El gurú sabía que el tema que intentaba explicar, el tema que todos deberían saber pero no sabían y él intentaba explicar era, justamente, difícil de explicar. Hacía miles de años que algunos iluminados habían intentado explicar lo que estaba ahí, al alcance de la mano, para salvar a la humanidad. Pero las palabras resultaban rudimentarios instrumentos, cómo explicar con un puñado de vocales, y algunos ruidos, siseos, lo divino.
Lo que había que explicar era que todo consistía en dar un
ínfimo saltito y colocarse fuera de la mente. Fuera de la mente te conectabas,
como por arte de magia y sin el menor esfuerzo, con una inteligencia superior,
un estado de bendición, la alegría del ser, la pasión en colores y todo lo
demás. Lo único que hacía falta era un minúsculo envión para salir de la mente.
No pensar.
Como el gurú sabía que otros habían intentado, antes que él,
explicar lo inexplicable, decidió utilizar un ejemplo. No se puede explicar qué
es estar fuera de la mente utilizando el lenguaje, que es una herramienta de la
mente. Por lo general, los más sabios, los mejores, habían intentado explicar,
lo inexplicable, haciendo silencio. El silencio es el lenguaje de Dios, pero en
el mundo que vivimos, el silencio no alcanza. El silencio no es suficiente para
que la gente, como se ha dicho tantas veces, despierte.
El gurú dijo que podía mostrar lo que era entrar en comunión
con el todo, con tan solo salirse de la mente. Sí, con un ejemplo.
Fueron a un zoológico, en la India. El gurú entró a la jaula
de los cocodrilos. Que no era una jaula en el sentido estricto, sino una
especie de laguna con barro donde los cocodrilos se sentían a gusto. El gurú
entró. Se quitó la túnica y se acostó, sobre el barro, boca arriba, como si
fuera a dormir una siesta. Cerró los ojos, las manos sobre el abdomen, se hizo
el más absoluto silencio. Cuando salió un cocodrilo que apenas asomaba los
ojitos del agua, y se puso a avanzar con ese bamboleo lateral tan curioso, tan
característico, que tienen los cocodrilos para caminar. Cuando salió el
cocodrilo, decía, el cocodrilo llamado Jerry, una bestia de más de tres metros
de largo, y fue derecho hacia el gurú que parecía dormido, la verdad que todos
temimos lo peor.
Una mujer venida de Alemania no pudo reprimir un ataque de
hipo. Alguien sollozó, esperando el fatídico chasquido de mandíbulas, el gurú
sería devorado en un par de mordiscos. A pesar de la expresa prohibición, los
japoneses sacaban fotitos con sus teléfonos celulares. Hacía un calor del
carajo, mediodía en Calcuta. Después que el cocodrilo terminara de comerse al
gurú, nosotros tendríamos que defendernos, a las trompadas, de los mosquitos.
El cocodrilo avanzó, abrió la boca que era todo dientes, movió la cabeza con
lentitud en ambas direcciones, un suave bostezo de precalentamiento antes del almuerzo.
Y nada. Se acostó al lado del gurú, casi tocándole un hombro
con el lateral de su temible cabeza, a descansar. Como si fuera la cosa más
natural del mundo, pura armonía.
A los cinco o diez minutos el gurú abrió los ojos, acarició
el rugoso lomo el animal, y salió de la jaula.
–Al salir de la prisión de la mente –dijo el gurú–, al
entrar en comunión con el todo, nada puede hacerme daño. No hace falta
explicarlo con palabras, ustedes lo vieron.
La gente se abrazaba, algunos lloraban. El gurú nos había
mostrado lo que no se podía explicar, la mente es ilusión, la mente es maya,
fuera de la mente somos uno.
Me dieron ganas de decirle al gurú que hiciera la prueba de
quedarse así dormidito con alguna de las chicas que yo solía frecuentar. Cuando
te despertás no hay nada, te pelan.