30.5.08

Señor inventor del maní con chocolate

Señor inventor del maní con chocolate:
¡Señor! Deseo manifestarle por este medio mi más profunda admiración y respeto. Usted ha logrado, de manera única, genial, e irrepetible, conjugar lo mejor de lo salado con lo mejor de lo dulce, llevando el concepto de sabor a un nuevo pedestal. Usted demuestra en su genialidad, como al pasar, la existencia de un maravilloso mundo plagado de exquisitas posibilidades, ahí nomás, con sólo atreverse a estirar un poquito la mano del talento. Usted es digno merecedor, por su creación, del premio Nobel de la paz, o del Pulitzer, o del Oscar. Usted, además de regalarle alegría a quién sabe cuántos millones de personas por quién sabe cuánto tiempo, es fuente de inspiración al evidenciar que la magia está hecha de sencillos componentes, y es por eso, por la potencia creadora que allí subyace, por lo que fomenta, por demostrar que un mundo mejor es posible y vale la pena intentarlo, que cualquier homenaje hacia su persona siempre pecará de insignificante.
Sin ir más lejos, el otro día, yo mismo probé mezclar dulce de leche con sal gruesa. Los resultados no fueron satisfactorios, pero no me desanimo.

27.5.08

¿Por qué a mí?

Si te pinto un Van Gogh, me dirás que esos colores chillones no hacen juego con el empapelado que pusiste en el living.
Si te compongo una sinfonía de Beethoven, me dirás que todo ese bochinche te distrae y no te deja cortar las uñas tranquila.
Si te escribo una novela de Faulkner, me dirás que es ridículo que a alguien se le ocurra ponerle a un condado el nombre de Yoknapatawpha.
Si te doy una patada en el culo, con todas mis fuerzas, me dirás que te olvidaste, que no te diste cuenta, y bajarás a comprar queso rallado a una velocidad inaudita. Y en la fiambrería, al cruzarte con una vecina, le dirás que estás viviendo con un bruto, que tuviste mala suerte en la vida.

24.5.08

Fracasing

Tengo una buena noticia, y una mala. La buena es que fracasaste. La mala es que todavía no lo sabés.
Tengo una buena noticia, y una mala. La buena es que fracasaste. La mala es que no lo entendés.
Tengo una buena noticia, y una mala. La buena es que fracasaste. La mala es que insistís en cambiar de vida, como si se tratara de un electrodoméstico defectuoso que todavía se encuentra dentro del período de garantía.

21.5.08

Sanador

Existe una técnica de sanación, una técnica curativa, no tradicional por cierto, basada tal vez en las profundidades de la fe y en el poder de quien la ejerce, llamada, la técnica, ‘imposición de manos’.
Créase o no, porque está permitido dudar, porque están quienes la consideran a la altura de cualquier otra superchería, existen numerosos casos en la historia de sujetos, individuos con ese poder, esa capacidad, la cual, una vez llevada adelante alguna suerte de contrastación empírica y corrida la voz, transformaba al sujeto practicante, lo elevaba a la categoría de semidios.
Entonces el sujeto pierde el control de su reputación, la misma se derrama como un bendito líquido y los enfermos, los que sufren, acuden a él en busca de alguna esperanza, de algún alivio.
Lo que te haya contrariado, tal vez, lo que te haya provocado cierto resquemor, es que la dolencia que te aqueja se encuentra ubicada en las honduras de tu mente, en tu cabeza. Y yo he comenzado, sin dilaciones, el trabajo, la cura, la imposición de manos, por tu culo.

18.5.08

Certezas

Mónica termina su café, enciende un cigarrillo con un gesto algo teatral, algo estudiado, da una pitada larga que parece satisfacer los más recónditos recovecos de sus pulmones, y dice:
Lo que pasa es que me gusta demasiado el sexo los hombres creen que pueden colmar mis apetitos con un poco de rústicos movimientos de sus fatigados pitos y eso no es suficiente pareciera que nunca han tenido una vida sexual satisfactoria que no han aprendido nada que no les han enseñado y eso es algo que me deja perpleja y también les molesta una mujer que piensa porque los hombres quieren hacer alguna boludez como por ejemplo el fuego hay que prepararlo con tiempo para que no se arruine el asado y quieren que una sonría con la boca abierta como si el tipo fuera Liam Gallagher en su mejor momento pero basta que una les tire al carajo un argumento para que entren en pánico porque si una mina piensa entonces no va a alcanzar con que repitan las dos boludeces de siempre que se acuerdan de memoria y encima no soportan que una sea independiente que una se pueda comprar su ropa sin ayuda y que una no tenga la obligación de volverse un caniche mendicante que espera con la lengua afuera que el salame de turno se digne meter la mano en el bolsillo y no hay sonrisa más obscena que la de un hombre cuando te mira mientras saca la billetera como si fuera la madre de todas las pijas y una no fuera capaz de lavarse los dientes sin la magnanimidad del imbécil que de manera asquerosa y condescendiente nos paga el café más aburrido del mundo mientras se cree Mickey Rourke en nueve semanas y media antes que las cirugías lo dejaran con la cara como un kilo trescientos de carne picada que se te acaba de caer al piso.
–Puede que tengas algo de razón, Mónica –dije–. Pero hablás mucho.

15.5.08

Preguntas, respuestas

Voy a la Avenida Alvear. Entro a Ermenegildo Zegna. Compro un traje, una camisa, una corbata, zapatos, medias, cinturón. No pregunten el precio, olvídense del precio. Es ropa elegante, de la mejor.
Salgo así vestido y voy a una carnicería de mi barrio. La carnicería se llama ‘El Toro Willy’, así se llama. Compro, después de algunas discusiones, media res. Pido que me coloquen la media res sobre los hombros, sobre el traje recién comprado.
Salgo a caminar, entonces, cargando la media res. Algunas personas ríen, otras se sorprenden, otras me preguntan si estoy siendo filmado, si lo que estoy haciendo es para algún programa de televisión.
Motivado por el alboroto, un agente de policía que suele estar apostado en la puerta de una farmacia, se me acerca. Me pregunta qué estoy haciendo. Me pregunta si me siento bien. Me pregunta si necesito ayuda.
Me olvidé de decir que el traje es blanco. Me olvidé de decir que la carne, por el movimiento, por la diferencia de temperatura en relación con la cámara frigorífica donde descansaba, está comenzando a soltar algunos jugos.
Miro al policía y le respondo que no necesito ayuda, que no me siento bien, y que no tengo la más mínima idea de lo que estoy haciendo.
Después, con una complicada maniobra, consigo rascarme la nariz.

12.5.08

La mesa de al lado

Yo no sé qué pasa últimamente, pero no importa dónde vaya, dónde me siente, alguien se sienta en la mesa de al lado. Y ese alguien que se sienta en la mesa de al lado, siempre hace algo que me molesta. Habla, o me mira, o respira de una manera incorrecta, de una manera inadecuada.
Y es ese alguien, sentado siempre en la mesa de al lado, el que me arruina el mágico momento de estar sentado mirando por la ventana.
Así que después de pensar el tema con inusual rigor, encontré un curso de acción a seguir. Cuando entro a un bar, en lugar de escoger azarosamente una mesa para mí, me concentro, pongo mis mayores esfuerzos en detectar cuál será la mesa de al lado.
Entonces me siento en la mesa original, la mesa que hubiera elegido para mí. Viene el mozo y pido algo, cualquier cosa, lo de siempre, lo habitual según el caso. El mozo toma el pedido con su costra de indiferencia rayana en el desprecio, y cuando está por irse, lo detengo.
–Y traiga también un licuado de banana con leche y un tostado de jamón y queso, para la mesa de al lado –y señalo la mesa donde quiero la última parte del pedido, la mesa de al lado.
El mozo, acostumbrado a ver la locura en estado puro: hombres que llevan en el maletín un hámster y comparten con el bicho una porción de torta de ricota, mujeres que roban sobrecitos de azúcar y van al baño a espolvorearse con azúcar el escote, escribanos que sueñan con ser putas y putas que sueñan con ser escribanos, esas cosas, el mozo, entonces, obedece con un encogimiento de hombros.
Pero la cosa se pone peor. Porque descubro que en la mesa de al lado alguien ha pedido, al rato, cuando miro, cuando presto atención, exquisitos manjares y por alguna razón no los prueba, no se mueve, permanece en silencio, oculto, observándome, estudiándome, y yo ni siquiera consigo imaginar su rostro, mientras el sujeto se divierte al ver que me fastidia sin que yo pueda hacer nada para evitarlo.

9.5.08

Séptimo B

La otra noche, al edificio donde vivo, por decirlo de alguna forma, vino la policía. No cualquier policía, según me informa el portero sin que le pregunte, porque no hay absolutamente nada para preguntarle a un portero, porque cualquier pregunta que se le haga a un portero es retórica. Ejemplo 1: ¿Llueve? No hay más que dar cinco o siete pasos, o mirar a través del vidrio. Ejemplo 2: ¿Ganó Boca? El partido fue ayer. Fin de los ejemplos.
No cualquier policía, dijo el portero, sino una brigada especial. Se llevaron detenido al vecino del séptimo B. Esta mañana, en los diarios, está la foto, tres cuartos de perfil, del vecino del séptimo B. El título de la noticia, en un diario, es ‘atraparon al asesino de la nariz roja’. La nota explica que fue finalmente atrapado, merced a un trabajo de inteligencia policial, si la contradicción es admisible, un asesino serial. El asesino iba por su víctima número veintisiete. Mataba mujeres, de cualquier edad. No las violaba, ni las mutilaba. Antes de huir, les colocaba sobre la nariz, una nariz roja, de payaso, con su correspondiente bandita elástica.
El asesino de la nariz roja estrangulaba a sus víctimas. También era conocido como ‘el payaso asesino’. Era el hombre más buscado por la policía.
El asesino se niega a declarar el porqué, los motivos de sus acciones. Sigo el caso por televisión.
Lo insondable, las honduras de la mente humana, sus vericuetos que nadie sabrá jamás dónde conducen.
Recuerdo que el hombre estaba de traje, por lo general, sin corbata, y prolijamente peinado con raya al costado. Los domingos a la mañana, cuando yo suelo ir a comprar el diario, lo veía temprano, muy tranquilo, paseando su perro. Un perro salchicha, simpático en su andar, que se llama Wilbur.
También recuerdo que fue una de las pocas personas, sino el único vecino, con el que tuve un interesante intercambio de palabras, lo más parecido a una conversación, respetuosa y plagada de ingenio, mientras aguardábamos el ascensor.

6.5.08

Permiso para perder

Quiero que sepas que estoy mucho más orgulloso de todo aquello que me salió mal, que de todo lo que me haya salido bien.
Quiero que sepas que respeto el odio cosechado, mucho más que el amor.
Quiero que sepas que el estado de deseo es más luminoso que el estado de satisfacción.
Quiero que sepas que la carencia, el fracaso, la frustración, son el más magnífico de los motores.
Y si tuviera que elegir tu aguachenta felicidad a base de módicos y tradicionales logros, hecha de melancólicas vueltas en calesitas prestadas, entonces, prefiero revolcarme como un rinoceronte en el barro de todo lo que no me sucederá jamás.

3.5.08

Antídoto

canillas que gotean.
encendedores que no encienden.
medias agujereadas.
ascensores desobedientes.
semáforos amarillos de tanta nicotina.
vecinos y peatones,
caras sin una sola expresión.
perros que renguean
para siempre perdidos
mientras sueñan con un paraíso
donde las nubes son churrascos.

mañanas en las que vislumbro
el soberano poder de tu sonrisa.

30.4.08

53 a 1

La mujer habla en voz alta, sino sería un monólogo interior, de sus últimas y porqué no recientes vacaciones. Habla de playas de arena blanca y mares de un verde esmeralda, donde los tiburones están dispuestos a entonar temas de Frank Sinatra si uno se digna a rascarles las aletas. Habla de puestas de sol donde la gente se emociona sin motivo aparente, sólo porque la belleza incita a emocionarse, a recordar la maestra de la primaria que te acarició la cabeza, esas cosas. Habla de tragos que son servidos en cáscaras de coco o ananá, y el sabor del azúcar en los labios mientras uno juguetea con simpáticas sombrillitas en miniatura que sirven para mezclar los hielos.
La mujer está orgullosa de sus vacaciones. Entonces hace una pausa y comienza a llorar. Las lágrimas bajan por sus mejillas como pequeños animales resbaladizos. Llora y se angustia, y se tira del pelo, y vuelve a sollozar. Porque recuerda su semana de vacaciones, y no sabe cómo hará para continuar con todo lo demás.

27.4.08

Prohibido explicar

–Te quiero.
–¿Por?
–Porque te quiero, porque me gustás.
–Es muy genérico. Tiene que haber algún porqué, alguna especificidad.
–Me gusta tu forma de ser, me hacés reír.
–Eso es por la novedad, no es una cualidad duradera.
–Me atraés físicamente.
–Eso se agota aún con mayor velocidad. Con la convivencia, por ejemplo.
–Te necesito.
–No sirve, es inseguridad.
–Sos buena compañía.
–Suena limitado, lo mismo podría decirse de una mascota, de un perro, de un animal.
–Siento que somos el uno para el otro, que el destino nos puso en un mismo camino para que nos cruzáramos, que nos completamos, que para cada uno de nosotros el otro encaja de manera ideal.
–No seas fatalista. Si así fuera, ¿dónde queda la voluntad?
Se hace una pausa. Un silencio. El ruido de los autos pugnando por llegar a alguna parte, más allá del ventanal.
–No sé, tal vez tengas razón. Quizás no te quiero.
–Por un momento pensé que eras la persona perfecta para mí, qué lástima.

24.4.08

Última pizza

Volví al barrio donde había nacido. Volví al bar, al viejo bar, modificado por algún decorador imbécil, de esos que creen que la luz dicroica es sinónimo de progreso. Cuanto más luz, más progreso.
Llamé al mozo y le pedí que me trajera una pizza, grande, de muzzarella, doble queso, y cerveza de tres cuartos, y una porción de fainá.
Tardó un poco. Aproveché para mirar por la ventana, casi seguro que, de un momento a otro, me vería pasar con mi frente demasiado amplia y la preocupación que sólo se puede tener en la adolescencia. La preocupación de no encontrar el motivo específico de preocupación y aún así saber que algo importante se está escapando de las propias manos. Intuición de la fugacidad, llámenlo como quieran.
Llegó la pizza, brillante y caliente, como un sol.
Levanté la pizza con ambas palmas, despegándola del plato de madera con cuidado, el queso quemaba y chorreaba y volvía a quemar.
Entonces, con un diestro movimiento jamás ensayado, hice girar, un rápido medio giro, un instante, la pizza, en el aire, dando vuelta a través de un imaginario eje vertical, para que el piso de la pizza, por decirlo de alguna forma, quede apuntando al techo del bar, y el techo de la pizza, la parte cubierta, quede mirando al piso. Y me la planté en la cabeza. Caía el queso, quemaba de verdad. Y yo, con las manos ya libres, hice presión desde los costados de la pizza, contra mi cabeza, como si fuera una capucha y al cabo de la maniobra yo mismo fuera a emerger del otro lado.
Me quedé así, refugiado bajo la pizza, sin gritar, sin pensamientos. Porque sabía que no iba a volver al barrio donde había nacido nunca más. Y me quería llevar la adolescencia, la magia, todo lo que valiera la pena recordar.

21.4.08

Psicotécnico

–No tengo título universitario –dijo la chica–, desconozco los rudimentos de la computación, tal vez pueda pronunciar unas dos palabras en inglés. A duras penas he logrado terminar la secundaria. Pero me encuentro en condiciones de pegarles una chupada de garompa a ustedes dos, que se les van a parar los pelos de las cejas. No sé si quieren traer a alguien más para que también participe o saque fotos.
–Yo creo, Licenciado Aldazaga –dijo el Licenciado Arizmendi–, que en determinadas situaciones el test psicotécnico es una herramienta algo limitada, que no nos permite adentrarnos en las honduras conductuales de un aspirante a un puesto de trabajo.
–Ni conocer sus potencialidades –dijo el Licenciado Aldazaga, y se incorporó para entornar la puerta.

18.4.08

El especialista

Lo normal es descubrir, salvo magníficas excepciones, gente con la vocación del tamaño de un tractor, o gente con talentos no tradicionales como el ajedrez o el violín, lo normal es descubrir, entonces, a los treinta años, cuando se cumplen treinta años, por poner un número, meses más, meses menos, se descubre con sorpresa, con estupor, con asombro, con una tristeza que parece brotar de una baldosa que uno es incapaz de recordar haber pisado, se descubre que uno jamás será lo que quiso ser, que el sueño infantil, cualquiera sea, ha estallado como un frasco de mermelada contra el pavimento y ya está, uno se queda mirando el enchastre del hecho consumado.
Tal vez me explayé en exceso. Tal vez hice abuso de detalle. Sucede que lo mismo me ha pasado a mí, a los once años. Es un dolor y uno consigue acostumbrarse, como a cualquier otro dolor.
No dejes que te mate de un susto tu propio fracaso.

15.4.08

Xorg de Xiburg

Domingo. Cinco de la tarde. Frío. Una llovizna de esas disimuladas, esa llovizna que mira para otro lado, que se hace la desentendida, pero en un momento te das cuenta que tenés empapado hasta los calzoncillos, te das cuenta que no te vas a secar jamás.
El bar está repleto de gente del barrio, boludos tradicionales, sin pretensiones, el fracaso hecho una fina costra sobre la epidermis. El fútbol como coagulante, como nexo, como aglutinador que permite olvidar por un par de horas la propia vida y que mañana es lunes. El gallego puso un televisor nuevo, de pantalla grande, y cobra un peso más el café, un trato justo. Hay una nube hecha de un humo denso; aquí a nadie le importa si la nicotina mata, porque la tristeza mata mucho más.
Cada uno se ha sentado como ha podido, donde ha podido, y ya no hay grupos definidos, sino una masa amorfa, noventa y cinco por ciento masculina, con calvas relucientes y pelambres pringosas y dedos en la nariz y eructos reverberantes, con los cuellos estirados y la vista fija en el televisor como un imán de todas nuestras desesperaciones.
Es el entretiempo. La lluvia golpea contra el ventanal, y dan ganas de quedarse ahí adentro, matando la tarde aunque Boca pierda uno a cero, empapado de lugares comunes y frases hechas y puteadas y quejas existenciales demasiado existenciales para prestarles atención.
Alguien aprovecha para ir al baño. Alguien pide dos cervezas más. Alguien tira un platito de maníes y estaremos sintiendo el cricrí de los maníes debajo de nuestras suelas hasta que salgamos a la calle otra vez, a la lluvia otra vez, al lunes implacable que no tiene apuro y se relame, otra vez.
–No se puede jugar sin enganche.
–Van para atrás, están peleados con el técnico, por eso van para atrás.
–Pedime otro café, Laucha.
–Qué ganas de coger que tengo, por favor.
Se abre la puerta. Alguien va a comprar cigarrillos. Se abre la puerta. Alguien entra.
–Señores, buenas tardes, soy Xorg de Xiburg.
Alguien levanta la vista. Es un pibe delgado, parece que se va a doblar. Usa jeans que le quedan largos y los tiene doblados de manera irregular, para no arrastrarlos, va muy abrigado, con un pulóver de cuello alto, un pulóver de lana muy gruesa, de esos que ya casi no se ven en la ciudad.
Por encima del cuello del pulóver asoma su cabeza, semejante a una lámpara gigante. El cráneo rasurado parece verde, juraría que es verde, pero puede ser el efecto de la luz. El cráneo está surcado por demasiadas venas, en relieve, venas que parecen presas de una extraña movilidad, como si regurgitaran bajo la piel.
Tiene puestos lentes sin marco, detrás de los cuales pueden verse sus pupilas dilatadas, de un verde casi fosforescente, y el hecho de no verlo parpadear, ni una sola vez, aumenta el efecto, la extrañeza que produce su rostro.
Alguien lanza una carcajada, desde el fondo. Se oye el ruido de un vaso roto.
El pibe permanece de pie, contrariado, carraspea y se rasca la nariz, que es un puntito apenas, una nariz de perro pekinés. Es un momento, un fulgor, no más, pero por debajo de la manga del pulóver he visto una mano, también verde, una mano que no puede ser humana, una mano como no he visto jamás.
–¡Señores, por favor! ¡Vengo de una galaxia lejana, con la intención de…!
–¡Sentate, cara de aceituna!
–No te pongas verde, triste, que ahora lo damos vuelta. Este partido no se pierde.
–¡Gallego, te pedí dos cervezas hace media hora!
–¡Ahí salen, ahí empieza! ¿Cambiaron a Ríspoli? Ríspoli es un muerto, no puede jugar a nada.
–Sentate, pibe, tenés mal color. Capaz que te bajó la presión –un gordo abre un sobrecito de azúcar, alguien ha tirado del brazo de Xorg, dejándolo sentado en un banquito libre, algo bajo, sin respaldo. El gordo le acerca el sobrecito de azúcar y se lo echa en la boca entreabierta.
–Es la presión, pibe, es la humedad. Esto te levanta enseguida.
–¡Vamos Boquita, carajo!
–Che, se está lloviendo todo.
–Dame un faso.
Xorg está sentado con la espalda muy recta, las manos sobre las rodillas, la mirada más fosforescente que nunca.
–¿Cómo van? –pregunta.

*Hace muchos años leí un cuento, un cuento de Fontanarrosa que me gustó mucho, con esta idea. Lo que quiere decir que la idea ya la tuvo alguien, el cuento ya fue escrito. Pero no pude evitarlo, no pude evitar escribir estas líneas, y no hace daño a nadie. Se olvidan de inmediato, sin esfuerzo, y cada uno puede seguir con lo suyo. Ustedes me van a saber disculpar.

12.4.08

Será un placer

La mujer ya está desnuda, sobre la cama, recostada, o de pie. Ya ha sucedido, ha tenido lugar, lo que podríamos llamar ‘la fase previa’. La fase de calentamiento. La mujer está lúbrica, las pupilas algo dilatadas, con la respiración no agitada, pero la frecuencia de la misma algo por encima de lo normal. Su estado es de predisposición para la práctica amatoria, para la cópula, para fornicar.
Entonces usted debe decir ‘vamos a hacer algo’. O ‘tengo ganas de hacer algo’. O ‘quiero que hagas algo’. Alguna variante por el estilo, algo acorde con su forma de expresarse, con su personalidad.
La mujer, en su estado de predisposición previamente descripto, asentirá. Un leve gesto de cabeza, de afirmación, esperando que usted solicite lo que la mujer, ya ducha en las lides del amor, sabe que le solicitarán, porque le fue solicitado ya demasiadas veces como para sentirse sorprendida. Son prácticas más o menos habituales, concesiones, si se me permite el término, que un participante hace para el placer del otro, en busca de la propia satisfacción, de la propia recompensa, y el placer del otro se amalgama con el propio placer, a veces pasa, y cuando pasa es todavía mejor.
Es entonces cuando usted, desnudo también, debe ir a la cocina, abrir la heladera, y volver con un pedazo de dulce de membrillo, de un kilogramo de peso, comprado previamente.
–Frotate con el dulce –debe usted decir. Es una solicitud y una orden.
La mujer, entonces, se sorprenderá. Esto es algo, se lo aseguro, que no le fue solicitado previamente. La mujer, por su estado de predisposición, por su curiosidad natural, accederá. Tibiamente, primero, con algunas dudas. Usted debe indicarle que haga los movimientos que haría si se estuviera bañando, sólo que el pan de jabón ha sido reemplazado por el dulce de membrillo. Debe usted pedirle que se concentre, particularmente, en frotarse las partes: las tetas, el pubis, la hendidura de las nalgas, en fin. Los movimientos son circulares, o como la mujer prefiera. Tal vez, el sentirse observada la excite. Tal vez elija cantar.
Pasados unos minutos, y por el contacto con la dermis y el calor generado, el dulce perderá consistencia, y se dificultará continuar con la maniobra. Es entonces cuando la mujer, cumplido el requerimiento, pintada de dulce de membrillo, lo mirará a usted, esperando que comience la función que usted, dado que usted fue el que formuló el pedido, la función que usted, decía, tiene preparada.
–Cuidado, ni se te ocurra tocarme. Estás hecha un pegote –debe usted decir.
Porque rechazar también es un placer, y eso es algo que todos sabíamos desde un comienzo. ¿No?

9.4.08

Es relativo

–Tome usted estos comprimidos, uno por día, hasta terminar la caja. –dijo el doctor.
–¿Esto me va a curar? –dijo el paciente.
–No lo sé, no creo, pero nos da unos doce días. En doce días pueden sucederle cosas mucho más graves. En doce días quizás esta dolencia le parezca una bobada.

6.4.08

Otra lluvia

Antes de conocerte me gustaba la lluvia. Caminar bajo la lluvia es lo más cerca que he deseado estar de la naturaleza, con la exquisita excepción del mar, preferentemente de noche junto al mar.
Pero ahora sé, qué remedio, que los relámpagos y los truenos te dan mucho miedo, tus ojos miran como sólo he visto mirar a un perro que acaba de ser castigado por un impertérrito y vociferante dueño, te ponés temblorosa, frágil, te dan ganas de llorar.
Y a mí, que me gustaba la lluvia, se me da por pensar bajo qué lluvia andarás sin mi más dulce abrazo. Y me enojo, con la lluvia, me pongo mal.

3.4.08

La revolución de tu hermana

voy a explicarlo
porque merece saberse:

madurar
es el proceso por el cual
uno descubre que es capaz
de hacer

y en efecto, hace

todo aquello que hubiera estado
dispuesto a jurar
que jamás haría.

me importa un carajo si sos
una secretaria
o un durazno

y mucho menos si estás de acuerdo.


posdata:
envejecer
es descubrir que no es tan grave.