30.10.12
Con el tiempo
Cuando Moni vino a contarme que estaba embarazada de tres meses, de un novio con el que estaba viviendo y que se había dado a la fuga ni bien conocida la noticia, yo le dije que le quedaba bien estar, justamente, en ese estado. Que le iban por fin a crecer esas magras tetitas, que se bajara un poco el pantalón y apoyara las manos contra la pared, que se la iba a poner así, de parada.
Cuando Moni vino a contarme que su tía estaba internada en el Hospital Italiano, y parecía nomás que se moría, su tía que era prácticamente como una madre, ella se había criado con su tía. Su tía que ahora estaba en terapia intensiva, con respirador, toda cableada, en una absurda agonía. Yo le dije que estaba linda incluso con la cara lavada, muerta de sueño. Que se arrodillara y que me la chupara como ella bien sabía, después le iba a preparar un mate cocido y podíamos seguir conversando.
Cuando Moni vino a contarme que la habían echado del trabajo, al parecer un padre se había quejado de cómo ella trataba a los alumnos. La acusaron de haber zamarreado a un chico, con lo que ella quería a los chicos, ser maestra de una escuela primaria, educar, dar amor, había sido desde siempre la pasión de su vida. Yo le dije que no era bueno para ella que empezara a fumar desde tan temprano. Que dejara el encendedor con el que estaba jugando y me hiciera una paja, así como estaba, vestida. Tenía ganas de acabarle sobre ese pulóver color salmón que le quedaba divino.
Me la crucé a Moni, el otro día, por la calle, después de tanto tiempo. Me dijo que tenía gratos recuerdos míos, a pesar que ella siempre me había considerado una basura humana, un asco de persona. Una de las cosas que le había permitido seguir adelante, aún en las peores circunstancias, había sido el que yo siempre quería cogerla, sin importar lo que le estuviera sucediendo. Sentirse deseada había sido una tabla de salvación en medio del naufragio de su vida.
25.10.12
Raspón
Ella lo único que quería era una bicicleta. Y, finalmente, su padre había dicho bueno, había dicho sí. Para el día del niño, se despertó, y ahí estaba. La bicicleta, flamante, roja, los pedales donde jamás nadie había pisado, el metálico manubrio con cintas de tres colores colgando a cada lado, esperando el viento.
Ella tenía nueve años y el mundo era perfecto. Volvía del colegio, merendaba lo más rápido posible, y salía a pasear con su bicicleta nueva, por las arboladas calles de Palomar, Ciudad Jardín, donde las flores huelen como en ningún otro lugar y los pájaros se sientan al lado tuyo a conversar. Se alejaba una o dos cuadras no más, lo prometido, daba vueltas.
Un domingo a la mañana ella volvía pedaleando a casa, estirando tanto como fuera posible el corto y permitido trayecto, doblando y volviendo a doblar. La excusa había sido ir a comprar el pan, las facturas, para desayunar.
Sintió el impacto, pero cuando abrió los ojos ya estaba en el piso. Se puso, como pudo, en cuatro patas, le sangraba la frente por el raspón, y una rodilla. Se le había aflojado un diente de adelante, sintió la tibieza de la sangre en sus labios.
La habían empujado, venía distraída. Dos muchachotes salidos de alguna parte, de pie, las puertas delanteras del Fiat abiertas. Uno guardaba su bicicleta en el baúl. Todo sucedía muy rápido.
–¡No! –gritó, ella, y le salió un sollozo. Se pasó una mano por la frente.
–Nenita –dijo uno, el que estaba más cerca, y se acercó un paso. La miró, a ella nunca la habían mirado así. Sintió que todo lo malo del mundo estaba en esa mirada, sintió que todo lo malo existía, como posibilidad. Aún sin poderlo definir con exactitud, lo supo el cuerpo.
–Dale, no hay tiempo –dijo el otro, que después de guardar la bicicleta en el baúl, se subió al auto en el asiento del acompañante–. Después buscamos algo.
Ella estaba sentada sobre el camino de tierra, el hombre de pie. Iba de jeans y camisa a cuadros de manga corta, peludo, muy peludo. Le salían pelos por todos lados. El hombre se inclinó hacia ella, y le puso una mano debajo del mentón. La mano era fuerte, callosa, los dedos muy gruesos. La obligó a levantar la cara. Ella vio el bulto en el pantalón, y más arriba los orificios nasales tan negros, tan oscuros.
–Nenita –dijo el hombre, otra vez, y se subió al auto. Se fueron.
Han pasado más de veinte años de aquel suceso. Ella es docente en una escuela primaria, vive en un pequeño departamento en el barrio de Congreso. No lo dice, pero cree que el mundo es un lugar extraño y hostil. Le gustan los jugos de frutas, tiene un gato que se llama Sigfrido, también le gustan las películas donde alguien lucha contra una catástrofe natural o una terrible enfermedad. No volvió a andar en bicicleta, nunca más.
20.10.12
Si no te contesto
Si me saludás. Si me ves en la calle y me saludás, o en un bar. Me ves y me saludás, me decís ‘Eh, Hundred. Cómo andás’, o ‘Me gusta cómo escribís, loco’, algo así. Me hablás, mientras estoy comprando un alfajor en un kiosco, o tomando un café con leche a la mañana, bien temprano, en algún bar. Si ves que no te saludo, no te contesto, no te miro, ni siquiera te miro o te miro pero sigo mirando a través tuyo, el resto del paisaje, esa piba que pasa llevando un perro con un culito divino, la piba, no el perro. Si no te digo nada, no te pongas mal.
Es que no puedo creer lo que me sucedió, a mí. El paso del tiempo como si me hubiera pasado un catamarán por encima, o un Flechabus, pero de dos pisos. Mi cara, mi cara de loco recién escapado de un hospital psiquiátrico, mis ojeras como si no hubiera podido dormir desde la adolescencia, como si me hubiera enterado de algo muy feo a los quince o dieciséis años y no hubiera vuelto a dormir jamás. Mi legañosa mirada, mi abrumadora calvicie, mi deterioro físico en general. Y mi tristeza, esa tristeza que salió como si hubiera pisado una equivocada baldosa de la vida y hubiera quedado enchastrado de algo que no se me fue más. El fastidio de saber que hice todo mal, que me equivoqué en todo, que jamás tuve la más mínima oportunidad.
Por eso te digo, es todo, la vergüenza de ser como soy, de estar como estoy, la tristeza de haber perdido la magia y haber olvidado el truco, justamente, de magia, para volverla a encontrar.
Es eso lo que me pasa, no me soporto, a duras penas puedo con mi alma. O quizás también me parecés un tremendo pelotudo y no me interesa hablar con vos, no descartes esa posibilidad.
15.10.12
Preferiría no tener que decirlo, preferiría no saberlo
Salí con mujeres. Quizás demasiadas. No, boludo, no soy Julio Iglesias. Quiero decir, salí con más de tres mujeres, con cinco si querés, y ya está. Ya sabés todo lo que hay que saber, del sexo, de la menstruación, del secreto anhelo de ser mamá aunque te jure que lo más importante que le puede suceder en el planeta tierra es que la nombren subgerente regional de marketing interconductual de Pindorchita Corp. o encontrarse en el Malba con Jim Jarmusch que salió a dar una vuelta después de hacerse emporrar por un pibe chiquito y saludarlo, de la existencial angustia por el paso del tiempo, la fatiga de materiales, la decadencia y caída de las tetas, la celulitis devorándolo todo como un aplicado insecto.
Lo demás es la gota en la piedra, repetir el experimento y creer que el resultado puede ser distinto. Locura, diría Einstein.
El asunto es que te acostumbrás a muchas cosas, lo importante deja de ser tan importante, uno aprende, en nombre del amor, a tolerar absurdas interpretaciones sobre tu manera de meterte el dedo en la nariz o de rascarte el culo, peludas verrugas, cuñadas y suegras, vaginitis, mil y una maneras de tedio. Supongo, claro, por supuesto, que del otro lado, para la mujer que vive con vos, debe ser más o menos parecido. Nos vamos volviendo, todos, esforzados gimnastas en el deporte de la paciencia donde no hay medallas ni podios, sólo seguir con el entrenamiento.
Pero hay cosas que están mal. Síntomas, señales, que deberían indicarte al instante que llegó la hora de escapar. Que es mil veces mejor ser un lobo solitario (y ponerle un pañuelo en el cuello a tu perro, mezcla de ovejero alemán con algo), un pervertido amante de las bebidas gasificadas y la pornografía, un anacoreta, un incomprendido para familiares y amigos, un eremita.
En alguna circunstancia, en alguna situación, puede ser compartiendo una semanita en Necochea, o un domingo cualquiera, después de haber dormido juntos, bien temprano. O porque esperan para la tarde, para tomar un café o mate, visitas.
Van a una panadería, a comprar, dos docenas de facturas. Vos te ocupás de pagar, de sacar el ticket, para eso fuiste puesto sobre el planeta tierra. Los leones cazan antílopes, a los osos pardos les gustan los salmones, los hombres pagan las cuentas, son leyes de la naturaleza.
Y la dejás, a ella, que pida las facturas (*). Es importante, como algo casual, das un ínfimo pasito atrás, le indicás, desde lo gestual, que haga el pedido. Te hacés el distraído, como si te hubiera sonado el celular o estuvieras buscando en el piso una moneda.
Y mirás. Vos mirás.
Ponele que son dos docenas de facturas. Si ella dice ‘dos docenas de facturas, por favor, surtidas’, está bien, está muy bien. Si ella dice ‘una docena de medialunas, y una docena con dulce de leche’, también está bien. Si dice ‘por favor, no me pongas con crema pastelera’, está bien, no importa, la crema pastelera puede no gustarle o traerle gases. Si dice ‘seis tortitas negras’, o ‘seis vigilantes de membrillo’, bien, no problem.
Pero si ves que ella se pone a elegir las facturas, las veinticuatro facturas, de a una. Si dice ‘esas dos’, y dice ‘no, la de al lado tiene más dulce’, y dice ‘una de arriba, un churro, no, a ver, el otro, a la derecha, más a la derecha, el otro’.
Entonces esa mujer es una pelotuda sin alma, su foco de atención le impedirá estar contenta en ninguna circunstancia, verá manchas de humedad en el techo mientras fornica, y sentirá olor a gas en la cocina del departamentito en Almagro a las cuatro y cuarto de la mañana. Para resumir, es una mujer que cree que tiene algo para decir en lo relativo al orden del universo en general, a la rotación y traslación del planeta tierra en particular. Cree que su opinión importa, que ella entiende, que está en los detalles.
Es una mujer incapaz de ser feliz. Tenés que irte.
(*) se puede hacer con masas secas. la lógica argumental se mantiene.
10.10.12
AG/DG
Claro, para poder categorizar, uno debe marcar un hito, un mojón, una divisoria línea de aguas. La mente en realidad es un instrumento diseñado casi exclusivamente para eso. Un instrumento muy útil, por cierto, pero que no debe tener bajo ningún concepto el protagónico del ser. La mente clasifica.
Y entonces, vas a ver que no sé, por ejemplo si querés el cristianismo, va y te dice que el mundo se divide en antes y después de Cristo. No sólo como algo histórico, sino evolutivo de la humanidad.
En lo privado, en la pequeña escala, por trivial que parezca, ocurre lo mismo. Una chica, una adolescente, contará sus experiencias a una amiga y le explicará que hay un antes y un después del debut sexual. El mundo, su mundo, ha cambiado. Ya nada será lo mismo.
Y así podríamos seguir, dependiendo de la situación vital de quien escribe la clasificación, sus gustos, sus apetitos. Alguien te dirá que hay un antes y un después de tomar cocaína por primera vez, el punto en el cerebro que la sustancia es capaz de tocar, tan único y exquisito. Alguien te dirá que hay un antes y un después de tirarse en paracaídas, hay un antes y un después de casarse, hay un antes y un después de chocar un automóvil a más de ciento cincuenta kilómetros por hora, hay un antes y un después de nadar de noche en el mar, hay un antes y un después de tener un hijo.
Pero no, para mí no. Se trata de distractivas maniobras, la clasificación, como te dije, la categorización, para mantenerse, de algún modo, entretenido. El denodado intento por esquivar el existencial tedio, distraerse, gambetear el fastidio de estar vivo.
Ahora, hay un antes y después de tener guita. Con eso no se jode, ahí coincido.
5.10.12
La vida
El doctor miró mis análisis, y negó con la cabeza. Casi pude intuir un atisbo de contenida sonrisa. Me dijo, se sacó los lentes y me dijo que tenía que empezar a cuidarme. Apretándose los globos oculares con las yemas del índice y el pulgar de la misma mano, me dijo que yo tenía que adelgazar, caminar, dejar algunas cosas, cosas que me gustaban. Medicarme.
–El cuerpo es una maquinaria que se va atrofiando con el paso del tiempo –dijo–. La vida.
–¿Le puedo comentar algo, doctor?
Suspiró, asintió. Esperando lo habitual, la negación, el desesperado intento de creer que alcanza con comer un diente de ajo a la mañana o tomar una cucharada de aceite de oliva, o quizás miel. Medidas distractivas.
Debía tener casi sesenta años, el doctor. Canoso, peinado para el costado, delgado, con el rostro y los antebrazos bronceados de jugar al golf los domingos. Chorreaba dinero de sus lentes Armani sin marco, su discreto Rolex, sus zapatos Salvatore Ferragamo. Se lo veía satisfecho, omnisapiente, poseedor del don de curar, de administrar (y conocer) la diferencia entre lo bueno y lo malo, la vida y la muerte. Respetado profesional, merecía, sin dudas, haber llegado adonde había llegado. Una hija casada con un prestigioso oftalmólogo, un hijo que tocaba la guitarra pero ya se le pasaría. Vacaciones en su departamento en Punta del Este, frente a la mansa, parada 23, semanita de esquí en invierno, sexo ocasional con alguna enfermera de la clínica, una copa de vino italiano en las cenas de los viernes.
–Sí –dijo, volvió a ponerse los lentes con un estudiado, casi teatral movimiento–. Lo escucho.
–Me estoy cogiendo a su mujer –dije.
–¿Qué? –se sorprendió, se inclinó hacia delante, como si alguien, desde atrás, le hubiera dado un empujoncito.
–Que me estoy cogiendo a su mujer.
–No –dijo–. Es un error, además de una falta de respeto inadmisible.
–Le explico, doctor. Tres veces por semana su mujer va al Megatlón de Migueletes, a hacer su clase de gimnasia, de Pilates, de Taebo. La paso a buscar por ahí, los miércoles por lo general. Nos vamos a coger a un hotel de la Panamericana. Andrea, porque su mujer se llama Andrea, ¿no? –asintió, abrió la boca como un pez– me dice que debe estar en su casa al mediodía. Porque almuerza con su hijo, Cristian. Bastante vago, y ya está grandecito para seguir boludeando, pero buen chico.
–Pero –dijo el doctor, que parecía haber recibido un impacto en el pecho, y se curvaba hacia adentro–. Pero.
–Sigo. Usted lo único que quiere es irse a jugar al golf con sus amigos todos los domingos. Pero aunque Andrea insiste, yo los domingos no la veo, no me la cojo. Los domingos yo veo a mi novia, y a mi madre también, al mediodía. Mi mamá por lo general los domingos hace lasaña, o arroz con pollo. Le dije a Andrea que no puedo, que no insista.
–No puede ser –dijo el doctor.
–Sí puede ser, doc. Andrea viene con su Honda Civic, más de una vez me ha tirado de la goma en ese automóvil. Le gusta mucho que la pajeen, que le metan los dedos, se moja enseguida, me deja la mano hecha un pegote. Dice que usted la coge poco, igual todavía lo quiere. Debe ser por la diferencia de edad, la convivencia, eso desgasta mucho. Está buena su mujer, doc. Todavía joven, bastante firme el culito, y tiene una cosa más, un gesto, como si por un instante saboreara el esperma, antes de tragarlo. Eso está bien, se ve que conserva algo de iniciativa.
El doctor se dejó caer sobre el escritorio, la cabeza entre los brazos, como si quisiera dormir un poco. Escuché que lloriqueaba.
–No la culpe, doctor –por un momento pensé en darle una palmada en la cabeza, pero me salió apretarle un hombro, dos segundos–. La vida.
Salí del consultorio. La secretaria me preguntó si necesitaba pedir un turno, pero dije que no. Dije, señalando los análisis que tenía en la mano, que tenía que esperar dos meses y repetir los estudios. Llamaba por teléfono más adelante.
Bajé en el ascensor. De más está decir que todo lo que le dije al doctor era mentira. Pero me tuvieron más de una hora en la sala de espera, y justo pasó la mujer del doctor, a retirar unas bolsas con unas cremas. La escuché hablar con la secretaria sobre el turno con el chapista para reparar el Honda, y después por teléfono celular. Hablaba del gimnasio, de tomar café en el Starbucks al lado del gimnasio el miércoles a la mañana, después de la clase, con una amiga. Vi la foto de su hijo sobre un estante de la biblioteca del doctor, la escuché quejarse porque le cambiaban el horario de una clase de gimnasia, y habló con otra amiga sobre el plan del domingo, quizás ir al cine después de caminar, sin los maridos.
No me fue difícil unir los puntos, inventar el resto. Si me vas a decir que estoy hecho mierda, no te la podés llevar de arriba.
30.9.12
Por tu bien
Si vinieras a mi casa, aunque no, no hay manera que vengas a mi casa, si venís a mi casa tenés que coger conmigo, no importa de qué querés hablar, cómo te sentís, tampoco importa demasiado qué te pasa. Si no vas a coger conmigo ni te molestes en venir, mandame un mail. Ah, no tenés la dirección, la dirección de mi mail. Bueno, mandame un mail que te la digo.
Pero si vinieras a mi casa, al lugar donde vivo, sucede algo. La azucarera y el salero han sido llenados con una mezcla, la misma mezcla, te explico.
Compro un kilo de sal, y un kilo de azúcar, y los mezclo, mitad y mitad. Los pongo en una ensaladera y revuelvo un rato largo con una cuchara de madera. Después lo paso a otro recipiente, colándolo, y después lo vuelvo a pasar al primer recipiente, colándolo otra vez. Así queda todo bien mezclado.
Con esa mezcla relleno la azucarera, el salero también.
La idea es que si venís a mi casa y le ponés azúcar al café, o sal a los fideos, vas a notar algo. Una ligera incomodidad, algo que de algún modo te dificultará disfrutar lo que estés comiendo o tomando.
Sucede que estar conmigo, mi sola presencia, escucharme decir un par de inconexas frases o reír, verme encender un cigarrillo, bueno, es una experiencia de míticos ribetes. Algo mágico.
Y yo necesito asegurarme que te vayas.
25.9.12
Deberíamos probar
Entendí el problema leyendo un libro. No digo que sea exactamente para eso que uno lee libros, pero a veces pasa. A veces pasa que estás leyendo y mientras leés entendés algo. O se te ocurre algo. No te voy a decir que es como coger, no, pero es una experiencia de lo más agradable. Es probable que un buen libro sea más que un mal polvo, aunque tampoco quise decir eso.
La gente coge. La gente va y matraquea, el viejo y querido ñaca ñaca. Y a veces, no siempre desde ya, nacen chicos. A eso quería llegar.
Los chicos nacen, en quirófanos, por lo general en hospitales, sobre todo en lo que se podría llamar el ‘occidente civilizado’. Nacen, los chicos, también, no sé, en medio de la selva, o a orillas del Ganges.
El asunto es que los chicos nacen, y ¡paf!, todos lo hemos visto, los tienen de las patas, y les dan una palmada. Para que lloren. Les entra aire en los pulmones, ya sé, arranca el fuelle que los acompañará mientras vivan. La vida comienza con una inspiración y termina con una espiración, también lo sé, no soy un cavernícola.
Pero la vida comienza en llanto, a eso quería llegar. Quizás si al nacer sentáramos al bebito y le contáramos un chiste, un chiste realmente bueno, o le hiciéramos cosquillas, en un pie, en la panza. Creo que si los bebés comenzaran la vida riendo, en lugar de llorar, bueno, quizás nadie sufriría tanto.
20.9.12
Qué te pasa
Habíamos ido a la casa de Toti. El Toti se había ido a vivir a Acassuso, con la novia, y nos habían invitado a un asado. Debíamos ser unos catorce, cuatro o cinco parejas, algún familiar, algunos solos. Domingo al mediodía, asado que prometía durar hasta la noche. Pilas de carne, achuras, batatas al plomo. Compramos vino a rabiar. Martín trajo como diez botellas de Fernet.
Fue llegando la gente. Hacía frío pero había solcito, sillas de plástico desparramadas por el jardín. Un terreno bien grande, un par de árboles que debían tener como cien años, álamos, el perro de Toti, Hugo, yendo y viniendo, moviendo la cola, feliz de la vida.
Estaba tomando un Fernet y quizás por eso tardé en darme cuenta lo que estaba sucediendo. La novia del Toti, Fabiana, fue a abrirle a una pareja que acababa de llegar. Se metieron ladrones, en un segundo. Eran tres, y quedó uno más afuera. Chicos jovencitos, uno con jeans y las zapatillas con los cordones sin atar, los otros con equipos de gimnasia y gorritas con visera. Uno sacó una escopeta que llevaba debajo de un camperón de esos largos que suelen usar a veces los directores técnicos de fútbol, los otros dos tenían pistolas.
Al entrar, le dieron un culatazo a la mamá de Toti, que estaba preparando ensaladas en la cocina. La mujer se había desmayado y sangraba feo de un oído. Todo mal.
La hago corta. Nos sentaron a todos sobre el pasto. Nos hicieron sacar los zapatos. Metieron todo lo que teníamos en un bolso de tela verde, billeteras, celulares, relojes, dinero. El de la escopeta nos apuntaba y cada tanto miraba a alguno que se había cansado de tener los brazos en alto, y chistaba.
Matías trató de hablar con uno y se comió una trompada sin preámbulos. ‘No me hablés’, le dijo el pibe. ‘Ni me hablés, gato’.
Uno agarró las llaves de los autos. Salió y volvió. Eligieron una camioneta. Querían cargar las computadoras, el microondas, los televisores, el lavarropas, también. Uno, que debía ser el más chico, de lentes con vidrios espejados, moqueaba todo el tiempo y se limpiaba la nariz con un antebrazo. Se lo veía demasiado inquieto, muy drogado. Parecía como si la .45 le quedara grande en la mano.
–Bueno –dijo el chiquito–. Ahora voy a elegir a alguna de las nenas para que me la chupe. Y mientras me voy a sacar fotitos con el celular, para tener de recuerdo –se rió, estaba contento. Con la mano libre se apretó la garompa.
–Pará –dije. No, no soy valiente, sencillamente vi lo que iba a suceder, y supe que no iba a poder soportarlo– ¿Te volviste loco? Un asalto es una cosa, pero si tocás a una de las pibas termina todo para la mierda.
Me puse de pie, pero no avancé. Abrí un poco los brazos, como si me preparara para atajar un penal.
–Bueno, bueno –el pibe me apuntó a la cara–. Tenés razón, loquito. Además son todas bien feas, eh. Entonces traigan a la vieja de la cocina. ¡Traeme la plancha, Willy! Vamos a quemar a la vieja hasta que nos digan dónde tienen más guita escondida. En esta casa tiene que haber más guita. Fijate dónde enchufamos la plancha. Le voy a quemar los pies, primero. Después la cara. Vas a ver cómo aparece la plata.
–Flaco, qué te pasa –me pasé una mano por la cabeza, me puse en cuclillas, arranqué un mechón de pasto y lo mastiqué. No me preguntes por qué, la desesperación– ¿Qué carajo te pasa, se puede saber? Ya te llevaste todo, la guita, las computadoras. Cómo carajo podés quemar a una persona con una plancha. No vas a poder dormir nunca más.
Imaginé los gritos de la mamá del Toti y cerré los ojos, muy fuerte. Imaginé que me disparaban y tuve una sensación en el centro del pecho, como una corriente de aire. Una sensación muy fea, muy rara.
–Está bien –dijo el pibe–. Ya sé. Te voy a cortar un dedo. Llamamos a tu familia y le decimos que te tenemos secuestrado. Les llevamos tu dedo y pedimos que nos paguen ya, el rescate, lo que tengan, porque si no te matamos de una. Algo debés valer, vos. ¿Vivís cerca?
–No –le dije, apreté los puños–. No me vas a cortar el dedo, no le vas a cortar el dedo a nadie. No está bien, eso no se hace.
Pensé que si el pibe levantaba el arma o avanzaba un paso yo iba a correr tirando trompadas hacia delante, hasta caer muerto. En eso consistía la totalidad de mi precario plan. No me podía dejar cortar un dedo, me dolían las manos de sólo pensarlo.
Entró el de afuera, y habló con el de la escopeta. Ya tenía la camioneta cargada con el motor encendido. Discutieron algo.
–Uh, loco –el pibe me miró y se rascó la cabeza, por encima de la gorrita–. Parecés mi vieja, siempre lo mismo. Cualquier cosa que yo quería hacer, no me dejaba.
Ahí nomás se fueron.
15.9.12
Detalle técnico
No voy a describir la previa. Lo previo al coito imaginátelo como más te guste. Ya es por todos sabido que, antes del coito propiamente dicho, bueno, hay algo previo. Salvo que tengas no sé, diecinueve años, entonces no hay previa. La previa, por decirlo de algún modo, te estalla en las manos. Los participantes son devorados por una pulsión que les impide, incluso, el adecuado uso y disposición, ejem, del herramental que forma constitutiva parte de sus seres. Juventud, divino tesoro, no es este el caso.
Te pusiste el preservativo, el forro. Sí, también, esto no es un matrimonio, estamos hablando de sexo.
Ahora bien. Estás de pie, con el preservativo puesto, la garompa enhiesta, la bandera izada, el perico famélico, como más te guste decirlo. Y ella está, hace a la cuestión, ella es partícipe necesaria desde ya, sobre la cama.
Ella está sobre la cama, recostada, sobre un almohadón quizás, las plantas de los pies apoyadas sobre el acolchado, sobre la superficie de la cama, las rodillas flexionadas entonces, las piernas algo abiertas. En estado de existencial predisposición.
Entrás a la cama, el tatami del amor, apoyás una rodilla, vos. Entrás en la zona. Te separan, ponele, noventa centímetros, quizás un poco más, quizás un metro, del acople.
Acá viene lo que te quería comentar. Ahora viene lo importante.
Podés avanzar, vos, acercarte el tramo que te falta para ingresar al interior de la vagina misma. Pero. De ninguna manera. No es eso lo que tenés que hacer, no de esa forma.
Lo que tenés que hacer, tomando de ambas piernas a la afortunada, pasando tus antebrazos por debajo de sus rodillas, es dar un leve, suave pero contundente a la vez, tirón. Se desliza entonces, la mujer, no mucho, hacia delante, es una fuerza que la arrastra hacia la pija, la mujer siente que es el universo entero que la coge, la pija es destino.
Lo que viene después ya lo sabés, lo que viene después es coger, podés ver videitos por internet si te faltan ideas. Pero es ese tironcito, quién se acerca a quién en ese último tramo antes de proceder con la fornienda, lo que define no sólo el éxito del garche, sino también la naturaleza de la relación.
Acordate, no te zambullas como un embravecido chancho pecarí, pegá ese tironcito de las piernas. La vagina viene hacia vos. Vos sos el surtidor, la fuente. Eso cambia muchas cosas. Tantas.
10.9.12
No te mueras nunca
La gente no se iba a morir más, lo anunciaron por televisión, por cadena nacional. Simultánea, en realidad, internacional. Hablaban los presidentes de todos los países del mundo, para sus respectivos países, en sus propios idiomas.
Hacían la presentación nomás, el anuncio, y después hablaba un grupo de científicos desde Sidney. Hablaban para todo el mundo, al mismo tiempo, nunca visto.
Había multitudes en las playas, mirando pantallas gigantes. Tiraban fuegos artificiales, como si fuera un fin de año, y un comienzo de año a la vez, un año que se repetiría, que no terminaría nunca.
Habían estado trabajando los mejores científicos del mundo, y finalmente, casi por casualidad, habían dado con la clave. Podían frenar, a partir de los treinta y tres años, el proceso de división celular. Una enzima que se encontraba en el dulce de batata, y se mezclaba con tres gotitas de agua de mar, extraídas a más de noventa y siete metros de profundidad.
Y listo. La habían sintetizado, puesto en comprimidos que se repartirían de manera pública y gratuita en cualquier parte del mundo. En los hospitales, por supuesto, en las escuelas, y en los aeropuertos. Los cajeros automáticos de los bancos tendrían un botón que escupiría la pastilla, también.
A partir del lunes, comenzaría la distribución. Todo estaba preparado. Tardarían no más de tres meses en darle el comprimido a todo el mundo. Y listo, la gente dejaría de envejecer a partir de los treinta y cinco años como máximo. Nadie se moriría más.
Ese fin de semana, el sábado mismo pero todavía más el domingo, la gente se empezó a suicidar.
5.9.12
Yo quiero ser feliz
Se despertó. Fue al baño, se lavó la cara, hizo pis. Domingo a la mañana. Volvió a la cama. Apoyó su delicado mentón sobre uno de mis hombros, como si se asomara a mí.
–Juan, ¿dormís? –dijo con su dulce vocecita hecha un susurro. Su pelo, su maravilloso pelo derramándose sobre mí. Yo estaba con los ojos cerrados, pero no dormía. Por lo general, me costaba mucho dormirme, lo que equivale a decir que casi no dormía, o dormía de a ratos. Permanecía en la cama, tratando de no moverme, boca arriba, con los ojos cerrados, imaginando lo lindo que sería dormir. La mente se me disparaba como una montaña rusa. Trataba de no pensar, de no pensar en nada, de concentrarme en la respiración o en el dedo gordo de un pie, pero los pensamientos entraban por todas partes, agujereaban el casco de la precaria embarcación de mi ser. Cada pensamiento peor que el anterior.
–Trato –dije–. Trato de dormir, Marucha. Pero si me estás mirando como un búho, se me hace difícil.
–¿Cómo sabés que te estoy mirando? –me dijo–. Si estás con los ojos cerrados.
–Porque lo siento –moví una mano por encima de su cuerpo, le pellizqué una nalga–. Siento tu mirada de rayo láser.
–Estuve pensando –dijo ella. Se apoyó sobre el lateral de mi cuerpo.
–Es toda una novedad –dije–. Decime.
–No soy feliz –tuvo un hipo–. Ya está, ya te lo dije.
–Es normal, Mara –me rasqué la nariz–. Después de cierta edad, ponele, después de los treinta años, nadie es feliz. Hacés lo que podés, con lo que tenés. Mientras ves cómo lo que tenés, que te parecía poco, también se va. Vivís.
–Es verdad, es verdad –estornudó, o quizás no estornudó, quiso disimular el hipo–. Pero yo quiero ser feliz. Pensé en matarte. Me desperté en mitad de la noche, y pensé en ir a buscar un cuchillo de la cocina y matarte. Está claro que si no soy feliz, es por tu culpa.
–Es una manera de verlo –dije–. Aunque no sos feliz vos, y me matás a mí. No sé, no me parece.
–Sí, tenés razón. Por eso fui a la cocina, y después pensé en matarme yo. Agarré el cuchillo y dije ‘me mato y listo’. Me quedé parada en la cocina, con el cuchillo en la mano. Lo pensé.
–Y sí –dije–. Aunque no sé. Matarse con un cuchillo con mango de plástico, en una cocina de un departamentito de morondanga. Como que le falta glamour, es como tirarse por la ventana de un contrafrente. Me parece un bajón.
–Tal cual, tal cual –se sentó en la cama–. Entonces pensé en irme. Pensé en hacer un bolso y tomarme un taxi. Irme en mitad de la noche, empezar una nueva vida, lejos de vos.
–Eso está mejor –dije, giré, me puse de costado, dándole la espalda–. Si te llegás a ir, algún día, acordate que hay plata en el último cajón de la cocina. Hay dólares, ahí, tampoco te vas a ir con lo puesto, llevate los dólares. La vida por lo general es un triste episodio, pero la vida sin un mango es triste y es un asco, al mismo tiempo. Te pueden servir, los dólares.
–No sé qué hacer –estaba sentada con las piernas cruzadas, despeinada, jugaba con un granito que le había salido sobre la cara interna de un muslo–. Yo quiero ser feliz.
–Sí, me dijiste –me rasqué la panza, con el revés de un pulgar, como hacía mi padre. Gargajeé.
–Podríamos ir a desayunar –se subió, encima mío, me puso otra vez boca arriba y se subió, recostó su cabeza sobre mi pecho. Tuve una levísima erección, pero no me moví–. A un lugar que no hayamos ido nunca, a un lugar lindo. Quiero comer tostadas.
–Ahora vamos –dije–. Claro, sí.
30.8.12
La cura de la palta
Tenés que comprar una palta, para el tratamiento tenés que comprar una palta. Nada más, no hace falta nada más, así que nadie puede decir que es muy caro, que no tiene el dinero. Una buena palta debe costar cinco o seis pesos, un dólar.
Lo mejor es hacerlo un domingo, un domingo a la tarde. Si es invierno, si hace frío, mejor todavía.
Te desnudás, tenés que estar desnuda. No pasa nada, estás sola en tu departamento, y estás desnuda. Con la palta.
Abrís la palta. Es muy fácil. La generosidad de la fruta. Hacés un corte longitudinal, recorrés todo el perímetro hundiendo el cuchillo, y después girás ambas mitades en sentido contrario, como si estuvieras abriendo un frasco cualquiera. Sí, como si fuera un frasco de mayonesa, sí, como si fuera un frasco de mermelada.
Ahí tenés, las dos mitades de la palta, quitás el carozo que puede ser, si la palta es grande, casi del tamaño de una pelotita de ping pong. Sale fácil.
Y te entrás a frotar, con la palta. Como si fuera un jabón. Te frotás los brazos y las piernas, los muslos, las tetas y la cola, la cara, el cuello, te frotás la frente y la vagina, en el orden que te parezca más apropiado, más conveniente, las pantorrillas, la panza.
Y listo. La palta, como vos bien sabés, es una especie de manteca vegetal que va del amarillo hacia el verde pero se queda del lado del amarillo. Tiene muchísimas vitaminas y nada de colesterol (como se creía en una época). Pega bárbaro con cebolla y tomate, es una fantástica ensalada. Hay gente incluso que la come de postre, con azúcar.
Te sentás, entonces, en una silla de la cocina, toda empaltada. Y esperás dos o tres minutos, no hace falta más.
Te vas a dar cuenta que todo lo que te parecía importante, bueno, no es importante. Tu propia vida, algún nombre hay que ponerle, carece de sentido. Si tu marido se escapó con una secretaria mucho más joven que vos, si tu hija de once años te dijo que quiere ir a ver a un pai umbanda que le explicó que es la reencarnación de Sai Baba pero con el pelo lacio, si no hay quién te lleve un fin de semana largo a Pinamar, si tenés un par de amigas que son más flacas, si no hay manera que te asciendan a coordinadora regional de nada.
No importa, ya no importa.
Es domingo, oscurece. Está anunciado lluvia para la noche. El carozo te mira desde la mesada.
25.8.12
Chacarera
Estoy en el subte, viajando en subte. Disculpame, pero las cosas que me pasan, muchas cosas que me pasan, me pasan viajando en subte. ¿Qué querés, que te cuente que estuve haciendo esquí acuático en Mónaco? Pelotuda.
Línea B, voy al centro. Último vagón, paradito, abro mi libro, la idea es leer tres o cinco páginas de un libro, cualquiera. Peor es mirar los rostros de la gente. Entre la realidad y la ficción elegí la ficción, siempre, ni lo dudes. En la ficción tenés alguna posibilidad.
Entra una chica. Es joven, es bastante gorda. Va en ojotas, pantalones pescadores, musculosa negra. Se nota que es del norte, sus rasgos son aindiados, su piel café con leche.
Lleva una valija, con rueditas. Pero no es una valija, allí lleva un pequeño amplificador, un aparato de música, con la base de la música que toca, no sé. Lleva colgada una guitarra, también.
–Buenos días –dice–. Voy a hacer un par de canciones.
La verdad que lo lamento, porque estoy muy cerca, justo a su lado. Y aunque prácticamente no me importa lo que pasa, aunque la realidad no me interesa en lo más mínimo, la realidad hace tiempo que dejó de interesarme, aún así, si me guitarreás a menos de un metro de distancia, bueno, me dificultás la lectura. Así que cierro mi libro. Hace calor, un húmedo calor, Enero en Buenos Aires es la desgracia de saber que no te salió nada de lo que quisiste ser, no te salió nada y punto. No le des más vueltas.
Estoy parado, entonces, tratando de no transpirar demasiado y no mucho más que eso, cruzás la ciudad en quince o veinte minutos y eso es todo lo que importa, aunque sientas que estás en Namibia o en Saigón, aunque haya más vendedores de objetos inútiles que pasajeros, aunque la gente esté más triste que nunca. Respirás, y esperás quince minutos, no es tan grave.
Arranca la chica. Canta una chacarera. Habla, la chacarera, de las cosas sencillas que recordará el autor de la chacarera cuando la muerte venga a buscarlo. De su casa, los olores de la infancia, el vino con amigos. Pide el autor, que cuando muera, lo tapen con chacareras, así dice la letra.
La chica canta, canta y sonríe, rasguea su guitarra, es potente y dulce su voz, tan dulce. Me pasa, la chacarera, de lado a lado. Como si me atravesaran el corazón con una aguja de tejer, con un objeto de metal filoso y plateado.
No sé de dónde vino, no prestaba atención, no me lo esperaba. Me sale un sollozo, un sollozo venido de ninguna parte, un sollozo que sólo puedo recordar de cuando era chico. Un sollozo como cuando atropellaron a mi perro Urko, ese camión de reparto que dio marcha atrás y atropelló a mi perro mientras yo estaba en la heladería y lo dejó ahí, tirado sobre los adoquines con las patas traseras hechas un ovillo, y mi perro se me quedó mirando, le salía sangre del hocico y me miraba para que le explique, me miraba. No he vuelto a llorar así nunca más, la vida me fue curtiendo, mi corazón hizo el callo. Ahora estoy llorando, lloro como si fuera a llorar para siempre, como la lluvia o las olas de un mar tan lejano, caen mis lágrimas.
La chica termina su tema, y me observa. Saco dinero que llevo en el bolsillo del saco, no sé cuánto dinero, no importa, se lo doy, y la abrazo. Ella me abraza también, caen algunos billetes al piso, ha corrido su guitarra a un costado.
–Bueno, bueno, ya está –me acaricia la cabeza y sonríe, me mira hacia arriba, soy muy alto–. Ya está, chango, no pasa nada.
Nos quedamos así, abrazados, un par de estaciones. La gente cree que es parte del acto pero después entienden que no y se preocupan, alguien se pone nervioso y se ríe, alguien niega con la cabeza y mira a los costados buscando la trampa.
Paro de llorar. Beso la frente de la chica.
–Gracias –digo–. Muchas gracias.
Y me bajo en Florida.
*La chacarera se llama ‘Cuando me abandone mi alma’, letra de Raúl Trullenque, música del Cuti Carabajal.
20.8.12
Reinventarse
Cuando
a Mónica el doctor le dijo que, viendo los estudios, las microcalcificaciones,
lo mejor iba a ser operarla de un pecho, bueno, Mónica se derrumbó. No hubo
nada de metáfora, literalidad pura. Estaba escuchando al doctor que le hablaba
con su mejor cara de circunspecto, cuando sintió un leve adormecimiento en un
pie, como si le hubieran anestesiado la parte inferior del cuerpo. Le pareció que
se deslizaba de la silla, apenitas, su
cintura se despegaba del respaldo. Y después se puso todo negro y no sintió más
nada.
Se despertó acostada en la camilla del consultorio, le habían quitado los zapatos, le dieron un caramelo de eucalipto y un vaso de agua. El médico la ayudó a sentarse, le preguntó si ya estaba bien.
Mónica, al tiempo que recuperaba la conciencia de su cuerpo, recuperó como un rayo la conciencia de la noticia. Y lloró. Tuvo un acceso de llanto mientras el médico le sostenía una mano con algo que el médico debía pensar era parecido a la ternura, pero en realidad era como si hubiera levantado un pejerrey, muerto, del fango.
Mónica pensó que algo había terminado. Su cuerpo siempre había sido su mejor aliado, y había llegado la hora de la despedida. Recordó que todos habían querido bailar con ella, siempre, desde la secundaria. Ella, con los labios pintados de un rojo furia y sus remeritas apretadas y los chicos que hacían tremendos esfuerzos para que la vista no se les fuera hacia abajo. Ella, con su jean ajustado y una camisa apenas entreabierta, volviendo loco a todo el mundo en cualquier oficina. Jefes que le habían jurado que dejarían a sus esposas y a sus hijos por ella, Gabriel mirándola mientras ella se quitaba el corpiño, negando con la cabeza, sin poder creer lo que veía, lo buena que estaba.
Nunca más. Se iba ella, o lo mejor de ella. Pero no era tonta, la vida le había enseñado. Siempre había querido retomar sus estudios, recibirse de abogada. Estudiar teatro, también, no, teatro no, mejor fotografía. Ya había tenido suficiente con los hombres, podía tomarse un recreo, una pausa. Reinventarse, eso. Juntar los pedazos, seguir. Superar el espanto.
–Quizás no entendió bien –dijo el doctor–. Es normal, el susto. En ningún momento dije nada referido a una mastectomía.
Con una sonrisa, el doctor le explicó que la medicina había avanzado mucho en los últimos años. La intervención le dejaría a Mónica, como mucho, una cicatriz de un centímetro de largo justo sobre la base de su teta derecha. Se podía hacer plástica y en tres meses sería algo menos que un rasguño. ¿Quimioterapia? No, nada de eso, la gente veía demasiadas series de hospitales. Nada de nada.
–Bueno, doctor. Me gustaría operarme lo antes posible –Mónica pensó que estaban en Septiembre, y Martín la había invitado a Punta del Este la última semana de Enero. Algo gordo, Martín, y le gustaba demasiado el fútbol. Pero tenía un regio departamento sobre La Mansa, y un bmw descapotable, un Z4. Iría a la playa con una bikini imposible, sintiendo el viento en la cara, comería mejillones a la provenzal sin sacarse los lentes de sol mientras la gente trataría de adivinar si era una vedette, si la habían visto en algún programa de televisión. Iba a ser bien divertido.
Se despertó acostada en la camilla del consultorio, le habían quitado los zapatos, le dieron un caramelo de eucalipto y un vaso de agua. El médico la ayudó a sentarse, le preguntó si ya estaba bien.
Mónica, al tiempo que recuperaba la conciencia de su cuerpo, recuperó como un rayo la conciencia de la noticia. Y lloró. Tuvo un acceso de llanto mientras el médico le sostenía una mano con algo que el médico debía pensar era parecido a la ternura, pero en realidad era como si hubiera levantado un pejerrey, muerto, del fango.
Mónica pensó que algo había terminado. Su cuerpo siempre había sido su mejor aliado, y había llegado la hora de la despedida. Recordó que todos habían querido bailar con ella, siempre, desde la secundaria. Ella, con los labios pintados de un rojo furia y sus remeritas apretadas y los chicos que hacían tremendos esfuerzos para que la vista no se les fuera hacia abajo. Ella, con su jean ajustado y una camisa apenas entreabierta, volviendo loco a todo el mundo en cualquier oficina. Jefes que le habían jurado que dejarían a sus esposas y a sus hijos por ella, Gabriel mirándola mientras ella se quitaba el corpiño, negando con la cabeza, sin poder creer lo que veía, lo buena que estaba.
Nunca más. Se iba ella, o lo mejor de ella. Pero no era tonta, la vida le había enseñado. Siempre había querido retomar sus estudios, recibirse de abogada. Estudiar teatro, también, no, teatro no, mejor fotografía. Ya había tenido suficiente con los hombres, podía tomarse un recreo, una pausa. Reinventarse, eso. Juntar los pedazos, seguir. Superar el espanto.
–Quizás no entendió bien –dijo el doctor–. Es normal, el susto. En ningún momento dije nada referido a una mastectomía.
Con una sonrisa, el doctor le explicó que la medicina había avanzado mucho en los últimos años. La intervención le dejaría a Mónica, como mucho, una cicatriz de un centímetro de largo justo sobre la base de su teta derecha. Se podía hacer plástica y en tres meses sería algo menos que un rasguño. ¿Quimioterapia? No, nada de eso, la gente veía demasiadas series de hospitales. Nada de nada.
–Bueno, doctor. Me gustaría operarme lo antes posible –Mónica pensó que estaban en Septiembre, y Martín la había invitado a Punta del Este la última semana de Enero. Algo gordo, Martín, y le gustaba demasiado el fútbol. Pero tenía un regio departamento sobre La Mansa, y un bmw descapotable, un Z4. Iría a la playa con una bikini imposible, sintiendo el viento en la cara, comería mejillones a la provenzal sin sacarse los lentes de sol mientras la gente trataría de adivinar si era una vedette, si la habían visto en algún programa de televisión. Iba a ser bien divertido.
15.8.12
La búsqueda del tesoro
Probé hacer yoga, claro que probé hacer yoga. Todos
probamos, en algún momento, con el yoga. Probé hacer tai chi chuan, en un
parque, los domingos a la mañana, con un chino que no decía una palabra en
español, y que podía tener diecinueve años, o mil. Probé con el reiki, la
energía que te equilibra y revitaliza los chakras, energía universal que sabe,
justamente, en qué parte de tu cuerpo hay un energético problema, y hacia allí
se dirige. Probé shiatzu, dedos pulsando en exactos puntos de tus meridianos
para que la vida se acomode. Probé con reflexología, probé con masaje tibetano,
probé con expertos en péndulo y mujeres tarotistas disfrazadas de gitanas.
Probé con karate, con kendo, con boxeo afrocubano. Probé, prácticamente,
cualquier disciplina que implicara moverse, incluso probé distintos tipos de
meditación, respirar, mirar la respiración, quedarse quieto, hacerse el muerto,
no pensar en nada.
Y nunca me sentí ni la mitad de bien que cuando estoy sentado en una habitación a oscuras y tomo el primer sorbo de whisky, el vaso en mi mano.
Y nunca me sentí ni la mitad de bien que cuando estoy sentado en una habitación a oscuras y tomo el primer sorbo de whisky, el vaso en mi mano.
10.8.12
Víctima de una maldición
La
historia la escuché contar. Bah, la vi en un video, por youtube, estaba
buscando otra cosa, un tipo que hablaba sobre otra cosa, no importa qué cosa.
Lo que importa es que la historia no se me ocurrió a mí, aunque puede que le agregue
un par de variantes, ya que estoy acá. Ya que vine.
Hay un tipo, un hombre, un señor. Caminando por un bosque, paseando. De pronto, escucha un susurro, muy extraño, casi un susurro.
–Can you help me? –La historia la escuché en inglés, pero no importa, ahí te lo arreglo.
–¿Puede usted ayudarme? –Escuchó el hombre, el susurro. Piensa, el hombre, que debe ser, justamente, lo que escucha, un pensamiento perdido en algún recóndito pliegue de su mente.
–Ayuda –otra vez el susurro, la voz–. ¿Me ayuda?
Se detiene, el hombre. No está loco, no. Y tampoco hay nadie alrededor, apenas la vegetación que le permite pasear fuera de su habitual y urbano contexto.
Va bordeando un lago, es una bella mañana, algo fría. Mira hacia abajo, y ve un sapo.
Como si se tratara de una broma, el hombre se arrodilla, y dice:
–Perdón, sé que no estoy loco, y sé que no es posible, pero ¿usted me habló?
–Sí –dice el sapo, que lo mira fijo–. Fui yo. Soy víctima de una maldición. En realidad no soy un sapo, soy una princesa. Flaca, morocha, buenas tetas, generosas pero no excesivas. Culito redondo, muy firme. Tiro de la goma, no sabés cómo tiro de la goma, con pericia no exenta de entusiasmo, con método sin caer en la monotonía. Sé cocinar, también. Milanesas con puré, pastel de papas. Risotto.
El hombre se rasca la cabeza.
–Lo que preciso es que me des un beso –continúa el sapo–, y volveré a ser la fantástica princesa que acabo de describirte, toda para vos. A tu disposición.
El hombre sonríe, no puede creer su suerte. Toma el sapo, y lo coloca en la palma de su mano. Vuelve a ponerse de pie, le duele un poco una rodilla. Hace el movimiento para guardar al sapo en un bolsillo de su abrigo.
–Ey –dice el sapo–. Te olvidaste de darme el beso.
–Mirá –dice el hombre–, yo no soy un galán, desde ya, y me vine grande. He tenido algunas mujeres en mi vida. De hecho hasta estuve casado unos años, viví en pareja. Me parece mucho más interesante tener un sapo que habla.
El hombre guarda el sapo en un bolsillo. El hombre sigue caminando.
Hay un tipo, un hombre, un señor. Caminando por un bosque, paseando. De pronto, escucha un susurro, muy extraño, casi un susurro.
–Can you help me? –La historia la escuché en inglés, pero no importa, ahí te lo arreglo.
–¿Puede usted ayudarme? –Escuchó el hombre, el susurro. Piensa, el hombre, que debe ser, justamente, lo que escucha, un pensamiento perdido en algún recóndito pliegue de su mente.
–Ayuda –otra vez el susurro, la voz–. ¿Me ayuda?
Se detiene, el hombre. No está loco, no. Y tampoco hay nadie alrededor, apenas la vegetación que le permite pasear fuera de su habitual y urbano contexto.
Va bordeando un lago, es una bella mañana, algo fría. Mira hacia abajo, y ve un sapo.
Como si se tratara de una broma, el hombre se arrodilla, y dice:
–Perdón, sé que no estoy loco, y sé que no es posible, pero ¿usted me habló?
–Sí –dice el sapo, que lo mira fijo–. Fui yo. Soy víctima de una maldición. En realidad no soy un sapo, soy una princesa. Flaca, morocha, buenas tetas, generosas pero no excesivas. Culito redondo, muy firme. Tiro de la goma, no sabés cómo tiro de la goma, con pericia no exenta de entusiasmo, con método sin caer en la monotonía. Sé cocinar, también. Milanesas con puré, pastel de papas. Risotto.
El hombre se rasca la cabeza.
–Lo que preciso es que me des un beso –continúa el sapo–, y volveré a ser la fantástica princesa que acabo de describirte, toda para vos. A tu disposición.
El hombre sonríe, no puede creer su suerte. Toma el sapo, y lo coloca en la palma de su mano. Vuelve a ponerse de pie, le duele un poco una rodilla. Hace el movimiento para guardar al sapo en un bolsillo de su abrigo.
–Ey –dice el sapo–. Te olvidaste de darme el beso.
–Mirá –dice el hombre–, yo no soy un galán, desde ya, y me vine grande. He tenido algunas mujeres en mi vida. De hecho hasta estuve casado unos años, viví en pareja. Me parece mucho más interesante tener un sapo que habla.
El hombre guarda el sapo en un bolsillo. El hombre sigue caminando.
5.8.12
Vas al hotel Camaro
Subió
en el ascensor, piso 33. El ascensor subió como si fuera al mismísimo cielo,
como si el ascensor fuera el Transbordador Columbia. Escuchó un ínfimo zumbido,
nueve segundos, once quizás.
Se abrieron las puertas. Avanzó. Una alfombra turquesa donde le desaparecían los pies, como caminar sobre treinta centímetros de agua, en el Caribe. Eso fue lo que pensó.
La secretaria hablaba por teléfono, para eso fueron puestas las secretarias sobre el planeta tierra. Y para chupar pitos, también, para arrodillarse sobre fantásticas alfombras de color turquesa y beber esperma de tipos que manejan corporaciones desde algún piso 33. Conocía chicas que trabajaban doce horas por día de cajeras en supermercados, y después encima tenían que coger con él. Cada uno elige la soga con la que se ahorca.
Le hizo un gesto con la mano, la secretaria. Que pasara directamente.
Empujó las puertas de la madera más oscura que jamás hubiera visto. Pesadas, muy pesadas, y casi negras. Olían, las puertas de madera, a madera, a árbol, a naturaleza mezclada con desinfectante, a dinero.
Entró.
–En Sarmiento al cuatro mil doscientos está el hotel Camaro –le dijo el hombre, y recién entonces giró, muy despacio, su silla. Le había hablado de espaldas, mirando el ventanal, el río, detrás de un escritorio que debía tener unos tres metros de lado. Un escritorio donde se podría haber jugado un partido al ping pong mientras alguien, el que estuviera detrás del escritorio, seguiría con lo suyo sin mayores inconvenientes. Demasiado robusto, quizás, el hombre, en el límite con la gordura, más de cincuenta años, todo en él exudaba solvencia. Camisa recién planchada con sólo un botón desabrochado, una pulsera de oro en la misma mano del reloj, impecable afeitado, cabello muy corto y abundante, algunas canas, gel–. Ahí arriba de la mesa tenés el maletín.
Miró el maletín, estaba cerrado.
–Vas al hotel Camaro, y en recepción pedís por el Mono –siguió, tomó un sorbo de su café–. Te van a decir el número de la habitación.
Hizo una teatral pausa, él no dijo nada. El hombre encendió un cigarrillo y miró su reloj, o quizás el orden de las acciones fue al revés. Fumaba Winston.
–Te van a decir la habitación 318 –dijo–. Pero vos vas a la 319. El Mono sabe que lo están buscando. Si tocás la 318, el Mono te va a matar, desde la 319. ¿Entendés?
–Sí –dijo. Porque se entendía lo que el hombre había dicho, lo que el hombre estaba diciendo.
–Entrás, y le decís al Mono que te mando yo. Y le das el maletín. Son los ochenta y cinco mil dólares que pidió. No los va a contar, no tiene tiempo para eso. El vuelo de él a Panamá sale a las tres de la tarde. Cómo hace para salir con la plata es un problema de él. ¡Es problema de él!
–Sí –dijo.
–Lo que te tiene que dar él, en una bolsita, es un dedo. El dedo que le cortó a ese hijo de puta que se acostaba con mi mujer. Forro –se paró, pitó con energía, con interés–. Cuando escuchamos las grabaciones, a ella le gustaba que él la pajeara, con el dedo. Parece que el tipo es músico, toca el contrabajo. Tiene un callo, bien duro, amarillo, en el dedo mayor de la mano derecha. El tipo la pajeaba, a mi mujer, con ese dedo. Mi mujer se pegaba unas descomunales acabadas. Así que le pagué al Mono para que le corte el dedo a ese infeliz. Ya no va a poder pajear a mi mujer. Tampoco creo que pueda volver a tocar el contrabajo. Se va a tener que pasar la vida haciendo otra cosa. Vendiendo cubanitos, yo qué sé.
Se rió, pero seguía enojado. Levantó los hombros, como quien acaba de hacer una travesura, y se rió otra vez.
–A mí no me jode nadie. Soy Walter Pirozzi, y tenés que saber que no te podés coger a mi mujer. A propósito, por qué no subió Beto. ¿Sigue resfriado?
–Señor –tosió, apenas–. No sé. Yo soy de sistemas. Me dijeron que tiene algún problemita con el mouse.
–Ah, sí –apagó el cigarrillo, fue hasta un sillón y se puso a revisar papeles–. Es la máquina que tenés allá. Para mí que tiene un virus.
Se abrieron las puertas. Avanzó. Una alfombra turquesa donde le desaparecían los pies, como caminar sobre treinta centímetros de agua, en el Caribe. Eso fue lo que pensó.
La secretaria hablaba por teléfono, para eso fueron puestas las secretarias sobre el planeta tierra. Y para chupar pitos, también, para arrodillarse sobre fantásticas alfombras de color turquesa y beber esperma de tipos que manejan corporaciones desde algún piso 33. Conocía chicas que trabajaban doce horas por día de cajeras en supermercados, y después encima tenían que coger con él. Cada uno elige la soga con la que se ahorca.
Le hizo un gesto con la mano, la secretaria. Que pasara directamente.
Empujó las puertas de la madera más oscura que jamás hubiera visto. Pesadas, muy pesadas, y casi negras. Olían, las puertas de madera, a madera, a árbol, a naturaleza mezclada con desinfectante, a dinero.
Entró.
–En Sarmiento al cuatro mil doscientos está el hotel Camaro –le dijo el hombre, y recién entonces giró, muy despacio, su silla. Le había hablado de espaldas, mirando el ventanal, el río, detrás de un escritorio que debía tener unos tres metros de lado. Un escritorio donde se podría haber jugado un partido al ping pong mientras alguien, el que estuviera detrás del escritorio, seguiría con lo suyo sin mayores inconvenientes. Demasiado robusto, quizás, el hombre, en el límite con la gordura, más de cincuenta años, todo en él exudaba solvencia. Camisa recién planchada con sólo un botón desabrochado, una pulsera de oro en la misma mano del reloj, impecable afeitado, cabello muy corto y abundante, algunas canas, gel–. Ahí arriba de la mesa tenés el maletín.
Miró el maletín, estaba cerrado.
–Vas al hotel Camaro, y en recepción pedís por el Mono –siguió, tomó un sorbo de su café–. Te van a decir el número de la habitación.
Hizo una teatral pausa, él no dijo nada. El hombre encendió un cigarrillo y miró su reloj, o quizás el orden de las acciones fue al revés. Fumaba Winston.
–Te van a decir la habitación 318 –dijo–. Pero vos vas a la 319. El Mono sabe que lo están buscando. Si tocás la 318, el Mono te va a matar, desde la 319. ¿Entendés?
–Sí –dijo. Porque se entendía lo que el hombre había dicho, lo que el hombre estaba diciendo.
–Entrás, y le decís al Mono que te mando yo. Y le das el maletín. Son los ochenta y cinco mil dólares que pidió. No los va a contar, no tiene tiempo para eso. El vuelo de él a Panamá sale a las tres de la tarde. Cómo hace para salir con la plata es un problema de él. ¡Es problema de él!
–Sí –dijo.
–Lo que te tiene que dar él, en una bolsita, es un dedo. El dedo que le cortó a ese hijo de puta que se acostaba con mi mujer. Forro –se paró, pitó con energía, con interés–. Cuando escuchamos las grabaciones, a ella le gustaba que él la pajeara, con el dedo. Parece que el tipo es músico, toca el contrabajo. Tiene un callo, bien duro, amarillo, en el dedo mayor de la mano derecha. El tipo la pajeaba, a mi mujer, con ese dedo. Mi mujer se pegaba unas descomunales acabadas. Así que le pagué al Mono para que le corte el dedo a ese infeliz. Ya no va a poder pajear a mi mujer. Tampoco creo que pueda volver a tocar el contrabajo. Se va a tener que pasar la vida haciendo otra cosa. Vendiendo cubanitos, yo qué sé.
Se rió, pero seguía enojado. Levantó los hombros, como quien acaba de hacer una travesura, y se rió otra vez.
–A mí no me jode nadie. Soy Walter Pirozzi, y tenés que saber que no te podés coger a mi mujer. A propósito, por qué no subió Beto. ¿Sigue resfriado?
–Señor –tosió, apenas–. No sé. Yo soy de sistemas. Me dijeron que tiene algún problemita con el mouse.
–Ah, sí –apagó el cigarrillo, fue hasta un sillón y se puso a revisar papeles–. Es la máquina que tenés allá. Para mí que tiene un virus.
30.7.12
Algo sobre drogas
Disculpame, no se me ocurre otra forma de explicarlo que con
un ejemplo. Uno debería ser capaz de decir lo que quiere decir sin analogías ni
metáforas. Así como uno debería vivir, estar contento o triste, sin importar si
tu vecino cambia el auto, si viste a una madre empujando la silla de ruedas con
su chiquito parapléjico, o si alguien que conocés se está cogiendo a una divina
pibita de veintidós años. Solemos funcionar por comparación, somos un asco.
El ‘querer’, el estado de querer, como deseo, bien podría compararse con la cocaína. El ‘tener’, el estado de tener, como satisfacción, bien podría compararse con la marihuana.
Cuando querés, te volvés más interesante de lo que jamás fuiste, te crece un motor que te hace brillar y seguir. El mundo se vuelve entretenido mientras buscás lo que querés, no importa lo que sea. Mientras querés, se ve quizás la mejor versión de vos.
Cuando tenés, te aflojás. Te brota una bobalicona sonrisa y podrías quedarte mirando por la ventana, el mundo es una peluda mascota que te hace un par de mimos. Agradable y soporífera sensación.
Y así vamos viviendo, somos una particular y única combinación de querer y tener, somos eso, no mucho más que eso, esa singular proporción.
El ‘querer’, el estado de querer, como deseo, bien podría compararse con la cocaína. El ‘tener’, el estado de tener, como satisfacción, bien podría compararse con la marihuana.
Cuando querés, te volvés más interesante de lo que jamás fuiste, te crece un motor que te hace brillar y seguir. El mundo se vuelve entretenido mientras buscás lo que querés, no importa lo que sea. Mientras querés, se ve quizás la mejor versión de vos.
Cuando tenés, te aflojás. Te brota una bobalicona sonrisa y podrías quedarte mirando por la ventana, el mundo es una peluda mascota que te hace un par de mimos. Agradable y soporífera sensación.
Y así vamos viviendo, somos una particular y única combinación de querer y tener, somos eso, no mucho más que eso, esa singular proporción.
25.7.12
Qué se siente
Voy
a una farmacia, por el centro, una sucursal de las grandes cadenas. Entro, voy
al mostrador. Me dirijo a una distraída bioquímica que lucha con un sudoku, y
con un crucigrama, al mismo tiempo. Mientras alguien pregunta si esas pastillas
sirven para cagar y para el dolor de garganta, mientras alguien compra
bronceador, mientras alguien quiere pagar un impuesto.
Empiezo a gritar, barbaridades. Le digo que me vendió un medicamento equivocado que casi mata a mi madre, a mi novia, y a mi pequeño Schnauzer, también. Le digo que es la peor basura que vi en mi vida, que con la salud no se jode. Le digo, le grito, que he hecho una denuncia para que les clausuren la farmacia. Además de iniciar una causa penal contra ella, por abandono de persona, por mala praxis, por ser ella portadora de una vaginitis de las fuertes, no hay más que olisquear el aire para darse cuenta.
Voy a una verdulería de mi barrio que atienden dos abnegadas bolivianas, con una casi oriental sumisión, con el mítico silencio del altiplano cubriéndoles todo el fatigado ser. Correctas, respetuosas, ordenadas. Pateo un cajón de mandarinas, ruedan mandarinas por el piso. Grito que me han vendido fruta podrida, otra vez. Que siempre me venden fruta podrida, que hasta la lechuga que me venden está podrida. Es lechuga marrón, no verde. Lechuga que parece haber sido utilizada por un oso panda para limpiarse el culo. Les digo que seguro ellas son indocumentadas, voy a hacer que las deporten. Los argentinos somos descendientes de europeos, aguante la Rue Montmartre loco, viva Twickenham, abajo la Pachamama. Lanzo una furibunda escupida, mi verde flemón palpita sobre una berenjena como un aplicado insecto, agito un índice demasiado cerca de sus bovinas miradas.
Es que desde que vivimos juntos no hacés otra cosa que quejarte. Quería saber por qué te gusta tanto.
Empiezo a gritar, barbaridades. Le digo que me vendió un medicamento equivocado que casi mata a mi madre, a mi novia, y a mi pequeño Schnauzer, también. Le digo que es la peor basura que vi en mi vida, que con la salud no se jode. Le digo, le grito, que he hecho una denuncia para que les clausuren la farmacia. Además de iniciar una causa penal contra ella, por abandono de persona, por mala praxis, por ser ella portadora de una vaginitis de las fuertes, no hay más que olisquear el aire para darse cuenta.
Voy a una verdulería de mi barrio que atienden dos abnegadas bolivianas, con una casi oriental sumisión, con el mítico silencio del altiplano cubriéndoles todo el fatigado ser. Correctas, respetuosas, ordenadas. Pateo un cajón de mandarinas, ruedan mandarinas por el piso. Grito que me han vendido fruta podrida, otra vez. Que siempre me venden fruta podrida, que hasta la lechuga que me venden está podrida. Es lechuga marrón, no verde. Lechuga que parece haber sido utilizada por un oso panda para limpiarse el culo. Les digo que seguro ellas son indocumentadas, voy a hacer que las deporten. Los argentinos somos descendientes de europeos, aguante la Rue Montmartre loco, viva Twickenham, abajo la Pachamama. Lanzo una furibunda escupida, mi verde flemón palpita sobre una berenjena como un aplicado insecto, agito un índice demasiado cerca de sus bovinas miradas.
Es que desde que vivimos juntos no hacés otra cosa que quejarte. Quería saber por qué te gusta tanto.
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