Tenía que ver a un cliente que había dicho que pasara, justamente a verlo, a las nueve de la mañana. El tipo era doctor y me pidió si lo podía pasar a ver por el consultorio antes que empezara a atender. El asunto fue que cuando llegué al consultorio le había caído un paciente medio desesperado, y el doctor, el cliente de la boludez que fuera que yo estaba vendiendo, me pidió que volviera en una hora. Le dije claro, cómo no, cuando en realidad lo que quería decirle era que me había hecho ir a verlo al absoluto pedo. Le dije que sí.
El consultorio estaba a media cuadra de Cabildo y Juramento. Se me ocurrió ir a tomar una café a la Zurich.
Me pasa, me pasa mucho, recordar determinados atributos de un lugar, de alguna vez que estuve. Y luego, al volver, no lo encuentro, el atributo, la cualidad. Así que no tengo más remedio que pensar que quizás el lugar sigue siendo, más o menos, el mismo de siempre. Y el que ha perdido la magia, la gracia, seguro que fui yo. Me pasa con las personas, también.
Café y medialuna de grasa (si pedís un cortado es con medialuna de manteca, no me preguntes todo, es como yo te digo). Me puse a ordenar algunos papeles, hice un par de llamadas telefónicas. Me puse a mirar un poco por la ventana.
–No, Emilio, los chicos querían las zapatillas, los chicos habían soñado con esas zapatillas, con ese fantástico momento, para eso hicimos el viaje. Y vos no cooperaste en nada, se te notaba la cara de culo. Se te notaba que te querías ir.
Miré. A dos mesas de distancia. Una mujer de unos cincuenta años o más, vestida con una blusa abotonada hasta arriba, esas blusas con cuellito con bordado que ya no se ven. El pelo hasta los hombros. Sentado frente a ella un hombre, semicalvo, con pancita, ojeroso. Escuchando, negando con la cabeza pero apenas, sin llegar a elaborar una respuesta. Ella seguía.
–Siempre lo mismo, Emilio. Me decís que vas a cambiar, pero no cambiás. Tengo que estar en todo yo, porque vos no acompañás en nada. Tenés actitudes que muestran lo insensible que sos, lo mala persona que sos.
Seguía, la mujer. El tono chillón, lo miraba pero no lo miraba, sostenía su taza de té con las dos manos y miraba algún punto por encima de la cabeza de Emilio. Sin dejar de quejarse por su mala suerte, por haberlo conocido, por ser, Emilio, la fuente de todas sus desgracias.
El tipo, balbuceando apenas, aceptaba, tomaba un sorbo de café y concedía. Mientras todo el bar no podía dejar de escuchar cómo la mujer lo retaba, lo pasaba por encima con su camión hecho de quejas, humillándolo por completo. La escena te hacía doler la vista porque el tipo parecía retroceder, intentar pegarse al respaldo de la silla.
Al rato me fui. Vi al doctor que me despachó en quince minutos, me dijo que no estaba seguro, que lo iba a pensar. Nada.
Caminé unas cuadras por Cabildo, juntando fuerzas antes de meterme en el subte para volver al centro. Me paré en una casa de deportes a ver unas zapatillas carísimas, yo lo único que quería era dar una vuelta por el parque Centenario caminando, sentir que podía caminar todavía y que si podía caminar eso tenía que significar que estaba vivo. Y entonces lo vi, a Emilio, fumando en la puerta de un local de ropa. Apesadumbrado, angustiado, triste. No pude resistir la tentación.
–Disculpe –dije–. Emilio.
–Eh –me miró.
–Lo vi en el bar –dije–. En la Zurich.
–Ah, sí.
–Mire, la verdad que no entiendo. Su mujer le estaba diciendo las peores cosas, así, delante de todo el mundo. Y usted, como un boxeador que baja la guardia y se dedica a recibir todos los golpes. No sé, viejo, aunque estén los hijos, o aunque alguna vez la haya querido, nada justifica su actitud. La suya, digo. Usted ofende al sexo masculino, se lo tengo que decir. La escena que me hizo presenciar me enfermó la sangre. Pegue un grito aunque sea, o pruebe enojarse la próxima vez. Siempre queda el recurso de escapar, pero no se deje humillar así. Casi me paro yo y la puteo a su señora. No se puede ser tan cobarde.
–No es mi señora –dijo.
–Bueno, su novia, o su ex. ¡Me importa tres carajos, Emilio! ¡Tenía que defenderse!
–No me llamo Emilio, flaco.
–¿Eh?
–Soy un actor –prendió otro cigarrillo, sonrió–. Me contratan.
–No entiendo.
–Soy actor, forro. La vieja es viuda y necesita discutir, putear a alguien. Me cita en un bar distinto una vez por semana. Me dice las peores cosas, son cuarenta minutos. Gano buena guita, ¿vos de qué laburás?