15.12.07

Connotación peyorativa

No necesariamente todo lo que conocemos como ‘colateral’ es negativo. Tal vez la connotación peyorativa tenga que ver con los medicamentos, o con la guerra. Sin embargo, por ejemplo, siempre hay un ejemplo, dicen que gracias a que el hombre llegó a la luna, gracias a los viajes espaciales, se inventó el teflón. Inventado el teflón, no tardaron mucho en inventar las sartenes de teflón. El invento fue fortuito. También sus derivaciones. Ahí lo tienen: el hombre quiere llegar a la luna, y terminamos en sartenes de teflón.
Podría buscar más ejemplos, muchos más. Podría seguir.
Ahora mismo, mientras te veo cocinar. Siento deseos de ir a la luna.

Así pasa, o sic transit, o como más te guste

Sucede que te preparás y te preparás para algo que no va a suceder nunca. Sucede que estudiás dónde queda el mar Báltico y que todo cuerpo sumergido en agua recibe un empuje de abajo hacia arriba igual al volumen de agua desalojado, pero cuando se cae el avión, se cae el avión, y eso es todo lo que cuenta. Sucede que trabajás y volvés a trabajar como quien pica una piedra sin saber cuál se supone que debe ser el resultado final, y después de veinte años de oficina un doctor observa los estudios, se acomoda los lentes sobre el enrojecido puente de su inconcebible nariz, y uno percibe que algo se ha complicado mucho más allá de la propia capacidad de entendimiento.
Sucede que no había nada para lo que prepararse, y la persona a la que te gustaría hablarle está bajo ese absurdo rectángulo de tierra, y el sol te seca las lágrimas antes que se atrevan a ponerse a correr como ratones locos.
Sucede que todos los dones que han venido de visita se irán, y eso es más que suficiente castigo.

12.12.07

Viajes

La sala de interrogatorios es más o menos como en las películas, no hace falta ponerse en detallista, no hace falta aburrir. Más berreta, eso sí, todo es mucho más berreta, pero la idea de fondo, lo que subyace, es lo mismo.
Las paredes están forradas de corcho, y en algunas partes de ese cartón que se usa para las cajas de huevos. Se trata, supongo, de una insonorización ‘sui generis’. Hay una mesa empotrada al piso, y dos sillas de material parecido al aluminio, aunque no creo que sea aluminio. El suelo, el piso, es de goma, de una goma color verde agua o musgo, un verde podrido, un verde que nadie con una pizca de criterio hubiera elegido jamás como color para un piso. El piso está lleno de marcas, pequeños círculos del tamaño de una moneda, donde se han incrustado millones de veces las patas de las sillas. Hay cenizas de cigarrillos esparcidas por todas partes.
Hay poca luz, una luz mortecina de tinte azulado, que da sueño. Hay una ventana por donde dos agentes, o tres, me están observando, aunque yo no puedo verlos. Como en las películas.
Estuve esposado pero me quitaron las esposas para que pueda tomar un café aguachento y gris que me trajeron en un vasito de plástico. Me preguntaron si quería fumar y dije que sí, aunque no fumo. Fumo en pipa, bah, pero para eso tengo que estar en casa, relajado. Es evidente que no puedo pedir una pipa. Además, uno no fuma en una pipa que no es suya, en una pipa prestada, cualquiera lo sabe. Entre el fumador y su pipa se establece una relación muy particular. Pero me pareció adecuado fumar, aceptar un cigarrillo, tener algo para ocupar las manos.
El último que me hizo preguntas, por espacio de una hora, fue el Comisario Salerno. El pelo al rape, algo gordo, el nudo de la corbata demasiado apretado, las gotas de sudor cayendo sobre la goma verdosa.
Hace un calor del carajo.
En realidad no hay mucho para preguntar, me dijo. Cuando llegó la policía yo estaba sentado en el comedor, viendo la televisión. El canal de National Geographic. Estaba comiendo maníes, más precisamente maní japonés; es un maní que tiene una cascarita riquísima. Había estado tomando vodka caro, no recuerdo la marca, polaco o danés, me lo deben haber regalado.
Tatiana estaba tirada en la cocina. Llevaba puesto uno de los remerones largos que usa cuando sale de bañarse. Celeste o turquesa. El hacha había entrado en su cráneo desde atrás y desde arriba, con fuerza, y había roto el material de su cabeza como si se tratara de un melón. Cayó de inmediato, se derrumbó y atinó a girar la cabeza; en su rostro no había odio ni dolor, pero sí contrariedad. Era evidente que algo la había tomado por sorpresa y la había incomodado.
Había mucha sangre sobre las baldosas de la cocina, sangre por todos lados. Cuando la encontraron a Tatiana, a Tatu, todavía tenía un cucharón en la mano. Cuando la sorprendió el hachazo, estaba cocinando, ravioles, o sorrentinos, sí, sorrentinos, con tomate y albahaca.
Salerno me dice que no hay mucho que preguntar, porque cuando llegaron, avisados por algún vecino que oyó un grito, un golpe, algo, no había nadie más. La puerta del departamento estaba cerrada. No había sido un robo, no había sido una violación, no había sido nada. Yo estaba mirando la televisión, el canal de la National Geographic, eso ya lo dije, así me lo contaron, y Tatiana estaba tirada en la cocina, con el hacha clavada en mitad de la cabeza, y el cucharón en la mano.
Tomate y albahaca, eso le ponía a los ravioles, a los fideos, a los sorrentinos.
Encontraron para colmo, me dice Salerno, la boleta de la ferretería en uno de los bolsillos de mi saco. Dice: hacha ‘bosque’ mango corto. Al parecer, compré un hacha modelo ‘bosque’, así se llama, en la ferretería ‘Don Eliseo’. Me muestran la boleta, la boleta que estaba en el bolsillo de mi saco.
Salerno me pregunta si quiero más café, más cigarrillos, y ya que estamos, si tengo algo para decir. Si quiero decir algo.
Y entonces tendría que decir que Tatiana estaba desde hace un mes, todas las noches, diciendo que no viajamos, que nunca viajamos, que nunca vamos a ninguna parte.
Decía que estaba mal, que eso era algo terrible, porque viajar te abre la cabeza, decía ella que le había dicho alguien, el psicólogo o una amiga, qué se yo. Igual prefiero no decir nada.

8.12.07

Tres cosas hay en la vida

Aquellos que tienen salud, aquellos afortunados que tienen salud, suelen agregar, en medio de cualquier frase, como quien condimenta una ensalada, suelen decir ‘lo importante es la salud’.
Aquellos que tienen dinero, aquellos que tienen lo que Ortega y Gasset llamó ‘libertad acuñada’, suelen ver el mundo desde una óptica tan particular como pragmática. Pueden incluso llegar a afirmar ‘no podría vivir sin dinero’.
Aquellos que tienen amor, aquellos que han hallado en el amor, en el cariño, en el afecto, un verdadero refugio, aquellos que han hecho del amor un pilar que les permite sostener sus vidas, dicen ‘todo lo que necesitás es amor’.
En mi caso particular, como un niño frente a una juguetería, me quedo con el labio inferior ligeramente abierto, un índice en alto no demasiado rígido, sin hablar, sin moverme.
Porque preciso todo, me cuesta decidirme.

Pequeño artefacto

La mujer me cuenta el procedimiento. Me cuenta que cuando me pide que la llame, determinado día, a determinada hora, se da un baño y se prepara un café. Enciende un cigarrillo. Y se coloca el teléfono celular (pequeño artefacto de la más alta tecnología, por cierto) en el interior de la vagina. Entonces yo llamo, dejo sonar el teléfono varias veces. Ella no atiende.
Me cuenta, me explica, que cuando yo llamo y el teléfono suena y ella no atiende, es un momento muy intenso de la relación.
–Me hacés muy feliz –dice, no exenta de cierta emoción que hace brillar su pupila izquierda.
Está por llover. Miro por la ventana del bar, y está por llover.

5.12.07

Sin Stephen, sin King

Y es entonces, en una escena de la cotidianeidad más absurda, cuando el terror se desata.
Voy hacia las medias, voy a tomar las medias, y las medias, como roedores, me pasan entre las piernas en medio de un espeluznante chillido y corren a esconderse debajo del sillón.
Voy hacia los zapatos, intento agarrar un zapato, y el zapato, con un gracioso movimiento, a todas luces practicado y ensayado, se pone en puntas de pie, y me descarga un tacazo en el meñique de mi pie derecho. Aúllo de dolor.
Voy hacia la corbata, logro agarrarla de la cola, y la corbata se arquea en el aire, es una cobra, lanza su siseo de cobra y se dispone a inocularme su veneno en el rostro.
Es el terror, el más puro terror, lo que te quita el aliento, lo que te hace mover los ojos en círculos buscando una explicación, un escape.
O quizás no. Quizás no tengo ganas de ir a trabajar. Quizás estoy borracho.

1.12.07

Plegarias alternativas

*… y perdona, señor, a la gente que no se tira a la pileta porque no saben la temperatura del agua, perdona a todos aquellos macanudos que no se emborracharon nunca, que tomaron un poquito pero jamás demasiado, perdona a los que no se animaron a saltar, a los que no saltaron porque saltar implica estar en el aire y esa materia no se cursa en ningún colegio, perdona a los que aplauden en el cine aquello que jamás harían en la vida real, perdona a los que prefieren la milimétrica precisión del colesterol a una mirada, perdona a aquellos que cuando la magia golpea a sus puertas responden ‘equivocado’ o ‘ya dimos’, perdona a las dulces criaturas que escriben poemas fabulosos pero precisan de un escribano que certifique, que registre pesos y medidas, que haga constar en actas. perdona a esos tipos que dicen ‘a mí lo único que me importa son mis hijos’, pero un perro que renguea por la calle les resulta absolutamente indiferente, perdona a esas secretarias tan cansadas de saber que después de servir el café su jefe les mirará el culo, que casi les duele el culo y se lo quitarían si tan solo pudieran, y por primera vez veríamos que el estado abriría una oficina de devolución de culos, perdona a esos tipos que se sienten tan orgullosos de sus autos nuevos como sólo esos tipos podrían estarlo, perdona a esas muchachas voluntariosas y dispuestas a correr tremendas maratones nike feraldy y a gritar con énfasis en el túnel de libertador pero que no, de ninguna manera se levantarían de la cama para alcanzarte un vaso de agua (no es preciso que me tires de la goma, corazón, no te estreses, no hace falta). perdona señor a los fanáticos del viagra porque, como frankestein, no pueden evitar experimentar lo que es coger con la pija de otro, perdona a las mujeres que barren la vereda y son puro fastidio, no porque sepan que la vereda volverá a ensuciarse sino porque el mango del escobillón genera en sus callosas palmas reminiscencias, un dulce cosquilleo de formas olvidadas. perdona señor a los tipos que se aferraron a la religión o a un extracto bancario o a fútbol de primera, porque esto es un naufragio y de algo hay que aferrarse, perdona a la chicas que se miran las tetas frente al espejo y descubren que después de los treinta se quedarán sin armas. perdona a todos los que intuyen que es demasiado tarde y lo único que pueden hacer es viajar a cancun o comprar un plasma. perdónalos, señor, porque sí saben lo que hacen, porque lo saben perfectamente, porque tenían todo muy claro desde el principio, porque jamás dudaron. perdónalos, señor, porque se empacharán un domingo de julio comiendo tristes nugatones de bonafide mientras miran radiografías y fotos de un mundo repleto de cosas que nunca sucedieron por los siglos de los siglos. amén.

nos ponemos de pie, pasamos a la página 319, y nos preparamos para entonar ‘zona de promesas’, del pastor cerati, así, para la mierda, desafinando con energía, como les salga.

Ella hacía cosas geniales

Ella me cuenta que cuando era niña, sus padres la llevaban de vacaciones a Mar del Plata. Ya en Mar del Plata, de vacaciones, su padre le compraba alfajores. Pero aquí comenzaban los problemas; ella, la chica, aún más chica, no lograba decidir si quería comer alfajores de chocolate, o alfajores de dulce de leche. Los dos le gustaban. La elección se transformaba en un dilema insoluble.
Finalmente, la chica pedía que le compren una caja de doce alfajores, mixtos. Esto implicaba que la caja en cuestión tenía en su interior seis alfajores de chocolate, y seis alfajores de dulce de leche.
Pero ni aún así. La situación estaba lejos de ser resuelta.
Entonces la chica se encerraba en su dormitorio, provista de la caja de alfajores, y un cuchillo. Un cuchillo extremadamente afilado.
Pero no se mataba, no. Se dedicaba durante lo que se extendiera una tarde de lluvia a abrir los doce alfajores. Los abría de manera longitudinal, dejando con milimétrica precisión dos idénticas mitades.
Y luego, aquí venía el corazón del experimento, el rapto de extrema originalidad. Se dedicaba a pegar las mitades, cruzadas. Una mitad de un alfajor de dulce de leche, con una mitad de un alfajor de chocolate.
Finalizada la prodigiosa operación, los alfajores eran prolijamente envueltos. La chica ofrecía entonces, por la noche, a familiares y amigos, su creación. Un manjar todavía no descripto. Un sabor todavía no inventado.
Pero la gente, los receptores de los alfajores creados, se mostraban contrariados. Porque quien había elegido un alfajor de chocolate, no saboreaba el alfajor de chocolate tal como lo imaginaba. Y quien escogía un alfajor de dulce de leche, tampoco recibía un alfajor de dulce de leche en el sentido exacto.
Y la chica, que era entonces más chica, descubría que la mezcla de dos cosas buenas no provocaba necesariamente una mejor, que a veces la gente sólo se anima a lo que conoce, que a veces las mejores intenciones no tienen porqué conducir a los mejores resultados.

28.11.07

Forever otro

Desde que he dejado la adolescencia, desde que he ingresado, por decirlo de alguna forma, en la vida adulta, suelo sentarme en un bar, cualquiera, y fantaseo. El objeto de mi fantasía es lo maravillosa que podría ser mi vida con sólo intentarlo, o con un golpe de suerte, según el caso. Liberarme de mi asquerosa rutina como un elefante que se sacude y ruge o brama o como corno se llame el sonido que hace un elefante cuando se sacude. Liberarme, decía, y dedicar mi vida a hacer cosas maravillosas que siempre hacen otros. Dedicar mi vida, entonces, a ser otro.
Pero si fuera otro, estoy seguro, desearía ser el sujeto sentado en la mesa de un bar, con su cuaderno de tapa dura y su birome, el sujeto que mira por la ventana y fantasea con despreocupación, acerca de todo lo que no será jamás.

24.11.07

Ni sano, ni enfermo

Entonces fui al doctor y le dije que me sentía mal, muy mal, que nunca me había sentido tan mal en mi vida. Sino, jamás hubiera ido a un doctor. Cuando uno acepta transformarse en mercancía de otra disciplina, es un momento de claudicación extrema.
Le dije al doctor que me dolía la cintura y el estómago, le dije que se me adormecía detrás de las piernas y que sentía un cosquilleo en el corazón, le dije que me temblaba un párpado movido por piolines desconocidos, le dije que sentía pinchazos en la nuca como si un chino pequeño y meticuloso hubiera decidido torturarme con agujas hirvientes, le dije que no podía definir si me costaba más pishar o respirar o bajar de la cama por la mañana, le dije que no podía dormir ni prestar atención, le dije que se me paspaba la ingle derecha hasta adquirir ese particular y único tono violáceo que tenían los muñequitos de vidrio que se vendían en Necochea, esos que cambiaban de color de acuerdo al clima.
El doctor se lo pensó un rato teatralmente largo. El doctor acomodó un cenicero de vidrio que semejaba una calavera a la cual le hubieran cercenado la tapa de los sesos. El doctor limpió sus gafas de lectura con el faldón de un delantal que debió ser blanco alguna vez, y había ido adquiriendo un color amarillo nicotina. El doctor se sacó un pedazo de lechuga que tenía entre los dientes. El doctor me miró.
–Usted está gordo –me dijo.
Ya lo sabía. Le di la mano y le dije que ya lo sabía.

El camino del saber

Si se toma un hámster, un simpático hámster, puede ser blanco, puede tener alguna mancha irregular color café con leche. Si se toma un hámster, decía, y se le coloca un enchufe en el culo y se le aplica corriente, el animal exhibirá sus puntiagudos dientes en una mordida apretada, se notarán ciertos rasgos de exoftalmia, se le chamuscarán los pelos del bigote.
Si al día siguiente, otro día, se toma otro hámster, y se le aplica el mismo enchufe en el culo, y se le da corriente, el hámster se erguirá graciosamente sobre sus patas traseras, y sosteniendo con una patita un imaginario micrófono, entonará un tema a elección de Frank Sinatra, imitando la particular e inconfundible cadencia de su voz, lo que equivale a decir imitando la voz de ‘la voz’.
Es preciso comprender que cuando están involucrados seres vivos, idéntico estímulo no tiene porqué ir seguido de idéntica reacción.

*ningún animal fue dañado durante la escritura de este fragmento.

21.11.07

Todo lo que no sé de automóviles, y más

Alquilo un espacio temporario, una cochera, en un garage, a unas tres cuadras de donde vivo, para guardar el auto. Las calles se han puesto algo peligrosas, las costumbres han cambiado. Si uno deja el automóvil en la vía pública, el mismo es depredado con una voracidad inverosímil. Te dejan un llavero, te dejan nada.
El hombre que trabaja en el garage en el turno noche se llama Pedro o Carlos, o Master, o Titán. Me dice que cuando le agarra sueño, a la madrugada, cuando cierra los ojos e intenta que descansen un poco sus varicosos pies, de pronto es despertado por ruidos extraños en el piso superior. Algún chirrido producto del contacto entre metales, el rebote de un par de neumáticos, con rítmica intermitencia, contra el piso, un vidrio que cruje, cosas raras.
Al principio creyó que alguien podía estar cometiendo actos de vandalismo, intentando robar, aunque le parecía poco probable. Cuando Carlos o Pedro, Master o Titán, subía a revisar, encontraba un chorro de algún extraño líquido sobre el piso, un espejo roto, un auto, por insólito que parezca, cambiado de lugar.
–¿En qué quedamos? ¿Ladrones o fantasmas? –Hace calor y es tarde. Me quiero ir a dormir. Mañana tengo que ir a trabajar.
Pedro o Carlos o Master o Titán me mira con una paciente ternura, como yo miraría a un niño pequeño con alguna discapacidad evidente.
Su teoría es que hay determinadas noches donde algunos autos, los que se gustan, aprovechan para fornicar.

17.11.07

Bellezas naturales

El turismo es conocido, no sé quién acuñó la frase, como ‘la industria sin chimeneas’. El turismo es una gran cosa. El turismo ha permitido que países arrasados por la impericia o la guerra, países a los cuales no parecía quedarles la más mínima oportunidad, países y pueblos que parecían condenados a la extinción, pudieran renacer. Milagros hechos porque la curiosidad es capaz de hacer que alguien recorra medio mundo con tal de observar cómo se desmorona una pared de hielo, cómo ruge una catarata, qué tan alto se puede subir una montaña.
Esa gente, esa raza dotada de curiosidad, del deseo de buscar, de conocer los milagros de la naturaleza. Esa fuerza que los mueve, esa pulsión que los guía.
Sin embargo, cuando las fortuitas circunstancias me ponen en contacto con alguna representante del sexo femenino de este grupo de aventureros y le ofrezco, sin mayores sutilezas, la posibilidad de contemplar o de entrar en contacto con mis genitales, no quisiera extenderme en detalles que pudieran derrapar en la grosería, la respuesta es por la negativa.
La situación me inquieta, me intriga, me obliga a repensar sobre qué ocultas fuerzas y extrañas motivaciones son las que mueven al turismo.

Sí, seguro

Cuando el cuerpo comienza a mostrar que no es una maquinaria ni tan maravillosa ni tan infalible, cuando se cae una muela o el pelo, cuando se arruga un pezón, es un excelente momento para comenzar a creer en el alma.
Cuando el deseo se escurre como una luz debajo de una puerta, cuando se marchita una vulva, cuando la flaccidez de un pito resulta inocultable, es una ocasión propicia para entender la prístina pureza de la amistad, la compañía, porqué no el amor.
Cuando no se tiene un solo peso, cuando no se pueden comprar cigarrillos o un café, es buena circunstancia para maravillarse con una caminata y un atardecer.
Me sorprende descubrir el noble fluido que habita en las más íntimas convicciones.

14.11.07

Desesperaciones

Absolutamente desesperado y más. Absolutamente desesperado y mucho peor. Absolutamente desesperado y seguís. Absolutamente desesperado y te servís otra porción. Absolutamente desesperado y no entendés qué fue lo que pasó. Absolutamente desesperado como un minero al que se la apagó la luz del casco en el peor momento, sin explicación. Absolutamente desesperado y sonreís. Absolutamente desesperado y pedís la cuenta. Absolutamente desesperado y las galeras hacen huelga de conejos. Absolutamente desesperado, ¿vos no?

10.11.07

Kung Fu (sin el bolsito)

Me pasa últimamente que pido un alfajor en un kiosco, y me dan dos pilas chicas. Me pasa que pido sexo, y me dan amor. Me pasa que pido dinero, y me dan trabajo.
Me pasa últimamente que la gente es boluda, que no me entiende.

Blasfemo

Los premios y castigos son una de las pocas cosas que permiten, por lo que dura un instante, ordenar el caos. La comprensión de algo, por tremendo que sea, da cierto alivio. El orden encontrado permite alinear los planetas hasta el próximo sacudón.
Cuando los dientes amarillos corresponden al que fuma setenta y dos cigarrillos diarios, todos se relajan. Si se descubre que la calvicie está en conexión directa con la ingesta de chocolate en rama durante la pubertad, mucho mejor.
Si el que triunfa en cualquier rubro del horóscopo tiene un rasgo que lo hace parecer descendiente directo de Ra, dios del sol, es entendible.
El problema es cuando sucede el cáncer o el prodigio, el infarto o la teta perfecta, el piano sobre la cabeza de una madre abnegada, o el premio de lotería para un asesino confeso.
El problema es cuando vislumbramos que tal vez Dios no sea magnánimo ni esté demasiado ocupado, no sea travieso ni misericordioso, ni justo ni arbitrario.
Sino tal vez como todos nosotros, de a ratos, indiferente.

7.11.07

El psicoanálisis ayuda

El otro día soñé que cogía con una sandía. Le había hecho un pequeño orificio a la altura de la mitad, y había quitado un círculo de unos cinco centímetros de diámetro, como quien quita el tapón de una bañera. Luego había colocado la sandía sobre el parquet y me había arrojado encima. Recuerdo que la escena transcurría en una habitación desconocida para mí. Había un perchero, y sobre el perchero había una lechuza que parecía seguir atentamente la escena. Aunque no estoy en condiciones de afirmar si la lechuza estaba viva o embalsamada. Los ojos amarillos de la lechuza apuntaban en dirección a la sandía, pero no parpadeaban. Aunque las lechuzas no se caracterizan por parpadear.
Y esa es la escena que soñé la otra noche, doctor. Yo me retorcía un poco sobre la sandía, y la lechuza miraba, y no recuerdo mucho más.
No se vaya, doctor, espere, todavía no le pagué la consulta. Por favor no se vaya.

3.11.07

A vos te falta motivación

Lo interesante es que la vida continúa.
Lo interesante es que te pisa un tren y te deja las piernas como dos escarbadientes usados, y la vida continúa.
Lo interesante es que te roban y el ladrón te clava una percha oxidada en un ojo, y te quedás bajo la lluvia pensando que te falta la billetera y el ojo, y la vida continúa.
Lo interesante es que tu chica fornica con el verdulero, y con el carnicero de manos elefantiásicas que apestan a carne picada, y con el vecino jorobado del séptimo b, y con tu prima, y con el fox terrier pelo duro de tu hijo, y la vida continúa.
Lo interesante es que de chico pensás lo que vas a ser cuando seas grande, y de grande pensás qué habrás hecho de chico para tener el colesterol tan alto, y la vida continúa.
Lo interesante es que casi todo el tiempo lo que tiene sentido no tiene explicación, y lo que tiene explicación no tiene sentido, y la vida continúa.
Y después te morís, y la vida continúa.

Un secreto

De chiquito se reían de mí. Tenía la frente demasiado amplia, la nariz demasiado grande, algo raro en la mirada, en la forma de expresarme, en mi manera de andar.
No era aceptado, entonces, ni querido, ni elegido para jugar al fútbol o para bailar. Mis amigos armaban reuniones cuya clave era la expresa exclusión de mi persona, que yo no supiera, que no me enterara. En el juego ‘verdad o consecuencia’, que algunos de ustedes conocerán, las chicas elegían ‘verdad’, conmigo, siempre, porque la sola idea de tener que darme un beso las ponía mal. Por más que quise, por más que me esmeré, por más que hice mis mejores esfuerzos, no pude bailar un lento durante toda la adolescencia, nadie quiso bailar conmigo, ni las gordas, ni las rengas, nadie quiso abrazarme jamás.
Ahora, deliciosas criaturas me ofrecen sus favores, sus honduras, con llamativo entusiasmo.
Ahora, simpáticos muchachones me convocan a reuniones en salones donde se bebe el mejor whisky, se fuman los mejores puros, y la gente se dedica a reír, a conversar.
Ahora, la gente me mira y se preguntan cómo es posible que yo exista, tan inteligente y atractivo, tan talentoso, tan pijudo, tan genial.
Y yo no digo nada, no puedo decir nada, no tengo nada para decir, pero si tuviera que decir algo diría que lo que sucede es ajeno a mi voluntad, una reacción del cuerpo, un desesperado anhelo, algo que crece y se manifiesta contra todo pronóstico, como una flor en medio del desierto, unas tremendas ganas del tamaño de una tormenta, porque a mí nunca nadie me quiso abrazar.