19.8.09

La marca del whisky

Me viene a ver un amigo. Mi amigo L. A mi amigo L. lo acaba de dejar la novia. La novia de L. era lo mejor, según L., que le había pasado en la vida, la vida de L. Cuando L. conoció a su novia, uno o dos años atrás, me acuerdo que L. vino y me dijo ‘esta mina es lo mejor que me pasó en la vida’.
Ahora la novia de L. lo dejó, lo que viene a confirmar la vieja teoría que dice que lo mejor que te pasó en la vida ya te pasó, o te está pasando, mientras lo estamos diciendo, pero la naturaleza intrínseca de lo que te está pasando es que va a pasar, tiene destino de pasar o ser parte sustantiva del pasado, y cuando algo pasa a formar parte del pasado es porque entonces, al mismo tiempo, dejó de ser parte del presente, y entonces, al mismo tiempo también, uno descubre que lo que te pasó no está pasando más, lo que te pasó, por decirlo de alguna forma, ya no te pasa.
–Me dejó –dice L. y se sienta, pero no se sienta, se desmorona en el sillón esperando que el sillón lo contenga, lo anime de alguna forma, le de motivos para seguir adelante–. Me voy a suicidar, Juan.
–¿Cuándo? –Le pregunto.
–¿Eh?
–Cuándo, digo. Cuándo te vas a suicidar.
–No sé, esta noche –saca un cigarrillo, pero no tiene fuerzas para encenderlo. Cuelga el cigarrillo de sus labios, y allí permanecerá por lo que dure la charla.
–¿Cómo?
–¿Eh?
–Cómo, dije. Cómo te vas a suicidar.
–Me voy a emborrachar. Voy a tomar whisky, hasta quedar inconsciente. Y tengo pastillas, tengo un frasco lleno de pastillas, para darme un refuerzo, para estar seguro que no me voy a volver a despertar.
–¿Cuánto whisky compraste?
–No sé, debo tener una botella en casa.
–¿Qué marca es?
–¿Eh?
–Qué marca es, el whisky.
–Old Smuggler, creo. O Ballantine’s. Había un Ballantine’s que me regalaron para fin de año.
–¿Y dónde vas a estar?
–Eh. No sé.
–¿En la cocina? ¿En el comedor?
–En el comedor, en el comedor tengo la tele.
–¿Y cómo vas a hacer?
–¿Cómo voy a hacer qué?
–Cómo vas a hacer para suicidarte.
–Me voy a sentar en el comedor, después de cenar. Me voy a sentar en el comedor, en calzoncillos, a mirar la tele. Y me voy a tomar el whisky. Media botella de whisky, primero. Ahí me voy a clavar las pastillas, tengo dos cajitas de rivotril, de dos miligramos. Y voy a seguir tomando whisky, hasta quedar inconsciente.
–Y te vas a morir.
–Y me voy a morir.
–Bueno, está muy bien.
–Por qué me hacés tantas preguntas, Juan. ¿Vos creés que ella va a volver? ¿Vos creés que no tengo que matarme?
–No creo que vuelva, para decirte la verdad. Tu mina siempre me pareció una repugnante conchuda. Pero vos sos un tipo muy desprolijo. A mí me parece que para matarte deberías haber pensado un poco más la marca del whisky, qué programa de televisión vas a estar viendo, qué vas a cenar antes. A mí me parece que el problema es siempre el mismo, acá todo el mundo debería prestar un poquito más de atención a los detalles.

15.8.09

Una profunda fe

El comportamiento es por demás sencillo, cualquier mamífero mediano, cualquier animal lo entiende con inusitada rapidez, porque en verdad lo sabía de siempre, de antes.
Primero está el esfuerzo, el incordio, la mínima proeza requerida, y luego, al final, está el premio a ese ahínco, la recompensa.
Así funciona entonces, son milenarias pautas de conducta.
No hace falta insistir, pero permítanme insistir, con un ejemplo. Fijar los conceptos de unívoca manera. Cualquiera de ustedes lo ha visto infinidad de veces, por televisión al menos. Está el estanque, está la foca. Se le pide, entonces, a la foca, que proceda, que haga su pirueta, su gracia, que pase a través de un aro sostenido en el aire o que cabecee una multicolor pelota. Una vez hecho esto, el que dirige la prueba, el humano, que tiene un balde cargado por ejemplo de sardinas, le arroja, a la foca, lo que la foca quiere, una sardina. Cada uno ha cumplido con su parte del trato, y se puede continuar. Esfuerzo, recompensa, y así. Lo que acontece entonces podría ser denominado, si es que es preciso denominarlo de alguna forma, sardinear.
Acá llega la magia, lo mágico.
Voy a ver a una prostituta. Toco timbre, subo al departamento. La prostituta me recibe, me saluda. Me dice ‘mi tarifa son trescientos veinte pesos la hora’, por ejemplo. Entonces yo saco cuatrocientos pesos y se los entrego.
–Voy a buscarte el vuelto a la cocina –dice, para terminar con la parte monetaria, dejar la plata a resguardo, y proceder con el servicio. Tiene un culo importante, un culo para salir a dar una vuelta en culo y olvidarse de todo lo demás. Tacos plateados de quince centímetros, medias de red.
–No, está bien así –digo, y sonrío, apenas.
Es entonces donde hemos ingresado en un plano absolutamente diferente. Hay confianza, hay comprensión, hay un acto de fe, la lógica de esfuerzo-recompensa ha sido quebrada y eso provoca el más absoluto de los desconciertos. No se trata de ‘comela toda y después te doy alguito más de plata’. No. Es un salto al vacío, es apostar a lo bueno del otro aún en las circunstancias más abyectas.
Esto hará, volviendo al ejemplo del principio, que la foca de lo mejor de sí, que salte y se esmere como nunca, más allá del reglamento. También, puede ser, es posible, que la foca, obtenida la sardina primero, satisfecha su inquietud, opte por no hacer un carajo, presa de un indolente sopor. En ese caso no tiene solución, hay que matarla.

11.8.09

Te presento a Esteban

Ella viene a verme. Viene con su novio. Trae a su nuevo novio, o quiere presentarme a su nuevo novio, quiere que lo conozca, no es clara la situación, pero estar en situaciones no claras se ha transformado en una de mis impensadas destrezas.
–Mirá –me dice–. Te presento a Esteban.
–Hola –digo.
–Hola –dice Esteban. Es un muchacho de aproximadamente treinta años. Quizás veintiocho, quizás treinta y dos. No es ni gordo ni flaco, ni demasiado alto, ni bajito, va prolijamente peinado con raya al costado y vestido con pulcritud. Tiene un teléfono celular en una mano.
–Esteban es mejor que vos, mucho mejor que vos –dice ella.
–Sí –digo yo. No es muy difícil lograr eso.
–Esteban gana más plata que vos, tiene un buen trabajo. Es gerente.
–Sí –digo yo. Puede que Esteban sea gerente de algo, gerente de cualquier cosa, cómo saberlo.
–Esteban es más flaco que vos. Se hizo un análisis el otro día. ¿Sabés cuánto le dio el colesterol?
–No, no sé.
–Uno punto treinta y tres. ¡Uno punto treinta y tres!
–Qué bueno –digo. Pienso qué lindo sería no tener colesterol, como quien piensa qué lindo sería estar caminando por la playa, descalzo, como quien piensa en algo que queda lejos.
–Esteban tiene pelo. Tiene flequillo. Mirá.
Miro. Es verdad. Esteban tiene pelo, todo hace suponer que el pelo permanecerá sobre su cabeza por mucho tiempo más. Es como pasto, su pelo, no es verde, no, pero crece con ese vigor, esa vegetal vehemencia.
–Esteban coge mejor que vos. Coge despacio, pausado. No se agita. Cuando terminamos de coger me pregunta si la pasé bien, si quiero un vaso de agua. No tira el preservativo para ver si queda pegado contra la puerta del armario, no toma whisky de la botella.
–Entiendo –digo, porque se entiende lo que ella dice.
–Esteban es cariñoso –dice ella–. Dos o tres veces por semana aparece con bombones, o con flores. O me dice ‘te traje una sorpresa’.
–Una sorpresa –digo yo.
–¡Sí, una sorpresa! –dice ella–. Y entradas para ir al teatro, o a un recital. A Esteban le gusta salir.
–Le gusta salir –digo yo.
–Esteban hace planes conmigo –dice ella–. Armamos vacaciones juntos. Vamos a una playa, y sacamos fotos. Muchas fotos, y las tenemos en la compu. Queremos convivir. A Esteban le gustan los chicos.
–Los chicos no tienen la culpa de nada –digo yo. En lo personal prefiero los animales, me llevo mucho mejor con los animales que con las personas, pero los chicos son una gran cosa.
–No te voy a decir que es perfecto, no, nadie es perfecto –dice ella–. Si lo mirás bien tiene una expresión de tristeza en el rostro, un rictus triste.
–Debe ser cuando está con vos, nada más –digo. A mí me pasaba.

7.8.09

Me voy a morir

El doctor me dice que me voy a morir. No hay nada que hacer, los estudios son muy claros. Hay manchas que no deberían existir, hay indicadores que deberían estar bajos, y están altos, hay indicadores que deberían estar altos, y están por el piso.
–No tiene sentido operar –dice el doctor, y niega con la cabeza. Una célula muta y se manifiesta como sólo una célula es capaz de hacerlo, con esa química imprevisibilidad, algo se altera, algo se tapa, algo se corre de lugar, ya está.
–Conviene que esté calmado, tómese vacaciones, disfrute sus últimos días –dice el doctor. No importa todo lo que no hiciste, no importa todo lo que deberías hacer. Es como una mano de black jack. Te pasaste, te quedaste sin fichas, terminá el whisky y andá.
Quiero hablar, de verdad quiero decir algo, pero no tengo fuerzas. Siento que me laten las plantas de los pies en contacto con el piso, a través de mis zapatos, y no mucho más. Es un tornado. Uno se queda quieto porque no sabe por dónde empezar. Te tapa la ola, se te hace imposible respirar.
–Usted es el señor Thousand –el doctor revisa un manojo de papeles–. Juan Thousand. ¿No?
–No –digo en un hilo, un graznido, extraño mi voz–. Mi nombre es Hundred, Juan Hundred.
–Uh. Espere afuera, por favor, ya lo van a llamar.

3.8.09

O ser millonario

lo único que hace falta es
genuina desesperación.

nada de: doctor, no sé qué me pasa,
siento que la vida no tiene sentido.

pero mire qué novedad, estimado paciente.
¡eso lo sabe cualquier pelotudo!

insisto: lo único que hace falta,
lo único realmente necesario es
la desesperación.

estar desesperado es una religión, un motor,
una forma de ser, un estilo de vida.

estar desesperado es una postura filosófica,
una manera de rascarse la cabeza, una actitud
con la cual enfrentar una hecatombe nuclear o
un sándwich de queso untable, ajo y salchichón.

estar desesperado es el tic tac del reloj.
es revolver los bolsillos
y silbar esa canción.

es, incluso, grata compañía.
y una birome, please.

31.7.09

Beato

El proceso de beatificación, según detallan los especialistas, es extremadamente complejo. Exige cumplir una meticulosa cantidad de requisitos de los cuales, el más relevante, es el de tener, al menos, un milagro comprobable.
En mi caso personal, recuerdo que cuando te apoyé el pito en la frente, te hice sonreír. Hacía mucho tiempo que no estabas contenta y te sentiste mejor, casi de inmediato.
Conste en actas.

27.7.09

Medalla de bronce

La competencia consiste en ver quién es el hombre más fuerte del mundo. Es más, con ánimo de ser taxativos, supongo, para no dejar dudas, la competencia se llama ‘El hombre más fuerte del mundo’.
La competencia implica juntar ocho o diez hombres de diversos confines de la tierra, puede ser Mongolia, puede ser Uzbekistán, puede ser Polonia, y que compitan. Que compitan para ver quién es el hombre más fuerte del mundo.
Las pruebas radican en disciplinas de lo más diversas: levantar unas inmensas bolas de concreto, de cien kilos o más, y apoyarlas sobre una tarima, levantar y empujar y dejar caer y volver a levantar unas gigantescas ruedas de tractor de más de dos metros de altura, colocarse una soga a la cintura y arrastrar un camión de doce toneladas, sostener en el aire por sobre la cabeza el tronco de un árbol durante la mayor cantidad de tiempo posible, cosas así.
La multitud ruge de entusiasmo, aplauden, gritan, mientras los hombres exhalan su último aliento, o les explota una rodilla, o se les corta un bíceps. Y siguen, porque lo importante es seguir.
Hay allí puesta una energía, un empeño, suficiente para lograr que la tierra se detenga y comience a girar en sentido contrario. Existe allí la fuerza para mandar un cohete a la luna de una patada en el culo y decirle que vuelva.
Y mientras todo eso sucede, yo pienso en Beethoven o en Mozart, en alguno de esos chicos capaces de componer una sinfonía a los once años, en Bobby Fischer, saliendo campeón de ajedrez de los Estados Unidos cuando un pibe de su edad todavía no ha terminado el colegio secundario, pienso en Picasso, en Dalí.
Pienso que después de la suerte, lo mejor es el talento, y tal vez después venga el esfuerzo, pero no creo que sirva, no tiene gracia, no así.

23.7.09

Esa luz

Bajo al subte, Chacarita. Paso el molinete sin prestar atención. Viajar en general, viajar en subte en particular, consiste en esperar. Esperar y no mucho más que eso. Ir de un lugar a otro con mucha gente, entregarse, rendirse, dejarse llevar. Por lo general estoy con un libro en la mano. No me importa demasiado lo que diga el autor, no me importa demasiado el libro, pero me importa mucho menos la realidad. Leo en el andén, un par de páginas, leo en el vagón, quizás cinco páginas más. Se trata de no mirar a la gente, de no ver ese fracaso que se te pega como una lapa y no se te va más.
Entro al vagón, sigo leyendo.
–¡Aleluya! –grita alguien, un hombre de camisa a cuadros con un diario en la mano, casi enseguida. Pero no importa. En el subte hay gente que vende cocaína o yogures, gente que grita o que llora o cae muerta, gente que toca el acordeón o tiene el rostro quemado con kerosene por un familiar directo. No pasa nada, es un ratito Bombay.
–¡Es el maestro! –Una mujer cae a mis pies y se aferra, literalmente, a mi tobillo derecho. Apoya su frente sobre mi empeine. Debo tomarme de una manija para no caer.
–¿Señora, se siente bien?
Tres mujeres se persignan. Un hombre bastante calvo revuelve sus bolsillos y me arroja dinero, billetes, hasta la última moneda.
–¡El mesías! ¡El mesías! –grita una adolescente que está, para ser franco, a pesar del fatídico piercing, bastante buena. Y señala mi cabeza, un poco más arriba, dibuja en el aire, con un índice que termina en una uña pintada de azul, un círculo, un aura, un brillo que al parecer me cubre y resplandece.
–¡Tiene la luz! ¡Es Sai Baba! ¡Es Cristo! ¡Es Krishna! –Otra mujer se pone a llorar. Un hombre se cubre la cabeza con el portafolio, parece como si quisiera meter la cabeza dentro del portafolio, pero del portafolio caen cosas, carpetas, biromes, un desodorante en barra.
El subte se detiene, en Malabia. Todos aplauden. De pronto todos aplauden. La gente mira por encima de mi cabeza, unos quince centímetros por encima de mi coronilla, se quedan con la boca abierta, las manos en alto. Alguien se desmaya.
Trato de seguir leyendo, de hacerme el desentendido, pero es imposible. Esta mañana me lavé la cabeza con un champú diferente, es lo único que recuerdo. Qué les pasa.

19.7.09

¿No te das cuenta?

Es muy temprano. Camino por la calle. No sé por qué camino por la calle, tan temprano, o sí lo sé. Tengo que hacer algo, alguien me pidió sangre para un familiar, y yo soy de la teoría que quien no te pide sangre, te pedirá dinero. Prefiero que me pidan sangre.
La mañana es fría, Buenos Aires sin gente es genial. Tengo hambre, eso sí, porque para dar sangre hay que ir en ayunas. Tampoco debería tener hambre, ya que no suelo estar despierto a esta hora, pero supongo que el cuerpo se queja por las dudas, como cuando uno saca un gato de su casa, el gato no sabe si lo están llevando al veterinario, lo que sí sabe es que preferiría que no le rompan las pelotas.
Hay un portero baldeando la porción de vereda que corresponde a su edificio.
–Cuidado, che –sigo caminando, dos pasos, tres, y me detengo. No hay más gente en la calle, no hay ni siquiera tráfico, así que me debe haber hablado a mí.
–¿Me hablás a mí? –me señalo con un índice el centro del pecho.
–Estoy baldeando –tiene un secador de piso en una mano, apunta con el mentón, justamente al piso, a la vereda–, y vos pisás.
Me acerco, ahora, un paso. Soy un sujeto corpulento, desde ya más grande que la media. Más de un metro ochenta, más de noventa kilos, por dar algunas aproximaciones. Cara de loco, desde chico, cara de alguien recién escapado de un hospital psiquiátrico, una mezcla de profundo fastidio y perplejidad.
–¿Y qué querés que haga, boludo? ¿Que pase salticando? ¿No te gustaría que camine sin tocar la vereda? ¿No te das cuenta que desde hace veinte años tu tarea consiste en limpiar una vereda donde los perros te dejan tremendos soretes? Y después te pasás dos o tres horas tratando que brille el portero eléctrico. ¿No te das cuenta que sos el escalón más bajo e inútil de los mamíferos medianos? ¿No te das cuenta que tu tarea es menos que nada? ¿Quisiste ser algo? Digo, de chico. Astronauta, peluquero, jugador de fútbol, no sé. Cómo podés haber terminado así, querido. Te pasás todo el día tratando de adivinar qué traen los vecinos en la bolsa del supermercado. Y cuando ves que alguien compró un vino de más de diez pesos, te ponés muy mal, sufrís. No sabés hacer nada, nunca quisiste ser nada, sos el eslabón perdido entre los gorilas que bajaron de los árboles y los humanos. ¿Leés? ¿Aunque sea sabés leer? No te digo libros, no, pero el suplemento deportivo del diario, para saber cómo salió san lorenzo, para tener algo de qué hablar. Hagamos algo, porque estoy un poco apurado. Voy a dar sangre, yo calculo que más o menos en una hora vuelvo. Esperame, limpiá bien todo y esperame, cuando vuelvo te voy a meter el escobillón en el culo y voy a barrer la vereda con tu cara, infeliz.
Algo sucede. Suelta el secador de piso y se sienta, sobre la vereda, junto al balde naranja. Comienza a sollozar, como un chico. Intenta cubrirse la cara con las manos, para que no lo vea, pero es un llanto que lo desborda, no puede parar de llorar.
–Disculpame –le digo. Agarro el secador de piso con una mano. Le doy una palmada en un hombro–. No me hagas caso, yo te ayudo. Si no tengo nada para hacer, yo estoy remal.
Sigue llorando, aunque un poco menos, niega con la cabeza. Yo empiezo a baldear.

15.7.09

Linda

Existen sutiles diferencias entre pericia y entusiasmo, si me permiten la digresión. Sabido es que hay una dotación inicial de recursos estéticos o materiales, atribuibles al azar en cualquiera de sus formas, con la arbitrariedad que dicha potestad les confiere. Pero es entonces, es justamente en esa ranura donde la voluntad se manifiesta y ejerce algo que tal vez esté salpicado de justicia poética.
La pericia es una gran cosa, eso cualquiera lo sabe. La destreza, la precisión, la justeza en la ejecución, la elegancia de quien domina la esencia de lo que nos ocupe. Pero cuando parece simplemente que algunos podrán y otros no, surge allí una nueva gama de posibilidades movidas por los mágicos piolines del entusiasmo.
La pericia sin entusiasmo se vuelve entonces metódica y fría, pierde su brillo, tiene destino de apatía. El entusiasmo, por el contrario, permite sobreponerse a la falta de talento en general. Se logran cosas de las que uno mismo se sabía incapaz.
Que cogés bastante bien, conocés los rudimentos de la técnica, pero te falta fuego, no tenés alma. Pasame la botella que está sobre la mesita, me dio sed.

11.7.09

Tan tan, tararán

El cantante de rock me dice que está mal, no sabe qué pasa. Dice que compone cada vez mejor, sus temas han alcanzado una exquisita lírica, una dulce profundidad poética. Su banda está, finalmente, ensamblada. Tienen la potencia y la armonía, suenan como si se conocieran de toda la vida. Y hay virtuosismo, claro, son tipos con la destreza y la pericia, el dominio de los instrumentos, saben lo que hacen, cualquier banda querría un baterista como Martín, al bajista lo vinieron a buscar de afuera y le ofrecieron un contrato increíble, tocar por la costa este de los Estados Unidos como sesionista. Pero nadie viene a verlos. El público ralea, no demuestra interés, y ellos no logran firmar un contrato con una discográfica, transformarse en íconos de la juventud, que los chicos usen remeras con el nombre del grupo. No pasa nada.
–No sé –dice.
–Pelo –le digo, y apunto con un índice unos cinco centímetros por encima de su frente–. Te estás quedando pelado. Es triste, es malo, y además no tiene arreglo, si te pusieras un implante sería todavía peor. Tenés que entender que el rocanrol es más que nada salud capilar, un pelo fuerte. Hay lugar para un par de pelados puros también, pero como excepción, y nada más. Podrías pasarte al jazz, o poner una casa de venta de empanadas.

7.7.09

Un géiser

Todas las mañanas, voy a la casa de la chica más linda que conocí. Me siento en un bar en la esquina, enfrente, y espero para ver salir al hombre que ha pasado la noche con ella. Su despreocupación, su confianza, su resuelta sonrisa para enfrentar sin dificultad al mundo, cómo se lleva por un instante el dorso de dos dedos, índice y mayor de su mano derecha, sólo un momento, a la nariz, para aspirar una última bocanada de vagina fresca y entonces sí, para un taxi, habla por su teléfono celular, emprende su día.
Todas las tardes, paso por la concesionaria de automóviles donde está el auto que jamás tendré. Entro, a veces, y no pregunto nada. Sólo quiero apoyar una temerosa palma sobre el costado de la carrocería, como quien acaricia un animal. O me siento en el automóvil, después de pedir permiso, después de preguntarle a un vendedor que me mira con una mezcla de ternura y fastidio. Me siento, entonces, y aprieto el volante, un solo apretón. O hago un cambio, pongo primera, y me bajo de inmediato, tembloroso, con deseos de fumar.
Todas las noches voy hasta ese restaurante a la vuelta del Hospital Alemán. La gente habla y sonríe, yo los observo a través del cristal. El vino es de un rojo muy intenso, casi puedo escuchar la música que produce al caer dentro de los copones. Soy como Lecter, en el primer encuentro con Jodie Foster, cuando alza la cabeza hacia atrás, y es todo nariz, es un instante de pura nariz, y puedo oler un plato de ravioles de ciervo, la albahaca me besa por un instante el alma, imagino el momento exacto donde el tomatito cherry se rinde al apretón de mis muelas, la pasta firme, la carne salvaje, la combinación sutil.
Y así voy viviendo. Soy una turbina alimentada con todo lo que no tengo, soy un géiser hecho de la más pura carencia, soy todo lo que me falta y me atraviesa como un rayo en la noche en medio del mar. Hace frío, soy genial.

3.7.09

No te mates

El hombre ha salido al balcón y luego, es evidente, ha pasado primero una pierna por encima de la baranda, después la otra, y ha quedado apoyado sobre una franja de cemento de unos diez centímetros máximo, y se sostiene con ambas manos, por detrás de la espalda, y se inclina peligrosamente hacia delante.
Está en un quinto piso. Todos los que estamos en la calle, abajo, todos los que hemos empezado a mirar hacia arriba porque alguien más mira hacia arriba, hemos contado los pisos. Cae una fina llovizna, una humedad de mierda, porque no hace demasiado frío pero te resfriás igual, seguro. Buenos Aires es así.
–¡Pará, loco! –una señora grita, haciendo parlante con ambas manos, pero luego una palma señala hacia arriba, y se mueve en el aire como si cortara fiambre, amenazando con unas inminentes nalgadas– ¡No te tirés, pensá en tus hijos!
El hombre mira con un gesto de asombro, y es que tal vez no tiene hijos, eso hace que el argumento no le resulte convincente. Tiene una sonrisa bobalicona, es probable que esté medicado, que se haya empastillado para juntar coraje. Esté en pijamas, con medias pero sin zapatos. El pijamas es blanco, y tiene dibujitos, ositos o perritos o chanchitos, es imposible ver el detalle.
–¡Quédese quieto! –el policía se ha quitado la gorra, y su tono es tan imperativo como enérgico– ¡No se mueva, ya llegan los bomberos!
El hombre mira por un instante hacia adentro del departamento, quizás para ver si se está quemando algo. Niega con la cabeza, y sonríe.
Se suelta de una mano, y eso hace que se incline más sobre la avenida. Mira fijo, hacia abajo, está intentando imaginar el impacto.
–¡Ey! –grito–. Si te tirás saltá para adelante, no te dejes caer.
Me mira. He logrado captar su atención. No entiende.
–Que saltés para adelante –digo, y señalo el centro de la avenida–. Porque si saltás para abajo vas a caer arriba de mi auto. Si caés arriba de mi auto, mejor que te mates de verdad, porque si me rompés el espejito, o una óptica, mirá lo que te digo, te termino de matar yo a patadas.
Me mira, con la mano libre se señala el pecho. Hay un curioso cambio en su expresión facial.
–Sí, te estoy hablando a vos, forro –lo señalo, yo también–. Tirate de una vez, pero a la avenida. Así puedo sacar el auto –le señalo ahora, con el mismo dedo, el auto que está justo debajo de su balcón–. Me quiero ir, gil.
–¿Me hablás a mí? –cambia de mano, se agarra de la baranda con la otra mano, pero por un momento estuvo en el aire, de pie sobre la cornisa, sin sujetarse de nada.
–A vos, boludo, a vos. Saltá de una vez, y no me rompas el auto. Si me rompés el auto, te mato yo, te lo aviso.
–Ahí bajo.
–¿Qué? –Estoy sorprendido, pero la gente está más sorprendida. El hombre me señala con un dedo.
–Que ahí bajo, te digo.
–¡Pero qué vas a bajar vos, querido! Si bajás te arranco los premolares a patadas. ¿Quién te compró ese pijamita? ¿Tu mamá?
–Ahora vas a ver –está pasando una pierna otra vez por encima de la baranda, entrando al balcón.
–¡Bajá, repelotudo, dale! –escupo, le señalo el punto exacto, la baldosa de la vereda donde lo estoy esperando– ¡Te voy a dar tantas patadas en el culo que me van a tener que ayudar a sacarte el zapato del orto, puto!
–¡Te mato! –grita y desaparece dentro del departamento.
Y baja, nomás. Lo están esperando en la puerta dos policías, y los bomberos. Lo esposan, lo obligan a meterse dentro de un coche patrulla. El sujeto escupe, insulta, tiene una especie de baba que le queda colgando en la barbilla, como si fuera espuma de afeitar.
Alguien me palmea, alguien me felicita. Me preguntan si yo también trabajo para la policía, de incógnito, si soy una especie de negociador, de agente secreto. La gente ha visto demasiadas películas.
Para decir la verdad lo mío fue intuitivo. La gente está tan frustrada, tan cagada a palos, han fracasado tanto, que jamás desperdiciarían la oportunidad de discutir, de pelear, sin importar el tema, de buscar una revancha. Cualquier cosita te matás después, para matarse hay tiempo.

27.6.09

Peregrino

Suena el despertador. Me levanto. Me lavo la cara. Pongo a hervir agua. Necesito tomar dos mates, arrancar. Llego tarde al trabajo, otra vez.
Entonces me veo las manos. Mis manos nunca han sido mi punto fuerte, manos no muy grandes, dedos no muy largos, el dedo del medio torcido por algún pelotazo que inflamó una falange, una falange que decidió no desinflamarse jamás, las uñas mordisqueadas, en fin.
Tengo los estigmas. Jamás había visto algo así. Reviso mi mano derecha, primero, la marca es redonda, del tamaño de una moneda de diez centavos, un par de centímetros por debajo del centro exacto de la palma. Hay restos de sangre reseca. No me atrevo a abrir, preso de la perplejidad, mi mano izquierda, pero finalmente la abro. Aquí la marca es algo más irregular, y la sangre se mezcla con ceniza o tierra.
Me apoyo en la mesada, siento que mis rodillas se aflojan, es un leve desvanecimiento mientras intento descifrar la señal. Lo que me sucede, las implicancias.
Soy un elegido. Un discípulo, tal vez. Debo abandonar mi casa, mi trabajo, mis seres queridos. Debo ser un peregrino que lleva la palabra de Dios a los lugares más recónditos de la tierra, debo emprender mi via crucis personal e intransferible, partir a predicar.
Tomo un mate. Un pensamiento como un relámpago cruza mi fatigada mente. Recuerdo que ayer a la noche fui a una fiesta y me tomé medio litro de whisky. Después quise agarrarme a trompadas con el dueño de casa, también quise hacer un concurso a ver quién soportaba apagarse cigarrillos en distintos lugares del cuerpo. Después quise violar a alguien, una prima de alguien, que tiene problemas motrices. Después rompí botellas y quise cantar un tango, semidesnudo, en el balcón. Recuerdo perfectamente ahora que me bajaron entre varios, a patadas, por las escaleras. Recuerdo que me dejaron tirado en la calle.

*el tango que quise cantar fue ‘callejera’, música: Fausto Frontera, letra: Enrique Cadícamo.
http://www.todotango.com/spanish/las_obras/letra.aspx?idletra=39

23.6.09

Viejo truco

Voy a una panadería, una panadería del barrio, muy conocida, hacen productos de calidad. Me atiende una chica, tiene puesto una especie de delantal anudado a la espalda, y lleva el cabello cubierto con un pañuelo que hace juego, no con el cabello, sí con el delantal. Está cansada, está triste, se fastidia cuando una medialuna logra zafarse por un instante del brusco chasqueo de su pinza, pone cara cuando algún cliente pide que le den otra factura, la que tiene más dulce, envuelve los panes con un exceso de énfasis, ticketea en la caja como si quisiera atravesar las teclas para ver qué hay del otro lado.
Le pido una torta. Una torta que vi en la vidriera, con dulce de leche en medio de dos capas de bizcochuelo, y una tremenda dosis de crema cubriendo toda la superficie. La altitud de la crema es igual a la altura del bizcochuelo. Serán diez centímetros de bizcochuelo, con dulce de leche, y diez centímetros de crema encima. Es la especialidad de la casa, la torta, lleva el nombre de la panadería, pesa un kilogramo y medio.
–Una de esas –le digo. Y cuando la saca de la vitrina para envolverla, cuando la pone por un instante sobre el mostrador recubierto de un horrendo plástico naranja, levanto una mano, como si estuviera deteniendo un imaginario vehículo–. Dejame verla un momento, por favor.
Tomo la torta y con un simpático movimiento me la estampo, con fuerza, contra el rostro. Por un momento logro separar las manos de la base de la torta, y aún así la torta permanece adherida a mi cara. Procedo entonces al despegado, luego apoyo la torta, lo que quedó, sobre el mostrador, y utilizo ambos dedos índices a modo de limpiaparabrisas, sobre mis párpados cerrados, para entonces sí, poder abrir los ojos.
Hay cuatro o cinco clientes que han quedado estupefactos. La chica ha intentado protegerse, cubriéndose el pecho con las manos. Un perro ladra del otro lado del vidrio.
–Pero –dice la chica–. Señor.
–Charáaan –abro un poco los brazos, muestro las palmas, y entonces sí, ella se permite la risa franca, la carcajada contenida–. Quería ver si algunas cosas todavía siguen funcionando. Y quería verte sonreír. Cobrame, por favor.

19.6.09

Little wing

En el centro, peor aún, en el microcentro, en el lugar con mayor densidad poblacional de toda la Argentina, y de boludos, y de odio, y de todo lo malo que pueda generar la vida en una ciudad, en Florida y Sarmiento, para los entendidos. Un chico, con un pequeño amplificador, toca la guitarra eléctrica. Tiene puesto un simpático gorrito de lana, con una especie de solapas que le cubren las orejas. El chico es flaco, y toca con los ojos cerrados, y el gorrito, las orejeras, se mueven. Tiene varias capas de ropa, y una bufanda enroscada al cuello. Hace mucho frío.
Toca, toca ‘little wing’, toca ‘all along the watchtower’, toca ‘the wind cries mary’. Toca muy bien, toca genial. La gente pasa, apurada. Algunos se detienen, diez o quince segundos, y rebuscan una moneda mientras el chico estira los temas.
–Te hago una pregunta –le digo. He esperado unos buenos siete minutos a que termine un tema. Me mira– ¿Cuánto hacés?
–¿Eh?
–Cuánto hacés, más o menos, acá, en un día.
Desconfía, pero ve que no soy inspector, ni ladrón, ni policía. Un boludo más, apenas.
–Cuarenta pesos –señala con el mentón otra gorra, sobre la vereda, hay algunas monedas, un billete de dos–. Me quedo cuatro horas máximo. Si el día es bueno, hago un poco más. A veces algún turista te pide un tema, o se quiere sacar una foto, no sé.
–¿Cuántos años tenés?
–Veintisiete –me dice, y mastica un pedazo de una barrita de cereal. Le parezco un boludo, eso está claro. Así como los jugadores de fútbol dicen que saben quién ha sido jugador de fútbol, sólo por la forma de pararse, el chico sabe que yo no sé tocar la guitarra, que no soy un colega. Algo en mi rostro, el grosor de mis dedos de uñas carcomidas.
–Tomá –le doy cien pesos, un billete de cien.
Me mira. No se anima a agarrarlo. Busca la trampa, pero no hay trampa.
–No vendo ningún cd –dice–. Pero te puedo grabar algún tema que quieras, te lo traigo mañana.
–No, no quiero ningún tema –levanto un poco el billete, es un imán, lo agarra y lo aprieta en un puño, lo esconde entre sus ropas–. Quiero que no toques más, por hoy. Quiero que te vayas.
–¿No te gusta? No me digas que toco mal.
–No es eso, boludo. Quiero que te vayas de acá. Quiero que entiendas que los que venimos acá venimos por plata, venimos a matar, no tenemos alma. Venimos justamente porque no sabemos tocar la guitarra, venimos porque no sabemos hacer nada más que trabajar. Y vos aprendiste a tocar la guitarra para no tener que trabajar en una oficina, no tenés que estar tocando para turistas pelotudos que le sacarían fotos a un sobrecito de azúcar. Vos aprendiste a tocar la guitarra para estar en una banda, para coger con chicas que se dejan el flequillito stone, para salir de gira por la costa y vivir en una cabaña frente al mar.
Por eso, quiero que entiendas que al estar acá tu fracaso es treinta y tres mil veces peor que el mío, mucho peor que el de una cajera de supermercado o el de un empleado bancario. Quiero que hagas algo lindo con tu arte, con lo que sabés hacer, con tu don, o quiero que te mates. Porque si te vuelvo a ver por acá quiero que claudiques definitivamente, que aceptes lo repelotudo que sos, que te pongas una corbata vos también y no jodas más.

15.6.09

Treinta y tres pedazos

Mi amigo H. tuvo un accidente, un accidente en moto. Le gustaron las motos desde que era chico, desde siempre. Y fue comprando motos cada vez más caras, motos que fueran cada vez más rápido. Pero tuvo un accidente. Yendo a Pinamar, en su moto BMW R1100, carenado amarillo, dicen que hay sólo 3 en toda la Argentina. Iba a doscientos, me contaron, con su campera de cuero especial y la intención de llegar a Pinamar en dos horas, batir su propio récord. Llovía un poco, algo falló, mi amigo H. perdió el control de su extraordinaria moto y salió volando por el aire. Dicen que voló como cien metros. Y se clavó. De cabeza. Contra el pavimento.
Está internado en terapia intensiva. Paso a saludarlo. Le llevo chocolates, un buen vino, libros. Su madre está en la sala de espera. Me abraza, y llora.
–Quedó cuadripléjico –me dice la madre–. Inmóvil, absolutamente inmóvil, del cuello para abajo. ¡No se puede ni rascar la nariz! –Se va deslizando, la mujer, no puedo sostenerla, se derrama sobre las baldosas color verde agua y entonces se pone de pie el hermano mayor de H., para ayudar a levantarla, pero no tiene fuerzas, y por un momento nos caemos los tres, ante la reprobatoria mirada de un par de enfermeras para las cuales el dolor es simplemente parte del decorado.
Entro a verlo. Camino por un estrecho pasillo sin mirar demasiado las camas donde algunos yacen en el remanso de la inconsciencia, otros gimen de dolor mientras un cáncer los devora, y así.
Mi amigo H. está muy quieto, recién bañado, con un grueso vendaje sobre la frente, los brazos inertes al costado del cuerpo. Lleva puesto un pijamas celeste con ositos amarillos que mastican un chupetín rojo infinidad de veces y sonríen satisfechos. Está tapado hasta el pecho, la cabeza levantada sobre un par de almohadones, los ojos muy abiertos. Y hay ese olor, ese olor sutil e irrebatible, el olor de las malas noticias que vienen de la mano de la medicina.
–Qué hacés, che –digo, pero casi no digo, se me debe haber caído la voz en algún lado.
Nada. No habla. Hay un rictus, sonríe, un estiramiento lateral de la comisura de los labios, pero no mucho, apenas, de un solo lado, y los ojos sí, los ojos me miran y es una mirada que sólo he visto en algunos animales, en un perro que espera del otro lado de la puerta y no sabe porqué la puerta está cerrada ni encuentra una rotunda manera de manifestar su desesperación.
–Te diste un palo, nomás –levanto una mano buscando una pared para apoyarme, pero no hay pared. Abro los pies un poco, tratando de afirmarme–. Me dijeron que podés hablar. Así que contame cómo estás, decime algo, forro.
Nada. Una inspiración profunda, que infla apenas su escuálido pecho. Fija la vista en los cables que bajan, en el suero o el calmante o lo que sea que gotea y se mete en su muñeca derecha.
–Decime algo, pelotudo –yo también intento sonreír–. Decime cómo quedó la moto, decime qué dicen los médicos. Te quiero mucho, y te vas a poner bien, pero decime algo.
–Matame –dice.
–¿Qué? –Estoy transpirando, hace un calor del carajo. No entendí bien, habla muy bajito y no entendí bien.
–Ma ta me –separa las tres sílabas, mueve la boca muy despacio–. No voy a poder mover un dedo nunca más en mi vida. No voy a poder coger ni tomar cerveza ni andar en moto nunca más en mi vida. Aprovechemos ahora que no está el médico ni mi vieja. Agarrá una almohada y asfixiame.
–Me partí la columna en 33 pedazos –sigue–, no tiene arreglo. Si sos mi amigo, matame. Si no, andate y dejame en paz.
Ahí estoy yo, de pie, junto a la cama de H., que nunca más volverá a ser H. Y no están los médicos ni las enfermeras, no sé porqué. Y ahí está la almohada, y la mirada de H. desde quién sabe qué infierno.
Ahí estoy yo, de pie, junto a la cama de H.

11.6.09

No se nota

Cuando alguien te habla de las virtudes del matrimonio, cuando alguien te dice que la vida resulta un territorio yermo y vacío si no te despertás setecientas treinta y nueve domingos al lado de la misma insostenible persona, cuando te dicen que la vida es absurda hasta que no viste emerger a tu quinto hijo del interior de la vagina misma, bueno, eso no está bien.
Cuando alguien te dice que si no tenés el póster de Sai Baba en la puerta de tu cuarto entonces sos como un lobo extraviado y babeante, cuando te dicen que si no peregrinaste a la India para tocarle los pies a ese hombre que no ha usado zapatos jamás en su vida y sonríe como un beato o como cuando yo era chiquitito y tenía tremendos deseos de hacer pis, entonces sos una bestia sin alma con el intelecto de un scottish terrier, cuando te dicen que si no prendés incienso de lapacho y dulce de batata el tercer día del equinoccio del dragón tu vida, para resumir, no tiene sentido, bueno, eso no está bien.
Cuando alguien te dice que no viviste nada hasta que no corriste cuarenta y un kilómetros y te falta un solo kilómetro para terminar la maratón, cuando te dicen que no hay nada tan intenso como sentir después de seis horas que te cagás, que si estornudás te cagás, y aún así seguís corriendo porque sabés que es en el correr donde está el secreto de todas las cosas, cuanto te dicen que no hay nada en el mundo, ni la heroína, ni coger, comparable al momento en que te sacás las zapatillas después de tres horas de correr como un energúmeno, bueno, eso no está bien.
Y podríamos seguir. Con el teatro, el psicoanálisis, la dieta vegetariana, la pesca con o sin mosca, la fotografía, y así. Podríamos seguir.
Si sos feliz yo me voy a dar cuenta. Vos no digas nada.

7.6.09

Guruji

El gurú agonizaba, el gurú se moría. Descansaba en su lecho de flores rojas y blancas, y parecía estar prácticamente sumergido en ellas. Asomaba su cráneo huesudo, cubierto por una fina capa de piel, insuficiente para cubrir lo que albergaba el interior, y asomaban las venas apenas palpitantes, los huesos del cráneo, como si les faltara un tris para quebrar el pergamino epitelial.
El gurú siempre había sido delgado merced al más estricto vegetarianismo y a su vida de asceta, de meditador y peregrino. Se lo veía por lo general sentado, envuelto en su chal, o de pie, apoyado en un bastón. La imagen a lo Gandhi, que todo el mundo había visto alguna vez, esas escuálidas rodillas, ese andar como si se estuviera desplazando por un río, como si el agua lo cubriera hasta la cintura y fuera imperioso andar con extremo cuidado.
El gurú tenía 83 años, y había anunciado que moriría a los 83 años. Permanecía recostado en su lecho de flores, exánime, dos dedos, índice y pulgar de su mano derecha, acariciando una flor.
Y era todo ojos, dos protuberancias al borde de la exoftalmia, su mirada todavía vivaz, recorriendo la inmensidad de la sala, sus pupilas de un negro infinito en medio de la esclerótica que ya no era nívea sino amarillenta.
Había música de fondo, un sonsonete tarareado por cientos de voces, los presentes que permanecían haciendo tintinear campanitas y susurrando mantras tantas veces ensayados.
El incienso en el aire resultaba algo empalagoso, excesivo tal vez, pero los discípulos juraban y perjuraban que era la fragancia preferida del maestro.
A los costados del gigantesco camastro, dos jóvenes con el torso desnudo abanicaban al maestro con hojas de palma. Eran los meses de mayor calor en Naipul.
El gurú, con un rictus de contrariedad por el esfuerzo, alcanzó a levantar un índice, la señal acordada cuando requería que le humedecieran los labios con té de mango. La muerte siempre resulta algo triste, aunque el maestro había explicado hasta la extenuación que no había motivos para estar triste, por la contundente razón que no había muerte. Un cambio de envase tan solo, para continuar su obra de misericordia y simpatía infinita.
El gurú se moría, y había que regocijarse.
–Maestro –dijo uno de los muchachitos calvos de la primera fila, poniéndose de pie, inclinándose sobre el lecho–, maestro, antes de irse, ¿cuál es el sentido de la vida?
El gurú abrió los ojos, con infinita bondad, lo que hizo que el muchacho se acercara un paso más y torciera la cabeza, prestando su máxima atención al momento sublime.
–Pelotudo –dijo el gurú. Y se murió.

3.6.09

Haiku, birra, faso

Camino bajo la lluvia por el barrio de mi niñez.
Me cobijan árboles que ya no existen.
La gente que pasa no entiende.