30.8.08

Podía funcionar

Entro a una pinturería. Tras asesorarme un poco, ya que no domino el tema, y mientras no domino el tema aprovecho para descubrir que no domino prácticamente ningún tema, compro dos latas de pintura verde, de veinte litros cada una. Me explica un vendedor harto de la pintura más que de ninguna cosa en este mundo, que es la mejor pintura. Por sus atributos, dice, por sus propiedades, también dice. A su pesar me ha preguntado qué voy a pintar, y yo he respondido con evasivas, fácilmente confundibles con la imbecilidad de un cliente habitual.
Aquí comienza la parte entretenida. Le cuento al vendedor mi plan, que no es aceptado ni creído y genera solamente una burlona sonrisa, hasta que exhibo el dinero que estoy dispuesto a pagar.
–Necesitamos dos personas –digo–. Son cien pesos por cabeza –digo–. Son, como mucho, cinco minutos –digo. Y no digo nada más. Pero estoy serio, he pagado la pintura más cara que se vende en ese local, y he dejado doscientos pesos sobre el mostrador, por un instante, para que el vendedor los huela.
El vendedor es un muchacho joven, pálido hasta la exasperación, con un acné virulento sobre su mejilla derecha, como si se la hubiera orinado una rata, provocándole una reacción cutánea que no se irá jamás. El muchacho sabe que tendrá que vivir con su mejilla derecha, tendrá que vivir con eso, y entonces le parece que el resto del mundo, incluida mi persona, se ha vuelto una conspiración poco entretenida.
–Esperame afuera del local –me dice.
Tomo las dos latas de pintura y salgo. La pintura pesa una enormidad.
–Pará –me dice. Al parecer, el otro empleado le ha dicho que no, que yo estoy loco, que prefiere quedarse cuidando su trabajo, la caja, cualquiera haya sido la orden que le dejó el dueño del local.
Pero el empleado pálido tiene un amigo que trabaja en el kiosco, a mitad de cuadra.
–Es un ida y vuelta –me dice, y sale al trote.
Lo ha convencido. Vuelven los dos. El otro muchacho mantiene una prudente distancia de mi persona, como si le fuera a pegar. Tiene una risita nerviosa, como una especie de corto graznido, y mira todo el tiempo en dirección al kiosco. Quiere irse, pero quiere el dinero.
–Bueno, necesitamos una silla –digo. Porque soy alto, y es preciso que los sujetos estén más altos que yo.
–Mejor un banquito –dice el pálido.
–Sí, un banquito, dale –dice el chico del kiosco, y grazna otra vez.
El pálido vuelve con un banquito de madera. Así que me siento, coloco los antebrazos sobre las rodillas, cierro los ojos.
–Bueno, muchachos. Vamos.
Los chicos abren las latas de pintura. Se colocan uno a cada lado, y comienzan a verter la pintura verde sobre mi cabeza. La pintura es espesa, y al principio cae a borbotones. Cae sobre mi cara y mis hombros y mi ropa, cae y sigue cayendo y el olor es penetrante mientras se forma un charco verde a mis pies.
Algunas personas se detienen a mirar, otras apuran el paso, temerosas de recibir una salpicadura.
–Falta poco, ya terminamos –oigo que dice el pálido.
La operación debe haber durado un minuto, un minuto y medio.
–Ya está –dice el chico del kiosco–. Después me das la plata –y se va.
–Necesito el banquito –me dice el pálido. Así que me pongo de pie y abro los ojos. El muchacho toma el banquito y se va también. Le he dejado la plata sobre el mostrador, antes de salir.
Y me quedo de pie, recordando que de chico, cuando me llevaban a una plaza, yo elegía la hamaca verde, porque el verde me transmitía una particular sensación de felicidad.
Y me quedo de pie, como dije, esperando sentir algo parecido.

27.8.08

Si hubieras mirado National Geographic

Si se acerca uno a un elefante y le da un tirón en la trompa, con la máxima fuerza de la que uno sea capaz, y luego le dice ‘era una joda, era un chiste’, es casi seguro que el elefante intente embestir al agresor a la manera característica de los elefantes, bajando la cabeza, buscando el topetazo.
Si le sirve uno a una jirafa un fuentón, pongamos de las proporciones de una bañera, de sopa fría, con unos escasos fideos, poca sal, es probable que la jirafa mueva de un lado a otro su interminable cuello, exhiba los dientes en lo que sea el sucedáneo de una mueca, y se niegue a aceptar que eso sea su alimento, su comida.
Si se arroja uno sobre un cocodrilo e intenta ponerle, sujetando con fuerza, primero, con el afán de guiarlo, una pata delantera, dentro de una manga de un pulóver color borravino de lana gruesa, cuello alto, un día de más de veinticinco grados de temperatura, el cocodrilo, seguro, te morderá.
Lo que me llama la atención es por qué creíste que yo iba a soportarlo, querida.

24.8.08

Religiones alternativas

Bajo a caminar.
Es temprano, hace frío. La ciudad todavía no se ha despertado, y ahí está su encanto. Los árboles sisean alguna canción. La luna se ha rebelado, se niega a reconocer que ha empezado el día. Capricho de luna.
–¡Juan! –Mi nombre es Hundred, Juan Hundred.
Miro a mi interlocutor. Frente a mí, un hombre delgado, con un torso demasiado estrecho para albergar un corazón. Va vestido todo de celeste, shorts y musculosa a pesar del frío, o peor aún, de turquesa.
–¡Juan, qué hacés por acá! –el monocromo es un defecto de carácter inadmisible.
–Camino –contesto. Cómo me molesta ser redundante.
–Ya veo –dice con una sonrisa de suficiencia. Porque mi interlocutor, a quien conozco de algún pliegue del barro de mi pasado, no camina, no. El corre.
Se ha detenido para saludarme, pero no se ha detenido. Corre en el lugar, a mi lado. Echa humito por la boca, a pesar de los shorts y la musculosa, usa guantes de lana. Exuda salud.
–Bueno –digo. Yo no puedo caminar en el lugar, y deseo seguir caminando. Tengo cosas que pensar: qué quería ser, de chico, cuando fuera grande, qué soy, de grande, cómo llegué hasta aquí, qué salió mal, en qué momento me perdí en el camino, esas cosas.
–¿Por qué caminás? –He retomado, con lentitud, con una sonrisa, mi marcha, él trota a mi lado sin haber sido invitado a acompañarme–. ¿Por qué no corrés?
–No quiero correr –le digo–. Quiero caminar.
–Pero correr hace bien –se da un tímido golpe de puño sobre su escuálido pecho–. Yo corro once kilómetros por día, todos los días. Y los fines de semana, el doble.
–Te felicito –digo.
–Correr es lo más sano que hay –dice.
–La salud es un atributo ambiguo –digo–. En exceso sobrevalorado.
–Corrés y bajás la pancita –en un rapto de locura, me ha apoyado, por lo que dura un instante, una palma enguantada sobre mi abdomen. Lo miro, de costado, y retira su mano de inmediato.
–¿Cuánto whisky sos capaz de tomar de una sentada? –Le pregunto.
–Eeeh… No, yo no tomo –dice–. El alcohol es malísimo. Tampoco como carne, soy vegetariano. Y tampoco como quesos ni lácteos.
–¿Y qué comés, milanesas de durlock? –Acelero el paso, pero no hay forma de escapar. Soy un sujeto esforzándose por caminar rápido, acompañado por un sujeto esforzándose en trotar despacio.
–El otro día me hice mi chequeo médico trimestral –sonríe–. Tengo el colesterol total en 1.43. El médico me dijo que tengo las arterias de un pibe de veinte años.
–¿Cuántos polvos te echás? En una sesión de sexo. Una noche, cinco horas, digamos.
–Mirá, Juan. Vos sabés que yo estoy casado hace trece años con Martita.
No digo nada.
–Tenemos una vida sexual muy plena, excelente. Claro que la pasión se va transformando en amistad, en compañerismo, es como si la otra persona pasara a ser parte de uno mismo.
No digo nada.
–Nosotros los domingos a la mañana cogemos, nuestro buen polvote nos echamos. Acepté coger a la mañana porque los domingos salgo a correr después de la siesta. Y coger te quita piernas.
–Entiendo –digo.
–Coger, pasada cierta edad, no es tan importante, Juan –dice.
Sigo caminando. Ha comenzado a llover. Es una fina garúa que me pincha la cara.
–¿Cuándo fue la última vez que leíste?
–No entiendo –se ríe.
–Que leíste un libro. Una novela.
–No tengo tiempo, no leo mucho. Además están los expedientes que te exigen mucha atención. Pero trato de ir al cine. Deberías correr, Juan.
–Bueno, lo voy a pensar –le digo–. Si me decido, te aviso.
–Llamame, Juan. ¿Tenés mi teléfono?
–Creo que no, pero te llamo y te lo pido.
–Vas a ver lo bien que te hace. Correr te cambia la vida. Yo, si no corro mis once kilómetros, no puedo empezar el día.
–Como una droga.
–¡Sí! –está encantado con la idea–. Como la mejor droga.
–Qué bárbaro –le digo, y cruzo la avenida con las manos en los bolsillos, apuro el paso porque vienen autos.

21.8.08

Asimétrico

Parece mentira, da pena saberlo. Y lo sé, claro que lo sé, no es un descubrimiento para dar saltitos, ni andar festejando.
El amor es una mercancía perecedera. Como un exquisito manjar, como una exótica planta, exige infinidad de cuidados. Pero se termina pudriendo, el amor. Adquiere un amarronado triste, pierde su brillo. Agarra mal olor. Y ahí queda, todo ese esfuerzo prodigado, como un maniquí arrojado desde un piso treinta y tres, abrazado al pavimento de una avenida cualquiera.
En cambio el odio es mucho más resistente y duradero. Como un perro callejero que aprendió a vivir de las sobras, de los restos, y no espera caricias ni atenciones. Uno se lo cruzará a la vuelta de la esquina tres, cinco años después, y no queda menos que sorprenderse ante la inmutabilidad, la misma mancha de sarna, los dientes amarillos, la mirada famélica.

18.8.08

No va a ser fácil

Y cumplirás roles, claro que cumplirás roles. Subirás por la escalera mecánica de los roles, no es negociable, carecerá de importancia si estás o no de acuerdo. No tiene nada que ver con la voluntad, manda la inercia.
Y aprenderás a vivir de los intersticios. De esa media hora juntos, de ese paseo de madrugada, de ese whisky, de la vez que te toqué, de esas dos páginas que leíste, de ese cigarrillo.
Mientras tanto serás madre o gerente, doctora, profesor, tío. Y en cada esquina que te detengas esperando que cambie el semáforo, los días de lluvia oirás cómo las alcantarillas devoran el agua, con qué indiferente apetito. Y te dará frío.

15.8.08

Tristeza de rottweiler

Hay en mi barrio un rottweiler que tiene un problema. Es un rottweiler bueno, es un rottweiler que quiere afecto. Pero en cuanto pone una pata en la calle, comienzan las complicaciones. Las señoras con sus bolsas repletas de naranjas y acelga gritan, se quejan, reclaman correas y bozales, algo de protección ante la bestia. Los otros perros muestran los dientes, intentando vender cara la inevitable derrota, o se limitan a darse vuelta y exhibir el ano, en la más plena de las sumisiones. Pero nadie le ladra, nadie quiere olfatearlo a él. Y todas las caricias son para los cockers y los caniches y los pekineses, para perros sin su personalidad ni sus sentimientos, perros que parecen destinados a recibir afecto por el tamaño de sus orejas o su mirada bobalicona, perros que no deberán esforzarse jamás para ser alzados, para recibir palmadas en el lomo, pellizcos en un cachete.
Hay un rottweiler en mi barrio que baja a la calle con su expresión tristona y su andar cansino, porque sabe que todos se asustarán de él, un rottweiler que comprende como nadie aquello que le dijeron a Marilyn Monroe alguna vez, sobre que su belleza era demasiado específica y eso la limitaba para otro tipo de papeles (que la gente se calentaba con sus curvas, que no podía hacer de madre o de tía en una película, que no insistiera).
Y el rottweiler de mi barrio cada tanto muerde, muestra los dientes, amenaza con causar una tragedia, pero lo hace sin convicción, simplemente porque sabe que eso es exactamente lo que se espera que haga.
Esta mañana cuando me lo crucé, no pude resistir la tentación de acariciarlo, y pareció por un instante que iba a arrancarme el brazo de un mordisco. Después giró la cabeza, para que no lo viera llorar.

12.8.08

Santuario

Me llamó un par de años después de haber fracasado por última vez. La escuché alegre, con proyectos, la invité a cenar. Tomamos vino, recordamos algún episodio compartido, algún médano de alguna playa que tapó lo que fuimos. Después de cenar, advertimos que el piloto del calefón de la pasión todavía no se había apagado. La invité a mi casa, con improvisado pudor dijo que bueno, miró un inexistente reloj sobre su huesuda muñeca, dijo que claro, dijo que sí.
Pasado algún fuego, se puso de pie, al costado de la cama, con las manos en la cintura, y comenzó a insultarme, arrojó un zapato, hizo estallar una copa de vino contra el piso, gritó con el odio más puro que tenía y siguió quejándose un rato, repasando su vida, balbuceando incoherencias, mientras se vestía.
Le señalé, sin mucho entusiasmo, lo extraño de su comportamiento.
–No hace falta que terminemos la noche así.
–La comida estuvo exquisita, la conversación fantástica, y el sexo excelente -masculló-, pero el psicólogo me cobra una fortuna. Así que prefiero darme todos los gustos acá.

9.8.08

Carambeishon

Los niños reciben, desde el principio, desde el comienzo, un complicado mensaje. El mensaje es: hacé lo mejor que puedas.
Esa épica de la exigencia astutamente recubierta con el papel metalizado del amor los perseguirá hasta bien entrada la edad adulta, hasta que el fracaso sea demasiado evidente. Hasta que, incluso para el meteorólogo aficionado, no queden dudas que está lloviendo.
No menos cierto resulta que, si se les hubiera dicho que hicieran, no lo mejor que puedan, sino lo que puedan (sí, sí, claro, o lo que quieran, como te resulte más cómodo), entonces la inmensa mayoría no hubiera hecho nada.
Debemos decidir, si preferimos una multitud de frustrados, o una legión de inútiles.
Pero vos sos muy linda, eh. No vas a tener problemas.

6.8.08

Una fractura

Un sobrino mío se rompe una pierna. Jugando al fútbol, o jugando en un recreo, jugando a algo. Así que nos vamos al hospital mientras el chico logra dejar de gritar, y pasa a un apagado sollozo.
Quisiera que no sufra, quisiera que no le duela, pero es precisamente ante el dolor cuando descubrimos la exasperante insularidad de las personas. Ante el dolor descubrimos lo iguales que somos, lo lejos que estamos, y eso es casi más triste que el dolor mismo.
El médico que nos atiende es un imbécil demasiado satisfecho de su estetoscopio como para poder ayudar a alguien. Alguna noche de estas será asaltado por tres chicos de quince años que aspiran pegamento y quieren un automóvil y tienen la noción del bien y el mal algo difusa, entonces nuestro calvo doctor comprenderá, como cualquier superhéroe sabe, que hay determinadas circunstancias donde dejan de funcionar los propios poderes. Tristeza de superhéroe, un buen título para mi próximo libro de poemas.
Nos hacen esperar en un pasillo, sin que el doctor se haya dignado a transmitir una palabra de aliento a mi sobrino. Y eso es lo peor. Lo que nos pasa, nos pasa, siempre nos pasa, y queremos que alguien nos diga que no es tan grave, que alguien nos diga que va a andar todo bien, que alguien nos de una palmada en el hombro, que alguien nos insufle una molécula de esperanza.
Entonces mi sobrino, en ese pasillo húmedo y descascarado, logra sobreponerse al dolor y la consternación, la angustia y la tristeza, y me mira. Estamos de la mano.
–¿Por qué a mí? –dice, es todo lo que tiene para decir mientras espera ser enyesado, porque está demasiado aturdido para decir nada más.
Y a mí me parece que es la primera vez que se hace esta pregunta, que ya nada volverá a ser como antes.

3.8.08

21%

si el setenta y nueve por ciento de los viajes
son las fotos
entonces
no quiero viajar.
si el setenta y nueve por ciento del amor
son los recuerdos
entonces
prefiero viajar.
si el setenta y nueve por ciento de estar vivo
es estar muerto
entonces
prefiero enamorarme.
si el setenta y nueve por ciento de ser yo
consiste en no ser ninguno
de todos los demás
entonces
prefiero este sánguche de mortadela,
ajo
y mucho casancrem.

*el casancrem es un queso untable de venta libre en la república argentina.

30.7.08

El culo y el violín

Ella soñaba con tener talento musical, pero tenía buen culo. Y entonces, cada vez que tocaba el violín, cada vez que intentaba hacerlo, la gente quedaba extasiada, con su culo. Y ella tenía sentimientos encontrados. Estaba orgullosa de su culo, pero anhelaba demostrar sus inexistentes atributos musicales. Lejos de reconocer su falta de aptitud para la música, pensaba que su exquisito culo conspiraba, distraía, de lo verdaderamente importante, de lo que ella tenía para dar, de su música.
Pero ella tampoco estaba dispuesta a desprenderse de su don, nadie lo hace, y mucho menos aceptar que era una negada para la música, porque aceptar una incapacidad, claudicar, rendirse, es por lo general tan triste, y uno queda como en una habitación de hotel a oscuras.
Ella estaba atrapada en ese dilema, sufría. Había noches en que soñaba con la estatua de la justicia, pero la estatua de la justicia tenía el rostro, las facciones de un chancho pecarí. En un platillo de la balanza estaba su violín, en el otro, su culo (en ambos casos de ella, no del chancho). Pero en su sueño la balanza permanecía en perfecto equilibrio, la balanza no se inclinaba, y ella se despertaba agitada y sudorosa, intentando recodar, aferrarse al último piolín del sueño, porque si lograba ver en qué dirección se inclinaba la balanza entonces, presentía, su vida se ordenaría.
Después se casó con un escribano y abrió un local de venta de bijouterie. Me la encontré el otro día por la calle. No tenía buena cara, pero era muy temprano.

27.7.08

El cuerno de la abundancia

Últimamente, hago una cosa que provoca el más profundo de los desconciertos.
Tiene que ser en un bar. Si estoy solo, pido como si fuéramos dos personas. Si estoy con una persona, pido como si fuéramos tres los presentes, o incluso más, de acuerdo a la necesidad que me aguijonee en ese momento.
Permítanme dar un ejemplo. Lo que podríamos denominar, ejemplo 1.
Estoy con una chica, en un bar. Es de mañana, hora del desayuno antes de comenzar una jornada de trabajo. La chica quiere, lo sé, la conozco, un café con leche, nada más. Yo quiero un café chico, y una medialuna de manteca.
Se acerca el mozo. Formulo mi pedido.
–Buen día. Es un café con leche, un café chico, una medialuna de manteca, un jugo de naranja exprimido, un agua con gas, una porción de tostadas con queso y mermelada, ah, y un té.
Y no digo nada más. Miro, tal vez, distraído, por la ventana. El mozo duda, mira pero no encuentra una sonrisa de la cual aferrarse, y se aleja, pensando que están por ingresar las tres personas restantes, que ahí vienen. Pero no, no vienen.
Mi acompañante separa sus manos de la mesa y abre la boca en ‘u’, y luego decide callarse, confundida, o tal vez no logre contenerse y diga ‘yo no quería jugo…’, pero, ante un casi imperceptible asentimiento de mi parte, intenta desentenderse de una situación que comienza a incomodarla.
Entonces viene el mozo. Observa que seguimos siendo dos personas, y él tiene un pedido para, digamos, cinco personas. Se lo nota contrariado.
–El café con leche para la señora –digo, sin mirarlo. Esto es importante también, decirle ‘señora’ a una chica de menos de treinta es muy importante también, porque es sembrarle una duda, es devaluarle las tetas, es dejarla avizorar el futuro, para que se despabile, para que de a poquito comience a pensar en algo. Es fácil de practicar con alguna empleada de cualquier comercio. Cuando concurra a comprar algo, dígale en algún momento ‘señora’, y fíjese en su cara–. Ponga todo lo demás por acá. –Y señalo vagamente, sin mayor detalle, lo que podríamos denominar ‘mi’ mitad de la mesa.
Aquí, es inevitable, el mozo dirá algo, o mi acompañante dirá algo, o tras mirarse buscando alguna mínima complicidad que les permita superar un momento que no comprenden, los dos dirán algo, más o menos al mismo tiempo. Eso me obligará a decir algo, a mí también.
–Sucede que hace ya demasiados años que vengo huyendo de la carencia. Sucede que sufrí mucho de pibe. Sucede que una de las pocas cosas que me calma, que mitiga mi dolor, es ver que hay, que sobra, que yo no quiero en absoluto, pero que si hubiera querido, si hubiera necesitado, algo, cualquier cosa, mermelada en esta oportunidad, hubiera podido, estaba allí, al alcance de la mano, sin problemas.
Y tomaré mi café, daré un mordisco a mi medialuna de manteca, sintiendo que soy un tipo de lo más interesante.

24.7.08

Persecución

Voy a correr. No sé porqué. Correr es caminar, pero más rápido. Cuanto más rápido, más lejos se está de caminar, y más cerca de ser aceptado por la inconcebible secta de lo que se ha dado en llamar ‘deportistas’.
Lamentablemente para mí, quién sabe, no consigo una velocidad muy alejada de la caminata. Si mis rodillas hablaran me preguntarían, como una novia: ¿por qué me hacés esto?
El avanzar en ese estado de velocidad mínima, me permite escuchar de qué habla la otra gente que camina, la gente que también corre.
El 93% de las conversaciones son sobre comida. Estos sujetos hablan, mientras se mueven, mientras corren, de lo que comieron, de lo que comerán. Recuerdan. Anhelan.
Y es esta noción, tan arraigada por cierto, que cada premio tiene su castigo, que se debe sufrir antes o pagar después, pero que nunca existirá la posibilidad de arrancar un momento de la más pura alegría como quien descuelga un fruto de un árbol, con esa simpleza. Es esa noción, decía, lo que te dejará salpicado de un pestilente gris. No importa cuánto corras, no importa lo rápido que puedas correr.

21.7.08

Shakespeare no me ayuda

La mujer me explica que debo leer el soneto # 116 de Shakespeare para de esa forma comprender porqué se va, porqué me abandona.
Leo, entonces, el soneto en cuestión, intento leerlo una segunda vez, con idéntico resultado, a saber: no entiendo un pomo.
Así que a la hora de la cena, en lo que probablemente sea nuestra última cena, al terminar de comer mis agnolottis de ricotta y nuez, con mucho pesto, largo un descomunal eructo en pleno rostro de la mujer. Digo en pleno rostro porque he tenido la precaución de aproximarme un poco, como quien va a hacer una confesión, y ella, viendo mi actitud, se ha acercado, un poco también, lo cual me ha permitido, por decirlo de alguna forma, con admirable precisión y manejo de los tiempos, enfocar la columna del eructo a la altura del puente de su nariz. Digo descomunal, porque el eructo, dotado de un particular énfasis, ha surgido de mis entrañas, tal vez por un año y medio contenido, con la sonoridad, la guturalidad, la vehemencia del rugido de un león adulto en la sabana africana, apuntando a una luna del más precioso marfil.
La potencia del eructo, su musicalidad y fetidez, la han tomado, tal vez, algo desprevenida, al punto de hacerle perder el control del tenedor, que cayó al piso sin excesivo estrépito.
Ahora sí, con este nuevo motivo recién comprado, le digo que la entiendo, que le deseo lo mejor, que tal vez ella tenga razón, que no nos hagamos daño, que las cosas, todas las cosas, se terminan.

18.7.08

Maldito vademécum

Voy a una farmacia. Es una de esas farmacias modernas, donde los medicamentos están desplegados como si se tratara de un supermercado. Y así uno puede deambular por pasillos, recorrer exhibidores repletos de píldoras, de jarabes, de cremas, de blisters, de pócimas.
Camino y camino. Me paso una buena media hora perdido allí dentro, con una simpática canastita de plástico azul que me facilitan para que vaya colocando los artículos que preciso.
Finalmente, me dirijo a la caja con mi canasto vacío y le pregunto a la cajera de la caja tres si no sería de su agrado ir a conversar, tomar un café, caminar, si llueve, un par de cuadras de la mano.

15.7.08

Revolucionario sin remera

Debo luchar. A la mañana, cada mañana, debo luchar. Debo luchar contra la arritmia y la piorrea, contra la caída del cabello y las uñas encarnadas, contra la psoriasis y la gingivitis, contra los resfríos y la conjuntivitis, contra la lordosis y las infecciones urinarias, y el hígado que pide misericordia, clemencia, ser tratado de acuerdo al Protocolo de Yalta, contra la alergia al polen y a las plumas.
Sin embargo, todavía suelo cruzarme con gente cuya inaudita osadía les permite acusarme de burgués.

12.7.08

Felicidad. Una aproximación matemática

Tome la cantidad de cosas que tiene que hacer, y que no le gustan.
Tome las cosas que hace, y que le gustan.
Divida ambas cantidades. La cantidad de cosas que tiene que hacer, y que no le gustan, es el dividendo. La cantidad de cosas que hace, y que le gustan, es el divisor.
Recuerde que no puede dividir por cero. De ser ese el caso, usted es un triste indeterminado.
Si el número resultante del cociente es menor o igual a 1 (uno), usted es demasiado feliz para este mundo. Hágase un chequeo cada tres meses, sea cuidadoso, puede tomar un vaso de vino durante las comidas, utilice preservativo para cualquier tipo de práctica sexual, incluso la masturbación, use sobretodo en invierno, paraguas si está anunciado lluvia, y practique algún deporte sin contacto físico (tenis, voley, golf) tres veces por semana.
Si el número resultante del cociente, en adelante el ‘happiness ratio’ (HR), da un número entre 1 (uno) y 5 (cinco), usted está muy bien. Su señora le emboca a toda su familia, incluida su cuñada (la suya, la hermana de su señora) epiléptica con vocación de prostituta, durante toda la tarde del domingo, el médico le informa que usted tiene la tercera vértebra cervical con la forma de un fusile y que es conveniente que use un corsé de policarbonato para cualquier actividad que implique un esfuerzo superior al de, digamos, meterse el dedo en la nariz, su socio se fugó con la secretaria de diecisiete años, y todos sus (los suyos, no los de la secretaria, pobrecita) ahorros. Pero sus hijos le compran un par de medias para el día del padre, son medias ‘Tomasito’, 180% nylon, color beige, y usted ha aprendido, no sin esfuerzo, a navegar por Internet, y ha descubierto que si se queda despierto el tiempo suficiente, hay sitios para consultar donde señoritas muestran sus tetas en la pantalla, ¡y es gratis!
Si el HR (coeficiente de la felicidad), da un número entre 5 (cinco) y 10 (diez), bueno, usted la está remando. Su capacidad espermática se ha reducido tanto, que usted descubre que podría usar el mismo preservativo más de una vez sin que nadie lo advierta, su amante le informa que lo tiene filmado aquella vez que usted intentó copular con un Fox Terrier pelo duro, y da la casualidad que ella también frecuenta a un muchacho que trabaja en un noticiero de televisión y que estaría encantado de poder exhibir dicho material, cada vez que usted va a la cochera, cada mañana, alguien, un humano, a juzgar por el material, ha defecado sobre el capó de su Ford Escort 1993, y nadie tiene una explicación. Sin embargo, usted ha luchado para armar una familia, y se le permite como reconocimiento ver un programa de fútbol los domingos por la noche. También puede usted comer un alfajor Guaymallén, algo abollado, que ha encontrado vaya uno a saber por qué motivos, bajo la almohada del tercer hijo de su segunda esposa.
Para finalizar, si el cociente (HR) es superior a 10 (diez), alguien intenta sodomizarlo con una trompeta mientras usted viaja en tren hacia sus doce horitas diarias de trabajo, usted ve por televisión que el restaurante al que concurría con los muchachos de la oficina ha sido clausurado por el brote más grande de brucelosis que haya tenido jamás el planeta tierra, su hija de catorce años le informa que parte rumbo a Detroit, deja todo, porque se ha hecho devota de Marilyn Manson.
Y a las tres de la mañana, suena el teléfono.

9.7.08

No pienso decirlo

La mujer me dice, con tristeza, con énfasis, años después, lo malo, lo perjudicial que fui en su vida. El tremendo obstáculo que fui, según me informa, le impidió realizarse como persona, como mujer, como profesional, como artista, no recuerdo exactamente el orden.
El imponderable, la espantosa tragedia de encontrarse conmigo, la desvió para siempre de su exquisito potencial, la privó, como quien le arrebata a un oso un tarro de miel, de un hermoso futuro repleto de multicolores posibilidades.
Todo aquello que hubiera podido ser, todo aquello que la hubiera hecho feliz, se perdió para siempre en el inasible magma del antes, mientras que a ella sólo le fue permitido despertarse, cada día, en el forever gris después.
Por un momento, por lo que dura un momento, por ese intersticio, por esa ranura de tiempo equivalente a chasquear los dedos, parece que va a llorar, pero no llora. Es una congoja muy honda que se esfuerza en asomar su diminuta cabeza de animal, pero ella logra recomponerse, presionar la tapa de mimbre de la canasta de sus frustraciones.
–Ya está –dice–. Ya pasó.
Y yo siento el deseo, la pulsión física, hecha de una sustancia volitiva pura, como eyacular, como estornudar, como salir al balcón y ver llover, de decirle que cuando yo la conocí ella ya había fracasado en todos los rubros del horóscopo, que su tristeza era de antes, que yo fui un regalo, una vuelta, la última tal vez, quién sabe, en una calesita que apagó las luces de colores y arrancó el volante del autito y partió los caballos de madera con un hacha de mango corto y vendió la sortija y es la vida la reputa madre qué le vas a hacer.
Pero no dije nada. Le acaricié el cabello con la yema del dedo índice de mi mano izquierda, como quien toca un material demasiado frágil para este mundo. Le acaricié el cabello, y terminé el café.

6.7.08

El ascensor se cae

Las cosas que se me ocurren. Las cosas que me interesan a mí. Por ejemplo. Si estoy en un ascensor. Si estoy en un ascensor, moderno, automático, de esos ascensores que hay en las torres modernas y automáticas. Si estoy en el ascensor, entonces, pongamos, en el piso treinta y dos, o en el piso treinta y tres. Y por esas cosas que pasan, esas cosas modernas y automáticas, se corta el cable. Se corta el cable del ascensor. Y el ascensor, sin cable que lo sostenga, entonces, se cae, comienza a caer.
El ascensor se cae, dijimos, de un piso treinta y dos, o de un piso treinta y tres. Y agarra una velocidad importante, una velocidad de caída, la velocidad a la que caen las cosas.
Y supongamos que aunque se cortó el cable, aunque el ascensor se cae, a una velocidad, dijimos, considerable, a pesar de eso, el tablero del ascensor, el tablero de luces, el tablero que indica en qué piso estamos, o que no estamos, porque pasamos sin estar, porque el ascensor se cae, el tablero sigue funcionando. Y el tablero de luces, que sigue funcionando, marca en qué piso estamos, o por qué piso pasamos, mientras caemos, como dijimos, a una velocidad significativa.
Y yo, que estoy dentro del ascensor que cae, desde un piso treinta y dos o treinta y tres, con el tablero de luces que sigue funcionando por motivos eléctricos que me exceden, yo, que estoy ahí, no me desespero.
O me desespero. Pero desesperado y todo, tengo una idea. Podríamos decir, por esas casualidades de la vida, porque soy yo el que se cae, del piso treinta y dos o treinta y tres, que estar desesperado y tener una idea al mismo tiempo es mi especialidad.
Mi idea es la siguiente. Voy a estar desesperado, no puedo evitarlo, pero, quieto. Voy a estar desesperado y quieto, mirando el tablero de luces, que marca en qué piso estamos, o por qué piso pasamos, el tablero que marca la caída.
Y en el momento que el tablero de luces que marca la caída, porque el ascensor en el que estoy, desesperado y quieto, se cae, de un piso treinta y dos o treinta y tres, en el momento que el tablero de luces marque el 1 (uno), o mejor el 2 (dos), porque la velocidad de la caída, aunque no estoy desesperado, o sí lo estoy, desesperado y quieto, es importante, en el momento que el tablero de luces marque el 2 (dos), entonces, voy a saltar.
Voy a saltar. Con las dos piernas. Hacia arriba. Voy a saltar tan alto como pueda, rodillas al pecho, de ser posible. Y en el momento que el ascensor estalle contra el piso, porque es la única forma en la que puede terminar el ascensor que se cae, la caída, en el momento que el ascensor toque el piso para estallar, yo, que salté, para arriba, en el momento del impacto, voy a estar en el aire.
Y me voy a salvar.

La gente que tiene cierta formación científica me ha explicado, pueden fundamentar, que lo que acabo de narrar, el procedimiento descripto, es una soberana estupidez. Las leyes de la física están en mi contra y en el ascensor que se cae, de un piso treinta y dos o treinta y tres, desesperado o no, salte o no salte, me voy a hacer puré.
Pero lo que acabo de contar son las cosas que se me ocurren, las cosas que me interesan a mí.

3.7.08

Digamos que yo también

yo también arrastro mis cadenas
yo también cargo mi cruz
yo también pago mi condena
y guardo una pena en la mesa de luz.

yo también tacho el calendario
yo también me siento fatal
yo también soy un presidiario
que espera piedad antes del final.

yo también creí en el futuro
yo también quise algo mejor
soñé con ser otro, eso te lo juro.

yo también junto las miguitas
yo también duermo cucharita
con el mejor recuerdo que tengo de vos.