Si yo fuera presidente estarían prohibidos los productos dietéticos. Prefiero que te mueras de gorda, y no de pena.
Si yo fuera presidente los corredores de maratón podrían recibir similares penas a las de quienes cometan un homicidio, tendrían que ir a juicio y explicar muy bien por qué corrieron.
Si yo fuera presidente las personas mayores de sesenta años podrían presentarse en cualquier Farmacity y solicitar un vaso de vino tinto, con sólo mostrar el documento.
Si yo fuera presidente uno podría requerir a cualquier cajera del supermercado que lo masturbe mientras espera que le cobren su compra. El supermercado estaría obligado a capacitar a las cajeras para que den el servicio con cortesía no exenta de pericia.
Si yo fuera presidente se colocarían cintas transportadoras, como las de los aeropuertos, para desplazarse por las calles del centro. Existirían carriles con distintas velocidades de traslado.
Si yo fuera presidente a quien toca bocina se le cortaría una teta, o un huevo, según el caso. Después de dos bocinazos, se estima que la persona alcanzaría a percibir que quizás no tiene tanto apuro.
Si yo fuera presidente estaría terminantemente prohibido la utilización de los teléfonos celulares en la modalidad altavoz, manos libres, handy abierto, o como corneta se llame. Esa conversación no existe, por que no tenés nada para decir, ni vos ni el que está del otro lado, pelotudo.
Si yo fuera presidente todo el mundo estaría obligado a tener un animal doméstico (perros y gatos, básicamente, para tener un hámster o una tortuga, una boa o un loro, un par de pescaditos, da lo mismo que te hagas otro tatuaje).
Si yo fuera presidente no existiría la doble escolaridad en los colegios ni públicos ni privados, y la jornada laboral tendría una duración máxima de 6 (seis) horas. La ley apuntaría a reforzar el tan ancestral como purificador hábito de contar con el tiempo necesario, desde la más tierna infancia, para rascarse las pelotas.
Si yo fuera presidente existiría un impuesto a la tristeza. Un impuesto que debería pagar la gente que está triste. Puede que eso consiga alegrarlos.
Si yo fuera presidente meter las patitas en el mar sería parte de cualquier tratamiento psiquiátrico.
Si yo fuera presidente los corredores de maratón podrían recibir similares penas a las de quienes cometan un homicidio, tendrían que ir a juicio y explicar muy bien por qué corrieron.
Si yo fuera presidente las personas mayores de sesenta años podrían presentarse en cualquier Farmacity y solicitar un vaso de vino tinto, con sólo mostrar el documento.
Si yo fuera presidente uno podría requerir a cualquier cajera del supermercado que lo masturbe mientras espera que le cobren su compra. El supermercado estaría obligado a capacitar a las cajeras para que den el servicio con cortesía no exenta de pericia.
Si yo fuera presidente se colocarían cintas transportadoras, como las de los aeropuertos, para desplazarse por las calles del centro. Existirían carriles con distintas velocidades de traslado.
Si yo fuera presidente a quien toca bocina se le cortaría una teta, o un huevo, según el caso. Después de dos bocinazos, se estima que la persona alcanzaría a percibir que quizás no tiene tanto apuro.
Si yo fuera presidente estaría terminantemente prohibido la utilización de los teléfonos celulares en la modalidad altavoz, manos libres, handy abierto, o como corneta se llame. Esa conversación no existe, por que no tenés nada para decir, ni vos ni el que está del otro lado, pelotudo.
Si yo fuera presidente todo el mundo estaría obligado a tener un animal doméstico (perros y gatos, básicamente, para tener un hámster o una tortuga, una boa o un loro, un par de pescaditos, da lo mismo que te hagas otro tatuaje).
Si yo fuera presidente no existiría la doble escolaridad en los colegios ni públicos ni privados, y la jornada laboral tendría una duración máxima de 6 (seis) horas. La ley apuntaría a reforzar el tan ancestral como purificador hábito de contar con el tiempo necesario, desde la más tierna infancia, para rascarse las pelotas.
Si yo fuera presidente existiría un impuesto a la tristeza. Un impuesto que debería pagar la gente que está triste. Puede que eso consiga alegrarlos.
Si yo fuera presidente meter las patitas en el mar sería parte de cualquier tratamiento psiquiátrico.