30.8.12
La cura de la palta
Tenés que comprar una palta, para el tratamiento tenés que comprar una palta. Nada más, no hace falta nada más, así que nadie puede decir que es muy caro, que no tiene el dinero. Una buena palta debe costar cinco o seis pesos, un dólar.
Lo mejor es hacerlo un domingo, un domingo a la tarde. Si es invierno, si hace frío, mejor todavía.
Te desnudás, tenés que estar desnuda. No pasa nada, estás sola en tu departamento, y estás desnuda. Con la palta.
Abrís la palta. Es muy fácil. La generosidad de la fruta. Hacés un corte longitudinal, recorrés todo el perímetro hundiendo el cuchillo, y después girás ambas mitades en sentido contrario, como si estuvieras abriendo un frasco cualquiera. Sí, como si fuera un frasco de mayonesa, sí, como si fuera un frasco de mermelada.
Ahí tenés, las dos mitades de la palta, quitás el carozo que puede ser, si la palta es grande, casi del tamaño de una pelotita de ping pong. Sale fácil.
Y te entrás a frotar, con la palta. Como si fuera un jabón. Te frotás los brazos y las piernas, los muslos, las tetas y la cola, la cara, el cuello, te frotás la frente y la vagina, en el orden que te parezca más apropiado, más conveniente, las pantorrillas, la panza.
Y listo. La palta, como vos bien sabés, es una especie de manteca vegetal que va del amarillo hacia el verde pero se queda del lado del amarillo. Tiene muchísimas vitaminas y nada de colesterol (como se creía en una época). Pega bárbaro con cebolla y tomate, es una fantástica ensalada. Hay gente incluso que la come de postre, con azúcar.
Te sentás, entonces, en una silla de la cocina, toda empaltada. Y esperás dos o tres minutos, no hace falta más.
Te vas a dar cuenta que todo lo que te parecía importante, bueno, no es importante. Tu propia vida, algún nombre hay que ponerle, carece de sentido. Si tu marido se escapó con una secretaria mucho más joven que vos, si tu hija de once años te dijo que quiere ir a ver a un pai umbanda que le explicó que es la reencarnación de Sai Baba pero con el pelo lacio, si no hay quién te lleve un fin de semana largo a Pinamar, si tenés un par de amigas que son más flacas, si no hay manera que te asciendan a coordinadora regional de nada.
No importa, ya no importa.
Es domingo, oscurece. Está anunciado lluvia para la noche. El carozo te mira desde la mesada.
25.8.12
Chacarera
Estoy en el subte, viajando en subte. Disculpame, pero las cosas que me pasan, muchas cosas que me pasan, me pasan viajando en subte. ¿Qué querés, que te cuente que estuve haciendo esquí acuático en Mónaco? Pelotuda.
Línea B, voy al centro. Último vagón, paradito, abro mi libro, la idea es leer tres o cinco páginas de un libro, cualquiera. Peor es mirar los rostros de la gente. Entre la realidad y la ficción elegí la ficción, siempre, ni lo dudes. En la ficción tenés alguna posibilidad.
Entra una chica. Es joven, es bastante gorda. Va en ojotas, pantalones pescadores, musculosa negra. Se nota que es del norte, sus rasgos son aindiados, su piel café con leche.
Lleva una valija, con rueditas. Pero no es una valija, allí lleva un pequeño amplificador, un aparato de música, con la base de la música que toca, no sé. Lleva colgada una guitarra, también.
–Buenos días –dice–. Voy a hacer un par de canciones.
La verdad que lo lamento, porque estoy muy cerca, justo a su lado. Y aunque prácticamente no me importa lo que pasa, aunque la realidad no me interesa en lo más mínimo, la realidad hace tiempo que dejó de interesarme, aún así, si me guitarreás a menos de un metro de distancia, bueno, me dificultás la lectura. Así que cierro mi libro. Hace calor, un húmedo calor, Enero en Buenos Aires es la desgracia de saber que no te salió nada de lo que quisiste ser, no te salió nada y punto. No le des más vueltas.
Estoy parado, entonces, tratando de no transpirar demasiado y no mucho más que eso, cruzás la ciudad en quince o veinte minutos y eso es todo lo que importa, aunque sientas que estás en Namibia o en Saigón, aunque haya más vendedores de objetos inútiles que pasajeros, aunque la gente esté más triste que nunca. Respirás, y esperás quince minutos, no es tan grave.
Arranca la chica. Canta una chacarera. Habla, la chacarera, de las cosas sencillas que recordará el autor de la chacarera cuando la muerte venga a buscarlo. De su casa, los olores de la infancia, el vino con amigos. Pide el autor, que cuando muera, lo tapen con chacareras, así dice la letra.
La chica canta, canta y sonríe, rasguea su guitarra, es potente y dulce su voz, tan dulce. Me pasa, la chacarera, de lado a lado. Como si me atravesaran el corazón con una aguja de tejer, con un objeto de metal filoso y plateado.
No sé de dónde vino, no prestaba atención, no me lo esperaba. Me sale un sollozo, un sollozo venido de ninguna parte, un sollozo que sólo puedo recordar de cuando era chico. Un sollozo como cuando atropellaron a mi perro Urko, ese camión de reparto que dio marcha atrás y atropelló a mi perro mientras yo estaba en la heladería y lo dejó ahí, tirado sobre los adoquines con las patas traseras hechas un ovillo, y mi perro se me quedó mirando, le salía sangre del hocico y me miraba para que le explique, me miraba. No he vuelto a llorar así nunca más, la vida me fue curtiendo, mi corazón hizo el callo. Ahora estoy llorando, lloro como si fuera a llorar para siempre, como la lluvia o las olas de un mar tan lejano, caen mis lágrimas.
La chica termina su tema, y me observa. Saco dinero que llevo en el bolsillo del saco, no sé cuánto dinero, no importa, se lo doy, y la abrazo. Ella me abraza también, caen algunos billetes al piso, ha corrido su guitarra a un costado.
–Bueno, bueno, ya está –me acaricia la cabeza y sonríe, me mira hacia arriba, soy muy alto–. Ya está, chango, no pasa nada.
Nos quedamos así, abrazados, un par de estaciones. La gente cree que es parte del acto pero después entienden que no y se preocupan, alguien se pone nervioso y se ríe, alguien niega con la cabeza y mira a los costados buscando la trampa.
Paro de llorar. Beso la frente de la chica.
–Gracias –digo–. Muchas gracias.
Y me bajo en Florida.
*La chacarera se llama ‘Cuando me abandone mi alma’, letra de Raúl Trullenque, música del Cuti Carabajal.
20.8.12
Reinventarse
Cuando
a Mónica el doctor le dijo que, viendo los estudios, las microcalcificaciones,
lo mejor iba a ser operarla de un pecho, bueno, Mónica se derrumbó. No hubo
nada de metáfora, literalidad pura. Estaba escuchando al doctor que le hablaba
con su mejor cara de circunspecto, cuando sintió un leve adormecimiento en un
pie, como si le hubieran anestesiado la parte inferior del cuerpo. Le pareció que
se deslizaba de la silla, apenitas, su
cintura se despegaba del respaldo. Y después se puso todo negro y no sintió más
nada.
Se despertó acostada en la camilla del consultorio, le habían quitado los zapatos, le dieron un caramelo de eucalipto y un vaso de agua. El médico la ayudó a sentarse, le preguntó si ya estaba bien.
Mónica, al tiempo que recuperaba la conciencia de su cuerpo, recuperó como un rayo la conciencia de la noticia. Y lloró. Tuvo un acceso de llanto mientras el médico le sostenía una mano con algo que el médico debía pensar era parecido a la ternura, pero en realidad era como si hubiera levantado un pejerrey, muerto, del fango.
Mónica pensó que algo había terminado. Su cuerpo siempre había sido su mejor aliado, y había llegado la hora de la despedida. Recordó que todos habían querido bailar con ella, siempre, desde la secundaria. Ella, con los labios pintados de un rojo furia y sus remeritas apretadas y los chicos que hacían tremendos esfuerzos para que la vista no se les fuera hacia abajo. Ella, con su jean ajustado y una camisa apenas entreabierta, volviendo loco a todo el mundo en cualquier oficina. Jefes que le habían jurado que dejarían a sus esposas y a sus hijos por ella, Gabriel mirándola mientras ella se quitaba el corpiño, negando con la cabeza, sin poder creer lo que veía, lo buena que estaba.
Nunca más. Se iba ella, o lo mejor de ella. Pero no era tonta, la vida le había enseñado. Siempre había querido retomar sus estudios, recibirse de abogada. Estudiar teatro, también, no, teatro no, mejor fotografía. Ya había tenido suficiente con los hombres, podía tomarse un recreo, una pausa. Reinventarse, eso. Juntar los pedazos, seguir. Superar el espanto.
–Quizás no entendió bien –dijo el doctor–. Es normal, el susto. En ningún momento dije nada referido a una mastectomía.
Con una sonrisa, el doctor le explicó que la medicina había avanzado mucho en los últimos años. La intervención le dejaría a Mónica, como mucho, una cicatriz de un centímetro de largo justo sobre la base de su teta derecha. Se podía hacer plástica y en tres meses sería algo menos que un rasguño. ¿Quimioterapia? No, nada de eso, la gente veía demasiadas series de hospitales. Nada de nada.
–Bueno, doctor. Me gustaría operarme lo antes posible –Mónica pensó que estaban en Septiembre, y Martín la había invitado a Punta del Este la última semana de Enero. Algo gordo, Martín, y le gustaba demasiado el fútbol. Pero tenía un regio departamento sobre La Mansa, y un bmw descapotable, un Z4. Iría a la playa con una bikini imposible, sintiendo el viento en la cara, comería mejillones a la provenzal sin sacarse los lentes de sol mientras la gente trataría de adivinar si era una vedette, si la habían visto en algún programa de televisión. Iba a ser bien divertido.
Se despertó acostada en la camilla del consultorio, le habían quitado los zapatos, le dieron un caramelo de eucalipto y un vaso de agua. El médico la ayudó a sentarse, le preguntó si ya estaba bien.
Mónica, al tiempo que recuperaba la conciencia de su cuerpo, recuperó como un rayo la conciencia de la noticia. Y lloró. Tuvo un acceso de llanto mientras el médico le sostenía una mano con algo que el médico debía pensar era parecido a la ternura, pero en realidad era como si hubiera levantado un pejerrey, muerto, del fango.
Mónica pensó que algo había terminado. Su cuerpo siempre había sido su mejor aliado, y había llegado la hora de la despedida. Recordó que todos habían querido bailar con ella, siempre, desde la secundaria. Ella, con los labios pintados de un rojo furia y sus remeritas apretadas y los chicos que hacían tremendos esfuerzos para que la vista no se les fuera hacia abajo. Ella, con su jean ajustado y una camisa apenas entreabierta, volviendo loco a todo el mundo en cualquier oficina. Jefes que le habían jurado que dejarían a sus esposas y a sus hijos por ella, Gabriel mirándola mientras ella se quitaba el corpiño, negando con la cabeza, sin poder creer lo que veía, lo buena que estaba.
Nunca más. Se iba ella, o lo mejor de ella. Pero no era tonta, la vida le había enseñado. Siempre había querido retomar sus estudios, recibirse de abogada. Estudiar teatro, también, no, teatro no, mejor fotografía. Ya había tenido suficiente con los hombres, podía tomarse un recreo, una pausa. Reinventarse, eso. Juntar los pedazos, seguir. Superar el espanto.
–Quizás no entendió bien –dijo el doctor–. Es normal, el susto. En ningún momento dije nada referido a una mastectomía.
Con una sonrisa, el doctor le explicó que la medicina había avanzado mucho en los últimos años. La intervención le dejaría a Mónica, como mucho, una cicatriz de un centímetro de largo justo sobre la base de su teta derecha. Se podía hacer plástica y en tres meses sería algo menos que un rasguño. ¿Quimioterapia? No, nada de eso, la gente veía demasiadas series de hospitales. Nada de nada.
–Bueno, doctor. Me gustaría operarme lo antes posible –Mónica pensó que estaban en Septiembre, y Martín la había invitado a Punta del Este la última semana de Enero. Algo gordo, Martín, y le gustaba demasiado el fútbol. Pero tenía un regio departamento sobre La Mansa, y un bmw descapotable, un Z4. Iría a la playa con una bikini imposible, sintiendo el viento en la cara, comería mejillones a la provenzal sin sacarse los lentes de sol mientras la gente trataría de adivinar si era una vedette, si la habían visto en algún programa de televisión. Iba a ser bien divertido.
15.8.12
La búsqueda del tesoro
Probé hacer yoga, claro que probé hacer yoga. Todos
probamos, en algún momento, con el yoga. Probé hacer tai chi chuan, en un
parque, los domingos a la mañana, con un chino que no decía una palabra en
español, y que podía tener diecinueve años, o mil. Probé con el reiki, la
energía que te equilibra y revitaliza los chakras, energía universal que sabe,
justamente, en qué parte de tu cuerpo hay un energético problema, y hacia allí
se dirige. Probé shiatzu, dedos pulsando en exactos puntos de tus meridianos
para que la vida se acomode. Probé con reflexología, probé con masaje tibetano,
probé con expertos en péndulo y mujeres tarotistas disfrazadas de gitanas.
Probé con karate, con kendo, con boxeo afrocubano. Probé, prácticamente,
cualquier disciplina que implicara moverse, incluso probé distintos tipos de
meditación, respirar, mirar la respiración, quedarse quieto, hacerse el muerto,
no pensar en nada.
Y nunca me sentí ni la mitad de bien que cuando estoy sentado en una habitación a oscuras y tomo el primer sorbo de whisky, el vaso en mi mano.
Y nunca me sentí ni la mitad de bien que cuando estoy sentado en una habitación a oscuras y tomo el primer sorbo de whisky, el vaso en mi mano.
10.8.12
Víctima de una maldición
La
historia la escuché contar. Bah, la vi en un video, por youtube, estaba
buscando otra cosa, un tipo que hablaba sobre otra cosa, no importa qué cosa.
Lo que importa es que la historia no se me ocurrió a mí, aunque puede que le agregue
un par de variantes, ya que estoy acá. Ya que vine.
Hay un tipo, un hombre, un señor. Caminando por un bosque, paseando. De pronto, escucha un susurro, muy extraño, casi un susurro.
–Can you help me? –La historia la escuché en inglés, pero no importa, ahí te lo arreglo.
–¿Puede usted ayudarme? –Escuchó el hombre, el susurro. Piensa, el hombre, que debe ser, justamente, lo que escucha, un pensamiento perdido en algún recóndito pliegue de su mente.
–Ayuda –otra vez el susurro, la voz–. ¿Me ayuda?
Se detiene, el hombre. No está loco, no. Y tampoco hay nadie alrededor, apenas la vegetación que le permite pasear fuera de su habitual y urbano contexto.
Va bordeando un lago, es una bella mañana, algo fría. Mira hacia abajo, y ve un sapo.
Como si se tratara de una broma, el hombre se arrodilla, y dice:
–Perdón, sé que no estoy loco, y sé que no es posible, pero ¿usted me habló?
–Sí –dice el sapo, que lo mira fijo–. Fui yo. Soy víctima de una maldición. En realidad no soy un sapo, soy una princesa. Flaca, morocha, buenas tetas, generosas pero no excesivas. Culito redondo, muy firme. Tiro de la goma, no sabés cómo tiro de la goma, con pericia no exenta de entusiasmo, con método sin caer en la monotonía. Sé cocinar, también. Milanesas con puré, pastel de papas. Risotto.
El hombre se rasca la cabeza.
–Lo que preciso es que me des un beso –continúa el sapo–, y volveré a ser la fantástica princesa que acabo de describirte, toda para vos. A tu disposición.
El hombre sonríe, no puede creer su suerte. Toma el sapo, y lo coloca en la palma de su mano. Vuelve a ponerse de pie, le duele un poco una rodilla. Hace el movimiento para guardar al sapo en un bolsillo de su abrigo.
–Ey –dice el sapo–. Te olvidaste de darme el beso.
–Mirá –dice el hombre–, yo no soy un galán, desde ya, y me vine grande. He tenido algunas mujeres en mi vida. De hecho hasta estuve casado unos años, viví en pareja. Me parece mucho más interesante tener un sapo que habla.
El hombre guarda el sapo en un bolsillo. El hombre sigue caminando.
Hay un tipo, un hombre, un señor. Caminando por un bosque, paseando. De pronto, escucha un susurro, muy extraño, casi un susurro.
–Can you help me? –La historia la escuché en inglés, pero no importa, ahí te lo arreglo.
–¿Puede usted ayudarme? –Escuchó el hombre, el susurro. Piensa, el hombre, que debe ser, justamente, lo que escucha, un pensamiento perdido en algún recóndito pliegue de su mente.
–Ayuda –otra vez el susurro, la voz–. ¿Me ayuda?
Se detiene, el hombre. No está loco, no. Y tampoco hay nadie alrededor, apenas la vegetación que le permite pasear fuera de su habitual y urbano contexto.
Va bordeando un lago, es una bella mañana, algo fría. Mira hacia abajo, y ve un sapo.
Como si se tratara de una broma, el hombre se arrodilla, y dice:
–Perdón, sé que no estoy loco, y sé que no es posible, pero ¿usted me habló?
–Sí –dice el sapo, que lo mira fijo–. Fui yo. Soy víctima de una maldición. En realidad no soy un sapo, soy una princesa. Flaca, morocha, buenas tetas, generosas pero no excesivas. Culito redondo, muy firme. Tiro de la goma, no sabés cómo tiro de la goma, con pericia no exenta de entusiasmo, con método sin caer en la monotonía. Sé cocinar, también. Milanesas con puré, pastel de papas. Risotto.
El hombre se rasca la cabeza.
–Lo que preciso es que me des un beso –continúa el sapo–, y volveré a ser la fantástica princesa que acabo de describirte, toda para vos. A tu disposición.
El hombre sonríe, no puede creer su suerte. Toma el sapo, y lo coloca en la palma de su mano. Vuelve a ponerse de pie, le duele un poco una rodilla. Hace el movimiento para guardar al sapo en un bolsillo de su abrigo.
–Ey –dice el sapo–. Te olvidaste de darme el beso.
–Mirá –dice el hombre–, yo no soy un galán, desde ya, y me vine grande. He tenido algunas mujeres en mi vida. De hecho hasta estuve casado unos años, viví en pareja. Me parece mucho más interesante tener un sapo que habla.
El hombre guarda el sapo en un bolsillo. El hombre sigue caminando.
5.8.12
Vas al hotel Camaro
Subió
en el ascensor, piso 33. El ascensor subió como si fuera al mismísimo cielo,
como si el ascensor fuera el Transbordador Columbia. Escuchó un ínfimo zumbido,
nueve segundos, once quizás.
Se abrieron las puertas. Avanzó. Una alfombra turquesa donde le desaparecían los pies, como caminar sobre treinta centímetros de agua, en el Caribe. Eso fue lo que pensó.
La secretaria hablaba por teléfono, para eso fueron puestas las secretarias sobre el planeta tierra. Y para chupar pitos, también, para arrodillarse sobre fantásticas alfombras de color turquesa y beber esperma de tipos que manejan corporaciones desde algún piso 33. Conocía chicas que trabajaban doce horas por día de cajeras en supermercados, y después encima tenían que coger con él. Cada uno elige la soga con la que se ahorca.
Le hizo un gesto con la mano, la secretaria. Que pasara directamente.
Empujó las puertas de la madera más oscura que jamás hubiera visto. Pesadas, muy pesadas, y casi negras. Olían, las puertas de madera, a madera, a árbol, a naturaleza mezclada con desinfectante, a dinero.
Entró.
–En Sarmiento al cuatro mil doscientos está el hotel Camaro –le dijo el hombre, y recién entonces giró, muy despacio, su silla. Le había hablado de espaldas, mirando el ventanal, el río, detrás de un escritorio que debía tener unos tres metros de lado. Un escritorio donde se podría haber jugado un partido al ping pong mientras alguien, el que estuviera detrás del escritorio, seguiría con lo suyo sin mayores inconvenientes. Demasiado robusto, quizás, el hombre, en el límite con la gordura, más de cincuenta años, todo en él exudaba solvencia. Camisa recién planchada con sólo un botón desabrochado, una pulsera de oro en la misma mano del reloj, impecable afeitado, cabello muy corto y abundante, algunas canas, gel–. Ahí arriba de la mesa tenés el maletín.
Miró el maletín, estaba cerrado.
–Vas al hotel Camaro, y en recepción pedís por el Mono –siguió, tomó un sorbo de su café–. Te van a decir el número de la habitación.
Hizo una teatral pausa, él no dijo nada. El hombre encendió un cigarrillo y miró su reloj, o quizás el orden de las acciones fue al revés. Fumaba Winston.
–Te van a decir la habitación 318 –dijo–. Pero vos vas a la 319. El Mono sabe que lo están buscando. Si tocás la 318, el Mono te va a matar, desde la 319. ¿Entendés?
–Sí –dijo. Porque se entendía lo que el hombre había dicho, lo que el hombre estaba diciendo.
–Entrás, y le decís al Mono que te mando yo. Y le das el maletín. Son los ochenta y cinco mil dólares que pidió. No los va a contar, no tiene tiempo para eso. El vuelo de él a Panamá sale a las tres de la tarde. Cómo hace para salir con la plata es un problema de él. ¡Es problema de él!
–Sí –dijo.
–Lo que te tiene que dar él, en una bolsita, es un dedo. El dedo que le cortó a ese hijo de puta que se acostaba con mi mujer. Forro –se paró, pitó con energía, con interés–. Cuando escuchamos las grabaciones, a ella le gustaba que él la pajeara, con el dedo. Parece que el tipo es músico, toca el contrabajo. Tiene un callo, bien duro, amarillo, en el dedo mayor de la mano derecha. El tipo la pajeaba, a mi mujer, con ese dedo. Mi mujer se pegaba unas descomunales acabadas. Así que le pagué al Mono para que le corte el dedo a ese infeliz. Ya no va a poder pajear a mi mujer. Tampoco creo que pueda volver a tocar el contrabajo. Se va a tener que pasar la vida haciendo otra cosa. Vendiendo cubanitos, yo qué sé.
Se rió, pero seguía enojado. Levantó los hombros, como quien acaba de hacer una travesura, y se rió otra vez.
–A mí no me jode nadie. Soy Walter Pirozzi, y tenés que saber que no te podés coger a mi mujer. A propósito, por qué no subió Beto. ¿Sigue resfriado?
–Señor –tosió, apenas–. No sé. Yo soy de sistemas. Me dijeron que tiene algún problemita con el mouse.
–Ah, sí –apagó el cigarrillo, fue hasta un sillón y se puso a revisar papeles–. Es la máquina que tenés allá. Para mí que tiene un virus.
Se abrieron las puertas. Avanzó. Una alfombra turquesa donde le desaparecían los pies, como caminar sobre treinta centímetros de agua, en el Caribe. Eso fue lo que pensó.
La secretaria hablaba por teléfono, para eso fueron puestas las secretarias sobre el planeta tierra. Y para chupar pitos, también, para arrodillarse sobre fantásticas alfombras de color turquesa y beber esperma de tipos que manejan corporaciones desde algún piso 33. Conocía chicas que trabajaban doce horas por día de cajeras en supermercados, y después encima tenían que coger con él. Cada uno elige la soga con la que se ahorca.
Le hizo un gesto con la mano, la secretaria. Que pasara directamente.
Empujó las puertas de la madera más oscura que jamás hubiera visto. Pesadas, muy pesadas, y casi negras. Olían, las puertas de madera, a madera, a árbol, a naturaleza mezclada con desinfectante, a dinero.
Entró.
–En Sarmiento al cuatro mil doscientos está el hotel Camaro –le dijo el hombre, y recién entonces giró, muy despacio, su silla. Le había hablado de espaldas, mirando el ventanal, el río, detrás de un escritorio que debía tener unos tres metros de lado. Un escritorio donde se podría haber jugado un partido al ping pong mientras alguien, el que estuviera detrás del escritorio, seguiría con lo suyo sin mayores inconvenientes. Demasiado robusto, quizás, el hombre, en el límite con la gordura, más de cincuenta años, todo en él exudaba solvencia. Camisa recién planchada con sólo un botón desabrochado, una pulsera de oro en la misma mano del reloj, impecable afeitado, cabello muy corto y abundante, algunas canas, gel–. Ahí arriba de la mesa tenés el maletín.
Miró el maletín, estaba cerrado.
–Vas al hotel Camaro, y en recepción pedís por el Mono –siguió, tomó un sorbo de su café–. Te van a decir el número de la habitación.
Hizo una teatral pausa, él no dijo nada. El hombre encendió un cigarrillo y miró su reloj, o quizás el orden de las acciones fue al revés. Fumaba Winston.
–Te van a decir la habitación 318 –dijo–. Pero vos vas a la 319. El Mono sabe que lo están buscando. Si tocás la 318, el Mono te va a matar, desde la 319. ¿Entendés?
–Sí –dijo. Porque se entendía lo que el hombre había dicho, lo que el hombre estaba diciendo.
–Entrás, y le decís al Mono que te mando yo. Y le das el maletín. Son los ochenta y cinco mil dólares que pidió. No los va a contar, no tiene tiempo para eso. El vuelo de él a Panamá sale a las tres de la tarde. Cómo hace para salir con la plata es un problema de él. ¡Es problema de él!
–Sí –dijo.
–Lo que te tiene que dar él, en una bolsita, es un dedo. El dedo que le cortó a ese hijo de puta que se acostaba con mi mujer. Forro –se paró, pitó con energía, con interés–. Cuando escuchamos las grabaciones, a ella le gustaba que él la pajeara, con el dedo. Parece que el tipo es músico, toca el contrabajo. Tiene un callo, bien duro, amarillo, en el dedo mayor de la mano derecha. El tipo la pajeaba, a mi mujer, con ese dedo. Mi mujer se pegaba unas descomunales acabadas. Así que le pagué al Mono para que le corte el dedo a ese infeliz. Ya no va a poder pajear a mi mujer. Tampoco creo que pueda volver a tocar el contrabajo. Se va a tener que pasar la vida haciendo otra cosa. Vendiendo cubanitos, yo qué sé.
Se rió, pero seguía enojado. Levantó los hombros, como quien acaba de hacer una travesura, y se rió otra vez.
–A mí no me jode nadie. Soy Walter Pirozzi, y tenés que saber que no te podés coger a mi mujer. A propósito, por qué no subió Beto. ¿Sigue resfriado?
–Señor –tosió, apenas–. No sé. Yo soy de sistemas. Me dijeron que tiene algún problemita con el mouse.
–Ah, sí –apagó el cigarrillo, fue hasta un sillón y se puso a revisar papeles–. Es la máquina que tenés allá. Para mí que tiene un virus.
30.7.12
Algo sobre drogas
Disculpame, no se me ocurre otra forma de explicarlo que con
un ejemplo. Uno debería ser capaz de decir lo que quiere decir sin analogías ni
metáforas. Así como uno debería vivir, estar contento o triste, sin importar si
tu vecino cambia el auto, si viste a una madre empujando la silla de ruedas con
su chiquito parapléjico, o si alguien que conocés se está cogiendo a una divina
pibita de veintidós años. Solemos funcionar por comparación, somos un asco.
El ‘querer’, el estado de querer, como deseo, bien podría compararse con la cocaína. El ‘tener’, el estado de tener, como satisfacción, bien podría compararse con la marihuana.
Cuando querés, te volvés más interesante de lo que jamás fuiste, te crece un motor que te hace brillar y seguir. El mundo se vuelve entretenido mientras buscás lo que querés, no importa lo que sea. Mientras querés, se ve quizás la mejor versión de vos.
Cuando tenés, te aflojás. Te brota una bobalicona sonrisa y podrías quedarte mirando por la ventana, el mundo es una peluda mascota que te hace un par de mimos. Agradable y soporífera sensación.
Y así vamos viviendo, somos una particular y única combinación de querer y tener, somos eso, no mucho más que eso, esa singular proporción.
El ‘querer’, el estado de querer, como deseo, bien podría compararse con la cocaína. El ‘tener’, el estado de tener, como satisfacción, bien podría compararse con la marihuana.
Cuando querés, te volvés más interesante de lo que jamás fuiste, te crece un motor que te hace brillar y seguir. El mundo se vuelve entretenido mientras buscás lo que querés, no importa lo que sea. Mientras querés, se ve quizás la mejor versión de vos.
Cuando tenés, te aflojás. Te brota una bobalicona sonrisa y podrías quedarte mirando por la ventana, el mundo es una peluda mascota que te hace un par de mimos. Agradable y soporífera sensación.
Y así vamos viviendo, somos una particular y única combinación de querer y tener, somos eso, no mucho más que eso, esa singular proporción.
25.7.12
Qué se siente
Voy
a una farmacia, por el centro, una sucursal de las grandes cadenas. Entro, voy
al mostrador. Me dirijo a una distraída bioquímica que lucha con un sudoku, y
con un crucigrama, al mismo tiempo. Mientras alguien pregunta si esas pastillas
sirven para cagar y para el dolor de garganta, mientras alguien compra
bronceador, mientras alguien quiere pagar un impuesto.
Empiezo a gritar, barbaridades. Le digo que me vendió un medicamento equivocado que casi mata a mi madre, a mi novia, y a mi pequeño Schnauzer, también. Le digo que es la peor basura que vi en mi vida, que con la salud no se jode. Le digo, le grito, que he hecho una denuncia para que les clausuren la farmacia. Además de iniciar una causa penal contra ella, por abandono de persona, por mala praxis, por ser ella portadora de una vaginitis de las fuertes, no hay más que olisquear el aire para darse cuenta.
Voy a una verdulería de mi barrio que atienden dos abnegadas bolivianas, con una casi oriental sumisión, con el mítico silencio del altiplano cubriéndoles todo el fatigado ser. Correctas, respetuosas, ordenadas. Pateo un cajón de mandarinas, ruedan mandarinas por el piso. Grito que me han vendido fruta podrida, otra vez. Que siempre me venden fruta podrida, que hasta la lechuga que me venden está podrida. Es lechuga marrón, no verde. Lechuga que parece haber sido utilizada por un oso panda para limpiarse el culo. Les digo que seguro ellas son indocumentadas, voy a hacer que las deporten. Los argentinos somos descendientes de europeos, aguante la Rue Montmartre loco, viva Twickenham, abajo la Pachamama. Lanzo una furibunda escupida, mi verde flemón palpita sobre una berenjena como un aplicado insecto, agito un índice demasiado cerca de sus bovinas miradas.
Es que desde que vivimos juntos no hacés otra cosa que quejarte. Quería saber por qué te gusta tanto.
Empiezo a gritar, barbaridades. Le digo que me vendió un medicamento equivocado que casi mata a mi madre, a mi novia, y a mi pequeño Schnauzer, también. Le digo que es la peor basura que vi en mi vida, que con la salud no se jode. Le digo, le grito, que he hecho una denuncia para que les clausuren la farmacia. Además de iniciar una causa penal contra ella, por abandono de persona, por mala praxis, por ser ella portadora de una vaginitis de las fuertes, no hay más que olisquear el aire para darse cuenta.
Voy a una verdulería de mi barrio que atienden dos abnegadas bolivianas, con una casi oriental sumisión, con el mítico silencio del altiplano cubriéndoles todo el fatigado ser. Correctas, respetuosas, ordenadas. Pateo un cajón de mandarinas, ruedan mandarinas por el piso. Grito que me han vendido fruta podrida, otra vez. Que siempre me venden fruta podrida, que hasta la lechuga que me venden está podrida. Es lechuga marrón, no verde. Lechuga que parece haber sido utilizada por un oso panda para limpiarse el culo. Les digo que seguro ellas son indocumentadas, voy a hacer que las deporten. Los argentinos somos descendientes de europeos, aguante la Rue Montmartre loco, viva Twickenham, abajo la Pachamama. Lanzo una furibunda escupida, mi verde flemón palpita sobre una berenjena como un aplicado insecto, agito un índice demasiado cerca de sus bovinas miradas.
Es que desde que vivimos juntos no hacés otra cosa que quejarte. Quería saber por qué te gusta tanto.
20.7.12
Si me ayuda McLuhan
Lo
que leí, que explicaba McLuhan, ese que dijo lo de ‘el medio es el mensaje’. Lo
que leí que dijo el tipo, te decía, algo que escribió, donde explica que los
medios fueron inventados como una prolongación de nuestros sentidos.
Tremendamente original, la idea, el enfoque. La radio como una extensión de nuestros oídos, la televisión como una extensión de nuestros ojos, el automóvil como una extensión de nuestras piernas, y así.
No, sí, bueno, claro, entiendo. Respecto a mi poronga, me gustaría que consideres que a veces lo pequeño también es bello. No se me ocurre ningún medio para resolver esta situación, excepto contarte algo, hablarte de otra cosa. Distraerte.
Tremendamente original, la idea, el enfoque. La radio como una extensión de nuestros oídos, la televisión como una extensión de nuestros ojos, el automóvil como una extensión de nuestras piernas, y así.
No, sí, bueno, claro, entiendo. Respecto a mi poronga, me gustaría que consideres que a veces lo pequeño también es bello. No se me ocurre ningún medio para resolver esta situación, excepto contarte algo, hablarte de otra cosa. Distraerte.
15.7.12
No hay tratos justos
Mientras vos te comprás zapatillas con cámara de aire y chip
cuentakilómetros, yo escribo.
Mientras vos cambiás el auto por otro auto que tiene cambios
automáticos, yo escribo.
Mientras vos le prometés a tu señora que nunca más vas a
volver a hacer lo único que querés hacer, lo que hiciste otra vez, yo escribo.
Mientras vos mandás a tus hijos a un colegio donde les
enseñan inglés, y francés, y un poco de portugués, y chino mandarín, yo
escribo.
Mientras vos reservás una quincena de Enero en Pinamar donde
no existe la más mínima posibilidad, no hay manera de ser feliz, yo escribo.
Mientras vos vas a la iglesia un domingo a la mañana y le
decís a un algo sonrosado cura que si el/ella se salva, entonces Dios existe,
entonces abrazarás la fe, yo escribo.
Mientras vos mirás a las chicas en shorts y no lo podés
creer, yo escribo.
Mientras vos te operás las tetas, te ponés tetas de un
material sintético y resistente capaz de asimilar la eyaculación de un
rinoceronte promedio sin agrietarse, y pensás que con eso te armaste un futuro,
no digo un destino, yo escribo.
Mientras vos vas a Nepal a ver si escalar el Everest logra
aplacar aunque sea por un instante la tristeza que te mastica el corazón, yo
escribo.
Mientras vos te hacés un tatuaje, te tatuás en el culo una
jirafa lavándose los dientes, y tratás de continuar, hacés un viaje o un curso,
insistís, con eso que se ha dado en llamar, porque de alguna manera hay que
llamarlo, vida, yo escribo.
Después me leés, de casualidad, por dos minutos o tres,
algún sombrío fragmento, y te sentís un poco mejor o te quedás pensando.
Mientras
yo escribo.
10.7.12
Táctica es sobre el terreno
Tocó
el timbre Moni. Raro, sábado a la mañana, temprano. Moni tenía facultad los
sábados a la mañana, estudiaba filosofía, o psicología, algo que implicaba leer
apuntes y reunirse con otros alumnos a discutir y a fumar. Estudiar es un
pasatiempo como cualquier otro. Hay gente que corre maratones, hay gente que
consume toneladas de pornografía por internet. Me parece bien, mientras no
quieras contarme lo que hacés ni mostrarme mil trescientas veintiocho fotos de
tu último viaje a Buzios. Hacé lo que quieras, lo que te resulte más cómodo.
Le bajé a abrir, pero ya con campera.
–Vamos a desayunar afuera –dije. De paso caminaba un poco. Hacía un frío del carajo.
Fuimos a un bar. Café con leche, medialunas, manteca, mermelada. Nada puede ser tan malo.
–Estoy embarazada –dijo Moni, dio un sorbito a su café con leche–. Ya está, ya te lo dije.
Tiene muchas virtudes, Moni, entre ellas la juventud, y la belleza. Es una piba inteligente, divertida. Anda siempre desarreglada, con el pelo corto y sucio, sin maquillar. Usa ropa de alguien, de cualquiera, pulóveres de alguna amiga, jeans muy gastados, un gamulán de un abuelo. Le queda bárbaro, todo le queda bárbaro.
–Bueno, te felicito –miré por la ventana, pasaban los autos–. No sabía que querías ser madre. Sos jovencita, todavía, pero es un imperativo categórico para toda mujer. Ser madre te mejora como persona, te lo digo porque yo fui madre muchas veces.
–No, bobo –me miró, Moni, con esos ojazos color miel. Se había estado comiendo las uñas, había llorado–. Estoy embarazada de vos. Es tuyo, digo.
–Epa –dije. Lo importante era no mostrar susto, ni fastidio desde ya. Mordí una medialuna cargada de manteca, rebosante de mermelada, imbatible combinación–. No me lo esperaba.
–Lo acabo de confirmar –se pasó una mano por la frente–. Por eso vine. ¿Estás contento? No sé, decime algo.
–Eeeh… Estoy contento, claro que estoy contento –miré a la calle. Podía salir corriendo, tirar cincuenta pesos y salir corriendo. Ir hasta Retiro, tomarme un micro a Miramar. Mi abuelo Benjamín había dejado un departamento en Miramar, chiquito, bien ubicado. Desaparecer. Quedarme en Miramar un par de años. Caminar por la playa todas las mañanas, escribir algunos poemas, dejarme la barba–. Pero no es tan sencillo, yo también tengo que decirte algo.
–¿Qué? –Golpeó la mesa, Moni, con un puño cerrado. Voló una cucharita– ¿No decís que me querés? ¿Me vas a pedir que aborte? Sos un asco de persona, un asco.
–No, pará –serio, muy serio, pero de ninguna manera enojado–. Tengo un problema, una enfermedad, algo cromosomático. Una vez me hice un análisis, y saltó eso.
–¡Qué! ¡A ver, qué!
–Algo, si tengo un hijo, son altísimas las probabilidades que tenga algún problemita de aprendizaje, un leve retardo. Un noventa y siete por ciento de probabilidades, eso fue lo que dio el estudio, lo que me dijeron.
Cambió su cara. Retrocedió y se pegó contra el respaldo de la silla. Cruzó los brazos.
–Pero no importa, Moni –había que seguir, terminar la maniobra, lancé las últimas dos o tres trompadas que me quedaban–. Yo te quiero, y si estás embarazada es una señal. Venite a vivir conmigo, tengamos el bebé. Luchemos juntos, por nuestro amor.
Se hizo una pausa. Ella tuvo un acceso, algo como hipo, seguido de un sollozo. Se sonó los mocos con una servilleta de papel.
–Bueno, no –dijo–. Es mentira.
–¿Qué?
–Es mentira, lo del bebé, no te enojes. Necesitaba saber si me querés. Pensé que te estabas viendo con otra chica.
–Pero cómo podés joder con semejante tema, pichona –llamé al mozo–. No se hace eso, es muy feo lo que hiciste.
–Sí, ya lo sé, te pido perdón. Pero tenía que ver qué me decías.
–Feo, muy feo –pagué–. Una actitud de mierda.
–Ya sé. Te pido perdón. ¿Me perdonás?
–No sé, hablemos en otro momento. Ahora quiero estar solo.
–Pero Juan.
Salí del bar y me fui a buscar el auto. Me habían invitado a un asado en el Tigre. El Tutu iba a hacer, además de la carne, salchicha parrillera, provoleta, batatas al plomo. Morrones asados.
Le bajé a abrir, pero ya con campera.
–Vamos a desayunar afuera –dije. De paso caminaba un poco. Hacía un frío del carajo.
Fuimos a un bar. Café con leche, medialunas, manteca, mermelada. Nada puede ser tan malo.
–Estoy embarazada –dijo Moni, dio un sorbito a su café con leche–. Ya está, ya te lo dije.
Tiene muchas virtudes, Moni, entre ellas la juventud, y la belleza. Es una piba inteligente, divertida. Anda siempre desarreglada, con el pelo corto y sucio, sin maquillar. Usa ropa de alguien, de cualquiera, pulóveres de alguna amiga, jeans muy gastados, un gamulán de un abuelo. Le queda bárbaro, todo le queda bárbaro.
–Bueno, te felicito –miré por la ventana, pasaban los autos–. No sabía que querías ser madre. Sos jovencita, todavía, pero es un imperativo categórico para toda mujer. Ser madre te mejora como persona, te lo digo porque yo fui madre muchas veces.
–No, bobo –me miró, Moni, con esos ojazos color miel. Se había estado comiendo las uñas, había llorado–. Estoy embarazada de vos. Es tuyo, digo.
–Epa –dije. Lo importante era no mostrar susto, ni fastidio desde ya. Mordí una medialuna cargada de manteca, rebosante de mermelada, imbatible combinación–. No me lo esperaba.
–Lo acabo de confirmar –se pasó una mano por la frente–. Por eso vine. ¿Estás contento? No sé, decime algo.
–Eeeh… Estoy contento, claro que estoy contento –miré a la calle. Podía salir corriendo, tirar cincuenta pesos y salir corriendo. Ir hasta Retiro, tomarme un micro a Miramar. Mi abuelo Benjamín había dejado un departamento en Miramar, chiquito, bien ubicado. Desaparecer. Quedarme en Miramar un par de años. Caminar por la playa todas las mañanas, escribir algunos poemas, dejarme la barba–. Pero no es tan sencillo, yo también tengo que decirte algo.
–¿Qué? –Golpeó la mesa, Moni, con un puño cerrado. Voló una cucharita– ¿No decís que me querés? ¿Me vas a pedir que aborte? Sos un asco de persona, un asco.
–No, pará –serio, muy serio, pero de ninguna manera enojado–. Tengo un problema, una enfermedad, algo cromosomático. Una vez me hice un análisis, y saltó eso.
–¡Qué! ¡A ver, qué!
–Algo, si tengo un hijo, son altísimas las probabilidades que tenga algún problemita de aprendizaje, un leve retardo. Un noventa y siete por ciento de probabilidades, eso fue lo que dio el estudio, lo que me dijeron.
Cambió su cara. Retrocedió y se pegó contra el respaldo de la silla. Cruzó los brazos.
–Pero no importa, Moni –había que seguir, terminar la maniobra, lancé las últimas dos o tres trompadas que me quedaban–. Yo te quiero, y si estás embarazada es una señal. Venite a vivir conmigo, tengamos el bebé. Luchemos juntos, por nuestro amor.
Se hizo una pausa. Ella tuvo un acceso, algo como hipo, seguido de un sollozo. Se sonó los mocos con una servilleta de papel.
–Bueno, no –dijo–. Es mentira.
–¿Qué?
–Es mentira, lo del bebé, no te enojes. Necesitaba saber si me querés. Pensé que te estabas viendo con otra chica.
–Pero cómo podés joder con semejante tema, pichona –llamé al mozo–. No se hace eso, es muy feo lo que hiciste.
–Sí, ya lo sé, te pido perdón. Pero tenía que ver qué me decías.
–Feo, muy feo –pagué–. Una actitud de mierda.
–Ya sé. Te pido perdón. ¿Me perdonás?
–No sé, hablemos en otro momento. Ahora quiero estar solo.
–Pero Juan.
Salí del bar y me fui a buscar el auto. Me habían invitado a un asado en el Tigre. El Tutu iba a hacer, además de la carne, salchicha parrillera, provoleta, batatas al plomo. Morrones asados.
5.7.12
Todos los poemas son de amor
Una
chica le dice a un muchacho que no lo quiere más. Lo habló antes con su
psicólogo, y con una amiga. Lo estuvo pensando.
El muchacho vuelve a su casa, esa noche se toma media botella de whisky y un blister de rivotril de 2mg. El muchacho muere, se mata. La televisión encendida en el canal de National Geographic. La pantalla llena de cebras.
Una chica le dice a un muchacho que no lo quiere más. Le dice que se está viendo con otro chico, otro chico que la hace sentir mejor, a ella, que cuando está con él.
El muchacho se reúne para tomar un café con la chica, en el domicilio de la chica, se han querido bien y son, por decirlo de algún modo, civilizados. La mata, a la chica, de noventa y siete puñaladas con un cuchillo Tramontina línea Century, profesional para chef. Después se sienta en el living a ver la televisión. Se prepara un gin-tonic (con limón y Angostura), y espera que llegue alguien, alguien que llame a la policía para avisar lo que ha sucedido.
Una chica le dice a un muchacho que no lo quiere más. Le dice que está muy enfocada en su carrera, pensando en irse a estudiar afuera, o de paseo por el mundo tres meses, quizás seis. Todavía es joven, y no está convencida de seguir con él, con el muchacho, en pareja. Tiene otras prioridades, después verá.
El muchacho se pone mal, se anota en un gimnasio, se anota en un curso de fotografía, también, para distraerse. Pasan algunos días y la chica lo llama. Le dice que lo extraña, que lo estuvo pensando, que lo quiere ver. En poco tiempo están saliendo juntos otra vez, alquilan un departamento por Colegiales, ella queda embarazada. Estarán juntos los próximos treinta años, quizás un poco más. Cambian el televisor por uno más grande, lo van pagando en cuotas.
Y yo no sé, te juro que no sé cuál de las historias es la más triste, la más cruel.
El muchacho vuelve a su casa, esa noche se toma media botella de whisky y un blister de rivotril de 2mg. El muchacho muere, se mata. La televisión encendida en el canal de National Geographic. La pantalla llena de cebras.
Una chica le dice a un muchacho que no lo quiere más. Le dice que se está viendo con otro chico, otro chico que la hace sentir mejor, a ella, que cuando está con él.
El muchacho se reúne para tomar un café con la chica, en el domicilio de la chica, se han querido bien y son, por decirlo de algún modo, civilizados. La mata, a la chica, de noventa y siete puñaladas con un cuchillo Tramontina línea Century, profesional para chef. Después se sienta en el living a ver la televisión. Se prepara un gin-tonic (con limón y Angostura), y espera que llegue alguien, alguien que llame a la policía para avisar lo que ha sucedido.
Una chica le dice a un muchacho que no lo quiere más. Le dice que está muy enfocada en su carrera, pensando en irse a estudiar afuera, o de paseo por el mundo tres meses, quizás seis. Todavía es joven, y no está convencida de seguir con él, con el muchacho, en pareja. Tiene otras prioridades, después verá.
El muchacho se pone mal, se anota en un gimnasio, se anota en un curso de fotografía, también, para distraerse. Pasan algunos días y la chica lo llama. Le dice que lo extraña, que lo estuvo pensando, que lo quiere ver. En poco tiempo están saliendo juntos otra vez, alquilan un departamento por Colegiales, ella queda embarazada. Estarán juntos los próximos treinta años, quizás un poco más. Cambian el televisor por uno más grande, lo van pagando en cuotas.
Y yo no sé, te juro que no sé cuál de las historias es la más triste, la más cruel.
30.6.12
Lección de Bridge
En la secundaria tuve un amigo que se llamaba Javier.
Resultó que Javier tenía dinero. Bueno, no él, su padre, su familia. Aunque a
esa edad, con menos de dieciséis años, tener dinero o no tener dinero no
cambiaba nada. Que uno no se daba cuenta de las diferencias, la cabeza estaba
en otra cosa, eso quise decir.
Nos invitó Javier, a Damián y a mí, una semana de vacaciones. Javier veraneaba todo el mes de Enero, desde que podía recordar, desde siempre, en Punta del Este. Tenía un regio departamento en la parada 11 de la mansa, frente al mar. Y nos había invitado a sus dos mejores amigos, a Damián y a mí, una semana. Al Uruguay, a Punta del Este, a su casa. Una semana en la que no iban a estar sus padres, ni sus hermanos, nadie de su familia. Nosotros solos, imaginate.
De más está decir que tanto Damián como yo no lo podíamos creer. Pibes de barrio, familias que aspiraban a ser de clase media, vacaciones en Miramar en el departamentito de unos abuelos, en mi caso. Íbamos a ir a Uruguay, íbamos a viajar en aliscafo, necesitábamos un poder de nuestros padres para salir del país. Pura aventura.
Pero nada de eso importa, lo que quiero contar es otra cosa. Todo lo que digo, lo que escribí, es puro contexto.
Lo importante es que tanto Damián como yo éramos dos pibitos sin un mango, yendo de invitados una semana, a Punta del Este. El mundo desplegaba ante nuestros azorados ojos su maravilloso abanico de colores. Allá fuimos.
Habíamos ido a hacer las compras, Damián y yo. Javier se había quedado en su casa, bañándose después de un día de playa, hablando con su madre por teléfono, no sé. Nos tocaba a nosotros hacer las compras para la noche. Ravioles o fideos, fiambre y queso, gaseosas.
Había en Uruguay, supongo que siguen existiendo, unas galletitas llamadas ‘Bridge’. Eran unas obleas, cuadradas, con un relleno de mousse, una pasta de chocolate. Las galletitas eran riquísimas, y caras para nosotros. Supongo que a nuestra particular falta de dinero había que agregar un tipo de cambio adverso, esas cuestiones que suelen tener que ver con la económica realidad de los países y que de alguna manera terminan llegando a los individuos. A las personas.
Entramos a un supermercado que estaba en la parada 5 y la Roosevelt, habíamos salido de la playa y fuimos al supermercado, antes de volver caminando al departamento de Javier.
Entramos al supermercado, y Damián me contó su idea. Me dijo ‘pará, Juan, tengo una idea’.
Su idea era la siguiente. Yo iba a agarrar un paquete de galletitas ‘Bridge’. Luego, iba a ir a la caja a pagarlo. Luego, volvía a entrar al supermercado, para encontrarme con él, y hacer las compras.
Como si de un iceberg se tratara, faltaba la mejor parte de la idea, lo que no se ve. Lo que subyace.
Teníamos que abrir el paquete de galletitas, y con absoluta despreocupación, comer. Terminado el paquete, debíamos agarrar otro, otro paquete, lo abríamos, y continuábamos comiendo. En caso de ser increpados por algún guardia de seguridad o personal del supermercado, la respuesta era de lo más simple. ‘Sí, señor, estamos haciendo las compras, y teníamos hambre. Acá puede ver usted el ticket de estas galletitas’.
Siempre un paquete de galletitas encima, y el ticket. Impecable lógica.
Nos quedamos en el supermercado una buena media hora. Debemos haber comido nueve paquetes de ‘Bridge’, quizás once. No íbamos a tener ni ganas de cenar. Nos reímos mucho.
Nos limpiamos las miguitas y fuimos con el carrito a la caja, a pagar nuestras compras.
Al llegar a la caja debí haber notado que algo sucedía.
Nos estaban esperando, junto a la caja, personal de seguridad, policías, incluso gente de prefectura.
Para resumir, nos obligaron a pagar unas cinco veces más de lo que habíamos comido. Tuvimos que llamar a Javier para que trajera todo el dinero que habíamos llevado para la semana de vacaciones. Fuimos demorados, en una comisaría. Amenazaron con llamar a nuestros padres y deportarnos. Tuvimos que rogar bastante, pedir disculpas, jurar que jamás lo volveríamos a hacer.
Fue entonces cuando supe que me sería difícil vivir con las ideas de otros, por más buenas que fueran. Se me iba a tener que ocurrir algo a mí.
Nos invitó Javier, a Damián y a mí, una semana de vacaciones. Javier veraneaba todo el mes de Enero, desde que podía recordar, desde siempre, en Punta del Este. Tenía un regio departamento en la parada 11 de la mansa, frente al mar. Y nos había invitado a sus dos mejores amigos, a Damián y a mí, una semana. Al Uruguay, a Punta del Este, a su casa. Una semana en la que no iban a estar sus padres, ni sus hermanos, nadie de su familia. Nosotros solos, imaginate.
De más está decir que tanto Damián como yo no lo podíamos creer. Pibes de barrio, familias que aspiraban a ser de clase media, vacaciones en Miramar en el departamentito de unos abuelos, en mi caso. Íbamos a ir a Uruguay, íbamos a viajar en aliscafo, necesitábamos un poder de nuestros padres para salir del país. Pura aventura.
Pero nada de eso importa, lo que quiero contar es otra cosa. Todo lo que digo, lo que escribí, es puro contexto.
Lo importante es que tanto Damián como yo éramos dos pibitos sin un mango, yendo de invitados una semana, a Punta del Este. El mundo desplegaba ante nuestros azorados ojos su maravilloso abanico de colores. Allá fuimos.
Habíamos ido a hacer las compras, Damián y yo. Javier se había quedado en su casa, bañándose después de un día de playa, hablando con su madre por teléfono, no sé. Nos tocaba a nosotros hacer las compras para la noche. Ravioles o fideos, fiambre y queso, gaseosas.
Había en Uruguay, supongo que siguen existiendo, unas galletitas llamadas ‘Bridge’. Eran unas obleas, cuadradas, con un relleno de mousse, una pasta de chocolate. Las galletitas eran riquísimas, y caras para nosotros. Supongo que a nuestra particular falta de dinero había que agregar un tipo de cambio adverso, esas cuestiones que suelen tener que ver con la económica realidad de los países y que de alguna manera terminan llegando a los individuos. A las personas.
Entramos a un supermercado que estaba en la parada 5 y la Roosevelt, habíamos salido de la playa y fuimos al supermercado, antes de volver caminando al departamento de Javier.
Entramos al supermercado, y Damián me contó su idea. Me dijo ‘pará, Juan, tengo una idea’.
Su idea era la siguiente. Yo iba a agarrar un paquete de galletitas ‘Bridge’. Luego, iba a ir a la caja a pagarlo. Luego, volvía a entrar al supermercado, para encontrarme con él, y hacer las compras.
Como si de un iceberg se tratara, faltaba la mejor parte de la idea, lo que no se ve. Lo que subyace.
Teníamos que abrir el paquete de galletitas, y con absoluta despreocupación, comer. Terminado el paquete, debíamos agarrar otro, otro paquete, lo abríamos, y continuábamos comiendo. En caso de ser increpados por algún guardia de seguridad o personal del supermercado, la respuesta era de lo más simple. ‘Sí, señor, estamos haciendo las compras, y teníamos hambre. Acá puede ver usted el ticket de estas galletitas’.
Siempre un paquete de galletitas encima, y el ticket. Impecable lógica.
Nos quedamos en el supermercado una buena media hora. Debemos haber comido nueve paquetes de ‘Bridge’, quizás once. No íbamos a tener ni ganas de cenar. Nos reímos mucho.
Nos limpiamos las miguitas y fuimos con el carrito a la caja, a pagar nuestras compras.
Al llegar a la caja debí haber notado que algo sucedía.
Nos estaban esperando, junto a la caja, personal de seguridad, policías, incluso gente de prefectura.
Para resumir, nos obligaron a pagar unas cinco veces más de lo que habíamos comido. Tuvimos que llamar a Javier para que trajera todo el dinero que habíamos llevado para la semana de vacaciones. Fuimos demorados, en una comisaría. Amenazaron con llamar a nuestros padres y deportarnos. Tuvimos que rogar bastante, pedir disculpas, jurar que jamás lo volveríamos a hacer.
Fue entonces cuando supe que me sería difícil vivir con las ideas de otros, por más buenas que fueran. Se me iba a tener que ocurrir algo a mí.
25.6.12
Así como me ves
Desde hace algún tiempo, por las mañanas, desayuno con el
miedo. A veces viene el susto, también. Hay días que se sienta la tristeza, y
se queda, despreocupada, tomándose unos mates ya tibios, mirando por una
ventana que da a un contrafrente donde
jamás se verá nada que merezca la palabra ‘paisaje’. Levanta una pierna, se
corta las uñas.
Muchas veces, vienen juntas, desayunan conmigo, la ansiedad y la frustración. Se atolondran, mueven mucho las sillas, vuelcan algo. Ensayan un par de ampulosas carcajadas.
Han venido también la angustia, la furia, la locura. El rencor desde ya, el estupor, la insipidez más despiadada.
Cuando te fuiste, te llevaste todo lo bueno de este mundo. Desayunar es mi cruz.
Muchas veces, vienen juntas, desayunan conmigo, la ansiedad y la frustración. Se atolondran, mueven mucho las sillas, vuelcan algo. Ensayan un par de ampulosas carcajadas.
Han venido también la angustia, la furia, la locura. El rencor desde ya, el estupor, la insipidez más despiadada.
Cuando te fuiste, te llevaste todo lo bueno de este mundo. Desayunar es mi cruz.
20.6.12
Es tu opinión
Es
de noche. Sé que me va a costar dormir, es algo que se siente en el cuerpo. Algo,
como si durante el día hubieras pisado una baldosa y la tristeza te hubiera
salpicado hasta el alma. El alcohol no está funcionando, el alcohol no
funciona, y cuando el alcohol no funciona es porque no va a funcionar nada. Acostumbrate.
Bajo a dar una vuelta, al parque, para estirar las piernas, fumar un cigarrillo, tratar de olvidarme de algo que debió ocurrir y no ocurrió, o de algo que ocurrió y quizás no debió ocurrir.
Estoy caminando. Deben ser las once de la noche, a esa ahora ya afloja un poco la locura, la gente se guarda. Hace frío, además.
Un par de chiflados corriendo, escapando, como pueden, como les sale. Por lo general, cuando la gente ve pasar a alguien corriendo, temprano a la mañana, imaginan virtudes como el intento de superación, el esfuerzo, la búsqueda de la salud en alguno de sus edulcorados sabores. Yo, cuando veo a alguien corriendo a la mañana, lo único que veo es alguien que no cogió la noche anterior. Y si corrés a la noche, bueno, quizás llevás no cogiendo quién sabe, una vida. Correr es un sucedáneo de la religión, es todo lo que tenés que saber al respecto.
Un tipo pasea a su perro, un boxer. Le tira de la correa. Le pega, le habla.
–¡Pero qué hacés, boludo! –le da un patadón, de costado–. No me hagás embarrar porque te mato.
Enciendo mi cigarrillo.
–¡Dale, forro, dale! –el tipo le da un tirón lo suficientemente fuerte para arrancarle el cuello–. Cagá de una vez. Tengo frío. ¡Cagá!
Me acerco un poco. Hago como que me masajeo una entumecida rodilla. Finjo atarme los cordones.
–¡Qué comés, qué comés! –el tipo le pega al animal con la propia correa, le da un par de lonjazos. El animal lo mira, lo mira y aguanta. Un golpe más, para fijar los conceptos, dos golpes más, y lo suelta. El animal continúa con lo suyo.
La crueldad con los animales es una cosa que me ha molestado desde siempre. Con las personas, con los seres humanos por decirlo de algún modo, jamás he logrado ese nivel de empatía.
–Che –lo señalo, al tipo–. ¿Por qué no lo dejás tranquilo al perro? ¿Para qué carajo tenés un perro? Digo, si te molesta todo lo que hace.
El tipo me mira, retrocede un poco. Se da cuenta que me lleva veinte o treinta años, y yo le llevo veinte o treinta kilos. Sabe que pierde, lo sabe con todo su ser, no puede hacer nada al respecto.
Entonces siento la mordida, artera, de atrás, en mi pantorrilla derecha que empieza a quemar, a quemar y a pinchar al mismo tiempo, a doler de verdad.
Me doy vuelta y me agacho todo en un solo movimiento, tratando de apretar la zona. El dolor crece como una mancha. Sangre entre los dedos.
–No te metas, forro –el boxer me mira, me habla–. Qué carajo te metés.
Bajo a dar una vuelta, al parque, para estirar las piernas, fumar un cigarrillo, tratar de olvidarme de algo que debió ocurrir y no ocurrió, o de algo que ocurrió y quizás no debió ocurrir.
Estoy caminando. Deben ser las once de la noche, a esa ahora ya afloja un poco la locura, la gente se guarda. Hace frío, además.
Un par de chiflados corriendo, escapando, como pueden, como les sale. Por lo general, cuando la gente ve pasar a alguien corriendo, temprano a la mañana, imaginan virtudes como el intento de superación, el esfuerzo, la búsqueda de la salud en alguno de sus edulcorados sabores. Yo, cuando veo a alguien corriendo a la mañana, lo único que veo es alguien que no cogió la noche anterior. Y si corrés a la noche, bueno, quizás llevás no cogiendo quién sabe, una vida. Correr es un sucedáneo de la religión, es todo lo que tenés que saber al respecto.
Un tipo pasea a su perro, un boxer. Le tira de la correa. Le pega, le habla.
–¡Pero qué hacés, boludo! –le da un patadón, de costado–. No me hagás embarrar porque te mato.
Enciendo mi cigarrillo.
–¡Dale, forro, dale! –el tipo le da un tirón lo suficientemente fuerte para arrancarle el cuello–. Cagá de una vez. Tengo frío. ¡Cagá!
Me acerco un poco. Hago como que me masajeo una entumecida rodilla. Finjo atarme los cordones.
–¡Qué comés, qué comés! –el tipo le pega al animal con la propia correa, le da un par de lonjazos. El animal lo mira, lo mira y aguanta. Un golpe más, para fijar los conceptos, dos golpes más, y lo suelta. El animal continúa con lo suyo.
La crueldad con los animales es una cosa que me ha molestado desde siempre. Con las personas, con los seres humanos por decirlo de algún modo, jamás he logrado ese nivel de empatía.
–Che –lo señalo, al tipo–. ¿Por qué no lo dejás tranquilo al perro? ¿Para qué carajo tenés un perro? Digo, si te molesta todo lo que hace.
El tipo me mira, retrocede un poco. Se da cuenta que me lleva veinte o treinta años, y yo le llevo veinte o treinta kilos. Sabe que pierde, lo sabe con todo su ser, no puede hacer nada al respecto.
Entonces siento la mordida, artera, de atrás, en mi pantorrilla derecha que empieza a quemar, a quemar y a pinchar al mismo tiempo, a doler de verdad.
Me doy vuelta y me agacho todo en un solo movimiento, tratando de apretar la zona. El dolor crece como una mancha. Sangre entre los dedos.
–No te metas, forro –el boxer me mira, me habla–. Qué carajo te metés.
15.6.12
t + 1
Tarde, siempre es tarde. Cuando venís, sencillo hasta la
exasperación, fastidio hasta la náusea, es porque, justamente, es tarde.
Si me decís holaquetalcomoestástantotiempo, bueno, es porque
te divorciaste de tu horrorosa señora y diez años después precisás un amigo,
alguien que te escuche, que te pague una cerveza y te jure que la vida continúa
aunque no haya más lluvia en Villa Gesell para ninguno de nosotros.
Si me decís que te diste cuenta que soy el hombre de tu
vida, el que mejor te cogió, con superior entusiasmo, o el que más te quería.
Bueno, mamucha, es porque te viniste grande, pasaste al galope de talle de
bombacha, goodbye M, welcome L, la celulitis te masticó la magia, te desangelaste
a pura várice. Fatiga de materiales.
Si me decís que siempre pensaste que yo era la persona ideal
para el trabajo, es porque ya me echaste, o nunca me tomaste, te pareció que yo
no era el adecuado o que en verdad podía andar y no te convenía tenerme cerca.
Si me decís que te encantaba lo que escribía, que te parecía que yo era el
nuevo mesías que la literatura argentina llevaba tanto tiempo esperando, bueno,
es porque no me publicaste.
Y así podríamos seguir, te pegaste dos o tres vueltas en la
calesita de la vida y ahora sabés, sentís que sabés, que era yo, claro que era
yo, para cualquier cosa, la persona exacta, con el talento justo, la fuerza, las
ganas. Servía, sí, claro.
Pero cuando venís es tarde, siempre es tarde. Porque yo no
tuve más remedio que quedarme conmigo, hacer otra cosa, seguir con mi precaria
existencia. Mi estúpida vida.
10.6.12
Desde el futuro
Estamos en el año 2078, estamos en el futuro. No soy bueno
para la ciencia ficción, por lo general creo que con la ficción es suficiente.
Alcanza.
Estamos en el año 2078, entonces, decía. Se festeja el aniversario, el centenario del mundial 78. Hay pósters de Kempes en las calles, la Argentina hace años que no existe más, se llama Tina, el país. Tuvo que vender, en un momento, la ‘Ar’, para poder seguir adelante, para que no la expulsaran del planeta tierra. Y a los pocos años, vendió el ‘gen’.
El paisaje es como la peli ‘Mad Max’, hordas luchando por el agua, por el vino, por el combustible. En las calles vuelan fardos de pasto. La gente mata perros y se los come, los teléfonos celulares y las computadoras son gratis, para que todos estén enchufados. Una delicia.
Después de la quinta guerra mundial, quedó lo que quedó. No se usa más el dinero y se abolió la propiedad privada. Cada uno tiene lo que es capaz de defender, la gente se agrupa por el simpático hecho de la supervivencia. Llueve sin parar, una mezcla de agua tibia con ceniza. Ah, se vive todo el tiempo, se vive para siempre. Se vive hasta que te presentás en una oficina, llenás un formulario y apretás un botón, para morirte. Al principio se reía, la gente, decía ‘nadie va a ir a apretar ese botón’. Pero después, tarde o temprano, la gente se fue dando cuenta que vivir es un fastidio. Cansa.
Pero no quería ser tremendista ni apocalíptico, no quería hablar de nada de eso. Hay una epidemia, una epidemia nueva. Una patología, un brote, cómo llamarlo.
Empiezan a desaparecer los maniquíes. De todas partes. De las vidrieras, de las fábricas, de donde sea. La gente, ambos sexos, todos sienten la pulsión de coger con maniquíes. Cualquier maniquí, roto o entero, un pedazo de culo, una cabeza, una mano.
El Comité Central de Ciencia y Tecnología luce desconcertado. Han estudiado y conocen todos los cambios en las pautas de conducta, producto de la polución ambiental y la descontrolada ingesta de psicotrópicos. Pero esto no había pasado jamás, debe ser un virus proveniente del espacio exterior, de las bases que se han ido instalando en Júpiter, una roca caída de la galaxia de Xiburg.
Soy estudiado como el posible antídoto, el huésped del cual quizás pueda crearse la vacuna para combatir el mal. Los científicos hacen pruebas conmigo. No tengo el apetito por los maniquíes, el arrebatado anhelo, la indómita pulsión.
Es que cogí con vos, en el pasado más remoto. Debo estar inmunizado.
Estamos en el año 2078, entonces, decía. Se festeja el aniversario, el centenario del mundial 78. Hay pósters de Kempes en las calles, la Argentina hace años que no existe más, se llama Tina, el país. Tuvo que vender, en un momento, la ‘Ar’, para poder seguir adelante, para que no la expulsaran del planeta tierra. Y a los pocos años, vendió el ‘gen’.
El paisaje es como la peli ‘Mad Max’, hordas luchando por el agua, por el vino, por el combustible. En las calles vuelan fardos de pasto. La gente mata perros y se los come, los teléfonos celulares y las computadoras son gratis, para que todos estén enchufados. Una delicia.
Después de la quinta guerra mundial, quedó lo que quedó. No se usa más el dinero y se abolió la propiedad privada. Cada uno tiene lo que es capaz de defender, la gente se agrupa por el simpático hecho de la supervivencia. Llueve sin parar, una mezcla de agua tibia con ceniza. Ah, se vive todo el tiempo, se vive para siempre. Se vive hasta que te presentás en una oficina, llenás un formulario y apretás un botón, para morirte. Al principio se reía, la gente, decía ‘nadie va a ir a apretar ese botón’. Pero después, tarde o temprano, la gente se fue dando cuenta que vivir es un fastidio. Cansa.
Pero no quería ser tremendista ni apocalíptico, no quería hablar de nada de eso. Hay una epidemia, una epidemia nueva. Una patología, un brote, cómo llamarlo.
Empiezan a desaparecer los maniquíes. De todas partes. De las vidrieras, de las fábricas, de donde sea. La gente, ambos sexos, todos sienten la pulsión de coger con maniquíes. Cualquier maniquí, roto o entero, un pedazo de culo, una cabeza, una mano.
El Comité Central de Ciencia y Tecnología luce desconcertado. Han estudiado y conocen todos los cambios en las pautas de conducta, producto de la polución ambiental y la descontrolada ingesta de psicotrópicos. Pero esto no había pasado jamás, debe ser un virus proveniente del espacio exterior, de las bases que se han ido instalando en Júpiter, una roca caída de la galaxia de Xiburg.
Soy estudiado como el posible antídoto, el huésped del cual quizás pueda crearse la vacuna para combatir el mal. Los científicos hacen pruebas conmigo. No tengo el apetito por los maniquíes, el arrebatado anhelo, la indómita pulsión.
Es que cogí con vos, en el pasado más remoto. Debo estar inmunizado.
5.6.12
Sucedió en Plaza Irlanda
Era la adolescencia, una adolescencia transcurrida hace
quizás ya demasiado tiempo, la mía. Antes de la Playstation, para que te
ubiques.
Iba al Vieytes, yo, la secundaria. Nos habían juntado, segundo tercera, nosotros, con segundo novena de la tarde, y habían construido una nueva división para tercer año, no me preguntes por qué. No viene al caso.
Estaba D’Ambrosio, que venía de la novena. Un gigante de más de un metro noventa, manos como sartenes. Labio inferior siempre húmedo y algo caído. La maldad en estado puro, impiadoso, la inverosímil fuerza.
Estaba Marinelli, que había cursado primero y segundo con nosotros, conmigo. Colorado, pálido, muy pálido, casi transparente. Legañoso, siempre legañoso, y con los ojitos rojos. Tartamudeaba un poco, andaba siempre encogido, la cabeza como escondida entre los hombros, temeroso de su fragilidad, dando cortos pasitos por el pasillo hacia el aula.
No sé cómo, no debió pasar nunca, pero D’Ambrosio se ensañó con Marinelli de inmediato, odio a primera vista. Le robaba los útiles o la comida, pasaba en su camino hacia el fondo del aula y le pegaba en la cabeza o le rompía el cuaderno. Lo amenazaba, le decía cosas.
–Che, pelado –me dijo uno, así me decían a mí, supongo que porque tenía unos indómitos rulos–, hoy a la salida vamos todos a Plaza Irlanda. Hay goma.
–¿Quiénes? –Pregunté.
–Marinelli –me dijo Barbieri, o Bernardi–. Con D’Ambrosio.
No podía ser. Marinelli jamás se había peleado con nadie, su cuerpo no había sido diseñado para la pelea. Hasta estaba exceptuado de ir a Educación Física por algún tema médico. Imposible.
Al parecer D’Ambrosio le había dicho algo, a Marinelli, algo sobre su madre, y Marinelli, en el arrebato de responder, en el apuro, había dicho ‘te espero en la esquina’. ‘Claro’, dijo D’Ambrosio, y se rió, se rieron varios. Plaza Irlanda, allá fuimos todos.
La hago corta, no quiero aburrir con recuerdos que quizás sólo me interesan a mí y a alguno más que haya estado ahí. Hacía frío, llegamos, empezó la pelea.
Era imposible, por altura, por peso, por asimetría de fuerzas, Marinelli no tenía ninguna posibilidad. D’Ambrosio le pegó un par de trompadas y Marinelli se fue al piso, sobre la tierra. Sangraba, de una ceja, de la nariz. Se puso de pie, intentó tirar unas manos, pero D’Ambrosio le llevaba unos treinta kilos de diferencia, y sabía pelear. Era sucio, le escupió la cara, se lo sacó de encima de un empujón, le volvió a pegar. Lo pateó en el piso, dos, tres veces, las costillas, le partió el labio. Marinelli se puso de pie, como pudo, agarrándose el estómago, volvió a cobrar.
Habrá durado todo tres minutos, podría relatar esa pelea en cámara lenta, cada golpe, el pedacito de diente de Marinelli que voló al pasto, el ‘paf’ de la trompada inicial que lo dejó sentado y aturdido, demasiado aturdido para llorar.
Dijimos que era suficiente, nos metimos, prometimos otra pelea, nosotros contra ellos, para la siguiente semana. Había que volver a casa, hacer la tarea, almorzar.
Se empezaron a ir todos los pibes, en grupos.
Entonces vi a Marinelli, de pie. Tenía un ojo negro, el labio superior con sangre, hinchado. El pelo revuelto, la camisa rota con un solo botón, la cara llena de mugre, alguien le devolvió el saco. Apretaba los puños, muy fuerte. Había sabido todo el tiempo, todo el día, lo que le esperaba. Había sabido que le iban a pegar y que le iba a doler. Las cosas habían sido, incluso, mucho peor que en su imaginado tormento. Le salió un sollozo, le dolía todo, y sin embargo había algo ahí, no sé, una vibración. Haber hecho lo que había que hacer, sabiendo que no tenía la más mínima posibilidad.
Por actitudes como esa, por tipos como vos, Marinelli, es que todavía me siento a escribir. A recibir las piñas que correspondan, y sentir eso que quizás vi en vos, en tu carita de pibe aquella vez en Plaza Irlanda. Eso que era demasiado puro, demasiado intenso para ser expresado con palabras.
Iba al Vieytes, yo, la secundaria. Nos habían juntado, segundo tercera, nosotros, con segundo novena de la tarde, y habían construido una nueva división para tercer año, no me preguntes por qué. No viene al caso.
Estaba D’Ambrosio, que venía de la novena. Un gigante de más de un metro noventa, manos como sartenes. Labio inferior siempre húmedo y algo caído. La maldad en estado puro, impiadoso, la inverosímil fuerza.
Estaba Marinelli, que había cursado primero y segundo con nosotros, conmigo. Colorado, pálido, muy pálido, casi transparente. Legañoso, siempre legañoso, y con los ojitos rojos. Tartamudeaba un poco, andaba siempre encogido, la cabeza como escondida entre los hombros, temeroso de su fragilidad, dando cortos pasitos por el pasillo hacia el aula.
No sé cómo, no debió pasar nunca, pero D’Ambrosio se ensañó con Marinelli de inmediato, odio a primera vista. Le robaba los útiles o la comida, pasaba en su camino hacia el fondo del aula y le pegaba en la cabeza o le rompía el cuaderno. Lo amenazaba, le decía cosas.
–Che, pelado –me dijo uno, así me decían a mí, supongo que porque tenía unos indómitos rulos–, hoy a la salida vamos todos a Plaza Irlanda. Hay goma.
–¿Quiénes? –Pregunté.
–Marinelli –me dijo Barbieri, o Bernardi–. Con D’Ambrosio.
No podía ser. Marinelli jamás se había peleado con nadie, su cuerpo no había sido diseñado para la pelea. Hasta estaba exceptuado de ir a Educación Física por algún tema médico. Imposible.
Al parecer D’Ambrosio le había dicho algo, a Marinelli, algo sobre su madre, y Marinelli, en el arrebato de responder, en el apuro, había dicho ‘te espero en la esquina’. ‘Claro’, dijo D’Ambrosio, y se rió, se rieron varios. Plaza Irlanda, allá fuimos todos.
La hago corta, no quiero aburrir con recuerdos que quizás sólo me interesan a mí y a alguno más que haya estado ahí. Hacía frío, llegamos, empezó la pelea.
Era imposible, por altura, por peso, por asimetría de fuerzas, Marinelli no tenía ninguna posibilidad. D’Ambrosio le pegó un par de trompadas y Marinelli se fue al piso, sobre la tierra. Sangraba, de una ceja, de la nariz. Se puso de pie, intentó tirar unas manos, pero D’Ambrosio le llevaba unos treinta kilos de diferencia, y sabía pelear. Era sucio, le escupió la cara, se lo sacó de encima de un empujón, le volvió a pegar. Lo pateó en el piso, dos, tres veces, las costillas, le partió el labio. Marinelli se puso de pie, como pudo, agarrándose el estómago, volvió a cobrar.
Habrá durado todo tres minutos, podría relatar esa pelea en cámara lenta, cada golpe, el pedacito de diente de Marinelli que voló al pasto, el ‘paf’ de la trompada inicial que lo dejó sentado y aturdido, demasiado aturdido para llorar.
Dijimos que era suficiente, nos metimos, prometimos otra pelea, nosotros contra ellos, para la siguiente semana. Había que volver a casa, hacer la tarea, almorzar.
Se empezaron a ir todos los pibes, en grupos.
Entonces vi a Marinelli, de pie. Tenía un ojo negro, el labio superior con sangre, hinchado. El pelo revuelto, la camisa rota con un solo botón, la cara llena de mugre, alguien le devolvió el saco. Apretaba los puños, muy fuerte. Había sabido todo el tiempo, todo el día, lo que le esperaba. Había sabido que le iban a pegar y que le iba a doler. Las cosas habían sido, incluso, mucho peor que en su imaginado tormento. Le salió un sollozo, le dolía todo, y sin embargo había algo ahí, no sé, una vibración. Haber hecho lo que había que hacer, sabiendo que no tenía la más mínima posibilidad.
Por actitudes como esa, por tipos como vos, Marinelli, es que todavía me siento a escribir. A recibir las piñas que correspondan, y sentir eso que quizás vi en vos, en tu carita de pibe aquella vez en Plaza Irlanda. Eso que era demasiado puro, demasiado intenso para ser expresado con palabras.
30.5.12
Autopista espiritual
Probé con Osho. Claro que probé con Osho, todos probamos con
Osho. Sus discursos de un magistral ingenio, su formidable sentido del humor,
sus uñas tan perfectas. Sus espectaculares relojes, sus lentes de sol detrás de
los cuales habitaba esa tremenda mirada, su carita algo perversa que parecía
sugerir que estar iluminado no le impedía deambular por la tierra y celebrar
todo aquello que hubiera para celebrar.
De ahí vas a Krishnamurti sin escalas. La iluminación absoluta, la demolición del yo a través de una catarata de palabras. La negación de la negación de la negación de todo lo que no es. El razonamiento hasta la extenuación, la disección de la imbecilidad hasta hacerla desaparecer. La angustia en ese rostro de un hombre que sabía demasiado, simplemente demasiado, quizás más de lo que podía soportar un ser humano por más excepcional que fuera.
Después te pegás una vuelta por el Maharishi Mahesh Yogi. No hay manera de no ir por ese lado. El tipo con su carita a lo Charles Manson y esa vocecita tan suave. Su meditación trascendental marca registrada, su mantra de la palabra mágica que te estaba esperando a vos y a nadie más que a vos, para llevarte más allá de la pútrida realidad. Sus paseos con pasos tan cortitos a orillas de un lago quieto, tan quieto y tan profundo como la conciencia, y una flor en la mano siempre.
Todo te lleva a Sai Baba. El hombre de la túnica naranja y el cabello con el afro perfecto, solamente superado en originalidad e impacto, quizás por el peinado de Don King. El hombre caminando entre la multitud de fanáticos, con esa sonrisita como si se estuviera por hacer pis, frotando apenas los dedos, dos o tres dedos de una mano, y haciendo aparecer una cadenita de oro aquí y allá.
Vas y leés lo que podés de Ramana Maharshi, su esplendoroso silencio. Cuando le preguntaron a Ramana Maharshi cómo saber si uno estaba progresando en el camino espiritual, y el tipo respondió ‘la ausencia de pensamiento, el grado de ausencia de pensamientos, es el verdadero indicador del progreso en el camino de la iluminación’. Te comprás todos los libros que encontrás de Chopra, original cruce de caminos entre la oriental sabiduría y la occidental picardía. Seguís con los videítos de Barry Long, con su mirada a punto de saltarte a la yugular, parado en el borde de la locura misma que casi le dificultaba transmitir lo que tenía para contar, te pegás una vuelta por Ram Dass y su ‘fierce grace’, vas a Eckhart Tolle, una especie de duende lleno de luz y alegría con su encantador repackageo de sagradas escrituras, Adyashanti y su infinitamente dulce manera de explicar lo que no se puede explicar. Vas con Papaji, y entendés que es un segundo nomás, que es ahora y que es posible ser feliz, parás el motor de la mente y estás bendito para siempre. Probás con sus discípulos, con la delicada combinación de énfasis y bondad de Gangaji que te toma de la mano, con Mooji y su manera tan pero tan agradable y divertida de mostrarte que la magia es para vos también y es fácil, vas a recuperar las ganas de reírte, de caminar por la calle, de tomar un café con leche. Vas a Nisargadatta Maharaj que te grita, con absoluta vehemencia, que vos sos eso, que ya llegaste, que ahí estuvo desde siempre, que no hay que buscar lo que ya sos. Vas y te metés de zabiola con el sarteneo de la supersarasa del mindfulness de Jon Kabat Zinn. Hacés el cursito de Sri Sri, te dijeron que lo único que tenés que hacer es respirar, con respirar alcanza para ser feliz, ya te vas a dar cuenta.
Y entonces te das cuenta que pasaron unos tres o cinco años y no entendiste un pomo, no tenés la más puta idea de nada, no trascendés un carajo ni sos un alma consciente ni despertaste a esa dimensión que se oculta detrás del velo de la mente. Querés tomar un buen vino y coger un poco. Te estás cayendo a pedazos, no das más.
De ahí vas a Krishnamurti sin escalas. La iluminación absoluta, la demolición del yo a través de una catarata de palabras. La negación de la negación de la negación de todo lo que no es. El razonamiento hasta la extenuación, la disección de la imbecilidad hasta hacerla desaparecer. La angustia en ese rostro de un hombre que sabía demasiado, simplemente demasiado, quizás más de lo que podía soportar un ser humano por más excepcional que fuera.
Después te pegás una vuelta por el Maharishi Mahesh Yogi. No hay manera de no ir por ese lado. El tipo con su carita a lo Charles Manson y esa vocecita tan suave. Su meditación trascendental marca registrada, su mantra de la palabra mágica que te estaba esperando a vos y a nadie más que a vos, para llevarte más allá de la pútrida realidad. Sus paseos con pasos tan cortitos a orillas de un lago quieto, tan quieto y tan profundo como la conciencia, y una flor en la mano siempre.
Todo te lleva a Sai Baba. El hombre de la túnica naranja y el cabello con el afro perfecto, solamente superado en originalidad e impacto, quizás por el peinado de Don King. El hombre caminando entre la multitud de fanáticos, con esa sonrisita como si se estuviera por hacer pis, frotando apenas los dedos, dos o tres dedos de una mano, y haciendo aparecer una cadenita de oro aquí y allá.
Vas y leés lo que podés de Ramana Maharshi, su esplendoroso silencio. Cuando le preguntaron a Ramana Maharshi cómo saber si uno estaba progresando en el camino espiritual, y el tipo respondió ‘la ausencia de pensamiento, el grado de ausencia de pensamientos, es el verdadero indicador del progreso en el camino de la iluminación’. Te comprás todos los libros que encontrás de Chopra, original cruce de caminos entre la oriental sabiduría y la occidental picardía. Seguís con los videítos de Barry Long, con su mirada a punto de saltarte a la yugular, parado en el borde de la locura misma que casi le dificultaba transmitir lo que tenía para contar, te pegás una vuelta por Ram Dass y su ‘fierce grace’, vas a Eckhart Tolle, una especie de duende lleno de luz y alegría con su encantador repackageo de sagradas escrituras, Adyashanti y su infinitamente dulce manera de explicar lo que no se puede explicar. Vas con Papaji, y entendés que es un segundo nomás, que es ahora y que es posible ser feliz, parás el motor de la mente y estás bendito para siempre. Probás con sus discípulos, con la delicada combinación de énfasis y bondad de Gangaji que te toma de la mano, con Mooji y su manera tan pero tan agradable y divertida de mostrarte que la magia es para vos también y es fácil, vas a recuperar las ganas de reírte, de caminar por la calle, de tomar un café con leche. Vas a Nisargadatta Maharaj que te grita, con absoluta vehemencia, que vos sos eso, que ya llegaste, que ahí estuvo desde siempre, que no hay que buscar lo que ya sos. Vas y te metés de zabiola con el sarteneo de la supersarasa del mindfulness de Jon Kabat Zinn. Hacés el cursito de Sri Sri, te dijeron que lo único que tenés que hacer es respirar, con respirar alcanza para ser feliz, ya te vas a dar cuenta.
Y entonces te das cuenta que pasaron unos tres o cinco años y no entendiste un pomo, no tenés la más puta idea de nada, no trascendés un carajo ni sos un alma consciente ni despertaste a esa dimensión que se oculta detrás del velo de la mente. Querés tomar un buen vino y coger un poco. Te estás cayendo a pedazos, no das más.
25.5.12
El sueño del perro
Invierno, playa. No importa qué playa. Ponele Necochea,
ponele Pinamar. Lo que te resulte más cómodo.
Amanece. Hay un perro, un perro vagabundo que duerme, detrás de un médano, apenas guarecido del viento.
El perro duerme y sueña que es un hombre. Sueña que está casado con una dulce esposa que lo quiere. Sueña que ve crecer a sus hijos, los lleva al colegio y camina un par de cuadras con ellos de la mano. Responde alguna pregunta de su hija de siete años, miran un pájaro, se ríen. Sueña que lo ascienden en el trabajo y gana más dinero. Sueña que cambia el auto. Sueña que arma vacaciones y cenas de navidad con familiares y amigos. Sueña que toma un buen vino, y envejece.
Se despierta, el perro. Se pone de pie, estira las patas. La playa está desierta, hace mucho frío. Siente algo en el estómago, el perro, una inquietud, hambre.
El perro está despierto, mueve la cola.
Amanece. Hay un perro, un perro vagabundo que duerme, detrás de un médano, apenas guarecido del viento.
El perro duerme y sueña que es un hombre. Sueña que está casado con una dulce esposa que lo quiere. Sueña que ve crecer a sus hijos, los lleva al colegio y camina un par de cuadras con ellos de la mano. Responde alguna pregunta de su hija de siete años, miran un pájaro, se ríen. Sueña que lo ascienden en el trabajo y gana más dinero. Sueña que cambia el auto. Sueña que arma vacaciones y cenas de navidad con familiares y amigos. Sueña que toma un buen vino, y envejece.
Se despierta, el perro. Se pone de pie, estira las patas. La playa está desierta, hace mucho frío. Siente algo en el estómago, el perro, una inquietud, hambre.
El perro está despierto, mueve la cola.
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