30.9.16

El sentido de la vida


El 97% de la gente durante el 98% del tiempo están preocupados. Por el dinero. Buscando dinero, tratando de conseguir dinero, soñando, claro, con dinero, o lo que harían ni bien puedan soltar todas las boludeces que están haciendo, lo que equivale a decir ni bien tengan dinero.
Esa es la pulsión que los mueve, la luz que los guía. El dínamo, el motor, lo sepan o no, funcionan a eso. Lo mismo da si te nombraron Gerente Intercontinental de la empresa Garomp Inc., o si sos un mugriento raggamuffin que toca la pandereta en Diagonal y Florida.
Hasta que. De pronto y cada tanto, sucede. Alguien consigue lo que buscó, dinero. Alguien puede finalmente dejar de hacer todo lo que tuvo que hacer. Y cambiar de vida. Entrar, de cabeza, en el territorio de los anhelos. Santa Madre de Deus y la Virgen que llora lágrimas de Aperol, there is here.
Es entonces cuando la persona en cuestión enloquece. Descubre que su vida no tiene mayor sentido, desarrolla el apetito por las bebidas saborizadas y los niños pequeños. Se ponen a sacar fotografías de un plato de pollo a la portuguesa y juegan al candy crush mientras defecan, concurren a la India para hacer algún curso de respiración o compran motocicletas antiguas que no saben muy bien cómo utilizar, tratan de descifrar para qué corneta fueron puestos sobre la faz de la tierra. No desean envejecer, mucho menos morir. Se entristecen, se angustian, se deprimen. Se aterran.
Cualquier salamín puede pasarse treinta años en una oficina o detrás de un mostrador comprando y vendiendo alguna boludez. Incluso un pelotudo promedio no tendrá mayores dificultades en sostener un matrimonio por diez o quince años. Ahora, para no hacer nada de nada tenés que ser un sujeto especial. No hacer un pomo con tu vida no es para cualquiera.

*no acumules oro en la tierra, porque el oro es padre del ocio, y éste de la tristeza y el tedio (Jorge Luis Borges, fragmentos de un evangelio apócrifo).

24.9.16

Vaso de agua


Cuando se acabe el azúcar olvidarás lo dulce, te puede asustar un poco. Aquellas causas por las que hubieras estado dispuesto a matar hoy ya no existen, aniquiladas por un rayo láser hecho de opaca indiferencia. Amores derrumbados y la celulitis devorándolo todo como en aquella película, no me acuerdo si se llamaba ‘la mancha voraz’, o ‘la cosa’.
Habrá un momento en que lo único que te interesará será poder llegar a la cocina y tomar un vaso de agua. Lo que existe desea seguir, es parte de su intrínseca naturaleza, aunque revises los bolsillos de un desteñido gabán buscando motivos.
No es que el observador modifique lo observado, el observador es lo observado. Si no hay observador, quién queda para preguntar si aquello que estaba ya no está, si aquello que existía ya no existe.
Los poemas que escribí donde apreté mi corazón como un pomelo descansan en un cajón de un olvidado departamento donde creí que el amor era posible. Pasto de polillas.
Estamos hechos de instante, de fugacidad, de parpadeo. Todo el esfuerzo derramado sobre el asfalto indiferente ¿Adónde van las fotos de aquellos que han muerto?
Cuando se acabe el azúcar olvidarás lo dulce.

18.9.16

Podés llamarlo olfato


De un tiempo a esta parte hago lo siguiente.
Cuando consigo una mujer, una chica, un mamífero mediano del sexo femenino, para coger. Cuando estamos en una habitación, en su casa o en la mía o donde quiera que nos haya llevado el encuentro, podríamos decir la vida. Cuando ya la desvestí y ella está en la cama, boca arriba, las piernas entreabiertas, o en cuatro patas, existencialmente predispuesta para recibir, o parada contra una puerta, o echada en un sillón.
Lo primero que hago es meterle la nariz en la concha. No, no la lengua, no entendés, qué te pasa, la nariz. Y doy dos o tres respiraciones profundas. Le respiro, técnicamente, adentro de la concha.
Y entonces le digo.
–Bueno, tenés un chiquito que se llama Santiago y tiene un leve retardo, algo ínfimo que no le va a impedir, de ningún modo, desarrollarse en el camino de la vida. Tenés miedo por él, es normal. Pero va a terminar la primaria, y va a hacer la secundaria también. Después va a conseguir trabajo en un negocio de venta de artículos de limpieza de algún familiar tuyo, sí, de tu primo. Y no, no va a ser premio nobel de nada, pero qué importa eso. La vida no se trata de eso, lo importante es tomar un vaso de vino, meter las patitas en el mar, ser feliz.
O sino digo.
–Sí, tu tío abusaba de vos desde que tenías nueve años, por suerte fue sin penetración. Pero te manoseaba y te hacía tocársela y vos estás segura que tu mamá lo sabía. Lo sabía y no dijo nunca nada, tan sumisa ella. Eso te dejó un profundo rechazo hacia los hombres, un existencial asco que te impidió tener pareja durante la adolescencia. Pero ya ves, con terapia se sale, te hizo muy bien la homeopatía y el reiki también. Todavía estás a tiempo de casarte, querés tener hijos. Y un perro, un bull dog francés, que se va a llamar ‘Huguito’.
Podría seguir, con los ejemplos. Con lo que digo.
Y ellas quedan absolutamente shockeadas, al borde del más puro estupor. Me preguntan si soy psíquico, si tengo poderes. Porque así como veo el pasado entonces también es posible que sea capaz de ver el futuro, y ellas quieren saber.
Y yo no quiero hablar mucho del tema pero ellas insisten. Son pura curiosidad.
–Bueno, sí –digo–. Lo que te puedo decir sobre el futuro es que vamos a coger tres o cuatro veces y después me voy a hinchar las bolas, me vas a aburrir. Yo esto ya lo viví.

12.9.16

Caramelos


Esto es algo que tenés que saber, esto es importante. En el mundo existen dos tipos de personas.
Todos hemos comprado caramelos alguna vez, en un kiosco. Puede ser en un aeropuerto, esperando un avión, puede ser antes de subirte a un colectivo, o después. Puede ser porque necesitabas cambio para pagar otra cosa, o porque te gustan los caramelos desde ya, también.
Están las personas que compran caramelos cuadrados, y están las personas que compran caramelos redondos. Y eso, qué tipo de caramelos compran o comprarían llegado el caso, es lo que cambia todo. Lo que los define en su precario paso por la tierra, su concepción del universo.
Por ejemplo, una mujer que elige caramelos cuadrados chupa mejor la pija que una mujer que elige caramelos redondos, pero una mujer que elige caramelos redondos tiene mejor predisposición para dejarse romper el orto que una mujer que elige caramelos cuadrados.
Por ejemplo, un hombre que elige caramelos redondos tiene inquietudes artísticas, pero un hombre que elige caramelos cuadrados ganará más dinero, alcanzará puestos más altos dentro de una organización.
Por ejemplo, una mujer que elige caramelos redondos sentirá, pasados los treinta años, una permanente compulsión por viajar, por sacar fotos, una mujer que elige caramelos cuadrados estará, en similares condiciones de presión y temperatura, más propensa a deprimirse.
Por ejemplo, un hombre que elige caramelos redondos sentirá de grande la curiosa necesidad de comprarse una motocicleta de alta cilindrada, un hombre que elige caramelos cuadrados se dará cuenta mucho antes de los cincuenta años que la vida no tiene mayor sentido, puede que empiece a ir a bailar tango a los clubes de Palermo.
Podría seguir, claro que podría seguir, pero no hace falta seguir.
Lo importante, lo que tenés que saber, es que hay personas que eligen comprar caramelos cuadrados, y personas que eligen comprar caramelos redondos. Y eso lo cambia todo.

6.9.16

Son situaciones


Tenía que hacer un trámite en el centro. Mi madre había vendido un departamento para mudarse a uno más barato, más chico, la vida suele ser un asco, envejecer y todo eso. Y sin guita ni te cuento.
El asunto es que habían hecho algo mal, en la escritura, se habían equivocado con unos datos de la baulera. Un amigo me recomendó un escribano de confianza que me dijo por teléfono que no me preocupara, y que me iba a cobrar poca guita.
Así que fui, hacía un tiempo que había dejado el centro y mi trabajo y tenía pensado no volver, a ninguna de las dos cosas, nunca más en mi vida.
Impresionante torre sobre la calle 25 de mayo. Había que identificarse en un mostrador, te daban una tarjeta plástica para poder pasar un molinete de aluminio. Te sacaban una foto con una camarita digital, faltaba que te manosearan la poronga y te dijeran cuánto hacía que no cogías.
Esperé el ascensor, vino. Entré con dos personas más, un tipo de más de cincuenta años con lentes sin marco y carita de venir cagando gente desde hacía mucho tiempo. Al final era cierto eso que pasados los treinta años tu rostro va reflejando eso que sos, la repugnante alimaña que te habita. Y un muchacho jovencito, veinte años, traje barato y todas las ganas de correr en la carrera de la vida.
–¡Stop! –Eso escuché, así como lo cuento. Trabó el ascensor con una mano cuando las puertas ya habían comenzado a cerrarse. Entró una chica.
–Me asusté –dije–. Pensé que nos estabas diciendo ‘sit’, como a los perros.
No se rió. Venía hablando por teléfono celular, y siguió hablando. Estaba buena, menos de treinta años, pantalones color hueso, camisa negra, cabello a la altura de los hombros y cara de ‘ni te molestes, te quedo lejos’. Tocó el piso 28. Yo iba al 21. Habían tocado el 9 también, y el 12.
Se cerraron las puertas.
Se bajó el pibito primero, el garca con saco príncipe de gales, después. Yo desplegué mi estrategia que se llama ‘mirar al horizonte’. Soy alto, casi un metro noventa. Alcanza con levantar la vista apenas por encima de la línea de los ojos, como si estuvieras mirando algo, el mar. Aunque no estás mirando nada, simplemente decidís no participar de la escena, no estar.
–La puta que lo parió –dijo la chica, se le había cortado la llamada–. Celulares de mierda.
Se notaba que sabía exactamente lo que quería de este mundo, y sabía también cómo conseguirlo.
–No son los celulares –dije, sin mirarla–. Es el país.
Chistó, la chica, hecha una furia. Los celulares que no andaban, los boludos que tenía que cruzarse en el ascensor, el tráfico para llegar al centro. No era eso para lo que se había preparado, y de seguro no era eso lo que se merecía. Llegaría adonde quisiera llegar, conseguiría lo que quisiera conseguir de este mundo. Después, eso pensé, se pondría amarga, se deprimiría. Después, qué importa después, rezaba el tango.
Hubo un ruido fuera de lugar, un metálico aleteo seguido de un prolongado raspón. Ruido como de cadenas, como si cediera un telón desde arriba. Se sacudió el ascensor, y se detuvo. Parpadeó la luz, bajó de intensidad.
–Qué mierda –dijo la chica.
–Sí –dije yo.
Nada, silencio. Tengo claustrofobia, la verdad, y el ascensor, si bien grande, era hermético. Me concentré en respirar.
–¡Qué mierda! –Gritó la chica. Comenzó a tocar todos los botones, la alarma. Dejó un dedo sobre la alarma que sonaba fuerte como el carajo pero parecía sonar más adentro que afuera, mientras daba pataditas contra los laterales de la cabina. Se encendió la luz, se volvió a apagar.
–¡Abran! –gritó– ¡Saquenmé!
Se me ocurrió pensar, en medio del susto, que no había usado el plural. Lo que quería era salir, ella. El resto del universo no importaba gran cosa. Detalles, detalles.
Nos hablaron por el parlante. Nos dijeron que se había cortado la luz en todo el centro y el generador había hecho cortocircuito. Nos dijeron que nos iban a sacar pero necesitaban un poco de tiempo. Nos dijeron que esperáramos.
–¿Qué? –La chica se agarró la cabeza con las dos manos.
–Que esperemos –dije. Intenté mantenerla calma, parecer tranquilo, pero había comenzado a transpirar como un loco–. Tengamos paciencia.
–¡Qué mierda! –Grito la chica– ¡Pelotudos, forros!
Esperamos. La chica intentó hacer un par de llamadas, pero dentro del ascensor no había señal. Yo intenté permanecer con los ojos cerrados y concentrarme en la respiración, pero sentí el aire caliente envolviéndome como una frazada y me empapé. Me sequé la frente con un antebrazo y fue peor, como si le avisara a la piel, como si mandara la orden que era el momento de transpirar más. Mucho más.
Esperamos pero no pasó nada. La chica volvió a tocar la alarma y un par de botones más. Era como viajar en avión, en medio del miedo, no había demasiado para hacer. Te acostumbrás, te entregás.
–No –dijo la chica, se desfiguró un poco, apoyaba la espalda contra la metálica pared del fondo del ascensor. Se apretó el estómago con una mano– ¡No!
–Mirá –le dije, me volví a pasar el antebrazo por la frente–, yo también estoy asustado, pero no podemos hacer nada. Nos van a sacar.
–No entendés –Me dijo la chica, dejó caer su cartera al piso, me miró.
–Sí, yo también estoy…
–¡No entendés, forro! –escupía cuando hablaba–. Necesito cagar.
–¿Eh?
–Me estoy cagando –dijo, no se rió–. A la mañana desayuno yogur, cereales, y fruta. Y voy al baño acá, en la oficina, antes de empezar el día.
–Bueno –dije–. Ya nos deben estar por sacar. Aguantá un poco.
–No –hizo un feo rictus con la cara–. No puedo. No puedo más..
–Bueno –dije otra vez. Hice una pausa, pensé. No se me ocurrió nada, tal suele ser mi costumbre–. Cagá.
Vi que no podía más, pero tampoco sabía qué posición adoptar, cómo hacer. Se levantó la pollera, ahora transpiraba ella también.
–Ponete en cuclillas –dije–, yo te tengo las manos.
Se puso en cuclillas, cerró los ojos, muerta de vergüenza. La sostuve mientras cagaba.
Cagó nomás, un par de bolitas negras y pestilentes. El olor era realmente repugnante, como si a pesar de su maravilloso cuerpo de algún modo estuviera podrida por dentro.
–Qué espanto –dijo, sin animarse a abrir los ojos, parafraseando quizás a su manera al Colonel Kurtz (the horror..). Se puso de pie, se subió la bombacha, se bajó la pollera.
Lo terrible era el olor, el olor a mierda pura inundándonos como una maldición bíblica, como una mancha que no se iba a ir nunca más.
Entonces el ascensor se empezó a mover. Subió, tres pisos primero, y empezó a bajar. Me miró, aterrada. Se agarraba la cabeza con las manos, cómo escapar de lo que se venía.
–No pasa nada –dije–. Quedate tranquila.
Tenía, además de un par de carpetas, un diario doblado. Agarré con dos dedos las bolitas de mierda y las coloqué dentro del diario. Llegamos a planta baja, se abrieron las puertas. Había más gente abajo, esperando, preguntando si había vuelto la luz, si se podía subir por las escaleras, si había sido un atentado.
Salimos apurados, ella llegó a la calle y cruzó casi sin mirar, sin darse vuelta para saludarme. Me quedé en la puerta del edificio, prendí un cigarrillo. Dejé el diario arriba del capó de un auto. Me olvidé del escribano, me entraron ganas de desayunar en un bar cualquiera, café con leche, medialunas. Mirar por la ventana, la gente yendo de acá para allá.

30.8.16

Tan lejos del Tíbet


Tenés que tener cien dólares, para entender lo que tenés que entender, para poder hacer el experimento, hacen falta cien dólares. Así que tenés que tener cien dólares y estar dispuesto a gastarlos. Si no tenés cien dólares no sé, podés pedirlos prestados a un familiar, a un amigo. También podés robarlos. Si no tenés los cien dólares no se puede, quizás todavía no estés preparado, el conocimiento, como tantas otras cosas, exige un proceso madurativo, así podríamos denominarlo.
Tenés los cien dólares, entonces. Vas a una vinería, una casa donde venden, específicamente, alcohol. Hay dos o tres cadenas muy conocidas, tienen varios locales en todos los barrios de la ciudad. Están en los shoppings, también. Aunque sería conveniente que elijas un local a la calle.
Vas, más o menos bien vestido, entrás al local. Y pedís asesoramiento, siempre hay algún empleado que esté algo hinchado las pelotas pero más o menos bien predispuesto. Decís que querés un vino, y decís -esto es importante- el monto de dinero que pensás gastar. Es una suma de dinero importante para un vino, eso va a predisponer al vendedor aún más, de inmediato. Va a sonreír, el vendedor, se va a esmerar.
Luego de explicarte tal o cual atributo de la sugerencia, va a elegir el vino, el vendedor, vos decís ‘sí’, o ‘bueno’. Decís que estás de acuerdo.
Aquí se abren dos posibilidades. Podés pedirle, al vendedor, que ya te ha cobrado y se prepara para poner la botella en una simpática y a la vez resistente bolsa de papel, que lo abra. El vino, sí, claro. Se va a sorprender un poco, es inusual. Puede pensar que tenés un brindis en la oficina y no tienen sacacorchos, alguien cumple años, un ascenso, algo para festejar. Querés abrir el vino entonces, y volverlo a tapar. Es raro para un vino de semejante calidad.
También podés comprar el sacacorchos y abrir el vino vos.
Lo importante es abrir el vino, queda claro.
Entonces sostenés la botella como si estuvieras leyendo algo de la etiqueta. Das unos pocos pasos y salís, con el vino en la mano, del local.
Ahora sí, sin dudarlo ni por un instante, levantás el vino bien alto y das vuelta la botella. Dejás caer el líquido, te vaciás la botella, su totalidad, en la cabeza.El proceso puede demorar cinco segundos, en ningún caso más de nueve.
Eso es lo que hacés.
Te van a estar mirando un par de curiosos que pasaban justo por la calle, alguien puede intentar sacarte una foto con su telefonito celular de última generación que aún no ha terminado de pagar. El vendedor va a salir del local, asustado y confundido a la vez.
–¿Pero qué hacés? –te va a decir, con cierto temor a acercarse demasiado– ¿Te pasa algo?
Pero vos no decís nada. Lo importante es entender que todas las cosas se terminan. Lo bueno se acaba y nada más.

*hace no mucho escribí un texto parecido, la imagen, con una botella de gaseosa. ya sé, sí, te dije que ya sé. puede ser que haya quienes se repiten, eso le pasa otra gente. en mi caso, bueno, no puedo parar de mejorar.

24.8.16

Con vos es distinto


​Desayunábamos. Yo miraba por la ventana, ella escribía algo en su teléfono.
​–Siempre me subestimaron –dijo–. Cuando le dije a mis padres que me iba de viaje, que tenía la intención de recorrer Europa, de conocer el mundo. Mi padre me dijo que me buscara a alguien, cualquiera, si era un tipo grande mejor. Así tenía alguien que me mantuviera, para no morirme de hambre. Que tuviera un hijo. Cuando le dije a mi madre que quería estudiar, seguir una carrera universitaria, se rió. ‘Qué vas a estudiar vos’, dijo, ‘no te da la cabeza ni para hacer las compras’. Y así fue siempre. Mi primer marido se iba a la cancha y me decía ‘Vos cociná, burra. Si preparás algo rico quizás cuando vuelvo te echo un polvo. No servís para nada’. Mis amigas se anotaban en un curso de cine y no me avisaban. Decían que a mí me gustaban las películas de amor, los dramones. Nada de cine para pensar, no era para mí. En los trabajos, en las entrevistas de trabajo, el que me entrevistaba sonreía y negaba con la cabeza. Un movimiento apenas perceptible. El puesto no era para mí, nunca. Siempre había alguien mejor, más capacitado. Así fue toda mi vida, así fue siempre. Hasta que te conocí a vos. Vos me valorás, me tratás bien. Con vos es distinto Juan, no me siento subestimada.
​–Bueno –dije–, estás conmigo.

18.8.16

Clases de dolor


Mi amigo M. tocó el timbre, era domingo. Debían ser las diez de la mañana. Dijo que pasaba a saludar. Dijo que venía de correr. Me sorprendió un poco la verdad, mi amigo M. era un tipo de dos atados de cigarrillos diarios desde la adolescencia. Le gustaba la pizza, le gustaba el vino. Le gustaban las dos o tres cosas que le gustaban desde siempre y que lo hacían sentir bien.
–Mirá –me dijo, mientras le servía un café–. Correr es una experiencia repugnante. Cuando corro me duelen las plantas de los pies, no te olvides que yo tengo pies planos y que jamás usé plantillas. Por lo tanto, me duelen las plantas de los pies a cada paso que doy. Pero es mucho peor después. Al día siguiente, cuando tengo que bajar de la cama, es como si me hubieran estado martillando los talones, la sensación tan horrible de saber que para caminar, para llegar hasta el baño a hacer pis voy a tener que avanzar, y que cada paso que dé va a ser peor.
–Y me duelen los tobillos –dijo–. Yo tengo esguince crónico de tobillos, así que se me doblan los pies y se me hinchan los tobillos, es un dolor agudo, y la inflamación no se te va más. Me duelen las rodillas, desde ya. No te olvides que yo tengo sobrepeso por decirlo de una manera amable, las rodillas crujen y es casi una imposibilidad material, como si las rodillas estuvieran a punto de romperse ante la carga que deben soportar. Las rodillas parecen mirarme y decir ‘¿por qué nos hacés esto?’.
–Y se me jode todo el sistema –M. me pidió más agua–. Porque me agito mal, no sé, debo pasar las trescientas pulsaciones por minuto. En determinado momento ya no me late el corazón, me laten todos los órganos. Intento respirar pero es como si no me entrara el aire, o como si el aire no fuera suficiente. Quedo al borde de la extenuación, del desfallecimiento.
–Y decime entones –me senté en el sillón– ¿Para qué corrés?
–Es que cuando me pasa todo lo que te conté –dijo M.–, mientras me pasa todo eso, no puedo pensar.

12.8.16

Paréntesis creyente


Vi a Dios en los ojos de un bebé que miraba todo sin un solo concepto, la más pura presencia sin palabras.
Vi a Dios en una vagina apenas entreabierta, a la espera de aquello que la completa.
Vi a Dios en un plato de vermicelli tuco y pesto en el Pippo de la calle Montevideo, entre el queso rallado si sabías mirar, estaba el significado de la vida.
Vi a Dios a través de un vaso de whisky Johnnie Walker etiqueta verde y Dios era dulce y amargo a la vez y te daba una palmada sobre el hombro y te decía que todo iba a estar bien.
Vi a Dios en un perro que saltaba de la más pura alegría de verte y casi te hablaba con todo su perruno ser para decirte que estaba contento, sí, de verte a vos. A vos que jugabas a meterle la mano en la boca y tironearle de los dientes y por un momento él sabía, vos sabías también, que lo que estaban haciendo era la cosa más divertida del mundo.
Vi a Dios en el mar.
Vi a Dios en la pizza y en el café con leche y en la cerveza y en el vino y la vez que te abracé, que nos dimos ese beso. La vez que caminamos por la calle de la mano y la lluvia nos hacía compañía.
Así que es como dicen nomás, Dios está en todas las cosas.

6.8.16

Momento a momento, día a día


–Se ve que estaba fundido –dije, me paré bajo el umbral de la puerta de la cocina–. ¿Hace cuánto que estaba sonando el despertador?
Moni ya se había bañado, estaba en bombacha y remera, calentaba el café. Ni me miró. A la mañana estaba de mal humor, pero se le iba a lo largo del día. Como si a la mañana, los primeros cuarenta o cincuenta minutos de estar despierta, se le viniera encima todo lo que iba a tener que hacer hasta la noche. No le gustaba mucho su trabajo, pero a quién le gusta su trabajo. Quizás tampoco le gustaba mucho su cotidianeidad, por decirlo de algún modo, su vida.
Para la mujer tener hijos es un imperativo categórico, no importa las argumentales pavadas que pueda decir, a favor o en contra, al respecto. Tener un hijo justifica su precario paso por la tierra, además de permitirle tener donde volcar su existencial angustia. Tener un hijo mantiene a la mujer ocupada por quince años mínimo, y después, cuando recupera parte de la conciencia, ya está, ya es vieja. El tema se imponía cada vez más, entre nosotros, en cada pausa, en cada silencio. Qué íbamos a hacer con eso.
–No sabés lo que soñé –dije.
–Qué –dijo. Abrió la heladera, sacó la mermelada.
–Soñé que me perseguía un monstruo, algo horrible. Como si fuera una cucaracha pero gigante, más alto que yo. Y de pie, quiero decir, parado en dos patas. Le veía la panza, de un amarillo pálido con rayas negras, y movía las patas, varias patas como si fueran brazos, patas con dobleces y peludas, que terminaban en una especie de pinzas. Y corría rápido, la cucaracha, me perseguía.
–Bueno –dijo. Me sirvió café, se sentó, con sus galletitas–. Ya está, no es nada.
–No, pará –dije–. Después soñé que me caía, me caía de una torre muy alta, estaba fumando en un balcón y me empujaban. Yo caía, desde un piso cincuenta y siete. Caía y caía mirando el cielo, esperando el impacto que terminaría con mi vida y esa espera, justamente, era el más puro espanto. Una sensación tan angustiante.
–Bueno –dijo Moni. Tomé un sorbo de su té, pintó una galletita con mermelada, masticó–. Es un sueño muy común, la sensación de caída. Dura un par de segundos como mucho, está estudiado.
–Y después soñé algo más –probé el café. Estaba fuerte, estaba bien–. Soñé que me estaba cogiendo a tu amiga, a Miriam. Cogíamos y empezábamos a pensar cómo matarte, con veneno. Para poder seguir juntos, ella y yo. Así que ella tenía una amiga que trabajaba en una farmacia, y conseguía el veneno, para que yo te lo diera durante el desayuno. Estábamos enamorados como chicos, dispuestos a cualquier cosa.
Soltó la taza, Moni, hizo ruido cuando la dejó sobre el plato. Escupió unas miguitas mientras hablaba.
–Los sueños tienen mucho significado, Juan. Lo que me decís es muy grave.

30.7.16

Sanito


Si querés dejar de comer, la única forma de dejar de comer, es empezar a beber. Si querés dejar de estar todo el día pensando en clavarte una tira de asado con papas fritas a la provenzal, y de entrada quizás un chorizo y una morcilla, por qué no, o una porción de riñones y una provoleta. Flan con dulce de leche, potente como un misil, de postre. Y un plato de ravioles, a la noche, con tuco, con albóndigas, con queso rallado, un manjar.
Si querés dejar de beber, la única forma de dejar de beber, es empezar a fumar. Si querés dejar de ir todas las tardes a la salida del trabajo a tomarte un litro de cerveza y dos o tres whiskys, o limpiarte un tubo de vino durante la cena. Y después un par de fernets pero como bajativo, para limpiar. O sino coñac.
Si querés dejar de fumar, la única forma de dejar de fumar, es volverse sano. Si querés dejar de prender un cigarrillo ni bien te despertás, otro mientras esperás que se caliente el agua para el mate. Y un cigarrillo justo antes que venga el colectivo, otro apenas te bajás, otro después de almorzar, y otro más.
De sólido a líquido de líquido a gaseoso y de gaseoso a la nada misma. Eso sos vos, sin vicios, un aparato psicosomático que paga impuestos y se lava los dientes. Nada para contar, no existís.

24.7.16

Un paseo por la montaña sagrada


Cuenta la leyenda una situación, podemos llamarlo anécdota si querés, pero que tiene pinceladas de semblanza, de mensaje.
Estaba el inapelable sabio, el sagrado gurú de la India, quizás el más venerado de todos y con razón, capaz de transmitir la beatitud misma a través del silencio, por el mero poder de su presencia.
Vivía el santo junto a la montaña sagrada a la cual había llegado siendo un adolescente y de la cual ya no se apartaría a lo largo de toda su vida. Se limitaba a ser, a estar presente durante todo el día, mientras miles de fieles de todas partes del mundo iban con el único objeto de verlo aunque fuera un instante, sentir su luz. Se cuentan historias, milagros, y están los diálogos traducidos para quienes deseen saber lo que allí ocurría, de qué se hablaba. Cada palabra de aquel hombre era una perla, la más pura luz que iluminaba el camino. Y la mirada de ese hombre puede verse en algunos retratos, parecía contener todo lo bueno de este mundo.
Dentro de su rutina, el hombre se levantaba tempranísimo para dirigir y ocuparse de las tareas de la cocina. Minucioso y excelente cocinero, atento a cada detalle de las comidas que se servían, a todos por igual, en el ashram.
La otra actividad que se permitía, una vez al día, era un paseo. Una caminata, por la mañana, alrededor de su sagrada montaña. A eso quería llegar.
En uno de sus matinales paseos, volvía el sabio cuando vio la siguiente escena. Era la temporada de lluvias y a orillas de una pequeña laguna había un sapo siendo devorado por una serpiente. Se detuvo un instante a observar. La serpiente había logrado atrapar al sapo, y lo había engullido hasta la mitad. Pero, parecía haberse atragantado, no poder concluir la faena. Mientras el sapo, preso e inmovilizado, continuaba aún con vida. Con esa muda desesperación que suelen tener los animales ante situaciones de carácter definitivo.
¿Qué hacer? No podía matar a la serpiente, el sabio, porque sabía que lo sagrado habitaba en todas las cosas. Y además, la serpiente había hecho lo que estaba en su instinto, proveerse de alimento. Tampoco podía el sabio liberar al sapo. Si lo liberaba, el sapo, ya comido hasta la mitad, tampoco sobreviviría.
Decidió entonces seguir con su camino, el gurú. Dejar que las cosas fueran resueltas por la naturaleza.
Ahora bien. Cuando llegué a casa el martes del trabajo, bastante más temprano que de costumbre, y te encontré boca abajo con mi mejor amigo encima, rompiéndote el orto con toda seguridad, tal suele ser tu afición querida Mónica, como tanto te gusta. La verdad que pensé por un instante, si matar a mi mejor amigo de un botellazo en la cabeza, o si gritar e intentar separarte de algún modo, pero se me antojó que no sólo no mostrabas excesivos deseos de ser liberada, sino que estabas siendo, como podía apreciarse, intensamente bien cogida. ¿Qué hacer?
Así que les saqué una foto con mi teléfono celular y se la envié a tus familiares y seres queridos, a todos los que te conocen podríamos decir, a vos, querida Mónica, y a él, que también es casado.
Porque yo seré un pelotudo desde ya, un cornudo, lo que ustedes quieran. Pero nunca me sentí un gurú, un santo.

18.7.16

La pasamos bien juntos


Habíamos dejado de salir hacía más de dos meses. Me llamó, me pidió que pasara a verla. Tenía un regio departamentito por Núñez, Mariana, en una calle tranquila. Cómodo y moderno, le gustaba la decoración. Contrafrente abierto, daba a los jardines de una torre. Con cochera.
Era viernes, eran las ocho de la noche.
–Hola –dije. Me hizo pasar.
–Hola, Juan –Estaba en camisón, aunque no era, técnicamente, un camisón. Un remerón largo de algodón que se le pegaba al cuerpo y le marcaba el elástico de la bombacha. No tenía corpiño y no lo necesitaba. Unas deliciosas tetitas pequeñas y firmes.
–Hola, Mariana –dije, decidí sentarme en el sillón–. Me llamaste, no sé. Nosotros, bueno…
–¡Me dijiste que te podía llamar cuando quiera! –Estalló, Mariana. Estaba ojerosa, moqueaba– ¡Me dijiste que te podía llamar si necesitaba algo!
–Sí –dije, me senté–. Sí.
–¡Ya sé que no salimos más, ya lo sé! –se sonó los mocos, fue a la cocina– ¡Me dijiste que te podía llamar! –Vino de la cocina, volvió con un vaso de agua. Para ella.
–Ya te dije que sí. Acá estoy.
–Necesito que me ayudes, Juan –Se sacó el pelo, su fantástico y desordenado pelo, de la cara–. Para eso te llamé.
No dije nada, no había nada para decir. Suspiré. Hubiera pagado por un whisky, pero si me tomaba un whisky me iban a venir las ganas de coger. Y no debía cogerla, ya no.
–Me voy a matar, Juan.
–Bueno –dije. Ya no estaba para ciertas boludeces, adolescentes efervescencias en una mina grande–. Te felicito.
–No entendés –se paró, abrió un cajón, sacó un .38 corto, pesado, contundente. Por un momento pareció que me apuntaba pero no. Lo apoyó junto a ella, en el sillón donde estaba sentada–. Necesito que me ayudes.
–¿Qué? –no podía quitar la vista del arma, como si se tratara de un animalito que pudiera treparse y atacar en cualquier momento– ¿A qué?
–Sí, que me ayudes. A matarme.
–Eso –siguió–. Me quiero matar, no quiero vivir más. Y vos tenés la culpa, así que prefiero que estés presente. Y más aún, que me mates vos.
–Sabés que no voy a hacer eso.
–¡Vos me dijiste que me ibas a ayudar con lo que necesite! –levantó el arma, se apuntó, de abajo hacia arriba, apoyando el caño del revólver debajo del mentón. Después cambió de posición, le resultaba más cómodo para seguir hablando, apuntarse a la sien.
–No –dije. No sabía qué decir. Le colgaba un hilo de baba. Se notaba que estaba empastillada. Traté de pensar. ¿Cuál era el teléfono de emergencias? ¿911? ¿107? ¿314? ¿Llamar al portero del edificio, a un familiar? ¿Y qué le digo a la policía? ¿Qué me invitó a cenar y se terminó pegando un balazo? Infinitos quilombos como nubes tapando el cielo, todo mal.
–Sí, Juan –se compuso un poco, Mariana, pero seguía con la pistola en la sien–. Te quise mucho, la pasamos bien juntos, y me rompiste el corazón. Quiero que estés así, enfrente mío, mientras me pego un tiro. Quiero irme viendo tu cara, hace como una semana que no duermo. Estoy tan cansada, Juan. Pero ya está todo decidido, ya estás acá.
Pensé en decir no, pero era un no muy genérico, un no que representaba tantos nos, todo lo que no me había salido durante tantos años. Si trataba de saltar y quitarle el arma podía ser peor. Se llegaba a pegar un tiro conmigo ahí, forcejeando, quién me iba a creer que yo sólo quería ayudar.
Me puse cómodo. Era claro que la cosa iba en serio. Me hizo acordar cuando jugaba al ajedrez y de pronto, en medio de una partida, tenías la certeza que estabas perdiendo. Que no ibas a poder zafar. Le pasa a los boxeadores también, cuando sonríen.
Aflojé los brazos sin dejar de mirarla. Intenté respirar, tan solo eso y ni siquiera eso, dejar que la respiración ocurriera. No pensar.
–¿Qué vas a hacer? –dijo Mariana.
–¿Eh? –me acomodé en el sillón– ¿Cuándo?
–Ahora –se apretaba el caño del revólver contra la sien–. Después que me mate.
–Nada –dije–. No sé.
–¿Y si no me mato? –me miraba, desafiante–. Si no me mato qué ibas a hacer.
–Iba a salir –dije–. A cenar.
–¿Con una mina, no? –Se palmeó un muslo–. Seguro que con una mina.
–Sí, con una mina.
–¿Es más linda que yo? –Se puso de pie, Mariana, de perfil. Se puso una mano sobre la inexistente panza para que yo pudiera apreciar.
–No sé, Mariana. Me gusta.
–¿Y es más joven, no? –me miró, de frente, con las piernas algo separadas, como si me estuviera apuntando con la cresta de la vagina–. Seguro que es más joven.
–Sí –dije–. No mucho, unos años.
–¡Yo sabía! –dijo, volvió a sentarse– Yo sabía. ¿De dónde es, del laburo? Seguro que es del laburo, que tipo de mierda que sos, Juan.
Había bajado el arma porque le pesaba. Me apuntaba desde abajo, con el arma apenas torcida. El dedo en el gatillo, siempre.
–Sabés qué –dijo Mariana–. No me voy a matar un carajo, Juan. El lunes voy a ir a tu laburo así conozco a la tipa. Quiero ver si es más flaca que yo, si está más buena que yo. No creo que te hayan chupado la pija como yo, Juan –se rió, por un momento, recordando algo–. Quiero ver qué carita tiene esa pelotuda. Yo veo la cara de una mujer y me doy cuenta al toque si la sabe chupar o no. No creo que consigas gran cosa, Juan. Fui lo mejorcito que tuviste en la puta vida. Ahora te podés ir, andá tranquilo.

12.7.16

Martín va al psicólogo


Cuando a Martín se le murió el hermano lo mandaron al psicólogo.
Eran muy jóvenes, demasiado jóvenes, los dos. El hermano de Martín, y Martín. El hermano tenía quince años cuando se le desató un cáncer fulminante que lo devoró en tres meses. No hubo nada que hacer, algo que le masticaba la sangre mientras Martín veía a su hermano ponerse amarillo y gris y achicarse hasta desaparecer.
Martín tenía dos años menos que su hermano. Su madre, que lo vio devastado, se preocupó en medio de su tan propio como inconcebible dolor, y decidió que Martín tenía que ir a un psicólogo. Una amiga le recomendó un extraordinario profesional.
Allá fue obligado Martín, a su primera sesión. Se sentó en un sillón individual de cuero color borravino.
El psicólogo, que había conversado previamente con la madre de Martín, le preguntó a Martín si quería decir algo, cómo se sentía en relación a lo que había ocurrido.
–Estoy decepcionado con la vida –dijo Martín. Después hizo silencio, no dijo nada más.
Al día siguiente el psicólogo llamó a la mamá de Martín. Le dijo que Martín no necesitaba tratamiento. De algún modo Martín seguiría adelante con sus cosas.
Al poco tiempo el psicólogo dejó la profesión. Se fue a vivir a un departamentito que había quedado de sus padres, en Necochea. Su idea era poner un bar pero no encontró el local adecuado, le complicaron la habilitación. Terminó poniendo una pequeña rotisería a dos cuadras del centro. Comida casera, para llevar.

6.7.16

Una suerte de memoria


El otro día vi un documental, o quizás no era un documental, quizás era una entrevista. Por televisión, sí, por televisión. Cuando llego a casa no tengo un pomo para hacer y prendo la televisión. No, qué escribir, escribir no sirve para nada, hace tiempo que no escribo.
El asunto. Hablaba, entrevistaban a un entrenador de tenis. No sé el nombre del tipo, tampoco sé nada de tenis. En mi vida toqué una raqueta, pero puedo mirar los grandes torneos, no sé, ver a dos tipos corriendo, esforzándose por pasar la pelotita del otro lado. Se escuchan aplausos, enfocan las tribunas, hay bellísimas mujeres, hombres con lentes oscuros y gorritas. Gente que parece estar pasándola bien.
Sigo. El entrenador contaba que determinado jugador experimentaba una excesiva contracción en el momento de impactar la pelota. El jugador anticipaba aunque fuera una décima de segundo el impacto, y su cuerpo se contraía. Su cuello, sus hombros, todos su ser. Y eso le quitaba la necesaria fluidez a su ‘swing’. No podía desarrollar la plenitud del movimiento para pegar con la soltura necesaria. Y era esa diferencia lo que le impedía, al jugador, lo que le dificultaba estar en lo más alto del mundo.
Entonces el entrenador había ideado un método. Le daba al jugador una raqueta sin cuerdas. Y lo ponía a entrenar, con alguien o con una máquina que le lanzara mil pelotas. Y el jugador debía correr a impactar la pelota, como de costumbre. Pero no la impactaba desde ya, porque la raqueta, su raqueta, por decirlo de algún modo estaba vacía. El jugador corría, llegaba, hacía su golpe, y la pelota lo atravesaba, la pelota pasaba de largo. Repetir ese ejercicio, golpear en el vacío cinco mil pelotas por día, iba dejando una suerte de memoria en el cuerpo del jugador, su cuerpo de algún modo se reprogramaba. No había impacto, no había contracción que dañara su juego.
Luego, cuando el jugador jugaba de verdad, su cuerpo reprogramado no experimentaba la contracción que solía arruinar su performance.
Quedé maravillado con la explicación del problema y el método utilizado para corregirlo. Notable y sutil.
Yo desde hace un tiempo me pajeo de la siguiente manera. Meto la japi en una bolsa de papel madera, o en una bolsa de supermercado. Hago algunos movimientos, cierro los ojos, intento eyacular. No, qué carajo tiene que ver con el tenis, es que tenés la vagina excesivamente amplia. Intento acostumbrarme.

*alguna persona cargada de mala intención podría desde ya aducir que en lugar de una vagina excesivamente amplia, bien podría tratarse, el problema, la cuestión, de un pito excesivamente pequeño. pero no, no es el caso.

30.6.16

Alma humana


Ese viaje en avión venía mal desde el vamos. Tardé en llegar al aeropuerto, había una maratón que cortaba la ciudad en treinta y siete pedazos. Domingo, ocho de la mañana, y a la gente se le daba por correr. Bajo la lluvia, además. Desesperaciones.
A mitad de camino, en la ruta, un corte. Gente que reclamaba que los habían dejado sin luz por dos o tres días. La idea desde hacía tiempo en nuestro amado país, era buscar el mal común. Cuando a un grupo de personas les sucedía una contrariedad, les sucedía un incordio, la natural y exquisita reacción era intentar por todos los medios que a otros, a otro grupo de personas, les sucediera algo todavía peor. El mal ajeno siempre es un consuelo, todo el mundo sabía que no se trataba de pedir soluciones. Nadie iba a solucionar nada, jamás.
Logré llegar a Ezeiza y ahí me enteré que el vuelo salía con demora. Por el clima, por un desperfecto técnico, por algo.
Despaché mi valija y me fui a desayunar, me compré una revista. Decidí tomármelo con calma.
A las tres horas nos dejaron subir al avión. Ahí sí, otra vez, a los diez minutos una azafata nos avisó que había una demora, que debíamos permanecer sentados.
–¡Nooo! –gritó un tipo que estaba dos filas delante mío– ¡Déjenme bajar! ¡Nos vamos a morir todos! ¡Déjenme bajar!
Intentaron calmarlo pero era difícil. Tiró a una azafata al piso de un empujón. La gente gritaba. Una mujer se puso a llorar de los nervios.
–¡Es una señal! –El hombre había logrado avanzar, intentando entrar a la cabina. Tenía tomado al piloto, que justo se había asomado para ver qué pasaba, del cuello–. ¡Es el fin del mundo, el apocalipsis! ¡Déjenme bajar!
Me puse de pie. Me acerqué al hombre, desde atrás. Le hablé al oído.
–Ahora cuando sirvan la comida te doy mi porción –dije–. Y podés tomar toda la cerveza que quieras. Lo arreglé con la azafata.
El hombre soltó al piloto y volvió a su asiento. Se puso el cinturón de seguridad, se quedó muy quieto.
Hace tiempo que el imperativo categórico del ser humano es conseguir algo gratis. Lo demás es anécdota.

24.6.16

La mañana tan perfecta


Tengo un amigo, del reducido grupo de amigos que tengo, quizás debiera decir ‘tenemos’. O mejor todavía ‘somos’. Pero tampoco es eso lo que quiero decir, qué importa si ‘somos’ o ‘tenemos’, somos tres amigos, cuatro como mucho. Nos vemos cada tanto.
Uno de mis amigos, M., tiene mucho dinero. Es un prestigioso abogado, anda en automóviles alemanes, sale con pibas jovencitas. Está divorciado, le gusta el surf.
Me invitó, M., a mí y a los otros dos, a pasar unos días a su casa en Punta del Este. M. tiene un departamento por la parada quince, frente al mar. Primeros días de Diciembre, muy poca gente, sólo sentarse en ese balcón a tomar un café y volvés a sentir que la vida tiene algún sentido. No te digo un propósito, pero sí un sentido. Sentías que se te volvían a cargar las gastadas pilas del alma.
Me levanto muy temprano, porque sí, la inercia de tantos pero tantos años de oficina. Se me ocurrió bajar a caminar un poco por la playa.
Fui, eran las ocho de la mañana como mucho. La Mansa con el agua planchada, el sol empezando a calentar. Tuve gana de nadar. Olvidé decir que no sólo sé nadar, sino que durante buenos diez años fui jugador de waterpolo. O sea, me siento más que cómodo en el agua. Alguna vez fue mi elemento, después mi elemento pasó a ser el whisky, pero me estoy yendo de tema.
Me metí, ni siquiera demasiado fría. Empecé a bracear. Grandes y pausadas brazadas traccionando el agua, avanzando sin dificultades. Levanté la cabeza. Me sentí ágil, vigoroso, parte de la naturaleza. Se me ocurrió que podía llegar nadando hasta enfrente, hasta la isla Gorriti, sin problemas. Debían ser un par de kilómetros, no más que eso. Cuando entrenaba podía nadar cinco kilómetros día por medio. Pan comido.
No pensé más, ni la distancia, ni que estaba solo, ni en si podía haber rayas o tiburones. Bajé la cabeza y nadé. Nadé y nadé. El agua y yo, se sentía tan bien.
Nadé un rato largo. Como cuando hacía fondo, sería el equivalente de trotar, en caso que uno hubiera elegido, en lugar de nadar, correr. Debo haber nadado, recto hacia el horizonte, veinte minutos. Media hora. El agua tan quieta, el sol, la mañana tan perfecta.
Me pareció que se me estaba por acalambrar una pantorrilla, la pantorrilla izquierda, pero no. Apenas un tironcito sin importancia, seguí.
Al rato paré, estaba agitado, flotar en aguas abiertas es todavía más fácil que flotar en una pileta. Respiré.
Entonces me di cuenta. Estaba como mucho a mitad de camino. O un poco más de la mitad. Llevaba nadando no sé, cuarenta o cincuenta minutos. No tenía reloj, había perdido la noción del tiempo.
Y me di cuenta. Me di cuenta que no daba más, no tenía más fuerzas. Supe con absoluta claridad que no iba a poder llegar hasta el otro lado. Y supe también que no iba a poder volver.
Me di cuenta que eso, lo que me estaba pasando. Justamente eso era mi vida.

18.6.16

Algo que no dicen los libros de autoayuda


A veces concurro a lo de alguna prostituta, preferentemente por el centro, aunque puede ser por barrio norte también, o recoleta. Lo más bien.
Voy, saludo, y negocio un rato. La chica me explica el tarifario. Son mujeres que conocen su oficio, saben lo que tienen que hacer y cómo, han aprendido a sobrevivir a lo largo de los años.
Pero no, no es eso lo que quiero. No vine a coger, por quién me toman.
Le pido a la mujer, por ejemplo, que me chupe el dedo gordo de mi pie izquierdo, como si fuera, mi dedo, una poronga, sí como no, pero más que nada la parte de abajo, donde mi dedo apoya con el piso y se ha ido formando a lo largo de los años ese horrible callo.
O puede que le pida a la mujer que se meta un turrón Namur, que he comprado en un kiosco cualquiera. Que se meta el turrón en el culo (sin el envoltorio, qué les pasa), bien adentro. Y que luego se suba, con el turrón asomando de su culo apenas, a una mesa. Y que cante una canción. Cualquier canción, de la que se acuerde más o menos la letra.
A veces le pido a la mujer que se vacíe una Coca Cola de dos litros en la cabeza, y se quede así, de pie en la bañera, por un par de minutos, mientras la Coca Cola se seca. Y la mujer me mira, toda pegoteada, con ganas de preguntar cómo sigue, qué más tiene que hacer. Pero no sigue de ninguna manera, no tiene que hacer más nada.
En una oportunidad la prostituta tenía un pequeño perro, un bulldog francés llamado ‘Bruno’. Le pedí que lo masturbara, al perro, que le hiciera una paja. Negociamos la tarifa un buen rato, con ella, el perro no pidió nada.
Ver qué sería capaz de hacer una persona por dinero es una experiencia de lo más gratificante.

12.6.16

Crux


Me hubiera gustado ser alguien capaz de arreglar algo. Nada más, eso es todo lo que me hubiera gustado ser.
Alguien capaz de arreglar un calefón, por ejemplo, que no da agua caliente, que no anda. Y hacerlo dar agua caliente, hacerlo andar.
Alguien capaz de arreglar un automóvil. Un automóvil al que se le pinchó una rueda en medio de la ruta. Bajarme del automóvil, muy despacio, quizás con una mueca de ínfima contrariedad, apenas. Encender un cigarrillo, dar dos o tres pitadas. Cambiar la rueda, se hace de noche, sacudirme un poco las manos. Y seguir.
Alguien capaz de arreglar el juguete de un niño, un avión o un robot, poner algo en su lugar y ver al niño sonreír otra vez porque el mundo, su mundo, se ha ordenado.
Me hubiera gustado pasar por la tierra arreglando cosas, grandes o pequeñas, importantes o ínfimas, pero arreglar cosas, cualquier cosa, algo.
Y no ser este animal torpe y absurdo que no puede parar de escribir, esta bestia sin alma que lo único que sabe es escribir. Y que de tanto escribir te va arreglando la vida, claro.

6.6.16

Boomerang


La historia es, más o menos, siempre más o menos, así.
Iba a visitar a mi madre los domingos. Mi madre había enviudado, lo que equivalía a decir que mi padre había muerto. Los domingos pasaba a verla, a mi madre, a almorzar por decirlo de algún modo, porque mi madre jamás había cocinado en toda su vida. No le interesaba cocinar, mucho menos comer, pero tenía otras virtudes.
El asunto es que a la vuelta de la casa de mi madre había un mendigo. No, ya sé, en todos lados hay mendigos, pero quizás porque era domingo, quizás porque me acordaba de mi padre, me entraban ganas de hacer algo bien, de disculparme con él de algún modo por mi estúpida vida, no sé. Le daba, al mendigo, dinero. Domingo a domingo. Me saludaba el hombre, parecía contento de verme como si fuera un perro que no puede creer la suerte que tiene y salta de contento, hablábamos un par de palabras. Me contó una catarata más o menos inconexa de tragedias que lo habían llevado hasta ahí, me contó la muerte de su hija, me contó que tenía sida, me contó que lo había atropellado un auto.
Yo le llevaba alfajores o bizcochitos, ropa de abrigo para el invierno, y hasta le conseguí unos medicamentos para el asma que le habían recetado y no podía comprar. Yo ni siquiera le contaba a nadie lo que hacía, no sacaba chapa de buen tipo. Me hacía bien ayudarlo, a mí.
Iba los domingos, cerca del mediodía, le daba comida y algo de dinero, ropa, hablábamos un rato. Y me iba. Nada más. Sentía que justificaba mi domingo y quizás mi precario paso por la tierra. Mi vida.
Mi madre vive cerca del jardín botánico, olvidé mencionar eso.
El asunto fue que tenía que hacer un depósito en una cuenta bancaria para que no me la cerraran, y yo estaba justo cerca de Santa Fe y Scalabrini Ortiz porque había ido a retirar unos análisis de sangre. Suelo estar por el centro, de lunes a viernes, así es mi vida, esa es mi rutina.
Se me ocurrió hacer el depósito en la sucursal del banco que estaba ahí nomás, sobre Santa Fe.
Falta poco, sigo.
Entré al banco, poca gente, una pequeña fila. Y no va que entran a robar. Como en las películas. Se queda uno en la puerta, tres adentro. Sacan pistolas y una escopeta de caño recortado, gritan.
–¡Al suelo, al suelo todos, no es con ustedes, no sean boludos!
Una señora se desmayó del susto. Le habían dado un culatazo al guardia de seguridad, quedó sentado, apoyado contra la pared, chorreando sangre sobre la desteñida alfombra.
Agarraron al gerente de la sucursal y lo zamarrearon un poco para que abriera la puerta del tesoro. Sabían que era el día de pago de jubilaciones y no sé qué más. Había guita.
Entonces levanto la cabeza y lo veo. Uno de los ladrones era el mendigo. El mendigo al que venía viendo hacía casi un año, todos los domingos. El mendigo al que le había comprado remedios, el mendigo que me había abrazado llorando mientras me mostraba una foto de su pequeña hija muerta.
Me reconoció al toque, como si se encontrara con un compañero del colegio. Sonrió apenas, me hizo un gesto abriendo los brazos, como diciendo ‘qué querés que haga, es la vida’. Y asintió, también, bajó por un instante la vista sin dejar de sonreír, parecía darme una indicación. Como si me dijera ‘chito, no digas nada, vos quedate piola’.
Entonces miró a uno de sus compañeros y le dijo:
–Ese forro me conoce, matalo.