Estaba en el andén, en el andén del subterráneo. Estar bajo tierra y no estar muerto es bastante grave, porque es como estar muerto, pero sin las ventajas de estar muerto. Es como estar muerto y fastidioso a la vez. Y encima esperando que aparezca el subte, que viene lleno, creo que ya lo dije, y encima no viene más.
El primer disparo no lo escuché. Aprovecho el viaje en subte para leer un poco, o para cerrar los ojos y hacer algún ejercicio de respiración, todas cosas sencillas, pasatiempos mientras se está muerto, con la secreta esperanza de resucitar. O mejor dicho sí lo escuché, pero me aturdió. Pensé que era otra cosa, alguien que había dejado caer una caja con un televisor o con seis botellas de vino, un tremendo portazo lleno de disgusto, el reventón de un neumático, cosas que no podían ser, no sé.
Pero no, no podía ser. Estábamos en el andén del subte B, en la estación Dorrego, y eran las nueve menos diez de la mañana. Gente, gente fastidiosa y esperando y no mucho más.
–¡Al piso, al piso! –Dijo alguien, un tipo flaquito con gorra de lana y una mochila con el logo de ‘Los Piojos’ en la espalda. Y el tipo se tiró al piso, lo cual le costó un poco, porque el subte se estaba retrasando y el andén se había cargado mucho de gente, no había casi lugar. Le costó tirarse, tuvo que empujar.
–¡Tiros, son tiros! –Una mujer se tomó el pecho y luego se miró las manos para ver si estaban manchadas de sangre. Pero no, sus doce kilos de teta, ya para siempre glándulas mamarias, permanecían en su lugar.
La mujer usó el plural, porque había sonado un segundo tiro. Y ahora sí, los que leíamos y los que dormíamos de pie y los que esperábamos y nada más, supimos de inconfundible e inapelable manera que estaban sonando tiros.
La gente comenzó a arrojarse, como podía, al piso, unos sobre otros. Hubo alaridos, puteadas, gritos superpuestos e inconexos por encima de la música de los televisores. Los que no podían tirarse al piso, por fiaca o por falta de espacio, se apoyaban contra la pared del andén. Hubo quienes saltaron a las vías, maniobra riesgosa por cierto, gritando, para cruzar al otro lado, como si de un río se tratara. La gente se tapaba los oídos con las manos, algunos rezaban, otros corrían pero en cámara lenta, porque mientras corrían tropezaban y trataban de adivinar para dónde, en qué dirección tenían que correr.
Habrá durado todo un minuto o dos, no más. Desde una punta del andén, la de atrás, un hombre tiraba contra todo. Fueron quince tiros, uno detrás de otro, con intervalos regulares de entre dos y tres segundos. El hombre era canoso, bien peinado, de unos cincuenta años, usaba jeans y una campera negra, corta, sin cuello, como las de los beisbolistas. Tiraba sin moverse, bien afirmado. Tiró y siguió tirando hasta que escuchó, todos lo escuchamos, un chasquido, no había más balas.
Entonces lo agarraron. Entre varios, un policía de civil, tres guardias del subterráneo, algunos entusiastas siempre deseosos de tirar una trompada.
Lo esposaron, al hombre. Y lo fueron haciendo caminar por el andén, para llevarlo detenido. Llegaron más policías. La gente, lentamente, se incorporaba, recuperando sus carteras o bolsos, sacudiéndose la ropa. Cada uno fue verificando que ni él mismo ni el de al lado estuviera muerto. Había silenciosas sonrisas, asentimientos de cabeza. Todos buscaban manchas de sangre en el piso, algún gemido, alguien que debiera ser socorrido de inmediato.
Se oían sirenas, arriba, patrulleros, ambulancias. Venían los bomberos, también.
Al pasar junto a mí, un policía le estaba preguntando al sujeto, mientras lo hacía avanzar a empujones.
–¿Pero qué hiciste, boludo? ¿Qué te pasa? ¿Sos de una secta, te dejó una mina? ¿Vos qué reclamás?
–Nada –el hombre negó con la cabeza. Tenía un rasguño que le cruzaba la frente–. Tomo el subte acá, desde hace veinte años, y me parece que están todos tristes y aburridos, que nunca les pasa nada. Quería que una vez tuvieran algo para contar.