19.10.09

La física de tus sueños

El autor utiliza una explicación que yo desconocía, una explicación genial, para referirse a la imposibilidad que existan insectos gigantes. El asunto es que la masa se eleva al cubo cuando la disposición lineal se duplica.
Esto explica porqué no pueden existir cucarachas del tamaño de elefantes. Para poder tener ese tamaño, debieran tener patas de elefante, patas de cucaracha no serían suficiente para sostener el cuerpo, y eso le quitaría su característica de insecto. Estaríamos en presencia de otro tipo de animal.
Idéntica línea de razonamiento debieran transitar quienes fantasean con ser portadores, por ejemplo, de monumentales garompas. El peso de los huevos los destrozaría anímicamente.
Hay que tener cuidado con lo que se sueña. Nada, eso.

15.10.09

Sirena

El pescador sintió un tirón fuera de lo habitual. Eran demasiadas noches, demasiados años pescando en aquel desde siempre destartalado muelle de San Clemente, y ni en la época de los tiburones, aunque a decir verdad no eran cazones, pero tampoco eran tiburones, tiburones adolescentes podríamos decir, tampoco tiraban así. Podían cortar la línea con un brusco movimiento de cabeza, claro, pero no tirar así, sin intervalo, con tanta vehemencia.
Debían ser las tres de la mañana, y llovía fuerte. No había nadie, Víctor no se había querido quedar, ni ante al ofrecimiento de compartir media docena de empanadas y un poco menos de media botella de ginebra.
–Hace mucho frío, va a llover toda la noche –Víctor guardó sus cosas y se fue caminando despacio, hasta su herrumbrada camioneta que siempre parecía a punto de desfallecer, un último estertor antes de encenderse y arrancar.
Así que el pescador tiró y tiró, pensando que si era un tiburón, porque no podía ser otra cosa, la línea se cortaría en cualquier momento y entonces sí, se comería tres empanadas, se haría un último buche de ginebra, se iría a dormir. Aunque cada vez le costaba más dormir, eso sí que era un problema. Y no le molestaba mucho la pierna, así que no podía ser la pierna, pero quedaba acostado boca arriba, pensando por qué corno no se dormía. Recordaba fragmentos de su abnegada vida, inconexos, mezclados, incompletos episodios que se desordenaban en la mente como si fueran arrojados desde algún travieso cubilete.
Salió una sirena, como en los cuentos, cosa rara. Una preciosa y plateada sirena, con los pechos pequeños y redondos y una larga cabellera que hacía juego con su cola de pez. Ojos grises, tenía la sirena, y mirada tristona. Estaba muerta de frío, pero igual le sonrió. La envolvió lo mejor que pudo con su abrigo, y la alzó como si fuera una novia. Ella se colgó de su cuello, y apoyó la plateada melena contra su pecho. Llovía, más fuerte, y lanzó una especie de gritito cuando él quiso dejarla en el asiento trasero del 504, para volver por la caña y el resto de las cosas. Ella no estaba dispuesta a soltarle el cuello.
La llevó a su casa, le preparó un baño caliente y le dio de comer. Debía estar clareando cuando ella se vino a su cama y se acostó junto a él, el cabello de plata sobre su pecho de viejo.
Pasaron algunos días sin que se animara a contárselo a nadie, ni siquiera a Víctor, que le hizo un comentario, mientras jugaban al dominó. Le dijo que lo veía raro, que se había peinado, que algo le pasaba.
La verdad era que no podía hablar del tema. Además, quién iba a creerle. Una sirena, una sirena joven y divina, viviendo con él. Algo mágico, un milagro.
Pasaron los días, esperó que volviera la lluvia, porque la lluvia volvía siempre, otra vez. Era un invierno terrible. La gente que veraneaba en la costa jamás podría imaginar lo que era el invierno en esas mismas playas. Le dio un somnífero, en la cena, no muy fuerte. La cargó en brazos. Esperó en el auto, hasta que el muelle quedó vacío, hasta que los últimos pescadores perdieron las ganas. Entonces sí, la cargó en brazos, mientras la lluvia le golpeaba la cara. Hubo un relámpago que pareció abrir el cielo en dos. Las olas golpeaban el muelle con inusitado ímpetu.
Y la tiró al agua. Abrió los brazos, inclinándose un poco, la dejó caer, el contacto con el agua la despertaría de inmediato. La sirenita rompía las pelotas con locura, que la casa estaba hecha un asco, que no dejara las medias tiradas, que tomaba mucho, que nunca iban a comer afuera, le hacía acordar un poco a su ex mujer.
Volvió al auto y encendió un cigarrillo. En un mes como máximo se iba el frío, y volvían los pejerreyes.

11.10.09

Quesología

Se debe entrar a una quesería, o a una fiambrería, porque una fiambrería por su naturaleza intrínseca, aunque el cartel a la calle diga ‘fiambrería’, también incluye el rubro quesos. Dicho de otra forma, es muy raro encontrar un local que venda fiambres y no venda quesos. Busquemos en cualquier barrio, lo que digo es fácil de demostrar.
Se entra y se compra una horma de queso. El experimento, entonces, requiere de algo de dinero. El queso está caro. Se puede comprar prácticamente cualquier queso, aquí el experimento es laxo, puede haber preferencias pero no dogmas.
Puede ser un queso cremoso, queso fresco, un port salut, queso tipo mar del plata, o gruyere, o muzzarella, o porqué no roquefort. Sardo, fontina, provolone también.
Lo que sí es importante es la cantidad. No se debe comprar un pedazo de queso, sino un queso entero. Una horma, tres kilos, o cinco. Puede que en el queso elegido, al quesero, o al fiambrero, al que atiende, le falte justo un pedazo. Que de la horma en cuestión haya vendido, pongamos, medio kilo, o un poco más. Eso no me preocupa, no hay problemas, la horma sirve igual.
Entonces se debe tomar el queso con ambas manos, esto también es importante, quitarle el frágil envoltorio en el que uno recibe el queso, sacarlo de la bolsa o el papel o lo que fuera con la premura con la que se desabrocha un corpiño. No la cáscara, la cáscara es parte constitutiva del queso. Y uno debe empezar a comer. A dar mordiscos. Meter la cara de ser posible en el queso, los ojos, la nariz, y usar los dientes para arrancar un pedazo, pequeños trozos, masticar, desgarrar.
Lo mejor es estar de pie, en el centro de la quesería, o de la fiambrería. A lo sumo dar unos pasos, alejarse, y permanecer de pie, sobre la vereda. Para ser honesto, también se puede estar sentado, no altera en mucho el experimento. Lo importante es sostener el queso con ambas manos y entrarle con la cara, directo, como un desesperado.
Se debe hacer lo dicho durante un lapso que va entre los tres y los cinco minutos. No es necesario más. Sin pensar, un estado de no mente. Sólo queso.
Cuando, pasados los tres o los cinco minutos, se levante la vista, con la trompa pegoteada, llena de migas tal vez, de acuerdo al queso elegido, con las mejillas cubiertas de una particular grasitud, con pedazos de queso en una ceja o en la oreja o en el propio cuero cabelludo, se advertirá que hay un grupo de personas que lo están contemplando, a uno. Puede haberse formado un semicírculo que se mantiene a una prudencial distancia. Habrá gente de ambos lados de la vidriera, se habrán detenido varios automóviles. Habrá miradas de asombro, un poco de susto, toses, codazos, dudas. Pero nadie se estará riendo, ni una tenue sonrisa ni una carcajada franca, ni burla de ninguna especie. En el fondo de su ser ellos también saben que son unas ratas.

7.10.09

Fulgor

Cuando uno conversa con alguien, un sujeto, una persona, un individuo, advierte con excesiva facilidad, en la inmensa mayoría de los casos, que el sujeto en cuestión es un imbécil sin alma.
El sujeto o la sujeta es poco interesante, carece de sentido del humor, ni hablar de potencia expresiva. No le sucede nada más que un racimo de generalidades, no hay aspiraciones que superen la altura de un perro salchicha, ni desgarradoras tragedias. Predomina el gris. Cosas que a uno lo han atormentado a la edad de once años, serán ignoradas por el sujeto hasta casi finalizada su vida adulta.
Para resumir, habrá un poco de fútbol, un par de cumpleaños, un yogur que te hace cagar de inmediato, alguna crema para tapar las arrugas, según el caso. La mención de alguna playa.
Tal vez sea por eso que cuando me ves comprando un alfajor quedás perplejo, cuando me ves revolviendo un café con leche quedás apabullada, te parece que soy una de las personas más extraordinarias que viste en tu vida. Pero no te dejes engañar, no me asignes fantásticos atributos, ni descomunales capacidades. Es tu tremenda opacidad, yo casi no brillo.

3.10.09

Miles de kilómetros

Todos los domingos, en Buenos Aires, como en cualquier ciudad del occidente civilizado, hay carreras. La gente corre. ‘Maratón Nike’, ‘Maratón Adidas’, ‘Maratón Reebok’, ‘Media Maratón por Axel’, ‘Por Brian’, ‘La Carrera de Miguel’, ‘Corramos por Josecito’, ‘Por el transplante de Tatiana’, no sé. Entre diez mil y treinta mil sujetos integrantes de la población económicamente activa, entre dieciocho y cincuenta y cinco años aproximadamente, saludables, con cierto poder adquisitivo, con zapatillas de doscientos dólares, chicas con tetas y culos más o menos dignos, maricas de cráneos afeitados y modernas gafas que ocultan sus famélicas miradas, viejitos simpáticos con también simpáticas gorritas con visera, divorciadas, oficinistas, tristes en general, boludos en particular, salen a correr.
Yo llego temprano, dejo mi automóvil a unas cinco cuadras, y me instalo a un costado de la calle por donde van a pasar los corredores, a quinientos o mil metros del punto de largada.
Llevo una sillita plegable, una botella de whisky Grant’s que me voy sirviendo en un vasito de plástico, enciendo un purito cubano, llevo un libro, también.
Y me quedo ahí, sentado unos cuarenta minutos, nunca más de una hora, mientras la gente pasa sudando como conejos de angora, jadeando como jabalíes perseguidos, esa enérgica multitud de boludos sin alma.
Al pasar, al verme, algunos dudan, algunos quieren detenerse para golpearme o hacerme una pregunta, otros lanzan un chistido del más profundo desagrado, otros abren la boca para decir algo, pero siguen, tienen que seguir con su carrera.
Pasa un rato, ya he apagado mi puro contra el pavimento, me hago un buche más de whisky, me desperezo, y me voy caminando, con paso cansino. Comprobar que mi fracaso personal y único, que mi desesperación está hecha de un material demasiado denso para ser licuado en un maremoto de errantes boludos, es una de las cosas que mejor me ha hecho sentir en mucho tiempo. No te voy a decir que es mejor que coger, pero supera ampliamente al psicoanálisis y las terapias alternativas. Te genera un tremendo cariño hacia tu propia tragedia. Te sentís bárbaro, y encima falta poco para la hora del almuerzo.

27.9.09

Plan B

Te la hago fácil, lo vas a entender porque es fácil. Soy la persona ideal para cuando todo lo demás te salió mal. Soy perfecto para cuando todo lo que tenías planeado fracasó. Para cuando lo que podríamos denominar, si es que resulta preciso denominarlo de alguna forma, cuando tu plan A se va a la mierda, entonces, por motivos fáciles de entender aunque difíciles de explicar, me encontrás a mí.
Cuando te das cuenta que no se va a cumplir ninguno de tus sueños infantiles, cuando descubrís que tu tío te violaba a los once años, cuando encontrás a tu marido encerrado en el baño de servicio masturbando al Fox Terrier pelo duro de tu vecino del séptimo B, cuando te percatás que te casaste y tuviste tres hijos pero no podés dormir al lado de esa cosa que tenés al lado, nunca más, cuando captás que tenés la vagina más seca que una baldosa de porcelanato, cuando percibís que la felicidad se fue como una luz debajo de una puerta, cuando te das cuenta que te meterías un turrón en el culo y subirías a la terraza, justamente, con el turrón en el culo a cantar ‘satisfaction’ bailando igual, casi igual que Mick Jagger en aquel recital (Super Dome, New Orleans, 1981), cuando te pasa todo eso, cuando te pasan esas cosas, ahí aparezco yo.
Y te parece que todavía es posible, que un rayo de sol atraviesa los pesados nubarrones de tu tragedia personal e intransferible, que quizás te queden fuerzas para seguir adelante, que tan solo necesitás tomar aire, un par de cafés con leche, aún te queda una oportunidad.
Entonces te das cuenta que aquello que debió sucedernos, debió sucedernos antes. Te das cuenta que te equivocaste, que, como casi todo el mundo, te perdiste en el camino, no te fijaste bien y se nos hizo tarde. Y te enojás mucho, conmigo, es natural.

23.9.09

Te deseo lo mejor

Trabajo en una oficina, no quisiera entrar en detalles que pudieran herir la sensibilidad del lector, no quisiera ahondar en cosas que pudieran impresionar. Digamos, porque de alguna manera hay que decirlo, que soy jefe de un departamento, jefe de un sector compuesto por siete personas. No es algo que defina la historia.
Una de las personas del sector, al que llamaremos el sujeto A, me informa que va a dejar el trabajo, y como consecuencia el sector. Este muchacho, que ya no es un muchacho sino un tremendo repelotudo de treinta y tantos años, ha conseguido otro trabajo, y se va.
Son cosas normales que suceden en cualquier oficina, las oficinas se alimentan con determinada regularidad de carne fresca, alguien mejora, alguien huye, alguien comienza su particular e intransferible via crucis, alguien se va.
Le digo a A. las boludeces de rigor. Que fue bueno haber trabajado juntos, que todo el mundo tiene derecho a progresar, que le deseo lo mejor. A. tiene el natural entusiasmo de quien cambia de novia y cree que todo ha sido un error, que todavía puede recuperarse, ser feliz. Esos pequeños saltitos de ardilla que hemos dado en llamar ‘vida’, hasta que alguna fuerza superior nos de vuelta nuestras canoas hechas de precarias certezas y nos arroje a la mismísima mierda, demostrándonos que no sabíamos nada, que no teníamos idea, que ahora carecemos del talento o la suerte para volver a empezar. Lo normal.
Le digo a A., ya lo conté, que le deseo lo mejor. También le digo que sería bueno organizarle una cena de despedida, que sería bueno para el grupo, que me deje a mí.
Combinamos entonces el día y la hora, y le digo un lugar, le digo que yo me encargo, que soy el jefe, que organizar es mi especialidad.
Lo cito entonces para el jueves siguiente en un restaurante, a las nueve de la noche, un lujoso restaurante de la ciudad. Voy a ese restaurante, de hecho, y reservo una mesa para siete personas, dejo de seña el 30% de la consumición estimada, no importa el dinero, la reserva está hecha a nombre del sujeto, a nombre de A.
Entonces me reúno con los muchachos del departamento, los muchachos que trabajan conmigo, me reúno en ausencia de A. Y los invito a una cena, el jueves que viene, a esa hora, a las nueve. Pero los cito en otro restaurante. Les digo que no hablen de esto con A., ya que como A. se va de la organización, he decidido no invitarlo. Ya no pertenece al equipo, y yo debo hablar con ellos de cosas secretas, cosas que nadie que no pertenezca a nuestro sector debe escuchar.
Y llega el jueves, el jueves que viene que no va a ser más el jueves que viene sino el jueves, hoy. Recibo a los muchachos en el restaurante al que los he citado y les pido que apaguen los celulares porque quiero contarles algo, algo muy importante.
Mientras imagino a A., solo, en una mesa de siete personas, en medio de un restaurante lujoso y repleto de gente, esperando la llegada de sus compañeros que le han organizado una cena de despedida, preguntándose qué pasa mientras mira hacia la puerta y ruega por la llegada de cualquiera, de al menos uno, porque no entiende qué puede estar sucediendo, y un mozo se le acerca a preguntarle si desea tomar algo, un vaso de agua, mientras espera.
Yo pido vino, un par de botellas de vino caro, le digo al mozo que vamos a tomar el mejor vino, se trata de una ocasión especial.

19.9.09

La birome

Entro a un bar, a un bar de siempre, a uno de los bares de siempre en realidad, uno de los bares donde desayuno.
Me pongo de pie, de manera tan inesperada como tranquila. Hay poca gente en el bar, esa es quizás su única gracia. Es muy temprano.
Me acerco a una mesa, una mesa donde desayuna una parejita joven. El va de traje, hojea un diario. Ella es bonita, cabello corto, sin maquillaje, pulóver color salmón, orejas perfectas.
–No va a funcionar –apoyo las dos palmas sobre la mesa, entre un café con leche y un vaso de agua–. Ya están aburridos, y salen hace no mucho más de un año. Todavía dura un poco el sexo, pero se va apagando, siempre lo mismo. Date vuelta, o chupamelá. Por más que trabajes y trabajes, nunca vas a juntar la plata necesaria. Y vos querés tener un hijo, claro, porque vas para los treinta y te empezás a asustar. Pero también vas al psicólogo, y le contaste que te gusta un pibe de la facu, un peludo de barbita, y el psicólogo te dijo que le des lugar a tus sentimientos, que pruebes. Y cuando haya que ver quién se queda con el horno a microondas, siempre es triste, porque a la frustración se le suma el odio y uno se quiere descargar con la otra parte. Echarle la culpa al otro, para poder continuar.
Camino unos pasos, me acerco a otra mesa. Es un señor de elegante sport, cincuenta años, canoso, un reloj digno. Hay un maletín apoyado en el asiento libre de su mesa. El señor habla por celular.
–Es mentira –le apoyo una mano sobre el hombro, y se sobresalta–. El negocio no va a salir nunca. Fuiste un buen vendedor de cortinas para baños o máquinas de coser, pero fue hace mucho. Te quedaron dos trajes, y esa camisa no da más. Seguís creyendo que te queda una vuelta más en la calesita de la vida, seguís esperando en el andén un tren que no va a pasar. Ahora viene la vejez, sin guita. Y un hijo que te desprecia. Podés aceptar el cocker que te quiso regalar la vecina del quinto, y sacarlo a la noche a caminar.
Hay otra mesa, una chica flaquita, leyendo un libro de Cortázar de tapas mordidas. Se baña poco, tiene el cabello muy sucio, pero sus tetas son redondas y firmes.
–No te lo creés ni vos –con un ínfimo movimiento la obligo a apoyar el libro abierto sobre la mesa, aunque no lo suelta–. Estás repodrida de leer, de vivir alquilando con tres amigas de la facultad. Podés recitar páginas enteras de ‘Rayuela’, de memoria, y aún así nadie te invita a cenar. Los chicos del barrio tocan la guitarra, quieren coger veinte minutos, media hora como mucho, y escapar. La vida de bohemio es preciosa en las películas, pero ahí a la vuelta espera la realidad hecha de bombachas con elásticos vencidos y heladeras viejas que hacen una bocha de hielo imposible de romper. Quizás convenga que vuelvas a casa, con los papis, a tomar mate, ver novelas, descansar.
Vuelvo a mi mesa, me siento. Es que perdí la birome, no me di cuenta. El café está frío. Yo si no escribo me pongo mal.

15.9.09

Mi papá se muere

La historia tiene muchas aristas, algunas demasiado tristes para ser contadas. La historia, como todas las historias, como corresponde, tiene muchas aristas, pero quisiera concentrarme en una en particular.
Mi papá se muere. Mi papá se está muriendo, sin remedio. Es cáncer y es un ACV y es todo una mierda y es todo lo demás. Lo acaban de operar, con evasivas, con ese lenguaje tan particular que tienen los médicos, donde todo lo malo puede suceder, volverse más malo, y cuando uno pregunta qué pasa si todo sale bien, cuando uno pide que le cuenten el resultado positivo para que entonces valga la pena jugar, los médicos, el médico, se limita a hacer silencio y a mirarte de una forma que le deben haber enseñado en la facultad.
–Usted tiene que entender que la no progresión de la enfermedad debe ser vista como un resultado positivo –dijo el médico. Y a mí me dieron ganas de decirle que mi papá era una buena persona y que la salud es la ausencia de enfermedad y que yo podía tranquilamente meterle el estetoscopio en el culo y luego escucharlo por dentro, sólo porque era injusto que un médico no pudiera hacer nada para salvar a mi papá, y tampoco tuviera tres gotas de sensibilidad en todo su organismo para poder explicarlo.
Entonces operaron a mi papá, que ya no iba a despertarse nunca más, y estamos en uno de los días en que mi papá yace en coma y yo llego al hospital para escuchar el parte médico y hablarle a mi papá al oído y decirle que lo quiero mucho y que las cosas van a mejorar aunque sé que no es verdad.
Llego al hospital, y el médico está saliendo con su auto. El auto es un Volkswagen Gacel 1995, blanco, sucio. Tiene uno de los ventiletes laterales, la luneta triangular del lado del conductor, no sé cómo poronga se llama ese pedacito de vidrio, rota y pegada con cinta adhesiva.
Me acerco. El médico asiente en una especie de saludo, como diciendo ‘no hay novedades y qué le vamos a hacer es la vida’.
–Vos no podés salvar a nadie, boludo –golpeo con un nudillo el inexistente cristal–. Si hubiera visto qué auto tenés, jamás te hubiera dejado operar a mi papá.
Sé que lo he tocado, lo veo en su rostro, es tan necesario que todos sepamos que fuera de nuestra estricta área de cobertura somos apenas un boludo más. Y entonces me doy vuelta, subo las escaleras como si tuviera un millón de años, me seco las lágrimas con un antebrazo porque no quiero que mi mamá me vea llorar.

11.9.09

Lo normal

Desde siempre, desde chico, y la adolescencia, cuando importa, cuando duele, mucho más, me pasa algo, me pasa lo siguiente, me pasa lo que voy a tratar, sin aburrirte, de explicar.
Si yo entraba a un aula, en el colegio, o en un curso, o a un gimnasio, o a una discoteca, no importa el lugar. Lo que importa es que yo entre, me incorpore, a una situación donde hay, como en tantas situaciones a las que uno se quiere incorporar, un grupo de gente.
Lo normal, entonces, me desvío, me aparto pero ya vuelvo, es mi manera tan particular y exquisita de hablar, lo normal, decía, es que alguien ingrese a un lugar, y la mitad de la gente, pongamos un sesenta por ciento de la gente, sienta una tenue indiferencia por la persona en cuestión, no le preste mayor atención, no le de mayor importancia ni le genere interés la persona que acaba de ingresar. La otra mitad, pongamos el cuarenta por ciento restante, puede manifestar una también débil curiosidad, algo de interés por conocer al nuevo sujeto, siempre alguien nuevo refresca un poco el ambiente, mueve el agua, miremos qué dice, su manera de actuar.
Pero conmigo no, conmigo nunca fue así, jamás tuve esa oportunidad. Cuando yo hacía mi ingreso, mi aparición, sucedía algo tan sintomático como instantáneo.
El noventa y dos por ciento de los presentes me odian con todo el alma, me odian con énfasis, me desprecian profundamente, sin motivo (debo recordar, es preciso, que los presentes a los que me refiero en el precario ejemplo, no me conocen todavía). El tres por ciento de la gente me ama, siente que soy el nuevo mesías por tanto tiempo esperado, sienten que soy un tipo entretenido, con una contundente pija, un sabio, un buda, un genio de nuestro tiempo, aunque si les preguntaran por qué desde luego no tendrían nada para decir, no lo podrían explicar. Al cinco por ciento restante le da lo mismo si me tiro un pedo o si me pongo a cantar un tema de Leonardo Favio (‘Aquella noche de verano’, para ser más exacto. No, no dije el tema ‘Fuiste mía un verano’, dije ‘Aquella noche de verano’, hay cosas donde la precisión debe imperar, por favor no te confundas).
Las características, los grupos descriptos, tienen el curioso atributo de lo definitivo. Nada que yo haga hará que alguien que me odie pase a amarme, o al menos logre resultarle indiferente mi persona. Eso no pasa nunca, y por lo tanto, me permito decir que no puede pasar.
Te lo cuento para que entiendas que lo que te ha sucedido conmigo, el desbordante y por qué no descomunal odio que te genero es algo absolutamente lógico, me atrevería decir normal. No luches contra eso, tampoco yo pienso hacer el mínimo esfuerzo para remediarlo. Tu odio es un dato revestido de la más pura lógica estadística. Me parece bien, dejémoslo estar.

*http://www.youtube.com/watch?v=hafT7mCvXN0

7.9.09

Mala racha

Las cosas no me salen.
Fracaso en campos donde solía desenvolverme con absoluta solvencia.
Me tropiezo, estornudo, tiro gaseosas. Molesto, interrumpo, salpico, empujo, mancho.
Estoy, así me lo dicen, más viejo, más gordo, más pelado.
Los gatos del parque no dejan que los acaricie, los perros me muestran los dientes, me ladran, como si les hubiera quitado algo.
Los ladrones se rehúsan a robarme, los mendigos que piden dinero, que mendigan, se callan cuando paso, se repliegan contra la pared, esconden la mano.
Nadie intenta venderme nada. Nadie me ofrece un fantástico descuento. Las cajeras de supermercado bajan la vista y me cobran lo más rápido posible.
Nadie me toca bocina y acelera para atropellarme con su automóvil, nadie me para por la calle para decirme que fuimos juntos al colegio secundario.
El sol brilla menos. La lluvia no me provoca el acostumbrado entusiasmo.
Soy un genio, como siempre, soy genial. Pero las cosas no me salen.

3.9.09

Mandarinas

Paso por una verdulería. La verdulería, también es una frutería. Los locales que venden verdura, suelen vender, también, fruta. Son cosas que parecen apoyarse en la tradición, han sido así, desde siempre, conviene no preguntar.
Tengo que ir al trabajo, para eso he salido a la calle, pero me detengo. Hablo por unos instantes con el verdulero, que también es el frutero. Le pregunto por un cajón de mandarinas, de diez kilos. Sí, lo quiero comprar todo. Negociamos un poco el precio, regateo pero sin convicción, sólo porque es lo que se espera de mí. Llegamos a un acuerdo.
Agarro el cajón de mandarinas, y me siento en el cordón de la vereda, a escasos tres metros de la verdulería, que también es frutería. Saco todas las mandarinas del cajón, y me pongo a pelarlas. De a una. Con bastante cuidado, con bastante atención.
Lleva tiempo, son muchas mandarinas. Deben ser ochenta mandarinas, o cien. La gente me mira. Lucho con las mandarinas, el aire se impregna de un característico olor.
Después de unos buenos veinte minutos, he concluido la operación. Vuelvo a colocar, prolijamente, todas las mandarinas dentro del cajón. Me guardo las cáscaras, los pedazos de cáscara, dentro de los bolsillos, del saco, del pantalón.
Me acerco a la verdulería, que también es frutería.
–Te lo dejo –le digo al sujeto que me vendió las mandarinas, y le paso el cajón.
El sujeto me mira con una curiosa mezcla de fastidio y resquemor.
–No entiendo –repite– ¿Me las dejás?
–Sí –digo.
–¿Y para qué querés las cáscaras? ¿Por qué no te comés las mandarinas? No entiendo qué te pasa.
–No como mandarinas, no me gustan las mandarinas. Me gusta el color.

31.8.09

Un arco iris en mi axila derecha

Farmacia. Me dirijo directamente al fondo del local, paso por un estrecho pasillo donde venden productos para que el pelo púbico te quede lacio, productos para que los huevos te huelan a caléndulas, productos para que la piel de la vagina adquiera la textura de la cáscara de durazno, productos para que el agujero del culo te brille como si fuera de bronce, y así.
Necesito un medicamento, un medicamento en particular, una crema que me ha recetado una doctora hace mucho, pero aún recuerdo el nombre (del medicamento, no de la doctora). Tengo una extraña patología: la axila derecha se me pone roja primero, verde después, me salen puntitos naranjas y violetas, un festival de color. La doctora me explicó aquella vez, que podía ser un virus, podía ser un hongo, podía ser una bacteria. La doctora, después de haberse pasado unos buenos siete años en la facultad, no tenía la más puta idea de lo que me sucedía, y entonces me había dado una crema para comprar tiempo y esperar así que se me pasaran las manchas, que se aburrieran y se fueran, o que te pasara, a vos, al paciente, en este caso a mí, algo peor. La medicina no es mucho más que una maniobra distractiva.
Llego al mostrador. Me atiende una bioquímica petisita, de pelo recogido y un fastidio que supera su estatura. Quería ser doctora, probablemente, quería ser feliz, no pasa nada. Es joven todavía, está triste, cree que tal vez jugando al tenis se le pase, o haciendo un curso de teatro, no, mejor de fotografía.
–Buenos días, señora –digo.
–Mdía.
–Necesito Pichuleishon –el nombre de la crema no importa, no hace al corazón de la historia, no quita ni agrega. No puedo dar información tan confidencial, tan privada. Por favor, no me comprometan.
–¿Loción o crema? –consulta una computadora. Teclea con sus ínfimos dedos.
–Crema.
–¿Chica o grande?
–No sé –digo, porque no sé–. Grande.
–¿Tenés receta? –sigue mirando un monitor. El monitor es viejo, y está muy sucio. Podrían limpiarlo, con alcohol por ejemplo.
–No.
–Tenés un descuento del quince por ciento por el plan ‘Salud para todos’.
–Me parece bien. Salud para todos me parece muy bien.
–Llename esta ficha con tus datos –pone la crema en una bolsa, cierra la bolsa con un cierre hermético, una traba que garantiza que yo no me pueda poner la crema, en la axila o en los huevos, en mi trayecto hacia la caja registradora.
–¿Qué?
–Que me llenes la ficha con tus datos. El precio es treinta y siete pesos.
–No.
–¿Qué? –se da un tirón en el pelo, y una patadita. No entiende que alguien no quiera hacer lo que ella ordena.
–No, te dije. Prefiero no llenar ninguna ficha.
–¡Entonces no puedo hacerte el descuento! –da un saltito, apoyando las manos sobre el mostrador. Es bajita de verdad.
–O sea que no hay salud para todos –digo.
–¡Sí! Hay Salud para todos. Son cinco datos, nada más.
–No. La verdad que no tengo ganas de escribir nada.
–Dictame, yo lo completo –agarra la birome con sus manitas de hámster. La birome es verde, y está muy mordisqueada.
–No me entendiste. No quiero decirte quién soy, ni dónde vivo, ni mi teléfono. No quiero decirte nada.
–¡Mentime! –se ríe, cree que finalmente hemos llegado a un acuerdo– ¡Decime cualquier cosa! ¡Inventá un nombre!
–No –me pongo más serio todavía–. Yo no miento. Al menos en los temas relativos a la salud. Ahora si estuviéramos en un bar, si yo estuviera tomando un whisky, si existiera la más remota posibilidad de ir a coger, bueno, eso ya sería otra cosa.
–¡Entonces no tenés el descuento!
–O sea que sería una salud para todos, menos para los que no llenan la ficha. Entonces habría que cambiar el nombre del plan. El plan podría llamarse Salud para todos, pero a veces con descuento, y a veces sin descuento. Para simplificar, podríamos decir que el plan debería llamarse: Salud para todos los que tengan dinero. ¿Te parece?
–Sin descuento la crema te cuesta cuarenta y nueve pesos.
–Me parece bien. –Doy media vuelta, con la bolsa, con la crema en el interior de la bolsa.
–¿No querés el descuento?
–No, quiero el medicamento. No quiero el descuento, si quisiera el descuento te hubiera pedido el descuento, pero no creo que el descuento me cure, en cambio el medicamento, la crema, ya me curó una vez, así que elijo recostarme en la experiencia. El descuento es mentira, el descuento es parte de la enfermedad, el descuento jamás curó a nadie, ya estás grandecita, entendelo de una vez.

27.8.09

Mirá, mirá

Fuimos a comer. A un restaurante, un restaurante cualquiera, de barrio, una de las cantinas a las que solíamos ir, de novios.
Puse una mano sobre la jarrita de agua.
–Mirá –le dije. Cerré los ojos un instante, con mi palma sobre el recipiente, y el agua se transformó en vino. En Saint Felicien cabernet merlot, para ser más exacto. Una señora sentada en otra mesa dio un saltito hacia atrás y casi se cae de la silla.
–Mirá –le dije–. Puse una mano, la misma mano, mi mano izquierda, sobre la panera. Era una panera de plástico verde, verde clarito, con una servilleta de papel en el fondo, y miguitas, nada más que miguitas. Cerré los ojos, otra vez, con la mano dentro de la panera, los dedos extendidos, pero sin tocar la servilleta, lo que equivalía a decir que la mano quedó suspendida por un instante a unos tres centímetros de la servilleta, de las miguitas. Y aparecieron panes, panes recién horneados, crujiente pan francés, pancitos negros, pancitos redondos saborizados con cebolla, con queso, con ajo. Aparecieron demasiados panes para la panera. Rodó un pan y cayó al piso.
Vino el mozo con el pedido. Agnolottis de ricota y nuez para mí, con pesto.
–Mirá –le dije. El mozo tenía el hemisferio derecho del rostro absolutamente quemado, esas manchas de nacimiento, mitad quemadura, mitad púrpura en todas sus gamas. Costaba mirarlo. Apoyé la palma, la palma de mi mano izquierda sobre la piel calcinada de su rostro. Se hizo un silencio, pero el hombre cerró los ojos y abrazó la bandeja vacía contra su pecho. Apoyé la mano, toqué la piel, y desapareció la mancha, se alisó la piel, su rostro volvió a brillar. La chica de la caja tuvo que aferrarse al mostrador para no caerse. Los integrantes de una mesa se pusieron de pie, alguien aplaudió, cayó una cuchara. El mozo se miraba el rostro en uno de los espejos del salón, y lloraba.
–Sí, está bien –dijo ella–, pero me prometiste que ibas a cambiar el auto.

23.8.09

Solo, y mal acompañado

Me molesta la gente que habla muy fuerte en un bar o en un transporte público, con alguien en persona, o por teléfono. Me molesta la carita que ponen cuando gritan por un teléfono celular barato y pegado con cinta adhesiva, dando instrucciones para que alguien saque del freezer los ravioles para la noche pero igual no, no recuerdan si queda salsa pomarola, y lo dicen como si tuvieran la hermosa cortesía de permitir que el resto de los presentes nos enteremos que les va muy bien, que su vida está plagada de situaciones de tamaña relevancia.
Me molesta la gente que pide ‘una lágrima’, en un bar, porque es casi nada de café y, por cuantificarlo, por ponerlo en números, noventa y tres por ciento de leche, y entonces casi no se puede sentir el café, entonces significa que no están tomando nada.
Me molesta la gente que tiene paraguas y piloto y buzo antiflama y zapatos antideslizantes y jamás te cederían el carril interior de la vereda, aunque vean que vas descalzo y en musculosa, y sonríen de lo precavidos que han sido, de cómo la lluvia no los moja.
Me molesta la gente que se detiene en la calle porque hay una promoción de cualquier cosa, queso untable o bebidas energizantes o crema para fortalecer la piel del talón o la vagina, y están dispuestos a olvidar todo, incluso para qué se despertaron esa mañana o para qué bajaron a la calle, con tal de conseguir algo gratis.
Me molesta la gente que mira tu carrito del supermercado con la boca abierta y codean a su triste marido/esposa, y señalan con un dedo, y ponen una expresión, mitad fastidio, mitad odio, porque no pueden entender cómo vos comprás lo que comprás, y por qué nunca coincide con lo que ellos compran, y eso es muy molesto, eso tiene sin dudas tremendas implicancias, terribles significados.
Me molesta la gente que llega a un lugar, a una tintorería o a un hospital, y estás vos, te están atendiendo a vos, en mesa de entradas, en informes, o el japonés te está terminando de cobrar, y la persona comienza a hablar por encima de tu espalda, como si vos no estuvieras, o como si estuvieras pero aún así no contara, porque no hay nada más importante en el mundo que la propia necesidad.
Me molesta la gente que corre y mientras corre te odia porque vos sólo querés caminar, me molesta la gente que se hace un tatuaje de un caniche toy sobre la nalga derecha o se atraviesan una fosa nasal con un alfiler de gancho y creen que han hecho algo comparable a un disco de Thelonious Monk, me molesta que alguien cree que sabiendo cuánto tenés de colesterol, o si te gusta la Fanta, con eso es suficiente para saber quién sos, en qué categoría estás.
Lo que te quiero decir es que me molesta la gente, sin importar mucho el motivo.

19.8.09

La marca del whisky

Me viene a ver un amigo. Mi amigo L. A mi amigo L. lo acaba de dejar la novia. La novia de L. era lo mejor, según L., que le había pasado en la vida, la vida de L. Cuando L. conoció a su novia, uno o dos años atrás, me acuerdo que L. vino y me dijo ‘esta mina es lo mejor que me pasó en la vida’.
Ahora la novia de L. lo dejó, lo que viene a confirmar la vieja teoría que dice que lo mejor que te pasó en la vida ya te pasó, o te está pasando, mientras lo estamos diciendo, pero la naturaleza intrínseca de lo que te está pasando es que va a pasar, tiene destino de pasar o ser parte sustantiva del pasado, y cuando algo pasa a formar parte del pasado es porque entonces, al mismo tiempo, dejó de ser parte del presente, y entonces, al mismo tiempo también, uno descubre que lo que te pasó no está pasando más, lo que te pasó, por decirlo de alguna forma, ya no te pasa.
–Me dejó –dice L. y se sienta, pero no se sienta, se desmorona en el sillón esperando que el sillón lo contenga, lo anime de alguna forma, le de motivos para seguir adelante–. Me voy a suicidar, Juan.
–¿Cuándo? –Le pregunto.
–¿Eh?
–Cuándo, digo. Cuándo te vas a suicidar.
–No sé, esta noche –saca un cigarrillo, pero no tiene fuerzas para encenderlo. Cuelga el cigarrillo de sus labios, y allí permanecerá por lo que dure la charla.
–¿Cómo?
–¿Eh?
–Cómo, dije. Cómo te vas a suicidar.
–Me voy a emborrachar. Voy a tomar whisky, hasta quedar inconsciente. Y tengo pastillas, tengo un frasco lleno de pastillas, para darme un refuerzo, para estar seguro que no me voy a volver a despertar.
–¿Cuánto whisky compraste?
–No sé, debo tener una botella en casa.
–¿Qué marca es?
–¿Eh?
–Qué marca es, el whisky.
–Old Smuggler, creo. O Ballantine’s. Había un Ballantine’s que me regalaron para fin de año.
–¿Y dónde vas a estar?
–Eh. No sé.
–¿En la cocina? ¿En el comedor?
–En el comedor, en el comedor tengo la tele.
–¿Y cómo vas a hacer?
–¿Cómo voy a hacer qué?
–Cómo vas a hacer para suicidarte.
–Me voy a sentar en el comedor, después de cenar. Me voy a sentar en el comedor, en calzoncillos, a mirar la tele. Y me voy a tomar el whisky. Media botella de whisky, primero. Ahí me voy a clavar las pastillas, tengo dos cajitas de rivotril, de dos miligramos. Y voy a seguir tomando whisky, hasta quedar inconsciente.
–Y te vas a morir.
–Y me voy a morir.
–Bueno, está muy bien.
–Por qué me hacés tantas preguntas, Juan. ¿Vos creés que ella va a volver? ¿Vos creés que no tengo que matarme?
–No creo que vuelva, para decirte la verdad. Tu mina siempre me pareció una repugnante conchuda. Pero vos sos un tipo muy desprolijo. A mí me parece que para matarte deberías haber pensado un poco más la marca del whisky, qué programa de televisión vas a estar viendo, qué vas a cenar antes. A mí me parece que el problema es siempre el mismo, acá todo el mundo debería prestar un poquito más de atención a los detalles.

15.8.09

Una profunda fe

El comportamiento es por demás sencillo, cualquier mamífero mediano, cualquier animal lo entiende con inusitada rapidez, porque en verdad lo sabía de siempre, de antes.
Primero está el esfuerzo, el incordio, la mínima proeza requerida, y luego, al final, está el premio a ese ahínco, la recompensa.
Así funciona entonces, son milenarias pautas de conducta.
No hace falta insistir, pero permítanme insistir, con un ejemplo. Fijar los conceptos de unívoca manera. Cualquiera de ustedes lo ha visto infinidad de veces, por televisión al menos. Está el estanque, está la foca. Se le pide, entonces, a la foca, que proceda, que haga su pirueta, su gracia, que pase a través de un aro sostenido en el aire o que cabecee una multicolor pelota. Una vez hecho esto, el que dirige la prueba, el humano, que tiene un balde cargado por ejemplo de sardinas, le arroja, a la foca, lo que la foca quiere, una sardina. Cada uno ha cumplido con su parte del trato, y se puede continuar. Esfuerzo, recompensa, y así. Lo que acontece entonces podría ser denominado, si es que es preciso denominarlo de alguna forma, sardinear.
Acá llega la magia, lo mágico.
Voy a ver a una prostituta. Toco timbre, subo al departamento. La prostituta me recibe, me saluda. Me dice ‘mi tarifa son trescientos veinte pesos la hora’, por ejemplo. Entonces yo saco cuatrocientos pesos y se los entrego.
–Voy a buscarte el vuelto a la cocina –dice, para terminar con la parte monetaria, dejar la plata a resguardo, y proceder con el servicio. Tiene un culo importante, un culo para salir a dar una vuelta en culo y olvidarse de todo lo demás. Tacos plateados de quince centímetros, medias de red.
–No, está bien así –digo, y sonrío, apenas.
Es entonces donde hemos ingresado en un plano absolutamente diferente. Hay confianza, hay comprensión, hay un acto de fe, la lógica de esfuerzo-recompensa ha sido quebrada y eso provoca el más absoluto de los desconciertos. No se trata de ‘comela toda y después te doy alguito más de plata’. No. Es un salto al vacío, es apostar a lo bueno del otro aún en las circunstancias más abyectas.
Esto hará, volviendo al ejemplo del principio, que la foca de lo mejor de sí, que salte y se esmere como nunca, más allá del reglamento. También, puede ser, es posible, que la foca, obtenida la sardina primero, satisfecha su inquietud, opte por no hacer un carajo, presa de un indolente sopor. En ese caso no tiene solución, hay que matarla.

11.8.09

Te presento a Esteban

Ella viene a verme. Viene con su novio. Trae a su nuevo novio, o quiere presentarme a su nuevo novio, quiere que lo conozca, no es clara la situación, pero estar en situaciones no claras se ha transformado en una de mis impensadas destrezas.
–Mirá –me dice–. Te presento a Esteban.
–Hola –digo.
–Hola –dice Esteban. Es un muchacho de aproximadamente treinta años. Quizás veintiocho, quizás treinta y dos. No es ni gordo ni flaco, ni demasiado alto, ni bajito, va prolijamente peinado con raya al costado y vestido con pulcritud. Tiene un teléfono celular en una mano.
–Esteban es mejor que vos, mucho mejor que vos –dice ella.
–Sí –digo yo. No es muy difícil lograr eso.
–Esteban gana más plata que vos, tiene un buen trabajo. Es gerente.
–Sí –digo yo. Puede que Esteban sea gerente de algo, gerente de cualquier cosa, cómo saberlo.
–Esteban es más flaco que vos. Se hizo un análisis el otro día. ¿Sabés cuánto le dio el colesterol?
–No, no sé.
–Uno punto treinta y tres. ¡Uno punto treinta y tres!
–Qué bueno –digo. Pienso qué lindo sería no tener colesterol, como quien piensa qué lindo sería estar caminando por la playa, descalzo, como quien piensa en algo que queda lejos.
–Esteban tiene pelo. Tiene flequillo. Mirá.
Miro. Es verdad. Esteban tiene pelo, todo hace suponer que el pelo permanecerá sobre su cabeza por mucho tiempo más. Es como pasto, su pelo, no es verde, no, pero crece con ese vigor, esa vegetal vehemencia.
–Esteban coge mejor que vos. Coge despacio, pausado. No se agita. Cuando terminamos de coger me pregunta si la pasé bien, si quiero un vaso de agua. No tira el preservativo para ver si queda pegado contra la puerta del armario, no toma whisky de la botella.
–Entiendo –digo, porque se entiende lo que ella dice.
–Esteban es cariñoso –dice ella–. Dos o tres veces por semana aparece con bombones, o con flores. O me dice ‘te traje una sorpresa’.
–Una sorpresa –digo yo.
–¡Sí, una sorpresa! –dice ella–. Y entradas para ir al teatro, o a un recital. A Esteban le gusta salir.
–Le gusta salir –digo yo.
–Esteban hace planes conmigo –dice ella–. Armamos vacaciones juntos. Vamos a una playa, y sacamos fotos. Muchas fotos, y las tenemos en la compu. Queremos convivir. A Esteban le gustan los chicos.
–Los chicos no tienen la culpa de nada –digo yo. En lo personal prefiero los animales, me llevo mucho mejor con los animales que con las personas, pero los chicos son una gran cosa.
–No te voy a decir que es perfecto, no, nadie es perfecto –dice ella–. Si lo mirás bien tiene una expresión de tristeza en el rostro, un rictus triste.
–Debe ser cuando está con vos, nada más –digo. A mí me pasaba.

7.8.09

Me voy a morir

El doctor me dice que me voy a morir. No hay nada que hacer, los estudios son muy claros. Hay manchas que no deberían existir, hay indicadores que deberían estar bajos, y están altos, hay indicadores que deberían estar altos, y están por el piso.
–No tiene sentido operar –dice el doctor, y niega con la cabeza. Una célula muta y se manifiesta como sólo una célula es capaz de hacerlo, con esa química imprevisibilidad, algo se altera, algo se tapa, algo se corre de lugar, ya está.
–Conviene que esté calmado, tómese vacaciones, disfrute sus últimos días –dice el doctor. No importa todo lo que no hiciste, no importa todo lo que deberías hacer. Es como una mano de black jack. Te pasaste, te quedaste sin fichas, terminá el whisky y andá.
Quiero hablar, de verdad quiero decir algo, pero no tengo fuerzas. Siento que me laten las plantas de los pies en contacto con el piso, a través de mis zapatos, y no mucho más. Es un tornado. Uno se queda quieto porque no sabe por dónde empezar. Te tapa la ola, se te hace imposible respirar.
–Usted es el señor Thousand –el doctor revisa un manojo de papeles–. Juan Thousand. ¿No?
–No –digo en un hilo, un graznido, extraño mi voz–. Mi nombre es Hundred, Juan Hundred.
–Uh. Espere afuera, por favor, ya lo van a llamar.

3.8.09

O ser millonario

lo único que hace falta es
genuina desesperación.

nada de: doctor, no sé qué me pasa,
siento que la vida no tiene sentido.

pero mire qué novedad, estimado paciente.
¡eso lo sabe cualquier pelotudo!

insisto: lo único que hace falta,
lo único realmente necesario es
la desesperación.

estar desesperado es una religión, un motor,
una forma de ser, un estilo de vida.

estar desesperado es una postura filosófica,
una manera de rascarse la cabeza, una actitud
con la cual enfrentar una hecatombe nuclear o
un sándwich de queso untable, ajo y salchichón.

estar desesperado es el tic tac del reloj.
es revolver los bolsillos
y silbar esa canción.

es, incluso, grata compañía.
y una birome, please.

31.7.09

Beato

El proceso de beatificación, según detallan los especialistas, es extremadamente complejo. Exige cumplir una meticulosa cantidad de requisitos de los cuales, el más relevante, es el de tener, al menos, un milagro comprobable.
En mi caso personal, recuerdo que cuando te apoyé el pito en la frente, te hice sonreír. Hacía mucho tiempo que no estabas contenta y te sentiste mejor, casi de inmediato.
Conste en actas.

27.7.09

Medalla de bronce

La competencia consiste en ver quién es el hombre más fuerte del mundo. Es más, con ánimo de ser taxativos, supongo, para no dejar dudas, la competencia se llama ‘El hombre más fuerte del mundo’.
La competencia implica juntar ocho o diez hombres de diversos confines de la tierra, puede ser Mongolia, puede ser Uzbekistán, puede ser Polonia, y que compitan. Que compitan para ver quién es el hombre más fuerte del mundo.
Las pruebas radican en disciplinas de lo más diversas: levantar unas inmensas bolas de concreto, de cien kilos o más, y apoyarlas sobre una tarima, levantar y empujar y dejar caer y volver a levantar unas gigantescas ruedas de tractor de más de dos metros de altura, colocarse una soga a la cintura y arrastrar un camión de doce toneladas, sostener en el aire por sobre la cabeza el tronco de un árbol durante la mayor cantidad de tiempo posible, cosas así.
La multitud ruge de entusiasmo, aplauden, gritan, mientras los hombres exhalan su último aliento, o les explota una rodilla, o se les corta un bíceps. Y siguen, porque lo importante es seguir.
Hay allí puesta una energía, un empeño, suficiente para lograr que la tierra se detenga y comience a girar en sentido contrario. Existe allí la fuerza para mandar un cohete a la luna de una patada en el culo y decirle que vuelva.
Y mientras todo eso sucede, yo pienso en Beethoven o en Mozart, en alguno de esos chicos capaces de componer una sinfonía a los once años, en Bobby Fischer, saliendo campeón de ajedrez de los Estados Unidos cuando un pibe de su edad todavía no ha terminado el colegio secundario, pienso en Picasso, en Dalí.
Pienso que después de la suerte, lo mejor es el talento, y tal vez después venga el esfuerzo, pero no creo que sirva, no tiene gracia, no así.

23.7.09

Esa luz

Bajo al subte, Chacarita. Paso el molinete sin prestar atención. Viajar en general, viajar en subte en particular, consiste en esperar. Esperar y no mucho más que eso. Ir de un lugar a otro con mucha gente, entregarse, rendirse, dejarse llevar. Por lo general estoy con un libro en la mano. No me importa demasiado lo que diga el autor, no me importa demasiado el libro, pero me importa mucho menos la realidad. Leo en el andén, un par de páginas, leo en el vagón, quizás cinco páginas más. Se trata de no mirar a la gente, de no ver ese fracaso que se te pega como una lapa y no se te va más.
Entro al vagón, sigo leyendo.
–¡Aleluya! –grita alguien, un hombre de camisa a cuadros con un diario en la mano, casi enseguida. Pero no importa. En el subte hay gente que vende cocaína o yogures, gente que grita o que llora o cae muerta, gente que toca el acordeón o tiene el rostro quemado con kerosene por un familiar directo. No pasa nada, es un ratito Bombay.
–¡Es el maestro! –Una mujer cae a mis pies y se aferra, literalmente, a mi tobillo derecho. Apoya su frente sobre mi empeine. Debo tomarme de una manija para no caer.
–¿Señora, se siente bien?
Tres mujeres se persignan. Un hombre bastante calvo revuelve sus bolsillos y me arroja dinero, billetes, hasta la última moneda.
–¡El mesías! ¡El mesías! –grita una adolescente que está, para ser franco, a pesar del fatídico piercing, bastante buena. Y señala mi cabeza, un poco más arriba, dibuja en el aire, con un índice que termina en una uña pintada de azul, un círculo, un aura, un brillo que al parecer me cubre y resplandece.
–¡Tiene la luz! ¡Es Sai Baba! ¡Es Cristo! ¡Es Krishna! –Otra mujer se pone a llorar. Un hombre se cubre la cabeza con el portafolio, parece como si quisiera meter la cabeza dentro del portafolio, pero del portafolio caen cosas, carpetas, biromes, un desodorante en barra.
El subte se detiene, en Malabia. Todos aplauden. De pronto todos aplauden. La gente mira por encima de mi cabeza, unos quince centímetros por encima de mi coronilla, se quedan con la boca abierta, las manos en alto. Alguien se desmaya.
Trato de seguir leyendo, de hacerme el desentendido, pero es imposible. Esta mañana me lavé la cabeza con un champú diferente, es lo único que recuerdo. Qué les pasa.

19.7.09

¿No te das cuenta?

Es muy temprano. Camino por la calle. No sé por qué camino por la calle, tan temprano, o sí lo sé. Tengo que hacer algo, alguien me pidió sangre para un familiar, y yo soy de la teoría que quien no te pide sangre, te pedirá dinero. Prefiero que me pidan sangre.
La mañana es fría, Buenos Aires sin gente es genial. Tengo hambre, eso sí, porque para dar sangre hay que ir en ayunas. Tampoco debería tener hambre, ya que no suelo estar despierto a esta hora, pero supongo que el cuerpo se queja por las dudas, como cuando uno saca un gato de su casa, el gato no sabe si lo están llevando al veterinario, lo que sí sabe es que preferiría que no le rompan las pelotas.
Hay un portero baldeando la porción de vereda que corresponde a su edificio.
–Cuidado, che –sigo caminando, dos pasos, tres, y me detengo. No hay más gente en la calle, no hay ni siquiera tráfico, así que me debe haber hablado a mí.
–¿Me hablás a mí? –me señalo con un índice el centro del pecho.
–Estoy baldeando –tiene un secador de piso en una mano, apunta con el mentón, justamente al piso, a la vereda–, y vos pisás.
Me acerco, ahora, un paso. Soy un sujeto corpulento, desde ya más grande que la media. Más de un metro ochenta, más de noventa kilos, por dar algunas aproximaciones. Cara de loco, desde chico, cara de alguien recién escapado de un hospital psiquiátrico, una mezcla de profundo fastidio y perplejidad.
–¿Y qué querés que haga, boludo? ¿Que pase salticando? ¿No te gustaría que camine sin tocar la vereda? ¿No te das cuenta que desde hace veinte años tu tarea consiste en limpiar una vereda donde los perros te dejan tremendos soretes? Y después te pasás dos o tres horas tratando que brille el portero eléctrico. ¿No te das cuenta que sos el escalón más bajo e inútil de los mamíferos medianos? ¿No te das cuenta que tu tarea es menos que nada? ¿Quisiste ser algo? Digo, de chico. Astronauta, peluquero, jugador de fútbol, no sé. Cómo podés haber terminado así, querido. Te pasás todo el día tratando de adivinar qué traen los vecinos en la bolsa del supermercado. Y cuando ves que alguien compró un vino de más de diez pesos, te ponés muy mal, sufrís. No sabés hacer nada, nunca quisiste ser nada, sos el eslabón perdido entre los gorilas que bajaron de los árboles y los humanos. ¿Leés? ¿Aunque sea sabés leer? No te digo libros, no, pero el suplemento deportivo del diario, para saber cómo salió san lorenzo, para tener algo de qué hablar. Hagamos algo, porque estoy un poco apurado. Voy a dar sangre, yo calculo que más o menos en una hora vuelvo. Esperame, limpiá bien todo y esperame, cuando vuelvo te voy a meter el escobillón en el culo y voy a barrer la vereda con tu cara, infeliz.
Algo sucede. Suelta el secador de piso y se sienta, sobre la vereda, junto al balde naranja. Comienza a sollozar, como un chico. Intenta cubrirse la cara con las manos, para que no lo vea, pero es un llanto que lo desborda, no puede parar de llorar.
–Disculpame –le digo. Agarro el secador de piso con una mano. Le doy una palmada en un hombro–. No me hagas caso, yo te ayudo. Si no tengo nada para hacer, yo estoy remal.
Sigue llorando, aunque un poco menos, niega con la cabeza. Yo empiezo a baldear.

15.7.09

Linda

Existen sutiles diferencias entre pericia y entusiasmo, si me permiten la digresión. Sabido es que hay una dotación inicial de recursos estéticos o materiales, atribuibles al azar en cualquiera de sus formas, con la arbitrariedad que dicha potestad les confiere. Pero es entonces, es justamente en esa ranura donde la voluntad se manifiesta y ejerce algo que tal vez esté salpicado de justicia poética.
La pericia es una gran cosa, eso cualquiera lo sabe. La destreza, la precisión, la justeza en la ejecución, la elegancia de quien domina la esencia de lo que nos ocupe. Pero cuando parece simplemente que algunos podrán y otros no, surge allí una nueva gama de posibilidades movidas por los mágicos piolines del entusiasmo.
La pericia sin entusiasmo se vuelve entonces metódica y fría, pierde su brillo, tiene destino de apatía. El entusiasmo, por el contrario, permite sobreponerse a la falta de talento en general. Se logran cosas de las que uno mismo se sabía incapaz.
Que cogés bastante bien, conocés los rudimentos de la técnica, pero te falta fuego, no tenés alma. Pasame la botella que está sobre la mesita, me dio sed.

11.7.09

Tan tan, tararán

El cantante de rock me dice que está mal, no sabe qué pasa. Dice que compone cada vez mejor, sus temas han alcanzado una exquisita lírica, una dulce profundidad poética. Su banda está, finalmente, ensamblada. Tienen la potencia y la armonía, suenan como si se conocieran de toda la vida. Y hay virtuosismo, claro, son tipos con la destreza y la pericia, el dominio de los instrumentos, saben lo que hacen, cualquier banda querría un baterista como Martín, al bajista lo vinieron a buscar de afuera y le ofrecieron un contrato increíble, tocar por la costa este de los Estados Unidos como sesionista. Pero nadie viene a verlos. El público ralea, no demuestra interés, y ellos no logran firmar un contrato con una discográfica, transformarse en íconos de la juventud, que los chicos usen remeras con el nombre del grupo. No pasa nada.
–No sé –dice.
–Pelo –le digo, y apunto con un índice unos cinco centímetros por encima de su frente–. Te estás quedando pelado. Es triste, es malo, y además no tiene arreglo, si te pusieras un implante sería todavía peor. Tenés que entender que el rocanrol es más que nada salud capilar, un pelo fuerte. Hay lugar para un par de pelados puros también, pero como excepción, y nada más. Podrías pasarte al jazz, o poner una casa de venta de empanadas.

7.7.09

Un géiser

Todas las mañanas, voy a la casa de la chica más linda que conocí. Me siento en un bar en la esquina, enfrente, y espero para ver salir al hombre que ha pasado la noche con ella. Su despreocupación, su confianza, su resuelta sonrisa para enfrentar sin dificultad al mundo, cómo se lleva por un instante el dorso de dos dedos, índice y mayor de su mano derecha, sólo un momento, a la nariz, para aspirar una última bocanada de vagina fresca y entonces sí, para un taxi, habla por su teléfono celular, emprende su día.
Todas las tardes, paso por la concesionaria de automóviles donde está el auto que jamás tendré. Entro, a veces, y no pregunto nada. Sólo quiero apoyar una temerosa palma sobre el costado de la carrocería, como quien acaricia un animal. O me siento en el automóvil, después de pedir permiso, después de preguntarle a un vendedor que me mira con una mezcla de ternura y fastidio. Me siento, entonces, y aprieto el volante, un solo apretón. O hago un cambio, pongo primera, y me bajo de inmediato, tembloroso, con deseos de fumar.
Todas las noches voy hasta ese restaurante a la vuelta del Hospital Alemán. La gente habla y sonríe, yo los observo a través del cristal. El vino es de un rojo muy intenso, casi puedo escuchar la música que produce al caer dentro de los copones. Soy como Lecter, en el primer encuentro con Jodie Foster, cuando alza la cabeza hacia atrás, y es todo nariz, es un instante de pura nariz, y puedo oler un plato de ravioles de ciervo, la albahaca me besa por un instante el alma, imagino el momento exacto donde el tomatito cherry se rinde al apretón de mis muelas, la pasta firme, la carne salvaje, la combinación sutil.
Y así voy viviendo. Soy una turbina alimentada con todo lo que no tengo, soy un géiser hecho de la más pura carencia, soy todo lo que me falta y me atraviesa como un rayo en la noche en medio del mar. Hace frío, soy genial.

3.7.09

No te mates

El hombre ha salido al balcón y luego, es evidente, ha pasado primero una pierna por encima de la baranda, después la otra, y ha quedado apoyado sobre una franja de cemento de unos diez centímetros máximo, y se sostiene con ambas manos, por detrás de la espalda, y se inclina peligrosamente hacia delante.
Está en un quinto piso. Todos los que estamos en la calle, abajo, todos los que hemos empezado a mirar hacia arriba porque alguien más mira hacia arriba, hemos contado los pisos. Cae una fina llovizna, una humedad de mierda, porque no hace demasiado frío pero te resfriás igual, seguro. Buenos Aires es así.
–¡Pará, loco! –una señora grita, haciendo parlante con ambas manos, pero luego una palma señala hacia arriba, y se mueve en el aire como si cortara fiambre, amenazando con unas inminentes nalgadas– ¡No te tirés, pensá en tus hijos!
El hombre mira con un gesto de asombro, y es que tal vez no tiene hijos, eso hace que el argumento no le resulte convincente. Tiene una sonrisa bobalicona, es probable que esté medicado, que se haya empastillado para juntar coraje. Esté en pijamas, con medias pero sin zapatos. El pijamas es blanco, y tiene dibujitos, ositos o perritos o chanchitos, es imposible ver el detalle.
–¡Quédese quieto! –el policía se ha quitado la gorra, y su tono es tan imperativo como enérgico– ¡No se mueva, ya llegan los bomberos!
El hombre mira por un instante hacia adentro del departamento, quizás para ver si se está quemando algo. Niega con la cabeza, y sonríe.
Se suelta de una mano, y eso hace que se incline más sobre la avenida. Mira fijo, hacia abajo, está intentando imaginar el impacto.
–¡Ey! –grito–. Si te tirás saltá para adelante, no te dejes caer.
Me mira. He logrado captar su atención. No entiende.
–Que saltés para adelante –digo, y señalo el centro de la avenida–. Porque si saltás para abajo vas a caer arriba de mi auto. Si caés arriba de mi auto, mejor que te mates de verdad, porque si me rompés el espejito, o una óptica, mirá lo que te digo, te termino de matar yo a patadas.
Me mira, con la mano libre se señala el pecho. Hay un curioso cambio en su expresión facial.
–Sí, te estoy hablando a vos, forro –lo señalo, yo también–. Tirate de una vez, pero a la avenida. Así puedo sacar el auto –le señalo ahora, con el mismo dedo, el auto que está justo debajo de su balcón–. Me quiero ir, gil.
–¿Me hablás a mí? –cambia de mano, se agarra de la baranda con la otra mano, pero por un momento estuvo en el aire, de pie sobre la cornisa, sin sujetarse de nada.
–A vos, boludo, a vos. Saltá de una vez, y no me rompas el auto. Si me rompés el auto, te mato yo, te lo aviso.
–Ahí bajo.
–¿Qué? –Estoy sorprendido, pero la gente está más sorprendida. El hombre me señala con un dedo.
–Que ahí bajo, te digo.
–¡Pero qué vas a bajar vos, querido! Si bajás te arranco los premolares a patadas. ¿Quién te compró ese pijamita? ¿Tu mamá?
–Ahora vas a ver –está pasando una pierna otra vez por encima de la baranda, entrando al balcón.
–¡Bajá, repelotudo, dale! –escupo, le señalo el punto exacto, la baldosa de la vereda donde lo estoy esperando– ¡Te voy a dar tantas patadas en el culo que me van a tener que ayudar a sacarte el zapato del orto, puto!
–¡Te mato! –grita y desaparece dentro del departamento.
Y baja, nomás. Lo están esperando en la puerta dos policías, y los bomberos. Lo esposan, lo obligan a meterse dentro de un coche patrulla. El sujeto escupe, insulta, tiene una especie de baba que le queda colgando en la barbilla, como si fuera espuma de afeitar.
Alguien me palmea, alguien me felicita. Me preguntan si yo también trabajo para la policía, de incógnito, si soy una especie de negociador, de agente secreto. La gente ha visto demasiadas películas.
Para decir la verdad lo mío fue intuitivo. La gente está tan frustrada, tan cagada a palos, han fracasado tanto, que jamás desperdiciarían la oportunidad de discutir, de pelear, sin importar el tema, de buscar una revancha. Cualquier cosita te matás después, para matarse hay tiempo.

27.6.09

Peregrino

Suena el despertador. Me levanto. Me lavo la cara. Pongo a hervir agua. Necesito tomar dos mates, arrancar. Llego tarde al trabajo, otra vez.
Entonces me veo las manos. Mis manos nunca han sido mi punto fuerte, manos no muy grandes, dedos no muy largos, el dedo del medio torcido por algún pelotazo que inflamó una falange, una falange que decidió no desinflamarse jamás, las uñas mordisqueadas, en fin.
Tengo los estigmas. Jamás había visto algo así. Reviso mi mano derecha, primero, la marca es redonda, del tamaño de una moneda de diez centavos, un par de centímetros por debajo del centro exacto de la palma. Hay restos de sangre reseca. No me atrevo a abrir, preso de la perplejidad, mi mano izquierda, pero finalmente la abro. Aquí la marca es algo más irregular, y la sangre se mezcla con ceniza o tierra.
Me apoyo en la mesada, siento que mis rodillas se aflojan, es un leve desvanecimiento mientras intento descifrar la señal. Lo que me sucede, las implicancias.
Soy un elegido. Un discípulo, tal vez. Debo abandonar mi casa, mi trabajo, mis seres queridos. Debo ser un peregrino que lleva la palabra de Dios a los lugares más recónditos de la tierra, debo emprender mi via crucis personal e intransferible, partir a predicar.
Tomo un mate. Un pensamiento como un relámpago cruza mi fatigada mente. Recuerdo que ayer a la noche fui a una fiesta y me tomé medio litro de whisky. Después quise agarrarme a trompadas con el dueño de casa, también quise hacer un concurso a ver quién soportaba apagarse cigarrillos en distintos lugares del cuerpo. Después quise violar a alguien, una prima de alguien, que tiene problemas motrices. Después rompí botellas y quise cantar un tango, semidesnudo, en el balcón. Recuerdo perfectamente ahora que me bajaron entre varios, a patadas, por las escaleras. Recuerdo que me dejaron tirado en la calle.

*el tango que quise cantar fue ‘callejera’, música: Fausto Frontera, letra: Enrique Cadícamo.
http://www.todotango.com/spanish/las_obras/letra.aspx?idletra=39

23.6.09

Viejo truco

Voy a una panadería, una panadería del barrio, muy conocida, hacen productos de calidad. Me atiende una chica, tiene puesto una especie de delantal anudado a la espalda, y lleva el cabello cubierto con un pañuelo que hace juego, no con el cabello, sí con el delantal. Está cansada, está triste, se fastidia cuando una medialuna logra zafarse por un instante del brusco chasqueo de su pinza, pone cara cuando algún cliente pide que le den otra factura, la que tiene más dulce, envuelve los panes con un exceso de énfasis, ticketea en la caja como si quisiera atravesar las teclas para ver qué hay del otro lado.
Le pido una torta. Una torta que vi en la vidriera, con dulce de leche en medio de dos capas de bizcochuelo, y una tremenda dosis de crema cubriendo toda la superficie. La altitud de la crema es igual a la altura del bizcochuelo. Serán diez centímetros de bizcochuelo, con dulce de leche, y diez centímetros de crema encima. Es la especialidad de la casa, la torta, lleva el nombre de la panadería, pesa un kilogramo y medio.
–Una de esas –le digo. Y cuando la saca de la vitrina para envolverla, cuando la pone por un instante sobre el mostrador recubierto de un horrendo plástico naranja, levanto una mano, como si estuviera deteniendo un imaginario vehículo–. Dejame verla un momento, por favor.
Tomo la torta y con un simpático movimiento me la estampo, con fuerza, contra el rostro. Por un momento logro separar las manos de la base de la torta, y aún así la torta permanece adherida a mi cara. Procedo entonces al despegado, luego apoyo la torta, lo que quedó, sobre el mostrador, y utilizo ambos dedos índices a modo de limpiaparabrisas, sobre mis párpados cerrados, para entonces sí, poder abrir los ojos.
Hay cuatro o cinco clientes que han quedado estupefactos. La chica ha intentado protegerse, cubriéndose el pecho con las manos. Un perro ladra del otro lado del vidrio.
–Pero –dice la chica–. Señor.
–Charáaan –abro un poco los brazos, muestro las palmas, y entonces sí, ella se permite la risa franca, la carcajada contenida–. Quería ver si algunas cosas todavía siguen funcionando. Y quería verte sonreír. Cobrame, por favor.

19.6.09

Little wing

En el centro, peor aún, en el microcentro, en el lugar con mayor densidad poblacional de toda la Argentina, y de boludos, y de odio, y de todo lo malo que pueda generar la vida en una ciudad, en Florida y Sarmiento, para los entendidos. Un chico, con un pequeño amplificador, toca la guitarra eléctrica. Tiene puesto un simpático gorrito de lana, con una especie de solapas que le cubren las orejas. El chico es flaco, y toca con los ojos cerrados, y el gorrito, las orejeras, se mueven. Tiene varias capas de ropa, y una bufanda enroscada al cuello. Hace mucho frío.
Toca, toca ‘little wing’, toca ‘all along the watchtower’, toca ‘the wind cries mary’. Toca muy bien, toca genial. La gente pasa, apurada. Algunos se detienen, diez o quince segundos, y rebuscan una moneda mientras el chico estira los temas.
–Te hago una pregunta –le digo. He esperado unos buenos siete minutos a que termine un tema. Me mira– ¿Cuánto hacés?
–¿Eh?
–Cuánto hacés, más o menos, acá, en un día.
Desconfía, pero ve que no soy inspector, ni ladrón, ni policía. Un boludo más, apenas.
–Cuarenta pesos –señala con el mentón otra gorra, sobre la vereda, hay algunas monedas, un billete de dos–. Me quedo cuatro horas máximo. Si el día es bueno, hago un poco más. A veces algún turista te pide un tema, o se quiere sacar una foto, no sé.
–¿Cuántos años tenés?
–Veintisiete –me dice, y mastica un pedazo de una barrita de cereal. Le parezco un boludo, eso está claro. Así como los jugadores de fútbol dicen que saben quién ha sido jugador de fútbol, sólo por la forma de pararse, el chico sabe que yo no sé tocar la guitarra, que no soy un colega. Algo en mi rostro, el grosor de mis dedos de uñas carcomidas.
–Tomá –le doy cien pesos, un billete de cien.
Me mira. No se anima a agarrarlo. Busca la trampa, pero no hay trampa.
–No vendo ningún cd –dice–. Pero te puedo grabar algún tema que quieras, te lo traigo mañana.
–No, no quiero ningún tema –levanto un poco el billete, es un imán, lo agarra y lo aprieta en un puño, lo esconde entre sus ropas–. Quiero que no toques más, por hoy. Quiero que te vayas.
–¿No te gusta? No me digas que toco mal.
–No es eso, boludo. Quiero que te vayas de acá. Quiero que entiendas que los que venimos acá venimos por plata, venimos a matar, no tenemos alma. Venimos justamente porque no sabemos tocar la guitarra, venimos porque no sabemos hacer nada más que trabajar. Y vos aprendiste a tocar la guitarra para no tener que trabajar en una oficina, no tenés que estar tocando para turistas pelotudos que le sacarían fotos a un sobrecito de azúcar. Vos aprendiste a tocar la guitarra para estar en una banda, para coger con chicas que se dejan el flequillito stone, para salir de gira por la costa y vivir en una cabaña frente al mar.
Por eso, quiero que entiendas que al estar acá tu fracaso es treinta y tres mil veces peor que el mío, mucho peor que el de una cajera de supermercado o el de un empleado bancario. Quiero que hagas algo lindo con tu arte, con lo que sabés hacer, con tu don, o quiero que te mates. Porque si te vuelvo a ver por acá quiero que claudiques definitivamente, que aceptes lo repelotudo que sos, que te pongas una corbata vos también y no jodas más.

15.6.09

Treinta y tres pedazos

Mi amigo H. tuvo un accidente, un accidente en moto. Le gustaron las motos desde que era chico, desde siempre. Y fue comprando motos cada vez más caras, motos que fueran cada vez más rápido. Pero tuvo un accidente. Yendo a Pinamar, en su moto BMW R1100, carenado amarillo, dicen que hay sólo 3 en toda la Argentina. Iba a doscientos, me contaron, con su campera de cuero especial y la intención de llegar a Pinamar en dos horas, batir su propio récord. Llovía un poco, algo falló, mi amigo H. perdió el control de su extraordinaria moto y salió volando por el aire. Dicen que voló como cien metros. Y se clavó. De cabeza. Contra el pavimento.
Está internado en terapia intensiva. Paso a saludarlo. Le llevo chocolates, un buen vino, libros. Su madre está en la sala de espera. Me abraza, y llora.
–Quedó cuadripléjico –me dice la madre–. Inmóvil, absolutamente inmóvil, del cuello para abajo. ¡No se puede ni rascar la nariz! –Se va deslizando, la mujer, no puedo sostenerla, se derrama sobre las baldosas color verde agua y entonces se pone de pie el hermano mayor de H., para ayudar a levantarla, pero no tiene fuerzas, y por un momento nos caemos los tres, ante la reprobatoria mirada de un par de enfermeras para las cuales el dolor es simplemente parte del decorado.
Entro a verlo. Camino por un estrecho pasillo sin mirar demasiado las camas donde algunos yacen en el remanso de la inconsciencia, otros gimen de dolor mientras un cáncer los devora, y así.
Mi amigo H. está muy quieto, recién bañado, con un grueso vendaje sobre la frente, los brazos inertes al costado del cuerpo. Lleva puesto un pijamas celeste con ositos amarillos que mastican un chupetín rojo infinidad de veces y sonríen satisfechos. Está tapado hasta el pecho, la cabeza levantada sobre un par de almohadones, los ojos muy abiertos. Y hay ese olor, ese olor sutil e irrebatible, el olor de las malas noticias que vienen de la mano de la medicina.
–Qué hacés, che –digo, pero casi no digo, se me debe haber caído la voz en algún lado.
Nada. No habla. Hay un rictus, sonríe, un estiramiento lateral de la comisura de los labios, pero no mucho, apenas, de un solo lado, y los ojos sí, los ojos me miran y es una mirada que sólo he visto en algunos animales, en un perro que espera del otro lado de la puerta y no sabe porqué la puerta está cerrada ni encuentra una rotunda manera de manifestar su desesperación.
–Te diste un palo, nomás –levanto una mano buscando una pared para apoyarme, pero no hay pared. Abro los pies un poco, tratando de afirmarme–. Me dijeron que podés hablar. Así que contame cómo estás, decime algo, forro.
Nada. Una inspiración profunda, que infla apenas su escuálido pecho. Fija la vista en los cables que bajan, en el suero o el calmante o lo que sea que gotea y se mete en su muñeca derecha.
–Decime algo, pelotudo –yo también intento sonreír–. Decime cómo quedó la moto, decime qué dicen los médicos. Te quiero mucho, y te vas a poner bien, pero decime algo.
–Matame –dice.
–¿Qué? –Estoy transpirando, hace un calor del carajo. No entendí bien, habla muy bajito y no entendí bien.
–Ma ta me –separa las tres sílabas, mueve la boca muy despacio–. No voy a poder mover un dedo nunca más en mi vida. No voy a poder coger ni tomar cerveza ni andar en moto nunca más en mi vida. Aprovechemos ahora que no está el médico ni mi vieja. Agarrá una almohada y asfixiame.
–Me partí la columna en 33 pedazos –sigue–, no tiene arreglo. Si sos mi amigo, matame. Si no, andate y dejame en paz.
Ahí estoy yo, de pie, junto a la cama de H., que nunca más volverá a ser H. Y no están los médicos ni las enfermeras, no sé porqué. Y ahí está la almohada, y la mirada de H. desde quién sabe qué infierno.
Ahí estoy yo, de pie, junto a la cama de H.

11.6.09

No se nota

Cuando alguien te habla de las virtudes del matrimonio, cuando alguien te dice que la vida resulta un territorio yermo y vacío si no te despertás setecientas treinta y nueve domingos al lado de la misma insostenible persona, cuando te dicen que la vida es absurda hasta que no viste emerger a tu quinto hijo del interior de la vagina misma, bueno, eso no está bien.
Cuando alguien te dice que si no tenés el póster de Sai Baba en la puerta de tu cuarto entonces sos como un lobo extraviado y babeante, cuando te dicen que si no peregrinaste a la India para tocarle los pies a ese hombre que no ha usado zapatos jamás en su vida y sonríe como un beato o como cuando yo era chiquitito y tenía tremendos deseos de hacer pis, entonces sos una bestia sin alma con el intelecto de un scottish terrier, cuando te dicen que si no prendés incienso de lapacho y dulce de batata el tercer día del equinoccio del dragón tu vida, para resumir, no tiene sentido, bueno, eso no está bien.
Cuando alguien te dice que no viviste nada hasta que no corriste cuarenta y un kilómetros y te falta un solo kilómetro para terminar la maratón, cuando te dicen que no hay nada tan intenso como sentir después de seis horas que te cagás, que si estornudás te cagás, y aún así seguís corriendo porque sabés que es en el correr donde está el secreto de todas las cosas, cuanto te dicen que no hay nada en el mundo, ni la heroína, ni coger, comparable al momento en que te sacás las zapatillas después de tres horas de correr como un energúmeno, bueno, eso no está bien.
Y podríamos seguir. Con el teatro, el psicoanálisis, la dieta vegetariana, la pesca con o sin mosca, la fotografía, y así. Podríamos seguir.
Si sos feliz yo me voy a dar cuenta. Vos no digas nada.

7.6.09

Guruji

El gurú agonizaba, el gurú se moría. Descansaba en su lecho de flores rojas y blancas, y parecía estar prácticamente sumergido en ellas. Asomaba su cráneo huesudo, cubierto por una fina capa de piel, insuficiente para cubrir lo que albergaba el interior, y asomaban las venas apenas palpitantes, los huesos del cráneo, como si les faltara un tris para quebrar el pergamino epitelial.
El gurú siempre había sido delgado merced al más estricto vegetarianismo y a su vida de asceta, de meditador y peregrino. Se lo veía por lo general sentado, envuelto en su chal, o de pie, apoyado en un bastón. La imagen a lo Gandhi, que todo el mundo había visto alguna vez, esas escuálidas rodillas, ese andar como si se estuviera desplazando por un río, como si el agua lo cubriera hasta la cintura y fuera imperioso andar con extremo cuidado.
El gurú tenía 83 años, y había anunciado que moriría a los 83 años. Permanecía recostado en su lecho de flores, exánime, dos dedos, índice y pulgar de su mano derecha, acariciando una flor.
Y era todo ojos, dos protuberancias al borde de la exoftalmia, su mirada todavía vivaz, recorriendo la inmensidad de la sala, sus pupilas de un negro infinito en medio de la esclerótica que ya no era nívea sino amarillenta.
Había música de fondo, un sonsonete tarareado por cientos de voces, los presentes que permanecían haciendo tintinear campanitas y susurrando mantras tantas veces ensayados.
El incienso en el aire resultaba algo empalagoso, excesivo tal vez, pero los discípulos juraban y perjuraban que era la fragancia preferida del maestro.
A los costados del gigantesco camastro, dos jóvenes con el torso desnudo abanicaban al maestro con hojas de palma. Eran los meses de mayor calor en Naipul.
El gurú, con un rictus de contrariedad por el esfuerzo, alcanzó a levantar un índice, la señal acordada cuando requería que le humedecieran los labios con té de mango. La muerte siempre resulta algo triste, aunque el maestro había explicado hasta la extenuación que no había motivos para estar triste, por la contundente razón que no había muerte. Un cambio de envase tan solo, para continuar su obra de misericordia y simpatía infinita.
El gurú se moría, y había que regocijarse.
–Maestro –dijo uno de los muchachitos calvos de la primera fila, poniéndose de pie, inclinándose sobre el lecho–, maestro, antes de irse, ¿cuál es el sentido de la vida?
El gurú abrió los ojos, con infinita bondad, lo que hizo que el muchacho se acercara un paso más y torciera la cabeza, prestando su máxima atención al momento sublime.
–Pelotudo –dijo el gurú. Y se murió.

3.6.09

Haiku, birra, faso

Camino bajo la lluvia por el barrio de mi niñez.
Me cobijan árboles que ya no existen.
La gente que pasa no entiende.

31.5.09

Trance

Existe un momento, yo no sé si dura un minuto o tres, yo no sé si uno está en algo llamado estado alfa, o qué, pero está estudiado, por aproximación, como todo. Es el minuto, o los tres, que duran cuando uno todavía no se ha despertado, pero tampoco está dormido. Uno emerge como un buzo idóneo que se ha animado, justamente, a bucear en las profundidades del inconsciente, llámenlo como quieran, no estoy aquí para hacer gárgaras mitad psicoanalíticas, mitad semánticas.
En ese momento donde me despierto, entonces, sin estar todavía despierto, en ese momento donde vengo de un lugar tan real como cualquier otro, veo con claridad que soy un faraón, un emperador, un rey. Veo una multitud que aguarda mi presencia para que los impregne de mi sabiduría, para que los esclarezca y les de algo de sentido a sus vidas, veo mis criados que terminan de preparar los manjares para el desayuno, mientras vírgenes vestales terminan de bañarme con el mayor de los cuidados, en absoluto silencio. Veo a mi perro Eke a un costado de la bañera, indiferente tal vez al cargo que le he conferido, hermano de sangre con plenos poderes.
Es todo tan real como inobjetable, me espera un día con las recompensas de un iluminado. Debo conducir el reino a un destino de grandeza, la gente me reverencia, confían en mí.
Abro los ojos, y te veo a vos, al lado mío, todavía dormida, con la boca ligeramente entreabierta y el cabello sobre la frente. Y es ese momento exacto en el cual no sé qué es mejor, de qué lado del sueño quedarme.

27.5.09

En la otra orilla

Terminado el colegio secundario, o entre los dieciséis y los diecisiete años para fijar alguna vana precisión, el noventa y tres por ciento de la gente, durante el noventa y tres por ciento del tiempo, se lo pasa pensando y haciendo cosas en conexión directa con el dinero (lo sepan o no). Se trabaja por dinero, se tiene un hijo y se necesita más dinero, se divorcia y se discute por dinero, se habla con amigos y se pide dinero, se toma alcohol añorando dinero (o una guitarra eléctrica, que cuesta, en fin, dinero), se sueña cómo sería despertarse con dinero (o con la guitarra eléctrica), y así. El dinero está allí, como un ácido, como un óxido, siempre presente, comiendo, alterando la esencia misma de las cosas.
Y de pronto, por una extraña combinación de azar y voluntad, unos pocos elegidos logran trascender el dinero, saltar la valla imposible que se come tu mayor esfuerzo, despejar el dinero de la trágica ecuación de la vida.
Es entonces cuando uno esperaría ver en esos genios o santos la luz de la sabiduría, la beatitud del nirvana, la paz en alguno de sus uniformes. Pero lo que se ve por lo general son unos imbéciles rematados, indignados en cualquier restaurante porque el molinillo para la pimienta ya no es lo que era, llorando como chicos porque una pelotita se les fue al bunker, mujeres con tanta silicona que uno podría apagarles un puro en una teta y no se darían cuenta.
Lo que quiero decir es que retirado el dinero, ese espacio de la desesperación más pura sólo puede ser llenado por algo absurdo, ridículo, trivial.

23.5.09

Tres meses, en ningún caso más de seis

Pasa, lo sé, que alguien me conoce, una mujer, y se involucra, por decirlo de alguna forma, conmigo, a la manera más o menos tradicional, como suele involucrarse una mujer con un hombre.
Y pasa un tiempo, no quiero generalizar, tres meses, no mucho más, en ningún caso más de seis, y la mujer cree que se ha agotado la experiencia. La experiencia de conocernos. Y la mujer, a la manera tradicional, también, me abandona, se va. Ha hecho pie en mí, y debe continuar su camino, su venturoso futuro que la aguarda a la vuelta de cualquier esquina. Porque si le ha pasado algo bueno que fue conocerme, razona, eso ha sido tan sólo el principio y no debe demorarse, porque le pasarán muchas cosas buenas, muchas cosas más. Siente, la mujer, que se le han alineado los planetas, que debe aprovechar su racha.
Así que la mujer se va. Y yo me quedo. Me iría, si esto fuera posible, con la mujer, pero no es posible, la mujer me lo impide de manera taxativa, así que me quedo conmigo.
Pero al poco tiempo, pasados tres meses, no mucho más, en ningún caso más de seis, la mujer no se siente bien, la mujer siente un curioso malestar. Descubre entonces, la mujer, que mi ausencia es desgarradora, que gran parte de su alegría era por interpósita persona, por radiación, por exposición, por contacto, como en el caso del saturnismo, como en el caso del uranio, si se trata de dar fútiles ejemplos.
Y la mujer descubre, un domingo a la tarde, que no encuentra otras fantásticas puertas para abrir, que tal vez el venturoso futuro le ha hecho trampa, y tampoco puede regresar a bañarse en el mismo río, que a Heráclito se le terminó el jabón.
Esos extraños momentos donde me fascina ser yo.

19.5.09

Biotipos

Existen tan solo dos tipos de actividades: las actividades que se hacen desde la exigencia, y las actividades que se hacen desde el placer.
¿Qué cómo hacés para darte cuenta cuál es cuál? Fácil. Las actividades que se hacen desde la exigencia son las actividades que se disfrutan al final, y las actividades que se hacen desde el placer son las actividades que se disfrutan en el durante.
Veamos alguna aproximación, algún atisbo de ejemplo. Comer se disfruta durante, correr se disfruta al final. Es fácil, ves, es fácil.
Ahora avancemos con los problemas. Si sos una persona sesgada a las actividades que se hacen desde el placer, entonces es muy sencillo, te gusta todo lo que hace mal, sos hedonista, autocomplaciente, dionisiaco, en nuestro ejemplo sos gordo, llamalo como quieras, en fin. Si sos una persona sesgada a las actividades que se hacen desde la exigencia, entonces es sencillo también, te gustan todos los desafíos, tenés un mandato monumental, contás las calorías, los kilos, los metros, querés ser campeón del mundo aunque no sabés de qué, en nuestro ejemplo sos uno de los tantos infelices que uno puede ver corriendo bajo un sol del once de enero, con gorrita, concentrado, ingiriendo bebidas de colores fosforescentes, mirando un absurdo reloj, y todo eso sin dejar de correr, mientras tu rostro refleja una profunda contrariedad.
Y listo, ya está, eso es todo lo que tenía para decirte sobre el tema. ¿No te alcanza? ¿Vos querías una moraleja? ¿Vos querías algo más?
Bueno. Si vos estás dentro del grupo de la exigencia, entonces no hay remedio. Es triste, es aburrido, y nada más. Tu ecuación de premios y castigos te impedirá ser feliz más allá de los logros que alcances, aunque sea un momento, como quien arranca con despreocupación un durazno del árbol de la vida.
Y si estás dentro del grupo del placer, tenés que saber que nunca serás bueno en nada. Las mieles de la excelencia te han sido negadas. Podés prender un cigarrillo o servirte otro whisky y recostarte en una reposera, eso sí.

15.5.09

Encuentro con Satán

Voy caminando, deben ser las siete de la tarde y voy caminando por una calle de mi barrio. Debo encontrarme con una persona, una persona cualquiera, para discutir un tema sin importancia. La calle en realidad no es una calle, es una avenida, y el movimiento es el habitual de esa hora de la tarde. La gente que trabaja en oficinas, la gente que trabaja en el centro, ha comenzado ya su proceso migratorio, huye, atraviesa los barrios por cielo, por tierra y por mar, tan rápido como es capaz. Sólo desea estar de vuelta, no importa adónde. Así como la salud puede ser definida como la ausencia de enfermedad, tal vez la vida consista en escapar de un lugar y luego de otro lugar, sólo para descubrir que uno ha llegado a un lugar del que desea escapar. El aerobismo no sería otra cosa que la última religión, la máxima expresión de la única necesidad.
Voy caminando, entonces, eso ya lo dije, por una avenida plagada de pequeños comercios donde nadie se esfuerza mucho por vender, lo que nadie desea en verdad comprar.
De pronto, sin ningún motivo particular, observo un automóvil estacionado al bordillo de la acera (he leído la expresión tantas veces que presumo que es la manera correcta de decirlo). Es un automóvil bastante viejo, de un color cremita que lleva unos tres años, quizás cinco, sin ser lavado. Está abierta la puerta del acompañante, y dos personas, un hombre y una mujer de mediana edad, todavía sobre la vereda, sostienen del brazo a una mujer, una mujer muy mayor, a la que acompañan los pocos pasos que hace falta dar hasta el automóvil.
En el automóvil, en su interior, en el asiento trasero, hay dos chicos de entre siete y once años de edad, una nena y un varón, que siguen la escena con urgencia y desinterés. Es fácil deducir que el auto es de sus padres, y sus padres son el matrimonio que ayuda a la mujer, a la mujer mayor, y la mujer mayor es la abuela, y esa es la escena. Y no tiene importancia. Y punto.
Pero tiene importancia. Yo conozco a esa mujer. Esa mujer fue mi dentista. Esa mujer fue mi dentista cuando yo era un niño. Esa mujer me hizo daño. Es ella, un torturado jamás olvida el rostro de su torturador. No tengo dudas.
–¡Usted! –me detengo, frente a ellos. La mujer levanta la vista, todavía preocupada en arrastrar sus fatigados pies, la mirada extraviada, algo de saliva en la comisura de sus labios– ¡Usted es la hija de puta más grande que yo vi en mi vida! –el hombre y la mujer se inquietan, pero tienen los brazos ocupados, no pueden soltar a la mujer mayor– ¡Usted me torturó! ¡Usted me aplicó cuatro anestesias para sacarme una muela, y después me dijo que la anestesia no prendía, y me sacó la muela igual! ¡De un tirón! ¡Me sacó la muela igual! ¡Usted usaba ese torno, y cada vez que escucho un zumbido similar siento deseos de llorar! ¡Usted decía que yo levantara la mano si me dolía, y entonces usted iba a parar! ¡Y yo levantaba la mano! ¡Y usted no paraba jamás! ¡Usted sonreía! ¡Usted me hizo llorar! ¡Usted mintió! ¡Cuando yo sabía que debería ir al dentista, sufría con una semana de anticipación! ¡Usted es Josef Mengele rediviva! ¡Usted no usaba anestesia para arreglar caries, para abaratar costos! ¡Usted es la reencarnación del mal sobre la faz de ésta pútrida tierra!
–Oiga, un momento –habla el hombre. Es el hijo. Usa una barbita candado, y gruesos lentes. Se lo ve algo fatigado por el esfuerzo de cargar a su madre.
–¡Callate, infeliz, porque te voy a matar acá delante de tu absurda madre! ¡Y voy a violar a tu señora a pesar de su inconcebible fealdad! ¡Y voy a quemar a tus hijos con un cigarrillo! ¡Y voy a destrozar ese ordinario automóvil a patadas! ¡Y me voy a comprar un helado y me voy a sentar a ver cómo pataleás, vieja de mierda, hasta que el ataque cardíaco arrase con tu asquerosa existencia! Te odio, hija de puta, te odio de verdad, y espero que agonices un largo rato con un brazo extendido sin poder alcanzar el blister de aspirinas sobre la mesada, que tu última visión sea un blister de aspirinas en lo alto de tu triste cielo de yeso mientras una de tus mejillas se enfría sobre las ridículas baldosas del piso de tu cocina.
Me apoyo contra una pared, necesito reponerme, tomar aire para poder continuar.
–Yo –dice la vieja, la Doctora Golbfard, la encarnación del mal– yo, yo soy –tiene la mirada acuosa detrás de sus gafas, su voz es un graznido, pone su último esfuerzo en balbucear–… Yo soy arquitecta.
–¿Ah, sí? –me acerco y me agacho un poco, mi rostro a unos tres centímetros de su rostro–. Puede ser, entonces me equivoqué de persona, pero es parecida. Buenas tardes.

11.5.09

Dejá de llorar

Estoy en un bar, dónde podría estar. Es muy temprano, las ocho de la mañana o menos, la hora donde la ciudad flexiona las rodillas y sale a tirar patadas hasta que a nadie le queden ganas de soñar.
El bar es un bar de barrio, poca gente, sin los colmillos a flor de piel de los que van al microcentro a morir, pero primero a matar. Hay una mesa ocupada, en realidad tres, pero los solitarios no cuentan, los solitarios miran por la ventana o fuman o piensan o se conforman con estar del lado de adentro del cristal. Hay una mesa, entonces, una mesa con cuatro integrantes, papá, mamá, nene, nena. El nene, porque es el nene el que ha captado mi atención, llora. Llora como si fuera la actividad para la que se preparó toda la vida, llora como si, después de esta vez, no fuera a llorar nunca más.
Intento seguir con mi vida, leer, garabatear un par de palabras en un cuaderno gastado de tanto manoseo. Pero no es posible, lo que equivale a decir que es imposible. El nene no para de llorar. Debe tener siete años, un flequillo que se aparta de la frente con un antebrazo, pero que de inmediato vuelve a caer, y mocos que van cayendo en dos surcos y que él se encarga de ir sorbiendo, pero sólo en parte. Tiene la taza de café con leche con ambas manos, pero no toma. Y llora, y su llanto, cada tanto, sube en intensidad, y luego desciende a la intensidad original, a esa intensidad media, pero no desaparece.
La madre ha intentado hacerlo callar, dos veces, pero ha perdido la fe, conoce al chico desde hace demasiado tiempo y sabe que el chico, su llanto, no va a cesar. El tema que atormenta al chico es una visita al dentista, o un partido de fútbol que se le ha prometido como contraprestación, como recompensa, en una negociación en la cual se lo ha engañado, no le han cumplido y eso lo decepciona profundamente. Y a falta de herramientas, el chico elige llorar.
La hermana del chico debe ser tres o cinco años mayor, disfruta viendo que su hermano es el problema, y elige portarse bien, sólo para mostrar que está en la vereda opuesta. El padre no habla, se hunde en su café con leche y no habla, porque necesita algo de fuerza para enfrentar las próximas doce horas de lo que sea que le espere. La madre unta una tostada con particular desinterés, y con queso descremado o desquesado también, por hacer algo y mantener las manos ocupadas. El fastidio como una bufanda transparente.
El chico retoma su berrinche. Ha juntado un poco de aire y tiene más fuerza. Eleva su planteo a un mundo que no lo comprende. El dentista, el partido de fútbol, el dolo, la injusticia, la maldad.
Me pongo de pie, me acerco hasta su mesa.
–No llorés, pichón –le digo–. Dejá de llorar que esto recién empieza. Ya vas a tener oportunidades para vengarte, o de repetir la historia de estos forros, seguramente de entregarte, o de intentar escapar. Pero mientras tanto, por ahora, tomate el café con leche y no llores más.

7.5.09

Trompada de mono

cabalgando sobre el vulgar fastidio
de tu vida
tu conciencia enjabonada de mentiras
más o menos clásicas
te permite dar el salto en largo de la noche
mientras miles de almohadas se impregnan
de penas
difíciles de clasificar
para los amantes de los insectos y las prácticas
aberrantes.

aunque la química y los fenicios estén de tu lado
mi cuchillo de duda contempla el tajo por el que
vas a sangrar
cada sonrisa.

3.5.09

Derecho de propiedad, lección # 47

Estás en una oficina. Trabajás en una oficina, es algo que no pudiste evitar. Y entre las cosas que hacés para poder soportarlo, tomás café, mandás un mail a alguien que no conocés, cogés con alguien porque está cerca, comprás el diario aunque todos los diarios estén disponibles por Internet.
Y hay alguien, porque en las oficinas siempre hay alguien, que te lee el diario. Pero no te lo pide, no, no dice ‘por favor’, o ‘me fijo una cosa y te lo devuelvo enseguida’, o ‘muchas gracias’. De ninguna manera, porque eso implicaría reconocer que se trata de una rata miserable que tal vez tiene un automóvil de cincuenta y tres mil dólares pero no está dispuesto a gastar dos pesos. La gente es así, tiene una insensata fascinación por todo aquello que pueda ser gratis, no vale la pena razonarlo ni intentar.
Y ese alguien ha descubierto que vos salís a almorzar, y dejás el diario sobre el escritorio. Y ese alguien sabe a qué hora salís a almorzar. Y cuando vos no estás, ese alguien se acerca a tu escritorio, y agarra tu diario, sin pedir permiso, y lo lee mientras come una milanesa fría que trajo de su casa, o lo lee mientras se va a cagar.
Cuando vos volvés, de almorzar, el diario está sobre el escritorio, con una mancha de tomate o de mierda pura, y está doblado distinto a como vos lo dejaste, o alguien lo ha usado para entrenar para el panamericano de sudoku, o alguien le ha hecho un pequeño recorte de algo que necesitaba, y vos te das cuenta de inmediato pero ese alguien está sentado, lejos de tu escritorio, haciéndose el distraído o hablando por teléfono, sintiendo que es capaz de leer tu diario sin pagarlo ni avisarte, sintiendo esa minúscula victoria crecer y desarrollarse como una oruga, sintiendo que tal vez eso le salve el día y le permita saberse un tipo astuto y especial.
Aquí viene el procedimiento. Antes de irte a comer, antes de dejar el diario sobre el escritorio, uno debe tomar unas tijeras. Se coloca el diario, que para ser leído debe estar en una posición que podríamos definir como vertical, se lo coloca, entonces, sobre el escritorio, de manera horizontal, con el manojo de hojas dispuestas a ser leídas, ese lateral por el cual uno debería usar los dedos para pasar las hojas, de frente a uno. Y se hace un corte, de todas las hojas, de una sola vez, justo por la mitad. Debe ser un corte limpio, recto, pero no total. Hay que detener la tijera entre uno y tres centímetros antes de llegar a la otra punta, al otro extremo. Se trata, la maniobra, su originalidad, consiste en que el corte no sea total. Allí descansa todo el procedimiento.
Se guarda la tijera. Se deja el diario en posición de ser leído. Y uno se va a comer.
Cuando uno no está presente, ese alguien se acercará a tu escritorio, puede que incluso se siente en tu silla, y se prepare a leer el diario. Tras sondear los títulos de la tapa, procederá a intentar dar vuelta una hoja, la primera hoja.
Pero entonces descubrirá que consigue dar vuelta la mitad de la hoja, la mitad superior de la hoja, si ha puesto sus dedos en el extremo superior derecho del diario, porque la mitad inferior de la hoja no se mueve, se queda quieta.
Ese alguien descubre, que para dar vuelta la hoja debería usar las dos manos, para lograr que las dos mitades se muevan al unísono, y no una mano. Porque cuando intente dar vuelta la hoja, la siguiente hoja, vuelve a descubrir que sólo consigue mover, como en su intento anterior, media hoja.
Lo que le sucede lo desmotivará un poco, le generará un curioso fastidio, porque leer el diario teniendo que pasar las hojas con las dos manos, en lugar de con una, no es lo mismo, no tiene la misma gracia.
Pero el diario lo compré yo, es mi diario. Y yo considero que para vos leerlo debiera ser más difícil, te tiene que costar un poquito más.

27.4.09

Crisis (ni peligro, ni mucho menos oportunidad)

Veo por televisión un reportaje a Borges, hecho, quién sabe, hace treinta años, y me doy cuenta que jamás se me ocurrirá la trama de un cuento de Borges, ni una respuesta de Borges, y que si me quedara ciego, inclusive, mi ceguera sería una ceguera infinitamente menor, más aburrida, que la ceguera de Borges.
Voy a España. Voy a Madrid. Voy al Museo Reina Sofía. Veo un cuadro. Un cuadro de Francis Bacon. El cuadro se llama ‘Figura tumbada’. Y me doy cuenta que jamás podré pintar un Bacon, que jamás sabré cómo empuñar un pincel, que sería difícil para mí, incluso, mezclar dos colores.
Escucho por casualidad, en una emisora de música clásica, las Variaciones Goldberg, y me doy cuenta que no sé tocar el piano, que nunca sabré tocar el piano, que mis dedos de gorila oxidado no tendrían inconvenientes en jurar que tocar el piano es imposible.
Abro la heladera. Hay un amorfo pedazo de dulce de membrillo que ha comenzado una extraña y verdosa mutación, tres o cuatro cucharadas de un arroz refugiado en el fondo de una fuente, frío, seco y apelotonado, una gaseosa abierta sin una sola burbuja de gas, algo de queso rallado espolvoreado sobre los estantes, un durazno que parece haber recibido, vaya uno a saber el porqué, los motivos, el impacto de un balazo.
Bajo a comprar comida. Seguro que después se me ocurre algo.