20.6.19

Parpadeo


Me pasó algo extraño. Bajé del ascensor como todos los días, para ir a trabajar. El ascensor se detuvo en el tercer piso. Subió un vecino. No, ya sé, hasta ahí nada raro, qué puede tener de raro que pare el ascensor, que suba un vecino.
Pero el vecino, que siempre me había resultado un repugnante ser, casado con una mujer teñida de un rubio chillón, mala y absurda. El vecino, decía, me cayó bien. Comentamos alguna generalidad sobre el clima o algo de fútbol. Llegamos a la planta baja, nos deseamos un buen día.
En el subte la gente era correcta, no irradiaba esa mezcla de estupor y furia apenas contenida. Alguien me pisó y me pidió disculpas. Una chica que escuchaba música con unos gigantescos auriculares puestos, levantó por un momento la cabeza. Me miró y sonrió.
Vino alguien de la oficina a recomendarme un cuento que había leído y que le había gustado mucho, lo había conmovido. Me había ido a comprar el libro para regalármelo. ‘Sé que a vos te gusta leer’, dijo.
Así siguió, más o menos, el resto del día. Un automovilista me dejó cruzar, aunque el semáforo le permitía el paso a él. Volviendo a casa entré en una fiambrería, compré salame y queso. Le hice un chiste, apenas subido de tono, a la chica que atendía. Se ruborizó, contuvo la sonrisa. Era cuestión de volver, invitarla a salir.
No sé cómo decirlo, el mundo se había vuelto amable, las cosas funcionaban. Llovía, apenas, brillaban las hojas de los árboles. Caminé despacio, era lindo sentir el movimiento de las piernas. Anochecía. ‘Linda noche para tomar un poco de vino’, pensé.
Entonces parpadeé. Estaba acostado, había un dulzón olor a flores. Alguien lloraba.
Traté de moverme y descubrí, por curioso que parezca, que no podía moverme. Estaba muerto, me estaban velando.
Para que no te moleste más nada, el viejo truco de morirse.

10.6.19

Chinchin


Te va a pasar lo siguiente. Tenés que tener más de treinta años, eso sí. Antes de los treinta años podríamos decir que sos un géiser, el avión va para arriba. La finitud es un concepto que no se te pasa por la cabeza.
Lo que te va a pasar te puede pasar un día de semana, un miércoles a la noche durante el partido de fútbol que jugás, sí claro, con los muchachos. O te puede pasar manejando el automóvil, tu automóvil, como todos los días cuando salís del trabajo y te volvés para Escobar. Quién carajo te habrá dicho que era una buena idea irse a vivir a Escobar. O te puede pasar, incluso cogiendo, cogiendo con tu señora, en mitad del asunto, bombeando sin excesivo interés, sintiendo una leve lumbalgia que amenaza con pararse en dos patas y transformarse en cuadriplejia pero aún así dispuesto a cumplir, bombeando porque fuimos puestos sobre la tierra para coger y porque la función hace al órgano y como dijo bugs bunny eso es todo amigos.
Lo que te va a pasar es que vas a escuchar una campanita. Aunque en realidad no es exactamente una campanita pero podría confundirse con el sonido de una campanita. Es, no sé cómo corno se llama el instrumento, en el colegio primario le decíamos ‘chinchin’. Son dos platitos de metal, no sé de qué metal, de bronce supongo, pequeños y unidos por un cordel. Sostenés el cordel en una mano, con dos o tres dedos, y hacés chocar los platitos, de costado, entre sí. Chinchin.
Y te vas a dar cuenta que la vida en general, tu vida en particular, no tiene el menor sentido. De pronto te das cuenta que no te interesa, que incluso no serías capaz de recordar por qué alguna vez te interesó, tu trabajo, el partido de fútbol con los muchachos, tu mujer.
Es eso, un chinchin y todo se desmorona. Estás perdido en el medio de la vida y no sabés cómo vas a hacer para seguir, tampoco tenés adónde volver. Lo construido, lo que sostiene tu absurda existencia, ya no tiene la menor importancia. Curiosa sensación, simpática y aterradora a la vez.
Ahí estás vos, sos eso. Toda tu vida fue para eso aunque puede ser que no lo veas así.

30.5.19

La fuerza de la costumbre


Habíamos ido a cenar, pero veníamos discutiendo de antes. La verdad que no parábamos de discutir, con Adriana. Vivíamos juntos hacía casi un año, y estoy seguro, antes de la convivencia la pasábamos bien. Nos íbamos fuera de temporada una semanita a la costa. Caminábamos por la playa, cogíamos con entusiasmo, con interés. A ella le gustaba ir a un apart en lugar de hoteles, así podía cocinar. Hacía guiso de lentejas, hacía milanesas con puré.
Estudiaba, Adriana, psicología, le faltaba poco para terminar. Quería trabajar en hospitales, tener un consultorio privado, también.
Y estaba buena, había hecho destreza corporal, o gimnasia artística, de chiquita. Y después, yoga, mucho yoga, había viajado a la India un par de veces. Tenía un culito compacto y firme, flaca, tetas puntiagudas. Un cuerpo que le iba a durar, incluso después de la maternidad. Cualidades perdurables.
Pero. Como todas las cosas de este mundo, se arruinan (en el universo no existe manifestación sin polaridad, podés anotarla si querés, no te cobro nada). Nos fuimos a vivir juntos, y comenzó a quejarse. De mis puritos a última hora de la noche, de cómo dejaba tirada la ropa cuando volvía del trabajo, de mis ganas de coger y comer pizza fría en el desayuno, de mis amigos.
Me gustaba ir a cenar a alguna parrilla de barrio, o a una cantina. Ella estaba con una cara de culo total, cara de culo absoluto.
Vino el mozo, pedí. Ella dijo que no tenía hambre, alguna boludez por el estilo. Pidió una entrada, dijo que para qué me pedía la botella de vino si sabía que ella no quería tomar vino en la semana.
–Pero yo sí quiero –dije–. Me gusta el vino.
Permanecimos en silencio, llegó la comida. Al rato explotó.
–Mirá, la verdad que me molesta. Me molesta que tomes vino y después quieras coger todos los putos días. Me molesta las boludeces que hablás con el mozo como si fueras un entendido de la vida, me molesta los programas de televisión que ves hasta que te quedás dormido, qué carajo te puede importar la vida de las cebras en National Geographic. Me molesta que vivamos en un departamento y no en una casa, esta ciudad es una mierda. Me molesta que me vuelvas a contar esa anécdota pelotuda de cuando jugabas waterpolo, y que te puedas quedar dos horas frente a un tablero de ajedrez. Me molesta que cuando te digo lo que me molesta de vos pareciera como si no te importara, Juan.
–Bueno –dije, tomé un trago de vino, pinché un par de ravioles–. Lo que no entiendo es por qué no te vas de una buena vez.
–La verdad que tenés razón, ahora que lo pienso –sonrió, se acomodó un mechón de pelo detrás de una oreja–. Pero adónde voy a encontrar alguien como vos, del que me moleste casi todo.

20.5.19

Tomalo como una aproximación


Hay un momento, un jugador de fútbol profesional acaba de trabar una pelota y siente algo, algo que hasta ahora jamás había sentido. Siente que algo se ha roto mientras cae, mientras termina de caer, la rodilla, un ligamento. Y llega el dolor pero todavía no llegó el dolor, es una ventanita de tiempo hecha de una ranura, de un parpadeo, de un instante. Y el dolor está ahí pero todavía sin llegar, acaba de abrirse la canilla del dolor y el hombre, el jugador de fútbol, mientras cae, mientras se revuelca sobre el césped que nunca fue tan verde sabe que todo su mundo se desmorona y nada volverá a ser como antes.
Hay un momento, un momento en que volviste a tu casa y entraste al edificio y llamaste el ascensor y entraste al ascensor y tocaste séptimo piso. Y abrís la puerta del ascensor, o la puerta del ascensor se abre. Y ves que la puerta del departamento, de tu departamento, está apenas entreabierta y debería estar cerrada porque vivís solo. Y te acercás, dos pasos por el palier, y dos más, y empujás la puerta pero no la empujás, apenas, una mano sobre la puerta y tenés esa sensación de caída que sólo tuviste en sueños. Y todavía no entraste al departamento pero te estás cayendo porque sabés que del otro lado de la puerta ha pasado algo muy malo.
Bueno, así me siento yo por lo general. Todo el tiempo, así la vivo.

10.5.19

Caracterológico


Hay, mucho me temo, dos clases de personas, no hace falta darle demasiadas vueltas al asunto.
Están los que no hacen nada, nada de nada, y están los que hacen algo todo el tiempo.
Los sujetos que no hacen nada, a veces se les da por pensar lo interesante que podrían ser, el fantástico giro que podrían tomar sus vidas, si tan solo se les ocurriera hacer algo. Algo que de más está decir no hacen porque no les dura la pulsión. No les sale nada.
Los sujetos que hacen algo todo el tiempo, los sujetos que no paran de hacer cosas, piensan a veces lo bueno que podría ser descansar, estar aunque sea por un breve intervalo de tiempo sin hacer nada.
Pero no es posible, lo que equivale a decir que no se puede. Porque aquellos que no han hecho nada, cuando intentan hacer algo descubren que justamente, hacer algo es una experiencia de lo más insatisfactoria. Resulta difícil comprender, después de intentarlo, cómo es posible que existan sujetos sobre la faz de la tierra que corran maratones, laven el auto, o planten duraznos. Y aquellos que hacen algo, aquellos que parecen estar ocupados haciendo cosas todo el tiempo cuando intentan parar, detenerse, descubren el novedoso horror al vacío. Sin tener algo para hacer perciben que prácticamente no son, no existen. Sin la particular actividad que practican (y el correspondiente grupo de pertenencia), la vida se transforma en una desolada playa.
Luchar contra ese caracterológico rasgo resulta tan absurdo como inútil. Tratar de no ser lo que a uno lo define es una situación que provoca frustración y angustia en indefinibles proporciones. De eso se trata estar vivo, por otra parte.

30.4.19

Acto reflejo


Lo que tenés que hacer es bien sencillo. Llegás a una esquina, cualquier esquina, si es una esquina bien concurrida, con mucha gente que pasa, mejor.
Llegás, a la esquina, para cruzar. Y el semáforo está en rojo, en rojo para los autos, lo que equivale a decir que está, el semáforo, en verde. Para vos.
Pero no cruzás. Llegaste a la esquina, venías caminando y podés cruzar. Pero no cruzás. Te parás, y mirás, hacia arriba pero apenas. Mirás al frente, al horizonte aunque no haya el más mínimo horizonte para ver ni para vos ni para nadie. Estamos en medio de la ciudad.
Y vas a ver que al toque nomás, casi de inmediato, otras personas se detienen. Otras personas que iban a cruzar, que venían caminando e iban a cruzar, al ver que vos no cruzás, miran el semáforo y el semáforo dice que pueden cruzar pero vos no cruzás. Las personas se detienen junto a vos y te miran, esperando un gesto aunque sea, algo que les indique si se puede cruzar, o por qué vos no cruzás. No saben qué hacer.
Lo mismo podés hacer, por ejemplo, en el subte. Vas para el centro, ves que viene el subte. Te acercás a uno o dos pasos del borde del andén. Llega el subterráneo, se abren las puertas. Y entonces. Das un ínfimo medio paso hacia atrás, cuando lo que debías hacer para subir al subterráneo, era justamente dar un paso hacia delante.
Das ese medio paso hacia atrás como si hubieras visto que adentro del vagón están degollando un cabrito, o hay un tipo en cuclillas, desnudo, defecando. Pero nada de eso, lo que hay es gente, gente viajando en subte para llegar a su trabajo, la infinita tristeza, el horror de estar vivos.
Te quedás quieto, muy quieto mirando hacia la nada misma, y vas a ver que un par de personas más deciden no subir, al subterráneo, esperar el próximo subte, esperar con vos.
Podés encontrar, de seguro, dos o tres situaciones parecidas que te permitan replicar la conducta, el comportamiento que te acabo de relatar. Tenías que hacer algo, tenías que avanzar, y no lo hacés. Agarraste el pote de mendicrim, lo sostenés un segundo a la altura de tu pecho y lo volvés a dejar donde estaba.
Vas a poder corroborar entonces que hay tantísima gente en el planeta tierra que no tienen la más pálida idea de por qué hacen lo que hacen, ni para qué. Van copiando lo que ven.

*me vino a la mente que me repito, que no hago otra cosa que repetirme, lo único que hago es repetirme. y encontré que sí, que vuelvo sobre los mismos temas que me visitan. no es tan grave (diciembre 2008, ‘fenómenos inexplicables’).

20.4.19

Por culpa del ajedrez


A veces estoy desayunando en un bar, a la mañana bien temprano, y veo una parejita, abrazados o tomados de la mano. Me levanto, me acerco a la mesa y le digo al muchacho ‘Cogela, cogela mucho ahora, y por el orto. Acabale en la cara, decile que te encanta verla sonreír con la cara llena de leche. En poco tiempo, cuando se vayan a vivir juntos, te va a esperar indignada a que llegues del trabajo para contarte que el marido de la vecina sacó pasajes para Buzios, y vos encima te olvidaste de comprar queso rallado. No servís para nada’.
​O voy caminando por la calle y veo a un pibe estacionando su flamante autito. Me acerco a la ventanilla, se asusta por un momento pensando que lo venían a robar. Pero sonrío, niego con la cabeza (con qué te gustaría que niegue) y le digo 'Sí, no lo podés creer, te parece que sos un campeón. Esperá a que te lo rayen y el seguro te diga que no lo cubre. En menos de dos años vas a estar yendo para Necochea, primer quincena de Febrero, y te vas a dar cuenta que seguís siendo el mismo pelotudo de siempre. Pero podés parar en la ruta a tomar un café con leche, y podés comprar medialunas para llevar, eso sí’.
​Podría seguir con los ejemplos, claro. No hace falta, claro también.
​Y las personas se fastidian mucho, es una mezcla de enojo y sorpresa, como si no pudieran alcanzar a comprender lo que les estoy diciendo. Y a mí me sigue dando ternura descubrir que todavía exista gente que no sepa que todo termina mal.

10.4.19

Compleja maquinaria


Terminamos de coger. Ella habló.
–Estuvo bueno, la verdad –se acomodó un almohadón detrás de la espalda para quedar algo más erguida, quería fumar–. Viste que cuando uno conoce a alguien, bueno. Las primeras veces, las cosas no tienen por qué funcionar del todo bien. Una ya trae su mochila de vivencias, no somos adolescentes.
–Es verdad –dije. Dudé en levantarme para ir a servirme un whisky. Me pareció sentir un pinchazo en la cintura que se fue extendiendo hacia abajo, si intentaba levantarme iba a quedar cuadripléjico de por vida. Seguro había hecho un movimiento brusco, mejor quedarme quieto, respirar un poco. Respirar puede ser una actividad de lo más satisfactoria. Necesaria y suficiente.
–Y no me puse arriba, digo, con lo que a mí me gusta coger estando arriba –encendió el cigarrillo, pitó–. No me subí porque me pareció que a vos te gusta dominar, por cómo me agarrabas, por cómo me apretabas el pelo. Se nota que te gusta controlar la situación.
–Sí, puede ser –dije.
–Tampoco me dijiste nada cuando estabas por acabar –se sacó el pelo de la cara–. Pensé que te ibas a sacar el forro y me ibas a pedir que te la chupe. Si bien es muy de película porno, la verdad que tiene sentido. A mí no me molesta para nada, eh. Digo, hacerte acabar, que termines, con la boca.
–Está muy bueno también. Pero se ve que venía embalado, no hizo falta.
–Cuando me tenías en cuatro patas me pareció que me ibas a hacer la cola. Por cómo me agarrabas la cintura, los cachetes, y sentí un dedo. Ahí pensé que me ibas a hacer la cola. Porque viste que hay mujeres a las que no les gusta, les da asco o les duele, no sé. Pero a mí sí me gusta, que me hagan la cola. No te digo siempre, no te digo que es lo prioritario. Pero a veces, bueno, es como si me lo pidiera el cuerpo. No el cuerpo, la cola –se rió, una risa corta–. Así que ya sabés, no tengo problemas.
–Suma mucho, eso, ahora que lo decís –me moví, apenas, para ver si sentía las piernas, si iba a poder levantarme–. La clave está en usar un buen lubricante.
Sonó un celular, desde el comedor. Podía ser el mío, podía ser el de ella.
–Me va coger en un lugar raro –dijo–. Si te gusta coger en la terraza o parar el auto a un costado de la ruta. No me molesta disfrazarme, hay tipos a los que les calienta. De colegiala, de enfermera. Una vez me compré un traje de la mujer maravilla.
–Sí, a veces está bueno hacer cosas diferentes –dije.
–Así que ya sabés –dijo, se rascó debajo de una teta, muy suave, con un meñique–. Yo no soy de esas minas para las que coger es un fastidio. Me gusta que la persona que está conmigo la pase bien, que disfrute. Que me diga lo que quiere.
–Mirá –dije–. No te lo puedo asegurar, pero creo que desde hace un tiempo lo que más me gusta es que no me rompan mucho las pelotas.

30.3.19

Lo que necesitamos es confianza


Estaba en el casino. En Miramar. Principios de diciembre, algo de gente pero no tanto, no el infierno todavía.
Me acerqué a una mesa, una mesa de ruleta.
–Señor –dije–. Sé exactamente el número que va a salir. Se lo digo si me promete compartir el diez por ciento del premio, conmigo. No voy a fallar, es como si lo estuviera viendo.
El tipo, algo mayor, me miró con desprecio. Siguió jugando. Cargó con calles y cuadros la primera docena. Puso tres o cuatro fichas grandes, fichas de chance, al colorado. Salió el 31.
Cambié de mesa. Caminé unos pasos. Había gente, algunos matrimonios, muchos desesperados, muchos solos.
Me acerqué a un hombre de lentes que se pasaba la mano por el pelo, nervioso. Tenía la camisa manchada a la altura de la panza con salsa, con tuco.
–Disculpe –dije–. Tengo un don, puedo ver exactamente el número que va a salir. Pero no tengo dinero. Le digo el número, el número que va a salir, si comparte el premio conmigo. Algo, no sé, una comisión.
–Salí de acá, forro –me contestó el hombre, y se cambió de lado de la mesa.
Entonces tuve una revelación. Vi todo con demoledora claridad. Me estaba sucediendo, justamente, lo que me había sucedido siempre. Con las mujeres, quiero decir, en el amor. Nadie me había dado, nunca, una oportunidad. Nadie había aceptado tomar el riesgo, conmigo, aceptar que yo fuera ni más ni menos que la suerte.
No, ya sé, vos querés saber si acerté los números que fueron saliendo. Problema mío.

20.3.19

Rey de la selva


Básicamente no miro televisión. Pero miro la televisión, enciendo la televisión un rato, como compañía.
No me interesa un pomo de lo que pasen por la televisión. Tampoco me interesa lo que pasa, en mayor medida, en la realidad. La televisión es básicamente concursos, programas donde la gente compite, bailan o cantan, se fijan quién puede pishar más lejos o escupir más alto. Y después tenés los noticieros, que no son más que un delivery de tragedias, terremotos, asesinatos. La idea es tener a todo el mundo mansito y asustado.
Pongo la televisión en el canal de National Geographic y miro cualquier cosa. Un rinoceronte caminando, una jirafa buscando algo, las llaves de su casa o el cepillo de dientes, dentro de la copa de un árbol. Un cocodrilo esperando, esperando y esperando que pase alguien más o menos distraído para arrancarle una pierna de un mordisco.
Algo llama mi atención.
Si te fijás bien, no importa lo temible que sea la criatura en cuestión, el poder que tenga. Siempre hay alguien que le está rompiendo las pelotas.
Podés ser el león, el rey de la selva, y cuando con un teleobjetivo lo enfocan de cerca vas a ver que los mosquitos le dan vueltas alrededor de la nariz, de los ojos. Sos un tigre, te acabás de mandar una estratégica maniobra para cazar un antílope, te sentás a comer, tranquilo, debajo de un árbol. Al toque se te presentan siete o nueve hienas a mangarte, te tratan de afanar algo, te piden diez pesos para la birra.
La verdad que me sirvió mucho, ver eso que te estoy contando. Porque entendés de una vez y para siempre que no importa dónde vivas o de qué labures, no importa el barrio en el que te sientes a tomar un café. Siempre te van a estar molestando. Alguien que habla por teléfono a los gritos, alguien que te tose en la cara, un televisor encendido en el canal de mtv latino, los colectivos que paran sobre la senda peatonal, alguien que te pisa en el subte mientras juega al candy crush y no aprendió a decir ‘perdón’.
Son leyes de la naturaleza, no se puede luchar contra eso.

10.3.19

El otro Cooper


En mi época de estudiante secundario, en las clases de educación física, solía haber un test, una prueba. La prueba, clásica por cierto, consistía en correr por el tiempo de doce minutos. Test de Cooper, así se llamaba la prueba.
Se ponía a los alumnos a correr por doce minutos, y luego se observaba la distancia que habían recorrido. Creo, si mal no recuerdo, que para estar vivo, para verificar que a uno le anduviera más o menos bien el corazón y las piernas, era preciso correr más de 2.5 km. Luego, si uno era capaz de correr 3 km, listo. Eso significaba que uno estaba dotado de cierta capacidad de atlético orden.
Hacen falta años, como tantas otras cuestiones en esta vida, para descubrir la futilidad de la prueba. El error de conceptual índole en que el test está basado. La falta de mayor aplicabilidad, por qué no de criterio.
Lo que uno puede hacer, aunque ya se haya terminado la escuela secundaria, es probar. Ver cuánto whisky sos capaz de tragar en doce minutos, cuántos cigarrillos sos capaz de fumar, cuántas milanesas se pueden devorar. En doce minutos. Si podés chupar una concha durante doce minutos, o permanecer con la japi parada adentro de algo, de una boca, de un culo, de un frasco de mermelada de naranja La Campagnola, doce minutos.
Porque nunca es tarde para aprender, demos gracias a Dios por eso.

*y queda todavía un cooper más, el mini cooper. pero no jodamos.

28.2.19

A ver, permiso


Estaba tomando un café en un bar, debían ser las ocho y media de la mañana. Tomo un café y miro por la ventana, de lunes a viernes, antes de ir al centro. Vendo mi alma por unas monedas, más o menos como hace todo el mundo. Me gano la vida.
De pronto, un hombre sobre la avenida, un hombre que parecía estar esperando para cruzar, se sintió mal. Con una mano se apretó el pecho, tambaleó. Intentó afirmarse contra un semáforo pero no pudo, el impacto de lo que le estaba sucediendo era superior a su capacidad de comprensión y raciocinio. Cayó boca arriba.
–¿Señor, se siente mal?
–¡Médico, a ver! ¡Llamen a un médico!
–¡No lo toquen que es peor! ¡Déjenlo respirar!
Se juntó un grupo de curiosos, gente. Con buenas intenciones y cero conocimiento desde ya, pésima combinación. Se juntarían también frente a la vidriera de una casa de electrodomésticos si estuvieran pasando en un televisor Argentina-Holanda del 78. La gente es muy pelotuda, básicamente.
Terminé mi café. Salí a la calle, me acerqué.
–A ver, permiso –dije. Busqué en el bolsillo interior del saco, la billetera del hombre. Poca plata. Le saqué el reloj, el celular. Miré los zapatos, demasiado caminados, y chicos.
–Oiga, ¿usted es médico? –negué apenas con la cabeza (¿con qué querés que niegue, con la poronga?) – ¿Por qué le saca las cosas?
–Señores, esto es una guerra –me guardé la plata, tiré la billetera–. Ya están grandecitos, deberían saberlo.

20.2.19

El perro y la lluvia


Necesitaba trabajar. Era joven, demasiado joven, y necesitaba trabajar.
Para ser algo más riguroso con los conceptos, no necesitaba trabajar, de ninguna manera. Lo que necesitaba era dinero, eso sí. No sabía robar, no sabía tocar el bandoneón. Si se miraba bien la cuestión, no había absolutamente nada que yo supiera hacer. Es por eso, nada más que por eso que la gente que trabaja, trabaja. Porque no saben hacer nada más.
Estaba yendo a la facultad, a estudiar, no importa qué. Mandé algunos mails, me anoté en algunos sitios web. Y me llamaron, me djieron que sí, que podía haber trabajo para mí.
Ahí llegamos, hago lo que puedo, a lo que quiero contar.
Para conseguir trabajo, para dejar veinte o treinta años en una estúpida oficina, tenés que pasar, entre otras cosas, un examen de salud. Lo que equivale a decir que para morir tenés que demostrar, precisamente, que estás vivo. Los trabajos no contratan muertos, el chiste es irlos matando de a poco. Si ya estás muerto de antes no te toman, no entrás.
Lo otro que te hacen, que te piden que hagas, es un psicotécnico. A eso quería llegar.
Dentro del test, del test psicotécnico, del test de manchas y completar figuritas y cosas así, me pidieron que haga un dibujo. De más está decir que no sé dibujar, otra vez, si supiera dibujar quizás no precisaría trabajar.
Lo que me pidieron que dibujara era una escena, con una casa, un hombre, un árbol, una mujer, un chico, no sé qué más. Me tomé unos buenos diez minutos, hice el dibujo. Una escena familiar.
Dibujé la casa, con un sendero y un árbol. Un hombre llegando a su casa, con su maletín, en traje, de trabajar. La mujer en la puerta, un hijo mirando por la ventana. Se me ocurrió dibujar un perro, también, un perro boludeando por ahí.
Se me ocurrió que llovía, que el hombre volvía a su hogar, de trabajar, y su esposa lo esperaba con una sonrisa. Y llovía, también. Llovía, como suele suceder con los fenómenos naturales, como se suele decir en la jerga militar, sin causa.
Llamé a la mujer que me estaba tomando el test. Me puse de pie, le entregué el dibujo. Me volví a sentar.
La mujer miró el dibujo, un buen rato. Se acomodó sus lentes sin marco sobre el puente de la nariz. Carraspeó. Olía a ropa vieja, la mujer, a perfume barato, a fracaso más o menos tradicional.
–Ajá –dijo la mujer, debía tener más de cincuenta años, una pequeña verruga peluda sobre la mejilla izquierda–. Veo que dibujó un perro, también.
–Sí –dije –. Se me ocurrió que la familia tiene un perro. Me gustan los perros, además.
–Y llueve –dijo la mujer.
–Sí, llueve –dije yo–. Siempre me gustó la lluvia.
–¿Y el perro se moja? –Algo en el tono de la mujer cambió, se hizo más oscuro, más metálico.
–¿Eh?
–Si el perro se está mojando –repitió la mujer. Y me miró.
–Bueno, sí, supongo –me senté más derecho en la silla–. Si está lloviendo, el perro se moja.
–Fíjese –la mujer me mostró mi dibujo, y señaló con un dedo, al perro. Las gotas, los puntazos del lápiz, las rayitas que debían representar la lluvia caían sobre la casa, sobre el árbol, sobre el hombre, sobre la mujer parada en el umbral. Pero no sobre el perro, ubicado en el extremo inferior derecho de la hoja–. Por eso se lo pregunto.
Me miró, la mujer. Apoyó la hoja sobre la mesa, se quitó los lentes, cruzó los brazos.
–Mirá –dije–, el que necesita el trabajo soy yo. El que necesita este trabajo de mierda y por eso tengo que hablar con una pelotuda como vos soy yo. Si me decis algo más, si volvés a abrir la boca agarro esos anteojos y te los meto por el culo de una, acá arriba de la mesa, y cuando los saques y los logres enderezar un poco y los vuelvas a usar, los anteojos, cada vez que te los pongas te vas a acordar cómo sos por dentro, de qué horrendo material estás hecha. El perro no tiene la culpa que este sea un mundo tan asqueroso, eso es más o menos lo que te quise decir.

10.2.19

A veces siento que no te conozco


Vivíamos con Mónica juntos hacía más de seis meses, pero menos de un año. Dormíamos juntos, mirábamos televisión, cogíamos. Ella trabajaba en un estudio de arquitectura, yo seguía con mi via crucis financiero, picando la piedra de la guita. La vida se volvía predecible pero no rutinaria, una amable meseta para compartir lo simple. Te venías grande, te dabas cuenta que no ibas a ser Keith Richards y que tampoco era tan grave. Entendías que vivir no era tirarse en ala delta en pelotas, ni nada de lo que apareciera en la tapa de las revistas. Habías estado en esa playa y el agua no era tan turquesa, las palmeras estaban desteñidas. Era como cuando veías la televisión en National Geographic, la majestuosidad del león, la curiosidad de la cebra. Si ibas y lo veías en persona el león tenía toda la melena pegoteada de pis y los mosquitos le daban vuelta alrededor de los ojos, el rinoceronte apestaba como si no se hubiera pegado una ducha en veinte días.
​El mundo estaba photoshopeado hasta la manija, si la gente pudiera apreciar la realidad de las cosas aunque fuera por un instante, no tendrían más remedio que matarse.
​–Nunca me decis lo que te pasa, Juan –Me dijo Mónica, mientras cenábamos bajo las impiadosas luces de la cocina–. Sos hermético.
​Después otro día, cuando salió de la ducha mientras yo terminaba mi café antes de ir a trabajar.
​–No sé, Juan, a veces siento que no te conozco –se me quedó mirando mientras terminaba de secarse el cabello con un desteñido toallón–. Te miro pero no consigo saber qué estás pensando.
​Y después, una vez que había llegado temprano del trabajo. Miraba la televisión pero no miraba, sólo veía formas que se movían con el volumen bajito, sentado en el sillón del comedor.
​–Qué hacés, Juan –llegó, ella, traía una bolsa del supermercado–. Me gustaría saber más de vos, lo que pensás cuando te quedás callado mirando una pared, cuando no decis nada.
​–Bueno –dije, estaba tomando un whisky pero no me quedaba casi nada, pasé la lengua por un costado del vaso intentando sentir otra vez el calor, como si fuera un oso que recuerda la miel–. Lo que me pasa es que me di cuenta que no te soporto. No sólo me aburre verte, te diría que me aburre hasta tener que cogerte. Y me preocupa un poco la verdad, porque me conozco y sé que es muy difícil que cambie, una vez que me pasa. No sé, como si se rompiera un vidrio. Me preocupa, te decía, porque me conozco y sé que no hay manera que se me pase este fastidio, no se me va a ir.
​A partir de ahí Mónica no preguntó más nada. Y hubo una reunión social, un cumpleaños en el que la escuché decirle a una amiga que una de las cosas que más le gustaban de mí era que no podía saber qué me pasaba por la cabeza, mis silencios.

30.1.19

Un día de calor


Un día de verano, un día de verano cualquiera. Si lo hacés en Buenos Aires, conviene que sea un día de Diciembre, o un día de Enero. Si lo vas a hacer en Düsseldorf no sé, a mí qué carajo me importa lo que pasa en Düsseldorf. Yo vivo acá.
Agarrás entonces, un día que haga más de treinta grados. A la mañana, después de desayunar, te vestís para ir a trabajar, como todos los días. Te preparás para salir. Pero.
Acá viene el detalle. Te abrigás. Te abrigás como si fuera el día más frío del año, como si hiciera ese frío que hacía cuando eras chico y tenías que ir a la escuela y te pinchaban los dedos, del frío, claro. Ese frío que pareciera que nunca existió pero vos estás seguro de haberlo vivido. Un frío que pasó de moda, se dejó de fabricar.
Te abrigás a más no poder. Campera, bufanda, guantes puede ser también.
Y salís así, como si fuera un día cualquiera. Vas a seguir con tu vida. Vas y te metés en el subte, o hacés algún trámite en el banco. Vas a la oficina, entrás a un bar a tomar un café, te encontrás con alguien que te conoce, por la calle. Un día cualquiera, un día de lo más normal. Vos estás emponchado como si estuvieras en el Polo Norte, mientras el sol te achicharra la cabeza. Hay gente, en las plazas, en cueros, tomando sol.
Y alguien, alguna persona, se va a animar. A preguntarte. Qué hacés así, tan abrigado, si hace treinta y cuatro grados a la sombra. Qué carajo te pasa.
Pero vos no contestes nada. Llevás tanto pero tanto tiempo sin poder soportarte, a vos mismo, cada estúpida cosa que te pasó en la vida. Sos pura incomodidad, el clima es anécdota.

*https://www.youtube.com/watch?v=UZChO9l78Zg

20.1.19

Desayuno en Imperio


Hace poco pasé una noche por ‘Imperio’. Canning y Corrientes, claro, Villa Crespo 90210. Eran como las doce de la noche. Paré el auto en cualquier lado y bajé a comer un par de porciones de pizza. El lugar me trae recuerdos de la adolescencia, me dieron ganas.
Mientras esperaba que me sirvieran me acordé una cosa, una anécdota vivida allí, llamalo como quieras. Una de tantas.
Era joven, no tenía ni veinte años, volvía de bailar. De Cinema, que era el sitio donde antiguamente, pero más antiguamente, había estado el cine Atalaya.
Me había ido mal, como de costumbre. Yo era feo de chiquito, desde siempre, no tenía flequillo y me vestía como podía porque en casa no había dinero para esas boludeces. Era tímido, además, me ponía colorado, transpiraba.
Conclusión, tomaba como un forajido alcohol de bajísima calidad, para darme ánimo. Iba con mis amigos a bailar pero yo no quería bailar, quería estar con una chica, reírme, sentirme querido. Y coger, desde ya, coger era una pulsión indomitable. Bueno, pero no me salía nada, nada de lo que yo quería, así estaban las cosas. Lo único que quedaba era esperar al siguiente sábado para volverlo a intentar. Repetir el experimento y esperar un resultado diferente. Locura, diría Einstein (pero Einstein no iba a bailar a Cinema).
Sigo. Me fui del boliche, debían ser las cinco de la mañana. Me encontré con mi amigo D. antes de salir. Le dije que me iba, me dijo que se venía conmigo.
Raro, que D. se viniera, porque a él le iba bárbaro con las minas. Siempre estaba en los reservados, metiendo las manos por debajo de una pollerita, riéndose, con su peinado con gel y sus camisas con algún bordado sobre el cuello (eran la última moda).
Pero D. me dijo que se venía conmigo, quería charlar de algo, de cualquier cosa. D. siempre me consultaba sobre sus planes de cómo pensaba hacerse millonario. Yo lo escuchaba, asentía, mientras no podía dejar de pensar qué carajo tenía que hacer, yo. No, no para ser millonario, para poder tocar una teta. Porque yo no tenía la más puta idea de cómo iba a hacer para tener guita, pero tampoco sabía cómo hacer para coger antes que me estallaran los huevos por el aire. Así era mi complicada vida.
–Qué hacemos –dijo D.
–Vamos a Imperio –dije yo.
–Sí, vamos –D. saludó a una piba, le dio un beso en la boca mientras la chica intentaba retenerlo de un brazo para que no se fuera–. Estoy muerto de hambre.
Caminamos las siete cuadras, hacía un frío del carajo. Llegamos a Imperio, apenas iluminado. Dos o tres mesas ocupadas, algún viejo desayunando. Un perro atado afuera a un poste de luz, ladrando con angustia y método.
Sacamos ticket, pedimos nuestras porciones de pizza en la barra. Y una cerveza de litro. Estaba Angelito, todavía. Nos saludó, nos conocía.
–Pará –dijo D. –. Teneme un minuto.
Se sacó la campera y me la pasó. Fue hacia el salón. Tomó carrera.
Dio un salto. Y le dio una furibunda trompada a un viejo que estaba sentado, de espaldas.
El viejo salió despedido hacia adelante, se cayó de la silla. Se le rompió la taza de café con leche que tenía en la mano. Se le cayeron los lentes, también. Quedó, el hombre, aturdido, desparramado en el piso entre las mesas y las hojas del diario. Le sangraba el rostro.
–¡Hijo de puta! –Gritaba D. señalándolo con un dedo– ¡Vos cagaste a mi viejo, mierda!
–¿Eh?
–Pará, flaco, qué hacés. –Un mozo ayudó a levantar al hombre, que todavía permanecía aturdido por el golpe. Mareado, sentado entre las mesas, intentaba rearmar sus anteojos.
–¡Vos cagaste a mi viejo, hijo de puta! –Daba saltitos, D., preparándose para volver a atacar. Le salía espuma de la boca.
Entró el pibe que repartía diarios a ver qué pasaba. Una señora que esperaba el colectivo, se asomó detrás del vidrio y se puso a llorar.
–¡Bueno, se van de acá! ¡Se van ya! –Angelito había salido de atrás del mostrador, cuchillo en mano– ¡Tomenselás!
Nos fuimos. Tuve que darle un par de empujones a D. para que me siguiera.
–Vámonos, boludo. Que van a llamar a la policía.
Nos fuimos por Corrientes, corriendo. Paramos al llegar a Serrano. Le devolví la campera, se la puso.
–¿Me podés decir qué carajo pasa? –Le pregunté– ¿El tipo robó a tu viejo?
–Mirá –dijo D. –, el tipo era parecido a uno que nos cagó con unos cheques, la verdad que no estoy seguro. Pero no me vas a decir que no estuvo buenísimo. ¿Viste cómo se le voló todo a la mierda? Ese no caga más a nadie.

10.1.19

Yaya


En el futuro vas a poder apretar un botón de tu teléfono celular mientras volvés a tu casa y se va a encender el aire acondicionado, de tu casa, en la temperatura que vos quieras. Para que cuando llegues a tu casa la casa, justamente, ya esté fresca. Y vos no tengas calor.
En el futuro vas a poder subir a tu automóvil y decir la dirección, la dirección a la cual tenés que ir, y el automóvil te va a ir contestando, te va a ir diciendo dónde doblar, cómo llegar.
En el futuro vas a entrar a un sitio de internet y te van a saludar mil o dos mil personas por tu cumpleaños, gente de Melbourne o Estambul, gente que desde ya no conocés. El sitio te va a decir qué te convendría comer para el almuerzo, dado que tus gustos han sido registrados a lo largo de los años. Te va a decir para qué sitios podés reservar pasajes en avión con descuentos especiales, la marca de zapatillas que deberías comprar para correr, y cuántas pulsaciones tenés cuando te levantás de la cama y cómo están esos valores en relación a tu promedio histórico, y que fumar hace mal.
En el futuro todo va a estar medido y registrado y almacenado, fácil de encontrar.
En el futuro vas a estar triste, más o menos como ahora.

30.12.18

Viviending


hacia lo simple.
hacia lo que desaparece.
hacia la nada más pura
sin explicación, sin motivo.

y está bien igual
y ya no importa
fue bueno mientras duró,
cosas que se dicen.

la mirada de un bebé
el ladrido de un perro
tu sonrisa transformándose
                               en risa

todo lo que no salió.
lavarse los dientes, pagar el gas.
la impávida lluvia.

20.12.18

Visita al dentista


Voy al dentista. Se me hizo moco una muela, una muela que terminó pudriéndose primero, rompiéndose después. Me tengo que sacar la muela.
​No me gusta ir al dentista. Desde que era chico, desde siempre, fue una experiencia traumática para mí. Aunque últimamente la mayoría de las experiencias se han vuelto traumáticas. No quiero sufrir.
​–Tengo miedo –le digo al dentista.
​–Ya sé –dice el dentista. Me conoce hace tiempo. Debe tener unos sesenta años, casi hitleriano bigote, pelo blanco, ojos muy claros. Tiene sentido del humor, y tres infartos encima, también.
​–¿Me va a doler?
​–No. –Dice el dentista.
​–Tengo miedo –digo, otra vez.
​–Ya sé –dice el dentista, otra vez.
​–¿Cómo sé que no me va a doler? –pregunto, quiero saber. Estoy desesperado, como casi siempre. Estar desesperado es una de las cosas que mejor me salen.
​–Mirá, es sencillo –el dentista se pasa una mano por el pelo, suspira–. Vas a tener la sensación, no se puede evitar la sensación. Pero no vas a tener dolor, así funciona la anestesia.
​–Una cosa más –levanto una mano, casi entregado pero no todavía, bañado en sudor– ¿Por qué alguien elige una profesión donde hay que meterle la mano en la boca a la gente? Una profesión donde hay que agujerear, extirpar, limpiar podredumbre en medio de sangre y un mar de saliva mientras alguien, el otro alguien, permanece aterrado al borde de la extenuación y una crisis de nervios, con ganas de llorar o de escapar o de morder. ¿Eh?
​–No sé, flaco –el dentista se sienta, se deja caer en su butaca, todavía con la gigantesca jeringa de anestesia en una mano, el pulgar listo para empujar el émbolo–. Todos queríamos ser felices, pero vivimos en un mundo donde hay que sacar muelas. No me rompas más las pelotas, yo no lo inventé.

10.12.18

Contra el esfuerzo


El problema es pedagógico, educativo, supongo, mucho me temo.
En las aulas, claro, y en las familias también. El mensaje que reciben los chicos, cuando son chicos. Los chicos son una esponja, hasta los once años, más o menos.
El mensaje que reciben los chicos, para la vida, es que las cosas pueden cambiar. Con esfuerzo.
Pero eso es mentira, lo que equivale a decir que no es cierto.
Una de las pocas cosas que tienen importancia, una de las pocas cosas que pueden hacer que tu vida no sea un himno a la monotonía, que tu vida no parezca un televisor en blanco y negro con el volumen bajito, es el talento.
Tenés que tener talento, ese es el tema, ahí está el asunto. Talento para jugar al fútbol o para tocar el piano, tener un don, un atributo, una poronga de 33 centímetros a la sombra, unas tetitas redondas y firmes que parecen querer llevarse el mundo por delante (una de las dos cosas quiero decir, o la poronga o las tetitas, no hace falta las dos cosas al mismo tiempo).
Y si te fijás bien, si te zambullís y mirás más allá de la superficie, te vas a dar cuenta que el talento es como la suerte. Viene o no viene, aparece y te saluda o sigue de largo y jamás vas a poder hacer un gol de volea o pintar un cuadro.
El talento es una forma de suerte, la suerte es una forma de talento, eso es lo que tenés que tener, aunque no puedas hacer prácticamente nada, justamente, para tenerlo. El talento y la suerte pueden hacer que tu vida tenga algún sentido, un atisbo de significado.
Pero no, por lo general no, no tenés talento ni suerte ni nada que se le parezca. Sos una ensalada de esfuerzos que quizás te permitan, no sé, tener un hijo o cambiar el auto. Pero no habrá ninguna clase de brillo en tu vida. No, por favor, no me cuentes lo que hiciste, ni tus planes, tus patéticos proyectos. Lo mejor que podés hacer es ponerte cómoda, disfrutar conmigo de todo este gris.