28.4.17

Algo acerca del boxeo


Siempre me gustó el boxeo desde que puedo recordar, a mi padre también le gustaba. Tiene algo de nobleza absoluta, porque una cosa es pegarle a una pelotita y pasarla del otro lado de la red, distinto es tener un tipo enfrente que te quiere pegar y tener que pegarle.
Está la bellísima frase que dijo Mike Tyson alguna vez, aquello de ‘Everyone has a plan, until they get hit’. Porque si te fijás, si viste boxeo, hay un momento tan genial y tan único, cuando uno de los boxeadores le ha pegado al otro y el otro descubre, no encuentro otra manera de decirlo. El otro boxeador, el boxeador al que le han pegado descubre, decía, que le duele. Que el otro es mejor y le va a ganar, que le ha dolido la piña y tiene miedo.
Porque es en ese preciso instante donde entra a tallar una clave psicológica. Al hombre le ha dolido la piña y descubre, como dijo el señor Tyson, que todos sus planes se han ido como por arte de magia a la mismísima mierda. Y debe tratar que no se note. Porque si se nota está perdido, en el literal sentido del término, si se nota lo que le pasa, lo que le está pasando, entonces no tiene la menor oportunidad. Lo van a moler a palos mal.
Y entonces es de lo más común ver que un boxeador se ríe, sonríe y dice algo, o bailotea con ampulosidad, hace algún gesto que hasta entonces no había hecho.
Es esa antinatural sonrisa, esa negación con la cabeza, ese gesto de estar pasándola fenómeno, esto es lo que más me gusta hacer en la vida, lo que delata la gravedad de la situación. Se ríe porque lo están matando.
Me pareció importante comentarte todo esto para que entiendas lo que me pasa. Sí, te entendí que te cansaste de mí, que no me querés ver más, que de algún modo me estás dejando. Y quizás mi cara, algún comentario que te hice, la forma en que termino mi café y miro con curiosidad algo que ocurre del otro lado del ventanal, puede que te haya confundido un poco. Pero me estás haciendo moco, quedate bien tranquila.

21.4.17

En lo real


Estoy esperando para cruzar, esperando que el semáforo cambie de color, es lo que se estila. Justo en la esquina, a menos de diez metros, se detiene un camión. Es un camión bastante grande, con la caja metálica cerrada, parece de acero, como si de una gran heladera se tratara. Y de eso se trata, es un camión para transportar carne, y se ha detenido a pocos metros de una carnicería.
Descienden dos hombres, el conductor y su acompañante, de la parte delantera del camión. Uno de los hombres abre las metálicas trabas de la caja del camión. El otro hombre, que va como vestido de médico, aunque se percibe que el género de su uniforme es de una tela áspera, rústica, se coloca una toalla sobre los hombros, como si se colocara una corta capa. Lleva una cofia en la cabeza, pareciera que se está por duchar y no quisiera arruinarse el peinado.
El conductor del camión, que se ha subido al interior de la caja, le coloca media res, que quita de un gancho con un preciso movimiento, sobre los hombros, al otro hombre, que asimila el impacto, traba la media res con ambos brazos en alto, como si le estuviera haciendo una toma de catch.
Resopla, el hombre, se acomoda al peso, respira, se dispone a avanzar, a caminar los veinte o treinta pasos que lo separan de la entrada de la carnicería.
–Perdón –me acerco, lo miro–, lo molesto un segundo.
El hombre me mira con desprecio infinito, dejando en claro que la situación es por demás inoportuna. Abre las palmas, mira por un instante a los lados, un casi imperceptible movimiento de la cabeza. ¿Acaso no veo la media res que carga?
–Justamente –digo–. Me gustaría que me la pase. Llevarla, yo.
–¿Qué? –sonríe, es una verdadera sonrisa de genuina sorpresa.
–Eso, pasame la media res. Dejame cargarla a mí.
–Te vas a arruinar el traje –dice y niega con la cabeza–. La carne muerta chorrea jugo, todavía sangra.
–No importa –digo–. Pasamelá, dale.
–¿Qué le pasa a este forro? –pregunta el otro hombre, el conductor, desde arriba del camión–. Dale, que tenemos que bajar cuatro y seguir repartiendo.
–Quiere que le pase la media res –dice el tipo, y me apunta con el mentón.
–¿Qué?
–Que se la pase –dice–. La quiere llevar él.
–¿Y se puede saber por qué carajo la quiere llevar él? –pregunta el tipo desde arriba, ha prendido un cigarrillo y da una pitada que consume medio faso.
–No sé –dice el tipo que carga el animal muerto. Da un pequeño saltito para acomodarse la carga sobre los hombros.
–Yo tampoco sé –digo–, dale.
–Bueno, pasaselá –dice el de arriba–. Si se te llega a caer, te cagamos a patadas. ¿Estás de acuerdo?
–Sí –digo–. No se me va a caer.
Con un diestro movimiento del de abajo, y la ayuda del de arriba, me pasan la carga. Me calzan la media res sobre los hombros. Debe pesar unos buenos setenta kilos, quizás noventa, resoplo. Me miran. Siento la carne contra la parte de atrás de mi cabeza, la carne goteando sobre mi traje, el peso muerto.
–¿Y? –dice el de arriba–. Ahora movete, caminá.
Camino, me sigue el tipo de abajo, apoyando una mano sobre el animal. Me guía. Me ayuda a bajar la media res en el interior de la cámara frigorífica de la carnicería. Alguien se ríe. Alguien grita una puteada.
Vuelvo al trotecito al camión.
–Dame la otra –digo.
Repito el procedimiento, otras tres veces. Siento que crujen las costuras del saco, me duele una rodilla. Transpiro. Voy y vengo. Algo de gente que pasa por la calle se sorprende, me miran.
–Listo, flaco –el tipo que fuma baja del camión de un salto, termina su segundo cigarrillo, cierra la puerta–. Esa era la última.
–Tomá, limpiate aunque sea la cara –el otro me pasa una desteñida toalla de mano que llevaba enganchada en la cintura.
–Bueno, nos tenemos que ir –dice el conductor, se sube, arranca.
–¿Te sentís bien? –el otro me da la mano. Le devuelvo la toalla.
–Sí –le digo, me saco el saco, sonrío apenas–. Te juro que nunca me había sentido tan útil en toda mi vida.

14.4.17

La vida en colores


Después de hacer un curso de meditación, Tamara fue a un curso de respiración. Una amiga le había recomendado el curso, le había dicho que el instructor había vivido varios años en la India, el instructor había vivido en un ashram.
De ahí Tamara pasó al yoga sin escalas. Meditaba, respiraba, hacía su rutina de asanas con férrea tenacidad. Se despertaba a las siete menos veinte cada mañana y hacía lo suyo, durante cuarenta minutos. No se la podía molestar.
Después se bañaba, comía dos frutas y se iba a trabajar. Había encontrado, Tamara, después de tantos años, lo suyo. Se sentía más calmada, alegre, ya no tenía dolores de cabeza, le brillaba la piel. Había adelgazado, estaba siempre de buen humor, había entrado, como ella decía, en una dimensión espiritual. Ahora veo la vida en colores, le había dicho en una oportunidad a su novio, Gabriel.
Se había hecho vegetariana, Tamara, había dejado de fumar, no tomaba alcohol, ni siquiera una cerveza. No podías comer nada que hubiera tenido ojos. Porque si comías algo que hubiera tenido ojos, al comer absorbías la tristeza del animal en el momento de su muerte. Si comías carne, por ejemplo, eras un asco de persona que ni siquiera alcanzaba a comprender en qué consistía su paso por la tierra. Satanás, belcebú.
Tamara sentía que crecía como ser humano, se elevaba. Estar viva era suficiente motivo para estar contenta. Su vida, por decirlo de algún modo, no paraba de mejorar.
Hasta que un domingo a la mañana Gabriel le dijo que se iba. Bah, en realidad la que se tenía que ir era Tamara, porque el departamento era de Gabriel. Le dijo, Gabriel, que hacía unos cuatro meses que se estaba viendo con otra chica. Ante la insistente mezcla de asco y estupor de Tamara, Gabriel se vio obligado a dar algunos detalles. La chica con la que se estaba viendo se llamaba Paola, trabajaba de cajera en un supermercado. Solían ir todos los martes a una parrillita de Parque Patricios a comer, tomaban un vino de calidad media y después se iban a un hotelito cualquiera. No, Paola no estudiaba, le gustaban mucho los alfajores y las telenovelas. Tenía un perro que se llamaba Max.

7.4.17

Te explico lo que me pasa


Te explico lo que me pasa, lo que me ha pasado desde que puedo recordar, o sea desde siempre. A mí.
Tengo la angustia de los grandes hombres. Ya está, ya te lo dije. ¿Qué más? Nada más, eso.
Tengo, ponele, la tristeza que debía tener Onetti mientras escribía ‘La vida breve’, o después, mucho después, cuando se metió en la cama y se dio cuenta que no iba a poder salir a la calle nunca más. Tengo el nivel de locura que debió tener Bobby Fischer después de ganarle el match a Spassky, después de llevarse el mismísimo imperio ruso a babucha y tirarlo a la remierda y bajar a la calle a tomar un café con leche y darse cuenta que no se podía llegar más allá de lo que había hecho, porque sencillamente ya no había nada más para hacer. Tengo la angustia que debió sentir Maradona Diego cuando se dio cuenta que le dolían las patadas, que le iba a costar levantarse, que Dios le había tocado alguna vez la cabeza como la caricia de una madre pero de repente te vas perdiendo en medio de la bruma para nunca más volver.
Podría seguir, claro que podría seguir. Tengo la angustia, la tristeza, la locura, la frustración, la sensación de la más absoluta falta de sentido que sólo está reservada a los genios, a los grandes hombres que dejan una marca sobre este fatigado planeta. Pero mi vida está plagada de la más anodina cotidianeidad. Me lavo los dientes antes de acostarme a dormir, pago una boleta de gas (no, después de lavarme los dientes no, antes, durante el día). Trabajo en una oficina, los sábados a la noche pido pizza en La Continental. A veces fugazzeta, a veces napolitana con ajo. Envejezco sin excesivas calamidades, fatiga de materiales, decadencia y caída, lo normal.
Sí, qué boludo.

28.3.17

The times they are a-changin, cantaba Dylan


Durante un tiempo fueron las tetas. Tetas todo el tiempo, lo único importante sobre la faz de la tierra eran las tetas. No podía pensar en otra cosa. Veía tetas, soñaba, con tetas. Las tetas asaltaban mi imaginación, mi mente, sin importar la circunstancia. Quería ver tetas, tocar tetas, apretar tetas, chuparlas, mordisquear esos pezones de un rosa pálido, o color cremita, grandes como hamburguesas, incluso los pezones negros y chiquitos de araña. Quería que me apoyaran las tetas en la nuca, oler tetas que recién acababan de amamantar, que me pajeen, con las tetas. Necesitaba ver mujeres bañándose, lavándose las tetas, comer delante de mujeres en tetas, pajearme con una mano (con qué querés que me pajee), mientras con la otra mano tocaba una teta.
Después vino un período de culos. Los culos tomaron la totalidad de mi atención, se volvieron la obsesión de mi atribulado ser. Quería culos, culos de cualquier grupo y factor. Culos endurecidos de chicas que trotaban o hacían gimnasia, culos de gorditas que desbordaban de las bombachas, culos que se derramaban pero que se podían apretar con énfasis, culos cortos que quedaban tan pero tan bien en cuatro patas. Quería culos, cualquier culo, oler culos de chicas jovencitas, quería coger, culos, claro, meter la primer falange de un pulgar en algún culo y quedarme así, como si fuera para mí una meditación, un mudo mantra. Quería meter la nariz en algún culo y respirar adentro, chupar culos también, meter la lengua hecha un cartucho y sentir la aterciopelada textura del culo, la vibración. Necesitaba eyacular, sobre culos, sobre nalgas apenas entreabiertas, untar culos con aceite Johnson’s para niños y meter un dedo o dos, o la garompa, ya lo dije.
Pero ahora no, ya no. Desde hace un tiempo a esta parte. Así que no te preocupes, no te des manija con tal o cual imperfección, de tus tetas, de tu culo, estrías o várices, granos, el paso del tiempo en general, la decadencia y caída, fatiga de materiales. No tiene la menor importancia.
Ahora lo único que me interesa es que te vayas. Sí, que te vistas, claro, y que te vayas.

*https://www.youtube.com/watch?v=e7qQ6_RV4VQ

21.3.17

Silencio del altiplano


Me llamó, debían ser como las doce de la noche, tenía mi teléfono de antes, de cuando trabajaba en casa. Me dijo que acababa de volver de Bolivia, que el hombre con el que vivía la había echado a la calle después de intentar matarla, que no tenía ni dónde pasar la noche. Estaba en la terminal de micros de Retiro, se largó a llorar. Le dije que esperara, media hora como mucho, que ahí iba.
Normita había trabajado de mucama en mi casa cuando yo vivía con mis padres. Una de las pocas personas ajenas al círculo familiar que a mí no me molestaba ver dentro de la casa. Impecable, con su larga trenza negra y sus modales de duende, todo el sabio silencio del altiplano.
Mucho después, cuando me fui a vivir solo después de un divorcio más o menos traumático, la volví a encontrar en la calle. Y empezó a venir a limpiar mi departamento una vez por semana. Me gustaba que viniera, me hacía acordar cuando yo había sido un niño, además de hacer que el lugar donde vivía fuera más o menos habitable porque yo en esa época me dedicaba a tomar whisky y a mirar por la ventana y a pensar que la vida no tenía mayor sentido, no mucho más que eso.
Pasaron los años, nos vinimos grandes todos. Normita perdió un hijo en un accidente automovilístico, puso una verdulería con sus hermanos, le fue mal, me pidió dinero prestado y jamás pudo devolverlo. Se volvió a Bolivia.
Llegué a Retiro. Le llevé tres mil pesos y la acompañé a una pensión que manejaba un amigo por San Cristóbal. Dejé pagado el cuarto por una semana, le di más plata.
La llevé a comer algo, estaba muerta de hambre, avejentada. Me di cuenta que le temblaban un poco las manos, estaba quizás borracha.
–Gracias, gracias señor Juan –lloraba un poco, de a ratos, me preguntó si podía pedir vino, le dije que sí, claro–. Usted siempre tan bueno.
–No es nada, Norma, nos conocemos hace muchos años.
La dejé comer tranquila. Me contó un par de desgracias, hay un momento de la vida donde viene la pendiente y agarrás velocidad, no hay nada que hacerle.
Fue al baño, volvió más enfocada, quizás había tomado cocaína, se limpiaba demasiado la nariz con el revés de una mano.
–Usted es tan bueno, señor Juan –negaba con la cabeza.
–Está bien, Norma. No pasa nada.
Entonces me contó, que mientras trabajaba conmigo había quedado embarazada. En un análisis le habían dicho que tenía sida. El padre de la criatura había desaparecido de inmediato. Y ella, enojada con la vida que había sido tan injusta, hacía lo siguiente. En las casas donde trabajaba, en mi casa también, cuando quedaba sola, aprovechaba para bañarse, para comer. Hasta ahí todo normal.
–Y hacía algo más –dijo Normita, que ya se había limpiado un tubo de vino.
Lo que hacía, Normita, lo que me contó que hacía, era agarrar el cepillo de dientes del dueño de casa, y metérselo en la concha, o en el culo también. Y cepillarse bien adentro, un rato. Después dejaba todo acomodado como si nada.
–Quería esparcir lo malo que me pasaba a mí –juntó por un momento las manos sobre el pecho, como si estuviera rezando–. Estaba enojada, muy enojada, hasta que encontré el perdón de Dios. Dios es misericordioso y me perdonó, señor Juan. Y usted también me va a perdonar, yo estoy segura que usted me va a saber entender.

14.3.17

psi psi


de chiquito fui freudiano
después me hice lacaniano
ahora para ser feliz
como pollo con la mano.

estudié a Melanie Klein
leí a Maud Mannoni
y lo que mejor me hizo
fue que me toquen ahí.

logré controlar impulsos,
toleré la frustración,
pero me costó un montón.

quiero envejecer tranquilo
tener un perro, una mina
y un poco de sertralina.

7.3.17

El club de las corredoras


Bajé a la calle, era temprano. Era domingo también, pero yo, después de tantos años de oficina, quedé programado para despertarme temprano. Tuve unos años donde estuve muy triste y no dormía, no se lo deseo ni a mi peor enemigo. Volvés a tu casa, sabés que se va a hacer de noche y que no vas a poder dormir. Entrás a la cama sabiendo que vas a perder, que no vas a encontrar el botón de apagado porque no depende de la voluntad. Es tremendo, es jodido.
​Decidí ir a caminar un poco por Palermo para cortar el día. Bajé por Pampa hasta Alcorta y me metí para dar la vuelta al lago. La idea erar caminar, dar una vuelta al lago y después ir a desayunar a un lugar lindo.
​Empecé a dar la vuelta. Debí darme cuenta porque había algunas vallas, y una ambulancia, y gente con pecheras fosforescentes. Tardé un poco porque venía distraído, pensando en mis cosas y tratando, justamente, de no pensar. Ni en mis cosas ni en ninguna otra cosa. Lleva tiempo darse cuenta que con no pensar la vida se acomoda. Si no pensás tenés el 87% de la vida resuelta.
​Empezaron a venir, las primeras. Una maratón, una maratón de mujeres exclusivamente. Venían, de frente, dos mujeres, tres, corriendo como si les hubieran metido un matafuegos en el culo y corrieran con la secreta intención de correr lo suficientemente rápido para poder quedar, supongo, adelante, adelante de los matafuegos. Y quizás de ese modo poder quitarse, el matafuegos, los matafuegos, de los respectivos culos, aunque fuera parcialmente.
​Salí del asfalto, me puse a un costado, sobre el pasto, junto a un árbol. Y empezó a llegar el pelotón. Mujeres, mujeres altas y bajas, mujeres gordas y flacas, todas con remeras rosas y algún número estampado, el ‘chuic chuic’ de las zapatillas.
​Hacía frío, había un poco de viento y me quedé mirando, adelante, a lo lejos, a la nada misma hecha de rosa. Dos, tres, cinco mil mujeres que no paraban de correr, agitadas, sudorosas.
​Y entonces olí. Levanté la nariz como el mismísimo Doctor Lecter en aquella entrañable escena donde Jodie Foster lo va a visitar por primera vez y él la huele a través de los pequeños agujeros que tiene el vidrio de su celda. La huele y es un momento genial, tan único y tan perfecto, donde el señor Hopkins es sólo nariz. Nos muestra en esa escena el señor Hopkins, al oler, todo lo que hay que saber sobre el oficio de actuar.
​Olí, decía. El olor golpeó mi mente y me llevó de la mano a ese recuerdo. Percepción sin conceptualización.
​Olía a conchas tristes. Lo explico.
​Hacía algún tiempo yo había salido con una chica, y la chica que parecía no venir tan mal en la vida, en determinado momento se deprimió. Y la depresión, su depresión, lo recuerdo perfectamente, se podía oler.
​En la concha.
​No era un tema de higiene personal ni de hábitos en la alimentación. La depresión, el proceso depresivo en el cuerpo de la chica, hacía que su concha oliera así.
​Cuando dejé de salir con esa chica, al poco tiempo me olvidé del tema por completo. Podríamos decir, en un rapto de originalidad, que la vida continúa.
​Y ése era el olor que venía ahora en la mañana de domingo, en el aire, multiplicado por dos, por tres, por cinco mil.
​El olor a concha tan particular y único, tan característico, que genera en la mujer la depresión.
Ahí me quedé, parado junto al árbol, viendo a las chicas que pasaban y pasaban corriendo hacia un esforzado lugar en el que descubrirían que seguían siendo ellas mismas. No había adónde ir.

28.2.17

Las miguitas


Tengo que ver a una persona, no importa demasiado para qué. Pero no es un asunto afectivo, eso estoy seguro, y tampoco podríamos decir que es laboral. Entra dentro de la categoría ‘trámites’, si es preciso ponerle un nombre. Estar con vida en el planeta tierra suele tener esas cuestiones.
Arreglamos entonces para tomar un café, a la mañana, en un bar.
Es verano, hace calor. Yo estoy sentado adentro, adentro del bar, que también tiene una hilera doble de mesas sobre la calle. El bar tiene alguna ventana abierta pero no corre una pizca de aire. Transpiro, me dedico a transpirar. Había una época en la cual me molestaba un poco, transpirar, pero ya no. Transpirar es una actividad tan buena como cualquier otra. Tiene mala prensa quizás, eso sí.
En una de las mesas de afuera hay sentado un matrimonio, con una nena. Es evidente, por las edades, que los adultos son los abuelos de la niña. La niña puede tener cinco años o seis, no más. Le han dado una galletita y se dedica, siguiendo las instrucciones de su abuelo, a alimentar a las palomas. Arroja pedacitos de la galletita, con torpeza y alegría, al piso. Las palomas la rodean y comen. Las palomas se comunican de algún modo con más palomas, y vienen más.
Continúa, la niña, maravillada con la escena. Una nueva galletita que le alcanza su abuelo, y luego otra.
Pero. De pronto, no hay más. No hay más galletitas. La nena mira a su abuelo que abre las manos, luego mira la mesa, y comprende que no han quedado más galletitas para repartir.
Las palomas demoran un instante en descubrir el cambio de la situación. Picotean un poco más las últimas miguitas, aquí y allá.
Y entonces van contra la niña. Que sonríe, que no entiende. Pero yo alcanzo a ver que le picotean los tobillos, que la miran en puro amarillo y que le arrancarían los ojos si tuvieran la fuerza, la oportunidad.
La niña lanza un chillido y patea. Las palomas se van.
Lo que ha sucedido es todo lo que hay que entender de la naturaleza, aunque yo quizás no lo haya podido explicar con la debida claridad.

21.2.17

La otra parte


Se me acercó el mozo. No le presté atención, hasta que llegó una voz y me di cuenta que me estaba hablando. A mí.
–Señor –dijo, otra vez. Con el trapo rejilla sobre su hombro y la bandeja vacía sobre el pecho como si fuera el escudo del Capitán América, no sé. Como si se estuviera protegiendo de algo.
–Señor –dijo.
Levanté la vista. En realidad no levanté la vista, está mal dicho. Porque estaba con la vista al frente, mirando sin mirar hacia la calle, a través de uno de los ventanales. Entonces enfoqué la vista en el mozo que me hablaba.
–Sí –dije.
–Le quiero preguntar algo –dijo el mozo, pero no esperó mi respuesta, siguió–. Usted viene casi todos los días, de lunes a viernes, a eso de las ocho de la mañana.
–Sí –dije–, puede ser.
–Y pide todos los días lo mismo –se inclinó un poco hacia delante, el mozo, como si lo que estuviera por decir fuera de algún modo un secreto–. Un café chico, y una medialuna de grasa.
–Es probable –dije–. Quiero decir, puede ser.
–Acá viene la cuestión –dijo el mozo, sonrió. Tenía los dientes muy amarillos, como los de un perro, eso pensé. Me sorprendió que usara la palabra ‘cuestión’–. Usted no toma el pedido. Me paga de entrada, y me deja propina cuando se va. Pero no prueba ni un sorbo de café, ni le da un mordisco a la medialuna. Nada, lo vengo observando hace más de un mes.
Asentí, apenas. No tenía nada para decir.
–Y usted trae un cuaderno, abre el cuaderno, saca una birome –siguió el mozo–. Pero no escribe nada. Lo vengo mirando y jamás lo vi escribir ni una palabra.
–Puede ser –dije. Lo miré con algo más de intensidad. Podríamos decir que lo miré más fuerte.
–No entiendo –dijo el mozo.
–No entiende –dije yo.
–Es que usted, como le dije –se puso serio, el mozo, frunció el ceño–, viene a desayunar, pero no desayuna, y viene a escribir, pero no escribe. No sé.
–Mire –dije–, su curiosidad me resulta genuina, no le digo válida, parece usted una persona, un ser humano a la vez correcto y quizás algo primitivo, así que no tengo inconvenientes en comentarle. Me pasa que me fui dando cuenta con el tiempo, una de las cosas que más disfruto, una de las cosas que más satisfacciones me da, es no estar. Podríamos decir mi ausencia.

14.2.17

Sesenta y nueve mil novecientos setenta y cinco pensamientos por día


–Está estudiado que tenemos, los seres humanos, las personas –dije–, alrededor de setenta mil pensamientos por día. Así como escuchás, setenta mil. Y de esos setenta mil te sobraría con cincuenta, cincuenta pensamientos, para hacer todo lo que tenés que hacer durante el día. Puede que incluso con veinticinco pensamientos sea suficiente. Los otros sesenta y nueve mil novecientos setenta y cinco pensamientos son un extenuante ejercicio para mantener vivo eso que creés que sos, lo que podríamos denominar, de alguna manera hay que denominarlo, el ‘yo’. Pensás y pensás y no dejás de pensar, hacia atrás, recordando cosas que quizás ocurrieron pero que carecen de la menor importancia y que no te definen de modo alguno y que por pertenecer al pasado, por obvia definición, ya no existen. Y hacia delante, imaginando eventos que sucederán en el futuro o quizás no y que nada tienen que ver con el momento presente, no lo tocan. Y todo eso, lo que recordás y lo que imaginás son como un videojuego destinado a mantener sobreestimulado tu cerebro. Y te hace moco. Si pudieras desprenderte de toda esa carga que cuelga sobre vos como las nubes negras de los dibujitos animados, tendrías alguna posibilidad de descubrir que no sos nada de lo que creías ser. Como si mantuvieras encendida una linterna y enfocaras hacia atrás y hacia adelante, hacia adelante y hacia atrás, con la única finalidad de hacerte creer que sos real en el ahora. Si parás eso, entonces puede suceder algo que roza lo milagroso. Es un instante y está al alcance de la mano, ni siquiera se trata de una acción. Sería lo contrario de una acción, aunque quizás las palabras resultan un imperfecto vehículo, porque la acción que se requiere es dejar de hacer.
–No sé si alcanzo a entender lo que decís –dijo ella.
–Que me parecés una boluda –dije–. Todo el tiempo hablando de vos, cansás.

7.2.17

Buenas noches, Juan


Entré a trabajar en el hospital, turno noche. Mantenimiento, limpieza, una tarea que podría hacer un chimpancé sin mayores inconvenientes. Un chimpancé aplicado desde ya, al que le explicaran un poco la tarea.
Estaba por el hospital desde las doce de la noche hasta las seis y media de la mañana. Limpiando, limpiando, los pisos básicamente, con lavandina y detergente y algo más. Limpiando los interminables pasillos, las habitaciones vacías que quedaban con el aire cargado de ese olor tan pero tan particular, tan característico.
Iba y venía, me ponía auriculares, alguna enfermera de las más antiguas me saludaba o me ofrecía una porción de tarta que había preparado. ‘Buenas noche, Juan’.
Para mí con ganar algo de dinero y no tener que interactuar con demasiada gente estaba bien. El horario no me molestaba, me había pasado más de diez años con insomnio. A las seis y media de la mañana me daba un baño en el subsuelo y salía a la calle. Desayunaba un café con leche con medialunas en un bar cualquiera, y me iba a dormir. Volvía a salir después de las siete de la tarde, cuando oscurecía y la gente volvía a sus casas. Iba al revés de todo el mundo, con eso era suficiente.
Empezó como empiezan todas las cosas, un poco de casualidad. Una mujer desesperada en la sala de espera porque su madre se moría, se moría pero no terminaba de morirse. Oí hablar a los médicos en un patiecito mientras se fumaban un cigarrillo. La mujer era un vegetal, no tenía la más mínima posibilidad de recuperarse.
La maté un martes. A las tres de la mañana. Puse música clásica en la radio (Shostakovich) y le tomé las manos. Le dije al oído ‘ya está bien, es tiempo de marchar’, y la asfixié con un almohadón. Fue una exhalación apenas, un suspiro, la besé en la frente. A la mañana siguiente vi a la hija haciendo los trámites, agotada pero un poco mejor, aliviada después de días y días de esperar por algo que no tenía remedio.
Esa fue la primera vez.
Tomé el hábito, yo no diría el gusto. Todos estamos sobre la faz de la tierra con algún propósito que a veces permanece oculto, no se nos revela a lo largo de todas nuestras vidas. El mío había aparecido como una fuerza de la naturaleza, aliviar el dolor de aquellos que sufrían sin sentido.
Empecé a matar gente. Ancianos con enfermedades terminales o en estado comatoso del cual no despertarían nunca. Después vinieron los pacientes producto de accidentes automovilísticos que quedarían inválidos de por vida, gente que se había dado un definitivo golpe en la cabeza o con fractura de columna. Gente que había quedado con la facultad de parpadear apenas y que ni siquiera podían ir al baño por sí mismos. Después empecé con los recién nacidos. A pesar de todos los avances científicos, bebés que nacían con horrorosas malformidades, o con distintas clases de retardo que harían de sus vidas un absurdo calvario. El almohadón o desenchufar algo, a veces un pinchacito.
Sabían, todos sabían. Alguien me debe haber visto a una hora extraña saliendo de terapia intensiva. Los médicos, las enfermeras, los demás muchachos de mantenimiento y limpieza.
Cuando alguien debía morir, cuando alguien estaba condenado a la desgracia porque la medicina no podía ayudarlo más que a seguir sufriendo, me dejaban una carta. Una carta de un mazo de cartas de truco, una carta cualquiera, sobre la mesita al costado de la cama. Dejaban esa sola carta, junto al vaso de agua, boca arriba. Entonces yo iba y hacía lo mío y daba vuelta la carta, eso era todo. Como quien limpia una mancha de mermelada de una baldosa de la cocina.
Nadie hablaba conmigo más de lo necesario, hola y chau, algo relativo al clima o al partido de fútbol del día anterior. Pero todos me trataban con respeto y consideración. Los médicos que me cruzaban en un pasillo asentían, apenas, o murmuraban ‘buenas noches’. Las enfermeras me preguntaban si quería una gaseosa, un café.

28.1.17

Todo suma


No, ya sé, a ver si me entendés. Si está buena la mina mejor, claro que es mejor. Si te gustan los culos te entiendo, a mí me vuelven loco los culos, manosear un culo corto, ver a una mina en cuatro patas, meter un dedo o la poronga o la nariz y respirar apenas adentro, adentro del culo, es un bálsamo. Si te gustan las tetas, si la mina tiene buenas tetas, es genial. Chupar, chupar la teta, mordisquear los pezones como si fueras un ávido bebé. Ponerte a la mina encima y que te pase las tetas por la cara, o acostado boca abajo y que la piba te apoye las tetas en la nuca, eso también está muy bien.
Sí, que sea flaca, claro. Para poder bajar a la playa y no tener que ponerle un poncho, y no ver celulitis ni várices, claro que eso ayuda.
Que sea inteligente, claro. Si la mujer es inteligente se puede conversar, se puede ir al cine y que la tipa no te tenga que andar preguntando quién es el asesino. Que tenga sentido del humor, que entienda uno de cada tres o cinco chistes.
La risa, la risa de una mujer es muy importante, que no se ría como un marsupial, y el pelo. Poder meter la mano en el pelo y apretar. Que el pelo haya recibido el menor tratamiento posible. Pelo salvaje, natural.
Que no esté muy psicoanalizada, claro, te entiendo, porque si la mujer está muy psicoanalizada se cree el centro del planeta tierra y eso es un desastre. Se cree que por el solo hecho de existir el universo todo le debe algo. Que no sea una fanática de la higiene, se tiene que bancar que te metas un dedo en la nariz y juegues un ratito con el moco que sacás, o que le pongas un eructo a menos de cinco centímetros de distancia después de comer un pollo al ajillo en la Viña del Abasto, por ejemplo. Son situaciones, cosas que pasan.
Todo suma, claro que suma. Que le gusten los animales, que no le moleste caminar bajo la lluvia, que pueda ver un combate de box sin decir ‘no entiendo, para mí el boxeo no es un deporte’. Eso ayuda muchísimo.
Pero yo para saber si me interesa una mujer, la tengo que ver hacer puré. Puré de papas, con manteca, con leche, con nuez moscada, o con un poquito de pimienta, también. Todo lo demás puede ser más o menos importante, hay detalles que suman mucho. Pero lo que define, para mí, para saber si una mujer puede ser una compañera de ruta, es lo que te dije. La tengo que ver hacer puré.

21.1.17

Shock anímico


Una de las formas más seguras de curar a una persona de prácticamente todos sus trastornos psicológicos consiste en meter, a la persona, de noche, al mar.
No es complicado de hacer, en absoluto. Se concurre a cualquier playa de la costa atlántica, estamos hablando de un viaje de no más de cuatro horas, desde la capital.
Lo mejor por supuesto es ir fuera de temporada, y sí, va a hacer frío. Es parte constitutiva de lo que tiene que pasar.
Uno va al lugar, se debe concurrir a las doce de la noche, a la playa. Se le indica entonces a la persona que debe realizar lo que se le ha explicado previamente. La persona debe desnudarse y caminar hacia el mar. Meterse al mar, de eso se trata. Entrar en el agua hasta que el agua cubra la totalidad del cuerpo, excepto la cabeza.
Y listo, quedarse así, por tres o cinco minutos, flotando, ni siquiera es preciso nadar. No se ve nada, claro que no se ve nada, es parte de la idea. La persona flota en el agua, desnuda, en medio de la más absoluta oscuridad.
Es un choque anímico de una absoluta contundencia. La persona descubre la fragilidad de los piolines que sostienen una vida. Entiende, al mismo tiempo, que no maneja nada. Está, el sujeto, precisamente sujeto a fuerzas muy superiores a su capacidad de comprensión y raciocinio. Es algo que le sucede, le está sucediendo, no se puede explicar con palabras. Es un estado de percepción pura que excede la conceptualización. No se puede racionalizar.
Y se le van, como por arte de magia, a la persona, los miedos, las fobias, esa angustia tan existencial y única. Se borra de su mente la tristeza que le mastica el alma, el stress, la melancolía, cualquier forma de ansiedad.
También se puede hacer que cuando el sujeto sale del agua, purificado por decirlo de algún modo, descubra que el terapeuta se ha ido. Se ha llevado la ropa de la persona, sus efectos personales, el dinero, el teléfono celular. No, esa parte no tiene nada que ver con lo específico del tratamiento. Esa parte es para recordarle que la vida continúa.

14.1.17

Síndrome de abstinencia


Paro un taxi en una esquina. Subo. Pasan treinta o cuarenta segundos, un minuto quizás.
–Sí –me mira, el conductor, por el espejito, para ver qué sucede. Si estoy tipeando un mensajito en mi teléfono celular y eso me distrajo. O algo.
Sigo mirando por la ventanilla, el automóvil permanece detenido.
–¿Adónde va? –Pregunta el hombre.
–Qué carajo te importa, forro –digo–. Y dejá de mirarme, sos horrible.
O voy a un local, el mostrador de una farmacia, o de una fiambrería.
–Señor –me dice la persona que está del otro lado del mostrador–. Qué va a llevar.
–Te lo voy a decir justo a vos –respondo, la miro, apenas–, con la carita de pelotuda que tenés.
Hacen falta dos intentos similares, máximo tres, para agarrarme a trompadas. Hay gritos, sangre, alguien me tira un botellazo o saca un cuchillo. Alguien llama a la policía.
Es que desde que me dejaste mi vida se vino demasiado tranquila. Necesito conflicto.

7.1.17

No es tan sencillo


Pasaba por esa esquina todas las mañanas. Había, siempre, un mendigo. Dormía ahí, tenía dos perros y una precaria camita hecha de ropa. Permanecía echado, el hombre, sin molestar a la gente que pasaba, lo que equivalía a decir sin molestar a nadie. Tampoco pedía. Estaba descalzo, mugriento, y para todos los vecinos se había ido transformando en parte del paisaje. La policía no lo corría, él simplemente estaba ahí.
–Perdón –dije, me detuve, me incliné un poco ya que él estaba sentado, con la espalda apoyada contra la pared–. Buen día, quería saber si necesita algo.
Lo sorprendió mi pregunta. No la esperaba, o estaba en otro lugar. Su traslúcida mirada, sus ojos casi transparentes en medio de un rostro manchado de mugre, el cabello pringoso y revuelto.
–Si necesita algo –dije– ¿Lo puedo ayudar en algo?
–Ehh, bueno –se incorporó, apenas. Se frotó los ojos con un antebrazo–, Café, o café con leche. Hace frío.
–Bueno –dije.
–Tome –volví. Había ido hasta una heladería cercana. Le dejé, entre las piernas, un kilo de helado. Granizado de dulce de leche y frutilla.
A la semana siguiente volví a pasar.
–Buen día, señor –dije–. Quería saber si lo puedo ayudar en algo.
Me miró, el hombre. Se rascaba entre los dedos de los pies. Parecía tener hongos y sarna.
–Sí –dijo–. Hace un par de días que no como. Me gustaría comer, una hamburguesa, con papas fritas.
–Por supuesto –dije–. Ya vuelvo.
Había un Mc Donald’s a una cuadra. Fui hasta un kiosco, compré tres atados de cigarrillos y un encendedor descartable. Volví, se los di.
–Que tenga un buen día –dije.
Pasó otra semana, así funciona el tiempo. Volví.
–Buen día, señor –dije, sonreí–. ¿Necesita ayuda? Quiero decir, ¿precisa algo?
Me miró, el hombre. Uno de sus perros dormía enroscado. Los perros cuando duermen tienen una expresión que es todo lo bueno de este mundo.
–No sé –dijo, se acarició la barba–. Me acuerdo de usted, le pido algo y me trae cualquier otra cosa. No entiendo, así que no sé qué pedirle.
–Es cierto lo que usted dice –dije–. Pero en mi modesta opinión, la mayoría de las veces no sabemos muy bien lo que queremos. Además el odio es un motor mucho más poderoso que la satisfacción, eso desde ya.

28.12.16

La bufanda


En el bar donde desayuno últimamente, a tres mesas de distancia, junto a la escalerita que conduce a los baños, hay una mujer que teje. Yo desayuno y escribo, menos de una hora, la mujer teje, con el ovillo de lana entre sus pies como una obediente mascota.
Si llego más tarde yo, al bar, al entrar digo ‘hola’, y ella sonríe, apenas. Si llega más tarde ella, antes de dirigirse a su rincón y pedir un aguachento café, me mira y dice ‘buenos días’. Asiento con la cabeza (¿con qué querés que asienta, con la poronga?).
Dentro de dos meses o tres, cuando empiece el frío, la mujer tendrá una bonita bufanda de tres colores. Yo tendré algunas páginas de mi precario cuaderno garrapateadas con letra de loco, tachaduras, el pegote de un poco de mermelada caída sobre algún texto en un descuido.
Y ya está, eso es todo, a veces no te pasa gran cosa, vivir no es como en las películas. Los dos tendremos diferentes fríos.

21.12.16

Hacia la luz


Lo que tenés que hacer es agarrar una piedrita. Una piedra chiquita, está lleno por la calle, o vas a un parque. Y a la mañana cuando te vestís para ir a trabajar, ponés la piedrita en el zapato. Y después ponés el pie, en el zapato. Encima de la piedrita, claro.
O te cortás las uñas. Y agarrás un pedacito de uña. Y te ponés, la uña, entre dos dientes, vas a ver que entra perfectamente. Yo suelo hacerlo entre los dos dientes frontales, de abajo. Pero podés usar dos dientes de arriba, cualquier par de dientes, seguro tenés dos dientes.
Si te animás podés usar una chinche. Una de esas chinches doradas que se usaban en la escuela primaria para hacer manualidades, algún trabajo práctico. Te clavás, la chinche, en el culo, en una nalga, o en una pantorrilla, o en un muslo. Vas a sentir el pinchazo, claro, y sale sangre pero muy poquito. Dejás la chinche clavada, en la panza o en un brazo, te pegás una curita encima.
Y te vas a trabajar. A hacer cualquier cosa que sea lo que venís haciendo con tu vida.
Cuando volvés, a la tarde o a la nochecita, te sacás la chinche, o el pedacito de uña que tenés entre los dientes, o la piedrita del zapato.
Y sí, tu vida sigue siendo un asco. Seguís siendo, vos, más o menos el mismo imbécil de siempre. Pero te vas a sentir un poquito mejor, de eso se trata.

14.12.16

Kung Fu en la casa de venta de artículos deportivos


–El chiste es más o menos así –dije, tomé un sorbo de vino. No era un gran vino desde ya, un restaurante de barrio, en restaurantes mitad de tabla pido vinos mitad de tabla–. O es así como lo recuerdo. Va Kung Fu, Wanchankein, David Carradine, a un local de deportes, una casa de venta de artículos deportivos. Se le acerca una vendedora y le pregunta qué necesita. Ojotas, responde Wanchankein. Entonces la vendedora le señala un exhibidor donde hay algunos pares de ojotas. Y le pregunta, la vendedora, si prefiere las ojotas para enganchar el dedo gordo del pie o esas que son tipo chinelas, si quiere ojotas que tienen una especie de taquito, más altas, o con casi nada de suela como las hawaianas, si prefiere ojotas multicolores o negras, si quiere ojotas cuya característica principal es ser antideslizantes, también hay otras con una superficie como pinchuda en la parte donde se apoya el pie para que la ojota le vaya haciendo, al que la usa, al que la tiene puesta, una suerte de masaje. O quizás ojotas más modernas tipo las crocs.
Da lo mismo, responde Kung Fu, son para llevar en el bolsito.
Me largo a reír. Tengo que hacer un esfuerzo para poder terminar de tragar, estoy comiendo unos agnolotis de ricotta y nuez con mucho pesto. Sirvo más vino. Bebo otro trago mientras me sigo riendo.
–No entiendo –dice ella, que apenas ha probado su plato–. No sé por qué me contás esa boludez de la nada, ni siquiera me parece tan gracioso.
–Bueno –dije–. Es que desde hace un rato me estás hablando de lo que hacés, por qué te parece tan importante dedicarte a la docencia o a la abogacía o a salvar delfines. Cuáles son tus más profundas convicciones, qué cosas creés, aunque en realidad no creés sino que estás convencida que sostienen el precario andamiaje de tu ser. Insistís con enfatizar todo aquello de lo que estás tan segura, para qué fuiste puesta sobre el planeta tierra, tu por demás relevante rol en el universo. Lo que hiciste y lo que no hiciste tan bien fundamentado, tus planes, tus proyectos. Yo lo único que quiero es coger.

7.12.16

18, 33, 8


Fui al casino de Pinamar. Estaba de vaciones, en Pinamar, la segunda de febrero, no tenía un pomo para hacer.
Entré, debían ser las once de la noche, viernes. Alrededor del casino, alrededor del juego, aunque alrededor es una manera de decir. Me refiero a estar en contacto, a estar, por decirlo de algún modo, adentro. En contacto con el juego está todo lo malo de este mundo. Las ganas de salvarse, las ganas de hacerse rico sin saber hacer nada de nada y sin saber muy bien para qué querés ser rico. Para tener más de algo, más de todo lo que ni siquiera serías capaz de entender.
Las caras embotadas por el anhelo y el alcohol, la maldad, las prostitutas olisqueando el dinero como si fueran famélicos roedores. Alguien que grita desde alguna mesa porque los hados lo han favorecido, alguien insulta casi en silencio, alguien fuma un cigarrillo como si lo comiera.
​Me acerqué a una mesa. Un señor en camisa de mangas cortas, gruesos lentes, semicalvo.
​–Disculpe –le dije–. Quería avisarle que ahora va a salir el 18.
​Se apartó un poco, el hombre, de mí. Tardó en entender lo que le había dicho. Negó con la cabeza, apenas, jugó varias fichas, semiplenos y cuadros, todo a la primera docena.
​–¡Colorado el 18! –Dijo el croupier.
​Me fui a otra mesa. Tomé un whisky ordinario en la barra.
​Volví a la mesa. El hombre seguía ahí. La mesa estaba llena de gente.
​Me acerqué como si lo conociera. Le apreté apenas un brazo.
​–Ahora va a salir el 33, después el 8.
​El hombre volvió a jugar todo dentro de la primera docena. Salió el 33. Entonces jugó unas cuatro fichas de chance a ‘mayores’. Salió el 8.
​Me fui a sentar a un pequeño bar cerca del hall. La gente iba y venía de las cajas. Pasó una linda morocha de aindiados rasgos con una minifalda de cuero a punto de reventar, acompañando a un señor mayor.
​–Oiga –frente a mí, el hombre de la mesa, transpiraba–. Volvió a acertar.
​–Sí –dije.
​–Los dos plenos –dijo.
​–Sí –dije.
​–Usted tiene algo, un don –dijo el hombre–. Puede ver el futuro, los número que van a salir. ¿Por qué no juega? Se haría rico.
​–Le explico –suspiré–. Puedo darle un consejo a alguien que me parece que está mucho peor que yo. Alguien que de algún modo desprecio y me parece repugnante desde ya. Si es para mí no me sale.