30.6.08

Otra mudanza

Los muchachos del camión de mudanzas terminaron de cargar. Trabajaron toda la mañana, y hacía calor. Estaban exhaustos y fastidiosos. Demasiado atrás en el tiempo habían quedado las gaseosas y las medialunas que les compré para que desayunaran. Ya ni siquiera hacían esos incomprensibles chistes que consistían en empujarse con un cajón cargado de objetos, o lanzar un gemido gutural en un idioma todavía no inventado. Se limitaban a transpirar.
En el camión estaba todo, la heladera y los libros, la cama y los trajes, los platos, los cubiertos, la foto que nos sacamos con ella en Las Toninas y en donde parece que lo bueno puede durar para siempre, el conejito de goma que me vino en una lata de Nesquik, ya de grande, y que representa tal vez dónde quedan los sueños infantiles, la computadora indiferente, como si no supiera que guarda todo lo que pude exprimir de mi corazón y de mi mente, la reproducción del único Bacon que vi una vez en el Reina Sofía, la silla donde me senté a llorar y a reír, el vaso donde me serví ese whisky.
–Bueno, ¿cuál es la dirección? –Me dijo el que dirigía el operativo, el que no se había sacado la camisa, el que conducía el camión, el que fumaba.
Lo miré. Lo miré como si fuera un extraterrestre con cabeza de huevo y manos de tres dedos. Lo miré como si fuera un animal peligroso y famélico recién escapado del zoológico.
–La dirección, flaco –dio la última pitada y tiró la colilla contra el pavimento, con dos dedos, como en las películas. Hubo un fuego artificial en miniatura de un segundo de duración, hecho de chispitas naranjas– ¿Dónde vamos?
Me quedé mirándolo sin contestar, porque no sabía, porque yo sólo quería irme de ahí, ser otra persona, porque estaba tan cansado de ser yo mismo, porque no daba más.

27.6.08

Acerca de la escultura

El escultor utiliza su cincel, y es una maravilla. El escultor golpea, aquí y allá, y otra vez aquí, va quitando un velo hecho de la piedra más dura, ve algo hermoso, una forma que nadie más ve. El escultor se abre camino en la piedra, a fuerza de martillo, y la herramienta es tosca, pero el resultado sutil, y es justamente ahí donde reside la magia de su poder. Después de la rusticidad del golpe, aflora la más delicada de las obras.
Eso ocurre, así sucede, en las níveas alturas del arte. Para lograr resultados parecidos, en la fétida realidad, se utiliza dinero.

24.6.08

ay

Esta muela que me duele se parece a vos. Duele, para, deja un recuerdo de baja intensidad, vuelve a doler. Uno se acostumbra, se resigna, aprende a deambular ese vaivén. Es sencilla una cura, porque la medicina sabe administrar el olvido con agujas y frascos repletos de pastillas del más rutilante color.
Y esta muela que me duele se parece a vos, no hay manera de explicárselo a ningún doctor.

21.6.08

Testimonio

Son las nueve y veinte de la mañana, y el tránsito en la ciudad es el círculo que Dante no alcanzó a detallar, porque le tocaron bocina. A veces soy gracioso, no lo puedo evitar.
Hay ruido de caucho contra pavimento, hay odio de metal contra metal, hay gritos de gente que muere o cree que tiene derecho a avanzar, o las dos cosas al mismo tiempo, hay una fina llovizna que transforma el fastidio en una pasta que se adhiere y no se va nunca más, hay millones de almas presas y esperando que algún semáforo de la vida los guíe sobre adónde, sobre cómo, sobre a qué velocidad.
Y estamos todos juntos, apilados, llenos de espanto y de ganas de zafar, pero no hay cómo salir del tráfico, no hay cómo avanzar. Sólo se puede apretar el volante como aquellos cowboys de las pelis que mordían una lonja de cuero mientras algún colega les extirpaba una bala del cuerpo, a whisky y cuchillo y nada más.
El hombre del Fiat blanco, a mi derecha, abre la puerta, baja del auto, deja la puerta abierta apenas, avanza un paso o dos, mira hacia delante, haciendo visera con una mano, mientras, sin odio, sin violencia, cubierto por una sombrilla de resignación, se baja los pantalones, y se baja los calzoncillos. O no, lo estoy contando mal. Primero se ha subido de un salto, al capó de su automóvil, y desde allí, como desde una carabela, ha mirado tan adelante como ha podido, para luego, sí, bajarse los pantalones y los calzoncillos.
Se pone, entonces, en cuclillas, sobre el capó del auto. Y se pone, el hombre, con gesto reconcentrado, y el flequillo cayéndole sobre la frente, a cagar.
La maniobra no ha llevado en sí demasiado tiempo, un par de minutos, no creo que más. Y uno a uno, todos los conductores, los pasajeros de los colectivos, las mujeres en las esquinas, un Fox Terrier pelo duro encadenado a un poste de luz, no pueden dejar de mirar.
El hombre caga, y mientras caga opina, elabora su sinfonía más lograda, siente, tal vez, que ha logrado por fin encontrar el adecuado canal de expresión.
Completada la maniobra, el hombre da un salto y aterriza sobre el fatigado pavimento, enciende un cigarrillo, se sube los pantalones, y parte a paso vigoroso.

18.6.08

Entre nosotros

El perro viene hacia mí. Es una bola negra lanzada en velocidad. Chorrea baba hacia los costados, suficiente para llenar un balde. Muestra, en su enloquecida carrera, los dientes. Son demasiados dientes, amarillentos, cada uno del grosor de un dedo anular. El perro debe pesar sus buenos cincuenta kilos, o más, y se ha soltado, y corre, hacia mí. Alguien grita, alguien se aparta, alguien se toma la cabeza con ambas manos. Alguien sabe lo que va a ocurrir.
Mi cerebro, que suele funcionar a una velocidad respetable, no emite ninguna instrucción, ninguna señal. Me quedo quieto, de pie, sobre la vereda, esperando el impacto, la mordida, lo que sea que vaya a suceder.
El animal corre, más rápido, un poco más. Llega hasta mí. Y se detiene. En seco. Le cuesta frenar. Me mira, la baba se mezcla con el sudor. Se acuesta, y se cubre los ojos con sus patas delanteras, como quien solicita clemencia, alguna suerte de absolución, ser relevado de su castigo, o lisa y llana piedad por parte de un animal mucho más tremendo y feroz.

15.6.08

Canción de amor

El cantante escribe una canción que cuenta que lo dejaste. Es una triste, dulce, y hermosa canción. Una canción que nos acaricia el alma y nos recuerda que todos fuimos dejados, alguna vez. Una canción que nos transmite, atenuado por el poético filtro de la experiencia ajena, lo que se siente.
La canción, cosas que suceden, como la lluvia o el amor, es un éxito. La canción es genial, a todos les gusta la canción.
La canción hace que quieras volver con el cantante, que no puedas evitarlo, que adviertas que al irte estabas confundida, cometiste un error.
Así que escuchás la canción una vez más y decidís llamar al cantante, muy emocionada, y decirle que te equivocaste, al irte, que querés volver.
Ahora el cantante debe elegir entre la mujer que lo inspiró y la canción, entre el amor y el arte. El cantante duda si volver con la mujer, o escribir otra canción. El cantante se atormenta, el cantante no sabe qué hacer. El cantante, finalmente, elige suicidarse.
Mientras entierran al cantante la gente vuelve a escuchar la canción. Le encuentran, a la canción, nuevos significados. Les parece, la canción, todavía mejor. Vos estás mal, pensás hacer un viaje o un curso. Sin el cantante, tu vida no parece gran cosa, no se le ve magia ni color.
La pizza es napolitana, con ajo, y está buenísima. Me sirvo otra porción.

12.6.08

Esa cosa

Cuando se está enfermo, en un hospital, cuando se viaja, en avión, uno se ve transformado, por ningún arte de ninguna magia, en mercancía.
Esta situación no me ofende ni me intimida: el cuerpo, por circunstancias que no hacen a la cuestión, debe ser reparado, transportado, y eso lo despoja de cualquier atributo humano. Se ingresa en el gélido mundo de la ingeniería, de la medicina, de sus rigores. Es preciso entonces abandonar cualquier conducta emparentada con lo volitivo, y recostarse, en el mejor de los casos, en la suerte. Los paquetes, las cajas, suelen tener al menos la leyenda de ‘frágil’.

9.6.08

Boludos

Estos son los últimos que vi. Los últimos que me crucé. Y si bien aquello de ‘los boludos son como las hormigas’, se aplica, me parece útil agregar cierto trabajo estructurado, cierto rigor científico, cierta tipificación que pueda resultar de alguna ayuda, a pesar de encontrarme siempre limitado a la hora de combatir la toxicidad, los nocivos efectos.
*Está el boludo setter irlandés. Es el boludo eléctrico, el boludo epileptoide, el boludo agitado, con la lengua afuera, el boludo que mueve la cabeza en todas direcciones, como si en alguna parte estuviera sucediendo algo de relevancia. Patología muy femenina, también, muy de boluda.
*Está el boludo ketchup o boludo mostaza. Es un boludo que mancha, un boludo torpe, un boludo al que se le caen las cosas. Un boludo que te da la mano y uno percibe que en alguna parte de esa palma hay moco, o miel, o dw40.
*Está el boludo fluorescente. Es un boludo que brilla, que encandila un poco, al principio, un boludo que puede incluso usar un pañuelo en el bolsillo superior del saco, o el pelo prolijamente cepillado. Es un boludo que por lo general usa gel. Es un boludo que cree que un tatuaje, o un piercing, lograrán atenuar su boludez. En la versión femenina es la boluda que cree que un corte de pelo diferente la vuelve distinta, que tal vez peinándose de otra forma se diluya aunque sea por un ratito su tremenda carga bolúdica.
*Está el boludo críptico. También conocido como boludo crucigrama, o boludo sudoku (ex boludo cubo mágico). Es un boludo que se hace el profundo, que habla complicado, que para pedir que le alcances la sal te puede recitar una estrofa de un tema de Spinetta, o una frase atribuida a Jenofonte.
*Está el boludo a cuerda. Es el boludo al que le cuesta arrancar con su boludez. Es un boludo que necesita un voto de confianza previo. Es un boludo que precisa que alguien, la novia o un vendedor de camisas, le diga ‘dale’. Es un boludo que necesita que lo empujen, que lo animen.
*Está el boludo dolby. Es un boludo de lo más común, sin notas de color en exceso distintivas, pero habla muy fuerte. Sobre todo en lugares públicos. Sobre todo en bares y medios de transporte.
*Está el boludo espasmódico. Es un boludo que lucha, que no se decide. Es un boludo que es boludo por completo, hace una boludez, dice una boludez, y para. Piensa. Y vuelve a empezar, para invariablemente hacer o decir otra boludez, a la cual le ha pegado un par de vueltas. Y así.
*Está el boludo light o boludo bajas calorías. Es un boludo descafeinado, un boludo actimel, un boludo que va por la vida descubriendo nuevos yogures que lo hagan cagar como una avispa, es un boludo que come un queso port salut que parece una aleación plástico gomosa, es un boludo que toma bebidas de colores chillones, y deja una botellita al lado de la cama porque cuando cogés perdés muchas sales. A decir verdad, es más que nada una boluda.
*Está el boludo Ferrari o boludo con alerón. Es un boludo apurado, un boludo entusiasta. Es un boludo que va rápido. Es un boludo con personalidad, con iniciativa. Un boludo dispuesto a no frenar en las curvas de la vida. Es un boludo que se ríe mucho, un boludo que utiliza su carcajada estentórea como un cortinado detrás del cual esconderse.
*Está el boludo espejado. Es un boludo al que no le importa en lo más mínimo lo que te pase, es un boludo al que no le interesa para nada lo que le digas. Es un boludo esperando su oportunidad, y la oportunidad siempre llega, para hablar de él mismo, porque no hay nada más interesante para él, que él, sobre la faz de la tierra.
*Está el boludo épico. Es el boludo, la boluda, que cree que haber comprado medio kilo de queso cuartirolo, o haber pagado una factura de gas vencida, debe ser encuadrado bajo la categoría de epopeya. ‘¿Sabés lo que me pasó hoy? Cuando quería bajar del colectivo, llovía. ¡Y tuve que dar un saltito!’.

Acepten entonces este módico aporte para la categorización entomológica que, mucho me temo, no termina nunca.

6.6.08

Jugo de naranja, jugo de pomelo

Debo confesar, debo instruir, que cuando dos personas se juntan y formalizan, por decirlo de algún modo, aquello que ha sido denominado ‘una pareja’, no existe, bajo ningún aspecto, un plan conjunto, un plan de esa nueva entidad. Lo que sucede, a partir de un momento cero que nunca puede ser precisado con exactitud, lo que acontece, entonces, es un plan personal que se impone, de manera violenta o consentida, por sobre otro plan personal. A veces un plan personal es vencido por la sencilla prepotencia del otro plan personal, a veces un plan personal consiente porque ha perdido su identidad, su rumbo, lo que equivale a decir que ha perdido su plan personal, y al no tener plan, su plan es descansar en el plan personal del otro, hasta recuperarse, tomar aire, y recordar cuál era el propio plan para poder seguir.
Es precisamente esta pugna lo que da naturaleza al vínculo, lo que lo sostiene, primero, y lo aniquila, no mucho tiempo después, aunque en este caso la temporalidad no deba ser entendida de manera taxativa.
No se trata, entonces, de mezclar jugo de naranja con jugo de pomelo, para descubrir, con refrescante alegría, que ha nacido un nuevo y magnífico jugo. Se impondrá la naranja, o se impondrá el pomelo. Pero no hay que confundirse ante una aparente linealidad de roles. Si triunfa la naranja, es claro que el pomelo de alguna forma sufre, se pregunta qué hace allí. Pero la naranja, una vez impuesta su voluntad, también advierte que tras haberse impuesto, superada la satisfacción primera, se incomoda. Para seguir siendo naranja, si de eso se trataba, ¿entonces cuál fue la función del pomelo? Si era naranja desde el principio, y observa, ahora, que es naranja al fin, entonces se ha equivocado, cree la naranja, a la hora de elegir el jugo compañero de mezcla.
La voluntad que se impone, en resumen, y la voluntad vencida, quedan presas de un extenuante fastidio.
Y descubren que lo interesante ha sido imaginar el jugo, buscar la fruta que nos mejore, aunque eso implique tomar un cuchillo, cortar al medio, apretar, en definitiva, destruir.

3.6.08

Sin recreo

en el subte
los muertos caminan.
eternamente pobres.
llevando sus propias lápidas
bajo el brazo,
en busca de un futuro imperfecto
que sólo existe en sus imaginaciones
post mortem.

sin embargo, y contra todo pronóstico,
puede observarse cómo algunos luchan
por un asiento.
temo que sea verdad. que todo canse.

30.5.08

Señor inventor del maní con chocolate

Señor inventor del maní con chocolate:
¡Señor! Deseo manifestarle por este medio mi más profunda admiración y respeto. Usted ha logrado, de manera única, genial, e irrepetible, conjugar lo mejor de lo salado con lo mejor de lo dulce, llevando el concepto de sabor a un nuevo pedestal. Usted demuestra en su genialidad, como al pasar, la existencia de un maravilloso mundo plagado de exquisitas posibilidades, ahí nomás, con sólo atreverse a estirar un poquito la mano del talento. Usted es digno merecedor, por su creación, del premio Nobel de la paz, o del Pulitzer, o del Oscar. Usted, además de regalarle alegría a quién sabe cuántos millones de personas por quién sabe cuánto tiempo, es fuente de inspiración al evidenciar que la magia está hecha de sencillos componentes, y es por eso, por la potencia creadora que allí subyace, por lo que fomenta, por demostrar que un mundo mejor es posible y vale la pena intentarlo, que cualquier homenaje hacia su persona siempre pecará de insignificante.
Sin ir más lejos, el otro día, yo mismo probé mezclar dulce de leche con sal gruesa. Los resultados no fueron satisfactorios, pero no me desanimo.

27.5.08

¿Por qué a mí?

Si te pinto un Van Gogh, me dirás que esos colores chillones no hacen juego con el empapelado que pusiste en el living.
Si te compongo una sinfonía de Beethoven, me dirás que todo ese bochinche te distrae y no te deja cortar las uñas tranquila.
Si te escribo una novela de Faulkner, me dirás que es ridículo que a alguien se le ocurra ponerle a un condado el nombre de Yoknapatawpha.
Si te doy una patada en el culo, con todas mis fuerzas, me dirás que te olvidaste, que no te diste cuenta, y bajarás a comprar queso rallado a una velocidad inaudita. Y en la fiambrería, al cruzarte con una vecina, le dirás que estás viviendo con un bruto, que tuviste mala suerte en la vida.

24.5.08

Fracasing

Tengo una buena noticia, y una mala. La buena es que fracasaste. La mala es que todavía no lo sabés.
Tengo una buena noticia, y una mala. La buena es que fracasaste. La mala es que no lo entendés.
Tengo una buena noticia, y una mala. La buena es que fracasaste. La mala es que insistís en cambiar de vida, como si se tratara de un electrodoméstico defectuoso que todavía se encuentra dentro del período de garantía.

21.5.08

Sanador

Existe una técnica de sanación, una técnica curativa, no tradicional por cierto, basada tal vez en las profundidades de la fe y en el poder de quien la ejerce, llamada, la técnica, ‘imposición de manos’.
Créase o no, porque está permitido dudar, porque están quienes la consideran a la altura de cualquier otra superchería, existen numerosos casos en la historia de sujetos, individuos con ese poder, esa capacidad, la cual, una vez llevada adelante alguna suerte de contrastación empírica y corrida la voz, transformaba al sujeto practicante, lo elevaba a la categoría de semidios.
Entonces el sujeto pierde el control de su reputación, la misma se derrama como un bendito líquido y los enfermos, los que sufren, acuden a él en busca de alguna esperanza, de algún alivio.
Lo que te haya contrariado, tal vez, lo que te haya provocado cierto resquemor, es que la dolencia que te aqueja se encuentra ubicada en las honduras de tu mente, en tu cabeza. Y yo he comenzado, sin dilaciones, el trabajo, la cura, la imposición de manos, por tu culo.

18.5.08

Certezas

Mónica termina su café, enciende un cigarrillo con un gesto algo teatral, algo estudiado, da una pitada larga que parece satisfacer los más recónditos recovecos de sus pulmones, y dice:
Lo que pasa es que me gusta demasiado el sexo los hombres creen que pueden colmar mis apetitos con un poco de rústicos movimientos de sus fatigados pitos y eso no es suficiente pareciera que nunca han tenido una vida sexual satisfactoria que no han aprendido nada que no les han enseñado y eso es algo que me deja perpleja y también les molesta una mujer que piensa porque los hombres quieren hacer alguna boludez como por ejemplo el fuego hay que prepararlo con tiempo para que no se arruine el asado y quieren que una sonría con la boca abierta como si el tipo fuera Liam Gallagher en su mejor momento pero basta que una les tire al carajo un argumento para que entren en pánico porque si una mina piensa entonces no va a alcanzar con que repitan las dos boludeces de siempre que se acuerdan de memoria y encima no soportan que una sea independiente que una se pueda comprar su ropa sin ayuda y que una no tenga la obligación de volverse un caniche mendicante que espera con la lengua afuera que el salame de turno se digne meter la mano en el bolsillo y no hay sonrisa más obscena que la de un hombre cuando te mira mientras saca la billetera como si fuera la madre de todas las pijas y una no fuera capaz de lavarse los dientes sin la magnanimidad del imbécil que de manera asquerosa y condescendiente nos paga el café más aburrido del mundo mientras se cree Mickey Rourke en nueve semanas y media antes que las cirugías lo dejaran con la cara como un kilo trescientos de carne picada que se te acaba de caer al piso.
–Puede que tengas algo de razón, Mónica –dije–. Pero hablás mucho.

15.5.08

Preguntas, respuestas

Voy a la Avenida Alvear. Entro a Ermenegildo Zegna. Compro un traje, una camisa, una corbata, zapatos, medias, cinturón. No pregunten el precio, olvídense del precio. Es ropa elegante, de la mejor.
Salgo así vestido y voy a una carnicería de mi barrio. La carnicería se llama ‘El Toro Willy’, así se llama. Compro, después de algunas discusiones, media res. Pido que me coloquen la media res sobre los hombros, sobre el traje recién comprado.
Salgo a caminar, entonces, cargando la media res. Algunas personas ríen, otras se sorprenden, otras me preguntan si estoy siendo filmado, si lo que estoy haciendo es para algún programa de televisión.
Motivado por el alboroto, un agente de policía que suele estar apostado en la puerta de una farmacia, se me acerca. Me pregunta qué estoy haciendo. Me pregunta si me siento bien. Me pregunta si necesito ayuda.
Me olvidé de decir que el traje es blanco. Me olvidé de decir que la carne, por el movimiento, por la diferencia de temperatura en relación con la cámara frigorífica donde descansaba, está comenzando a soltar algunos jugos.
Miro al policía y le respondo que no necesito ayuda, que no me siento bien, y que no tengo la más mínima idea de lo que estoy haciendo.
Después, con una complicada maniobra, consigo rascarme la nariz.

12.5.08

La mesa de al lado

Yo no sé qué pasa últimamente, pero no importa dónde vaya, dónde me siente, alguien se sienta en la mesa de al lado. Y ese alguien que se sienta en la mesa de al lado, siempre hace algo que me molesta. Habla, o me mira, o respira de una manera incorrecta, de una manera inadecuada.
Y es ese alguien, sentado siempre en la mesa de al lado, el que me arruina el mágico momento de estar sentado mirando por la ventana.
Así que después de pensar el tema con inusual rigor, encontré un curso de acción a seguir. Cuando entro a un bar, en lugar de escoger azarosamente una mesa para mí, me concentro, pongo mis mayores esfuerzos en detectar cuál será la mesa de al lado.
Entonces me siento en la mesa original, la mesa que hubiera elegido para mí. Viene el mozo y pido algo, cualquier cosa, lo de siempre, lo habitual según el caso. El mozo toma el pedido con su costra de indiferencia rayana en el desprecio, y cuando está por irse, lo detengo.
–Y traiga también un licuado de banana con leche y un tostado de jamón y queso, para la mesa de al lado –y señalo la mesa donde quiero la última parte del pedido, la mesa de al lado.
El mozo, acostumbrado a ver la locura en estado puro: hombres que llevan en el maletín un hámster y comparten con el bicho una porción de torta de ricota, mujeres que roban sobrecitos de azúcar y van al baño a espolvorearse con azúcar el escote, escribanos que sueñan con ser putas y putas que sueñan con ser escribanos, esas cosas, el mozo, entonces, obedece con un encogimiento de hombros.
Pero la cosa se pone peor. Porque descubro que en la mesa de al lado alguien ha pedido, al rato, cuando miro, cuando presto atención, exquisitos manjares y por alguna razón no los prueba, no se mueve, permanece en silencio, oculto, observándome, estudiándome, y yo ni siquiera consigo imaginar su rostro, mientras el sujeto se divierte al ver que me fastidia sin que yo pueda hacer nada para evitarlo.

9.5.08

Séptimo B

La otra noche, al edificio donde vivo, por decirlo de alguna forma, vino la policía. No cualquier policía, según me informa el portero sin que le pregunte, porque no hay absolutamente nada para preguntarle a un portero, porque cualquier pregunta que se le haga a un portero es retórica. Ejemplo 1: ¿Llueve? No hay más que dar cinco o siete pasos, o mirar a través del vidrio. Ejemplo 2: ¿Ganó Boca? El partido fue ayer. Fin de los ejemplos.
No cualquier policía, dijo el portero, sino una brigada especial. Se llevaron detenido al vecino del séptimo B. Esta mañana, en los diarios, está la foto, tres cuartos de perfil, del vecino del séptimo B. El título de la noticia, en un diario, es ‘atraparon al asesino de la nariz roja’. La nota explica que fue finalmente atrapado, merced a un trabajo de inteligencia policial, si la contradicción es admisible, un asesino serial. El asesino iba por su víctima número veintisiete. Mataba mujeres, de cualquier edad. No las violaba, ni las mutilaba. Antes de huir, les colocaba sobre la nariz, una nariz roja, de payaso, con su correspondiente bandita elástica.
El asesino de la nariz roja estrangulaba a sus víctimas. También era conocido como ‘el payaso asesino’. Era el hombre más buscado por la policía.
El asesino se niega a declarar el porqué, los motivos de sus acciones. Sigo el caso por televisión.
Lo insondable, las honduras de la mente humana, sus vericuetos que nadie sabrá jamás dónde conducen.
Recuerdo que el hombre estaba de traje, por lo general, sin corbata, y prolijamente peinado con raya al costado. Los domingos a la mañana, cuando yo suelo ir a comprar el diario, lo veía temprano, muy tranquilo, paseando su perro. Un perro salchicha, simpático en su andar, que se llama Wilbur.
También recuerdo que fue una de las pocas personas, sino el único vecino, con el que tuve un interesante intercambio de palabras, lo más parecido a una conversación, respetuosa y plagada de ingenio, mientras aguardábamos el ascensor.

6.5.08

Permiso para perder

Quiero que sepas que estoy mucho más orgulloso de todo aquello que me salió mal, que de todo lo que me haya salido bien.
Quiero que sepas que respeto el odio cosechado, mucho más que el amor.
Quiero que sepas que el estado de deseo es más luminoso que el estado de satisfacción.
Quiero que sepas que la carencia, el fracaso, la frustración, son el más magnífico de los motores.
Y si tuviera que elegir tu aguachenta felicidad a base de módicos y tradicionales logros, hecha de melancólicas vueltas en calesitas prestadas, entonces, prefiero revolcarme como un rinoceronte en el barro de todo lo que no me sucederá jamás.

3.5.08

Antídoto

canillas que gotean.
encendedores que no encienden.
medias agujereadas.
ascensores desobedientes.
semáforos amarillos de tanta nicotina.
vecinos y peatones,
caras sin una sola expresión.
perros que renguean
para siempre perdidos
mientras sueñan con un paraíso
donde las nubes son churrascos.

mañanas en las que vislumbro
el soberano poder de tu sonrisa.