30.6.10

Cuando seas grande

El fin de semana pasado me invitaron a una quinta, a un country, a un barrio privado, no sé, no podría explicar con precisión las sutiles diferencias. Lo que sí sé es que los que viven adentro tienen lindas casas, buenos autos, flequillos, peludos perros y bellas mujeres (no al revés), y los que están afuera, no. La conclusión es que conviene estar adentro, no hace falta ser un ingeniero nuclear para entenderlo.
El asunto es que un amigo vive ahí, digamos en ‘Pindorchas del Pilar’, con su familia, mujer, cinco hijos, alguna cuñada. Y cumplía años, así que me invitó a su cumpleaños. Te invito a mi cumpleaños, me dijo.
Como mi automóvil anda mal, lo tuve que mandar al mecánico, así que se me complicaba volver de noche, porque el cumpleaños era, consistía, en una cena. ‘Pindorchas del Pilar’ queda a unos cincuenta kilómetros de la capital. En Pilar, mirá vos, justamente.
Así que mi amigo me dijo que no había problemas, que me quedara a dormir y él me alcanzaba al día siguiente. Sobraban cuartos, hasta el perro tenía suite con vestidor, cosas así.
Resumo lo que quiero contar, entonces. Se hizo la cena, el cumpleaños, asado, buen vino, unas treinta o cuarenta personas, todo bárbaro. Me fui a dormir.
Al día siguiente, cerca ya del mediodía, estábamos desayunando. Mi amigo, la señora, sus cinco hijos, la hermana de la señora, su marido, sus tres hijos, y un par de chicos más que se habían quedado a dormir, hijos de amigos de mi amigo.
De pronto, mientras todos charlaban y comían, alguien, un adulto, el marido de la hermana de mi amigo, le preguntó a un chico, un amiguito de uno de los hijos de mi amigo, un flequilludo mocoso que untaba las tostadas con medio frasco de mermelada cada una, y sostenía luego el tazón de café con leche con las dos manos, metiendo prácticamente la frente en la taza para emerger luego con la punta de la nariz manchada de espuma, porque mi amigo tiene una espectacular cafetera expreso como la de los bares.
El marido de la hermana de mi amigo, le preguntó al chico, decía, lo siguiente.
–¿Facu, qué querés ser cuando seas grande? –Queda claro que el marido de la hermana de la esposa de mi amigo tampoco está para Premio Nobel de nada.
El clima era relajado, distendido. Había empezado a llover, apenas, y era lindo ver caer la lluvia sobre el pasto, a través del ventanal, mientras el humito de los cafés con leche subía enrojeciendo mejillas. Civilización.
–Más tostadas –dijo Facundo, señalando el plato con el mentón. Y todos se rieron de la ocurrencia, atribuyéndola al desprejuiciado atolondramiento de un niño, a la impunidad conceptual que da el tener siete años y decir al mundo lo que se te pasa por la cabeza en ese momento así, sin filtros.
Pero a mí me pareció que la respuesta había sido muy en serio. Me pareció que el pibe había dicho una de las cosas más terribles que yo fuera capaz de recordar.

27.6.10

Quizás no viene al caso

Alguna vez, hace ya demasiado tiempo, era un chico, volví a casa. Me habían pegado, me había asustado, había corrido. Podríamos decir que no había estado a la altura de las circunstancias, sin importar desde ya, qué importancia podían tener, las circunstancias.
Así que volví a casa, no había otro lugar al que volver, adónde querías que vuelva.
Me vio mal mi hermana y me preguntó, así que le conté a mi hermana, más o menos, lo que me había sucedido. Mi hermana se lo contó a mi madre. Mi madre se lo contó a mi padre.
Mi padre, que hablaba poco, que no decía prácticamente nada, creyó oportuno darme un consejo, una lección de vida. Me dijo unas palabras.
–Quiero que seas tan duro –dijo–, que cuando te caigas en la calle rompas una baldosa.
Me estaba preparando para el mundo. Él sabía de las asperezas, de los filos que tenía la vida. Le pareció oportuno avisarme.
Desde entonces, me caí muchas veces. Algunas veces me tiré. Muchísimas veces, claro, me empujaron. Y si bien logré romper algunas baldosas, yo también estoy un poco lastimado.
Perdoname, viejo. Vos sabés cómo son estas cosas.

23.6.10

Tiros

Estaba en el andén, en el andén del subterráneo. Estar bajo tierra y no estar muerto es bastante grave, porque es como estar muerto, pero sin las ventajas de estar muerto. Es como estar muerto y fastidioso a la vez. Y encima esperando que aparezca el subte, que viene lleno, creo que ya lo dije, y encima no viene más.
El primer disparo no lo escuché. Aprovecho el viaje en subte para leer un poco, o para cerrar los ojos y hacer algún ejercicio de respiración, todas cosas sencillas, pasatiempos mientras se está muerto, con la secreta esperanza de resucitar. O mejor dicho sí lo escuché, pero me aturdió. Pensé que era otra cosa, alguien que había dejado caer una caja con un televisor o con seis botellas de vino, un tremendo portazo lleno de disgusto, el reventón de un neumático, cosas que no podían ser, no sé.
Pero no, no podía ser. Estábamos en el andén del subte B, en la estación Dorrego, y eran las nueve menos diez de la mañana. Gente, gente fastidiosa y esperando y no mucho más.
–¡Al piso, al piso! –Dijo alguien, un tipo flaquito con gorra de lana y una mochila con el logo de ‘Los Piojos’ en la espalda. Y el tipo se tiró al piso, lo cual le costó un poco, porque el subte se estaba retrasando y el andén se había cargado mucho de gente, no había casi lugar. Le costó tirarse, tuvo que empujar.
–¡Tiros, son tiros! –Una mujer se tomó el pecho y luego se miró las manos para ver si estaban manchadas de sangre. Pero no, sus doce kilos de teta, ya para siempre glándulas mamarias, permanecían en su lugar.
La mujer usó el plural, porque había sonado un segundo tiro. Y ahora sí, los que leíamos y los que dormíamos de pie y los que esperábamos y nada más, supimos de inconfundible e inapelable manera que estaban sonando tiros.
La gente comenzó a arrojarse, como podía, al piso, unos sobre otros. Hubo alaridos, puteadas, gritos superpuestos e inconexos por encima de la música de los televisores. Los que no podían tirarse al piso, por fiaca o por falta de espacio, se apoyaban contra la pared del andén. Hubo quienes saltaron a las vías, maniobra riesgosa por cierto, gritando, para cruzar al otro lado, como si de un río se tratara. La gente se tapaba los oídos con las manos, algunos rezaban, otros corrían pero en cámara lenta, porque mientras corrían tropezaban y trataban de adivinar para dónde, en qué dirección tenían que correr.
Habrá durado todo un minuto o dos, no más. Desde una punta del andén, la de atrás, un hombre tiraba contra todo. Fueron quince tiros, uno detrás de otro, con intervalos regulares de entre dos y tres segundos. El hombre era canoso, bien peinado, de unos cincuenta años, usaba jeans y una campera negra, corta, sin cuello, como las de los beisbolistas. Tiraba sin moverse, bien afirmado. Tiró y siguió tirando hasta que escuchó, todos lo escuchamos, un chasquido, no había más balas.
Entonces lo agarraron. Entre varios, un policía de civil, tres guardias del subterráneo, algunos entusiastas siempre deseosos de tirar una trompada.
Lo esposaron, al hombre. Y lo fueron haciendo caminar por el andén, para llevarlo detenido. Llegaron más policías. La gente, lentamente, se incorporaba, recuperando sus carteras o bolsos, sacudiéndose la ropa. Cada uno fue verificando que ni él mismo ni el de al lado estuviera muerto. Había silenciosas sonrisas, asentimientos de cabeza. Todos buscaban manchas de sangre en el piso, algún gemido, alguien que debiera ser socorrido de inmediato.
Se oían sirenas, arriba, patrulleros, ambulancias. Venían los bomberos, también.
Al pasar junto a mí, un policía le estaba preguntando al sujeto, mientras lo hacía avanzar a empujones.
–¿Pero qué hiciste, boludo? ¿Qué te pasa? ¿Sos de una secta, te dejó una mina? ¿Vos qué reclamás?
–Nada –el hombre negó con la cabeza. Tenía un rasguño que le cruzaba la frente–. Tomo el subte acá, desde hace veinte años, y me parece que están todos tristes y aburridos, que nunca les pasa nada. Quería que una vez tuvieran algo para contar.

19.6.10

Andrea o Verónica o Gisela

Recibo un llamado. Un llamado telefónico. No sé cómo alguien puede llamarme por teléfono, sólo uso el teléfono para pedir una pizza, los sábados por la noche. Napolitana con ajo, roquefort, fugazzetta, eventualmente calabresa, según la patología del día, lo que corresponda, la dolencia que se intente sanar. Jamás atiendo el teléfono, además.
El llamado es de una chica, Andrea o Verónica o Gisela. Dice que fue a la primaria, o a la secundaria, conmigo. Hace veinte años, no sé, algo que ocurrió en el inasible magma del pasado. También dice, la chica, que está organizando una fiesta, una cena, de todos los que fuimos a ese grado. Para que nos veamos, para que charlemos.
–Va a estar redivertido –dice Andrea o Verónica o Gisela.
Pero no. No sirve, no corresponde. Cuando se hacen ese tipo de eventos es con el único afán de corroborar que el fracaso es una epidemia, una peste, un virus que nos ha comido el alma a todos, dejándonos las cáscaras vacías, algo putrefactas, un poco de pulpa apenas cerca de los mustios carozos en el exacto lugar donde deberían estar los corazones. Lo que se busca es chequear, bajo un ficticio entusiasmo, que todos se han ido a la mismísima mierda, igual que uno mismo, que no había nada para nadie después de cinco o siete veranos en la playa, que la vida se puso en dos patas y te dio un zarpazo de oso peludo que te va a dejar la cara marcada para siempre, que no te van a quedar ganas ni de preguntar dónde carajo está el tarro de miel de la alegría.
Así que le digo que no puedo ir, a Andrea o a Verónica o a Gisela. Porque yo prefiero recordarlas cuando todavía tenían algún brillo, alguna posibilidad.

15.6.10

Siempre lo mismo

Hace un tiempo, me doy cuenta, que hablo siempre de lo mismo. O mejor dicho, lo escribo.
Escribo sobre las dietas como elemento de dominación, cómo tener a la gente atormentada con el colesterol, vendiéndoles yogures para cagar y yogures para reír y explicándoles que deben repetir la palabra fitoesterol como un mantra hasta caer muertos de pena sobre una avenida cualquiera.
Escribo sobre la gente que corre, sobre esos boludos sin alma que sólo piensan en huir, en correr como el preciso sucedáneo de una religión que les permite flagelarse en grupo al tiempo que se les promete una recompensa que nunca llega, porque no te va a ocurrir absolutamente nada y encima te faltan un par de kilómetros (vos dale). Lastimosas conchudas dispuestas a correr 21 kilómetros pero incapaces de bajar a comprar medio kilo de dulce de membrillo y un poco de queso, con sus zapatillas de quinientos pesos y sus miradas inyectadas de la más pura energía bovina, cosas así.
Escribo sobre todo lo que me salió mal, desde siempre, todo lo que no me salió nunca, todo lo que no va a poder ser. Escribo sobre este fracaso redondo y contundente como un pomelo en el lugar donde debería estar el corazón.
Escribo sobre todas las chicas que me dijeron que no, que yo no era suficiente, que ellas siempre tendrían la oportunidad de elegir algo mejor. El rechazo como un exquisito motor.
Escribo sobre el eterno desencuentro que nos excede y nos abarca, sobre la perecedera naturaleza de las cosas, sobre la imposibilidad de ser feliz.
Escribo sobre lo que escribimos todos en la adolescencia, chorritos de poesía que luego, por ningún arte de ninguna magia, se transforman en ese líquido que gotea de las pilas sulfatadas, igual igual. Caminatas bajo la lluvia, amaneceres en la playa, la mirada de un perro, un abrazo bien fuerte, una pizca de amor como una lucecita en una tormenta en medio de un embravecido mar en alguna parte.
Escribo que te extraño, también.

10.6.10

Tiempo y guita

El gráfico, el gráfico cartesiano que se usa por lo general en cualquier ciencia que tenga algún componente matemático, es un gráfico que consta, utiliza, dos ejes. Los ejes, suelen llamarse, están denominados vaya uno a saber por qué, o te pensás que soy el cuñado de Euclides, lo ejes se llaman, te decía, X e Y. El eje X es el eje horizontal, por convención, porque sí, y el eje Y es el eje vertical, por razones más o menos parecidas.
En el eje X, como se hace por lo general, como se suele hacer aunque no necesariamente, pero es lo habitual, utilizamos la variable tiempo, en este caso que nos ocupa no sería el tiempo transcurrido o histórico, sino el tiempo restante. En meses, por ejemplo, 1, 2, 3, meses, meses restantes, meses que le quedan de vida al individuo en cuestión.
En el eje Y, colocamos la variable guita, dinero, que posee el individuo, en miles de dólares, por elegir una unidad que haga el análisis comparable, posible.
Y ya está. Hacemos un puntito, en el gráfico, el individuo queda definido por esas dos variables. Eso arroja una coordenada.
Cuanto más lejos esté, el puntito, del cero, del punto donde los dos ejes se unen, mejor, mejor para el puntito, para el individuo. Cuanto más cerca estés, del cero, del origen, del punto donde los dos ejes quizás se cruzan, peor. Algunas cosas se podrían agregar, por ejemplo, si estás sobre uno de los ejes, bueno, eso significa que te falta, que te falta lo que hay en el otro eje, no sirve. Si no tenés nada de tiempo, o no tenés nada guita, no sirve. Se te complica. Podés tener muchísimo tiempo, y casi nada de guita. También podés tener muchísima guita, y casi nada de tiempo. Problemas, problemas.
No interesan, para el análisis, no se admiten, los puntos negativos. Si tuvieras un número negativo de tiempo, sería, por ejemplo, si estás con un respirador, enchufado, en algún hospital, o si hace un tiempo que te moriste. Si tuvieras un número negativo de guita, sería que estás endeudado, pediste plata prestada, estás en la lona, tampoco sirve, es otro tipo de respirador, otro tipo de muerte.
Esto es todo lo que hay que saber, todo lo que interesa, sobre tu vida, si podés hacer algo, si existe alguna posibilidad, por ínfima que parezca, que seas feliz, esas dos cosas.
Puede que el análisis te resulte en un principio algo reduccionista e irritante, puede que te choque un poco. Es por que carecés de un mínimo rigor científico, los primeros contactos con las ciencias duras suelen dejar algunos raspones.

5.6.10

1033

Estábamos en un bar, porque ella había dicho ‘tenemos que hablar’. Y cuando una mujer, que por lo general habla, te dice ‘tenemos que hablar’, es porque llegó la hora de las despedidas. Una pared de boletas, un catálogo de barbaridades cometidas, psicoanaloides explicaciones para justificar que somos animales hechos de egoísmo y espanto y un plan personal dictado por abstrusos arbitrios. Lo normal.
–No sos especial –me dijo–. Vos creés que sos especial, pero no sos especial. Cuando vivía en Hurlingham, escuché a mi padre una vez hacer un comentario. El comentario era sobre Julio Iglesias. Con mil mujeres, dijo mi padre, este tipo se acostó con mil mujeres, dijo mi padre, y se rió. Una carcajada corta. Yo no había visto reír a mi padre prácticamente nunca. Y no lo volví a ver reír jamás. Un hombre duro, bruto, trabajaba en el ferrocarril, le gustaba tomar fernet, jugaba al dominó con sus amigos.
Me serví más cerveza. Lo bueno de ese bar era que te vendían la cerveza de litro, y te daban un recipiente, un cuenco, con maníes, pero de los maníes que tenían la piel, la cascarita roja que en mi opinión es fundamental. Esa pielcita roja, esa cascarita fina como un papel, es la que tiene todas las propiedades del maní, la vitamina E y todo lo demás. Esa cascarita, su efecto, es como si alguien te hiciera una suave cosquilla en los testículos desde abajo, es lo que te da unas descomunales ganas de coger. La gente suele hablar de las nueces, las ostras, el roquefort, pero en mi opinión la clave para querer coger como un chimpancé, como un gorila, como un orangután, está en los maníes. Las almendras, las nueces, la palta, no tienen nada que hacer.
–Y a mí me quedó grabado lo que dijo mi viejo sobre Julio Iglesias –siguió hablando ella–. Así que ni bien entré en la adolescencia decidí que yo iba a coger con mil tipos. No quería terminar el colegio, me costaban las matemáticas. No quería ser doctora ni arquitecta, no sabía tocar ningún instrumento musical. Lo que yo iba a hacer era coger con mil tipos. ¿Entendés?
–Sí –dije. Porque entendía, la historia no revestía ningún excesivo grado de dificultad–. Entiendo.
–Y eso hice –prosiguió–. Cogí con mil tipos. Cogí con todos mis vecinos y mis compañeros de colegio. Cogí con el heladero de manos azules, cogí con viejos que estaban internados en un geriátrico donde trabajé, cogí con negros africanos que tenían vergas del tamaño de un antebrazo. Cogí con mil tipos, ¿entendés?
–Sí –dije otra vez. Porque seguía entendiendo.
–Cogí con mi papá también, y con un primo que era sordomudo y lo trajeron a vivir a casa que me miraba mientras cogía con esos ojos enormes. Cogí y seguí cogiendo –se pasó la lengua por el labio superior–. Hasta cogí con Julio Iglesias. Cuando vino a la Argentina, hace como quince años. Lo fui a buscar al hotel, al Sheraton, y le dije que quería coger con él, un homenaje a mi padre. Apenas se le paraba, pobre viejo, ya no daba más. Cogí con el que tocaba los teclados, también, y con uno de los de seguridad. Lo mío, desde siempre, fue coger.
–Ajá. –Dije. Era como decir ‘entiendo’, porque ella había hecho una pausa, buscando mi atención con la mirada. Levanté un dedo, un índice, al cielo de yeso, indicando que precisaba otra cerveza. Con la caprichosa, por qué no anárquica espontaneidad de los milagros, la cerveza apareció. Los peces y los panes.
–Ahora estaba cogiendo con vos, pero no sos nada especial, te lo quería decir –sacó una libretita, la abrió–. Sos el tipo 1033, ese es tu número. Sos el tipo mil treinta y tres con el que cojo, y vos te creés que sos la gran cosa, que tocando tal o cual botón, cambiando de posición, apretando aquí o allá me vas a conmover. Yo cogí con más de mil tipos, entendeme. Vos sos apenas uno más.
No dije nada, pero asentí una vez, apenas, un ínfimo movimiento de cabeza. Me serví más cerveza.
–Acá nos despedimos –dijo– ¿Me querés decir algo?
–Sí –hice una pausa, dejé el vaso, ella mantenía los puños apretados sobre la mesa, los nudillos muy blancos–. Aprovecho tu experiencia y te pido si me podés recomendar alguna crema humectante. Con este frío moqueo y se me paspa mucho la nariz, me debo estar por resfriar.

31.5.10

No es mi tema

Como sé que es un tema que preocupa a todo el mundo, especialmente a las mujeres del occidente civilizado, como sé que es un tema que preocupa e insume una tremenda cantidad de esfuerzo y desengaño, como sé que es un tema que está muy mal manejado, bueno, es por eso que me meto con el tema. Aunque no es mi tema. Lo considero un tema menor, absurdo, pueril. Pero no puedo ocuparme solamente, todo el tiempo, de los grandes temas, por aquello de que vivir es distraerse (Bioy dixit).
Por lo general, mis preocupaciones rondan sobre si hay vida después de la muerte, y en tal caso, si hay vida antes de la vida, y ya que estamos, por qué no, si hay vida durante la vida. Pienso en el destino de la humanidad, en si hay agua en Marte, en si China es la nueva potencia económica que nos pasará por encima con una estratégica maniobra que consiste en tirarnos chinos por la cabeza hasta que nos cansemos de ver llover chinos y nos vayamos y les dejemos el mundo para ellos, en si el nutella es un digno rival para el dulce de leche. Esas cosas.
¿Cuál es el tema? Ah, sí, el tema son las dietas. La gente vive atormentada por las dietas. Está la dieta disociada donde podés comer trescientos gramos de jamón crudo a la mañana, pero nada de pan, está la dieta vegetariana donde tenés que terminar comiendo brotes de bambú como un apesadumbrado panda, está la dieta de la manzana, del pomelo, del melón, está la dieta del yogur para que cagues como una suricata, la dieta de la luna, en fin.
Acá viene mi aporte, el rayo de luz de mi linterna mágica. La dieta consiste básicamente en tomar una botella de vino. A la noche, en la cena, esa es la cena. Te tenés que limpiar una botella de vino tinto por día, en realidad por noche. Podés comer cualquier cosa, lo que se te cante, durante el resto del día. Café con leche con tostadas en el desayuno, helado después de almorzar, ravioles con estofado o pechuga de pollo con puré de batatas, no importa.
Lo importante es que cenes una botella de vino, de noche, una por día (noche), cada día, durante treinta días. Si es posible, para asegurar los atributos, las bondades del tratamiento, que sea una botella de unos diez dólares como mínimo.
¿Querés saber cuánto vas a bajar de peso? No sé, creo que nada, no importa, te va a ir igual que con las otras aburridas dietas que llevás intentando durante tanto tiempo. Con esta dieta por lo menos puede ser que te den ganas de coger, que duermas. Incluso, es posible, que de vez en cuando te rías.

27.5.10

Tres cosas

Los grandes rubros del horóscopo: salud, dinero, y amor. Aunque no sé si en ese orden, nunca sé con exactitud el orden, y el orden va cambiando, además.
En los grandes rubros del horóscopo, entonces, te decía, el problema, el problema de siempre, es que se tiene más de lo que se necesita, o no se tiene nada. Demasiado poco, o demasiado.
Podés tener la extravagante fuerza para correr cuarenta y dos kilómetros, a las siete de la mañana de un domingo cualquiera, o podés tener el corazón de un gorrión a punto de estallar ni bien alguien te pregunte la hora por la calle. Podés tener tres millones trescientos cuarenta y siete mil doscientos veinticinco dólares en una cuenta bancaria y comer salmón ahumado hasta que se te pongan rosados los pelos de los huevos, o podés trabajar de cajera en un supermercado de barrio por tres dólares la hora hasta que alguien pierde el control y te parte un frasco de aceitunas Nucete sobre tu cabello mal teñido. Podés tener entre tres y cinco mujeres por semana, lúbricas y dispuestas a recibir un poco de luz de tu garompa láser, o podés deambular como un famélico perro de amarillenta mirada por la puerta de los colegios secundarios, tratando de olisquear en el aire un poco de vagina fresca, como el mismísimo Lecter en aquella fantástica escena donde por un momento es todo nariz, sólo nariz, y le canta a la señorita Foster, a través del cristal, la marca del perfume que lleva puesto.
Más de lo que necesitás, entonces, o nada en absoluto. Yo no lo inventé, no te enojes conmigo, soy una víctima más de esto que pasa.

23.5.10

El camino del saber

El curso había terminado. Los alumnos se saludaban, se iban a tomar una cerveza, a seguir con sus carreras, por qué no con sus vidas. Quedaba el pizarrón y un ramillete de sillas desordenadas.
El profesor ya había dado las notas, y dicho algunas palabras de cierre. Un ochenta por ciento de aprobados, un veinte por ciento entre reprobados y gente que dejaba el curso, servía para mantenerse dentro de los promedios que exigía la facultad. Un curso de cincuenta y siete personas, diez enojados, dos con tos, en fin.
El profesor encendió un cigarrillo y puso los pies sobre el escritorio. Miró por la única ventana del aula, que daba a un árbol tan desnudo como indiferente. Era otoño.
–Profesor –dijo la chica–. Le quería agradecer por todo lo que aprendimos en su curso –asintió dos veces, el profesor se sintió obligado a asentir, también, una vez–. Aunque, en lo que a mí respecta, no puedo decidir todavía si soy post lacaniana, o neo gestáltica. Respeto a Freud, desde ya, pero no puedo comulgar con su exceso de antropomorfismo, mientras que siento una pulsión, la necesidad de escapar del paradigma aristotélico-tomista que me comprime como un corsé.
El profesor pitó. Una larga pitada, el humo rascando en su interior como una cuchara. Fumar era una de las pocas cosas que todavía le causaban placer.
–Si bien siento que ponerlo en palabras es darle vida –prosiguió la alumna–, no puedo situar a la semiótica en el pedestal de las ciencias. El hecho que la salud sea el silencio de los órganos atenta contra la mayéutica y la neurolingüística. Para resumir, profesor, usted me ha abierto la cabeza, y eso es lo que quería agradecerle, por mostrarme el vasto mar de las ciencias sociales en el cual estoy dispuesta a nadar hasta ahogarme.
–Podrías dar una vueltita, por favor –el profesor se acomodó los lentes sobre el puente de la nariz–. Un pequeño giro, nada más.
Sonriente, confundida, la alumna hizo el giro. Usaba sandalias y el profesor contempló por un instante los pies desnudos. La alumna lo miró, expectante, ávida de escuchar la semblanza, la moraleja, el punto que el profesor deseaba marcar para que ella siguiera adelante en el camino del saber.
–La verdad que estás relinda –dijo el profesor–. No deberías tener mayores problemas.

19.5.10

Del corazón

A mi amigo A. el médico no lo ve bien. Del corazón. El médico le mira el corazón y le dice ‘no lo veo bien’. Al parecer el corazón late un poco, para un poco, acelera, frena, arranca, en fin. El corazón, en lugar de comportarse con la metódica mezcla de aburrimiento y solvencia que cabe esperar de un corazón, tira gambetas, hace chistes, corre en slalom. No corresponde.
El médico le recomienda a mi amigo A. que practique algún deporte.
–¿Qué deporte? –dice A., a quien lo único que le interesa desde que tiene uso de razón es el dinero, no practica ningún deporte más que contar, justamente, dinero. Tiene el dedo índice desarrollado, vigoroso, enhiesto, y el resto de su anatomía hecha pelota.
–No sé –dice el médico. El médico es japonés. Algo mugriento, enjuto, come una anchoa por día y no mucho más. A veces cambia la anchoa por una sardina, y toma té–. Ande en bicicleta.
Mi amigo A. se compra una bicicleta. Una buena bicicleta, todo terreno, con cambios y frenos especiales y butaca ergonómica para el culo, o sea que la butaca, el asiento, es algo así como ‘culonómico’. La bicicleta es de un amarillo que aturde.
El asunto es que A. se compra el casco que usan los ciclistas, y los guantes con los deditos cortados, y rodilleras también. Se podría decir que A. está equipado. Se podría decir que A ha encarado el tema, el tema de andar en bicicleta, con la seriedad del caso.
Es domingo. A. sale a andar en bicicleta. Vive en el barrio de Once. Se va pedaleando para el lado de la Recoleta, para la zona de la facultad de derecho.
Deben ser las tres de la tarde, y el clima es agradable. Poca gente, algo de sol. A. va pedaleando, despacio, pensando en sus cosas, mientras mueve su corazón. Por la zona de la facultad de derecho hay más gente, trotando, caminando, andando en bicicleta. Hay gente sentada fumando, gente en pareja, o en grupos de tres, tomando mate.
De pronto, a su lado, al lado de A., hay un sujeto que trota, en la misma dirección. El sujeto trota bastante rápido, y A. pedalea bastante despacio, lo que hace, lo que logra por abstrusas leyes de la física, que ambos sujetos se desplacen a la par.
El sujeto, el que trota, lleva una remera naranja, lentes espejados, gorrita con visera. Saluda a A., levantando por un instante un dedo índice. A. asiente con la cabeza, respetando tal vez ignorados códigos de secretas camaraderías deportivas.
Entonces el sujeto, el sujeto que corre, en una tan repentina como estudiada maniobra, empuja de costado, a A., con ambos brazos, y con todas su fuerzas. A. se limita a volar, de costado, cae o quizás se va desarmando, lejos de su bicicleta. Lejos de sus anteojos, también. Olvidé decir que A. usa anteojos con bastante aumento, sobre todo del ojo izquierdo.
Está en el piso, A., se ha raspado feo contra el asfalto. Sangra de una rodilla. Se ha golpeado fuerte la cadera. Lo que ve, desde el piso, es como otro sujeto, más petiso y más bajo que el que corría a su lado, se sube a la bicicleta y sale disparado hacia atrás de la facultad de derecho. Un tercer sujeto, gordo y con la cara picada de viruela y unas descomunales orejas, se acerca a A. como si fuera a ayudarlo para que A. pueda volver a levantarse. Pero no lo ayuda. Tiene un cuchillo, y le tira un puntazo, al pecho, directo. A. alcanza a poner su antebrazo entre el cuchillo del gordo y el pecho propio. Siente un dolor en el antebrazo muy agudo, un dolor que empieza a quemar, quema.
Hacia atrás, al piso otra vez, A. siente que vuelve a caer. El sujeto gordo se sube entonces a un automóvil donde lo aguardan dos personas más, un Renault 12 destartalado, que alguna vez fue azul.
El primer sujeto, el sujeto que corría a la par de A., le da un infernal pisotón a los anteojos de A.
–¡Sh! –le dice, con el mismo índice que utilizó para saludarlo, ahora sobre los labios como una dulce enfermera. El sujeto sigue trotando por Figueroa Alcorta.
Al rato, A. logra presentarse en la comisaría del barrio.
–¿Le robaron la bicicleta y le hicieron ese corte? –El policía de uniforme escribe en una computadora con monitor de fósforo naranja, escribe con dos dedos–. Tiene suerte, la sacó regalada.
Desde entonces, A. fuma dos atados de Parliament por día. Dice que se siente mejor que nunca.

15.5.10

Dominó

Voy al cementerio. A la tumba de mi padre. Es domingo, muy temprano. Hace frío, un frío del carajo. El cielo está cargado de nubarrones como bolsas de residuos a punto de reventar.
Son esos cementerios modernos, estilo americano. Mucho verde, árboles, pajaritos, no como los clásicos cementerios donde parece que todo está a punto para filmar un video de Michael Jackson, el de los muertos vivos justamente, donde un ejército de mutantes en harapos va emergiendo de entre las lápidas, dejando pedazos de tierra revuelta, antes de aplicarse al esperpéntico bailecito.
Esto resulta, a pesar de la más contundente que nunca presencia de la muerte, soportable. Como pasear por un parque. Hay aves, hay flores.
Camino de memoria, con lento paso, por un sendero donde he empujado, no mucho tiempo atrás, un ataúd con el cuerpo de mi padre. Siento como si me estuvieran regando desde arriba, desde un metro por encima de mi cabeza, con una regadera cargada de agua hirviente. Hilos de dolor.
Llego hasta el sitio exacto. Me detengo. Un rectángulo verde, muy verde, del tamaño de media cancha de fútbol. Y las lápidas de ese sector. Los pequeños idénticos rectángulos, empotrados en el césped. Descubro que desde mi última visita han ido aumentando en cantidad, como si de una partida de dominó con Dios se tratara. No sé por qué, pienso en eso. Es una partida de dominó que se va completando, losa a losa. Después pienso en un elefante. En esos documentales donde enfocan la cabeza de un elefante, de perfil, muy de cerca. Un ojo, un ojo del elefante en primer plano, con sus arrugas, esa expresión en la mirada.
No pienso más nada. Empieza a llover, me voy caminando muy despacio, como cuando uno se mete al mar y avanza con el agua a la cintura, vienen las olas.

10.5.10

Tiempos muertos

Los tiempos muertos. El tiempo que esperaste en la sala de embarque de cualquier aeropuerto. El tiempo que esperaste, valga la redundancia, en la sala de espera de un médico que no tenía la más puta idea de lo que a vos te pasaba, ni le interesaba. El tiempo en el dentista, con la boca abierta. El tiempo en la cola de la caja tres del supermercado de tu barrio, mientras alguien peleaba porque en el diario decía que había una promoción, tres aceitunas de regalo si uno compraba una botella de Gancia. El tiempo que esperaste en cada semáforo, como peatón, primero, como conductor, después. El tiempo que esperaste en esa esquina a la chica que no vino (para vos, mamucha). El tiempo que esperaste que el mozo cansado hasta el aturdimiento te trajera agua con gas cuando pediste sin gas, y viceversa, y viceversa tantas veces como sea necesario.
Con todo ese tiempo, puesto en una actividad, aprender a tocar el piano, por ejemplo. Ahora sabrías tocar el piano, serías un experto, podrías tocar bellas melodías, bucear en las honduras del jazz, emocionar con una resignada caricia de blues, entretener a la gente, hallar, quizás, algún consuelo. También es cierto que seguirías siendo más o menos el mismo pelotudo que sos ahora. Eso no se arregla ni con todo el tiempo del mundo.

5.5.10

El piolín de la alegría

Existe un piolín, un piolín con un extremo atado a un ganchito que hay en la coronilla, en el techo de la cabeza, por dentro del cuerpo, el punto más alto de la cabeza del mamífero mediano que se ha dado en llamar ser humano, también llamado persona, con independencia de su edad, su raza, o su religión.
Y ese piolín, que en la mayoría de los casos es verde pero también a veces puede ser azul, nace junto con el ser humano que habita. Y crece, el piolín, junto con el humano. Crece hasta alcanzar una longitud por encima de un metro, y por debajo de dos. Y ese piolín, que no jode para nada, que prácticamente no existe para la medicina occidental, porque no se ve, es el piolín de la alegría.
El asunto se pone complejo, yo no diría complicado, porque el piolín tiene un extremo libre. Y ese extremo se engancha, el extremo libre, la punta que no está atada a la cabeza, se engancha, dentro del cuerpo desde ya. Y dónde se engancha depende de la alimentación, de la postura en que dormís, de si corriste una vez para llegar al colegio, y así, cada piolín es un caso diferente, el piolín es un mundo, podríamos decir.
Si el piolín se te engancha en una oreja, por ejemplo, entonces lo que te dará alegría será escuchar música. Si el piolín se te engancha en el ombligo, entonces te producirá alegría comer. Si el piolín se te engancha en la mano, en los dedos de una mano, entonces es posible que te de alegría tocar el piano, o escribir.
No tiene nada que ver con la personalidad, mucho menos con la voluntad, es el piolín de la alegría el que te dicta precisamente dónde estará la alegría para vos. Podés ir al psicólogo mil años, o ponerte a dieta, o casarte con una mujer que sepa hacer fantásticos bizcochuelos. Finalmente se impondrá el piolín de la alegría y eso es lo que decidirá si podés estar alegre, o no.
También puede pasar, como con cualquier mecanismo, porque hiciste la vertical o fornicaste en una posición atípica, que el piolín de la alegría se te suelte, por ejemplo, de un pie, y se amarre, también por ejemplo, a tu nariz. Y vos descubrís un lunes que ya no querés correr maratones nunca más, que no querés correr ni el colectivo, y que en cambio oler una rosa te hace sonreír. O puede que el piolín se te suelte de un huevo y quede atado a un ojo, y vos decidas que coger ya no es tan importante, y que un curso de fotografía es lo único que te cambiará la vida. Nadie entenderá qué te sucede, el por qué de tu cambio, qué fue lo que pasó. No pasó nada, es el piolín.
También, puede suceder, es igual de probable, que el piolín de la alegría se corte. Es un piolín muy delgado y frágil, y en la vida siempre tenés algunos tirones. Si eso sucede, si eso pasa, entonces no te reís más. Ahí sí que cagaste.

30.4.10

Soy así

Ahora que se puede cambiar prácticamente todo. Ahora que se puede luchar contra la calvicie y la gordura y la decadencia y caída. Y el paso del tiempo en general. Ahora que es posible ponerse pelo de vagina germinado en la cabeza, y quemarse la grasa con un láser catódico, y ponerse tetas de durlock, y por qué no inyectarse líquido para freno en los cachetes del culo, y colocarse hilos de oro que te sostengan la papada, y ponerse toxinas botulímicas que te dejen la cara congelada del más perpetuo asombro, y reemplazarse la nariz por una nariz de perro pekinés, y no sé qué más.
Ahora, entonces, me parece que ser feo es uno de los actos de la más pura rebeldía que se puedan perpetrar, al alcance del más modesto bolsillo. Estoy hecho mierda, pero viendo tu desesperado esfuerzo, por primera vez, en mucho tiempo, me siento genial.

*En alguna oportunidad, por motivos que preferiría no tener que detallar, situaciones que hacen a la vida privada de las personas, me vi obligado a utilizar, dos veces, el mismo preservativo. No veo por qué no puedo dar vuelta y utilizar, un par de veces, la misma idea. La culpa es mía, como siempre, por fijar estándares de calidad tan altos. En cualquier caso, no creo que sea para hacer semejante escándalo.

27.4.10

El perro y el palo

Si alguna vez tuviste un perro. O no es necesario que se trate de tu propio perro, no hace a la cuestión. Si alguna vez jugaste con un perro, cualquier perro, un perro mediano, pongamos, un perro standard, un perro atorrante y bigotudo. Si jugaste con un perro en un parque o en una plaza, bueno, uno de los juegos más tradicionales, no digo el único pero sí una excelente manera de empezar, es el de jugar, con el perro, y con un palo.
Es todo lo que se necesita, el perro, el palo, vos, y algo de espacio. Uno debe mostrarle un poco el palo, al perro, pasarle el palo por la cara para ser más preciso. Eso hará que el perro, no podrá resistirlo, quiera morder el palo. El perro disputará el palo, no podrá evitarlo, está en su naturaleza.
Entonces uno debe levantar el palo, y arrojarlo tan lejos como sea posible.
El perro correrá en busca del palo, esto es un hecho, es la parte donde el perro consigue el protagónico. Correrá y correrá, saltará, se meterá al mar si es necesario (no suele haber mares en las plazas de Buenos Aires, tampoco en los parques, es una imagen para fijar los conceptos, una licencia poética), en fin, lo que sea. Y volverá con el palo. Para que usted se lo quite de la boca, lo agarre. Aquí termina lo que podríamos denominar una vuelta. Y el juego comienza, otra vez.
Mientras usted ha recuperado la posesión del palo, el perro será todo deseo: los ojos a punto de salirse de las órbitas, la lengua flameando como un banderín, el animal dando brincos muy por encima de su capacidad de comprensión y análisis (la suya, la del perro también). Luego usted lanza el palo, el perro corre, recupera el palo, vuelve con el palo. Y así.
Ahora bueno, si usted sostiene el palo en alto, bien alto, el brazo extendido, apuntando al cielo. Y deja de moverse. No hay amagues ni sonrisas ni movimiento alguno. Cuando el perro comprende que, por motivos ajenos a su voluntad, el palo se ha clavado allí en lo alto, lejos de su alcance, y que ni sus ladridos ni sus brincos harán que nada suceda.
Entonces el perro, algo en lo profundo de su perruno ser, comprende que no hay más juego, que el juego así no tiene gracia. El perro da media vuelta y se va. No importa que usted lo llame por su nombre, que baje el palo otra vez, que se disculpe o se ponga en cuatro patas con el palo en la boca o en el culo. El perro no juega más. Se han violado ciertos códigos y no puede haber más juego.
Ya sé, cómo no saberlo, resulta claro hasta el paroxismo, evidente hasta la extenuación, hablar conmigo es quizás la cosa más interesante que te pasó en la vida. Pero si no cogemos un poco, no cuentes más con eso. Aburrís, mamucha.

23.4.10

Artes marciales

Muestran por televisión un documental de artes marciales. El presentador entrevista a una eminencia del Qi Gong. Van a visitarlo a su casa, en un precario barrio de Hong Kong. El hombre luce unos pantalones de color verde, camuflados, musculosa, y una vincha para mantener sujeta su frondosa cabellera. El hombre, entre sus especialidades, sabe arrojar palitos de los que se utilizan para comer arroz, y los hace atravesar una plancha de acero. El hombre se para sobre dos docenas de huevos duros, y se queda ahí arriba, de pie, sin romperlos, logra, no sé cómo decirlo, llevar la energía de su cuerpo hacia arriba, y de alguna manera consigue flotar, vence la ley de gravedad, diluye su propio peso. El hombre dobla una gruesa barra de hierro, a los golpes.
Después de cada prueba sonríe, impávido, impertérrito. Cinco o seis personas, asistentes, curiosos, algún vecino, aplauden, emiten guturales exclamaciones.
Luego, para finalizar su acto, decide mostrar una especialidad más compleja. El presentador del programa televisivo, el locutor que entrevista al maestro ha denominado, a la especialidad, ‘iron penis’.
Caminan una cuadra, doblan, van a otra calle. Los aguarda un camión. Atan entonces una soga al camión, es un camión de reparto de bebidas, un camión que debe pesar una tonelada, o dos. Luego el maestro se ata el otro extremo de la soga, al pito.
Y comienza a tirar. Del camión. Con el pito. Ante la azorada mirada del presentador, de los pocos transeúntes, y de seguro los miles de televidentes, el hombre consigue, con la prodigiosa fuerza de su pito, mover el camión. El hombre retrocede dando pequeños pasos, tiene los brazos extendidos, en cruz, el camión lo acompaña. Hay en su rostro una mueca de contrariedad, un severo rictus. El pito permanece oculto debajo de una especie de toalla, pero es evidente que el acto, lo que el hombre está haciendo, lo lleva a cabo con el pito. No hay allí ningún otro artilugio del cual podría sujetarse al camión.
Terminada la prueba, el presentador aplaude, el maestro, con el rostro brillante de sudor, sonríe, alguien se ocupa de subirse al camión y accionar el freno, para que, justamente el camión, no los pase a todos por encima.
Levanto apenas mi vaso de whisky, hacia el televisor, un improvisado brindis. Hago una sutil y oriental inclinación de cabeza, en reconocimiento a un colega que practica una disciplina muy similar a la propia, alguien que merece consideración y respeto.

19.4.10

Yo me llamo Marcos

La diferencia de viajar en subterráneo o en colectivo, es que al bajar por las escaleras del subterráneo ya sabés, no quedan dudas, que estás muerto. Cuando viajás en colectivo todavía te hacés la ilusión del paisaje, te parece que podés ir mirando por la ventanilla, te parece que las cosas se mueven. Es mentira, porque la ciudad fue arrasada hace ya demasiado tiempo, por fuerzas muy superiores a tu comprensión y raciocinio, por fuerzas que están muy por encima de tus capacidades. Pero no es el tema.
Estoy en la parada del colectivo. De la línea 92. Tengo que ir a alguna parte, qué importancia puede tener, siempre tengo que ir a alguna parte, como todo el mundo. El 92 es el colectivo que tengo que tomar, esta vez.
En la parada del colectivo, delante de mí, hay una madre, con cara de madre, con su hijo. El hijo debe tener siete años o nueve y unos impetuosos rulos castaños como tirabuzones que le chorrean hasta la nuca. Están de la mano, la madre y el hijo. Al hijo le quedan un poco largos los pantalones, que se arremolinan a la altura de los tobillos. El chico tiene algo de moco pegoteado alrededor de su naricita de pekinés. La madre no es fea, todavía conserva algo, quizás un treinta y tres por ciento, de lo que debió ser un magnífico culo. Es un poco desgarbada y está cansada, eso sí.
–Te lo resumo –el niño ha levantado la vista, me está hablando a mí–. No sé si quiero más a mi papá o a mi mamá, porque mi papá se dio a la fuga cuando yo tenía tres años, así que no había forma de quererlo, yo era demasiado chico. Cuando lo vea, alguna vez, le preguntaré por qué se rajó. Tampoco sé qué quiero ser cuando sea grande. No me veo trabajando, y no se me ocurre ninguna carrera para estudiar, así que por el momento prefiero ser chico. Estás tratando de acordarte cómo eras vos a mi edad, no vas a poder. Pasaron demasiadas cosas en el medio, se perdió la magia. Pero no es tu culpa, es la escalera mecánica de la vida que después de los treinta va siempre para abajo, quieras o no, no importa cuánto te esfuerces por mantener algún nivel. Querés saber si existe la posibilidad que mi mamá te de el teléfono, para invitarla a cenar. No sé, no creo, está harta de los hombres, de mi papá para acá, todos se quieren pegar una vuelta en calesita, pero después quieren seguir paseando por el parque de diversiones. Todos podemos ser personas interesantes por una hora, hora y media como mucho, ahí nomás se empieza a notar demasiado la mochila de la vida, las huellas del camión que te pasó por encima. Igual a veces se aburre, está resola, preguntale. Yo me llamo Marcos.

15.4.10

Plagas

En los noticieros de televisión, en las primeras planas de los periódicos, en los programas de radio, todos, yo no sé qué pasa, hablan de enfermedades. Hay epidemias, pandemias, hongos que caminan por las paredes y te usan el dentífrico, hay virus (viruses) que no sólo mutan, sino que saltan de la terraza vestidos del hombre araña y cuando llegan a la calle están vestidos de la mujer maravilla, hay bacterias cogedoras, bacterias que te tocan el culo mientras estás dormido y te sacan fotos y las suben a youtube, y así.
La gente anda asustada. La gente le pone repelente contra insectos al asado, por encima del chimichurri, la gente se masturba utilizando guantes de látex, la gente toma mate con barbijo.
Ha comenzado una nueva guerra. Al parecer, hemos hecho demasiado daño, hemos castigado sin motivo a la madre tierra y sus alrededores, y la venganza viene en forma de peste, las cucarachas andan en descapotable con la música bien fuerte y te escupen a los ojos, las ratas se comen el finlandia light que tenés en la heladera y te usan el messenger, los murciélagos te esperan cualquier noche a la vuelta de la esquina y te piden dos pesos.
En lo personal, sigo con mi insólita vida sin mayores cambios. A la mañana tomo café con leche con tostadas en cualquier bar de barrio, camino un poco por el parque, leo algún que otro libro (cada vez menos), acaricio un perro, miro un culo (no, no al revés), a la noche, cuando la ciudad se apaga, un par de whiskys. A mí la única epidemia que me hace moco, que me ha hecho significativo daño desde que yo puedo recordar, desde siempre, es la de boludos.

10.4.10

Ahora o nunca

Yo estaba sentado en una mesa, medio escondido, medio al fondo. Tenían una promoción de Ballantine’s, 2 x 1, y el Ballantine’s es un whisky que a mí me hace moco, me patea la cabeza, me despierto al otro día con la nuca latiéndome a quince centímetros de la nuca. Pero tenía poca plata, también, y necesitaba tomar.
Hacía mucho frío, hacía también mucho tiempo que no hacía tanto frío en Buenos Aires, madrugada de Agosto. Había salido de un cumpleaños tan entretenido como insípido, y sabía que me iba a costar dormir, así que vi el bar abierto y ni lo pensé. Un pub que alguna vez debió tener pretensiones de irlandés, pero que podía ser tan irlandés como coreano. Un cartel de Guinness sobre una pared de ladrillo a la vista, una bandera verde colgando detrás de la barra, algunas botellas de raros whiskys que jamás nadie había probado y habían ido juntando polvo.
Estaba tratando de escribir algo, un poema, a veces escribo, todavía. Estaba escribiendo un poema que explicaba que mi fracaso personal, todo lo que me había pasado, o mejor dicho, todo lo que no me había pasado, tenía su explicación en que yo, de chiquito, había querido Nesquik, pero me habían dado otra cosa, un sucedáneo. ‘Génesis’, se iba a llamar el poema. La birome se trababa un poco sobre el rugoso papel de la servilleta.
Levanté la cabeza y la vi. Sentada en una punta de la barra. Una preciosa chica. Pero no preciosa desde algún patrón estético imperante, preciosa desde siempre, como solían ser las chicas que siempre me habían gustado a mí, cuando me parecía que la felicidad era posible, que no hacía falta más que estirar la mano y descolgar un durazno del árbol de la alegría.
Flaca, era, y huesuda. Morocha, muy pálida. Algo en su nariz, una torcedura, una trompada recibida, no sé. Flequillito stone. Medio roñosa, con pinta de no haberse bañado por un par de días, eso también estaba bien. Se había sacado un abrigo tipo gamulán, un abrigo que debía haber sido de su abuelo. Tenía tetas pequeñas (ella, supongo que también su abuelo), ni usaba corpiño. Carita de dormida. Un gastado jean cubría sus largas piernas, ese estilo de piernas que se tuercen un poquito hacia adentro a la altura de las rodillas, cuando la portadora de las piernas intenta correr, aunque la portadora de las piernas no intenta correr casi nunca.
Miraba hacia afuera, ella, al frío de la calle. Tomaba su mojito, o su daikiri, pero sin mucho interés. Metía un dedo en el vaso.
‘Tengo que hablarle’, pensé. ‘Es ahora o nunca’, también pensé. La mujer que quizás yo había estado esperando toda mi vida.
Me voy a sentar al lado y le voy a decir ‘entre la nada y la pena, elegiré la pena’, frase de Faulkner que representa más que bien la nobleza del amor, o quizás no sea nobleza, pero sí algo relativo al amor, el sufrimiento del amor, algo que yo había sentido alguna vez.
O no, voy a decirle ‘una cosa bella es una alegría para siempre’, de Keats, que deja en claro que este momento, esto que nos pasa, es lo más lindo del mundo y nada más, sólo se trata de saber enfocar.
O no, le voy a decir el poema de Ezequiel Martínez Estrada que me partió el corazón en ciento treinta y tres mil quinientos veinticuatro pedazos esa vez, el poema que me sé de memoria y dice ‘has vivido al revés de tu destino, te ofrecieron amor y no quisiste, fortuna y gloria, y preferiste el vino de la sabiduría, que es tan triste. Y ahora, al final de tu camino, buscas a Dios, que sabes que no existe’.
No, le voy a decir la frase de Saer, redonda como un pomelo, impecable: ‘se dice que la comedia es superficial, porque elude las evidencias de la tragedia. Pero en sí, no hay nada más que comedia, en el sentido que la realidad es superficial. La tragedia es puramente imaginaria’.
Mejor no, mejor le digo el poema de González Lanuza: ‘Aquí, vértigo inmóvil de lo cierto, aquí, breve inmortalidad de la agonía, aquí, donde persisto todavía, aquí, tan sólo aquí sueño despierto’.
Terminé el segundo Ballantine’s. Me puse de pie, caminé los pocos pasos que me separaban de la barra, como si caminara con el agua a la cintura. Me paré al lado de ella, apoyé ambas palmas sobre la barra, me incliné un poco.
–Te voy a chupar la concha –dije–, pero te voy a chupar la concha de una forma que te voy a dejar el flujo en punto nieve.
Bueno, loco, se me mezcló todo, me abataté. Yo fui a un par de clases de teatro y Norman Briski me dijo que me ponía muy nervioso, que la actuación no era lo mío.