10.10.10

Tostada con mermelada

El experimento no requiere demasiada inversión en tecnología. Lo podés hacer en tu domicilio, o en un bar. Debe ser hecho de mañana, temprano, antes de comenzar, por decirlo de alguna forma, el día. Digamos que no más allá de las nueve de la mañana, pero si es antes de las ocho, mejor, mucho mejor.
El experimento precisa, requiere, como elemento basal e insustituible, una tostada. La tostada puede ser de pan blanco, o de pan negro. Si es en un domicilio, la tostada será, preferentemente, una de esas rodajas de pan, cuadradas, más o menos un cuadrado de pan, de pan tostado. Si se procede con el experimento en un bar, pues entonces la tostada será la tostada que te traigan en el bar, seguramente algo parecido a un redondel de pan francés, de pan francés del día de ayer, de pan francés del día de ayer tostado, lo que equivale a decir que se tratará de una tostadita, no importa.
Y hace falta mermelada. Una generosa dosis de mermelada, no importa el sabor, el gusto. Sí, puede ser mermelada de ciruela, y sí también, puede ser mermelada de naranja. Puede ser mermelada dietética, aunque preferiría que no lo fuera, como tampoco preferiría que en los bares la mermelada viniera en esos tristes cuadraditos que son envases tipo muestra gratis en lugar de servirte mermelada casera. Hay tantas cosas que no prefiero.
Se debe untar la tostada, como dije, con generosidad.
Se pone uno de pie. Respire hondo, dos o tres veces. Piernas algo separadas.
Coloque la tostada sobre su mano hábil. Si es usted derecho, sobre su mano derecha, si es usted zurdo, sobre su mano izquierda. Si no sabe cuál es su mano hábil, también es muy sencillo. Es la mano con la cual se masturba.
Pero no se coloca la tostada de cualquier manera, no. Debe colocarla sobre el dedo índice, el dedo índice que está en posición horizontal, y semiflexionado. Debajo del índice, vertical, en contacto con el índice y flexionado también, agazapado, está el pulgar. La posición, difícil de detallar pero fácil de entender, es la posición que se utilizar para lanzar, a fuerza de utilizar el pulgar como catapulta, para lanzar, decía, una moneda al aire.
Cierre los ojos.
Y eso es, justamente, lo que hay que hacer. Gatillar, el pulgar, y lanzar, con fuerza, la tostada al aire. Para que la tostada, como si fuera una moneda, de algunas vueltas en el aire, antes de caer. Y caiga, la tostada, finalmente, al piso.
Fin del experimento. Puede abrir los ojos.
En el 95% / 97% de los casos, la tostada caerá con la cara cubierta de mermelada sobre el piso. La tostada quedará pegada al piso. Esto le permitirá a usted corroborar que no tiene suerte, que nunca tuvo ni tendrá suerte, que todo es un desastre, su día será más o menos tan malo como el día de ayer, como el día de anteayer, como todos los demás.
También podría usted haber comido la tostada, la tostada con mermelada, haberle dado un buen mordiscón o dos, no lanzarla al aire, no proceder con experimento ninguno. Usted, en tal caso, se hubiera comido una rica tostada rebosante de mermelada. Usted bien sabe que su vida es un rotundo fracaso, no debiera precisar mayores confirmaciones.

5.10.10

Maten al rehén

La escena de la película que deseo mencionar es, más o menos, así. Están los buenos, los policías, los detectives, entre los cuales está Tommy Lee Jones (TLJ). En la escena, en la calle, uno de los malos, un ladrón, un asesino, no sé, logra agarrar al compañero de TLJ. El compañero, desde ya, es más jovencito, más novato, muy inexperto. El ladrón ha tomado al novato, y se cubre con él, lo ha tomado del cuello, y lo apunta, a la cabeza, con un arma. Le dice a TLJ que suelte su arma, por que si no, está claro, matará a su compañero.
La situación, vista hasta el hartazgo en el cine americano, tanto en películas como en series de televisión, es de lo más clásica. La música ayuda, espolvorea una dramática tensión.
TLJ, que está con el arma en la mano, simplemente tira. Mata al ladrón, claro, pero en la maniobra, el tiro, le roza la oreja a su compañero, le ha tocado la oreja, ya que el compañero, sentado sobre el asfalto, asustado todavía, sangra.
TLJ ayuda a su compañero a incorporarse, y se produce el siguiente diálogo.
Compañero: ¡Estás loco! Creo que voy a quedar sordo de por vida.
TLJ: Escuchá, me escuchás.
El compañero asiente, todavía dolorido, ya de pie. TLJ se aproxima, casi con ternura, al oído lastimado.
TLJ: Yo no pacto.
No importa la película, la película es mala, ni siquiera recuerdo el nombre. Aunque la escena es muy buena. TLJ es un gran actor.
Me tomé el trabajo de contarte la escena como pude, a los trompicones, por lo siguiente.
Habrá un momento, un momento como cualquier otro de tu vida, donde creas que podés negociar con tus tetas, con una tirada de goma. Creerás que esa es la llave, el interruptor que te permite doblegar la voluntad de un hombre. Creerás que, alabada sea tu suerte, fuiste munida con el perfecto kit de herramientas para comerciar, para obtener lo que quieras.
También habrá un momento, en cualquier trabajo, en cualquier oficina del planeta tierra, donde me quieras obligar a hacer algo absurdo, afeitarme o hacer la vertical o cantar una canción en la cena de fin de año abrazando un semicírculo de patéticos boludos, por que si no, si no accedo, entonces no hay aumento o peor aún, quizás me echen.
Y otro momento, otro momento más, donde un médico jovencito y prematuramente calvo, flaco como un alambre y con piorrea, deje el estetoscopio sobre el metálico escritorio y te diga que no, que no podés tomar vino nunca más, que tal vez, sólo tal vez puedas comer pizza una vez por mes, dos porciones. Por que si no, bueno, si no vendrá lo peor.
Quizás acceda, claro, me entregue mansamente, sin excusas, tampoco soy Tommy Lee Jones. Quizás tenga que mendigar sólo para ver cómo te bajás el jean otra vez, quizás haga un trencito en la fiesta de fin de año para poder cobrar, quizás coma un yogur a la mañana y una pechuga de pollo para la cena, sin piel, por el miedo a morir, a desaparecer, a no estar más.
O quizás no.

30.9.10

Doble tuco

Estoy comiendo. Afuera. Estoy comiendo afuera. Comer afuera es, por definición, distinto, distinto de comer adentro. Comer adentro, aunque no sea la expresión, aunque no se diga de ese modo, es comer en el domicilio, en el lugar donde uno vive. Comer afuera es comer en un restaurante.
Estoy comiendo en Pippo, más precisamente en Pippo de la calle Montevideo. Restaurante emblemático si los hay, humilde, eterno, apenas a un costado de la avenida Corrientes.
Es un restaurante, Pippo, cómo definirlo y ser justo a la vez, es un restaurante, decía, sin pretensiones, de batalla. Un restaurante como esas pizzerías de barrio que te dieron cobijo alguna vez, cuando eras pobre o ella te dejó o hacía frío, y uno sabe que va a poder volver a buscar refugio, siempre.
Como solo, en una mesa del fondo, donde me solía sentar hace muchos años. Tenía ganas de venir a comer acá, otra vez, por que soy pobre, o por que ella me dejó, o por que hace frío. Qué carajo te importa.
Vermicellis, tuco y pesto, la especialidad de la casa, de entrada una porción de longaniza, un Norton tinto. Si alguna vez estás mal, si alguna vez, y yo te aseguro que siempre, en alguna curva de la vida, está esa vez, si alguna vez sentís que nada tiene sentido, y no te salva el detalle, el menú que acabo de mencionar (se puede agregar un flan con dulce de leche, de postre, para casos extremos), entonces estás frito. No hay nada más, deambularás entre el rivotril y el feng shui y los cursos y las fotos y los viajes hasta que te mueras de pena, que es equivalente a decir de muerte natural. Es así.
Estoy comiendo mis vermicellis gruesos como lombrices, con el tuco salvaje y el pesto como para cagar un río verde fluorescente, indeleble y para siempre sobre la avenida Corrientes, y dejar entonces de esa forma, una opinión, una marca, de mi paso por la tierra. Y entra un cura.
El cura es gordo, usa gruesos lentes de metálico marco, la rojiza cara, un morrón donde debiera estar la nariz. Lleva un uniforme, un uniforme de cura, o mitad cura y mitad de civil, como si fuera un traje, pero se ve el cuellito. Y lleva un maletín, negro, de cuero muy cuarteado, con esa forma triangular que solían tener los maletines de los visitadores médicos.
Se sienta a comer, no se saca el saco. Pide lo mismo que yo, los vermicellis que le traen casi de inmediato, pero doble tuco, sin pesto, y medio litro de vino de la casa.
Mastica con voracidad, grandes bocados de vermicellis rebosantes de salsa. Se acomoda los lentes, con un dedo, como si quisiera atornillarse los lentes al entrecejo. Bebe un vaso de vino en dos tragos, respira, vuelve a comenzar.
Entonces sucede algo, digamos extraño, digamos imprevisto. El cura saca un pequeño crucifijo de un bolsillo del saco, parece de plata, es plateado. Lo mira un instante, luego lo pone en el plato. En el plato rebosante de fideos y salsa. Pone más queso rallado, mucho. Y revuelve con el tenedor.
Sigue comiendo, los vermicellis, doble tuco, mucho queso. El crucifijo dentro del plato. A mí me parece por un momento que sonríe, y que entonces yo voy a entender el chiste, la broma, el significado.
Pero no, no sonríe, es la satisfacción que le provoca comer, estar vivo y seguir comiendo.
Pido la cuenta, me tengo que ir. Sé que voy a recordar lo que acabo de ver, sé que alguna vez lo voy a contar.

25.9.10

Hace tiempo que escribo

Escuché los timbrazos, todavía dormido, y supe, no tengo otra forma de describirlo, que había llegado el día. Hacía tiempo que venía escribiendo, relatos cortos, y los mandaba a las revistas. Escribía cuentos como Chéjov, como Carver, como un centauro hecho de la precisión de Abelardo Castillo, una mitad, y la furia desatada, la potencia expresiva de Charles Bukowski, la otra mitad.
Había escrito dos novelas, también, y las había enviado a las más importantes editoriales españolas, prolijamente encuadernadas, por triplicado, dirigidas al Departamento de Lectores que tienen las editoriales del mundo civilizado. Mis novelas eran como las de Saer, como las de Onetti, como las de Anthony Burgess, la soledad del hombre y su desesperada lucha contra lo imposible, las más preciosas batallas for ever perdidas.
Escribía poemas, también. Poemas como cuchilladas, poemas que mordían y goteaban veneno, poemas de amor y de caminatas bajo la lluvia y de aquella vez que fui feliz. Poemas con el vuelo de Dylan Thomas, poemas como los de Ferlinghetti, poemas como los de Ezra Pound antes de perder definitivamente la cordura. Y mandaba los poemas a concursos, a todos los concursos, aunque fueran de la cooperadora de una escuela perdida en una ignota provincia.
Escuché los timbrazos y supe que era mi día. Finalmente me habían descubierto. Leería mis poemas en Madrid, whisky en mano. Mis novelas venderían miles de ejemplares, me comprarían los derechos para hacer películas. Vendrían las adolescentes a la feria del libro en Barcelona o en Frankfurt a pedirme que les firmara mis volúmenes de cuentos, y por qué no los corpiños. Comería los más sabrosos manjares, daría lecturas por el mundo, me reconocerían en los aeropuertos, en fin.
Todavía ebrio ya que últimamente me había inclinado a la bebida, pero no movido por una dipsómana vocación, de ninguna manera, sino por que no había encontrado ninguna inclinación más satisfactoria. Todavía ebrio, entonces, vestido con un shorcito manchado de fugazzeta, abrí la puerta. Había llegado el reconocimiento, al final (Cerati dixit) hay recompensa, el cambio de vida.
Era el portero. Me dijo, no de la mejor manera, que se estaba inundando todo el piso de abajo. Que me fijara si no había soltado mal la cadena del inodoro, o si había dejado abierta una canilla.

20.9.10

En crudo

Te respondo bien sencillito, para que hasta una pelotuda como vos lo entienda.
Hasta los treinta años, sos todo potencia. Funciona la tosca maquinaria del deseo. Podés ser jugadora de voley o de hockey, estudiar arquitectura como si en verdad fueras a enderezar la Torre Eiffel, chupar 18 hapis por noche (si Dylan Thomas se tomó 18 whiskys, por qué no vas a poder vos ejercitar tu magro talento), viajar a Sudáfrica de mochilera para sacarle una foto a Tantor lavándose las orejas con la trompa, hacer coros en una banda que se llame ‘Los Ragamuffins de la concha de tu hermana’, y así.
Después de los treinta años, entre los treinta y los cuarenta, viene un período de agridulce resignación, un conformismo que te empieza a brotar de las axilas como un sulfato, llamémoslo ‘etapa de mantenimiento’. Ya no vas a poder ser mejor pianista de lo que sos, no vas a poder patear la pelota más lejos, ni coger más fuerte, ni fumar treinta y tres cigarrillos en la playa como aquella madrugada, tus pezones ya no exhiben ese rozagante rosado. Hay que empezar a caminar, en lugar de correr, tu marido dice siempre las mismas boludeces pero una vez por semana vas al cine, en la oficina te dijeron que sos una subgerente de producto de lo más capaz, los chicos empiezan a crecer, en la playa te atragantás de un desteñido sol.
Y pasás los cuarenta. Viene el mundo del plano inclinado. La pérdida de facultades, la fatiga de materiales, la decadencia y caída. Vas a luchar, claro que vas a luchar, por que te parece injusto. Vas todas las mañanas al gimnasio, hacés un curso de computación, te suavizás los pelos de la vagina con aceite de castor del mar Adriático. Está el yoga y los yogures para cagar como una avispa, los suplementos vitamínicos y las pastillas que te dejan la garompa más dura que una lechuza embalsamada, los tratamientos de belleza, los corpiños reforzados de kevlar, el pelo de muñeco, las pequeñas mascotas de agudos ladridos, las maratones, las siliconas y el colágeno. Pero te caés, lo sabés, deberías entregarte, como si te hundieras en un tremebundo pantano, cualquier avezado pigmeo te aconsejaría que lo mejor es que no te muevas demasiado.
Parece que no entendiste, ponete cómoda, podés no estar de acuerdo todo lo que quieras. Tu opinión importa, en esta deliciosa oportunidad, en esta entretenida ocasión, si es posible menos que de costumbre. Es como yo te digo. Si no querías saberlo, no me lo hubieras preguntado.

15.9.10

Hundred Presidente

Si yo fuera presidente estarían prohibidos los productos dietéticos. Prefiero que te mueras de gorda, y no de pena.
Si yo fuera presidente los corredores de maratón podrían recibir similares penas a las de quienes cometan un homicidio, tendrían que ir a juicio y explicar muy bien por qué corrieron.
Si yo fuera presidente las personas mayores de sesenta años podrían presentarse en cualquier Farmacity y solicitar un vaso de vino tinto, con sólo mostrar el documento.
Si yo fuera presidente uno podría requerir a cualquier cajera del supermercado que lo masturbe mientras espera que le cobren su compra. El supermercado estaría obligado a capacitar a las cajeras para que den el servicio con cortesía no exenta de pericia.
Si yo fuera presidente se colocarían cintas transportadoras, como las de los aeropuertos, para desplazarse por las calles del centro. Existirían carriles con distintas velocidades de traslado.
Si yo fuera presidente a quien toca bocina se le cortaría una teta, o un huevo, según el caso. Después de dos bocinazos, se estima que la persona alcanzaría a percibir que quizás no tiene tanto apuro.
Si yo fuera presidente estaría terminantemente prohibido la utilización de los teléfonos celulares en la modalidad altavoz, manos libres, handy abierto, o como corneta se llame. Esa conversación no existe, por que no tenés nada para decir, ni vos ni el que está del otro lado, pelotudo.
Si yo fuera presidente todo el mundo estaría obligado a tener un animal doméstico (perros y gatos, básicamente, para tener un hámster o una tortuga, una boa o un loro, un par de pescaditos, da lo mismo que te hagas otro tatuaje).
Si yo fuera presidente no existiría la doble escolaridad en los colegios ni públicos ni privados, y la jornada laboral tendría una duración máxima de 6 (seis) horas. La ley apuntaría a reforzar el tan ancestral como purificador hábito de contar con el tiempo necesario, desde la más tierna infancia, para rascarse las pelotas.
Si yo fuera presidente existiría un impuesto a la tristeza. Un impuesto que debería pagar la gente que está triste. Puede que eso consiga alegrarlos.
Si yo fuera presidente meter las patitas en el mar sería parte de cualquier tratamiento psiquiátrico.

10.9.10

Un cubito

El procedimiento no es sencillo, no, ningún procedimiento es sencillo, pero tampoco es lo que podríamos decir en exceso, lo que equivale a decir excesivamente, engorroso.
Hay que llenar un cubito, o mejor dicho, el espacio de una cubetera destinado a formar un cubito, un cubito de hielo. Ah, eso sí, hay que llenarlo de esperma, de propio esperma.
La maniobra no es sencilla, claro, por eso hice referencia, al principio, al procedimiento. Lo mejor es masturbarse, y eyacular, por ejemplo, en un vaso. Y verter el contenido del vaso, lo que equivale a decir la eyaculación, en el espacio de la cubetera destinado a un cubito.
Se pone entonces la cubetera en el freezer. Y se aguarda, al día siguiente, por ejemplo, para repetir la operación. Masturbación-eyaculación en vaso-vertido del contenido al mismo espacio de la cubetera-puesta en freezer.
Dependiendo del tamaño de la cubetera, y de la espermática facultad del mamífero masculino que realice el procedimiento, podemos conjeturar que con más de tres eyaculaciones, y menos de nueve, el cubito, el espacio de la cubetera destinado a formar un cubito de hielo, habrá sido llenado. A pesar del engorro de eyacular en un vaso, y la complicación del trasvasamiento del esperma del vaso a la cubetera, podríamos decir que en una semana la operación estará concluida. Contaremos en el freezer con un cubito, un cubito de hielo, un cubito de hielo de esperma.
Ahora sólo falta que una de esas chicas algo remilgadas, demasiado psicoanalizadas, fastidiosas, esas chicas que siempre tienen excelentes motivos para mostrarse un poco reacias a la práctica de lo que se ha dado en llamar, por que de alguna forma hay que llamarlo, lo que se ha dado en llamar, entonces, decía, sexo oral, una de esas chicas te visite en tu domicilio. La chica querrá hablar de Coelho o de Foucault, escuchar quizás un tema de Arjona o de U2 del cual se aprendió parte de la letra de memoria, o discutir sobre un profundo significado que ella ha advertido (y nadie más) en una película donde actúa Ricardo Darín.
La chica pedirá, es natural, un poco de gaseosa, un poco de algún jugo. Y uno, por que hace calor, por que así es Buenos Aires, por que cualquier propaganda insiste hasta la extenuación con la importancia de refrescarse, colocará en la bebida de la chica un cubito, un cubito de hielo, un cubito de hielo de esperma en esta oportunidad.
Mientras la chica saborea su bebida, mientras la chica sacia su sed y juega apenitas con el hielo, uno sentirá esa secreta satisfacción que siempre da el poder ayudar.

5.9.10

Se cae un avión

Se cae un avión. Es el medio de transporte más seguro, eso ya lo sabemos, es infinitamente más peligroso viajar en automóvil, sólo hay que leer las estadísticas. Pero se cae un avión. Y era un avión que vos debías tomar, un vuelo para el que vos tenías un ticket.
Estabas en el aeropuerto, y decidiste no viajar, no subirte, al avión. Algo sucedió, algo que no podés precisar con claridad. Fuiste a hacer pis y te miraste al espejo, o hiciste un llamado por teléfono que no fue atendido, o en el viaje al aeropuerto viste una lluvia que te remontó a la niñez y te pusiste triste.
No subiste, al avión, no viajaste. Y el avión se cayó.
Estás sentado en un bar cualquiera, tomando una cerveza ya tibia, y en el televisor, el televisor del bar, mencionan la noticia, la noticia del avión, que cayó. Ves el número de vuelo, ves el nombre de la línea aérea.
Estás vivo, tenés que decidir si lo que ocurrió fue suerte o destino, casualidad o alguna señal de religiosa índole, tenés que decidir si sos un tipo afortunado o si fuiste puesto sobre la faz de la tierra con algún propósito en particular.
También tenés que decidir qué vas a cenar.

30.8.10

Sin querer

Te quiero. Te quiero mientras seas como quiero. Te quiero mientras hagas lo que quiero. Y entonces sí que te quiero. Por que lo que quiero, en realidad, es lo que yo quiero, independientemente de tu persona. El recipiente de lo que quiero debe ser llenado.
Pero, aunque seas como quiero, aunque hagas lo que quiero, en algún momento dejaré de quererte. Lo que quiero, está en su naturaleza, cambia.
Para resumir, te quiero hasta que llegue ese momento en el que no te quiero. Ese terrible, fantástico momento en el que no te quiero más.

25.8.10

Martes, viernes

Yo no estaba bien, yo andaba mal. Lo bueno no mejoraba, lo malo empeoraba. O las cosas que tenían que salir bien dejaban de salir bien, y las cosas que podían salir mal salían mal con milimétrica precisión. Lo único que sabía era que, por lo general, yo solía estar contento, y me había puesto triste. Los problemas que atacan a un ser humano nunca son lineales, uno se quiere matar por múltiples causas. Lo que te hace moco, el ‘pacman’ de la vida.
Así que fui al psicólogo. Me recomendaron un psicólogo, y fui. Un hombre de unos sesenta años, bastante excedido de peso, con barba, con pipa, semicalvo, que siempre usaba camisas a cuadros, de mangas cortas. Tenía los brazos muy velludos. Usaba lentes, también.
Fui durante un año, todos los martes. Y hablábamos. Yo hablaba, y él asentía, o decía ‘ajá’, o se rascaba los peludos antebrazos. A veces me hacía alguna pregunta, una pregunta como ‘¿usted qué piensa?’, o ‘¿a usted qué le parece?’. Una vez me dijo que existía un péndulo, un péndulo entre el control de los impulsos, y la tolerancia a la frustración. Otra vez me dijo que en su trabajo era muy importante la disociación instrumental, y la atención flotante. Me lo dijo por que yo le cuestioné alguna falta de interés, como si estuviera distraído, como si no me escuchara.
Después de un año dejé de ir. Le dije que sentía que mi terapia se había estancado, que no progresaba. Sostuvo la pipa en los labios, y me dio un fuerte apretón de manos. Me dijo que volviera, que lo podía llamar si lo necesitaba.
Al año siguiente comencé a coger con prostitutas. No iba los martes, sino los viernes. Todos los viernes. Elegía un aviso del diario, cualquiera, Nancy o Ayelén o Lidia, que atendían en sórdidos departamentos del centro de la ciudad, sobre la calle Marcelo T. de Alvear, o sobre la calle Paraguay. Iba y cogía, nada estrambótico, un servicio de lo más tradicional. Un poco de estimulación oral, y luego una penetración simple, tres o cinco minutos en la posición del misionero, luego le decía a la chica que se pusiera en cuatro patas, entonces yo embestía unos tres o cinco minutos más, apretaba un puñado de cabello, me aferraba a unas generosas ancas. Me quedaba acostado un rato, fumaba un cigarrillo. Dejaba muy buenas propinas, de entrada, así que la prostituta, Nancy o Ayelén o Lidia, me preguntaba si quería un masaje o un vaso de agua, o bañarme. Charlábamos un poco, temas generales. Me despedía con un beso en la mejilla cargado de familiaridad.
Pasé un año así, y me di cuenta, un domingo, que mi vida era un desastre. Mis problemas no tenían solución. Había fracasado en prácticamente todos los rubros del horóscopo. Momento de aceptar que ya no era, nunca más sería un joven con un extraordinario potencial.

20.8.10

Somos distintos

Somos diferentes, hombres y mujeres somos diferentes. Pero no por lo que vos pensás, es un poco más complejo. Las cosas siempre son un poco más complejas.
Lo mejor va a ser verlo con un ejemplo. La ilustrativa capacidad de un ejemplo donde uno, pareciera, está hablando de algo, de una cosa, pero en realidad está hablando de otro algo. De otra cosa.
¿Cuál es el ejemplo? Ah, sí, el ejemplo. Me olvidaba.
Suponete que tenés ganas de coger, unas tremendas ganas de coger, sucede, pasa, si nos ponemos en pacatos todo se vuelve más difícil de razonar.
Tenés ganas de coger, te decía, lo único que tenés son ganas de coger, y esas ganas tapan todo lo demás. Cuando tenés ganas de coger, de verdad, esas ganas te nublan, te impiden seguir funcionando con, por decirlo de algún modo, normalidad.
Pero también, en el ejemplo que nos ocupa, no tenés con quién. No tenés con quién coger. Pasa también, muy humano, muy normal. Eso, que no tengas con quién, es un fenómeno multicausal. Puede que seas albino y tus compañeras de facultad ni se te acerquen, puede que estés recién divorciada y no te animes a decirle que sí al gordito que se te sienta al lado en la oficina, puede que seas un pervertido con pequeñas pero rotundas matas de pelo brotándote de las orejas y las fosas nasales, acostumbrado a la pornografía y a las bebidas gasificadas, puede que estés con un herpes genital de lo más rebelde que te dejó la vagina y sus alrededores con la textura (y el color) de una pila sulfatada, puede que seas muy tímido y que te guste particularmente el jazz instrumental.
No importa, lo que importa es que no tenés con quién coger, entonces te querés masturbar. Pero. Claro que hay un pero, siempre hay un pero. Te masturbás desde que eras chico, te masturbás desde siempre. No es lo mismo masturbarse que ‘the real thing’, pensás un poco en eso, aunque te hayas comprado un pito semirígido de policarbonato color turquesa, aunque metas el pitulín en un kilo y medio de carne picada embutida en un florero de tallo largo. No, claro que no es lo mismo.
Y vas por la calle, caminando, hace frío, ya es de noche. Querés llegar a tu casa, te querés bañar, querés comer. Pero, por sobre todo, se impone, te querés masturbar.
Vas por la calle, te decía, y ves un maniquí. Tirado, contra un árbol, hay un maniquí. Si sos una chica, te encontrás con un maniquí, un maniquí de un hombre. Si sos un muchacho, te encontrás con un maniquí de mujer.
Eso es todo, vas caminando, de noche, con ganas de llegar a tu casa y masturbarte, y encontrás tirado, junto a un árbol ahí nomás, muy cerquita de la entrada de tu casa, un maniquí.
Listo, terminó el ejemplo. Si sos una mujer, ves que no hay nadie en la calle, te acercás al maniquí. Te das cuenta que le podés sacar, al maniquí, una mano. Como si la desenroscaras, le sacás una mano, al maniquí, y te la metés en la cartera. Te llevás la mano del maniquí, para masturbarte.
Si sos un hombre, te acercás al maniquí, también. Lo levantás, le sacudís un poco la mugre y te lo llevás, a tu casa. Cargándolo como si fuera, no sé, un abrigo, de costado. Te llevás el maniquí para masturbarte, por supuesto. Jamás le cortarías una mano.

15.8.10

Yusef, el genio

Debo haber frotado la lámpara de casualidad. Me pareció que estaba hecha una mugre y pasé una mano por el oxidado metal. Dejé la lámpara sobre el exhibidor y estaba por seguir caminando cuando escuché una suerte de módica explosión, como el pedorreo de un viejo calefón cuando uno abre la ducha. Vi el humito, lo cual me sorprendió aún más.
De pronto, parado frente a mí, con turbante en la cabeza, chaleco de raso color amarillo sobre el lampiño torso, pantalones tipo bombacha y encima blancos, unos simpáticos zapatitos que terminaban en punta y se curvaban hacia arriba.
–¡Epa! –Dije. Me sorprendió que el tipo se me hubiera parado tan cerca. Me miraba fijo, sin parpadear, con los brazos cruzados, muy apretados contra su escuálido torso. Parecía que el turbante le quedaba un poco grande.
–Soy el genio de la lámpara –carraspeó un poco–. Mi nombre es Yusef, o sea que soy el genio Yusef. Estuve encerrado quinientos años en esa lámpara, hasta que usted me liberó, mi amo. Pídame tres deseos y se los concederé.
Lo observé, no era muy alto. Debía pesar menos de cincuenta kilos, tenía un ínfimo y suave bozo sobre el labio superior. Miré por encima de su turbante, estábamos solos en un recóndito pasillo de aquella casa de antigüedades.
–En general no me dejo tirar la goma por pibes. Si trabajás acá ni sueñes con que compre algo, vine por que a mi chica le encanta mirar estas boludeces. Me volvés a hablar y te pongo de una, te meto la lámpara en el culo, y no te levantás por otros quinientos años. Tomatelás, pichón.

10.8.10

Monedita

El hombre, quizás un mendigo, quizás todavía no, se ha detenido. Mientras cruzamos la avenida que no conduce a ninguna parte, el hombre ha visto algo que ha capturado su atención. Lleva un mugriento bolsito enganchado de un hombro, y camina muy inclinado hacia delante. Una moneda, eso es lo que vio.
Se agacha, el hombre, para recoger la moneda. Pero, la ciudad y sus infinitas trampas, la moneda está adherida, incrustada quizás, en el indiferente pavimento.
El sol nos quema el alma a todos, el semáforo está a punto de cambiar, se ha puesto amarillo ya, y el hombre sigue inclinado, luchando, esa moneda es para él.
Apuro el paso, oigo el ruido de los motores que se aprestan a comer todo lo que se les ponga delante.
El hombre no escucha, no ve, quiere esa moneda que los astros han puesto en su camino y que quizás lo redima, lo justifique, la suerte parpadea, te hace un guiño, hay que saberla leer.
Yo, que he llegado ya al otro lado de la avenida, veo el grotesco de la escena, el hombre con dos dedos hurgando el pavimento, los automóviles que han arrancado, el demoledor sol, las bocinas.
Estoy a punto de reírme, como tantas situaciones donde no se sabe muy bien qué hacer, y uno se ríe de los nervios. Pero me doy cuenta que estamos haciendo todos más o menos lo mismo, entonces no me río, no creo que me pueda reír nunca más.

5.8.10

El generoso

Me hubiera gustado, lo he visto en películas, ser querido por lo que soy, por mis valores, por mi convicción, mi coraje, mi valentía, por todo lo bueno que anida en mí, por esa mezcla de talento y suerte que me vuelve un sujeto especial, único, merecedor de admiración y respeto.
Me hubiera gustado, sé que es posible, sé que pasa, ser querido por mi belleza, por esa curiosa combinación de genética y azar que me vuelve irresistible, por mi aptitud en las artes o en las ciencias, por la magia que sale de mis dedos al acariciar un piano o una guitarra, por la capacidad de conmover, de hacer reír, de tocar los corazones con una chispa de gracia.
Me hubiera gustado, llegado el caso, ser querido por que sí, sin motivo, sin causa, ser querido aunque sepas que te va a hacer mal, que vas a sufrir, pero igual no podés evitarlo.
Por eso dejo buenas propinas.

30.7.10

La ley del marketing

El cliente era una de las empresas lácteas más importantes del país. Con un cliente así, podíamos vivir todos, y éramos muchos, por tiempo indefinido. Lo que queríamos todos era, justamente, vivir. Vivir con plata, claro, parecía en esa oficina como si todos hubiéramos sabido desde siempre que vivir sin plata, bueno, eso no es vivir.
El marketing, como cualquiera sabe, es pilar fundamental del occidente capitalista civilizado. El marketing ha destronado a la religión, define qué está bien y qué está mal, sencillito.
El spot publicitario que me habían encargado era sobre un nuevo y poderoso yogur.
Así que estábamos todos reunidos, los directivos de nuestra consultora, y los máximos responsables de nuestro cliente, la empresa láctea. La campaña iba a costar, si era aprobada, millones. Y todos íbamos a poder vivir.
El aviso que presenté era, más o menos, así.
Es una mañana. Es un día nuevo. Paradisíaca playa, turquesa mar, dorada arena, alguna palmera a lo lejos, a un costado, pinceladas de vegetación. Se escucha el sonido, inconfundible y característico, justamente, del mar. La cámara sigue a una chica, la modelo del spot. La modelo es una jovencita, algo despeinada, muy rubia, delgada, virginal. Lleva puesto un blanco bikini, camina muy despacio, con los pies metidos, apenas, en el mar.
Pareciera que la cámara la sigue de atrás, primero, a cierta distancia, para alcanzarla luego y tomarla de perfil. Entonces la modelo, la exacta combinación entre belleza y juventud, se detiene, la cámara la toma de frente. Recorre sus largas piernas, y ahora sí, hace una toma en primer plano. La sonrisa de la chica no es excesiva, nos transmite, nos hace saber que existe un mundo mejor en algún lado, una playa, felicidad. El plano se abre un poco, se alcanzan a ver un par de gaviotas que huyen, por detrás de la chica, hacia el mar, se oye el graznido tan particular de ese tipo de animales.
La modelo tiene, cuando se abre un poco el plano, una cucharita de metal en una mano, y un yogur, el yogur que hay que vender, en la otra. El yogur se llama, el producto, ‘Ultramel’.
La cámara se detiene por un instante, juguetona, distraída, en el envase que es de un verde pastel, con letras negras. La cámara sube a enfocar otra vez a la modelo en primer plano. La modelo mira a la cámara.
–Desde que tomo Ultramel –dice– cago en cualquier parte.
La cámara se aleja, se sigue alejando, atrás y arriba como si se la llevara un barrilete que parte en diagonal carrera hacia el cielo mismo, mientras vemos que la modelo, después de bajarse el bikini con el diestro movimiento de un pulgar, se ha puesto en cuclillas, disponiéndose a defecar a la orilla del mar.
El aviso no funcionó. El cliente no quiso jugarse, los directivos de la consultora no me apoyaron. Al poco tiempo me echaron, una buena indemnización y pocas explicaciones. Puse una casa de venta de empanadas con mi amigo Beto, en Villa Urquiza. No me va mal.

25.7.10

Polea

En la calle. Una madre, que tiene a un niño, un niño pequeño, de la mano. Usa la otra mano, la mano libre, la madre, para sacudirle un cachetazo que suena como los cachetazos de las revistas de historietas. Un ¡paf! de inusual potencia hace que el chico quede desconcertado y aturdido, mientras la mejilla alcanza un rojo bermellón a pesar del frío.
El chico tiene, en la otra mano, una correa, la correa termina en un perro, un perro mediano, un labrador, color té con leche. El chico toma aire, se ha soltado de la mano de su madre, se masajea la mejilla todavía dolorida. Entonces, con un diestro movimiento, descarga una corta patada, un patadón con uno de esos zapatos de suela de goma que todos usamos cuando fuimos chicos. Un certero puntinazo en el flanco del animal.
El animal lanza un aullido, lo más parecido a un llanto, sorprendido por el dolor que lo hace intentar alejarse del niño hasta donde se lo permite la extensión de la correa.
Yo, que espero que el semáforo cambie de color para poder cruzar, me agacho, acaricio la cabeza del animal. Es un buen perro, algo aburrido de vivir en un departamento de no más de sesenta metros. Tiene derecho a dos salidas diarias de diez o quince minutos, siempre atado, y el resto del día permanece encerrado en un lavadero. Hay un balde naranja, un escobillón, y él se acuesta sobre una vieja frazada. Sueña con un parque, con una pelota, con una playa.
–Hola, capo –me arrodillo, le acaricio la cabeza. El perro me lanza un mordiscón. Es repentino, preciso como un láser. Los dientes traspasan la carne, un segundo, me suelta, por que quiere, pero antes de soltar también me mira y es claro que podría seguir apretando, lastimarme con mayor profundidad.
–¡Ah! –me sale sangre, no mucha, al principio nunca es mucha, hay un instante donde no es mucha. De tres puntos diferentes de mi palma derecha. Y dos puntos del dorso, también. Aumenta, la sangre, crece, se hace más.
Y yo estoy ahora escribiendo la historia. Quizás no entendés. Quizás no significa nada.

20.7.10

Ex post

No, no soy lo que vos pensás.
Soy todo lo que no me salió, eso sí.
Soy las dos porciones de fugazzeta que comí a las tres de la mañana en Imperio, de parado, sin poder parar de llorar.
Soy la vez que caminaba descalzo por la playa, muy temprano, metiendo las patitas en el mar. Y se largó a llover.
Soy la mirada de ese perro que no me conoce pero sabe que mi caricia no le va a hacer mal.
Soy el whisky que me tomo, desnudo, después de fornicar.
Soy la mano que escribe movida por misteriosos cables y el olor de tu pelo cuando salías de la ducha y la música de tu risa que todavía suena como un lejano vals.
Soy el café con leche y las tostadas y la alegría de estar un ratito de este lado del bar.
Quizás te hice daño, estas son mis disculpas.
Pero no, de ninguna manera, no soy lo que vos pensás.

15.7.10

Lleno de gente

En Buenos Aires, en los últimos años, la gente se manifiesta. La peor opinión es el silencio, decía una consigna. Barriales epopeyas, democráticos bocaditos.
Voy a la zona de Congreso, está lleno de gente. La gente está, no hay por qué negarlo, con muy mala cara, arrasada por un fuego que no se apaga nunca, mal vestidos, algunos fuman, otros gritan. Hay gente con cacerolas, golpean las cacerolas, justamente, con cucharas. Veo un señor que golpea un martillo contra el poste de un semáforo, concierto de metal pesado, veo un señor con un megáfono, subido a un banquito, gritando consignas en extrañas lenguas, predica y blasfema, a la vez.
Me acerco a un grupo, un grupo de muchachos de mugrientos cabellos y viejos gamulanes. Dos chicas, con sus mochilas en el piso, se pasan un porro y se ríen. Les pregunto qué es lo que reclaman.
–Nosotros somos del centro de estudiantes del colegio nacional 399, y queremos que la fotocopiadora la maneje un cuerpo colegiado de dieciocho personas donde estén incluidos representantes del alumnado como fuerza viva del colegio.
Les digo que sí, con la cabeza, dos veces que sí, o sea que claro, levanto un pulgar y pongo cara de Pelé vendiendo un reloj Seiko, la carita de un negro pelotudo que no quiere más quilombos. Sigo caminando.
Hay un grupo de ancianos. Toman mate cocido de un jarro de aluminio muy grande. Se van pasando el jarro de mano en mano, el jarro tiene una sola asa, lo que dificulta la maniobra, el traspaso. Les pregunto qué es lo que reclaman.
–Nosotros queremos una jubilación digna después de treinta y cinco años de trabajo, pibe. Yo fui ferroviario, y no me dejan cambiar el audífono –se saca el audífono de su peluda oreja, y levanta, el audífono, no la oreja, bien alto. Los demás aplauden, alguien alza una muleta y apunta al cielo como si se tratara de un AK47.
Aplaudo yo también, palmeo un par de fatigadas espaldas. Una mujer, encantada con la maniobra del señor del audífono que acaba de presenciar, alza su dentadura postiza, y sonríe, dos veces, al mismo tiempo. Me despido y sigo.
Me acerco a un multicolor grupo, todos muy bajitos, con atuendos típicos del altiplano. Las mujeres llevan el cabello muy tirante, o trenzado. Los hombres miran con ojitos de reptil, parecen parpadear al revés, de abajo hacia arriba. Dos o tres tocan quenas y algún xicus, reversionan temas de Abba. Les pregunto por qué están allí.
–Somos bolivianos y peruanos y nos niegan la ciudadanía argentina. Tenemos derecho a vivir en este país, estas tierras eran nuestras antes que llegara el puto de Colón y todos esos chupapijas colonizadores. ¡Viva la Pachamama!
–¡Viva! –Digo yo. Alguien me regala una empanada. Es muy picante, riquísima.
Sigo, por un rato. Están los damnificados por el corralito bancario, los que perdieron su casa por culpa de corruptos escribanos, los que quieren educación libre y gratuita, los que quieren ir a estudiar afuera pero que pague otro, los travestis que quieren poder colocarse culos de porcelanato en los hospitales públicos, las madres solteras que tienen derecho a una asignación por hijo, las divorciadas que quieren que sus ex maridos no se puedan juntar nunca más con nadie, los que dicen que el cantante del grupo de rock ‘callejeros’ no podía saber que en los recitales se iban a tirar bengalas, están los que quieren que las empresas privadas sean del estado, lo que quieren que se prohíba la entrada del Papa al país, los que quieren tener pasaporte checoslovaco, los que quieren salvar a las ballenas, los que quieren que las mascotas tengan que cagar en un frasco, los que quieren que la felicidad se venda en Farmacity (sin receta), los que quieren que Atlanta salga de una buena vez campeón de algo.
–¿Y vos? –me pregunta una señora– ¿Qué hacés acá?
No sé qué decirle. Me sentía solo, quería ver si conseguía que alguien me diera un abrazo.

10.7.10

Védico

El conferencista, reconocido, hindú, pero con la carita repleta de una muy occidental picardía, pelito corto, mucho gel. La unión, el puente entre la védica sabiduría, tan milenaria como genial, con el occidental que ha inventado los aviones y las computadoras, el golf y los rascacielos, pero aún así no sabe qué es, para qué fue puesto sobre la faz de la tierra, y entonces no puede evitar el desconcierto, el aturdimiento, la tristeza.
El conferenciante, entonces, te decía, hábil prestidigitador, mantiene la atención del público dosificando sus conocimientos en el campo de la neurobiología, su profundo expertise en la relación mente-cuerpo, sus fantásticos descubrimientos en el campo de la medicina de la mente.
El conferenciante, para explicar un concepto, cuenta una historia, algo que sucedió, durante un experimento.
El experimento consistía en agarrar un grupo de conejos, y darles alimentación para que se les volara el colesterol a las nubes. La intención era probar una nueva droga que había descubierto un laboratorio austriaco para combatir el flagelo, un nuevo medicamento. Primero les tenían que subir el colesterol, a los conejos, luego probar el remedio.
Pero, aquí empieza lo rico de la cuestión. Alimentaron a los conejos como si fueran jugadores de los All Blacks. Antes de comenzar a probar la medicina, los científicos testearon y había un grupo de conejos que no tenían el colesterol ni la quinta parte de alto que el resto.
Te recuerdo que eran muchos conejos, y también te recuerdo que todos los conejos comían, comieron, durante un par de meses, lo mismo. Cuatro comidas al día. Milanesas napolitanas con papas fritas y huevos fritos, hamburguesas completas, alfajores, gaseosas, licuados de banana con leche, no sé.
Sin embargo, de los cinco mil conejos, ponele, había un subgrupo, cien conejos, que estaban más gorditos, sí, igual que el resto. Pero con el colesterol impecable.
Los científicos estaban desconcertados. Empezaron a pensar. Sus científicas almas reclamaban una respuesta.
Finalmente averiguaron la cuestión. El grupo de conejos con el colesterol normal a pesar de lo que habían comido, eran alimentados, mañana y noche, por una empleada, entre los tantos contratados para la función, la tarea.
Pero esta empleada, encargada de ese sector de conejos, en lugar de separar la correspondiente ración de comida y prácticamente arrojarla en cada jaula, como hacía el resto de los empleados, no lo hacía así, no lo hacía de ese modo.
La persona sacaba cada conejo del grupo que le correspondía, y lo acariciaba, un par de caricias nomás, al parecer le gustaban los conejos. Sacaba al conejo de la jaulita, te decía, lo acariciaba, le decía alguna que otra dulce palabra, le deba un pellizquito, un tirón de orejas. Después colocaba, con delicadeza, con cuidado, suavemente, al conejo y su correspondiente comida, en su correspondiente jaulita.
Y eso era todo. Los conejos así tratados, los conejos que habían recibido esa pizca de ternura, a pesar de haber comido las mismas porquerías que el resto, no habían desarrollado la patología, la enfermedad. Seguían sanos.
Te cuento todo esto para que entiendas que no tenés que ponerte así, tan mal, cuando te pido que me hagas una paja en un ascensor, en un cine, en un automóvil, prácticamente en cualquier parte. Me gustaría que tuvieras un enfoque más amplio.

5.7.10

El recontraotro

Para poner categorías de imposibles, para poner un ránking de tragedias que permita la comparación, y a través de la comparación como artilugio, como burdo mecanismo, lograr algo, una chispa de entendimiento. Bueno, yo, Hundred, en semipleno uso de mis facultades mentales, por decirlo de alguna manera, no soy Borges. Podría aspirar, dadas mis literarias capacidades, a lustrarle a Borges, vivo o muerto, a lustrarle, decía, un zapato, poniéndome pomada en la nariz. Y lustrarle entonces el zapato, a Borges, con la nariz.
Dicho esto, hecha la aclaración pertinente hasta la desmesura, veamos un poema, de Borges, y luego una nueva versión, del mismo, escrita por Hundred.
El poema, de Borges, se titula, se llama, ‘Los justos’

Un hombre que cultiva su jardín, como quería Voltaire.
El que agradece que en la tierra haya música.
El que descubre con placer una etimología.
Dos empleados que en un café del Sur juegan un silencioso ajedrez.
El ceramista que premedita un color y una forma.
El tipógrafo que compone bien esta página, que tal vez no le agrade.
Una mujer y un hombre que leen los tercetos finales de cierto canto.
El que acaricia a un animal dormido.
El que justifica o quiere justificar un mal que le han hecho.
El que agradece que en la tierra haya Stevenson.
El que prefiere que los otros tengan razón.
Esas personas, que se ignoran, están salvando al mundo.

Ahí va Hundred, ahí voy yo. El poema se titula, se llama: ‘Los injustos’.

Un hombre que pisha en tu jardín, porque tiene ganas.
El que agradece que en la tierra haya descuentos.
El que descubre con placer una verruga.
Dos empleados que en un café del centro leen un suplemento deportivo.
El dentista que premedita usar menos anestesia.
El cartógrafo que compone mal un mapa, total a esa isla no irá nunca.
Una mujer y un hombre que ven a Tinelli con el volumen del televisor muy alto.
El que acaricia a un animal pensando dónde lavarse las manos.
El que recuerda de memoria cualquier refrán relativo a la venganza.
El que agradece que en la tierra haya productos dietéticos.
El que prefiere correr maratones.
Esas personas, que se conocen, me están haciendo moco.

Ya sé, no me digas nada, ya lo sé.