28.7.07

Sensaciones únicas, irrepetibles

Dicen los que saben que saltar en paracaídas provoca una sensación única, irrepetible. El caer desde tres mil metros de altura, caer y caer, sin nada que te sostenga, caer hacia la nada por un instante que está construido de la más pura de las eternidades.
Lo mismo me ha sucedido a mí, al abrir la puerta del pequeño placard, y descubrir que se me ha terminado el whisky.

Presurosa

Sentada sobre la cama, con bombacha pero sin corpiño, algo despeinada y con la mirada perdida en algún punto de la pared, en el espacio entre la televisión y la puerta, espacio hecho de sucesivas capas de mugre y por lo tanto sin atractivo ni posibilidad de develar misterio alguno. Ella, decía, habló, dijo que estaba atravesando el difícil período de la depresión posparto.
Entonces, con pausa, con delicadeza, sin ánimo de aventurarme a rebatir una patología tan íntima, me permití sugerirle que tal vez su estimación era algo apresurada.
Ni siquiera habíamos cogido.

25.7.07

A las escondidas

Esta mañana me desperté con la firme certeza de ser otro. Una persona diferente, con atributos y cualidades que yo desconocía. No creo que exista cosa más asombrosa; como mirarse al espejo y no reconocerse.
Pero lo sé, lo intuyo, lo adivino, todo esto tiene una explicación. Lo hago para poder, esta noche, soñar con parecerme a mí.

21.7.07

Jabalí

Si se tiene la paradójica oportunidad de ser invitado a presenciar la caza de un jabalí, se descubrirá casi de inmediato y sin ser un idóneo en la materia, que algunos participantes de la actividad están acometiendo una práctica con ribetes lúdicos, mientras otros deben participar de la misma desde el peculiar costado de la supervivencia.
Lo que aflora para el sorprendido observador, lo que emerge, es que quien lucha por la supervivencia, el jabalí en este caso, no podrá divertirse por lo que dure el suceso.
Si bien toda extrapolación peca de desafortunada, yo me atrevería a jurar que lo mismo ocurre en el ámbito laboral.

Tan lejos del Ganges

Después de fornicar, todos los atributos de aquella mujer, que habían llamado mi atención, se habían esfumado. Sólo quedaba una cáscara repleta de rencor y frases hechas.
Lejos de fastidiarme, se me ocurrió pensar que tal vez me aproximaba a ese recóndito conocimiento hindú, en lo que se refiere al tercer ojo.

18.7.07

Pesada carga

Me cruzo con un hombre que lleva media res sobre sus hombros. Acaban de sacar, con ayuda de otro hombre, la media res de un camión. El hombre debe caminar treinta o cincuenta pasos, hasta la carnicería donde entregará la mercancía. Va vestido de un blanco sanguinolento. Suda copiosamente.
Yo llevo mi birome en el bolsillo, y mis pensamientos.
Tengo intenciones de manifestar algo que me redima, de explicarle al hombre que yo también sostengo una pesada carga.
–Cuidado, gil –dice y sigue de largo.
Las tristes lecciones de contundencia de lo fáctico.

14.7.07

Laboratorio

Cuando veo a alguien pedaleando una bicicleta fija, o corriendo en una cinta, me sorprendo lo indecible. Mi estupor alcanza ápices de paroxismo.
Los hámsters que acceden a realizar prácticas similares, lo hacen bajo la más severa de las coacciones.

Maestro Po

La mujer que me acompaña quiere saber qué somos. Así me lo ha preguntado. Quiere saber qué ribetes de formalidad alcanza la precariedad de nuestro vínculo. Quiere saber, como si se tratara de un electrodoméstico, la durabilidad del mismo, cuál es su resistencia ante golpes y caídas, si funcionaría de la misma manera en distintos climas, cuánto dura la garantía.
Lo que yo quiero saber es qué llevaba kung fu en el bolsito, para lucir siempre, ante los acontecimientos más adversos, ante las circunstancias más extrañas, tan tranquilo.

11.7.07

Inflamaciones

Yo creo que debería cobrar por respirar.
Yo creo que la gente debería hacer interminables filas, acampar incluso varios días bajo la lluvia, soportar el más absurdo de los fríos, sólo para oírme pedir un café, murmurar una interjección, balbucir una oración unimembre.
Yo creo que mi esperma, mis uñas, mi saliva, debieran ser comercializados bajo el rubro de ‘artículos suntuarios’, o rematados en Sotheby’s, o envasados como el más exótico de los perfumes, u ofrecidos sólo en clínicas secretas y especializadas, como pócimas capaces de curar las más difíciles dolencias.
Son dos o tres minutos por año, no más. Ya se me pasa.

7.7.07

Moralejas, zapatillas

Compré un par de zapatillas, alguna vez, y las guardé. Ya tenía zapatillas en ese momento. Pero las compré porque me gustaron; eran lindas, de verdad. Y las guardé, eso ya lo dije, a la espera de una ocasión especial, del momento apropiado para comenzar a utilizarlas.
Como todo en esta vida, el momento llegó. Me puse las zapatillas y fui a hacer lo que tenía que hacer.
Estaba reunido con un grupo de personas, tomando cerveza, después de una caminata, sentado, al sol, y el pegamento de las zapatillas cedió, y por lo tanto la suela cedió, y yo quedé, de manera tan literal como taxativa, descalzo.
Si yo fuera Esopo esta historia tendría una moraleja del tamaño de un árbol.
Pero como no soy Esopo, me limitaré a decir que tal vez no exista aquello que yo mismo he dado en llamar la ocasión especial, el momento apropiado.

De camping

–¿Oís el ‘cri cri’? Debe ser un grillo. Pero no lo veo.
–También puede ser que te estén crujiendo las meninges. ¿Hace cuánto que no intentabas pensar en algo?

4.7.07

Poema para confundidas

no confundas melones con guirnaldas
no confundas ternera con ternura
no confundas paciencia con espalda
no confundas un camión con tu premura.

no confundas caviar con un soplete
no confundas lo triste con lo abyecto
no confundas piolín con barrilete
no confundas tetas con proyectos.

no confundas viajes con vivencias
no confundas un reloj con tus dolencias.
que te muerda un Fox Terrier no es la muerte.

no confundas amor con alfajores
no confundas momentos con mascotas.
y por favor, no rompas las pelotas.

30.6.07

Una llamativa y particular forma de soledad

Las veces que me hallo en el extranjero, fuera del país, por circunstancias demasiado inconcebibles para mí como para merecer un más sesudo análisis. Las veces que me hallo en el extranjero, decía, experimento una llamativa y particular forma de soledad hecha de verme obligado a deambular por una geografía ignota, hablar un idioma diferente.
Despojado de mi herramienta natural de expresión, sin coordenadas espacio-temporales de referencia, soy otro, me diluyo, soy nada. Un pánico me aterra: el de no poder hacerme entender; el de no lograr tomar un café; el de no poder volver a casa.
Puedo explicarlo, pero no tiene explicación. Es racional, y no es racional.
Agréguese que me está sucediendo lo mismo, casi lo mismo, cuando bajo a tomar un café, acá, a dos cuadras de casa.

Derecho de autor

Qué no daría yo por ver cómo te secás el cabello con una toalla verde, recién salida de la ducha, temblorosa, mientras entrás a la cocina y dudás, por un instante, si convendría encender la hornalla para preparar té, antes o después de ponerte la bombacha.
Qué no daría yo por recordar esa escena, en lugar de tener que inventarla.

27.6.07

Cliente difícil

La prostituta sentada frente a mí, está dispuesta a hacer cualquier cosa por dinero. Así lo manifiesta.
Tras convenir una tarifa adecuada, y cumplir con el arcano rito de pagar, le comunico mi único deseo: que sonría.

23.6.07

Preguntas y preguntas

Cuando veo que se interroga a un niño con las clásicas preguntas acerca de si quiere más a la mamá o al papá, o qué quiere ser cuando sea grande, me indigno. Son preguntas que yo mismo no podría responder en este momento.

Fe

Por motivos tan absurdos como azarosos, quedo en posición de circunstancial y semioculto observador de una mujer que se dedica a tareas de limpieza en un salón. La mujer se halla limpiando una estatua. La estatua es de hierro. La estatua es de tamaño natural. La estatua es de un hombre. El hombre está desnudo, no importa si con un bandoneón o empuñando una espada; no importa qué conmemora; desconozco qué representa.
Tras utilizar un trapo con un líquido para limpiar los brazos y las piernas, y la espalda, y el rostro, la mujer retrocede un paso y observa la estatua. Se dedica entonces, con especial delicadeza, a limpiar los testículos de la estatua. Por un momento, he podido ver que la mujer, con infinita ternura, ha sopesado los testículos en una de sus manos, a través del trapo. La mano ahuecada, el movimiento apenas circular, la ínfima presión, la mirada de la mujer, su concentración en la tarea, su cuidado.
Estas son las cosas que renuevan mi fe en el sexo femenino.

20.6.07

Toxicología

El problema con la felicidad acontece, se desarrolla, como con cualquier otra sustancia. Uno comienza por una sana inquietud, una genuina curiosidad. Luego, sin mediar demasiado tiempo, uno se transforma en un consumidor social. Ahí nomás, sin fanfarrias ni clarines, se pasa al exceso. Uno se vuelve un adicto. Es entonces cuando, en un resquicio de lucidez, uno toma conciencia que deberá emplear la totalidad de las restantes energías, el mayor de los esfuerzos, en dejar el hábito.
Porque la felicidad también te mata.

16.6.07

Confusión o delirio

El sujeto que ha logrado cierto éxito económico, suele adolecer de alguna clase de confusión o delirio que lo lleva a creerse superior a sus semejantes. Siente, el sujeto, que el status alcanzado no viene a ser otra cosa que el merecido reconocimiento a una particular mezcla hecha de su esfuerzo y sus capacidades. Siente, el sujeto, que merece consideración y respeto; porqué no alabanzas. Lo que le sucede, en ningún caso es producto del azar. Está ocurriendo lo justo, lo que corresponde, lo apropiado.
Esta forma de pensar, esta exudación de suficiencia, genera cierto escozor e irritabilidad en quienes lo rodean.
Pero el sujeto, en su nuevo estado de situación, puede pagar la cena de todos los presentes. Eso ayuda.

Feliz, feliz en tu día

Al cumplir años se toma conciencia que la muerte, de manera infinitesimal o a paso de golfista, se aproxima. Se alcanza a comprender, sumergido en un aceitoso estupor, que aquello que alguna vez fue futuro potencial y promisorio ha mutado en pasado remoto ante los propios ojos, de manera inadvertida. Se entiende la existencia de lo que podríamos denominar la finitud, la decadencia, la caída.
Si logra uno sobreponerse al inconcebible peso de estas piedras argumentales, también se puede observar que uno casi no ha recibido salutaciones ni regalos. A lo sumo, alguna chuchería.
Se advierte entonces una curiosa duplicidad: la gente que conozco podría, sin excesivas complicaciones, prescindir de mi existencia; y encima están en la lona.
Una macana, che.

13.6.07

O Fontina

Me encuentro en un supermercado, capricho del azar, con una chica que concurrió conmigo a la escuela primaria. A sexto grado, creo, o es así como lo recuerdo.
Yo estaba de pie junto a la góndola de los quesos. Estaba mirando los quesos; fue entonces cuando ella se acercó empujando su carrito y me saludó.
Se llamaba Andrea. Se sigue llamando Andrea. Recuerdo haber estado profundamente enamorado de ella; tan profundamente como puede estarlo un chico de once años. Recuerdo con absoluta claridad su cuello y su sonrisa y su peinado con dos colitas vibrátiles como antenas. Yo no podía apartar mis ojos de esas colitas.
En un momento, recuerdo, le pregunté si quería ser mi novia, con la única finalidad de caminar una cuadra de la mano. Me respondió que ya era la novia de Martín, o que iba a serlo; he borrado algunas cosas de mi mente para poder seguir adelante. En cualquier caso, me respondió que no.
Ahora se muestra amigable y predispuesta. Me cuenta que tiene dos hijos, me cuenta que se divorció. Me cuenta que el país está difícil, que hay mucha inseguridad, que subieron los precios, que hay inflación.
Se ofrece a darme un teléfono para que la llame, para tomar un café, para ir a comer, para que nos veamos. 'Qué suerte que nos encontramos', me dice.
Pero yo quise conocerla, y que camináramos de la mano, cuando tenía once años y ella usaba su peinado con dos colitas. Ahora, Andrea, prefiero este pedazo de queso Roquefort.

9.6.07

Pocas chances

El noventa y siete por ciento de la gente que me cruzo en mi cotidiano y particular via crucis, están absoluta e irremediablemente tristes. Esto significa que, de cada cien personas con las que me cruzo, con las que intercambio un saludo, una mirada, una palabra tal vez, sólo tres no tienen la superficie dérmica total y absolutamente cubierta de un fracaso, una tristeza, un rencor, que ni el mejor detergente y el mejor empeño alcanzaría a lavar.
Esto te deja pocas, ínfimas chances de ser una persona interesante para mí.
Así que la próxima vez que me saludes, que me sirvas un café, que me preguntes la hora, que intentes venderme un reloj o darme un beso, mi sugerencia es que hagas lo mejor que puedas. Esmeráte.

El fuego y la rueda

Viendo el documental sobre los orígenes de la humanidad, las civilizaciones antiguas, su evolución, se me ocurrió hacer un comentario, nada original, sobre la importancia trascendental que habían tenido cosas que hoy se dan por sentadas, como si hubieran existido desde siempre. Hice mención, para ser más exacto, al descubrimiento del fuego, a la invención de la rueda.
Ella no tenía demasiado para decir al respecto, pero me escuchaba con genuino interés. Sabía que de un momento a otro se mencionaría el dinero.

6.6.07

Mágico, estupendo, maravilloso

Hago regalos. Hago regalos sin que medie aniversario ni cumpleaños alguno. Hago regalos sin que haya nada que festejar. Hago regalos, incluso a gente que no conozco demasiado, a gente que tal vez no vuelva a ver. Nunca más.
Pero no, no hay una pizca de altruismo en mí. Ni bondad, no lo creo. Ni, mucho menos, caridad. Tales sentimientos, me temo, no vinieron con mi dotación genética.
Sucede que me gusta que la gente se sorprenda; que sientan que algo mágico, algo estupendo, algo maravilloso, puede sucederles en cualquier momento, así, sin explicación y sin motivo.
Porque no es verdad.

2.6.07

Electricidad

Recuerdo hechos, sucesos, algo tristes, que me han acontecido, y los recuerdo, curiosamente, con una sana alegría. Recuerdo también cosas alegres, cosas felices que me han pasado, pero el recuerdo viene a mí con un regusto amargo.
Tal vez una de las venganzas del tiempo, casi infantil, consista en alterar la polaridad de lo ocurrido.

Génesis

porque de chico quise Nesquik
y me dieron Zucoa
todo este fracaso está
justificado.

porque de chico quise Nesquik
y me dieron Nescao
todo este resentimiento, este rencor,
este deseo de revancha que me mastica
la sangre
es admisible.

porque de chico quise Nesquik
y me dieron Vascolet
son estas ganas de escupir, de morder,
de apretar, de patear, de meter los dedos.
de hacer daño.

porque de chico quise Nesquik.
¡Nesquik!
y me dijeron que era igual,
que era lo mismo.

pero me dieron otra cosa.


*Creo, insisto, que este poema es importante.

30.5.07

El delicado tema de las adicciones

Existe algo que podríamos denominar ‘el síndrome del redivivo’, o ‘el síndrome del volvedor’, o en verdad no sé qué nombre ponerle. Consiste, la tipificación, en categorizar a aquellos sujetos que, tras haber estado consumidos por una adicción, logran abandonar el nocivo hábito.
Para más detalle, están aquellos que han sido adictos a las drogas, al tabaco, al alcohol. Finalmente, han logrado, según la propia terminología que suelen utilizar, ‘salir’.
Una vez que han salido, una vez afuera de la obsesión que los dominaba, se observa en ellos una descomunal tristeza disfrazada de orgullo. El sujeto en cuestión, mientras duraba el milagro de haber hallado la sustancia proveedora de alegría, alcanza un brillo tan particular como fugaz, una altura que hasta entonces desconocía. Despojado de la sustancia, el sujeto queda transformado en una cáscara que recuerda aquellos momentos en los cuales brilló. El sujeto, sin la sustancia originaria y basal de su obsesión, se regodea en la fortaleza de su privación. Sin embargo, como persona, fue mucho más interesante durante sus momentos de combustión más tóxica, que en su nueva etapa de sanidad.
Aquello de ‘no hay peor fanático que el converso’, tal vez se aplica.
Y lo mismo me ha pasado a mí, desde que te fuiste. Eso quería decir.

26.5.07

En mi barrio

Es de noche. Bajo a tirar la basura. El árbol donde se suelen dejar las bolsas de basura está a unos diez metros de la puerta de entrada del edificio en el cual, por decirlo de alguna forma, habito.
Junto al árbol, hay un televisor abandonado. También hay un hombre, un vagabundo, con los pantalones enroscados en los tobillos, intentando fornicar con el televisor. De costado, de perfil. Hay un cartón de vino de color verde apoyado junto a sus temblorosos y mugrientos pies.
Hace frío; está por llover.
Sé que la escena debe tener algún significado.
Vuelvo a subir, basura en mano.

Después de antes

Las cosas importantes, las cosas que te interesan, siempre están por suceder, después. O ya sucedieron, antes. Por eso escribo. Con la única intención de mortificarte todo el durante.

23.5.07

Futuro imperfecto

Sugiero considerar al futuro, como un minucioso collage hecho con sucesivos pedacitos de papel presente.
Siguiendo idéntica línea de razonamiento, cualquier estrambótica elucubración donde se piense al futuro como algo remoto y diferente de la situación actual, debe ser entendida, en términos técnicos, bajo la categoría de 'gilada'.

19.5.07

A mí me duele así

Despedidas. Todo lo que veo suena a despedida. Todo lo que toco huele a despedida. Tu cara y tu pelo, la lluvia y mis dedos. Metódico y triste como un asesino a sueldo, o un segundero haciendo su trabajo.
Esta mañana dije ‘hola’, y dije ‘buenos días’, pero eran despedidas.
Conciencia de la fugacidad, que va matando.

Quieto

Existe una postura de yoga, una posición denominada ‘savasana’, ‘la postura del cadáver’. Consiste, sin entrar en tecnicismos que me exceden hasta el absurdo, en quedarse quieto. Acostado sobre el piso, boca arriba, con las piernas algo separadas, los brazos al costado del cuerpo, palmas hacia arriba, ojos cerrados. Lo bello del ejercicio es que consiste, precisamente, en no hacer nada, no moverse. Uno se limita a respirar, el corazón late, pues se trata de actividades no volitivas. El cuerpo se detiene, primero, y luego, también, la mente.
Cinco minutos así, o diez, y uno siente beneficios psicofísicos inexplicables. Se emerge como quien ha dormido nueve horas del mejor sueño, aunque, reitero, uno no debe dormirse durante el ejercicio. Es no hacer nada, absolutamente nada. Es estar presente.
El ejercicio lo deja a uno, a mí, con una carga energética inaudita. No deseo ahondar, perderme en los detalles.

También puede uno, un día cualquiera, quedar atrapado, rumbo a la oficina, en un atasco de tráfico, un embotellamiento, producido por cientos de miles de personas que desean ocupar, por motivos que no vienen al caso, las mismas coordenadas espacio-tiempo.
En esta situación, también, debe uno quedarse quieto, muy quieto, no pensar, no moverse. Entiendo que este ejercicio no tiene una denominación específica en el lenguaje yóguico. En castellano sería, más o menos, 'sentirse un imbécil'.

16.5.07

Culpable de todo

Mientras desayuno en el bar, de frente al ventanal, media docena de hombres trabajan con carretillas, picos y palas. Son obreros. Cavan en el pavimento; es algo que llevan haciendo por días. Los hombres cavan; muelen el pavimento a golpes; transportan pesadas piedras. Cae una fina llovizna.
Yo lucho con una medialuna. Aplasto, con el vigor de mi cuchillo, que adquiere en el aire elucubraciones de batuta, un grueso y rectangular trozo de manteca sobre la esponjosa superficie de la medialuna, que cede en parte a la presión con una exhalación, un tenue susurro, para luego, sobre la base de manteca, explayar una generosa dosis de mermelada, que se acomoda, y parece que va a desbordar, pero no desborda, aguarda, expectante, la llegada del mágico mordisco hecho de la felicidad más pueril, de la estupenda y conciliadora reivindicación que permita creer en la alegría y alguna de sus hermanas menores.
De pronto, uno de los hombres levanta la vista y me observa. Es un instante, nomás. En su mirada se encuentra el odio en estado puro. Es la mirada de un animal herido y enojado, buscando dónde depositar su furia.
Ahora sé que yo maté a Kennedy, también.

12.5.07

Botella al mar

Soy un náufrago. Cosas que pasan, cosas de la vida. Tiro una botella al mar. Es el manual del náufrago: barba, isla desierta, botella al mar.
Me doy vuelta. Transcurre un instante, tan solo un instante, la ranura de tiempo que dura un instante. Oigo ruido de vidrios rotos. ¿Se trata de suerte, de una desgracia, de poesía?

Una oferta que no te podés perder

Aquel que pide un descuento, ya fracasó. Aquel que pide una rebaja, una bonificación, ignora los rudimentos del sistema capitalista que condiciona, de manera determinante, la mayor parte de las acciones de lo que podríamos dar en llamar su ‘vida’.
La pirámide de valor, el andamiaje, la polea que permite que el mundo siga con sus movimientos de rotación y traslación, consiste en vender a diez aquello que ha costado originariamente uno. Es de esta forma que cada peldaño, cada eslabón, la gente que lo compone, vivirá, por decirlo de algún modo.
Aquel que pide un descuento, entonces, en su locura se permite dudar de la ley de gravedad. Sale por la ventana, con la encomiable intención de caminar. Se trata, como quien decide en una tarde lluviosa asesinar a toda su familia, de un deseo de revancha por lo que le ha tocado en suerte. Triunfo vindicativo, creo que le dicen.
Y podríamos respetar, claro, a la gente que busca revancha, a la gente que decide asesinar a su familia, a la gente que sale por la ventana, a caminar.
Abajo espera el piso.

9.5.07

Cualidades perdurables

Alguien dijo alguna vez, intentando ofender a otro autor, refiriéndose entonces a su obra, ‘no tiene cualidades perdurables’. A mí me agradó el concepto. Se refiere a que uno lee un libro, y si tiene suerte, queda fascinado. A veces pasa. Vuelve a leerlo, diez años después, en busca de una chispa de magia, de esa fascinación primera, pero no ocurre nada. Queda el regusto amargo, y las ganas de saber si cambió el libro, o si cambió el lector.
¿A quién atribuir la ausencia de cualidades perdurables?
Lo mismo me ha sucedido al verte desnuda. Sigamos con el libro, por favor.

5.5.07

Por contraste

En una charla, en una discusión, una pregunta vuelve a aparecer. Tengo la impresión que las preguntas son siempre las mismas, que cada tanto asoman sus cabezas, que vuelven a surgir, una y otra vez. Lo que cambia es el decorado, los presentes.
¿La pregunta? Ah, sí, la pregunta.
¿Existe una cosa, en sí misma, o precisa de su opuesto para existir, para cobrar corporeidad, para materializarse?
Si la salud es ausencia de dolor, si la felicidad precisa de la tristeza, si existiría la noche sin el día. No es preciso continuar, no es preciso aburrir.
Sin ir más lejos, ¿sería yo tan inteligente, tan lúcido, y porqué no original, en mi forma de pensar, sin usted, el imbécil que insiste con la pregunta?

Fanfarria

Un amigo que ha recibido instrucción militar en la adolescencia, me cuenta que una de las frases que recuerda de un superior, cuando debía acometer un ejercicio, una tarea, era: ¡equivóquese con energía!
Cómo no ponerse de pie. Cómo no hacer una improvisada venia. Cómo no dar las gracias.

2.5.07

Como cualquier tesoro

Tu corazón, como cualquier tesoro, suele estar oculto en lugares remotos, protegido por leales guardianes o temibles dragones, detrás de puentes levadizos e inexpugnables muros, dentro de cofres especialmente diseñados por idóneos orfebres con el único fin de proteger algo tan preciado, algo tan valioso.
Y yo empecé la búsqueda por tu teta izquierda. Tampoco era para ponerse así.

28.4.07

Vida y obra

En una oportunidad, en un reportaje, le consultaron a Anthony Burgess cuál era la misión del escritor. Anthony Burgess respondió: ‘agradar e instruir’.
Le preguntan a Hundred, me preguntan a mí, cuál es la misión del escritor. Respondo: ‘no quiero acompañarte al cumpleaños de tu hermana’.
Cada uno escribe lo que puede. Cada uno contesta los grandes interrogantes que se le van presentando a lo largo de la vida. Como puede.

Lírico

Me llama un amigo para pedirme sangre. Tiene un familiar enfermo, lo tienen que operar. No cree que sobreviva, pero aún así, necesita diecisiete dadores de sangre. Existe algo denominado ‘banco de sangre’. Es un banco donde hay sangre. Uno saca sangre, y debe reponerla.
Me llama otro amigo, al rato, para decirme que también ha sido llamado por este amigo, en adelante el ‘amigo 1’. También le han pedido, es evidente, sangre.
Este amigo, que podríamos denominar el ‘amigo 2’, se muestra fastidiado. Le molesta el pedido. Le molesta que le pidan sangre. Quiere saber mi opinión. En realidad, me parece, quiere alimentar su fastidio con el mío. Quiere que nos fastidiemos juntos.
Pienso por un momento si debo compartir mi fastidio con él. Pienso si debo fastidiarme. Concluyo que no. Contesto alguna generalidad, y corto la comunicación de inmediato.
Existen a mi modo de ver dos tipos de amigos: los que te pedirán sangre, y los que te pedirán dinero.
Y también están las mujeres. Que te pedirán tiempo.

25.4.07

Muy original, muy bonito

Me pareció atinado, me pareció pertinente, hablar. Así que hablé. Dije.
‘La absoluta falta de preparación nos deja subsumidos en el magma que podríamos denominar, si es que es preciso andar por ahí denominando las cosas, podríamos denominarlo, decía, azar. Esto no es otra cosa que quedar a entera merced de los dados que, ante un acontecimiento cualquiera, surjan del cubilete celeste agitado por vaya uno a saber qué fuerzas.
Pero no es menos cierto que el exceso de planificación termina por destrozar la esencia, el núcleo basal, los neutrones de un suceso. El recorrido conjetural de un evento, una y otra vez, anula lo que hay de material vivo en el mismo, y que se manifestará, justamente, cuando ocurra. De tanto pensarlo, el momento a ocurrir quedará impregnado de una pátina viscosa, gris, que le impedirá dar ese salto mortal, lograr ese brillo que lo transforme en vivencia’.
Entonces hice una pausa. Ella me miró. Y ella dijo.
'Lo que decís es muy original, muy bonito. Pero no existe la más remota posibilidad que nos vayamos a coger, así de una'.


21.4.07

Noble animal

Jamás usaré prendas de vestir cuyo logo, total o parcial, sea un caballo. Pero no quiero parecer dogmático ni mucho menos inflexible. Suelo comer sándwiches de mortadela.

Un vaso de vino, supongo

El autor dice ‘el mundo se ha convertido en una herida que no soporto mirar’.
El autor dice ‘el dolor no tiene grandeza. El dolor es gris, tiene un olor gris y un sabor gris y un tacto a ceniza gris en los dedos’.
El autor dice ‘el dolor le quita sabor a las cosas’.
Y yo me pregunto qué más se le puede pedir a un autor, a cualquier autor.

18.4.07

Parecido al amor

El sujeto me increpa.
–¡Basura humana! –me dice– ¡Verónica nunca volvió a ser la misma! ¡Basura!
Lanza una escupida, sin duda dirigida a mi rostro. Por error de cálculo, el impacto se produce contra la solapa izquierda de mi saco. El sujeto se retira.
De más está decir que no conozco a Verónica; no sé quién es; no la he visto en mi vida. Se trata de un error.
Lo que me sorprende es que el odio esté hecho de un material en extremo resistente; algo capaz de trascender en el tiempo el suceso que lo originó, no menguar en su intensidad a pesar de tratarse de una confusión, algo cuya potencia admite la interpósita persona.
Debo entender, de una vez y para siempre, que el odio es un exquisito motor. Y debo mandar el saco a la tintorería, también.

14.4.07

Acción

Cuando veo películas de acción, recostado en la cama, con el labio inferior algo vencido y la mirada enrojecida, esperando que el sueño venga a saludarme. Cuando veo películas de acción, decía, siempre hay una instancia, un momento, donde alguien dice ‘¡arrojen sus armas!’, o ‘¡ponga su arma en el piso!’, o ‘¡deje su arma sobre la mesa!’, o ‘¡saque su arma, lentamente, con cuidado!’.
Sin embargo, ante estas palabras, el otro alguien, que yo recuerde, jamás pone su billetera sobre la mesa, o sobre el piso, o la arroja, o la suelta, o la saca lentamente, con dos dedos, con cuidado.
Tal vez esto venga a desmentir alguna pretérita presunción mía. Tal vez me ha tocado vivir en un mundo diferente.

Patas cortas

Hace tiempo, en un pretérito remoto, una persona a la que llegué a despreciar con énfasis, me dijo ‘la mentira tiene patas cortas, pero la verdad es paralítica’.
No lo entendí. No tenía forma de entenderlo, en ese momento, así que no lo entendí.
Tendrían que pasar diez años, quince, tal vez, para que yo pudiera advertir que la verdad es monocromática, y ya casi nadie quiere ver un espectáculo en blanco y negro.
Me recuerdo a mí mismo, también, alguna vez, diciendo (y tratando de deslumbrar) ‘yo soy un prisma a través del cual pasa un rayo de luz, y surge un arco iris de colores’.
Pero no sabía, no tenía idea de lo que estaba diciendo. Y no podía saber que se trataba de mentir. Que me refería a mentir. A eso.

11.4.07

Autopista Freud

Leí por ahí, alguna vez, dentro de las frondosas selvas interpretativas de aquello que se ha dado en denominar psicoanálisis, que los sueños en los cuales se sueña con pérdida de dientes, con que a uno se le caen las muelas, esas cosas, tienen un significado argumental que abreva en temores sobre la pérdida de la capacidad en las lides del sexo.
La otra noche soñé que se me caía el pito. El pirulo. La pistola. La gallina. La joya.
Caía. Se desatornillaba. Se desprendía sin esfuerzo del resto del cuerpo, y quedaba, de costado, como un pez muerto, exangüe, sobre el piso, ante mis azorados ojos.
Tengo que pedirme un turno con el dentista.

7.4.07

Treinta y tres veces

Una mujer, en la calle, me pide dinero. Me pide treinta centavos. Me dice que es para tomar el colectivo. Me dice ‘tengo que tomar el 71, para acá a la vuelta’.
Le digo que se me ocurre algo mejor. Le digo que voy a darle diez pesos, unas treinta y tres veces su pedido original. Lo que quiero, si es posible, si le parece bien, es que me de un abrazo. No caigamos, por favor, en una demasiado trivial confusión. No quiero ningún tipo de contacto sexual; ni siquiera un beso. Lo que quiero es que me de un abrazo (hace frío; ambos estamos más que cubiertos de prendas de vestir), como si hubiera ido al colegio conmigo. Como si me conociera de antes. Como si estuviera contenta de verme.
La mujer farfulla un insulto, lanza un desaprobatorio chistido de lechuza, y sigue su camino.
Somos egoístas. De eso estamos hechos.

Materiales intrínsecos

Entro en una juguetería. Compro un juguete que me hubiera gustado tener cuando era niño, un juguete que me hubiera gustado tener hace veinte o treinta años.
Salgo a la calle. Quito el envoltorio con sumo cuidado. Coloco el juguete sobre la vereda. Acto seguido, salto sobre el juguete, lo pateo, me dedico a destrozarlo con particular énfasis. Intento reducirlo a su esencia y más allá, a sus materiales intrínsecos y más allá, a sus átomos.
El proceso lleva unos cinco minutos. En ningún caso más de siete.
Vos fuiste durante años al psicólogo. No me juzgues.

4.4.07

Zambullida

La sabiduría popular dice ‘perro que ladra, no muerde’.
La sabiduría popular dice ‘gato con guantes no caza ratones’.
Yo podría decir ‘perro que ladra, no caza ratones’. O ‘gato con guantes, no muerde’. O tal vez ‘perro con guantes no muerde’. O sino ‘gato que ladra no caza ratones’. O incluso ‘perro con guantes no caza ratones’. O, claro, porqué no, ‘gato que ladra, no muerde’.
Y también, bien pensado, se podría decir ‘perro que ladra, no hierve’. Y también, seguro, se podría decir ‘gato con guantes no come melones’. Y también ‘perro que ladra, te envuelve’. Y también, sin problemas, ‘gato con guantes no escribe canciones’. Y también ‘perro que ladra, no duerme’. Y también ‘gato con guantes no hace flexiones’.
Podría seguír, así, jugando con las palabras, tropezando y volviendo a levantarme. Con tal de quedarme acá, en el bar, de no saber qué ocurre detrás de esa puerta, de no tener que hacer ninguna otra cosa el resto del día.

31.3.07

La aceptación de los milagros

En la eyaculación, todo el cuerpo se compromete para expulsar algo de sí. Pero no se trata de un residuo, de algo eliminable como sucede luego de cada proceso físico de combustión. Mediante un inaudito estímulo, el cuerpo arroja algo útil, un filamento de vida, un salto al vacío de ribetes demasiado milagrosos para ser descripto. Es la posibilidad más pura viajando, sin red, superando a la magia más alta por lo que dura un instante y nada más.
Lo que quiero remarcar es que ya me lo dijiste, ya veo, ya sé que te salpiqué, con una gota a lo sumo, el cabello.
Estás haciendo un escándalo.

Señor gerente

ayer no vine a trabajar, señor gerente,
porque era un lindo día.
a mí me pareció más conveniente
comprar un kilo de pan, hacerlo migas
y darle de comer a las palomas
en la fuente.

no sé, no lo pensé, que mi herejía
debiera ser castigada tan duramente.
pero ayer fui feliz. ¡qué lindo día!

aplique usted su ley, no lo lamente.

28.3.07

Palomas frías

Hoy a la mañana, mientras me dirigía al trabajo, a mi cotidiano y particular via crucis, vi una paloma muerta. Yacía de costado sobre la mugrienta vereda, las patas recogidas. Todo era gris; del cielo a la paloma. Un mundo monocromo, incapaz de inventar un color.
Me agaché y la toqué, no lo pensé, no pude evitarlo. Estaba tan fría.
Me puse de pie y seguí caminando, vacío de contenido, como un recipiente que, en un ataque de osadía, se permite dudar de su propia utilidad.

24.3.07

Sensaciones análogas

Colóquese una empanada, preferentemente de carne, en un atril. Siéntese en una silla cómoda. De ser posible, que haya luz natural. Dedíquese ahora sí, con su mayor concentración, con su mejor empeño, a leer la empanada. Dedíquese a tal accionar unos veinte minutos, media hora.
Transcurrido ese lapso, póngase de pie. Advertirá usted que no experimenta sensaciones análogas a las que hubiera obtenido leyendo a Cervantes, o a Dostoievsky.
Sin embargo, puede usted tomar la empanada y darle un mordiscón, cosa que no hubiera sido posible con El Quijote, ni con Crimen y Castigo.
Todo no se puede.

Una historia triste (5/8)

Por lo general, por norma, suelo cumplir años, todos los años, una vez al año. Aquel que se esfuerce en ser original en los acontecimientos más pueriles, corre el severo riesgo de ser un salamín. No creo en los acontecimientos, además. No creo en las fiestas ni en los cumpleaños ni en los aniversarios. Los que ponen excesivo énfasis en los acontecimientos, suelen dejar demasiados tiempos muertos; demasiados espacios en blanco. Prefiero saltarme los acontecimientos, prefiero el durante.
Dicho esto, hecha la aclaración, igual, la gente que me conoce, el círculo de consanguinidad íntimo, lo que se ha dado en llamar ‘familia’, decide celebrarme el cumpleaños. Una cena, un brindis, poca gente, cinco, o siete personas, no hace falta recurrir a precisiones de carácter estadístico.
Aquí viene la parte relevante. Tras la cena, deciden hacerme soplar una velita. Es una formalidad, un inofensivo rito.
Traen la torta, con una velita.
Presten atención, por favor. Descubro, con sorpresa, con pesar, que a la torta le faltan tres porciones, tres pedazos. Es una torta de ocho porciones, pero faltan tres. Al parecer alguien tuvo visitas el día anterior, y utilizó la torta en cuestión. Al ver mi expresión, alguien dice ‘es lo mismo, es lo mismo. Pedí tres deseos. Dale’.
Así que cumplo mi rol. Murmuro algo ininteligible. Pido tres deseos y soplo. Soy saludado.
Sin embargo, creo que si a la torta le faltan tres porciones, tres pedazos, eso debe tener alguna implicancia, algún significado.
Tal vez debí pedir dos deseos, no abusar. Tal vez debí tirarme al piso y llorar como un chico.

21.3.07

Sin entrar en detalles

La gente que no tiene talento alguno se ve obligada, qué remedio, a creer en el esfuerzo. Mis palabras tal vez sean agresivas, tal vez hirientes.
En mi caso particular, no veo más alternativa que confiar en la suerte.

17.3.07

Recomendaciones estilísticas

Recomendaciones estilísticas para un mamífero adulto del sexo masculino, de más de cincuenta kilogramos de peso, que debe concurrir a un trabajo.

1)Los zapatos son negros.
2)Las camisas son blancas.
3)Los trajes son oscuros. A mayor claridad en el color del traje, mayor debilidad de carácter del portador.
4)El color marrón es un defecto de la personalidad. Una aberración teórica que puede tener severas implicancias, por ejemplo, en la conducta sexual de quien lo emplea.
5)Entre el dorado y el plateado, debe elegirse el plateado, siempre. Salvo que nos estemos refiriendo a los metales preciosos, la plata, el oro, en barras, lingotes, para su atesoramiento.
6)Las camisas con botoncitos en los extremos del cuello revelan pacatería, extremo pudor, pánico expresivo, miedo visceral a moverse fuera de lo establecido. Quien usa una camisa con botoncitos en el cuello preguntará cuál es el procedimiento adecuado para cerrar una canilla.
7)Quienes utilizan el monocromo como señal de elegancia, son imbéciles sin alma. Aquellos infrahumanos que aparecen vestidos todos de verde oscuro, por ejemplo, de los zapatos a la camisa, sólo provocarán piedad o lástima.
8)Entre rayas y cuadros, elija rayas. Los cuadros son un vano intento de volverse complejo. Usted debe comprender que un salame complejo, sigue siendo un salame.
9)Olvide la gamuza, olvide el nobuk. El nobuk es un invento demoníaco, un material difícil de definir, cuya textura tiene tal vez reminiscencias de perineo, de epitelio anal. Esto implica que quien los porta, cada vez que toca sus zapatos, desea tocar un ano. Situación impropia para lograr un desempeño laboral digno.
10)Los calzoncillos fueron, son y serán slips. No muy apretados, claro está, o quien los usa desarrollará una exoftalmia que truncará su carrera profesional. Para ser gráfico: la masa testicular debe encontrar una tenue contención, similar a dos manos ahuecadas y prestas a recibir algún brebaje. De esta forma los testículos alcanzan un merecido nivel de confort.
Quien use calzoncillos tipo shorts, en medio de una decisión extrema bajo presión, ante una discusión, se encontrará con una debilidad que le brota de abajo. Sentirá que no logra afirmarse de manera acorde a las circunstancias. Sentirá que se le vuelan las bolas, para ser más exacto.

Ya está. La pieza informativa debe ser considerada de extrema relevancia. Ahora vayan, trabajen.

Débil

Debo agradecer, ahora que lo pienso, a todas las mujeres que han tenido la cortesía de abandonarme.
O tal vez baste con agradecer a esa nimia confusión, ese desfase temporal. Ese creer que se tiene lo que se merece o mejor aún, mucho menos de lo que se merece. Esa dulce ingenuidad de creer que se debe hacer piso en lo que se tiene y continuar. Que la magia prestada es derecho adquirido. Que se está para más.
Debo agradecer, entonces, repito, a todas esas mujeres que supieron sobreponerse a la duda y a la piedad. Porque yo, mal que me pese, soy débil, me encariño; una vez que he abrazado a alguien no podré evitar las ganas de volverla a abrazar. Es un defecto de mi persona; no lo puedo evitar.
Y me hubiera quedado con cualquiera, con cualquier rata piojosa que hubiera decidido no irse, tan sólo no irse, quedarse conmigo. Es la verdad.

14.3.07

Leguleyo

Lo rechazo a usted, lector, por improcedente, tendencioso, malicioso, falaz, extemporáneo y abusivo.
Y le pido disculpas, claro, pero vi que usted se acercó a este fragmento con malos modos, con actitud incorrecta, de manera inapropiada.
O tal vez sea que no se me ocurre nada, absolutamente nada para escribir en esta hermosa mañana de invierno.
Antes que admitir mis limitaciones, mi incapacidad (desde ya temporaria), elijo recurrir a este artilugio infantil para ganar algo de tiempo. Tal vez con algo de tiempo usted o yo mejoremos.
Dejemos que el tiempo se encargue.

10.3.07

No es mía

¿Es una rosa roja en la oscuridad?
La pregunta no es mía, eso ya lo sé. No he llegado tan alto. Y tu corazón está mucho más arriba.
Pero quería dejar una pregunta, una sola, bella y bonita, para el instante previo al sueño.
Todas las demás preguntas, las que patean, las que lastiman, quedaron acá. Conmigo.

Anécdotas medievales

–Dulce princesa, grácil doncella, etérea criatura, es mi intención dedicar la tarde a olisquear vuestra vagina con la curiosidad y vocación de un sommelier.
La sonoridad del cachetazo no alcanza a ser representada en su fidedigna intensidad por la palabra escrita.

7.3.07

Ser rico

Al cumplir los treinta años, me manifestó haber descubierto la necesidad de tener dinero. ‘Quiero ser rico’, dijo, aunque la frase no debía ser tomada de manera taxativa. Excesos verbales, que le dicen.
Le sugerí que apenas levantado, cada mañana, ingiriera una moneda, de un peso, de ser posible, no es demasiado grande, con un vaso de agua.
Por cuánto tiempo debía acometer el tratamiento, me preguntó una vez superada la sorpresa inicial.
Un mes, como mínimo, le dije. De ser posible, un año, también le dije.
Me preguntó si eso lo ayudaría a volverse rico.
Le dije que sí, aunque no estaba seguro. En cualquier caso, mejoraría su digestión. Algo es algo.

3.3.07

Sin escándalo

Existe una religión que le asigna cualidades divinas a la capacidad de perdonar. Dice, más o menos, ‘… perdonar es divino’. Existe otra religión que le dedica un día completo al perdón. El día del perdón. Borges dijo ‘yo no hablo de venganzas ni de perdones; el olvido es la única venganza, y el único perdón’.
Lo que quiero dejar en claro es la nimiedad de mis faltas.

De otra forma

Hay gente que da propinas. Hay gente que da limosnas. Yo escribo fragmentos.

28.2.07

Rock del 146

no es que no te quiera, tenés que entender
no es que no te quiera, tenés que entender
nena tu bombacha huele como el caño de
escape
de un 146

mi amor tus abrazos, me hacen sentir bien
mi amor tus abrazos, me hacen sentir bien
pero tus axilas huelen como el caño de
escape
de un 146

(estribillo)
la ciudad está podrida
y vos también (coros)
la ciudad está podrida
y yo también (coros)

con esos zapatos, sos una vedette
con esos zapatos, sos una vedette
y los tontos que te miran
no saben que tus patas huelen
como el caño de escape
de un 146

no es que no te quiera, tenés que entender
no es que no te quiera, tenés que entender
nena tu bombacha huele como el caño de
escape
de un 146

la ciudad está podrida (coros)
y vos también
mejor me duermo una siesta (coros)
debajo de un 146


*línea 146: ciudadela norte - correo central

24.2.07

Las consecuencias de mis actos

Nunca he deseado para mí el éxito. No he corrido, que yo recuerde, tras victoria alguna. No pugno por el reconocimiento personal, y en mis sueños jamás he dejado entrar al poder o al dinero.
Lo único que me gustaría, lo único que quiero, es que las consecuencias de mis actos sean ajenas a mí. Animales con patas propias, creo que ya lo dije, dotados de la indiferencia que sólo suelen tener los terremotos o las catástrofes aéreas.

5, 10

Me llama por teléfono una mujer. Una mujer que conocí hace cinco años, o diez. Una mujer que estuvo conmigo, hace cinco años, o diez. Después la mujer se cansó y se fue.
Me llama por teléfono y me dice que se equivocó. Antes, hace cinco años, o diez. Se equivocó, dice, al irse. Ahora que ha vivido, que ha conocido muchos hombres, que ha viajado, sabe que yo soy genial, que yo soy el hombre de su vida.
Le pregunto porqué me llama.
Se hace una pausa.
Para eso, me dice, para decirme que yo soy genial, que yo soy el hombre de su vida. Le costó un tiempo darse cuenta, pero ahora lo sabe, ahora está segura. Su tono de voz es elevado y expansivo. Ríe, y yo casi consigo recordar su rostro, su encantadora sonrisa. Está contenta.
Le agradezco el llamado. Le digo: te agradezco tu llamado.
Me pregunta cuándo vamos a vernos.
Nunca, no vamos a vernos nunca más, aunque no me atrevo a decírselo.
Lo que uno desea, creo, es que alguien tome el riesgo de elegirte cuando los resultados de esa elección son difusos, poco claros. Lo demás, lo que viene después, cinco años, o diez, es experiencia.

21.2.07

Una consigna como cualquier otra

Con las mejores intenciones, y los peores resultados. Ese es mi lema, así es mi vida. Le he tomado cariño a la cuestión. No voy a hablar de tratos justos; ningún trato es justo. Pero no me parece mal.
Para todo lo demás, están todos los demás.

17.2.07

Naufragios

Están aquellos que creen que los salvará la fe. Creen, entonces, en una voluntad superior. Capaz, por ejemplo, de mover montañas. Porqué no.
Están aquellos que creen que los salvará una causa. No importa cuál sea. Un mundo más justo, tal vez. Menos hambre. Limpiarle el pico a un pingüino empetrolado, con la utilización de algodón y quitaesmalte Cutex.
Para todos los demás, para esa pobre multitud que no tiene la suerte de caer en alguna de las dos categorías anteriores, mi propuesta es manteca y mermelada. A la mañana, en el desayuno, manteca y mermelada.

*puede ser queso untable, también, en lugar de manteca.

Entre tantas

Tengo, entre tantas, una confusión específica. A saber: confundo la cortesía con la caridad, confundo la caridad con la cortesía. Funciona, más o menos, así: cuando quiero dar una propina, doy una limosna, y cuando quiero dar una limosna, doy una propina.
¿Qué significa esto?
Nada, no significa nada. Que tengo una confusión. Eso ya lo dije, al principio.

14.2.07

Mi ángulo

Hablo con gente que corre. Gente de distintas edades; gente de distinto sexo; gente de distintas nacionalidades; gente de distinto color de piel; gente de distintas religiones.
Están aquellos que corren por hobby. Están aquellos que corren porque, suponen, es bueno para la salud. Están aquellos que corren por una extraña obsesión, una extraña manía.
Dejo que la curiosidad sea mi brújula. Pregunto, quiero saber. Hago como un ciego en una habitación a oscuras, en busca de un picaporte que conduzca a una luz, una chispa de entendimiento.
Al parecer, una vez dados los pininos en la materia, el correr consiste en esforzarse, competir contra uno mismo. Uno se dedica a lo que se ha dado en llamar ‘bajar el propio tiempo’, para una distancia, cualquiera, previamente establecida. La idea que subyace es, por ejemplo, correr cinco kilómetros en cuarenta y cinco minutos. Luego, con la práctica, en cuarenta. Con el tiempo, correr los cinco kilómetros en media hora, quién sabe.
Lamento mi ángulo de percepción, como tantas otras veces, pero creo que hay una confusión lisa y llana. No sé si atribuirlo a la imbecilidad o a la impericia, pero se ha escogido la variable equivocada.
Lo que debe hacerse es justamente no fijar la distancia, sino el tiempo. Supongamos, otra vez, que se estipula correr media hora. Entonces sí, el corredor, con la práctica, debiera luchar por correr cada vez una menor distancia en esa media hora. Se trata de bajar la distancia, no el tiempo. Sepan disculpar el entusiasmo pero: ¡de eso se trata!
Si uno se esfuerza lo suficiente, llegará un momento en que, supongamos, en esos treinta minutos, pase de correr cinco kilómetros, a cuatro, a tres, hasta llegar a uno. Uno solo. Alcanzado este punto, el corredor advertirá que puede transitar el trecho caminando, que no hace falta correr en absoluto.
Es entonces cuando podrá dejar de correr, por Dios bendito, para siempre.

9.2.07

Profesional en la materia

Después de cinco años, tal vez siete, de psicoanálisis, ella me explicó que no había mejorado gran cosa. Su tratamiento, al parecer, no avanzaba. No se veían progresos.
Le sugerí que conversara la situación descripta, justamente, con su terapeuta. Me dijo que ya lo había hecho. La respuesta obtenida había sido que se trataba, en opinión del profesional en la materia, de un caso complicado. Al parecer, según dijo, estaban en la fase 1. Había que continuar, había que seguir con el tratamiento, llegar a la fase 2, supongo. El facultativo no creía conveniente hablar de plazos.
Ella quería saber mi opinión. Me dijo ‘quiero saber tu opinión’.
Le dije que tal vez, sólo tal vez, lo mejor sería intentar algo diferente, algo novedoso. Dejar que el superyo se vaya con el superello, que se vayan, juntos, y que formen una banda de jazz llamada ‘Los supernosotros’.

Allá voy

Otra vez.
Otra vez, otra vez, otra vez.
Me preguntan, otra vez, porqué el fragmento. Porqué el fragmento como forma, como lugar, como voz.
Y yo contesto, otra vez, que aquello de ‘malo pero corto’, me sigue pareciendo un trato justo, sin importar el rubro del horóscopo del que estemos hablando.

6.2.07

Encima eso

Mi fracaso es tan amplio que hay veces que me cuesta decidir por dónde comenzar a lamentarme.

3.2.07

Si lo soñé, o lo viví, o lo robé, o lo escribí

Al rato comenzó a llover. Encendí el limpiaparabrisas, pero no sirvió de nada. Entonces me di cuenta que estaba llorando.

Parrilla

Querían ir a comer. Querían ir a comer carne. Así que fuimos a comer. Fuimos a comer carne. El restaurante era moderno, muy moderno. Estaba instalado en un barrio que alguna vez, en un pasado remoto, había sido Palermo.
El barrio había mutado, o el mundo había mutado. Una extraña cepa, de un extraño virus, llamado modernidad, tal vez. En cualquier caso, fui informado que no estábamos, ni estaríamos, nunca más, en Palermo. Estábamos, así me dijeron, en Palermo Hollywood.
No quiero extenderme en los detalles. Aunque últimamente, una de las pocas cosas en las que quiero extenderme es en los detalles.
El asunto es que si hubiera sido en Palermo, nos hubiera atendido uno de esos mozos de caras milenarias, moño torcido, y una particular variedad de cuero en el lugar en donde debiera haber estado el epitelio, la piel.
Pero nos atendió una chica, muy bonita, muy mona. Veinte años, tal vez; dulces rulos para acariciar hasta verla dormirse; una sonrisa como el sol en una mañana de invierno. En una playa. La que vos quieras. Una chica para presentarle a una madre.
Pensé en eso, lo pensé, y pregunté, cosa que no hago jamás, pero pregunté qué me recomendaba para comer.
La respuesta de la chica fue la siguiente. ‘No sé. Yo estudio teatro. Soy vegetariana’.
Estábamos en Palermo Hollywood, eso ya lo dije. Estábamos en un restaurante. Más precisamente, en una parrilla.
Sin atribuirme excesivas capacidades semióticas, creo que la respuesta de la chica merece cierto nivel de desmenuzamiento.
1)’No sé’. Significa, creo, que no sabe, en el sentido amplio.
2)’Yo estudio teatro’. Significa que está trabajando de moza, pero no, de ninguna manera debo pensar que es moza. Es otra cosa. Es artista. Que yo no me de cuenta, que yo no lo advierta, me transforma en un imbécil sin retorno.
3)’Soy vegetariana’. Significa que trabaja en una parrilla pero considera que todo aquel que ingiera un trozo de carne, algo, alguna parte de algún animal que alguna vez haya estado vivo, merece el escarnio, el repudio, el desprecio por ser, ni más ni menos, que una bestia sin alma.

El resto de la velada no reviste mayores consideraciones.

31.1.07

No puede ser

En un parque. Estoy sentado. Leo el diario. Se me acerca una persona, una mujer. La mujer sujeta una bolsa en cuyo interior hay una botella de leche, pan, un pedazo de queso, tal vez. En la otra mano sostiene una correa que termina en un perro. Es un perro de un amarillo clarito, bigotudo, exoftálmico. La clase de perros que suelen ladrar hasta morir, o hasta enloquecer a un vecino. Lo reconozco de inmediato.
La mujer se me acerca. La mujer se para frente a mí. La mujer me habla.
–Oiga, señor.
–Sí.
–Usted está leyendo el diario de mañana.
–¿Qué? –Bajo el diario. La miro.
–Usted está leyendo el diario de mañana.
–No, no creo. Gracias.
–¡Sí, fíjese! Mire la fecha. Es el diario de mañana.
–A ver –me fijo la fecha en la tapa–. Tiene usted razón, es el diario de mañana.
Me dispongo a seguir leyendo. Ella da una patadita de fastidio. Su perro ladra, una sola vez. Su ladrido es tal cual lo imaginaba.
–¡No puede ser! ¿No entiende? –dice.
–No, no entiendo –digo.
–Usted no puede estar leyendo el diario de mañana.
–¿No?
–¡No! –Se cruza de brazos, lo que genera un tirón de la correa en el cuello del animal.
–¿Y porqué no?
–¡Porque es hoy! ¡Por eso! Si es hoy, usted tiene que estar leyendo, a lo sumo, el diario de hoy.
Me mira, satisfecha con su razonamiento. Su perro me muestra los dientes amarillos. Yo nunca he visto reír a un perro, pero si tuviera que votar, juraría que el perro se está riendo.
Humphrey Bogart dijo alguna vez, o así me lo contaron, algo como que su problema era que le llevaba un par de whiskys de ventaja a todo el mundo.
Yo digo, apenas, 'tócala de nuevo, Sam'.

27.1.07

Soy tu amigo, che

Puesto que me toca a mí estar acá, puesto que soy yo el que te escucha, puesto que soy yo, entonces, el que debe explicarte qué fue lo que falló, qué fue lo que salió mal con tu propia vida.
Y no quiero aburrirme ni aburrirte, además. Pero somos amigos, y te veo algo perdido, confundido, te veo mal.
Estás en una bisagra de tu vida y no entendés, y querés saber, para poder, tal vez, cerrar una etapa, y comenzar, quién sabe, otra. Poder continuar.
Estás sufriendo; buscás respuestas; te desconcertás.
Quisiste ser Einstein, y te salió Goldstein. Pasó eso. Más o menos eso.
Tomáte otro café. Laváte la cara. Yo te espero acá.

Sin palabras

alguien me dice ‘lo nuestro no va más’.
alguien me dice ‘salió mal; fracasó’.

y yo las miro en silencio;
y yo las miro sin entender;
y yo las miro con mi birome
a mis pies
como un perro viejo y fiel.

y pienso cuánto vamos a sufrir
todos
cuando el tren se detenga
en la próxima estación
de esta cadena de errores
llamada amor.

24.1.07

nueve estaba muy bien

El décimo mandamiento, el mandamiento número diez, dice, versa, según fuentes fidedignas, más o menos así: ‘No codiciarás la casa de tu prójimo, ni codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su siervo, ni su sierva, ni su buey, ni su asno, ni nada que sea de tu prójimo’.
O sea que no puedo desear… Ajá, no, ni tampoco… No, mucho menos.
Bueno, entonces que gane Argentina. Que seamos campiones otra vez.

20.1.07

Pequeños estuches, revestidos de terciopelo rojo

Para nuestro aniversario, la llevé a cenar a un lugar con velas. Pedí champagne. Antes que nos trajeran la comida, saqué del bolsillo un pequeño estuche, revestido de terciopelo rojo. Lo deposité sobre la palma de su mano. La miré. Me miró. Nos miramos.
Abrió el estuche; todavía recuerdo su emoción, su contenido anhelo, su alegría desbordante que tenía destino de risa y de lágrimas.
Abrió el estuche, como en las películas, como dije. En el centro, prolijamente dispuesta, había una aceituna rellena con morrón. No era un brillante, aunque brillaba por el aceite. No era un anillo, aunque si se quitaba cuidadosamente el morrón, ella podría haber deslizado dentro su dedo meñique. No era un brazalete.
Todavía recuerdo su estupor. Todavía recuerdo su cara.
Eso me pasa, tal vez, por elegir los regalos como si fueran para mí.

2 clases

Existen dos clases de personas: todos los demás, y yo.

17.1.07

Antigua Roma

Existe una corriente poética, cuyos orígenes son atribuidos al por todos conocido poeta romano Horacio. Es este hombre, entonces, dicen, el padre fundador, aunque el título no alcance a definir la magnificencia de lo alcanzado, de lo que se ha dado en llamar ‘carpe diem’.
El carpe diem vendría a significar entonces la idea madre y rectora que implica disfrutar el presente, el hoy, el ahora, entender la mortalidad y actuar en consecuencia, entender lo efímero que es la vida, no esperar a mañana, aprovechar el momento.
Disculpen si mis palabras no logran explicar en su totalidad el concepto. Además, no soy Horacio.
En la actualidad, me encuentro transitando en las filas de otra corriente poética, algo más pragmática, llamada 'garpen men'.

13.1.07

Barailaiqui iesaidú

El inefable, el mítico, el verdadero ícono del rock nacional, el señor Carlos Alberto García Moreno, también conocido como Charly García, también conocido como Charly, compuso alguna vez los siguientes versos que han calado muy hondo en mí, y que me permito citar.

‘… la llave que yo tengo puede abrir
tan sólo el corazón, de los extraños.
Las almas que no tienen dónde ir,
se vuelven a juntar, en subterráneos’.

En mi tan alocada como no deseada carrera hacia la edad adulta, y viendo que el rocanrol, por ponerlo en palabras, por decirlo de alguna forma, se aleja de mí de manera tan indolente como irremediable, me rebelo. Intento dejar mi impronta, mi huella, mi marca para generaciones de futuros fanáticos que, encendedores en mano, como diminutas luciérnagas, bailarán bajo un cielo de ébano, corearán mis versos inspirados.
Así que escribo:

‘… la llave que yo tengo puede abrir
una lata de atún, del ordinario.
Las almas que no tienen dónde ir,
me vienen a romper, el mobiliario’.

Ahora sí, después de tan titánica tarea, me siento a descansar. Que me juzguen mis pares.

Lo mejor de mí

He descubierto, no sin dificultad, no sin dolor, que mi ausencia es lo mejor de mí. Mi ausencia es lo mejor que puedo dar. Cuando estoy, por lo general, no se sabe muy bien para qué estoy. No se entiende el porqué de mi presencia, qué hago allí. Pero cuando no estoy, cuando falto, es terrible. Mi ausencia es desgarradora. Mi ausencia duele, hace mal.
Un poquito sofisticado para mi gusto me dijo ella. Me lo explicás en otro momento, otro día. Es que tengo partido de paddle, y se me hace tarde.

10.1.07

Un hisopo para Esopo

Me pide dinero. Me dice ‘necesito dinero’.
Le digo que no, que no voy a darle dinero. Pero me ofrezco a darle un consejo, un consejo de vida.
No contesta; me mira.
Le digo que puedo hacerlo reír. Puedo contarle algo verdaderamente gracioso; algo que lo empuje a la expansividad de la carcajada.
No me contesta; me mira.
Le digo que puedo contarle un relato apasionante, plagado de personajes asombrosos, donde las tramas se entrecruzan, y uno siente que ha sido transportado a una realidad mejorada, o al menos distinta, un remanso, un bálsamo para el alma, un viaje mágico que lo ha llevado lejos de su propia cotidianeidad, de su propia vida.
Se pone de pie. Me arroja el contenido de un vaso en el rostro. Deja caer el vaso al piso. El vaso se hace añicos. Mi cara me dice que el contenido era (todavía es, todavía no se ha secado) la bebida gaseosa conocida como tónica.
No tengo nada más para agregar a lo acontecido. Así ocurrió; así lo recuerdo, como lo he contado. Hacía frío.
Vaya entonces mi relato para esas dulces almas que confían ciegamente en el poder de las palabras.

6.1.07

Demasiado tiempo, demasiada gente

Cuando hace frío intento ir lo más despojado de vestimenta que sea posible. Supongamos que es invierno; supongamos que hace tres, cuatro, cinco grados. Trataré entonces de tener que caminar por la calle usando una remera de mangas cortas.
Cuando hace calor, me abrigaré todo lo que sea capaz. Supongamos que es verano; supongamos que hace treinta y uno, treinta y tres, treinta y cinco grados. Sacaré del ropero olvidados gamulanes, añadiré alguna bufanda, algún pulóver.
De esta forma, andaré en invierno con labios amoratados, castañeteo de dientes, dedos duros de frío; y en verano sudaré como un chancho asustado
Mi accionar carece de motivación aparente. Pero llevo ya demasiado tiempo viendo demasiada gente orgullosa de estar en contra de algo: un sistema político, un límite geográfico, una corriente de pensamiento, una inclinación sexual o religiosa. Puesto a elegir prefiero estar en contra de los fenómenos climáticos.

Comando Revisionista de Frases Célebres: fascículo #47

Vayamos por partes, dijo John Holmes.

3.1.07

Curso acelerado de maldad

He construido un peculiar artilugio. Es una base de madera rectangular, de veinte centímetros por diez centímetros. La base tiene incrustada, en el centro, una varilla de hierro de un centímetro de diámetro, y treinta centímetros de largo. La varilla de hierro termina en un anillo, también de hierro, de dos punto cinco centímetros de diámetro, colocado de manera perpendicular a la base.
Aquí comienza la parte interesante.
Se espera un día de calor, un día donde la temperatura no baje de los treinta grados centígrados.
Se debe tener localizado un parque, una plaza. Cerca de la plaza debe haber una heladería. Esto no reviste mayor dificultad; cerca de las plazas suele haber heladerías.
Se compra un helado, un cucurucho, de chocolate y dulce de leche granizado, por ejemplo, o chocolate con almendras y limón, o chocolate amargo y frutilla, en fin. Se concurre, de inmediato, al parque. Se sienta uno en un banco. A los pies se coloca una pequeña toalla, de ser posible de color rojo, y sobre la toalla se coloca el artilugio que he descripto en el párrafo precedente. En el anillo, se coloca el cucurucho rebosante de helado.
Y nada más. No hay que hacer nada más. Se sienta uno en medio del calor embrutecedor, a ver cómo el helado se derrite. Los niños que juegan se pondrán a contemplar el helado, embobados. Los perros intentarán aproximarse, pero usted los espantará de una patada. Alguna madre sofocada se relamerá el labio superior.
El experimento no tendrá una duración superior a los diez minutos. Habrá un extraño silencio, mientras todos observan cómo se derrite el helado. Se oirá algún murmullo, algún chistido reprobatorio. Puede que un perro lance un lastimero aullido.
Pasados los diez minutos, usted envolverá el helado, ya hecho líquido, y el cucurucho, en la toalla (asegúrese de romper el cucurucho en la maniobra), y la arrojará en el tacho de residuos más cercano.
Partirá entonces a paso vivo y con destino incierto, con el artilugio ya mencionado.

30.12.06

Mientras tanto

Me hablan de acontecimientos pretéritos o futuros, de cosas que sucedieron o que van a suceder, de vacaciones pasadas y cumpleaños por venir, y viene a mí la percepción de estar ante gente sin la presencia de ánimo necesaria para vivir el ‘durante’.
Y una de las pocas cosas que me interesa es el 'durante'.

El monumento

En las plazas, en los parques, en los espacios verdes de esta inconcebible ciudad, es posible ver todo tipo de monumentos. Por lo general hay algún hombre, algún caballo, algún escudo. Puede haber también, porqué no, alguna espada. Puede haber también, algún hombre de pelo enrulado, y alguna mujer de pelo recogido, desnudos sin motivo aparente, esperando algo que es para mí ajeno, desconocido.
Los monumentos están allí para dejar constancia de algo que sucedió, algo que salió bien o algo que salió mal, algo que merece ser recordado, algo significativo.
Me gustaría ir alguna vez a una plaza, a un parque, a un espacio verde, donde haya un monumento triangular, tal vez sobre una columna de estilo dórico. Una porción de pizza tamaño natural, en diagonal, ni acostada ni de pie, puede ser muzzarella, puede ser napolitana con ajo, puede ser fugazzetta, con su correspondiente y chorreante queso de bronce. La placa alusiva podría decir algo así: ‘monumento a todas las porciones de pizza, la que usted más recuerde, la que usted prefiera’.
Cuando exista dicho monumento podrán verme una mañana de domingo, sentado por ahí, cerquita.

27.12.06

Mala prensa

Creo que el amor, la amistad, la felicidad, la bondad, la alegría, están, cómo decirlo, algo sobrevalorados. Prefiero, en muchas situaciones, el estupor, la tristeza, la confusión, el fastidio, el desconcierto. Aunque no hayan tenido un adecuado trabajo de marketing, aunque carezcan de un packaging seductor, aunque sean sentimientos que nunca han tenido suerte a la hora de elegir un asesor de imagen.

23.12.06

El sudor, la frente

Voy a reuniones con gente que no conozco, donde se discuten temas que ignoro. Cuanto más callado permanezco, más profundo se me considera. Cada veinte minutos, media hora como máximo, digo un monosílabo, hago una anotación de menos de siete palabras en mi cuaderno, me rasco la nariz. Esto es para constatar que no estoy dormido.
La situación no me resulta paradójica ni trágica. Mientras miro a mi interlocutor de turno, pienso qué voy a querer comer durante la cena.
He tenido trabajos mucho peores.

No moto

Cuando veo una moto pienso en todo el viento en la cara que no sentí; todo el vértigo que me perdí; todos los médanos que no salté; todas las chicas que no se abrazaron con fruición a mi cintura para sentirse protegidas.
La moto me mira, encadenada a un árbol, mientras pienso.
Así que le pego, por todo lo que no sentí, por todo lo que me perdí, por todo lo que no fui. Le pego aunque esté en el piso, aunque no pueda defenderse.

20.12.06

Ajeno

Al despertar por la mañana, al abrir los ojos, descubro que a mi lado, sobre la cama, yace media res. La sangre empapa las sábanas; el olor a carne impregna el cuarto en su totalidad.
Me incorporo. Me siento en la cama. Tengo que bañarme; tomar unos mates; ir a trabajar.
Sé que no es un sueño, sé que no estoy soñando. Si fuera un sueño mío habría una guarnición de papas fritas o españolas, supongo que sobre la almohada, no sé. Habría un humeante puré de papas en alguna parte.

16.12.06

Flaca

En el supermercado, una mujer se despoja de su abrigo; queda en ropa interior, me atrevería a decir con excesivo uso, y de calidad dudosa.
Acto seguido toma una botella de leche, la abre y se la arroja sobre el cuerpo. El método que utiliza consiste en sostener la botella por sobre su cabeza, y dejar que el contenido se derrame de manera anárquica sobre su cabello, su rostro, su dermis.
Repite la operación, con una segunda botella. El grupo de personas que la rodea ya es numeroso. Alguien ha llamado al personal de seguridad.
La mujer toma una tercera botella de leche. Abre la tapa, rompe el aluminio con el pulgar, y repite otra vez la operación. Parte de su rostro, y sus muslos, se encuentran cubiertos del níveo líquido. Se ha formado un pequeño charco a sus pies.
Observo que lleva las uñas de los pies pintadas de negro. Y no todas las uñas; una sí, una no.
Entonces la mujer extrae un encendedor que llevaba enganchado y oculto bajo el elástico de su bombacha. Lo manipula. Intenta encenderse un brazo extendido, luego una pierna. Luego el abdomen. La llama es amarilla y azul, pero la combustión no prospera.
La mujer insiste, se inclina, intenta encenderse una rodilla. La contrariedad asoma en su rostro.
–¡Era con kerosene, con alcohol! –acota alguien de la multitud, alguien que ha alcanzado a comprender las secretas intenciones de la maniobra.
La mujer deja caer el encendedor al piso y mira a la multitud amorfa que la rodea.
–Sí –dice–, pero el alcohol fija las grasas. Yo usé leche parcialmente descremada, ultra pasteurizada, fortificada con hierro, enriquecida con vitaminas A y D...

¡Una macedonia, un peceto, abrí la dos, cerráme la cuatro, un poema con oide!

tal vez sea un asteroide
o quizás un treponema;
puede que mueras de pena
o te asesine un androide.

tengo expresión mogoloide
o de tipo talentoso.
también se ríen los osos
de los mejores romboides.

se me acusa de esquizoide
pero yo me considero
no el último, no el primero.

sólo un tipo que deambula
sin defender causa alguna.
no me rompan los ovoides.

13.12.06

Tributo a la impericia

Si se permite a un gorila aporrear un piano el tiempo suficiente, existirá un momento en el que sonará una hermosa nota.
Será casual y será mágico. Será una cosa bella, y entonces, como dijo el poeta, será una alegría para siempre.
Lo que quiero decir es que sigamos cogiendo. Tenéme paciencia.