30.1.09

¿Te acordás?

Me encuentro con un amigo de la adolescencia. Lo invito a tomar una cerveza. L. empieza a hablar. Se acuerda de la vez que fornicamos once con la misma chica, y lo dificultoso que fue sortear el orden de participación en el evento. Se acuerda la vez que nos peleamos con un club de rugby de Tucumán, y cómo nos pegaban y nos seguían pegando, así que decidimos que lo único que podíamos hacer era correr, pero también corrían más rápido que nosotros, así que nos metimos al mar, vestidos, y empezamos a nadar, nadábamos muy bien, y nos quedamos flotando en el agua, bien adentro, con zapatillas y relojes y la poca plata en los bolsillos, esperando que amaneciera, haciendo chistes para ahuyentar a los tiburones. Se acuerda la vez que dije que iba a superar la marca de dieciocho whiskys de Dylan Thomas, pero al séptimo whisky me quise coger a su hermana y a su madre y a un simpático caniche y me desmayé y me desperté en el hospital a los dos días y pregunté qué pasaba.
–Bueno –le digo–. Contame cómo andan tus cosas.
No dice nada. Enciende un cigarrillo y mira por la ventana del bar, da una pitada y retiene el humo, como si le fuera posible dar una vuelta más en la deliciosa calesita del pasado.

27.1.09

Un grano

Tengo un grano. Un grano en la ingle. Un grano del tamaño de una nuez con cáscara. Es tan grande el grano, que a cada paso que doy al caminar, el grano roza por un instante la cara interior de la otra pierna, y es como si me echaran un chorro de agua hirviendo que me hace de inmediato dar un pequeño salto hacia delante, separando un poco las piernas, lo que ante los ojos del ocasional y fortuito transeúnte me hace parecer un tremendo pelotudo. Mucho más de lo habitual.
Así que voy a un sanatorio, a un hospital, a la guardia, y pido hacer una consulta a un médico clínico.
Me atiende una chica joven.
–Sí, dígame qué problema tiene –me pregunta, se sienta, apoya el estetoscopio sobre el pequeño escritorio de metal.
–Tengo un grano –digo–. Un grano grande que me molesta mucho.
–¿Dónde está localizado?
–En la ingle.
–A ver, bájese los pantalones, quédese de pie, muéstreme.
Eso hago. Mis calzoncillos están desteñidos y con el elástico algo flojo. Ella se arrodilla, y toma una lupa. Nunca es bueno que alguien tome una lupa y la acerque a los genitales propios, quiero decir tuyos, o sea, míos. Predispone mal.
–¿Qué es, doctora?
–Es un grano –me dice.
–¿Y por qué sale?
–No lo sé, pueden ser muchas cosas.
–¿Y qué hago?
–Nada, esperar que madure, o que se reabsorba. Le voy a dar un talco, y una solución para que se haga unos baños.
–¿Y qué más? ¿Cuándo se va a ir?
–No sé.
Es un movimiento rápido, impensado, preciso. Tomo un clip que hay sobre el escritorio, lo abro, y pincho el grano, con energía. El dolor es demasiado fuerte para admitir una descripción. La doctora cruza una mano sobre el pecho y retrocede un paso. Sale un chorro, un chorro verde y espeso y humeante, capaz de partir un azulejo, como si se lanzara contra la pared, con máxima potencia, el contenido de una taza de café con leche, de un café con leche verde y repulsivo, como si se apretara un pomo de dentífrico con toda la fuerza disponible.
Siento que mis rodillas ceden por un momento, vencidas por el dolor. Me aferro al biombo y logro conservar la vertical.
–¡Aaah! Ya está, doctora, ya está. Era el odio acumulado, doctora, el odio a tantos pero tantos pelotudos como usted, que jamás pudieron contestarme nada.

24.1.09

Y llovía, llovía

Yo debía tener once años, y ese dato es importante para el relato. Iba al colegio, al colegio primario, y el colegio era mixto, lo que significaba que además de nosotros, estaban las chicas.
A mí me gustaba una chica. Me gustaba V. Y alguien, alguno de los chicos del colegio, organizaba una fiesta en su casa, pero no era su cumpleaños. Era un asalto, ya sé que suena ridículo pero se llamaban así ese tipo de fiestas. Era algo como un cumpleaños, pero sin el cumpleaños, por lo que supongo que el grado de compromiso del anfitrión era menor. Cada uno de los concurrentes tenía que llevar algo, gaseosas o sándwiches, no sé. Y de esa forma, con el cooperativismo tan triste como incipiente, todo condimentado de buena voluntad, uno podía participar de una fiesta, como si fuera un cumpleaños, sin la cronológica necesidad de aguardar que alguien cumpliera años.
Yo había solicitado asesoramiento a mi mejor amigo, y había planeado la estrategia (táctica es sobre el terreno, según la jerga militar) para declararme a V. en ese asalto. La declaración, si mal no recuerdo, consistía en hablarle uno o dos minutos en privado, y preguntarle si quería ser mi novia, si se quería ‘meter’ conmigo, se decía así. Si la chica en cuestión decía que sí, entonces uno pasaba a estar ‘metido’, estaba de novio, en este caso con V. Y nada más. Que yo recuerde nada cambiaba. A lo sumo uno se saludaba a la mañana, al ingresar al aula, o podía volver una cuadra caminando juntos, de la mano tal vez, y listo. Uno comprendía las complejidades de la vida en pareja.
El asunto es que yo había esperado el momento adecuado, y ya intoxicado como sólo una combinación de chizitos y coca cola podía hacerlo, después de haber bailado y jugado con mis amigos y no sé qué más, había entonces logrado apartar a V. del grupo de chicas y le había hecho la propuesta.
–Dejámelo pensar –me dijo. V. usaba dos colitas y aún hoy es el rostro de mujer más bonito en el que puedo pensar, cuando se me da por pensar en esas cosas–. Al final te contesto.
Eso no estaba en mis planes, desde ya, pero me pareció algo perfectamente lógico. Eran decisiones demasiado tremendas para ser tomadas en un instante. La vida de V. estaba a punto de cambiar para siempre, y eso exigía un poco de reflexión.
Habían pasado un par de horas más, y me vinieron a buscar. En esa época mi padre no hacía otra cosa que trabajar, y aún así, obligado por mi madre y su infinita dulzura, me habían venido a buscar.
Llovía. He olvidado contar que llovía.
Yo tenía que irme de la fiesta sin demoras, pero aún no contaba con mi anhelada respuesta. Así que fui a buscar a V. Me dijo que bajara, que ella me iba a contestar desde arriba. ¡Dulce locura del amor! La timidez, tal vez, los nervios.
Bajé entonces, y toqué el portero eléctrico. Le dije a mis padres que me aguardaran un instante más, en el automóvil destartalado comprado a un gitano, por el cual vendrían a buscar en pocos días a mi padre y lo acusarían de pertenecer a una banda de ladrones de banco, cosa que casi le cuesta un infarto, porque mi padre no era un ladrón de bancos, le había comprado un auto, su primer auto, a los 41 años, a la persona equivocada y nada más. Les dije que me aguardaran, que ya volvía.
Se me instruyó a través del portero eléctrico, que debía asomarme a la calle, que V. saldría al balcón. Así lo hice, mirando hacia arriba, de cara a la lluvia, grité ‘¡acá estoy!’ También grité ‘¿y?’, porque me tenía que ir.
V. se asomó apenas al balcón, era un tercer piso, pude ver por un instante sus dos simpáticas colitas rozar la baranda.
–No.
Eso dijo, y desapareció en medio de carcajadas estentóreas, de música, de voces.
Así que fui al auto, caminando, tratando de mantenerme tan derecho como me resultara posible.
–¿Cómo la pasaste? ¿Qué tal la fiesta? –Preguntó mi madre.
–Bien, muy bien –dije. Y pensé que lo que me estaba sucediendo no podía ser tan grave, que tan pronto cicatrizara ese rechazo sería capaz de encontrar el lado positivo de lo que me había ocurrido, que tenía que existir un hermoso aprendizaje en todo aquello. Que se me pasaría, porque las cosas no podían doler tan fuerte, no podía doler tanto.

21.1.09

Se trata de un error

Suena el teléfono.
Atiendo.
–¡Te odio, hijo de puta! ¡Me arruinaste la vida! ¡Morite!
Hay una, dos agitadas respiraciones. Es una voz de mujer.
–Creo que estás equivocada, se trata de un error. Tu vida estaba arruinada, de manera evidente, desde mucho antes.
Mi hablar es pausado, sereno.
Ella cuelga el teléfono.
Yo no sé quién es.

18.1.09

Estimados consorcistas

Vuelvo a mi casa. Deben ser las ocho de la noche. Hace un calor que sólo puede suceder en Buenos Aires, un calor que hace que la lengua de los perros roce las baldosas de las veredas. Vengo de una mala década, estoy arrasado, pateando los vidrios de mis sueños rotos, vengo mal.
Pongo la llave en la cerradura y abro la puerta de calle. Quiero tomar el ascensor, bañarme, descansar.
Hay un curioso semicírculo de personas que me observan, serán unas veinte personas, adultos en su mayoría, con predominancia masculina, diría que en una proporción de dos a uno.
–Buenas noches –digo aún sin saber quiénes son. Saludaría de idéntica forma a Pamela Anderson, al General De Gaulle, a un canguro australiano.
–Estamos en reunión de consorcio –dice una voz de mujer. La observo con inquietud, con sorpresa, como miraría a una lechuza. La mujer se asusta un poco, se apresura en aclarar–. Soy la administradora. Del consorcio.
–La felicito –le digo.
Intento avanzar hacia el ascensor, pero el hall del edificio está demasiado concurrido. Han colocado una mesa en el centro, con papeles, y una silla también. Pido permiso.
–Permiso –digo.
–No puede irse –dice una voz, un vecino con aspecto de no haberse bañado jamás. Tiene una esposa, una mujer, cuyo aspecto corporal es el de un roedor que se ha erguido sobre sus patas traseras, un roedor de unos cuarenta kilos, que olisquea el aire y mueve la cabecita de una manera frenética y no hace mucho más–. Tiene que participar de la asamblea. Tiene que firmar.
–¿Qué? –digo. Intento avanzar otra vez, pero la multitud, algo temerosa por cierto, se abroquela.
–Sí, tiene que firmar –dice otra voz, otro hombre que fuma unos tristes cigarrillos mentolados, y usa unos lentes que parecen a punto de caerse de su nariz. Tiene poco pelo, un pelo, tal vez, y lo usa para cruzar su cráneo en diagonal, intentando que el pelo, ese pobre pelo, cumpla la función de todos los pelos, de pelo lateral y masa capilar, y flequillo también. Ese pelo nada más.
Es evidente que consideran que si soy vecino, debo participar del castigo que ellos mismos han elegido. Debo escuchar esa burda patraña de ágora participativa, debo asentir, acatar y permitir que alguien se robe un peso o dos, que otro alguien maneje la compra de escobillones con discrecionalidad, que alguien practique ser un pichón de Churchill, un estratega geopolítico capaz de determinar en qué punto del planisferio los perros no deberían ladrar.
Así que no hablo. Con un diestro movimiento, me bajo los pantalones del traje, y los calzoncillos, me pongo en cuclillas, con el riesgo que eso implica para mis castigadas rodillas, y comienzo a defecar. Mi corbata roza el piso durante la maniobra.
–¡Eh! ¡Oiga!
La gente retrocede un poco. Veo algunos rostros de estupor, de contrariedad. Pero es raro que alguien se anime a tocar a un hombre que está cagando.
–¡Qué horror! –grita una mujer. Luego los murmullos se apagan. Oigo gente que corre por las escaleras, ascensores que suben, que bajan, que vuelven a empezar. Suenan portazos como tiros.
Me incorporo, me pongo de pie. Un importante sorete reluce bajo las dicroicas. No creo que sea oportuno bucear en lo descriptivo. La administradora del consorcio se ha quedado refugiada en el ángulo que forman dos paredes, con el libro de actas a modo de escudo.
La miro. La noto respirar con dificultad. Tengo los pantalones y los calzoncillos enroscados a la altura de mis tobillos.
–¿A ver dónde, qué más hay que firmar? –pregunto.

15.1.09

Razones antropomórficas

Un amigo nos invita, a varios de sus amigos, a tomar unas cervezas a su casa. Se ha mudado. Es una linda casa. Nos sentamos a recordar trivialidades de un pasado que todavía chispea en nuestras memorias. Es domingo.
–Miren, les quiero mostrar un video –dice mi amigo, el anfitrión.
Pone una película en su flamante televisor de pantalla gigante y tres milímetros de espesor. La película es una película pornográfica. En la película, una chica, rubia, bonita por cierto, tetas pequeñas, culo firme, con algo de un cansancio que opaca sus ojos, se dedica a fornicar con un burro. Para lo cual debe estimularlo, primero, utilizando sus manos y porqué no sus brazos, donde por un momento acuna la tremenda verga del animal como si fuera una criatura.
La rubia embebe la verga del burro en un aceite espeso que saca de un balde. Se frota contra la verga del animal, que es negra y del grosor del tronco de un árbol. La rubia se esmera, frota, abraza, lame. Luego, utilizando un simpático artilugio, una especie de tabla con rueditas como las que utilizan los mecánicos para trabajar debajo de un automóvil, y acostándose en idéntica posición, la rubia consigue colocarse debajo del burro, y se introduce en la vagina la verga del burro.
Esto es un decir, no es técnicamente exacto, ya que por razones antropomórficas alcanza a lograr su cometido, la penetración, en un dos o tres por ciento, no más.
En el rostro de la rubia se refleja claramente la dificultad operativa, más allá de toda simulación. La rubia mira a la cámara mientras empuja con ambas manos hacia adentro, aferrada al tronco del árbol de la naturaleza misma hecha garompa. El sudor brilla por encima de su labio superior. La escena es insostenible en el sentido exacto y literal del término.
La cámara enfoca entonces la cara del burro, que permanece impasible, temeroso, drogado tal vez, intentando descifrar qué se espera de él.
Y yo quisiera saber qué es lo peor: si la rubia, el camarógrafo, si el productor del film, el burro, yo.

12.1.09

Capacidades diferentes

El faquir muestra sus habilidades: se acuesta sobre una cama de clavos y hace que un colaborador le parta de un mazazo un bloque de piedra que le han colocado sobre el pecho, camina descalzo sobre vidrios rotos primero, sobre brasas encendidas después, se atraviesa la nariz de lado a lado con una aguja de cincuenta centímetros de largo.
La chica que me acompaña aplaude con entusiasmo, me pregunta qué pienso.
–No resistiría un trabajo de oficina más de una semana –le digo.

9.1.09

La medida

La gente viene y me dice que estoy más gordo, más pelado. La gente viene a ver si me creció la nariz, si las ojeras me llegan hasta el piso, si rengueo. La gente viene a ver si cambié el auto, si los perros me ladran, si el cuello de mis camisas está bien planchado.
Soy una especie de metro patrón. Para saber cómo te fue en la vida, me mirás, tenés que compararte conmigo, y yo hago todo lo que esté a mi alcance por hacerte sentir bien, por dejarte ganar. Mi fracaso es cortesía.

6.1.09

Poesía

Entonces el poeta le dijo ‘dulce alondra que flameas en el vórtice de mis sueños mientras el entramado de tus frágiles escápulas me recuerda coleópteros que llevan la primavera desde el más puro manantial de la infancia hacia el territorio alado de la felicidad hecha del marfileño matiz de tus honduras donde mi simiente bailará con la unívoca musicalidad de la alegría’.
Y vino otro tipo y se la recontrarecogió. Le dijo que lo estaban por nombrar gerente de sucursal. Tenía un Fiat.

3.1.09

Algo íntimo y personal

Habiendo estado loco en más de una oportunidad, habiendo estado solo desde que puedo recordar, habiendo carecido de la más mínima posibilidad de un grupo de pertenencia, por voluntad ajena en un principio, por decisión íntima y personal después, habiendo estado borracho y perdido una madrugada de invierno, intentando a fuerza de golpes en la cabeza recordar a qué lugar debe uno con paso vacilante regresar, habiendo estado desesperado tanto como un ser humano lo pueda estar, habiendo pecado en todos los rubros del horóscopo, y fallado, y traicionado, y olvidado qué está bien y qué está mal.
Habiendo corrido bajo la lluvia con la desesperación y la certeza de quien sabe que esa lluvia no volverá nunca más.
Habiendo llorado sobre la porción de pizza más solitaria del planeta tierra.
Habiendo, en definitiva, hecho lo que pude, como pude, y no mucho más. Cuando me tocó estar sentado en un living de una casa de familia, con chicos que saltan y gritan y una mujer que saca un pollo del horno o termina de acomodar la mesa, entiendo con absoluta claridad la quirúrgica precisión de mi fracaso. Y me pregunto cómo pueden seguir adelante con sus vidas. Qué clase de resignación es necesaria para poder hilvanar otro día. Cómo lo pueden soportar.

30.12.08

Viva la patria

Camino por Florida, desde Rivadavia hasta Córdoba, un lunes a las cinco de la tarde. Para aquellos que pudieran estar leyendo estas líneas, y tengan la peculiaridad de no ser argentinos, creo pertinente aclarar que Florida es una calle. La calle con mayor densidad poblacional de la República Argentina, tal vez.
Es difícil caminar, entonces, y uno debe acostumbrarse a dejar que el ritmo del desplazamiento lo fije la multitud, como si se tratara de un atasco de tráfico, sólo que sin vehículos.
Tengo tiempo de observar el fenómeno que se ha dado en llamar ‘artistas callejeros’, mientras el calor nos devora la epidermis y uno siente que es transportado por una suerte de escalera mecánica plana e infinitamente lenta que conduce a estar cada vez con más y más gente.
Hay un hombre todo pintado de blanco, disfrazado de estatua. Hay un hombre disfrazado de Michael Jackson, esperando y esperando que alguien ponga una moneda en su taza, para entonces levantar una mano enguantada y lanzar un tibio saludito de lentejuelas. Hay un hombre todo pintado de un dorado tirando a marrón, supongo que estatua también, porque no se mueve, o sea que es estatua de bronce (olvidé mencionar que tiene alas, desconozco el significado y/o la utilidad de las mismas). Hay un hombre y una mujer vestidos con pilotos y abrigo, y paraguas y bufandas, en pose, como congelados en medio de una tempestad.
Para resumir, la cantidad de gente que parece haber elegido como disciplina artística el no hacer absolutamente nada, el quedarse quieto, me pasma. Si estuvieran en el Tíbet serían monjes, tal vez, si estuvieran en territorio europeo se verían obligados al menos a aprender a soplar un saxofón. Pero aquí, en mi amado país, se limitan a quedarse quietos. Y esperan a cambio dinero y aplausos, como si fuera la cosa más natural del mundo.

27.12.08

Primeros pasos

Cuando era un adolescente, cuando estaba en la edad en que uno desea pura y exclusivamente fornicar como un conejo de angora, descubrí que tenía un inconveniente, un problema.
Ah, sí, el problema. Cómo explicarlo con claridad y al mismo tiempo ser sutil, cómo no derrapar en la grosería. El problema eran las hormonas a todo vapor, el deseo desatado, el descubrimiento de una magia absolutamente nueva. No, no se entendió aún, no fui lo suficientemente claro todavía. El problema era que el primer pistoletazo, la primera eyaculación capaz de partir un azulejo, sobrevenía con inusitada rapidez. El deseo llenaba por completo el recipiente de mi ser y desbordaba en oleadas de la más pura alegría. Imposible contenerse, imposible de manejar.
Lo hablé con un amigo, con mi mejor amigo de aquellos años, que era un par de años mayor que yo (y curiosamente lo sigue siendo) y un entendido en cuestiones que tuvieran que ver con mujeres. Mi amigo Urko.
Nos tomamos una cerveza en Villa Gesell, así lo recuerdo, sentados en la vereda, pasándonos la botella mientras se hacía de noche y uno sólo podía imaginar un exquisito abanico que se desplegaba ante nosotros, ante nuestra juventud, repleto de posibilidades.
El Urko me dijo que el problema no era problema, que era algo perfectamente normal, que yo era sencillamente un toro de diecisiete años, pura potencia. La cosa tenía solución.
–Tenés que pensar en algo feo –me dijo el Urko–. Pensá en algo terrible, y entonces vas a durar más.
La idea me pareció absolutamente brillante, jamás se me hubiera ocurrido. Se trataba, en pleno bombeo, cuando uno casi podía percibir que estaba a dos o tres matracazos de distancia de perderse, de pasar del otro lado del amor, de saltar y no poder evitarlo, se trataba, entonces, de pensar en gente muerta, en terremotos, en catástrofes aéreas, en lentas procesiones hacia un entierro.
Sin embargo, por más que pensaba y repensaba lo peor, en gente mordida por cocodrilos, en olor a hospital, en féretros, yo seguía eyaculando como un babuino enloquecido.
Fue entonces cuando comprendí muchas cosas. Comprendí que la pasión tiene la fuerza, está dotada de las herramientas para vencer a la tristeza. Comprendí que cuando se tienen ganas de coger, te importa un carajo el hambre en Etiopía.

24.12.08

Plano inclinado

Cada vez que se publica en un diario, o se recita en un noticiero de la televisión, que un guardicárcel contrae matrimonio con una reclusa, o que un preso se casa con una mujer perteneciente al servicio penitenciario, la historia es contada con un sorpresivo barniz de esperanza, de fe, de posibilidad de vivir una vida mejor, de encontrar el amor, de cambiar.
Pero a mí no me parece. La situación descripta es de una asimetría tan exasperante, que me pongo mal. Si la reclusa no estuviera reclusa, si el guardiacárcel no fuera guardiacárcel, esa pareja no se hubiera formado jamás.
Bueno, casi como cualquier otra pareja, claro, prácticamente como todas las demás.

21.12.08

Mil perdones

Lo que solicita la religión, si no he entendido mal, es el arrepentimiento. El arrepentimiento actúa como la lavandina, permitiendo, por decirlo de alguna forma, pero de alguna forma hay que decirlo, permitiendo entonces, decía, quitar las manchas que enlodan al pecador.
Se produce el pecado, tal vez inevitable, y luego el arrepentimiento, aquí surge lo volitivo de la ensalada, y es como si el pecador consiguiera una ficha más para seguir jugando.
Yo, que de niño fui inculcado acerca de las virtudes del ahorro, llevo tiempo arrepintiéndome de cosas que todavía no he hecho, barbaridades que cometeré cualquier día de estos.
Tengo crédito para hacer lo que se me canten las pelotas, te lo quería avisar.

18.12.08

Cartonero del amor

yo revuelvo la basura
lo que tiran los demás
feas, rengas, gordas, viudas
las emperno, les doy paz.

no me fijo en tus verrugas
tu halitosis me da igual
tus axilas repeludas
o tu herpes genital.

porque yo soy
(coros) un cartonero del amor
y para mí
(coros) nada es mejor ni peor.
(bis)

dieta de los etiopíes
mi alimento es lo que hay
yo sufrí tanto de pibe
ay! no me hagas acordar.

nunca pude elegir nada
vengo del fondo del mar
cuando todos te rechacen
conmigo podés contar.

porque yo soy
(coros) un cartonero del amor
y para mí
(coros) tu cola es un alfajor.
(bis)

*fui visitado por las musas ayer, de madrugada, en circunstancias que preferiría no detallar. vaya entonces mi modesto homenaje a ese noble género musical, la cumbia villera, y al teclado del beethoven argentino, el señor pablo lescano.

15.12.08

Boludo light

En la televisión entrevistan a una autoridad en dietas, en gordos, en métodos para adelgazar. El hombre se ha vuelto una suerte de celebridad, y habla como sólo un pastor o un chamán podría hacerlo, alguien que está seguro de poseer conocimientos que al resto de los mortales les han sido negados.
Su particular método, el método que le ha dado fama y fortuna, consiste en contar las calorías, en obligar a sus pacientes a comer, por ejemplo, mil doscientas calorías por día, o mil cien. Trata a sus pacientes como adictos, explica lo de siempre, que una aceituna engorda lo mismo que un churrasco, que las harinas son el Hitler de la alimentación, que quien de un mordisco a un chocolate es un enfermo sin alma.
Son estos sujetos, la linealidad de sus pensamientos, la certeza que los sostiene amparada en las cuatro operaciones matemáticas básicas, quienes me repugnan de una manera que me cuesta definir. Estos pontífices del yogurt, estos sabios bajas calorías, que afirman y castigan hasta que los sorprende un cáncer o un piano en la cabeza. Estos pelotudos impiadosos que se regodean en sancionar todo lo bueno que pueda tener la vida. Me dan mucho odio. Y me dan hambre, también.

12.12.08

Paso y quiero

Sos mala.
Sos tan mala que si te picara una víbora, la propia víbora iría, arrastrándose, de qué otra forma, hasta la guardia del hospital más cercano, a pedir un antibiótico.
Sos tan mala que un cocodrilo, frente a vos, movería la cabeza de un lado a otro, apretando los dientes como sólo un cocodrilo sabe hacerlo, negándose a abrir la boca.
Sos tan mala que un tiburón pasaría a tu lado nadando de costado, con una simpática gorra de baño en la cabeza, tarareando una dulce tonada, intentando imitar a Rita Hayworth.
Sos muy linda, pero sos mala.

9.12.08

Fenómenos inexplicables

Lo que hay que hacer es muy sencillo. Hay que pararse en una esquina, en una esquina concurrida de una gran urbe, en una esquina a punto de explotar de tránsito y gente y vendedores ambulantes y ladrones y smog y ruido y celulares y tu hermana también. En Buenos Aires, que es donde habito, esa esquina podría perfectamente ser la esquina de Florida y Corrientes.
Se para uno entonces en la esquina, vista al frente, espalda derecha, brazos al costado del cuerpo, preparado para cruzar la avenida Corrientes. Pero aquí está la trampa. Uno debe esperar que el semáforo esté en contra, que se ponga verde para los autos, así comienza la cosa. Al ratito, ya se habrá acumulado una buena cantidad de peatones a ambos lados de la avenida. Y entonces, cuando uno cree que falta un minuto todavía para que cambie el semáforo, o mejor aún treinta segundos, uno debe bajar el cordón de la vereda, uno debe arrancar y dar un paso adelante, con la más absoluta convicción, luego otro paso, el segundo paso, enérgico, decidido, y luego, cuando es el turno del tercer paso, aquí está la clave de la maniobra, uno debe frenar. En seco. Es un movimiento ensayado, uno dos, y tres (frenar).
Si usted da dos pasos, como he descripto, usted todavía está a salvo. Usted todavía no está a merced de los automóviles que vienen por Corrientes y que, como dije, tienen semáforo a favor.
Lo interesante es que como usted se ha lanzado, cientos de personas de ambos lados de la avenida han comenzado a cruzar, movidas tan sólo por un acto reflejo, por un desesperado anhelo de un grupo de pertenencia, por falta de personalidad, por imbecilidad, porque así son.
Pero usted ya frenó, usted ha frenado, e incluso, lentamente, haciéndose el distraído, ha vuelto a dar un paso atrás. Mientras ha dado ese paso atrás, es probable que logre ver cómo una o varias personas son atropelladas, oirá gritos, bocinazos, frenadas, un caos general.
Los científicos se preguntan, los encargados de estudiar el comportamiento de los animales se preguntan, por ejemplo, no consiguen hallar explicación a fenómenos tan extraordinarios como el suicidio de las ballenas.
Yo creo que se trata de una ballena que tiene ganas de hinchar las pelotas, una ballena que hace más o menos lo mismo que acabo de contar. Las demás siguen, las demás van.

6.12.08

Lo mejor del alma humana

A la hora de consumir prostitución, en caso de tener la necesidad o la inquietud, recomiendo e instruyo la más absoluta generosidad anticipada. Como la naturaleza de la transacción implica convenir una tarifa y el pago de la misma antes (a diferencia, por ejemplo, de la consulta con un profesional de la psicología) de recibir la contraprestación, el servicio, entonces debe uno mostrarse predispuesto a entregar un plus, una bonificación, en el preciso momento del pago.
Cualquier salame puede prometer que si la conducta es adecuada, si el comportamiento es satisfactorio, existirá una recompensa al final. Del cristianismo para acá, de eso se ha tratado la cuestión, siempre o casi siempre.
Lo que yo digo, lo que yo hago, es entregar la bonificación, el premio, desmesurado, excesivo, antes que la conducta merecedora del mismo haya tenido lugar.
Es un salto de fe. Es apostar a lo mejor del alma humana. Es creer ciegamente que aún en circunstancias de carácter abyecto puede surgir un halo redentor. Y son también unas tremendas ganas de coger. Tratame bien, che.

3.12.08

Autor

en la calle
su novio la saluda,
hace un modesto pase de magia
y surge una flor
tan exacta como para matar
un ejército de explicaciones

y ella no sabe,
acaso puede saber,
que yo soñé la escena
ayer a la noche

pero entiende perfectamente
y agradece
porque
mientras abraza a su novio
sonríe para mí.