científicos hacen pruebas conmigo. No tengo el apetito por los maniquíes, el arrebatado anhelo, la indómita pulsión.
Es que cogí con vos, en el pasado más remoto. Debo estar inmunizado.
Estamos en el año 2078, entonces, decía. Se festeja el aniversario, el centenario del mundial 78. Hay pósters de Kempes en las calles, la Argentina hace años que no existe más, se llama Tina, el país. Tuvo que vender, en un momento, la ‘Ar’, para poder seguir adelante, para que no la expulsaran del planeta tierra. Y a los pocos años, vendió el ‘gen’.
El paisaje es como la peli ‘Mad Max’, hordas luchando por el agua, por el vino, por el combustible. En las calles vuelan fardos de pasto. La gente mata perros y se los come, los teléfonos celulares y las computadoras son gratis, para que todos estén enchufados. Una delicia.
Después de la quinta guerra mundial, quedó lo que quedó. No se usa más el dinero y se abolió la propiedad privada. Cada uno tiene lo que es capaz de defender, la gente se agrupa por el simpático hecho de la supervivencia. Llueve sin parar, una mezcla de agua tibia con ceniza. Ah, se vive todo el tiempo, se vive para siempre. Se vive hasta que te presentás en una oficina, llenás un formulario y apretás un botón, para morirte. Al principio se reía, la gente, decía ‘nadie va a ir a apretar ese botón’. Pero después, tarde o temprano, la gente se fue dando cuenta que vivir es un fastidio. Cansa.
Pero no quería ser tremendista ni apocalíptico, no quería hablar de nada de eso. Hay una epidemia, una epidemia nueva. Una patología, un brote, cómo llamarlo.
Empiezan a desaparecer los maniquíes. De todas partes. De las vidrieras, de las fábricas, de donde sea. La gente, ambos sexos, todos sienten la pulsión de coger con maniquíes. Cualquier maniquí, roto o entero, un pedazo de culo, una cabeza, una mano.
El Comité Central de Ciencia y Tecnología luce desconcertado. Han estudiado y conocen todos los cambios en las pautas de conducta, producto de la polución ambiental y la descontrolada ingesta de psicotrópicos. Pero esto no había pasado jamás, debe ser un virus proveniente del espacio exterior, de las bases que se han ido instalando en Júpiter, una roca caída de la galaxia de Xiburg.
Soy estudiado como el posible antídoto, el huésped del cual quizás pueda crearse la vacuna para combatir el mal. Los científicos hacen pruebas conmigo. No tengo el apetito por los maniquíes, el arrebatado anhelo, la indómita pulsión.
Es que cogí con vos, en el pasado más remoto. Debo estar inmunizado.
5.6.12
Sucedió en Plaza Irlanda
Era la adolescencia, una adolescencia transcurrida hace
quizás ya demasiado tiempo, la mía. Antes de la Playstation, para que te
ubiques.
Iba al Vieytes, yo, la secundaria. Nos habían juntado, segundo tercera, nosotros, con segundo novena de la tarde, y habían construido una nueva división para tercer año, no me preguntes por qué. No viene al caso.
Estaba D’Ambrosio, que venía de la novena. Un gigante de más de un metro noventa, manos como sartenes. Labio inferior siempre húmedo y algo caído. La maldad en estado puro, impiadoso, la inverosímil fuerza.
Estaba Marinelli, que había cursado primero y segundo con nosotros, conmigo. Colorado, pálido, muy pálido, casi transparente. Legañoso, siempre legañoso, y con los ojitos rojos. Tartamudeaba un poco, andaba siempre encogido, la cabeza como escondida entre los hombros, temeroso de su fragilidad, dando cortos pasitos por el pasillo hacia el aula.
No sé cómo, no debió pasar nunca, pero D’Ambrosio se ensañó con Marinelli de inmediato, odio a primera vista. Le robaba los útiles o la comida, pasaba en su camino hacia el fondo del aula y le pegaba en la cabeza o le rompía el cuaderno. Lo amenazaba, le decía cosas.
–Che, pelado –me dijo uno, así me decían a mí, supongo que porque tenía unos indómitos rulos–, hoy a la salida vamos todos a Plaza Irlanda. Hay goma.
–¿Quiénes? –Pregunté.
–Marinelli –me dijo Barbieri, o Bernardi–. Con D’Ambrosio.
No podía ser. Marinelli jamás se había peleado con nadie, su cuerpo no había sido diseñado para la pelea. Hasta estaba exceptuado de ir a Educación Física por algún tema médico. Imposible.
Al parecer D’Ambrosio le había dicho algo, a Marinelli, algo sobre su madre, y Marinelli, en el arrebato de responder, en el apuro, había dicho ‘te espero en la esquina’. ‘Claro’, dijo D’Ambrosio, y se rió, se rieron varios. Plaza Irlanda, allá fuimos todos.
La hago corta, no quiero aburrir con recuerdos que quizás sólo me interesan a mí y a alguno más que haya estado ahí. Hacía frío, llegamos, empezó la pelea.
Era imposible, por altura, por peso, por asimetría de fuerzas, Marinelli no tenía ninguna posibilidad. D’Ambrosio le pegó un par de trompadas y Marinelli se fue al piso, sobre la tierra. Sangraba, de una ceja, de la nariz. Se puso de pie, intentó tirar unas manos, pero D’Ambrosio le llevaba unos treinta kilos de diferencia, y sabía pelear. Era sucio, le escupió la cara, se lo sacó de encima de un empujón, le volvió a pegar. Lo pateó en el piso, dos, tres veces, las costillas, le partió el labio. Marinelli se puso de pie, como pudo, agarrándose el estómago, volvió a cobrar.
Habrá durado todo tres minutos, podría relatar esa pelea en cámara lenta, cada golpe, el pedacito de diente de Marinelli que voló al pasto, el ‘paf’ de la trompada inicial que lo dejó sentado y aturdido, demasiado aturdido para llorar.
Dijimos que era suficiente, nos metimos, prometimos otra pelea, nosotros contra ellos, para la siguiente semana. Había que volver a casa, hacer la tarea, almorzar.
Se empezaron a ir todos los pibes, en grupos.
Entonces vi a Marinelli, de pie. Tenía un ojo negro, el labio superior con sangre, hinchado. El pelo revuelto, la camisa rota con un solo botón, la cara llena de mugre, alguien le devolvió el saco. Apretaba los puños, muy fuerte. Había sabido todo el tiempo, todo el día, lo que le esperaba. Había sabido que le iban a pegar y que le iba a doler. Las cosas habían sido, incluso, mucho peor que en su imaginado tormento. Le salió un sollozo, le dolía todo, y sin embargo había algo ahí, no sé, una vibración. Haber hecho lo que había que hacer, sabiendo que no tenía la más mínima posibilidad.
Por actitudes como esa, por tipos como vos, Marinelli, es que todavía me siento a escribir. A recibir las piñas que correspondan, y sentir eso que quizás vi en vos, en tu carita de pibe aquella vez en Plaza Irlanda. Eso que era demasiado puro, demasiado intenso para ser expresado con palabras.
Iba al Vieytes, yo, la secundaria. Nos habían juntado, segundo tercera, nosotros, con segundo novena de la tarde, y habían construido una nueva división para tercer año, no me preguntes por qué. No viene al caso.
Estaba D’Ambrosio, que venía de la novena. Un gigante de más de un metro noventa, manos como sartenes. Labio inferior siempre húmedo y algo caído. La maldad en estado puro, impiadoso, la inverosímil fuerza.
Estaba Marinelli, que había cursado primero y segundo con nosotros, conmigo. Colorado, pálido, muy pálido, casi transparente. Legañoso, siempre legañoso, y con los ojitos rojos. Tartamudeaba un poco, andaba siempre encogido, la cabeza como escondida entre los hombros, temeroso de su fragilidad, dando cortos pasitos por el pasillo hacia el aula.
No sé cómo, no debió pasar nunca, pero D’Ambrosio se ensañó con Marinelli de inmediato, odio a primera vista. Le robaba los útiles o la comida, pasaba en su camino hacia el fondo del aula y le pegaba en la cabeza o le rompía el cuaderno. Lo amenazaba, le decía cosas.
–Che, pelado –me dijo uno, así me decían a mí, supongo que porque tenía unos indómitos rulos–, hoy a la salida vamos todos a Plaza Irlanda. Hay goma.
–¿Quiénes? –Pregunté.
–Marinelli –me dijo Barbieri, o Bernardi–. Con D’Ambrosio.
No podía ser. Marinelli jamás se había peleado con nadie, su cuerpo no había sido diseñado para la pelea. Hasta estaba exceptuado de ir a Educación Física por algún tema médico. Imposible.
Al parecer D’Ambrosio le había dicho algo, a Marinelli, algo sobre su madre, y Marinelli, en el arrebato de responder, en el apuro, había dicho ‘te espero en la esquina’. ‘Claro’, dijo D’Ambrosio, y se rió, se rieron varios. Plaza Irlanda, allá fuimos todos.
La hago corta, no quiero aburrir con recuerdos que quizás sólo me interesan a mí y a alguno más que haya estado ahí. Hacía frío, llegamos, empezó la pelea.
Era imposible, por altura, por peso, por asimetría de fuerzas, Marinelli no tenía ninguna posibilidad. D’Ambrosio le pegó un par de trompadas y Marinelli se fue al piso, sobre la tierra. Sangraba, de una ceja, de la nariz. Se puso de pie, intentó tirar unas manos, pero D’Ambrosio le llevaba unos treinta kilos de diferencia, y sabía pelear. Era sucio, le escupió la cara, se lo sacó de encima de un empujón, le volvió a pegar. Lo pateó en el piso, dos, tres veces, las costillas, le partió el labio. Marinelli se puso de pie, como pudo, agarrándose el estómago, volvió a cobrar.
Habrá durado todo tres minutos, podría relatar esa pelea en cámara lenta, cada golpe, el pedacito de diente de Marinelli que voló al pasto, el ‘paf’ de la trompada inicial que lo dejó sentado y aturdido, demasiado aturdido para llorar.
Dijimos que era suficiente, nos metimos, prometimos otra pelea, nosotros contra ellos, para la siguiente semana. Había que volver a casa, hacer la tarea, almorzar.
Se empezaron a ir todos los pibes, en grupos.
Entonces vi a Marinelli, de pie. Tenía un ojo negro, el labio superior con sangre, hinchado. El pelo revuelto, la camisa rota con un solo botón, la cara llena de mugre, alguien le devolvió el saco. Apretaba los puños, muy fuerte. Había sabido todo el tiempo, todo el día, lo que le esperaba. Había sabido que le iban a pegar y que le iba a doler. Las cosas habían sido, incluso, mucho peor que en su imaginado tormento. Le salió un sollozo, le dolía todo, y sin embargo había algo ahí, no sé, una vibración. Haber hecho lo que había que hacer, sabiendo que no tenía la más mínima posibilidad.
Por actitudes como esa, por tipos como vos, Marinelli, es que todavía me siento a escribir. A recibir las piñas que correspondan, y sentir eso que quizás vi en vos, en tu carita de pibe aquella vez en Plaza Irlanda. Eso que era demasiado puro, demasiado intenso para ser expresado con palabras.
30.5.12
Autopista espiritual
Probé con Osho. Claro que probé con Osho, todos probamos con
Osho. Sus discursos de un magistral ingenio, su formidable sentido del humor,
sus uñas tan perfectas. Sus espectaculares relojes, sus lentes de sol detrás de
los cuales habitaba esa tremenda mirada, su carita algo perversa que parecía
sugerir que estar iluminado no le impedía deambular por la tierra y celebrar
todo aquello que hubiera para celebrar.
De ahí vas a Krishnamurti sin escalas. La iluminación absoluta, la demolición del yo a través de una catarata de palabras. La negación de la negación de la negación de todo lo que no es. El razonamiento hasta la extenuación, la disección de la imbecilidad hasta hacerla desaparecer. La angustia en ese rostro de un hombre que sabía demasiado, simplemente demasiado, quizás más de lo que podía soportar un ser humano por más excepcional que fuera.
Después te pegás una vuelta por el Maharishi Mahesh Yogi. No hay manera de no ir por ese lado. El tipo con su carita a lo Charles Manson y esa vocecita tan suave. Su meditación trascendental marca registrada, su mantra de la palabra mágica que te estaba esperando a vos y a nadie más que a vos, para llevarte más allá de la pútrida realidad. Sus paseos con pasos tan cortitos a orillas de un lago quieto, tan quieto y tan profundo como la conciencia, y una flor en la mano siempre.
Todo te lleva a Sai Baba. El hombre de la túnica naranja y el cabello con el afro perfecto, solamente superado en originalidad e impacto, quizás por el peinado de Don King. El hombre caminando entre la multitud de fanáticos, con esa sonrisita como si se estuviera por hacer pis, frotando apenas los dedos, dos o tres dedos de una mano, y haciendo aparecer una cadenita de oro aquí y allá.
Vas y leés lo que podés de Ramana Maharshi, su esplendoroso silencio. Cuando le preguntaron a Ramana Maharshi cómo saber si uno estaba progresando en el camino espiritual, y el tipo respondió ‘la ausencia de pensamiento, el grado de ausencia de pensamientos, es el verdadero indicador del progreso en el camino de la iluminación’. Te comprás todos los libros que encontrás de Chopra, original cruce de caminos entre la oriental sabiduría y la occidental picardía. Seguís con los videítos de Barry Long, con su mirada a punto de saltarte a la yugular, parado en el borde de la locura misma que casi le dificultaba transmitir lo que tenía para contar, te pegás una vuelta por Ram Dass y su ‘fierce grace’, vas a Eckhart Tolle, una especie de duende lleno de luz y alegría con su encantador repackageo de sagradas escrituras, Adyashanti y su infinitamente dulce manera de explicar lo que no se puede explicar. Vas con Papaji, y entendés que es un segundo nomás, que es ahora y que es posible ser feliz, parás el motor de la mente y estás bendito para siempre. Probás con sus discípulos, con la delicada combinación de énfasis y bondad de Gangaji que te toma de la mano, con Mooji y su manera tan pero tan agradable y divertida de mostrarte que la magia es para vos también y es fácil, vas a recuperar las ganas de reírte, de caminar por la calle, de tomar un café con leche. Vas a Nisargadatta Maharaj que te grita, con absoluta vehemencia, que vos sos eso, que ya llegaste, que ahí estuvo desde siempre, que no hay que buscar lo que ya sos. Vas y te metés de zabiola con el sarteneo de la supersarasa del mindfulness de Jon Kabat Zinn. Hacés el cursito de Sri Sri, te dijeron que lo único que tenés que hacer es respirar, con respirar alcanza para ser feliz, ya te vas a dar cuenta.
Y entonces te das cuenta que pasaron unos tres o cinco años y no entendiste un pomo, no tenés la más puta idea de nada, no trascendés un carajo ni sos un alma consciente ni despertaste a esa dimensión que se oculta detrás del velo de la mente. Querés tomar un buen vino y coger un poco. Te estás cayendo a pedazos, no das más.
De ahí vas a Krishnamurti sin escalas. La iluminación absoluta, la demolición del yo a través de una catarata de palabras. La negación de la negación de la negación de todo lo que no es. El razonamiento hasta la extenuación, la disección de la imbecilidad hasta hacerla desaparecer. La angustia en ese rostro de un hombre que sabía demasiado, simplemente demasiado, quizás más de lo que podía soportar un ser humano por más excepcional que fuera.
Después te pegás una vuelta por el Maharishi Mahesh Yogi. No hay manera de no ir por ese lado. El tipo con su carita a lo Charles Manson y esa vocecita tan suave. Su meditación trascendental marca registrada, su mantra de la palabra mágica que te estaba esperando a vos y a nadie más que a vos, para llevarte más allá de la pútrida realidad. Sus paseos con pasos tan cortitos a orillas de un lago quieto, tan quieto y tan profundo como la conciencia, y una flor en la mano siempre.
Todo te lleva a Sai Baba. El hombre de la túnica naranja y el cabello con el afro perfecto, solamente superado en originalidad e impacto, quizás por el peinado de Don King. El hombre caminando entre la multitud de fanáticos, con esa sonrisita como si se estuviera por hacer pis, frotando apenas los dedos, dos o tres dedos de una mano, y haciendo aparecer una cadenita de oro aquí y allá.
Vas y leés lo que podés de Ramana Maharshi, su esplendoroso silencio. Cuando le preguntaron a Ramana Maharshi cómo saber si uno estaba progresando en el camino espiritual, y el tipo respondió ‘la ausencia de pensamiento, el grado de ausencia de pensamientos, es el verdadero indicador del progreso en el camino de la iluminación’. Te comprás todos los libros que encontrás de Chopra, original cruce de caminos entre la oriental sabiduría y la occidental picardía. Seguís con los videítos de Barry Long, con su mirada a punto de saltarte a la yugular, parado en el borde de la locura misma que casi le dificultaba transmitir lo que tenía para contar, te pegás una vuelta por Ram Dass y su ‘fierce grace’, vas a Eckhart Tolle, una especie de duende lleno de luz y alegría con su encantador repackageo de sagradas escrituras, Adyashanti y su infinitamente dulce manera de explicar lo que no se puede explicar. Vas con Papaji, y entendés que es un segundo nomás, que es ahora y que es posible ser feliz, parás el motor de la mente y estás bendito para siempre. Probás con sus discípulos, con la delicada combinación de énfasis y bondad de Gangaji que te toma de la mano, con Mooji y su manera tan pero tan agradable y divertida de mostrarte que la magia es para vos también y es fácil, vas a recuperar las ganas de reírte, de caminar por la calle, de tomar un café con leche. Vas a Nisargadatta Maharaj que te grita, con absoluta vehemencia, que vos sos eso, que ya llegaste, que ahí estuvo desde siempre, que no hay que buscar lo que ya sos. Vas y te metés de zabiola con el sarteneo de la supersarasa del mindfulness de Jon Kabat Zinn. Hacés el cursito de Sri Sri, te dijeron que lo único que tenés que hacer es respirar, con respirar alcanza para ser feliz, ya te vas a dar cuenta.
Y entonces te das cuenta que pasaron unos tres o cinco años y no entendiste un pomo, no tenés la más puta idea de nada, no trascendés un carajo ni sos un alma consciente ni despertaste a esa dimensión que se oculta detrás del velo de la mente. Querés tomar un buen vino y coger un poco. Te estás cayendo a pedazos, no das más.
25.5.12
El sueño del perro
Invierno, playa. No importa qué playa. Ponele Necochea,
ponele Pinamar. Lo que te resulte más cómodo.
Amanece. Hay un perro, un perro vagabundo que duerme, detrás de un médano, apenas guarecido del viento.
El perro duerme y sueña que es un hombre. Sueña que está casado con una dulce esposa que lo quiere. Sueña que ve crecer a sus hijos, los lleva al colegio y camina un par de cuadras con ellos de la mano. Responde alguna pregunta de su hija de siete años, miran un pájaro, se ríen. Sueña que lo ascienden en el trabajo y gana más dinero. Sueña que cambia el auto. Sueña que arma vacaciones y cenas de navidad con familiares y amigos. Sueña que toma un buen vino, y envejece.
Se despierta, el perro. Se pone de pie, estira las patas. La playa está desierta, hace mucho frío. Siente algo en el estómago, el perro, una inquietud, hambre.
El perro está despierto, mueve la cola.
Amanece. Hay un perro, un perro vagabundo que duerme, detrás de un médano, apenas guarecido del viento.
El perro duerme y sueña que es un hombre. Sueña que está casado con una dulce esposa que lo quiere. Sueña que ve crecer a sus hijos, los lleva al colegio y camina un par de cuadras con ellos de la mano. Responde alguna pregunta de su hija de siete años, miran un pájaro, se ríen. Sueña que lo ascienden en el trabajo y gana más dinero. Sueña que cambia el auto. Sueña que arma vacaciones y cenas de navidad con familiares y amigos. Sueña que toma un buen vino, y envejece.
Se despierta, el perro. Se pone de pie, estira las patas. La playa está desierta, hace mucho frío. Siente algo en el estómago, el perro, una inquietud, hambre.
El perro está despierto, mueve la cola.
20.5.12
El origen del universo y algunas otras cuestiones
La gente sigue con lo mismo, siempre con lo mismo. Vas a
cualquier parte y la gente quiere saber cuál fue el origen del universo, la
gente mira programas de televisión donde se habla del big bang, de los agujeros
negros. Te metés en cualquier conversación y alguien dice que hay vida en
Marte, que encontraron un microbio tomando un vaso de Fanta en Urano, que
descubrieron una mancha de pis contra un zócalo, en Venus. La gente va y te
tira de una que hay vida después de la muerte, que existe la reencarnación, que
de acuerdo a cómo te comportaste en esta vida podés reencarnar en Michelle
Pfeiffer o en una cebra, que existe algo superior, una fuerza, una pelota de
cósmica energía, llamalo Dios, llamalo como quieras, hay algo más.
A mí me suele preocupar por qué carajo no encuentro el queso rallado cuando ya casi están los ravioles, cuánto me va a costar pasar una semana fuera de temporada frente al mar, si voy a volver a coger con esa gordita tan macanuda que conocí el domingo en el supermercado. El discreto encanto de lo superficial.
A mí me suele preocupar por qué carajo no encuentro el queso rallado cuando ya casi están los ravioles, cuánto me va a costar pasar una semana fuera de temporada frente al mar, si voy a volver a coger con esa gordita tan macanuda que conocí el domingo en el supermercado. El discreto encanto de lo superficial.
15.5.12
Polvo al polvo
Parecés una mujer ecléctica y variopinta, tirando a extraviada.
Parecés una mujer elocuente y estentórea, tirando al ridículo.
Parecés una mujer circunspecta y reflexiva, tirando a banal.
Parecés una mujer enigmática y misteriosa, tirando a inconexa.
Parecés una mujer melancólica y emotiva, tirando a retriste.
Parecés una mujer rebuscada e instruida en las lides del amor, tirando a sequita.
Parecés una mujer perfecta para compartir una vida, tirando a media hora, cuarenta minutos.
Parecés una mujer elocuente y estentórea, tirando al ridículo.
Parecés una mujer circunspecta y reflexiva, tirando a banal.
Parecés una mujer enigmática y misteriosa, tirando a inconexa.
Parecés una mujer melancólica y emotiva, tirando a retriste.
Parecés una mujer rebuscada e instruida en las lides del amor, tirando a sequita.
Parecés una mujer perfecta para compartir una vida, tirando a media hora, cuarenta minutos.
10.5.12
Venías mal
Yo sé que te parece que soy genial, la forma en que revuelvo
el café con leche, cómo miro por la ventana, la manera en que me compro en el kiosco
un alfajor o cigarrillos. Pero es que vos venías acostumbrada a tipos con
severas dificultades expresivas, tipos que sueñan con ir al obelisco a festejar
cuando Argentina salga campeón de algo, de cualquier cosa, campeón panamericano
de bochas, o cuando el país reciba una medalla por haber fabricado el sánguche
de milanesa más largo del mundo, lo mismo da.
Yo sé que no podés creer que te coja así, no podés creer que a alguien le interese hacerte acabar como si soltaras un plato de sopa que estuviste cocinando durante tanto tiempo, que le cuentes, estupefacta, a una amiga, que jamás pensaste que podía existir la imaginación horizontal, que nunca pensaste que te iban a hacer, y que te iba a gustar, y que harías, cosas así. Pero es que vos venías muy mal cogida, tres noviecitos en la adolescencia, un fastidiado marido. Semanales polvos de cinco o siete minutos con la luz apagada, mejor no mirar demasiado, mejor pensar en otra cosa, ya pasa.
Yo sé que te resulta increíble las cosas que hablamos, las cosas que se me ocurren, lo que estuve pensando, el sentido del humor, cosas que jamás se te habían pasado por la cabeza. Pero es que vos venías de estar con tipos que creen que un libro es algo que vino con el estante donde por lo general también vienen otras cosas, tipos que te pidieron para su cumpleaños una camiseta de San Lorenzo o quizás la Playstation, una vez un muchacho te invitó a su domicilio y vos le preguntaste dónde tenía la biblioteca y el pibe te dijo que coleccionaba autitos matchbox y se rió y vos te reíste también, para acompañar.
Yo sé que para vos soy un tipo inteligente, pijudo, con sentido del humor, brillante en un sentido amplio del término, lo mejor que te pasó en la vida, seguro. Pero es que justamente no te había pasado nada de nada, no es culpa mía, no tenés con quién comparar.
Yo sé que no podés creer que te coja así, no podés creer que a alguien le interese hacerte acabar como si soltaras un plato de sopa que estuviste cocinando durante tanto tiempo, que le cuentes, estupefacta, a una amiga, que jamás pensaste que podía existir la imaginación horizontal, que nunca pensaste que te iban a hacer, y que te iba a gustar, y que harías, cosas así. Pero es que vos venías muy mal cogida, tres noviecitos en la adolescencia, un fastidiado marido. Semanales polvos de cinco o siete minutos con la luz apagada, mejor no mirar demasiado, mejor pensar en otra cosa, ya pasa.
Yo sé que te resulta increíble las cosas que hablamos, las cosas que se me ocurren, lo que estuve pensando, el sentido del humor, cosas que jamás se te habían pasado por la cabeza. Pero es que vos venías de estar con tipos que creen que un libro es algo que vino con el estante donde por lo general también vienen otras cosas, tipos que te pidieron para su cumpleaños una camiseta de San Lorenzo o quizás la Playstation, una vez un muchacho te invitó a su domicilio y vos le preguntaste dónde tenía la biblioteca y el pibe te dijo que coleccionaba autitos matchbox y se rió y vos te reíste también, para acompañar.
Yo sé que para vos soy un tipo inteligente, pijudo, con sentido del humor, brillante en un sentido amplio del término, lo mejor que te pasó en la vida, seguro. Pero es que justamente no te había pasado nada de nada, no es culpa mía, no tenés con quién comparar.
5.5.12
Se contará en Kyoto
Últimamente, todo lo que me pasa, me pasa en una pizzería.
Sé que está mal, sé que me deberían pasar otras cosas, pero no me pasa más nada.
Me vas a tener que disculpar.
Una vez por semana me encuentro con mi amigo JM, a comer
pizza. La pizzería puede cambiar, una vez por semestre, el sabor de la pizza
puede cambiar, cada tres meses. Sin demasiadas explicaciones, sin causa.
Nos encontramos en El Cuartito, chica de fugazzeta, Quilmes Imperial (una vuelta a los orígenes, a las fuentes), dos porciones de fainá.
A veces charlamos un poco, generalidades. A veces ninguno de los dos dice nada y está bien igual.
Lo bueno de esos lugares, lo que equivale a decir lo único bueno de la Argentina, son esas tres o cinco pizzerías con la lumínica potencia de La Meca o de Jerusalém, Tierra Santa. Se reúnen allí turistas alemanes, obreros de la construcción, ladrones, prostitutas, estudiantes de filosofía, locos, tristes, solos, terroristas chechenos, familias disfuncionales enteras. A comer pizza, esa pizza, que sana, y que salva, amén.
Es bueno estar ahí. El resto del país se fue a la mierda, el resto del país quizás ya no vale nada. Quedate con los glaciares y con las cataratas, quedate con los indios wichis y la fiesta de la vendimia y el carnaval de Gualeguaychú y el Canal de Beagle, también. Dejame esas tres o cinco pizzerías, ahí está la patria. El resto del país te lo podés meter bien en el culo, te lo quería decir.
Estamos con JM, entonces, comiendo la chica de fugazzeta. Pedimos otra Quilmes Imperial.
El lugar está ocupado, como siempre, lleno total. Mucho movimiento y ruido de cubiertos, carcajadas, algún grito, gente que entra, gente que sale, gente que no sabe si salir o entrar.
Hay una mesa, con japoneses. Dos japonesas, dos japoneses, dos chicas, dos muchachos, aunque sea bastante difícil, por los modos, por las formas, definir su sexualidad. Se nota que es la primera vez que vienen al lugar. Han dudado mucho a la hora de elegir del menú, miran las paredes cubiertas de afiches que recuerdan épicos combates de boxeo, la carita de Tommy Hearns después de romperle la boca a Pipino Cuevas en una pelea que debería mostrarse en las escuelas primarias, en alguna clase de formación moral y cívica, una foto de Maradona cuando nos hizo creer que la Argentina tenía alguna posibilidad, el afiche de la legendaria Leonard versus Lalonde de la cual hasta Nietzsche se hubiera sentido orgulloso, una camiseta firmada por alguien, por algún jugador de algo.
Les traen el pedido, a los japoneses. Dos pizzas chicas, iban a pedir dos grandes pero los salvó el mozo de pedir el triple de lo que serán capaces de comer. Una de muzzarella, una de anchoas. Toman Warsteiner de a pequeños sorbitos.
Se sacan fotos. Uno de los chicos, delgado como un alambre, tiene una cámara digital, un rectángulo ultradelgado, un artefacto de lo más moderno, como una servilleta de metal. Fotografía a sus acompañantes, primero, con un tenedor o con un vaso en la mano, a las paredes después. No sabe qué hacer con su alma, está contento pero no le enseñaron cómo manifestar su alegría. Desea fotografiar.
Fotografía la pizza, sí, la pizza. Muy de cerca. No puede creer lo que ve, una deliciosa columna de humo sobre la casi chorreante muzzarella. Se asoma, el ponja, sobre la pizza, como si se tratara del Vesubio, como si estuviera contemplando por vez primera las entrañas de la tierra, el enigma que quizás buscaron toda su vida sus ancestros en algún monasterio zen.
Sucede algo. Alguien se levanta, para irse, y pasa por detrás del japonés. Lo golpea, sin intención, con el movimiento de una cadera al querer pasar de perfil entre los respaldos de dos sillas que están muy juntas. Lo golpea entonces, decía, apenas, en la espalda.
El golpecito lo sorprende quizás, lo toma desprevenido, y se le cae la camarita de siete mil dólares. Sobre la pizza. De muzzarella. Es un hundimiento comparable al del Titanic. La camarita se hunde, muy lentamente, pero también literalmente (y es justo lo que yo quiero decir, aunque odie esta manera de adjetivar), la muzzarella se encuentra en punto de fisión. Desaparece la cámara ante los azorados ojos de los cuatro japoneses. La cámara es comida por una volcánica lava de muzzarella mientras los japoneses no saben qué hacer, cómo proceder ante la manifestación de las más profundas fuerzas de la naturaleza, así que no hacen nada.
Japón es una poderosa nación, logró sobreponerse a la bomba atómica, su pueblo es abnegado y laborioso, poseen notables conocimientos en el campo de la tecnología, tienen una desarrollada industria pesquera y automotriz.
Pero nosotros tenemos la pizza, la pizza y unas tremendas ganas de reírnos, de pasarla bien a pesar que todo nos sale para el culo, que ya no tenemos ninguna oportunidad como país, que fracasamos y lo volveremos a hacer todas las veces que haga falta. Hasta que no quede nada, hasta que nos borren del TEG.
Meto dos dedos en la pizza, hurgo en la pizza como si mis dedos índice y mayor fueran un espéculo, recupero la cámara, estirándome un poco, desde mi mesa, que es la mesa de al lado.
–Tomá, che –limpio la cámara con una servilleta de papel–. Probala, capaz que todavía anda. Aguante Mishima, loco.
Nos encontramos en El Cuartito, chica de fugazzeta, Quilmes Imperial (una vuelta a los orígenes, a las fuentes), dos porciones de fainá.
A veces charlamos un poco, generalidades. A veces ninguno de los dos dice nada y está bien igual.
Lo bueno de esos lugares, lo que equivale a decir lo único bueno de la Argentina, son esas tres o cinco pizzerías con la lumínica potencia de La Meca o de Jerusalém, Tierra Santa. Se reúnen allí turistas alemanes, obreros de la construcción, ladrones, prostitutas, estudiantes de filosofía, locos, tristes, solos, terroristas chechenos, familias disfuncionales enteras. A comer pizza, esa pizza, que sana, y que salva, amén.
Es bueno estar ahí. El resto del país se fue a la mierda, el resto del país quizás ya no vale nada. Quedate con los glaciares y con las cataratas, quedate con los indios wichis y la fiesta de la vendimia y el carnaval de Gualeguaychú y el Canal de Beagle, también. Dejame esas tres o cinco pizzerías, ahí está la patria. El resto del país te lo podés meter bien en el culo, te lo quería decir.
Estamos con JM, entonces, comiendo la chica de fugazzeta. Pedimos otra Quilmes Imperial.
El lugar está ocupado, como siempre, lleno total. Mucho movimiento y ruido de cubiertos, carcajadas, algún grito, gente que entra, gente que sale, gente que no sabe si salir o entrar.
Hay una mesa, con japoneses. Dos japonesas, dos japoneses, dos chicas, dos muchachos, aunque sea bastante difícil, por los modos, por las formas, definir su sexualidad. Se nota que es la primera vez que vienen al lugar. Han dudado mucho a la hora de elegir del menú, miran las paredes cubiertas de afiches que recuerdan épicos combates de boxeo, la carita de Tommy Hearns después de romperle la boca a Pipino Cuevas en una pelea que debería mostrarse en las escuelas primarias, en alguna clase de formación moral y cívica, una foto de Maradona cuando nos hizo creer que la Argentina tenía alguna posibilidad, el afiche de la legendaria Leonard versus Lalonde de la cual hasta Nietzsche se hubiera sentido orgulloso, una camiseta firmada por alguien, por algún jugador de algo.
Les traen el pedido, a los japoneses. Dos pizzas chicas, iban a pedir dos grandes pero los salvó el mozo de pedir el triple de lo que serán capaces de comer. Una de muzzarella, una de anchoas. Toman Warsteiner de a pequeños sorbitos.
Se sacan fotos. Uno de los chicos, delgado como un alambre, tiene una cámara digital, un rectángulo ultradelgado, un artefacto de lo más moderno, como una servilleta de metal. Fotografía a sus acompañantes, primero, con un tenedor o con un vaso en la mano, a las paredes después. No sabe qué hacer con su alma, está contento pero no le enseñaron cómo manifestar su alegría. Desea fotografiar.
Fotografía la pizza, sí, la pizza. Muy de cerca. No puede creer lo que ve, una deliciosa columna de humo sobre la casi chorreante muzzarella. Se asoma, el ponja, sobre la pizza, como si se tratara del Vesubio, como si estuviera contemplando por vez primera las entrañas de la tierra, el enigma que quizás buscaron toda su vida sus ancestros en algún monasterio zen.
Sucede algo. Alguien se levanta, para irse, y pasa por detrás del japonés. Lo golpea, sin intención, con el movimiento de una cadera al querer pasar de perfil entre los respaldos de dos sillas que están muy juntas. Lo golpea entonces, decía, apenas, en la espalda.
El golpecito lo sorprende quizás, lo toma desprevenido, y se le cae la camarita de siete mil dólares. Sobre la pizza. De muzzarella. Es un hundimiento comparable al del Titanic. La camarita se hunde, muy lentamente, pero también literalmente (y es justo lo que yo quiero decir, aunque odie esta manera de adjetivar), la muzzarella se encuentra en punto de fisión. Desaparece la cámara ante los azorados ojos de los cuatro japoneses. La cámara es comida por una volcánica lava de muzzarella mientras los japoneses no saben qué hacer, cómo proceder ante la manifestación de las más profundas fuerzas de la naturaleza, así que no hacen nada.
Japón es una poderosa nación, logró sobreponerse a la bomba atómica, su pueblo es abnegado y laborioso, poseen notables conocimientos en el campo de la tecnología, tienen una desarrollada industria pesquera y automotriz.
Pero nosotros tenemos la pizza, la pizza y unas tremendas ganas de reírnos, de pasarla bien a pesar que todo nos sale para el culo, que ya no tenemos ninguna oportunidad como país, que fracasamos y lo volveremos a hacer todas las veces que haga falta. Hasta que no quede nada, hasta que nos borren del TEG.
Meto dos dedos en la pizza, hurgo en la pizza como si mis dedos índice y mayor fueran un espéculo, recupero la cámara, estirándome un poco, desde mi mesa, que es la mesa de al lado.
–Tomá, che –limpio la cámara con una servilleta de papel–. Probala, capaz que todavía anda. Aguante Mishima, loco.
30.4.12
Es la muerte
De pronto abrí los ojos. Sentí un súbito escalofrío, no sé,
como si se hubiera abierto una ventana, una contracción, un principio de
calambre en dos, no, tres dedos de mi pie derecho. El meñique, el meñique de mi
pie derecho diciéndome, gritando, con abrumadora claridad, que ya no tenía nada
que ver conmigo. Un golpe de estado de una facción de mi cuerpo. Susto,
rebeldía.
Abrí los ojos, dije, y ahí estaba. Tanto tiempo, tan temida. La parca, la muerte, como quieran llamarla. Apoyada contra el marco de la puerta, vestida apenas con una sábana blanca. Algo excedida de peso, por cierto, los pelos apuntando en todas direcciones, peinada tal vez en alguna peluquería entre el cielo y el infierno. Desprolija, como si la muerte, al llegar mi hora, hubiera decidido venir a buscarme en motocicleta. Lucía embotada y ojerosa, sus movimientos eran lentos, muy lentos, como si supiera que tenía todo el tiempo del mundo, respiraba con dificultad, con una mano sobre la panza. Algo en su mirada denotaba fastidio, la eterna tarea, ingrata quizás, repetitiva. Había bruma, también, una especie de humo, y un poco de tenue luz por encima de su cabeza, nimbando el contorno de su figura, otorgándole un aura de un desagradable y aguachento amarillo.
–No –balbuceé–, no quiero morir, todavía. Sé que me he quejado mucho por todo lo que me salió mal, por todo lo que no me salió. Sé que por lo general estoy frustrado y triste, pero me sigue gustando la vida. Quiero ver el mar otra vez, y caminar bajo la lluvia, tomar un par de whiskys alguna madrugada, cruzarme con un perro que mueva la cola. No puede ser mi momento, no.
Me salió un sollozo, y después un hipo. Me tapé los ojos con un antebrazo, lloré, lloré como un chico.
–Qué decís, Juan –era Andrea, sí, era Andrea que se había quedado a dormir–. Me siento remal del estómago. No sé para qué carajo me llevás a comer a esa cantina. Sabés que como de más, si sabés que me gusta.
Abrí los ojos, dije, y ahí estaba. Tanto tiempo, tan temida. La parca, la muerte, como quieran llamarla. Apoyada contra el marco de la puerta, vestida apenas con una sábana blanca. Algo excedida de peso, por cierto, los pelos apuntando en todas direcciones, peinada tal vez en alguna peluquería entre el cielo y el infierno. Desprolija, como si la muerte, al llegar mi hora, hubiera decidido venir a buscarme en motocicleta. Lucía embotada y ojerosa, sus movimientos eran lentos, muy lentos, como si supiera que tenía todo el tiempo del mundo, respiraba con dificultad, con una mano sobre la panza. Algo en su mirada denotaba fastidio, la eterna tarea, ingrata quizás, repetitiva. Había bruma, también, una especie de humo, y un poco de tenue luz por encima de su cabeza, nimbando el contorno de su figura, otorgándole un aura de un desagradable y aguachento amarillo.
–No –balbuceé–, no quiero morir, todavía. Sé que me he quejado mucho por todo lo que me salió mal, por todo lo que no me salió. Sé que por lo general estoy frustrado y triste, pero me sigue gustando la vida. Quiero ver el mar otra vez, y caminar bajo la lluvia, tomar un par de whiskys alguna madrugada, cruzarme con un perro que mueva la cola. No puede ser mi momento, no.
Me salió un sollozo, y después un hipo. Me tapé los ojos con un antebrazo, lloré, lloré como un chico.
–Qué decís, Juan –era Andrea, sí, era Andrea que se había quedado a dormir–. Me siento remal del estómago. No sé para qué carajo me llevás a comer a esa cantina. Sabés que como de más, si sabés que me gusta.
25.4.12
Fueguito
Agarrá un fósforo. Un fósforo cualquiera, de una caja de
fósforos.
Prendé el fósforo a la manera tradicional, raspando un poco, con un algo enérgico movimiento, la cabeza del fósforo, contra el lateral de la caja, de la caja de fósforos, diseñada para tal fin.
Sostené el fósforo con los dedos, dos dedos, pulgar e índice de una mano. Podés estar parado, de pie. Podés estar sentado, también. No importa la mano.
Listo, no hagas más nada. Aguantá.
El fósforo se consume. Quiero decir, el fuego, la pequeña llama se alimenta del palito de madera. Baja, el fueguito.
Nada, no tenés que hacer nada. Seguí sosteniendo el fósforo. Sí, te vas a quemar. Puede ser que sientas que te pincha la yema del pulgar, por la quemazón, puede que veas un ínfimo humito azul y cómo se te enrojecen un poco la punta de los dos dedos. Duele, pero es perfectamente soportable. El fósforo, terminada la madera que le da de comer, casi de inmediato, se apaga. Dura cuarenta y siete segundos, la experiencia, lo cronometré. Menos de un minuto, en cualquier caso.
Ya sé, no entendés para qué, tampoco por qué, te veo la cara. Te parece una cosa sin sentido, una pavada.
Pero aguantaste como cinco años en ese trabajo, o seis años ese matrimonio. Te quemaste vivo, todo ese tiempo. Quemaba, dolía, vos aguantabas.
Prendé el fósforo a la manera tradicional, raspando un poco, con un algo enérgico movimiento, la cabeza del fósforo, contra el lateral de la caja, de la caja de fósforos, diseñada para tal fin.
Sostené el fósforo con los dedos, dos dedos, pulgar e índice de una mano. Podés estar parado, de pie. Podés estar sentado, también. No importa la mano.
Listo, no hagas más nada. Aguantá.
El fósforo se consume. Quiero decir, el fuego, la pequeña llama se alimenta del palito de madera. Baja, el fueguito.
Nada, no tenés que hacer nada. Seguí sosteniendo el fósforo. Sí, te vas a quemar. Puede ser que sientas que te pincha la yema del pulgar, por la quemazón, puede que veas un ínfimo humito azul y cómo se te enrojecen un poco la punta de los dos dedos. Duele, pero es perfectamente soportable. El fósforo, terminada la madera que le da de comer, casi de inmediato, se apaga. Dura cuarenta y siete segundos, la experiencia, lo cronometré. Menos de un minuto, en cualquier caso.
Ya sé, no entendés para qué, tampoco por qué, te veo la cara. Te parece una cosa sin sentido, una pavada.
Pero aguantaste como cinco años en ese trabajo, o seis años ese matrimonio. Te quemaste vivo, todo ese tiempo. Quemaba, dolía, vos aguantabas.
20.4.12
La manera correcta de decirlo
Surge como una actividad de lo más apropiada que usted,
estimado mamífero mediano del sexo femenino, concurra a un lugar, un sitio,
donde cuente con el adecuado herramental de limpieza que le permita
higienizarse, principalmente, en esta oportunidad, la caja torácica, sobre todo
la zona, el espacio que podríamos delimitar quizás, por encima de las
costillas, y por debajo del cuello. (Andá a lavarte las tetas).
Sería por demás gratificante para mí, camarada, por qué no
compañero, si se aplicara usted con lo que entiendo es parte integrante y extremo
superior del aparato digestivo, la boca para ser más exacto, y la lengua en su
totalidad, en su expresivo abanico de papilas, a succionar, como si de un
chupete se tratara, para acercar la rusticidad de un ejemplo, a succionar
entonces, con energía no exenta de cuidado, con regularidad no exenta de
ingenio para no caer, por así decirlo, en la monotonía, mi aparato reproductor,
su módica fisonomía. Llegado el caso, de ser su apetito, puede usted prestar
también la faringe a la maniobra. (Chupame la pija).
Hay un lugar, que pertenece a una persona muy cercana, una
persona con la cual a usted lo une un parentesco en primer grado, una línea
sucesoria de lo más directa. Es un lugar frágil por cierto, plagado de
anfractuosidades, de complejos laberintos, donde el clima es húmedo por
siempre, y puedo uno respirar un aire como de mar, salobres reminiscencias. Un
lugar que sin dudas usted recuerda y tal vez añora, un lugar plagado para usted
de vitales significados. (La concha de tu madre).
15.4.12
Damusnostra
Dentro de cinco o diez años vas a ver que el colesterol no existe. O nunca existió, era todo mentira. La gente se moría, claro que la gente se moría. La gente se va a seguir muriendo, la gente se murió siempre. De pena, del susto, de una curiosa y particular combinación de pena y susto. El corazón se para, o explota, o se echa como un exhausto perro harto de deambular por una para siempre indiferente ciudad, sin sentido. El colesterol era para vender yogures y semillas, para que los nutricionistas veraneen de una buena vez en Buzios, para llenar con algo los noticieros.
Dentro de cinco o diez años vas a ver que los teléfonos celulares te hacían moco. No, flaco, qué cáncer, el cáncer pasó de moda. Vas a ver que las antenitas de los teléfonos celulares son un sofisticado mecanismo para absorberte todo el esperma, el esperma del sujeto portador del teléfono se evapora y se transporta a través de la antenita del teléfono a la casa central, donde es condensado. Las compañías telefónicas no son compañías telefónicas. La misión de las compañías telefónicas consiste en ser reservorios de esperma para cuando lleguen los marcianos. Bueno, las marcianas. Ah, sí, si sos mujer, la misma antenita te seca la chucha, te queda la vagina más seca que una baldosa de porcelanato. No te mojás más.
Dentro de cinco o diez años, vas a ver, van a explicar por televisión que todo aquel que haya corrido alguna vez más de tres kilómetros de un saque, tiene entre el dos y el cinco por ciento de la capacidad neuronal de un humano normal. Se te derrite el bocho, las neuronas se te van a las rodillas, por eso te duelen (las rodillas). Van a mostrar con rigurosa documentación que los sujetos que corren tienen la masa encefálica del tamaño de una aceituna, un tamaño igual, casi igual de quienes hayan jugado a la Playstation más de cinco minutos en su vida. Los sujetos que cumplan con ambos requisitos, los que hayan corrido más de tres kilómetros alguna vez, y hayan jugado con la Playstation más de cinco minutos, serán convocados para ocupar los más importantes cargos gubernamentales. El mundo precisa absolutos imbéciles en las más altas esferas del poder, gente que bajo ningún concepto piense ni intente pensar. De lo contrario, la tierra estallaría en mil pedazos.
Dentro de cinco o diez años, vas a ver, a la gente le va a encantar lo que escribo.
Dentro de cinco o diez años vas a ver que los teléfonos celulares te hacían moco. No, flaco, qué cáncer, el cáncer pasó de moda. Vas a ver que las antenitas de los teléfonos celulares son un sofisticado mecanismo para absorberte todo el esperma, el esperma del sujeto portador del teléfono se evapora y se transporta a través de la antenita del teléfono a la casa central, donde es condensado. Las compañías telefónicas no son compañías telefónicas. La misión de las compañías telefónicas consiste en ser reservorios de esperma para cuando lleguen los marcianos. Bueno, las marcianas. Ah, sí, si sos mujer, la misma antenita te seca la chucha, te queda la vagina más seca que una baldosa de porcelanato. No te mojás más.
Dentro de cinco o diez años, vas a ver, van a explicar por televisión que todo aquel que haya corrido alguna vez más de tres kilómetros de un saque, tiene entre el dos y el cinco por ciento de la capacidad neuronal de un humano normal. Se te derrite el bocho, las neuronas se te van a las rodillas, por eso te duelen (las rodillas). Van a mostrar con rigurosa documentación que los sujetos que corren tienen la masa encefálica del tamaño de una aceituna, un tamaño igual, casi igual de quienes hayan jugado a la Playstation más de cinco minutos en su vida. Los sujetos que cumplan con ambos requisitos, los que hayan corrido más de tres kilómetros alguna vez, y hayan jugado con la Playstation más de cinco minutos, serán convocados para ocupar los más importantes cargos gubernamentales. El mundo precisa absolutos imbéciles en las más altas esferas del poder, gente que bajo ningún concepto piense ni intente pensar. De lo contrario, la tierra estallaría en mil pedazos.
Dentro de cinco o diez años, vas a ver, a la gente le va a encantar lo que escribo.
10.4.12
Notas aéreas
El avión despega. Es un momento bravo. Todo potencia, superando leyes de la física, dedicándole a la gravedad una metálica indiferencia. Se dirige a un cielo repleto de atributos, las alturas de lo posible, el destino que juega al sudoku y mordisquea una birome y anota algo.
Lograda la altura, movidos los piolines del impulso, propulsado por las turbinas de lo deseado, el avión se estabiliza, allá en lo alto. Avanza, como si fuera a avanzar para siempre. Las nubes le ceden paso, se abren como cremosas nalgas. El cielo es suyo. Recto y nivelado, según la jerga.
Pero no, no es posible, no puede durar. Aunque veas el horizonte dividiendo en alguna parte el arriba del abajo, algo ha cambiado.
Es ínfimo, al principio. Casi podría ignorarse pero no se ignora, ribetes de sensación. La punta, la nariz del avión, ha bajado un par de grados. No parece relevante ni significativo, nada altera, pero ha comenzado la caída. El avión sigue adelante, va para adelante, pero también, de alguna delicada manera, va hacia abajo.
Y entonces se acelera. Se siente, no hay manera de no sentirlo. El ángulo, la pendiente, llamalo como quieras. No hay lugar para errores de interpretación. Allá abajo está lo duro, la contundencia de lo inevitable, el lugar donde todo comenzó y hacia donde el avión parece dirigirse con la fastidiosa mansedumbre del que divisa algo que ocurrirá con rango de certeza.
El avión se cae, con todo lo que eso implica. Ah, el avión sos vos.
Lograda la altura, movidos los piolines del impulso, propulsado por las turbinas de lo deseado, el avión se estabiliza, allá en lo alto. Avanza, como si fuera a avanzar para siempre. Las nubes le ceden paso, se abren como cremosas nalgas. El cielo es suyo. Recto y nivelado, según la jerga.
Pero no, no es posible, no puede durar. Aunque veas el horizonte dividiendo en alguna parte el arriba del abajo, algo ha cambiado.
Es ínfimo, al principio. Casi podría ignorarse pero no se ignora, ribetes de sensación. La punta, la nariz del avión, ha bajado un par de grados. No parece relevante ni significativo, nada altera, pero ha comenzado la caída. El avión sigue adelante, va para adelante, pero también, de alguna delicada manera, va hacia abajo.
Y entonces se acelera. Se siente, no hay manera de no sentirlo. El ángulo, la pendiente, llamalo como quieras. No hay lugar para errores de interpretación. Allá abajo está lo duro, la contundencia de lo inevitable, el lugar donde todo comenzó y hacia donde el avión parece dirigirse con la fastidiosa mansedumbre del que divisa algo que ocurrirá con rango de certeza.
El avión se cae, con todo lo que eso implica. Ah, el avión sos vos.
5.4.12
Tengo mis razones
Me dijeron que el trabajo era fácil. Me dijeron ‘vos estás sin hacer nada, vos estás sin trabajo, y este trabajo es fácil’. Necesitaba plata, además. Necesitaba algo de plata. Ya le había pedido plata a todo el mundo, la gente me veía por la calle y cruzaban de vereda. Me esquivaban.
Había que pasear perros. Era un trabajo de medio día, a mí tampoco me sobraban las ganas. Había que pasar a buscar los perros, por cada departamento, a eso de las ocho de la mañana. Después te ibas al parque, con los perros. Escuchabas música, fumabas. Al mediodía devolvías los perros. Y listo, ya está, ese era el trabajo. A fin de mes te pagaban.
Era fácil, así me lo explicaron. Y no había que hablar con gente, discutir con gente, explicar, como cuando trabajaba en esa oficina. Hablar con gente es la muerte, es el infierno, es el horror de estar vivo. Hablar con gente te hace moco, te mata. Acá saludabas cuando te bajaban al perro, y te ibas. Después volvías y decías ‘chau’, o decías ‘hasta mañana’. Los perros no hablan.
Si te da un poco de vergüenza, te disfrazás. Gorrita, lentes oscuros, auriculares. O te dejás el bigote, una barba candado bien tupida, y ya está. A los tres días sos parte del paisaje, no te conoce más nadie. Sos paseador de perros, no pasa nada.
Pero no es tan fácil. Nada es tan fácil. Nunca es tan fácil. Te parece que te vas a acostumbrar, pero no te acostumbrás nunca. Te volvés loco, como mucho, en dos semanas.
Los perros, básicamente, hacen tres cosas. Pero las hacen todo el tiempo, todo el tiempo, no saben hacer otra cosa. No pueden hacer otra cosa, o no quieren. No paran.
Los perros cogen, los perros quieren coger, o tratar de coger, con otro perro, sin importar el sexo ni la raza ni el tamaño. Los perros quieren coger con una pierna, con un zapato, con un carrito de bebé, con media docena de empanadas.
Los perros cagan. Cagan y pishan. Los perros quieren cagar y pishar donde cagaron y pisharon ayer. Huelen, huelen mucho, olfatean todo el tiempo. Y cagan, tremendos soretes que te hacen dudar de los designios de Dios, el significado de la creación, cualquier clase de espiritualidad.
Los perros ladran. Ladran como si fueran pequeñas maquinarias diseñadas para ladrar. Ladran, gritan a todo el mundo su incombustible guauguau. Ladran como si estuvieran reclamando algo, como si estuvieran señalándote que algo está mal, que se viene el fin del mundo o que no pueden creer la cara de boludo que tenés o que no quieren estar ahí, con vos, nunca más. Siguen ladrando, no se cansan.
Los maté a todos, de a uno. Los até a once árboles diferentes y los fui matando de a uno. Con un martillo. Les hacía una caricia, les decía con dulzura su nombre, una última mirada a los ojos, y ñácate. Un martillazo en la cabeza, y después varios martillazos más. Se escuchaba el crujido de los cráneos al partirse, me salpicaba la sangre de un rojo muy oscuro, casi marrón, rodaba un ojo, saltaban pedazos de huesos y dientes. Pelos, pegoteados mechones de pelo por todas partes. Se escuchaban lastimeros aullidos de la más pura incomprensión, pero dos o tres martillazos más y se apagaban.
Fue el lunes por la mañana. Llovía mucho. Fui a una parte del parque que nadie usa, detrás del hospital, bastante oscuro, todo embarrado.
Los maté a todos, a martillazos, y después me fui a desayunar. Había llevado una desteñida toalla en la mochila, y una remera para cambiarme. Me lavé como pude en el baño de la estación Retiro y me tomé un micro, a San Clemente. Tengo una tía que vive allá, una tía que me crió de chico. Hacía unas sopas riquísimas, con esos fideos chiquititos. También hacía guisos. Robábamos duraznos de los árboles de un vecino, y mi tía preparaba mermelada.
Mientras tomaba el café con leche me pasó algo extraño, no me lo vas a creer. Me pareció que todavía escuchaba los ladridos, me pareció que cada perro que pasaba por la calle me observaba como si supiera lo que yo había hecho. Miradas sin la mínima pizca de comprensión, igual que toda esa gente tan horrible. Ninguno fue capaz de acercarse y preguntarme cómo me sentía, cuáles eran mis motivos, por qué me parecía que el mundo era, desde siempre, desde que podía recordar, una mierda. Nadie me preguntó qué me pasaba.
Había que pasear perros. Era un trabajo de medio día, a mí tampoco me sobraban las ganas. Había que pasar a buscar los perros, por cada departamento, a eso de las ocho de la mañana. Después te ibas al parque, con los perros. Escuchabas música, fumabas. Al mediodía devolvías los perros. Y listo, ya está, ese era el trabajo. A fin de mes te pagaban.
Era fácil, así me lo explicaron. Y no había que hablar con gente, discutir con gente, explicar, como cuando trabajaba en esa oficina. Hablar con gente es la muerte, es el infierno, es el horror de estar vivo. Hablar con gente te hace moco, te mata. Acá saludabas cuando te bajaban al perro, y te ibas. Después volvías y decías ‘chau’, o decías ‘hasta mañana’. Los perros no hablan.
Si te da un poco de vergüenza, te disfrazás. Gorrita, lentes oscuros, auriculares. O te dejás el bigote, una barba candado bien tupida, y ya está. A los tres días sos parte del paisaje, no te conoce más nadie. Sos paseador de perros, no pasa nada.
Pero no es tan fácil. Nada es tan fácil. Nunca es tan fácil. Te parece que te vas a acostumbrar, pero no te acostumbrás nunca. Te volvés loco, como mucho, en dos semanas.
Los perros, básicamente, hacen tres cosas. Pero las hacen todo el tiempo, todo el tiempo, no saben hacer otra cosa. No pueden hacer otra cosa, o no quieren. No paran.
Los perros cogen, los perros quieren coger, o tratar de coger, con otro perro, sin importar el sexo ni la raza ni el tamaño. Los perros quieren coger con una pierna, con un zapato, con un carrito de bebé, con media docena de empanadas.
Los perros cagan. Cagan y pishan. Los perros quieren cagar y pishar donde cagaron y pisharon ayer. Huelen, huelen mucho, olfatean todo el tiempo. Y cagan, tremendos soretes que te hacen dudar de los designios de Dios, el significado de la creación, cualquier clase de espiritualidad.
Los perros ladran. Ladran como si fueran pequeñas maquinarias diseñadas para ladrar. Ladran, gritan a todo el mundo su incombustible guauguau. Ladran como si estuvieran reclamando algo, como si estuvieran señalándote que algo está mal, que se viene el fin del mundo o que no pueden creer la cara de boludo que tenés o que no quieren estar ahí, con vos, nunca más. Siguen ladrando, no se cansan.
Los maté a todos, de a uno. Los até a once árboles diferentes y los fui matando de a uno. Con un martillo. Les hacía una caricia, les decía con dulzura su nombre, una última mirada a los ojos, y ñácate. Un martillazo en la cabeza, y después varios martillazos más. Se escuchaba el crujido de los cráneos al partirse, me salpicaba la sangre de un rojo muy oscuro, casi marrón, rodaba un ojo, saltaban pedazos de huesos y dientes. Pelos, pegoteados mechones de pelo por todas partes. Se escuchaban lastimeros aullidos de la más pura incomprensión, pero dos o tres martillazos más y se apagaban.
Fue el lunes por la mañana. Llovía mucho. Fui a una parte del parque que nadie usa, detrás del hospital, bastante oscuro, todo embarrado.
Los maté a todos, a martillazos, y después me fui a desayunar. Había llevado una desteñida toalla en la mochila, y una remera para cambiarme. Me lavé como pude en el baño de la estación Retiro y me tomé un micro, a San Clemente. Tengo una tía que vive allá, una tía que me crió de chico. Hacía unas sopas riquísimas, con esos fideos chiquititos. También hacía guisos. Robábamos duraznos de los árboles de un vecino, y mi tía preparaba mermelada.
Mientras tomaba el café con leche me pasó algo extraño, no me lo vas a creer. Me pareció que todavía escuchaba los ladridos, me pareció que cada perro que pasaba por la calle me observaba como si supiera lo que yo había hecho. Miradas sin la mínima pizca de comprensión, igual que toda esa gente tan horrible. Ninguno fue capaz de acercarse y preguntarme cómo me sentía, cuáles eran mis motivos, por qué me parecía que el mundo era, desde siempre, desde que podía recordar, una mierda. Nadie me preguntó qué me pasaba.
30.3.12
Ingratas criaturas
Dormí como diez horas, no pude recordar hacía cuánto que no dormía diez horas. Desde que tenía diecisiete años, no sé, y volvía de bailar y me había tomado un par de vodkas con 7up en honor a Bukowski, y encima una chica me había dado un beso. Me iba a dormir lleno de magia.
Me desperté y no me dolía nada, nada de nada. Tardé en abrir los ojos, saboreando esa sensación. Estaba contento, no podía recordar hacía cuánto que no estaba contento. Sentí las ganas, las ganas en estado puro corriendo dentro de mí como un hámster en pantuflas. Esas olvidadas ganas de coger o de tomar café con leche o de caminar bajo la lluvia, de vivir, porque eran ganas de vivir, de reírme y agradecer por estar vivo, motivo suficiente. Recordé la frase que había visto en video, la conferencia de aquel gurú de túnica y su bordado casquete en la cabeza, con sus modales en cámara lenta y su infinito ingenio. Somos criaturas tan ingratas, había dicho el gurú, pero en su pausado inglés había sonado mejor todavía, mucho mejor todavía (human beings are so ungrateful criatures, algo así).
Me reí, como si me hubieran contado un chiste que en verdad me hubiera tomado por sorpresa y me hubiera hecho gracia. Sentí luz, una luz recorriendo la totalidad de mi ser, una suave caricia en los dedos de los pies, una dulce luz inundándome la cara.
Supe que me iría bien, hiciera lo que hiciera. Me iría bien a pesar de los terremotos y las catástrofes aéreas. Estaba bendito, por decirlo de alguna manera, por ponerlo en palabras. La había perdido, alguna vez, y ahora había vuelto, la sensación, esquiva por tantos años. Recuperada.
Entonces me desperté.
Me desperté y no me dolía nada, nada de nada. Tardé en abrir los ojos, saboreando esa sensación. Estaba contento, no podía recordar hacía cuánto que no estaba contento. Sentí las ganas, las ganas en estado puro corriendo dentro de mí como un hámster en pantuflas. Esas olvidadas ganas de coger o de tomar café con leche o de caminar bajo la lluvia, de vivir, porque eran ganas de vivir, de reírme y agradecer por estar vivo, motivo suficiente. Recordé la frase que había visto en video, la conferencia de aquel gurú de túnica y su bordado casquete en la cabeza, con sus modales en cámara lenta y su infinito ingenio. Somos criaturas tan ingratas, había dicho el gurú, pero en su pausado inglés había sonado mejor todavía, mucho mejor todavía (human beings are so ungrateful criatures, algo así).
Me reí, como si me hubieran contado un chiste que en verdad me hubiera tomado por sorpresa y me hubiera hecho gracia. Sentí luz, una luz recorriendo la totalidad de mi ser, una suave caricia en los dedos de los pies, una dulce luz inundándome la cara.
Supe que me iría bien, hiciera lo que hiciera. Me iría bien a pesar de los terremotos y las catástrofes aéreas. Estaba bendito, por decirlo de alguna manera, por ponerlo en palabras. La había perdido, alguna vez, y ahora había vuelto, la sensación, esquiva por tantos años. Recuperada.
Entonces me desperté.
25.3.12
Abrazar la fe
El hombre era un hombre más o menos normal. Casado, dos hijos, tenía un local de venta de artículos de limpieza sobre la calle Senillosa. Le gustaba ir a jugar al fútbol una vez por semana, con sus amigos. Después comían un asado en alguna parrilla de barrio (por lo general en ‘Los amigos’, también en ‘El 22’) recordando anécdotas de una juventud algo remota, anécdotas que no tenían por qué ser del todo ciertas.
Sus dos hijos crecían, iban al colegio, eran sanos y estaban bien educados. Su mujer daba clases de matemáticas en tres escuelas primarias, no, dos escuelas primarias y una secundaria. Él cambiaba el automóvil cada tres años, habían ascendido de Miramar a Florianópolis. A veces estaba triste, a veces soñaba con alguna aventura, a veces le dolía una rodilla. No le iba mal.
Entonces su mujer, Viviana, enfermó. Con la sutil desidia que tienen estas cosas. Viviana se sintió mal. Decía que estaba cansada, que le costaba salir de la cama, que no podía arrancar.
Pensó que era una anemia. Viviana se cuidaba desde siempre con las comidas y hacía gimnasia para estar bien, para no engordar.
Pero no. Fue al médico, al médico de siempre. La mandó a hacer un par de análisis. Tenía una leucemia fulminante, Viviana, había que hacer quimioterapia, había que tratarla con todo lo que la medicina moderna tenía para echarle encima, pero las posibilidades eran mínimas. Viviana estaba mal.
Así es como se desmorona el castillo de mermelada de una vida, pensó Ernesto, que era el marido de Viviana. Casi veinte años juntos, construyendo algo bello, y páfate, un análisis de sangre dice que todo se termina. La tristeza lo tapó como un mar.
Viviana quedó internada, después de la segunda sesión de quimio, su cuerpo no resistía la batalla que se libraba en su interior. Ernesto, que se pasaba el día corriendo entre el negocio y el hospital, un día, pasó por una sinagoga. Olvidé decir que Ernesto había nacido judío. Jamás había tenido la más mínima formación religiosa, pero esa era su religión, por nacimiento.
Entró a la sinagoga, Ernesto, y pidió hablar con el rabino. Estaba desesperado, Ernesto, no daba más.
El rabino lo hizo pasar a una salita, le dio un poco de té, se sentó a escucharlo. Habló, Ernesto, habló y habló y sintió que mientras hablaba se vaciaba, dijo que había sido una mala persona. Lloró, lloró como un chico, prometió que si Viviana se salvaba se volvería a Dios, abrazaría la religión con todas sus fuerzas. Viviana no debía morirse, ahora Ernesto comprendía que, sin Viviana, su vida no tendría sentido.
Y Viviana se salvó. Como ocurren los milagros, en silencio, abrió los ojos una mañana de domingo. Soportó el tratamiento, la leucemia dejó su sangre en paz. Volvió a casa, caminaba un poco más cada día, le comenzó a crecer el cabello, volvió a sonreír.
Ernesto abrazó la religión con todas sus fuerzas. Dios había oído sus súplicas. Comenzó a ir al templo, primero los sábados, luego tres veces por semana, se dejó la barba, cambió su manera de alimentarse, de vestir, siguiendo sagrados mandamientos. Dios había cumplido con él, y Ernesto estaba agradecido.
Había pasado ya casi un año. Viviana bajó un día a dar una vuelta al parque, y se paró a ver unas pulseras de plata que vendía un artesano. El muchacho era africano, senegalés, tenía diecinueve años y apenas hablaba castellano. La sonrisa blanquísima y la piel casi azul, de tan negro que era. Los modales eran suaves, con su hablar muy dulce, pausado, y la miraba, a Viviana, se quedaba mirándola con esos ojazos enormes.
Se enamoraron casi instantáneamente. El muchacho le regalaba collares que había hecho pensando en ella, y ella, todos los viernes, bajaba al parque y le llevaba comida. Algo de pollo con arroz que había sobrado de la cena, o dos porciones de tarta de verdura, una vez le preparó un bizcochuelo relleno de dulce de leche. Finalmente, el chico la llevó a la pensión donde vivía, por San Cristóbal. Cogieron, Viviana no podía dejar de acariciar ese fibroso cuerpo, muy marcado, las venas como cables, la garompa del tamaño de un antebrazo, el pausado tam tam, el sexo infinito.
Viviana se fue a vivir con el pibe, que se llamaba Mpele. Ernesto no pudo soportar la noticia. Lo que sucedía estaba muy por encima de su capacidad de entendimiento.
Volvió Ernesto, la mañana de un sábado, para hablar con el rabino. Le contó Ernesto, que su mujer lo había dejado por un africano que vendía pulseras en la plaza, un chico semianalfabeto que fumaba marihuana en el desayuno y se la cogía, a Viviana, unas rigurosas tres veces por día.
El rabino escuchaba, miraba por una ventana cómo se movían las copas de los árboles, bebía su té. De vez en cuando asentía.
Sus dos hijos crecían, iban al colegio, eran sanos y estaban bien educados. Su mujer daba clases de matemáticas en tres escuelas primarias, no, dos escuelas primarias y una secundaria. Él cambiaba el automóvil cada tres años, habían ascendido de Miramar a Florianópolis. A veces estaba triste, a veces soñaba con alguna aventura, a veces le dolía una rodilla. No le iba mal.
Entonces su mujer, Viviana, enfermó. Con la sutil desidia que tienen estas cosas. Viviana se sintió mal. Decía que estaba cansada, que le costaba salir de la cama, que no podía arrancar.
Pensó que era una anemia. Viviana se cuidaba desde siempre con las comidas y hacía gimnasia para estar bien, para no engordar.
Pero no. Fue al médico, al médico de siempre. La mandó a hacer un par de análisis. Tenía una leucemia fulminante, Viviana, había que hacer quimioterapia, había que tratarla con todo lo que la medicina moderna tenía para echarle encima, pero las posibilidades eran mínimas. Viviana estaba mal.
Así es como se desmorona el castillo de mermelada de una vida, pensó Ernesto, que era el marido de Viviana. Casi veinte años juntos, construyendo algo bello, y páfate, un análisis de sangre dice que todo se termina. La tristeza lo tapó como un mar.
Viviana quedó internada, después de la segunda sesión de quimio, su cuerpo no resistía la batalla que se libraba en su interior. Ernesto, que se pasaba el día corriendo entre el negocio y el hospital, un día, pasó por una sinagoga. Olvidé decir que Ernesto había nacido judío. Jamás había tenido la más mínima formación religiosa, pero esa era su religión, por nacimiento.
Entró a la sinagoga, Ernesto, y pidió hablar con el rabino. Estaba desesperado, Ernesto, no daba más.
El rabino lo hizo pasar a una salita, le dio un poco de té, se sentó a escucharlo. Habló, Ernesto, habló y habló y sintió que mientras hablaba se vaciaba, dijo que había sido una mala persona. Lloró, lloró como un chico, prometió que si Viviana se salvaba se volvería a Dios, abrazaría la religión con todas sus fuerzas. Viviana no debía morirse, ahora Ernesto comprendía que, sin Viviana, su vida no tendría sentido.
Y Viviana se salvó. Como ocurren los milagros, en silencio, abrió los ojos una mañana de domingo. Soportó el tratamiento, la leucemia dejó su sangre en paz. Volvió a casa, caminaba un poco más cada día, le comenzó a crecer el cabello, volvió a sonreír.
Ernesto abrazó la religión con todas sus fuerzas. Dios había oído sus súplicas. Comenzó a ir al templo, primero los sábados, luego tres veces por semana, se dejó la barba, cambió su manera de alimentarse, de vestir, siguiendo sagrados mandamientos. Dios había cumplido con él, y Ernesto estaba agradecido.
Había pasado ya casi un año. Viviana bajó un día a dar una vuelta al parque, y se paró a ver unas pulseras de plata que vendía un artesano. El muchacho era africano, senegalés, tenía diecinueve años y apenas hablaba castellano. La sonrisa blanquísima y la piel casi azul, de tan negro que era. Los modales eran suaves, con su hablar muy dulce, pausado, y la miraba, a Viviana, se quedaba mirándola con esos ojazos enormes.
Se enamoraron casi instantáneamente. El muchacho le regalaba collares que había hecho pensando en ella, y ella, todos los viernes, bajaba al parque y le llevaba comida. Algo de pollo con arroz que había sobrado de la cena, o dos porciones de tarta de verdura, una vez le preparó un bizcochuelo relleno de dulce de leche. Finalmente, el chico la llevó a la pensión donde vivía, por San Cristóbal. Cogieron, Viviana no podía dejar de acariciar ese fibroso cuerpo, muy marcado, las venas como cables, la garompa del tamaño de un antebrazo, el pausado tam tam, el sexo infinito.
Viviana se fue a vivir con el pibe, que se llamaba Mpele. Ernesto no pudo soportar la noticia. Lo que sucedía estaba muy por encima de su capacidad de entendimiento.
Volvió Ernesto, la mañana de un sábado, para hablar con el rabino. Le contó Ernesto, que su mujer lo había dejado por un africano que vendía pulseras en la plaza, un chico semianalfabeto que fumaba marihuana en el desayuno y se la cogía, a Viviana, unas rigurosas tres veces por día.
El rabino escuchaba, miraba por una ventana cómo se movían las copas de los árboles, bebía su té. De vez en cuando asentía.
20.3.12
Teorema del champú
No, no tenés que hacer gimnasia, ni tener los abdominales marcados, ni correr siete o diez kilómetros tres veces por semana. No vale la pena, el esfuerzo, no conduce a nada. Te lo digo porque yo fui nadador, en la adolescencia, nadaba como un loco, hacía los cien metros debajo del minuto, bajaba en el verano a la playa con esas mallitas chiquititas, pegadas al cuerpo, y me metía a nadar una hora al mar.
Tampoco es necesario tener un auto caro, para qué carajo te vas a comprar un auto caro. En la ciudad apenas te podés mover. Si querés tener auto para ir a Pinamar o para salir a pasear un domingo está muy bien, claro que está muy bien. Pero el auto, en este tema, no te va a ayudar en nada.
No hace falta que seas culto, no te esfuerces. Yo fui como tres años a estudiar teatro, y leía a Chéjov, leí a Dostoievski también. En una época andaba siempre con un libro de Foucault en la mano, un libro que debo haber tratado de leer como treinta y tres veces, y jamás entendí un pomo. Tampoco hace falta que escuches música clásica, podés seguir leyendo el suplemento deportivo de cualquier periódico, lo mismo da.
Para resumir, si querés tener minas, no tiene nada que ver con eso. No hace falta que hagas taekwondo para defenderlas, ni que seas cantante de una banda de rock, ni que uses trajes Hugo Boss o que tengas casa en Punta del Este. No tiene la más mínima importancia.
Lo que tenés que hacer es lavarte el pelo con algún champú para bebés, eso sí. Porque vos te lavás el pelo con champú para bebés, ponele, una vez por semana. Y algo de ese olorcito tan particular, una fragancia en extremo sutil se te impregna, te va quedando. Y cuando una mina, por cualquier motivo, se te acerca, en un laburo o en la calle o en un bar, en cualquier lado, siente, percibe, algo que no puede definir, ese olor a bebé limpio que viene de cualquier parte y las impacta.
Ante ese olor la mujer, por imperativo categórico, porque está en el código genético, porque ahí están los dos mil años de civilización más allá de la rueda y el fuego, bueno, la mujer, ante ese olor, se prepara para parir, se le relajan un poco los músculos de la vagina. Ingresa en un estado de existencial predisposición y ahí sí, no importa lo imbécil que seas, ahí le entrás aunque digas dos pavadas.
Tampoco es necesario tener un auto caro, para qué carajo te vas a comprar un auto caro. En la ciudad apenas te podés mover. Si querés tener auto para ir a Pinamar o para salir a pasear un domingo está muy bien, claro que está muy bien. Pero el auto, en este tema, no te va a ayudar en nada.
No hace falta que seas culto, no te esfuerces. Yo fui como tres años a estudiar teatro, y leía a Chéjov, leí a Dostoievski también. En una época andaba siempre con un libro de Foucault en la mano, un libro que debo haber tratado de leer como treinta y tres veces, y jamás entendí un pomo. Tampoco hace falta que escuches música clásica, podés seguir leyendo el suplemento deportivo de cualquier periódico, lo mismo da.
Para resumir, si querés tener minas, no tiene nada que ver con eso. No hace falta que hagas taekwondo para defenderlas, ni que seas cantante de una banda de rock, ni que uses trajes Hugo Boss o que tengas casa en Punta del Este. No tiene la más mínima importancia.
Lo que tenés que hacer es lavarte el pelo con algún champú para bebés, eso sí. Porque vos te lavás el pelo con champú para bebés, ponele, una vez por semana. Y algo de ese olorcito tan particular, una fragancia en extremo sutil se te impregna, te va quedando. Y cuando una mina, por cualquier motivo, se te acerca, en un laburo o en la calle o en un bar, en cualquier lado, siente, percibe, algo que no puede definir, ese olor a bebé limpio que viene de cualquier parte y las impacta.
Ante ese olor la mujer, por imperativo categórico, porque está en el código genético, porque ahí están los dos mil años de civilización más allá de la rueda y el fuego, bueno, la mujer, ante ese olor, se prepara para parir, se le relajan un poco los músculos de la vagina. Ingresa en un estado de existencial predisposición y ahí sí, no importa lo imbécil que seas, ahí le entrás aunque digas dos pavadas.
15.3.12
Hola, hola
Todo lo que te dije por twitter, todo lo que fui contando que me pasaba, cucharitas de mi vida, no era verdad. No me ocurría nada de eso, a mí.
Todo lo que puse en mi facebook, mis intereses, mis gustos y mis contactos, la gente que conozco, la música que escucho, fotos de lugares donde estuve, fotos mías. Es mentira, todo mentira. No soy yo, no me gusta lo que dije que me gusta, no conozco a quienes dije que conozco. Ni la foto de mi perro es de mi perro. Es de otro perro que no me ladró jamás.
Todo lo que chateamos por el Messenger, las cosas que te conté que me estaban sucediendo, lo que te dije que hice, lo que había hecho, lo que íbamos a hacer juntos. Nada de eso me pasó nunca, nada de eso nos va a pasar.
Acá estoy. En la esquina, abajo, junto al semáforo. Soy la computadora que salta y ladra como un incombustible chihuahua y te invita a dar una vuelta en mouse.
Todo lo que puse en mi facebook, mis intereses, mis gustos y mis contactos, la gente que conozco, la música que escucho, fotos de lugares donde estuve, fotos mías. Es mentira, todo mentira. No soy yo, no me gusta lo que dije que me gusta, no conozco a quienes dije que conozco. Ni la foto de mi perro es de mi perro. Es de otro perro que no me ladró jamás.
Todo lo que chateamos por el Messenger, las cosas que te conté que me estaban sucediendo, lo que te dije que hice, lo que había hecho, lo que íbamos a hacer juntos. Nada de eso me pasó nunca, nada de eso nos va a pasar.
Acá estoy. En la esquina, abajo, junto al semáforo. Soy la computadora que salta y ladra como un incombustible chihuahua y te invita a dar una vuelta en mouse.
10.3.12
Bajo este cielo
Buenos Aires, 27 de Diciembre. Calor. Mucho calor. Buenos Aires con calor es lo peor que te puede pasar, es peor que vivir con una tribu de pigmeos en Nueva Guinea o combatir en Saigón. Buenos Aires con calor es un catálogo de barbaridades, es todo eso y muchísimo más.
Cuando hace más de veinte grados a las siete de la mañana, es porque va a hacer más de treinta grados el resto del día. Es como ir a una pizzería y recostarse un rato adentro del horno, es como pedirle a un bombero que te deje sentarte a leer un rato en el sillón de un living que se incendia. Buenos Aires con más de treinta grados es el horror de estar vivo.
Me visto. Pantalón, camisa. Saco el gamulán. Un gamulán que trajo mi abuelo de Polonia. Tiene, el gamulán, un peludo forro de piel de oso, de búfalo quizás. Está diseñado, el abrigo, fue pensado, para ir a hacer las compras en Varsovia, para tomar unos vodkas con Lech Walesa, algo así.
Me pongo el gamulán, cierros los gruesos botones de ese material tan característico, tan particular. Me pongo una colorida bufanda también, enroscada al cuello, y salgo.
Hago mi vida, voy y vengo. Tomo un colectivo, desayuno en un bar, camino unas cuadras, compro una pomada en Farmacity, pago un impuesto, lo normal.
La gente me observa con resquemor, pero yo estoy de un impecable humor, pago, sonrío, pregunto por una calle, mastico un alfajor.
Finalmente, mientras aguardo en una esquina que el semáforo cambie de color, para cruzar, se me acerca una señora. Tendrá unos cuarenta y pico de años, bien vestida, usa un correcto trajecito color marfil, lleva una cartera, no, un maletín.
–Señor –me dice–, disculpe, pero hace calor. ¿No le parece que hace calor? –Me observa a una distancia de dos pasos, por las dudas. Yo llevo todo el día sin parar de transpirar.
–Tiene usted razón, señora –digo–. Lo que equivale a decir que está usted en lo cierto. Pero últimamente me parece que la gente es tan mala y tan boluda, siento tan poco en común con el resto del género humano, que no me alcanza con no ver fútbol ni los programas de entretenimientos que todos miran, ni negarme a ir de vacaciones donde todos van de vacaciones, ni rechazar hacer compras con descuento de lo que todos quieren comprar con descuento. Creí que con eso sería suficiente, pero no, no es suficiente. No quiero tener que compartir ni un climático fenómeno con el resto de la humanidad.
Cuando hace más de veinte grados a las siete de la mañana, es porque va a hacer más de treinta grados el resto del día. Es como ir a una pizzería y recostarse un rato adentro del horno, es como pedirle a un bombero que te deje sentarte a leer un rato en el sillón de un living que se incendia. Buenos Aires con más de treinta grados es el horror de estar vivo.
Me visto. Pantalón, camisa. Saco el gamulán. Un gamulán que trajo mi abuelo de Polonia. Tiene, el gamulán, un peludo forro de piel de oso, de búfalo quizás. Está diseñado, el abrigo, fue pensado, para ir a hacer las compras en Varsovia, para tomar unos vodkas con Lech Walesa, algo así.
Me pongo el gamulán, cierros los gruesos botones de ese material tan característico, tan particular. Me pongo una colorida bufanda también, enroscada al cuello, y salgo.
Hago mi vida, voy y vengo. Tomo un colectivo, desayuno en un bar, camino unas cuadras, compro una pomada en Farmacity, pago un impuesto, lo normal.
La gente me observa con resquemor, pero yo estoy de un impecable humor, pago, sonrío, pregunto por una calle, mastico un alfajor.
Finalmente, mientras aguardo en una esquina que el semáforo cambie de color, para cruzar, se me acerca una señora. Tendrá unos cuarenta y pico de años, bien vestida, usa un correcto trajecito color marfil, lleva una cartera, no, un maletín.
–Señor –me dice–, disculpe, pero hace calor. ¿No le parece que hace calor? –Me observa a una distancia de dos pasos, por las dudas. Yo llevo todo el día sin parar de transpirar.
–Tiene usted razón, señora –digo–. Lo que equivale a decir que está usted en lo cierto. Pero últimamente me parece que la gente es tan mala y tan boluda, siento tan poco en común con el resto del género humano, que no me alcanza con no ver fútbol ni los programas de entretenimientos que todos miran, ni negarme a ir de vacaciones donde todos van de vacaciones, ni rechazar hacer compras con descuento de lo que todos quieren comprar con descuento. Creí que con eso sería suficiente, pero no, no es suficiente. No quiero tener que compartir ni un climático fenómeno con el resto de la humanidad.
5.3.12
Ella vino a ver
Ella me vino a ver.
Me dijo que estaba embarazada.
Le dije que la felicitaba, que la maternidad era una extraordinaria experiencia que mejoraba a las mujeres, les daba un sentido a sus por lo general erráticas existencias. Dar vida es quizás el más milagroso de los actos, agregué.
Me dijo que al parecer yo no había comprendido, no había entendido bien. Ella estaba embarazada, de mí. De yo. No sé cómo lo dijo con exactitud, pero lo dijo.
Le dije que era una situación por demás inverosímil. Le dije que no podía ser.
Habíamos cogido una o dos veces, hacía más o menos un mes. No sólo me había colocado, con monótono cuidado, el correspondiente preservativo, sino que además, eso no lo dije, mi espermático caudal había disminuido, en los últimos tiempos, de manera más que sensible. Eyaculaba yo una mísera gota de un líquido muy similar al agua, sin consistencia ni opacidad ni mucho menos espesura. Era yo, me había transformado, en un atribulado ser, preocupado por la vejez y la falta de dinero. Temeroso, triste, gordo también.
Le dije que yo no estaba en condiciones, ni físicas, ni mucho menos anímicas, de dejar embarazada ni a una perra salchicha. Había perdido, como se pierde un juego de llaves o una foto, esa capacidad, ese poder.
Ella me dijo que no le importaba nada de lo que yo le dijera. Estaba embarazada, íbamos a tener un hijo. Ella me preguntó qué íbamos a hacer.
Lo pensé un par de minutos, me serví un whisky. Miré por la ventana de la cocina, parecía que todo el fin de semana no iba a parar de llover.
Le dije que se pusiera en cuclillas, eso íbamos a hacer. Que se pusiera en cuclillas, y respirara hondo, bien hondo, relajándose.
Le dije que cerrara los ojos, también.
Le dije que le iba a dar una patada, con todas mis fuerzas, en el abdomen. Le iba a dar un patadón con unos zapatos que me habían traído de Italia, unos zapatos Salvatore Ferragamo de piel de pecarí con puntera de metal, ideales para la ocasión, y ella iba a perder al chico, casi de inmediato. Era un segundo, nada más, después nos podíamos ir a tomar algo, a comer.
Ella me insultó un rato largo. Me dijo las peores cosas, cosas que yo había escuchado alguna vez sobre mi persona pero no todas juntas, con tanto énfasis. Me dijo que yo era una basura humana y que me sucedería lo peor, que cuando muriera iba a ser necesario contratar un par de extras para que llevaran las manijas de mi ataúd, cosas así.
Me dijo, después, antes de dar un portazo, que era mentira, lo del chico, que no estaba embarazada, pero que ella quería ver cómo respondía yo, cuál era mi reacción, qué le decía.
Me dijo que no quería saber más nada conmigo, no quería tener que volver a verme. Y se fue.
Lo interesante de este simpático episodio, es que muchas veces el, por decirlo de algún modo, ocasional espectador, puede quedar abrumado con la rústica crueldad de la acción directa. Se suele ser algo más condescendiente, en lo relativo a la maldad, con el particular encanto de lo sutil.
Me dijo que estaba embarazada.
Le dije que la felicitaba, que la maternidad era una extraordinaria experiencia que mejoraba a las mujeres, les daba un sentido a sus por lo general erráticas existencias. Dar vida es quizás el más milagroso de los actos, agregué.
Me dijo que al parecer yo no había comprendido, no había entendido bien. Ella estaba embarazada, de mí. De yo. No sé cómo lo dijo con exactitud, pero lo dijo.
Le dije que era una situación por demás inverosímil. Le dije que no podía ser.
Habíamos cogido una o dos veces, hacía más o menos un mes. No sólo me había colocado, con monótono cuidado, el correspondiente preservativo, sino que además, eso no lo dije, mi espermático caudal había disminuido, en los últimos tiempos, de manera más que sensible. Eyaculaba yo una mísera gota de un líquido muy similar al agua, sin consistencia ni opacidad ni mucho menos espesura. Era yo, me había transformado, en un atribulado ser, preocupado por la vejez y la falta de dinero. Temeroso, triste, gordo también.
Le dije que yo no estaba en condiciones, ni físicas, ni mucho menos anímicas, de dejar embarazada ni a una perra salchicha. Había perdido, como se pierde un juego de llaves o una foto, esa capacidad, ese poder.
Ella me dijo que no le importaba nada de lo que yo le dijera. Estaba embarazada, íbamos a tener un hijo. Ella me preguntó qué íbamos a hacer.
Lo pensé un par de minutos, me serví un whisky. Miré por la ventana de la cocina, parecía que todo el fin de semana no iba a parar de llover.
Le dije que se pusiera en cuclillas, eso íbamos a hacer. Que se pusiera en cuclillas, y respirara hondo, bien hondo, relajándose.
Le dije que cerrara los ojos, también.
Le dije que le iba a dar una patada, con todas mis fuerzas, en el abdomen. Le iba a dar un patadón con unos zapatos que me habían traído de Italia, unos zapatos Salvatore Ferragamo de piel de pecarí con puntera de metal, ideales para la ocasión, y ella iba a perder al chico, casi de inmediato. Era un segundo, nada más, después nos podíamos ir a tomar algo, a comer.
Ella me insultó un rato largo. Me dijo las peores cosas, cosas que yo había escuchado alguna vez sobre mi persona pero no todas juntas, con tanto énfasis. Me dijo que yo era una basura humana y que me sucedería lo peor, que cuando muriera iba a ser necesario contratar un par de extras para que llevaran las manijas de mi ataúd, cosas así.
Me dijo, después, antes de dar un portazo, que era mentira, lo del chico, que no estaba embarazada, pero que ella quería ver cómo respondía yo, cuál era mi reacción, qué le decía.
Me dijo que no quería saber más nada conmigo, no quería tener que volver a verme. Y se fue.
Lo interesante de este simpático episodio, es que muchas veces el, por decirlo de algún modo, ocasional espectador, puede quedar abrumado con la rústica crueldad de la acción directa. Se suele ser algo más condescendiente, en lo relativo a la maldad, con el particular encanto de lo sutil.
29.2.12
Modo lluvia
Cada vez que llovía, Alicia recordaba que había sido feliz con su novio de la adolescencia. Brian. Entre las cosas que hacían, entre la urgencia por desvestirse prácticamente en cualquier parte y el ir al cine sin importar la película y desayunar juntos en un bar de barrio y mirar por la ventana, Alicia recordaba que les encantaba caminar bajo la lluvia. De la mano, o abrazados, mientras la lluvia enjuagaba la ciudad y parecía lograr que brillara de nuevo, ellos pisaban un charco que soltaba música y se olían el mojado cabello y compartían un cigarrillo, sin apuro.
Ahora, cuando llueve, Alicia baja a la calle con su paraguas quizás excesivamente grande, un pastiche de multicolores triángulos como un impostado arco iris personal e intransferible. Camina, apremiada y fastidiosa, hace lo que tiene que hacer, como todo el mundo.
Cuando vuelve a su casa, se da cuenta que está empapada de una tristeza húmeda y fría, una tristeza que parece que no se va a secar nunca. Alicia prepara la cena y piensa que un paraguas no es un novio, y que se acabó el queso rallado, también.
Ahora, cuando llueve, Alicia baja a la calle con su paraguas quizás excesivamente grande, un pastiche de multicolores triángulos como un impostado arco iris personal e intransferible. Camina, apremiada y fastidiosa, hace lo que tiene que hacer, como todo el mundo.
Cuando vuelve a su casa, se da cuenta que está empapada de una tristeza húmeda y fría, una tristeza que parece que no se va a secar nunca. Alicia prepara la cena y piensa que un paraguas no es un novio, y que se acabó el queso rallado, también.
25.2.12
Maquinola
quisiera engominarme el pelo con tu flujo.
quisiera rasparte los cachetes del culo con mi
barba de 2 días.
quisiera sentarte sobre la mesa y poner un plato
de fideos entre tus piernas
esperando la primer gota mensual de tuco espeso.
quisiera ver mi chorro de pis grueso estallando entre
tus tetas
mientras te reís a carcajadas.
quisiera cubrirte con miel y azúcar impalpable y
limpiarte con la lengua, no sé, un día entero.
quisiera colgar sobre mi cama una bombacha tuya
sucia
de varios días
y posar sobre ella mi nariz cada mañana.
quisiera que me apoyaras las tetas sobre mis ojos
bien abiertos.
quisiera que me mordieras tan fuerte que la marca
formara parte de mí mismo.
quisiera mezclar nuestros fluidos, nuestros olores, nuestros cuerpos.
quisiera hacer
todo
ahora
esta noche.
porque imagino lo que viene, en la penumbra.
y tengo miedo.
*así escribía yo, cuando tenía casi veinte años. sepan disculpar.
quisiera rasparte los cachetes del culo con mi
barba de 2 días.
quisiera sentarte sobre la mesa y poner un plato
de fideos entre tus piernas
esperando la primer gota mensual de tuco espeso.
quisiera ver mi chorro de pis grueso estallando entre
tus tetas
mientras te reís a carcajadas.
quisiera cubrirte con miel y azúcar impalpable y
limpiarte con la lengua, no sé, un día entero.
quisiera colgar sobre mi cama una bombacha tuya
sucia
de varios días
y posar sobre ella mi nariz cada mañana.
quisiera que me apoyaras las tetas sobre mis ojos
bien abiertos.
quisiera que me mordieras tan fuerte que la marca
formara parte de mí mismo.
quisiera mezclar nuestros fluidos, nuestros olores, nuestros cuerpos.
quisiera hacer
todo
ahora
esta noche.
porque imagino lo que viene, en la penumbra.
y tengo miedo.
*así escribía yo, cuando tenía casi veinte años. sepan disculpar.
20.2.12
Cae un rayo
Estamos metidos en el mar. Bah, no, no estamos metidos en el mar, pero estuvimos. Acabamos de salir, y estamos en la orilla, tratando de secarnos. Se puso feo el día. Llueve. Se supone que cuando llueve el mar no está tan frío, pero no sé si es verdad. No hay gran cosa para hacer, más que fumar con las patitas metidas en el mar. Tampoco hay demasiada gente, por suerte. En parte porque estamos en Marzo, en parte por la lluvia. La gente recoge sus cosas y busca reparo. La gente se va.
Pero a nosotros no nos importa la lluvia, ya estamos mojados. Vinimos con Mariano escapando de la ciudad, de la vida de oficina, del subterráneo y la gente que está enojada para siempre y te salpica con su enojo. Mariano tenía que traer a su hermana que venía a quedarse unos días en lo de una amiga que había puesto una rotisería en la costa. Me preguntó si los quería acompañar. Una semana para no hacer nada, para comer a la noche en la única parrilla decente de Mar Azul o Las Gaviotas o como corneta se llame este lugar.
Necesito dormir, hace como diez años que no duermo más de cinco horas por noche. Hace todavía más años que el whisky perdió su poder de cachiporra, de piedrazo para hacerme descansar, pasó a ser como lavarse los dientes, parte de una funcional rutina. Nos vinimos grandes, todos, y no nos salió prácticamente nada de lo que queríamos. Estamos tristes, no queremos que nos rompan mucho las pelotas, aprendimos a conformarnos con lo que hay.
Estamos fumando, mirando a ver si hay algún culo decente aunque estemos fuera de temporada, alguna veterana que todavía quiera sentir una brisa por debajo de la línea del Ecuador. Mariano me dijo que la única condición era que no intentara nada con su hermana, porque sabe que yo soy perfectamente capaz de cogerme un pato de madera, y la hermana de Mariano tiene un leve retardo, algo de nacimiento. Eso iba a hacer que la hermana de Mariano se mostrara mejor predispuesta hacia mi persona, o que tuviera algunas dificultades para resistir mis avances. En cualquier caso, Mariano me dijo que con que nosotros fuéramos amigos desde la secundaria ya era suficiente desgracia para su familia, que por favor dejara a su hermana en paz. Llueve pero no demasiado fuerte, un perro de playa me mira, se queda al lado mío esperando algo que no sé qué es, pero que no es una caricia. Alguien camina con una sombrilla amarilla al hombro, alguien le grita a sus hijos que junten las cosas, alguien busca una ojota como si fuera el objeto más importante del mundo, como si encontrar esa ojota justificara su paso por el planeta tierra, un nene llora y su mamá también tiene ganas de llorar.
Cae un rayo. Es como en las películas, más o menos como en las películas. Como si el cielo fuera papel de alfajor y alguien le hubiera hecho un desgarrón. Siguió el trueno, ensordecedor, el perro se asustó y corrió en dirección a los médanos.
Cayó a mi derecha, a unos veinte o treinta metros, justo miré. Cayó en la cabeza de un gordo con gorrita tipo Piluso, un gordo que esperaba algo, cualquier cosa, de pie, hablando por teléfono celular.
–¡Uy! –Gritó Mariano– ¡Mirá!
Nos acercamos. Miré a ver si alguien gritaba, si algún familiar se acercaba o movía los brazos o se quedaba mudo de espanto, pero no. Ya no quedaba casi nadie en la playa, y los que quedaban no miraban, se iban y nada más. Quizás el gordo había decidido esperar en la playa un rato más, solo, mientras su señora y los chicos se volvían al departamento a merendar.
Cada tanto, a veces, uno descubre la increíble fuerza de la naturaleza. De lo que debió haber sido un hombre de unos noventa kilos no quedaba nada. Había sido achicharrado por completo, por ciento ochenta y tres mil quinientos veinticuatro voltios. Quedaba una especie de rama chamuscada, torcida, del tamaño de un bastón, sobre un charquito como si alguien hubiera volcado un licuado de frutas sobre la arena húmeda. La gorra se había desintegrado por completo, salía un humito, a un par de metros había sobre la arena unos lentes de sol que debieron volar con el impacto de la descarga.
–Desapareció –dijo Mariano, pisando con cuidado por si la arena se hundía–. No quedó nada.
–Es tremendo –dije, tiré la colilla del cigarrillo–. Lo fulminó.
Cuando pasa algo así las palabras dejan de tener su precaria utilidad. No sabía si creer en la suerte o en el destino. Estábamos a veinte metros, nos podía haber caído, el rayo, a nosotros. Tiene que existir un orden superior que justifique estas cosas. Nosotros vemos una pequeña parte del collage del universo desde nuestra efímera subjetividad, pero lo que sucedió debía tener alguna explicación en alguna otra parte. Quizás el hombre tenía una enfermedad terminal y a través del rayo le había sido quitado el sufrimiento, quizás era un torturador o un violador de niños y fue castigado. Quizás todavía quedaban un par de cosas buenas esperándonos en alguna parte, algo para hacer con nuestras vidas, y el rayo nos esquivó, decidió no pegarnos. Estas cosas no tienen explicación, uno no debe buscarles explicación, pero te dejan pensando.
–¿Qué hacemos? –dijo Mariano. Llovía más fuerte, y el cielo se había puesto de un gris muy oscuro, casi negro–. Deberíamos ir a una comisaría, y contar lo que vimos.
–No sé –dije. Moví los tobillos muy despacio, bajo el agua, tanteando con los pies–. Fijate si encontramos la billetera. Un reloj, una pulsera de oro, algo que nos sirva, guita. No sé, algo.
Pero a nosotros no nos importa la lluvia, ya estamos mojados. Vinimos con Mariano escapando de la ciudad, de la vida de oficina, del subterráneo y la gente que está enojada para siempre y te salpica con su enojo. Mariano tenía que traer a su hermana que venía a quedarse unos días en lo de una amiga que había puesto una rotisería en la costa. Me preguntó si los quería acompañar. Una semana para no hacer nada, para comer a la noche en la única parrilla decente de Mar Azul o Las Gaviotas o como corneta se llame este lugar.
Necesito dormir, hace como diez años que no duermo más de cinco horas por noche. Hace todavía más años que el whisky perdió su poder de cachiporra, de piedrazo para hacerme descansar, pasó a ser como lavarse los dientes, parte de una funcional rutina. Nos vinimos grandes, todos, y no nos salió prácticamente nada de lo que queríamos. Estamos tristes, no queremos que nos rompan mucho las pelotas, aprendimos a conformarnos con lo que hay.
Estamos fumando, mirando a ver si hay algún culo decente aunque estemos fuera de temporada, alguna veterana que todavía quiera sentir una brisa por debajo de la línea del Ecuador. Mariano me dijo que la única condición era que no intentara nada con su hermana, porque sabe que yo soy perfectamente capaz de cogerme un pato de madera, y la hermana de Mariano tiene un leve retardo, algo de nacimiento. Eso iba a hacer que la hermana de Mariano se mostrara mejor predispuesta hacia mi persona, o que tuviera algunas dificultades para resistir mis avances. En cualquier caso, Mariano me dijo que con que nosotros fuéramos amigos desde la secundaria ya era suficiente desgracia para su familia, que por favor dejara a su hermana en paz. Llueve pero no demasiado fuerte, un perro de playa me mira, se queda al lado mío esperando algo que no sé qué es, pero que no es una caricia. Alguien camina con una sombrilla amarilla al hombro, alguien le grita a sus hijos que junten las cosas, alguien busca una ojota como si fuera el objeto más importante del mundo, como si encontrar esa ojota justificara su paso por el planeta tierra, un nene llora y su mamá también tiene ganas de llorar.
Cae un rayo. Es como en las películas, más o menos como en las películas. Como si el cielo fuera papel de alfajor y alguien le hubiera hecho un desgarrón. Siguió el trueno, ensordecedor, el perro se asustó y corrió en dirección a los médanos.
Cayó a mi derecha, a unos veinte o treinta metros, justo miré. Cayó en la cabeza de un gordo con gorrita tipo Piluso, un gordo que esperaba algo, cualquier cosa, de pie, hablando por teléfono celular.
–¡Uy! –Gritó Mariano– ¡Mirá!
Nos acercamos. Miré a ver si alguien gritaba, si algún familiar se acercaba o movía los brazos o se quedaba mudo de espanto, pero no. Ya no quedaba casi nadie en la playa, y los que quedaban no miraban, se iban y nada más. Quizás el gordo había decidido esperar en la playa un rato más, solo, mientras su señora y los chicos se volvían al departamento a merendar.
Cada tanto, a veces, uno descubre la increíble fuerza de la naturaleza. De lo que debió haber sido un hombre de unos noventa kilos no quedaba nada. Había sido achicharrado por completo, por ciento ochenta y tres mil quinientos veinticuatro voltios. Quedaba una especie de rama chamuscada, torcida, del tamaño de un bastón, sobre un charquito como si alguien hubiera volcado un licuado de frutas sobre la arena húmeda. La gorra se había desintegrado por completo, salía un humito, a un par de metros había sobre la arena unos lentes de sol que debieron volar con el impacto de la descarga.
–Desapareció –dijo Mariano, pisando con cuidado por si la arena se hundía–. No quedó nada.
–Es tremendo –dije, tiré la colilla del cigarrillo–. Lo fulminó.
Cuando pasa algo así las palabras dejan de tener su precaria utilidad. No sabía si creer en la suerte o en el destino. Estábamos a veinte metros, nos podía haber caído, el rayo, a nosotros. Tiene que existir un orden superior que justifique estas cosas. Nosotros vemos una pequeña parte del collage del universo desde nuestra efímera subjetividad, pero lo que sucedió debía tener alguna explicación en alguna otra parte. Quizás el hombre tenía una enfermedad terminal y a través del rayo le había sido quitado el sufrimiento, quizás era un torturador o un violador de niños y fue castigado. Quizás todavía quedaban un par de cosas buenas esperándonos en alguna parte, algo para hacer con nuestras vidas, y el rayo nos esquivó, decidió no pegarnos. Estas cosas no tienen explicación, uno no debe buscarles explicación, pero te dejan pensando.
–¿Qué hacemos? –dijo Mariano. Llovía más fuerte, y el cielo se había puesto de un gris muy oscuro, casi negro–. Deberíamos ir a una comisaría, y contar lo que vimos.
–No sé –dije. Moví los tobillos muy despacio, bajo el agua, tanteando con los pies–. Fijate si encontramos la billetera. Un reloj, una pulsera de oro, algo que nos sirva, guita. No sé, algo.
15.2.12
Mi mejor momento de la semana
Me paro en la puerta, en la puerta de la escuela primaria. Mi nena, Catalina, acaba de ingresar al colegio. Está en tercer grado, lleva siempre el cabello peinado con dos colitas, como si la escoltaran dos saltarinas ardillas. Catalina, mi hija, lo único bueno que hice en mi vida, mi sol.
Se queda a dormir conmigo los martes, Cata, y la dejo en el colegio los miércoles a la mañana, después de desayunar juntos en algún bar. Toma una leche chocolatada, Catalina, y le quedan los bigotes manchados por un instante de espuma y me mira, porque sabe que a mí me hace gracia aunque trato de no reírme. Me mira hasta que me río y entonces sí, se limpia.
Después caminamos tres cuadras de la mano, hasta el colegio. Es mi mejor momento de la semana, soy un coloso, soy un Dios, mi hija me da la mano y aprieta bien fuerte y yo siento que nada malo puede pasarnos, ese contacto de su mano justifica mi existencia.
Le doy un beso, me da un abrazo, y entra al colegio, se pierde en la multitud de chicos. Siento una punzada de felicidad en el centro del pecho, y una congoja, unas ganas de llorar que me vienen de cualquier parte, de alguna baldosa de mi vida que pisé mal y me salpicó para siempre.
Siento ganas de fumar, pero no en la puerta del colegio, no ahí. Me quedo con un cigarrillo apagado entre los dedos. La mirada lacrimosa, apoyado contra una pared. Hay que juntar los pedazos y seguir, guardar los sentimientos en un bolsillo del saco y seguir, empujar, patear, tirarse un par de trompadas con la vida.
Bueno, la verdad que no. Todo lo que dije es mentira. No tengo hijos, no llevo a nadie al colegio, nada que ver.
Pero si te parás así, con esa carita, como si lo estuvieras viviendo, en la puerta del colegio, enseguida ves que alguna madre se te queda mirando, o te quiere hablar, te hace una pregunta. Lo más probable es que te la termines cogiendo, prácticamente de una, sin esfuerzo. Son mujeres desesperadas, con muchísima telenovela encima, necesitan que les suceda algo diferente, suelen estar de lo más aburridas.
Se queda a dormir conmigo los martes, Cata, y la dejo en el colegio los miércoles a la mañana, después de desayunar juntos en algún bar. Toma una leche chocolatada, Catalina, y le quedan los bigotes manchados por un instante de espuma y me mira, porque sabe que a mí me hace gracia aunque trato de no reírme. Me mira hasta que me río y entonces sí, se limpia.
Después caminamos tres cuadras de la mano, hasta el colegio. Es mi mejor momento de la semana, soy un coloso, soy un Dios, mi hija me da la mano y aprieta bien fuerte y yo siento que nada malo puede pasarnos, ese contacto de su mano justifica mi existencia.
Le doy un beso, me da un abrazo, y entra al colegio, se pierde en la multitud de chicos. Siento una punzada de felicidad en el centro del pecho, y una congoja, unas ganas de llorar que me vienen de cualquier parte, de alguna baldosa de mi vida que pisé mal y me salpicó para siempre.
Siento ganas de fumar, pero no en la puerta del colegio, no ahí. Me quedo con un cigarrillo apagado entre los dedos. La mirada lacrimosa, apoyado contra una pared. Hay que juntar los pedazos y seguir, guardar los sentimientos en un bolsillo del saco y seguir, empujar, patear, tirarse un par de trompadas con la vida.
Bueno, la verdad que no. Todo lo que dije es mentira. No tengo hijos, no llevo a nadie al colegio, nada que ver.
Pero si te parás así, con esa carita, como si lo estuvieras viviendo, en la puerta del colegio, enseguida ves que alguna madre se te queda mirando, o te quiere hablar, te hace una pregunta. Lo más probable es que te la termines cogiendo, prácticamente de una, sin esfuerzo. Son mujeres desesperadas, con muchísima telenovela encima, necesitan que les suceda algo diferente, suelen estar de lo más aburridas.
10.2.12
Quizás lo puedas entender
Es bien sencillo. Hace falta algo de dinero, eso sí, estamos en el occidente capitalista civilizado, ahí no puedo ayudarte.
Vas a comprar algo. A un negocio. Puede ser en un shopping, porque ahí está todo junto, bien concentrado. Vas a un shopping, entonces, perfectamente.
Entrás, por ejemplo, a un local que vende, entre otras cosas, remeras. Bonitas remeras con originales inscripciones. Y sos, ponele, desde la adolescencia, desde siempre, tu talle es L. Pedís un S, entonces, una remera que te guste, pero talle S. Y decís ‘paso a probármela’. Y te vas para el probador, a probarte la remera que te transformará en un matambre.
O vas a una casa de venta de artículos deportivos, y elegís un modelo de zapatillas, para correr. Las más caras. Y sos, ponele, tu talle, tu número de zapatillas es 43. Entonces pedís que te traigan unas zapatillas número 40. Cuando el vendedor las trae, te sentás, y metés medio pie, en la zapatilla, que es absolutamente inadecuada para tu pie. Metés un tercio del pie, porque no entra más, no hay manera que entre más. Te mirás en un espejo y decís ‘sí, son bárbaras, las llevo’.
O vas a la peluquería. Sos casi absolutamente pelado, te vas a la peluquería de un barrio top. Pagás, pedís turno, o al revés. Y cuando te toca a vos, que tenés apenas tres o cuatro marchitos pelos, mustios, como un triste ficus, le decís al peluquero que querés un corte como el de Brad Pitt, o elegís algún actor de moda que posea tremendos atributos capilares, George Clooney, no sé.
Y así podés seguir. Si sos una absurda veterana de gruesos lentes y problemas de cadera, entrás a un local de esos donde venden skates, longboards, y elegís uno que tenga dibujos de calaveras y ametralladoras, o con los colores de la bandera de Jamaica, y pedís que te ayuden a subirte. Si sos una escuálida estudiante de sociología de lánguidas tetitas, vas a Victoria’s Secret y te pedís un corpiño como para una vedette de categóricas tetas de 250 megahertz, te lo apoyás sobre tu torso que se asemeja a una tira de asado y murmurás ‘perfecto’, o ‘genial’. Si sos un seco, si estás en la lona mal, si tenés la camisa con el cuello percudido y a veces te quedás mirando platos de comida del lado de afuera de algún restaurante, entrás a una agencia de Audi, o de BMW, y comentás que te parece que los neumáticos del automóvil en el que te acabás de sentar no son lo suficientemente anchos para doblar a doscientos treinta y siete kilómetros por hora sobre ripio.
Cuando el vendedor o la vendedora de turno haga una mueca o ponga cara de asombro o intente, con una mezcla de suficiencia, fastidio, y falsa cortesía, emitir algún comentario sobre la demasiado evidente incompatibilidad entre el producto que estás eligiendo y tu persona. Lo mirás. La mirás y le decís:
–Mirá, vos de seguro querías ser otra cosa, hacer algo distinto con tu vida, y estás acá. El producto, lo que estoy comprando, no es para mí. Es para el que me gustaría ser.
Vas a comprar algo. A un negocio. Puede ser en un shopping, porque ahí está todo junto, bien concentrado. Vas a un shopping, entonces, perfectamente.
Entrás, por ejemplo, a un local que vende, entre otras cosas, remeras. Bonitas remeras con originales inscripciones. Y sos, ponele, desde la adolescencia, desde siempre, tu talle es L. Pedís un S, entonces, una remera que te guste, pero talle S. Y decís ‘paso a probármela’. Y te vas para el probador, a probarte la remera que te transformará en un matambre.
O vas a una casa de venta de artículos deportivos, y elegís un modelo de zapatillas, para correr. Las más caras. Y sos, ponele, tu talle, tu número de zapatillas es 43. Entonces pedís que te traigan unas zapatillas número 40. Cuando el vendedor las trae, te sentás, y metés medio pie, en la zapatilla, que es absolutamente inadecuada para tu pie. Metés un tercio del pie, porque no entra más, no hay manera que entre más. Te mirás en un espejo y decís ‘sí, son bárbaras, las llevo’.
O vas a la peluquería. Sos casi absolutamente pelado, te vas a la peluquería de un barrio top. Pagás, pedís turno, o al revés. Y cuando te toca a vos, que tenés apenas tres o cuatro marchitos pelos, mustios, como un triste ficus, le decís al peluquero que querés un corte como el de Brad Pitt, o elegís algún actor de moda que posea tremendos atributos capilares, George Clooney, no sé.
Y así podés seguir. Si sos una absurda veterana de gruesos lentes y problemas de cadera, entrás a un local de esos donde venden skates, longboards, y elegís uno que tenga dibujos de calaveras y ametralladoras, o con los colores de la bandera de Jamaica, y pedís que te ayuden a subirte. Si sos una escuálida estudiante de sociología de lánguidas tetitas, vas a Victoria’s Secret y te pedís un corpiño como para una vedette de categóricas tetas de 250 megahertz, te lo apoyás sobre tu torso que se asemeja a una tira de asado y murmurás ‘perfecto’, o ‘genial’. Si sos un seco, si estás en la lona mal, si tenés la camisa con el cuello percudido y a veces te quedás mirando platos de comida del lado de afuera de algún restaurante, entrás a una agencia de Audi, o de BMW, y comentás que te parece que los neumáticos del automóvil en el que te acabás de sentar no son lo suficientemente anchos para doblar a doscientos treinta y siete kilómetros por hora sobre ripio.
Cuando el vendedor o la vendedora de turno haga una mueca o ponga cara de asombro o intente, con una mezcla de suficiencia, fastidio, y falsa cortesía, emitir algún comentario sobre la demasiado evidente incompatibilidad entre el producto que estás eligiendo y tu persona. Lo mirás. La mirás y le decís:
–Mirá, vos de seguro querías ser otra cosa, hacer algo distinto con tu vida, y estás acá. El producto, lo que estoy comprando, no es para mí. Es para el que me gustaría ser.
5.2.12
Otros mundos
Choco a un auto. Voy manejando un auto, mi auto, y choco a otro auto, un auto que se desplazaba, justamente, delante del mío. Iban por la avenida Honorio Pueyrredón, mi auto, el otro auto, y un montón más de autos. La ciudad es un quilombo, primero vendieron los autos, y luego se dieron cuenta que las calles son las mismas de 1957. Y nadie sabe dónde comprar más calles, para la ciudad. Pero autos venden en todas partes.
La verdad es que la culpa del choque fue mía. Miré un culo espectacular, o un cartel de una inmobiliaria que vende un departamento en un edificio que me pareció interesante. Íbamos despacio, todos, el semáforo se puso en amarillo. El auto, el auto de adelante debió pasar, tenía tiempo, pero frenó con brusquedad, y yo, como dije, venía mirando un culo o la lluvia o algo. Lo toqué. Frené de golpe, pero lo toqué. Se escuchó el crujido de la óptica y algo más, sentí el golpe.
Se baja, un tipo. De unos cincuenta años, chomba a rayas, semicalvo. Se acomoda los anteojos sobre el puente de la nariz, deja la puerta del automóvil abierta, le dice algo a su señora que viaja en el asiento del acompañante. Hay un perro también, en el auto, un caniche que ladra y pugna por soltarse de los brazos de la mujer. El hombre mira el daño del vehículo, se enoja más todavía.
Bajé del auto, yo también, es lo que se estila.
–Señor –digo–. Mi nombre es Xorg, soy un extraterrestre, habito en el planeta Xiburg, en la galaxia de Nímedes. Es mi primer semana en la tierra, y es justamente por eso que aún no domino los precarios mecanismos de los vehículos que ustedes, los terrícolas, utilizan para desplazarse por su algo roñoso planeta. Acepte mis extraterrestres disculpas.
–¡Pelotudo! –dice el hombre, da un saltito, lanza una furibunda escupida, gesticula, señala– ¡Pedazo de pelotudo! Lo abollaste, pelotudo. ¿Por qué no frenaste, no sabés frenar?
–Tiene razón, caballero, tiene razón –niego con la cabeza, sonrío, le palmeo cariñosamente un hombro–. Le cuento la verdad, porque parece usted un buen hombre. Pero apelo a su discreción, son temas de máxima seguridad nacional. No soy un extraterrestre, es verdad, lo admito. Soy un gorila, un mono, como los que usted de seguro ha visto por televisión o en algún zoológico. Han inventado una nueva droga, una droga que permite hablar a los animales. La están probando con nosotros, gorilas y chimpancés, primero, y va perfecto. Pero en breve comenzará a distribuirse al resto de la fauna. Imagínese usted, poder conversar con una cebra, saber qué siente cuando la persigue un león. Preguntarle a un elefante cuánto tiempo le lleva bañarse o si le duelen las piernas después de tantas horas parado. Discutir sobre cuál sería el mejor sistema de gobierno con un cocodrilo, poder pedirle a una jirafa que te recomiende un natural laxante.
Cambió el semáforo. Algunos curiosos miraban. Sonaban, desde atrás, bocinas.
–¡Pelotudo! –el hombre no sólo había escupido, se le había formado una especie de burbujeante espuma alrededor de la boca, como si se fuera a afeitar con su propia saliva. Daba unos curiosos saltitos, movido por eléctricas descargas de odio puro, le temblaba un párpado– ¡Las ópticas! ¿Sabés lo que cuestan las ópticas importadas? ¡Boludo!
Retrocedí un paso. Lo medí.
–Mirá –dije–. Me importa un pomo tu triste auto. Si me volvés a hablar te pongo de una, viejo forro. Ahora te doy los datos del seguro, no rompas más las pelotas.
La gente suele carecer de la necesaria predisposición para las situaciones de carácter paranormal, vivencias de extraordinaria naturaleza. Después dicen que nunca les sucede nada diferente, después se quejan de la rutina.
La verdad es que la culpa del choque fue mía. Miré un culo espectacular, o un cartel de una inmobiliaria que vende un departamento en un edificio que me pareció interesante. Íbamos despacio, todos, el semáforo se puso en amarillo. El auto, el auto de adelante debió pasar, tenía tiempo, pero frenó con brusquedad, y yo, como dije, venía mirando un culo o la lluvia o algo. Lo toqué. Frené de golpe, pero lo toqué. Se escuchó el crujido de la óptica y algo más, sentí el golpe.
Se baja, un tipo. De unos cincuenta años, chomba a rayas, semicalvo. Se acomoda los anteojos sobre el puente de la nariz, deja la puerta del automóvil abierta, le dice algo a su señora que viaja en el asiento del acompañante. Hay un perro también, en el auto, un caniche que ladra y pugna por soltarse de los brazos de la mujer. El hombre mira el daño del vehículo, se enoja más todavía.
Bajé del auto, yo también, es lo que se estila.
–Señor –digo–. Mi nombre es Xorg, soy un extraterrestre, habito en el planeta Xiburg, en la galaxia de Nímedes. Es mi primer semana en la tierra, y es justamente por eso que aún no domino los precarios mecanismos de los vehículos que ustedes, los terrícolas, utilizan para desplazarse por su algo roñoso planeta. Acepte mis extraterrestres disculpas.
–¡Pelotudo! –dice el hombre, da un saltito, lanza una furibunda escupida, gesticula, señala– ¡Pedazo de pelotudo! Lo abollaste, pelotudo. ¿Por qué no frenaste, no sabés frenar?
–Tiene razón, caballero, tiene razón –niego con la cabeza, sonrío, le palmeo cariñosamente un hombro–. Le cuento la verdad, porque parece usted un buen hombre. Pero apelo a su discreción, son temas de máxima seguridad nacional. No soy un extraterrestre, es verdad, lo admito. Soy un gorila, un mono, como los que usted de seguro ha visto por televisión o en algún zoológico. Han inventado una nueva droga, una droga que permite hablar a los animales. La están probando con nosotros, gorilas y chimpancés, primero, y va perfecto. Pero en breve comenzará a distribuirse al resto de la fauna. Imagínese usted, poder conversar con una cebra, saber qué siente cuando la persigue un león. Preguntarle a un elefante cuánto tiempo le lleva bañarse o si le duelen las piernas después de tantas horas parado. Discutir sobre cuál sería el mejor sistema de gobierno con un cocodrilo, poder pedirle a una jirafa que te recomiende un natural laxante.
Cambió el semáforo. Algunos curiosos miraban. Sonaban, desde atrás, bocinas.
–¡Pelotudo! –el hombre no sólo había escupido, se le había formado una especie de burbujeante espuma alrededor de la boca, como si se fuera a afeitar con su propia saliva. Daba unos curiosos saltitos, movido por eléctricas descargas de odio puro, le temblaba un párpado– ¡Las ópticas! ¿Sabés lo que cuestan las ópticas importadas? ¡Boludo!
Retrocedí un paso. Lo medí.
–Mirá –dije–. Me importa un pomo tu triste auto. Si me volvés a hablar te pongo de una, viejo forro. Ahora te doy los datos del seguro, no rompas más las pelotas.
La gente suele carecer de la necesaria predisposición para las situaciones de carácter paranormal, vivencias de extraordinaria naturaleza. Después dicen que nunca les sucede nada diferente, después se quejan de la rutina.
30.1.12
Toda esta magia
Se sabe poco, es algo de lo que prácticamente no se habla, porque los que han recibido el beneficio, por decirlo de alguna forma la magia, prefieren que nadie lo sepa. Y a mí tampoco me gusta alardear.
El asunto es que mi presencia, mi sola presencia, sana y salva. Cura las más variadas dolencias, transmite una inusual y prácticamente olvidada alegría, una alegría que ya no se fabrica, mi presencia te de ánimo, energía, ganas de hacer cosas, reviste de algún sentido tu insípida vida. Dejás de estar tan mal.
Sí, alcanza con mi presencia, con estar cerca mío un ratito, verme revolver un café con leche o mirar por la ventana, sentirme respirar.
Ni que decir si hablo, si hablo directamente es tan trascendente como estupendo, si hablo te reís y te quedás pensando al mismo tiempo, no podés creer que se me haya ocurrido algo que a vos jamás se te hubiera ocurrido, si hablo le doy un propósito a tu vida. Si hablo no te lo olvidás más.
Y si te toco, bueno, aunque sea de casualidad, tu vida cambia. Si nos tocamos, hombro con hombro en un viaje en subte de pronto para vos las cosas dejan de ser tan tremendas, si te doy una palmada o te toco una mano alcanza para que encuentres un motivo, ganas de seguir con tu vida, por dos o tres años. Si te toco es genial.
Así que ya sabés, si estuviste conmigo dos minutos o tres meses, si me serviste un café o te sentaste al lado mío en el cine, si me sonreíste o me alcanzaste la mayonesa, si me diste dinero o el culo o te tropezaste conmigo o quedaste cerca mío en el laverap. Soy de lo más interesante que te pasó en la vida, no me debés nada, qué te voy a cobrar.
El asunto es que mi presencia, mi sola presencia, sana y salva. Cura las más variadas dolencias, transmite una inusual y prácticamente olvidada alegría, una alegría que ya no se fabrica, mi presencia te de ánimo, energía, ganas de hacer cosas, reviste de algún sentido tu insípida vida. Dejás de estar tan mal.
Sí, alcanza con mi presencia, con estar cerca mío un ratito, verme revolver un café con leche o mirar por la ventana, sentirme respirar.
Ni que decir si hablo, si hablo directamente es tan trascendente como estupendo, si hablo te reís y te quedás pensando al mismo tiempo, no podés creer que se me haya ocurrido algo que a vos jamás se te hubiera ocurrido, si hablo le doy un propósito a tu vida. Si hablo no te lo olvidás más.
Y si te toco, bueno, aunque sea de casualidad, tu vida cambia. Si nos tocamos, hombro con hombro en un viaje en subte de pronto para vos las cosas dejan de ser tan tremendas, si te doy una palmada o te toco una mano alcanza para que encuentres un motivo, ganas de seguir con tu vida, por dos o tres años. Si te toco es genial.
Así que ya sabés, si estuviste conmigo dos minutos o tres meses, si me serviste un café o te sentaste al lado mío en el cine, si me sonreíste o me alcanzaste la mayonesa, si me diste dinero o el culo o te tropezaste conmigo o quedaste cerca mío en el laverap. Soy de lo más interesante que te pasó en la vida, no me debés nada, qué te voy a cobrar.
25.1.12
Una de monos
La historia es un poco difícil, lo admito. No me culpes a mí por eso, yo apenas te lo estoy contando.
Martín, mi amigo Martín, no, ese no, otro Martín, se había hecho amigo de un tipo que se llamaba Eduardo o Ernesto, no, Eduardo. Martín iba a un club de ajedrez, los domingos, a la noche, a jugar partidas rápidas por poca plata. Ahí conoció a Eduardo.
Eduardo trabajaba de guardia en el zoológico. Eduardo había estudiado para veterinario y le gustaba estar cerca de los animales. Le gustaban más los animales que las personas, eso había dicho una vez, algo perfectamente entendible.
Martín acababa de divorciarse, y estaba mal. Medio deprimido, y con unas ganas de coger tremendas. Pero Martín no sabía ni cómo acercarse a una mujer, después de tantos años de casado. Estaba fuera de forma además, algo gordo, algo pelado, en medio de un conflictivo divorcio. Una pésima combinación para conseguir mujeres, para qué negarlo.
Y se ve que Eduardo lo vio mal, a Martín, lo vio medio desesperado. Le dijo que lo fuera a visitar, al zoológico, el domingo a la mañana bien temprano.
Martín no tenía gran cosa para hacer, y se despertaba muy temprano. Le costaba dormir, andaba nervioso, asustado. Así que fue el domingo a la mañana al zoológico, a visitar a Eduardo.
Después de una breve recorrida por el zoológico donde le mostró los hipopótamos y las cebras, Eduardo lo llevó a la jaula de los monos. Los chimpancés.
–Tomá –le dijo Eduardo, y le dio un billete de cien pesos enroscado–. Acercate a ese mono que ves ahí. Decile que querés ver a Anita.
–¿Eh?
–Hacé lo que te digo. Vas a tener el mejor polvo de tu vida.
Martín pensó que Eduardo había enloquecido por completo. Jugaba bastante bien al ajedrez, pero parecía un tipo raro, se peinaba los pocos pelos que le quedaban para adelante, andaba varios días seguidos con la misma camisa (todas a cuadros, nunca una camisa a rayas), escuchaba discos de Frank Sinatra y de Tony Bennett. El zoológico estaba vacío, abría a las diez. Se escuchaba, a lo lejos, el graznido de un ave, el lánguido rugido de un desteñido león que se desperezaba y lamentaba el comienzo de otro día en cautiverio.
Martín pasó la barandita de seguridad y se acercó a los barrotes de la jaula. Frente a él había un distraído chimpancé, en cuclillas sobre el piso de tierra, contra el tronco de un árbol, partiendo una ramita, los ojos semicerrados.
–Ey –dijo Martín, y se sintió un poco tonto hablándole a un mono–. Tomá, quiero ver a Anita.
Para sorpresa de Martín, el mono se incorporó, caminó hasta los barrotes, y extendió la mano. Martín le dio el dinero. El mono agarró el dinero.
–Ahí viene –dijo el mono, o a Martín le pareció que fueron las palabras que el mono había murmurado.
Se fue caminando despacio, el mono. Se metió en una especie de cueva de piedra que había al fondo de la jaula.
Al ratito salió una mona. Con las tetas caídas, se bamboleaba mucho al caminar, parecía renguear un poco, una bobalicona sonrisa en los labios. Martín era todo curiosidad, de pie, aferrado a los barrotes de la jaula con los brazos bien altos.
La mona se acercó y sin preámbulo, como si fuera la cosa más natural del mundo, le desabrochó el cinturón, le bajó los pantalones hasta las rodillas, los desteñidos calzoncillos.
Y comenzó a chupar, la mona, el fatigado pito de Martín. Pensó en salir corriendo, Martín, tuvo miedo, pero su pito fue recibido con calidez, con inusual dulzura, con animal apetito no exento de pericia, y Martín lo necesitaba tanto que cerró los ojos y se quedó aferrado a los barrotes.
Chupó la mona, y era genial, Martín se excitó como nunca, era la sensación más placentera que él pudiera recordar en su vida.
Entonces la mona, con pornográfica destreza, dejó de chupar, hizo un giro, y se metió el pito de Martín, por detrás, en la vagina. Martín embestía, la mona empujaba hacia atrás, un furioso tam tam con los barrotes de por medio, un desconocido frenesí atravesó a Martín como un rayo.
Eyaculó. Eyaculó y eyaculó mientras colgaba con una mano de los barrotes y se agarraba con la otra mano a la rugosa y algo peluda espalda de Anita. Luego cayó, de rodillas, satisfecho y feliz. La mona le hizo una caricia en una mejilla, apenas una tierna palmadita, le sonrió en puro amarillo, y se volvió a meter en la cueva de la cual había emergido.
Martín volvió adonde esperaba Eduardo, su casilla. Eduardo estaba sentado, tomando unos mates, fumando un Parliament, analizando en el tablero un imposible final de torres donde Karpov hacía magia.
–¿Y? –Dijo Eduardo.
–Genial –Martín aceptó un mate ya tibio–. Lo mejor de lo mejor, la experiencia sexual más satisfactoria que yo haya tenido en mi vida.
Martín encontró un motivo, una nueva razón para vivir. Visitaba a la mona todos los domingos (Eduardo le había explicado que, por la rutina del zoológico, era imposible verla otro día con algún nivel de privacidad). Le llevaba chocolates con avellanas y bananas importadas de Ecuador, gaseosas con sabor a naranja, frutos secos, algo de lencería. Pero eso no le alcanzó, no le pareció suficiente. Movió algunos contactos que tenía en política, usó todo el dinero que tenía ahorrado, creó una fundación que buscaba vacunas para combatir enfermedades todavía no inventadas, sobornó funcionarios.
Finalmente, logró sacar a Anita del zoológico. Largó todo, Martín, y se la llevó a vivir con él, a una casita que tenía en Ostende. Eduardo le dijo que había enloquecido, que necesitaba tratamiento psicológico, pero él no entendía nada del amor, él qué sabía.
Se fue a vivir con la mona Anita, a Ostende. El mono Pedro, con el que él había negociado la primera vez, le avisó que no podía hacer lo que estaba haciendo. Le avisó a Martín que le habían puesto precio a su cabeza, habían contratado a un animal sicario. Lo iban a encontrar, tarde o temprano lo iban a encontrar y lo iban a matar, podía ser un perro Collie que lo mordiera de repente, o un pelícano que le arrancara los ojos a picotazos. Había barreras que no debían cruzarse, le dijo Pedro que recapacitara, que devolviera a la mona y se disculpara ante el comité de animales que se reunía una vez por trimestre, por escrito. Analizarían su caso.
A los tres o cinco meses, Martín volvió un domingo de hacer unas compras en Pinamar con la camioneta. Anita se había ido y le había dejado una nota. Había conocido a un productor de cine, paseando por la playa, y se había enamorado perdidamente. Además, el tipo le había prometido llevarla a la pantalla, estaban por filmar una remake de Tarzán, y ella había dicho que se sentía capacitada para hacer el papel, no, que Chita, de Jane. Anita le dejó escrito a Martín que había sido bueno estar juntos. Ella le tenía mucho cariño, pero la situación le estaba resultando monótona, todo muy rutinario. Ella se aburría.
Martín, mi amigo Martín, no, ese no, otro Martín, se había hecho amigo de un tipo que se llamaba Eduardo o Ernesto, no, Eduardo. Martín iba a un club de ajedrez, los domingos, a la noche, a jugar partidas rápidas por poca plata. Ahí conoció a Eduardo.
Eduardo trabajaba de guardia en el zoológico. Eduardo había estudiado para veterinario y le gustaba estar cerca de los animales. Le gustaban más los animales que las personas, eso había dicho una vez, algo perfectamente entendible.
Martín acababa de divorciarse, y estaba mal. Medio deprimido, y con unas ganas de coger tremendas. Pero Martín no sabía ni cómo acercarse a una mujer, después de tantos años de casado. Estaba fuera de forma además, algo gordo, algo pelado, en medio de un conflictivo divorcio. Una pésima combinación para conseguir mujeres, para qué negarlo.
Y se ve que Eduardo lo vio mal, a Martín, lo vio medio desesperado. Le dijo que lo fuera a visitar, al zoológico, el domingo a la mañana bien temprano.
Martín no tenía gran cosa para hacer, y se despertaba muy temprano. Le costaba dormir, andaba nervioso, asustado. Así que fue el domingo a la mañana al zoológico, a visitar a Eduardo.
Después de una breve recorrida por el zoológico donde le mostró los hipopótamos y las cebras, Eduardo lo llevó a la jaula de los monos. Los chimpancés.
–Tomá –le dijo Eduardo, y le dio un billete de cien pesos enroscado–. Acercate a ese mono que ves ahí. Decile que querés ver a Anita.
–¿Eh?
–Hacé lo que te digo. Vas a tener el mejor polvo de tu vida.
Martín pensó que Eduardo había enloquecido por completo. Jugaba bastante bien al ajedrez, pero parecía un tipo raro, se peinaba los pocos pelos que le quedaban para adelante, andaba varios días seguidos con la misma camisa (todas a cuadros, nunca una camisa a rayas), escuchaba discos de Frank Sinatra y de Tony Bennett. El zoológico estaba vacío, abría a las diez. Se escuchaba, a lo lejos, el graznido de un ave, el lánguido rugido de un desteñido león que se desperezaba y lamentaba el comienzo de otro día en cautiverio.
Martín pasó la barandita de seguridad y se acercó a los barrotes de la jaula. Frente a él había un distraído chimpancé, en cuclillas sobre el piso de tierra, contra el tronco de un árbol, partiendo una ramita, los ojos semicerrados.
–Ey –dijo Martín, y se sintió un poco tonto hablándole a un mono–. Tomá, quiero ver a Anita.
Para sorpresa de Martín, el mono se incorporó, caminó hasta los barrotes, y extendió la mano. Martín le dio el dinero. El mono agarró el dinero.
–Ahí viene –dijo el mono, o a Martín le pareció que fueron las palabras que el mono había murmurado.
Se fue caminando despacio, el mono. Se metió en una especie de cueva de piedra que había al fondo de la jaula.
Al ratito salió una mona. Con las tetas caídas, se bamboleaba mucho al caminar, parecía renguear un poco, una bobalicona sonrisa en los labios. Martín era todo curiosidad, de pie, aferrado a los barrotes de la jaula con los brazos bien altos.
La mona se acercó y sin preámbulo, como si fuera la cosa más natural del mundo, le desabrochó el cinturón, le bajó los pantalones hasta las rodillas, los desteñidos calzoncillos.
Y comenzó a chupar, la mona, el fatigado pito de Martín. Pensó en salir corriendo, Martín, tuvo miedo, pero su pito fue recibido con calidez, con inusual dulzura, con animal apetito no exento de pericia, y Martín lo necesitaba tanto que cerró los ojos y se quedó aferrado a los barrotes.
Chupó la mona, y era genial, Martín se excitó como nunca, era la sensación más placentera que él pudiera recordar en su vida.
Entonces la mona, con pornográfica destreza, dejó de chupar, hizo un giro, y se metió el pito de Martín, por detrás, en la vagina. Martín embestía, la mona empujaba hacia atrás, un furioso tam tam con los barrotes de por medio, un desconocido frenesí atravesó a Martín como un rayo.
Eyaculó. Eyaculó y eyaculó mientras colgaba con una mano de los barrotes y se agarraba con la otra mano a la rugosa y algo peluda espalda de Anita. Luego cayó, de rodillas, satisfecho y feliz. La mona le hizo una caricia en una mejilla, apenas una tierna palmadita, le sonrió en puro amarillo, y se volvió a meter en la cueva de la cual había emergido.
Martín volvió adonde esperaba Eduardo, su casilla. Eduardo estaba sentado, tomando unos mates, fumando un Parliament, analizando en el tablero un imposible final de torres donde Karpov hacía magia.
–¿Y? –Dijo Eduardo.
–Genial –Martín aceptó un mate ya tibio–. Lo mejor de lo mejor, la experiencia sexual más satisfactoria que yo haya tenido en mi vida.
Martín encontró un motivo, una nueva razón para vivir. Visitaba a la mona todos los domingos (Eduardo le había explicado que, por la rutina del zoológico, era imposible verla otro día con algún nivel de privacidad). Le llevaba chocolates con avellanas y bananas importadas de Ecuador, gaseosas con sabor a naranja, frutos secos, algo de lencería. Pero eso no le alcanzó, no le pareció suficiente. Movió algunos contactos que tenía en política, usó todo el dinero que tenía ahorrado, creó una fundación que buscaba vacunas para combatir enfermedades todavía no inventadas, sobornó funcionarios.
Finalmente, logró sacar a Anita del zoológico. Largó todo, Martín, y se la llevó a vivir con él, a una casita que tenía en Ostende. Eduardo le dijo que había enloquecido, que necesitaba tratamiento psicológico, pero él no entendía nada del amor, él qué sabía.
Se fue a vivir con la mona Anita, a Ostende. El mono Pedro, con el que él había negociado la primera vez, le avisó que no podía hacer lo que estaba haciendo. Le avisó a Martín que le habían puesto precio a su cabeza, habían contratado a un animal sicario. Lo iban a encontrar, tarde o temprano lo iban a encontrar y lo iban a matar, podía ser un perro Collie que lo mordiera de repente, o un pelícano que le arrancara los ojos a picotazos. Había barreras que no debían cruzarse, le dijo Pedro que recapacitara, que devolviera a la mona y se disculpara ante el comité de animales que se reunía una vez por trimestre, por escrito. Analizarían su caso.
A los tres o cinco meses, Martín volvió un domingo de hacer unas compras en Pinamar con la camioneta. Anita se había ido y le había dejado una nota. Había conocido a un productor de cine, paseando por la playa, y se había enamorado perdidamente. Además, el tipo le había prometido llevarla a la pantalla, estaban por filmar una remake de Tarzán, y ella había dicho que se sentía capacitada para hacer el papel, no, que Chita, de Jane. Anita le dejó escrito a Martín que había sido bueno estar juntos. Ella le tenía mucho cariño, pero la situación le estaba resultando monótona, todo muy rutinario. Ella se aburría.
20.1.12
Después
Están primero, justamente, a todo el mundo le pasa, las necesidades que podríamos denominar ‘primarias’. Son las que se ha apropiado la política, como bandera, salud, educación, vivienda, quién podría estar en contra de eso.
Ahí termina la búsqueda para la pavorosa mayoría de la gente. No es peyorativo por favor, que no se me malentienda. Una persona apila ladrillos o conduce un taxi durante doce horas al día, unos cuarenta años, pensando en terminar la casita, o en el asado de los domingos, que los chicos estén sanos, no queda tiempo ni mucho menos fuerza para nada más, imposible juzgarlos.
Después viene un grupo de sujetos más sofisticados. Un grupo de gente que sabe que vivir en el precario estado de animalidad descripto, no será satisfactorio, mucho menos suficiente. Son sujetos que aprenden a tocar el piano, que leen y escriben poesía, que concurren a la ópera y desean visitar la Isla de Capri o las pirámides de Egipto. Beben algunas gotas del elixir del arte que enriquece sus vidas, les permite cambiar de dimensión, como si de la pantalla de un jueguito electrónico se tratara/tratase.
Luego viene un grupo, menor que el anterior. Son quienes han descubierto, no sin amargura, que la pomada artística no será suficiente para aplacar el dolor de las supurantes llagas del alma. Irán por la espiritualidad, entonces. Buscarán, movidos por una indefinible mezcla de temor y fe, por la autopista del espíritu, lo más alto y más profundo, saber qué hay después de, y antes que, tratar de entender el por qué, descubrir el para qué, y así, en un arduo y hermoso afán, elevarse.
Y después estoy yo, que te lo estoy contando, mientras tomo un whisky (White Horse, en esta oportunidad, bastante digno) y como unos daditos de queso (Chubut). Combinación de una magnificencia que nos permite intuir la existencia de otros planos muy por encima de nuestra capacidad de comprensión y raciocinio, maravillosas realidades.
Ahí termina la búsqueda para la pavorosa mayoría de la gente. No es peyorativo por favor, que no se me malentienda. Una persona apila ladrillos o conduce un taxi durante doce horas al día, unos cuarenta años, pensando en terminar la casita, o en el asado de los domingos, que los chicos estén sanos, no queda tiempo ni mucho menos fuerza para nada más, imposible juzgarlos.
Después viene un grupo de sujetos más sofisticados. Un grupo de gente que sabe que vivir en el precario estado de animalidad descripto, no será satisfactorio, mucho menos suficiente. Son sujetos que aprenden a tocar el piano, que leen y escriben poesía, que concurren a la ópera y desean visitar la Isla de Capri o las pirámides de Egipto. Beben algunas gotas del elixir del arte que enriquece sus vidas, les permite cambiar de dimensión, como si de la pantalla de un jueguito electrónico se tratara/tratase.
Luego viene un grupo, menor que el anterior. Son quienes han descubierto, no sin amargura, que la pomada artística no será suficiente para aplacar el dolor de las supurantes llagas del alma. Irán por la espiritualidad, entonces. Buscarán, movidos por una indefinible mezcla de temor y fe, por la autopista del espíritu, lo más alto y más profundo, saber qué hay después de, y antes que, tratar de entender el por qué, descubrir el para qué, y así, en un arduo y hermoso afán, elevarse.
Y después estoy yo, que te lo estoy contando, mientras tomo un whisky (White Horse, en esta oportunidad, bastante digno) y como unos daditos de queso (Chubut). Combinación de una magnificencia que nos permite intuir la existencia de otros planos muy por encima de nuestra capacidad de comprensión y raciocinio, maravillosas realidades.
15.1.12
Con un tomate
Hace falta un tomate. Un tomate redondo. Tiene que ser grande, el tomate. Paradójicamente, ocurre con las frutas, cuanto más grandes son, menos sabor suelen tener. Es por eso que si vas a una verdulería de barrio y pedís un kilo de tomates, y tenés medio carita de pelotudo y el verdulero no te conoce, de seguro te va a dar unos tomates grandísimos. Tres o cuatro tomates por kilo, mejor, no importa en este caso.
Elegís un tomate y lo lavás, con agua bien caliente. Después hay que sacarle esa parte tan fea, justo el centro si lo mirás, al tomate, desde arriba. La parte donde el tomate estuvo enganchado del árbol, no sé. Se saca con un cuchillo, hacés un pequeño círculo hundiendo el cuchillo más o menos hasta la mitad del tomate, y sacás un cilindro de tomate, que no suele tener ningún gusto.
Ahora sí, es preciso que estés desnudo. Y que tengas una erección. No hace falta que sea una roca, tu garompa, pero precisás tener una erección más o menos digna. Así que te debiste estimular sexualmente un poco, viendo un video por internet, no sé, te tocaste pensando en algo antes o después de preparar el tomate. Sí, podés pegar un póster sobre la puerta de la heladera, de Samanta Farjat por ejemplo, perfectamente. Como ayuda memoria.
Agarrás el tomate. Y apoyás la cabeza, la cabeza de la poronga, en el centro, justo en el centro del tomate, donde hiciste algo de espacio.
Y empujás, empezás a empujar, con la poronga, con convicción no exenta de delicadeza, con entusiasmo no exento de elegancia, sosteniendo el tomate con ambas manos (o con una mano, si precisás la otra mano para guiar, por decirlo de algún modo, la poronga, son estilos).
El tomate irá cediendo con mayor o menor dificultad, dependiendo de múltiples causas. Vos seguís, podés cerrar los ojos, tratando de concentrarte en la faena.
El tomate, producto del empuje y el manoseo, irá soltando sus jugos, sus tan particulares semillas, se irá desarmando. Es altamente improbable, salvo que tengas un pito muy pequeño, que logres atravesar al tomate de lado a lado, que puedas ensartarlo por completo y que al mismo tiempo el tomate conserve su original forma, que el tomate no se desarme. Son temas antropométricos, la dureza del material, la presión ejercida, la falta de espacio. Además, el tomate no entiende muy bien qué pasa. Podríamos decir que el tomate no estaba, psicológicamente, preparado.
Puede ser, también, es admisible, que no alcances a concretar tu cometido, que te cueste un poco eyacular mientras se deshace el tomate en tus manos, para poder dar por finalizada la cuestión. Después de todo un tomate no es una vagina, queda claro que lo que estás haciendo se aleja bastante de lo que podríamos denominar ‘the real thing’.
Pero si tuvieras con quien coger no me hubieras llevado el apunte desde un comienzo, y un tomate debe costar, no sé, dos pesos. Tampoco soy mago.
*para las chicas, intentar coger con un tomate puede resultar, también, un procedimiento algo traumático. me atrevería a decir engorroso.
Elegís un tomate y lo lavás, con agua bien caliente. Después hay que sacarle esa parte tan fea, justo el centro si lo mirás, al tomate, desde arriba. La parte donde el tomate estuvo enganchado del árbol, no sé. Se saca con un cuchillo, hacés un pequeño círculo hundiendo el cuchillo más o menos hasta la mitad del tomate, y sacás un cilindro de tomate, que no suele tener ningún gusto.
Ahora sí, es preciso que estés desnudo. Y que tengas una erección. No hace falta que sea una roca, tu garompa, pero precisás tener una erección más o menos digna. Así que te debiste estimular sexualmente un poco, viendo un video por internet, no sé, te tocaste pensando en algo antes o después de preparar el tomate. Sí, podés pegar un póster sobre la puerta de la heladera, de Samanta Farjat por ejemplo, perfectamente. Como ayuda memoria.
Agarrás el tomate. Y apoyás la cabeza, la cabeza de la poronga, en el centro, justo en el centro del tomate, donde hiciste algo de espacio.
Y empujás, empezás a empujar, con la poronga, con convicción no exenta de delicadeza, con entusiasmo no exento de elegancia, sosteniendo el tomate con ambas manos (o con una mano, si precisás la otra mano para guiar, por decirlo de algún modo, la poronga, son estilos).
El tomate irá cediendo con mayor o menor dificultad, dependiendo de múltiples causas. Vos seguís, podés cerrar los ojos, tratando de concentrarte en la faena.
El tomate, producto del empuje y el manoseo, irá soltando sus jugos, sus tan particulares semillas, se irá desarmando. Es altamente improbable, salvo que tengas un pito muy pequeño, que logres atravesar al tomate de lado a lado, que puedas ensartarlo por completo y que al mismo tiempo el tomate conserve su original forma, que el tomate no se desarme. Son temas antropométricos, la dureza del material, la presión ejercida, la falta de espacio. Además, el tomate no entiende muy bien qué pasa. Podríamos decir que el tomate no estaba, psicológicamente, preparado.
Puede ser, también, es admisible, que no alcances a concretar tu cometido, que te cueste un poco eyacular mientras se deshace el tomate en tus manos, para poder dar por finalizada la cuestión. Después de todo un tomate no es una vagina, queda claro que lo que estás haciendo se aleja bastante de lo que podríamos denominar ‘the real thing’.
Pero si tuvieras con quien coger no me hubieras llevado el apunte desde un comienzo, y un tomate debe costar, no sé, dos pesos. Tampoco soy mago.
*para las chicas, intentar coger con un tomate puede resultar, también, un procedimiento algo traumático. me atrevería a decir engorroso.
10.1.12
Posesión demoníaca
A mi amigo Martín le tocó vivir una situación extraña.
Volvió de trabajar, Martín, un martes, a eso de las siete de la tarde. Como de costumbre. Está casado, Martín, hace siete años más o menos, con Andrea. Tiene un hijo chiquito. Trabaja bastante, Martín, es dentista, y sabe que la parte difícil es hacerse conocido, el boca a boca (justamente) en su profesión. Una vez que te hacés un nombre, alquilás un consultorio mejor en un barrio mejor y podés dejar de atender pacientes por prepaga. Un dentista que atiende sólo pacientes particulares gana buen dinero, el tío de Martín era dentista y le iba regio. Casa de fin de semana, buenos autos, viajás una vez por año a Europa, ves crecer a tus hijos con una educación privada, sos socio de algún club, jugás al golf, te cogés a alguien más, tenés algo parecido a una vida.
Andrea no trabajaba. Era profesora de inglés y traductora, pero lo habían conversado con Martín, y se habían puesto de acuerdo. La plata ya no era un problema, y lo mejor era que Andrea cuidara al nene. Ella estaba un poco aburrida de dar clases, además. A la mañana iba a alguna clase de gimnasia, en la casa siempre había algo para hacer aunque tuviera una muchacha para la limpieza, arreglaba para desayunar con alguna amiga.
La vida transcurría más o menos bien lubricada. No les iba mal, tenían vida social y vacaciones en Uruguay. No era lo más entretenido y excitante del mundo, pero después de los treinta años a nadie le pasan cosas demasiado interesantes. Esas cosas quedan para la televisión o el cine. Son cosas que pasan en las películas.
Volvió de trabajar Martín, dije, un martes.
–Llegué, mi amor –dijo Martín, dejó su maletín sobre la mesa de la cocina, se sacó el saco. Le sorprendió que Andrea no contestara, aunque estuviera en la pieza, ordenando el cuarto de Santiaguito, o terminando de bañarse, Andrea siempre le contestaba. Lo esperaba todo el día para contarle algo, cualquier cosa. Tomaban unos mates en la cocina y conversaban un poco, se quejaba de algo.
Fue por el pasillo al comedor, Martín.
Apareció Andrea. Bah, no apareció, ahí estaba, Andrea, en el comedor. Desnuda, nimbada por una extraña luz, de pie, bajo las dicroicas del living. Con una mano hacía extraños garabatos en el aire, sobre su cabeza, murmuraba conjuros. Estaba pintada, con algo, notó Martín cuando se acercó unos pasos. Estaba pintada, Andrea, las tetas, el estómago, los brazos. Con sangre. Sí, con sangre, y también el mentón, la barbilla, chorreaba sangre. A sus pies, a los pies de Andrea, había una gallina, muerta, degollada, echada de costado. Faltaban pedazos del cuerpo del animal, además de la cabeza, como si hubieran sido arrancados a mordiscones. Había sangre, mucha sangre sobre el parquet, y vidrios rotos, y plumas. El televisor encendido en un canal de música, con el volumen bajito. Tocaba una banda de heavy metal, unos peludos que no paraban de sacudir las cabezas.
Movía la cabecita con frenesí, Andrea, al compás de la música. Se había tusado el pelo con unas tijeras, había mechones de su cabello encima de los sillones. Tenía las uñas pintadas de negro. Martín vio que había una cruz sobre la mesa del comedor, una cruz de velas rojas, encendidas, a un costado un pequeño plato repleto de carozos de aceitunas, y una estampita. Los sillones parecían haber sido atacados a cuchillazos, no quedaba un solo almohadón sano.
–Soy la hija de Belcebú –le dijo Andrea, mirándolo muy fijo. Dio un buen trago a una botella de vodka que tenía en la mano (reconoció la botella, se la había regalado, a Martín, un paciente polaco al que le había colocado unos implantes), y luego escupió–. Soy cruza de vampiro y mamba negra, las fuerzas de lo oscuro habitan en mí, se manifiestan a través de mí. ¡Tengo la fuerza de la oscuridad! ¡El mal no es el mal! ¡Viva Satán!
Se roció el cabello con lo que quedaba de vodka, y luego intentó encenderlo, sí, lo que quedaba de su cabello, con un encendedor. Había cigarrillos apagados sobre los sillones, cigarrillos pisoteados sobre la alfombrita que le había regalado su tío Víctor, de piel de pecarí.
Un caso de satánica posesión, el cuerpo de Andrea tomado por completo por lo demoníaco. Las fuerzas del mal librando la madre de todas las batallas en el living de su casa.
–Me voy a dar una ducha –dijo Martín–. Hoy quiero cenar los agnolotis que había en el freezer. Mejor que no se haya terminado el queso rallado, mejor que haya queso rallado. Sino, de la patada en el culo que te voy a dar, te vas a morir de hambre en el aire. Para vos cualquier excusa es buena con tal de no hacer las compras, pero para ir a hacer gimnasia o a boludear con tus amigas siempre tenés tiempo. No te hagás la pelotuda.
Volvió de trabajar, Martín, un martes, a eso de las siete de la tarde. Como de costumbre. Está casado, Martín, hace siete años más o menos, con Andrea. Tiene un hijo chiquito. Trabaja bastante, Martín, es dentista, y sabe que la parte difícil es hacerse conocido, el boca a boca (justamente) en su profesión. Una vez que te hacés un nombre, alquilás un consultorio mejor en un barrio mejor y podés dejar de atender pacientes por prepaga. Un dentista que atiende sólo pacientes particulares gana buen dinero, el tío de Martín era dentista y le iba regio. Casa de fin de semana, buenos autos, viajás una vez por año a Europa, ves crecer a tus hijos con una educación privada, sos socio de algún club, jugás al golf, te cogés a alguien más, tenés algo parecido a una vida.
Andrea no trabajaba. Era profesora de inglés y traductora, pero lo habían conversado con Martín, y se habían puesto de acuerdo. La plata ya no era un problema, y lo mejor era que Andrea cuidara al nene. Ella estaba un poco aburrida de dar clases, además. A la mañana iba a alguna clase de gimnasia, en la casa siempre había algo para hacer aunque tuviera una muchacha para la limpieza, arreglaba para desayunar con alguna amiga.
La vida transcurría más o menos bien lubricada. No les iba mal, tenían vida social y vacaciones en Uruguay. No era lo más entretenido y excitante del mundo, pero después de los treinta años a nadie le pasan cosas demasiado interesantes. Esas cosas quedan para la televisión o el cine. Son cosas que pasan en las películas.
Volvió de trabajar Martín, dije, un martes.
–Llegué, mi amor –dijo Martín, dejó su maletín sobre la mesa de la cocina, se sacó el saco. Le sorprendió que Andrea no contestara, aunque estuviera en la pieza, ordenando el cuarto de Santiaguito, o terminando de bañarse, Andrea siempre le contestaba. Lo esperaba todo el día para contarle algo, cualquier cosa. Tomaban unos mates en la cocina y conversaban un poco, se quejaba de algo.
Fue por el pasillo al comedor, Martín.
Apareció Andrea. Bah, no apareció, ahí estaba, Andrea, en el comedor. Desnuda, nimbada por una extraña luz, de pie, bajo las dicroicas del living. Con una mano hacía extraños garabatos en el aire, sobre su cabeza, murmuraba conjuros. Estaba pintada, con algo, notó Martín cuando se acercó unos pasos. Estaba pintada, Andrea, las tetas, el estómago, los brazos. Con sangre. Sí, con sangre, y también el mentón, la barbilla, chorreaba sangre. A sus pies, a los pies de Andrea, había una gallina, muerta, degollada, echada de costado. Faltaban pedazos del cuerpo del animal, además de la cabeza, como si hubieran sido arrancados a mordiscones. Había sangre, mucha sangre sobre el parquet, y vidrios rotos, y plumas. El televisor encendido en un canal de música, con el volumen bajito. Tocaba una banda de heavy metal, unos peludos que no paraban de sacudir las cabezas.
Movía la cabecita con frenesí, Andrea, al compás de la música. Se había tusado el pelo con unas tijeras, había mechones de su cabello encima de los sillones. Tenía las uñas pintadas de negro. Martín vio que había una cruz sobre la mesa del comedor, una cruz de velas rojas, encendidas, a un costado un pequeño plato repleto de carozos de aceitunas, y una estampita. Los sillones parecían haber sido atacados a cuchillazos, no quedaba un solo almohadón sano.
–Soy la hija de Belcebú –le dijo Andrea, mirándolo muy fijo. Dio un buen trago a una botella de vodka que tenía en la mano (reconoció la botella, se la había regalado, a Martín, un paciente polaco al que le había colocado unos implantes), y luego escupió–. Soy cruza de vampiro y mamba negra, las fuerzas de lo oscuro habitan en mí, se manifiestan a través de mí. ¡Tengo la fuerza de la oscuridad! ¡El mal no es el mal! ¡Viva Satán!
Se roció el cabello con lo que quedaba de vodka, y luego intentó encenderlo, sí, lo que quedaba de su cabello, con un encendedor. Había cigarrillos apagados sobre los sillones, cigarrillos pisoteados sobre la alfombrita que le había regalado su tío Víctor, de piel de pecarí.
Un caso de satánica posesión, el cuerpo de Andrea tomado por completo por lo demoníaco. Las fuerzas del mal librando la madre de todas las batallas en el living de su casa.
–Me voy a dar una ducha –dijo Martín–. Hoy quiero cenar los agnolotis que había en el freezer. Mejor que no se haya terminado el queso rallado, mejor que haya queso rallado. Sino, de la patada en el culo que te voy a dar, te vas a morir de hambre en el aire. Para vos cualquier excusa es buena con tal de no hacer las compras, pero para ir a hacer gimnasia o a boludear con tus amigas siempre tenés tiempo. No te hagás la pelotuda.
5.1.12
Almost
seré whisky una noche.
reencarnaré en whisky, dorado como un sol.
la noche que no des más de la tristeza,
la noche que sientas que tu vagina es un
túnel
que no conduce a ninguna parte.
brillaré como un faro en tu inmensa
tormenta,
recordarás una frase, algo que dije,
sabrás que todavía queda el mar y
la lluvia,
los ladridos de un perro para el que
aún funciona tu oxidada magia.
no seré Lama ni cebra,
ni me llorarán mis novias. no habrá
libros con mi nombre
ni nadie que lleve una flor a mi tumba.
mi paso por la tierra tan pero tan
inútil.
abrirás un whisky
cuando nada resulte, cuando las tuercas
no ajusten y los autos no doblen.
cuando suene el teléfono para decir lo de siempre,
mucho peor que siempre,
aullarán las sirenas de cualquier ambulancia
como lobos famélicos.
los semáforos amarillos de tanto darle al pucho.
seré whisky una noche.
reencarnaré en whisky, dorado como un sol.
la noche que no des más de la tristeza,
la noche que sientas que tu vagina es un
túnel
que no conduce a ninguna parte.
brillaré como un faro en tu inmensa
tormenta,
recordarás una frase, algo que dije,
sabrás que todavía queda el mar y
la lluvia,
los ladridos de un perro para el que
aún funciona tu oxidada magia.
no seré Lama ni cebra,
ni me llorarán mis novias. no habrá
libros con mi nombre
ni nadie que lleve una flor a mi tumba.
mi paso por la tierra tan pero tan
inútil.
abrirás un whisky
cuando nada resulte, cuando las tuercas
no ajusten y los autos no doblen.
cuando suene el teléfono para decir lo de siempre,
mucho peor que siempre,
aullarán las sirenas de cualquier ambulancia
como lobos famélicos.
los semáforos amarillos de tanto darle al pucho.
seré whisky una noche.
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