28.2.11

Animales

Voy al zoológico, no tengo lo que hacer, verano en Buenos Aires.
Voy a la jaula del elefante.
–La jirafa es una conchuda –me dice el elefante, inclinando un poco la cabeza mientras me olisquea el cabello con la trompa–. Los chicos van y le llevan galletitas, alfajores, la boluda se pega un par de vueltas y nada más. A mí me tienen miedo porque siempre hay algún documental de la National Geographic donde un elefante se calienta, abre las orejas, avanza diez o quince pasos como para dar un topetazo. Pero si te fijás bien nunca termina de atacar. Lo hace para que lo dejen de joder con las fotos, nada más.
Voy a la jaula del tigre.
–Rey de la selva, el león –el tigre se despereza, vuelve a echarse de costado–. Rey de la selva ésta –se toca con una pata (trasera) los huevos–. Si hacemos un mano a mano en cualquier parque me lo como con guarnición de papas españolas. Lo que pasa es que el león tiene la melenita, y el pelito así impresiona. Además, mirá cómo estoy, todo desteñido, casi ni se me ven las rayas. Les dije a los forros de acá que me cepillen con jabón blanco, pero nadie da bola. Usan un jabón de mierda, que encima me da urticaria. El león es puro marketing.
Voy a la jaula de los monos.
–Olé, olé olé olé… –Me grita un chimpancé, desde arriba, colgando de un brazo, dejándose bambolear mientras caga–. Le jugamos un partido, cinco contra cinco, a los guardias, el otro día. Atrás del lago donde están los cisnes, hicimos la canchita. Habíamos apostado. Si ganábamos nosotros, nos tenían que preparar treinta litros de licuado de banana, todas las mañanas, durante un mes. Con azúcar, los licuados, con avena, y un poco de dulce de leche, también.
–¿Y si perdían?
–Si perdíamos les entregábamos a Ramona –señala hacia atrás y hacia arriba, una mona en lo alto de un árbol, sentada en una rama, mirándose las uñas, absorta–. También por un mes, podían venir las veces que quisieran, gratis. Ramona tira de la goma como nadie. Hay un antes y un después. Hay cosas que sólo saben hacer los animales. El asunto es que ganamos, cuatro a uno. Se quedaron recalientes. Trajeron diez litros de un licuado pedorro, rebajado con agua. Dicen que la leche está muy cara, les cortaron el presupuesto. Estamos preparando una huelga de monos en todos los zoológicos del mundo. Nos vamos a quedar sentados, en la hora pico, de espaldas a los barrotes. No vamos a saltar ni a movernos ni a reírnos para las fotos, miles y miles de monos de brazos cruzados, sin morisquetas, nada. Ya van a ver cómo la recaudación se les va a la mierda, manga de putos.
Enciendo un cigarrillo, camino un poco. Pasa lo mismo si sos maestro en un colegio secundario, o si trabajás en una oficina. Pasa lo mismo en todas partes.

25.2.11

Digámoslo así

Por lo que puedo observar, todo el mundo está tratando de volver. Todos quieren volver. Volver a ver a una antigua novia, volver a tener un perro igual igual al que te regaló tu papá cuando cumpliste once años, volver a encontrarte con los chicos de la secundaria, y así.
Pero no, yo creo que no, no sirve para mí. Yo no pienso volver, nunca, a ninguna parte. No tengo la más mínima esperanza acerca del futuro, además, no es por eso. El futuro, en general, es pasado hervido.
Como un apaleado perro. Será que la pasé tan mal, tantas veces, que apenas conservo el reflejo de escapar, la costumbre de seguir.

20.2.11

Cucharita, tenedor de copetín

Tuve que ir a la fiesta, y yo odio las fiestas. Pero se casaba Marita, segunda vez, habíamos sido amantes por mucho tiempo.
–Quiero que vengas –me dijo, y yo le prometí que iba a ir. La primera vez se había casado con un pibe más jovencito que ella, un pibe que estudiaba para profesor de educación física y cuya cualidad predominante, según ella, era ser, él, el pibe, una máquina de coger. Ahora se casaba con un señor que le llevaba como dieciocho años, y estaba forrado en dinero. Marita sabía lo que necesitaba, de acuerdo a las circunstancias que le tocaba vivir, y de alguna forma lo conseguía. Bien por Marita.
Así que fui a la fiesta, aunque muchas ganas no tenía. Cogíamos cada tanto, pero nos conocíamos hacía como quince años, el sexo había dejado de ser lo más importante. Éramos amantes que habíamos llegado a una extraña y cálida meseta de nuestra relación, amantes con meseta de matrimonio, por que las relaciones de furtivos amantes no suelen (y quizás no deben) durar tanto.
Yo odio las fiestas, ya lo dije. Es el único lugar en el que sé que no me voy a divertir, como un insomne que está en la cama con resignación, porque sabe que no va a poder dormirse. Toda esa desesperación, esas espasmódicas ganas de sentir algo antes de volver rapidito a continuar con las infinitas tristezas de sus patéticas vidas. Ese impostado carnaval carioca, esa oxidada carcajada por encima de una mueca del espanto de estar vivo, de saber que la vida es eso que te pasa cuando la fiesta se termina, no sé, me pongo mal.
Encontré un mozo piola, siempre, en todas las fiestas hay un mozo piola.
–Necesito whisky –saqué un billete de cien y lo miré por un instante, al billete, con asombro, como si fuera la primera vez que lo veía. Luego, muy despacio, en cámara lenta, como si el billete tuviera patitas que le permitieran nadar en el aire, lo puse en la mano del mozo–. Voy a necesitar whisky toda la noche, pero whisky de verdad. No ese lustramuebles que estás sirviendo. Me voy a esconder un poco, por allá –señalé un rincón algo apartado, una especie de absurda selva construida con verdes alfombras y plástica plantas. El lugar tenía una suerte de cascada en miniatura, también. Un lumínico efecto hacía que el agua pareciera de color lila. Si mirabas más de un minuto el agua, podías tener un desprendimiento de retina.
Me senté, camuflado por una especie de palmera. Al frente del salón habían montado un pequeño escenario, y tocaba una banda, imitadores de Queen. El cantante era un marica flaquito con calzas blancas y el pecho descubierto. Usaba un bigote postizo, el pobre.
Vino el mozo, con un whisky extra large. Un solo hielo, no tuve que decirle nada, había leído perfectamente la patología, muy profunda, que me atormentaba.
–Chivas –dijo, dejó el vaso–. Es lo mejor que hay acá.
Di unos sorbos y me sentí mejor. Eran las dos de la mañana. Tenía que aguantar un par de horas más, para que Marita no me hiciera futuros reproches.
–Hay dos tipos de mujeres, pibe, dos tipos de mujeres –levanté la vista, me hablaban a mí. Detrás de la palmera, bien metido contra la pared, un viejo, encogido. Bastante calvo, traje marrón oscuro que apestaba a naftalina, algo en la cara me hizo acordar a Jacobo Fijtman. Justo había estado leyendo unos poemas de Fijtman, y el libro tenía una fotito carnet con la cara del viejo. Se parecían mucho, con este viejo del otro lado de la palmera. Molino rojo, se llamaba el libro.
–¿Qué?
–Hay dos tipos de mujeres, y nada más –dijo y sorbió de su vaso. Sostenía el vaso con las dos manos. Era un largo vaso de ginebra, única opción, o alcohol de botiquín. Le faltaban varios dientes, al viejo. Tenía las uñas largas, muy largas, y amarillas. En el momento que sorbía el trago cerraba los ojos, era un instante del más puro placer, se le ablandaban las facciones.
–Bueno, sí. Puede ser –dije. El falso Mercury desafinaba ‘bicycle’ de una manera difícil de imaginar.
–Está la mujer tenedor de copetín, y la mujer cucharita –bebió otro trago y dejó el vaso sobre la alfombra, junto a uno de sus zapatos que parecían a punto de descascararse–. Te lo explico, pibe, por que te lo tienen que explicar. La mujer tenedor de copetín es una mujer que nace con un tenedor de copetín, es algo genético, como si fuera un lunar. Cuando vos te acostás a dormir, la mujer te va pinchando, uno o dos pinchacitos, con ese tenedorcito. Y vos no te das cuenta, por que son un par de pinchacitos por noche, como si fueras una tarta de verdura antes de ir al horno. Pero te agujereás, perdés toda la energía, te vas quedando seco, como un ficus, enchastrado en la cotidiana tristeza de un día a día hecho de trámites y chequeos médicos y una quincena en Miramar. Hasta que te mirás un día al espejo, a trasluz, y te das cuenta que estás todo agujereado, que sos casi un holograma de triste borde sin nada adentro, no entendés nada, qué te pasó, pero no das más.
Hizo una pausa. Tomé un largo trago de whisky. Se escucharon aplausos, de fondo. Había terminado el show del apócrifo Queen. La gente volvía a las mesas, para el segundo plato, o para el postre.
–La mujer cucharita es distinta a la mujer tenedor de copetín –siguió–, la mujer cucharita nació con una cucharita, no importa por qué. Y vos a la noche te acostás, porque a la noche tenés que dormir y te acostás, y la mujer cucharita saca la cucharita y se sirve una cucharadita de tu corazón, como si tu corazón fuera un helado de sambayón. Y vos no te das cuenta, tampoco, no tenés forma de darte cuenta, por que la cucharita de la mujer cucharita es una cucharita chiquita. Y la mujer se sirve una cucharadita de tu corazón, cada noche. Hasta que te despertás un día y te das cuenta que sos una bestia sin alma. No te importa nada, ni el hambre en Etiopía, ni meter las patitas en el mar. Lo único que querés es la guita, la guita para el auto, o para la casa de fin de semana, o para comprar un reloj Cartier. No queda nada más que la ambición de algo que ni siquiera importa, ir a Miami a ver al Pato Donald en camiseta, manejar un descapotable, tener un televisor del tamaño del Guernica, algo así. Te tapó el odio, sos una bola de odio y ambición.
Y se calló, el viejo. Se pasó una mano por el huesudo cráneo y se quedó mirando para abajo, entre sus piernas, el vaso, como quien se para en un muelle y se queda contemplando el mar.
–¿Y entonces? –lo miré de costado– ¿Qué hay que hacer?
–Nada –se rascó la nariz–. Cogete lo que puedas. Termina todo para el carajo, siempre. Da igual.

15.2.11

El precio

Tener salud, o estar en buen estado, valga la redundancia, de salud, eso sí que está bueno. Hacerse un chequeo y que te digan que tenés bien el corazón, que vas a seguir pishando como un dromedario, que la presión está bien, y el colesterol, que no se te va a volar alguna chapa del fuselaje de la vida en medio de un garche o de una discusión. Pero para que eso pase, para que eso suceda, vas a tener que cenar solamente fruta, y almorzar, de ser posible, una rama de apio, después de metértela en el culo, y a la mañana vas a tener que comer un yogur que te impulse a cagar hasta más no poder, y después de cagar podés gratificarte con un vaso de jugo de arándanos o frotarte las tetitas con una rodaja de sandía. Los domingos podés comer dos o tres cucharaditas de helado, no la cuchara sopera, la cucharita de café.
Tener dinero es genial, tener dinero es lo mejor que te puede pasar, aquí en el occidente más o menos civilizado, de este lado del mostrador. Si tenés dinero podés comprar un par de zapatillas hechas con piel de culo de guepardo macho, y tomar un Pommery Brut Royal sentado en alguna terraza con vista al mar, y manejar por encima de los ciento cincuenta kilómetros por hora tu Audi A4 sintiendo que estar adentro es infinitamente mejor que estar afuera, por los siglos de los siglos, amén. Pero para que eso pase, para que eso suceda, vas a tener que comprar y vender alguna absurda mercancía hasta que te reviente el corazón como un sapo al que acaban de darle una virulenta patada contra un zócalo, vas a tener que ir a una oficina hasta que no sepas si preferís que sea de día o de noche, vas a tener que esperar en un aeropuerto que huele a aire masticado ese maldito avión que nunca llega.
Tener amor, ah, el amor, ese bálsamo, ese néctar, esa caricia de la mano de algún Dios. Ver a tu mujer dormida un domingo cualquiera, con la boca apenas entreabierta y el cabello revuelto, y saber que estás precisamente en el lugar en el mundo donde querés estar, que por mañanas así valió la pena la rueda y el fuego y dos mil años de civilización. El abrazo de un hijo que se cuelga de tu cuello y te besa la cara y sos un coloso, sos una montaña, diste vida y recibís vida y es todo tan lindo que dan ganas de reírse a carcajadas, mientras por la ventana entra un magnífico sol. Pero para que eso pase, para que eso suceda, tendrás que aguantar a una gruñona y for ever fastidiada mujer que ni siquiera sabe muy bien el motivo de su enojo, por unos veinte años o quizás más, tendrás que ir al supermercado como un patético peregrino y cargar el auto con bolsas para que después te digan que te equivocaste, que te olvidaste, que sos un imbécil sin alma, tendrás que inclinarte y juntar el sorete de una mascota que ya ni se molesta en mover la cola cuando te ve, tendrás que hacer lo de siempre, como siempre, hasta que no des más, para recién entonces volver a hacerlo, otra vez.
Salud, dinero, y amor, claro que sí. Te hago la factura a consumidor final.

10.2.11

Quería vivir

Mi amigo H. se fue muy de jovencito a estudiar a Estados Unidos. Ya era ingeniero, pero el padre los había preparado para que fueran grandes ejecutivos, a él y a su hermano. Debían ir, hacer un master, luego trabajar en grandes empresas, ser exitosos y solventes ciudadanos del mundo, disfrutar las delicias del occidente civilizado. Eso hicieron, entonces, H., y su hermano.
H. está de visita en Argentina, en Buenos Aires, así que vamos a comer. Está casado, tiene tres hijos y un bmw que todavía no existe en el hemisferio sur. Vive en Londres.
–Lo único que me gusta es fumar, y coger con prostitutas –dice H.
Me cuenta una historia, H. Como es ejecutivo de una multinacional, un importante laboratorio, viaja todo el tiempo. Viaja a Ginebra, a Ámsterdam, a Bruselas. Pero viaja mucho más a Shangai, a Bangkok, a Singapur.
Cuando viaja, aprovecha para fumar, aprovecha para coger con prostitutas. Le prometió a su señora, H., cuando tuvieron a su primer hijo, que dejaría de fumar, que no fumaría nunca más, había cosas más importantes en el mundo que fumar. Lo de las prostitutas, bueno, la señora no mencionó nada al respecto, así que H. prefirió no tocar el tema.
El asunto es que H. viajó por dos días a Bangkok, tuvo un par de reuniones con ejecutivos asiáticos, después se compró tres paquetes de cigarrillos, y se alquiló una prostituta del lugar.
Estaba algo borracho, cuenta H., cuando terminó de coger, se puso de pie, vio con una mezcla de espanto y asombro, que no tenía puesto el preservativo. El preservativo se había roto, la prostituta le dijo que a ella no le importaba un carajo (al parecer le había dicho que no le impoltaba un calajo) y se fue a bañar.
H. se sentó en la cama, y se dio cuenta que se iba a morir. Había hecho todo mal, y ahora llegaba su castigo. Tenía sida, seguro. Tenía cáncer de garganta, también.
Cambió el vuelo, adelantó la vuelta, tenía que hablar con su mujer. Se iba a hacer un chequeo médico para confirmar el sida, el cáncer de garganta. Quería ver a sus hijos, ver la televisión con su mujer, charlar un poco. Quizás pudiera salvarse, la medicina había hecho, a pesar de su intrínseca crueldad, notables progresos. H. quería vivir.
Al día siguiente pegó la vuelta. Le había salido un sarpullido en todo el cuerpo. Brazos y piernas, espalda, torso, cuello. Casi no podía tragar del dolor de garganta. Iba a hablar con su mujer, y a empezar el tratamiento cuanto antes. Era joven, quizás su mujer lograra perdonarlo, por los chicos. Habían tenido buenos momentos juntos. H. se la pasó tiritando todo el vuelo, volaba de fiebre.
El taxista lo dejó en la puerta de su casa de Hampstead. Eran las ocho de la mañana. No era ninguna originalidad para Londres, pero llovía.
Abrió la puerta con infinito cansancio, las enfermedades habían comenzado, sin duda, su tarea de demolición.
Su señora estaba sentada en la cocina, pálida como un fantasma, en camisón. Con el cabello revuelto, los enrojecidos ojos de haber pasado la noche llorando. Vio restos de un vaso roto sobre la mesada, bajo la inclemencia de las luces fluorescentes.
–Yo –dijo. Había ensayado cómo contarle, pero se le trababan las palabras. Ella sabía todo, había adivinado todo, era muy claro–. Yo te quiero decir algo.
–Atropellaron a Timmy –dijo su esposa, y abrió las canillas del llanto. Se puse de pie, lo abrazó–. Estaba jugando en el jardín, cruzó la calle, lo atropelló un camión.
Timmy era un simpático Schnauzer miniatura. Le gustaba dormir en la pieza de su hijo Jeremy, y caminar de noche bajo la lluvia. Lo recibía siempre, a la vuelta de sus viajes, con un par de saltos y unos roncos ladridos. Pobre Timmy.
–Bueno –dijo él, le acarició el cabello, la apretó con fuerza, le limpió la nariz con la palma de una mano–. Bueno.
Ella levantó la cabeza.
–Estás lleno de granitos –le dijo–. Y tenés olor a pucho.
–Me salió un sarpullido, algo que comí con camarones –dijo H.–. En Bangkok fuman hasta los chicos de nueve años, Caro, debo tener olor a faso hasta en las medias, me pica todo. Pobre Timmy, che. Que macana.

5.2.11

Arbor dixit

Estaba retriste, estaba remal. Las cosas no me salían, a decir verdad no me habían salido nunca, los grandes rubros del horóscopo, tampoco el cambio chico, los detalles. Mi vida era un pulóver mal tejido. Me acababa de divorciar, la conchuda de Mónica no me quería dejar ver a Josefina. En el laburo había cambiado el gerente regional, y se contaba que el tipo venía a hacer una limpieza. Si miraba fijo una tira de asado o me pasaba una milanesa por el pecho el colesterol me subía a 33.
Salí de Rond Point, de discutir con Mónica. No sé por qué carajo me citaba en Rond Point, debía ser que después se iba al Shopping y le quedaba cómodo. Le dije que lo único que hacía era pedirme guita, me dijo que yo era un pelotudo, lo normal.
Salí, crucé Figueroa Alcorta en diagonal. Sábado, tres y media de la tarde. No tenía ganas de sentarme en un cine, no tenía ganas de caminar, no tenía a quién llamar.
Me senté en un banco de la plaza. Miré a un perro, un eléctrico Setter Irlandés que no podía parar de moverse, deberían construir perros que se movieran un poco más despacio. Miré a una piba que pasaba corriendo, flaquita, con calzas de ciclista, un culito firme y una mueca del más profundo fastidio, en la cara, no en el culo. Fumé dos cigarrillos.
Decidí volver a casa, a ver si podía dormir una siesta, aunque ya ni siquiera dormía demasiado de noche. Si dormía seis horas de corrido era para festejar. Caminé unos pasos, por Tagle creo, la que está frente a la embajada de Chile.
–Ey –miré, pero no me había tropezado con nadie, por la sencilla razón que no había nadie con quien tropezar–. Sí, vos.
Me detuve. Miré hacia arriba, la voz parecía haber venido de arriba.
–Soy el árbol –se agitaron las hojas, podía ser el viento. Tenía que ser el viento.
–No entiendo –me acerqué, dos o tres pasitos laterales, al tronco del árbol–. Quiero decir, no puede ser.
–Sí que puede ser, sí que puede ser –la voz era ronca, gruesa, grave, voz de alguien que ha fumado muchos años–. Los árboles estamos vivos, cualquiera lo sabe.
–Pero no hablan.
–¡Por que no queremos! –se rió, el árbol, una vegetal carcajada–. Por que no queremos, nada más.
–Es rarísimo –dije. Apoyé una palma, sobre el tronco, rugoso, fresco, algo latía debajo de la corteza, algo que yo era incapaz de descifrar–. No sé qué decir.
–No digas nada –dijo el árbol–. Y no tengas miedo. ¿Tenés miedo?
–No –le di un par de palmadas al tronco–. No creo que me vayas a pegar.
–¡Ja! –se rió el árbol, otra vez.
–Bueno, me voy a ir, antes de desmayarme –dije–. Si esto no es un sueño, si no me despierto en casa, otro día te paso a saludar.
–Bueno, dale. Pero no te hagas mala sangre, flaco. Se te ve preocupado, se te ve mal.
–Es que no me sale una –saqué otro cigarrillo– ¿Te molesta si fumo?
–No, fumá tranquilo. Nosotros hacemos la fotosíntesis, qué carajo me importa si fumás, forro.
–No me sale una, te decía. Estoy divorciado, y mi ex mujer no para de romperme las pelotas. El trabajo es una mierda. A la noche, a veces, tengo taquicardia. No doy más.
–Te hacés mucho problema, pibe –me cayó una hoja, del árbol, se deslizó por mi frente–. Es todo la cabeza. Mirame a mí. No me puedo mover, vienen los perros y pishan y pishan, siempre en el mismo lugar. Y vos tenés ganas de decirles ‘ya pishaste ese lado, pishame parejo’, pero no, qué boludos los perros, por Dios bendito y la Virgen que llora Fernet. Después algún gordito que se cree Rocky Balboa se te cuelga de una rama. ¡Pará, loco! ¿No ves que me matás? Y siempre hay un pelotudo que quiere venir, saca un cortaplumas, y quiere escribir algo, alguna gilada. Me estás haciendo mierda, loco, para escribir ‘Beto y Laura’. Si la mina está con vos, si te la estás cogiendo. ¡Decíselo! ¡Decile lo que quieras, pero no me lastimes más!
–Tenés razón –pité.
–Así que cortala. Qué depresión ni qué trastorno de ansiedad, boludo. A veces llueve, a veces hace calor, a veces te sentís bien, a veces no tenés con quien hablar. Cuando te parezca que la cosa está como el culo, pensá en mi situación. O vení a verme que yo te despabilo de un ramazo en la cabeza. No seas ingrato con lo que te tocó, loco. No jodas más.
–Tenés razón –dije otra vez. El árbol se quedó callado. Di un par de golpecitos sobre el tronco, pero nada. Al rato me fui.

30.1.11

La ciega

Fue, más o menos, así.
Había arreglado para tomar un café con Martín, a eso de las cinco de la tarde. Me llamó Martín y me dijo que quería tomar un café, así que sólo podía tratarse de dos cosas. O Martín se había divorciado, otra vez, o necesitaba dinero, otra vez.
Arreglamos para vernos en el bar que está en Lacroze, a dos cuadras de Cabildo, nunca sé si es Villanueva o si es 11 de Septiembre. A Martín le queda bien el lugar porque trabaja por Belgrano, y después se va para Vicente López. A mí no me jode tomar un subte distinto.
Bajé en Olleros y la vi. Una mujer de más o menos cincuenta años, ciega, frágil, dubitativa, de pie en el andén. Acababa de bajar del subte, también, y parecía aturdida por el movimiento de gente que le obsequiaba indiferencia y fastidio en indefinibles proporciones.
La toqué apenas, un codo.
–¿La ayudo?
–Sí –dijo–. Por favor.
Le pregunté si estaba mal que yo la tomara del brazo, y le conté la historia de la vez que quise ayudar a un ciego a cruzar la calle, y el ciego me dijo ‘¡no me agarre!’, porque es el ciego el que agarra a la otra persona del brazo, y no al revés.
–Son resentidos –dijo, y se sonrió.
Caminamos hasta la escalera mecánica.
–Acá está la escalera –dije.
Subimos la otra escalera, despacio, deteniéndonos cada tres escalones, hasta la calle. Ella me tenía del brazo.
–Voy para Aguilar –dijo–. Muchas gracias.
–Si quiere la acompaño –dije. Total, eran dos o tres cuadras, y no eran todavía las cinco. Tenía tiempo, no hacía demasiado calor, me sentía bien.
–Es usted muy amable –dijo, y sonrió otra vez. Aunque no era una sonrisa, era un extraño rictus, la cara de los ciegos suele ser tan particular, o quizás sea el efecto que provocan esos traslúcidos ojos, como si en verdad te estuvieran observando pero desde mucho más lejos, desde otra parte que no sabemos dónde queda.
Caminamos por Cabildo, doblamos en Aguilar. Me costaba un poco adaptarme al ritmo de sus pasos, hacer las pausas. El tic tic de su bastón tanteando la vereda como el hocico de un perro. Le conté, más o menos, como pude, por hablar de algo, aquella historia de Borges. La historia donde Borges tiene que cruzar la 9 de Julio, y alguien que lo reconoce lo ayuda a cruzar. A mitad de camino, el sujeto amaga con soltar a Borges, con abandonarlo en medio de la avenida, y le dice ‘¿Sabe una cosa, maestro? Yo soy peronista’. Y Borges le responde ‘No se aflija, muchacho, yo también soy ciego’. Lanzó una contenida risita, como el graznido de un ave, como un hipo. Le pregunté cómo se arreglaba para moverse por la ciudad, me dijo que uno se acostumbra a todo. Trabajaba en el centro, ella también, en una dependencia ministerial.
–Acá es –se detuvo ante la fachada de un edificio viejo e intrascendente como tantos otros, una metálica puerta pintada de verde. La manija había perdido su antiguo dorado, con paciencia de araña trabajaba el óxido.
–Bueno –dije yo.
–Pase, pase un momento –ya había abierto y empujaba la pesada puerta–. Déjeme ofrecerle un té, o un vaso de agua. Vivo en planta baja.
Pasé. No sé por qué, pasé. La historia se desarrollaba sola, fluía, en una especie de cinta transportadora que carecía de incordios u objeciones.
Pasamos el enjaulado ascensor, doblamos a la derecha, se detuvo ante la puerta de su departamento.
Se agachó un poco, pensé que se le había caído la llave, pero no. Puso las manos sobre mis muslos, y ya estaba de rodillas, me desabrochó el cinturón. No sé cómo, pero quedé con el bastón blanco en una mano.
No quiero utilizar lenguaje excesivamente técnico, ni debiera ser preciso derrapar en la grosería. Me tiró de la goma. Me la chupó, con energía no exenta de cuidado, con método no exento de interés. Una experiencia tan inesperada como satisfactoria. Me apoyé con una mano contra el marco de la puerta. Miré hacia abajo, los cuadrados tacones de sus gastados zapatos, mientras ella cabeceaba. Acaricié su áspero y descuidado cabello.
Eyaculé como un vehemente babuino, como un intenso chimpancé.
Se puso de pie. Le devolví el bastón. Se pasó un dedo anular por una comisura de la boca. Me subí los calzoncillos, los pantalones, me até el cinto, resoplé.
–Yo –balbuceé–. Bueno, yo, o sea, no sé.
–Quedate tranquilo –abrió la puerta–. Estuvo todo muy bien.
–Yo –dije otra vez–. Yo –estaba estupefacto y satisfecho, algo atemorizado y feliz.
–No te preocupes –entró en su domicilio–. Me ayudaste en el andén, hiciste justo lo que yo necesitaba. Tuve ganas de hacer lo mismo por vos. Para eso, para saber con exactitud lo que necesita otra persona, no hace falta ver.

25.1.11

Hámster

Cuando mires tu vida con una delicada distancia, con una generosa perspectiva, notarás, los últimos cinco o siete años no fueron mucho más, no muy diferente, que un hámster en una jaula pedaleando su ruedita.
Ya sé, ya sé, la imagen es dolorosa, incomoda un poco, fastidia.
En una oportunidad fui a una veterinaria, estaba algo borracho quizás, lo admito, con una bufanda de frustración y tristeza enroscada al cuello. Compré el hámster que vi en la vidriera, con la rueda, y la jaulita. Dije que era un regalo para mi hija.
Salí a la calle, metí la mano, y lo solté. Era para mí la cosa más importante que podía hacer en mi vida. Puse al hámster, blanquito, con una mancha un poco negra y un poco café con leche sobre gran parte del lomo, lo solté, decía, lo puse sobre la vereda.
El hámster me miró, algo contrariado, y después, así, igual que como estás haciendo vos, negó con la cabecita.

20.1.11

Nomenclador de boludos -addendum-

Ya está, ya fue escrito, lo que yo creía el definitivo catálogo de los boludos. La estricta tipificación, el preciso detalle que permitiera, incluso para el más distraído, la unívoca identificación. Quizás encontrarse.
Pero el abstruso campo de las ciencias sociales tiene sus vericuetos, carece justamente de la matemática precisión, de la rigurosidad del laboratorio. Estamos en presencia de un organismo vivo que muta, y en el caso que nos ocupa, crece. Eso, la pasión de entomólogo, es lo que me obliga a volver sobre tan álgido tema. Vaya entonces el presente apéndice para el nomenclador de boludos.
Boludo Balboa. Es el boludo vigoroso, enérgico. Es el boludo que desea escalar montañas, un boludo que se pone a empujar un automóvil, para ayudar, sin que nadie se lo pida. Es un boludo maratonista, desde ya. Un boludo al que le gusta veranear en carpa. Un boludo para el cual no hay nada mejor que las mudanzas, bajar una heladera por las escaleras, ir a las siete de la mañana y trotar bajo la lluvia, con mucho viento, con frío.
Boludo/a hidratado/a. Es, por lo general, mayormente, una boluda. Lleva una botellita de agua, o de alguno de esos híbridos, entre agua y jugo, siempre. En la cartera, en la mano, en la mochila. Es una boluda que va dando pequeños sorbitos de su botella descartable, en el subte por ejemplo, o en la parada del colectivo, como si estuviera jugando un tie break con Federer. Es una boluda que ha visto algún comercial de televisión, y cree que mientras ingiera dos litros de agua por día, nada malo podrá pasarle. Es una boluda que toma un sorbito de agua antes de dar vuelta cada página del diario, un sorbito de agua antes de preguntarte dónde queda la calle Anchorena. Quizás allí esté colocado su secreto anhelo de sorber un pito, sumado desde ya a un tremendo temor a marchitarse, a despertar un día y que su vulva esté más seca que una baldosa de porcelanato.
Boludo cuasimoneda. Es un boludo de precaria condición económica, un boludo que en cualquier circunstancia donde deba abonar algo, intentará hacerlo con cualquier cosa, menos dinero. Es un boludo, o una boluda, que al llegar a la caja para sacar dos entradas al cine, dirá: ¿se puede pagar con tres gaturros, una estampilla del número cuatro de Finlandia, y tarjeta del Banco Tolompetti? Es un boludo que necesitará en la caja cuatro del supermercado de barrio, once operaciones, dos sellos, tres firmas, para pagar un Gancia y un paquete de húmedas papas fritas. Y mientras lleva a cabo el patético y desopilante procedimiento, pondrá carita como si estuviera cerrando la compra del Trump Plaza y cogiéndose a la hija de Donald Trump, al mismo tiempo.
Boludo emblemático (o boluda emblemática). Es un boludo que cree que si usa palabras como ‘emblemático’, o ‘paradigmático’, o ‘patológico’, como por arte de magia logrará que su tremenda boludez resulte diluida.
Ejemplo 1
–Che, vos sabés que Martita anda todas las mañanas con un tremendo dolor de cabeza.
–Eso es sintomático. Hay que ver que se esconde detrás de esa patología.
Ejemplo 2
–Vení, que te la voy a poner un ratito.
–Vos ponés la líbido en lo fálico para no discutir la existencial angustia de mi vacío antropométrico.
Ejemplo 3
–¿Me pasás la Fanta?
–Nuestra relación se basa en el sometimiento, en la sumisión, la mía, que transforma nuestro vínculo, que alguna vez fue idílico, en paródico.
Boludo de corcho, o boludo flotante. Es un boludo que tiene una sentencia, una sola, sobre cualquier tema que se esté conversando. Y cree que con eso ha logrado transmitir el halo de luz que todos los participantes de la conversación anhelaban. Es un boludo que dirá ‘si comés semillas de sésamo a la mañana no tenés colesterol’. O dirá ‘andá a Mar Azul en lugar de Cariló, si la arena es igual en todas partes’. O dirá ‘con la inseguridad que hay, yo jamás manejaría un descapotable’. Es un boludo que no resiste la más mínima repregunta, por que sencillamente jamás tuvo un argumento ni nada para decir más allá de la sentencia que ha escuchado en alguna parte.
Nada más por hoy. Publíquese, archívese.

15.1.11

Proceso de ajuste

Suena el teléfono, el teléfono celular. Estoy sentado en un bar, no deben ser las nueve de la mañana, todavía.
–Hola, bichi –es una voz de mujer, se mezcla la somnolencia con la dulzura–. Te quería decir que ayer me rompiste toda, perdí la cuenta de los orgasmos, me hice sopa. La almohada tiene tu olorcito, voy a seguir durmiendo, te quiero, chau –corta.
Entra una mujer, al bar. Se sienta frente a mí. Está ojerosa, demacrada, algo excedida de peso. Los labios pintados de un rosa pálido que dan ganas de llorar.
–Te odio, hijo de puta. Te di los mejores años de mi vida. Mejor que me empieces a pasar la plata que dijo el abogado, por que si no a Catalina no la ves más. Ah, sos un asco de persona, te lo quería decir –Se levanta, piensa por un momento si tirarme a la cara el agua del vasito que está sobre la mesa, o mejor aún el vasito. Después se toma el agua, de pie, y se va con el vasito en la mano.
Suena el teléfono, el teléfono celular.
–Sí, mago –dice la voz, masculina, muy ronca–. Salió todo perfecto, cobramos. Tengo tu parte, las noventa lucas. Tenemos que ir a tomarnos un champán del bueno, los muchachos quieren festejar –corta.
Entra un hombre. Lleva un maletín de esos triangulares, como de visitador médico. El hombre se sienta, las axilas de la camisa manchadas de un viejo y oxidado sudor. Enciende un cigarrillo, Jockey Suave, da una pitada.
–Estamos en el horno –dice–. Se cayó el comprador del local. Dicen los proveedores que no esperan más, si no empezamos a pagar nos pasan por encima. ¿Sabés cuánto hicimos ayer? No alcanza ni para pagarle a las pibas de la limpieza. Vos y tus ideas de mierda. ¿Qué carajo sabíamos nosotros de gastronomía? Hay que presentar la quiebra, esconderse por un tiempo, después buscar un laburito. Qué vida de mierda, estoy podrido de remar.
Apaga el cigarrillo en mi pocillo de café. Me deja un manojo de papeles, se levanta, se va.
Lo que pasa, lo que está pasando, creo, es que ayer me compré un magnífico teléfono celular, el teléfono celular que siempre quise tener. Pero todavía sigo siendo yo.

10.1.11

Fanático

–¡Gol, carajo! –Saltamos todos, rodamos varios escalones abajo, enroscados. Un amasijo de cuerpos.
–¡Grande, papá, grande! –una radio de mano crujió ante el pisotón de un gordo– ¡Rospide a la selección, maquinola!
Nos caímos, una chica con por lo menos siete aritos en una oreja se puso de pie, sonriendo, y se acomodó, como pudo, las tetas primero, el corpiño después, debajo de su musculosa a rayas. Alguien buscaba, entre los tablones de la tribuna, un zapato.
–¡Olé olé, olé olé olá…! –Cantamos, cantamos todos, saltando. Un viejo se oprimía con un índice y un pulgar los globos oculares, por debajo de los lentes, murmuraba una especie de rezo, lloraba.

El guitarrista avanzó, tres pasos, y arrancó con los primeros acordes. Corrimos todos por el césped, hacia delante, movidos por una superior fuerza, que era la de todos los que empujaban detrás nuestro pero también era algo más, como si la música tuviera un imán. Pisé gente, alguien perdió los lentes pero dijo ‘No importa, loco, qué importa. ¡Escuchá, escuchalo al Jimmy!’.
Las chicas trataban de sacar fotos con los celulares en alto. Hubo una explosión de luz, fuegos artificiales apuntando a desgarrar el centro mismo de la noche. El sonido era como si te arrancaran las orejas a mordiscones. Me pasaron un faso. Pité. Alguien saltaba, saltábamos todos, sentía patadas de atrás, rodillazos.

Ahora, si me preguntás el resultado del partido que fui a ver, si me preguntás incluso qué equipos jugaban, si fue penal o si los goles de palomita valen doble, no tengo la más mínima idea.
Si me preguntás el nombre de la banda del recital, si me preguntás si es una banda de metal pesado o los stones austríacos, cuánto duró el concierto, no sé, no importa.
Lo que yo necesitaba era que alguien me abrace, sentir aunque sea una mano en un hombro, tocar un tobillo, rozar quizás un muslo o una nalga, oler un puñado de cabello humano. Estoy resolo, disculpame.

5.1.11

Cagó Mariano

El abuelo de Mariano era un hombre de pocas palabras. Quizás porque no entendía mucho el idioma, no había aprendido a hablarlo, mucho menos a leerlo. Compraba el diario para luchar un poco con los titulares, miraba las fotos.
Tampoco se lo podía culpar de nada. Era un polaco bruto, escapado de la invasión alemana por los pelos, un hermano lo había metido en un tren y logró salvarlo. Conoció a una mujer en el barco, y se casó apenas pisó la Argentina. Gente feliz de poder tomar un café o comer una naranja, habiendo escapado del hambre y de la guerra. Fuertes como toros, trabajadores con ganas de forjarse un porvenir, en una Argentina que era pura potencialidad, antes que todo se fuera a la mierda para nunca más volver.
El asunto es que el abuelo de Mariano se enfermó del corazón, fue dejando de trabajar, iba al café a jugar al dominó con los amigos, cascarrabias, se quejaba de un mundo que no entendía, veía crecer a sus nietos. Finalmente se murió.
Había logrado ahorrar dinero, después de veinte años de trabajo, el abuelo de Mariano. Dejó un par de departamentos, un reloj de oro, un plazo fijo en un banco, a nombre de sus tres hijos.
Lo que no dijo, el abuelo de Mariano, fue que prolijamente, además de ir viviendo, había ido guardando cierta cantidad de efectivo. Dólares. Si hubiera vivido en una casa, los hubiera enterrado en el jardín, como sin dudas le hubiera aconsejado su padre. Pero vivía en un departamento, en Villa Crespo, el abuelo de Mariano.
Lo que había hecho, el abuelo de Mariano, sin decirle a nadie, fue ir envasando el dinero, al vacío, para ponerlo luego en el tanque, detrás del botón, la cadena, donde está el agua del inodoro. El dinero, los fajos, flotaban en el depósito de agua. Una magistral idea.
Pero el abuelo de Mariano se murió un día sin avisar, como se suele morir la gente, sin decir nada, nada respecto a esos ahorros, al efectivo.
Por circunstancias, por situaciones, por esas cosas que pasan, Mariano tuvo un traumático divorcio, con crisis y amenazas y una mujer que trató de apuñalarlo mientras dormía. Finalmente, tratando de juntar los pedazos que le permitieran continuar con algo parecido a una vida, Mariano terminó viviendo en el departamento de su abuelo, que el papá de Mariano había alquilado durante años a gente conocida de la familia. El padre de Mariano tenía la certeza que Mariano era un pelotudo, pero además tenía la certeza que Mariano era su hijo. Así que le prestó el departamento, a Mariano, el departamento que le había dejado a su vez su padre. Mariano prometió que pagaría un alquiler ni bien lograra enderezar un poco la precaria canoa de su existencia.
Y Mariano, un domingo cualquiera al poco tiempo de haberse mudado, después de desayunar, todavía deprimido por lo que le había venido sucediendo, con el suplemento deportivo del diario en las manos, tuvo deseos de cagar. Fue al baño.
Cagó, Mariano, intensamente, con esa particular melodía que tienen los imperativos categóricos.
Soltó la cadena, Mariano, y se le ocurrió mirar, para abajo, porque le pareció que el inodoro quizás estaba un poco atascado, un viejo departamento en un todavía más viejo edificio, azulejitos celestes en el baño, azulejitos de un pálido amarillo en la cocina, azulejitos por todas partes como para ponerse a llorar toda una vida.
Vio entonces, Mariano, que entre la mierda flotaba dinero. Húmedos y al mismo tiempo relucientes billetes de cien dólares, entre los más o menos familiares soretes de su autoría. Más soltaba la cadena Mariano pensando que había enloquecido por completo, más billetes aparecían.
Se le ocurrió pensar, a Mariano, que el universo mismo le estaba dando otra oportunidad, que todo aquello debía tener un tan enigmático como profundo significado. Por que lo primero que pensó Mariano fue que los billetes los había cagado él. Mientras sacaba los billetes del inodoro, de a uno, con dos dedos, y los lavaba en la pileta para inmediatamente después secarlos con un repasador y alinearlos sobre el piso de la cocina, Mariano pensó que tenía que hacer algunos cambios, algunos ajustes. Con la milagrosa y desde ya algo singular capacidad adquirida le sería posible armarse, seguir adelante, comenzar una nueva vida.

30.12.10

Para qué me preguntás

Escribo porque me hace bien la lluvia, trae recuerdos de otra lluvia, una madrugada en la playa.
Escribo porque nadie quiso bailar lento conmigo, cuando era chico, cuando importaba.
Escribo porque cuando veo a tu hijo quisiera tener un perro, y cuando veo a tu perro quisiera tener un hijo.
Escribo porque tu amor llega tarde, siempre tarde, tu amor huele a queso demasiado tiempo dejado en la góndola de un supermercado de barrio.
Escribo porque mi dolor es mejor que tu dolor, mi fracaso es mejor que tu fracaso.
Escribo porque no tengo nada para hacer hasta el próximo whisky.
Escribo porque todo podría ser peor, podría ser como vos, for example.
Escribo porque ya fue dicho antes y será dicho después, pero ahora me toca decirlo a mí, ahora lo estoy diciendo yo.
Escribo porque me sirve mirar por la ventana de un bar, no hay mejor manera de pasar el rato.
Escribo porque es algo fisiológico, como rascarse el culo o meterse el dedo en la nariz.
Escribo porque me gusta, también.

25.12.10

Mañanita

Estoy tomando café con leche. Con tostadas. Con queso, y con mermelada. Ella, sentada frente a mí, hojea un diario. Es un bar, del otro lado del vidrio empujan los autos.
–Secuestraron un avión de British Airways –dice, lee, mezcla, de indolente y por qué no anárquica manera, lo que dice, con lo que lee, las dos cosas–. Eran terroristas paquistaníes. Querían que les devolvieran Cachemira, pero querían guita, también, seguro. Amenazaron con cuchillos a las azafatas. Uno se abrió la camisa y tenía un explosivo plástico, no entiendo cómo pudo pasar los controles del aeropuerto.
Niego con la cabeza, como diciendo que si ella no entiende, lo mejor, lo que corresponde, es que yo tampoco entienda. Muerdo una tostada. La tostada se parte y por un momento parece a punto de caer, pero logro emprolijar la situación, evitar la caída, masticando todo lo que tengo en la mano de un saque. Me chupo una falange manchada de mermelada. El terrorismo se ha vuelto una orgía de todos contra todos. Me hace acordar a una vieja película de W. Allen, donde dos bandas intentaban asaltar un banco al mismo tiempo. Terminaban haciendo que voten, los asaltados, para decidir por quiénes querían ser asaltados. Punto para Allen.
–Hubo un terremoto, en Tailandia, en Nam Sen Pang –dice–. Hay un centro turístico ahí, donde los alemanes van a coger con chicos. En realidad fue un maremoto. Se devoró los tres hoteles del complejo como si estuvieran hechos de hojaldre. Murieron hasta ahora trescientas setenta y cinco personas, entre turistas y nativos. Se generó una ola de cuarenta y siete metros que se tragó todo. Eso es Dios, sabés. Eso es Dios que se enoja y dice ‘déjense de joder con los chicos’. Es Dios que avisa que puede terminar con el mundo si se le da la gana.
–Premios y castigos. El viejo tema de premios y castigos –digo, doy otro sorbo al café con leche. Por la calle pasa un Schnauzer miniatura, sin correa. Pasa y mira por un segundo para adentro del bar. Mira, pero no ladra. Buen perro.
–Hoy cortan la Nueve de Julio –da vuelta una página, levanta el diario, como si quisiera concentrarse en una foto–. Cortan el Congreso, también. Hay una marcha contra la inseguridad, y una marcha por los derechos del niño, y un reclamo por los derechos originales del aborigen patagónico, y una marcha por los que perdieron sus departamentos por culpa de las escribanías, y una marcha contra el dengue, también. La ciudad va a ser un caos.
–Creo que la gente marcharía aunque les dieran exactamente lo que piden –digo–. Hemos descubierto, finalmente, nuestro destino como nación. Somos y seremos, por los siglos de los siglos, un país en marcha. Dicen que caminar hace bien al corazón, también.
Hace un desaprobatorio chistido. No le ha gustado mi comentario. Ella lleva, creo, unos buenos diez años en la facultad de ciencias sociales. Le gusta decir palabras como ‘coyuntura’, o ‘compromiso’. También le gustan las palabras ‘patología’ y ‘emblemático’. El idioma tiene muchísimas palabras, uno puede utilizar las que más le gusten.
–No te interesa mucho lo que te estoy diciendo –ha cerrado el diario, apoya ambas palmas sobre la mesa. Está un poco inclinada hacia delante–. ¿No te preocupa lo que pasa en el mundo?
–Mirá –digo. Lo último del café con leche es la parte más rica, porque el azúcar se deposita en el fondo. Prácticamente meto la nariz en la taza, como si fuera un oso hormiguero–. Será que estar acá, desayunando con vos, cubre en exceso mi cuota de tragedias. No creo que haya ninguna noticia capaz de empeorar este momento.

20.12.10

Desesperaciones

La cosa es, más o menos, así. Hay desesperaciones fijas, y desesperaciones móviles. Listo. Ya está. Ya te dije todo lo que tenía para decir. Ah, te veo la carita, querés un poco más. Algo de detalle, alguna pista. Bueno, ahí voy.
Trabajar de conductor de taxi es una desesperación móvil, trabajar en una oficina es una desesperación fija.
Correr una maratón es una desesperación móvil, fornicar es una desesperación fija. Para que veas que la cosa no es tan simple, no es tan superficial, la intrínseca naturaleza del fenómeno es más sutil.
Comer es una desesperación móvil, fumar es una desesperación fija.
Acá viene el truco, la chispa, el galerazo para que puedas –aunque te parece que ya no podés– seguir adelante con tu estúpida vida.
Si estás atormentado por una desesperación móvil, la solución viene del lado de lo fijo. Si estás atrapado por una desesperación fija, el alivio vendrá por el lado de lo móvil. Y esto, que puede parecer trivial, no lo es. Por que si tu desesperación es móvil, lo normal es que busques alternativas móviles, y si tu desesperación es fija, lo único que se te ocurrirá serán paliativos fijos. Te sale hacer lo que sabés hacer, es muy humano, más de lo mismo.
En cualquier caso, no importa lo que te pase, tenés que saber que el subte viene lleno. Pero eso ya te lo había dicho.

15.12.10

Capacidades diferentes

En la pileta, la pileta del club, la pileta del club de barrio, me tiro al agua. Sucede algo extraño, difícil de comprender, al principio. Veo, descubro, que puedo permanecer debajo del agua. Por el tiempo que quiera. Respiro. Primero me asusto, porque pienso que no necesito respirar y entonces quizás estoy muerto, pero no, nada de eso. Puedo respirar, abajo del agua, y respiro. No sé cómo es, cómo funciona, en qué consiste el mecanismo. Como esos taxis que andan a nafta o a gas, con tan solo tocar una tecla, un interruptor.
En la terraza, voy a buscar unas sábanas que dejé colgadas para que se sequen. Miro hacia arriba para sacar los broches, supongo que por un instante me encandila el sol, tropiezo, hago un mal movimiento, y estoy en el aire. Me caí, para un costado, fuera de la terraza, por encima de la baranda. Pero no me caí, ni llegué a gritar, apenas un gritito, como un hipo, y estoy en el aire. Me asusto mucho, porque miro hacia abajo, pero luego, cuando veo que no me caigo, que no me estoy cayendo, me incorporo, paso de la posición de acostado, como si jugara a moverme en cámara lenta, paso de la posición de acostado, decía, a parado. Estoy de pie, sin nada debajo, en el aire. Quedo así, me muevo muy despacio, camino en el aire, un ratito. Después paso un pie por encima de la baranda, vuelvo a entrar, por decirlo de algún modo, a la terraza, y termino de juntar mi ropa.
En el supermercado, domingo, cuatro y algo de la tarde, pocos productos, una pasada. Mortadela Paladini, la bochita, bolsas de residuos, ravioles de muzzarella y espinaca que no tienen ninguna de las dos cosas, o sea ravioles que están rellenos de nada, ravioles que son un oxímoron, queso rallado, una botella de jugo de pomelo natural, pan, una botella de fernet, maníes Pehuamar (con la pielcita roja, que te vigoriza el perico), un pote de queso untable. Voy, con mi canasto, a la caja rápida. Hay una persona, una mujer, delante de mí, pagando y embolsando sus cosas, superponiendo ambas tareas con idéntico grado de dificultad. Se me pone otra persona, dos personas, una joven parejita con sus compras, detrás. Murmuran algo. Siento que en cualquier momento voy a ponerme a llorar o a gritar, siento que voy a desmayarme. Debería ser capaz de resistir, de aguantar en esa situación dos minutos, tres. Es imposible, es impensable.

10.12.10

Las historias que me gustan a mí

Era un pueblito, de Buenos Aires, un pueblito a más de cien kilómetros de Buenos Aires, no importa el nombre.
La nena iba al colegio, a tercer grado, todas las mañanas. La nena se llamaba Laura, Laura Francini. Los padres de Laura estaban separados, desde siempre, eso tampoco importa. Pero el padre de la nena la había pasado a visitar un domingo, y la había llevado a tomar un submarino. Y el único lugar al que al padre se le había ocurrido llevar a la nena fue a un bar donde él, el padre, se juntaba algunas noches, con los amigos. El bar tenía cuatro mesas de billar, y una cortina de plástico que daba al fondo donde había dos cuartos. Porque en el bar, de noche, había tres o cuatro mujeres, putas algo mayores, que se ganaban unos pesos atendiendo a los vecinos del lugar.
Y la nena, esa mañana de domingo, mientras tomaba un submarino bajo la aburrida mirada de su papá, sentada sobre una de esas sillas plegables que nunca están del todo firmes, quedó fascinada.
Había una araña, en el bar. Una gigantesca lámpara que colgaba del techo, sobre el espacio exacto, la intersección de las cuatro mesas de billar.
Y la nena empezó a ir, una pasada, todos los días, al bar. Camino del colegio. Iba sola, al colegio, Laura, porque su mamá tenía que trabajar y porque el colegio estaba a siete cuadras de su casa y porque era un pueblo y nada malo podía pasar.
Se desviaba, Laura, dos cuadras, a las ocho menos veinte de la mañana. Y entraba al bar. Para mirar la araña, la lámpara, con sus brazos de infinito pulpo y sus goterones de cristal que parecían a punto de caer, de caer y estallar, esos goterones que a veces eran amarillos y a veces se volvían de un tinte naranja y a veces de un sutil violeta, de acuerdo al sol y sus caprichos. Los días de lluvia se ponía todavía mejor.
–Qué pasa, nena –preguntaba Héctor, que era el dueño del bar, y el único que estaba presente a esa hora, ojeando un suplemento deportivo o fumando el quinto cigarrillo de la mañana.
–Nada, don Héctor –decía Laura, y señalaba con un dedo, a lo alto–. Vine a ver la lámpara.
Héctor miraba a la nena, y la nena mantenía la mirada en alto, un minuto nomás, con la boca apenas entreabierta, casi en puntas de pie. Después la nena daba media vuelta y se iba sin decir más nada, las dos colitas de su peinado como saltarinas ardillas, su delantal blanco limpísimo perdiéndose en la somnolienta mañana.
Y así, todos los días, durante dos o tres años. Porque la mamá de Laura se juntó con un tipo, un corredor de artículos de limpieza, y se vino para capital. El papá de Laura se había ido a vivir al Paraguay, después a Brasil, mandó un par de cartas para la nena, para su cumpleaños, después no se supo más nada.
Laura Francini tiene, ahora, cincuenta y tres años. Vive en San Cristóbal, es docente y traductora de inglés. Divorciada, sin hijos, le gusta el cine y los caramelos de eucalipto. Tiene una perseverante artritis que le crispa los dedos de la mano derecha, sobre todo los días de humedad. Tiene un perro, atorrante, bigotudo, que se llama Felipe.
Tocan el timbre, es domingo a la mañana. Le dicen que vienen a verla, le dicen que vienen del pueblo, del pueblo donde Laura pasó su niñez, del pueblo que preferiría no tener que nombrar.
Laura baja, con cierto resquemor, cambió todo, nadie conoce más a nadie, ahora hay mucha inseguridad. Hay una camioneta, una algo embarrada pick up. Y dos hombres, se nota que son hermanos. Felipe asoma la cabeza por detrás de sus piernas, ladra un poco.
–¿Usted es Laura Francini? –Habla el más grande de los dos, es bastante calvo, tiene una barba casi rojiza, camisa a cuadros por fuera del gastado jean, algo en su cara, a Laura, le resulta familiar.
–Sí –dice Laura, y sale a la vereda.
–Soy el hijo de Héctor, Héctor del bar –hace un gesto, señala apenas con el mentón, y el más joven, que fuma sin haber dicho palabra, quita la lona. Ahí, en la caja de la camioneta, sobre frazadas, está la lámpara, la araña, con los metálicos brazos algo oxidados, el vidrio que parece haberse despertado y se ha puesto a tintinear–. Mi padre falleció hace algunos años. Me dejó encargado que si alguna vez vendíamos el bar, la lámpara debíamos dársela a usted. Nunca me explicó por qué, era su voluntad.

5.12.10

Lo malo y

¿Qué es peor, morir ahogado o morir quemado?
¿Qué es peor, veintisiete años de un absurdo matrimonio, o estar más solo que Wanchankein?
¿Qué es peor, la filosa dentadura de la ambición como único norte, o la indolencia de saber que no va a poder ser, que no hay manera?
¿Qué es peor, el dolor físico aguijoneándote como un aplicado insecto, o perder la razón?
¿Qué es peor, no haberla tenido nunca o extrañarla?
¿Qué es peor, la desgarradora mochila de saber, o la bobalicona sonrisa de ni siquiera haberlo pensado?
¿Qué es peor, ser como vos o como yo?

30.11.10

Una cena

Voy a un restaurante, un restaurante italiano. Una especie de cantina, bien de barrio, pero con aspiraciones. Un poco de decoración, una bandera, algo que te haga pensar que estás en Italia. Hay un inmenso póster, un cuadro enmarcado, colgado bien alto, del Padre Pío. No creo que haya que preguntar nada, no se me ocurre qué preguntar.
Como. Un exquisito plato de ravioles de roquefort y gorgonzola (hay ravioles de longaniza, muy buenos, también), con pesto, una porción de una fantástica mortadela, de entrada. Tomo un vino tinto, más o menos digno, no tomo toda la botella, pero tomo más de la mitad. Un agua sin gas, natural, últimamente me fastidia el agua fría.
No quiero postre ni café, no tomo café de noche, tengo miedo de quedarme despierto, de no poder dormir y tener que pasar toda la noche, despierto, conmigo. Me ofrecen lemoncello, de cortesía, digo que no. Me ofrecen una grappa italiana, digo que sí.
Pido la cuenta. Me traen la cuenta. Son, pongamos, ciento treinta pesos. Le doy a la moza, entonces, trescientos pesos.
–Cobrame doscientos sesenta, por favor –le digo.
Me mira, con el dinero en la mano, la boca apenas entreabierta. Está esperando a ver si yo me río, para entonces sí, reírse. Pero yo no me río, no es un chiste, y entonces ella no entiende.
–No entiendo –dice–. La cuenta es ciento treinta.
–Sí –digo–, pero vos me atendiste. Prestaste atención a lo que te pedí, hablaste poco, creo que incluso sonreíste un par de veces. Es muchísimo mejor que si hubiera invitado a alguien a comer. Quiero pagar tu espléndida participación en esta cena, hagamos de cuenta que comí con vos.

25.11.10

Celos

Debían ser las tres y media de la mañana cuando comenzó a sonar el timbre. Di un salto en la cama, del susto, porque en mi precaria guarida no suena casi nunca el teléfono, mucho menos el timbre. Tenía que ser algún salamín con ganas de tocar timbres y salir corriendo. Alguien a quien de seguro se le había roto un joystick y había salido a hacer una broma que atrasaba mil años.
Pero no, era mi amigo, mi amigo H. Se lo escuchaba agitado y alterado en indefinibles proporciones, en el borde mismo de algo que no podía ser bueno. Me dijo que le abriera, rápido. Así que le bajé a abrir.
Le serví un whisky. Transpiraba a pesar del frío. Parpadeaba mucho. Se tiraba del pelo con insistencia, y dejaba la mano ahí, agarrándose un mechón de pelo del costado de la cabeza o de la nuca, como si se hubiera olvidado del pelo y de la mano.
–Bueno, ¿me vas a decir qué pasa?
Y me lo dijo. Primero pasó al baño, lo escuché vomitar, pero no lo escuché soltar la cadena, mal presagio. Salió un poco más compuesto, la cara lavada. Vi que tenía algunas manchas, salpicones color ocre sobre su blanca remera. H., que siempre fue flaco, parecía todavía más flaco, más pálido, translúcido.
Acababa de matar a un tipo. No sabía el nombre, del tipo. Pero igual lo había matado. El tipo, al parecer, se cogía a su novia, a la novia de H. Los había seguido, había esperado que el tipo dejara a su novia, la novia de H., V., en su casa, había esperado que se despidieran con un beso, y lo había seguido hasta el auto.
No le dijo nada, lo apuñaló con un picahielos que llevaba en el auto, varias veces. Por la espalda. En los riñones, primero, en la nuca, después. El tipo había exhalado como si se desinflara, y cayó muerto. La calle estaba oscura, no había nadie.
–Lo tengo abajo, en el baúl del auto. Me tenés que ayudar, Juan.
Ahí fuimos. La idea que brotó era ir a la costanera, a algún punto de la costanera, y tirar el cuerpo al río. Mala, la idea, tirando a pésima, pero la idea anterior era subir al tipo, meterlo en mi bañera, y comprar algún solvente, cal viva, no sé. H. hablaba confuso, se le trababa la lengua, por el whisky, la adrenalina, y los nervios. Daba la impresión de estar empastillado, también.
La idea de traer al muerto a mi bañera, hacía que cualquier otra idea pareciera muchísimo más potable.
Me tomé un par de whiskys y bajamos. Tuve que manejar yo, H. había entrado en una soporífera fase, balbuceaba incoherencias, lloraba un poco.
Llegamos. Paré el auto pasando aeroparque, no mucho, me pareció que por ahí estaba todo tranquilo, apagué las luces. No había nadie, bastante frío, todavía madrugada. La maniobra consistía en bajar del auto, abrir el baúl, fumar un cigarrillo. Entonces teníamos que agarrar el cuerpo entre los dos, como si fuera una enrollada alfombra, y tirarlo al río. Había que caminar unos veinte pasos, quizás treinta. Esa era la parte donde estábamos expuestos. Era preciso moverse rápido.
–Envolvé el cuerpo con esa frazada –me dijo H. Parecía más compuesto, incluso animado–. Tiramos a este hijo de puta, y te llevo a tu casa. Voy a volver a lo de V., la voy a matar también. Hija de puta, hacerme esto a mí.
–¿Te volviste loco? –Le di una trompada en el hombro, fuerte, se le voló el cigarrillo de la mano. Pensé por un instante en preguntarle si sabía algo sobre la profundidad del río en esa parte y los movimientos de la marea, pero qué podía saber H. sobre el tema, si ni siquiera le gustaba comer pescado–. Si zafamos de esta ya es un milagro. ¿Y vos querés seguir? ¿Qué te pasa? ¿Tanto quilombo por una mina?
–Pero es una hija de puta. ¡Nos estábamos por ir a vivir juntos!
–Mirá, si vas a seguir con eso, te dejo acá. Me voy caminando. ¿Para qué carajo me viniste a buscar? Vamos a terminar todos en cana.
–Tenés razón, tenés razón –Sacudió la cabeza, se sonó los mocos tapándose las fosas nasales de a una, vaciando la nariz sobre el indiferente asfalto–. Vos sos un amigo. Terminemos con esto y me voy a dormir. No doy más.
–Dale –dije–, preparate. Cuando largue el semáforo, contamos hasta diez, vemos que no pasen muchos autos y lo tiramos.
Lo único que faltaba era que matara también a V. Una buena piba, y bonita, además. Cogía conmigo de vez en cuando.