3.8.09

O ser millonario

lo único que hace falta es
genuina desesperación.

nada de: doctor, no sé qué me pasa,
siento que la vida no tiene sentido.

pero mire qué novedad, estimado paciente.
¡eso lo sabe cualquier pelotudo!

insisto: lo único que hace falta,
lo único realmente necesario es
la desesperación.

estar desesperado es una religión, un motor,
una forma de ser, un estilo de vida.

estar desesperado es una postura filosófica,
una manera de rascarse la cabeza, una actitud
con la cual enfrentar una hecatombe nuclear o
un sándwich de queso untable, ajo y salchichón.

estar desesperado es el tic tac del reloj.
es revolver los bolsillos
y silbar esa canción.

es, incluso, grata compañía.
y una birome, please.

31.7.09

Beato

El proceso de beatificación, según detallan los especialistas, es extremadamente complejo. Exige cumplir una meticulosa cantidad de requisitos de los cuales, el más relevante, es el de tener, al menos, un milagro comprobable.
En mi caso personal, recuerdo que cuando te apoyé el pito en la frente, te hice sonreír. Hacía mucho tiempo que no estabas contenta y te sentiste mejor, casi de inmediato.
Conste en actas.

27.7.09

Medalla de bronce

La competencia consiste en ver quién es el hombre más fuerte del mundo. Es más, con ánimo de ser taxativos, supongo, para no dejar dudas, la competencia se llama ‘El hombre más fuerte del mundo’.
La competencia implica juntar ocho o diez hombres de diversos confines de la tierra, puede ser Mongolia, puede ser Uzbekistán, puede ser Polonia, y que compitan. Que compitan para ver quién es el hombre más fuerte del mundo.
Las pruebas radican en disciplinas de lo más diversas: levantar unas inmensas bolas de concreto, de cien kilos o más, y apoyarlas sobre una tarima, levantar y empujar y dejar caer y volver a levantar unas gigantescas ruedas de tractor de más de dos metros de altura, colocarse una soga a la cintura y arrastrar un camión de doce toneladas, sostener en el aire por sobre la cabeza el tronco de un árbol durante la mayor cantidad de tiempo posible, cosas así.
La multitud ruge de entusiasmo, aplauden, gritan, mientras los hombres exhalan su último aliento, o les explota una rodilla, o se les corta un bíceps. Y siguen, porque lo importante es seguir.
Hay allí puesta una energía, un empeño, suficiente para lograr que la tierra se detenga y comience a girar en sentido contrario. Existe allí la fuerza para mandar un cohete a la luna de una patada en el culo y decirle que vuelva.
Y mientras todo eso sucede, yo pienso en Beethoven o en Mozart, en alguno de esos chicos capaces de componer una sinfonía a los once años, en Bobby Fischer, saliendo campeón de ajedrez de los Estados Unidos cuando un pibe de su edad todavía no ha terminado el colegio secundario, pienso en Picasso, en Dalí.
Pienso que después de la suerte, lo mejor es el talento, y tal vez después venga el esfuerzo, pero no creo que sirva, no tiene gracia, no así.

23.7.09

Esa luz

Bajo al subte, Chacarita. Paso el molinete sin prestar atención. Viajar en general, viajar en subte en particular, consiste en esperar. Esperar y no mucho más que eso. Ir de un lugar a otro con mucha gente, entregarse, rendirse, dejarse llevar. Por lo general estoy con un libro en la mano. No me importa demasiado lo que diga el autor, no me importa demasiado el libro, pero me importa mucho menos la realidad. Leo en el andén, un par de páginas, leo en el vagón, quizás cinco páginas más. Se trata de no mirar a la gente, de no ver ese fracaso que se te pega como una lapa y no se te va más.
Entro al vagón, sigo leyendo.
–¡Aleluya! –grita alguien, un hombre de camisa a cuadros con un diario en la mano, casi enseguida. Pero no importa. En el subte hay gente que vende cocaína o yogures, gente que grita o que llora o cae muerta, gente que toca el acordeón o tiene el rostro quemado con kerosene por un familiar directo. No pasa nada, es un ratito Bombay.
–¡Es el maestro! –Una mujer cae a mis pies y se aferra, literalmente, a mi tobillo derecho. Apoya su frente sobre mi empeine. Debo tomarme de una manija para no caer.
–¿Señora, se siente bien?
Tres mujeres se persignan. Un hombre bastante calvo revuelve sus bolsillos y me arroja dinero, billetes, hasta la última moneda.
–¡El mesías! ¡El mesías! –grita una adolescente que está, para ser franco, a pesar del fatídico piercing, bastante buena. Y señala mi cabeza, un poco más arriba, dibuja en el aire, con un índice que termina en una uña pintada de azul, un círculo, un aura, un brillo que al parecer me cubre y resplandece.
–¡Tiene la luz! ¡Es Sai Baba! ¡Es Cristo! ¡Es Krishna! –Otra mujer se pone a llorar. Un hombre se cubre la cabeza con el portafolio, parece como si quisiera meter la cabeza dentro del portafolio, pero del portafolio caen cosas, carpetas, biromes, un desodorante en barra.
El subte se detiene, en Malabia. Todos aplauden. De pronto todos aplauden. La gente mira por encima de mi cabeza, unos quince centímetros por encima de mi coronilla, se quedan con la boca abierta, las manos en alto. Alguien se desmaya.
Trato de seguir leyendo, de hacerme el desentendido, pero es imposible. Esta mañana me lavé la cabeza con un champú diferente, es lo único que recuerdo. Qué les pasa.

19.7.09

¿No te das cuenta?

Es muy temprano. Camino por la calle. No sé por qué camino por la calle, tan temprano, o sí lo sé. Tengo que hacer algo, alguien me pidió sangre para un familiar, y yo soy de la teoría que quien no te pide sangre, te pedirá dinero. Prefiero que me pidan sangre.
La mañana es fría, Buenos Aires sin gente es genial. Tengo hambre, eso sí, porque para dar sangre hay que ir en ayunas. Tampoco debería tener hambre, ya que no suelo estar despierto a esta hora, pero supongo que el cuerpo se queja por las dudas, como cuando uno saca un gato de su casa, el gato no sabe si lo están llevando al veterinario, lo que sí sabe es que preferiría que no le rompan las pelotas.
Hay un portero baldeando la porción de vereda que corresponde a su edificio.
–Cuidado, che –sigo caminando, dos pasos, tres, y me detengo. No hay más gente en la calle, no hay ni siquiera tráfico, así que me debe haber hablado a mí.
–¿Me hablás a mí? –me señalo con un índice el centro del pecho.
–Estoy baldeando –tiene un secador de piso en una mano, apunta con el mentón, justamente al piso, a la vereda–, y vos pisás.
Me acerco, ahora, un paso. Soy un sujeto corpulento, desde ya más grande que la media. Más de un metro ochenta, más de noventa kilos, por dar algunas aproximaciones. Cara de loco, desde chico, cara de alguien recién escapado de un hospital psiquiátrico, una mezcla de profundo fastidio y perplejidad.
–¿Y qué querés que haga, boludo? ¿Que pase salticando? ¿No te gustaría que camine sin tocar la vereda? ¿No te das cuenta que desde hace veinte años tu tarea consiste en limpiar una vereda donde los perros te dejan tremendos soretes? Y después te pasás dos o tres horas tratando que brille el portero eléctrico. ¿No te das cuenta que sos el escalón más bajo e inútil de los mamíferos medianos? ¿No te das cuenta que tu tarea es menos que nada? ¿Quisiste ser algo? Digo, de chico. Astronauta, peluquero, jugador de fútbol, no sé. Cómo podés haber terminado así, querido. Te pasás todo el día tratando de adivinar qué traen los vecinos en la bolsa del supermercado. Y cuando ves que alguien compró un vino de más de diez pesos, te ponés muy mal, sufrís. No sabés hacer nada, nunca quisiste ser nada, sos el eslabón perdido entre los gorilas que bajaron de los árboles y los humanos. ¿Leés? ¿Aunque sea sabés leer? No te digo libros, no, pero el suplemento deportivo del diario, para saber cómo salió san lorenzo, para tener algo de qué hablar. Hagamos algo, porque estoy un poco apurado. Voy a dar sangre, yo calculo que más o menos en una hora vuelvo. Esperame, limpiá bien todo y esperame, cuando vuelvo te voy a meter el escobillón en el culo y voy a barrer la vereda con tu cara, infeliz.
Algo sucede. Suelta el secador de piso y se sienta, sobre la vereda, junto al balde naranja. Comienza a sollozar, como un chico. Intenta cubrirse la cara con las manos, para que no lo vea, pero es un llanto que lo desborda, no puede parar de llorar.
–Disculpame –le digo. Agarro el secador de piso con una mano. Le doy una palmada en un hombro–. No me hagas caso, yo te ayudo. Si no tengo nada para hacer, yo estoy remal.
Sigue llorando, aunque un poco menos, niega con la cabeza. Yo empiezo a baldear.

15.7.09

Linda

Existen sutiles diferencias entre pericia y entusiasmo, si me permiten la digresión. Sabido es que hay una dotación inicial de recursos estéticos o materiales, atribuibles al azar en cualquiera de sus formas, con la arbitrariedad que dicha potestad les confiere. Pero es entonces, es justamente en esa ranura donde la voluntad se manifiesta y ejerce algo que tal vez esté salpicado de justicia poética.
La pericia es una gran cosa, eso cualquiera lo sabe. La destreza, la precisión, la justeza en la ejecución, la elegancia de quien domina la esencia de lo que nos ocupe. Pero cuando parece simplemente que algunos podrán y otros no, surge allí una nueva gama de posibilidades movidas por los mágicos piolines del entusiasmo.
La pericia sin entusiasmo se vuelve entonces metódica y fría, pierde su brillo, tiene destino de apatía. El entusiasmo, por el contrario, permite sobreponerse a la falta de talento en general. Se logran cosas de las que uno mismo se sabía incapaz.
Que cogés bastante bien, conocés los rudimentos de la técnica, pero te falta fuego, no tenés alma. Pasame la botella que está sobre la mesita, me dio sed.

11.7.09

Tan tan, tararán

El cantante de rock me dice que está mal, no sabe qué pasa. Dice que compone cada vez mejor, sus temas han alcanzado una exquisita lírica, una dulce profundidad poética. Su banda está, finalmente, ensamblada. Tienen la potencia y la armonía, suenan como si se conocieran de toda la vida. Y hay virtuosismo, claro, son tipos con la destreza y la pericia, el dominio de los instrumentos, saben lo que hacen, cualquier banda querría un baterista como Martín, al bajista lo vinieron a buscar de afuera y le ofrecieron un contrato increíble, tocar por la costa este de los Estados Unidos como sesionista. Pero nadie viene a verlos. El público ralea, no demuestra interés, y ellos no logran firmar un contrato con una discográfica, transformarse en íconos de la juventud, que los chicos usen remeras con el nombre del grupo. No pasa nada.
–No sé –dice.
–Pelo –le digo, y apunto con un índice unos cinco centímetros por encima de su frente–. Te estás quedando pelado. Es triste, es malo, y además no tiene arreglo, si te pusieras un implante sería todavía peor. Tenés que entender que el rocanrol es más que nada salud capilar, un pelo fuerte. Hay lugar para un par de pelados puros también, pero como excepción, y nada más. Podrías pasarte al jazz, o poner una casa de venta de empanadas.

7.7.09

Un géiser

Todas las mañanas, voy a la casa de la chica más linda que conocí. Me siento en un bar en la esquina, enfrente, y espero para ver salir al hombre que ha pasado la noche con ella. Su despreocupación, su confianza, su resuelta sonrisa para enfrentar sin dificultad al mundo, cómo se lleva por un instante el dorso de dos dedos, índice y mayor de su mano derecha, sólo un momento, a la nariz, para aspirar una última bocanada de vagina fresca y entonces sí, para un taxi, habla por su teléfono celular, emprende su día.
Todas las tardes, paso por la concesionaria de automóviles donde está el auto que jamás tendré. Entro, a veces, y no pregunto nada. Sólo quiero apoyar una temerosa palma sobre el costado de la carrocería, como quien acaricia un animal. O me siento en el automóvil, después de pedir permiso, después de preguntarle a un vendedor que me mira con una mezcla de ternura y fastidio. Me siento, entonces, y aprieto el volante, un solo apretón. O hago un cambio, pongo primera, y me bajo de inmediato, tembloroso, con deseos de fumar.
Todas las noches voy hasta ese restaurante a la vuelta del Hospital Alemán. La gente habla y sonríe, yo los observo a través del cristal. El vino es de un rojo muy intenso, casi puedo escuchar la música que produce al caer dentro de los copones. Soy como Lecter, en el primer encuentro con Jodie Foster, cuando alza la cabeza hacia atrás, y es todo nariz, es un instante de pura nariz, y puedo oler un plato de ravioles de ciervo, la albahaca me besa por un instante el alma, imagino el momento exacto donde el tomatito cherry se rinde al apretón de mis muelas, la pasta firme, la carne salvaje, la combinación sutil.
Y así voy viviendo. Soy una turbina alimentada con todo lo que no tengo, soy un géiser hecho de la más pura carencia, soy todo lo que me falta y me atraviesa como un rayo en la noche en medio del mar. Hace frío, soy genial.

3.7.09

No te mates

El hombre ha salido al balcón y luego, es evidente, ha pasado primero una pierna por encima de la baranda, después la otra, y ha quedado apoyado sobre una franja de cemento de unos diez centímetros máximo, y se sostiene con ambas manos, por detrás de la espalda, y se inclina peligrosamente hacia delante.
Está en un quinto piso. Todos los que estamos en la calle, abajo, todos los que hemos empezado a mirar hacia arriba porque alguien más mira hacia arriba, hemos contado los pisos. Cae una fina llovizna, una humedad de mierda, porque no hace demasiado frío pero te resfriás igual, seguro. Buenos Aires es así.
–¡Pará, loco! –una señora grita, haciendo parlante con ambas manos, pero luego una palma señala hacia arriba, y se mueve en el aire como si cortara fiambre, amenazando con unas inminentes nalgadas– ¡No te tirés, pensá en tus hijos!
El hombre mira con un gesto de asombro, y es que tal vez no tiene hijos, eso hace que el argumento no le resulte convincente. Tiene una sonrisa bobalicona, es probable que esté medicado, que se haya empastillado para juntar coraje. Esté en pijamas, con medias pero sin zapatos. El pijamas es blanco, y tiene dibujitos, ositos o perritos o chanchitos, es imposible ver el detalle.
–¡Quédese quieto! –el policía se ha quitado la gorra, y su tono es tan imperativo como enérgico– ¡No se mueva, ya llegan los bomberos!
El hombre mira por un instante hacia adentro del departamento, quizás para ver si se está quemando algo. Niega con la cabeza, y sonríe.
Se suelta de una mano, y eso hace que se incline más sobre la avenida. Mira fijo, hacia abajo, está intentando imaginar el impacto.
–¡Ey! –grito–. Si te tirás saltá para adelante, no te dejes caer.
Me mira. He logrado captar su atención. No entiende.
–Que saltés para adelante –digo, y señalo el centro de la avenida–. Porque si saltás para abajo vas a caer arriba de mi auto. Si caés arriba de mi auto, mejor que te mates de verdad, porque si me rompés el espejito, o una óptica, mirá lo que te digo, te termino de matar yo a patadas.
Me mira, con la mano libre se señala el pecho. Hay un curioso cambio en su expresión facial.
–Sí, te estoy hablando a vos, forro –lo señalo, yo también–. Tirate de una vez, pero a la avenida. Así puedo sacar el auto –le señalo ahora, con el mismo dedo, el auto que está justo debajo de su balcón–. Me quiero ir, gil.
–¿Me hablás a mí? –cambia de mano, se agarra de la baranda con la otra mano, pero por un momento estuvo en el aire, de pie sobre la cornisa, sin sujetarse de nada.
–A vos, boludo, a vos. Saltá de una vez, y no me rompas el auto. Si me rompés el auto, te mato yo, te lo aviso.
–Ahí bajo.
–¿Qué? –Estoy sorprendido, pero la gente está más sorprendida. El hombre me señala con un dedo.
–Que ahí bajo, te digo.
–¡Pero qué vas a bajar vos, querido! Si bajás te arranco los premolares a patadas. ¿Quién te compró ese pijamita? ¿Tu mamá?
–Ahora vas a ver –está pasando una pierna otra vez por encima de la baranda, entrando al balcón.
–¡Bajá, repelotudo, dale! –escupo, le señalo el punto exacto, la baldosa de la vereda donde lo estoy esperando– ¡Te voy a dar tantas patadas en el culo que me van a tener que ayudar a sacarte el zapato del orto, puto!
–¡Te mato! –grita y desaparece dentro del departamento.
Y baja, nomás. Lo están esperando en la puerta dos policías, y los bomberos. Lo esposan, lo obligan a meterse dentro de un coche patrulla. El sujeto escupe, insulta, tiene una especie de baba que le queda colgando en la barbilla, como si fuera espuma de afeitar.
Alguien me palmea, alguien me felicita. Me preguntan si yo también trabajo para la policía, de incógnito, si soy una especie de negociador, de agente secreto. La gente ha visto demasiadas películas.
Para decir la verdad lo mío fue intuitivo. La gente está tan frustrada, tan cagada a palos, han fracasado tanto, que jamás desperdiciarían la oportunidad de discutir, de pelear, sin importar el tema, de buscar una revancha. Cualquier cosita te matás después, para matarse hay tiempo.

27.6.09

Peregrino

Suena el despertador. Me levanto. Me lavo la cara. Pongo a hervir agua. Necesito tomar dos mates, arrancar. Llego tarde al trabajo, otra vez.
Entonces me veo las manos. Mis manos nunca han sido mi punto fuerte, manos no muy grandes, dedos no muy largos, el dedo del medio torcido por algún pelotazo que inflamó una falange, una falange que decidió no desinflamarse jamás, las uñas mordisqueadas, en fin.
Tengo los estigmas. Jamás había visto algo así. Reviso mi mano derecha, primero, la marca es redonda, del tamaño de una moneda de diez centavos, un par de centímetros por debajo del centro exacto de la palma. Hay restos de sangre reseca. No me atrevo a abrir, preso de la perplejidad, mi mano izquierda, pero finalmente la abro. Aquí la marca es algo más irregular, y la sangre se mezcla con ceniza o tierra.
Me apoyo en la mesada, siento que mis rodillas se aflojan, es un leve desvanecimiento mientras intento descifrar la señal. Lo que me sucede, las implicancias.
Soy un elegido. Un discípulo, tal vez. Debo abandonar mi casa, mi trabajo, mis seres queridos. Debo ser un peregrino que lleva la palabra de Dios a los lugares más recónditos de la tierra, debo emprender mi via crucis personal e intransferible, partir a predicar.
Tomo un mate. Un pensamiento como un relámpago cruza mi fatigada mente. Recuerdo que ayer a la noche fui a una fiesta y me tomé medio litro de whisky. Después quise agarrarme a trompadas con el dueño de casa, también quise hacer un concurso a ver quién soportaba apagarse cigarrillos en distintos lugares del cuerpo. Después quise violar a alguien, una prima de alguien, que tiene problemas motrices. Después rompí botellas y quise cantar un tango, semidesnudo, en el balcón. Recuerdo perfectamente ahora que me bajaron entre varios, a patadas, por las escaleras. Recuerdo que me dejaron tirado en la calle.

*el tango que quise cantar fue ‘callejera’, música: Fausto Frontera, letra: Enrique Cadícamo.
http://www.todotango.com/spanish/las_obras/letra.aspx?idletra=39

23.6.09

Viejo truco

Voy a una panadería, una panadería del barrio, muy conocida, hacen productos de calidad. Me atiende una chica, tiene puesto una especie de delantal anudado a la espalda, y lleva el cabello cubierto con un pañuelo que hace juego, no con el cabello, sí con el delantal. Está cansada, está triste, se fastidia cuando una medialuna logra zafarse por un instante del brusco chasqueo de su pinza, pone cara cuando algún cliente pide que le den otra factura, la que tiene más dulce, envuelve los panes con un exceso de énfasis, ticketea en la caja como si quisiera atravesar las teclas para ver qué hay del otro lado.
Le pido una torta. Una torta que vi en la vidriera, con dulce de leche en medio de dos capas de bizcochuelo, y una tremenda dosis de crema cubriendo toda la superficie. La altitud de la crema es igual a la altura del bizcochuelo. Serán diez centímetros de bizcochuelo, con dulce de leche, y diez centímetros de crema encima. Es la especialidad de la casa, la torta, lleva el nombre de la panadería, pesa un kilogramo y medio.
–Una de esas –le digo. Y cuando la saca de la vitrina para envolverla, cuando la pone por un instante sobre el mostrador recubierto de un horrendo plástico naranja, levanto una mano, como si estuviera deteniendo un imaginario vehículo–. Dejame verla un momento, por favor.
Tomo la torta y con un simpático movimiento me la estampo, con fuerza, contra el rostro. Por un momento logro separar las manos de la base de la torta, y aún así la torta permanece adherida a mi cara. Procedo entonces al despegado, luego apoyo la torta, lo que quedó, sobre el mostrador, y utilizo ambos dedos índices a modo de limpiaparabrisas, sobre mis párpados cerrados, para entonces sí, poder abrir los ojos.
Hay cuatro o cinco clientes que han quedado estupefactos. La chica ha intentado protegerse, cubriéndose el pecho con las manos. Un perro ladra del otro lado del vidrio.
–Pero –dice la chica–. Señor.
–Charáaan –abro un poco los brazos, muestro las palmas, y entonces sí, ella se permite la risa franca, la carcajada contenida–. Quería ver si algunas cosas todavía siguen funcionando. Y quería verte sonreír. Cobrame, por favor.

19.6.09

Little wing

En el centro, peor aún, en el microcentro, en el lugar con mayor densidad poblacional de toda la Argentina, y de boludos, y de odio, y de todo lo malo que pueda generar la vida en una ciudad, en Florida y Sarmiento, para los entendidos. Un chico, con un pequeño amplificador, toca la guitarra eléctrica. Tiene puesto un simpático gorrito de lana, con una especie de solapas que le cubren las orejas. El chico es flaco, y toca con los ojos cerrados, y el gorrito, las orejeras, se mueven. Tiene varias capas de ropa, y una bufanda enroscada al cuello. Hace mucho frío.
Toca, toca ‘little wing’, toca ‘all along the watchtower’, toca ‘the wind cries mary’. Toca muy bien, toca genial. La gente pasa, apurada. Algunos se detienen, diez o quince segundos, y rebuscan una moneda mientras el chico estira los temas.
–Te hago una pregunta –le digo. He esperado unos buenos siete minutos a que termine un tema. Me mira– ¿Cuánto hacés?
–¿Eh?
–Cuánto hacés, más o menos, acá, en un día.
Desconfía, pero ve que no soy inspector, ni ladrón, ni policía. Un boludo más, apenas.
–Cuarenta pesos –señala con el mentón otra gorra, sobre la vereda, hay algunas monedas, un billete de dos–. Me quedo cuatro horas máximo. Si el día es bueno, hago un poco más. A veces algún turista te pide un tema, o se quiere sacar una foto, no sé.
–¿Cuántos años tenés?
–Veintisiete –me dice, y mastica un pedazo de una barrita de cereal. Le parezco un boludo, eso está claro. Así como los jugadores de fútbol dicen que saben quién ha sido jugador de fútbol, sólo por la forma de pararse, el chico sabe que yo no sé tocar la guitarra, que no soy un colega. Algo en mi rostro, el grosor de mis dedos de uñas carcomidas.
–Tomá –le doy cien pesos, un billete de cien.
Me mira. No se anima a agarrarlo. Busca la trampa, pero no hay trampa.
–No vendo ningún cd –dice–. Pero te puedo grabar algún tema que quieras, te lo traigo mañana.
–No, no quiero ningún tema –levanto un poco el billete, es un imán, lo agarra y lo aprieta en un puño, lo esconde entre sus ropas–. Quiero que no toques más, por hoy. Quiero que te vayas.
–¿No te gusta? No me digas que toco mal.
–No es eso, boludo. Quiero que te vayas de acá. Quiero que entiendas que los que venimos acá venimos por plata, venimos a matar, no tenemos alma. Venimos justamente porque no sabemos tocar la guitarra, venimos porque no sabemos hacer nada más que trabajar. Y vos aprendiste a tocar la guitarra para no tener que trabajar en una oficina, no tenés que estar tocando para turistas pelotudos que le sacarían fotos a un sobrecito de azúcar. Vos aprendiste a tocar la guitarra para estar en una banda, para coger con chicas que se dejan el flequillito stone, para salir de gira por la costa y vivir en una cabaña frente al mar.
Por eso, quiero que entiendas que al estar acá tu fracaso es treinta y tres mil veces peor que el mío, mucho peor que el de una cajera de supermercado o el de un empleado bancario. Quiero que hagas algo lindo con tu arte, con lo que sabés hacer, con tu don, o quiero que te mates. Porque si te vuelvo a ver por acá quiero que claudiques definitivamente, que aceptes lo repelotudo que sos, que te pongas una corbata vos también y no jodas más.

15.6.09

Treinta y tres pedazos

Mi amigo H. tuvo un accidente, un accidente en moto. Le gustaron las motos desde que era chico, desde siempre. Y fue comprando motos cada vez más caras, motos que fueran cada vez más rápido. Pero tuvo un accidente. Yendo a Pinamar, en su moto BMW R1100, carenado amarillo, dicen que hay sólo 3 en toda la Argentina. Iba a doscientos, me contaron, con su campera de cuero especial y la intención de llegar a Pinamar en dos horas, batir su propio récord. Llovía un poco, algo falló, mi amigo H. perdió el control de su extraordinaria moto y salió volando por el aire. Dicen que voló como cien metros. Y se clavó. De cabeza. Contra el pavimento.
Está internado en terapia intensiva. Paso a saludarlo. Le llevo chocolates, un buen vino, libros. Su madre está en la sala de espera. Me abraza, y llora.
–Quedó cuadripléjico –me dice la madre–. Inmóvil, absolutamente inmóvil, del cuello para abajo. ¡No se puede ni rascar la nariz! –Se va deslizando, la mujer, no puedo sostenerla, se derrama sobre las baldosas color verde agua y entonces se pone de pie el hermano mayor de H., para ayudar a levantarla, pero no tiene fuerzas, y por un momento nos caemos los tres, ante la reprobatoria mirada de un par de enfermeras para las cuales el dolor es simplemente parte del decorado.
Entro a verlo. Camino por un estrecho pasillo sin mirar demasiado las camas donde algunos yacen en el remanso de la inconsciencia, otros gimen de dolor mientras un cáncer los devora, y así.
Mi amigo H. está muy quieto, recién bañado, con un grueso vendaje sobre la frente, los brazos inertes al costado del cuerpo. Lleva puesto un pijamas celeste con ositos amarillos que mastican un chupetín rojo infinidad de veces y sonríen satisfechos. Está tapado hasta el pecho, la cabeza levantada sobre un par de almohadones, los ojos muy abiertos. Y hay ese olor, ese olor sutil e irrebatible, el olor de las malas noticias que vienen de la mano de la medicina.
–Qué hacés, che –digo, pero casi no digo, se me debe haber caído la voz en algún lado.
Nada. No habla. Hay un rictus, sonríe, un estiramiento lateral de la comisura de los labios, pero no mucho, apenas, de un solo lado, y los ojos sí, los ojos me miran y es una mirada que sólo he visto en algunos animales, en un perro que espera del otro lado de la puerta y no sabe porqué la puerta está cerrada ni encuentra una rotunda manera de manifestar su desesperación.
–Te diste un palo, nomás –levanto una mano buscando una pared para apoyarme, pero no hay pared. Abro los pies un poco, tratando de afirmarme–. Me dijeron que podés hablar. Así que contame cómo estás, decime algo, forro.
Nada. Una inspiración profunda, que infla apenas su escuálido pecho. Fija la vista en los cables que bajan, en el suero o el calmante o lo que sea que gotea y se mete en su muñeca derecha.
–Decime algo, pelotudo –yo también intento sonreír–. Decime cómo quedó la moto, decime qué dicen los médicos. Te quiero mucho, y te vas a poner bien, pero decime algo.
–Matame –dice.
–¿Qué? –Estoy transpirando, hace un calor del carajo. No entendí bien, habla muy bajito y no entendí bien.
–Ma ta me –separa las tres sílabas, mueve la boca muy despacio–. No voy a poder mover un dedo nunca más en mi vida. No voy a poder coger ni tomar cerveza ni andar en moto nunca más en mi vida. Aprovechemos ahora que no está el médico ni mi vieja. Agarrá una almohada y asfixiame.
–Me partí la columna en 33 pedazos –sigue–, no tiene arreglo. Si sos mi amigo, matame. Si no, andate y dejame en paz.
Ahí estoy yo, de pie, junto a la cama de H., que nunca más volverá a ser H. Y no están los médicos ni las enfermeras, no sé porqué. Y ahí está la almohada, y la mirada de H. desde quién sabe qué infierno.
Ahí estoy yo, de pie, junto a la cama de H.

11.6.09

No se nota

Cuando alguien te habla de las virtudes del matrimonio, cuando alguien te dice que la vida resulta un territorio yermo y vacío si no te despertás setecientas treinta y nueve domingos al lado de la misma insostenible persona, cuando te dicen que la vida es absurda hasta que no viste emerger a tu quinto hijo del interior de la vagina misma, bueno, eso no está bien.
Cuando alguien te dice que si no tenés el póster de Sai Baba en la puerta de tu cuarto entonces sos como un lobo extraviado y babeante, cuando te dicen que si no peregrinaste a la India para tocarle los pies a ese hombre que no ha usado zapatos jamás en su vida y sonríe como un beato o como cuando yo era chiquitito y tenía tremendos deseos de hacer pis, entonces sos una bestia sin alma con el intelecto de un scottish terrier, cuando te dicen que si no prendés incienso de lapacho y dulce de batata el tercer día del equinoccio del dragón tu vida, para resumir, no tiene sentido, bueno, eso no está bien.
Cuando alguien te dice que no viviste nada hasta que no corriste cuarenta y un kilómetros y te falta un solo kilómetro para terminar la maratón, cuando te dicen que no hay nada tan intenso como sentir después de seis horas que te cagás, que si estornudás te cagás, y aún así seguís corriendo porque sabés que es en el correr donde está el secreto de todas las cosas, cuanto te dicen que no hay nada en el mundo, ni la heroína, ni coger, comparable al momento en que te sacás las zapatillas después de tres horas de correr como un energúmeno, bueno, eso no está bien.
Y podríamos seguir. Con el teatro, el psicoanálisis, la dieta vegetariana, la pesca con o sin mosca, la fotografía, y así. Podríamos seguir.
Si sos feliz yo me voy a dar cuenta. Vos no digas nada.

7.6.09

Guruji

El gurú agonizaba, el gurú se moría. Descansaba en su lecho de flores rojas y blancas, y parecía estar prácticamente sumergido en ellas. Asomaba su cráneo huesudo, cubierto por una fina capa de piel, insuficiente para cubrir lo que albergaba el interior, y asomaban las venas apenas palpitantes, los huesos del cráneo, como si les faltara un tris para quebrar el pergamino epitelial.
El gurú siempre había sido delgado merced al más estricto vegetarianismo y a su vida de asceta, de meditador y peregrino. Se lo veía por lo general sentado, envuelto en su chal, o de pie, apoyado en un bastón. La imagen a lo Gandhi, que todo el mundo había visto alguna vez, esas escuálidas rodillas, ese andar como si se estuviera desplazando por un río, como si el agua lo cubriera hasta la cintura y fuera imperioso andar con extremo cuidado.
El gurú tenía 83 años, y había anunciado que moriría a los 83 años. Permanecía recostado en su lecho de flores, exánime, dos dedos, índice y pulgar de su mano derecha, acariciando una flor.
Y era todo ojos, dos protuberancias al borde de la exoftalmia, su mirada todavía vivaz, recorriendo la inmensidad de la sala, sus pupilas de un negro infinito en medio de la esclerótica que ya no era nívea sino amarillenta.
Había música de fondo, un sonsonete tarareado por cientos de voces, los presentes que permanecían haciendo tintinear campanitas y susurrando mantras tantas veces ensayados.
El incienso en el aire resultaba algo empalagoso, excesivo tal vez, pero los discípulos juraban y perjuraban que era la fragancia preferida del maestro.
A los costados del gigantesco camastro, dos jóvenes con el torso desnudo abanicaban al maestro con hojas de palma. Eran los meses de mayor calor en Naipul.
El gurú, con un rictus de contrariedad por el esfuerzo, alcanzó a levantar un índice, la señal acordada cuando requería que le humedecieran los labios con té de mango. La muerte siempre resulta algo triste, aunque el maestro había explicado hasta la extenuación que no había motivos para estar triste, por la contundente razón que no había muerte. Un cambio de envase tan solo, para continuar su obra de misericordia y simpatía infinita.
El gurú se moría, y había que regocijarse.
–Maestro –dijo uno de los muchachitos calvos de la primera fila, poniéndose de pie, inclinándose sobre el lecho–, maestro, antes de irse, ¿cuál es el sentido de la vida?
El gurú abrió los ojos, con infinita bondad, lo que hizo que el muchacho se acercara un paso más y torciera la cabeza, prestando su máxima atención al momento sublime.
–Pelotudo –dijo el gurú. Y se murió.

3.6.09

Haiku, birra, faso

Camino bajo la lluvia por el barrio de mi niñez.
Me cobijan árboles que ya no existen.
La gente que pasa no entiende.

31.5.09

Trance

Existe un momento, yo no sé si dura un minuto o tres, yo no sé si uno está en algo llamado estado alfa, o qué, pero está estudiado, por aproximación, como todo. Es el minuto, o los tres, que duran cuando uno todavía no se ha despertado, pero tampoco está dormido. Uno emerge como un buzo idóneo que se ha animado, justamente, a bucear en las profundidades del inconsciente, llámenlo como quieran, no estoy aquí para hacer gárgaras mitad psicoanalíticas, mitad semánticas.
En ese momento donde me despierto, entonces, sin estar todavía despierto, en ese momento donde vengo de un lugar tan real como cualquier otro, veo con claridad que soy un faraón, un emperador, un rey. Veo una multitud que aguarda mi presencia para que los impregne de mi sabiduría, para que los esclarezca y les de algo de sentido a sus vidas, veo mis criados que terminan de preparar los manjares para el desayuno, mientras vírgenes vestales terminan de bañarme con el mayor de los cuidados, en absoluto silencio. Veo a mi perro Eke a un costado de la bañera, indiferente tal vez al cargo que le he conferido, hermano de sangre con plenos poderes.
Es todo tan real como inobjetable, me espera un día con las recompensas de un iluminado. Debo conducir el reino a un destino de grandeza, la gente me reverencia, confían en mí.
Abro los ojos, y te veo a vos, al lado mío, todavía dormida, con la boca ligeramente entreabierta y el cabello sobre la frente. Y es ese momento exacto en el cual no sé qué es mejor, de qué lado del sueño quedarme.

27.5.09

En la otra orilla

Terminado el colegio secundario, o entre los dieciséis y los diecisiete años para fijar alguna vana precisión, el noventa y tres por ciento de la gente, durante el noventa y tres por ciento del tiempo, se lo pasa pensando y haciendo cosas en conexión directa con el dinero (lo sepan o no). Se trabaja por dinero, se tiene un hijo y se necesita más dinero, se divorcia y se discute por dinero, se habla con amigos y se pide dinero, se toma alcohol añorando dinero (o una guitarra eléctrica, que cuesta, en fin, dinero), se sueña cómo sería despertarse con dinero (o con la guitarra eléctrica), y así. El dinero está allí, como un ácido, como un óxido, siempre presente, comiendo, alterando la esencia misma de las cosas.
Y de pronto, por una extraña combinación de azar y voluntad, unos pocos elegidos logran trascender el dinero, saltar la valla imposible que se come tu mayor esfuerzo, despejar el dinero de la trágica ecuación de la vida.
Es entonces cuando uno esperaría ver en esos genios o santos la luz de la sabiduría, la beatitud del nirvana, la paz en alguno de sus uniformes. Pero lo que se ve por lo general son unos imbéciles rematados, indignados en cualquier restaurante porque el molinillo para la pimienta ya no es lo que era, llorando como chicos porque una pelotita se les fue al bunker, mujeres con tanta silicona que uno podría apagarles un puro en una teta y no se darían cuenta.
Lo que quiero decir es que retirado el dinero, ese espacio de la desesperación más pura sólo puede ser llenado por algo absurdo, ridículo, trivial.

23.5.09

Tres meses, en ningún caso más de seis

Pasa, lo sé, que alguien me conoce, una mujer, y se involucra, por decirlo de alguna forma, conmigo, a la manera más o menos tradicional, como suele involucrarse una mujer con un hombre.
Y pasa un tiempo, no quiero generalizar, tres meses, no mucho más, en ningún caso más de seis, y la mujer cree que se ha agotado la experiencia. La experiencia de conocernos. Y la mujer, a la manera tradicional, también, me abandona, se va. Ha hecho pie en mí, y debe continuar su camino, su venturoso futuro que la aguarda a la vuelta de cualquier esquina. Porque si le ha pasado algo bueno que fue conocerme, razona, eso ha sido tan sólo el principio y no debe demorarse, porque le pasarán muchas cosas buenas, muchas cosas más. Siente, la mujer, que se le han alineado los planetas, que debe aprovechar su racha.
Así que la mujer se va. Y yo me quedo. Me iría, si esto fuera posible, con la mujer, pero no es posible, la mujer me lo impide de manera taxativa, así que me quedo conmigo.
Pero al poco tiempo, pasados tres meses, no mucho más, en ningún caso más de seis, la mujer no se siente bien, la mujer siente un curioso malestar. Descubre entonces, la mujer, que mi ausencia es desgarradora, que gran parte de su alegría era por interpósita persona, por radiación, por exposición, por contacto, como en el caso del saturnismo, como en el caso del uranio, si se trata de dar fútiles ejemplos.
Y la mujer descubre, un domingo a la tarde, que no encuentra otras fantásticas puertas para abrir, que tal vez el venturoso futuro le ha hecho trampa, y tampoco puede regresar a bañarse en el mismo río, que a Heráclito se le terminó el jabón.
Esos extraños momentos donde me fascina ser yo.

19.5.09

Biotipos

Existen tan solo dos tipos de actividades: las actividades que se hacen desde la exigencia, y las actividades que se hacen desde el placer.
¿Qué cómo hacés para darte cuenta cuál es cuál? Fácil. Las actividades que se hacen desde la exigencia son las actividades que se disfrutan al final, y las actividades que se hacen desde el placer son las actividades que se disfrutan en el durante.
Veamos alguna aproximación, algún atisbo de ejemplo. Comer se disfruta durante, correr se disfruta al final. Es fácil, ves, es fácil.
Ahora avancemos con los problemas. Si sos una persona sesgada a las actividades que se hacen desde el placer, entonces es muy sencillo, te gusta todo lo que hace mal, sos hedonista, autocomplaciente, dionisiaco, en nuestro ejemplo sos gordo, llamalo como quieras, en fin. Si sos una persona sesgada a las actividades que se hacen desde la exigencia, entonces es sencillo también, te gustan todos los desafíos, tenés un mandato monumental, contás las calorías, los kilos, los metros, querés ser campeón del mundo aunque no sabés de qué, en nuestro ejemplo sos uno de los tantos infelices que uno puede ver corriendo bajo un sol del once de enero, con gorrita, concentrado, ingiriendo bebidas de colores fosforescentes, mirando un absurdo reloj, y todo eso sin dejar de correr, mientras tu rostro refleja una profunda contrariedad.
Y listo, ya está, eso es todo lo que tenía para decirte sobre el tema. ¿No te alcanza? ¿Vos querías una moraleja? ¿Vos querías algo más?
Bueno. Si vos estás dentro del grupo de la exigencia, entonces no hay remedio. Es triste, es aburrido, y nada más. Tu ecuación de premios y castigos te impedirá ser feliz más allá de los logros que alcances, aunque sea un momento, como quien arranca con despreocupación un durazno del árbol de la vida.
Y si estás dentro del grupo del placer, tenés que saber que nunca serás bueno en nada. Las mieles de la excelencia te han sido negadas. Podés prender un cigarrillo o servirte otro whisky y recostarte en una reposera, eso sí.

15.5.09

Encuentro con Satán

Voy caminando, deben ser las siete de la tarde y voy caminando por una calle de mi barrio. Debo encontrarme con una persona, una persona cualquiera, para discutir un tema sin importancia. La calle en realidad no es una calle, es una avenida, y el movimiento es el habitual de esa hora de la tarde. La gente que trabaja en oficinas, la gente que trabaja en el centro, ha comenzado ya su proceso migratorio, huye, atraviesa los barrios por cielo, por tierra y por mar, tan rápido como es capaz. Sólo desea estar de vuelta, no importa adónde. Así como la salud puede ser definida como la ausencia de enfermedad, tal vez la vida consista en escapar de un lugar y luego de otro lugar, sólo para descubrir que uno ha llegado a un lugar del que desea escapar. El aerobismo no sería otra cosa que la última religión, la máxima expresión de la única necesidad.
Voy caminando, entonces, eso ya lo dije, por una avenida plagada de pequeños comercios donde nadie se esfuerza mucho por vender, lo que nadie desea en verdad comprar.
De pronto, sin ningún motivo particular, observo un automóvil estacionado al bordillo de la acera (he leído la expresión tantas veces que presumo que es la manera correcta de decirlo). Es un automóvil bastante viejo, de un color cremita que lleva unos tres años, quizás cinco, sin ser lavado. Está abierta la puerta del acompañante, y dos personas, un hombre y una mujer de mediana edad, todavía sobre la vereda, sostienen del brazo a una mujer, una mujer muy mayor, a la que acompañan los pocos pasos que hace falta dar hasta el automóvil.
En el automóvil, en su interior, en el asiento trasero, hay dos chicos de entre siete y once años de edad, una nena y un varón, que siguen la escena con urgencia y desinterés. Es fácil deducir que el auto es de sus padres, y sus padres son el matrimonio que ayuda a la mujer, a la mujer mayor, y la mujer mayor es la abuela, y esa es la escena. Y no tiene importancia. Y punto.
Pero tiene importancia. Yo conozco a esa mujer. Esa mujer fue mi dentista. Esa mujer fue mi dentista cuando yo era un niño. Esa mujer me hizo daño. Es ella, un torturado jamás olvida el rostro de su torturador. No tengo dudas.
–¡Usted! –me detengo, frente a ellos. La mujer levanta la vista, todavía preocupada en arrastrar sus fatigados pies, la mirada extraviada, algo de saliva en la comisura de sus labios– ¡Usted es la hija de puta más grande que yo vi en mi vida! –el hombre y la mujer se inquietan, pero tienen los brazos ocupados, no pueden soltar a la mujer mayor– ¡Usted me torturó! ¡Usted me aplicó cuatro anestesias para sacarme una muela, y después me dijo que la anestesia no prendía, y me sacó la muela igual! ¡De un tirón! ¡Me sacó la muela igual! ¡Usted usaba ese torno, y cada vez que escucho un zumbido similar siento deseos de llorar! ¡Usted decía que yo levantara la mano si me dolía, y entonces usted iba a parar! ¡Y yo levantaba la mano! ¡Y usted no paraba jamás! ¡Usted sonreía! ¡Usted me hizo llorar! ¡Usted mintió! ¡Cuando yo sabía que debería ir al dentista, sufría con una semana de anticipación! ¡Usted es Josef Mengele rediviva! ¡Usted no usaba anestesia para arreglar caries, para abaratar costos! ¡Usted es la reencarnación del mal sobre la faz de ésta pútrida tierra!
–Oiga, un momento –habla el hombre. Es el hijo. Usa una barbita candado, y gruesos lentes. Se lo ve algo fatigado por el esfuerzo de cargar a su madre.
–¡Callate, infeliz, porque te voy a matar acá delante de tu absurda madre! ¡Y voy a violar a tu señora a pesar de su inconcebible fealdad! ¡Y voy a quemar a tus hijos con un cigarrillo! ¡Y voy a destrozar ese ordinario automóvil a patadas! ¡Y me voy a comprar un helado y me voy a sentar a ver cómo pataleás, vieja de mierda, hasta que el ataque cardíaco arrase con tu asquerosa existencia! Te odio, hija de puta, te odio de verdad, y espero que agonices un largo rato con un brazo extendido sin poder alcanzar el blister de aspirinas sobre la mesada, que tu última visión sea un blister de aspirinas en lo alto de tu triste cielo de yeso mientras una de tus mejillas se enfría sobre las ridículas baldosas del piso de tu cocina.
Me apoyo contra una pared, necesito reponerme, tomar aire para poder continuar.
–Yo –dice la vieja, la Doctora Golbfard, la encarnación del mal– yo, yo soy –tiene la mirada acuosa detrás de sus gafas, su voz es un graznido, pone su último esfuerzo en balbucear–… Yo soy arquitecta.
–¿Ah, sí? –me acerco y me agacho un poco, mi rostro a unos tres centímetros de su rostro–. Puede ser, entonces me equivoqué de persona, pero es parecida. Buenas tardes.

11.5.09

Dejá de llorar

Estoy en un bar, dónde podría estar. Es muy temprano, las ocho de la mañana o menos, la hora donde la ciudad flexiona las rodillas y sale a tirar patadas hasta que a nadie le queden ganas de soñar.
El bar es un bar de barrio, poca gente, sin los colmillos a flor de piel de los que van al microcentro a morir, pero primero a matar. Hay una mesa ocupada, en realidad tres, pero los solitarios no cuentan, los solitarios miran por la ventana o fuman o piensan o se conforman con estar del lado de adentro del cristal. Hay una mesa, entonces, una mesa con cuatro integrantes, papá, mamá, nene, nena. El nene, porque es el nene el que ha captado mi atención, llora. Llora como si fuera la actividad para la que se preparó toda la vida, llora como si, después de esta vez, no fuera a llorar nunca más.
Intento seguir con mi vida, leer, garabatear un par de palabras en un cuaderno gastado de tanto manoseo. Pero no es posible, lo que equivale a decir que es imposible. El nene no para de llorar. Debe tener siete años, un flequillo que se aparta de la frente con un antebrazo, pero que de inmediato vuelve a caer, y mocos que van cayendo en dos surcos y que él se encarga de ir sorbiendo, pero sólo en parte. Tiene la taza de café con leche con ambas manos, pero no toma. Y llora, y su llanto, cada tanto, sube en intensidad, y luego desciende a la intensidad original, a esa intensidad media, pero no desaparece.
La madre ha intentado hacerlo callar, dos veces, pero ha perdido la fe, conoce al chico desde hace demasiado tiempo y sabe que el chico, su llanto, no va a cesar. El tema que atormenta al chico es una visita al dentista, o un partido de fútbol que se le ha prometido como contraprestación, como recompensa, en una negociación en la cual se lo ha engañado, no le han cumplido y eso lo decepciona profundamente. Y a falta de herramientas, el chico elige llorar.
La hermana del chico debe ser tres o cinco años mayor, disfruta viendo que su hermano es el problema, y elige portarse bien, sólo para mostrar que está en la vereda opuesta. El padre no habla, se hunde en su café con leche y no habla, porque necesita algo de fuerza para enfrentar las próximas doce horas de lo que sea que le espere. La madre unta una tostada con particular desinterés, y con queso descremado o desquesado también, por hacer algo y mantener las manos ocupadas. El fastidio como una bufanda transparente.
El chico retoma su berrinche. Ha juntado un poco de aire y tiene más fuerza. Eleva su planteo a un mundo que no lo comprende. El dentista, el partido de fútbol, el dolo, la injusticia, la maldad.
Me pongo de pie, me acerco hasta su mesa.
–No llorés, pichón –le digo–. Dejá de llorar que esto recién empieza. Ya vas a tener oportunidades para vengarte, o de repetir la historia de estos forros, seguramente de entregarte, o de intentar escapar. Pero mientras tanto, por ahora, tomate el café con leche y no llores más.

7.5.09

Trompada de mono

cabalgando sobre el vulgar fastidio
de tu vida
tu conciencia enjabonada de mentiras
más o menos clásicas
te permite dar el salto en largo de la noche
mientras miles de almohadas se impregnan
de penas
difíciles de clasificar
para los amantes de los insectos y las prácticas
aberrantes.

aunque la química y los fenicios estén de tu lado
mi cuchillo de duda contempla el tajo por el que
vas a sangrar
cada sonrisa.

3.5.09

Derecho de propiedad, lección # 47

Estás en una oficina. Trabajás en una oficina, es algo que no pudiste evitar. Y entre las cosas que hacés para poder soportarlo, tomás café, mandás un mail a alguien que no conocés, cogés con alguien porque está cerca, comprás el diario aunque todos los diarios estén disponibles por Internet.
Y hay alguien, porque en las oficinas siempre hay alguien, que te lee el diario. Pero no te lo pide, no, no dice ‘por favor’, o ‘me fijo una cosa y te lo devuelvo enseguida’, o ‘muchas gracias’. De ninguna manera, porque eso implicaría reconocer que se trata de una rata miserable que tal vez tiene un automóvil de cincuenta y tres mil dólares pero no está dispuesto a gastar dos pesos. La gente es así, tiene una insensata fascinación por todo aquello que pueda ser gratis, no vale la pena razonarlo ni intentar.
Y ese alguien ha descubierto que vos salís a almorzar, y dejás el diario sobre el escritorio. Y ese alguien sabe a qué hora salís a almorzar. Y cuando vos no estás, ese alguien se acerca a tu escritorio, y agarra tu diario, sin pedir permiso, y lo lee mientras come una milanesa fría que trajo de su casa, o lo lee mientras se va a cagar.
Cuando vos volvés, de almorzar, el diario está sobre el escritorio, con una mancha de tomate o de mierda pura, y está doblado distinto a como vos lo dejaste, o alguien lo ha usado para entrenar para el panamericano de sudoku, o alguien le ha hecho un pequeño recorte de algo que necesitaba, y vos te das cuenta de inmediato pero ese alguien está sentado, lejos de tu escritorio, haciéndose el distraído o hablando por teléfono, sintiendo que es capaz de leer tu diario sin pagarlo ni avisarte, sintiendo esa minúscula victoria crecer y desarrollarse como una oruga, sintiendo que tal vez eso le salve el día y le permita saberse un tipo astuto y especial.
Aquí viene el procedimiento. Antes de irte a comer, antes de dejar el diario sobre el escritorio, uno debe tomar unas tijeras. Se coloca el diario, que para ser leído debe estar en una posición que podríamos definir como vertical, se lo coloca, entonces, sobre el escritorio, de manera horizontal, con el manojo de hojas dispuestas a ser leídas, ese lateral por el cual uno debería usar los dedos para pasar las hojas, de frente a uno. Y se hace un corte, de todas las hojas, de una sola vez, justo por la mitad. Debe ser un corte limpio, recto, pero no total. Hay que detener la tijera entre uno y tres centímetros antes de llegar a la otra punta, al otro extremo. Se trata, la maniobra, su originalidad, consiste en que el corte no sea total. Allí descansa todo el procedimiento.
Se guarda la tijera. Se deja el diario en posición de ser leído. Y uno se va a comer.
Cuando uno no está presente, ese alguien se acercará a tu escritorio, puede que incluso se siente en tu silla, y se prepare a leer el diario. Tras sondear los títulos de la tapa, procederá a intentar dar vuelta una hoja, la primera hoja.
Pero entonces descubrirá que consigue dar vuelta la mitad de la hoja, la mitad superior de la hoja, si ha puesto sus dedos en el extremo superior derecho del diario, porque la mitad inferior de la hoja no se mueve, se queda quieta.
Ese alguien descubre, que para dar vuelta la hoja debería usar las dos manos, para lograr que las dos mitades se muevan al unísono, y no una mano. Porque cuando intente dar vuelta la hoja, la siguiente hoja, vuelve a descubrir que sólo consigue mover, como en su intento anterior, media hoja.
Lo que le sucede lo desmotivará un poco, le generará un curioso fastidio, porque leer el diario teniendo que pasar las hojas con las dos manos, en lugar de con una, no es lo mismo, no tiene la misma gracia.
Pero el diario lo compré yo, es mi diario. Y yo considero que para vos leerlo debiera ser más difícil, te tiene que costar un poquito más.

27.4.09

Crisis (ni peligro, ni mucho menos oportunidad)

Veo por televisión un reportaje a Borges, hecho, quién sabe, hace treinta años, y me doy cuenta que jamás se me ocurrirá la trama de un cuento de Borges, ni una respuesta de Borges, y que si me quedara ciego, inclusive, mi ceguera sería una ceguera infinitamente menor, más aburrida, que la ceguera de Borges.
Voy a España. Voy a Madrid. Voy al Museo Reina Sofía. Veo un cuadro. Un cuadro de Francis Bacon. El cuadro se llama ‘Figura tumbada’. Y me doy cuenta que jamás podré pintar un Bacon, que jamás sabré cómo empuñar un pincel, que sería difícil para mí, incluso, mezclar dos colores.
Escucho por casualidad, en una emisora de música clásica, las Variaciones Goldberg, y me doy cuenta que no sé tocar el piano, que nunca sabré tocar el piano, que mis dedos de gorila oxidado no tendrían inconvenientes en jurar que tocar el piano es imposible.
Abro la heladera. Hay un amorfo pedazo de dulce de membrillo que ha comenzado una extraña y verdosa mutación, tres o cuatro cucharadas de un arroz refugiado en el fondo de una fuente, frío, seco y apelotonado, una gaseosa abierta sin una sola burbuja de gas, algo de queso rallado espolvoreado sobre los estantes, un durazno que parece haber recibido, vaya uno a saber el porqué, los motivos, el impacto de un balazo.
Bajo a comprar comida. Seguro que después se me ocurre algo.

23.4.09

No te asustes

Me hablan y yo muevo la cabeza, fijo la mirada, asiento, pero no, no escucho lo que me dicen. No me interesa.
Doy limosnas a quien me pide. A ciegos, a hombres en silla de ruedas, a mujeres echadas en la calle con cuatro o cinco chicos como una leona con sus cachorros en medio de la selva, a chicos que hacen malabares en las esquinas con una mezcla de tristeza e impericia, a chicos que tocan el acordeón, melodías que suenan apenas, como si las apagara la lluvia, pero casi no siento amargura porque es algo demasiado inevitable, es como si me pidieran que me preparara para un viaje a la luna, no sé qué llevaría.
Doy propinas a mozos demasiado cansados para recordar si les pediste agua con gas o sin gas, a mozas de culos todavía firmes y miradas que juran y perjuran que esto es momentáneo, que ellas tienen talento para hacer otra cosa, a gente que escupe ensaladas de fruta o se pasa el puré de calabaza por las axilas, porque jamás consideré la posibilidad que alguien tomara en cuenta lo que yo necesito.
Veo noticieros donde explican y desmenuzan las tragedias del día, un adolescente que viola abuelas de ochenta años y después les corta un dedo índice y se lo come con mostaza o ketchup pero nunca mayonesa, un hombre que cocina a su hijo de siete meses, lo mete en un horno para no escucharlo llorar porque está viendo el partido de la Copa Libertadores, un hombre que sale de noche a matar perros a martillazos, cinco o siete perros por noche, pero de día es profesor de biología, excelente esposo, buen padre, y yo digo ‘no lo puedo creer’, o ‘qué barbaridad’, o ‘mirá vos’, pero no me importa. En lo más mínimo.
Viajo en subte y alguien grita ‘¡me robaron!’, o viajo en colectivo y alguien se toma el pecho y cae muerto, justo al lado mío, o camino entre la gente y alguien es apuñalado para robarle un anillo que vale como mucho una milanesa en un bar de barrio periférico, y yo sigo con mi viaje, miro por la ventana, sigo.
Soy como vos, parecido a vos.

19.4.09

La gente ríe, vos bailás

Lo que pasa con las fiestas, lo triste de las fiestas, lo tremendo de las fiestas, es lo siguiente.
La gente fracasó, eso es fácil de ver. La diferencia entre lo que son y lo que querían ser es ya demasiado amplia, sería como pedirle a un Fox Terrier pelo duro que cruce nadando un mar.
Entonces, por extraños vericuetos del azar, alguien hace una fiesta. Y la gente va a la fiesta y dice, aunque no lo dice, pero lo piensa: ésta es mi revancha, me voy a desquitar de tantas pero tantas cosas que salieron mal, ésta es una fiesta, éste es el momento, voy a ser feliz ahora, acá.
Y lo que sale, lo que gotea de ese esfuerzo, es como una pila sulfatada, como una mueca puesta sobre el lugar donde alguna vez hubo una sonrisa, es un carnaval carioca envolviendo todos esos apilados días que llevás aguantando todo lo que no querías que pasara, todo lo que se fue a la mismísima mierda para no volver nunca más.
Después viene la mesa dulce, y vos esperás que haya algún oculto secreto en la isla flotante o en la mousse de chocolate. Tal vez con otra porción de torta cambie de pantalla el jueguito de tu vida y se ponga más entretenido, quién sabe, puede pasar.

15.4.09

No le pidas peras a Pérez

ella pensó que podía ser
feliz
sin mí.
¡maldita sea!
toda una vida equivocándose.
venir a tener razón
justo
ahora.

11.4.09

Eso es lo que me pasa

Mi amigo M. ha perdido a su madre. Después de una tremenda enfermedad, después de cinco años de luchar, su madre ha muerto. Mi amigo M. está muy mal, y después de conversar con sus amigos, es perfectamente consciente que precisa ayuda. Así que decide llamar a un psiquiatra, pedir un turno, para poder tomar algún medicamento que le permita sobrellevar la profunda depresión que lo atormenta, para poder dormir, recuperarse.
Llama a su prepaga, para pedir un turno con un psiquiatra, pero le dicen que pueden darle un turno para dentro de cuarenta y cinco días.
Mi amigo M. decide apelar al ingenio. Llama entonces al número de emergencias, y dice:
–Miren, yo soy el primo de M., sé que es afiliado de ustedes. Vengo de verlo, está en su casa, lo vi con un arma, lo vi muy mal. Necesita ayuda.
Le preguntan si está con el paciente.
–No, yo vengo de verlo y me tuve que ir, pero quedé muy preocupado, por eso, como sé que tiene esta prepaga, me animé a llamarlos. Porque tengo miedo. Porque no sé qué hacer.
Le dicen que hizo bien, le piden el nombre y apellido completo de M., el teléfono y la dirección, chequean los datos. Le dicen que lo va a llamar un psiquiatra que hace las guardias de urgencia, que le pida por favor a M. que lo reciba, que lo atienda.
–No se haga problema, yo le aviso. M. lo va a atender, pero apúrense, me quedé muy preocupado –dice M.
Al rato suena el teléfono en la casa de M. Atiende M.
–Hola.
–Sí, señor, lo llamo de urgencias psiquiátricas, nos llamó su primo para decirnos que usted no está bien.
–Ah, sí. ¿Qué quiere?
–Nos gustaría asistirlo, señor. Deberíamos combinar un turno, mi consultorio está en la calle Entre Ríos al 900, tal vez el jueves a las quince y treinta.
–¿Hoy qué día es? –Dice M.
–Viernes, hoy es viernes. Son las ocho de la noche.
–Se hizo tarde –dice M.
–Quedamos para el jueves, si le parece. Soy la Doctora Viviana Spoletti.
–No –dice M–. No llego. Estoy muy triste, tengo mucha bronca, se murió mi mamá. No puedo esperar al jueves. Tengo un arma, también. No sé, algo voy a hacer.
–¡No! –dice la Doctora Viviana Spoletti–. Cálmese. Dígame dónde vive y yo paso a hacerle una visita.
–Vivo muy lejos –dice M–. Vivo en San Fernando.
–Bueno, yo tengo automóvil. Si usted me explica cómo llegar, yo calculo que en unas tres horas puedo estar ahí.
–¿Tres horas?
–Sí, tres horas. Explíqueme por favor cómo llegar. Yo estoy en el barrio de Congreso.
–¿En qué calle?
–En la calle Entre Ríos, al 900.
–¿Usted vive en su consultorio? Qué mal que anda la psiquiatría, no debe dejar un sope. Deje, usted también está remal, no venga, no hace falta.
–Explíqueme cómo llegar y voy. O mejor, podríamos encontrarnos en una estación de servicio, hay una Shell en Panamericana y …
–¿Sos tonta?
–¿Qué?
–Si sos tonta. Yo conozco esa estación de servicio. Te van a afanar, te van a violar.
La Doctora Viviana Spoletti hace silencio, un silencio que indica que no tiene deseos que la afanen, que preferiría que no la violen, que no tiene ganas de salir de su casa esa noche. Está viendo una película, una película donde actúa Meg Ryan, una película donde tal vez por primera vez Meg Ryan no hace los papeles que Meg Ryan hizo toda la vida. A la doctora le gusta el corte de pelo de Meg Ryan.
–¿Puedo tomar Tranquinal? –dice M.
–¿Qué?
–Si puedo tomar Tranquinal, para dormir. No puedo dormir. Y si no puedo dormir, al día siguiente estoy muy cansado.
–No, señor. Yo soy médico psiquiatra y debo verlo para poder hacer un diagnóstico, y así indicar una terapia rigurosa que nos permita enfrentar la patología que usted atraviesa.
–No tengo tiempo para esas boludeces –dice M–. Puedo tomar un par de Rivotril de 0.75 y un Dioxaflex. Tengo muy contracturada la espalda.
–¡Nooo! –dice la Doctora Spoletti–. Usted no debe mezclar esos medicamentos de ninguna manera.
–¿Y Valium? Valium a la noche, con un Vicodín, y a la mañana Meridian con Xanax.
–¡Nooo! –La Doctora Spoletti lanza un chillido de desesperación–. Si toma eso no se va a poder levantar de la cama.
–¿Y Prozac? ¿El Prozac hace bien?
–Señor, debo verlo para poder diagnosticar. Si le parece puedo darle un turno para el día martes. Lo espero en mi consultorio para comenzar el tratamiento.
–No necesito tratamiento, doctora, necesito saber qué medicamento tomar.
–Señor, como médico psiquiatra debo ver al paciente para poder diagnosticar.
–No –dice M–. No nos vamos a ver nunca. Voy a ver si mato a mi gato, o a un vecino, o a mí mismo. Estoy triste, eso es lo que me pasa, ése es el diagnóstico. Estoy triste, pelotuda, estoy triste y nada más.

Mi amigo M. cortó el teléfono y al rato me llamó y me contó la conversación que yo acabo de transcribir. Y yo todavía me estoy riendo, porque es genial.

7.4.09

La prueba de la milanesa

Ella está cocinando. Está cocinando milanesas. Después de freírlas, las va apilando en una fuente, todavía puede verse el aceite burbujeante sobre la superficie que se debate a mitad de camino entre el amarillo y el marrón. Hay en el ambiente un olor característico, un olor particular.
Le digo que se desvista, la ayudo a desanudar el delantal. Le bajo la bombacha mientras ella permanece aún con las manos ocupadas por utensilios de cocina. Cierro la puerta.
Le digo que se frote con una milanesa. Le señalo la milanesa que está encima de la pila de milanesas. Es una milanesa amplia e irregular, del tamaño de un continente, del tamaño de Europa, tal vez, en un planisferio de los que se colgaban en el colegio durante las clases de geografía.
–Está caliente –me dice–. Me voy a quemar.
No importa. Le digo que no me importa, que lo intente. Ella se lo piensa un poco. Toma la milanesa con dos dedos, primero, y luego la pone sobre la palma de una mano, como si se tratara de una bandeja.
–Esperá –tiene todavía el corpiño puesto. Se lo quito–. Ahora sí.
Como si fuera una esponja, con cuidado, y con una sonrisa que refleja lo absurdo que le resulta el pedido y la escena, se pasa la milanesa por el antebrazo izquierdo, a modo de prueba.
–No está tan caliente –dice.
–Dale –digo.
Se pasa entonces la milanesa por el brazo, el hombro. Luego por el estómago y las tetas. Baja entonces a los muslos, vuelve a subir, sobre el pubis hace un movimiento circular.
–¿Cómo si me estuviera bañando?
–Sí, como si te estuvieras bañando. Muy bien –le digo.
Y entonces sigue, sin dejar de mirarme. Cambia de mano la milanesa y hace medio giro para frotarse las nalgas y detrás de las rodillas.
–El pelo –le digo.
Sube a la cabeza, el pelo y la cara, la milanesa ha perdido cierta consistencia inicial, gran parte de la costra del pan rallado, ya frito, que la cubría.
Sigue un rato más. Apoya entonces la milanesa en la mesada y me mira. Espera que suceda algo, aquello que yo haya planeado. Sexo salvaje, una profunda reflexión sobre el alma humana, no sé.
Abro la puerta de la cocina y voy a sentarme al sillón. Ella me sigue.
–¿Y ahora? ¿Cómo sigue? –tiene los brazos algo separados del cuerpo y los dedos de las manos muy abiertos. Le brilla un poco la frente.
–No sé, no tengo la menor idea –le digo–. Pegate una ducha, mirá como estás.
–¿Y qué más? –dice y da una patadita sobre el piso– ¿Qué más?
–Tirá esa milanesa –le digo–. No se me ocurre nada más.

*Al autor no se le escapa, el autor no puede ignorar, que ya ha tocado el tema de referencia, en más de una oportunidad. Utilizando el dulce de membrillo en lugar de la milanesa, el autor ha hecho barbaridades utilizando un mantecol, ha escrito incluso un fragmento, todavía inédito, donde se emplea una brótola, aunque preferiría no entrar en detalles que pudieran herir la sensibilidad de algún desprevenido lector. El punto es que no debieran sacarse conclusiones apresuradas respecto a la imaginación declinante del autor, su falta de talento en general, su decadencia y caída, en fin. Quizás al autor le parece que el tema en cuestión resulta ejemplificador y profundo, amén de entretenido. Un tema que permite asomarse, por lo que dura un instante, a lo insondable de las relaciones humanas.

3.4.09

Tenso

Mi chica me dice que estoy tenso, que nota mi espalda contracturada, que estoy más huraño que de costumbre. Dice que trabajo demasiado, que me preocupo mucho, que toda esa tensión repercute en el cuerpo.
–¿Y dónde querés que repercuta? –le digo–. ¿En los zócalos?
Pero es mi chica y me quiere y no está mal que alguien te cuide un poco. Me sugiere que debo hacer yoga. Ella hace yoga hace años y tiene, además de un excelente buen humor, una flexibilidad corporal deslumbrante, una piel preciosa, le brilla el cabello, sonríe.
–Es por el yoga –dice–. Todo es por el yoga.
Y a mí me parece un trato justo perder una hora por semana si consigo con eso recuperar en algo el volumen hídrico de mi eyaculación, dejar de sentir una pata de elefante sobre el corazón después de cenar, poder subir las escaleras del subterráneo sin sentir que alguien me atraviesa la cintura con una aguja hirviente de cincuenta centímetros de largo, cosas así.
Y vamos a la mañana siguiente a la clase de yoga, y mi chica está feliz de presentarme a su grupo, formado en su amplia mayoría por señoras de más de cincuenta años y un par de muchachos de cabeza rapada y modales suaves, culiflacos, con bracitos como alambres.
El profesor tiene la mirada penetrante y orejas puntiagudas, viste unos pantalones de gasa o tul color salmón y nada más, para que todos podamos observar cómo se mueve cada fibra de su cuerpo en cada respiración.
–Vamos a comenzar con unos ejercicios básicos de respiración, y después vamos a realizar una rutina de asanas –dice.
Nos dan unas colchonetas individuales y nos sentamos, seremos unos quince, dejando un metro de distancia entre uno y otro. El ambiente es agradable, la luz es tenue, la música suave, se huele un incienso que no es demasiado agresivo.
Después de respirar un poco de diferentes formas, reteniendo el aire, acelerando el ritmo, exhalando con fuerza, el maestro dice ‘ahora hacemos la posición de la mangosta que busca en la tierra un cachorro de reno’. Al intentar sostenerme de cara al piso, haciendo fuerza con los dedos de mi mano derecha para liberar parte de mis costillas, y levantar al mismo tiempo hacia atrás, tan alto como me sea posible, mi pierna izquierda, me tiro un pedo descomunal. Es lo que se conoce como un pedo ‘corneta’, largo, cargado, grave, y lo que es peor, oloroso. Pienso que he desayunado un café con leche con una empanada de carne fría. La empanada debía tener unos tres días en la heladera.
–¡Prrrflsssprrrabsp!
–¡No podés! –dice una señora canosa que se sienta y comienza a limpiar sus lentes con el borde de su remera. Al parecer estaba muy cerca de mí, y debo haberle pedorreado directamente el rostro. Noto que sus lentes están empañados.
–El señor se cagó mal –dice otra mujer que se aparta dando pequeños saltitos con la cola, intentando establecer una preventiva distancia entre la olorosa estela y su persona. Se la ve afectada y compungida por la situación, sabe que su maniobra no tendrá el efecto buscado, no hay dónde esconderse.
–¡Qué olor! –Dice uno de los mariquitas al tiempo que olisquea el aire con frenesí.
Me pongo de pie, hago una ligera inclinación de cabeza al swami, tomo mis zapatillas y bajo las escaleras a toda velocidad, en medias. Jamás hubiera podido hacerme vegetariano, igual no era para mí.

31.3.09

Color esperanza

Después de los treinta años, te habrás golpeado la cabeza contra el techo. El techo, tan metafórico como real, es el techo de tus posibilidades. Si estás casado es probable que te divorcies, y si estás divorciado es probable que te cases otra vez. Se trata de enfrentar los momentos donde la soledad te lastima los tímpanos y pensás que todo lo que necesitás es encontrar la compañía adecuada, o simplemente compañía para terminar huyendo al poco tiempo boqueando como un pez que se desespera por llegar al remanso del agua y poder respirar, un poco, otra vez. Te parecerá que la génesis de todos tus problemas es el trabajo que te atormenta, y que si tan solo no tuvieras que ir a ese maldito trabajo entonces sí podrías finalmente hacer lo que por tanto tiempo soñaste. Pero si te quedaras sin trabajo por tres meses, empezarías a planear cualquier trabajo absurdo, desde domador de delfines a fabricante de alfajores de maizena, porque no sabés qué corneta hacer con tu alma. Y está el aspecto lúdico, claro, las ganas de aprender teatro o tocar el piano o volverte un avezado jugador de ajedrez. Pero es tarde, lo sabés. ¡Y viajes! Claro, viajes, hasta que te das cuenta que las últimas mil trescientas veinticuatro fotos que sacaste son una repelotudez, y que un monasterio es un monasterio donde los que aspiraban a conversar con Dios tienen que lavarse los dientes y comer un puñado de arroz día tras día, esperando el rayo de luz que nunca llega. Y descubrís que la arena de San Clemente y la arena de Egipto es más o menos la misma cosa. Y boludos hay en todas partes, y gente que te quiere vender una alfombra, claro que sí. Y te volvés. Y puede que te encuentres con la chica que fue tu novia durante quinto grado de la escuela primaria, y no puedas creer lo que ves. Y puede que te emociones cuando alguno de tus hijos actúe en la fiesta de fin de año, o no.
Y después te empieza a molestar tremendamente la rodilla izquierda, o no ves bien de un ojo, o el colesterol se te voló a 33. Después se pone peor, y en la tele dan siempre las mismas series.

27.3.09

Perfecta para mí

Ahora que tenés las tetas de durlock.
Ahora que te hiciste un tratamiento capilar a base de placenta de tortuga y líquido amniótico de ballena embarazada en el mar Adriático.
Ahora que te pusiste dos pómulos reforzados con titanio del que se usó en la construcción del transbordador Columbia, recubiertos con una fina capa de polímeros cerámicos policarbonatados sódicos.
Ahora que te hiciste un injerto en el culo, en realidad dos paralelogramos de piel de foca cruzada con cebra y una mezcla de dulce de batata con dulce de membrillo para lograr un mayor brillo, una perfecta adherencia.
Ahora que te hiciste pintar las córneas de un violeta pálido, con una pintura especial que se usa para pintar los guardabarros del Porsche Baxter.
Ahora que te aplicaste un nuevo láser que transforma la grasa en plastilina que puede ser moldeada a voluntad y conserva su forma por 96 horas.
Ahora que vas 28 horas semanales a un gimnasio donde te hacen escalar una montaña inexistente, y pedalear a oscuras en bicicletas a lo largo de ningún paisaje, y donde el sudor de tus ingles se mezcla con el óxido de los goznes de complejas maquinarias, dando lugar a un ácido capaz de quemar las más resistentes superficies.
Quiero decirte que estoy cogiendo con tu prima. La gordita, la de lentes, que camina medio encorvada.

23.3.09

Me despierto

Y de pronto me despierto y sé tocar el piano, es increíble. Yo, que jamás he estado a menos de treinta metros de un instrumento musical, soy un pianista. De jazz, soy Petruciani y Monk, y toco en clubes nocturnos sin quitarme el cigarrillo de la boca. Y tomo whisky de la botella, y la gente aplaude, y el fenómeno corre de boca en boca, y vienen a verme de las más importantes discográficas porque hay un nuevo genio musical capaz de acariciarte el alma con un piano, soy yo.
Y de pronto me despierto y sé pintar, soy un pintor genial. Mezcla de Picasso y Dalí, la reencarnación de Pollock, pinto a lo Pollock pero con la garompa, y hago cuadros magníficos y deformes y llenos de significados, a lo Bacon, lo que equivale a decir que con una mano pinto como Velázquez, con la otra como Bacon, con la garompa como Pollock. Y pinto con los pies, también. Soy increíble, nunca se vio algo así.
Y de pronto me despierto y sé escribir, soy un escritor de la reputísima madre. Escribo cuentos como Chejov, como Carver, escribo poemas como Ferlinghetti, como Bukowski, como Pound, escribo novelas con la complejidad de Saer, con la tristeza de Onetti, con la genialidad de Burgess, todos juntos, y firmo autógrafos y fornico con veinteañeras que desean ser mis alumnas o que les firme las tetas con un marcador o que les regale una sonrisa, un moco, un pelo de mis huevos. Firmo también contratos por anticipado, tengo vendidas novelas que escribiré dentro de diecisiete años, viajo por el mundo, doy conferencias, tomo buenos vinos, fumo cigarros, salgo a caminar por Paris en camiseta.
Y de pronto me despierto mientras soñaba que me despertaba siete minutos antes.

19.3.09

Seguir

ya pasó el desafío de ser feliz.
ya estás volviendo de tu anteúltimo
fracaso
y ahora sí
quizás puedas mirar por la ventana
o caminar bajo la lluvia
o sonreír.
ya podés barrer los vidrios de tus
sueños rotos
ordenar un poco
y seguir.
lo que salió mal se mezcla con lo que
salió
peor
y da una mermelada casi capaz
de sorprender.
salís a navegar en tu fracaso
recién pintado.
es bueno oler el mar.

15.3.09

En China

Entro al supermercado, el supermercado del chino de la vuelta de mi casa, el supermercado de barrio que sueña con ser alguna vez uno de los grandes supermercados de las grandes cadenas de supermercados que se desayunan a los supermercados de barrio como si se tratara de bocadillos. Peces grandes comiéndose a peces chicos, peces chicos luchando y soñando con ser peces grandes alguna vez, para poder decir que ahora sí, ahora entienden, que hacen lo que hacen porque alguna vez fueron peces chicos. No sé, todo el mundo tiene razón, me perdí.
Agarro un paquete de fideos Don Vicente algo machucado, una botella de vino Norton, barato y contundente, un poco de manteca, un poco de queso rallado adulterado y fraccionado y embolsado, mezclado tal vez con piedra caliza y limadura de pico de avestruz. Sé que todavía puedo, que mi fracaso no es absoluto y final. Sé que se trata de una mala década. Como ir a la ruleta y que salga setenta y siete veces seguidas el cero. No es normal, no corresponde, pero las leyes de la estadística dicen que puede pasar.
Mientras pueda comer un plato de fideos y tomar un vaso de vino sé que todavía soy posible, sé que tengo una posibilidad.
Voy a la caja, a cumplir con el sagrado rito de pagar. En la caja hay un chino flaquito, de esos chinos que pueden tener entre diecisiete y cincuenta y siete años, a los que sólo les interesa fumar.
Al verme, el chino tira para atrás su silla, se arrodilla sobre el mugriento suelo, cruza los dedos y coloca sus manos prácticamente sobre su frente, en una tan sorprendente como absurda plegaria.
–¡No, por favor! ¡Por favor! –dice.
Es extraño, lo admito, pero estoy acostumbrado a ver cosas extrañas. Apoyo los fideos, la manteca, el vino.
–¿Me cobrás?
–¡No me mate! –está llorando, puedo ver lágrimas en su enjuto rostro, sobre sus huesudos pómulos apenas recubiertos de piel– ¡Por favor! ¡Tengo familia! ¡Por favor!
No entiendo qué sucede. Es evidente que el hombre de rodillas me habla, sin mirarme, a mí. Me pide clemencia, continúa con su súplica sin animarse a abrir los ojos.
–No entiendo. ¿Qué te pasa?
–¡Por favor! Ayer fue suficiente. Ya entendí. ¡Ya entendí!
Lo miro. Detrás de él hay una chica, muy pequeña, con el cabello recogido en una simpática coleta. Mantiene la vista baja, en su padre o su marido o su hermano, no lo sé, con esa sumisión oriental y única. Pero está muerta de miedo también, la veo temblar por debajo de su jersey color verde pastel.
–¿Qué carajo pasa? ¿Se volvieron todos locos?
–¡Por favor!
–Hablá de una vez –Agarro la botella por el pico y la sostengo así, pero no sé porqué.
–Usted, usted –abre los ojos y parpadea mucho, me mira un instante y fija la vista en el piso inmediatamente después.
–¡Qué! ¡Yo qué!
–Usted, ayer. Vino y le pegó a mi padre, mucho. Todavía está internado, con conmoción cerebral. Los médicos no creen que sobreviva. Y violó a Sun Twein –señala hacia atrás, a la chica que de inmediato se ruboriza–. Usted, no contento, la violó por detrás, delante de todos, delante de los chicos. Y usted me quemó, con una plancha, a mí –suspende el rezo, la súplica, y con una mano aparta el cabello de un costado de su cabeza, hacia atrás. Falta una oreja allí, debería haber una oreja, en ese lugar, pero no hay oreja, sino un amasijo de piel enrojecida, calcinada, mezclado con algún ungüento y una costra demasiado reciente, todavía no ha empezado a cicatrizar, pero cuando cicatrice quedará otra cosa. Nunca más volverá a haber una oreja allí.
–¡Pero qué decís! ¿Quién te hizo eso? ¿Por qué?
–Ayer –vuelve a cerrar los ojos, vuelve a juntar los dedos bajo el mentón–. Usted. Dijo que nos mataría a todos. Dijo que volvería.
–No puede ser. Yo ayer estaba en Hurlingham. Me quedé en lo de Verónica. ¿Me cobrás?
–No me mate, señor. Llévese lo que quiera. Por favor, ya entendí.

11.3.09

Finura

Cuando suena el teléfono, porque siempre suena el teléfono, y es tarde, porque siempre es tarde, y yo digo ‘hola’. Es alguien, una mujer, para decirme cómo estás tanto tiempo qué es de tu vida. Pero no es real, nada de lo que dice es real, porque la mujer, esa mujer, lo que quiere saber, lo que necesita confirmar, es que hizo bien, más que bien, al dejarme. Esa mujer necesita saber que no se equivocó en huir de mí como si yo fuera un animal apestado y absurdo.
Esa mujer no consigue entender qué fue lo que le sucedió, a ella, en qué momento su magnífico plan lleno de playa y de sol y de hijos y autos y casas con jardín, ese plan tan finamente trazado, fracasó.
Entonces llaman, como quien revuelve cajones olvidados buscando llaves que ya no abren ninguna puerta, y necesitan que yo les diga algo, que mi linterna, aunque sea una vez más, las ilumine.
Y yo les digo que estoy muy mal, que mi vida es un desastre, que nunca después de ellas pude volver a sonreír. Que tengo sarna y lepra, pelagra y botulismo, un poco de tifus, tuberculosis de la fuerte, bastante piorrea, que vivo prácticamente en la miseria, que hay noches donde mi cena es una lata de arvejas y un pedazo de pan, que rengueo un poco, que vendí mis libros, que ya no veo a nadie, que los jóvenes, cuando camino por la calle, se burlan de mí.
Y eso les da un poco de fuerza para continuar con sus estúpidas vidas, para seguir deambulando entre maridos insólitos y trabajos inútiles, para creer que lo único que les hace falta es un viaje o un curso, mientras esperan que empiece ese programa de televisión nocturno donde los participantes cantan o bailan y luego deben aguardar que un jurado de notables les diga que son los elegidos, que sus sueños pueden hacerse realidad, que es posible, sí.

7.3.09

Señoras y señores

El hombre subió al colectivo, como cualquier persona. Esperó que subieran dos personas que estaban delante de él. Era de noche, y estaban la mitad de los asientos ocupados, una persona de pie leyendo un diario viejo. Hacía frío.
El hombre se paró de frente a los pasajeros, de espaldas al conductor, y sacó un arma. La exhibió primero, por un instante, sosteniéndola en alto, con la palma casi abierta, prácticamente colgada del índice encargado del gatillo. Luego nos apuntó.
–Señoras y señores, buenas noches –dijo, y se levantó un poco la gorrita con visera, verde, para que pudiéramos verle el rostro–. Esto no es un robo. Los voy a matar, de a uno. No quiero plata, no deseo reivindicación alguna. Los voy a matar porque los odio, porque me cansaron, porque sí.
Lo cierto era que debíamos ser unas once personas dentro del colectivo, sin contar al hombre de la gorrita verde que nos apuntaba, y el revólver debía tener seis balas. Era un detalle que convenía no dejar de considerar.
–¡No me mate, por favor, estoy muy enfermo! –Dijo un hombre mayor, de lentes, que se irguió apenas en el asiento para mostrar lo que le costaba ponerse de pie. Alzó un bastón como si se estuviera cubriendo el pecho, como si el bastón fuera suficiente para detener las balas.
–¡No me mate, por favor, estoy embarazada, voy a ser madre! –Dijo una mujer de unos treinta años, al borde de las lágrimas o ya llorando, que intentó alisarse el vestido de un horrible estampado con flores amarillas, para que se viera la protuberancia de su vientre. Tuvo otro acceso de llanto y se cubrió la cara con las manos.
–¡No me mate, por favor, soy el futuro! –Dijo un joven flaquito que estaba sentado al fondo y se había quitado los auriculares con los que escuchaba música. El susto superaba la indignación, y ambas cosas eran superadas por el sinsentido de tener que imaginar su vida truncada antes de haber, como quien dice, explotado, antes de haber dado rienda suelta a todo su extraordinario potencial.
–No me mate, por favor –Dije. Me puse de pie, porque estaba sentado en el tercer asiento de la fila del conductor, y tenía prácticamente al hombre de la gorrita verde y la pistola a mi derecha, muy cerca. En un rápido movimiento donde la contundencia no excluía cierta dosis de elegancia, le partí con todas mis fuerzas la botella de vino que tenía sujeta del pico, contra el cráneo. Se escuchó sonido de vidrios rotos, y la sangre y el vino salpicaron en varias direcciones mientras el sujeto caía desarmado, como un maniquí arrojado desde un piso alto. Su gorra, con visera, verde, rebotó contra una ventana y quedó sobre un asiento vacío. Se escucharon algunos gritos de los pasajeros, después de tanta tensión contenida–. Tengo una cena.

3.3.09

Todos queremos ser felices

Te lo explico una vez, porque me da pena verte así. Te lo explico porque es triste que estés tan mal.
Todos queremos ser felices, claro que todos queremos ser felices. Qué novedad. Ser feliz es el faro, la brújula, el motor.
Pero, y acá es donde aparece la trampa, por eso te pido que prestes atención, la felicidad es un organismo parasitario.
Te veo la carita y veo que te cuesta, que no entendés.
La felicidad necesita, para alimentarse, para poder desplegar las alas o bostezar, que estés haciendo algo, otra cosa. La felicidad te da algo, te da felicidad, pero come de lo que vos estés haciendo.
Y entonces podés ser feliz, y darte cuenta quizás, mientras cogés o caminás, mientras pintás una puerta (tampoco te vamos a pedir a vos que pintes el Guernica), mientras comés mantecol, mientras desabrochás un corpiño o peinás un flequillo o jugás al ajedrez o andás en moto o quién sabe qué más.
Pero no se puede ser feliz como objetivo primario, no podés ser feliz y punto porque la felicidad come de eso que estás haciendo y si no estás haciendo nada se marchita, se vuela, se va.
Así que dejá de pensar cosas como ‘yo quiero ser feliz’, o ‘¿porqué no puedo ser feliz?’, porque no funciona de esa forma. Te lo expliqué una vez, no te lo explico más.

27.2.09

Siete pesos (mi mejor plan)

La moza que me trae un café con una medialuna de manteca, es hermosa. Es tan hermosa que no puede evitarlo. Adivino sus glúteos emergiendo del pantalón negro en ese movimiento tan particular y único, los dedos de sus huesudas manos son largos, sus tobillos son finos y del color de la cerámica, el pelo negro con un flequillo ‘stone’ que roza sus cejas, apenas. Se ríe y es como un atardecer en la playa. Tetas pequeñas, culo muy firme.
–No sé quién sos, no te había visto jamás en mi vida, pero vayámonos juntos, ya. No es necesario que estés acá, no tiene sentido que trabajes, dejame que te cuide. Podés estudiar psicología o arquitectura, quizás tengas inquietud por la pintura, quizás sepas cantar. Quiero volver a casa y que abramos un vino y nos sentemos a ver cómo se hace de noche. Quiero que nos quedemos mirando por la ventana, o que vayamos a la playa y salgamos a caminar. Quiero que desayunemos juntos y verte envuelta en un toallón cuando salís de la ducha. Podemos ser felices, a veces pasa, nos corresponde, puede funcionar –dije. Sí, mirándola, muy serio, quizás los nervios me traicionaron un poco, al final, una gota de sudor surcó mi frente buscando el reparo de una ceja. Nunca me había pasado algo así, ni en la adolescencia. Era tan linda que daban ganas de llorar.
–Son siete pesos –me dijo.
–¿Eh?
–Un café, una medialuna, siete pesos.
Hay veces que un cuaderno y una birome son el único lugar para esconderse. Hay veces que no queda otro remedio que soñar.

23.2.09

Service

Entre tantas cosas que tengo, entre la caspa y el odio, tengo, también, un radiograbador. Es un radiograbador no muy bueno, no muy nuevo, alguien que me quiso alguna vez me lo debe haber regalado. Me sirve, el radiograbador, para escuchar la radio, a la mañana principalmente. A la persona que me lo regaló no le sirvo más.
Por esas cosas que suceden, por esas peculiaridades, caprichos que tienen los objetos, el radiograbador deja de funcionar. El radiograbador no anda más. Cuando un radiograbador no anda, cuando un radiograbador deja de funcionar, entre las cosas que no se pueden hacer está escuchar la radio. Así que lo llevo a un local de mi barrio, como si cargara un perro con una pata quebrada. El local se llama ‘Service Total’. Me atiende un señor de edad mediana, sin ningún rasgo distintivo que valga la pena mencionar. Es bajo, pero no muy bajo, es canoso, pero no demasiado, tendrá cuarenta años, o cincuenta, rasgos orientales tal vez, pero diluidos por sucesivas generaciones que han debido habitar el suelo argentino, lo que equivale a decir nuestro amado país.
Le explico el problema. Me dice que debo dejar el aparato, que así él lo podrá revisar, hacer un diagnóstico, esa es la palabra que emplea. Dice que el diagnóstico cuesta, pongamos, cincuenta pesos. Con el diagnóstico, entonces, podré tomar una decisión. Debo volver dentro de tres días. Me parece bien, así que digo:
–Me parece bien.
Pago los cincuenta pesos, me dan un papel.
Pasan tres días. Tres días sin el radiograbador. Descubro entonces que he estado tres días sin escuchar la radio.
Me presento en el local. En ‘Service Total’. Me atiende el mismo hombre, que ha cambiado de camisa, todo lo demás está igual.
–Te dejé una radio –digo. Exhibo el papel.
–A ver –dice. Toma el papel y desaparece por una puerta trasera. Al rato, a los cinco minutos, vuelve a aparecer. Trae una suerte de carrito de aluminio, una camilla. Sobre el carrito, mi radiograbador yace abierto de par en par. Todo lo que había en su interior, está ahora a la vista: cables, circuitos, trozos de plástico, tubitos de metal.
–Es complicado –dice el hombre–. Hay que cambiar el rotor cibercerúleo y hacer un puente de policarbonato que permita la maxibustión aórtica sub-buffer.
Le pregunto cuánto va a costar repararlo. El hombre dice un precio que debe ser el de un radiograbador nuevo, flamante, menos un peso, tal vez.
–No –digo.
–¿Cómo?
–No. No deseo repararlo –digo.
–Pero ya está abierto –dice el hombre. No se ríe, sabe que no debe reírse, pero hay una mueca imperceptible, una torcedura de su labio inferior que deja al descubierto por un instante una repulsiva e irregular hilera de dientes amarillos. Sabe que me tiene atrapado, es un cazador y yo he caído en la trampa. Se limita a saborear la situación.
–No importa –digo–. Me lo llevo así.
Tomo una bolsa de nylon y voy colocando, pedazo a pedazo, el radiograbador, en lo que ha sido transformado. El hombre se inquieta, hace repiquetear los cortos dedos de una mano sobre el mostrador. Algo se está desviando de sus maliciosos planes.
–Quizás te puedo hacer un descuento –dice–. Dejalo y pasá en una semana.
–No –digo–. No te voy a dejar nada. Lo importante es que no te salgan las cosas como vos pensabas. Si es necesario, prefiero no escuchar la radio nunca más.

19.2.09

Especial

yo no quiero ser campeón del mundo de nada. yo no quiero sacar mis siete hijos a pasear. yo no quiero ser director comercial de una empresa que exporta, que importa, y que vuelve a exportar. yo no quiero que me jures que estás enamorada pero que se te va a pasar. yo no quiero visitar las pirámides de egipto, ni la torre eiffel, ni el último pedazo del último glaciar. yo no quiero manejar una ferrari ni un transbordador espacial. yo no quiero ser flaco ni alto ni rubio ni lindo. yo no quiero poder, yo no quiero triunfar.

lo que quiero es que llueva, que siga lloviendo
mientras yo me quedo sentado en el bar.

15.2.09

Que me perdone Australia

Para su cumpleaños, le regalé un canguro. Me costó mucho trabajo conseguirlo, y una pila de plata. Es un canguro jovencito, cola parada, ojos del tamaño de dos pelotas de tenis y piernas que le permiten dar saltos de más de dos metros de alto.
Los traen de Australia, de contrabando, es ilegal, y la pena por atentar de esa forma contra los animales, alejándolos de su hábitat natural, es de varios años de prisión. Tienen que sacarlos en barco, narcotizados, y luego en avión. Los llevan a Europa. Hay que sobornar funcionarios de aduana, adulterar papeles, inventar pedidos oficiales de zoológicos inexistentes.
Decidí tomar el riesgo, violar no sé cuántas de mis propias normas éticas, hacer la inversión. Necesito que ella sienta lo que es vivir, aunque sea por un día, con alguien que no para de romper las pelotas.

11.2.09

En la tormenta

Con todo este fracaso, con todo este dolor, con todo este cúmulo de tragedias más o menos tradicionales pero con la curiosa e irrebatible peculiaridad de ser mías. Con este muestrario de barbaridades, decía, con este catálogo personal e intransferible de frustraciones, he construido algo hermoso. He sido capaz, aunque jamás me hubiera creído capaz, ha sido supervivencia tal vez, llamémoslo defensa propia, he podido sobreponerme, por decirlo de alguna forma, he podido transformar todo este abanico de hecatombes en una flor, una sonrisa, una canción.
Y he generado también, imagino que como parte de la construcción, de la reacción química descripta, como parte del proceso, una considerable cantidad de grasa. Tengo una panza.

7.2.09

Los peces y los panes

En la oficina sucedían las cosas que suceden en una oficina: alguien coge con alguien, todos odian a todos, alguien sueña con ascender, con alcanzar el agridulce paraíso de una gerencia, todos sueñan con escapar de esa rutina melosa y gris, manejar un descapotable, sentir el viento en la cara, ver el mar.
CR era un cadete, ya demasiado grande para ser cadete, y estaba estipulado, desde mucho tiempo atrás, anterior a mi llegada, que era un imbécil. No podía uno decir que fuera mogólico en el sentido exacto del término, pero las orejas en jarra, la parte superior del cráneo absurdamente plana, el corte de pelo de un interno de neuropsiquiátrico, y la sonrisa ensalivada y permanente, dejaban en claro que no era un sujeto normal.
Al parecer se trataba de un hijo de un coronel importante, y el coronel importante había pedido un favor a un funcionario importante. Un favor importante. Y el favor importante había sido un trabajo para su hijo extraño, y el favor importante había merecido una gratificación importante. Y eso había sucedido hacía tanto tiempo que no valía la pena revisar la cuestión. Regla número uno para sobrevivir en una oficina: si existe la posibilidad de dejar las cosas como están, no haga nada.
Y CR, que trabajaba de cadete, deambulaba por la oficina con su sonrisa eterna y brillante de saliva y su tacita de mate cocido en la mano, que iba apoyando en cualquier parte, manchando certificaciones, arruinando autorizaciones, y así.
CR, además de no hacer nada, estudiaba. Estudiaba sistemas, desde hacía unos quince años, y todo indicaba que seguiría estudiando unos quince años más, lo cual le concedía un régimen especial de trabajo, que le permitía retirarse unas tres veces por semana dos horas antes, además de poder pedirse días por examen. Como no hacía nada, a nadie le importaba lo que hacía, a nadie le importaba si venía o no, y él podía seguir estudiando tranquilo, tomando su eterno mate cocido.
Y ahí estaba yo, en esa maldita oficina, viendo cómo hacer para progresar en la vida, descubriendo que trabajar como trabajaba casi todo el mundo era un asco, una mierda, era algo que te secaba el alma en poco tiempo y te ponía blancos los pelos de los huevos y hacía que no te rieras nunca más. Y eso era todo y la gente lo aceptaba porque no había otra opción, y yo no daba más, aunque no pudiera ser que no diera más porque todavía no había pasado nada, todavía, se podría decir, no había empezado.
Quise hacer una broma, nada más. Me pareció gracioso y original. Hice que alguien le diera una tarea a CR, una tarea, inventada, que lo mandaran a otro piso, a llevar unos papeles, a conseguir una firma, que lo alejaran por un rato. Y agarré el portafolio de CR. Porque, olvidé contarlo, CR andaba siempre con un portafolio de esos de material plástico, duro, símil cuero, negro, con combinación. Y le abrí la combinación, era fácil, yo sabía hacer esas cosas. Y llamé a otro cadete. Marito, un pibe despierto, y lo mandé a la fiambrería. Le di cincuenta pesos y le dije ‘traé pan’.
–¿Qué?
–Traé pan.
–¿Qué pan?
–No importa qué pan. Traé pan. Traé todo el pan que puedas comprar. Rápido.
Y Marito me entendió al toque, y fue y vino con pan. Trajo pan lactal. El que viene en rodajas. Trajo cinco paquetes de pan blanco.
Así que comencé a colocar todo el pan dentro del portafolio, sobre las cosas de CR, un par de carpetas, biromes, un sacapuntas, un sello de goma. Hice un piso de pan. Y sobre ese piso, otro piso, y otro piso más. Empecé a apretar con fuerza, y seguí metiendo pan en el maletín, más pan, y mientras cargaba el maletín de pan, encerrado en un baño, me reía sin parar y Marito fumaba y se reía también.
–Apurate –me dijo–. Que debe estar por volver.
La idea era tan simple como estupenda. Era jueves, y CR se iba antes, se iba a la facultad. Había dicho que tenía un examen. Lo que yo quería era que CR se sentara en la facultad, para comenzar su examen, abriera el maletín, y comenzara a salir pan. Pan y más pan. La escena era absolutamente brillante y mía. La escena era genial.
Cerré el portafolio. Puse la combinación. Limpié las miguitas. Dejé todo en su lugar.
CR volvió, agarró sus cosas, se puso el saco, se fue.
–Tengo facultad –dijo.
Para entonces, el resto de la oficina ya conocía mi maniobra. Recibí algunas felicitaciones. Yo era un tipo especial.
Al otro día, el viernes, CR no vino a la oficina. El lunes vino un pariente y habló con el Director General. Después bajó la secretaria y nos contó que al parecer lo habían encontrado el jueves a la noche, a CR, ahorcado en su cuarto, en la casa de sus padres. CR se había suicidado. No se sabía nada más.

3.2.09

Lo que tenés que saber, pibe

Lo que tenés que saber, pibe, es que existen tres tipos de mujeres. Y no tiene nada que ver con que sean madres, o profesionales, o que tengan las tetas grandes o que lloren cuando ven por televisión el hambre en Etiopía. Tiene que ver, pibe, como todo lo importante en esta vida, con el alcohol, con la bebida.
Están las mujeres ‘ceteris paribus’. Es una mujer que no toma. No importa si estás comiendo un asado o una pizza, ella pedirá alguna repelotudez sofisticada, como jugo de frutilla con canela y ralladura de coco, o un licuado de durazno, menta y melón, o simplemente una gaseosa dietética.
Están las mujeres ‘pari passu’. Es una mujer que va a acompañar. Si fuiste a comer una pizza y decís ‘¿tomamos una cerveza?’, ella dirá ‘bueno’. Si fuiste a un restaurante italiano y decís ‘¿Tomamos vino?’, ella dirá ‘bueno, sí’.
Están las mujeres ‘mutatis mutandi’. Es una mujer que si estás en un bar y te pedís una cerveza con maníes, ella pedirá un gin-tonic, luego otro, y otro más, antes que vos hayas podido llegar a la mitad de tu primer vaso.
Ahora bien. Si estás en presencia, si la vida te coloca por un instante en compañía de una mujer ceteris paribus, andate. No lo pienses. No lo analices ni lo dudes, tirá cincuenta pesos sobre la mesa y andate. Es una mujer que más temprano que tarde no podrá ocultar la absoluta tristeza que le corroe el alma. Puede tener flequillo o querer tener hijos o ser una diseñadora gráfica, pero detrás de ese antifaz hay una tristeza tan grande como para llenar una bañadera de lágrimas. Andate, no te des vuelta, no existe forma sobre el planeta tierra de combatir ese mal.
Si estás en presencia de una mujer ‘mutatis mutandi’, preparate para el mejor mes de tu vida. Ella se meterá un turrón en el culo y bailará ‘satisfaction’ desnuda en la terraza un día de tres grados bajo cero. Ella te pedirá que la ahorques con un cinturón durante la práctica sexual, y te masturbará en los cines y tendrá la carcajada más sensual que te puedas imaginar. Pero además de verte a vos querrá ser amiga de Charly García, se pondrá cocaína en el clítoris e intentará que su perro Ulises le chupe la vagina, se tirará en aladelta después de haberse frotado el culo con un mantecol tamaño familiar y te dirá que quiere coger con las nubes, en fin. No puede durar.
Queda entonces la mujer ‘pari passu’, pibe. Una mujer a la que le gusta coger pero también dormir, una mujer que por lo general está contenta pero a veces no, una mujer que no es demasiado linda ni sueña con ser la nueva Janis Joplin, una mujer que mira la tele y también sabe leer, y le gusta caminar por la playa pero no toma sol. Una mujer que sabe que las cosas pueden mejorar, pero lo normal es que empeoren, porque la escalera mecánica siempre va para abajo y tu esfuerzo está muy bien pero también está bien descansar, porque hay fracasos plácidos que valen más que muchas victorias, y a veces es bueno estar juntos, abrazarse, tener algún que otro efímero plan.