27.4.09

Crisis (ni peligro, ni mucho menos oportunidad)

Veo por televisión un reportaje a Borges, hecho, quién sabe, hace treinta años, y me doy cuenta que jamás se me ocurrirá la trama de un cuento de Borges, ni una respuesta de Borges, y que si me quedara ciego, inclusive, mi ceguera sería una ceguera infinitamente menor, más aburrida, que la ceguera de Borges.
Voy a España. Voy a Madrid. Voy al Museo Reina Sofía. Veo un cuadro. Un cuadro de Francis Bacon. El cuadro se llama ‘Figura tumbada’. Y me doy cuenta que jamás podré pintar un Bacon, que jamás sabré cómo empuñar un pincel, que sería difícil para mí, incluso, mezclar dos colores.
Escucho por casualidad, en una emisora de música clásica, las Variaciones Goldberg, y me doy cuenta que no sé tocar el piano, que nunca sabré tocar el piano, que mis dedos de gorila oxidado no tendrían inconvenientes en jurar que tocar el piano es imposible.
Abro la heladera. Hay un amorfo pedazo de dulce de membrillo que ha comenzado una extraña y verdosa mutación, tres o cuatro cucharadas de un arroz refugiado en el fondo de una fuente, frío, seco y apelotonado, una gaseosa abierta sin una sola burbuja de gas, algo de queso rallado espolvoreado sobre los estantes, un durazno que parece haber recibido, vaya uno a saber el porqué, los motivos, el impacto de un balazo.
Bajo a comprar comida. Seguro que después se me ocurre algo.

23.4.09

No te asustes

Me hablan y yo muevo la cabeza, fijo la mirada, asiento, pero no, no escucho lo que me dicen. No me interesa.
Doy limosnas a quien me pide. A ciegos, a hombres en silla de ruedas, a mujeres echadas en la calle con cuatro o cinco chicos como una leona con sus cachorros en medio de la selva, a chicos que hacen malabares en las esquinas con una mezcla de tristeza e impericia, a chicos que tocan el acordeón, melodías que suenan apenas, como si las apagara la lluvia, pero casi no siento amargura porque es algo demasiado inevitable, es como si me pidieran que me preparara para un viaje a la luna, no sé qué llevaría.
Doy propinas a mozos demasiado cansados para recordar si les pediste agua con gas o sin gas, a mozas de culos todavía firmes y miradas que juran y perjuran que esto es momentáneo, que ellas tienen talento para hacer otra cosa, a gente que escupe ensaladas de fruta o se pasa el puré de calabaza por las axilas, porque jamás consideré la posibilidad que alguien tomara en cuenta lo que yo necesito.
Veo noticieros donde explican y desmenuzan las tragedias del día, un adolescente que viola abuelas de ochenta años y después les corta un dedo índice y se lo come con mostaza o ketchup pero nunca mayonesa, un hombre que cocina a su hijo de siete meses, lo mete en un horno para no escucharlo llorar porque está viendo el partido de la Copa Libertadores, un hombre que sale de noche a matar perros a martillazos, cinco o siete perros por noche, pero de día es profesor de biología, excelente esposo, buen padre, y yo digo ‘no lo puedo creer’, o ‘qué barbaridad’, o ‘mirá vos’, pero no me importa. En lo más mínimo.
Viajo en subte y alguien grita ‘¡me robaron!’, o viajo en colectivo y alguien se toma el pecho y cae muerto, justo al lado mío, o camino entre la gente y alguien es apuñalado para robarle un anillo que vale como mucho una milanesa en un bar de barrio periférico, y yo sigo con mi viaje, miro por la ventana, sigo.
Soy como vos, parecido a vos.

19.4.09

La gente ríe, vos bailás

Lo que pasa con las fiestas, lo triste de las fiestas, lo tremendo de las fiestas, es lo siguiente.
La gente fracasó, eso es fácil de ver. La diferencia entre lo que son y lo que querían ser es ya demasiado amplia, sería como pedirle a un Fox Terrier pelo duro que cruce nadando un mar.
Entonces, por extraños vericuetos del azar, alguien hace una fiesta. Y la gente va a la fiesta y dice, aunque no lo dice, pero lo piensa: ésta es mi revancha, me voy a desquitar de tantas pero tantas cosas que salieron mal, ésta es una fiesta, éste es el momento, voy a ser feliz ahora, acá.
Y lo que sale, lo que gotea de ese esfuerzo, es como una pila sulfatada, como una mueca puesta sobre el lugar donde alguna vez hubo una sonrisa, es un carnaval carioca envolviendo todos esos apilados días que llevás aguantando todo lo que no querías que pasara, todo lo que se fue a la mismísima mierda para no volver nunca más.
Después viene la mesa dulce, y vos esperás que haya algún oculto secreto en la isla flotante o en la mousse de chocolate. Tal vez con otra porción de torta cambie de pantalla el jueguito de tu vida y se ponga más entretenido, quién sabe, puede pasar.

15.4.09

No le pidas peras a Pérez

ella pensó que podía ser
feliz
sin mí.
¡maldita sea!
toda una vida equivocándose.
venir a tener razón
justo
ahora.

11.4.09

Eso es lo que me pasa

Mi amigo M. ha perdido a su madre. Después de una tremenda enfermedad, después de cinco años de luchar, su madre ha muerto. Mi amigo M. está muy mal, y después de conversar con sus amigos, es perfectamente consciente que precisa ayuda. Así que decide llamar a un psiquiatra, pedir un turno, para poder tomar algún medicamento que le permita sobrellevar la profunda depresión que lo atormenta, para poder dormir, recuperarse.
Llama a su prepaga, para pedir un turno con un psiquiatra, pero le dicen que pueden darle un turno para dentro de cuarenta y cinco días.
Mi amigo M. decide apelar al ingenio. Llama entonces al número de emergencias, y dice:
–Miren, yo soy el primo de M., sé que es afiliado de ustedes. Vengo de verlo, está en su casa, lo vi con un arma, lo vi muy mal. Necesita ayuda.
Le preguntan si está con el paciente.
–No, yo vengo de verlo y me tuve que ir, pero quedé muy preocupado, por eso, como sé que tiene esta prepaga, me animé a llamarlos. Porque tengo miedo. Porque no sé qué hacer.
Le dicen que hizo bien, le piden el nombre y apellido completo de M., el teléfono y la dirección, chequean los datos. Le dicen que lo va a llamar un psiquiatra que hace las guardias de urgencia, que le pida por favor a M. que lo reciba, que lo atienda.
–No se haga problema, yo le aviso. M. lo va a atender, pero apúrense, me quedé muy preocupado –dice M.
Al rato suena el teléfono en la casa de M. Atiende M.
–Hola.
–Sí, señor, lo llamo de urgencias psiquiátricas, nos llamó su primo para decirnos que usted no está bien.
–Ah, sí. ¿Qué quiere?
–Nos gustaría asistirlo, señor. Deberíamos combinar un turno, mi consultorio está en la calle Entre Ríos al 900, tal vez el jueves a las quince y treinta.
–¿Hoy qué día es? –Dice M.
–Viernes, hoy es viernes. Son las ocho de la noche.
–Se hizo tarde –dice M.
–Quedamos para el jueves, si le parece. Soy la Doctora Viviana Spoletti.
–No –dice M–. No llego. Estoy muy triste, tengo mucha bronca, se murió mi mamá. No puedo esperar al jueves. Tengo un arma, también. No sé, algo voy a hacer.
–¡No! –dice la Doctora Viviana Spoletti–. Cálmese. Dígame dónde vive y yo paso a hacerle una visita.
–Vivo muy lejos –dice M–. Vivo en San Fernando.
–Bueno, yo tengo automóvil. Si usted me explica cómo llegar, yo calculo que en unas tres horas puedo estar ahí.
–¿Tres horas?
–Sí, tres horas. Explíqueme por favor cómo llegar. Yo estoy en el barrio de Congreso.
–¿En qué calle?
–En la calle Entre Ríos, al 900.
–¿Usted vive en su consultorio? Qué mal que anda la psiquiatría, no debe dejar un sope. Deje, usted también está remal, no venga, no hace falta.
–Explíqueme cómo llegar y voy. O mejor, podríamos encontrarnos en una estación de servicio, hay una Shell en Panamericana y …
–¿Sos tonta?
–¿Qué?
–Si sos tonta. Yo conozco esa estación de servicio. Te van a afanar, te van a violar.
La Doctora Viviana Spoletti hace silencio, un silencio que indica que no tiene deseos que la afanen, que preferiría que no la violen, que no tiene ganas de salir de su casa esa noche. Está viendo una película, una película donde actúa Meg Ryan, una película donde tal vez por primera vez Meg Ryan no hace los papeles que Meg Ryan hizo toda la vida. A la doctora le gusta el corte de pelo de Meg Ryan.
–¿Puedo tomar Tranquinal? –dice M.
–¿Qué?
–Si puedo tomar Tranquinal, para dormir. No puedo dormir. Y si no puedo dormir, al día siguiente estoy muy cansado.
–No, señor. Yo soy médico psiquiatra y debo verlo para poder hacer un diagnóstico, y así indicar una terapia rigurosa que nos permita enfrentar la patología que usted atraviesa.
–No tengo tiempo para esas boludeces –dice M–. Puedo tomar un par de Rivotril de 0.75 y un Dioxaflex. Tengo muy contracturada la espalda.
–¡Nooo! –dice la Doctora Spoletti–. Usted no debe mezclar esos medicamentos de ninguna manera.
–¿Y Valium? Valium a la noche, con un Vicodín, y a la mañana Meridian con Xanax.
–¡Nooo! –La Doctora Spoletti lanza un chillido de desesperación–. Si toma eso no se va a poder levantar de la cama.
–¿Y Prozac? ¿El Prozac hace bien?
–Señor, debo verlo para poder diagnosticar. Si le parece puedo darle un turno para el día martes. Lo espero en mi consultorio para comenzar el tratamiento.
–No necesito tratamiento, doctora, necesito saber qué medicamento tomar.
–Señor, como médico psiquiatra debo ver al paciente para poder diagnosticar.
–No –dice M–. No nos vamos a ver nunca. Voy a ver si mato a mi gato, o a un vecino, o a mí mismo. Estoy triste, eso es lo que me pasa, ése es el diagnóstico. Estoy triste, pelotuda, estoy triste y nada más.

Mi amigo M. cortó el teléfono y al rato me llamó y me contó la conversación que yo acabo de transcribir. Y yo todavía me estoy riendo, porque es genial.

7.4.09

La prueba de la milanesa

Ella está cocinando. Está cocinando milanesas. Después de freírlas, las va apilando en una fuente, todavía puede verse el aceite burbujeante sobre la superficie que se debate a mitad de camino entre el amarillo y el marrón. Hay en el ambiente un olor característico, un olor particular.
Le digo que se desvista, la ayudo a desanudar el delantal. Le bajo la bombacha mientras ella permanece aún con las manos ocupadas por utensilios de cocina. Cierro la puerta.
Le digo que se frote con una milanesa. Le señalo la milanesa que está encima de la pila de milanesas. Es una milanesa amplia e irregular, del tamaño de un continente, del tamaño de Europa, tal vez, en un planisferio de los que se colgaban en el colegio durante las clases de geografía.
–Está caliente –me dice–. Me voy a quemar.
No importa. Le digo que no me importa, que lo intente. Ella se lo piensa un poco. Toma la milanesa con dos dedos, primero, y luego la pone sobre la palma de una mano, como si se tratara de una bandeja.
–Esperá –tiene todavía el corpiño puesto. Se lo quito–. Ahora sí.
Como si fuera una esponja, con cuidado, y con una sonrisa que refleja lo absurdo que le resulta el pedido y la escena, se pasa la milanesa por el antebrazo izquierdo, a modo de prueba.
–No está tan caliente –dice.
–Dale –digo.
Se pasa entonces la milanesa por el brazo, el hombro. Luego por el estómago y las tetas. Baja entonces a los muslos, vuelve a subir, sobre el pubis hace un movimiento circular.
–¿Cómo si me estuviera bañando?
–Sí, como si te estuvieras bañando. Muy bien –le digo.
Y entonces sigue, sin dejar de mirarme. Cambia de mano la milanesa y hace medio giro para frotarse las nalgas y detrás de las rodillas.
–El pelo –le digo.
Sube a la cabeza, el pelo y la cara, la milanesa ha perdido cierta consistencia inicial, gran parte de la costra del pan rallado, ya frito, que la cubría.
Sigue un rato más. Apoya entonces la milanesa en la mesada y me mira. Espera que suceda algo, aquello que yo haya planeado. Sexo salvaje, una profunda reflexión sobre el alma humana, no sé.
Abro la puerta de la cocina y voy a sentarme al sillón. Ella me sigue.
–¿Y ahora? ¿Cómo sigue? –tiene los brazos algo separados del cuerpo y los dedos de las manos muy abiertos. Le brilla un poco la frente.
–No sé, no tengo la menor idea –le digo–. Pegate una ducha, mirá como estás.
–¿Y qué más? –dice y da una patadita sobre el piso– ¿Qué más?
–Tirá esa milanesa –le digo–. No se me ocurre nada más.

*Al autor no se le escapa, el autor no puede ignorar, que ya ha tocado el tema de referencia, en más de una oportunidad. Utilizando el dulce de membrillo en lugar de la milanesa, el autor ha hecho barbaridades utilizando un mantecol, ha escrito incluso un fragmento, todavía inédito, donde se emplea una brótola, aunque preferiría no entrar en detalles que pudieran herir la sensibilidad de algún desprevenido lector. El punto es que no debieran sacarse conclusiones apresuradas respecto a la imaginación declinante del autor, su falta de talento en general, su decadencia y caída, en fin. Quizás al autor le parece que el tema en cuestión resulta ejemplificador y profundo, amén de entretenido. Un tema que permite asomarse, por lo que dura un instante, a lo insondable de las relaciones humanas.

3.4.09

Tenso

Mi chica me dice que estoy tenso, que nota mi espalda contracturada, que estoy más huraño que de costumbre. Dice que trabajo demasiado, que me preocupo mucho, que toda esa tensión repercute en el cuerpo.
–¿Y dónde querés que repercuta? –le digo–. ¿En los zócalos?
Pero es mi chica y me quiere y no está mal que alguien te cuide un poco. Me sugiere que debo hacer yoga. Ella hace yoga hace años y tiene, además de un excelente buen humor, una flexibilidad corporal deslumbrante, una piel preciosa, le brilla el cabello, sonríe.
–Es por el yoga –dice–. Todo es por el yoga.
Y a mí me parece un trato justo perder una hora por semana si consigo con eso recuperar en algo el volumen hídrico de mi eyaculación, dejar de sentir una pata de elefante sobre el corazón después de cenar, poder subir las escaleras del subterráneo sin sentir que alguien me atraviesa la cintura con una aguja hirviente de cincuenta centímetros de largo, cosas así.
Y vamos a la mañana siguiente a la clase de yoga, y mi chica está feliz de presentarme a su grupo, formado en su amplia mayoría por señoras de más de cincuenta años y un par de muchachos de cabeza rapada y modales suaves, culiflacos, con bracitos como alambres.
El profesor tiene la mirada penetrante y orejas puntiagudas, viste unos pantalones de gasa o tul color salmón y nada más, para que todos podamos observar cómo se mueve cada fibra de su cuerpo en cada respiración.
–Vamos a comenzar con unos ejercicios básicos de respiración, y después vamos a realizar una rutina de asanas –dice.
Nos dan unas colchonetas individuales y nos sentamos, seremos unos quince, dejando un metro de distancia entre uno y otro. El ambiente es agradable, la luz es tenue, la música suave, se huele un incienso que no es demasiado agresivo.
Después de respirar un poco de diferentes formas, reteniendo el aire, acelerando el ritmo, exhalando con fuerza, el maestro dice ‘ahora hacemos la posición de la mangosta que busca en la tierra un cachorro de reno’. Al intentar sostenerme de cara al piso, haciendo fuerza con los dedos de mi mano derecha para liberar parte de mis costillas, y levantar al mismo tiempo hacia atrás, tan alto como me sea posible, mi pierna izquierda, me tiro un pedo descomunal. Es lo que se conoce como un pedo ‘corneta’, largo, cargado, grave, y lo que es peor, oloroso. Pienso que he desayunado un café con leche con una empanada de carne fría. La empanada debía tener unos tres días en la heladera.
–¡Prrrflsssprrrabsp!
–¡No podés! –dice una señora canosa que se sienta y comienza a limpiar sus lentes con el borde de su remera. Al parecer estaba muy cerca de mí, y debo haberle pedorreado directamente el rostro. Noto que sus lentes están empañados.
–El señor se cagó mal –dice otra mujer que se aparta dando pequeños saltitos con la cola, intentando establecer una preventiva distancia entre la olorosa estela y su persona. Se la ve afectada y compungida por la situación, sabe que su maniobra no tendrá el efecto buscado, no hay dónde esconderse.
–¡Qué olor! –Dice uno de los mariquitas al tiempo que olisquea el aire con frenesí.
Me pongo de pie, hago una ligera inclinación de cabeza al swami, tomo mis zapatillas y bajo las escaleras a toda velocidad, en medias. Jamás hubiera podido hacerme vegetariano, igual no era para mí.

31.3.09

Color esperanza

Después de los treinta años, te habrás golpeado la cabeza contra el techo. El techo, tan metafórico como real, es el techo de tus posibilidades. Si estás casado es probable que te divorcies, y si estás divorciado es probable que te cases otra vez. Se trata de enfrentar los momentos donde la soledad te lastima los tímpanos y pensás que todo lo que necesitás es encontrar la compañía adecuada, o simplemente compañía para terminar huyendo al poco tiempo boqueando como un pez que se desespera por llegar al remanso del agua y poder respirar, un poco, otra vez. Te parecerá que la génesis de todos tus problemas es el trabajo que te atormenta, y que si tan solo no tuvieras que ir a ese maldito trabajo entonces sí podrías finalmente hacer lo que por tanto tiempo soñaste. Pero si te quedaras sin trabajo por tres meses, empezarías a planear cualquier trabajo absurdo, desde domador de delfines a fabricante de alfajores de maizena, porque no sabés qué corneta hacer con tu alma. Y está el aspecto lúdico, claro, las ganas de aprender teatro o tocar el piano o volverte un avezado jugador de ajedrez. Pero es tarde, lo sabés. ¡Y viajes! Claro, viajes, hasta que te das cuenta que las últimas mil trescientas veinticuatro fotos que sacaste son una repelotudez, y que un monasterio es un monasterio donde los que aspiraban a conversar con Dios tienen que lavarse los dientes y comer un puñado de arroz día tras día, esperando el rayo de luz que nunca llega. Y descubrís que la arena de San Clemente y la arena de Egipto es más o menos la misma cosa. Y boludos hay en todas partes, y gente que te quiere vender una alfombra, claro que sí. Y te volvés. Y puede que te encuentres con la chica que fue tu novia durante quinto grado de la escuela primaria, y no puedas creer lo que ves. Y puede que te emociones cuando alguno de tus hijos actúe en la fiesta de fin de año, o no.
Y después te empieza a molestar tremendamente la rodilla izquierda, o no ves bien de un ojo, o el colesterol se te voló a 33. Después se pone peor, y en la tele dan siempre las mismas series.

27.3.09

Perfecta para mí

Ahora que tenés las tetas de durlock.
Ahora que te hiciste un tratamiento capilar a base de placenta de tortuga y líquido amniótico de ballena embarazada en el mar Adriático.
Ahora que te pusiste dos pómulos reforzados con titanio del que se usó en la construcción del transbordador Columbia, recubiertos con una fina capa de polímeros cerámicos policarbonatados sódicos.
Ahora que te hiciste un injerto en el culo, en realidad dos paralelogramos de piel de foca cruzada con cebra y una mezcla de dulce de batata con dulce de membrillo para lograr un mayor brillo, una perfecta adherencia.
Ahora que te hiciste pintar las córneas de un violeta pálido, con una pintura especial que se usa para pintar los guardabarros del Porsche Baxter.
Ahora que te aplicaste un nuevo láser que transforma la grasa en plastilina que puede ser moldeada a voluntad y conserva su forma por 96 horas.
Ahora que vas 28 horas semanales a un gimnasio donde te hacen escalar una montaña inexistente, y pedalear a oscuras en bicicletas a lo largo de ningún paisaje, y donde el sudor de tus ingles se mezcla con el óxido de los goznes de complejas maquinarias, dando lugar a un ácido capaz de quemar las más resistentes superficies.
Quiero decirte que estoy cogiendo con tu prima. La gordita, la de lentes, que camina medio encorvada.

23.3.09

Me despierto

Y de pronto me despierto y sé tocar el piano, es increíble. Yo, que jamás he estado a menos de treinta metros de un instrumento musical, soy un pianista. De jazz, soy Petruciani y Monk, y toco en clubes nocturnos sin quitarme el cigarrillo de la boca. Y tomo whisky de la botella, y la gente aplaude, y el fenómeno corre de boca en boca, y vienen a verme de las más importantes discográficas porque hay un nuevo genio musical capaz de acariciarte el alma con un piano, soy yo.
Y de pronto me despierto y sé pintar, soy un pintor genial. Mezcla de Picasso y Dalí, la reencarnación de Pollock, pinto a lo Pollock pero con la garompa, y hago cuadros magníficos y deformes y llenos de significados, a lo Bacon, lo que equivale a decir que con una mano pinto como Velázquez, con la otra como Bacon, con la garompa como Pollock. Y pinto con los pies, también. Soy increíble, nunca se vio algo así.
Y de pronto me despierto y sé escribir, soy un escritor de la reputísima madre. Escribo cuentos como Chejov, como Carver, escribo poemas como Ferlinghetti, como Bukowski, como Pound, escribo novelas con la complejidad de Saer, con la tristeza de Onetti, con la genialidad de Burgess, todos juntos, y firmo autógrafos y fornico con veinteañeras que desean ser mis alumnas o que les firme las tetas con un marcador o que les regale una sonrisa, un moco, un pelo de mis huevos. Firmo también contratos por anticipado, tengo vendidas novelas que escribiré dentro de diecisiete años, viajo por el mundo, doy conferencias, tomo buenos vinos, fumo cigarros, salgo a caminar por Paris en camiseta.
Y de pronto me despierto mientras soñaba que me despertaba siete minutos antes.

19.3.09

Seguir

ya pasó el desafío de ser feliz.
ya estás volviendo de tu anteúltimo
fracaso
y ahora sí
quizás puedas mirar por la ventana
o caminar bajo la lluvia
o sonreír.
ya podés barrer los vidrios de tus
sueños rotos
ordenar un poco
y seguir.
lo que salió mal se mezcla con lo que
salió
peor
y da una mermelada casi capaz
de sorprender.
salís a navegar en tu fracaso
recién pintado.
es bueno oler el mar.

15.3.09

En China

Entro al supermercado, el supermercado del chino de la vuelta de mi casa, el supermercado de barrio que sueña con ser alguna vez uno de los grandes supermercados de las grandes cadenas de supermercados que se desayunan a los supermercados de barrio como si se tratara de bocadillos. Peces grandes comiéndose a peces chicos, peces chicos luchando y soñando con ser peces grandes alguna vez, para poder decir que ahora sí, ahora entienden, que hacen lo que hacen porque alguna vez fueron peces chicos. No sé, todo el mundo tiene razón, me perdí.
Agarro un paquete de fideos Don Vicente algo machucado, una botella de vino Norton, barato y contundente, un poco de manteca, un poco de queso rallado adulterado y fraccionado y embolsado, mezclado tal vez con piedra caliza y limadura de pico de avestruz. Sé que todavía puedo, que mi fracaso no es absoluto y final. Sé que se trata de una mala década. Como ir a la ruleta y que salga setenta y siete veces seguidas el cero. No es normal, no corresponde, pero las leyes de la estadística dicen que puede pasar.
Mientras pueda comer un plato de fideos y tomar un vaso de vino sé que todavía soy posible, sé que tengo una posibilidad.
Voy a la caja, a cumplir con el sagrado rito de pagar. En la caja hay un chino flaquito, de esos chinos que pueden tener entre diecisiete y cincuenta y siete años, a los que sólo les interesa fumar.
Al verme, el chino tira para atrás su silla, se arrodilla sobre el mugriento suelo, cruza los dedos y coloca sus manos prácticamente sobre su frente, en una tan sorprendente como absurda plegaria.
–¡No, por favor! ¡Por favor! –dice.
Es extraño, lo admito, pero estoy acostumbrado a ver cosas extrañas. Apoyo los fideos, la manteca, el vino.
–¿Me cobrás?
–¡No me mate! –está llorando, puedo ver lágrimas en su enjuto rostro, sobre sus huesudos pómulos apenas recubiertos de piel– ¡Por favor! ¡Tengo familia! ¡Por favor!
No entiendo qué sucede. Es evidente que el hombre de rodillas me habla, sin mirarme, a mí. Me pide clemencia, continúa con su súplica sin animarse a abrir los ojos.
–No entiendo. ¿Qué te pasa?
–¡Por favor! Ayer fue suficiente. Ya entendí. ¡Ya entendí!
Lo miro. Detrás de él hay una chica, muy pequeña, con el cabello recogido en una simpática coleta. Mantiene la vista baja, en su padre o su marido o su hermano, no lo sé, con esa sumisión oriental y única. Pero está muerta de miedo también, la veo temblar por debajo de su jersey color verde pastel.
–¿Qué carajo pasa? ¿Se volvieron todos locos?
–¡Por favor!
–Hablá de una vez –Agarro la botella por el pico y la sostengo así, pero no sé porqué.
–Usted, usted –abre los ojos y parpadea mucho, me mira un instante y fija la vista en el piso inmediatamente después.
–¡Qué! ¡Yo qué!
–Usted, ayer. Vino y le pegó a mi padre, mucho. Todavía está internado, con conmoción cerebral. Los médicos no creen que sobreviva. Y violó a Sun Twein –señala hacia atrás, a la chica que de inmediato se ruboriza–. Usted, no contento, la violó por detrás, delante de todos, delante de los chicos. Y usted me quemó, con una plancha, a mí –suspende el rezo, la súplica, y con una mano aparta el cabello de un costado de su cabeza, hacia atrás. Falta una oreja allí, debería haber una oreja, en ese lugar, pero no hay oreja, sino un amasijo de piel enrojecida, calcinada, mezclado con algún ungüento y una costra demasiado reciente, todavía no ha empezado a cicatrizar, pero cuando cicatrice quedará otra cosa. Nunca más volverá a haber una oreja allí.
–¡Pero qué decís! ¿Quién te hizo eso? ¿Por qué?
–Ayer –vuelve a cerrar los ojos, vuelve a juntar los dedos bajo el mentón–. Usted. Dijo que nos mataría a todos. Dijo que volvería.
–No puede ser. Yo ayer estaba en Hurlingham. Me quedé en lo de Verónica. ¿Me cobrás?
–No me mate, señor. Llévese lo que quiera. Por favor, ya entendí.

11.3.09

Finura

Cuando suena el teléfono, porque siempre suena el teléfono, y es tarde, porque siempre es tarde, y yo digo ‘hola’. Es alguien, una mujer, para decirme cómo estás tanto tiempo qué es de tu vida. Pero no es real, nada de lo que dice es real, porque la mujer, esa mujer, lo que quiere saber, lo que necesita confirmar, es que hizo bien, más que bien, al dejarme. Esa mujer necesita saber que no se equivocó en huir de mí como si yo fuera un animal apestado y absurdo.
Esa mujer no consigue entender qué fue lo que le sucedió, a ella, en qué momento su magnífico plan lleno de playa y de sol y de hijos y autos y casas con jardín, ese plan tan finamente trazado, fracasó.
Entonces llaman, como quien revuelve cajones olvidados buscando llaves que ya no abren ninguna puerta, y necesitan que yo les diga algo, que mi linterna, aunque sea una vez más, las ilumine.
Y yo les digo que estoy muy mal, que mi vida es un desastre, que nunca después de ellas pude volver a sonreír. Que tengo sarna y lepra, pelagra y botulismo, un poco de tifus, tuberculosis de la fuerte, bastante piorrea, que vivo prácticamente en la miseria, que hay noches donde mi cena es una lata de arvejas y un pedazo de pan, que rengueo un poco, que vendí mis libros, que ya no veo a nadie, que los jóvenes, cuando camino por la calle, se burlan de mí.
Y eso les da un poco de fuerza para continuar con sus estúpidas vidas, para seguir deambulando entre maridos insólitos y trabajos inútiles, para creer que lo único que les hace falta es un viaje o un curso, mientras esperan que empiece ese programa de televisión nocturno donde los participantes cantan o bailan y luego deben aguardar que un jurado de notables les diga que son los elegidos, que sus sueños pueden hacerse realidad, que es posible, sí.

7.3.09

Señoras y señores

El hombre subió al colectivo, como cualquier persona. Esperó que subieran dos personas que estaban delante de él. Era de noche, y estaban la mitad de los asientos ocupados, una persona de pie leyendo un diario viejo. Hacía frío.
El hombre se paró de frente a los pasajeros, de espaldas al conductor, y sacó un arma. La exhibió primero, por un instante, sosteniéndola en alto, con la palma casi abierta, prácticamente colgada del índice encargado del gatillo. Luego nos apuntó.
–Señoras y señores, buenas noches –dijo, y se levantó un poco la gorrita con visera, verde, para que pudiéramos verle el rostro–. Esto no es un robo. Los voy a matar, de a uno. No quiero plata, no deseo reivindicación alguna. Los voy a matar porque los odio, porque me cansaron, porque sí.
Lo cierto era que debíamos ser unas once personas dentro del colectivo, sin contar al hombre de la gorrita verde que nos apuntaba, y el revólver debía tener seis balas. Era un detalle que convenía no dejar de considerar.
–¡No me mate, por favor, estoy muy enfermo! –Dijo un hombre mayor, de lentes, que se irguió apenas en el asiento para mostrar lo que le costaba ponerse de pie. Alzó un bastón como si se estuviera cubriendo el pecho, como si el bastón fuera suficiente para detener las balas.
–¡No me mate, por favor, estoy embarazada, voy a ser madre! –Dijo una mujer de unos treinta años, al borde de las lágrimas o ya llorando, que intentó alisarse el vestido de un horrible estampado con flores amarillas, para que se viera la protuberancia de su vientre. Tuvo otro acceso de llanto y se cubrió la cara con las manos.
–¡No me mate, por favor, soy el futuro! –Dijo un joven flaquito que estaba sentado al fondo y se había quitado los auriculares con los que escuchaba música. El susto superaba la indignación, y ambas cosas eran superadas por el sinsentido de tener que imaginar su vida truncada antes de haber, como quien dice, explotado, antes de haber dado rienda suelta a todo su extraordinario potencial.
–No me mate, por favor –Dije. Me puse de pie, porque estaba sentado en el tercer asiento de la fila del conductor, y tenía prácticamente al hombre de la gorrita verde y la pistola a mi derecha, muy cerca. En un rápido movimiento donde la contundencia no excluía cierta dosis de elegancia, le partí con todas mis fuerzas la botella de vino que tenía sujeta del pico, contra el cráneo. Se escuchó sonido de vidrios rotos, y la sangre y el vino salpicaron en varias direcciones mientras el sujeto caía desarmado, como un maniquí arrojado desde un piso alto. Su gorra, con visera, verde, rebotó contra una ventana y quedó sobre un asiento vacío. Se escucharon algunos gritos de los pasajeros, después de tanta tensión contenida–. Tengo una cena.

3.3.09

Todos queremos ser felices

Te lo explico una vez, porque me da pena verte así. Te lo explico porque es triste que estés tan mal.
Todos queremos ser felices, claro que todos queremos ser felices. Qué novedad. Ser feliz es el faro, la brújula, el motor.
Pero, y acá es donde aparece la trampa, por eso te pido que prestes atención, la felicidad es un organismo parasitario.
Te veo la carita y veo que te cuesta, que no entendés.
La felicidad necesita, para alimentarse, para poder desplegar las alas o bostezar, que estés haciendo algo, otra cosa. La felicidad te da algo, te da felicidad, pero come de lo que vos estés haciendo.
Y entonces podés ser feliz, y darte cuenta quizás, mientras cogés o caminás, mientras pintás una puerta (tampoco te vamos a pedir a vos que pintes el Guernica), mientras comés mantecol, mientras desabrochás un corpiño o peinás un flequillo o jugás al ajedrez o andás en moto o quién sabe qué más.
Pero no se puede ser feliz como objetivo primario, no podés ser feliz y punto porque la felicidad come de eso que estás haciendo y si no estás haciendo nada se marchita, se vuela, se va.
Así que dejá de pensar cosas como ‘yo quiero ser feliz’, o ‘¿porqué no puedo ser feliz?’, porque no funciona de esa forma. Te lo expliqué una vez, no te lo explico más.

27.2.09

Siete pesos (mi mejor plan)

La moza que me trae un café con una medialuna de manteca, es hermosa. Es tan hermosa que no puede evitarlo. Adivino sus glúteos emergiendo del pantalón negro en ese movimiento tan particular y único, los dedos de sus huesudas manos son largos, sus tobillos son finos y del color de la cerámica, el pelo negro con un flequillo ‘stone’ que roza sus cejas, apenas. Se ríe y es como un atardecer en la playa. Tetas pequeñas, culo muy firme.
–No sé quién sos, no te había visto jamás en mi vida, pero vayámonos juntos, ya. No es necesario que estés acá, no tiene sentido que trabajes, dejame que te cuide. Podés estudiar psicología o arquitectura, quizás tengas inquietud por la pintura, quizás sepas cantar. Quiero volver a casa y que abramos un vino y nos sentemos a ver cómo se hace de noche. Quiero que nos quedemos mirando por la ventana, o que vayamos a la playa y salgamos a caminar. Quiero que desayunemos juntos y verte envuelta en un toallón cuando salís de la ducha. Podemos ser felices, a veces pasa, nos corresponde, puede funcionar –dije. Sí, mirándola, muy serio, quizás los nervios me traicionaron un poco, al final, una gota de sudor surcó mi frente buscando el reparo de una ceja. Nunca me había pasado algo así, ni en la adolescencia. Era tan linda que daban ganas de llorar.
–Son siete pesos –me dijo.
–¿Eh?
–Un café, una medialuna, siete pesos.
Hay veces que un cuaderno y una birome son el único lugar para esconderse. Hay veces que no queda otro remedio que soñar.

23.2.09

Service

Entre tantas cosas que tengo, entre la caspa y el odio, tengo, también, un radiograbador. Es un radiograbador no muy bueno, no muy nuevo, alguien que me quiso alguna vez me lo debe haber regalado. Me sirve, el radiograbador, para escuchar la radio, a la mañana principalmente. A la persona que me lo regaló no le sirvo más.
Por esas cosas que suceden, por esas peculiaridades, caprichos que tienen los objetos, el radiograbador deja de funcionar. El radiograbador no anda más. Cuando un radiograbador no anda, cuando un radiograbador deja de funcionar, entre las cosas que no se pueden hacer está escuchar la radio. Así que lo llevo a un local de mi barrio, como si cargara un perro con una pata quebrada. El local se llama ‘Service Total’. Me atiende un señor de edad mediana, sin ningún rasgo distintivo que valga la pena mencionar. Es bajo, pero no muy bajo, es canoso, pero no demasiado, tendrá cuarenta años, o cincuenta, rasgos orientales tal vez, pero diluidos por sucesivas generaciones que han debido habitar el suelo argentino, lo que equivale a decir nuestro amado país.
Le explico el problema. Me dice que debo dejar el aparato, que así él lo podrá revisar, hacer un diagnóstico, esa es la palabra que emplea. Dice que el diagnóstico cuesta, pongamos, cincuenta pesos. Con el diagnóstico, entonces, podré tomar una decisión. Debo volver dentro de tres días. Me parece bien, así que digo:
–Me parece bien.
Pago los cincuenta pesos, me dan un papel.
Pasan tres días. Tres días sin el radiograbador. Descubro entonces que he estado tres días sin escuchar la radio.
Me presento en el local. En ‘Service Total’. Me atiende el mismo hombre, que ha cambiado de camisa, todo lo demás está igual.
–Te dejé una radio –digo. Exhibo el papel.
–A ver –dice. Toma el papel y desaparece por una puerta trasera. Al rato, a los cinco minutos, vuelve a aparecer. Trae una suerte de carrito de aluminio, una camilla. Sobre el carrito, mi radiograbador yace abierto de par en par. Todo lo que había en su interior, está ahora a la vista: cables, circuitos, trozos de plástico, tubitos de metal.
–Es complicado –dice el hombre–. Hay que cambiar el rotor cibercerúleo y hacer un puente de policarbonato que permita la maxibustión aórtica sub-buffer.
Le pregunto cuánto va a costar repararlo. El hombre dice un precio que debe ser el de un radiograbador nuevo, flamante, menos un peso, tal vez.
–No –digo.
–¿Cómo?
–No. No deseo repararlo –digo.
–Pero ya está abierto –dice el hombre. No se ríe, sabe que no debe reírse, pero hay una mueca imperceptible, una torcedura de su labio inferior que deja al descubierto por un instante una repulsiva e irregular hilera de dientes amarillos. Sabe que me tiene atrapado, es un cazador y yo he caído en la trampa. Se limita a saborear la situación.
–No importa –digo–. Me lo llevo así.
Tomo una bolsa de nylon y voy colocando, pedazo a pedazo, el radiograbador, en lo que ha sido transformado. El hombre se inquieta, hace repiquetear los cortos dedos de una mano sobre el mostrador. Algo se está desviando de sus maliciosos planes.
–Quizás te puedo hacer un descuento –dice–. Dejalo y pasá en una semana.
–No –digo–. No te voy a dejar nada. Lo importante es que no te salgan las cosas como vos pensabas. Si es necesario, prefiero no escuchar la radio nunca más.

19.2.09

Especial

yo no quiero ser campeón del mundo de nada. yo no quiero sacar mis siete hijos a pasear. yo no quiero ser director comercial de una empresa que exporta, que importa, y que vuelve a exportar. yo no quiero que me jures que estás enamorada pero que se te va a pasar. yo no quiero visitar las pirámides de egipto, ni la torre eiffel, ni el último pedazo del último glaciar. yo no quiero manejar una ferrari ni un transbordador espacial. yo no quiero ser flaco ni alto ni rubio ni lindo. yo no quiero poder, yo no quiero triunfar.

lo que quiero es que llueva, que siga lloviendo
mientras yo me quedo sentado en el bar.

15.2.09

Que me perdone Australia

Para su cumpleaños, le regalé un canguro. Me costó mucho trabajo conseguirlo, y una pila de plata. Es un canguro jovencito, cola parada, ojos del tamaño de dos pelotas de tenis y piernas que le permiten dar saltos de más de dos metros de alto.
Los traen de Australia, de contrabando, es ilegal, y la pena por atentar de esa forma contra los animales, alejándolos de su hábitat natural, es de varios años de prisión. Tienen que sacarlos en barco, narcotizados, y luego en avión. Los llevan a Europa. Hay que sobornar funcionarios de aduana, adulterar papeles, inventar pedidos oficiales de zoológicos inexistentes.
Decidí tomar el riesgo, violar no sé cuántas de mis propias normas éticas, hacer la inversión. Necesito que ella sienta lo que es vivir, aunque sea por un día, con alguien que no para de romper las pelotas.

11.2.09

En la tormenta

Con todo este fracaso, con todo este dolor, con todo este cúmulo de tragedias más o menos tradicionales pero con la curiosa e irrebatible peculiaridad de ser mías. Con este muestrario de barbaridades, decía, con este catálogo personal e intransferible de frustraciones, he construido algo hermoso. He sido capaz, aunque jamás me hubiera creído capaz, ha sido supervivencia tal vez, llamémoslo defensa propia, he podido sobreponerme, por decirlo de alguna forma, he podido transformar todo este abanico de hecatombes en una flor, una sonrisa, una canción.
Y he generado también, imagino que como parte de la construcción, de la reacción química descripta, como parte del proceso, una considerable cantidad de grasa. Tengo una panza.