14.2.17

Sesenta y nueve mil novecientos setenta y cinco pensamientos por día


–Está estudiado que tenemos, los seres humanos, las personas –dije–, alrededor de setenta mil pensamientos por día. Así como escuchás, setenta mil. Y de esos setenta mil te sobraría con cincuenta, cincuenta pensamientos, para hacer todo lo que tenés que hacer durante el día. Puede que incluso con veinticinco pensamientos sea suficiente. Los otros sesenta y nueve mil novecientos setenta y cinco pensamientos son un extenuante ejercicio para mantener vivo eso que creés que sos, lo que podríamos denominar, de alguna manera hay que denominarlo, el ‘yo’. Pensás y pensás y no dejás de pensar, hacia atrás, recordando cosas que quizás ocurrieron pero que carecen de la menor importancia y que no te definen de modo alguno y que por pertenecer al pasado, por obvia definición, ya no existen. Y hacia delante, imaginando eventos que sucederán en el futuro o quizás no y que nada tienen que ver con el momento presente, no lo tocan. Y todo eso, lo que recordás y lo que imaginás son como un videojuego destinado a mantener sobreestimulado tu cerebro. Y te hace moco. Si pudieras desprenderte de toda esa carga que cuelga sobre vos como las nubes negras de los dibujitos animados, tendrías alguna posibilidad de descubrir que no sos nada de lo que creías ser. Como si mantuvieras encendida una linterna y enfocaras hacia atrás y hacia adelante, hacia adelante y hacia atrás, con la única finalidad de hacerte creer que sos real en el ahora. Si parás eso, entonces puede suceder algo que roza lo milagroso. Es un instante y está al alcance de la mano, ni siquiera se trata de una acción. Sería lo contrario de una acción, aunque quizás las palabras resultan un imperfecto vehículo, porque la acción que se requiere es dejar de hacer.
–No sé si alcanzo a entender lo que decís –dijo ella.
–Que me parecés una boluda –dije–. Todo el tiempo hablando de vos, cansás.

7.2.17

Buenas noches, Juan


Entré a trabajar en el hospital, turno noche. Mantenimiento, limpieza, una tarea que podría hacer un chimpancé sin mayores inconvenientes. Un chimpancé aplicado desde ya, al que le explicaran un poco la tarea.
Estaba por el hospital desde las doce de la noche hasta las seis y media de la mañana. Limpiando, limpiando, los pisos básicamente, con lavandina y detergente y algo más. Limpiando los interminables pasillos, las habitaciones vacías que quedaban con el aire cargado de ese olor tan pero tan particular, tan característico.
Iba y venía, me ponía auriculares, alguna enfermera de las más antiguas me saludaba o me ofrecía una porción de tarta que había preparado. ‘Buenas noche, Juan’.
Para mí con ganar algo de dinero y no tener que interactuar con demasiada gente estaba bien. El horario no me molestaba, me había pasado más de diez años con insomnio. A las seis y media de la mañana me daba un baño en el subsuelo y salía a la calle. Desayunaba un café con leche con medialunas en un bar cualquiera, y me iba a dormir. Volvía a salir después de las siete de la tarde, cuando oscurecía y la gente volvía a sus casas. Iba al revés de todo el mundo, con eso era suficiente.
Empezó como empiezan todas las cosas, un poco de casualidad. Una mujer desesperada en la sala de espera porque su madre se moría, se moría pero no terminaba de morirse. Oí hablar a los médicos en un patiecito mientras se fumaban un cigarrillo. La mujer era un vegetal, no tenía la más mínima posibilidad de recuperarse.
La maté un martes. A las tres de la mañana. Puse música clásica en la radio (Shostakovich) y le tomé las manos. Le dije al oído ‘ya está bien, es tiempo de marchar’, y la asfixié con un almohadón. Fue una exhalación apenas, un suspiro, la besé en la frente. A la mañana siguiente vi a la hija haciendo los trámites, agotada pero un poco mejor, aliviada después de días y días de esperar por algo que no tenía remedio.
Esa fue la primera vez.
Tomé el hábito, yo no diría el gusto. Todos estamos sobre la faz de la tierra con algún propósito que a veces permanece oculto, no se nos revela a lo largo de todas nuestras vidas. El mío había aparecido como una fuerza de la naturaleza, aliviar el dolor de aquellos que sufrían sin sentido.
Empecé a matar gente. Ancianos con enfermedades terminales o en estado comatoso del cual no despertarían nunca. Después vinieron los pacientes producto de accidentes automovilísticos que quedarían inválidos de por vida, gente que se había dado un definitivo golpe en la cabeza o con fractura de columna. Gente que había quedado con la facultad de parpadear apenas y que ni siquiera podían ir al baño por sí mismos. Después empecé con los recién nacidos. A pesar de todos los avances científicos, bebés que nacían con horrorosas malformidades, o con distintas clases de retardo que harían de sus vidas un absurdo calvario. El almohadón o desenchufar algo, a veces un pinchacito.
Sabían, todos sabían. Alguien me debe haber visto a una hora extraña saliendo de terapia intensiva. Los médicos, las enfermeras, los demás muchachos de mantenimiento y limpieza.
Cuando alguien debía morir, cuando alguien estaba condenado a la desgracia porque la medicina no podía ayudarlo más que a seguir sufriendo, me dejaban una carta. Una carta de un mazo de cartas de truco, una carta cualquiera, sobre la mesita al costado de la cama. Dejaban esa sola carta, junto al vaso de agua, boca arriba. Entonces yo iba y hacía lo mío y daba vuelta la carta, eso era todo. Como quien limpia una mancha de mermelada de una baldosa de la cocina.
Nadie hablaba conmigo más de lo necesario, hola y chau, algo relativo al clima o al partido de fútbol del día anterior. Pero todos me trataban con respeto y consideración. Los médicos que me cruzaban en un pasillo asentían, apenas, o murmuraban ‘buenas noches’. Las enfermeras me preguntaban si quería una gaseosa, un café.

28.1.17

Todo suma


No, ya sé, a ver si me entendés. Si está buena la mina mejor, claro que es mejor. Si te gustan los culos te entiendo, a mí me vuelven loco los culos, manosear un culo corto, ver a una mina en cuatro patas, meter un dedo o la poronga o la nariz y respirar apenas adentro, adentro del culo, es un bálsamo. Si te gustan las tetas, si la mina tiene buenas tetas, es genial. Chupar, chupar la teta, mordisquear los pezones como si fueras un ávido bebé. Ponerte a la mina encima y que te pase las tetas por la cara, o acostado boca abajo y que la piba te apoye las tetas en la nuca, eso también está muy bien.
Sí, que sea flaca, claro. Para poder bajar a la playa y no tener que ponerle un poncho, y no ver celulitis ni várices, claro que eso ayuda.
Que sea inteligente, claro. Si la mujer es inteligente se puede conversar, se puede ir al cine y que la tipa no te tenga que andar preguntando quién es el asesino. Que tenga sentido del humor, que entienda uno de cada tres o cinco chistes.
La risa, la risa de una mujer es muy importante, que no se ría como un marsupial, y el pelo. Poder meter la mano en el pelo y apretar. Que el pelo haya recibido el menor tratamiento posible. Pelo salvaje, natural.
Que no esté muy psicoanalizada, claro, te entiendo, porque si la mujer está muy psicoanalizada se cree el centro del planeta tierra y eso es un desastre. Se cree que por el solo hecho de existir el universo todo le debe algo. Que no sea una fanática de la higiene, se tiene que bancar que te metas un dedo en la nariz y juegues un ratito con el moco que sacás, o que le pongas un eructo a menos de cinco centímetros de distancia después de comer un pollo al ajillo en la Viña del Abasto, por ejemplo. Son situaciones, cosas que pasan.
Todo suma, claro que suma. Que le gusten los animales, que no le moleste caminar bajo la lluvia, que pueda ver un combate de box sin decir ‘no entiendo, para mí el boxeo no es un deporte’. Eso ayuda muchísimo.
Pero yo para saber si me interesa una mujer, la tengo que ver hacer puré. Puré de papas, con manteca, con leche, con nuez moscada, o con un poquito de pimienta, también. Todo lo demás puede ser más o menos importante, hay detalles que suman mucho. Pero lo que define, para mí, para saber si una mujer puede ser una compañera de ruta, es lo que te dije. La tengo que ver hacer puré.

21.1.17

Shock anímico


Una de las formas más seguras de curar a una persona de prácticamente todos sus trastornos psicológicos consiste en meter, a la persona, de noche, al mar.
No es complicado de hacer, en absoluto. Se concurre a cualquier playa de la costa atlántica, estamos hablando de un viaje de no más de cuatro horas, desde la capital.
Lo mejor por supuesto es ir fuera de temporada, y sí, va a hacer frío. Es parte constitutiva de lo que tiene que pasar.
Uno va al lugar, se debe concurrir a las doce de la noche, a la playa. Se le indica entonces a la persona que debe realizar lo que se le ha explicado previamente. La persona debe desnudarse y caminar hacia el mar. Meterse al mar, de eso se trata. Entrar en el agua hasta que el agua cubra la totalidad del cuerpo, excepto la cabeza.
Y listo, quedarse así, por tres o cinco minutos, flotando, ni siquiera es preciso nadar. No se ve nada, claro que no se ve nada, es parte de la idea. La persona flota en el agua, desnuda, en medio de la más absoluta oscuridad.
Es un choque anímico de una absoluta contundencia. La persona descubre la fragilidad de los piolines que sostienen una vida. Entiende, al mismo tiempo, que no maneja nada. Está, el sujeto, precisamente sujeto a fuerzas muy superiores a su capacidad de comprensión y raciocinio. Es algo que le sucede, le está sucediendo, no se puede explicar con palabras. Es un estado de percepción pura que excede la conceptualización. No se puede racionalizar.
Y se le van, como por arte de magia, a la persona, los miedos, las fobias, esa angustia tan existencial y única. Se borra de su mente la tristeza que le mastica el alma, el stress, la melancolía, cualquier forma de ansiedad.
También se puede hacer que cuando el sujeto sale del agua, purificado por decirlo de algún modo, descubra que el terapeuta se ha ido. Se ha llevado la ropa de la persona, sus efectos personales, el dinero, el teléfono celular. No, esa parte no tiene nada que ver con lo específico del tratamiento. Esa parte es para recordarle que la vida continúa.

14.1.17

Síndrome de abstinencia


Paro un taxi en una esquina. Subo. Pasan treinta o cuarenta segundos, un minuto quizás.
–Sí –me mira, el conductor, por el espejito, para ver qué sucede. Si estoy tipeando un mensajito en mi teléfono celular y eso me distrajo. O algo.
Sigo mirando por la ventanilla, el automóvil permanece detenido.
–¿Adónde va? –Pregunta el hombre.
–Qué carajo te importa, forro –digo–. Y dejá de mirarme, sos horrible.
O voy a un local, el mostrador de una farmacia, o de una fiambrería.
–Señor –me dice la persona que está del otro lado del mostrador–. Qué va a llevar.
–Te lo voy a decir justo a vos –respondo, la miro, apenas–, con la carita de pelotuda que tenés.
Hacen falta dos intentos similares, máximo tres, para agarrarme a trompadas. Hay gritos, sangre, alguien me tira un botellazo o saca un cuchillo. Alguien llama a la policía.
Es que desde que me dejaste mi vida se vino demasiado tranquila. Necesito conflicto.

7.1.17

No es tan sencillo


Pasaba por esa esquina todas las mañanas. Había, siempre, un mendigo. Dormía ahí, tenía dos perros y una precaria camita hecha de ropa. Permanecía echado, el hombre, sin molestar a la gente que pasaba, lo que equivalía a decir sin molestar a nadie. Tampoco pedía. Estaba descalzo, mugriento, y para todos los vecinos se había ido transformando en parte del paisaje. La policía no lo corría, él simplemente estaba ahí.
–Perdón –dije, me detuve, me incliné un poco ya que él estaba sentado, con la espalda apoyada contra la pared–. Buen día, quería saber si necesita algo.
Lo sorprendió mi pregunta. No la esperaba, o estaba en otro lugar. Su traslúcida mirada, sus ojos casi transparentes en medio de un rostro manchado de mugre, el cabello pringoso y revuelto.
–Si necesita algo –dije– ¿Lo puedo ayudar en algo?
–Ehh, bueno –se incorporó, apenas. Se frotó los ojos con un antebrazo–, Café, o café con leche. Hace frío.
–Bueno –dije.
–Tome –volví. Había ido hasta una heladería cercana. Le dejé, entre las piernas, un kilo de helado. Granizado de dulce de leche y frutilla.
A la semana siguiente volví a pasar.
–Buen día, señor –dije–. Quería saber si lo puedo ayudar en algo.
Me miró, el hombre. Se rascaba entre los dedos de los pies. Parecía tener hongos y sarna.
–Sí –dijo–. Hace un par de días que no como. Me gustaría comer, una hamburguesa, con papas fritas.
–Por supuesto –dije–. Ya vuelvo.
Había un Mc Donald’s a una cuadra. Fui hasta un kiosco, compré tres atados de cigarrillos y un encendedor descartable. Volví, se los di.
–Que tenga un buen día –dije.
Pasó otra semana, así funciona el tiempo. Volví.
–Buen día, señor –dije, sonreí–. ¿Necesita ayuda? Quiero decir, ¿precisa algo?
Me miró, el hombre. Uno de sus perros dormía enroscado. Los perros cuando duermen tienen una expresión que es todo lo bueno de este mundo.
–No sé –dijo, se acarició la barba–. Me acuerdo de usted, le pido algo y me trae cualquier otra cosa. No entiendo, así que no sé qué pedirle.
–Es cierto lo que usted dice –dije–. Pero en mi modesta opinión, la mayoría de las veces no sabemos muy bien lo que queremos. Además el odio es un motor mucho más poderoso que la satisfacción, eso desde ya.

28.12.16

La bufanda


En el bar donde desayuno últimamente, a tres mesas de distancia, junto a la escalerita que conduce a los baños, hay una mujer que teje. Yo desayuno y escribo, menos de una hora, la mujer teje, con el ovillo de lana entre sus pies como una obediente mascota.
Si llego más tarde yo, al bar, al entrar digo ‘hola’, y ella sonríe, apenas. Si llega más tarde ella, antes de dirigirse a su rincón y pedir un aguachento café, me mira y dice ‘buenos días’. Asiento con la cabeza (¿con qué querés que asienta, con la poronga?).
Dentro de dos meses o tres, cuando empiece el frío, la mujer tendrá una bonita bufanda de tres colores. Yo tendré algunas páginas de mi precario cuaderno garrapateadas con letra de loco, tachaduras, el pegote de un poco de mermelada caída sobre algún texto en un descuido.
Y ya está, eso es todo, a veces no te pasa gran cosa, vivir no es como en las películas. Los dos tendremos diferentes fríos.

21.12.16

Hacia la luz


Lo que tenés que hacer es agarrar una piedrita. Una piedra chiquita, está lleno por la calle, o vas a un parque. Y a la mañana cuando te vestís para ir a trabajar, ponés la piedrita en el zapato. Y después ponés el pie, en el zapato. Encima de la piedrita, claro.
O te cortás las uñas. Y agarrás un pedacito de uña. Y te ponés, la uña, entre dos dientes, vas a ver que entra perfectamente. Yo suelo hacerlo entre los dos dientes frontales, de abajo. Pero podés usar dos dientes de arriba, cualquier par de dientes, seguro tenés dos dientes.
Si te animás podés usar una chinche. Una de esas chinches doradas que se usaban en la escuela primaria para hacer manualidades, algún trabajo práctico. Te clavás, la chinche, en el culo, en una nalga, o en una pantorrilla, o en un muslo. Vas a sentir el pinchazo, claro, y sale sangre pero muy poquito. Dejás la chinche clavada, en la panza o en un brazo, te pegás una curita encima.
Y te vas a trabajar. A hacer cualquier cosa que sea lo que venís haciendo con tu vida.
Cuando volvés, a la tarde o a la nochecita, te sacás la chinche, o el pedacito de uña que tenés entre los dientes, o la piedrita del zapato.
Y sí, tu vida sigue siendo un asco. Seguís siendo, vos, más o menos el mismo imbécil de siempre. Pero te vas a sentir un poquito mejor, de eso se trata.

14.12.16

Kung Fu en la casa de venta de artículos deportivos


–El chiste es más o menos así –dije, tomé un sorbo de vino. No era un gran vino desde ya, un restaurante de barrio, en restaurantes mitad de tabla pido vinos mitad de tabla–. O es así como lo recuerdo. Va Kung Fu, Wanchankein, David Carradine, a un local de deportes, una casa de venta de artículos deportivos. Se le acerca una vendedora y le pregunta qué necesita. Ojotas, responde Wanchankein. Entonces la vendedora le señala un exhibidor donde hay algunos pares de ojotas. Y le pregunta, la vendedora, si prefiere las ojotas para enganchar el dedo gordo del pie o esas que son tipo chinelas, si quiere ojotas que tienen una especie de taquito, más altas, o con casi nada de suela como las hawaianas, si prefiere ojotas multicolores o negras, si quiere ojotas cuya característica principal es ser antideslizantes, también hay otras con una superficie como pinchuda en la parte donde se apoya el pie para que la ojota le vaya haciendo, al que la usa, al que la tiene puesta, una suerte de masaje. O quizás ojotas más modernas tipo las crocs.
Da lo mismo, responde Kung Fu, son para llevar en el bolsito.
Me largo a reír. Tengo que hacer un esfuerzo para poder terminar de tragar, estoy comiendo unos agnolotis de ricotta y nuez con mucho pesto. Sirvo más vino. Bebo otro trago mientras me sigo riendo.
–No entiendo –dice ella, que apenas ha probado su plato–. No sé por qué me contás esa boludez de la nada, ni siquiera me parece tan gracioso.
–Bueno –dije–. Es que desde hace un rato me estás hablando de lo que hacés, por qué te parece tan importante dedicarte a la docencia o a la abogacía o a salvar delfines. Cuáles son tus más profundas convicciones, qué cosas creés, aunque en realidad no creés sino que estás convencida que sostienen el precario andamiaje de tu ser. Insistís con enfatizar todo aquello de lo que estás tan segura, para qué fuiste puesta sobre el planeta tierra, tu por demás relevante rol en el universo. Lo que hiciste y lo que no hiciste tan bien fundamentado, tus planes, tus proyectos. Yo lo único que quiero es coger.

7.12.16

18, 33, 8


Fui al casino de Pinamar. Estaba de vaciones, en Pinamar, la segunda de febrero, no tenía un pomo para hacer.
Entré, debían ser las once de la noche, viernes. Alrededor del casino, alrededor del juego, aunque alrededor es una manera de decir. Me refiero a estar en contacto, a estar, por decirlo de algún modo, adentro. En contacto con el juego está todo lo malo de este mundo. Las ganas de salvarse, las ganas de hacerse rico sin saber hacer nada de nada y sin saber muy bien para qué querés ser rico. Para tener más de algo, más de todo lo que ni siquiera serías capaz de entender.
Las caras embotadas por el anhelo y el alcohol, la maldad, las prostitutas olisqueando el dinero como si fueran famélicos roedores. Alguien que grita desde alguna mesa porque los hados lo han favorecido, alguien insulta casi en silencio, alguien fuma un cigarrillo como si lo comiera.
​Me acerqué a una mesa. Un señor en camisa de mangas cortas, gruesos lentes, semicalvo.
​–Disculpe –le dije–. Quería avisarle que ahora va a salir el 18.
​Se apartó un poco, el hombre, de mí. Tardó en entender lo que le había dicho. Negó con la cabeza, apenas, jugó varias fichas, semiplenos y cuadros, todo a la primera docena.
​–¡Colorado el 18! –Dijo el croupier.
​Me fui a otra mesa. Tomé un whisky ordinario en la barra.
​Volví a la mesa. El hombre seguía ahí. La mesa estaba llena de gente.
​Me acerqué como si lo conociera. Le apreté apenas un brazo.
​–Ahora va a salir el 33, después el 8.
​El hombre volvió a jugar todo dentro de la primera docena. Salió el 33. Entonces jugó unas cuatro fichas de chance a ‘mayores’. Salió el 8.
​Me fui a sentar a un pequeño bar cerca del hall. La gente iba y venía de las cajas. Pasó una linda morocha de aindiados rasgos con una minifalda de cuero a punto de reventar, acompañando a un señor mayor.
​–Oiga –frente a mí, el hombre de la mesa, transpiraba–. Volvió a acertar.
​–Sí –dije.
​–Los dos plenos –dijo.
​–Sí –dije.
​–Usted tiene algo, un don –dijo el hombre–. Puede ver el futuro, los número que van a salir. ¿Por qué no juega? Se haría rico.
​–Le explico –suspiré–. Puedo darle un consejo a alguien que me parece que está mucho peor que yo. Alguien que de algún modo desprecio y me parece repugnante desde ya. Si es para mí no me sale.

30.11.16

Por ponerle un nombre


Me preparé, me preparé mucho, me preparé para un montón de cosas que no me pasaron nunca.
Y no me preparé, no podía prepararme, no había forma, no hubiera sabido cómo prepararme para un montón de cosas que me pasaron, la mayoría.
Me preparé, si querés un ejemplo, si te hace falta un ejemplo, me preparé para quedarme pelado, supe que iba a quedarme pelado, tenía la frente el doble de alto que mis compañeritos de la primaria, a los once años, ninguna chica quería bailar lento conmigo. Y estoy igual, tengo la misma frente, yo no sabía que era un genio, me enteré después.
No me preparé, no hubiera podido prepararme para la muerte de mi padre. Se sintió mal en la calle y se murió a la semana. Hay domingos donde me despierto de buen humor, me baño, me visto, y pienso que voy a ir a desayunar con él. Cuando me doy cuenta que se murió me siento en un sillón, me quedo sentado un rato largo mientras la tristeza me da vueltas por el pecho como un hámster en pantuflas que no encuentra la salida. Y no sé qué hacer.
No hay paraguas para la fantástica lluvia de estar vivo, es algo que por lo general nadie dice.

24.11.16

No sos mi tipo


Entré al bar y la vi. La verdad que había salido de aquel absurdo cumpleaños, pero tenía que pasar a saludar, compañeros de trabajo. Estuve un par de horas, hice los dos o tres chistes que se esperaban de mí. Había empanadas catamarqueñas, chiquitas y de una feroz contundencia, y vino tinto de calidad módica. No hace falta aclarar que me manché la camisa con el primer mordisco de la primer empanada. Mordí y sentí como si me atravesaran el pecho con una aguja de tejer. El picante me quemó como un ácido, mientras deglutía sentí el chorro, el salpicón. Más fastidiado que de costumbre, soporté las bromas de rigor. A las dos horas hice como si me sonara el teléfono celular, puse cara de serio, hablé con nadie sobre un tema que me hizo salir al balcón y tirarme un poco del pelo. Me excusé, saludé al homenajeado, a su señora. Nos vemos el lunes, gracias por venir, felicidades, qué loco todo, claro, master, capo, sí.
Bajé a la calle y decidí caminar un poco antes de meterme en un taxi. Las doce de la noche de otro absurdo viernes, frío. Prendí un cigarrillo, caminé.
Vi el barcito cuando caminaba para Cabildo y me metí. Camuflado de bar irlandés, pero podía ser tan irlandés como coreano. Quería tomar un whisky, sacarme la mufa antes de ir a dormir.
Entré, iba a sentarme en una mesita cualquiera y la vi. En la punta de la barra, tomando un mojito o un daiquiri, esos tragos que les gustan a las chicas. Jugaba con el vaso, distraída y aburrida en indefinibles proporciones. El local estaba muy oscuro y la música muy fuerte. De fondo sonaba Radiohead, ‘karma police’.
Fui a la barra y me senté a una butaca de distancia. Pedí un whisky, irlandés, sí, por qué no, la promo, dos por uno.
–Sevime los dos, entonces, en uno –Dije–. Hielo, bueno, uno solo.
La chica era preciosa. Flaquita, muy flaquita, huesuda, remera sin corpiño porque no era necesario. Flequillito stone, morocha, algo desaliñada, jean muy gastado, fantásticos tobillos.
Le hablé. No soy de encarar en los bares, menos ahora que me vine grande. Nunca fui un galán. Pero la chica me hacía acordar a esas mozas de Villa Gesell que se reían de todo, fumaban porro frente al mar y no tenían problemas en coger en cualquier parte y se quedaban dormidas con el cabello sobre mi pecho y yo sentía que la vida no era tan mala, que había algo bueno en el mundo para mí también. Dijo Bukowski y cuando lo leí no lo entendí: juventud, hija de puta, dónde te has ido. Perdón, Bukowski.
Le dije que estaba bárbara, o le pregunté si la podía invitar con un trago. Le pregunté si esperaba a alguien. Le dije que quería conversar un rato. Le dije que estaba bárbara, otra vez.
–No –negó con la cabeza, sonrió apenas–. No sos mi tipo.
–Pero qué carajo importa si soy o no soy tu tipo –tragué mi whisky, pagué–. Si apareciera en este instante el hombre de tu vida, lo que vos estarías dispuesta a jurar que es el hombre de tu vida, lo odiarías en seis meses máximo. Lo interesante es que practiques superar la repugnancia que te genero, que aún así me tires de la goma por ejemplo, y lo superes, y continúes mañana con tu insípida existencia. Te estoy dando la oportunidad para que ejercites la tolerancia a la frustración de tu inexorable fracaso, dejar que te vayas amigando con todo lo horrible de este mundo. Lo mío es ayudar.

18.11.16

Docosa


No es para nada complicado de entender, pero bueno. La gente por lo general está en otra cosa, aunque tampoco es otra cosa. Pero la gente, por decirlo de algún modo más o menos sutil, no piensa.
La vida, básicamente, si tuviéramos que graficarlo sobre dos ejes, los famosísimos ejes cartesianos, esos que te enseñaban aunque quizás no aprendías, en las clases de matemáticas de la escuela primaria. ¿En qué estábamos? Ah, sí, me distraje. La vida, básicamente, está hecha de tiempo y de dinero. Ya sé, ya sé, ni te molestes en explicarme a qué te dedicás, o qué cosas son las que te interesan. Pero en el fondo, al final, lo que tenés es tiempo y guita, ahí reside potencialidad más pura. Si te falta alguna de las dos cosas, o las dos, bueno, estás complicado.
Ahora bien, acá es donde las cosas se ponen interesantes, yo no diría divertidas. Por lo general, cuando más o menos lográs entender de qué va la cosa, tenés más tiempo que dinero. Eso es lo que te mueve, lo que sos. Lo que te define mientras vos creés que estás haciendo cualquier cosa que creas que estás haciendo.
Si te va mal, si no conseguís hacer dinero, bueno, es triste decirlo desde ya, pero tu vida carece de sentido. No mucho más allá de los treinta años serás arrasado por el twister de la vida. Sí, te gustaba mucho el surf, o adorás a tu pequeño hijo. No importa, la verdad, te vas a dar cuenta una mañana cualquiera al salir de la cama que tu vida se fue al galope al mismísimo carajo. Nada tiene mayor sentido.
Ahora, falta la otra parte. Quizás hiciste algo de dinero, podés cambiar el auto o viajar a Europa de vez en cuando, no sé. Lograste algo de confort para hacer pie en medio de algo que se escurre como melaza entre los dedos y te va dejando pegoteado y aturdido. Pero. La cosa es que en determinado momento, aunque no lo quieras ver, tenés más guita que vida. Y no hacés el click, no querés advertir el cambio de situación. Te volvés miserable, abyecto, vil. Allí subyacen el 97% de las angustias, la tristeza, la ansiedad. Seguís funcionando como si te faltara guita, es lo único que aprendiste, lo que sabés hacer. Cuando lo que te falta es vida. No encontraste el interruptor.
Ya fue dicho hasta el cansancio, es evidente hasta la extenuación, cuando tenés tiempo te la pasás corriendo para tener guita, y cuando tenés guita no podés entender que ya no tenés tiempo. No, si no tenés tiempo nunca es porque no naciste. Si no tenés guita nunca ya lo dije, la vas a pasar para el culo también.
En cualquier caso debieras poder elegir de qué gusto querés las empanadas para la noche. Algo es algo.

12.11.16

El hámster, el sapo


La historia es más o menos, siempre más o menos, así. Así es como la recuerdo.
Estábamos en la secundaria, escuela pública, de barrio, de otra época. Otra Argentina que ya no existe.
Segundo año. Ya no éramos chicos, pero todavía no éramos grandes. Se me paraba el pirulo pero no tenía muy claro qué hacer, no sé. Trece o catorce años.
Clase de biología. Nos querían mostrar los órganos del cuerpo, el corazón, el aparato circulatorio, el aparato digestivo. Íbamos a tener una clase práctica. Nos dijo la profesora de biología que íbamos a abrir un sapo.
Algo pasó, quizás los sapos estaban caros, o el que iba a traer el sapo dijo que al final no lo conseguía. La profesora dijo que se podía hacer, la clase, con un hámster. Era lo mismo.
Se juntó dinero entre todos. Se iba a hacer un sorteo pero no hizo falta. El encargado de comprar el hámster iba a ser Carrizo. Dijo que tenía una veterinaria al lado de la casa, iba siempre, lo conocían.
La vida continuaba por los carriles acostumbrados, mi mamá hacía milanesas, mi papá iba al trabajo.
Llegó el jueves, llegó la clase de biología. Carrizo había traído el hámster en una pequeña jaula. El hámster era muy pequeño y exoftálmico, blanco, con una mancha beige sobre el lomo. Carrizo nos dijo que cuando volvía del colegio lo soltaba para que caminara por el living de su casa. Le daba lechuga y pedacitos de manzana.
Faltó la profesora. Nos dijeron que se había sentido mal un familiar, de la profesora, su hermana. Las cosas se corrieron una semana.
Al lunes siguiente Carrizo nos dijo que había estado pensando y no iba a entregar el hámster, que ya se llamaba Felipe. Dijo que se había encariñado y se quería quedar con el animal, sus padres le habían dado permiso. Alguien le hizo una broma sobre lo difícil que iba a ser pasearlo con correa, y otro preguntó qué pasaba con la plata que habíamos juntado. Carrizo dijo que no tenía inconvenientes en devolver el dinero para que compráramos otro hámster, o un sapo. Sonó el timbre, teníamos clase de educación física, nos olvidamos.
Llegó el jueves. Carrizo trajo el hámster. Nos volvió a contar que le iba a decir a la profesora que se iba a quedar con Felipe. Sí, claro, no pasa nada.
Vino el recreo antes de la clase de biología. Nos miramos con Martín, ni lo pensamos. Lo sacamos, a Carrizo, con cualquier pretexto. Le dijimos que viniera con nosotros, que estaban repartiendo alfajores en la puerta del colegio, que había chocado un auto, que estaba la policía, y una ambulancia.
Mientras tanto, Horacio llevó el hámster y se lo dio a la profesora de biología que nos esperaba en el laboratorio. Fuimos para el laboratorio, Martín y yo, uno a cada lado de Carrizo. En el centro de la sala, sobre una plancha de madera, estaba el hámster, Felipe. Crucificado, abierto, como se vería quizás en esa escena de la película ‘el silencio de los inocentes’ pero no todavía, porque la película no se había filmado. El hámster colgaba, cómo decirlo, con los brazos en alto, clavado a una madera. Abierto justo a la mitad, de longitudinal manera. La piel del estómago desplegada hacia los costados, clavada con chinches sobre la madera a ambos lados del cuerpo. Para que se pudieran ver bien los órganos, las vísceras.
El asunto es que se desmayó, Carrizo. Antes de alcanzar a comprender la trampa. Cayó al piso, se vino abajo. Cuando volvió en sí, cuando despertó, quedó tartamudo. Para siempre, le costaba hablar, intentaba pronunciar una palabra y se le saltaban las lágrimas.
Al poco tiempo los padres lo cambiaron de colegio, nunca volvimos a saber de él. Cuando fuimos interrogados por el preceptor y luego por autoridades de mayor rango en el colegio, los alumnos declaramos que no entendíamos qué podía haber pasado. Carrizo había estado ese día de lo más normal. Debió haber tenido un ataque, algo de lo más raro.
Siempre recuerdo esa bellísima anécdota como algo que me transformó, a mí, de algún modo en adulto. Te diría incluso más que coger. Una experiencia, la que te conté, que mostraba el mundo que se abriría en breve antes nuestros azorados ojos. Todo aquello de lo que seríamos capaces.

6.11.16

Por extraño que parezca


Cuando el doctor te dice que bueno, no le gusta mucho lo que ve en el análisis, lo mejor sería repetirlo.
​Cuando el avión de pronto se mueve en el aire y por un instante, quizás un poco más que un instante, dos instantes, deja de oírse el ruido que se oía y pareciera que la máquina se ha quedado sin fuerza, que se ha roto de algún modo el elástico que nos sostenía hecho de aire.
​Cuando ella te cita en un bar para decirte que lo estuvo pensando, que necesita tiempo, que no sabe qué le pasa.
​En momentos como esos se abre una ínfima grieta y todo el decorado de tu ser se desarma como si fuera un castillo hecho de mermelada y hojaldre. Y es ahí, justo ahí, apenas ahí, donde podés volverte una persona interesante.

30.10.16

Otro plano


Estaba esperando que asomara mi valija por la cinta transportadora, siempre es un momento molesto. Porque ya llegaste, volviste, te bancaste el viaje en avión donde, básicamente, tenés que ver cómo hacés para quedarte quieto. Y aterrizaste, y te falta migraciones, y el taxi desde Ezeiza, para poder sacarte los zapatos de una buena vez, darte una ducha, ver si te duele más una rodilla o la cintura.
O sea, mientras esperás la valija que no aparece, llegaste pero no llegaste. Viajo por las provincias, y a veces por Latinoamérica, doy charlas, vendo algo, algún producto, algún servicio, mi vida hace años que se volvió poco entretenida. Crecer es aceptar que sos lo que podés, vivir con eso, olvidarte lo que querías ser cuando eras chico y no morirte de pena mientras tanto. Digamos que la felicidad es logros / aspiraciones, y yo te diría que te concentres en achicar el denominador tanto como sea posible. Pero si te querés pasar la vida intentando agrandar el numerador, suerte con eso.
Y la valija que no aparece, la gente se impacienta. Es un fastidio.
–Señor –me habla uno, pero son dos. Por los modos, por los cortes de pelo al rape, por los lentes Rayban imitación con vidrios verdes, es claro que son policías de civil.
–Sí –digo.
–Acompáñenos, por favor –el hombre, para que entienda que lo que me está diciendo no es una solicitud sino una orden, me toma de un brazo. Estoy por resistirme y me señala, con el mentón. A escasos diez metros me esperan otros dos hombres, de uniforme. Avanzamos hacia ellos, quiero decir, me llevan. Voy.
Me llevan a un cuarto, pequeño, hermético.
–Vengo de Mendoza –digo–. Tengo que buscar la valija.
En el cuarto, entramos. Quedan los uniformados afuera. No hay ventanas, cuesta respirar.
–Esta es su valija, ¿no? –Me habla, ahora, el otro hombre, el que todavía no me había dirigido la palabra. Más delgado, de jeans, se abre el cierre de la campera. Se ve que va armado, quiere que se vea.
Miro la valija que está sobre la mesa, cerrada. Reconozco la cinta verde que le puse, y la marca, y el tamaño. Es mi valija, no hay dudas.
–Sí, pero –digo.
El hombre abre la valija. Me pregunta la combinación del candadito, para no tener que romperlo. Levantan la tapa.
–Qué me dice –el hombre, los dos hombres me miran.
En la valija hay cuatro, no, cinco bolsas con cocaína, probablemente de un kilogramo cada una. También hay dinero, fajos de dólares, no sé, cien mil dólares, quizás más. Y una pistola, una Glock .40 nuevita. Además de todo eso reconozco algo de mi ropa, un par de camisas que me regaló mi hermana, un par de zapatillas, la corbata que usé para dar la charla, medias.
–Le repito la pregunta –el hombre se quita los lentes y los guarda en el bolsillo superior de su camisa–. Es su valija, ¿no? ¿Qué tiene para decir de todo esto?
Y entonces me doy cuenta. Tuve un sueño, en el avión. Soñé que era un asesino a sueldo, que viajaba por el mundo matando gente por encargo, en mi último trabajo me pagaron con cocaína mexicana, tuve que matar a un narco rival, también estuve cogiendo con dos fantásticas prostitutas, en Tijuana, una en particular, Carmen, de ojos verdes y tetitas puntiagudas.
Es evidente que la valija quedó enganchada de algún modo, salió de mi sueño y apareció en la realidad, donde soy un consultor financiero que da charlas, que vive con Adriana y su pequeña hija. Vengo de Mendoza, tengo un perro que se llama Max.
Pero si les digo que la valija salió de mi sueño, de lo que venía soñando, estoy seguro que no me van a creer.

24.10.16

Pedacitos de uñas en un frasco


Tenés que cortarte las uñas, una vez por semana. De las manos, sí, y si podés de los pies, si te crecen, también.
Vas y te cortás las uñas, una vez por semana. Y guardás las uñas, los pedacitos de uñas, en un frasco.
Puede ser en un frasco de mermelada, sin mermelada por supuesto, y lavado, el frasco, previamente. Conviene que sea un frasco más grande. Conviene que vayas a la fiambrería más cercana y le pidas, al fiambrero, un frasco de esos donde vienen tres o cinco kilos de aceitunas. El frasco, sin las aceitunas, o con las aceitunas también. Las aceitunas son riquísimas.
Hacés eso, entonces. Te cortás las uñas una vez por semana, y guardás los pedacitos de uñas en el frasco.
Y dejás pasar veinte años. Podés seguir con tu vida desde ya, seguís haciendo lo que estás haciendo. El procedimiento descripto no altera ningún otro campo de lo que podríamos denominar, porque de alguna manera hay que denominarlo, ‘tu vida’.
Pasan veinte años, con la indolencia que suelen tener esas cuestiones.
Y vas y mirás, veinte años después, el frasco.
Te vas a dar cuenta que lo que hiciste no tiene mayor sentido. No sirve, en verdad, de gran cosa. No significa nada.
Lo mismo podría aplicarse, pasados los mismos veinte años, a cualquier otra cosa que hayas hecho. Tu matrimonio, tu trabajo, los entrenamientos de fútbol o las maratones, los cursos de teatro, de fotografía.
Tenés que entender que pasado el suficiente tiempo todo se va a la mismísima mierda. Nada, eso.

18.10.16

Hay que ser agradecido


Hay un par de zapatos con el que cojo siempre. No, no es que me cojo a un zapato en particular, aunque alguna vez durante la adolescencia probé la cuestión. Me cogí un almohadón también, y un florero de cuello alto relleno de carne picada (*homenaje al viejo Buk). Estaba desesperado, quería coger más que nada en este mundo.
Lo que quise decir es que el par de zapatos, ese par de zapatos, me trae suerte. Podría ser psicológico, pero no lo es. Son los zapatos, lo tengo estudiado.
Me pongo esos zapatos y las mujeres me miran. Las chicas me sonríen. Entro a un local a comprar algo, cualquier cosa, y la vendedora me muestra su mejor predisposición. Si le pido el teléfono para invitarla a salir me lo da, se ríe de mis chistes. Y si entro al mismo local al día siguiente o una semana antes pero me cambié los zapatos, bueno. La vendedora me detesta, ni me lleva el apunte. Podríamos decir que cuando me pongo esos zapatos el mundo se vuelve muchísimo más amable.
Vino mi primo Alan, vive en Pergamino. Se enfermó su madre, Frida, que también es mi tía. La tenían que operar, quitarle un tumor, estaba internada. La cosa no pintaba nada bien. Le dije que se podía quedar, a Alan, era una semana, dos como mucho. Para que pudiera salir a respirar fuera del sanatorio. O si quería venir a bañarse o a dormir un poco durante el día. Le di una llave, le dije que yo por lo general volvía tarde. Le puse un colchón en el cuarto donde tenía la computadora.
Nos vimos muy poco, porque Alan se quedaba por las noches a cuidar a su madre. Desayunamos juntos un par de veces, tenía veintipico de años y estudiaba arquitectura. Era amable y callado, un buen pibe.
La cosa salió mucho mejor de lo que se esperaba, la operación salió bien. La biopsia arrojó resultados alentadores. Pasé a buscarlos por el sanatorio el viernes, les dije que se podían quedar en casa sin problemas. El domingo los llevaba a la estación, se volvían.
El sábado caí al departamento para la hora de la cena. Frida estaba de un espléndido humor, cocinando. Alan veía un partido de fútbol de la liga europea.
Nos sentamos a cenar. Frida era una extraordinaria cocinera, había preparado pastel de papas. Abrí un vino.
–Te quiero agradecer tanto la ayuda que nos diste –me abrazó, Frida, emocionada–. Contale, Alan.
–Sí –dijo Alan –. Vimos que la máquina de café no te andaba. Te compramos una nueva.
Era verdad. Donde solía estar mi vieja máquina de café había una nueva, flamante.
–Pero –dije–. No se hubieran molestado.
–¡Cómo que no! –Levantó su copa, Frida–. Brindemos. Con todo lo que hiciste por Alan.
–Es verdad, es verdad –dijo Alan.
–No hay nada que agradecer, che –le di una palmada en el hombro–. Nos vemos poco, pero sos mi primo.
–Contale, contale –dijo Frida, feliz.
–Qué –dije.
–Sí –dijo Alan–. Esta tarde vimos en tu armario, la ropa que usás. Siempre con esa camperita corta, y esos zapatos.
–Mostrale –dijo Frida–. Mostrale.
Me habían reemplazado mi campera corta por una igual, y me habían comprado unos zapatos, otros zapatos. Parecidos, nuevos.
–¿Y los viejos? –Pregunté.
–Fuimos a la iglesia a agradecer –dijo Frida–. Y donamos la ropa. Pero los zapatos que te compramos son el mismo número, te tienen que ir bien. Igual se pueden cambiar.
Me puse a llorar, supe que mi vida sexual había terminado, el mundo jamás volvería a mostrarme ni una pizca de cortesía. Frida me dijo que yo siempre había sido un buen chico, con una gran sensibilidad. Era normal que me emocionara.

12.10.16

Una clase de Emilio


Tenía que ver a un cliente que había dicho que pasara, justamente a verlo, a las nueve de la mañana. El tipo era doctor y me pidió si lo podía pasar a ver por el consultorio antes que empezara a atender. El asunto fue que cuando llegué al consultorio le había caído un paciente medio desesperado, y el doctor, el cliente de la boludez que fuera que yo estaba vendiendo, me pidió que volviera en una hora. Le dije claro, cómo no, cuando en realidad lo que quería decirle era que me había hecho ir a verlo al absoluto pedo. Le dije que sí.
El consultorio estaba a media cuadra de Cabildo y Juramento. Se me ocurrió ir a tomar una café a la Zurich.
Me pasa, me pasa mucho, recordar determinados atributos de un lugar, de alguna vez que estuve. Y luego, al volver, no lo encuentro, el atributo, la cualidad. Así que no tengo más remedio que pensar que quizás el lugar sigue siendo, más o menos, el mismo de siempre. Y el que ha perdido la magia, la gracia, seguro que fui yo. Me pasa con las personas, también.
Café y medialuna de grasa (si pedís un cortado es con medialuna de manteca, no me preguntes todo, es como yo te digo). Me puse a ordenar algunos papeles, hice un par de llamadas telefónicas. Me puse a mirar un poco por la ventana.
–No, Emilio, los chicos querían las zapatillas, los chicos habían soñado con esas zapatillas, con ese fantástico momento, para eso hicimos el viaje. Y vos no cooperaste en nada, se te notaba la cara de culo. Se te notaba que te querías ir.
Miré. A dos mesas de distancia. Una mujer de unos cincuenta años o más, vestida con una blusa abotonada hasta arriba, esas blusas con cuellito con bordado que ya no se ven. El pelo hasta los hombros. Sentado frente a ella un hombre, semicalvo, con pancita, ojeroso. Escuchando, negando con la cabeza pero apenas, sin llegar a elaborar una respuesta. Ella seguía.
–Siempre lo mismo, Emilio. Me decís que vas a cambiar, pero no cambiás. Tengo que estar en todo yo, porque vos no acompañás en nada. Tenés actitudes que muestran lo insensible que sos, lo mala persona que sos.
Seguía, la mujer. El tono chillón, lo miraba pero no lo miraba, sostenía su taza de té con las dos manos y miraba algún punto por encima de la cabeza de Emilio. Sin dejar de quejarse por su mala suerte, por haberlo conocido, por ser, Emilio, la fuente de todas sus desgracias.
El tipo, balbuceando apenas, aceptaba, tomaba un sorbo de café y concedía. Mientras todo el bar no podía dejar de escuchar cómo la mujer lo retaba, lo pasaba por encima con su camión hecho de quejas, humillándolo por completo. La escena te hacía doler la vista porque el tipo parecía retroceder, intentar pegarse al respaldo de la silla.
Al rato me fui. Vi al doctor que me despachó en quince minutos, me dijo que no estaba seguro, que lo iba a pensar. Nada.
Caminé unas cuadras por Cabildo, juntando fuerzas antes de meterme en el subte para volver al centro. Me paré en una casa de deportes a ver unas zapatillas carísimas, yo lo único que quería era dar una vuelta por el parque Centenario caminando, sentir que podía caminar todavía y que si podía caminar eso tenía que significar que estaba vivo. Y entonces lo vi, a Emilio, fumando en la puerta de un local de ropa. Apesadumbrado, angustiado, triste. No pude resistir la tentación.
–Disculpe –dije–. Emilio.
–Eh –me miró.
–Lo vi en el bar –dije–. En la Zurich.
–Ah, sí.
–Mire, la verdad que no entiendo. Su mujer le estaba diciendo las peores cosas, así, delante de todo el mundo. Y usted, como un boxeador que baja la guardia y se dedica a recibir todos los golpes. No sé, viejo, aunque estén los hijos, o aunque alguna vez la haya querido, nada justifica su actitud. La suya, digo. Usted ofende al sexo masculino, se lo tengo que decir. La escena que me hizo presenciar me enfermó la sangre. Pegue un grito aunque sea, o pruebe enojarse la próxima vez. Siempre queda el recurso de escapar, pero no se deje humillar así. Casi me paro yo y la puteo a su señora. No se puede ser tan cobarde.
–No es mi señora –dijo.
–Bueno, su novia, o su ex. ¡Me importa tres carajos, Emilio! ¡Tenía que defenderse!
–No me llamo Emilio, flaco.
–¿Eh?
–Soy un actor –prendió otro cigarrillo, sonrió–. Me contratan.
–No entiendo.
–Soy actor, forro. La vieja es viuda y necesita discutir, putear a alguien. Me cita en un bar distinto una vez por semana. Me dice las peores cosas, son cuarenta minutos. Gano buena guita, ¿vos de qué laburás?

6.10.16

Ponerlo en palabras es darle vida


Tuve que ir, me lo pidió un amigo. Mi vida social se terminó más o menos a los once años. Pero mi amigo cumplía años y estaba contento. Se había mudado, me invitó a un asado en su casa nueva.
Y yo le expliqué como me salía, como pude, que estar con gente nunca fue lo mío. Pero mi amigo era mi amigo hacía muchísimo tiempo y ya lo sabía.
–Es un asado, Juan –me dijo–. Comés algo rico, tomás un poco de vino, cuando querés te vas.
Llegó el domingo, se hizo el asado. Había armado una mesa grande, como para veinte personas. Mi amigo iba y venía de la parrilla, feliz. Su hijo de siete o nueve años se mojaba los pies en la pileta. El perro miraba a todos, suplicante, como diciendo ‘loco, no me dejen afuera’. Un capo, el perro, un perro atorrante y bigotudo que se llamaba Felipe. Le gustaba el helado y la provoleta, a Felipe. Le gustaba rascarse la espalda contra el pasto.
Me senté cerca de una punta, tratando de pasar desapercibido. Me sirvieron salchicha parrillera, me sirvieron un vino más o menos decente, me daba el solcito en la cara. Peores cosas me habían sucedido.
Hablaba, la gente. Varias parejas, una prima soltera, amigos. Hablaban y al hablar era fácil notar de qué estaban orgullosos, aquello que consideraban el centro, el eje alrededor del cual transcurría lo que podríamos denominar, la rueda de sus vidas.
Una mujer hablaba de sus hijos, sus hijos habían hecho algo, habían cagado o escupido, habían aprendido a decir ‘mamá’ o ‘teta’. Otra mujer, más bonita por cierto y evidentemente harta de su marido al punto de no poder evitar hacer una mueca de crispación cada vez que su marido le dirigía la palabra, hablaba de caballos. Lo más importante del mundo era, al parecer, montar a caballo, si el caballo debía comer tal o cual cosa, si el caballo debía ser cepillado antes o después de bañarlo, qué significaba si al caballo le picaba el culo, y así. Un tipo hablaba de fútbol, acababa de volver del Mundial de Brasil. Explicaba las diferencias ideológicas entre Menotti y Bilardo, si Batistuta y Crespo hubieran podido jugar juntos, las diferencias de carácter entre Maradona y Messi debido a si de chiquitos les habían dado mate cocido o café con leche. Ver un partido del mundial te cambia la vida, dijo.
–Che, Juan –me dijo la mujer de mi amigo–. Qué pasa que estás tan callado.
–Una de las ventajas de fracasar, y de saber que fracasaste –dije–, es que no tenés mucho para contar. El fracaso brilla.