Me encuentro en un supermercado, capricho del azar, con una chica que concurrió conmigo a la escuela primaria. A sexto grado, creo, o es así como lo recuerdo.
Yo estaba de pie junto a la góndola de los quesos. Estaba mirando los quesos; fue entonces cuando ella se acercó empujando su carrito y me saludó.
Se llamaba Andrea. Se sigue llamando Andrea. Recuerdo haber estado profundamente enamorado de ella; tan profundamente como puede estarlo un chico de once años. Recuerdo con absoluta claridad su cuello y su sonrisa y su peinado con dos colitas vibrátiles como antenas. Yo no podía apartar mis ojos de esas colitas.
En un momento, recuerdo, le pregunté si quería ser mi novia, con la única finalidad de caminar una cuadra de la mano. Me respondió que ya era la novia de Martín, o que iba a serlo; he borrado algunas cosas de mi mente para poder seguir adelante. En cualquier caso, me respondió que no.
Ahora se muestra amigable y predispuesta. Me cuenta que tiene dos hijos, me cuenta que se divorció. Me cuenta que el país está difícil, que hay mucha inseguridad, que subieron los precios, que hay inflación.
Se ofrece a darme un teléfono para que la llame, para tomar un café, para ir a comer, para que nos veamos. 'Qué suerte que nos encontramos', me dice.
Pero yo quise conocerla, y que camináramos de la mano, cuando tenía once años y ella usaba su peinado con dos colitas. Ahora, Andrea, prefiero este pedazo de queso Roquefort.
Yo estaba de pie junto a la góndola de los quesos. Estaba mirando los quesos; fue entonces cuando ella se acercó empujando su carrito y me saludó.
Se llamaba Andrea. Se sigue llamando Andrea. Recuerdo haber estado profundamente enamorado de ella; tan profundamente como puede estarlo un chico de once años. Recuerdo con absoluta claridad su cuello y su sonrisa y su peinado con dos colitas vibrátiles como antenas. Yo no podía apartar mis ojos de esas colitas.
En un momento, recuerdo, le pregunté si quería ser mi novia, con la única finalidad de caminar una cuadra de la mano. Me respondió que ya era la novia de Martín, o que iba a serlo; he borrado algunas cosas de mi mente para poder seguir adelante. En cualquier caso, me respondió que no.
Ahora se muestra amigable y predispuesta. Me cuenta que tiene dos hijos, me cuenta que se divorció. Me cuenta que el país está difícil, que hay mucha inseguridad, que subieron los precios, que hay inflación.
Se ofrece a darme un teléfono para que la llame, para tomar un café, para ir a comer, para que nos veamos. 'Qué suerte que nos encontramos', me dice.
Pero yo quise conocerla, y que camináramos de la mano, cuando tenía once años y ella usaba su peinado con dos colitas. Ahora, Andrea, prefiero este pedazo de queso Roquefort.