28.2.10

Una visita al psiquiatra

Pedí un turno y fui al psiquiatra. El psiquiatra me lo había recomendado un amigo, mi amigo P. Mi amigo P. había estado muy mal. Mi amigo P. iba al zoológico y se masturbaba mirando a una jirafa, o se pasaba por las axilas y por las ingles el borde de los vasos con los cuales después ofrecía algo para tomar a las visitas, hacía cosas así.
Así que fui al psiquiatra, fui al psiquiatra y le dije.
–Doctor, estoy cansado, muy cansado. Y aburrido. Y triste, por sobre todas las cosas estoy triste. Antes me reía, y ahora no. Ahora estoy tomando café en un bar cualquiera y me pondría a llorar, tengo que hacer un verdadero esfuerzo para no largarme a llorar como un chico. Y tengo angustia, se me cierra el estómago y pierdo el apetito, o siento que no voy a poder respirar. Y ansiedad, palpitaciones, me levanto a las tres de la mañana con el corazón corriendo como un hámster en pantuflas y pienso ‘bueno, ahora viene el infarto’, y dejo el teléfono celular cerca, sobre la mesita de luz, por si sobrevivo al ataque, aunque no sé muy bien a quién llamar. Pero el infarto no viene, así que me ducho o tomo una cerveza o me quedo viendo la televisión, cualquier pelotudez. Y pienso que la vida no tiene sentido, no se me ocurre nada, miro para atrás y siento que hice todo mal, que me equivoqué en todo, y miro para delante y no veo nada, veo que hay que seguir porque todo el mundo sigue, despacito, como si fuera una valija en una cinta transportadora, una valija que nadie desea cargar, y la cinta es un círculo, porque vuelve, porque trae la valija de vuelta, porque no hay en verdad adónde ir. No sé.
–Es habitual –dijo el doctor, encendió su pipa, aunque quizás no la encendió, quizás hizo los gestos, usar el encendedor y después dar una pequeña bocanada, de una pipa vacía tal vez. No percibí olor a tabaco, casi lo puedo asegurar–. Terminó la sesión.

25.2.10

Dogmas

Las religiones del occidente civilizado, sin ahondar demasiado, sin entrar en detalles que puedan herir alguna susceptibilidad, resaltan las virtudes del ahorro. No se debe gastar todo lo obtenido mediante el trabajo, mediante el esfuerzo, se debe guardar algo para el futuro, para después.
Desde otro lugar los hindúes, gente profundamente creyente no hace falta mencionarlo, consideran importante la práctica de, no sé si está bien dicho, sublimar la eyaculación, evitarla, para de esa forma, con esa energía, emprender el camino de la iluminación.
Lo que resulta diáfano para mí en esta preciosa mañana de invierno, es que si no tenés guita y no se te para la garcha, no te salva ni Dios.

20.2.10

Dos mujeres

Sucedió que me estaba viendo con dos mujeres. Al mismo tiempo. Raro. Yo nunca fui un galán, y estaba desde siempre, desde la adolescencia, acostumbrado a largos períodos de abstinencia. Para mí, estar entre tres y seis meses sin contacto físico, sin tocar una teta, sin olisquear un culo, era algo de lo más normal. Y después, cuando finalmente enganchaba algo, me transformaba en un famélico dromedario, me ponía a fornicar como un desesperado, como una ametralladora uzi, tratando de acumular alegría para todo lo que durara el próximo páramo. Lo cual, obvia decirlo, era mucho peor, ya que terminaba molestando a mi ocasional compañera que no podía entender mis apetitos. Hasta que la situación se hacía insoportable (podríamos decir que la relación sufría de paspaduras) y yo volvía a deambular con una vidriosa mirada y el labio inferior levemente entreabierto, jadeando cuando quedaba cerca de un puñado de femenino cabello en algún subterráneo. Mi vida sexual jamás fue algo para destacar.
Pero estaba, no sé cómo, no sé por qué, viendo a dos mujeres. Una vez por semana, a cada una, nada que pudiera exigir una logística demasiado sofisticada, nada que pudiera implicar un sesgo de aguda formalidad.
Una de las mujeres tenía alrededor de cuarenta años, quizás uno menos, quizás tres más. Y era, de seguro, la mujer más inteligente que yo haya conocido en mi vida. Con sentido del humor, con puntos de vista, con personalidad.
La otra mujer tenía menos de veinticinco años, probablemente veintidós. Verla desnuda hacía que uno tuviera que apoyarse, disimuladamente, contra el marco de la puerta, porque el instinto sugería ponerse de rodillas y agradecer por tanta belleza. Una sonrisa como un amanecer en la playa, tetas pequeñas, culito firme, toda ágil y dispuesta para lo que podríamos denominar ‘imaginación horizontal’.
Y ahí estaba yo, viendo a las dos, sufriendo de una manera muy particular.
Porque cuando estaba con la mujer uno, llamémosla ‘mujer 1’, yo no podía evitar añorar la frescura, el olor, la turgencia de nalgas y potencia capilar de la mujer dos, llamémosla ‘mujer 2’. Y cuando estaba con la mujer dos, llamémosla ‘mujer 2’, yo extrañaba profundamente aunque sea un atisbo de la inteligencia, un comentario, una forma de abrazar, un gesto, de la mujer uno, llamémosla ‘mujer 1’.
Así estaba, sin poder creer en mi suerte, sufriendo como un condenado. Sabiendo lo inconcebible que iba a ser para mí, llegado el caso, decidirme.
Hasta que hubo un error de cálculo, algo salió mal, como de costumbre. La mujer 1 y la mujer 2 se conocieron, en la puerta de mi casa. Comprendieron la situación casi de inmediato.
Se fueron a vivir juntas. Se quieren. Son felices, así lo manifiestan a familiares y amigos, sienten que son la una para la otra, jamás imaginaron que podía existir un amor tan genial.
Las dos piensan que soy un pelotudo, no pueden entender cómo fue que pudieron estar conmigo, todavía se ríen cuando recuerdan el mal momento que debían estar pasando para que les sucediera semejante incordio, tamaña contrariedad.

15.2.10

Novedades

Nada es tan malo, nunca es tan malo.
Estar vivo es mejor que todo lo malo. Mejor que tu labio leporino y la quemadura en el rostro del más puro morado y la gente que grita después del choque de trenes y los famélicos chiquitos con ojos de insecto que aprietan los dientes y extienden sus bracitos como fósforos esperando un vaso de leche tan blanca como la sonrisa de algún Dios.
Siempre habrá un perro que mueva la cola a pesar del más lacerante de tus fracasos. Siempre habrá un café con leche con tostadas, queso y mermelada, en algún bar de mala muerte, escondido entre los mitológicos pliegues de algún barrio. Siempre habrá una lluvia que te lave tantos pero tantos sueños rotos. Una carcajada sin motivo, un atardecer en la playa. El sonido del mar.
Te lo digo yo, que ya casi no soy nada, apenas todo lo que no me salió, lo que no fui. Soy el dos por ciento de mí, que camina por una calle cualquiera, silbando una vieja tonada. Soy los harapos de lo que quise ser, estas palabras que se vuelven a tropezar, este whisky transpirado.
Nada es tan malo, nunca es tan malo.

10.2.10

Siete frascos

Eran siete frascos, los conté. Estaban sobre la mesa, uno al lado del otro. Frascos de un plástico algo ordinario tal vez, cada uno de un color diferente. El consultorio era uno de tantos, el número 3, pequeños compartimentos apenas separados por paredes de algo que no era cartón, pero tampoco era pared. Cada consultorio con su correspondiente número sobre la precaria puerta.
Te llamaban por el apellido, y decían a qué número de consultorio debías ingresar. Dijeron ‘Hundred, consultorio 3’.
Frente a mí, un muchacho jovencito, vestido con uno de esos uniformes de médico color celeste muy clarito, con una canchera hilera de botones no en el pecho, sino a un costado del cuello. Pero no tenía estetoscopio, no, porque no era médico en el sentido exacto. Estábamos en un centro de salud capilar, que también es salud, pero otra cosa. Tenía una lupa en la mano, el muchacho, y cada tanto la cambiaba de mano, o la hacía repicar sobre la metálica superficie del pequeño escritorio.
El muchacho tenía un pelo muy tupido, cortado bien corto, y usaba mucho gel. El rasgo determinante en él era, no por casualidad, su magnífico cabello. El cabello del joven apuntaba hacia lo alto, enhiesto, grueso, como diciendo ‘esto es posible, esta puede ser también tu realidad’.
–Tiene que lavarse la cabeza por etapas, usando estos productos –dijo el joven y suspiró, aburrido de tener que repetir la misma cantinela una y otra vez–. Lavarse la cabeza todos los días con estos productos, como complemento de la terapia de masajes.
Hice silencio y puse una circunspecta expresión. El tema exigía el máximo de mi atención, estaban en juego muchas cosas.
–El verde es un exfoliante natural del cuero cabelludo, elimina residuos de las sucesivas capas de sedimentación termogenética generadas por reacciones nerviosas, mala alimentación, tabaquismo. ¿Usted fuma?
–Sí –dije.
–El amarillo es para el tratamiento de la caspa y la seborrea, los dos grandes enemigos del bulbo capilar.
–Del bulbo, del bulbo –recité, para mostrar mi estado de concentración.
–Sí, porque el pelo es como pasto. Uso este ejemplo para que usted comprenda. El bulbo vendría a ser la raíz. Hay que cuidar la raíz. Es muy importante la raíz.
–Sí, la raíz –dije.
–El naranja es para el fortalecimiento del tallo, evitar el aspecto quebradizo que es la etapa previa a la caída. El rojo es el que estimula energéticamente y electromagnéticamente al pelo, posee henna egipcia y extractos de ginseng de las montañas del Tíbet, estimula la circulación y regula la serotonina capilar. El azul es para otorgarle suavidad y brillo, genera una fina capa protectora para que el cabello no sea agredido por factores contaminantes, smog, ondas gamma de alto impacto, ruido, lo que sucede en una ciudad hoy en día. El violeta es el que permite agrupar todas las propiedades, balancea el ph y encuentra sincronía entre el metabolismo del cabello y el metabolismo basal del cuerpo, para que el cabello esté armonizado con el resto del organismo. Es un poco difícil, al principio, pero vale la pena. Por si olvida la secuencia, los frascos tienen un pequeño número que le recuerda el orden en que deben ser utilizados. El mismo no debe ser alterado, eso es crucial para el tratamiento.
–Perdón –dije–, si no conté mal, usted me detalló seis productos, y sobre la mesa hay siete frascos. Faltó el frasco negro. ¿Para qué es el frasco negro?
Se entreabrió la puerta, justo en ese instante, y se asomó un sujeto. Algo mayor, con el mismo uniforme que el muchacho, sólo que llevaba abierta la casaca. El hombre era bastante calvo, ojeroso, tenía gafas de lectura colgadas del cuello, y todo el aspecto de estar recién levantado. Probablemente había pasado la noche bebiendo, se había quedado dormido en el consultorio de al lado. Emanaba un agrio sudor.
–El frasco negro es para cuando te canses de todo lo demás, flaco –sonrió–. Es para que te laves la cabeza rapidito y te busques algo para hacer. ¿No vieron por acá un diario? Necesito un diario.

5.2.10

Una pena

Hace algunos años conocí, a todo el mundo le pasa, a la mujer de mi vida. Era linda, pero no demasiado. Era linda sin arreglarse, a la mañana. Era flaca, sin esfuerzo, y tenía buen pelo. Tetas pequeñas, cualidades perdurables. Había sufrido de chica, eso siempre es bueno. Sin llegar al extremo, no la había violado un primo ni un rottweiler le había arrancado medio brazo, nada que dejara un eterno resentimiento. Pero tenía una cicatriz en una mejilla, algo que le había preocupado, y había tenido que trabajar. Eso es muy importante, porque entonces la mujer puede disfrutar un abrazo, una cena, la mujer deja de creer que el mundo le debe algo por el anecdótico y peculiar hecho de existir.
Leía, sin caer en la crónica estupidez de las estudiantes de ciencias sociales, empeñadas en descifrar un lacaniano mecanismo en la forma que te rascás el culo. Sabía cocinar, milanesas con puré. Cogía bien, con entusiasmo, genuino interés, sin la impostación que puede dar el abuso de la pornografía, ni el atonal fastidio de la excesiva práctica desde muy pequeña.
Me gustaba verla salir de la ducha o abrir la heladera en bombacha, y podíamos caminar por la playa, en invierno, sin hablar, o le acariciaba el cabello, a veces, mientras ella dormía.
Pero. Un día quedamos en encontrarnos, en un bar. Un bar cualquiera. Debo haber llegado cinco minutos tarde, no más de siete. Ella ya estaba, en el bar. Era de mañana, temprano, un bar de barrio, poca gente, alguien que lee un diario, las noticias del mes pasado, alguien que fuma escondido en un rincón, nada más.
Ella se había sentado en una mesa, una mesa prácticamente en el centro del salón, pudiendo perfectamente sentarse contra cualquier lateral. Se había sentado de espaldas a la puerta, en lugar de sentarse de frente al vidrio, a la avenida, al ventanal.
Y yo supe entonces que había en ella algo perturbador y triste, no era la mujer de mi vida, algo estaba mal.

31.1.10

Sin querer

Cada vez que subo a un taxi y el taxista, de alguna u otra forma, desea hablar conmigo, le digo que no, que por favor no lo haga, que no me hable.
Son hombres de trabajo, por lo general buena gente, con alguna anécdota para contar, alguna opinión acerca de cómo cambiar el mundo, una carcajada franca a veces, nada pretencioso, misceláneas, cultura general.
Y si el taxista hablara conmigo, como cualquier otra persona que intenta hablar conmigo, bueno, es tanta la diferencia lumínica, lo que doy incluso en la conversación más nimia, que el pobre tipo se daría cuenta de inmediato que me debe una fortuna. Y a mí me da un poco de pudor, no lo quiero incomodar.

27.1.10

Afterlandia

Otra vez. Me revienta tener que categorizar sobre un tema tan lábil, pero siempre hay alguien que pregunta, así que ahí voy, otra vez, no me chilles. Después de los treinta años, quedan dos y sólo dos categorías de personas. Los embarcados, y los que no.
Los embarcados, me explayo pero no mucho, para no agobiar, para no herir, los embarcados son aquellos que están, precisamente, embarcados, en alguno de los grandes rubros del horóscopo. Matrimonio, trabajo, hijos. En tal sentido, lo único que se observa, lo único que les queda es un tremendo y descomunal fastidio. Se está embarcado en algo que va a durar otros veinte años, o treinta, cada día más o menos igual al anterior, mejor no pensar. Queda entonces la llamita del piloto del calefón de la vida apenas encendido, para rumiar alguna queja, las cosas nunca son como vos creías.
Queda el otro grupo, los menos, lo no embarcados. Los que no se han casado ni han hecho carrera, no hay hijos ni veraneos que planificar. Esos sujetos han logrado gambetear las boludeces más o menos tradicionales que conforman una vida. Pero, siempre hay un pero, un día, puede ser domingo, puede llover, sienten que no han hecho absolutamente nada (no cuentan, corazón, las clases de gimnasia, los cursos de teatro, de fotografía), ninguna ex mujer va a llamarlos para entre insultos e imprecaciones reclamarles la cuota alimenticia, no habrá que ir al acto de fin de año del colegio de los chicos para ver que otra madre está realmente buena, o que otro marido tiene un auto digno, ni se está por acceder al cargo de subgerente regional en La Pindorchita S.A. Y es entonces que viene una desesperación, un terror flamante y desconocido, la nada en camisón.
En ambos casos, al poco tiempo, comienzan las enfermedades, la fatiga de materiales, la decadencia y caída. Que la cosa se pone peor, esto recién empieza.

23.1.10

El tiempo que vivimos juntos

Es verano, hace calor. El calor es, podríamos decirlo de esta forma, una particular cualidad del verano. Y Buenos Aires con más de treinta grados deja de tener sentido. Brota un odio todavía más alto y más fuerte, el fracaso saliendo por cada fastidiado poro, en fin.
Estoy durmiendo, pero es difícil dormir. Tengo un simpático ventilador que se encarga de mover el aire, sólo que no hay aire para mover. No tengo aire acondicionado, ni horno a microondas, no me divierte ver a Tinelli, no entiendo el sushi, soy así.
Me despierto, algo extraño, una sensación. Abro los ojos, enciendo una luz.
Hay una cucaracha en la cama. Es bastante grande, de un marrón muy oscuro, vibrátiles antenas, cara de cucaracha, cantidad de patitas con ese doblez tan desagradable y característico. Despertarse y ver una cucaracha en la cama es desde ya una repugnante experiencia. Dan ganas de saltar y esconderse en el baño por una semana, aplastar la cucaracha con un zapato, rociar la cama con insecticida, primero, con lavandina, después, irse a vivir a otro piso, a otro barrio, a otro país.
Pero luego, casi de inmediato, me viene a la mente el tiempo que vivimos juntos. Y la cucaracha está quieta, sin excesiva maldad más allá de su intrínseca naturaleza, sin fastidio ni reproches, sin ese desesperado anhelo de hacer daño a la otra persona, de aniquilar, de lastimar porque sí.
–Nada, no pasa nada, debía estar soñando algo feo –digo, y apago la luz.

19.1.10

Probabilidad y estadística

–Café con leche, tostadas, queso y mermelada, por favor.
Espero, espero un rato. Es un bar de mi barrio. Casi no hay clientes. La moza que me atiende tiene dos rectángulos negros de tres centímetros de largo por un centímetro de ancho, debajo de los ojos. Como si alguien le hubiera pintado las ojeras con betún, como he visto que hacen algunos jugadores de fútbol americano, aunque nunca comprendí por qué. No creo que la moza juegue al fútbol americano, el fútbol americano es un deporte que jamás he entendido, también debo decir.
Pasados cinco minutos, o siete, pero no diez, llega mi pedido. El café con leche está frío, la taza tiene dos profundas rajaduras, que van del borde a la base y que resultarán difíciles de esquivar cuando apoye, de manera tan ínfima como sea posible, los labios, justamente en la taza, maniobra por lo general necesaria para tomar el café con leche, las tostadas han sido quemadas con énfasis y muestran el color y la textura del carbón, el queso untable tiene una amarillenta capa de una gelatinosa textura en la superficie, la mermelada es prácticamente un líquido que va del rojo al naranja sin saber dónde detenerse, una mermelada que parece dudar, entre otras cosas, sobre su sabor, su fruto de pertenencia.
Llamo a la moza, sin emitir sonido, con un dedo. Un dedo índice en alto, apuntando a algún cielo.
–¿Qué le debo?
–Son catorce pesos –me dice.
–Tome –saco un billete de cien–. Traiga todo de nuevo –reviso de una ojeada el interior de mi billetera–. Me quedan setecientos treinta y dos pesos y toda la mañana. Alguna va a salir bien.

15.1.10

Sin motivo

Si le preguntaran a alguien, a cualquiera, por qué hace lo que hace, por qué está donde está, bueno, en el 93% de los casos, con un error de aproximación del 1%, la persona, el sujeto en cuestión, tendría dificultades para responder con un mínimo de lucidez.
A modo de ejemplo, en lo que podría denominarse ‘ejemplo 1’, muestran por televisión la largada de una maratón, el instante previo. Más de diez mil personas dispuestas a salir como si les hubieran metido un matafuego en el culo, para correr, con el matafuego en el culo, más de veinte kilómetros, energía pura. Se escuchan miles de suelas de goma dando saltitos en el lugar como una cantata de hámsters, las respiraciones agitadas, miradas de animales con un desesperado anhelo de escapar.
Entonces un periodista jovencito se acerca, en la primera fila, a una mujer de unos treinta años, motivada, eléctrica, todo sonrisa. Y le pregunta ‘¿y usted, por qué corre?’
–¡Ehhh… O sea, yo…! –la mujer salta en el lugar, levanta los brazos al cielo y los deja allí–. Yo… ¡Adrenalina! ¿Entendés?
El ejemplo es más triste que absurdo, lo mismo sucedería si uno entrara a una oficina y le dijera a un empleado con más de veinte años en la empresa: ‘¿y usted, por qué trabaja?’ El único cambio significativo, sustancial, de la respuesta, más allá del balbuceo y el estupor, sería el reemplazo de la palabra ‘adrenalina’, por la palabra ‘familia’, o ‘guita’, y no mucho más. Podríamos preguntarle a alguien que está casado, por qué está casado, no hace falta aburrir.
Vamos a tener que dejar de subestimar el poder de la inercia. Vamos a tener que entender que flotar te puede llevar mucho más lejos que nadar.

11.1.10

No me desanimo

El portero del edificio que estaba a cinco cuadras de mi casa, una vez salió en la tele. Lo reconocí, esa vez, al instante, porque siempre me bajaba del subte y caminaba las mismas cinco cuadras. Cuando vi la cara del hombre en la televisión, se me vino a la mente de inmediato.
El hombre, el portero, salió en la televisión aquella vez, porque fue un héroe. El edificio donde trabajaba se quemó, en la madrugada, un incendio de los bravos. El hombre se despertó y antes que llegaran los bomberos, rompió puertas, saltó de balcón en balcón, bajó un par de gordas a upa, en andas, a caballito, por las escaleras. Eran gordas que se hallaban sofocadas, inconscientes. El portero, incansable, dijeron por televisión, logró asistir a siete vecinos (no sé si un perro cuenta como vecino, en tal caso fueron ocho) antes de quedar exhausto por el humo y caer desmayado.
Arriesgó su vida desinteresadamente, dijo el locutor del noticiero en aquella oportunidad, y los vecinos, reunidos en la calle frente a la puerta del edificio, aplaudieron al portero que permanecía silencioso y emocionado en indefinibles proporciones.
Han pasado varios años, más de tres, menos de cinco, y vuelvo al barrio. Debo reunirme con una persona, en un bar. Paso por delante del edificio, del edificio que se quemó aquella vez.
El portero está en la puerta del edificio, apoyado con ambas palmas sobre el mango del escobillón, el mentón sobre el dorso de las manos. Está algo más gordo y luce desarreglado, con el aspecto de quien suele comenzar a beber antes del mediodía. Insulta a un joven paseador de perros que viene a devolver el animal de un vecino, se burla de una vieja a la que le cuesta caminar. Lanza una furibunda escupida contra un automóvil estacionado.
Lo que quisiera mencionar es que a pesar de las infectas y absurdas basuras que somos, todos podemos tener un heroico momento. Alguna vez.

7.1.10

Porque lo soñé anoche

Estoy en el aeropuerto, esperando. Esperando para subir a un avión, un avión que sale en cuarenta minutos.
La dificultad, lo que me incomoda, es que sé que el avión se va a caer. Alguien podría preguntarme, es perfectamente lógico y natural, cómo lo sé. Simplemente lo sé, nada, eso, lo soñé anoche. Vi el número del vuelo pintado en el fuselaje del avión, vi las caras de los demás pasajeros, presos del último estupor, cuando resultaba ya evidente que el avión se caía.
¿Por qué se caía? ¿Por qué se va a caer el avión? Ah, no importa, algún desperfecto mecánico, le han puesto alas de durlock, metieron una pata de pollo en el caño de escape, esto es Argentina.
El punto está en que sé que el avión se va a caer, pero no puedo avisarle a nadie. ¿Qué hago? ¿Me acerco al mostrador y pido que suspendan el vuelo, porque soñé que el avión se caía? No va, no camina. Van a llamar a la policía, si es que insisto, y me voy a pasar la tarde contestando preguntas que no tienen respuesta.
También puedo quedarme sentado, acá, en el bar del aeropuerto, no subir al avión, pedirme una hamburguesa con tomate y una cerveza, esperar. Y salvarme. No estar en el avión, en el avión que se cae.
Pero con la suerte que tengo, como vengo últimamente, puede que el avión no se caiga, y entonces, mientras espero el próximo vuelo, me voy a sentir un monumental repelotudo. No pego una.

3.1.10

Te estoy hablando a vos

Sé nadar. Desde siempre, desde chico. Así que aprovecho, ya de grande, cuando puedo, para nadar. Si estoy de vacaciones, si estoy en algún lugar de veraneo, si estoy cerca del mar, me gusta nadar, en el mar.
Así que estoy en el mar, nadando, bien adentro. Deben ser las siete de la tarde, o siete y media. Uno siente que está en medio de una fuerza superior, siente que la naturaleza te abraza y te contiene y te da una cariñosa palmada mientras te muestra, apenas, de lo que es capaz. Encargué unos ñoquis con pesto en una rotisería, y tengo un buen vino. Voy a nadar veinte minutos más, mientras el sol comienza a retirarse. Después me voy a ir a cenar.
De pronto, como un ataque cardíaco o un accidente automovilístico, todo se pone mal. A mi lado, a no más de un metro de distancia, una aleta.
Ahora sí que estoy en problemas, Es por eso que hay que meterse a nadar en el mar de a varios, nunca solo. El ruido espanta a los tiburones.
El mensaje es unívoco. Estoy nadando, a unos doscientos metros de la costa, y hay un tiburón a un metro de distancia. Y son las siete y treinta de la tarde, más o menos, y tengo encargado unos ñoquis en la rotisería, y tengo también una botella de un vino buenísimo que no sé si llegaré a tomar.
Estoy paralizado del más puro espanto. Pero es una parálisis con inercia, sigo braceando, y mientras braceo aprieto bien fuerte los ojos, y se me escapa un sollozo que me devuelve una bocanada de sal.
Casi puedo sentirlo, pero todavía no lo siento. Supongo que será un chasquido seguido de un tremendo dolor. El tiburón me arrancará una pierna de un mordisco, quizás con eso sea suficiente. Quizás pueda llegar nadando hasta la costa, o quizás alguien me haya visto, y me rescaten con un bote inflable antes que la hemorragia me haga perder el conocimiento. Quiero comer los ñoquis, quiero tomar un vaso de vino y abrazar a Laura, lo que equivale a decir que quiero vivir.
Sigo nadando y llorando, nadando y llorando. Quizás ya me falta una pierna, quizás ya fui mordido y el frío del agua me impide sentir.
–¡Eh! No llores, che.
Debo estar inconsciente, debo estar en la cama de un hospital. Me resisto a abrir los ojos, a escuchar las malas noticias.
Pero sigo nadando, el sol en la frente, el vaivén del mar.
Abro los ojos.
–Hey, sí, a vos. Te estoy hablando –giro la cabeza. El tiburón asoma el hocico y me mira de costado–. Sí, quedate tranquilo, que no pasa nada.
–Pero, pero.
–¡No parés! Seguí nadando, no parés, que ya nos vieron –sigo nadando, más despacio–. Quedate tranqui, lo que pasa es que estoy aburrido. Se fueron todos, y me perdí. El agua está refría, no pasa nada. Miramar es una mierda.
–No sé qué decirte.
–Te vi solo y me acerqué, pero ya sé que es un quilombo. La culpa es de Spielberg. El tipo filmó la peli, la primera eh, y ahí cagamos. No nos quiere nadie. La gente puede vivir en un dos ambientes de cuarenta metros con un Rottweiler, pero ven una aleta y te cagan a tiros. No me parece justo.
–No sé qué decirte.
–Sos medio boboncho, vos. O quizás no, te entiendo. Es el julepe.
–Y sí. Disculpame. Estoy acá, indefenso, esperando que me arranques una pierna, y vos te ponés a hablar de cine.
Se ríe, muestra todos los dientes, se acerca un poco y me choca, de perfil, vamos flanco contra flanco, está jugando.
Lo palmeo, le acaricio la aleta. Tiene la piel rugosa y fría.
Se da vuelta, se pone como un perro, panza arriba. Le hago cosquillas.
–Tenés un aliento horrible. ¿Qué comiste? –Le digo y se atraganta de una carcajada.
–¡Uh! –vuelve a girar–. Ahí te vienen a salvar. Escuchame, me voy a ir porque si no es un quilombo. Cualquier cosa decí que era una tonina, o que te tiré un mordisco y zafaste de casualidad. No sé, mentí.
–Bueno –le digo. Le paso una mano por el hocico–. Te juro que es lo más raro que me pasó en la vida.
–Chau, forro, andá. La próxima te morfo un brazo –se ríe, una carcajada aguda y contagiosa. Desaparece bajo el agua.
Me quedo flotando. Levanto los brazos, agito las manos por encima de la cabeza.
–¡Ayuda! ¡Eh, acá!

31.12.09

Problemas de conducta

Me llamaron del colegio. Me dijeron, entre otras cosas, que teníamos que hablar de mi nena, de Josefina. Me dijeron que tenía problemas de adaptación, problemas de conducta. Me dijeron que ya habían hablado con la madre, pero que era importante hablar con el padre, también. Me dijeron que era fundamental, que era preciso dejar las cosas en claro lo antes posible, para poder atacar el problema. Me dijeron que por este camino la situación de Josefina se iba a agravar, Josefina iba a repetir.
Me citaron para el jueves, a las seis.
Es jueves, son las seis.
Me presento en el colegio. La maestra de Josefina, la maestra que me llamó, se llama Nora, Nora Pastor. Pido por la maestra, pido por Nora Pastor.
Me mandan a Dirección. En Dirección me indican que vaya al primer piso, al Gabinete Psicopedagógico. Ha terminado el turno tarde y el colegio, después de haber vibrado al compás de cientos de chicos de menos de once años, se apaga, se envuelve en un reconfortante silencio, descansa, las paredes, las escaleras, los pisos, toman aire, juntan fuerzas para el próximo día.
–Hola –me dice Nora–. Tome asiento –lo que sobresale de Nora, lo que destaca, son sus lentes bifocales, y un crucifijo sobre el guardapolvos, de plata, el crucifijo, tamaño mediano, que reposa, hace la plancha sobre el volumen de lo que quizás nunca fueron tetas, lo que desde siempre deben haber sido glándulas mamarias. Nos sentamos enfrentados en dos pupitres escolares. El mío está recubierto de fórmica, un plástico naranja lleno de inscripciones, dibujos y tachaduras hechas en su mayoría con birome negra. Hay un corazón atravesado por una gigantesca flecha. El corazón dice ‘Moni’. El pupitre de Nora está recubierto de la misma superficie plástica, pero de color amarillo, muy clarito, la superficie ha sido muy trabajada con objetos cortantes, hay tachaduras, raspones. Hay otra persona, junto a la cual se ha sentado Nora. Es una mujer más grande, en volumen y en edad, quizás ha pasado la peligrosa barrera de los cincuenta años, y la más peligrosa aún barrera de los ochenta kilos. Lleva dos o tres botones del guardapolvos desprendidos, se ve una blusa de color perla, o quizás marfil. La blusa y el color, algo en su combinación, provoca angustia, aflicción, cierto deseo de sollozar. Su pupitre es verde.
–Ella es la Licenciada Roberta Durrieu –le doy la mano, su mano está fría, y pegajosa también, como si hubiera estado acariciando un besugo–. La Licenciada Durrieu es mi superiora.
–Entiendo –digo, porque entiendo, porque es fácil de entender.
–Bueno, señor, como usted sabe, lo citamos por determinadas actitudes que ha tenido Josefina. Josefina está presentando severos problemas de conducta y de integración, que nosotros queremos informarle –hace una pausa, traga saliva, yo aprovecho para asentir–. Josefina el otro día..
–El martes –acota la Licenciada Durrieu, sin levantar la vista del manojo de papeles que tiene entre sus manos.
–Josefina, el martes –asiente Nora, asiente demasiadas veces, asiente como esos perritos de juguete que a veces tienen los taxis–, le pegó un chicle a una compañerita en el pelo. Se imagina el perjuicio, porque el chicle, una vez pegado en el pelo, no puede ser despegado con facilidad. Entonces hubo que cortarle un mechón de pelo, a la compañerita, con todo el trauma que eso implica, con el profundo impacto psicológico que eso trae aparejado en esta edad donde el pelo, desde lo simbólico, resulta tan representativo en lo que hace a la identificación del propio yo.
–¡Tuvimos que cortarle un mechón de pelo! –La Licenciada Roberta Durrieu da una palmada sobre la mesa, profundamente indignada.
–Miren, yo no –saco un cigarrillo y me lo llevo a los labios. Busco un encendedor.
–¡No! –la Licenciada Durrieu se pone de pie y retrocede unos pasos, como si hubiera visto una garompa, una garompa del tamaño de la trompa de Tantor, aquel simpático elefantito que le daba bola a Tarzán porque no tenía nada mejor para hacer.
–No se puede fumar aquí, señor–La maestra, Nora, Nora Pastor, que antes asentía con la cabeza, ahora niega, ahora sigue negando–. Esto es un colegio.
Dejo el cigarrillo entonces, apoyado sobre la mesa, junto al corazón atravesado por una flecha, el corazón que dice ‘Moni’. También, al lado, dice ‘UIPI’, así, todo con mayúsuculas. La maestra Nora Pastor huele a algo, algo que me es difícil reconocer pero que de pronto me viene a la mente. La maestra Nora Pastor huele a pilas sulfatadas.
–Como les decía, yo no –la Licenciada Durrieu ha vuelto a acercarse, un poco, pasos cortos y temblorosos, pero no se sienta, permanece de pie, algo parapetada por el respaldo de su pupitre, como si yo fuera un animal salvaje y peligroso.
–¡No niegue! –grita– ¡Negar no arregla nada, señor! Debió usted pensar la responsabilidad que implica traer un niño al mundo. Pero debió pensarlo antes, antes de, bueno, antes de gestarlo, usted me entiende –mueve las manos, pero sus manos, que se enlazan por un instante en el aire, no encuentran el gesto adecuado que permita representar la gestación. La gestación, incluso desde lo gestual, la incomoda, la compromete–. Asuma su responsabilidad, señor. Usted es padre. ¡Usted es el padre! Y este asunto del chicle es grave, muy grave. Debemos preparar un plan de contención, medidas que permitan reintegrar a Josefina, que la nena recupere el espíritu gregario que le facilite su reinserción social, asistiéndola primero, y eliminando luego sus patologías tan escalofriantes. Su hija le pegó un chicle en el pelo a una compañerita, señor. Quiero que entienda la gravedad del tema.
–Eso es lo que trato de decirles –me rasco la cabeza, con un índice, miro por la ventana–, yo no tengo ninguna hija.
–¿Qué? –Nora Pastor ahora, no asiente ni niega, se aprieta los lentes contra el puente de su nariz como si el conjunto, los lentes y la nariz, estuvieran a punto de desprenderse de su rostro.
–Que no tengo hijos, soy soltero, además.
–Pero –Nora Pastor mira a la Licenciada Roberta Durrieu, la Licenciada Roberta Durrieu mira a Nora Pastor, ambas, Nora Pastor y la Licenciada Roberta Durrieu, me miran a mí.
–No sé, ustedes me llamaron el otro día, vivo a dos cuadras, y pensé que como se venía fin de año estaban llamando a los vecinos, organizando una kermés, alguna de esas boludeces que hacen los colegios. Pensé que podía haber comida, saladitos, algo para tomar, alguna maestra jovencita, con ganas de coger quizás. Tengo que encontrarme con un par de amigos por acá, no me costaba nada pasar, así que vine. Pero no soy padre, no sé quién es Josefina, y no me parece nada del otro mundo que un chico le pegue un chicle en el pelo a otro. Me tengo que ir, buenas tardes.

27.12.09

Si Dios trata de decirnos algo

Estábamos en su casa. La había invitado a cenar, y luego, ella me había invitado a subir, lo que implicaba que me había invitado a fornicar, y eso estaba muy bien.
Estábamos desnudos, sentados en la cama. Después de.
–Si Dios trata de decirnos algo –dije, la idea no era mía–, ese algo es que la idea que tenemos de él, y del universo, es dual. El cielo y el infierno, Dios y el Diablo, el bien y el mal, el nacimiento y la muerte, el día y la noche, caliente y frío, macho y hembra, amor y odio, libertad y esclavitud, vigilia y sueño.
Hice una pausa, no recordaba cómo seguía el párrafo que alguna vez había leído. Ella tenía tetas pequeñas y firmes, el cabello se le pegaba a la frente, hacía calor.
–No entiendo porqué me decís todo esto –sonrió, era joven y era linda, yo solía frecuentar combinaciones infinitamente menos afortunadas.
–Porque cogimos dos veces, y me serviste un solo whisky –levanté el vaso–. No sé, no me parece.

23.12.09

El alfajor más triste del mundo

Te cuento una pequeña historia, sin entrar en demasiados detalles, imagino que debés estar apurada, no quisiera distraerte.
En la escuela primaria yo tenía un amigo, un mejor amigo, todo el mundo, a esa edad, tiene un mejor amigo. Mi mejor amigo se llamaba M.
Pero al finalizar quinto grado, algo sucedió. No recuerdo si sobraban alumnos o faltaban profesores, no recuerdo porqué, pero nos informaron que las dos divisiones de quinto grado, quinto ‘A’, y quinto ‘B’, se iban a fusionar, o amalgamar, a formar una nueva entidad que sería justamente el sexto grado.
En la primaria, hasta ese momento, he olvidado decirlo, mi vida era relativamente fácil, me iba relativamente bien. Era buen alumno, era un líder natural, las chicas comenzaban a observarme con curiosidad, no digo interés, y tenía mi mejor amigo. Mi mamá hacía milanesas, mi papá iba a trabajar. No se me ocurría nada más en el mundo.
Pero en este nuevo sexto grado vino un chico, vino del quinto ‘B’, y era un líder absoluto, tenía flequillo, jugaba bien al fútbol, se sacaba buenas notas. Se llamaba H.
Te lo resumo porque te veo contrariada, quizás te esperan en alguna parte, me imagino que tenés cosas que hacer.
H. y M. se hicieron amigos de inmediato. Mejores amigos. Eran tal para cual, la sociedad perfecta para el deporte, las chicas, la aventura.
Yo me puse mal, yo sufrí. Me dejaban afuera, mi mundo se desmoronaba sin remedio.
Así que hice todo lo que pude por recuperar mi terreno. Mentí, traicioné, conspiré, intenté separarlos, intenté luego hacerme amigo de H., intenté que una chica que estaba fascinada conmigo, G., se llevara a M., o a H. Maquiavelo era un aprendiz, apenas un principiante.
Pero fui descubierto. Todas mis maniobras y elucubraciones, todos mis intentos por conservar a mi mejor amigo, y permanecer como líder.
Hubo una reunión, una reunión a la que fueron invitados todos, todos los que tenían alguna importancia en ese mundo que era mi mundo. Y me informaron que yo había sido descubierto, que yo era un fraude, que nadie me quería, que no era líder ni amigo ni nada de nadie, hasta G. declaró que se había equivocado, que ya no gustaba más de mí.
Se me explicó que yo había pasado a ser una persona no grata, en sexto, que nadie, nadie de los que realmente importaban, quería tener nada que ver conmigo, que no me invitarían a los cumpleaños y nadie me hablaría nunca más.
Así fue. Tuve que cambiarme de asiento en el aula, sentarme en primera fila con los locos, los chicos con problemas, los rengos. Y en los recreos me sentaba en una punta del patio y mordisqueaba un alfajor húmedo y barato, el alfajor más triste del mundo.
Lo peor era saber, cuando venía mi mamá a despertarme, que había comenzado otro día, que yo tendría que ir al colegio y permanecer ocho horas, porque el colegio era de doble escolaridad, en el más absoluto silencio, sin afecto, sin amigos, sin que nadie me hablara mientras todos reían y se abrazaban y jugaban y se enamoraban y eran felices. Y yo no podía escapar porque sencillamente no había dónde ir.
Te conté todo esto para que entiendas que no es que no me duela que me dejes, que me digas que no me querés más, que estás saliendo con otro, que querés ser feliz, algo así. Sucede que pasé demasiado tiempo chapoteando en el odio, embadurnado en el desprecio, sin que nadie me quisiera ni dirigir la palabra. Y entonces es algo que me resulta natural, algo que no me sorprende. No es que no me estés haciendo moco, pero estoy acostumbrado, te va a ir muy bien, no te pongas así, sos una piba genial.

19.12.09

Púmbate

Tuve una crisis. Sentí que me moría. Una noche de fin de julio. Eran las tres de la mañana y me di cuenta que no iba a poder dormir, que no iba a poder dormir nunca más. Empecé a transpirar como loco, tenía palpitaciones. El corazón era un desbocado caballo (diría un poeta) corriendo por las colinas del más puro susto. ‘Es un infarto’, pensé, ‘ahí viene, será una patada en el pecho, o un pinchazo, como si me atravesaran el corazón con una aguja de tejer, me voy a morir acá’. Me voy a morir, pensé, justo ahora, y no cambié el televisor, no compré el pantalla plana de Samsung porque me pareció caro, qué macana.
‘Es un accidente cerebrovascular’, pensé. ‘Voy a quedar cuadripléjico, no voy a poder mover los brazos ni las piernas, sólo el párpado izquierdo y el dedo meñique de una mano. Voy a tener que aprender a hablar en morse, mediante el parpadeo de un solo ojo, y a pajearme con un tenedor. Voy a estar retriste, voy a estar remal’.
‘Es un tumor’, pensé. ‘Un tumor que se corre un milímetro de lugar y te mata el centro respiratorio, o el habla. Voy a perder el equilibrio. Voy a gatear mientras babeo, voy a pishar como los perros, levantando una pata contra un árbol. Voy a perder el dos por ciento que me queda de dignidad’.
No pude dormir en toda la noche, esperando que me sangraran los oídos, que me estallaran las meninges, que se me desatornillara el corazón y cayera de costado sobre el mugriento parquet, como un exangüe pejerrey.
Tenía miedo de salir a la calle, caminaba media cuadra, pegado a la pared, y me tenía que volver. Cuando bajaba las escaleras del subterráneo me ponía a llorar. En las esquinas me abrazaba a los semáforos y les pedía que me hablaran. Si me ladraba un perro ponía las manos sobre el capot de cualquier automóvil, como si se tratara de un requerimiento policial.
Fui a médicos, clínicos, cardiólogos, expertos en el aparato circulatorio, especialistas en colesterol. Fui a psicólogos que no medican pero te escuchan, y fui a psiquiatras que no escuchan pero te medican. Fui a ver homeópatas, a expertos en medicina tradicional china, a médicos ayurveda. A terapias alternativas, terapias no tan alternativas, terapias en general.
Finalmente me di cuenta que no tenía nada. La gente es una mierda, me sigue gustando el vino, no entiendo porqué alguien puede correr más de un kilómetro y medio sin que lo persiga un leopardo, tenés un culo divino, me gusta el mar en invierno, la lluvia, la mirada de un perro, los cigarros cubanos, el chocolate y el aceite de oliva y la pizza con ajo y el whisky que pica. Leo un poco, nada más.

15.12.09

Con la misma actitud

Playa. En la playa, al parecer, es la costumbre, la gracia consiste en estar expuesto al sol. La gente quiere estar con gente, eso no ha cambiado, la gente se amontona, pero la vestimenta y el ámbito son diferentes. La arena reemplaza al cemento, el mar reemplaza el ronroneo del tráfico de la ciudad, las chicas usan bikini, los hombres usan shorts.
El adulto de la especie humana es un mamífero mediano al que, exceptuando lo que podríamos denominar ‘situación de coito’, es conveniente observar vestido. Pliegues de grasa, uñas de los dedos de los pies de un repugnante amarillo, lunares, manchas, gibas, protuberancias, irregulares pilosidades, en fin.
Me detengo a observar a una mujer. La mujer ha decidido que no hay nada más importante en este mundo que tomar sol. Se ha untado, podríamos decir, en su totalidad, de un aceite, su piel luce de la textura del cuero. Lleva un diminuto bikini violeta y yace boca arriba, con lentes de sol y expresión de una profunda concentración. No quiere nada más, no puede imaginar un momento más pleno.
Me acerco y tapo el sol con una mano, produciendo una repentina mancha de sombra sobre su rostro, que la obliga a incorporarse presa de un singular fastidio. He conseguido captar su atención.
–Señora –le digo–. Con la misma actitud y empeño, con la misma energía y concentración que usted emplea en tomar sol, con esa capacidad, con esa fuerza, Mozart compuso sin inconvenientes una sinfonía, a los quince años de edad.
Los datos que acabo de transmitir carecen tal vez de rigor histórico, del escalpelo de la exactitud, pero la idea general está muy clara.
La mujer levanta con dos dedos de su mano derecha, por un instante, los lentes de sol.
–¿Vos trabajás en el balneario, no? Traeme una Fanta, bien fría.

11.12.09

A partir de ahora

Cuando llega el ataque cardíaco, juramos y perjuramos que estamos dispuestos a salir a caminar todas las mañanas, media hora. Aunque llueva.
Cuando el avión se cae, en esa fracción de segundo que sentimos que el cielo se come el piso y todo lo que esté apoyado sobre él, pensamos en el beso en la frente que no dimos, en el perro que no acariciamos, en el ciego que no ayudamos a cruzar la calle.
Cuando vemos esa abnegada madre empujando la silla con un chiquito cuadripléjico, balbuceamos que mojar los piecitos en el mar, un café, un poco de sol, es todo lo que hace falta para ser feliz.
Somos complejas maquinarias diseñadas por lo general para cometer las peores barbaridades, a las que solamente el susto puede cambiar.