20.5.12

El origen del universo y algunas otras cuestiones

         La gente sigue con lo mismo, siempre con lo mismo. Vas a cualquier parte y la gente quiere saber cuál fue el origen del universo, la gente mira programas de televisión donde se habla del big bang, de los agujeros negros. Te metés en cualquier conversación y alguien dice que hay vida en Marte, que encontraron un microbio tomando un vaso de Fanta en Urano, que descubrieron una mancha de pis contra un zócalo, en Venus. La gente va y te tira de una que hay vida después de la muerte, que existe la reencarnación, que de acuerdo a cómo te comportaste en esta vida podés reencarnar en Michelle Pfeiffer o en una cebra, que existe algo superior, una fuerza, una pelota de cósmica energía, llamalo Dios, llamalo como quieras, hay algo más.
         A mí me suele preocupar por qué carajo no encuentro el queso rallado cuando ya casi están los ravioles, cuánto me va a costar pasar una semana fuera de temporada frente al mar, si voy a volver a coger con esa gordita tan macanuda que conocí el domingo en el supermercado. El discreto encanto de lo superficial.

15.5.12

Polvo al polvo

Parecés una mujer ecléctica y variopinta, tirando a extraviada.
Parecés una mujer elocuente y estentórea, tirando al ridículo.
Parecés una mujer circunspecta y reflexiva, tirando a banal.
Parecés una mujer enigmática y misteriosa, tirando a inconexa.
Parecés una mujer melancólica y emotiva, tirando a retriste.
Parecés una mujer rebuscada e instruida en las lides del amor, tirando a sequita.
Parecés una mujer perfecta para compartir una vida, tirando a media hora, cuarenta minutos.

10.5.12

Venías mal

         Yo sé que te parece que soy genial, la forma en que revuelvo el café con leche, cómo miro por la ventana, la manera en que me compro en el kiosco un alfajor o cigarrillos. Pero es que vos venías acostumbrada a tipos con severas dificultades expresivas, tipos que sueñan con ir al obelisco a festejar cuando Argentina salga campeón de algo, de cualquier cosa, campeón panamericano de bochas, o cuando el país reciba una medalla por haber fabricado el sánguche de milanesa más largo del mundo, lo mismo da.
         Yo sé que no podés creer que te coja así, no podés creer que a alguien le interese hacerte acabar como si soltaras un plato de sopa que estuviste cocinando durante tanto tiempo, que le cuentes, estupefacta, a una amiga, que jamás pensaste que podía existir la imaginación horizontal, que nunca pensaste que te iban a hacer, y que te iba a gustar, y que harías, cosas así. Pero es que vos venías muy mal cogida, tres noviecitos en la adolescencia, un fastidiado marido. Semanales polvos de cinco o siete minutos con la luz apagada, mejor no mirar demasiado, mejor pensar en otra cosa, ya pasa.
         Yo sé que te resulta increíble las cosas que hablamos, las cosas que se me ocurren, lo que estuve pensando, el sentido del humor, cosas que jamás se te habían pasado por la cabeza. Pero es que vos venías de estar con tipos que creen que un libro  es algo que vino con el estante donde por lo general también vienen otras cosas, tipos que te pidieron para su cumpleaños una camiseta de San Lorenzo o quizás la Playstation, una vez un muchacho te invitó a su domicilio y vos le preguntaste dónde tenía la biblioteca y el pibe te dijo que coleccionaba autitos matchbox y se rió y vos te reíste también, para acompañar.
         Yo sé que para vos soy un tipo inteligente, pijudo, con sentido del humor, brillante en un sentido amplio del término, lo mejor que te pasó en la vida, seguro. Pero es que justamente no te había pasado nada de nada, no es culpa mía, no tenés con quién comparar.

5.5.12

Se contará en Kyoto

        Últimamente, todo lo que me pasa, me pasa en una pizzería. Sé que está mal, sé que me deberían pasar otras cosas, pero no me pasa más nada. Me vas a tener que disculpar.
         Una vez por semana me encuentro con mi amigo JM, a comer pizza. La pizzería puede cambiar, una vez por semestre, el sabor de la pizza puede cambiar, cada tres meses. Sin demasiadas explicaciones, sin causa.
         Nos encontramos en El Cuartito, chica de fugazzeta, Quilmes Imperial (una vuelta a los orígenes, a las fuentes), dos porciones de fainá.
         A veces charlamos un poco, generalidades. A veces ninguno de los dos dice nada y está bien igual.
         Lo bueno de esos lugares, lo que equivale a decir lo único bueno de la Argentina, son esas tres o cinco pizzerías con la lumínica potencia de La Meca o de Jerusalém, Tierra Santa. Se reúnen allí turistas alemanes, obreros de la construcción, ladrones, prostitutas, estudiantes de filosofía, locos, tristes, solos, terroristas chechenos, familias disfuncionales enteras. A comer pizza, esa pizza, que sana, y que salva, amén.
         Es bueno estar ahí. El resto del país se fue a la mierda, el resto del país quizás ya no vale nada. Quedate con los glaciares y con las cataratas, quedate con los indios wichis y la fiesta de la vendimia y el carnaval de Gualeguaychú y el Canal de Beagle, también. Dejame esas tres o cinco pizzerías, ahí está la patria. El resto del país te lo podés meter bien en el culo, te lo quería decir.
         Estamos con JM, entonces, comiendo la chica de fugazzeta. Pedimos otra Quilmes Imperial.
         El lugar está ocupado, como siempre, lleno total. Mucho movimiento y ruido de cubiertos, carcajadas, algún grito, gente que entra, gente que sale, gente que no sabe si salir o entrar.
         Hay una mesa, con japoneses. Dos japonesas, dos japoneses, dos chicas, dos muchachos, aunque sea bastante difícil, por los modos, por las formas, definir su sexualidad. Se nota que es la primera vez que vienen al lugar. Han dudado mucho a la hora de elegir del menú, miran las paredes cubiertas de afiches que recuerdan épicos combates de boxeo, la carita de Tommy Hearns después de romperle la boca a Pipino Cuevas en una pelea que debería mostrarse en las escuelas primarias, en alguna clase de formación moral y cívica, una foto de Maradona cuando nos hizo creer que la Argentina tenía alguna posibilidad, el afiche de la legendaria Leonard versus Lalonde de la cual hasta Nietzsche se hubiera sentido orgulloso, una camiseta firmada por alguien, por algún jugador de algo.
         Les traen el pedido, a los japoneses. Dos pizzas chicas, iban a pedir dos grandes pero los salvó el mozo de pedir el triple de lo que serán capaces de comer. Una de muzzarella, una de anchoas. Toman Warsteiner de a pequeños sorbitos.
         Se sacan fotos. Uno de los chicos, delgado como un alambre, tiene una cámara digital, un rectángulo ultradelgado, un artefacto de lo más moderno, como una servilleta de metal. Fotografía a sus acompañantes, primero, con un tenedor o con un vaso en la mano, a las paredes después. No sabe qué hacer con su alma, está contento pero no le enseñaron cómo manifestar su alegría. Desea fotografiar.
         Fotografía la pizza, sí, la pizza. Muy de cerca. No puede creer lo que ve, una deliciosa columna de humo sobre la casi chorreante muzzarella. Se asoma, el ponja, sobre la pizza, como si se tratara del Vesubio, como si estuviera contemplando por vez primera las entrañas de la tierra, el enigma que quizás buscaron toda su vida sus ancestros en algún monasterio zen.
         Sucede algo. Alguien se levanta, para irse, y pasa por detrás del japonés. Lo golpea, sin intención, con el movimiento de una cadera al querer pasar de perfil entre los respaldos de dos sillas que están muy juntas. Lo golpea entonces, decía, apenas, en la espalda.
         El golpecito lo sorprende quizás, lo toma desprevenido, y se le cae la camarita de siete mil dólares. Sobre la pizza. De muzzarella. Es un hundimiento comparable al del Titanic. La camarita se hunde, muy lentamente, pero también literalmente (y es justo lo que yo quiero decir, aunque odie esta manera de adjetivar), la muzzarella se encuentra en punto de fisión. Desaparece la cámara ante los azorados ojos de los cuatro japoneses. La cámara es comida por una volcánica lava de muzzarella mientras los japoneses no saben qué hacer, cómo proceder ante la manifestación de las más profundas fuerzas de la naturaleza, así que no hacen nada.
         Japón es una poderosa nación, logró sobreponerse a la bomba atómica, su pueblo es abnegado y laborioso, poseen notables conocimientos en el campo de la tecnología, tienen una desarrollada industria pesquera y automotriz.
         Pero nosotros tenemos la pizza, la pizza y unas tremendas ganas de reírnos, de pasarla bien a pesar que todo nos sale para el culo, que ya no tenemos ninguna oportunidad como país, que fracasamos y lo volveremos a hacer todas las veces que haga falta. Hasta que no quede nada, hasta que nos borren del TEG.
         Meto dos dedos en la pizza, hurgo en la pizza como si mis dedos índice y mayor fueran un espéculo, recupero la cámara, estirándome un poco, desde mi mesa, que es la mesa de al lado.
         –Tomá, che –limpio la cámara con una servilleta de papel–. Probala, capaz que todavía anda. Aguante Mishima, loco. 

30.4.12

Es la muerte

         De pronto abrí los ojos. Sentí un súbito escalofrío, no sé, como si se hubiera abierto una ventana, una contracción, un principio de calambre en dos, no, tres dedos de mi pie derecho. El meñique, el meñique de mi pie derecho diciéndome, gritando, con abrumadora claridad, que ya no tenía nada que ver conmigo. Un golpe de estado de una facción de mi cuerpo. Susto, rebeldía. 
         Abrí los ojos, dije, y ahí estaba. Tanto tiempo, tan temida. La parca, la muerte, como quieran llamarla. Apoyada contra el marco de la puerta, vestida apenas con una sábana blanca. Algo excedida de peso, por cierto, los pelos apuntando en todas direcciones, peinada tal vez en alguna peluquería entre el cielo y el infierno. Desprolija, como si la muerte, al llegar mi hora, hubiera decidido venir a buscarme en motocicleta. Lucía embotada y ojerosa, sus movimientos eran lentos, muy lentos, como si supiera que tenía todo el tiempo del mundo, respiraba con dificultad, con una mano sobre la panza. Algo en su mirada denotaba fastidio, la eterna tarea, ingrata quizás, repetitiva. Había bruma, también, una especie de humo, y un poco de tenue luz por encima de su cabeza, nimbando el contorno de su figura, otorgándole un aura de un desagradable y aguachento amarillo.
         –No –balbuceé–, no quiero morir, todavía. Sé que me he quejado mucho por todo lo que me salió mal, por todo lo que no me salió. Sé que por lo general estoy frustrado y triste, pero me sigue gustando la vida. Quiero ver el mar otra vez, y caminar bajo la lluvia, tomar un par de whiskys alguna madrugada, cruzarme con un perro que mueva la cola. No puede ser mi momento, no.
         Me salió un sollozo, y después un hipo. Me tapé los ojos con un antebrazo, lloré, lloré como un chico.
         –Qué decís, Juan –era Andrea, sí, era Andrea que se había quedado a dormir–. Me siento remal del estómago. No sé para qué carajo me llevás a comer a esa cantina. Sabés que como de más, si sabés que me gusta.

25.4.12

Fueguito

         Agarrá un fósforo. Un fósforo cualquiera, de una caja de fósforos.
         Prendé el fósforo a la manera tradicional, raspando un poco, con un algo enérgico movimiento, la cabeza del fósforo, contra el lateral de la caja, de la caja de fósforos, diseñada para tal fin.
         Sostené el fósforo con los dedos, dos dedos, pulgar e índice de una mano. Podés estar parado, de pie. Podés estar sentado, también. No importa la mano.
         Listo, no hagas más nada. Aguantá.
         El fósforo se consume. Quiero decir, el fuego, la pequeña llama se alimenta del palito de  madera. Baja, el fueguito.
         Nada, no tenés que hacer nada. Seguí sosteniendo el fósforo. Sí, te vas a quemar. Puede ser que sientas que te pincha la yema del pulgar, por la quemazón, puede que veas un ínfimo humito azul y cómo se te enrojecen un poco la punta de los dos dedos. Duele, pero es perfectamente soportable. El fósforo, terminada la madera que le da de comer, casi de inmediato, se apaga. Dura cuarenta y siete segundos, la experiencia, lo cronometré. Menos de un minuto, en cualquier caso.
         Ya sé, no entendés para qué, tampoco por qué, te veo la cara. Te parece una cosa sin sentido, una pavada.
         Pero aguantaste como cinco años en ese trabajo, o seis años ese matrimonio. Te quemaste vivo, todo ese tiempo. Quemaba, dolía, vos aguantabas.

20.4.12

La manera correcta de decirlo

         Surge como una actividad de lo más apropiada que usted, estimado mamífero mediano del sexo femenino, concurra a un lugar, un sitio, donde cuente con el adecuado herramental de limpieza que le permita higienizarse, principalmente, en esta oportunidad, la caja torácica, sobre todo la zona, el espacio que podríamos delimitar quizás, por encima de las costillas, y por debajo del cuello. (Andá a lavarte las tetas).
         Sería por demás gratificante para mí, camarada, por qué no compañero, si se aplicara usted con lo que entiendo es parte integrante y extremo superior del aparato digestivo, la boca para ser más exacto, y la lengua en su totalidad, en su expresivo abanico de papilas, a succionar, como si de un chupete se tratara, para acercar la rusticidad de un ejemplo, a succionar entonces, con energía no exenta de cuidado, con regularidad no exenta de ingenio para no caer, por así decirlo, en la monotonía, mi aparato reproductor, su módica fisonomía. Llegado el caso, de ser su apetito, puede usted prestar también la faringe a la maniobra. (Chupame la pija).
         Hay un lugar, que pertenece a una persona muy cercana, una persona con la cual a usted lo une un parentesco en primer grado, una línea sucesoria de lo más directa. Es un lugar frágil por cierto, plagado de anfractuosidades, de complejos laberintos, donde el clima es húmedo por siempre, y puedo uno respirar un aire como de mar, salobres reminiscencias. Un lugar que sin dudas usted recuerda y tal vez añora, un lugar plagado para usted de vitales significados. (La concha de tu madre).

15.4.12

Damusnostra

Dentro de cinco o diez años vas a ver que el colesterol no existe. O nunca existió, era todo mentira. La gente se moría, claro que la gente se moría. La gente se va a seguir muriendo, la gente se murió siempre. De pena, del susto, de una curiosa y particular combinación de pena y susto. El corazón se para, o explota, o se echa como un exhausto perro harto de deambular por una para siempre indiferente ciudad, sin sentido. El colesterol era para vender yogures y semillas, para que los nutricionistas veraneen de una buena vez en Buzios, para llenar con algo los noticieros.
Dentro de cinco o diez años vas a ver que los teléfonos celulares te hacían moco. No, flaco, qué cáncer, el cáncer pasó de moda. Vas a ver que las antenitas de los teléfonos celulares son un sofisticado mecanismo para absorberte todo el esperma, el esperma del sujeto portador del teléfono se evapora y se transporta a través de la antenita del teléfono a la casa central, donde es condensado. Las compañías telefónicas no son compañías telefónicas. La misión de las compañías telefónicas consiste en ser reservorios de esperma para cuando lleguen los marcianos. Bueno, las marcianas. Ah, sí, si sos mujer, la misma antenita te seca la chucha, te queda la vagina más seca que una baldosa de porcelanato. No te mojás más.
Dentro de cinco o diez años, vas a ver, van a explicar por televisión que todo aquel que haya corrido alguna vez más de tres kilómetros de un saque, tiene entre el dos y el cinco por ciento de la capacidad neuronal de un humano normal. Se te derrite el bocho, las neuronas se te van a las rodillas, por eso te duelen (las rodillas). Van a mostrar con rigurosa documentación que los sujetos que corren tienen la masa encefálica del tamaño de una aceituna, un tamaño igual, casi igual de quienes hayan jugado a la Playstation más de cinco minutos en su vida. Los sujetos que cumplan con ambos requisitos, los que hayan corrido más de tres kilómetros alguna vez, y hayan jugado con la Playstation más de cinco minutos, serán convocados para ocupar los más importantes cargos gubernamentales. El mundo precisa absolutos imbéciles en las más altas esferas del poder, gente que bajo ningún concepto piense ni intente pensar. De lo contrario, la tierra estallaría en mil pedazos.
Dentro de cinco o diez años, vas a ver, a la gente le va a encantar lo que escribo.

10.4.12

Notas aéreas

El avión despega. Es un momento bravo. Todo potencia, superando leyes de la física, dedicándole a la gravedad una metálica indiferencia. Se dirige a un cielo repleto de atributos, las alturas de lo posible, el destino que juega al sudoku y mordisquea una birome y anota algo.
Lograda la altura, movidos los piolines del impulso, propulsado por las turbinas de lo deseado, el avión se estabiliza, allá en lo alto. Avanza, como si fuera a avanzar para siempre. Las nubes le ceden paso, se abren como cremosas nalgas. El cielo es suyo. Recto y nivelado, según la jerga.
Pero no, no es posible, no puede durar. Aunque veas el horizonte dividiendo en alguna parte el arriba del abajo, algo ha cambiado.
Es ínfimo, al principio. Casi podría ignorarse pero no se ignora, ribetes de sensación. La punta, la nariz del avión, ha bajado un par de grados. No parece relevante ni significativo, nada altera, pero ha comenzado la caída. El avión sigue adelante, va para adelante, pero también, de alguna delicada manera, va hacia abajo.
Y entonces se acelera. Se siente, no hay manera de no sentirlo. El ángulo, la pendiente, llamalo como quieras. No hay lugar para errores de interpretación. Allá abajo está lo duro, la contundencia de lo inevitable, el lugar donde todo comenzó y hacia donde el avión parece dirigirse con la fastidiosa mansedumbre del que divisa algo que ocurrirá con rango de certeza.
El avión se cae, con todo lo que eso implica. Ah, el avión sos vos.

5.4.12

Tengo mis razones

Me dijeron que el trabajo era fácil. Me dijeron ‘vos estás sin hacer nada, vos estás sin trabajo, y este trabajo es fácil’. Necesitaba plata, además. Necesitaba algo de plata. Ya le había pedido plata a todo el mundo, la gente me veía por la calle y cruzaban de vereda. Me esquivaban.
Había que pasear perros. Era un trabajo de medio día, a mí tampoco me sobraban las ganas. Había que pasar a buscar los perros, por cada departamento, a eso de las ocho de la mañana. Después te ibas al parque, con los perros. Escuchabas música, fumabas. Al mediodía devolvías los perros. Y listo, ya está, ese era el trabajo. A fin de mes te pagaban.
Era fácil, así me lo explicaron. Y no había que hablar con gente, discutir con gente, explicar, como cuando trabajaba en esa oficina. Hablar con gente es la muerte, es el infierno, es el horror de estar vivo. Hablar con gente te hace moco, te mata. Acá saludabas cuando te bajaban al perro, y te ibas. Después volvías y decías ‘chau’, o decías ‘hasta mañana’. Los perros no hablan.
Si te da un poco de vergüenza, te disfrazás. Gorrita, lentes oscuros, auriculares. O te dejás el bigote, una barba candado bien tupida, y ya está. A los tres días sos parte del paisaje, no te conoce más nadie. Sos paseador de perros, no pasa nada.
Pero no es tan fácil. Nada es tan fácil. Nunca es tan fácil. Te parece que te vas a acostumbrar, pero no te acostumbrás nunca. Te volvés loco, como mucho, en dos semanas.
Los perros, básicamente, hacen tres cosas. Pero las hacen todo el tiempo, todo el tiempo, no saben hacer otra cosa. No pueden hacer otra cosa, o no quieren. No paran.
Los perros cogen, los perros quieren coger, o tratar de coger, con otro perro, sin importar el sexo ni la raza ni el tamaño. Los perros quieren coger con una pierna, con un zapato, con un carrito de bebé, con media docena de empanadas.
Los perros cagan. Cagan y pishan. Los perros quieren cagar y pishar donde cagaron y pisharon ayer. Huelen, huelen mucho, olfatean todo el tiempo. Y cagan, tremendos soretes que te hacen dudar de los designios de Dios, el significado de la creación, cualquier clase de espiritualidad.
Los perros ladran. Ladran como si fueran pequeñas maquinarias diseñadas para ladrar. Ladran, gritan a todo el mundo su incombustible guauguau. Ladran como si estuvieran reclamando algo, como si estuvieran señalándote que algo está mal, que se viene el fin del mundo o que no pueden creer la cara de boludo que tenés o que no quieren estar ahí, con vos, nunca más. Siguen ladrando, no se cansan.
Los maté a todos, de a uno. Los até a once árboles diferentes y los fui matando de a uno. Con un martillo. Les hacía una caricia, les decía con dulzura su nombre, una última mirada a los ojos, y ñácate. Un martillazo en la cabeza, y después varios martillazos más. Se escuchaba el crujido de los cráneos al partirse, me salpicaba la sangre de un rojo muy oscuro, casi marrón, rodaba un ojo, saltaban pedazos de huesos y dientes. Pelos, pegoteados mechones de pelo por todas partes. Se escuchaban lastimeros aullidos de la más pura incomprensión, pero dos o tres martillazos más y se apagaban.
Fue el lunes por la mañana. Llovía mucho. Fui a una parte del parque que nadie usa, detrás del hospital, bastante oscuro, todo embarrado.
Los maté a todos, a martillazos, y después me fui a desayunar. Había llevado una desteñida toalla en la mochila, y una remera para cambiarme. Me lavé como pude en el baño de la estación Retiro y me tomé un micro, a San Clemente. Tengo una tía que vive allá, una tía que me crió de chico. Hacía unas sopas riquísimas, con esos fideos chiquititos. También hacía guisos. Robábamos duraznos de los árboles de un vecino, y mi tía preparaba mermelada.
Mientras tomaba el café con leche me pasó algo extraño, no me lo vas a creer. Me pareció que todavía escuchaba los ladridos, me pareció que cada perro que pasaba por la calle me observaba como si supiera lo que yo había hecho. Miradas sin la mínima pizca de comprensión, igual que toda esa gente tan horrible. Ninguno fue capaz de acercarse y preguntarme cómo me sentía, cuáles eran mis motivos, por qué me parecía que el mundo era, desde siempre, desde que podía recordar, una mierda. Nadie me preguntó qué me pasaba.

30.3.12

Ingratas criaturas

Dormí como diez horas, no pude recordar hacía cuánto que no dormía diez horas. Desde que tenía diecisiete años, no sé, y volvía de bailar y me había tomado un par de vodkas con 7up en honor a Bukowski, y encima una chica me había dado un beso. Me iba a dormir lleno de magia.
Me desperté y no me dolía nada, nada de nada. Tardé en abrir los ojos, saboreando esa sensación. Estaba contento, no podía recordar hacía cuánto que no estaba contento. Sentí las ganas, las ganas en estado puro corriendo dentro de mí como un hámster en pantuflas. Esas olvidadas ganas de coger o de tomar café con leche o de caminar bajo la lluvia, de vivir, porque eran ganas de vivir, de reírme y agradecer por estar vivo, motivo suficiente. Recordé la frase que había visto en video, la conferencia de aquel gurú de túnica y su bordado casquete en la cabeza, con sus modales en cámara lenta y su infinito ingenio. Somos criaturas tan ingratas, había dicho el gurú, pero en su pausado inglés había sonado mejor todavía, mucho mejor todavía (human beings are so ungrateful criatures, algo así).
Me reí, como si me hubieran contado un chiste que en verdad me hubiera tomado por sorpresa y me hubiera hecho gracia. Sentí luz, una luz recorriendo la totalidad de mi ser, una suave caricia en los dedos de los pies, una dulce luz inundándome la cara.
Supe que me iría bien, hiciera lo que hiciera. Me iría bien a pesar de los terremotos y las catástrofes aéreas. Estaba bendito, por decirlo de alguna manera, por ponerlo en palabras. La había perdido, alguna vez, y ahora había vuelto, la sensación, esquiva por tantos años. Recuperada.
Entonces me desperté.

25.3.12

Abrazar la fe

El hombre era un hombre más o menos normal. Casado, dos hijos, tenía un local de venta de artículos de limpieza sobre la calle Senillosa. Le gustaba ir a jugar al fútbol una vez por semana, con sus amigos. Después comían un asado en alguna parrilla de barrio (por lo general en ‘Los amigos’, también en ‘El 22’) recordando anécdotas de una juventud algo remota, anécdotas que no tenían por qué ser del todo ciertas.
Sus dos hijos crecían, iban al colegio, eran sanos y estaban bien educados. Su mujer daba clases de matemáticas en tres escuelas primarias, no, dos escuelas primarias y una secundaria. Él cambiaba el automóvil cada tres años, habían ascendido de Miramar a Florianópolis. A veces estaba triste, a veces soñaba con alguna aventura, a veces le dolía una rodilla. No le iba mal.
Entonces su mujer, Viviana, enfermó. Con la sutil desidia que tienen estas cosas. Viviana se sintió mal. Decía que estaba cansada, que le costaba salir de la cama, que no podía arrancar.
Pensó que era una anemia. Viviana se cuidaba desde siempre con las comidas y hacía gimnasia para estar bien, para no engordar.
Pero no. Fue al médico, al médico de siempre. La mandó a hacer un par de análisis. Tenía una leucemia fulminante, Viviana, había que hacer quimioterapia, había que tratarla con todo lo que la medicina moderna tenía para echarle encima, pero las posibilidades eran mínimas. Viviana estaba mal.
Así es como se desmorona el castillo de mermelada de una vida, pensó Ernesto, que era el marido de Viviana. Casi veinte años juntos, construyendo algo bello, y páfate, un análisis de sangre dice que todo se termina. La tristeza lo tapó como un mar.
Viviana quedó internada, después de la segunda sesión de quimio, su cuerpo no resistía la batalla que se libraba en su interior. Ernesto, que se pasaba el día corriendo entre el negocio y el hospital, un día, pasó por una sinagoga. Olvidé decir que Ernesto había nacido judío. Jamás había tenido la más mínima formación religiosa, pero esa era su religión, por nacimiento.
Entró a la sinagoga, Ernesto, y pidió hablar con el rabino. Estaba desesperado, Ernesto, no daba más.
El rabino lo hizo pasar a una salita, le dio un poco de té, se sentó a escucharlo. Habló, Ernesto, habló y habló y sintió que mientras hablaba se vaciaba, dijo que había sido una mala persona. Lloró, lloró como un chico, prometió que si Viviana se salvaba se volvería a Dios, abrazaría la religión con todas sus fuerzas. Viviana no debía morirse, ahora Ernesto comprendía que, sin Viviana, su vida no tendría sentido.
Y Viviana se salvó. Como ocurren los milagros, en silencio, abrió los ojos una mañana de domingo. Soportó el tratamiento, la leucemia dejó su sangre en paz. Volvió a casa, caminaba un poco más cada día, le comenzó a crecer el cabello, volvió a sonreír.
Ernesto abrazó la religión con todas sus fuerzas. Dios había oído sus súplicas. Comenzó a ir al templo, primero los sábados, luego tres veces por semana, se dejó la barba, cambió su manera de alimentarse, de vestir, siguiendo sagrados mandamientos. Dios había cumplido con él, y Ernesto estaba agradecido.
Había pasado ya casi un año. Viviana bajó un día a dar una vuelta al parque, y se paró a ver unas pulseras de plata que vendía un artesano. El muchacho era africano, senegalés, tenía diecinueve años y apenas hablaba castellano. La sonrisa blanquísima y la piel casi azul, de tan negro que era. Los modales eran suaves, con su hablar muy dulce, pausado, y la miraba, a Viviana, se quedaba mirándola con esos ojazos enormes.
Se enamoraron casi instantáneamente. El muchacho le regalaba collares que había hecho pensando en ella, y ella, todos los viernes, bajaba al parque y le llevaba comida. Algo de pollo con arroz que había sobrado de la cena, o dos porciones de tarta de verdura, una vez le preparó un bizcochuelo relleno de dulce de leche. Finalmente, el chico la llevó a la pensión donde vivía, por San Cristóbal. Cogieron, Viviana no podía dejar de acariciar ese fibroso cuerpo, muy marcado, las venas como cables, la garompa del tamaño de un antebrazo, el pausado tam tam, el sexo infinito.
Viviana se fue a vivir con el pibe, que se llamaba Mpele. Ernesto no pudo soportar la noticia. Lo que sucedía estaba muy por encima de su capacidad de entendimiento.
Volvió Ernesto, la mañana de un sábado, para hablar con el rabino. Le contó Ernesto, que su mujer lo había dejado por un africano que vendía pulseras en la plaza, un chico semianalfabeto que fumaba marihuana en el desayuno y se la cogía, a Viviana, unas rigurosas tres veces por día.
El rabino escuchaba, miraba por una ventana cómo se movían las copas de los árboles, bebía su té. De vez en cuando asentía.

20.3.12

Teorema del champú

No, no tenés que hacer gimnasia, ni tener los abdominales marcados, ni correr siete o diez kilómetros tres veces por semana. No vale la pena, el esfuerzo, no conduce a nada. Te lo digo porque yo fui nadador, en la adolescencia, nadaba como un loco, hacía los cien metros debajo del minuto, bajaba en el verano a la playa con esas mallitas chiquititas, pegadas al cuerpo, y me metía a nadar una hora al mar.
Tampoco es necesario tener un auto caro, para qué carajo te vas a comprar un auto caro. En la ciudad apenas te podés mover. Si querés tener auto para ir a Pinamar o para salir a pasear un domingo está muy bien, claro que está muy bien. Pero el auto, en este tema, no te va a ayudar en nada.
No hace falta que seas culto, no te esfuerces. Yo fui como tres años a estudiar teatro, y leía a Chéjov, leí a Dostoievski también. En una época andaba siempre con un libro de Foucault en la mano, un libro que debo haber tratado de leer como treinta y tres veces, y jamás entendí un pomo. Tampoco hace falta que escuches música clásica, podés seguir leyendo el suplemento deportivo de cualquier periódico, lo mismo da.
Para resumir, si querés tener minas, no tiene nada que ver con eso. No hace falta que hagas taekwondo para defenderlas, ni que seas cantante de una banda de rock, ni que uses trajes Hugo Boss o que tengas casa en Punta del Este. No tiene la más mínima importancia.
Lo que tenés que hacer es lavarte el pelo con algún champú para bebés, eso sí. Porque vos te lavás el pelo con champú para bebés, ponele, una vez por semana. Y algo de ese olorcito tan particular, una fragancia en extremo sutil se te impregna, te va quedando. Y cuando una mina, por cualquier motivo, se te acerca, en un laburo o en la calle o en un bar, en cualquier lado, siente, percibe, algo que no puede definir, ese olor a bebé limpio que viene de cualquier parte y las impacta.
Ante ese olor la mujer, por imperativo categórico, porque está en el código genético, porque ahí están los dos mil años de civilización más allá de la rueda y el fuego, bueno, la mujer, ante ese olor, se prepara para parir, se le relajan un poco los músculos de la vagina. Ingresa en un estado de existencial predisposición y ahí sí, no importa lo imbécil que seas, ahí le entrás aunque digas dos pavadas.

15.3.12

Hola, hola

Todo lo que te dije por twitter, todo lo que fui contando que me pasaba, cucharitas de mi vida, no era verdad. No me ocurría nada de eso, a mí.
Todo lo que puse en mi facebook, mis intereses, mis gustos y mis contactos, la gente que conozco, la música que escucho, fotos de lugares donde estuve, fotos mías. Es mentira, todo mentira. No soy yo, no me gusta lo que dije que me gusta, no conozco a quienes dije que conozco. Ni la foto de mi perro es de mi perro. Es de otro perro que no me ladró jamás.
Todo lo que chateamos por el Messenger, las cosas que te conté que me estaban sucediendo, lo que te dije que hice, lo que había hecho, lo que íbamos a hacer juntos. Nada de eso me pasó nunca, nada de eso nos va a pasar.
Acá estoy. En la esquina, abajo, junto al semáforo. Soy la computadora que salta y ladra como un incombustible chihuahua y te invita a dar una vuelta en mouse.

10.3.12

Bajo este cielo

Buenos Aires, 27 de Diciembre. Calor. Mucho calor. Buenos Aires con calor es lo peor que te puede pasar, es peor que vivir con una tribu de pigmeos en Nueva Guinea o combatir en Saigón. Buenos Aires con calor es un catálogo de barbaridades, es todo eso y muchísimo más.
Cuando hace más de veinte grados a las siete de la mañana, es porque va a hacer más de treinta grados el resto del día. Es como ir a una pizzería y recostarse un rato adentro del horno, es como pedirle a un bombero que te deje sentarte a leer un rato en el sillón de un living que se incendia. Buenos Aires con más de treinta grados es el horror de estar vivo.
Me visto. Pantalón, camisa. Saco el gamulán. Un gamulán que trajo mi abuelo de Polonia. Tiene, el gamulán, un peludo forro de piel de oso, de búfalo quizás. Está diseñado, el abrigo, fue pensado, para ir a hacer las compras en Varsovia, para tomar unos vodkas con Lech Walesa, algo así.
Me pongo el gamulán, cierros los gruesos botones de ese material tan característico, tan particular. Me pongo una colorida bufanda también, enroscada al cuello, y salgo.
Hago mi vida, voy y vengo. Tomo un colectivo, desayuno en un bar, camino unas cuadras, compro una pomada en Farmacity, pago un impuesto, lo normal.
La gente me observa con resquemor, pero yo estoy de un impecable humor, pago, sonrío, pregunto por una calle, mastico un alfajor.
Finalmente, mientras aguardo en una esquina que el semáforo cambie de color, para cruzar, se me acerca una señora. Tendrá unos cuarenta y pico de años, bien vestida, usa un correcto trajecito color marfil, lleva una cartera, no, un maletín.
–Señor –me dice–, disculpe, pero hace calor. ¿No le parece que hace calor? –Me observa a una distancia de dos pasos, por las dudas. Yo llevo todo el día sin parar de transpirar.
–Tiene usted razón, señora –digo–. Lo que equivale a decir que está usted en lo cierto. Pero últimamente me parece que la gente es tan mala y tan boluda, siento tan poco en común con el resto del género humano, que no me alcanza con no ver fútbol ni los programas de entretenimientos que todos miran, ni negarme a ir de vacaciones donde todos van de vacaciones, ni rechazar hacer compras con descuento de lo que todos quieren comprar con descuento. Creí que con eso sería suficiente, pero no, no es suficiente. No quiero tener que compartir ni un climático fenómeno con el resto de la humanidad.

5.3.12

Ella vino a ver

Ella me vino a ver.
Me dijo que estaba embarazada.
Le dije que la felicitaba, que la maternidad era una extraordinaria experiencia que mejoraba a las mujeres, les daba un sentido a sus por lo general erráticas existencias. Dar vida es quizás el más milagroso de los actos, agregué.
Me dijo que al parecer yo no había comprendido, no había entendido bien. Ella estaba embarazada, de mí. De yo. No sé cómo lo dijo con exactitud, pero lo dijo.
Le dije que era una situación por demás inverosímil. Le dije que no podía ser.
Habíamos cogido una o dos veces, hacía más o menos un mes. No sólo me había colocado, con monótono cuidado, el correspondiente preservativo, sino que además, eso no lo dije, mi espermático caudal había disminuido, en los últimos tiempos, de manera más que sensible. Eyaculaba yo una mísera gota de un líquido muy similar al agua, sin consistencia ni opacidad ni mucho menos espesura. Era yo, me había transformado, en un atribulado ser, preocupado por la vejez y la falta de dinero. Temeroso, triste, gordo también.
Le dije que yo no estaba en condiciones, ni físicas, ni mucho menos anímicas, de dejar embarazada ni a una perra salchicha. Había perdido, como se pierde un juego de llaves o una foto, esa capacidad, ese poder.
Ella me dijo que no le importaba nada de lo que yo le dijera. Estaba embarazada, íbamos a tener un hijo. Ella me preguntó qué íbamos a hacer.
Lo pensé un par de minutos, me serví un whisky. Miré por la ventana de la cocina, parecía que todo el fin de semana no iba a parar de llover.
Le dije que se pusiera en cuclillas, eso íbamos a hacer. Que se pusiera en cuclillas, y respirara hondo, bien hondo, relajándose.
Le dije que cerrara los ojos, también.
Le dije que le iba a dar una patada, con todas mis fuerzas, en el abdomen. Le iba a dar un patadón con unos zapatos que me habían traído de Italia, unos zapatos Salvatore Ferragamo de piel de pecarí con puntera de metal, ideales para la ocasión, y ella iba a perder al chico, casi de inmediato. Era un segundo, nada más, después nos podíamos ir a tomar algo, a comer.
Ella me insultó un rato largo. Me dijo las peores cosas, cosas que yo había escuchado alguna vez sobre mi persona pero no todas juntas, con tanto énfasis. Me dijo que yo era una basura humana y que me sucedería lo peor, que cuando muriera iba a ser necesario contratar un par de extras para que llevaran las manijas de mi ataúd, cosas así.
Me dijo, después, antes de dar un portazo, que era mentira, lo del chico, que no estaba embarazada, pero que ella quería ver cómo respondía yo, cuál era mi reacción, qué le decía.
Me dijo que no quería saber más nada conmigo, no quería tener que volver a verme. Y se fue.
Lo interesante de este simpático episodio, es que muchas veces el, por decirlo de algún modo, ocasional espectador, puede quedar abrumado con la rústica crueldad de la acción directa. Se suele ser algo más condescendiente, en lo relativo a la maldad, con el particular encanto de lo sutil.

29.2.12

Modo lluvia

Cada vez que llovía, Alicia recordaba que había sido feliz con su novio de la adolescencia. Brian. Entre las cosas que hacían, entre la urgencia por desvestirse prácticamente en cualquier parte y el ir al cine sin importar la película y desayunar juntos en un bar de barrio y mirar por la ventana, Alicia recordaba que les encantaba caminar bajo la lluvia. De la mano, o abrazados, mientras la lluvia enjuagaba la ciudad y parecía lograr que brillara de nuevo, ellos pisaban un charco que soltaba música y se olían el mojado cabello y compartían un cigarrillo, sin apuro.
Ahora, cuando llueve, Alicia baja a la calle con su paraguas quizás excesivamente grande, un pastiche de multicolores triángulos como un impostado arco iris personal e intransferible. Camina, apremiada y fastidiosa, hace lo que tiene que hacer, como todo el mundo.
Cuando vuelve a su casa, se da cuenta que está empapada de una tristeza húmeda y fría, una tristeza que parece que no se va a secar nunca. Alicia prepara la cena y piensa que un paraguas no es un novio, y que se acabó el queso rallado, también.

25.2.12

Maquinola

quisiera engominarme el pelo con tu flujo.
quisiera rasparte los cachetes del culo con mi
barba de 2 días.
quisiera sentarte sobre la mesa y poner un plato
de fideos entre tus piernas
esperando la primer gota mensual de tuco espeso.
quisiera ver mi chorro de pis grueso estallando entre
tus tetas
mientras te reís a carcajadas.
quisiera cubrirte con miel y azúcar impalpable y
limpiarte con la lengua, no sé, un día entero.
quisiera colgar sobre mi cama una bombacha tuya
sucia
de varios días
y posar sobre ella mi nariz cada mañana.
quisiera que me apoyaras las tetas sobre mis ojos
bien abiertos.
quisiera que me mordieras tan fuerte que la marca
formara parte de mí mismo.

quisiera mezclar nuestros fluidos, nuestros olores, nuestros cuerpos.
quisiera hacer

todo
ahora
esta noche.

porque imagino lo que viene, en la penumbra.
y tengo miedo.

*así escribía yo, cuando tenía casi veinte años. sepan disculpar.

20.2.12

Cae un rayo

Estamos metidos en el mar. Bah, no, no estamos metidos en el mar, pero estuvimos. Acabamos de salir, y estamos en la orilla, tratando de secarnos. Se puso feo el día. Llueve. Se supone que cuando llueve el mar no está tan frío, pero no sé si es verdad. No hay gran cosa para hacer, más que fumar con las patitas metidas en el mar. Tampoco hay demasiada gente, por suerte. En parte porque estamos en Marzo, en parte por la lluvia. La gente recoge sus cosas y busca reparo. La gente se va.
Pero a nosotros no nos importa la lluvia, ya estamos mojados. Vinimos con Mariano escapando de la ciudad, de la vida de oficina, del subterráneo y la gente que está enojada para siempre y te salpica con su enojo. Mariano tenía que traer a su hermana que venía a quedarse unos días en lo de una amiga que había puesto una rotisería en la costa. Me preguntó si los quería acompañar. Una semana para no hacer nada, para comer a la noche en la única parrilla decente de Mar Azul o Las Gaviotas o como corneta se llame este lugar.
Necesito dormir, hace como diez años que no duermo más de cinco horas por noche. Hace todavía más años que el whisky perdió su poder de cachiporra, de piedrazo para hacerme descansar, pasó a ser como lavarse los dientes, parte de una funcional rutina. Nos vinimos grandes, todos, y no nos salió prácticamente nada de lo que queríamos. Estamos tristes, no queremos que nos rompan mucho las pelotas, aprendimos a conformarnos con lo que hay.
Estamos fumando, mirando a ver si hay algún culo decente aunque estemos fuera de temporada, alguna veterana que todavía quiera sentir una brisa por debajo de la línea del Ecuador. Mariano me dijo que la única condición era que no intentara nada con su hermana, porque sabe que yo soy perfectamente capaz de cogerme un pato de madera, y la hermana de Mariano tiene un leve retardo, algo de nacimiento. Eso iba a hacer que la hermana de Mariano se mostrara mejor predispuesta hacia mi persona, o que tuviera algunas dificultades para resistir mis avances. En cualquier caso, Mariano me dijo que con que nosotros fuéramos amigos desde la secundaria ya era suficiente desgracia para su familia, que por favor dejara a su hermana en paz. Llueve pero no demasiado fuerte, un perro de playa me mira, se queda al lado mío esperando algo que no sé qué es, pero que no es una caricia. Alguien camina con una sombrilla amarilla al hombro, alguien le grita a sus hijos que junten las cosas, alguien busca una ojota como si fuera el objeto más importante del mundo, como si encontrar esa ojota justificara su paso por el planeta tierra, un nene llora y su mamá también tiene ganas de llorar.
Cae un rayo. Es como en las películas, más o menos como en las películas. Como si el cielo fuera papel de alfajor y alguien le hubiera hecho un desgarrón. Siguió el trueno, ensordecedor, el perro se asustó y corrió en dirección a los médanos.
Cayó a mi derecha, a unos veinte o treinta metros, justo miré. Cayó en la cabeza de un gordo con gorrita tipo Piluso, un gordo que esperaba algo, cualquier cosa, de pie, hablando por teléfono celular.
–¡Uy! –Gritó Mariano– ¡Mirá!
Nos acercamos. Miré a ver si alguien gritaba, si algún familiar se acercaba o movía los brazos o se quedaba mudo de espanto, pero no. Ya no quedaba casi nadie en la playa, y los que quedaban no miraban, se iban y nada más. Quizás el gordo había decidido esperar en la playa un rato más, solo, mientras su señora y los chicos se volvían al departamento a merendar.
Cada tanto, a veces, uno descubre la increíble fuerza de la naturaleza. De lo que debió haber sido un hombre de unos noventa kilos no quedaba nada. Había sido achicharrado por completo, por ciento ochenta y tres mil quinientos veinticuatro voltios. Quedaba una especie de rama chamuscada, torcida, del tamaño de un bastón, sobre un charquito como si alguien hubiera volcado un licuado de frutas sobre la arena húmeda. La gorra se había desintegrado por completo, salía un humito, a un par de metros había sobre la arena unos lentes de sol que debieron volar con el impacto de la descarga.
–Desapareció –dijo Mariano, pisando con cuidado por si la arena se hundía–. No quedó nada.
–Es tremendo –dije, tiré la colilla del cigarrillo–. Lo fulminó.
Cuando pasa algo así las palabras dejan de tener su precaria utilidad. No sabía si creer en la suerte o en el destino. Estábamos a veinte metros, nos podía haber caído, el rayo, a nosotros. Tiene que existir un orden superior que justifique estas cosas. Nosotros vemos una pequeña parte del collage del universo desde nuestra efímera subjetividad, pero lo que sucedió debía tener alguna explicación en alguna otra parte. Quizás el hombre tenía una enfermedad terminal y a través del rayo le había sido quitado el sufrimiento, quizás era un torturador o un violador de niños y fue castigado. Quizás todavía quedaban un par de cosas buenas esperándonos en alguna parte, algo para hacer con nuestras vidas, y el rayo nos esquivó, decidió no pegarnos. Estas cosas no tienen explicación, uno no debe buscarles explicación, pero te dejan pensando.
–¿Qué hacemos? –dijo Mariano. Llovía más fuerte, y el cielo se había puesto de un gris muy oscuro, casi negro–. Deberíamos ir a una comisaría, y contar lo que vimos.
–No sé –dije. Moví los tobillos muy despacio, bajo el agua, tanteando con los pies–. Fijate si encontramos la billetera. Un reloj, una pulsera de oro, algo que nos sirva, guita. No sé, algo.

15.2.12

Mi mejor momento de la semana

Me paro en la puerta, en la puerta de la escuela primaria. Mi nena, Catalina, acaba de ingresar al colegio. Está en tercer grado, lleva siempre el cabello peinado con dos colitas, como si la escoltaran dos saltarinas ardillas. Catalina, mi hija, lo único bueno que hice en mi vida, mi sol.
Se queda a dormir conmigo los martes, Cata, y la dejo en el colegio los miércoles a la mañana, después de desayunar juntos en algún bar. Toma una leche chocolatada, Catalina, y le quedan los bigotes manchados por un instante de espuma y me mira, porque sabe que a mí me hace gracia aunque trato de no reírme. Me mira hasta que me río y entonces sí, se limpia.
Después caminamos tres cuadras de la mano, hasta el colegio. Es mi mejor momento de la semana, soy un coloso, soy un Dios, mi hija me da la mano y aprieta bien fuerte y yo siento que nada malo puede pasarnos, ese contacto de su mano justifica mi existencia.
Le doy un beso, me da un abrazo, y entra al colegio, se pierde en la multitud de chicos. Siento una punzada de felicidad en el centro del pecho, y una congoja, unas ganas de llorar que me vienen de cualquier parte, de alguna baldosa de mi vida que pisé mal y me salpicó para siempre.
Siento ganas de fumar, pero no en la puerta del colegio, no ahí. Me quedo con un cigarrillo apagado entre los dedos. La mirada lacrimosa, apoyado contra una pared. Hay que juntar los pedazos y seguir, guardar los sentimientos en un bolsillo del saco y seguir, empujar, patear, tirarse un par de trompadas con la vida.

Bueno, la verdad que no. Todo lo que dije es mentira. No tengo hijos, no llevo a nadie al colegio, nada que ver.
Pero si te parás así, con esa carita, como si lo estuvieras viviendo, en la puerta del colegio, enseguida ves que alguna madre se te queda mirando, o te quiere hablar, te hace una pregunta. Lo más probable es que te la termines cogiendo, prácticamente de una, sin esfuerzo. Son mujeres desesperadas, con muchísima telenovela encima, necesitan que les suceda algo diferente, suelen estar de lo más aburridas.