Recibo mails, soy un ser humano. Claro que recibo mails, como todo el mundo, qué te pasa.
Los mails que recibo son, más o menos, así.
La gran mayoría de mails son para decirme que existe la forma de hacerme crecer el pito. Hay que comprar una máquina, más bien simple, unas poleas, unos tensores, ciertas pesas, un mecanismo, para que mi afligido pito adquiera un tamaño decente. No podés andar por la vida con un pitito así, loco.
También recibo mails que dicen que tengo un padre, un abuelo, quizás un tío, nigeriano. Soy el heredero de un príncipe nigeriano, o de un importante funcionario del gobierno nigeriano, debo darle unos pocos datos (empezando por el número de mi cuenta bancaria, y el número de mi tarjeta de crédito) y me haré acreedor de una tan elocuente como simpática fortuna. De más está decir que si soy nigeriano, implica que soy negro, también. A juzgar por los mails anteriores, soy uno de los pocos nigerianos que ha nacido con el pito pequeño, un incordio, una contrariedad, pero igual soy el heredero de una cuantiosa fortuna.
Recibo mails para comprar medicamentos sin receta, también. Principalmente Xanax, Vicodin, Foxetin, Prozac, Atenix, Rivotril, Alplax, Tranquinal, Sertralina en barra, Clonazepam en pomo, cualquier cosa para el bocho. Es lógico desde ya, es tremendamente lógico. Soy un negro, soy un negro con el pito insignificante, y además no logro hacerme de la fortuna que me corresponde como legítimo heredero de un príncipe africano. Como para no andar con ganas de empastillarme hasta los huevos.
Recibo mails de organizaciones que me piden donaciones para combatir el hambre en Etiopía, para combatir la malaria en la Polinesia y la paspadura inguinal en la zona de Pilar, para que el Dalai Lama se haga un transplante capilar y pueda usar el cabello como Claudio Pol Caniggia en el mundial 90, para luchar contra el trabajo esclavo en Mongolia donde hacen zapatillas para las grandes marcas usando una mezcla de piel de culo de guepardos y piel de culo de niños muy pequeños, me piden dinero para comprar un gigantesco aire acondicionado y combatir de ese modo el calentamiento global, para impedir el turismo sexual en Tailandia (y declarar a Cocodrilo patrimonio de la humanidad), para que los preservativos se fabriquen con neumáticos reciclados y entonces se puedan usar dos o tres veces y con esa plata que se ahorrará el mundo enseñarle computación a los delfines, y así. Está bien, está muy bien, soy negro, pero tengo el pito chico, soy legítimo heredero de una fortuna, y tomo una parva de medicamentos sin receta. ¿Qué me cuesta donar unos mangos para una justa causa?
Recibo mails de gente de facebook que me dicen que quieren ser mis amigos. Muchas ‘Jennifer’ y ‘Janice’, cantidades de ‘Peter’ y de ‘Tom’, gente de México y de Chile, también, gente de la que no había oído hablar en mi vida. Mails de gente que dice que fue a la secundaria conmigo, en Minneápolis, en Arkansas, en Malibú, y me envian fotos de sus más o menos peludos culos, fotos de vaginas excesivamente amplias, vaginas donde se podría colocar sin dificultades un backgammon o algún otro juego de mesa, vaginas en cuyo interior se podría jugar a la generala, incluso al pool o al metegol.
Gente que dice que me conoce de mucho antes, de antes que me pasaran todas las barbaridades que te acabo de contar. Si no, cuando me ven por la calle cruzarían de vereda, seguro ni me saludarían.
30.9.11
25.9.11
Vuelta a casa
Voy caminando por la calle, sin exceso de motivos. Vuelvo a mi casa, después de trabajar. Me bajo del subte, locura en estado puro, vibración de muerte de alta densidad. Camino por la avenida, cruzo, sigo, doblo, espero, cruzo, sigo. Son cinco cuadras, no más. Sigo.
Un mendigo, tirado contra la puerta de entrada de un edificio. Ha pasado el umbral de la mendicidad, le falta un zapato. Tiene la barba con restos de comida, fideos quizás, o tuco. Sucesivas capas de ropa que ha ido adhiriendo a su piel para protegerse del frío. Un cartón de vino blanco, recién terminado, otro, de repuesto, para empezar.
–Una moneda, una moneda –ni se molesta en extender la mano, tampoco le interesa establecer contacto visual.
–No, no te voy a dar nada –me detengo, un momento–. Sos un desastre, y sos joven. No podés tomar vino todo el día, loco. Deberías bañarte, rescatarte un poco. Hacer algo, no sé. Laburar.
–Puta madre –digo también, no sé por qué. La ciudad se ha vuelto una especie de Bombay. Parás un segundo y sale alguien de abajo de una baldosa y te pide plata. Antes no era así. Está todo mal.
Sigo caminando.
–Dame la plata, loco, porque te mato acá –es un muchacho, gorrita con visera, pantalón largo adidas, orejas al más puro estilo Carlos Monzón. No sé de dónde salió, de atrás de un árbol. Olvidé decir que me está apuntando con un revólver, quizás un .38 corto, bastante viejo, con la contundencia original.
–Pará, no me hagas nada –saco la billetera–. ¿Me dejás sacar los documentos?
Niega con la cabeza. Se guarda mi billetera en un bolsillo de su campera de jean con corderito.
–Dame el celular –se lo paso– ¿Qué tenés? Dame el reloj. ¿Tenés algo más?
–No –dije. No puedo dejar de mirar el arma.
–Bueno, gil, rajá de acá –sonríe, se ve la sonrisa por debajo de la gorrita–. Andá. Agradecé que no te pego un tiro, por la cara de boludo que tenés.
Me voy. Apuro el paso. Llego a la esquina. Doblo. Subo a mi departamento. Estoy bastante agitado por el susto. Estoy mal.
A la semana siguiente. Vuelvo del trabajo. Hago el mismo camino. Como cualquier bestia de carga, la fuerza de la costumbre.
Está el mendigo. Ahora le faltan los dos zapatos. Se acumulan, a sus pies, junto a un enroscado y sarmentoso perro, los cartones vacíos de vino.
–Una moneda, una moneda –dice.
–Sí, cómo no, señor –saco de mi billetera nueva, un billete de cincuenta pesos, dos de veinte, uno de diez. Se los doy. No entiende, agarra pero todavía no entiende, ensaya una sonrisa de dos o tres verdosos dientes. Se pasa una mano por la cara para despejarse, no puede creer lo que está sucediendo–. Tenés que comer algo, también. Si no te va a hacer moco el vino. ¿No tenés frío? ¿Querés que te traiga un par de zapatillas? Si estás descalzo no vas a aguantar. Mañana paso.
Le doy una palmada en un hombro, sonríe otra vez y me hace el saludo hindú (namasté), sigo.
–Dame todo lo que tengas, loco –es el pibe, el ladrón de la otra vez. Se cambió la gorrita, usa una gorrita verde, ahora. El revólver es el mismo–. Dame plata o te quemo de una.
–No –le digo–. No te voy a dar nada. Sos un protoplasma, una rata de quincho, sos todo lo malo de este mundo, un genético error. Te voy a arrancar una de esas orejas de chihuahua que tenés de un mordisco, y después te voy a meter el revólver en el culo, pendejo.
Me pegó un tiro. La bala entró a medio centímetro de la aorta. Los médicos dicen que me salvé de casualidad. Algún vecino llamó al 911, si no me moría ahí tirado en la calle. Tengo para una recuperación de seis meses como mínimo.
No, no hay moraleja. Pero si hubiera moraleja quizás sería que a veces conviene ser como sos, seguir siendo como sos. No inventes nada, para qué vas a improvisar.
Un mendigo, tirado contra la puerta de entrada de un edificio. Ha pasado el umbral de la mendicidad, le falta un zapato. Tiene la barba con restos de comida, fideos quizás, o tuco. Sucesivas capas de ropa que ha ido adhiriendo a su piel para protegerse del frío. Un cartón de vino blanco, recién terminado, otro, de repuesto, para empezar.
–Una moneda, una moneda –ni se molesta en extender la mano, tampoco le interesa establecer contacto visual.
–No, no te voy a dar nada –me detengo, un momento–. Sos un desastre, y sos joven. No podés tomar vino todo el día, loco. Deberías bañarte, rescatarte un poco. Hacer algo, no sé. Laburar.
–Puta madre –digo también, no sé por qué. La ciudad se ha vuelto una especie de Bombay. Parás un segundo y sale alguien de abajo de una baldosa y te pide plata. Antes no era así. Está todo mal.
Sigo caminando.
–Dame la plata, loco, porque te mato acá –es un muchacho, gorrita con visera, pantalón largo adidas, orejas al más puro estilo Carlos Monzón. No sé de dónde salió, de atrás de un árbol. Olvidé decir que me está apuntando con un revólver, quizás un .38 corto, bastante viejo, con la contundencia original.
–Pará, no me hagas nada –saco la billetera–. ¿Me dejás sacar los documentos?
Niega con la cabeza. Se guarda mi billetera en un bolsillo de su campera de jean con corderito.
–Dame el celular –se lo paso– ¿Qué tenés? Dame el reloj. ¿Tenés algo más?
–No –dije. No puedo dejar de mirar el arma.
–Bueno, gil, rajá de acá –sonríe, se ve la sonrisa por debajo de la gorrita–. Andá. Agradecé que no te pego un tiro, por la cara de boludo que tenés.
Me voy. Apuro el paso. Llego a la esquina. Doblo. Subo a mi departamento. Estoy bastante agitado por el susto. Estoy mal.
A la semana siguiente. Vuelvo del trabajo. Hago el mismo camino. Como cualquier bestia de carga, la fuerza de la costumbre.
Está el mendigo. Ahora le faltan los dos zapatos. Se acumulan, a sus pies, junto a un enroscado y sarmentoso perro, los cartones vacíos de vino.
–Una moneda, una moneda –dice.
–Sí, cómo no, señor –saco de mi billetera nueva, un billete de cincuenta pesos, dos de veinte, uno de diez. Se los doy. No entiende, agarra pero todavía no entiende, ensaya una sonrisa de dos o tres verdosos dientes. Se pasa una mano por la cara para despejarse, no puede creer lo que está sucediendo–. Tenés que comer algo, también. Si no te va a hacer moco el vino. ¿No tenés frío? ¿Querés que te traiga un par de zapatillas? Si estás descalzo no vas a aguantar. Mañana paso.
Le doy una palmada en un hombro, sonríe otra vez y me hace el saludo hindú (namasté), sigo.
–Dame todo lo que tengas, loco –es el pibe, el ladrón de la otra vez. Se cambió la gorrita, usa una gorrita verde, ahora. El revólver es el mismo–. Dame plata o te quemo de una.
–No –le digo–. No te voy a dar nada. Sos un protoplasma, una rata de quincho, sos todo lo malo de este mundo, un genético error. Te voy a arrancar una de esas orejas de chihuahua que tenés de un mordisco, y después te voy a meter el revólver en el culo, pendejo.
Me pegó un tiro. La bala entró a medio centímetro de la aorta. Los médicos dicen que me salvé de casualidad. Algún vecino llamó al 911, si no me moría ahí tirado en la calle. Tengo para una recuperación de seis meses como mínimo.
No, no hay moraleja. Pero si hubiera moraleja quizás sería que a veces conviene ser como sos, seguir siendo como sos. No inventes nada, para qué vas a improvisar.
20.9.11
Seguimos todos
Dentro de las cosas que me pasaron cuando me estaba separando de Ana Laura, fue que me deprimí. Bah, no sé si era una depresión, no sé cómo llamarlo. Me había venido grande, y no me salía una. Me caí como un piano, eso sí. Tampoco culpo a Ana Laura. Lo que le pasa a uno le pasa a uno, aunque cuesta darse cuenta, la cosa nunca se trata de buscar culpables.
Empecé a ir a un homeópata, me lo habían recomendado. Había probado ir a un acupunturista que me pinchaba las orejas y entre los dedos de los pies, había probado ir a lo de un japonés muy chiquitito que era un reconocido maestro de reiki. Estaba retriste, me despertaba a la mañana y ya sabía que el resto del día iba a ser una mierda, no tenía ni un poquito de energía. No me reía, no me causaba gracia nada.
Al homeópata me lo recomendó una prima. Un tipo de unos cincuenta años (el homeópata, no mi prima), canoso, macanudo. Le dije que cuando salía del subte en Florida, a la mañana, me sentía como el oso de Holiday on Ice, ese oso que andaba en patines y parecía todo el tiempo que estaba a punto de caerse, se me movía el piso. Me escuchó, me recetó unas gotas, dos gotas diferentes, para ser más exacto. Me dijo que lo que me pasaba era normal, que no me preocupara, que de eso, de lo que a mí me pasaba, se salía.
Ana Laura se terminó yendo a los pocos días. Una traumática separación, dolorosa, como todas, supongo, no hace falta aburrir con detalles. Casi tres años juntos, una vida.
Pasaba ella, de visita, cada dos meses más o menos. A llevarse algo que se había olvidado, a ver cómo estaba yo o el gato, diluía su culpa. Decía que no podíamos seguir juntos, que lo nuestro no iba más, enumeraba razones. Pulía los motivos.
De a poco fui mejorando. Los domingos iba con un par de amigos a comer asado o a pescar. Compré un televisor nuevo para ver partidos de algo, de cualquier cosa. Me quedaba dormido con el televisor encendido en el canal de cocina escuchando a Narda Lepes, me hacía bien saber que en alguna parte de este mundo estaba esa mujer friendo milanesas o preparando puré, me calentaba más que ver pornografía.
Seguía con las gotas, claro. Cada dos meses iba a ver al homeópata que me daba algunas pistas de mi progreso. Cómo se iba retirando, poco a poco, con morosidad de boa, la tristeza, la angustia, la confusión, el vértigo. Cómo volvían las ganas de coger o de reír, de tomar vino, de ir una semana a la costa con una piba del laburo. Meterme al mar, comer una porción de torta de chocolate.
Las gotas, las gotas. Mi talismán, mi ancla para no perderme en el medio del mar de la tristeza. Volvía a ser yo. Me afirmaba, me nivelaba, me reconocía.
Al año, una tarde fui a tomar un café con Ana Laura. Me contó que estaba de novia, que se había ido a vivir al departamento de su novio, con su novio, por Villa Urquiza. Tenía la necesidad de contarme que me había cuerneado, dos veces, mientras estábamos juntos. Con un profesor del gimnasio, y con alguien de su laburo. Me contó también que cada vez que venía a casa desde que nos habíamos separado, cuando entraba al baño, me vaciaba los frasquitos esos homeopáticos que yo guardaba en el botiquín y los llenaba, más o menos a la misma altura, con agua de la canilla.
Dijo que lo hacía porque le daba un poco de bronca ver que yo me recuperaba tan rápido, como si me hubiera olvidado de ella, que andaba mejor. De jodida.
Empecé a ir a un homeópata, me lo habían recomendado. Había probado ir a un acupunturista que me pinchaba las orejas y entre los dedos de los pies, había probado ir a lo de un japonés muy chiquitito que era un reconocido maestro de reiki. Estaba retriste, me despertaba a la mañana y ya sabía que el resto del día iba a ser una mierda, no tenía ni un poquito de energía. No me reía, no me causaba gracia nada.
Al homeópata me lo recomendó una prima. Un tipo de unos cincuenta años (el homeópata, no mi prima), canoso, macanudo. Le dije que cuando salía del subte en Florida, a la mañana, me sentía como el oso de Holiday on Ice, ese oso que andaba en patines y parecía todo el tiempo que estaba a punto de caerse, se me movía el piso. Me escuchó, me recetó unas gotas, dos gotas diferentes, para ser más exacto. Me dijo que lo que me pasaba era normal, que no me preocupara, que de eso, de lo que a mí me pasaba, se salía.
Ana Laura se terminó yendo a los pocos días. Una traumática separación, dolorosa, como todas, supongo, no hace falta aburrir con detalles. Casi tres años juntos, una vida.
Pasaba ella, de visita, cada dos meses más o menos. A llevarse algo que se había olvidado, a ver cómo estaba yo o el gato, diluía su culpa. Decía que no podíamos seguir juntos, que lo nuestro no iba más, enumeraba razones. Pulía los motivos.
De a poco fui mejorando. Los domingos iba con un par de amigos a comer asado o a pescar. Compré un televisor nuevo para ver partidos de algo, de cualquier cosa. Me quedaba dormido con el televisor encendido en el canal de cocina escuchando a Narda Lepes, me hacía bien saber que en alguna parte de este mundo estaba esa mujer friendo milanesas o preparando puré, me calentaba más que ver pornografía.
Seguía con las gotas, claro. Cada dos meses iba a ver al homeópata que me daba algunas pistas de mi progreso. Cómo se iba retirando, poco a poco, con morosidad de boa, la tristeza, la angustia, la confusión, el vértigo. Cómo volvían las ganas de coger o de reír, de tomar vino, de ir una semana a la costa con una piba del laburo. Meterme al mar, comer una porción de torta de chocolate.
Las gotas, las gotas. Mi talismán, mi ancla para no perderme en el medio del mar de la tristeza. Volvía a ser yo. Me afirmaba, me nivelaba, me reconocía.
Al año, una tarde fui a tomar un café con Ana Laura. Me contó que estaba de novia, que se había ido a vivir al departamento de su novio, con su novio, por Villa Urquiza. Tenía la necesidad de contarme que me había cuerneado, dos veces, mientras estábamos juntos. Con un profesor del gimnasio, y con alguien de su laburo. Me contó también que cada vez que venía a casa desde que nos habíamos separado, cuando entraba al baño, me vaciaba los frasquitos esos homeopáticos que yo guardaba en el botiquín y los llenaba, más o menos a la misma altura, con agua de la canilla.
Dijo que lo hacía porque le daba un poco de bronca ver que yo me recuperaba tan rápido, como si me hubiera olvidado de ella, que andaba mejor. De jodida.
15.9.11
Asesino
Atropellé al perro. Sentí el golpe. Ni a cien venía, porque acababa de salir a la ruta, para volver a casa. Kilómetro cuarenta y cuatro, bajé el puentecito y ahí empecé a acelerar. Domingo, nueve de la mañana, un frío del carajo.
No sé de dónde salió, el perro, de cualquier parte, quiso cruzar la ruta. Sentí el golpe, algo como si el perro me hubiera rebotado contra las piernas. O sentí el ruido, primero, no lo sé. Clavé los frenos. Puse el auto a un costado.
Me bajé. El perro estaba a veinte o treinta metros, en el medio de la ruta, tirado.
Caminé hasta el perro, estaba vivo, pero no se movía. Había un charquito de sangre. Sangraba por la boca, y no se movía, pero tenía los ojos abiertos.
Lo levanté, cada tanto algún automóvil bajaba un poco la velocidad para mirar la escena, y después aceleraba. Alguien tocó bocina. Gimió, el perro, como un silbido. Las patas traseras le colgaban de una forma extraña.
Lo levanté contra mi pecho como si fuera un bebé, le salía sangre de la boca y del hocico. Me miraba.
–Perdoname, perdoname –repetí como un arrorró. Me senté a un costado de la ruta. Maté al perro y se moría en mis brazos, llovía apenas, una lluvia finita y muy fría, tan fría. Era Domingo, pasaban los autos, la tristeza me tapó como un mar.
No sé de dónde salió, el perro, de cualquier parte, quiso cruzar la ruta. Sentí el golpe, algo como si el perro me hubiera rebotado contra las piernas. O sentí el ruido, primero, no lo sé. Clavé los frenos. Puse el auto a un costado.
Me bajé. El perro estaba a veinte o treinta metros, en el medio de la ruta, tirado.
Caminé hasta el perro, estaba vivo, pero no se movía. Había un charquito de sangre. Sangraba por la boca, y no se movía, pero tenía los ojos abiertos.
Lo levanté, cada tanto algún automóvil bajaba un poco la velocidad para mirar la escena, y después aceleraba. Alguien tocó bocina. Gimió, el perro, como un silbido. Las patas traseras le colgaban de una forma extraña.
Lo levanté contra mi pecho como si fuera un bebé, le salía sangre de la boca y del hocico. Me miraba.
–Perdoname, perdoname –repetí como un arrorró. Me senté a un costado de la ruta. Maté al perro y se moría en mis brazos, llovía apenas, una lluvia finita y muy fría, tan fría. Era Domingo, pasaban los autos, la tristeza me tapó como un mar.
10.9.11
Leyes de Newton
Repasemos lo que sucedió.
Primera ley de Newton o ley de inercia. Todo cuerpo permanece en su estado de reposo o de movimiento rectilíneo o uniforme a menos que otros cuerpos actúen sobre él.
Vos estabas dormida, eso estaba claro. Vos dormías, con bombacha y una remerita de manga corta. Yo me acerqué, me desperté en mitad de la noche, alzado, por decirlo de algún modo, y me acerqué. Te di vuelta con mucho cuidado, casi con ternura. Te puse boca abajo. Te bajé la bombacha, un poquito. Te dije al oído ‘quedate quietita’. Me pareció que asentías.
Segunda ley de Newton o principio fundamental de la dinámica. La fuerza que actúa sobre un cuerpo es directamente proporcional a su aceleración.
Me subí, sí, claro, encima tuyo, y te la quise poner. Por la cola, así, de una. Te puerteé, apenas, y me dejé caer, detrás de mi garompa, hice presión. Embestí.
Tercera ley de Newton o principio de acción-reacción. Cuando un cuerpo ejerce una fuerza sobre otro, éste ejerce sobre el primero una fuerza igual y de sentido opuesto.
Se ve que te despertaste. Justo cuando me pareció que tus nalgas cedían a mi entusiasta empuje. Se ve que te despertaste, que te dolió. Arqueaste la espalda, un movimiento muy brusco, hacia atrás. Me diste de lleno, con la parte más dura de tu cabeza, en mi ceja derecha.
Y ahora estamos acá. Son casi las cinco y media de la mañana y estamos acá, en la guardia del Hospital Alemán. Siete puntos, tuvieron que darme, en la ceja. Sé que fue una involuntaria reacción de tu parte, y sé que seguís un poco enojada. Gracias por acompañarme.
Primera ley de Newton o ley de inercia. Todo cuerpo permanece en su estado de reposo o de movimiento rectilíneo o uniforme a menos que otros cuerpos actúen sobre él.
Vos estabas dormida, eso estaba claro. Vos dormías, con bombacha y una remerita de manga corta. Yo me acerqué, me desperté en mitad de la noche, alzado, por decirlo de algún modo, y me acerqué. Te di vuelta con mucho cuidado, casi con ternura. Te puse boca abajo. Te bajé la bombacha, un poquito. Te dije al oído ‘quedate quietita’. Me pareció que asentías.
Segunda ley de Newton o principio fundamental de la dinámica. La fuerza que actúa sobre un cuerpo es directamente proporcional a su aceleración.
Me subí, sí, claro, encima tuyo, y te la quise poner. Por la cola, así, de una. Te puerteé, apenas, y me dejé caer, detrás de mi garompa, hice presión. Embestí.
Tercera ley de Newton o principio de acción-reacción. Cuando un cuerpo ejerce una fuerza sobre otro, éste ejerce sobre el primero una fuerza igual y de sentido opuesto.
Se ve que te despertaste. Justo cuando me pareció que tus nalgas cedían a mi entusiasta empuje. Se ve que te despertaste, que te dolió. Arqueaste la espalda, un movimiento muy brusco, hacia atrás. Me diste de lleno, con la parte más dura de tu cabeza, en mi ceja derecha.
Y ahora estamos acá. Son casi las cinco y media de la mañana y estamos acá, en la guardia del Hospital Alemán. Siete puntos, tuvieron que darme, en la ceja. Sé que fue una involuntaria reacción de tu parte, y sé que seguís un poco enojada. Gracias por acompañarme.
5.9.11
Por culpa de la bebida
Tenés que entender que en esa época yo tenía la enfermedad de la bebida. Tomaba como mínimo una botella de vino por comida, almuerzo y cena. Y después del trabajo, o me quedaba en los bares del centro tomando gin tonics hasta que me echaban, o si volvía a casa, bueno, entonces tomaba tres whiskys después de la cena, generalmente cinco.
Por eso te pegaba, no está bien que diga que no era yo, porque vos estabas ahí recibiendo los golpes, Mónica, y sabés que los golpes te los daba yo. Pero no era exactamente yo, era yo en medio de una etílica nube. Flotaba en alcohol, y entonces me venían como eléctricas corrientes de pura furia, de odio, de ira.
Claro que te pegaba, buenísimas trompadas, o con el cinturón, con la parte de la hebilla, te pegaba porque estabas ahí, por eso, y te apagaba cigarrillos en los brazos o en los muslos, y vos chillabas como un animal, a mí no me importaba.
Maté al perro, lo maté yo, Mónica, eso nunca te lo dije. Llegué un día a casa totalmente borracho, y ese absurdo pekinés se puso a saltar y a dar su concierto de agudos ladridos. Lo alcé, lo acaricié un poco, el perro estaba feliz, y lo tiré por el balcón, así de una, ni lo pensé, todavía lo estaba acariciando y de pronto lo tiré como si hiciera un pase de rugby. El perro voló siete pisos y se hizo mermelada contra la avenida.
Quise violar a la nena, Mónica, por eso estuvo como un año sin hablar. Pará, la manoseé un poco nada más, te explico. La nena ya tenía como trece años, calculo, le habían empezado a crecer los zapallitos, y vos la dejabas vestirse con esas calcitas. Le ponías calcitas apretadas. Y vos no querías coger conmigo. Un domingo a la tarde, ya me había bajado más de media botella de ginebra, y me la quise sentar un rato encima. La apoyé un poquito, así, vestida. Le dije que si decía algo la mataba, le dije que iba a entrar una noche a su cuarto y la iba a estrangular con un alambre. Por eso la nena tenía problemas en el colegio, por eso la nena anduvo sin hablar, como tartamuda, unos seis meses. Después se puso bien, vos viste que después se recuperó mucho.
Cogí con tu hermana, Mónica, una vez que vino de visita. Cogí con tu hermana, le puse cocaína en el clítoris y acabó como 33 veces, tuve que pasar un trapo después para secar el parquet. Acababa y lloraba y decía que yo estaba loco, que ella era una mala hermana. Se le dieron vuelta los ojos, pensé que había tenido un ataque de epilepsia pero no, era simplemente una interminable sucesión de acabadas. Por eso dejó de venir, por eso cada vez que venía de Madariaga de visita se quedaba en un hotel del centro. Decía que estaba muy ocupada, a lo sumo nos aceptaba un desayuno en algún bar, o ni siquiera eso.
Ah, los ladrones. Nunca entraron ladrones, Mónica. Tu madre había vendido el departamento y te había dejado la plata para que se la cuides. Eran como ochenta lucas, y yo había empezado a jugar al poker por internet. Me fumé las ochenta lucas en una semana. Tuve que inventar lo de los ladrones, para poder llevarme la plata. Me acuerdo que tu vieja se puso remal, tuvimos que internarla. Quedó muy mal, de los nervios, nunca volvió a ser la misma.
Por eso te llamé, porque hace como dos semanas que no tomo. Pasamos buenos momentos juntos, yo creo que ahora lo nuestro puede funcionar.
Por eso te pegaba, no está bien que diga que no era yo, porque vos estabas ahí recibiendo los golpes, Mónica, y sabés que los golpes te los daba yo. Pero no era exactamente yo, era yo en medio de una etílica nube. Flotaba en alcohol, y entonces me venían como eléctricas corrientes de pura furia, de odio, de ira.
Claro que te pegaba, buenísimas trompadas, o con el cinturón, con la parte de la hebilla, te pegaba porque estabas ahí, por eso, y te apagaba cigarrillos en los brazos o en los muslos, y vos chillabas como un animal, a mí no me importaba.
Maté al perro, lo maté yo, Mónica, eso nunca te lo dije. Llegué un día a casa totalmente borracho, y ese absurdo pekinés se puso a saltar y a dar su concierto de agudos ladridos. Lo alcé, lo acaricié un poco, el perro estaba feliz, y lo tiré por el balcón, así de una, ni lo pensé, todavía lo estaba acariciando y de pronto lo tiré como si hiciera un pase de rugby. El perro voló siete pisos y se hizo mermelada contra la avenida.
Quise violar a la nena, Mónica, por eso estuvo como un año sin hablar. Pará, la manoseé un poco nada más, te explico. La nena ya tenía como trece años, calculo, le habían empezado a crecer los zapallitos, y vos la dejabas vestirse con esas calcitas. Le ponías calcitas apretadas. Y vos no querías coger conmigo. Un domingo a la tarde, ya me había bajado más de media botella de ginebra, y me la quise sentar un rato encima. La apoyé un poquito, así, vestida. Le dije que si decía algo la mataba, le dije que iba a entrar una noche a su cuarto y la iba a estrangular con un alambre. Por eso la nena tenía problemas en el colegio, por eso la nena anduvo sin hablar, como tartamuda, unos seis meses. Después se puso bien, vos viste que después se recuperó mucho.
Cogí con tu hermana, Mónica, una vez que vino de visita. Cogí con tu hermana, le puse cocaína en el clítoris y acabó como 33 veces, tuve que pasar un trapo después para secar el parquet. Acababa y lloraba y decía que yo estaba loco, que ella era una mala hermana. Se le dieron vuelta los ojos, pensé que había tenido un ataque de epilepsia pero no, era simplemente una interminable sucesión de acabadas. Por eso dejó de venir, por eso cada vez que venía de Madariaga de visita se quedaba en un hotel del centro. Decía que estaba muy ocupada, a lo sumo nos aceptaba un desayuno en algún bar, o ni siquiera eso.
Ah, los ladrones. Nunca entraron ladrones, Mónica. Tu madre había vendido el departamento y te había dejado la plata para que se la cuides. Eran como ochenta lucas, y yo había empezado a jugar al poker por internet. Me fumé las ochenta lucas en una semana. Tuve que inventar lo de los ladrones, para poder llevarme la plata. Me acuerdo que tu vieja se puso remal, tuvimos que internarla. Quedó muy mal, de los nervios, nunca volvió a ser la misma.
Por eso te llamé, porque hace como dos semanas que no tomo. Pasamos buenos momentos juntos, yo creo que ahora lo nuestro puede funcionar.
30.8.11
El hada
Estoy en un bar, desayunando. No importa el bar, qué carajo importa el bar. Fue en un bar donde ella te dejó, y en un bar donde te diste cuenta que te ibas a morir, y fue en un bar donde supiste que eras un genio, también. Si te preguntaran qué cosa importante te pasó fuera de un bar, tendrías problemas para responder.
Ya sé, también, muchas veces mis historias empiezan así. ¿Qué querés, que te diga que me enfiesté con la selección nigeriana (femenina) de vóley? ¿Que estuve haciendo jet ski en bolas en los lagos de Palermo? No, loco, la mayor parte del tiempo no te pasa nada, la vida no es como en las películas.
Estoy en un bar, desayunando. Nada, hay una humedad del carajo, una humedad que te deja la ropa como si un elefante se hubiera sonado los mocos encima tuyo, Buenos Aires.
Entra una pareja, al bar. Clase media, con aspiraciones quizás. Mayores de treinta, la edad del reconocimiento, las galeras hacen huelga de conejos, se pierde la gracia. Lo que era divertido deja de serlo, y es lo suficientemente triste como para llenar una bañera de lágrimas.
Es mala, ella, se nota que es muy mala. Bajita, con un fastidio que la supera en estatura. Se queja, de algo, de cualquier cosa, de cómo se abre la puerta del bar, de la humedad, de lo mal que estaciona el auto su marido, de la rotación y traslación del planeta tierra. Nació para quejarse, ella, porque hizo más o menos lo que quiso, llegó como pudo adonde creía que debía llegar, y ahora se da cuenta que no le sirve, que el fastidio se le ha pegado como una fina película de polietileno que la envuelve, la contiene, la abarca.
Detrás de ella, corresponde mucho más desde lo metafísico que desde la cortesía, entra, su marido. Debe tener dos o tres años más que ella, aunque ha comenzado un proceso de inexorable deterioro, producto quizás de la mala alimentación, el tránsito en la ciudad, el día a día en la oficina comiéndole el corazón como una metódica rata. Él sabe, también, cómo no saberlo, porque ni siquiera hay que saberlo, basta con sentirlo, que no aguanta más. No aguanta más y sabe que le faltan, como mínimo, otros veinte años de ese insoportable crucero donde el paisaje nunca cambia, no hay nada para avistar, sólo bandadas de tedio. No era malo, él, quizás de jovencito, soñaba con algo que no fue, la frustración muta con asombrosa velocidad y un día sos todo maldad, querés ver noticias donde se caen los aviones, o que muere de sobredosis algún rockero que parecía estar pasándola bien, el resentimiento se para en dos patas como un oso después de un largo invierno y se golpea el pecho. La envidia quiere comer.
Detrás de ellos, entra una niña. Es la hija, debe tener cinco años, quizás siete. El cabello con dos vibrátiles colitas, la inquieta mirada. Pero eso no es lo llamativo, no. Va vestida de hada.
Sí, va vestida de hada. Blancas medias que le cubren la totalidad de sus piernitas como alambres, y una pollerita de tul. Es eso, básicamente en eso consiste el disfraz, en la pollerita de tul, en las medias. No, lo que define que es un hada, es que tiene un palito, en una mano, que termina en una precaria estrella de cinco puntas. Puede que el palito sea la base de una percha, y la estrella es dorada, hecha con cartón y papel metalizado, algo pegoteada de plasticola.
La nena entra al bar, también. Yo estoy sentado, desde el punto de vista de los que ingresan, del lado izquierdo. Los padres avanzan, caminan, hacia el lado derecho, en busca de una mesa, pero la nena se desvía. Viene para mi lado. Da un saltito, un esforzado saltito con las dos piernas juntas, que la deposita junto a mi mesa. Con teatral gesto me toca, me toca la cabeza, con la varita de estrellada punta. Y sonríe, es la sonrisa más linda que yo jamás haya visto, aunque no cambie nada.
Ya sé, también, muchas veces mis historias empiezan así. ¿Qué querés, que te diga que me enfiesté con la selección nigeriana (femenina) de vóley? ¿Que estuve haciendo jet ski en bolas en los lagos de Palermo? No, loco, la mayor parte del tiempo no te pasa nada, la vida no es como en las películas.
Estoy en un bar, desayunando. Nada, hay una humedad del carajo, una humedad que te deja la ropa como si un elefante se hubiera sonado los mocos encima tuyo, Buenos Aires.
Entra una pareja, al bar. Clase media, con aspiraciones quizás. Mayores de treinta, la edad del reconocimiento, las galeras hacen huelga de conejos, se pierde la gracia. Lo que era divertido deja de serlo, y es lo suficientemente triste como para llenar una bañera de lágrimas.
Es mala, ella, se nota que es muy mala. Bajita, con un fastidio que la supera en estatura. Se queja, de algo, de cualquier cosa, de cómo se abre la puerta del bar, de la humedad, de lo mal que estaciona el auto su marido, de la rotación y traslación del planeta tierra. Nació para quejarse, ella, porque hizo más o menos lo que quiso, llegó como pudo adonde creía que debía llegar, y ahora se da cuenta que no le sirve, que el fastidio se le ha pegado como una fina película de polietileno que la envuelve, la contiene, la abarca.
Detrás de ella, corresponde mucho más desde lo metafísico que desde la cortesía, entra, su marido. Debe tener dos o tres años más que ella, aunque ha comenzado un proceso de inexorable deterioro, producto quizás de la mala alimentación, el tránsito en la ciudad, el día a día en la oficina comiéndole el corazón como una metódica rata. Él sabe, también, cómo no saberlo, porque ni siquiera hay que saberlo, basta con sentirlo, que no aguanta más. No aguanta más y sabe que le faltan, como mínimo, otros veinte años de ese insoportable crucero donde el paisaje nunca cambia, no hay nada para avistar, sólo bandadas de tedio. No era malo, él, quizás de jovencito, soñaba con algo que no fue, la frustración muta con asombrosa velocidad y un día sos todo maldad, querés ver noticias donde se caen los aviones, o que muere de sobredosis algún rockero que parecía estar pasándola bien, el resentimiento se para en dos patas como un oso después de un largo invierno y se golpea el pecho. La envidia quiere comer.
Detrás de ellos, entra una niña. Es la hija, debe tener cinco años, quizás siete. El cabello con dos vibrátiles colitas, la inquieta mirada. Pero eso no es lo llamativo, no. Va vestida de hada.
Sí, va vestida de hada. Blancas medias que le cubren la totalidad de sus piernitas como alambres, y una pollerita de tul. Es eso, básicamente en eso consiste el disfraz, en la pollerita de tul, en las medias. No, lo que define que es un hada, es que tiene un palito, en una mano, que termina en una precaria estrella de cinco puntas. Puede que el palito sea la base de una percha, y la estrella es dorada, hecha con cartón y papel metalizado, algo pegoteada de plasticola.
La nena entra al bar, también. Yo estoy sentado, desde el punto de vista de los que ingresan, del lado izquierdo. Los padres avanzan, caminan, hacia el lado derecho, en busca de una mesa, pero la nena se desvía. Viene para mi lado. Da un saltito, un esforzado saltito con las dos piernas juntas, que la deposita junto a mi mesa. Con teatral gesto me toca, me toca la cabeza, con la varita de estrellada punta. Y sonríe, es la sonrisa más linda que yo jamás haya visto, aunque no cambie nada.
25.8.11
Conste en actas
No. Me dijeron que no. Todo el tiempo me dijeron que no, que yo no. Que no sabía, que no servía, que no era suficiente, no alcanzaba, nunca, no. En el colegio, en las entrevistas de trabajo, en los exámenes de la facultad, en los psicotécnicos, en los concursos literarios, la vez que saqué a bailar lento a esa chica de la primaria, cuando le pregunté a los médicos si mi papá se iba a salvar, la vez que te dije que me gustabas, no, no, y no.
Mi vida ha sido más o menos un ejercicio de flotación en un proceloso mar de no, olas de no, no y más arriba nubes de no, acá me ves, empapado de no, mirá cómo estoy.
Y es curioso porque si me preguntás si me gustaría volver a vivir, volverlo a hacer, aún sabiendo que todas y cada una de las cosas no me van a salir, que recibiré el más pulido no como respuesta a mis deseos, que la vida será para mí un diamante de mil caras de no. Bueno, yo te diría que sí.
Mi vida ha sido más o menos un ejercicio de flotación en un proceloso mar de no, olas de no, no y más arriba nubes de no, acá me ves, empapado de no, mirá cómo estoy.
Y es curioso porque si me preguntás si me gustaría volver a vivir, volverlo a hacer, aún sabiendo que todas y cada una de las cosas no me van a salir, que recibiré el más pulido no como respuesta a mis deseos, que la vida será para mí un diamante de mil caras de no. Bueno, yo te diría que sí.
20.8.11
La búsqueda del tesoro
P. me preguntó si lo podía ayudar. Éramos amigos hacía más de diez años, veinte quizás, cómo no lo iba a ayudar. Le dije que claro, le dije que sí.
Había muerto el papá de P., hacía más de tres meses. Tenía ochenta y tres años, el hombre, un alemanote retirado de la fuerza aérea al que sólo le gustaba ir a Pinamar a pescar. Había tenido un ovejero alemán, desde siempre, desde que lo habían pasado a retiro. Decía, el papá de P., que no le interesaban demasiado las personas. Decía que prefería tener un perro. Tenía un amigo con criadero de perros, y el papá de P. se llevaba un perro, bien de cachorrito. Lo tenía diez años, o doce, hasta que el perro se moría. Entonces, el papá de P. iba a ver a su amigo, que también había estado en la fuerza aérea, y se llevaba otro perro. Los perros se habían llamado Otto, Sigfrid, Hans. Pero me estoy yendo del tema.
El papá de P. le había dicho una vez, a P., que le iba a dejar los oros. Mientras tomaban cerveza y comían salchichas con chucrut un domingo cualquiera, el papá de P. le había dicho: ‘los oros, a vos te dejo los oros’.
Habían pasado más de diez años desde aquel comentario, y finalmente el papá de P. se había muerto. Pero no le había dicho más nada, de los oros. La ubicación, el escondite, por ejemplo, cuánto era. Al parecer, mientras uno se muere, mientras te estás muriendo, hay algunas cosas que te parecen más relevantes que otras, hay algunas cosas que te dejan de importar. Detalles.
P. había decidido alquilar el viejo caserón de Olivos donde el padre había vivido los últimos treinta o cuarenta años de su vida. Había que pegarle una lavada de cara, a la casa, y podía dejar unos buenos mangos de renta. Era una casa grande y estaba bien ubicada, en la mejor zona de Olivos. P., después de un segundo divorcio, vivía en un cómodo departamento en Belgrano.
Me pidió entonces P. que lo ayudara. Que lo ayudara a buscar los oros de su padre.
–Conociendo a mi viejo –dijo P. – los debe haber enterrado en el jardín. Necesito que me ayudes a buscarlos.
Arreglamos para encontrarnos el sábado, muy temprano. La idea era buscar los oros toda la mañana, y después ir a almorzar. Era verano, hacía calor, la idea de tomar unas cervezas frías hacía viable cualquier plan.
Me llevé un shorcito y unas zapatillas viejas en un bolso. P. trajo las herramientas, un pico, dos palas. Había conseguido prestado, de no sé quién, un detector de metales. P. había recibido instrucción militar siendo joven, era uno de esos tipos que para cualquier tarea, sin importar, justamente, la tarea, sabía cómo prepararse.
P. caminaba con el detector de metales de acá para allá. Metía un palo largo, de metal, como un caño de los que se usan para colgar las cortinas, en la tierra. Después pensaba un rato, sacaba el palo, y volvía a encender el detector que hacía un molesto zumbido. Después hacía, sobre el césped, unas marcas con un aerosol, pequeñas equis.
Era un lindo jardín, algo descuidado. De 8 x 12 quizás, con dos o tres árboles que daban buena sombra y habían ido creciendo más y más alto a lo largo de tres generaciones de la familia de P. Sus abuelos habían construido esa casa, unos cien años atrás.
–Acá –dijo P., muy serio, había metido la varilla y hasta yo, que no estaba prestando demasiada atención, sentí que la punta del palo había golpeado con algo, a unos dos metros de profundidad–. Cavemos acá.
Empezamos a cavar. Hacía un calor del carajo, y además no sé cavar. Para qué carajo tengo que saber cavar, trabajo en una oficina. Cuando trabajás en una oficina no hace falta cavar, ya estás en lo profundo. Sé viajar en subte y tomar café, eso sí. Sé caminar por Florida con la misma perplejidad y estupor que si estuviera paseando por las orillas del Ganges. Pero no sé cavar.
Trabajamos unos buenos veinte minutos. P. ablandó un poco el terreno con el pico, y después empezamos a palear, la tierra se volvía más oscura y húmeda, a lo lejos ladraba un perro de alguna casa vecina.
–Los oros –dijo P. después de resoplar por el esfuerzo–. Mi viejo no me iba a mentir. Tienen que estar.
Mi pala chocó algo con el filo, un sonido seco. Habíamos hecho un buen pozo de unos dos metros de diámetro, así que estábamos, P. y yo, dentro del pozo hasta la cintura, paleando tierra, como los dibujos animados. Igual igual.
–¿Qué es? –P. clavó la pala en la tierra, y se secó el sudor del rostro con un antebrazo. Yo estaba muy agitado, no daba más– ¿Un cofre? ¿Una caja de metal?
Habíamos comenzado a usar las manos para remover la tierra.
Lo primero que levanté fue una mano. Los huesos de una mano, una mano semicerrada, como si estuviera preguntando por qué. Casi de inmediato P. levantó un cráneo, que por el tamaño debía ser el cráneo de un niño muy pequeño.
Había mucho hueso, estaba lleno de huesos, brazos y piernas, huesos con manchas negras o verdes, el pedazo de una dentadura a la mitad de un grito o de una pavorosa mueca. Más manos, huesos de cuerpos apilados, los pedazos, cinco o siete, no sé.
Salimos del pozo, en silencio. Me senté sobre el pasto, el sol me daba en la cara, tenía el cuerpo cubierto de tierra y respiraba como un animal que acaba de estar corriendo por su vida.
P. estaba de pie, a un costado del pozo, mirando hacia abajo. Negaba con la cabeza, mientras se rascaba el pecho. El perro del vecino no paraba de ladrar.
Había muerto el papá de P., hacía más de tres meses. Tenía ochenta y tres años, el hombre, un alemanote retirado de la fuerza aérea al que sólo le gustaba ir a Pinamar a pescar. Había tenido un ovejero alemán, desde siempre, desde que lo habían pasado a retiro. Decía, el papá de P., que no le interesaban demasiado las personas. Decía que prefería tener un perro. Tenía un amigo con criadero de perros, y el papá de P. se llevaba un perro, bien de cachorrito. Lo tenía diez años, o doce, hasta que el perro se moría. Entonces, el papá de P. iba a ver a su amigo, que también había estado en la fuerza aérea, y se llevaba otro perro. Los perros se habían llamado Otto, Sigfrid, Hans. Pero me estoy yendo del tema.
El papá de P. le había dicho una vez, a P., que le iba a dejar los oros. Mientras tomaban cerveza y comían salchichas con chucrut un domingo cualquiera, el papá de P. le había dicho: ‘los oros, a vos te dejo los oros’.
Habían pasado más de diez años desde aquel comentario, y finalmente el papá de P. se había muerto. Pero no le había dicho más nada, de los oros. La ubicación, el escondite, por ejemplo, cuánto era. Al parecer, mientras uno se muere, mientras te estás muriendo, hay algunas cosas que te parecen más relevantes que otras, hay algunas cosas que te dejan de importar. Detalles.
P. había decidido alquilar el viejo caserón de Olivos donde el padre había vivido los últimos treinta o cuarenta años de su vida. Había que pegarle una lavada de cara, a la casa, y podía dejar unos buenos mangos de renta. Era una casa grande y estaba bien ubicada, en la mejor zona de Olivos. P., después de un segundo divorcio, vivía en un cómodo departamento en Belgrano.
Me pidió entonces P. que lo ayudara. Que lo ayudara a buscar los oros de su padre.
–Conociendo a mi viejo –dijo P. – los debe haber enterrado en el jardín. Necesito que me ayudes a buscarlos.
Arreglamos para encontrarnos el sábado, muy temprano. La idea era buscar los oros toda la mañana, y después ir a almorzar. Era verano, hacía calor, la idea de tomar unas cervezas frías hacía viable cualquier plan.
Me llevé un shorcito y unas zapatillas viejas en un bolso. P. trajo las herramientas, un pico, dos palas. Había conseguido prestado, de no sé quién, un detector de metales. P. había recibido instrucción militar siendo joven, era uno de esos tipos que para cualquier tarea, sin importar, justamente, la tarea, sabía cómo prepararse.
P. caminaba con el detector de metales de acá para allá. Metía un palo largo, de metal, como un caño de los que se usan para colgar las cortinas, en la tierra. Después pensaba un rato, sacaba el palo, y volvía a encender el detector que hacía un molesto zumbido. Después hacía, sobre el césped, unas marcas con un aerosol, pequeñas equis.
Era un lindo jardín, algo descuidado. De 8 x 12 quizás, con dos o tres árboles que daban buena sombra y habían ido creciendo más y más alto a lo largo de tres generaciones de la familia de P. Sus abuelos habían construido esa casa, unos cien años atrás.
–Acá –dijo P., muy serio, había metido la varilla y hasta yo, que no estaba prestando demasiada atención, sentí que la punta del palo había golpeado con algo, a unos dos metros de profundidad–. Cavemos acá.
Empezamos a cavar. Hacía un calor del carajo, y además no sé cavar. Para qué carajo tengo que saber cavar, trabajo en una oficina. Cuando trabajás en una oficina no hace falta cavar, ya estás en lo profundo. Sé viajar en subte y tomar café, eso sí. Sé caminar por Florida con la misma perplejidad y estupor que si estuviera paseando por las orillas del Ganges. Pero no sé cavar.
Trabajamos unos buenos veinte minutos. P. ablandó un poco el terreno con el pico, y después empezamos a palear, la tierra se volvía más oscura y húmeda, a lo lejos ladraba un perro de alguna casa vecina.
–Los oros –dijo P. después de resoplar por el esfuerzo–. Mi viejo no me iba a mentir. Tienen que estar.
Mi pala chocó algo con el filo, un sonido seco. Habíamos hecho un buen pozo de unos dos metros de diámetro, así que estábamos, P. y yo, dentro del pozo hasta la cintura, paleando tierra, como los dibujos animados. Igual igual.
–¿Qué es? –P. clavó la pala en la tierra, y se secó el sudor del rostro con un antebrazo. Yo estaba muy agitado, no daba más– ¿Un cofre? ¿Una caja de metal?
Habíamos comenzado a usar las manos para remover la tierra.
Lo primero que levanté fue una mano. Los huesos de una mano, una mano semicerrada, como si estuviera preguntando por qué. Casi de inmediato P. levantó un cráneo, que por el tamaño debía ser el cráneo de un niño muy pequeño.
Había mucho hueso, estaba lleno de huesos, brazos y piernas, huesos con manchas negras o verdes, el pedazo de una dentadura a la mitad de un grito o de una pavorosa mueca. Más manos, huesos de cuerpos apilados, los pedazos, cinco o siete, no sé.
Salimos del pozo, en silencio. Me senté sobre el pasto, el sol me daba en la cara, tenía el cuerpo cubierto de tierra y respiraba como un animal que acaba de estar corriendo por su vida.
P. estaba de pie, a un costado del pozo, mirando hacia abajo. Negaba con la cabeza, mientras se rascaba el pecho. El perro del vecino no paraba de ladrar.
15.8.11
No sex, no city
El problema con ‘Sex & the city’ es que vivís por Monserrat. Monserrat tiene su onda, hay un par de bares más o menos dignos para desayunar, lo admito. Pero Monserrat no es New York.
El problema con ‘Sex & the city’ es que te dieron un pelotazo en la primaria, jugando al vóley, un pelotazo que cuando te acordás todavía te arde la cara, pero no tenés la nariz de Sarah Jessica Parker, tenés la nariz de un maldito perico.
El problema con ‘Sex & the city’ es que los tipos que se te acercan no son ejecutivos, nunca son ejecutivos, ni saben tocar el saxo, ni son reconocidos fotógrafos. Los tipos que se te acercan tienen los calzoncillos desteñidos y creen que dos porciones de fugazzeta es una salida, y después de ponértela un ratito quedan vencidos, boca arriba, como agonizantes hipopótamos, regurgitando un vino barato.
El problema con ‘Sex & the city’ es que tus amigas creen que ‘Gucci’ es una marca de alimento para perros.
El problema con ‘Sex & the city’ es que la gente que conocés jamás te invita a una galería de arte. Te han invitado a ver Atlanta-Chacarita, una vez, y alguien te pishó desde arriba en la tribuna.
El problema con ‘Sex & the city’ es que es una serie de televisión, capítulos de media hora. Y después te quedás ahí sentada, vos, con tu vida.
El problema con ‘Sex & the city’ es que te dieron un pelotazo en la primaria, jugando al vóley, un pelotazo que cuando te acordás todavía te arde la cara, pero no tenés la nariz de Sarah Jessica Parker, tenés la nariz de un maldito perico.
El problema con ‘Sex & the city’ es que los tipos que se te acercan no son ejecutivos, nunca son ejecutivos, ni saben tocar el saxo, ni son reconocidos fotógrafos. Los tipos que se te acercan tienen los calzoncillos desteñidos y creen que dos porciones de fugazzeta es una salida, y después de ponértela un ratito quedan vencidos, boca arriba, como agonizantes hipopótamos, regurgitando un vino barato.
El problema con ‘Sex & the city’ es que tus amigas creen que ‘Gucci’ es una marca de alimento para perros.
El problema con ‘Sex & the city’ es que la gente que conocés jamás te invita a una galería de arte. Te han invitado a ver Atlanta-Chacarita, una vez, y alguien te pishó desde arriba en la tribuna.
El problema con ‘Sex & the city’ es que es una serie de televisión, capítulos de media hora. Y después te quedás ahí sentada, vos, con tu vida.
10.8.11
Lejano Oriente
Ignacio se había perdido en el camino, más o menos como todos. Tenía un buen laburo de oficina (si la contradicción es admisible), se había divorciado después de nueve años de casado. Tenía una madre viuda, tenía un hijo. Había tenido un perro, también, pero lo pisó un auto, un Fiat que dio marcha atrás una tan tremenda mañana de invierno. El perro, que se llamaba Toti, quedó tirado sobre el indiferente asfalto, le salía sangre de la boca. Ignacio lo levantó y le sostuvo la cabeza con las manos, mientras el perro lo miraba, lo miraba muy hondo, y le salía como un silbido del pecho. Hasta que se murió, Toti. Ignacio pensó que no iba a poder parar de llorar nunca, que simplemente se iba a inundar toda la ciudad con su llanto.
Probó de todo, Ignacio, porque se había dado cuenta que estaba triste, que la vida no tenía mayor sentido. Había cumplido treinta y tres años y no veía ninguna resurrección a la vista. La escalera mecánica de la vida se había puesto para abajo, eso generaba fastidio al principio, susto después. Algo nuevo, algo malo. Después de cierta edad, lo nuevo y lo malo caminan de la mano.
Fue de casualidad y se enganchó de inmediato. Lo llevó un amigo, Hernán. Hernán siempre había tenido el mambo de las artes marciales, desde chico. Lo llevó a un gimnasio, en Almagro. Había un profesor, un japonés. El japonés daba clases de Aikido.
Ignacio fue la primera vez, a la primera clase, porque estaba aburrido. Pero le gustó. El profesor era un hombre de unos cuarenta y tantos años, gordito, siempre sonriente. Y les explicaba los movimientos, el uso de la energía del oponente, cómo lo blando se imponía a lo duro aunque pareciera joda, los hacía pasar de largo con ínfimos movimientos, dejando al ocasional atacante en el más pleno desconcierto. Te dejaba despatarrado en el piso y te ayudaba a levantarte, siempre con esa tibetana sonrisa que era un mar de comprensión y agradecimiento.
Practicaban kendo, también, con máscaras y palos. El profesor Ling, porque así se llamaba, Ling, les contaba historias de samuráis que se suicidaban por honor. Y les enseñaba, les seguía enseñando. Ling les hablaba de los sutiles protocolos, de las geishas, la ceremonia del té. Ling hablaba de los ritos del Japón de su niñez, con respeto no exento de emoción, con una voz que era apenas un susurro. Ignacio sentía que mejoraba, que finalmente había encontrado algo donde poner su atención, algo que hacer.
Iba los martes y los jueves, a sus clases de Aikido, practicaba, y Ling les hablaba de la importancia del Reiki, les enseñaba los simples y tan profundos caminos de la meditación, la esencia del Zen.
Ignacio llegó temprano, ese día, porque había salido del trabajo a las cinco y no tenía nada para hacer. Tomó un café y se fue caminando al gimnasio, con el bolsito. Entró al vestuario.
–Me das una toalla, Mario –el pibe lo conocía. Le dio la toalla, y él le dio cinco pesos en lugar de dos, como de costumbre. Todos contentos.
Siempre que Ignacio llegaba a la clase, Ling ya estaba sentado en el Dojo, piernas cruzadas, los ojos cerrados, las palmas hacia arriba sobre el regazo, meditando, así recibía a los alumnos. Decidió Ignacio hacer lo mismo, cambiarse, ir al recinto, sentarse a meditar y esperar al maestro. La clase empezaba a las siete, eran las siete menos veinte.
Se estaba cambiando en una punta del vestuario, cuando entró Ling. Vestido con ropa de calle, bolsito al hombro, con sus lentes sin marco, sonriente como siempre.
–Hola, Malio –Ling no lo había visto, había ido directo al mostrador– ¿Sabés qué númelo salió en la quiniela?
Ignacio se dio cuenta que jamás podría volver a creerle a Ling nada de lo que le dijera. Que ya no importaba el Aikido ni el Kendo, el Reiki, el Zen. A la semana dejó de ir, se borró del gimnasio y se compró una bicicleta con cambios.
Probó de todo, Ignacio, porque se había dado cuenta que estaba triste, que la vida no tenía mayor sentido. Había cumplido treinta y tres años y no veía ninguna resurrección a la vista. La escalera mecánica de la vida se había puesto para abajo, eso generaba fastidio al principio, susto después. Algo nuevo, algo malo. Después de cierta edad, lo nuevo y lo malo caminan de la mano.
Fue de casualidad y se enganchó de inmediato. Lo llevó un amigo, Hernán. Hernán siempre había tenido el mambo de las artes marciales, desde chico. Lo llevó a un gimnasio, en Almagro. Había un profesor, un japonés. El japonés daba clases de Aikido.
Ignacio fue la primera vez, a la primera clase, porque estaba aburrido. Pero le gustó. El profesor era un hombre de unos cuarenta y tantos años, gordito, siempre sonriente. Y les explicaba los movimientos, el uso de la energía del oponente, cómo lo blando se imponía a lo duro aunque pareciera joda, los hacía pasar de largo con ínfimos movimientos, dejando al ocasional atacante en el más pleno desconcierto. Te dejaba despatarrado en el piso y te ayudaba a levantarte, siempre con esa tibetana sonrisa que era un mar de comprensión y agradecimiento.
Practicaban kendo, también, con máscaras y palos. El profesor Ling, porque así se llamaba, Ling, les contaba historias de samuráis que se suicidaban por honor. Y les enseñaba, les seguía enseñando. Ling les hablaba de los sutiles protocolos, de las geishas, la ceremonia del té. Ling hablaba de los ritos del Japón de su niñez, con respeto no exento de emoción, con una voz que era apenas un susurro. Ignacio sentía que mejoraba, que finalmente había encontrado algo donde poner su atención, algo que hacer.
Iba los martes y los jueves, a sus clases de Aikido, practicaba, y Ling les hablaba de la importancia del Reiki, les enseñaba los simples y tan profundos caminos de la meditación, la esencia del Zen.
Ignacio llegó temprano, ese día, porque había salido del trabajo a las cinco y no tenía nada para hacer. Tomó un café y se fue caminando al gimnasio, con el bolsito. Entró al vestuario.
–Me das una toalla, Mario –el pibe lo conocía. Le dio la toalla, y él le dio cinco pesos en lugar de dos, como de costumbre. Todos contentos.
Siempre que Ignacio llegaba a la clase, Ling ya estaba sentado en el Dojo, piernas cruzadas, los ojos cerrados, las palmas hacia arriba sobre el regazo, meditando, así recibía a los alumnos. Decidió Ignacio hacer lo mismo, cambiarse, ir al recinto, sentarse a meditar y esperar al maestro. La clase empezaba a las siete, eran las siete menos veinte.
Se estaba cambiando en una punta del vestuario, cuando entró Ling. Vestido con ropa de calle, bolsito al hombro, con sus lentes sin marco, sonriente como siempre.
–Hola, Malio –Ling no lo había visto, había ido directo al mostrador– ¿Sabés qué númelo salió en la quiniela?
Ignacio se dio cuenta que jamás podría volver a creerle a Ling nada de lo que le dijera. Que ya no importaba el Aikido ni el Kendo, el Reiki, el Zen. A la semana dejó de ir, se borró del gimnasio y se compró una bicicleta con cambios.
5.8.11
Necesitaría ver
No, no puedo decir la calle. Conviene que no diga la calle, el barrio en el que vivo. Imaginate si nos llegamos a cruzar por la calle un sábado a la mañana, no sería bueno para ninguno de los dos. En particular para mí, así que no voy a decir la calle.
Llevo la ropa al laverap, los sábados a la mañana, eso sí te lo puedo decir, eso sí te lo digo. Llevo una bolsa con la ropa, doblo en F., me gusta caminar por F. pero los sábados a la mañana solamente. Conozco las baldosas y los árboles de esa calle que debe atrasar como cien años. Hasta hay un par de perros que me conocen, me mueven la cola, me ladran cuando paso.
Y me pasó un sábado bien temprano, que vi a un ciego. Caminaba, el ciego, con natural temor, con excesivo cuidado. Despacio, muy despacio. Algo encorvado y con la cabeza bien hacia delante, como si quisiera ir olfateando el terreno. Canoso, el pelo casi blanco en su totalidad. Unos anteojos muy gruesos, y el bastón, el bastón blanco.
Lo reconocí por los anteojos, el mismo armazón, aunque con vidrios el triple de gruesos, y allá lejos, muy lejos, sus diminutos y acuosos ojos que miraban a ninguna parte.
Daniel Hoffenbasch, era. Seguro. Había ido conmigo a la primaria. Todavía veía en esa época, claro, pero ya usaba esos tremendos anteojos. Daniel sabía que se iba a quedar ciego, me lo había contado en un recreo. Los demás chicos se burlaban, le escondían las cosas. La crueldad en estado puro que después no hacemos más que perfeccionar a lo largo de la vida adulta.
Me mató verlo. Me hizo moco. Habíamos ido juntos al colegio, ya lo dije. La vida nos había pasado por encima a todos, eso estaba claro. Pero esto era otra cosa, era bien bravo.
No me animé a hacer nada, me puse muy nervioso. Me dejó pensando todo el fin de semana.
Al sábado siguiente lo vi de nuevo. Era parte de su rutina. Lo seguí, caminaba por F. hasta V., tres cuadras, y se tomaba el 92. Perdido en una ciudad indiferente y hostil, aferrado a su bastón en medio de su particular e intransferible naufragio.
Quería hablarle, saludarlo. Preguntarle cómo estaba, cómo era su vida a pesar de lo que le había sucedido, saber si había algo en lo que yo pudiera ayudarlo.
Junté coraje. Dejé pasar, con indolencia, otra monótona semana.
Sábado a la mañana, bajé, doblé por F., y esperé en la esquina de D. Lo vi llegar, vestido como siempre, un holgado jean, camisa a cuadros, una campera de esas con relleno de pluma de ganso, viejísima, de un desteñido gris.
–Daniel –dije, y se me secó la garganta, me quedé por un instante sin voz–. Daniel Hoffenbasch.
Se detuvo. Alzó la cabeza un poco, sorprendido de oír su nombre.
–Soy Juan –dije–, Juan Hundred. Fuimos juntos a la primaria, te vi el otro día y te reconocí. Me dieron ganas de saludarte, de saber cómo estás. Si te puedo ayudar en algo.
–¿Qué?
–No sé, te reconocí, quiero saber si necesitás algo.
Hizo una pausa. Palpó uno de los bolsillos de su campera, como si buscara algo, un objeto que de pronto se había vuelto importante.
–Bueno, sí –dijo–. Necesitaría ver.
–No entiendo –dije, pero quizás sí entendía.
–Eso, Juan. Lo que necesitaría es volver a ver. Ver el número del colectivo que espero, y el color de los árboles. Mirar una chica que pasa y un perro que mueve la cola. ¿Me podés hacer ver?
–No –me salió un sollozo, no sé de dónde vino, me sorprendió como un piedrazo–. No puedo hacer eso.
–Entonces andá, Juan –me apoyó la mano libre sobre un hombro, dio dos palmadas, muy pequeñas, apenas, como si un gorrión se hubiera posado sobre uno de mis hombros y estuviera estirando las patitas–. Tuviste un ataque de lástima y eso está muy bien. Quizás te creas buena persona por un rato, si querés te lo agradezco. Pero no me sirve, Juan, no cambia nada.
Llevo la ropa al laverap, los sábados a la mañana, eso sí te lo puedo decir, eso sí te lo digo. Llevo una bolsa con la ropa, doblo en F., me gusta caminar por F. pero los sábados a la mañana solamente. Conozco las baldosas y los árboles de esa calle que debe atrasar como cien años. Hasta hay un par de perros que me conocen, me mueven la cola, me ladran cuando paso.
Y me pasó un sábado bien temprano, que vi a un ciego. Caminaba, el ciego, con natural temor, con excesivo cuidado. Despacio, muy despacio. Algo encorvado y con la cabeza bien hacia delante, como si quisiera ir olfateando el terreno. Canoso, el pelo casi blanco en su totalidad. Unos anteojos muy gruesos, y el bastón, el bastón blanco.
Lo reconocí por los anteojos, el mismo armazón, aunque con vidrios el triple de gruesos, y allá lejos, muy lejos, sus diminutos y acuosos ojos que miraban a ninguna parte.
Daniel Hoffenbasch, era. Seguro. Había ido conmigo a la primaria. Todavía veía en esa época, claro, pero ya usaba esos tremendos anteojos. Daniel sabía que se iba a quedar ciego, me lo había contado en un recreo. Los demás chicos se burlaban, le escondían las cosas. La crueldad en estado puro que después no hacemos más que perfeccionar a lo largo de la vida adulta.
Me mató verlo. Me hizo moco. Habíamos ido juntos al colegio, ya lo dije. La vida nos había pasado por encima a todos, eso estaba claro. Pero esto era otra cosa, era bien bravo.
No me animé a hacer nada, me puse muy nervioso. Me dejó pensando todo el fin de semana.
Al sábado siguiente lo vi de nuevo. Era parte de su rutina. Lo seguí, caminaba por F. hasta V., tres cuadras, y se tomaba el 92. Perdido en una ciudad indiferente y hostil, aferrado a su bastón en medio de su particular e intransferible naufragio.
Quería hablarle, saludarlo. Preguntarle cómo estaba, cómo era su vida a pesar de lo que le había sucedido, saber si había algo en lo que yo pudiera ayudarlo.
Junté coraje. Dejé pasar, con indolencia, otra monótona semana.
Sábado a la mañana, bajé, doblé por F., y esperé en la esquina de D. Lo vi llegar, vestido como siempre, un holgado jean, camisa a cuadros, una campera de esas con relleno de pluma de ganso, viejísima, de un desteñido gris.
–Daniel –dije, y se me secó la garganta, me quedé por un instante sin voz–. Daniel Hoffenbasch.
Se detuvo. Alzó la cabeza un poco, sorprendido de oír su nombre.
–Soy Juan –dije–, Juan Hundred. Fuimos juntos a la primaria, te vi el otro día y te reconocí. Me dieron ganas de saludarte, de saber cómo estás. Si te puedo ayudar en algo.
–¿Qué?
–No sé, te reconocí, quiero saber si necesitás algo.
Hizo una pausa. Palpó uno de los bolsillos de su campera, como si buscara algo, un objeto que de pronto se había vuelto importante.
–Bueno, sí –dijo–. Necesitaría ver.
–No entiendo –dije, pero quizás sí entendía.
–Eso, Juan. Lo que necesitaría es volver a ver. Ver el número del colectivo que espero, y el color de los árboles. Mirar una chica que pasa y un perro que mueve la cola. ¿Me podés hacer ver?
–No –me salió un sollozo, no sé de dónde vino, me sorprendió como un piedrazo–. No puedo hacer eso.
–Entonces andá, Juan –me apoyó la mano libre sobre un hombro, dio dos palmadas, muy pequeñas, apenas, como si un gorrión se hubiera posado sobre uno de mis hombros y estuviera estirando las patitas–. Tuviste un ataque de lástima y eso está muy bien. Quizás te creas buena persona por un rato, si querés te lo agradezco. Pero no me sirve, Juan, no cambia nada.
30.7.11
Einstein no dijo
Durante un tiempo fuimos felices, durante un tiempo creímos que la felicidad era posible. Pero después no. De pronto, como quien se mira al espejo y descubre una cana y no puede creer qué le pasó, el gorila del tiempo comiendo su banana hecha de vos.
Te quedás mirando por la ventanilla de la vida, no alcanzás a entender, todo aquello que funcionaba, la alegría, las ganas escurriéndose como una luz debajo de una puerta.
Llegan los reproches, el fastidio, el insoportable again and again de una diluida fragancia, una fruta que perdió su sabor.
Cada tanto alguien vuelve a repetir, generalmente fuera de contexto, aunque quién puede saber cuál es el contexto, la frase de Einstein, respecto a su definición de la locura. Aquello de hacer una y otra vez lo mismo y esperar un resultado diferente. Se refería, supongo, a insistir con algo que no funcionó, esperando que la insistencia lo haga funcionar.
Lo que Einstein no dijo, o quizás olvidó mencionar, es que aquello que funcionó, aquello que una y otra vez funcionó, también dejará de funcionar. No será ninguna locura, será triste y nada más.
Te quedás mirando por la ventanilla de la vida, no alcanzás a entender, todo aquello que funcionaba, la alegría, las ganas escurriéndose como una luz debajo de una puerta.
Llegan los reproches, el fastidio, el insoportable again and again de una diluida fragancia, una fruta que perdió su sabor.
Cada tanto alguien vuelve a repetir, generalmente fuera de contexto, aunque quién puede saber cuál es el contexto, la frase de Einstein, respecto a su definición de la locura. Aquello de hacer una y otra vez lo mismo y esperar un resultado diferente. Se refería, supongo, a insistir con algo que no funcionó, esperando que la insistencia lo haga funcionar.
Lo que Einstein no dijo, o quizás olvidó mencionar, es que aquello que funcionó, aquello que una y otra vez funcionó, también dejará de funcionar. No será ninguna locura, será triste y nada más.
25.7.11
Energético
Te voy a explicar algo, aunque últimamente ya no ando con ganas de explicar nada, pero te voy a explicar algo. Porque no lo sabés, porque sería bueno que lo sepas, prestá atención.
A ver, la única energía que existe en este planeta proviene de los seres vivos. Ya está, eso. Veo que no entendés, no es tu culpa tampoco, debés ser perito mercantil, o estudiaste psicología, no pasa nada.
Lo que se enchufa, en realidad, no se enchufa. Lo que lleva baterías, bueno, no lleva baterías. Es un push, un empujón, para arrancar, pero después, mientras dura, come de vos. Veo que seguís sin entender. Ahí voy de nuevo, no te hagás problema.
Vos prendés la luz, y la luz, para permanecer encendida, usa tu energía, la energía del ser vivo que alumbra, la luz te alumbra gracias a vos.
Vos hablás por teléfono celular, el milagro de la comunicación, pero el teléfono por el que hablás, no anda a batería, anda a vos. No, no es que trae cáncer, el cáncer pasó de moda, no se usa más. Te estoy diciendo que el teléfono, para permanecer encendido, usa tu energía, te chupa vida.
¿La computadora? Sí, claro, la computadora también. La heladera anda de la energía que todavía conserva la comida, una manzana, carne, leche, así.
No, no te sale, ni siquiera sabés qué preguntar. No importa. Basta con que sepas que cualquier aparato o dispositivo que precisa de energía para funcionar en cualquiera de sus formas, usa principalmente tu energía.
El residuo de ese proceso de combustión, lo que va quedando, sos vos, extraviado, perplejo, aturdido. Apestando a información.
A ver, la única energía que existe en este planeta proviene de los seres vivos. Ya está, eso. Veo que no entendés, no es tu culpa tampoco, debés ser perito mercantil, o estudiaste psicología, no pasa nada.
Lo que se enchufa, en realidad, no se enchufa. Lo que lleva baterías, bueno, no lleva baterías. Es un push, un empujón, para arrancar, pero después, mientras dura, come de vos. Veo que seguís sin entender. Ahí voy de nuevo, no te hagás problema.
Vos prendés la luz, y la luz, para permanecer encendida, usa tu energía, la energía del ser vivo que alumbra, la luz te alumbra gracias a vos.
Vos hablás por teléfono celular, el milagro de la comunicación, pero el teléfono por el que hablás, no anda a batería, anda a vos. No, no es que trae cáncer, el cáncer pasó de moda, no se usa más. Te estoy diciendo que el teléfono, para permanecer encendido, usa tu energía, te chupa vida.
¿La computadora? Sí, claro, la computadora también. La heladera anda de la energía que todavía conserva la comida, una manzana, carne, leche, así.
No, no te sale, ni siquiera sabés qué preguntar. No importa. Basta con que sepas que cualquier aparato o dispositivo que precisa de energía para funcionar en cualquiera de sus formas, usa principalmente tu energía.
El residuo de ese proceso de combustión, lo que va quedando, sos vos, extraviado, perplejo, aturdido. Apestando a información.
20.7.11
Cómotevatantotiempoquéesdetuvida
Alguien se encuentra con alguien. En un bar. Para identificar con mayor precisión, para que la historia sea quizás un poco más accesible, serán, en adelante, ‘Alguien1’, y ‘Alguien2’.
Tanto Alguien1 como Alguien2 son mujeres, olvidé mencionarlo.
La historia, lo que está sucediendo, en el bar, es más o menos así. Alguien1 y Alguien2 son amigas desde hace mucho, quizás desde la secundaria. Alguien1 se ha ido a vivir a Europa, a Londres muy probablemente, o a Paris, no hace a la cuestión, no viene al caso. Alguien1 se ha ido a Londres hace muchos años, a estudiar idiomas, o filosofía, o antropología, algo así. Ahora vive allí, en Londres o en Berlín, es profesora de algo, de algo que estudió, da clases. Está en pareja con alguien, alguien que conoció allá, alguien que vive también allá, en Londres o en Roma, era parte del plan.
Alguien1 habla, Alguien2 escucha. Alguien1 es la mujer que fue a ver qué había allá afuera, salió al mundo, aprendió a comprar aspirinas en alguna farmacia de Europa, a tener frío lejos de mamá, a fumar hachís con un compañero de curso africano que además tenía la verga del tamaño de un antebrazo, y olía horrible, apestaba a curry, algo que puede ocasionar más de un incordio a la hora de fornicar, no es como en las películas, nunca es como en las películas.
Alguien2, que escucha, se quedó, en el sentido amplio del término. Se casó pronto, a los veintidós, tiene tres hijos, y un marido al que desprecia, pero es más lo que se tiene invertido en el plan, que lo que el mundo tiene para ofrecer, conviene seguir, así que sigue. Pero se siente mal, Alguien2, sabe que no saltó, que no saltó a ninguna parte, hizo, más o menos, lo que le fue apareciendo en el camino, lo que pudo, está aburrida, está cómoda, no le va mal.
Alguien1, en cambio, en esta visita, advierte lo lejos que se ha ido, tan lejos que ya no hay manera de volver. Necesita, a través del descubrimiento de Alguien2, sentir que hizo bien, que su viaje le abrió el abanico de la vida al que casi nadie se anima. Que toda la húmeda melancolía de Londres tuvo algún sentido, que los solitarios cigarrillos frente a aquella ventana que daba a una pared de ladrillos, lo que equivale decir a la nada misma, tuvieron su recompensa. Puede subirse a un tren, dormir una siesta, y despertarse en Amsterdam, o en Madrid. Puede ir a un concierto de jazz, en Berlín.
Pero, mientras Alguien1 habla, al mismo tiempo Alguien1 siente, como nunca antes, que su vida no ha ido a ninguna parte, que lo único que le ha quedado de los últimos diez años son tres o cuatro cafés con leche y los museos, y la verga del africano que tiene un chivo particular y único, por las mañanas las axilas le huelen a algo que sólo puede semejarse a la orina de un gato, de aquel gato que tenía en su niñez, Felipe, se llamaba, el gato. El negro se llama Daniel, pero con acento en la a.
Y mientras Alguien2 escucha, Alguien2 siente que no le ha pasado nada, con la notable excepción de sus hijos, que ni siquiera se animó a probar la marihuana aquella vez en San Bernardo, que lo único que ha estado haciendo son trámites, para los chicos, inscripciones, legalizaciones, certificaciones, análisis de sangre, y compras, compras y más compras para mantener andando un aerostático globo que apenas se sostiene en el aire, cada vez más bajito, en un abrumador viaje hacia la senectud sin paradas donde poder bailar, o coger, o reír.
Alguien1 habla, Alguien2 escucha, y la mañana transcurre como cualquier otra mañana. Las dos tienen fotos para mostrar, digitales y en papel. Las dos se hicieron las tetas, por motivos bien diferentes, por motivos que ambas desean explicar con cierto detalle. Pasan los autos por la avenida.
Tanto Alguien1 como Alguien2 son mujeres, olvidé mencionarlo.
La historia, lo que está sucediendo, en el bar, es más o menos así. Alguien1 y Alguien2 son amigas desde hace mucho, quizás desde la secundaria. Alguien1 se ha ido a vivir a Europa, a Londres muy probablemente, o a Paris, no hace a la cuestión, no viene al caso. Alguien1 se ha ido a Londres hace muchos años, a estudiar idiomas, o filosofía, o antropología, algo así. Ahora vive allí, en Londres o en Berlín, es profesora de algo, de algo que estudió, da clases. Está en pareja con alguien, alguien que conoció allá, alguien que vive también allá, en Londres o en Roma, era parte del plan.
Alguien1 habla, Alguien2 escucha. Alguien1 es la mujer que fue a ver qué había allá afuera, salió al mundo, aprendió a comprar aspirinas en alguna farmacia de Europa, a tener frío lejos de mamá, a fumar hachís con un compañero de curso africano que además tenía la verga del tamaño de un antebrazo, y olía horrible, apestaba a curry, algo que puede ocasionar más de un incordio a la hora de fornicar, no es como en las películas, nunca es como en las películas.
Alguien2, que escucha, se quedó, en el sentido amplio del término. Se casó pronto, a los veintidós, tiene tres hijos, y un marido al que desprecia, pero es más lo que se tiene invertido en el plan, que lo que el mundo tiene para ofrecer, conviene seguir, así que sigue. Pero se siente mal, Alguien2, sabe que no saltó, que no saltó a ninguna parte, hizo, más o menos, lo que le fue apareciendo en el camino, lo que pudo, está aburrida, está cómoda, no le va mal.
Alguien1, en cambio, en esta visita, advierte lo lejos que se ha ido, tan lejos que ya no hay manera de volver. Necesita, a través del descubrimiento de Alguien2, sentir que hizo bien, que su viaje le abrió el abanico de la vida al que casi nadie se anima. Que toda la húmeda melancolía de Londres tuvo algún sentido, que los solitarios cigarrillos frente a aquella ventana que daba a una pared de ladrillos, lo que equivale decir a la nada misma, tuvieron su recompensa. Puede subirse a un tren, dormir una siesta, y despertarse en Amsterdam, o en Madrid. Puede ir a un concierto de jazz, en Berlín.
Pero, mientras Alguien1 habla, al mismo tiempo Alguien1 siente, como nunca antes, que su vida no ha ido a ninguna parte, que lo único que le ha quedado de los últimos diez años son tres o cuatro cafés con leche y los museos, y la verga del africano que tiene un chivo particular y único, por las mañanas las axilas le huelen a algo que sólo puede semejarse a la orina de un gato, de aquel gato que tenía en su niñez, Felipe, se llamaba, el gato. El negro se llama Daniel, pero con acento en la a.
Y mientras Alguien2 escucha, Alguien2 siente que no le ha pasado nada, con la notable excepción de sus hijos, que ni siquiera se animó a probar la marihuana aquella vez en San Bernardo, que lo único que ha estado haciendo son trámites, para los chicos, inscripciones, legalizaciones, certificaciones, análisis de sangre, y compras, compras y más compras para mantener andando un aerostático globo que apenas se sostiene en el aire, cada vez más bajito, en un abrumador viaje hacia la senectud sin paradas donde poder bailar, o coger, o reír.
Alguien1 habla, Alguien2 escucha, y la mañana transcurre como cualquier otra mañana. Las dos tienen fotos para mostrar, digitales y en papel. Las dos se hicieron las tetas, por motivos bien diferentes, por motivos que ambas desean explicar con cierto detalle. Pasan los autos por la avenida.
15.7.11
En lo cierto
Éramos cuatro. Toto, Richar, Juan Manuel, y yo. Nos encontrábamos a comer una pizza, cada dos semanas. Éramos amigos, no sabíamos ni cómo nos habíamos ido haciendo amigos, de la vida.
La pizzería podía cambiar, por semestre, de acuerdo a si alguien decía que era mejor la fugazza rellena de Banchero, o si alguien decía que lo mejor era la pizza al molde de El Palacio. Se aceptaban sugerencias, se podía opinar. Pero si uno sugería el cambio de lugar, eso implicaba también una responsabilidad. Si las cosas no funcionaban, si las cosas salían mal en el nuevo lugar por cualquier motivo, quien había pedido el cambio de lugar sería el blanco de todas las puteadas.
Estábamos en el semestre de El Cuartito. Llegamos, pedimos. Una grande napolitana con ajo, una chica de fugazzeta, dos Warsteiner de litro, cinco o seis porciones de fainá.
Pasa algo, en esos sacrosantos lugares, que te sentís cómodo. No importa si tu esposa coge con el portero del edificio, o si ahí afuera hay gente capaz de quemarte el culo con una plancha Atma por un par de monedas. Lo único interesante de la Argentina son esas cinco o siete pizzerías, el resto del país te lo podés meter bien en el culo, me vas a tener que disculpar.
–Epa, che, ¿qué te pasa? –dijo Juan Manuel. Le hablaba a Toto. El Toto, en silencio, lloraba. Caían las lágrimas como animales indiferentes y resbaladizos, y él estaba muy quieto, las manos sobre la mesa, miraba una pared, como si estuviera mirando por una ventana.
–Nada –dijo el Toto–. No me pasa nada.
–¿Cómo que no te pasa nada? –Richar apagó el celular–. Estás llorando.
–Sí, estás llorando –dije yo, porque Juan Manuel y Richar esperaban que yo, de alguna forma, convalidara. Y el Toto estaba llorando, no había mucho que corroborar.
–Bueno, sí, estoy llorando –el Toto se secó los ojos con un antebrazo–. Me voy a morir.
Se hizo un silencio, de esos cinematográficos silencios. Ninguno sabía que el Toto estuviera enfermo, estaba flaco, tenía pelo, salía a trotar. Tenía llegada con las minas. El Toto se levantaba pendejas, alumnas, daba clases en un par de facultades, vivía con su mamá.
–Pará, boludo –Richar se agazapó– ¿Qué tenés? ¿Qué te pasó?
–Nada, no va por ahí –El Toto jugaba con su tenedor a pinchar la nada sobre la mesa, se pinchaba la mano, la palma de una mano, un poco, apenas, también–. No tengo ninguna enfermedad. Pero esta mañana cuando sonó el despertador supe que me voy a morir. Una certeza de mi finitud, una curiosa e insostenible conciencia de mi mortalidad. La perecedera naturaleza de las cosas. Supe, ahora sí, lo supo todo mi ser, que me voy a morir. Que el mar en Santa Clara va a seguir estando aunque yo no pueda meter las patitas. El árbol de Plaza Irlanda donde le di mi primer beso a Elina y pensé que se podía ser feliz va a seguir ahí como cuando paso y toco la corteza del tronco para recordar lo que sentí con la yema de los dedos, va a seguir igual. Va a llover, con lo que a mí me gusta ver llover, y va a ladrar un perro en alguna parte y yo no voy a estar. Me voy a morir, lo sé, lo supe esta mañana y me hizo moco, me hizo mal.
Llegó el mozo con el pedido, Juan Manuel sirvió la cerveza, a todos. Hicimos un módico brindis, bebimos uno o dos sorbos. Los chicos arrancaron con la napolitana, yo me serví primero una porción de fugazzeta, para jorobar. La primer porción, servirse la primer porción de pizza, es como la primer estocada, el pito ingresando en la vagina misma, pero sólo la primer entrada, esa sensación única, tan particular. Lo demás es sexo, lo demás lo dejamos para otra oportunidad.
La cerveza estaba justa, perfecta. Masticamos en silencio.
–Está buena la pizza –dijo Juan Manuel.
–Sí –dijo Richar–. Está genial.
La pizzería podía cambiar, por semestre, de acuerdo a si alguien decía que era mejor la fugazza rellena de Banchero, o si alguien decía que lo mejor era la pizza al molde de El Palacio. Se aceptaban sugerencias, se podía opinar. Pero si uno sugería el cambio de lugar, eso implicaba también una responsabilidad. Si las cosas no funcionaban, si las cosas salían mal en el nuevo lugar por cualquier motivo, quien había pedido el cambio de lugar sería el blanco de todas las puteadas.
Estábamos en el semestre de El Cuartito. Llegamos, pedimos. Una grande napolitana con ajo, una chica de fugazzeta, dos Warsteiner de litro, cinco o seis porciones de fainá.
Pasa algo, en esos sacrosantos lugares, que te sentís cómodo. No importa si tu esposa coge con el portero del edificio, o si ahí afuera hay gente capaz de quemarte el culo con una plancha Atma por un par de monedas. Lo único interesante de la Argentina son esas cinco o siete pizzerías, el resto del país te lo podés meter bien en el culo, me vas a tener que disculpar.
–Epa, che, ¿qué te pasa? –dijo Juan Manuel. Le hablaba a Toto. El Toto, en silencio, lloraba. Caían las lágrimas como animales indiferentes y resbaladizos, y él estaba muy quieto, las manos sobre la mesa, miraba una pared, como si estuviera mirando por una ventana.
–Nada –dijo el Toto–. No me pasa nada.
–¿Cómo que no te pasa nada? –Richar apagó el celular–. Estás llorando.
–Sí, estás llorando –dije yo, porque Juan Manuel y Richar esperaban que yo, de alguna forma, convalidara. Y el Toto estaba llorando, no había mucho que corroborar.
–Bueno, sí, estoy llorando –el Toto se secó los ojos con un antebrazo–. Me voy a morir.
Se hizo un silencio, de esos cinematográficos silencios. Ninguno sabía que el Toto estuviera enfermo, estaba flaco, tenía pelo, salía a trotar. Tenía llegada con las minas. El Toto se levantaba pendejas, alumnas, daba clases en un par de facultades, vivía con su mamá.
–Pará, boludo –Richar se agazapó– ¿Qué tenés? ¿Qué te pasó?
–Nada, no va por ahí –El Toto jugaba con su tenedor a pinchar la nada sobre la mesa, se pinchaba la mano, la palma de una mano, un poco, apenas, también–. No tengo ninguna enfermedad. Pero esta mañana cuando sonó el despertador supe que me voy a morir. Una certeza de mi finitud, una curiosa e insostenible conciencia de mi mortalidad. La perecedera naturaleza de las cosas. Supe, ahora sí, lo supo todo mi ser, que me voy a morir. Que el mar en Santa Clara va a seguir estando aunque yo no pueda meter las patitas. El árbol de Plaza Irlanda donde le di mi primer beso a Elina y pensé que se podía ser feliz va a seguir ahí como cuando paso y toco la corteza del tronco para recordar lo que sentí con la yema de los dedos, va a seguir igual. Va a llover, con lo que a mí me gusta ver llover, y va a ladrar un perro en alguna parte y yo no voy a estar. Me voy a morir, lo sé, lo supe esta mañana y me hizo moco, me hizo mal.
Llegó el mozo con el pedido, Juan Manuel sirvió la cerveza, a todos. Hicimos un módico brindis, bebimos uno o dos sorbos. Los chicos arrancaron con la napolitana, yo me serví primero una porción de fugazzeta, para jorobar. La primer porción, servirse la primer porción de pizza, es como la primer estocada, el pito ingresando en la vagina misma, pero sólo la primer entrada, esa sensación única, tan particular. Lo demás es sexo, lo demás lo dejamos para otra oportunidad.
La cerveza estaba justa, perfecta. Masticamos en silencio.
–Está buena la pizza –dijo Juan Manuel.
–Sí –dijo Richar–. Está genial.
10.7.11
Corpus teórico
Fui a ver cómo cogen los conejos. Tengo una amiga que estudia veterinaria, y que mientras estudia veterinaria trabaja, justamente, en una veterinaria. Le pedí que me dejara ver cómo cogen, los conejos. Fui y los vi.
Fui a ver cómo cogen los gatos. Fui al parque de mi barrio, muy tarde, de madrugada. El parque está lleno de gatos. Los vi coger.
Fui a ver cómo cogen los perros. Es fácil, más fácil todavía. Cualquiera tuvo un perro alguna vez, cualquiera conoce a alguien que tenga un perro. Lo soltás, al perro, a la perra, y lo dejás estar un rato. Casi de inmediato se ponen a coger.
Fui a una granja, vi cómo cogen los chanchos, con ese pirulín tan particular, tan característico. Vi cómo cogen las ovejas, los gauchos de la zona me aseguraron, entre risas y asentimientos de cabeza, que la vagina de una oveja es tremendamente similar, una precisa proxy (aunque no emplearon desde ya ese término) de una vagina humana. Vi cómo cogen los caballos, los burros de interminable verga, las distraídas vacas.
Fui al zoológico a ver cómo cogen los monos. Los chimpancés de frenéticos chillidos, los orangutanes algo indiferentes, los apesadumbrados gorilas.
Vi la televisión, vi mucho National Geographic, vi cómo cogen los leones, los tigres, las cebras. Vi cómo cogen los elefantes y las jirafas.
Vi videos, por internet. Consumí toneladas de pornografía. Videos donde chicas se meten turrones en la cola mientras ensayan su mejor sonrisa, videos donde hombres algo mayores azotan las nalgas de en apariencia frágiles señoritas vestidas con tableadas y cortísimas polleras, videos de chicas con excesivas glándulas mamarias que utilizan para envolver, literalmente, fatigados pitos, como si de acunar heridos animales se tratara, videos de hombres de insólita potencia que eyaculan sobre rostros de mujeres con los ojos bien abiertos y les provocan, con redentores lechazos, desprendimientos de retina, videos donde mujeres que tranquilamente uno podría encontrar tomando un café en un bar de Balvanera o de Paternal se dejan penetrar por tres o cuatro zulúes con vergas del tamaño de antebrazos, al mismo tiempo, lo que equivale decir al unísono, hasta que el tam tam de los cuerpos hace pensar en complejas y abstrusas maquinarias.
Por eso te digo, vi prácticamente todo, estudié, entiendo del tema, podría armar un powerpoint, dar cátedra. Pero hace un tiempo, un tiempo algo excesivo mucho me temo, que nadie quiere coger conmigo. Yo no sé qué pasa.
Fui a ver cómo cogen los gatos. Fui al parque de mi barrio, muy tarde, de madrugada. El parque está lleno de gatos. Los vi coger.
Fui a ver cómo cogen los perros. Es fácil, más fácil todavía. Cualquiera tuvo un perro alguna vez, cualquiera conoce a alguien que tenga un perro. Lo soltás, al perro, a la perra, y lo dejás estar un rato. Casi de inmediato se ponen a coger.
Fui a una granja, vi cómo cogen los chanchos, con ese pirulín tan particular, tan característico. Vi cómo cogen las ovejas, los gauchos de la zona me aseguraron, entre risas y asentimientos de cabeza, que la vagina de una oveja es tremendamente similar, una precisa proxy (aunque no emplearon desde ya ese término) de una vagina humana. Vi cómo cogen los caballos, los burros de interminable verga, las distraídas vacas.
Fui al zoológico a ver cómo cogen los monos. Los chimpancés de frenéticos chillidos, los orangutanes algo indiferentes, los apesadumbrados gorilas.
Vi la televisión, vi mucho National Geographic, vi cómo cogen los leones, los tigres, las cebras. Vi cómo cogen los elefantes y las jirafas.
Vi videos, por internet. Consumí toneladas de pornografía. Videos donde chicas se meten turrones en la cola mientras ensayan su mejor sonrisa, videos donde hombres algo mayores azotan las nalgas de en apariencia frágiles señoritas vestidas con tableadas y cortísimas polleras, videos de chicas con excesivas glándulas mamarias que utilizan para envolver, literalmente, fatigados pitos, como si de acunar heridos animales se tratara, videos de hombres de insólita potencia que eyaculan sobre rostros de mujeres con los ojos bien abiertos y les provocan, con redentores lechazos, desprendimientos de retina, videos donde mujeres que tranquilamente uno podría encontrar tomando un café en un bar de Balvanera o de Paternal se dejan penetrar por tres o cuatro zulúes con vergas del tamaño de antebrazos, al mismo tiempo, lo que equivale decir al unísono, hasta que el tam tam de los cuerpos hace pensar en complejas y abstrusas maquinarias.
Por eso te digo, vi prácticamente todo, estudié, entiendo del tema, podría armar un powerpoint, dar cátedra. Pero hace un tiempo, un tiempo algo excesivo mucho me temo, que nadie quiere coger conmigo. Yo no sé qué pasa.
5.7.11
Si quieren saber qué es la poesía
Recordé la frase, no sé por qué. Recordé la frase, aunque venía pensando en otra cosa. Sábado a la mañana, muy temprano, volvía de haber pasado la noche con una piba que vive en Ezeiza. No es tan piba, tampoco, pero yo no soy un galán. Coge con entusiasmo, la piba, el entusiasmo se impone por sobre todo lo que nos falta, a ella y a mí, somos felices por lo que dura un parpadeo, un instante, suma mucho, cuando ya prácticamente todo lo demás resta. Gracias, Vicky.
Me fui muy temprano, ella dormía. Tomé tres mates, acaricié al perro, atorrante, bigotudo, que cada vez que me ve mueve la cola y a mí me hace creer que está contento de verme.
Hacía un frío del carajo, pero yo estaba contento. Manejaba despacio, tenía que ir a encontrarme con una sobrina que quería hablar conmigo. Quiero hablar con vos, me había dicho. Quedamos en desayunar, el sábado, supongo que ella, adolescente, iba a venir a desayunar directo, sin dormir. Como dijo alguna vez el bueno de buk: juventud, hija de puta, dónde te has ido.
Llegué a capital, pasé un minuto por el departamento a tirar un bolso, hice Lacroze, Corrientes, y me paró la barrera de Dorrego.
Esperé que pasara el tren, y ahí recordé la frase, o lo que yo recordaba de la frase, de Dylan Thomas.
‘Y si los señores quieren saber qué es la poesía, si los señores preguntan qué es la poesía, les diré’, decía Dylan Thomas, o había escrito, Dylan Thomas. Lo que yo recordaba era haber leído el pequeño párrafo, unos veinte años antes. El párrafo, la explicación, la frase, me había conmovido profundamente, me había dado ganas de ser poeta.
‘Es un señor o una señora’, decía la frase, ‘un niño o una niña’, acá se me nublaba un poco, no recordaba del todo bien, pero ponele que decía ‘en Londres o en Estambul’, y acá sí, estoy seguro, porque era lo que me había impactado, lo que había estado plagado del más profundo de los sentidos para mí, ‘levantando una mano cuando pasa un tren’.
Eso es lo que recordé, la poesía como un magnánimo saludo, una infinita delicadeza, existencial cortesía, no sé, llamalo como quieras, la nobleza de un gesto, ‘levantando una mano cuando pasa un tren’. Eso decía, terminaba así, estoy seguro.
Estaba fumando, con la ventanilla baja, a pesar del frío. Había tenido una buena noche, la vida a veces se acomoda, me sentía bien.
Vino el tren, justo, pasó el tren, despacito, yo estaba primero en la fila, aunque no había fila, dos o tres autos junto a la barrera.
Había muchos rostros, en el tren, algunos obreros de la construcción quizás, varios hermanos latinoamericanos también, algunos que parecían cargar un par de bombos y una enorme bandera de algún club de fútbol, gente con viejos abrigos, destartaladas bicicletas, bufandas, gorritas con visera.
Levanté una mano, en señal de saludo, me salió así, no lo pensé.
–¡Eeehh, puto!
–¡Bajá el brazo que apestás, gordo forro!
–¡Aguante, aguante All Boys! –uno se sacó la gorrita, me apuntó con un dedo– ¡Me garcho a tu vieja!
Uno que estaba de pie entre dos vagones se agarró los testículos por encima del pantalón, con ambas manos, como si quisiera levantarse, los testículos, y colocarlos, por decirlo de algún modo, a la altura del ombligo, incluso más arriba. Un pibe me tiró un naranjazo que pasó demasiado cerca, y me hizo el gesto, como si colocara una pistola, hecha de los dedos índice y pulgar de su mano derecha, debajo de su boca. Satán hubiese tenido miedo de ese rostro, lo vi sonreír en absoluto amarillo.
Habrá durado todo diez segundos, o quince. Pasó el tren. Tardaron un minuto más y levantaron la barrera. Quizás no haya que buscarle demasiadas explicaciones al asunto, no es preciso analizar mucho la cuestión. Yo tampoco soy Dylan Thomas.
Me fui muy temprano, ella dormía. Tomé tres mates, acaricié al perro, atorrante, bigotudo, que cada vez que me ve mueve la cola y a mí me hace creer que está contento de verme.
Hacía un frío del carajo, pero yo estaba contento. Manejaba despacio, tenía que ir a encontrarme con una sobrina que quería hablar conmigo. Quiero hablar con vos, me había dicho. Quedamos en desayunar, el sábado, supongo que ella, adolescente, iba a venir a desayunar directo, sin dormir. Como dijo alguna vez el bueno de buk: juventud, hija de puta, dónde te has ido.
Llegué a capital, pasé un minuto por el departamento a tirar un bolso, hice Lacroze, Corrientes, y me paró la barrera de Dorrego.
Esperé que pasara el tren, y ahí recordé la frase, o lo que yo recordaba de la frase, de Dylan Thomas.
‘Y si los señores quieren saber qué es la poesía, si los señores preguntan qué es la poesía, les diré’, decía Dylan Thomas, o había escrito, Dylan Thomas. Lo que yo recordaba era haber leído el pequeño párrafo, unos veinte años antes. El párrafo, la explicación, la frase, me había conmovido profundamente, me había dado ganas de ser poeta.
‘Es un señor o una señora’, decía la frase, ‘un niño o una niña’, acá se me nublaba un poco, no recordaba del todo bien, pero ponele que decía ‘en Londres o en Estambul’, y acá sí, estoy seguro, porque era lo que me había impactado, lo que había estado plagado del más profundo de los sentidos para mí, ‘levantando una mano cuando pasa un tren’.
Eso es lo que recordé, la poesía como un magnánimo saludo, una infinita delicadeza, existencial cortesía, no sé, llamalo como quieras, la nobleza de un gesto, ‘levantando una mano cuando pasa un tren’. Eso decía, terminaba así, estoy seguro.
Estaba fumando, con la ventanilla baja, a pesar del frío. Había tenido una buena noche, la vida a veces se acomoda, me sentía bien.
Vino el tren, justo, pasó el tren, despacito, yo estaba primero en la fila, aunque no había fila, dos o tres autos junto a la barrera.
Había muchos rostros, en el tren, algunos obreros de la construcción quizás, varios hermanos latinoamericanos también, algunos que parecían cargar un par de bombos y una enorme bandera de algún club de fútbol, gente con viejos abrigos, destartaladas bicicletas, bufandas, gorritas con visera.
Levanté una mano, en señal de saludo, me salió así, no lo pensé.
–¡Eeehh, puto!
–¡Bajá el brazo que apestás, gordo forro!
–¡Aguante, aguante All Boys! –uno se sacó la gorrita, me apuntó con un dedo– ¡Me garcho a tu vieja!
Uno que estaba de pie entre dos vagones se agarró los testículos por encima del pantalón, con ambas manos, como si quisiera levantarse, los testículos, y colocarlos, por decirlo de algún modo, a la altura del ombligo, incluso más arriba. Un pibe me tiró un naranjazo que pasó demasiado cerca, y me hizo el gesto, como si colocara una pistola, hecha de los dedos índice y pulgar de su mano derecha, debajo de su boca. Satán hubiese tenido miedo de ese rostro, lo vi sonreír en absoluto amarillo.
Habrá durado todo diez segundos, o quince. Pasó el tren. Tardaron un minuto más y levantaron la barrera. Quizás no haya que buscarle demasiadas explicaciones al asunto, no es preciso analizar mucho la cuestión. Yo tampoco soy Dylan Thomas.
30.6.11
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Quiero que sepas que el amor es una cadena de errores. Vos no me querés a mí, no podrías quererme, desde ya, soy un asco de persona. Pero alguien no te quiere. Tu ex novio te dijo que se estaba cogiendo a una secretaria. A una secretaria que lo va a dejar, porque el jefe le prometió que va a dejar a su mujer, y así. No sé, me perdí. A todos nos dejaron, eso, a todos nos hicieron daño, a todos nos dijeron que no. Y todos vamos a lastimar, también. A alguien, a cualquiera, porque nuestras mochilas chorrean frustraciones y caminamos pateando los vidrios de tantos pero tantos sueños rotos y las metáforas están en oferta en Falabella, ya lo sé, hoy me sale así.
El amor es una cadena de errores, ya te dije, vos querés saber para qué te lo estoy diciendo, te veo esa carita. Claro, sí.
Es que me estás dejando, si no te entendí mal, y veo que creés que estás en medio de algo original y trascendente. Te parece que estás haciendo una suerte de copernicano giro en tu insípida vida. Pero no, lo que te pasa, lo que nos pasa, porque lo que te pasa en esta oportunidad me involucra, me salpica, lo que nos pasa, entonces, te decía, es de lo más normal. Parte de la rutina.
El amor es una cadena de errores, ya te dije, vos querés saber para qué te lo estoy diciendo, te veo esa carita. Claro, sí.
Es que me estás dejando, si no te entendí mal, y veo que creés que estás en medio de algo original y trascendente. Te parece que estás haciendo una suerte de copernicano giro en tu insípida vida. Pero no, lo que te pasa, lo que nos pasa, porque lo que te pasa en esta oportunidad me involucra, me salpica, lo que nos pasa, entonces, te decía, es de lo más normal. Parte de la rutina.
25.6.11
Lección de supervivencia
Quizás trabajar en una oficina no sea tan malo. Un taxista debe manejar su pútrido automóvil unas doce horas por día. Un peluquero debe cortarle el pelo a unas diez personas, también por día. Tocar orejas, marcar patillas, apoyar sus dedos sobre mohosas calvas. Una prostituta se acostará con tres o siete tipos por día. Se le pasparán las ingles, tragará quizás medio vaso de esperma. La flor del capitalismo despliega sus mugrientos pétalos.
Como siempre, no es ninguna genialidad, todo es relativo. Lo malo se vuelve un poco menos malo, ante lo peor. Elegir entre lo bueno y lo malo queda para las series de televisión.
La tarea en cualquier oficina es bastante pelotuda, la tarea podría ser hecha por un chimpancé más o menos domesticado. El horario son unas siete horas, de ninguna manera más de ocho, y un rato de tu casa tenés que salir para no volverte loco. También, por lo general, en las oficinas hay máquinas de café.
Lo malo es que te hablan. Todo el mundo te habla, tus compañeros de trabajo, tus superiores, tus subordinados, si la oficina es de atención al público te hablan los que quieren ser atendidos, la gente que se equivoca de oficina, la gente que pasa.
Encontré el antídoto. Para lograr que la gente no te hable. Es fácil de hacer, no falla.
Hay que quejarse. Pero no de cualquier cosa. Hay que pedir plata. Eso es todo.
Ejemplo 1
–Oiga, Hundred, precisamos la carpeta de Garismendi para determinar si la proyección de ingresos por venta de cotonetes fue hecha tomando en cuenta la rotación de márgenes de acuerdo con el nomenclador de Minnesota.
–Señor Aristizábal, necesito un aumento.
Aristizábal acelera el paso, tose, sigue caminando, empuja la puerta giratoria.
Ejemplo 2
–Che, ¿no viste mi birome roja? –dice Soledad, acomodándose el cabello. Es una chica con sentido del humor, sabe inglés y computación, se suele pintar los labios de un rosa pálido.
–Ando corto de guita, el domingo fui al supermercado y está aumentando todo. Necesito ganar más plata.
Soledad, con el extraviado capuchón de su birome entre los dientes, sonríe y al pasar me roza un hombro con una de sus contundentes ancas.
Ejemplo 3
–Queríamos avisarles que casa central ha decidido mudar el sector al edificio Tolompetti, donde tendremos una mayor sinergia con el resto de la compañía.
–Señora Galápaga, aprovecho la oportunidad para preguntar cuándo me podrían conceder un aumento por mis esforzadas labores. Deseo mencionar, además, que yo tengo puesta la camiseta de la empresa.
La directora de recursos humanos, la señora Galápaga, da una palmada, un corto aplauso, indicando que ha terminado la reunión. Lentamente, cada uno vuelve a su puesto de trabajo.
Entonces, para resumir. No importa quién le hable, no importa quién intente hablarle, y mucho menos importa el tema, sobre qué intenten hablarle. Pida dinero, de inmediato, sin ningún tipo de introducción, pida plata, ya sea el dueño de la compañía o un canguro australiano quien tenga enfrente. Repito: pida plata.
Podrá permanecer en la oficina por los próximos veinte años, si así lo desea. En poco tiempo se olvidarán de usted, nadie le dirigirá la palabra.
Como siempre, no es ninguna genialidad, todo es relativo. Lo malo se vuelve un poco menos malo, ante lo peor. Elegir entre lo bueno y lo malo queda para las series de televisión.
La tarea en cualquier oficina es bastante pelotuda, la tarea podría ser hecha por un chimpancé más o menos domesticado. El horario son unas siete horas, de ninguna manera más de ocho, y un rato de tu casa tenés que salir para no volverte loco. También, por lo general, en las oficinas hay máquinas de café.
Lo malo es que te hablan. Todo el mundo te habla, tus compañeros de trabajo, tus superiores, tus subordinados, si la oficina es de atención al público te hablan los que quieren ser atendidos, la gente que se equivoca de oficina, la gente que pasa.
Encontré el antídoto. Para lograr que la gente no te hable. Es fácil de hacer, no falla.
Hay que quejarse. Pero no de cualquier cosa. Hay que pedir plata. Eso es todo.
Ejemplo 1
–Oiga, Hundred, precisamos la carpeta de Garismendi para determinar si la proyección de ingresos por venta de cotonetes fue hecha tomando en cuenta la rotación de márgenes de acuerdo con el nomenclador de Minnesota.
–Señor Aristizábal, necesito un aumento.
Aristizábal acelera el paso, tose, sigue caminando, empuja la puerta giratoria.
Ejemplo 2
–Che, ¿no viste mi birome roja? –dice Soledad, acomodándose el cabello. Es una chica con sentido del humor, sabe inglés y computación, se suele pintar los labios de un rosa pálido.
–Ando corto de guita, el domingo fui al supermercado y está aumentando todo. Necesito ganar más plata.
Soledad, con el extraviado capuchón de su birome entre los dientes, sonríe y al pasar me roza un hombro con una de sus contundentes ancas.
Ejemplo 3
–Queríamos avisarles que casa central ha decidido mudar el sector al edificio Tolompetti, donde tendremos una mayor sinergia con el resto de la compañía.
–Señora Galápaga, aprovecho la oportunidad para preguntar cuándo me podrían conceder un aumento por mis esforzadas labores. Deseo mencionar, además, que yo tengo puesta la camiseta de la empresa.
La directora de recursos humanos, la señora Galápaga, da una palmada, un corto aplauso, indicando que ha terminado la reunión. Lentamente, cada uno vuelve a su puesto de trabajo.
Entonces, para resumir. No importa quién le hable, no importa quién intente hablarle, y mucho menos importa el tema, sobre qué intenten hablarle. Pida dinero, de inmediato, sin ningún tipo de introducción, pida plata, ya sea el dueño de la compañía o un canguro australiano quien tenga enfrente. Repito: pida plata.
Podrá permanecer en la oficina por los próximos veinte años, si así lo desea. En poco tiempo se olvidarán de usted, nadie le dirigirá la palabra.
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