31.5.09

Trance

Existe un momento, yo no sé si dura un minuto o tres, yo no sé si uno está en algo llamado estado alfa, o qué, pero está estudiado, por aproximación, como todo. Es el minuto, o los tres, que duran cuando uno todavía no se ha despertado, pero tampoco está dormido. Uno emerge como un buzo idóneo que se ha animado, justamente, a bucear en las profundidades del inconsciente, llámenlo como quieran, no estoy aquí para hacer gárgaras mitad psicoanalíticas, mitad semánticas.
En ese momento donde me despierto, entonces, sin estar todavía despierto, en ese momento donde vengo de un lugar tan real como cualquier otro, veo con claridad que soy un faraón, un emperador, un rey. Veo una multitud que aguarda mi presencia para que los impregne de mi sabiduría, para que los esclarezca y les de algo de sentido a sus vidas, veo mis criados que terminan de preparar los manjares para el desayuno, mientras vírgenes vestales terminan de bañarme con el mayor de los cuidados, en absoluto silencio. Veo a mi perro Eke a un costado de la bañera, indiferente tal vez al cargo que le he conferido, hermano de sangre con plenos poderes.
Es todo tan real como inobjetable, me espera un día con las recompensas de un iluminado. Debo conducir el reino a un destino de grandeza, la gente me reverencia, confían en mí.
Abro los ojos, y te veo a vos, al lado mío, todavía dormida, con la boca ligeramente entreabierta y el cabello sobre la frente. Y es ese momento exacto en el cual no sé qué es mejor, de qué lado del sueño quedarme.

27.5.09

En la otra orilla

Terminado el colegio secundario, o entre los dieciséis y los diecisiete años para fijar alguna vana precisión, el noventa y tres por ciento de la gente, durante el noventa y tres por ciento del tiempo, se lo pasa pensando y haciendo cosas en conexión directa con el dinero (lo sepan o no). Se trabaja por dinero, se tiene un hijo y se necesita más dinero, se divorcia y se discute por dinero, se habla con amigos y se pide dinero, se toma alcohol añorando dinero (o una guitarra eléctrica, que cuesta, en fin, dinero), se sueña cómo sería despertarse con dinero (o con la guitarra eléctrica), y así. El dinero está allí, como un ácido, como un óxido, siempre presente, comiendo, alterando la esencia misma de las cosas.
Y de pronto, por una extraña combinación de azar y voluntad, unos pocos elegidos logran trascender el dinero, saltar la valla imposible que se come tu mayor esfuerzo, despejar el dinero de la trágica ecuación de la vida.
Es entonces cuando uno esperaría ver en esos genios o santos la luz de la sabiduría, la beatitud del nirvana, la paz en alguno de sus uniformes. Pero lo que se ve por lo general son unos imbéciles rematados, indignados en cualquier restaurante porque el molinillo para la pimienta ya no es lo que era, llorando como chicos porque una pelotita se les fue al bunker, mujeres con tanta silicona que uno podría apagarles un puro en una teta y no se darían cuenta.
Lo que quiero decir es que retirado el dinero, ese espacio de la desesperación más pura sólo puede ser llenado por algo absurdo, ridículo, trivial.

23.5.09

Tres meses, en ningún caso más de seis

Pasa, lo sé, que alguien me conoce, una mujer, y se involucra, por decirlo de alguna forma, conmigo, a la manera más o menos tradicional, como suele involucrarse una mujer con un hombre.
Y pasa un tiempo, no quiero generalizar, tres meses, no mucho más, en ningún caso más de seis, y la mujer cree que se ha agotado la experiencia. La experiencia de conocernos. Y la mujer, a la manera tradicional, también, me abandona, se va. Ha hecho pie en mí, y debe continuar su camino, su venturoso futuro que la aguarda a la vuelta de cualquier esquina. Porque si le ha pasado algo bueno que fue conocerme, razona, eso ha sido tan sólo el principio y no debe demorarse, porque le pasarán muchas cosas buenas, muchas cosas más. Siente, la mujer, que se le han alineado los planetas, que debe aprovechar su racha.
Así que la mujer se va. Y yo me quedo. Me iría, si esto fuera posible, con la mujer, pero no es posible, la mujer me lo impide de manera taxativa, así que me quedo conmigo.
Pero al poco tiempo, pasados tres meses, no mucho más, en ningún caso más de seis, la mujer no se siente bien, la mujer siente un curioso malestar. Descubre entonces, la mujer, que mi ausencia es desgarradora, que gran parte de su alegría era por interpósita persona, por radiación, por exposición, por contacto, como en el caso del saturnismo, como en el caso del uranio, si se trata de dar fútiles ejemplos.
Y la mujer descubre, un domingo a la tarde, que no encuentra otras fantásticas puertas para abrir, que tal vez el venturoso futuro le ha hecho trampa, y tampoco puede regresar a bañarse en el mismo río, que a Heráclito se le terminó el jabón.
Esos extraños momentos donde me fascina ser yo.

19.5.09

Biotipos

Existen tan solo dos tipos de actividades: las actividades que se hacen desde la exigencia, y las actividades que se hacen desde el placer.
¿Qué cómo hacés para darte cuenta cuál es cuál? Fácil. Las actividades que se hacen desde la exigencia son las actividades que se disfrutan al final, y las actividades que se hacen desde el placer son las actividades que se disfrutan en el durante.
Veamos alguna aproximación, algún atisbo de ejemplo. Comer se disfruta durante, correr se disfruta al final. Es fácil, ves, es fácil.
Ahora avancemos con los problemas. Si sos una persona sesgada a las actividades que se hacen desde el placer, entonces es muy sencillo, te gusta todo lo que hace mal, sos hedonista, autocomplaciente, dionisiaco, en nuestro ejemplo sos gordo, llamalo como quieras, en fin. Si sos una persona sesgada a las actividades que se hacen desde la exigencia, entonces es sencillo también, te gustan todos los desafíos, tenés un mandato monumental, contás las calorías, los kilos, los metros, querés ser campeón del mundo aunque no sabés de qué, en nuestro ejemplo sos uno de los tantos infelices que uno puede ver corriendo bajo un sol del once de enero, con gorrita, concentrado, ingiriendo bebidas de colores fosforescentes, mirando un absurdo reloj, y todo eso sin dejar de correr, mientras tu rostro refleja una profunda contrariedad.
Y listo, ya está, eso es todo lo que tenía para decirte sobre el tema. ¿No te alcanza? ¿Vos querías una moraleja? ¿Vos querías algo más?
Bueno. Si vos estás dentro del grupo de la exigencia, entonces no hay remedio. Es triste, es aburrido, y nada más. Tu ecuación de premios y castigos te impedirá ser feliz más allá de los logros que alcances, aunque sea un momento, como quien arranca con despreocupación un durazno del árbol de la vida.
Y si estás dentro del grupo del placer, tenés que saber que nunca serás bueno en nada. Las mieles de la excelencia te han sido negadas. Podés prender un cigarrillo o servirte otro whisky y recostarte en una reposera, eso sí.

15.5.09

Encuentro con Satán

Voy caminando, deben ser las siete de la tarde y voy caminando por una calle de mi barrio. Debo encontrarme con una persona, una persona cualquiera, para discutir un tema sin importancia. La calle en realidad no es una calle, es una avenida, y el movimiento es el habitual de esa hora de la tarde. La gente que trabaja en oficinas, la gente que trabaja en el centro, ha comenzado ya su proceso migratorio, huye, atraviesa los barrios por cielo, por tierra y por mar, tan rápido como es capaz. Sólo desea estar de vuelta, no importa adónde. Así como la salud puede ser definida como la ausencia de enfermedad, tal vez la vida consista en escapar de un lugar y luego de otro lugar, sólo para descubrir que uno ha llegado a un lugar del que desea escapar. El aerobismo no sería otra cosa que la última religión, la máxima expresión de la única necesidad.
Voy caminando, entonces, eso ya lo dije, por una avenida plagada de pequeños comercios donde nadie se esfuerza mucho por vender, lo que nadie desea en verdad comprar.
De pronto, sin ningún motivo particular, observo un automóvil estacionado al bordillo de la acera (he leído la expresión tantas veces que presumo que es la manera correcta de decirlo). Es un automóvil bastante viejo, de un color cremita que lleva unos tres años, quizás cinco, sin ser lavado. Está abierta la puerta del acompañante, y dos personas, un hombre y una mujer de mediana edad, todavía sobre la vereda, sostienen del brazo a una mujer, una mujer muy mayor, a la que acompañan los pocos pasos que hace falta dar hasta el automóvil.
En el automóvil, en su interior, en el asiento trasero, hay dos chicos de entre siete y once años de edad, una nena y un varón, que siguen la escena con urgencia y desinterés. Es fácil deducir que el auto es de sus padres, y sus padres son el matrimonio que ayuda a la mujer, a la mujer mayor, y la mujer mayor es la abuela, y esa es la escena. Y no tiene importancia. Y punto.
Pero tiene importancia. Yo conozco a esa mujer. Esa mujer fue mi dentista. Esa mujer fue mi dentista cuando yo era un niño. Esa mujer me hizo daño. Es ella, un torturado jamás olvida el rostro de su torturador. No tengo dudas.
–¡Usted! –me detengo, frente a ellos. La mujer levanta la vista, todavía preocupada en arrastrar sus fatigados pies, la mirada extraviada, algo de saliva en la comisura de sus labios– ¡Usted es la hija de puta más grande que yo vi en mi vida! –el hombre y la mujer se inquietan, pero tienen los brazos ocupados, no pueden soltar a la mujer mayor– ¡Usted me torturó! ¡Usted me aplicó cuatro anestesias para sacarme una muela, y después me dijo que la anestesia no prendía, y me sacó la muela igual! ¡De un tirón! ¡Me sacó la muela igual! ¡Usted usaba ese torno, y cada vez que escucho un zumbido similar siento deseos de llorar! ¡Usted decía que yo levantara la mano si me dolía, y entonces usted iba a parar! ¡Y yo levantaba la mano! ¡Y usted no paraba jamás! ¡Usted sonreía! ¡Usted me hizo llorar! ¡Usted mintió! ¡Cuando yo sabía que debería ir al dentista, sufría con una semana de anticipación! ¡Usted es Josef Mengele rediviva! ¡Usted no usaba anestesia para arreglar caries, para abaratar costos! ¡Usted es la reencarnación del mal sobre la faz de ésta pútrida tierra!
–Oiga, un momento –habla el hombre. Es el hijo. Usa una barbita candado, y gruesos lentes. Se lo ve algo fatigado por el esfuerzo de cargar a su madre.
–¡Callate, infeliz, porque te voy a matar acá delante de tu absurda madre! ¡Y voy a violar a tu señora a pesar de su inconcebible fealdad! ¡Y voy a quemar a tus hijos con un cigarrillo! ¡Y voy a destrozar ese ordinario automóvil a patadas! ¡Y me voy a comprar un helado y me voy a sentar a ver cómo pataleás, vieja de mierda, hasta que el ataque cardíaco arrase con tu asquerosa existencia! Te odio, hija de puta, te odio de verdad, y espero que agonices un largo rato con un brazo extendido sin poder alcanzar el blister de aspirinas sobre la mesada, que tu última visión sea un blister de aspirinas en lo alto de tu triste cielo de yeso mientras una de tus mejillas se enfría sobre las ridículas baldosas del piso de tu cocina.
Me apoyo contra una pared, necesito reponerme, tomar aire para poder continuar.
–Yo –dice la vieja, la Doctora Golbfard, la encarnación del mal– yo, yo soy –tiene la mirada acuosa detrás de sus gafas, su voz es un graznido, pone su último esfuerzo en balbucear–… Yo soy arquitecta.
–¿Ah, sí? –me acerco y me agacho un poco, mi rostro a unos tres centímetros de su rostro–. Puede ser, entonces me equivoqué de persona, pero es parecida. Buenas tardes.

11.5.09

Dejá de llorar

Estoy en un bar, dónde podría estar. Es muy temprano, las ocho de la mañana o menos, la hora donde la ciudad flexiona las rodillas y sale a tirar patadas hasta que a nadie le queden ganas de soñar.
El bar es un bar de barrio, poca gente, sin los colmillos a flor de piel de los que van al microcentro a morir, pero primero a matar. Hay una mesa ocupada, en realidad tres, pero los solitarios no cuentan, los solitarios miran por la ventana o fuman o piensan o se conforman con estar del lado de adentro del cristal. Hay una mesa, entonces, una mesa con cuatro integrantes, papá, mamá, nene, nena. El nene, porque es el nene el que ha captado mi atención, llora. Llora como si fuera la actividad para la que se preparó toda la vida, llora como si, después de esta vez, no fuera a llorar nunca más.
Intento seguir con mi vida, leer, garabatear un par de palabras en un cuaderno gastado de tanto manoseo. Pero no es posible, lo que equivale a decir que es imposible. El nene no para de llorar. Debe tener siete años, un flequillo que se aparta de la frente con un antebrazo, pero que de inmediato vuelve a caer, y mocos que van cayendo en dos surcos y que él se encarga de ir sorbiendo, pero sólo en parte. Tiene la taza de café con leche con ambas manos, pero no toma. Y llora, y su llanto, cada tanto, sube en intensidad, y luego desciende a la intensidad original, a esa intensidad media, pero no desaparece.
La madre ha intentado hacerlo callar, dos veces, pero ha perdido la fe, conoce al chico desde hace demasiado tiempo y sabe que el chico, su llanto, no va a cesar. El tema que atormenta al chico es una visita al dentista, o un partido de fútbol que se le ha prometido como contraprestación, como recompensa, en una negociación en la cual se lo ha engañado, no le han cumplido y eso lo decepciona profundamente. Y a falta de herramientas, el chico elige llorar.
La hermana del chico debe ser tres o cinco años mayor, disfruta viendo que su hermano es el problema, y elige portarse bien, sólo para mostrar que está en la vereda opuesta. El padre no habla, se hunde en su café con leche y no habla, porque necesita algo de fuerza para enfrentar las próximas doce horas de lo que sea que le espere. La madre unta una tostada con particular desinterés, y con queso descremado o desquesado también, por hacer algo y mantener las manos ocupadas. El fastidio como una bufanda transparente.
El chico retoma su berrinche. Ha juntado un poco de aire y tiene más fuerza. Eleva su planteo a un mundo que no lo comprende. El dentista, el partido de fútbol, el dolo, la injusticia, la maldad.
Me pongo de pie, me acerco hasta su mesa.
–No llorés, pichón –le digo–. Dejá de llorar que esto recién empieza. Ya vas a tener oportunidades para vengarte, o de repetir la historia de estos forros, seguramente de entregarte, o de intentar escapar. Pero mientras tanto, por ahora, tomate el café con leche y no llores más.

7.5.09

Trompada de mono

cabalgando sobre el vulgar fastidio
de tu vida
tu conciencia enjabonada de mentiras
más o menos clásicas
te permite dar el salto en largo de la noche
mientras miles de almohadas se impregnan
de penas
difíciles de clasificar
para los amantes de los insectos y las prácticas
aberrantes.

aunque la química y los fenicios estén de tu lado
mi cuchillo de duda contempla el tajo por el que
vas a sangrar
cada sonrisa.

3.5.09

Derecho de propiedad, lección # 47

Estás en una oficina. Trabajás en una oficina, es algo que no pudiste evitar. Y entre las cosas que hacés para poder soportarlo, tomás café, mandás un mail a alguien que no conocés, cogés con alguien porque está cerca, comprás el diario aunque todos los diarios estén disponibles por Internet.
Y hay alguien, porque en las oficinas siempre hay alguien, que te lee el diario. Pero no te lo pide, no, no dice ‘por favor’, o ‘me fijo una cosa y te lo devuelvo enseguida’, o ‘muchas gracias’. De ninguna manera, porque eso implicaría reconocer que se trata de una rata miserable que tal vez tiene un automóvil de cincuenta y tres mil dólares pero no está dispuesto a gastar dos pesos. La gente es así, tiene una insensata fascinación por todo aquello que pueda ser gratis, no vale la pena razonarlo ni intentar.
Y ese alguien ha descubierto que vos salís a almorzar, y dejás el diario sobre el escritorio. Y ese alguien sabe a qué hora salís a almorzar. Y cuando vos no estás, ese alguien se acerca a tu escritorio, y agarra tu diario, sin pedir permiso, y lo lee mientras come una milanesa fría que trajo de su casa, o lo lee mientras se va a cagar.
Cuando vos volvés, de almorzar, el diario está sobre el escritorio, con una mancha de tomate o de mierda pura, y está doblado distinto a como vos lo dejaste, o alguien lo ha usado para entrenar para el panamericano de sudoku, o alguien le ha hecho un pequeño recorte de algo que necesitaba, y vos te das cuenta de inmediato pero ese alguien está sentado, lejos de tu escritorio, haciéndose el distraído o hablando por teléfono, sintiendo que es capaz de leer tu diario sin pagarlo ni avisarte, sintiendo esa minúscula victoria crecer y desarrollarse como una oruga, sintiendo que tal vez eso le salve el día y le permita saberse un tipo astuto y especial.
Aquí viene el procedimiento. Antes de irte a comer, antes de dejar el diario sobre el escritorio, uno debe tomar unas tijeras. Se coloca el diario, que para ser leído debe estar en una posición que podríamos definir como vertical, se lo coloca, entonces, sobre el escritorio, de manera horizontal, con el manojo de hojas dispuestas a ser leídas, ese lateral por el cual uno debería usar los dedos para pasar las hojas, de frente a uno. Y se hace un corte, de todas las hojas, de una sola vez, justo por la mitad. Debe ser un corte limpio, recto, pero no total. Hay que detener la tijera entre uno y tres centímetros antes de llegar a la otra punta, al otro extremo. Se trata, la maniobra, su originalidad, consiste en que el corte no sea total. Allí descansa todo el procedimiento.
Se guarda la tijera. Se deja el diario en posición de ser leído. Y uno se va a comer.
Cuando uno no está presente, ese alguien se acercará a tu escritorio, puede que incluso se siente en tu silla, y se prepare a leer el diario. Tras sondear los títulos de la tapa, procederá a intentar dar vuelta una hoja, la primera hoja.
Pero entonces descubrirá que consigue dar vuelta la mitad de la hoja, la mitad superior de la hoja, si ha puesto sus dedos en el extremo superior derecho del diario, porque la mitad inferior de la hoja no se mueve, se queda quieta.
Ese alguien descubre, que para dar vuelta la hoja debería usar las dos manos, para lograr que las dos mitades se muevan al unísono, y no una mano. Porque cuando intente dar vuelta la hoja, la siguiente hoja, vuelve a descubrir que sólo consigue mover, como en su intento anterior, media hoja.
Lo que le sucede lo desmotivará un poco, le generará un curioso fastidio, porque leer el diario teniendo que pasar las hojas con las dos manos, en lugar de con una, no es lo mismo, no tiene la misma gracia.
Pero el diario lo compré yo, es mi diario. Y yo considero que para vos leerlo debiera ser más difícil, te tiene que costar un poquito más.

27.4.09

Crisis (ni peligro, ni mucho menos oportunidad)

Veo por televisión un reportaje a Borges, hecho, quién sabe, hace treinta años, y me doy cuenta que jamás se me ocurrirá la trama de un cuento de Borges, ni una respuesta de Borges, y que si me quedara ciego, inclusive, mi ceguera sería una ceguera infinitamente menor, más aburrida, que la ceguera de Borges.
Voy a España. Voy a Madrid. Voy al Museo Reina Sofía. Veo un cuadro. Un cuadro de Francis Bacon. El cuadro se llama ‘Figura tumbada’. Y me doy cuenta que jamás podré pintar un Bacon, que jamás sabré cómo empuñar un pincel, que sería difícil para mí, incluso, mezclar dos colores.
Escucho por casualidad, en una emisora de música clásica, las Variaciones Goldberg, y me doy cuenta que no sé tocar el piano, que nunca sabré tocar el piano, que mis dedos de gorila oxidado no tendrían inconvenientes en jurar que tocar el piano es imposible.
Abro la heladera. Hay un amorfo pedazo de dulce de membrillo que ha comenzado una extraña y verdosa mutación, tres o cuatro cucharadas de un arroz refugiado en el fondo de una fuente, frío, seco y apelotonado, una gaseosa abierta sin una sola burbuja de gas, algo de queso rallado espolvoreado sobre los estantes, un durazno que parece haber recibido, vaya uno a saber el porqué, los motivos, el impacto de un balazo.
Bajo a comprar comida. Seguro que después se me ocurre algo.

23.4.09

No te asustes

Me hablan y yo muevo la cabeza, fijo la mirada, asiento, pero no, no escucho lo que me dicen. No me interesa.
Doy limosnas a quien me pide. A ciegos, a hombres en silla de ruedas, a mujeres echadas en la calle con cuatro o cinco chicos como una leona con sus cachorros en medio de la selva, a chicos que hacen malabares en las esquinas con una mezcla de tristeza e impericia, a chicos que tocan el acordeón, melodías que suenan apenas, como si las apagara la lluvia, pero casi no siento amargura porque es algo demasiado inevitable, es como si me pidieran que me preparara para un viaje a la luna, no sé qué llevaría.
Doy propinas a mozos demasiado cansados para recordar si les pediste agua con gas o sin gas, a mozas de culos todavía firmes y miradas que juran y perjuran que esto es momentáneo, que ellas tienen talento para hacer otra cosa, a gente que escupe ensaladas de fruta o se pasa el puré de calabaza por las axilas, porque jamás consideré la posibilidad que alguien tomara en cuenta lo que yo necesito.
Veo noticieros donde explican y desmenuzan las tragedias del día, un adolescente que viola abuelas de ochenta años y después les corta un dedo índice y se lo come con mostaza o ketchup pero nunca mayonesa, un hombre que cocina a su hijo de siete meses, lo mete en un horno para no escucharlo llorar porque está viendo el partido de la Copa Libertadores, un hombre que sale de noche a matar perros a martillazos, cinco o siete perros por noche, pero de día es profesor de biología, excelente esposo, buen padre, y yo digo ‘no lo puedo creer’, o ‘qué barbaridad’, o ‘mirá vos’, pero no me importa. En lo más mínimo.
Viajo en subte y alguien grita ‘¡me robaron!’, o viajo en colectivo y alguien se toma el pecho y cae muerto, justo al lado mío, o camino entre la gente y alguien es apuñalado para robarle un anillo que vale como mucho una milanesa en un bar de barrio periférico, y yo sigo con mi viaje, miro por la ventana, sigo.
Soy como vos, parecido a vos.

19.4.09

La gente ríe, vos bailás

Lo que pasa con las fiestas, lo triste de las fiestas, lo tremendo de las fiestas, es lo siguiente.
La gente fracasó, eso es fácil de ver. La diferencia entre lo que son y lo que querían ser es ya demasiado amplia, sería como pedirle a un Fox Terrier pelo duro que cruce nadando un mar.
Entonces, por extraños vericuetos del azar, alguien hace una fiesta. Y la gente va a la fiesta y dice, aunque no lo dice, pero lo piensa: ésta es mi revancha, me voy a desquitar de tantas pero tantas cosas que salieron mal, ésta es una fiesta, éste es el momento, voy a ser feliz ahora, acá.
Y lo que sale, lo que gotea de ese esfuerzo, es como una pila sulfatada, como una mueca puesta sobre el lugar donde alguna vez hubo una sonrisa, es un carnaval carioca envolviendo todos esos apilados días que llevás aguantando todo lo que no querías que pasara, todo lo que se fue a la mismísima mierda para no volver nunca más.
Después viene la mesa dulce, y vos esperás que haya algún oculto secreto en la isla flotante o en la mousse de chocolate. Tal vez con otra porción de torta cambie de pantalla el jueguito de tu vida y se ponga más entretenido, quién sabe, puede pasar.

15.4.09

No le pidas peras a Pérez

ella pensó que podía ser
feliz
sin mí.
¡maldita sea!
toda una vida equivocándose.
venir a tener razón
justo
ahora.

11.4.09

Eso es lo que me pasa

Mi amigo M. ha perdido a su madre. Después de una tremenda enfermedad, después de cinco años de luchar, su madre ha muerto. Mi amigo M. está muy mal, y después de conversar con sus amigos, es perfectamente consciente que precisa ayuda. Así que decide llamar a un psiquiatra, pedir un turno, para poder tomar algún medicamento que le permita sobrellevar la profunda depresión que lo atormenta, para poder dormir, recuperarse.
Llama a su prepaga, para pedir un turno con un psiquiatra, pero le dicen que pueden darle un turno para dentro de cuarenta y cinco días.
Mi amigo M. decide apelar al ingenio. Llama entonces al número de emergencias, y dice:
–Miren, yo soy el primo de M., sé que es afiliado de ustedes. Vengo de verlo, está en su casa, lo vi con un arma, lo vi muy mal. Necesita ayuda.
Le preguntan si está con el paciente.
–No, yo vengo de verlo y me tuve que ir, pero quedé muy preocupado, por eso, como sé que tiene esta prepaga, me animé a llamarlos. Porque tengo miedo. Porque no sé qué hacer.
Le dicen que hizo bien, le piden el nombre y apellido completo de M., el teléfono y la dirección, chequean los datos. Le dicen que lo va a llamar un psiquiatra que hace las guardias de urgencia, que le pida por favor a M. que lo reciba, que lo atienda.
–No se haga problema, yo le aviso. M. lo va a atender, pero apúrense, me quedé muy preocupado –dice M.
Al rato suena el teléfono en la casa de M. Atiende M.
–Hola.
–Sí, señor, lo llamo de urgencias psiquiátricas, nos llamó su primo para decirnos que usted no está bien.
–Ah, sí. ¿Qué quiere?
–Nos gustaría asistirlo, señor. Deberíamos combinar un turno, mi consultorio está en la calle Entre Ríos al 900, tal vez el jueves a las quince y treinta.
–¿Hoy qué día es? –Dice M.
–Viernes, hoy es viernes. Son las ocho de la noche.
–Se hizo tarde –dice M.
–Quedamos para el jueves, si le parece. Soy la Doctora Viviana Spoletti.
–No –dice M–. No llego. Estoy muy triste, tengo mucha bronca, se murió mi mamá. No puedo esperar al jueves. Tengo un arma, también. No sé, algo voy a hacer.
–¡No! –dice la Doctora Viviana Spoletti–. Cálmese. Dígame dónde vive y yo paso a hacerle una visita.
–Vivo muy lejos –dice M–. Vivo en San Fernando.
–Bueno, yo tengo automóvil. Si usted me explica cómo llegar, yo calculo que en unas tres horas puedo estar ahí.
–¿Tres horas?
–Sí, tres horas. Explíqueme por favor cómo llegar. Yo estoy en el barrio de Congreso.
–¿En qué calle?
–En la calle Entre Ríos, al 900.
–¿Usted vive en su consultorio? Qué mal que anda la psiquiatría, no debe dejar un sope. Deje, usted también está remal, no venga, no hace falta.
–Explíqueme cómo llegar y voy. O mejor, podríamos encontrarnos en una estación de servicio, hay una Shell en Panamericana y …
–¿Sos tonta?
–¿Qué?
–Si sos tonta. Yo conozco esa estación de servicio. Te van a afanar, te van a violar.
La Doctora Viviana Spoletti hace silencio, un silencio que indica que no tiene deseos que la afanen, que preferiría que no la violen, que no tiene ganas de salir de su casa esa noche. Está viendo una película, una película donde actúa Meg Ryan, una película donde tal vez por primera vez Meg Ryan no hace los papeles que Meg Ryan hizo toda la vida. A la doctora le gusta el corte de pelo de Meg Ryan.
–¿Puedo tomar Tranquinal? –dice M.
–¿Qué?
–Si puedo tomar Tranquinal, para dormir. No puedo dormir. Y si no puedo dormir, al día siguiente estoy muy cansado.
–No, señor. Yo soy médico psiquiatra y debo verlo para poder hacer un diagnóstico, y así indicar una terapia rigurosa que nos permita enfrentar la patología que usted atraviesa.
–No tengo tiempo para esas boludeces –dice M–. Puedo tomar un par de Rivotril de 0.75 y un Dioxaflex. Tengo muy contracturada la espalda.
–¡Nooo! –dice la Doctora Spoletti–. Usted no debe mezclar esos medicamentos de ninguna manera.
–¿Y Valium? Valium a la noche, con un Vicodín, y a la mañana Meridian con Xanax.
–¡Nooo! –La Doctora Spoletti lanza un chillido de desesperación–. Si toma eso no se va a poder levantar de la cama.
–¿Y Prozac? ¿El Prozac hace bien?
–Señor, debo verlo para poder diagnosticar. Si le parece puedo darle un turno para el día martes. Lo espero en mi consultorio para comenzar el tratamiento.
–No necesito tratamiento, doctora, necesito saber qué medicamento tomar.
–Señor, como médico psiquiatra debo ver al paciente para poder diagnosticar.
–No –dice M–. No nos vamos a ver nunca. Voy a ver si mato a mi gato, o a un vecino, o a mí mismo. Estoy triste, eso es lo que me pasa, ése es el diagnóstico. Estoy triste, pelotuda, estoy triste y nada más.

Mi amigo M. cortó el teléfono y al rato me llamó y me contó la conversación que yo acabo de transcribir. Y yo todavía me estoy riendo, porque es genial.

7.4.09

La prueba de la milanesa

Ella está cocinando. Está cocinando milanesas. Después de freírlas, las va apilando en una fuente, todavía puede verse el aceite burbujeante sobre la superficie que se debate a mitad de camino entre el amarillo y el marrón. Hay en el ambiente un olor característico, un olor particular.
Le digo que se desvista, la ayudo a desanudar el delantal. Le bajo la bombacha mientras ella permanece aún con las manos ocupadas por utensilios de cocina. Cierro la puerta.
Le digo que se frote con una milanesa. Le señalo la milanesa que está encima de la pila de milanesas. Es una milanesa amplia e irregular, del tamaño de un continente, del tamaño de Europa, tal vez, en un planisferio de los que se colgaban en el colegio durante las clases de geografía.
–Está caliente –me dice–. Me voy a quemar.
No importa. Le digo que no me importa, que lo intente. Ella se lo piensa un poco. Toma la milanesa con dos dedos, primero, y luego la pone sobre la palma de una mano, como si se tratara de una bandeja.
–Esperá –tiene todavía el corpiño puesto. Se lo quito–. Ahora sí.
Como si fuera una esponja, con cuidado, y con una sonrisa que refleja lo absurdo que le resulta el pedido y la escena, se pasa la milanesa por el antebrazo izquierdo, a modo de prueba.
–No está tan caliente –dice.
–Dale –digo.
Se pasa entonces la milanesa por el brazo, el hombro. Luego por el estómago y las tetas. Baja entonces a los muslos, vuelve a subir, sobre el pubis hace un movimiento circular.
–¿Cómo si me estuviera bañando?
–Sí, como si te estuvieras bañando. Muy bien –le digo.
Y entonces sigue, sin dejar de mirarme. Cambia de mano la milanesa y hace medio giro para frotarse las nalgas y detrás de las rodillas.
–El pelo –le digo.
Sube a la cabeza, el pelo y la cara, la milanesa ha perdido cierta consistencia inicial, gran parte de la costra del pan rallado, ya frito, que la cubría.
Sigue un rato más. Apoya entonces la milanesa en la mesada y me mira. Espera que suceda algo, aquello que yo haya planeado. Sexo salvaje, una profunda reflexión sobre el alma humana, no sé.
Abro la puerta de la cocina y voy a sentarme al sillón. Ella me sigue.
–¿Y ahora? ¿Cómo sigue? –tiene los brazos algo separados del cuerpo y los dedos de las manos muy abiertos. Le brilla un poco la frente.
–No sé, no tengo la menor idea –le digo–. Pegate una ducha, mirá como estás.
–¿Y qué más? –dice y da una patadita sobre el piso– ¿Qué más?
–Tirá esa milanesa –le digo–. No se me ocurre nada más.

*Al autor no se le escapa, el autor no puede ignorar, que ya ha tocado el tema de referencia, en más de una oportunidad. Utilizando el dulce de membrillo en lugar de la milanesa, el autor ha hecho barbaridades utilizando un mantecol, ha escrito incluso un fragmento, todavía inédito, donde se emplea una brótola, aunque preferiría no entrar en detalles que pudieran herir la sensibilidad de algún desprevenido lector. El punto es que no debieran sacarse conclusiones apresuradas respecto a la imaginación declinante del autor, su falta de talento en general, su decadencia y caída, en fin. Quizás al autor le parece que el tema en cuestión resulta ejemplificador y profundo, amén de entretenido. Un tema que permite asomarse, por lo que dura un instante, a lo insondable de las relaciones humanas.

3.4.09

Tenso

Mi chica me dice que estoy tenso, que nota mi espalda contracturada, que estoy más huraño que de costumbre. Dice que trabajo demasiado, que me preocupo mucho, que toda esa tensión repercute en el cuerpo.
–¿Y dónde querés que repercuta? –le digo–. ¿En los zócalos?
Pero es mi chica y me quiere y no está mal que alguien te cuide un poco. Me sugiere que debo hacer yoga. Ella hace yoga hace años y tiene, además de un excelente buen humor, una flexibilidad corporal deslumbrante, una piel preciosa, le brilla el cabello, sonríe.
–Es por el yoga –dice–. Todo es por el yoga.
Y a mí me parece un trato justo perder una hora por semana si consigo con eso recuperar en algo el volumen hídrico de mi eyaculación, dejar de sentir una pata de elefante sobre el corazón después de cenar, poder subir las escaleras del subterráneo sin sentir que alguien me atraviesa la cintura con una aguja hirviente de cincuenta centímetros de largo, cosas así.
Y vamos a la mañana siguiente a la clase de yoga, y mi chica está feliz de presentarme a su grupo, formado en su amplia mayoría por señoras de más de cincuenta años y un par de muchachos de cabeza rapada y modales suaves, culiflacos, con bracitos como alambres.
El profesor tiene la mirada penetrante y orejas puntiagudas, viste unos pantalones de gasa o tul color salmón y nada más, para que todos podamos observar cómo se mueve cada fibra de su cuerpo en cada respiración.
–Vamos a comenzar con unos ejercicios básicos de respiración, y después vamos a realizar una rutina de asanas –dice.
Nos dan unas colchonetas individuales y nos sentamos, seremos unos quince, dejando un metro de distancia entre uno y otro. El ambiente es agradable, la luz es tenue, la música suave, se huele un incienso que no es demasiado agresivo.
Después de respirar un poco de diferentes formas, reteniendo el aire, acelerando el ritmo, exhalando con fuerza, el maestro dice ‘ahora hacemos la posición de la mangosta que busca en la tierra un cachorro de reno’. Al intentar sostenerme de cara al piso, haciendo fuerza con los dedos de mi mano derecha para liberar parte de mis costillas, y levantar al mismo tiempo hacia atrás, tan alto como me sea posible, mi pierna izquierda, me tiro un pedo descomunal. Es lo que se conoce como un pedo ‘corneta’, largo, cargado, grave, y lo que es peor, oloroso. Pienso que he desayunado un café con leche con una empanada de carne fría. La empanada debía tener unos tres días en la heladera.
–¡Prrrflsssprrrabsp!
–¡No podés! –dice una señora canosa que se sienta y comienza a limpiar sus lentes con el borde de su remera. Al parecer estaba muy cerca de mí, y debo haberle pedorreado directamente el rostro. Noto que sus lentes están empañados.
–El señor se cagó mal –dice otra mujer que se aparta dando pequeños saltitos con la cola, intentando establecer una preventiva distancia entre la olorosa estela y su persona. Se la ve afectada y compungida por la situación, sabe que su maniobra no tendrá el efecto buscado, no hay dónde esconderse.
–¡Qué olor! –Dice uno de los mariquitas al tiempo que olisquea el aire con frenesí.
Me pongo de pie, hago una ligera inclinación de cabeza al swami, tomo mis zapatillas y bajo las escaleras a toda velocidad, en medias. Jamás hubiera podido hacerme vegetariano, igual no era para mí.

31.3.09

Color esperanza

Después de los treinta años, te habrás golpeado la cabeza contra el techo. El techo, tan metafórico como real, es el techo de tus posibilidades. Si estás casado es probable que te divorcies, y si estás divorciado es probable que te cases otra vez. Se trata de enfrentar los momentos donde la soledad te lastima los tímpanos y pensás que todo lo que necesitás es encontrar la compañía adecuada, o simplemente compañía para terminar huyendo al poco tiempo boqueando como un pez que se desespera por llegar al remanso del agua y poder respirar, un poco, otra vez. Te parecerá que la génesis de todos tus problemas es el trabajo que te atormenta, y que si tan solo no tuvieras que ir a ese maldito trabajo entonces sí podrías finalmente hacer lo que por tanto tiempo soñaste. Pero si te quedaras sin trabajo por tres meses, empezarías a planear cualquier trabajo absurdo, desde domador de delfines a fabricante de alfajores de maizena, porque no sabés qué corneta hacer con tu alma. Y está el aspecto lúdico, claro, las ganas de aprender teatro o tocar el piano o volverte un avezado jugador de ajedrez. Pero es tarde, lo sabés. ¡Y viajes! Claro, viajes, hasta que te das cuenta que las últimas mil trescientas veinticuatro fotos que sacaste son una repelotudez, y que un monasterio es un monasterio donde los que aspiraban a conversar con Dios tienen que lavarse los dientes y comer un puñado de arroz día tras día, esperando el rayo de luz que nunca llega. Y descubrís que la arena de San Clemente y la arena de Egipto es más o menos la misma cosa. Y boludos hay en todas partes, y gente que te quiere vender una alfombra, claro que sí. Y te volvés. Y puede que te encuentres con la chica que fue tu novia durante quinto grado de la escuela primaria, y no puedas creer lo que ves. Y puede que te emociones cuando alguno de tus hijos actúe en la fiesta de fin de año, o no.
Y después te empieza a molestar tremendamente la rodilla izquierda, o no ves bien de un ojo, o el colesterol se te voló a 33. Después se pone peor, y en la tele dan siempre las mismas series.

27.3.09

Perfecta para mí

Ahora que tenés las tetas de durlock.
Ahora que te hiciste un tratamiento capilar a base de placenta de tortuga y líquido amniótico de ballena embarazada en el mar Adriático.
Ahora que te pusiste dos pómulos reforzados con titanio del que se usó en la construcción del transbordador Columbia, recubiertos con una fina capa de polímeros cerámicos policarbonatados sódicos.
Ahora que te hiciste un injerto en el culo, en realidad dos paralelogramos de piel de foca cruzada con cebra y una mezcla de dulce de batata con dulce de membrillo para lograr un mayor brillo, una perfecta adherencia.
Ahora que te hiciste pintar las córneas de un violeta pálido, con una pintura especial que se usa para pintar los guardabarros del Porsche Baxter.
Ahora que te aplicaste un nuevo láser que transforma la grasa en plastilina que puede ser moldeada a voluntad y conserva su forma por 96 horas.
Ahora que vas 28 horas semanales a un gimnasio donde te hacen escalar una montaña inexistente, y pedalear a oscuras en bicicletas a lo largo de ningún paisaje, y donde el sudor de tus ingles se mezcla con el óxido de los goznes de complejas maquinarias, dando lugar a un ácido capaz de quemar las más resistentes superficies.
Quiero decirte que estoy cogiendo con tu prima. La gordita, la de lentes, que camina medio encorvada.

23.3.09

Me despierto

Y de pronto me despierto y sé tocar el piano, es increíble. Yo, que jamás he estado a menos de treinta metros de un instrumento musical, soy un pianista. De jazz, soy Petruciani y Monk, y toco en clubes nocturnos sin quitarme el cigarrillo de la boca. Y tomo whisky de la botella, y la gente aplaude, y el fenómeno corre de boca en boca, y vienen a verme de las más importantes discográficas porque hay un nuevo genio musical capaz de acariciarte el alma con un piano, soy yo.
Y de pronto me despierto y sé pintar, soy un pintor genial. Mezcla de Picasso y Dalí, la reencarnación de Pollock, pinto a lo Pollock pero con la garompa, y hago cuadros magníficos y deformes y llenos de significados, a lo Bacon, lo que equivale a decir que con una mano pinto como Velázquez, con la otra como Bacon, con la garompa como Pollock. Y pinto con los pies, también. Soy increíble, nunca se vio algo así.
Y de pronto me despierto y sé escribir, soy un escritor de la reputísima madre. Escribo cuentos como Chejov, como Carver, escribo poemas como Ferlinghetti, como Bukowski, como Pound, escribo novelas con la complejidad de Saer, con la tristeza de Onetti, con la genialidad de Burgess, todos juntos, y firmo autógrafos y fornico con veinteañeras que desean ser mis alumnas o que les firme las tetas con un marcador o que les regale una sonrisa, un moco, un pelo de mis huevos. Firmo también contratos por anticipado, tengo vendidas novelas que escribiré dentro de diecisiete años, viajo por el mundo, doy conferencias, tomo buenos vinos, fumo cigarros, salgo a caminar por Paris en camiseta.
Y de pronto me despierto mientras soñaba que me despertaba siete minutos antes.

19.3.09

Seguir

ya pasó el desafío de ser feliz.
ya estás volviendo de tu anteúltimo
fracaso
y ahora sí
quizás puedas mirar por la ventana
o caminar bajo la lluvia
o sonreír.
ya podés barrer los vidrios de tus
sueños rotos
ordenar un poco
y seguir.
lo que salió mal se mezcla con lo que
salió
peor
y da una mermelada casi capaz
de sorprender.
salís a navegar en tu fracaso
recién pintado.
es bueno oler el mar.

15.3.09

En China

Entro al supermercado, el supermercado del chino de la vuelta de mi casa, el supermercado de barrio que sueña con ser alguna vez uno de los grandes supermercados de las grandes cadenas de supermercados que se desayunan a los supermercados de barrio como si se tratara de bocadillos. Peces grandes comiéndose a peces chicos, peces chicos luchando y soñando con ser peces grandes alguna vez, para poder decir que ahora sí, ahora entienden, que hacen lo que hacen porque alguna vez fueron peces chicos. No sé, todo el mundo tiene razón, me perdí.
Agarro un paquete de fideos Don Vicente algo machucado, una botella de vino Norton, barato y contundente, un poco de manteca, un poco de queso rallado adulterado y fraccionado y embolsado, mezclado tal vez con piedra caliza y limadura de pico de avestruz. Sé que todavía puedo, que mi fracaso no es absoluto y final. Sé que se trata de una mala década. Como ir a la ruleta y que salga setenta y siete veces seguidas el cero. No es normal, no corresponde, pero las leyes de la estadística dicen que puede pasar.
Mientras pueda comer un plato de fideos y tomar un vaso de vino sé que todavía soy posible, sé que tengo una posibilidad.
Voy a la caja, a cumplir con el sagrado rito de pagar. En la caja hay un chino flaquito, de esos chinos que pueden tener entre diecisiete y cincuenta y siete años, a los que sólo les interesa fumar.
Al verme, el chino tira para atrás su silla, se arrodilla sobre el mugriento suelo, cruza los dedos y coloca sus manos prácticamente sobre su frente, en una tan sorprendente como absurda plegaria.
–¡No, por favor! ¡Por favor! –dice.
Es extraño, lo admito, pero estoy acostumbrado a ver cosas extrañas. Apoyo los fideos, la manteca, el vino.
–¿Me cobrás?
–¡No me mate! –está llorando, puedo ver lágrimas en su enjuto rostro, sobre sus huesudos pómulos apenas recubiertos de piel– ¡Por favor! ¡Tengo familia! ¡Por favor!
No entiendo qué sucede. Es evidente que el hombre de rodillas me habla, sin mirarme, a mí. Me pide clemencia, continúa con su súplica sin animarse a abrir los ojos.
–No entiendo. ¿Qué te pasa?
–¡Por favor! Ayer fue suficiente. Ya entendí. ¡Ya entendí!
Lo miro. Detrás de él hay una chica, muy pequeña, con el cabello recogido en una simpática coleta. Mantiene la vista baja, en su padre o su marido o su hermano, no lo sé, con esa sumisión oriental y única. Pero está muerta de miedo también, la veo temblar por debajo de su jersey color verde pastel.
–¿Qué carajo pasa? ¿Se volvieron todos locos?
–¡Por favor!
–Hablá de una vez –Agarro la botella por el pico y la sostengo así, pero no sé porqué.
–Usted, usted –abre los ojos y parpadea mucho, me mira un instante y fija la vista en el piso inmediatamente después.
–¡Qué! ¡Yo qué!
–Usted, ayer. Vino y le pegó a mi padre, mucho. Todavía está internado, con conmoción cerebral. Los médicos no creen que sobreviva. Y violó a Sun Twein –señala hacia atrás, a la chica que de inmediato se ruboriza–. Usted, no contento, la violó por detrás, delante de todos, delante de los chicos. Y usted me quemó, con una plancha, a mí –suspende el rezo, la súplica, y con una mano aparta el cabello de un costado de su cabeza, hacia atrás. Falta una oreja allí, debería haber una oreja, en ese lugar, pero no hay oreja, sino un amasijo de piel enrojecida, calcinada, mezclado con algún ungüento y una costra demasiado reciente, todavía no ha empezado a cicatrizar, pero cuando cicatrice quedará otra cosa. Nunca más volverá a haber una oreja allí.
–¡Pero qué decís! ¿Quién te hizo eso? ¿Por qué?
–Ayer –vuelve a cerrar los ojos, vuelve a juntar los dedos bajo el mentón–. Usted. Dijo que nos mataría a todos. Dijo que volvería.
–No puede ser. Yo ayer estaba en Hurlingham. Me quedé en lo de Verónica. ¿Me cobrás?
–No me mate, señor. Llévese lo que quiera. Por favor, ya entendí.