28.4.18

El sueño que te estoy contando


Tuve un sueño. Te lo cuento, el sueño.
​Supongo que fue corto, el sueño, pero viste cómo es. La dimensión temporal, por decirlo de algún modo, se altera. Quizás vos pensás que estuviste escapando a través de la selva, no sé, una semana, y el sueño duró tres minutos. Quizás vos sentís la muerte, que te caés de una terraza y te morís, y lo estuviste soñando, el episodio, cuatro horas.
​Para mí el sueño fue corto, aunque tampoco podría asegurarlo. Y parecía, lo que te voy a contar, parte de otro sueño, de un sueño más grande que no recuerdo.
​Lo que recuerdo del sueño, o sea el sueño, el sueño que te quiero contar, era más o menos así.
​Sentí algo, algo como un pinchazo en una mano. Más precisamente en el borde, en el canto exterior de mi mano izquierda. Iba caminando por la calle, era de noche, y sentí eso.
​Me miro la mano, en el sueño, para ver qué me pasa.
​Raro. Primero me parece un insecto, pero no es un insecto. Es un tiburón, un tiburón con la cabeza más ancha, como más cuadrada, como un tiburón tigre. Pero chiquitito. Voy caminando por la calle, y tengo prendido a mi mano izquierda un tiburoncito que debe tener, no sé, quince centímetros de largo como mucho, por tres centímetros o cinco centímetros, de ancho.
​Eso es lo que me duele, la mano, porque el tiburoncito me está mordiendo. Yo voy caminado por la calle, y el tiburoncito va prendido ahí, a mi mano, moviéndose apenas, acompañando de algún modo el movimiento que hace mi brazo al caminar.
​No, ya sé, no cierra nada con nada, pero es un sueño, el sueño que te estoy contando. Ya sé que si es un tiburón, un tiburoncito, y no está en el agua, debería morirse. Pero no se muere. Muerde, sigue mordiendo, y no hay forma que me suelte la mano.
​Algunas otras cosas del sueño.
​Intento que el tiburoncito me suelte la mano, pero no suelta. Si tiro de la cola, me duele más, es peor. Sacudo la mano, pero nada. El tiburoncito está prendido de mi mano y no hay manera de quitarlo. También descubro que, en medio del dolor, aunque duele, es un dolor manejable. Puedo soportarlo.
​Finalmente, me agacho, pongo una rodilla en el piso, me saco un zapato. Después, pongo la mano, la mano izquierda, sobre la vereda. Apoyo la palma. Y le empiezo a pegar, con la otra mano, al tiburoncito, violentos taconazos de mi zapato. Varias veces, como si estuviera rematando un insecto, una araña.
​Logro el cometido. El tiburoncito, desfalleciente, afloja la mordida, logro liberar la mano. Me pongo de pie. Ha quedado el cuerpo del maltrecho y minúsculo animal, sobre la vereda. Hay también salpicaduras de sangre.
​Falta algo más. Ya estoy de pie, nuevamente. Pongo la mano a la altura de mi cara, para poder observar, con cierto detalle, el daño. Me miro, de cerca, el canto de la mano, para lo cual tengo que hacer una extraña torsión del brazo.
​Nada, es como si hubiera un agujero rectangular. Puedo mirar a través de mí, de mi mano, y veo el paisaje, la calle, los árboles, porque no hay nada. Allí donde me mordía el tiburoncito, hay un espacio. Se ve lo que hay del otro lado.
​Listo, ese es el sueño. No, no tengo la más puta idea qué significa. Pero da toda la impresión que vos no vas a querer ir a coger, y tampoco tenés mucho para decir. Ya casi no queda vino, los ravioles estaban buenísimos. Si querés podés ir yendo, yo pago.

21.4.18

Eso de lo que estamos hechos


Los seres humanos tenemos una parte centrífuga y una parte centrípeta. De acuerdo a la parte que se imponga, que de algún modo predomine, podríamos decir que los seres humanos pueden ser agrupados en dos grandes categorías: los centrífugos y los centrípetos.
Si sos centrífugo, tu esencial característica es la expansividad. Creés que valés mucho, que estás para más. Querés conocer gente, hacer esquí acuático, tirarte en paracaídas, viajar. Te gustaría hacer un safari y ver cagar a un elefante detrás de un árbol, andar en canoa, correr maratones, ir a fiestas electrónicas. Te parece que tenés algo interesante para decir sobre prácticamente cualquier tema, tu opinión vale, irías sin inconvenientes a las reuniones de consorcio para discutir sobre el horario en que conviene encender la caldera del edificio, qué marca de escobillones conviene comprar, te gusta chatear.
Si sos centrípeto, entonces dudás. Sobre vos mismo, más que nada. Te molesta estar con mucha gente, escapás de los recitales y de los espectáculos deportivos. Te puede parecer que todos son más jóvenes que vos, más flacos, más felices. Te parece bien quedarte quieto, hacer meditación o a lo sumo yoga, en un asado en familia se olvidan de preguntarte si querés otra porción de mollejas, o de matambre. No le darías un beso a tu novia en un colectivo, te parece que las demostraciones de afecto corresponden al ámbito privado.
Si sos un masculino centrífugo, por la ley de los opuestos, te atraerá una chica centrípeta, te parecerá que es buena o dulce, que prende incienso o sabe cocinar. Si sos una femenina centrípeta, te deslumbrará un muchacho centrífugo. Alguien que te lleve a coger a la terraza o que tome whisky o cocaína (o las dos cosas, taco y punta). Porque le aporta aventura a tu vida, algo divertido, velocidad. Se entendió, y la recíproca también se aplica, masculino centrípeto con femenina centrífuga. No hace falta insistir.
Hay una característica más, algo que define tu precario paso por la tierra. Un rasgo que subyace, que todo lo abarca y lo contiene, se impone por sobre los distintivos factores que acabo de detallar.
Es lo boludo que sos. Independientemente si preferís moverte o quedarte quieto. Tu boludez es un mar.

*en la última oración, donde dice ‘boludo’ se puede escribir ‘boluda’, donde dice ‘quieto’, quieta. el sentido del texto permanece inalterado.

14.4.18

A trabajar


Teníamos programado un desayuno con Martín. Martín conocía a la secretaria de un diputado. Se la estaba cogiendo, eso también es conocerse. La secretaria le había conseguido una reunión, a Martín, con el diputado. Necesitábamos una habilitación para poner un puesto de panchos. Me había contado la idea, Martín, y me había contado cuánto dejaba un puesto de panchos. Me había pedido la mitad de la plata para poner el puesto, o quizás algo más. El conseguía la habilitación, él tenía los contactos.
Salió todo como el culo, la fuerza de la costumbre. Martín se había peleado con la secretaria, la secretaria del diputado, o se la había cogido mal, sin el debido énfasis, y la secretaria le había cancelado la reunión. O el diputado pedía ahora una comisión comparable con lo que debía dejar el puesto de panchos durante los primeros quince años. Imposible.
Me llamó Martín y me dijo que se había caído la reunión, y que él se iba con la secretaria, otra secretaria, la secretaria de su dermatóloga en esta oportunidad, a Pinamar. No, no quería poner un consultorio de nada, quería coger y dormir en el departamento de la secretaria y que le reventaran los granitos de la espalda. Bien por Martín.
Era lunes y era temprano todavía, caminé para el centro. Entré en Los 36 Billares, me pedí un café, una medialuna de grasa, y pensé si debía leer el libro que tenía encima o si me daría más satisfacción mirar por la ventana. Distintas clases de ficción.
Tenía que ir a trabajar, pero tenía más de una hora todavía. Lejos había quedado el tiempo en que soñaba con tener una vida para mí. Una hora por día estaba muy bien, no te quejes, un trato justo.
Entra el tipo, muy flaco, jeans y una camisa verde agua. Huesudo, peinado para atrás con gel. Rayban imitación, un maletín en la mano.
–Hola, Toti –se sentó, dejó el maletín, me dio la mano–. Soy Ángel.
Justo estaba tomando un sorbo de café, pero con la mano libre lo saludé. No hay cosa más difícil que no darle la mano a alguien que, justamente, te da la mano.
–Es sencillito, todo bien sencillito –el tipo no se sacó los lentes–. El Mago ya te lo explicó. Esperamos que abra el banco, y diez y media entramos. Todo dura tres minutos. Va a estar justo estacionado el camión de caudales en la puerta, y atrás un Renault 19 rojo. Está todo arreglado, uno de los guardias es nuestro, es el que dice ‘tengo familia’ ni bien sacamos las armas. Agarramos las bolsas. Enfrente hay un auto más, un Vento nuevito, recién afanado. Maneja un pibe que podría ser piloto de Fórmula 1. Cargamos las bolsas, nos subimos y nos vamos. Un palo por cabeza mínimo, cinco minutos de trabajo.
–Pero –dije.
–Preguntá, preguntá lo que quieras –el tipo levantó una mano y pidió una tónica–. Se nos enfermó Gomesito ayer y El Mago habló maravillas de vos, por eso te habilitamos. Te respeta mucho, dice que sos el mejor ladrón de bancos que conoció en su vida. Dice que cuando fuiste en cana te la bancaste como un campeón, y eso que te molieron a palos. Un gusto trabajar con vos, che.
–Me gustaría decir algo –dije.
–Lo que quieras –vino el mozo, el tipo pagó–. Preguntá lo que quieras y vamos yendo, están los pibes en el auto. Traje una escopeta recortada que mete miedo. ¿Vos? ¿45? ¿Glock .40?
–No soy Toti.
–¿Qué?
–No soy Toti. Me llamo Juan. No conozco a ningún Mago. Jamás estuve en la cárcel. Debo tener 250 pesos en el bolsillo. No soy ladrón de bancos.
–¿Me estás jodiendo?
–No.
–Uh –sacó un celular–. Pará.
Marcó un número. Esperó. Sonó un teléfono que no fue mi teléfono, sonó el teléfono de un tipo peinado con raya al costado que tomaba un café y miraba por la ventana, más cerca de la puerta, a unas tres mesas de distancia.
–Entré y me mandé de una –el tipo se puso de pie, me volvió a dar la mano–. Estaba seguro que eras vos, disculpame.
–No pasa nada –dije–. Y suerte, lo que se diga en estos casos.

7.4.18

Sistema nervioso


–¿Sufren las arañas?
–¿Eh?
–Si sufren las arañas. Si vos pensás que sufren cuando las pisan, por ejemplo. Cuando un chico, jugando, les arranca una pata.
No sé de dónde me vino la pregunta, el razonamiento. Estábamos acostados en la cama, con Mariana, los dos boca arriba. Habíamos cogido, como solíamos hacer los jueves. Habíamos cenado también, antes de coger, en un restaurante italiano bastante pedorro pero que a ella le gustaba. Lo que le gustaba en realidad era una entrada. Una especie de lasaña de berenjenas, eso comía, nada más. Yo me pedía unos agnolottis de ricota y nuez, o unos fusilli con brócoli y ajo y trataba de tragarme la botella de vino entera. Mariana tomaba medio vaso nomás, para acompañar. Yo lo que precisaba era aturdirme, no pensar. Pero sabía que aunque me limpiara el tubo de vino y después me tomara un par de whiskys en casa, igual me iba a costar dormir.
–No sé –dijo Mariana, reclinada sobre un almohadón para poder fumar. Miraba la televisión pero sin volumen. Miraba pero si le hubieran preguntado qué miraba no hubiera podido responder. Miraba pero no miraba.
–Es importante, entendeme. Las personas sufren, eso está claro. Ahora un perro atropellado aúlla de dolor. Un caballo que se rompe una pata le duele, no hay más que ver su mirada. ¿Pero hay sufrimiento? Es muy complejo el tema.
–Sí, claro –dijo Mariana, pitó.
–Mezclamos dolor con sufrimiento –seguí–. Porque el dolor está siempre, pero el sufrimiento es opcional. Quiero decir, el sufrimiento es un adhesivo, un sticker que agregamos por encima del dolor. Y para eso tenemos que tener conciencia de nosotros mismos, la noción de ‘yo’, la ‘yosoidad’ podríamos llamarlo. Eso, conciencia de uno mismo, característica por excelencia del ser humano, con la que le agregamos sufrimiento al dolor. Porque el animal le duele, claro que le duele. Pero no tiene la pregunta ‘¿por qué?’, adosada, ni tampoco ninguna otra pregunta. Para el animal lo que sucede es parte de una totalidad. No existe lo que ‘le’ pasa, existe, simplemente, lo que pasa. Ahí está la clave para no sufrir. Una vez leí un filósofo jesuita que decía que la iluminación era ‘cooperación absoluta con lo inevitable'. Se aplica a lo que estamos hablando, hay dolor pero no hay sufrimiento.
–Ehh, sí. Puede ser –se rascó debajo de una teta, Mariana, con un meñique.
–Yo creo que con los mamíferos nos identificamos y nos parece que sufren, estaríamos dispuestos a jurar que sufren. Ahora más allá de los mamíferos no sé –dije, gargajeé–. Porque a un perro vos ves que le duele lo que le pasa y le adosás sufrimiento, pero a una araña no sé. ¿Cuál es la diferencia entre el sistema nervioso de una araña y un perro? ¿Y un mosquito? ¿Y un gusano?
–Mirá, no sé –dijo Mariana–. Y tampoco sé por qué me preguntás todas estas cosas.
–Debe ser porque me aburro mucho con vos –dije–. No te soporto.

28.3.18

Desde aquí


A veces prendo el televisor, llego a casa y no tengo un pomo para hacer hasta la hora de la cena, la verdad, vivir es pagar el gas, hervir arroz, no mucho más que eso.
Prendo la televisión, entonces, están los noticieros o los programas de espectáculos, con panelistas, alguien intentando ser gracioso o divertido, ahora es todo lo mismo.
Y ponele que muestran imágenes de un maremoto en Japón con olas de sesenta y seis metros de altura que se devoran edificios enteros como si fueran de hojaldre mientras la gente grita (en japonés) del más puro espanto.
O se escapan tres leones de un zoológico en Minneapolis o en Minnesota y los leones entran a las casas y se comen un bebé con papas españolas y la gente grita y hay francotiradores que se suben a los techos de los edificios mientras los leones van y entran a un supermercado y se puede ver la sangre desparramada sobre el piso junto a la góndola de los quesos.
O entrevistan a alguien, alguien que apenas puede hablar del susto que tiene. Alguien que iba por la ruta a Rosario y era medianoche y se le apareció una nave espacial de frente y se bajaron tres marcianos medio panzones con cabezas en forma de huevo y ojos fosforescentes y le dijeron que venían a colonizar el planeta tierra y que les gustaban mucho las papas fritas en tubo con dulce de batata. Y se lo garcharon.
Y así, más o menos así son las noticias. Un delivery de tragedias. Pero yo sonrío, pongo el agua para los ravioles, me fijo si me queda queso rallado. Trabajé más de diez años en oficinas, a mí no me asusta más nada.

21.3.18

Espejito, espejito


Hago lo que te voy a contar, hago lo siguiente. Si me cruzo con alguien en cualquier parte, en la calle o en el trabajo o en un bar. La persona que te saluda porque te conoce, o puede ser un extraño a veces, si estás haciendo un trámite o comprando algo. La persona, entonces, decía, dice algo. Y lo que dice en el 97% de los casos es una estupidez, o una agresión. Alguien que te conoce te puede decir ‘che, estás más gordo, ¿no? Cuidate, mirá que ya estamos en una edad jodida’. O ‘¿Así que fuiste de vacaciones a Pinamar? Por qué no vas a Necochea que es más barato, si la arena es igual en todos lados’. En fin, variaciones por el estilo.
​Entonces, lo que hago. No hago nada, apretás pausa. Lo único que hacés es levantar la vista, un poco, unos catorce o diecisiete grados quizás. Y tratás de sentir un punto. Un punto en vos, la palma de una mano, debajo del ombligo, detrás de la cabeza. Puede ser la planta de los pies. Tenés que encontrar ese punto donde te resulte cómodo anclar la atención.
​Y listo. Hacés eso. Metés esa pausa mientras tu atención va a ese punto, ahí te quedás. No respondés, no decís más nada. Pueden ser cinco segundos, o diez, no hace falta más.
​Y vas a ver cómo la persona se desmorona por completo. Se ríe o se disculpa, se desdice, puede que agregue ‘la verdad que siempre me pareciste un tipo único, una persona genial’. Puede que la persona se vaya prácticamente corriendo, me ha pasado también que alguien me diga ‘no puedo más’ y se largue a llorar.
​Es esa pausa sin reacción, donde vos te corrés como si supieras que estabas de algún modo obstruyendo un espejo. Como si viniera un chorro de luz, desde atrás y desde arriba, y vos lo dejaras pasar. Y entonces la persona, el ocasional interlocutor tiene aunque sea por un instante la oportunidad de verse, algo que quizás jamás había hecho. El horrendo monstruo que lo habita, y no lo puede soportar.

14.3.18

Pasa el tren


Iba caminando, tenía que ver a un amigo de Martín que quería comprar un auto, y yo vendía mi auto. El tipo vivía por zona norte y se volvía del centro, me dijo que tomáramos un café en Selquet
​Así que bajé por Olleros, se me ocurrió que todavía era temprano, tenía tiempo así que pensé que podía dar una vuelta por Palermo, estirar las piernas. Después ir a Selquet, mostrarle un par de fotitos del auto al tipo, decirle el precio a ver si estaba interesado. Yo no me iba a comprar otro auto, no necesitaba otro auto, no tenía adónde ir. Necesitaba guita eso sí, aunque más no fuera para quedarme quieto. Si no conseguía algo de guita pronto no iba a poder dormir nunca más en mi vida.
​Llegué a Libertador, crucé Libertador. Entonces escuché el sonido, vi las barreras bajas, arrancaba el tren que iba para el centro.
​Me sonó el teléfono. Moni, quejándose tal era su costumbre. Que había llamado el propietario porque debíamos tres meses de alquiler, que yo le había prometido que la iba a llevar el sábado al teatro pero era viernes y ni siquiera había sacado las entradas, que el domingo tenía el cumpleaños de su hermana y ella quería llevar una torta y yo había dicho que la llevaba a comprar la torta pero que no iba a a hacer un pomo, como de costumbre. Puteaba, Moni, le encantaba putearme mientras se quejaba. Decía ‘forro’ muchas veces, decía ‘qué pelotudo’.
​Entonces dejé de escuchar, con el teléfono todavía en la mano, y miré. No podés escuchar y mirar al mismo tiempo, lo había leído en una revista científica, te parece que sucede todo al mismo tiempo pero no es al mismo tiempo, estaba estudiado. Así como tampoco se puede tener más de un pensamiento a la vez, es secuencial.
​Un perro, sí, un perro. Atorrante, bigotudo, de los perros que suelen andar por ahí, por las vías del tren. Pensé ‘¿es sordo? ¿cómo puede ser que no se vaya?’, porque el tren ya había arrancado y agarraba velocidad. Debía estar, el perro, en el medio de las vías, a unos treinta metros de distancia.
​Y vi. El perro levantó la cabeza y me di cuenta que estaba enganchado. De una pata, se había quedado trabado en las vías. Tiraba un poco pero le dolía y no podía porque el dolor te quita la voluntad, todo su ser preso de un temblor, la exoftálmica mirada, la desesperación más pura.
​Sonó la bocina, más fuerte. Pero era inútil, el perro no podía moverse, el tren no podía parar. Miré, grité algo y miré.
​–¡Eh!
​Pero el conductor que también había visto al perro se agarró la cabeza con una mano, esperando el mínimo e inevitable impacto.
​Y entonces, como en las películas, como si todo transcurriera en cámara lenta, pensé.
​Pensé si hay un Dios, si existe algún Dios, una fuerza superior, algo, entonces el perro no va a morir. Porque no, el tren no lo va a atropellar, el perro va a lograr soltarse la pata.
​Eso pensé, limpio y claro como un pomelo, en ese preciso instante.
​Y mientras escuchaba el aullido del perro pulverizado por el metal, sentí el toque. Un chiquito me arrancó el teléfono de la mano, pasó justo por detrás del tren y corrió a toda velocidad para el lado del bosque.
​Quién dijo que el orden universal tiene algo que ver con tu conveniencia personal, con lo que vos creés que debería ocurrir, como vos pensás que deberían ser las cosas. Seguí.

7.3.18

Un asunto filosófico


Iba por la ruta, a Pinamar, fuera de temporada. Se había muerto mi abuelo y había dejado un departamentito en Pinamar. Mi abuelo tenía dos hijas, mi madre y mi tía S. Mi tía S. le había dicho a mi madre que no podía venir con nosotros porque tenía un problema en una pierna, y su perro salchicha que se llamaba Tommy, bueno, no lo podía dejar solo porque se angustiaba, se ponía mal. Yo ya tenía todo más o menos arreglado para vender el departamento con una inmobiliaria de allá. No era gran cosa, pero era algo.
Era viernes a la mañana. Íbamos, firmábamos, y volvíamos al otro día.
Conducía el auto de mi difunto padre, un Ford Escort viejo sin dirección hidráulica que probablemente jamás había sido lavado. Yo acababa de divorciarme y le había tenido que dejar mi auto a Mónica.
Después de Dolores nos paró un control policial. Me tiré a la derecha, me detuve.
–Buenos días, señor –dije al oficial, algo excedido de peso y con la cara picada de viruela.
–Registro, seguro, cédula verde –dijo.
–Sí –dije y miré a mi madre mientras sacaba mi registro del bolsillo de la campera.
Me miró, mi madre, con esa mirada transparente tan bonita que siempre había tenido. Me miró y sonrió, apenas. En su mundo. No tenía un solo papel, no tenía idea de qué le estaba hablando. No debía pagar patente ni seguro desde la muerte de mi padre, y mi padre había muerto hacía varios años. Pagar las boletas era algo que hacía mi padre, y mi madre simplemente había considerado que todo lo que hacía él, mientras vivía, debía seguir haciéndolo de algún modo después de muerto.
–Oficial –dije, bajé del auto–. Tengo mi registro, pero no tengo los papeles del auto. El auto es de mi madre, bueno, en realidad es de mi padre, y acaba de fallecer su padre, el padre de mi madre, o sea mi abuelo. Estoy yendo a enterrarlo, a mi abuelo, en Pinamar.
–No tiene los papeles del auto –dijo el oficial, y se tocó, casi, apenas, la gorra.
–Mi madre tiene alzheimer –dije, la señalé. Mi madre miraba por la ventana, sonrió y nos saludó–. Se olvida de las cosas.
–Si no tiene los papeles del automóvil no puede circular –miraba mi registro–. Es una infracción grave.
–Escuche –dije–. Tengo que llevar a mi madre a Pinamar, voy a un entierro –hice una cinematográfica pausa–. Tiene que haber una forma de arreglar esta situación.
Levantó la vista, me miró. Todo lo que había que saber para sobrevivir en el planeta tierra estaba en esa mirada. Quizás ser argentino sea esa mirada y no mucho más que eso.
–Yo no le pedí nada –dijo.
–No, ya sé –dije–. Usted no me pidió nada y yo no le ofrecí nada. Ahora, lo que tenemos que averiguar es cuánto es nada.
Busqué la billetera.
–Suba al auto –dijo–. Me lo da cuando le devuelvo el registro.
Saqué trescientos pesos. Se los pasé por la ventanilla. El oficial me dijo que espere y se alejó a hablar con otro que parecía estar a cargo. Volvió y se inclinó sobre la ventanilla para hablarme otra vez.
–Disculpe –dijo–. Pero van a tener que ser dos nadas, usted entiende.
Le di trescientos pesos más. Me saludó con una venia. El resto del viaje no revistió mayores dificultades.

28.2.18

Sin título


Me habían echado del trabajo, pero tenía algo de dinero. Lo que no tenía era un absoluto pomo para hacer. Sabía, por experiencia propia, por haberlo vivido, que si me quedaba adentro, adentro del departamento, corría el riesgo de pegarme un tiro. La tristeza es como quedarse mirando una bañera mientras se va el agua. Es algo que gira y que baja, ajeno a tu voluntad, no hay manera de detenerlo.
Así que decidí que era primordial tener alguna suerte de rutina. Me despertaba a la mañana, me vestía, tomaba un café y bajaba como si fuera un día más. Iba a caminar al parque, daba una vuelta al Parque Centenario y me sentaba a fumar un cigarrillo. Me quedaba sentado, no, no pensaba, pensar es el demonio. La idea era estar, existir, conciencia sin pensamiento.
Después iba a hacer un trámite, cualquier cosa, y con eso cortaba la mañana. Y después llamaba a algún amigo y lo pasaba a visitar, y ya estaba en el almuerzo. Lo importante era salir de casa, a la mañana, vencer esa centrípeta fuerza que amenazaba con hacerme moco. Llamalo supervivencia, llamalo como quieras.
Sentía que algo se ordenaba, ahí sentado en el parque, después de fumar un cigarrillo.
Me llamó la atención, un lunes. Estaba fresco y era bien temprano, por lo que sacando a los corredores matinales de locura infinita, y un par de personas que paseaban a sus adormilados perros, el parque estaba de lo más agradable, vacío.
Apareció una mujer, joven, menos de treinta años. Era bonita, con ojotas y medias, un jogging, como recién levantada. Llevaba una bolsita, y una palita como las palitas que se usan para jugar en la playa, pero no de plástico, de metal.
Fue la mujer hasta un árbol que debía estar a unos treinta metros de donde yo estaba sentado. Se puso en cuclillas, junto al árbol, y comenzó a cavar. La construcción del pequeño pozo le debió haber llevado menos de cinco minutos. Puso el contenido de la bolsa en la tierra, tapó el pozo. Se puso de pie, pareció mover los labios como si murmurara una plegaria. Después se fue.
Me olvidé del tema. Dejé que pasaran los días.
Pero me volvió toda la escena a la cabeza, de inmediato, cuando la vi aparecer al lunes siguiente. Debían ser las ocho de la mañana. Mismo procedimiento, bolsita, palita, pocito. Murmuró algo, la mujer, recién levantada, con el cabello todavía húmedo. Y se fue.
Volvía de una fiesta, jueves a la noche. Me habían invitado a un asado, había tomado una botella de vino y después me sirvieron un whisky nacional que calificaba sin dificultad como artículo de limpieza, como lustramuebles, en fin. Bajé del taxi, debían ser las tres de la mañana. Iba a subir a casa y se me vino el asunto a la cabeza. La mujer que plantaba algo junto al árbol para la posteridad, o que enterraba su pajarito, no sé.
Me dio curiosidad. Encendí un cigarrillo y crucé en dirección al parque. Nadie, una parejita manoseándose con adolescente entusiasmo, un mendigo más borracho que dormido. Fui hasta el árbol.
No me costó encontrar las marcas, la tierra removida. No tenía nada con qué cavar, así que usé las manos. Total me daba un baño antes de acostarme a dormir y listo.
Grité. No pude evitarlo, me salió un grito y caí hacia atrás, perdí el equilibrio. Me quemé el pecho con el cigarrillo.
Una pija, una poronga, era lo que había enterrado la mujer.
Usé una rama para escarbar al lado. Otra. Otra poronga, más reciente, todavía bien conservado el prepucio, y los huevos. Como si hubiera sido arrancada, con quirúrgica precisión, de su portador.
Tapé todo y salí corriendo. Vomité antes de cruzar Ángel Gallardo. Estuve en la ducha un rato largo, refregándome con jabón blanco. Me costó dormir.
El domingo después de almorzar fui a hacer las compras al Disco de Aráoz. Estaba decidiendo si llevar Casancrem o Mendicrim, esas suelen ser las existenciales cuestiones que me atormentan.
–Disculpá –Me rozó con el brazo y se le cayó un yogur, pero quedó claro que el movimiento había sido irreal, actuado. Se agachó dejando a la vista una buena porción de tetas–. Se ve que ando distraída.
Era ella. ¡Era ella! La mujer del parque, la de los lunes, la de las porongas.
–Qué calor hace –dijo, su voz era suave, sonrió–. Los domingos no se terminan nunca. Creo que ya nos vimos alguna vez por el barrio. Me llamo Tamara, vivo acá cerquita.

21.2.18

Mirada cargada


–Desarrollé un don, aunque no sé si se trata, si es, exactamente, un don –dije–. Pero sí una capacidad. Tampoco sé bien cómo sucedió, mucho menos cómo lo descubrí, o debería decir, mejor, lo fui descubriendo. Como ocurre con tantas otras cosas, la casualidad. Si miro a alguien, a una mujer, a los ojos. Por un minuto, en realidad entre treinta segundos y un minuto, bueno. A la mujer le entran unas tremendas ganas de coger. La mujer, cualquier mujer, se calienta mal.
Ella se acomodó en la silla, algo nerviosa. Yo bebí medio vaso de cerveza, de un trago, dejé el vaso sobre la mesa. Hice una pausa antes de continuar.
–No importa la religión –seguí–, no importa la raza, ni las características antropomórficas. No importa la edad. Miro a una mujer a los ojos durante treinta segundos, y la mujer no se puede contener. La mujer necesita sentir una pija en su interior, o que le chupen las tetas, que le metan los dedos, que la hagan acabar. Es algo tan fisiológico como repentino, comparable, quizás, con la necesidad de fumar, de encender un cigarrillo, o de cagar. Aunque intente oponerse desde lo actitudinal, racionalizarlo, la mujer no puede. Es un imperativo categórico, una pulsión que se ha desatado y no puede ser frenada. La mujer precisa que la garchen, de inmediato.
Terminé mi vaso de cerveza, comí un puñado de maníes. Ella negó, de manera casi imperceptible, con la cabeza. Pero escuchaba con atención.
–Cuando me di cuenta de lo que ocurría, decidí verificarlo. He mirado fijo durante cuarenta segundos a la esposa de un amigo en una cena familiar y vi cómo cruzaba las piernas, una y otra vez, y se sonrojaba mientras se le erizaban los pezones. Lo he probado, he mirado a una adolescente en el colectivo y se empezó a frotar la cola contra el respaldo de un asiento, miré a una cajera de supermercado mientras me cobraba, la miré fijo y no pudo reprimir un jadeo de excitación, comenzó a salivar como un felino ante la presencia de un apetitoso churrasco. Las mujeres bajo mi mirada, casi sin darse cuenta, tienen la pulsión de tocarse la vagina, o se aprietan una teta, se frotan el cuello o las axilas y se van al baño, sienten un ingobernable calor en la parte interna de los muslos. Lo he probado yendo a ver ancianas internadas en algún geriátrico, en la sala de espera de terapia intensiva de los hospitales. Lo he probado con prostitutas avezadas e inconmovibles luego de diez o quince años de profesión. Les decía que se sienten menos de un minuto y las miraba a los ojos. Me decían, azoradas, ‘es la primera vez que me pasa, me agarraron ganas de coger’.
–Mirá –dijo ella, y levantó la vista de la mesa, dejó de revolver lo que quedaba de su jugo–. Ahora te estoy mirando, y a mí no me pasa nada.
–Justamente eso te quería decir –sonreí, apenas–. Se nota que estás mal.

14.2.18

No es lo que vos creés


Cuando estás boca arriba, cuando vas boca arriba, en la camilla, llevado por dos indiferentes enfermeros que no tendrían mayores inconvenientes en sodomizarte o cortarte con una moladora y guardar los pedazos, tus pedazos, vos, en una bolsa de residuos de consorcio, primero, en el baúl de un automóvil, después. Cuando te llevan al quirófano y lo único que ves son una hilera de luces en el techo y sentís un frío como aquella vez que estabas en el muelle en Miramar y pegó una ola venida de quién sabe dónde y te empapó. Cuando abren las puertas del quirófano y sentís el olor a desinfectante, bueno, no tiene mayor importancia si Andrea no quiso bailar con vos ese lento en sexto grado, si Gabriela te dijo que sos una basura humana, lo peor que le pasó en la vida, una bestia egoísta y sin alma, tampoco importa muy bien porqué Mónica te dejó.
​Cuando estás en el dentista, transpirando como un chancho pecarí que oye los ladridos de la jauría de perros y corre por su vida, y el dentista dice ‘bueno, abra bien la boca’, y ves, aunque tenés los ojos cerrados pero ves, aunque no querés ver pero ves, el tamaño de la aguja, y sentís el pinchazo, la encía cede y el metal cumple su función. Y todavía no se duerme nada, todavía persiste el dolor como un rayo cruzando la noche en medio del mar. Cuando duele, cuando sigue doliendo y uno descubre que quizás tu ser no fue del todo bien diseñado para el dolor, bueno, no importa porqué al tipo se le ocurrió dar marcha atrás sin mirar por el espejo retrovisor y hubo ruido de cristales rotos y te bajaste del auto y no podías creer lo que veías, con lo que te costó juntar la plata para comprar ese automóvil, cómo quedó el capot.
​Cuando estás sentado, y te das cuenta que sentado se te nota más todavía la panza, que hay un espejo de costado en alguna pared, y te ves el pelo, lo que le pasó a tu pelo, a tu rostro, lo que hizo la vida con vos. Cuando el médico levanta la radiografía o los análisis o el estudio, y se acomoda los lentes o niega de manera casi imperceptible, pero niega con la cabeza y dice ‘mmm’, o ‘ajá’, o ‘vamos a tener que ver’. Bueno, entonces no importa demasiado si te echaron del trabajo porque el salame de Ostolaza quería darle la subgerencia a la piba que se estaba cogiendo, si al toque de mudarte a ese departamento en Villa del Parque se pusieron a construir una torre que te dejó más encerrado que un hámster en una caja de zapatos, si no nevó ni un solo día cada vez que fuiste a Bariloche, y llovió todos los días que pasaste en Buzios.
​Cuando te parece que estás en peligro, cuando sentís que te vas a morir o cuando te duele algo, ahí te das cuenta que tu vida, aquello que podríamos denominar tu vida, los hechos que la definen y la marcaron, carecen de relevancia.
​Quizás sea el objetivo de las desgracias. Su justificación.

7.2.18

Nociones de balística


Quizás no sea bueno que lo sepas pero te lo cuento igual.
Busco una metáfora y pienso, no sé, en arcos y flechas, en catapultas, en conceptos como ‘retropropulsión’. Tampoco tengo nociones de balística.
Adónde voy con todo esto. Ah, sí. Lo que te sale mal, lo que querés evitar, el fracaso por llamarlo de algún modo, que te asusta y te molesta desde que sos chico. Desde siempre. Bueno. La longitud de onda, tu vuelo más alto, lo que serás capaz de ser, depende de eso. Tu éxito, lo mejor de tu vida o lo mejor de vos, llamalo como más te guste, depende y se alimenta de ese combustible basal, intrínseco. De tu fracaso.
Por eso te decía lo del arco y la flecha, como si lo que lograra tensar el arco, hacia atrás, fuera justamente lo que te permitirá llegar más lejos. Más alto.
El fracaso es la llamarada del cohete, lo que te impulsa, la energía, el motor. Lo contrario, para que lo entiendas, para que te ubiques, es lo que sucede tan a menudo, en Hollywood. Lo que podríamos denominar el ‘Síndrome Culkin’, por aquel niñito que se hizo famoso con películas como ‘Mi pobre angelito’.
Si sos un niño prodigio, si tenés once años o doce y brillás como un sol, bueno. No hay otro remedio, será breve, pasada la adolescencia nomás te volverás un imbécil rematado, absoluto. Se te caerá un reflector en la cabeza que te dejará tonto, o te picará un escorpión en el baño de tu casa. En los huevos, claro, y te dejará los huevos como dos damascos. Puede que se te desate una alergia a las milanesas que te haga crecer las orejas hasta los hombros.
No hay manera, no tenés el fuego del cohete que te impulse. No podés llegar a ningún lado. Ocurrió todo demasiado pronto, fue casualidad.
También puede suceder, lo admito y merece ser tenido en cuenta, que acumules fracasos, uno tras otro, que tengas la energía para llegar a la luna en patineta y aún así tu nave no despegue. Que fracases y vuelvas a fracasar, que nada bueno suceda con tu vida. Nunca.
Pero en cualquier caso, como si se tratara de un caso de abstinencia sexual no deseada (mi especialidad, por cierto), conviene ir por ahí pensando que uno tiene el arma cargada. Que ni bien se presente la oportunidad serías capaz de partir azulejos con la garompa. Para qué pensar que nadie te quiere abrazar desde hace quién sabe cuánto tiempo. Que quizás seas un repugnante ser y eso sea todo. Un asco.

28.1.18

Delfín de peluche


Mariana tiene una hija, una pequeña hija que se llama Lucía. Lucía tiene casi dos años.
Mariana baja todas las tardes a hacer las compras para la cena. Juan Pablo suele llegar a casa a eso de las ocho. Lo espera Mariana, Lucía, que es su sol, y una cena caliente.
Mariana va por la calle a la pescadería. Empuja el carrito con Lucía, que balbucea, señala algo que le llama la atención, y ríe también.
Lucía tiene un pequeño peluche en forma de delfín. Lucía no suelta ese pequeño peluche ni para dormir. El delfín se llama ‘Pepo’, o quizás sean esas las sílabas que Lucía consigue pronunciar.
Va Mariana, por la calle, empuja el carro con Lucía, presta atención al tránsito, algún bocinazo. Está por llover.
Lucía se distrae, algo llama su atención. La calle, los ruidos, los olores, el movimiento. Al bajar un cordón de la vereda, a Lucía se le cae Pepo, su delfín de peluche. Y ni lo advierte, así va ella, entusiasmada por el mundo que ve. Mariana, con tantas cosas en la cabeza, todavía debe volver y bañar a Lucía antes de la cena, ha dejado las papas en el horno, debe llamar a su mamá, en fin. No advierte que a la niña se le ha caído su peluche.

Una mujer, que espera para tomar un colectivo, deja pasar diez segundos. Toma el peluche, y lo guarda en su cartera.
El diariero, que ha visto la escena, la secuencia, al igual que la mujer, le dice algo.
–Es de la nena, se le cayó –dice el diariero, y señala a Mariana, al carrito donde va Lucía, que ha seguido avanzando y está, pongamos, a escasos diez metros.
–Sí –dice la mujer. Y sube al colectivo con el peluche en su cartera, el delfín llamado Pepo. Y se va.
Yo estoy sentado en un bar y acabo de ver toda la escena desde el ventanal. Sé, con inusual claridad, que el mundo no tiene mayor sentido. No hay posibilidad de redención, estamos perdidos.
El mozo desde la barra me mira y se pregunta qué carajo hago ahí todas las tardes, sentado con un cuaderno y una birome. Estos boludos que no tienen nada para hacer.

21.1.18

Derechito al futuro


Lo leí, lo dijo un filósofo francés (supongo que la mayoría de los filósofos son franceses, para ser filósofo tenés que tener tiempo para boludear), la idea me pareció brillante.
¿Cuál es la idea? Ah, sí, me distraje. Disculpame.
Cada salto tecnológico tiene su accidente específico. Esa es la idea, una genialidad que roza la tautología y quizás por eso, por ser tan evidente, no se percibe.
Sería de lo que no se habla, mientras todo el mundo se lanza a devorar las maravillas de lo inventado, a usarlo o a ganar dinero con eso, a sentir que ahora sí todo va a ser mejor. Distinto.
Por ejemplo, se inventan los aviones. Una verdadera revolución en lo que se refiere al transporte, a recorrer distancias, una maravilla. Pero junto con los aviones, mirá vos, se inventan los accidentes de aviones. Quiero decir, los aviones se caen, se pueden caer. Parece tonto decirlo pero, mientras no existían los aviones, no se caían. No se filmaba la película ‘aeropuerto’. No había que pensar cómo hacer para darle de comer, a la gente, en el aire. Y que pudieran cagar, sí, también en el aire, por supuesto.
Otro ejemplo. Antes querías decirle algo, algo a alguien que vivía en otra parte, y le mandabas una carta. La carta tardaba tres días, una semana. Llegaban, las cartas, del otro lado alguien las leía, las contestaba, pasaban otros tres días. Ahora mandás un mail, chateás online, con camarita y todo, ves a la otra persona del otro lado del planeta, la conversación sucede. Y en cinco minutos exprimiste lo que antes sucedía no sé, en tres meses. Eso lleva a que digas una tira de imbecilidades y que te contesten y que creas que estás conectado y que chequees el mail setenta y cuatro veces por día y que twittees una foto de la gorda que trota en la cinta al lado tuyo o de tu perro Ulises rascándose el culo y que no entiendas nada de nada. Ni lo que preguntaste ni lo que te respondieron. La comunicación es como un aire acondicionado que funciona mal. Ruido, básicamente.
Y así podríamos seguir, si querés, doscientos o trescientos años para atrás. Cada salto tecnológico, cada nuevo accidente específico. Pero si te fijás bien hay algo que subyace, algo que no cambió y se mantuvo constante a lo largo del tiempo. Es la insondable boludez humana. Todo lo demás no ha sido otra cosa que acelerar las partículas, las moléculas. Los protones.

14.1.18

Así como te lo estoy contando


algo se rompe
del mecanismo
y ya está.

es la cuerda del reloj
es la tapa del frasco de
mayonesa
del amor.

lo que funciona deja de funcionar
lo que funciona deja de funcionar
y es tan triste. no busques explicación.
perdiendo la gracia
podríamos decir.

7.1.18

No me lo esperaba


Me di cuenta en el subte. Iba de lunes a viernes al centro, a morir (y a matar) por unas pocas monedas. Te venis grande y algo tenés que hacer para ganarte la vida, salvo que sepas tocar el bandoneón o te hayan convocado para jugar en los Toronto Raptors. No era mi caso.
Viajar en subte es la muerte desde ya, es el horror de estar vivo, es todo lo malo de este mundo y es un poco más y tenés que entender que te lo merecés porque bueno, porque no sabés hacer nada y punto.
Lo que hacía yo, durante el viaje en subte, era tratar de cerrar los ojos por dos estaciones o tres, respirar, sentir la respiración. Había leído libros que decían que eso, respirar y nada más, lograba calmar la mente. Pero a mí no me calmaba un pomo, pensaba, pensaba todo el tiempo en qué esquina de la vida había doblado tan mal para que todo se fuera al mismísimo carajo.
Abrí los ojos, estábamos en la estación Pueyrredón y se me ocurrió mirar, justo antes que arrancara el subte. Miré, desde una punta del vagón, hacia la otra punta del vagón. Todos, la gente, los que viajaban, cada uno metido en su teléfono. Estaban la tribu de los adoradores del candy crush, las chicas que miraban fotos, fotos de playas y tragos servidos en grandes copones con sombrillitas, fotos de perros y gatos y más chicas en bikini, ellas mismas o quizás otras chicas, haciendo trompita con la boca en paraísos con artificiales palmeras o terrazas con módicas pelopinchos. Estaban los que cabeceaban, epileptoides movimientos al ritmo de la inimaginable mierda musical que les reventaba los oídos a través de modernos auriculares con o sin cables, estaban los que sacaban la lengua o sonreían mientras tipeaban mensajitos plagados de emoticones que al parecer lograban expresar lo que ellos no sabían sentir ni mucho menos escribir, y así.
Me sonó la campanita, hubo un click. En el ahora, en el momento real, en el presente por decirlo de algún modo hecho de espacio y de tiempo y de la más pura nada, no había quedado nadie. Todo el mundo se había ido pantallita mediante a otra parte. La vida se había vuelto tan intolerable que la gente no había tenido más remedio que escapar.
Podría haberme desnudado ahí y frotarme el torso con un pedazo de trescientos gramos de dulce de membrillo, o bajarme los pantalones y ponerme a defecar en cuclillas, nadie se hubiera dado cuenta. No había más nadie, todos se habían ido a Multimedialandia.
Salí a la calle, caminé por Florida y era lo mismo. Había cuerpos, sí, pero como objetos, como cosas, la gente estaba enchufada a algo, la mirada vacía, no había nadie adentro, no estaban ahí.
Y me empecé a sentir genial, después de tanto tiempo. Me di cuenta que el momento presente se había vuelto el lugar más cómodo del mundo, tranquilo y apacible, como caminar en invierno por la playa y meter las patitas en el mar.

28.12.17

Algunas cosas que tenés que saber antes de salir a la calle

La billetera buscala donde la perdiste.
No me cuentes tu vida. No le cuentes tu vida a nadie, salvo que te pregunten. Tu vida tiene la relevancia de un pedo en una tormenta eléctrica.
Cada tanto, en medio de una conversación sobre cualquier tema, podés decir ‘la naturaleza no tiene ángulos rectos’, o ‘el universo no fabrica ángulos rectos’. Eso te transformará de inmediato en una persona interesante.
Entre los problemas de la abundancia y los problemas de la escasez, prefiero los problemas de la abundancia.
No confundas conveniencia personal con orden universal, no jodas más con eso.
No trates de tener razón, todo el mundo tiene excelentes motivos para hacer lo que hacen. Así funciona el planeta tierra.
El subte viene lleno.
Todo lo que te parecía importante en algún momento dejará de serlo. Y cuando llegue ese momento no lo vas a poder creer, yo sé lo que te digo.
No existe un ránking de tragedias.
El criterio es la alegría.

*ah, y que nos vaya bien a todos.

21.12.17

La búsqueda del tesoro


A veces voy al subterráneo, temprano, entre las ocho y las nueve de la mañana. Bajo al andén, en cualquier estación, del lado de enfrente al que está todo el mundo. La gente va para el centro. Me siento en el andén, en un banco o en el piso, apoyo la espalda contra la pared. Me quedo quince o veinte minutos viendo pasar los subtes. Llega más gente, enfrente, y más gente, es la hora pico. Yo enciendo un cigarrillo, una vez se me acerco alguien, otro pasajero supongo, y me dijo ‘señor, no se puede fumar acá’. No le dije nada, ni lo miré, seguí fumando.
A veces voy a la cancha de River o al club Obras Sanitarias, un sábado a la tarde. Antes leí en el diario que hay un recital, que vino a la Argentina AC DC o Luis Miguel o un hiphopero portorriqueño que usa el pelo muy cortito y como pegoteado a la cabeza y dice muchas veces ‘pana’ o ‘broder’ o ‘vaina’ y canta canciones donde dice todo lo que le va a hacer a una determinada mujer, pero lo que exuda, lo que transmite, es que quiere ser sodomizado por un chino, por un negro, por un enano, por un chino negro enano de ser posible. Dicen que es el recital del año. Me pongo en la fila, tres o hasta cinco horas antes, me apretujo con la gente bajo la lluvia, las chicas gritan por cualquier cosa, alguien se agarra a trompadas con otro alguien, hay olor a faso. Me quedo un par de horas y cuando finalmente estoy por llegar a la puerta, cruzar el control, me aparto como si estuviera esperando a una persona o me hubiera olvidado de comprar papel higiénico.
A veces voy algún domingo a la mañana a Palermo, donde está anunciada una maratón, miles de persona echando humito por la boca. El chuic chuic de las zapatillas preparándose para masticar el asfalto. Hay saludos, una clase de furia contenida, algunos africanos que deben tener las porongas del tamaño de antebrazos humanos, chicas en calzas, casi puedo imaginar el olor de esos culos transpirados, esas chicas dispuestas a correr 21 kilómetros pero que serían incapaces de traerte un vaso de agua a la cama. Voy con ropa deportiva, me vuelvo a atar los cordones de las zapatillas, estiro un poco. Y me quedo sentado a un costado, al rato me voy a desayunar.
Y no, la verdad que no lo he logrado, lo admito, no pude encontrar nada que me interese, ni un poquito, en la vida. Pero no hacer nada de lo que hacés vos, no tener casi punto de contacto con vos, eso sí me sirve. Algo es algo.

14.12.17

Hacia el azul


Corría, corría por mi vida. Era la noche más oscura que yo pudiera recordar, y corría. Estaba agitado, sudoroso, una leve brisa se mezclaba con el sudor y me enfriaba el cuerpo. Sentía arañazos, las ramas me rozaban la frente o la boca o el cuello o la nariz, sentía los raspones pero sabía que la única opción era continuar, seguir.
Debía escapar, una sensación que no podía ni necesitaba ser verbalizada. Tenía que escapar, tan angustiante, tan indefectible. Me dolían los pies, los desnudos pies, y sobre todo las rodillas.
Correr porque en eso te va la vida, correr y al mismo tiempo saber que no vas a poder, que tu esfuerzo no será suficiente. Que en algún momento, en algún cada vez más cercano momento vas a desfallecer, vas a caer, exhausto, exánime, famélico, y entonces todo habrá sido en vano.
Insistir, seguir, con esa terquedad que iba más allá de toda explicación. La obstinación de ser, de seguir siendo, ‘la tentación de existir’, había escrito alguna vez Cioran. Se me vino la frase a la mente, qué buen título.
Pero no podía, ya no podía. En el borde exacto de mis fuerzas, sentí un pinchazo, la espalda, justo en la base de la columna, me desinflé de un prolongado, lastimero suspiro. De rodillas, las manos hundiéndose en la fangosa superficie, bajé la cabeza.
Entonces abrí los ojos. No, no estaba durmiendo, qué durmiendo. Estaba cogiendo, con vos. Supe que no iba a poder completar la faena. Vos estabas ahí, echada sobre la cama. Era la muerte, era tan triste.

7.12.17

Café con leche con medialunas y tantas pero tantas maneras de contarlo


Fui a Pinamar fuera de temporada. Agosto, un frío del carajo. Tenía que vender un departamento que había dejado mi abuela. Cuarenta metros en un edificio cagado a palos pero bien ubicado, la inmobiliaria me había dicho que tenía un interesado. Habíamos pedido cien lucas, imposible, pero ochenta tenía que valer. Le tenía que dar la mitad a mis primos, pero cualquier cosa me servía. Me había quedado sin laburo y me había separado de Mónica hacía más de dos años y me seguía reclamando plata. Con la venta del departamento me enderezaba, quedaba nivelado, sacaba la cabecita del agua. Pagaba todo lo que debía y tiraba quizás seis meses. En seis meses algo se me tenía que ocurrir.
Había arreglado con el tipo de la inmobiliaria a las once, era viernes. Me había ido a pinamar el jueves, y pensaba quedarme hasta el lunes. Volver con el departamento vendido y la cabeza despejada.
Me desperté temprano, caminé por la playa. Me fui a desayunar a Innsbruck, el mundo no podía ser tan malo.
Pedí un café con leche con medialunas de manteca, hacía un frío del carajo y había algunos vivos que habían logrado escapar de la ciudad y vivían refugiados. Saben que no sos de ahí y te miran raro.
Entró una mujer, menos de treinta años. Con calzas de gimnasia y buzo cerrado hasta el cuello. Morocha, con lentes de sol, se notaba que estaba bárbara. Flaca, flequillito Stone, debía venir de hacer una clase de algo.
Se sacó los lentes como si buscara algo, una revista, una mesa, un conocido. Vino directo hacia mí.
–¿Juan? –Asentí–. Permiso –dijo y se sentó. Pidió un café, me pareció que el mozo la conocía. Se abrió un poco el cierre del buzo, parecía recién bañada y olía a perfume, algo floral y sutil, algo japonés, eso pensé.
–Qué decis, Juan. Acá estamos.
–Ehh –dije–. Disculpame, no sé quién sos.
–Mirá –dijo–. Pasaba y te vi y dije ¡no puede ser, Juan! En la secundaria nos conocimos. En un baile en la casa de Miguel. Nos miramos y supimos, como sólo dos adolescentes pueden saberlo, que éramos el uno para el otro. Nos fuimos al balcón, ¿te acordás? Nos besamos, compartimos un cigarrillo. Después viste cómo es, me fui a vivir a Entre Ríos, nos dejamos de ver, la vida. No me digas que te viniste a vivir a Pina porque me muero de alegría. Mirá dónde nos venimos a encontrar.
–Mirá –dije, tomé un sorbo de café con leche–. No sé. Estás bárbara, te invito a cenar, a vivir conmigo, lo que quieras. Pero lo que me estás contando no sucedió, no sé quién es Miguel. Si te hubiera dado un beso alguna vez te juro que me acordaría.
Se hizo una pausa, me tocó una mano por encima de la mesa.
–Bueno, tenés razón –dijo–. La verdad que ayer chocaste en la ruta, estás muerto. Terminá de desayunar y nos vamos, tenés que venir conmigo.