19.1.10

Probabilidad y estadística

–Café con leche, tostadas, queso y mermelada, por favor.
Espero, espero un rato. Es un bar de mi barrio. Casi no hay clientes. La moza que me atiende tiene dos rectángulos negros de tres centímetros de largo por un centímetro de ancho, debajo de los ojos. Como si alguien le hubiera pintado las ojeras con betún, como he visto que hacen algunos jugadores de fútbol americano, aunque nunca comprendí por qué. No creo que la moza juegue al fútbol americano, el fútbol americano es un deporte que jamás he entendido, también debo decir.
Pasados cinco minutos, o siete, pero no diez, llega mi pedido. El café con leche está frío, la taza tiene dos profundas rajaduras, que van del borde a la base y que resultarán difíciles de esquivar cuando apoye, de manera tan ínfima como sea posible, los labios, justamente en la taza, maniobra por lo general necesaria para tomar el café con leche, las tostadas han sido quemadas con énfasis y muestran el color y la textura del carbón, el queso untable tiene una amarillenta capa de una gelatinosa textura en la superficie, la mermelada es prácticamente un líquido que va del rojo al naranja sin saber dónde detenerse, una mermelada que parece dudar, entre otras cosas, sobre su sabor, su fruto de pertenencia.
Llamo a la moza, sin emitir sonido, con un dedo. Un dedo índice en alto, apuntando a algún cielo.
–¿Qué le debo?
–Son catorce pesos –me dice.
–Tome –saco un billete de cien–. Traiga todo de nuevo –reviso de una ojeada el interior de mi billetera–. Me quedan setecientos treinta y dos pesos y toda la mañana. Alguna va a salir bien.

15.1.10

Sin motivo

Si le preguntaran a alguien, a cualquiera, por qué hace lo que hace, por qué está donde está, bueno, en el 93% de los casos, con un error de aproximación del 1%, la persona, el sujeto en cuestión, tendría dificultades para responder con un mínimo de lucidez.
A modo de ejemplo, en lo que podría denominarse ‘ejemplo 1’, muestran por televisión la largada de una maratón, el instante previo. Más de diez mil personas dispuestas a salir como si les hubieran metido un matafuego en el culo, para correr, con el matafuego en el culo, más de veinte kilómetros, energía pura. Se escuchan miles de suelas de goma dando saltitos en el lugar como una cantata de hámsters, las respiraciones agitadas, miradas de animales con un desesperado anhelo de escapar.
Entonces un periodista jovencito se acerca, en la primera fila, a una mujer de unos treinta años, motivada, eléctrica, todo sonrisa. Y le pregunta ‘¿y usted, por qué corre?’
–¡Ehhh… O sea, yo…! –la mujer salta en el lugar, levanta los brazos al cielo y los deja allí–. Yo… ¡Adrenalina! ¿Entendés?
El ejemplo es más triste que absurdo, lo mismo sucedería si uno entrara a una oficina y le dijera a un empleado con más de veinte años en la empresa: ‘¿y usted, por qué trabaja?’ El único cambio significativo, sustancial, de la respuesta, más allá del balbuceo y el estupor, sería el reemplazo de la palabra ‘adrenalina’, por la palabra ‘familia’, o ‘guita’, y no mucho más. Podríamos preguntarle a alguien que está casado, por qué está casado, no hace falta aburrir.
Vamos a tener que dejar de subestimar el poder de la inercia. Vamos a tener que entender que flotar te puede llevar mucho más lejos que nadar.

11.1.10

No me desanimo

El portero del edificio que estaba a cinco cuadras de mi casa, una vez salió en la tele. Lo reconocí, esa vez, al instante, porque siempre me bajaba del subte y caminaba las mismas cinco cuadras. Cuando vi la cara del hombre en la televisión, se me vino a la mente de inmediato.
El hombre, el portero, salió en la televisión aquella vez, porque fue un héroe. El edificio donde trabajaba se quemó, en la madrugada, un incendio de los bravos. El hombre se despertó y antes que llegaran los bomberos, rompió puertas, saltó de balcón en balcón, bajó un par de gordas a upa, en andas, a caballito, por las escaleras. Eran gordas que se hallaban sofocadas, inconscientes. El portero, incansable, dijeron por televisión, logró asistir a siete vecinos (no sé si un perro cuenta como vecino, en tal caso fueron ocho) antes de quedar exhausto por el humo y caer desmayado.
Arriesgó su vida desinteresadamente, dijo el locutor del noticiero en aquella oportunidad, y los vecinos, reunidos en la calle frente a la puerta del edificio, aplaudieron al portero que permanecía silencioso y emocionado en indefinibles proporciones.
Han pasado varios años, más de tres, menos de cinco, y vuelvo al barrio. Debo reunirme con una persona, en un bar. Paso por delante del edificio, del edificio que se quemó aquella vez.
El portero está en la puerta del edificio, apoyado con ambas palmas sobre el mango del escobillón, el mentón sobre el dorso de las manos. Está algo más gordo y luce desarreglado, con el aspecto de quien suele comenzar a beber antes del mediodía. Insulta a un joven paseador de perros que viene a devolver el animal de un vecino, se burla de una vieja a la que le cuesta caminar. Lanza una furibunda escupida contra un automóvil estacionado.
Lo que quisiera mencionar es que a pesar de las infectas y absurdas basuras que somos, todos podemos tener un heroico momento. Alguna vez.

7.1.10

Porque lo soñé anoche

Estoy en el aeropuerto, esperando. Esperando para subir a un avión, un avión que sale en cuarenta minutos.
La dificultad, lo que me incomoda, es que sé que el avión se va a caer. Alguien podría preguntarme, es perfectamente lógico y natural, cómo lo sé. Simplemente lo sé, nada, eso, lo soñé anoche. Vi el número del vuelo pintado en el fuselaje del avión, vi las caras de los demás pasajeros, presos del último estupor, cuando resultaba ya evidente que el avión se caía.
¿Por qué se caía? ¿Por qué se va a caer el avión? Ah, no importa, algún desperfecto mecánico, le han puesto alas de durlock, metieron una pata de pollo en el caño de escape, esto es Argentina.
El punto está en que sé que el avión se va a caer, pero no puedo avisarle a nadie. ¿Qué hago? ¿Me acerco al mostrador y pido que suspendan el vuelo, porque soñé que el avión se caía? No va, no camina. Van a llamar a la policía, si es que insisto, y me voy a pasar la tarde contestando preguntas que no tienen respuesta.
También puedo quedarme sentado, acá, en el bar del aeropuerto, no subir al avión, pedirme una hamburguesa con tomate y una cerveza, esperar. Y salvarme. No estar en el avión, en el avión que se cae.
Pero con la suerte que tengo, como vengo últimamente, puede que el avión no se caiga, y entonces, mientras espero el próximo vuelo, me voy a sentir un monumental repelotudo. No pego una.

3.1.10

Te estoy hablando a vos

Sé nadar. Desde siempre, desde chico. Así que aprovecho, ya de grande, cuando puedo, para nadar. Si estoy de vacaciones, si estoy en algún lugar de veraneo, si estoy cerca del mar, me gusta nadar, en el mar.
Así que estoy en el mar, nadando, bien adentro. Deben ser las siete de la tarde, o siete y media. Uno siente que está en medio de una fuerza superior, siente que la naturaleza te abraza y te contiene y te da una cariñosa palmada mientras te muestra, apenas, de lo que es capaz. Encargué unos ñoquis con pesto en una rotisería, y tengo un buen vino. Voy a nadar veinte minutos más, mientras el sol comienza a retirarse. Después me voy a ir a cenar.
De pronto, como un ataque cardíaco o un accidente automovilístico, todo se pone mal. A mi lado, a no más de un metro de distancia, una aleta.
Ahora sí que estoy en problemas, Es por eso que hay que meterse a nadar en el mar de a varios, nunca solo. El ruido espanta a los tiburones.
El mensaje es unívoco. Estoy nadando, a unos doscientos metros de la costa, y hay un tiburón a un metro de distancia. Y son las siete y treinta de la tarde, más o menos, y tengo encargado unos ñoquis en la rotisería, y tengo también una botella de un vino buenísimo que no sé si llegaré a tomar.
Estoy paralizado del más puro espanto. Pero es una parálisis con inercia, sigo braceando, y mientras braceo aprieto bien fuerte los ojos, y se me escapa un sollozo que me devuelve una bocanada de sal.
Casi puedo sentirlo, pero todavía no lo siento. Supongo que será un chasquido seguido de un tremendo dolor. El tiburón me arrancará una pierna de un mordisco, quizás con eso sea suficiente. Quizás pueda llegar nadando hasta la costa, o quizás alguien me haya visto, y me rescaten con un bote inflable antes que la hemorragia me haga perder el conocimiento. Quiero comer los ñoquis, quiero tomar un vaso de vino y abrazar a Laura, lo que equivale a decir que quiero vivir.
Sigo nadando y llorando, nadando y llorando. Quizás ya me falta una pierna, quizás ya fui mordido y el frío del agua me impide sentir.
–¡Eh! No llores, che.
Debo estar inconsciente, debo estar en la cama de un hospital. Me resisto a abrir los ojos, a escuchar las malas noticias.
Pero sigo nadando, el sol en la frente, el vaivén del mar.
Abro los ojos.
–Hey, sí, a vos. Te estoy hablando –giro la cabeza. El tiburón asoma el hocico y me mira de costado–. Sí, quedate tranquilo, que no pasa nada.
–Pero, pero.
–¡No parés! Seguí nadando, no parés, que ya nos vieron –sigo nadando, más despacio–. Quedate tranqui, lo que pasa es que estoy aburrido. Se fueron todos, y me perdí. El agua está refría, no pasa nada. Miramar es una mierda.
–No sé qué decirte.
–Te vi solo y me acerqué, pero ya sé que es un quilombo. La culpa es de Spielberg. El tipo filmó la peli, la primera eh, y ahí cagamos. No nos quiere nadie. La gente puede vivir en un dos ambientes de cuarenta metros con un Rottweiler, pero ven una aleta y te cagan a tiros. No me parece justo.
–No sé qué decirte.
–Sos medio boboncho, vos. O quizás no, te entiendo. Es el julepe.
–Y sí. Disculpame. Estoy acá, indefenso, esperando que me arranques una pierna, y vos te ponés a hablar de cine.
Se ríe, muestra todos los dientes, se acerca un poco y me choca, de perfil, vamos flanco contra flanco, está jugando.
Lo palmeo, le acaricio la aleta. Tiene la piel rugosa y fría.
Se da vuelta, se pone como un perro, panza arriba. Le hago cosquillas.
–Tenés un aliento horrible. ¿Qué comiste? –Le digo y se atraganta de una carcajada.
–¡Uh! –vuelve a girar–. Ahí te vienen a salvar. Escuchame, me voy a ir porque si no es un quilombo. Cualquier cosa decí que era una tonina, o que te tiré un mordisco y zafaste de casualidad. No sé, mentí.
–Bueno –le digo. Le paso una mano por el hocico–. Te juro que es lo más raro que me pasó en la vida.
–Chau, forro, andá. La próxima te morfo un brazo –se ríe, una carcajada aguda y contagiosa. Desaparece bajo el agua.
Me quedo flotando. Levanto los brazos, agito las manos por encima de la cabeza.
–¡Ayuda! ¡Eh, acá!

31.12.09

Problemas de conducta

Me llamaron del colegio. Me dijeron, entre otras cosas, que teníamos que hablar de mi nena, de Josefina. Me dijeron que tenía problemas de adaptación, problemas de conducta. Me dijeron que ya habían hablado con la madre, pero que era importante hablar con el padre, también. Me dijeron que era fundamental, que era preciso dejar las cosas en claro lo antes posible, para poder atacar el problema. Me dijeron que por este camino la situación de Josefina se iba a agravar, Josefina iba a repetir.
Me citaron para el jueves, a las seis.
Es jueves, son las seis.
Me presento en el colegio. La maestra de Josefina, la maestra que me llamó, se llama Nora, Nora Pastor. Pido por la maestra, pido por Nora Pastor.
Me mandan a Dirección. En Dirección me indican que vaya al primer piso, al Gabinete Psicopedagógico. Ha terminado el turno tarde y el colegio, después de haber vibrado al compás de cientos de chicos de menos de once años, se apaga, se envuelve en un reconfortante silencio, descansa, las paredes, las escaleras, los pisos, toman aire, juntan fuerzas para el próximo día.
–Hola –me dice Nora–. Tome asiento –lo que sobresale de Nora, lo que destaca, son sus lentes bifocales, y un crucifijo sobre el guardapolvos, de plata, el crucifijo, tamaño mediano, que reposa, hace la plancha sobre el volumen de lo que quizás nunca fueron tetas, lo que desde siempre deben haber sido glándulas mamarias. Nos sentamos enfrentados en dos pupitres escolares. El mío está recubierto de fórmica, un plástico naranja lleno de inscripciones, dibujos y tachaduras hechas en su mayoría con birome negra. Hay un corazón atravesado por una gigantesca flecha. El corazón dice ‘Moni’. El pupitre de Nora está recubierto de la misma superficie plástica, pero de color amarillo, muy clarito, la superficie ha sido muy trabajada con objetos cortantes, hay tachaduras, raspones. Hay otra persona, junto a la cual se ha sentado Nora. Es una mujer más grande, en volumen y en edad, quizás ha pasado la peligrosa barrera de los cincuenta años, y la más peligrosa aún barrera de los ochenta kilos. Lleva dos o tres botones del guardapolvos desprendidos, se ve una blusa de color perla, o quizás marfil. La blusa y el color, algo en su combinación, provoca angustia, aflicción, cierto deseo de sollozar. Su pupitre es verde.
–Ella es la Licenciada Roberta Durrieu –le doy la mano, su mano está fría, y pegajosa también, como si hubiera estado acariciando un besugo–. La Licenciada Durrieu es mi superiora.
–Entiendo –digo, porque entiendo, porque es fácil de entender.
–Bueno, señor, como usted sabe, lo citamos por determinadas actitudes que ha tenido Josefina. Josefina está presentando severos problemas de conducta y de integración, que nosotros queremos informarle –hace una pausa, traga saliva, yo aprovecho para asentir–. Josefina el otro día..
–El martes –acota la Licenciada Durrieu, sin levantar la vista del manojo de papeles que tiene entre sus manos.
–Josefina, el martes –asiente Nora, asiente demasiadas veces, asiente como esos perritos de juguete que a veces tienen los taxis–, le pegó un chicle a una compañerita en el pelo. Se imagina el perjuicio, porque el chicle, una vez pegado en el pelo, no puede ser despegado con facilidad. Entonces hubo que cortarle un mechón de pelo, a la compañerita, con todo el trauma que eso implica, con el profundo impacto psicológico que eso trae aparejado en esta edad donde el pelo, desde lo simbólico, resulta tan representativo en lo que hace a la identificación del propio yo.
–¡Tuvimos que cortarle un mechón de pelo! –La Licenciada Roberta Durrieu da una palmada sobre la mesa, profundamente indignada.
–Miren, yo no –saco un cigarrillo y me lo llevo a los labios. Busco un encendedor.
–¡No! –la Licenciada Durrieu se pone de pie y retrocede unos pasos, como si hubiera visto una garompa, una garompa del tamaño de la trompa de Tantor, aquel simpático elefantito que le daba bola a Tarzán porque no tenía nada mejor para hacer.
–No se puede fumar aquí, señor–La maestra, Nora, Nora Pastor, que antes asentía con la cabeza, ahora niega, ahora sigue negando–. Esto es un colegio.
Dejo el cigarrillo entonces, apoyado sobre la mesa, junto al corazón atravesado por una flecha, el corazón que dice ‘Moni’. También, al lado, dice ‘UIPI’, así, todo con mayúsuculas. La maestra Nora Pastor huele a algo, algo que me es difícil reconocer pero que de pronto me viene a la mente. La maestra Nora Pastor huele a pilas sulfatadas.
–Como les decía, yo no –la Licenciada Durrieu ha vuelto a acercarse, un poco, pasos cortos y temblorosos, pero no se sienta, permanece de pie, algo parapetada por el respaldo de su pupitre, como si yo fuera un animal salvaje y peligroso.
–¡No niegue! –grita– ¡Negar no arregla nada, señor! Debió usted pensar la responsabilidad que implica traer un niño al mundo. Pero debió pensarlo antes, antes de, bueno, antes de gestarlo, usted me entiende –mueve las manos, pero sus manos, que se enlazan por un instante en el aire, no encuentran el gesto adecuado que permita representar la gestación. La gestación, incluso desde lo gestual, la incomoda, la compromete–. Asuma su responsabilidad, señor. Usted es padre. ¡Usted es el padre! Y este asunto del chicle es grave, muy grave. Debemos preparar un plan de contención, medidas que permitan reintegrar a Josefina, que la nena recupere el espíritu gregario que le facilite su reinserción social, asistiéndola primero, y eliminando luego sus patologías tan escalofriantes. Su hija le pegó un chicle en el pelo a una compañerita, señor. Quiero que entienda la gravedad del tema.
–Eso es lo que trato de decirles –me rasco la cabeza, con un índice, miro por la ventana–, yo no tengo ninguna hija.
–¿Qué? –Nora Pastor ahora, no asiente ni niega, se aprieta los lentes contra el puente de su nariz como si el conjunto, los lentes y la nariz, estuvieran a punto de desprenderse de su rostro.
–Que no tengo hijos, soy soltero, además.
–Pero –Nora Pastor mira a la Licenciada Roberta Durrieu, la Licenciada Roberta Durrieu mira a Nora Pastor, ambas, Nora Pastor y la Licenciada Roberta Durrieu, me miran a mí.
–No sé, ustedes me llamaron el otro día, vivo a dos cuadras, y pensé que como se venía fin de año estaban llamando a los vecinos, organizando una kermés, alguna de esas boludeces que hacen los colegios. Pensé que podía haber comida, saladitos, algo para tomar, alguna maestra jovencita, con ganas de coger quizás. Tengo que encontrarme con un par de amigos por acá, no me costaba nada pasar, así que vine. Pero no soy padre, no sé quién es Josefina, y no me parece nada del otro mundo que un chico le pegue un chicle en el pelo a otro. Me tengo que ir, buenas tardes.

27.12.09

Si Dios trata de decirnos algo

Estábamos en su casa. La había invitado a cenar, y luego, ella me había invitado a subir, lo que implicaba que me había invitado a fornicar, y eso estaba muy bien.
Estábamos desnudos, sentados en la cama. Después de.
–Si Dios trata de decirnos algo –dije, la idea no era mía–, ese algo es que la idea que tenemos de él, y del universo, es dual. El cielo y el infierno, Dios y el Diablo, el bien y el mal, el nacimiento y la muerte, el día y la noche, caliente y frío, macho y hembra, amor y odio, libertad y esclavitud, vigilia y sueño.
Hice una pausa, no recordaba cómo seguía el párrafo que alguna vez había leído. Ella tenía tetas pequeñas y firmes, el cabello se le pegaba a la frente, hacía calor.
–No entiendo porqué me decís todo esto –sonrió, era joven y era linda, yo solía frecuentar combinaciones infinitamente menos afortunadas.
–Porque cogimos dos veces, y me serviste un solo whisky –levanté el vaso–. No sé, no me parece.

23.12.09

El alfajor más triste del mundo

Te cuento una pequeña historia, sin entrar en demasiados detalles, imagino que debés estar apurada, no quisiera distraerte.
En la escuela primaria yo tenía un amigo, un mejor amigo, todo el mundo, a esa edad, tiene un mejor amigo. Mi mejor amigo se llamaba M.
Pero al finalizar quinto grado, algo sucedió. No recuerdo si sobraban alumnos o faltaban profesores, no recuerdo porqué, pero nos informaron que las dos divisiones de quinto grado, quinto ‘A’, y quinto ‘B’, se iban a fusionar, o amalgamar, a formar una nueva entidad que sería justamente el sexto grado.
En la primaria, hasta ese momento, he olvidado decirlo, mi vida era relativamente fácil, me iba relativamente bien. Era buen alumno, era un líder natural, las chicas comenzaban a observarme con curiosidad, no digo interés, y tenía mi mejor amigo. Mi mamá hacía milanesas, mi papá iba a trabajar. No se me ocurría nada más en el mundo.
Pero en este nuevo sexto grado vino un chico, vino del quinto ‘B’, y era un líder absoluto, tenía flequillo, jugaba bien al fútbol, se sacaba buenas notas. Se llamaba H.
Te lo resumo porque te veo contrariada, quizás te esperan en alguna parte, me imagino que tenés cosas que hacer.
H. y M. se hicieron amigos de inmediato. Mejores amigos. Eran tal para cual, la sociedad perfecta para el deporte, las chicas, la aventura.
Yo me puse mal, yo sufrí. Me dejaban afuera, mi mundo se desmoronaba sin remedio.
Así que hice todo lo que pude por recuperar mi terreno. Mentí, traicioné, conspiré, intenté separarlos, intenté luego hacerme amigo de H., intenté que una chica que estaba fascinada conmigo, G., se llevara a M., o a H. Maquiavelo era un aprendiz, apenas un principiante.
Pero fui descubierto. Todas mis maniobras y elucubraciones, todos mis intentos por conservar a mi mejor amigo, y permanecer como líder.
Hubo una reunión, una reunión a la que fueron invitados todos, todos los que tenían alguna importancia en ese mundo que era mi mundo. Y me informaron que yo había sido descubierto, que yo era un fraude, que nadie me quería, que no era líder ni amigo ni nada de nadie, hasta G. declaró que se había equivocado, que ya no gustaba más de mí.
Se me explicó que yo había pasado a ser una persona no grata, en sexto, que nadie, nadie de los que realmente importaban, quería tener nada que ver conmigo, que no me invitarían a los cumpleaños y nadie me hablaría nunca más.
Así fue. Tuve que cambiarme de asiento en el aula, sentarme en primera fila con los locos, los chicos con problemas, los rengos. Y en los recreos me sentaba en una punta del patio y mordisqueaba un alfajor húmedo y barato, el alfajor más triste del mundo.
Lo peor era saber, cuando venía mi mamá a despertarme, que había comenzado otro día, que yo tendría que ir al colegio y permanecer ocho horas, porque el colegio era de doble escolaridad, en el más absoluto silencio, sin afecto, sin amigos, sin que nadie me hablara mientras todos reían y se abrazaban y jugaban y se enamoraban y eran felices. Y yo no podía escapar porque sencillamente no había dónde ir.
Te conté todo esto para que entiendas que no es que no me duela que me dejes, que me digas que no me querés más, que estás saliendo con otro, que querés ser feliz, algo así. Sucede que pasé demasiado tiempo chapoteando en el odio, embadurnado en el desprecio, sin que nadie me quisiera ni dirigir la palabra. Y entonces es algo que me resulta natural, algo que no me sorprende. No es que no me estés haciendo moco, pero estoy acostumbrado, te va a ir muy bien, no te pongas así, sos una piba genial.

19.12.09

Púmbate

Tuve una crisis. Sentí que me moría. Una noche de fin de julio. Eran las tres de la mañana y me di cuenta que no iba a poder dormir, que no iba a poder dormir nunca más. Empecé a transpirar como loco, tenía palpitaciones. El corazón era un desbocado caballo (diría un poeta) corriendo por las colinas del más puro susto. ‘Es un infarto’, pensé, ‘ahí viene, será una patada en el pecho, o un pinchazo, como si me atravesaran el corazón con una aguja de tejer, me voy a morir acá’. Me voy a morir, pensé, justo ahora, y no cambié el televisor, no compré el pantalla plana de Samsung porque me pareció caro, qué macana.
‘Es un accidente cerebrovascular’, pensé. ‘Voy a quedar cuadripléjico, no voy a poder mover los brazos ni las piernas, sólo el párpado izquierdo y el dedo meñique de una mano. Voy a tener que aprender a hablar en morse, mediante el parpadeo de un solo ojo, y a pajearme con un tenedor. Voy a estar retriste, voy a estar remal’.
‘Es un tumor’, pensé. ‘Un tumor que se corre un milímetro de lugar y te mata el centro respiratorio, o el habla. Voy a perder el equilibrio. Voy a gatear mientras babeo, voy a pishar como los perros, levantando una pata contra un árbol. Voy a perder el dos por ciento que me queda de dignidad’.
No pude dormir en toda la noche, esperando que me sangraran los oídos, que me estallaran las meninges, que se me desatornillara el corazón y cayera de costado sobre el mugriento parquet, como un exangüe pejerrey.
Tenía miedo de salir a la calle, caminaba media cuadra, pegado a la pared, y me tenía que volver. Cuando bajaba las escaleras del subterráneo me ponía a llorar. En las esquinas me abrazaba a los semáforos y les pedía que me hablaran. Si me ladraba un perro ponía las manos sobre el capot de cualquier automóvil, como si se tratara de un requerimiento policial.
Fui a médicos, clínicos, cardiólogos, expertos en el aparato circulatorio, especialistas en colesterol. Fui a psicólogos que no medican pero te escuchan, y fui a psiquiatras que no escuchan pero te medican. Fui a ver homeópatas, a expertos en medicina tradicional china, a médicos ayurveda. A terapias alternativas, terapias no tan alternativas, terapias en general.
Finalmente me di cuenta que no tenía nada. La gente es una mierda, me sigue gustando el vino, no entiendo porqué alguien puede correr más de un kilómetro y medio sin que lo persiga un leopardo, tenés un culo divino, me gusta el mar en invierno, la lluvia, la mirada de un perro, los cigarros cubanos, el chocolate y el aceite de oliva y la pizza con ajo y el whisky que pica. Leo un poco, nada más.

15.12.09

Con la misma actitud

Playa. En la playa, al parecer, es la costumbre, la gracia consiste en estar expuesto al sol. La gente quiere estar con gente, eso no ha cambiado, la gente se amontona, pero la vestimenta y el ámbito son diferentes. La arena reemplaza al cemento, el mar reemplaza el ronroneo del tráfico de la ciudad, las chicas usan bikini, los hombres usan shorts.
El adulto de la especie humana es un mamífero mediano al que, exceptuando lo que podríamos denominar ‘situación de coito’, es conveniente observar vestido. Pliegues de grasa, uñas de los dedos de los pies de un repugnante amarillo, lunares, manchas, gibas, protuberancias, irregulares pilosidades, en fin.
Me detengo a observar a una mujer. La mujer ha decidido que no hay nada más importante en este mundo que tomar sol. Se ha untado, podríamos decir, en su totalidad, de un aceite, su piel luce de la textura del cuero. Lleva un diminuto bikini violeta y yace boca arriba, con lentes de sol y expresión de una profunda concentración. No quiere nada más, no puede imaginar un momento más pleno.
Me acerco y tapo el sol con una mano, produciendo una repentina mancha de sombra sobre su rostro, que la obliga a incorporarse presa de un singular fastidio. He conseguido captar su atención.
–Señora –le digo–. Con la misma actitud y empeño, con la misma energía y concentración que usted emplea en tomar sol, con esa capacidad, con esa fuerza, Mozart compuso sin inconvenientes una sinfonía, a los quince años de edad.
Los datos que acabo de transmitir carecen tal vez de rigor histórico, del escalpelo de la exactitud, pero la idea general está muy clara.
La mujer levanta con dos dedos de su mano derecha, por un instante, los lentes de sol.
–¿Vos trabajás en el balneario, no? Traeme una Fanta, bien fría.

11.12.09

A partir de ahora

Cuando llega el ataque cardíaco, juramos y perjuramos que estamos dispuestos a salir a caminar todas las mañanas, media hora. Aunque llueva.
Cuando el avión se cae, en esa fracción de segundo que sentimos que el cielo se come el piso y todo lo que esté apoyado sobre él, pensamos en el beso en la frente que no dimos, en el perro que no acariciamos, en el ciego que no ayudamos a cruzar la calle.
Cuando vemos esa abnegada madre empujando la silla con un chiquito cuadripléjico, balbuceamos que mojar los piecitos en el mar, un café, un poco de sol, es todo lo que hace falta para ser feliz.
Somos complejas maquinarias diseñadas por lo general para cometer las peores barbaridades, a las que solamente el susto puede cambiar.

7.12.09

Tanto tiempo

En el parque, caminando por el parque porque algo hay que hacer, porque uno puede seguir pensando lo mismo que hubiera seguido pensando sentado, pero si se lo piensa caminando es como si los pensamientos se oxigenaran, se movieran las aguas a través de las branquias del tiburón de la locura y soy así, me sobran las metáforas y si me vas a pedir sangre o guita te adelanto que te voy a dar una metáfora, una metáfora y no mucho más, soy así.
Pasa una persona, es un hombre vestido con equipo de gimnasia adidas, verde, pantalón y campera del mismo color, fondo verde, tiras blancas, zapatillas, tendrá treinta años, quizás uno menos, quizás cinco más.
–¡Juan!
Me llamo Juan, así que me veo obligado a detenerme, a mirar.
–¡Juancito querido, tanto tiempo! –se acerca con la mano extendida. Rechazar un saludo es una de las cosas más difíciles de hacer. Es como atentar contra dos mil años de civilización.
Miro al sujeto. No lo conozco. No se lo ve amenazante ni agresivo, sino contento de verme.
–Disculpame, pero no te conozco –estrecho su mano, igual.
–¡Pero qué decís, Juan! ¡Soy Víctor! ¡Víctor Ríspoli! Hicimos toda la secundaria juntos.
Lo miro. No lo conozco. Es cierto que he puesto el colegio secundario, como tantas otras barbaridades, dentro de algún pliegue de mi memoria. Pero no conozco al sujeto, jamás antes había oído el apellido Ríspoli.
–Lo lamento, pero te debés haber confundido –le doy una palmada en el hombro, no demasiado amistosa, y hago un leve asentimiento de cabeza. Me dispongo a continuar con mi caminata, con mi vida, nada en especial.
–¿Pero qué decís? Juan, soy Víctor. Mirame, Juan –lo miro– ¿Cómo no te vas a acordar? La vez que le desinflamos las cuatro gomas a la profesora de física, y la vez que nos peleamos contra los del Huergo, eran como quince. Y vos pegabas con el taco de billar como si fueras Bruce Lee –se entusiasma de solo recordarlo, hace una pose de kung fu, levanta una pierna, hace la grulla, una grulla gordita e inestable, y se ríe de verdad.
–No soy yo. Debe ser alguien parecido.
–¡Pero dejate de joder! –Me abraza, se separa, me vuelve a abrazar, yo recibo el abrazo con mis brazos caídos, lo que equivale a no corresponder el abrazo, a no abrazar–. Juan querido, no supe nada más de vos. ¿Te acordás de Andrea?
–No, no me acuerdo.
–¡Andrea, tu novia! Se casó con un tránsfuga, tuvo tres pibes, la vi el otro día en el supermercado. Me preguntó por vos.
–Bueno, me tengo que ir.
–¿Te acordás de Walter? –me detiene con una mano en el hombro, está contento de verdad– ¡Walter es ministro! ¡Walter! ¿Lo podés creer?
–No importa si lo creo o no, no lo conozco, ni te conozco a vos, ya te lo dije.
–¡Pero qué decís, Juan! No sabés lo contento que estoy de verte. Me divorcié, hace poco. Tengo dos hijos, uno me dice que quiere estudiar ingeniería nuclear. ¿A vos te parece? Un mocoso de once años, y te dice que quiere ser ingeniero nuclear.
–Dejalo. Dejalo ser lo que quiera –no sé qué decirle.
–Tenés razón, Juan, claro que tenés razón. Hay que dejar que los pibes vuelen. Para fracasar hay tiempo. ¡Pero esa frase es tuya! Para fracasar hay tiempo, la decías vos.
–Puede ser –digo, porque puede ser. La frase me suena, aunque en verdad creo que no hay tiempo, creo que ya fracasamos.
–Bueno, me tengo que ir.
–¡No, pará! –se desespera–. Vayamos a tomar un café, hace tanto que no nos vemos. Tengo cosas para contarte, tenemos muchas cosas para hablar.
–Mirá, no.
–¿No? ¿Cómo que no?
–No, te dije –es lo que le dije, es lo que le estoy diciendo–. No te conozco, y si te conociera, si te hubiera conocido alguna vez, tampoco importa. No me interesa nada de tu vida, Víctor. Tu nombre es Víctor, me dijiste. No me interesa quién sos, no quiero tomar un café con vos, y si me volvés a poner una mano encima te voy a arrancar dos o tres premolares de una patada. Espero que tengas suerte o lo que más te guste, ahora desaparecé.
Lo aparto con un breve pero enérgico empujón, y sigo caminando. Víctor se queda con una mano en la frente, niega con la cabeza, amaga correrme un par de pasos y se detiene. Cruzo la avenida justo antes que el semáforo se ponga verde y empiecen a pasar los autos, muchos autos, a esa hora la ciudad es un quilombo que parece no tener principio ni final.

3.12.09

Lo que no se dice

El cantante de rock hace declaraciones a los medios de prensa. Ha estado internado, en una clínica. Ha finalizado un tratamiento de rehabilitación.
Lo que dice, en resumen, es que ahora no fuma, ahora no toma alcohol, ahora no consume drogas.
–Ahora estoy bien –dice.
Pero hay algo que no dice.
Cuando alguien ha entrado en contacto con algo, con una sustancia que lo ha modificado, que le ha conferido un desconocido hasta entonces y particular brillo, cuando alguien ha incorporado a su sistema nicotina o sal o alcohol o cocaína o chocolate amargo. Y después, porque siempre hay un después, porque es precisamente de eso que estamos hablando, cuando hay que soltar la sustancia, despedirse como dos personas que han tenido buenos momentos juntos, cuando hay que dejar de consumir.
Queda un rictus, una mueca, una mirada que refleja el más profundo de los desconsuelos.
Estás mucho más triste que bien.

27.11.09

Quizás te sirvan mis palabras

Ella agarró el libro, el libro de poemas que yo había escrito, el libro de poemas donde yo me había arrancado un pedazo de alma como si fuera plastilina. O quizás me había arrancado el alma completa, como quien descuelga un durazno de un árbol, así.
Ella lamió el libro, la tapa, un poco, como si quisiera hacerle cosquillas, al libro, luego jugó, con afán, con el libro, empleando toda la lengua. Ella agarró el libro y se lo pasó por las tetas haciendo movimientos circulares, como si se tratara de un pan de jabón. Después, con la misma mano lo hizo descender a lo largo de la sutil curvatura de su vientre, y ahora, con el libro de perfil, pasó el lomo por su vulva, dos o tres veces, como si su vulva fuera a comerlo, como si el libro fuera a ser engullido a través de su precioso y delicado vello púbico. Después cambió de mano, tomó el libro con la otra mano, haciéndolo pasar por entre sus piernas, estaba de pie, y se metió un ángulo del libro, el ángulo superior izquierdo, en el ano. Hizo un poco de presión, y sonrió.
–Sí –dijo–, me gusta como escribís.

23.11.09

Agridulce

Existen determinadas veredas donde caminamos juntos, por las que no puedo volver a caminar. Lugares donde me pareció que la felicidad era posible, que había un rayo de sol, una fruta, algo para mí. Una lluvia que me pudiera lavar los sueños rotos, una sonrisa, un beso, unas ganas de seguir.
Ahora gritan las bocinas como lobos que comprenden, un segundo después (la comprensión tiene ese agridulce delay), que han quedado atrapados, que va a costar volver a mover esa pata. Ahora todo huele a pilas sulfatadas. Ahora todo parece transcurrir dentro de esos viejos televisores donde las cosas ni siquiera lograban ser blancas o negras, y había que conformarse con las diferentes gamas de gris.

19.11.09

Hay que andar con cuidado

Estábamos por entrar al restaurante y ella retrocedió un poco, algo asustada.
–No puedo entrar a una parrilla. Yo soy vegetariana –me dijo.
Entonces le dije que no había problemas, que siguiéramos caminando. Conocía una pizzería que quedaba a unas pocas cuadras.
–La pizza tiene queso –me dijo con acritud–. No sé si me entendiste bien, yo soy vegana. –Al parecer los veganos rechazan no sólo la carne, sino también cualquier derivado animal, la leche, el queso. La pizza tiene, entre sus elementos constitutivos, como parte intrínseca de su genoma, entre sus protones, queso.
–Bueno –dije–, no pasa nada. Vayamos a tomar una cerveza, tampoco estoy muerto de hambre.
–De ninguna manera –me dijo, porque estaba fervientemente en contra del alcohol, el alcohol aturde los sentidos, embota el cerebro, petrifica el hígado. El alcohol mata, para resumir.
Quise prender un cigarrillo mientras pensaba, porque en verdad no se me ocurría nada.
–Ni se te ocurra fumar –fabricó un improvisado barbijo con sus manos, retrajo el cuello intentando que su cabeza desapareciera entre sus hombros–. El humo es cancerígeno.
Seguimos caminando.
–Podemos ir a coger, si querés –sonrió–. Vos me gustás.
Pero yo me negué casi de inmediato. Porque mi pito era una suerte de perro callejero, una hiena, un animal famélico y salvaje. Sería como pedirle que ingresara en el cajoncito de una joyería, en la probeta de un laboratorio, jamás se sentiría cómodo en un lugar tan aséptico.

15.11.09

0, 1

Se puede hacer de la siguiente forma. Salís a la ruta, conviene que sea con un auto moderno, un auto nuevo. Cuando ya te alejaste unos cien kilómetros de la Capital Federal, entonces hay que acelerar. Si se puede poner el auto a doscientos kilómetros por hora es lo ideal, pero con pasar los ciento cincuenta también está muy bien.
Alcanzada la velocidad en cuestión, uno debe soltar el volante. Si está lloviendo, mucho mejor. Hay que cerrar los ojos, y soltar el volante. Con una mano, primero, y con esa mano, la mano libre, agarrar una botella de whisky, previamente comprada. Se debe dar un largo trago de whisky, de la botella, echando la cabeza hacia atrás, mientras la botella escupe el whisky con su característico gorgoteo. Al terminar el trago, se procede a sacar la otra mano del volante, también, y puede uno comenzar a masturbarse un poco, con esa mano. Es conveniente tomar más whisky. La maniobra, o las maniobras, suceden en simultáneo, con los ojos cerrados. El procedimiento completo debiera durar más de un minuto, menos de tres.
La alternativa es casarse, tener tres hijos, ir a trabajar durante diez o veinte años al mismo lugar.
En cualquiera de los dos casos, para evaluar y sacar conclusiones, hay que ver qué quedó del sujeto en cuestión, en qué estado se encuentra al final del experimento.

11.11.09

La historia de Chumi

Viviana estaba divorciada y tenía un pajarito, un canario. Tenía una hija, también. Se llamaba Juana, la hija de siete años, peinada siempre con dos colitas, y una carita que era un sol. Chumi, se llamaba el canario, que era de un pálido amarillo, no me preguntes porqué. Juana le había puesto así cuando el padre se lo había regalado para su cumpleaños, ante la reprobatoria mirada de Viviana que tenía ganas de quejarse, de quejarse por las dudas porque en todo lo que hacía Gustavo siempre había una trampa, todo su matrimonio, lo que duró, había sido así, pero la nena estaba contenta con el canario y eso era lo que importaba.
Así que la nena se despertaba a la mañana y saludaba a Chumi antes de desayunar, y Chumi no jodía, comía un poco de alpiste, y cagaba, y nada más. Juana estaba contenta, Viviana no, pero tampoco estaba tan triste, había tenido épocas mucho peores así que lo mejor era no quejarse demasiado, porque después venía una mala racha en serio y ahí una sí que no sabía cómo levantarse.
–Ma, mirá. Chumi tiene algo en el ojito –dijo Juana. Era jueves. Y era verdad, Chumi tenía una lagaña, una pelusa, una lastimadura tal vez, algo en el ojito derecho. Así que Viviana le dijo a Juana que no se preocupara.
–No te preocupes. Mañana lo llevamos a la veterinaria.
La veterinaria era una mujer seria, algo excedida de peso, y con las piernas arqueadas, como si acabara de bajarse del caballo de una calesita que jamás la llevaría a ninguna parte. Pero se la veía eficiente y profesional detrás de su celeste uniforme, y el local estaba lleno de gatos y perros, una blanquísima cacatúa que lanzaba un simpático grito con asombrosa regularidad, y una boa dentro de una pecera gigante. La boa era amarilla y negra. Juana estaba fascinada.
–Es normal, no pasa nada –dijo la mujer y se acomodó las gafas que eran gruesas y con forma de pequeños huevos acostados sobre el puente de la nariz–. Le vamos a poner unas gotas y el ojito le va a quedar perfecto.
Se puso un guante, metió la mano dentro de la jaula, y tomó a Chumi, con precisión no exenta de cuidado.
–Bueno, bueno, ya está –le puso una gotita en un ojo, mientras Chumi yacía de costado, apretado por una mano firme, las patitas encogidas contra el pecho.
–Ya que estamos, le vamos a cortar las uñitas. Tiene las uñitas muy largas –la veterinaria usó una tijerita que parecía de juguete, con movimientos precisos. Un segundo, clic clic, y volvió a soltar a Chumi dentro de la jaula.
Chumi revoloteó un poco, y se paró en el palito, en la posición acostumbrada.
Viviana preguntó cuánto le debía.
–¡Ma! ¡Mirá, ma! –Juana lanzó un chillido y señalaba al interior de la jaula, donde Chumi acababa de caer de costado, como fulminado por un rayo.
–Está muerto –dijo la veterinaria, después de revisar a Chumi e intentar con la yema de un dedo índice hacerle un estrambótico y competente masaje cardíaco sobre el ínfimo pecho.
Chumi se había muerto. Del susto. No pudo resistir el stress de la situación que le había tocado enfrentar.
Metieron al pajarito dentro de la jaula, otra vez, acostado contra el piso de alambres. Juana lloraba y se sorbía las lágrimas. Caminaron las tres cuadras hasta el departamento. Viviana llevaba en una mano la manito de la nena, en la otra la jaula con el pajarito muerto. Hacía mucho calor, para la noche estaba anunciado lluvia.

7.11.09

Un percance

Soy el encargado de la presentación, de presentar el proyecto. Así se habla en el mundo de los negocios de hoy, esa es la jerga, no me hagan sentir más ridículo todavía.
Trabajo para una consultora, una importante consultora, y tenemos que presentar el proyecto ante nuestro potencial cliente, que ya es cliente, pero tiene que decidir si renueva el contrato, el contrato con nosotros, que ha vencido.
Para no aburrir. Estamos en las oficinas de los clientes. Torre Alem Plaza, piso treinta y tres. Vamos a hacer la presentación. Los clientes son un estudio de abogados, alemanes, que representan a un banco alemán, que maneja los fondos de un conglomerado alemán.
Si renuevan el contrato, entonces todos seremos felices. La empresa de consultoría con todos los que estamos adentro de su nómina, entre ellos yo. Habrá dinero, mucho dinero, por dos años. Compensaciones extraordinarias, autos, teléfonos celulares que te pueden avisar el ingreso de un mensaje de texto mediante un maullido o un ladrido para que vos sepas si el mensaje es importante o no aún antes de leerlo, viajes en avión en primera clase, estadía en los mejores hoteles. Vida de ejecutivos, lo mejor que se puede conseguir si no sos cantante de rock.
Si no se renueva el contrato, entonces es el fin. Nada. Kaput. Va a cerrar la consultora, y nos van a dar una patada en el culo a todos. Sin el contrato con los alemanes estamos muertos, es así.
Está por comenzar la reunión, somos tres del lado de la consultora, y cinco del lado de los alemanes, incluido el mismísimo Otto Rutger, el número dos del consorcio, allá en Dusseldorf, que vino especialmente para la presentación. Un alemanote de más de dos metros que parece raspar las palabras antes de pronunciarlas, y que no se ríe nunca. Han bajado las luces, la gente terminó su café. Está lista la notebook y el proyector.
Paso al baño, por un instante. Como cuando era chico, en la facultad, antes de un examen, me ataca un ingobernable deseo de cagar. Camino por una alfombra color ladrillo de treinta centímetros de espesor, paso por delante de una secretaria que es la mujer más linda que yo haya visto jamás, incluyendo el cine y la televisión, sigo por el pasillo, unos veinte metros más, viendo los cuadros de fondo turquesa o color petróleo, y las camaritas de seguridad que registran y acompañan cualquier cosa que se mueva.
No quiero ponerme escatológico, pero es parte de la historia, la parte, por decirlo de algún modo, sustancial. Entro al cuarto de baño que huele a quirófano y a violetas, voy a uno de los cinco cubículos, cierro la puerta y me suelto el cinturón, dejo caer los pantalones, me bajo los calzoncillos, me siento, todo en un grácil movimiento ejecutado con precisión a pesar de la urgencia.
–¡Plrrrshgrrrpfprrrraaashplshhhfsh! –El alivio. La naturaleza que ordena. Que acomoda. Que expulsa y regula. Válvulas que se abren, palancas que se mueven, pistones, complejos mecanismos.
Algo está mal. Ha llegado el sosiego, vuelvo en mí, pero sé que algo está mal. Estoy bien peinado, impecablemente afeitado, algunas gotas de sudor sobre mi labio superior, bien perfumado, impecablemente vestido, rápido de palabra, ingenioso, solvente, perspicaz.
Me cagué la camisa. Así como lo cuento. La camisa es blanca, es nueva, es cara, algodón egipcio, tiene los faldones muy largos. Faldones que en el apuro, han quedado del lado de adentro del inodoro. Me cagué la camisa. Así como lo cuento, otra vez. No puede estar pasando esto. No puede ser verdad.
Me saco la camisa, con cuidado. He cagado casi toda la parte de atrás, por debajo de la línea de la cintura. Estoy en cueros, sosteniendo la camisa en alto como si se tratara de una radiografía o de un repulsivo animal. Ahora estoy transpirando de verdad.
El olor es fuerte.
En un último y desesperado intento, manoteo los bolsillos de mi pantalón, pero no, de ninguna manera. El teléfono celular ha quedado apoyado sobre la mesa, junto a mi laptop. Un buen teléfono, con más funciones de las que yo sería capaz de manejar.
Estoy ahí, con el torso desnudo y brillante de transpiración, temblando un poco, mirando la camisa pintada de mierda como si se hubiera esmerado el mismísimo Pollock, negando con la cabeza.
Puedo ponerme la camisa, como si nada, reprimir el asco, y volver a la sala de conferencias. Dar la presentación, hasta que el olor haga que alguien se desmaye, y entonces, tratar de escapar.
Puedo salir corriendo, con el pecho al aire, la camisa hecha un bollo, y tratar de llegar a los ascensores, ganar la calle, subirme a un taxi y decirle al taxista ‘¡rápido, me está persiguiendo un gorila plateado, lléveme a la comisaría más cercana!’.
Puedo esperar que alguien entre al baño y golpearlo en la cabeza, fuerte, tratar de desmayarlo pero no de matarlo, para robarle la camisa.
Puedo escribir lo que me sucedió para que vos me digas qué hubieras hecho en mi lugar.

3.11.09

Esopo, revisited

Es invierno. En invierno, aunque sea por pocos días, más de tres, menos de siete, me gusta ir al mar. Es bueno ver el mar, oírlo, salir a caminar, descalzo. No inventé nada nuevo, nada original.
Así que en eso estoy, deben ser las nueve de la mañana, hay un particular y cansino solcito. Pienso en todo lo que no salió nunca, en todo lo que salió mal, con unos cinco o diez centímetros de mis piernas adentro del agua. Voy despacio, no se ve a nadie más que un par de pescadores, y algún otro caminante solitario.
De pronto siento el pinchazo. Es una corriente eléctrica de dos mil quinientos treinta y ocho voltios. Entre el dedo gordo y el dedo índice, si se le puede decir así al dedo del pie que está al lado del dedo gordo de mi pie izquierdo.
–¡Ahhrrgggfssschpaaaay! –Caigo de rodillas, el dolor me ha doblado, y veo, a menos de medio metro de mi rostro, la explicación, la causa.
Un aguaviva. Redonda, gorda como una pelota de tenis, con marrones y violáceos filamentos. El mar se retira un poco, pero el aguaviva queda ahí. El dolor es un zumbido que no me deja pensar con claridad. La zona comienza a hincharse y estoy muy lejos del cuarto en el que me hospedo. Me va a costar caminar.
–Ya sé, ya sé –digo–. Es tu naturaleza, no pudiste evitarlo.
Doy el primer paso, saliendo del agua. Apenas puedo pisar. Es un pinchazo que se extiende, sube y agarrota los dedos del pie, la quemazón supera ya la altura del tobillo, sube con una preocupante velocidad. El pie parece una tarta pascualina, ha adquirido ese tamaño, no sé si el sabor.
–No, nada que ver –La voz viene de abajo, lo que me está hablando es el aguaviva–. No es mi naturaleza, para nada. Me parecés un gordo forro, y en esta época del año por acá no debería haber nadie rompiendo las pelotas. Así que te piqué a propósito, te lo digo en la cara. Yo estaba acá de antes, ahora tomatelás.