15.2.11

El precio

Tener salud, o estar en buen estado, valga la redundancia, de salud, eso sí que está bueno. Hacerse un chequeo y que te digan que tenés bien el corazón, que vas a seguir pishando como un dromedario, que la presión está bien, y el colesterol, que no se te va a volar alguna chapa del fuselaje de la vida en medio de un garche o de una discusión. Pero para que eso pase, para que eso suceda, vas a tener que cenar solamente fruta, y almorzar, de ser posible, una rama de apio, después de metértela en el culo, y a la mañana vas a tener que comer un yogur que te impulse a cagar hasta más no poder, y después de cagar podés gratificarte con un vaso de jugo de arándanos o frotarte las tetitas con una rodaja de sandía. Los domingos podés comer dos o tres cucharaditas de helado, no la cuchara sopera, la cucharita de café.
Tener dinero es genial, tener dinero es lo mejor que te puede pasar, aquí en el occidente más o menos civilizado, de este lado del mostrador. Si tenés dinero podés comprar un par de zapatillas hechas con piel de culo de guepardo macho, y tomar un Pommery Brut Royal sentado en alguna terraza con vista al mar, y manejar por encima de los ciento cincuenta kilómetros por hora tu Audi A4 sintiendo que estar adentro es infinitamente mejor que estar afuera, por los siglos de los siglos, amén. Pero para que eso pase, para que eso suceda, vas a tener que comprar y vender alguna absurda mercancía hasta que te reviente el corazón como un sapo al que acaban de darle una virulenta patada contra un zócalo, vas a tener que ir a una oficina hasta que no sepas si preferís que sea de día o de noche, vas a tener que esperar en un aeropuerto que huele a aire masticado ese maldito avión que nunca llega.
Tener amor, ah, el amor, ese bálsamo, ese néctar, esa caricia de la mano de algún Dios. Ver a tu mujer dormida un domingo cualquiera, con la boca apenas entreabierta y el cabello revuelto, y saber que estás precisamente en el lugar en el mundo donde querés estar, que por mañanas así valió la pena la rueda y el fuego y dos mil años de civilización. El abrazo de un hijo que se cuelga de tu cuello y te besa la cara y sos un coloso, sos una montaña, diste vida y recibís vida y es todo tan lindo que dan ganas de reírse a carcajadas, mientras por la ventana entra un magnífico sol. Pero para que eso pase, para que eso suceda, tendrás que aguantar a una gruñona y for ever fastidiada mujer que ni siquiera sabe muy bien el motivo de su enojo, por unos veinte años o quizás más, tendrás que ir al supermercado como un patético peregrino y cargar el auto con bolsas para que después te digan que te equivocaste, que te olvidaste, que sos un imbécil sin alma, tendrás que inclinarte y juntar el sorete de una mascota que ya ni se molesta en mover la cola cuando te ve, tendrás que hacer lo de siempre, como siempre, hasta que no des más, para recién entonces volver a hacerlo, otra vez.
Salud, dinero, y amor, claro que sí. Te hago la factura a consumidor final.

10.2.11

Quería vivir

Mi amigo H. se fue muy de jovencito a estudiar a Estados Unidos. Ya era ingeniero, pero el padre los había preparado para que fueran grandes ejecutivos, a él y a su hermano. Debían ir, hacer un master, luego trabajar en grandes empresas, ser exitosos y solventes ciudadanos del mundo, disfrutar las delicias del occidente civilizado. Eso hicieron, entonces, H., y su hermano.
H. está de visita en Argentina, en Buenos Aires, así que vamos a comer. Está casado, tiene tres hijos y un bmw que todavía no existe en el hemisferio sur. Vive en Londres.
–Lo único que me gusta es fumar, y coger con prostitutas –dice H.
Me cuenta una historia, H. Como es ejecutivo de una multinacional, un importante laboratorio, viaja todo el tiempo. Viaja a Ginebra, a Ámsterdam, a Bruselas. Pero viaja mucho más a Shangai, a Bangkok, a Singapur.
Cuando viaja, aprovecha para fumar, aprovecha para coger con prostitutas. Le prometió a su señora, H., cuando tuvieron a su primer hijo, que dejaría de fumar, que no fumaría nunca más, había cosas más importantes en el mundo que fumar. Lo de las prostitutas, bueno, la señora no mencionó nada al respecto, así que H. prefirió no tocar el tema.
El asunto es que H. viajó por dos días a Bangkok, tuvo un par de reuniones con ejecutivos asiáticos, después se compró tres paquetes de cigarrillos, y se alquiló una prostituta del lugar.
Estaba algo borracho, cuenta H., cuando terminó de coger, se puso de pie, vio con una mezcla de espanto y asombro, que no tenía puesto el preservativo. El preservativo se había roto, la prostituta le dijo que a ella no le importaba un carajo (al parecer le había dicho que no le impoltaba un calajo) y se fue a bañar.
H. se sentó en la cama, y se dio cuenta que se iba a morir. Había hecho todo mal, y ahora llegaba su castigo. Tenía sida, seguro. Tenía cáncer de garganta, también.
Cambió el vuelo, adelantó la vuelta, tenía que hablar con su mujer. Se iba a hacer un chequeo médico para confirmar el sida, el cáncer de garganta. Quería ver a sus hijos, ver la televisión con su mujer, charlar un poco. Quizás pudiera salvarse, la medicina había hecho, a pesar de su intrínseca crueldad, notables progresos. H. quería vivir.
Al día siguiente pegó la vuelta. Le había salido un sarpullido en todo el cuerpo. Brazos y piernas, espalda, torso, cuello. Casi no podía tragar del dolor de garganta. Iba a hablar con su mujer, y a empezar el tratamiento cuanto antes. Era joven, quizás su mujer lograra perdonarlo, por los chicos. Habían tenido buenos momentos juntos. H. se la pasó tiritando todo el vuelo, volaba de fiebre.
El taxista lo dejó en la puerta de su casa de Hampstead. Eran las ocho de la mañana. No era ninguna originalidad para Londres, pero llovía.
Abrió la puerta con infinito cansancio, las enfermedades habían comenzado, sin duda, su tarea de demolición.
Su señora estaba sentada en la cocina, pálida como un fantasma, en camisón. Con el cabello revuelto, los enrojecidos ojos de haber pasado la noche llorando. Vio restos de un vaso roto sobre la mesada, bajo la inclemencia de las luces fluorescentes.
–Yo –dijo. Había ensayado cómo contarle, pero se le trababan las palabras. Ella sabía todo, había adivinado todo, era muy claro–. Yo te quiero decir algo.
–Atropellaron a Timmy –dijo su esposa, y abrió las canillas del llanto. Se puse de pie, lo abrazó–. Estaba jugando en el jardín, cruzó la calle, lo atropelló un camión.
Timmy era un simpático Schnauzer miniatura. Le gustaba dormir en la pieza de su hijo Jeremy, y caminar de noche bajo la lluvia. Lo recibía siempre, a la vuelta de sus viajes, con un par de saltos y unos roncos ladridos. Pobre Timmy.
–Bueno –dijo él, le acarició el cabello, la apretó con fuerza, le limpió la nariz con la palma de una mano–. Bueno.
Ella levantó la cabeza.
–Estás lleno de granitos –le dijo–. Y tenés olor a pucho.
–Me salió un sarpullido, algo que comí con camarones –dijo H.–. En Bangkok fuman hasta los chicos de nueve años, Caro, debo tener olor a faso hasta en las medias, me pica todo. Pobre Timmy, che. Que macana.

5.2.11

Arbor dixit

Estaba retriste, estaba remal. Las cosas no me salían, a decir verdad no me habían salido nunca, los grandes rubros del horóscopo, tampoco el cambio chico, los detalles. Mi vida era un pulóver mal tejido. Me acababa de divorciar, la conchuda de Mónica no me quería dejar ver a Josefina. En el laburo había cambiado el gerente regional, y se contaba que el tipo venía a hacer una limpieza. Si miraba fijo una tira de asado o me pasaba una milanesa por el pecho el colesterol me subía a 33.
Salí de Rond Point, de discutir con Mónica. No sé por qué carajo me citaba en Rond Point, debía ser que después se iba al Shopping y le quedaba cómodo. Le dije que lo único que hacía era pedirme guita, me dijo que yo era un pelotudo, lo normal.
Salí, crucé Figueroa Alcorta en diagonal. Sábado, tres y media de la tarde. No tenía ganas de sentarme en un cine, no tenía ganas de caminar, no tenía a quién llamar.
Me senté en un banco de la plaza. Miré a un perro, un eléctrico Setter Irlandés que no podía parar de moverse, deberían construir perros que se movieran un poco más despacio. Miré a una piba que pasaba corriendo, flaquita, con calzas de ciclista, un culito firme y una mueca del más profundo fastidio, en la cara, no en el culo. Fumé dos cigarrillos.
Decidí volver a casa, a ver si podía dormir una siesta, aunque ya ni siquiera dormía demasiado de noche. Si dormía seis horas de corrido era para festejar. Caminé unos pasos, por Tagle creo, la que está frente a la embajada de Chile.
–Ey –miré, pero no me había tropezado con nadie, por la sencilla razón que no había nadie con quien tropezar–. Sí, vos.
Me detuve. Miré hacia arriba, la voz parecía haber venido de arriba.
–Soy el árbol –se agitaron las hojas, podía ser el viento. Tenía que ser el viento.
–No entiendo –me acerqué, dos o tres pasitos laterales, al tronco del árbol–. Quiero decir, no puede ser.
–Sí que puede ser, sí que puede ser –la voz era ronca, gruesa, grave, voz de alguien que ha fumado muchos años–. Los árboles estamos vivos, cualquiera lo sabe.
–Pero no hablan.
–¡Por que no queremos! –se rió, el árbol, una vegetal carcajada–. Por que no queremos, nada más.
–Es rarísimo –dije. Apoyé una palma, sobre el tronco, rugoso, fresco, algo latía debajo de la corteza, algo que yo era incapaz de descifrar–. No sé qué decir.
–No digas nada –dijo el árbol–. Y no tengas miedo. ¿Tenés miedo?
–No –le di un par de palmadas al tronco–. No creo que me vayas a pegar.
–¡Ja! –se rió el árbol, otra vez.
–Bueno, me voy a ir, antes de desmayarme –dije–. Si esto no es un sueño, si no me despierto en casa, otro día te paso a saludar.
–Bueno, dale. Pero no te hagas mala sangre, flaco. Se te ve preocupado, se te ve mal.
–Es que no me sale una –saqué otro cigarrillo– ¿Te molesta si fumo?
–No, fumá tranquilo. Nosotros hacemos la fotosíntesis, qué carajo me importa si fumás, forro.
–No me sale una, te decía. Estoy divorciado, y mi ex mujer no para de romperme las pelotas. El trabajo es una mierda. A la noche, a veces, tengo taquicardia. No doy más.
–Te hacés mucho problema, pibe –me cayó una hoja, del árbol, se deslizó por mi frente–. Es todo la cabeza. Mirame a mí. No me puedo mover, vienen los perros y pishan y pishan, siempre en el mismo lugar. Y vos tenés ganas de decirles ‘ya pishaste ese lado, pishame parejo’, pero no, qué boludos los perros, por Dios bendito y la Virgen que llora Fernet. Después algún gordito que se cree Rocky Balboa se te cuelga de una rama. ¡Pará, loco! ¿No ves que me matás? Y siempre hay un pelotudo que quiere venir, saca un cortaplumas, y quiere escribir algo, alguna gilada. Me estás haciendo mierda, loco, para escribir ‘Beto y Laura’. Si la mina está con vos, si te la estás cogiendo. ¡Decíselo! ¡Decile lo que quieras, pero no me lastimes más!
–Tenés razón –pité.
–Así que cortala. Qué depresión ni qué trastorno de ansiedad, boludo. A veces llueve, a veces hace calor, a veces te sentís bien, a veces no tenés con quien hablar. Cuando te parezca que la cosa está como el culo, pensá en mi situación. O vení a verme que yo te despabilo de un ramazo en la cabeza. No seas ingrato con lo que te tocó, loco. No jodas más.
–Tenés razón –dije otra vez. El árbol se quedó callado. Di un par de golpecitos sobre el tronco, pero nada. Al rato me fui.

30.1.11

La ciega

Fue, más o menos, así.
Había arreglado para tomar un café con Martín, a eso de las cinco de la tarde. Me llamó Martín y me dijo que quería tomar un café, así que sólo podía tratarse de dos cosas. O Martín se había divorciado, otra vez, o necesitaba dinero, otra vez.
Arreglamos para vernos en el bar que está en Lacroze, a dos cuadras de Cabildo, nunca sé si es Villanueva o si es 11 de Septiembre. A Martín le queda bien el lugar porque trabaja por Belgrano, y después se va para Vicente López. A mí no me jode tomar un subte distinto.
Bajé en Olleros y la vi. Una mujer de más o menos cincuenta años, ciega, frágil, dubitativa, de pie en el andén. Acababa de bajar del subte, también, y parecía aturdida por el movimiento de gente que le obsequiaba indiferencia y fastidio en indefinibles proporciones.
La toqué apenas, un codo.
–¿La ayudo?
–Sí –dijo–. Por favor.
Le pregunté si estaba mal que yo la tomara del brazo, y le conté la historia de la vez que quise ayudar a un ciego a cruzar la calle, y el ciego me dijo ‘¡no me agarre!’, porque es el ciego el que agarra a la otra persona del brazo, y no al revés.
–Son resentidos –dijo, y se sonrió.
Caminamos hasta la escalera mecánica.
–Acá está la escalera –dije.
Subimos la otra escalera, despacio, deteniéndonos cada tres escalones, hasta la calle. Ella me tenía del brazo.
–Voy para Aguilar –dijo–. Muchas gracias.
–Si quiere la acompaño –dije. Total, eran dos o tres cuadras, y no eran todavía las cinco. Tenía tiempo, no hacía demasiado calor, me sentía bien.
–Es usted muy amable –dijo, y sonrió otra vez. Aunque no era una sonrisa, era un extraño rictus, la cara de los ciegos suele ser tan particular, o quizás sea el efecto que provocan esos traslúcidos ojos, como si en verdad te estuvieran observando pero desde mucho más lejos, desde otra parte que no sabemos dónde queda.
Caminamos por Cabildo, doblamos en Aguilar. Me costaba un poco adaptarme al ritmo de sus pasos, hacer las pausas. El tic tic de su bastón tanteando la vereda como el hocico de un perro. Le conté, más o menos, como pude, por hablar de algo, aquella historia de Borges. La historia donde Borges tiene que cruzar la 9 de Julio, y alguien que lo reconoce lo ayuda a cruzar. A mitad de camino, el sujeto amaga con soltar a Borges, con abandonarlo en medio de la avenida, y le dice ‘¿Sabe una cosa, maestro? Yo soy peronista’. Y Borges le responde ‘No se aflija, muchacho, yo también soy ciego’. Lanzó una contenida risita, como el graznido de un ave, como un hipo. Le pregunté cómo se arreglaba para moverse por la ciudad, me dijo que uno se acostumbra a todo. Trabajaba en el centro, ella también, en una dependencia ministerial.
–Acá es –se detuvo ante la fachada de un edificio viejo e intrascendente como tantos otros, una metálica puerta pintada de verde. La manija había perdido su antiguo dorado, con paciencia de araña trabajaba el óxido.
–Bueno –dije yo.
–Pase, pase un momento –ya había abierto y empujaba la pesada puerta–. Déjeme ofrecerle un té, o un vaso de agua. Vivo en planta baja.
Pasé. No sé por qué, pasé. La historia se desarrollaba sola, fluía, en una especie de cinta transportadora que carecía de incordios u objeciones.
Pasamos el enjaulado ascensor, doblamos a la derecha, se detuvo ante la puerta de su departamento.
Se agachó un poco, pensé que se le había caído la llave, pero no. Puso las manos sobre mis muslos, y ya estaba de rodillas, me desabrochó el cinturón. No sé cómo, pero quedé con el bastón blanco en una mano.
No quiero utilizar lenguaje excesivamente técnico, ni debiera ser preciso derrapar en la grosería. Me tiró de la goma. Me la chupó, con energía no exenta de cuidado, con método no exento de interés. Una experiencia tan inesperada como satisfactoria. Me apoyé con una mano contra el marco de la puerta. Miré hacia abajo, los cuadrados tacones de sus gastados zapatos, mientras ella cabeceaba. Acaricié su áspero y descuidado cabello.
Eyaculé como un vehemente babuino, como un intenso chimpancé.
Se puso de pie. Le devolví el bastón. Se pasó un dedo anular por una comisura de la boca. Me subí los calzoncillos, los pantalones, me até el cinto, resoplé.
–Yo –balbuceé–. Bueno, yo, o sea, no sé.
–Quedate tranquilo –abrió la puerta–. Estuvo todo muy bien.
–Yo –dije otra vez–. Yo –estaba estupefacto y satisfecho, algo atemorizado y feliz.
–No te preocupes –entró en su domicilio–. Me ayudaste en el andén, hiciste justo lo que yo necesitaba. Tuve ganas de hacer lo mismo por vos. Para eso, para saber con exactitud lo que necesita otra persona, no hace falta ver.

25.1.11

Hámster

Cuando mires tu vida con una delicada distancia, con una generosa perspectiva, notarás, los últimos cinco o siete años no fueron mucho más, no muy diferente, que un hámster en una jaula pedaleando su ruedita.
Ya sé, ya sé, la imagen es dolorosa, incomoda un poco, fastidia.
En una oportunidad fui a una veterinaria, estaba algo borracho quizás, lo admito, con una bufanda de frustración y tristeza enroscada al cuello. Compré el hámster que vi en la vidriera, con la rueda, y la jaulita. Dije que era un regalo para mi hija.
Salí a la calle, metí la mano, y lo solté. Era para mí la cosa más importante que podía hacer en mi vida. Puse al hámster, blanquito, con una mancha un poco negra y un poco café con leche sobre gran parte del lomo, lo solté, decía, lo puse sobre la vereda.
El hámster me miró, algo contrariado, y después, así, igual que como estás haciendo vos, negó con la cabecita.

20.1.11

Nomenclador de boludos -addendum-

Ya está, ya fue escrito, lo que yo creía el definitivo catálogo de los boludos. La estricta tipificación, el preciso detalle que permitiera, incluso para el más distraído, la unívoca identificación. Quizás encontrarse.
Pero el abstruso campo de las ciencias sociales tiene sus vericuetos, carece justamente de la matemática precisión, de la rigurosidad del laboratorio. Estamos en presencia de un organismo vivo que muta, y en el caso que nos ocupa, crece. Eso, la pasión de entomólogo, es lo que me obliga a volver sobre tan álgido tema. Vaya entonces el presente apéndice para el nomenclador de boludos.
Boludo Balboa. Es el boludo vigoroso, enérgico. Es el boludo que desea escalar montañas, un boludo que se pone a empujar un automóvil, para ayudar, sin que nadie se lo pida. Es un boludo maratonista, desde ya. Un boludo al que le gusta veranear en carpa. Un boludo para el cual no hay nada mejor que las mudanzas, bajar una heladera por las escaleras, ir a las siete de la mañana y trotar bajo la lluvia, con mucho viento, con frío.
Boludo/a hidratado/a. Es, por lo general, mayormente, una boluda. Lleva una botellita de agua, o de alguno de esos híbridos, entre agua y jugo, siempre. En la cartera, en la mano, en la mochila. Es una boluda que va dando pequeños sorbitos de su botella descartable, en el subte por ejemplo, o en la parada del colectivo, como si estuviera jugando un tie break con Federer. Es una boluda que ha visto algún comercial de televisión, y cree que mientras ingiera dos litros de agua por día, nada malo podrá pasarle. Es una boluda que toma un sorbito de agua antes de dar vuelta cada página del diario, un sorbito de agua antes de preguntarte dónde queda la calle Anchorena. Quizás allí esté colocado su secreto anhelo de sorber un pito, sumado desde ya a un tremendo temor a marchitarse, a despertar un día y que su vulva esté más seca que una baldosa de porcelanato.
Boludo cuasimoneda. Es un boludo de precaria condición económica, un boludo que en cualquier circunstancia donde deba abonar algo, intentará hacerlo con cualquier cosa, menos dinero. Es un boludo, o una boluda, que al llegar a la caja para sacar dos entradas al cine, dirá: ¿se puede pagar con tres gaturros, una estampilla del número cuatro de Finlandia, y tarjeta del Banco Tolompetti? Es un boludo que necesitará en la caja cuatro del supermercado de barrio, once operaciones, dos sellos, tres firmas, para pagar un Gancia y un paquete de húmedas papas fritas. Y mientras lleva a cabo el patético y desopilante procedimiento, pondrá carita como si estuviera cerrando la compra del Trump Plaza y cogiéndose a la hija de Donald Trump, al mismo tiempo.
Boludo emblemático (o boluda emblemática). Es un boludo que cree que si usa palabras como ‘emblemático’, o ‘paradigmático’, o ‘patológico’, como por arte de magia logrará que su tremenda boludez resulte diluida.
Ejemplo 1
–Che, vos sabés que Martita anda todas las mañanas con un tremendo dolor de cabeza.
–Eso es sintomático. Hay que ver que se esconde detrás de esa patología.
Ejemplo 2
–Vení, que te la voy a poner un ratito.
–Vos ponés la líbido en lo fálico para no discutir la existencial angustia de mi vacío antropométrico.
Ejemplo 3
–¿Me pasás la Fanta?
–Nuestra relación se basa en el sometimiento, en la sumisión, la mía, que transforma nuestro vínculo, que alguna vez fue idílico, en paródico.
Boludo de corcho, o boludo flotante. Es un boludo que tiene una sentencia, una sola, sobre cualquier tema que se esté conversando. Y cree que con eso ha logrado transmitir el halo de luz que todos los participantes de la conversación anhelaban. Es un boludo que dirá ‘si comés semillas de sésamo a la mañana no tenés colesterol’. O dirá ‘andá a Mar Azul en lugar de Cariló, si la arena es igual en todas partes’. O dirá ‘con la inseguridad que hay, yo jamás manejaría un descapotable’. Es un boludo que no resiste la más mínima repregunta, por que sencillamente jamás tuvo un argumento ni nada para decir más allá de la sentencia que ha escuchado en alguna parte.
Nada más por hoy. Publíquese, archívese.

15.1.11

Proceso de ajuste

Suena el teléfono, el teléfono celular. Estoy sentado en un bar, no deben ser las nueve de la mañana, todavía.
–Hola, bichi –es una voz de mujer, se mezcla la somnolencia con la dulzura–. Te quería decir que ayer me rompiste toda, perdí la cuenta de los orgasmos, me hice sopa. La almohada tiene tu olorcito, voy a seguir durmiendo, te quiero, chau –corta.
Entra una mujer, al bar. Se sienta frente a mí. Está ojerosa, demacrada, algo excedida de peso. Los labios pintados de un rosa pálido que dan ganas de llorar.
–Te odio, hijo de puta. Te di los mejores años de mi vida. Mejor que me empieces a pasar la plata que dijo el abogado, por que si no a Catalina no la ves más. Ah, sos un asco de persona, te lo quería decir –Se levanta, piensa por un momento si tirarme a la cara el agua del vasito que está sobre la mesa, o mejor aún el vasito. Después se toma el agua, de pie, y se va con el vasito en la mano.
Suena el teléfono, el teléfono celular.
–Sí, mago –dice la voz, masculina, muy ronca–. Salió todo perfecto, cobramos. Tengo tu parte, las noventa lucas. Tenemos que ir a tomarnos un champán del bueno, los muchachos quieren festejar –corta.
Entra un hombre. Lleva un maletín de esos triangulares, como de visitador médico. El hombre se sienta, las axilas de la camisa manchadas de un viejo y oxidado sudor. Enciende un cigarrillo, Jockey Suave, da una pitada.
–Estamos en el horno –dice–. Se cayó el comprador del local. Dicen los proveedores que no esperan más, si no empezamos a pagar nos pasan por encima. ¿Sabés cuánto hicimos ayer? No alcanza ni para pagarle a las pibas de la limpieza. Vos y tus ideas de mierda. ¿Qué carajo sabíamos nosotros de gastronomía? Hay que presentar la quiebra, esconderse por un tiempo, después buscar un laburito. Qué vida de mierda, estoy podrido de remar.
Apaga el cigarrillo en mi pocillo de café. Me deja un manojo de papeles, se levanta, se va.
Lo que pasa, lo que está pasando, creo, es que ayer me compré un magnífico teléfono celular, el teléfono celular que siempre quise tener. Pero todavía sigo siendo yo.

10.1.11

Fanático

–¡Gol, carajo! –Saltamos todos, rodamos varios escalones abajo, enroscados. Un amasijo de cuerpos.
–¡Grande, papá, grande! –una radio de mano crujió ante el pisotón de un gordo– ¡Rospide a la selección, maquinola!
Nos caímos, una chica con por lo menos siete aritos en una oreja se puso de pie, sonriendo, y se acomodó, como pudo, las tetas primero, el corpiño después, debajo de su musculosa a rayas. Alguien buscaba, entre los tablones de la tribuna, un zapato.
–¡Olé olé, olé olé olá…! –Cantamos, cantamos todos, saltando. Un viejo se oprimía con un índice y un pulgar los globos oculares, por debajo de los lentes, murmuraba una especie de rezo, lloraba.

El guitarrista avanzó, tres pasos, y arrancó con los primeros acordes. Corrimos todos por el césped, hacia delante, movidos por una superior fuerza, que era la de todos los que empujaban detrás nuestro pero también era algo más, como si la música tuviera un imán. Pisé gente, alguien perdió los lentes pero dijo ‘No importa, loco, qué importa. ¡Escuchá, escuchalo al Jimmy!’.
Las chicas trataban de sacar fotos con los celulares en alto. Hubo una explosión de luz, fuegos artificiales apuntando a desgarrar el centro mismo de la noche. El sonido era como si te arrancaran las orejas a mordiscones. Me pasaron un faso. Pité. Alguien saltaba, saltábamos todos, sentía patadas de atrás, rodillazos.

Ahora, si me preguntás el resultado del partido que fui a ver, si me preguntás incluso qué equipos jugaban, si fue penal o si los goles de palomita valen doble, no tengo la más mínima idea.
Si me preguntás el nombre de la banda del recital, si me preguntás si es una banda de metal pesado o los stones austríacos, cuánto duró el concierto, no sé, no importa.
Lo que yo necesitaba era que alguien me abrace, sentir aunque sea una mano en un hombro, tocar un tobillo, rozar quizás un muslo o una nalga, oler un puñado de cabello humano. Estoy resolo, disculpame.

5.1.11

Cagó Mariano

El abuelo de Mariano era un hombre de pocas palabras. Quizás porque no entendía mucho el idioma, no había aprendido a hablarlo, mucho menos a leerlo. Compraba el diario para luchar un poco con los titulares, miraba las fotos.
Tampoco se lo podía culpar de nada. Era un polaco bruto, escapado de la invasión alemana por los pelos, un hermano lo había metido en un tren y logró salvarlo. Conoció a una mujer en el barco, y se casó apenas pisó la Argentina. Gente feliz de poder tomar un café o comer una naranja, habiendo escapado del hambre y de la guerra. Fuertes como toros, trabajadores con ganas de forjarse un porvenir, en una Argentina que era pura potencialidad, antes que todo se fuera a la mierda para nunca más volver.
El asunto es que el abuelo de Mariano se enfermó del corazón, fue dejando de trabajar, iba al café a jugar al dominó con los amigos, cascarrabias, se quejaba de un mundo que no entendía, veía crecer a sus nietos. Finalmente se murió.
Había logrado ahorrar dinero, después de veinte años de trabajo, el abuelo de Mariano. Dejó un par de departamentos, un reloj de oro, un plazo fijo en un banco, a nombre de sus tres hijos.
Lo que no dijo, el abuelo de Mariano, fue que prolijamente, además de ir viviendo, había ido guardando cierta cantidad de efectivo. Dólares. Si hubiera vivido en una casa, los hubiera enterrado en el jardín, como sin dudas le hubiera aconsejado su padre. Pero vivía en un departamento, en Villa Crespo, el abuelo de Mariano.
Lo que había hecho, el abuelo de Mariano, sin decirle a nadie, fue ir envasando el dinero, al vacío, para ponerlo luego en el tanque, detrás del botón, la cadena, donde está el agua del inodoro. El dinero, los fajos, flotaban en el depósito de agua. Una magistral idea.
Pero el abuelo de Mariano se murió un día sin avisar, como se suele morir la gente, sin decir nada, nada respecto a esos ahorros, al efectivo.
Por circunstancias, por situaciones, por esas cosas que pasan, Mariano tuvo un traumático divorcio, con crisis y amenazas y una mujer que trató de apuñalarlo mientras dormía. Finalmente, tratando de juntar los pedazos que le permitieran continuar con algo parecido a una vida, Mariano terminó viviendo en el departamento de su abuelo, que el papá de Mariano había alquilado durante años a gente conocida de la familia. El padre de Mariano tenía la certeza que Mariano era un pelotudo, pero además tenía la certeza que Mariano era su hijo. Así que le prestó el departamento, a Mariano, el departamento que le había dejado a su vez su padre. Mariano prometió que pagaría un alquiler ni bien lograra enderezar un poco la precaria canoa de su existencia.
Y Mariano, un domingo cualquiera al poco tiempo de haberse mudado, después de desayunar, todavía deprimido por lo que le había venido sucediendo, con el suplemento deportivo del diario en las manos, tuvo deseos de cagar. Fue al baño.
Cagó, Mariano, intensamente, con esa particular melodía que tienen los imperativos categóricos.
Soltó la cadena, Mariano, y se le ocurrió mirar, para abajo, porque le pareció que el inodoro quizás estaba un poco atascado, un viejo departamento en un todavía más viejo edificio, azulejitos celestes en el baño, azulejitos de un pálido amarillo en la cocina, azulejitos por todas partes como para ponerse a llorar toda una vida.
Vio entonces, Mariano, que entre la mierda flotaba dinero. Húmedos y al mismo tiempo relucientes billetes de cien dólares, entre los más o menos familiares soretes de su autoría. Más soltaba la cadena Mariano pensando que había enloquecido por completo, más billetes aparecían.
Se le ocurrió pensar, a Mariano, que el universo mismo le estaba dando otra oportunidad, que todo aquello debía tener un tan enigmático como profundo significado. Por que lo primero que pensó Mariano fue que los billetes los había cagado él. Mientras sacaba los billetes del inodoro, de a uno, con dos dedos, y los lavaba en la pileta para inmediatamente después secarlos con un repasador y alinearlos sobre el piso de la cocina, Mariano pensó que tenía que hacer algunos cambios, algunos ajustes. Con la milagrosa y desde ya algo singular capacidad adquirida le sería posible armarse, seguir adelante, comenzar una nueva vida.

30.12.10

Para qué me preguntás

Escribo porque me hace bien la lluvia, trae recuerdos de otra lluvia, una madrugada en la playa.
Escribo porque nadie quiso bailar lento conmigo, cuando era chico, cuando importaba.
Escribo porque cuando veo a tu hijo quisiera tener un perro, y cuando veo a tu perro quisiera tener un hijo.
Escribo porque tu amor llega tarde, siempre tarde, tu amor huele a queso demasiado tiempo dejado en la góndola de un supermercado de barrio.
Escribo porque mi dolor es mejor que tu dolor, mi fracaso es mejor que tu fracaso.
Escribo porque no tengo nada para hacer hasta el próximo whisky.
Escribo porque todo podría ser peor, podría ser como vos, for example.
Escribo porque ya fue dicho antes y será dicho después, pero ahora me toca decirlo a mí, ahora lo estoy diciendo yo.
Escribo porque me sirve mirar por la ventana de un bar, no hay mejor manera de pasar el rato.
Escribo porque es algo fisiológico, como rascarse el culo o meterse el dedo en la nariz.
Escribo porque me gusta, también.

25.12.10

Mañanita

Estoy tomando café con leche. Con tostadas. Con queso, y con mermelada. Ella, sentada frente a mí, hojea un diario. Es un bar, del otro lado del vidrio empujan los autos.
–Secuestraron un avión de British Airways –dice, lee, mezcla, de indolente y por qué no anárquica manera, lo que dice, con lo que lee, las dos cosas–. Eran terroristas paquistaníes. Querían que les devolvieran Cachemira, pero querían guita, también, seguro. Amenazaron con cuchillos a las azafatas. Uno se abrió la camisa y tenía un explosivo plástico, no entiendo cómo pudo pasar los controles del aeropuerto.
Niego con la cabeza, como diciendo que si ella no entiende, lo mejor, lo que corresponde, es que yo tampoco entienda. Muerdo una tostada. La tostada se parte y por un momento parece a punto de caer, pero logro emprolijar la situación, evitar la caída, masticando todo lo que tengo en la mano de un saque. Me chupo una falange manchada de mermelada. El terrorismo se ha vuelto una orgía de todos contra todos. Me hace acordar a una vieja película de W. Allen, donde dos bandas intentaban asaltar un banco al mismo tiempo. Terminaban haciendo que voten, los asaltados, para decidir por quiénes querían ser asaltados. Punto para Allen.
–Hubo un terremoto, en Tailandia, en Nam Sen Pang –dice–. Hay un centro turístico ahí, donde los alemanes van a coger con chicos. En realidad fue un maremoto. Se devoró los tres hoteles del complejo como si estuvieran hechos de hojaldre. Murieron hasta ahora trescientas setenta y cinco personas, entre turistas y nativos. Se generó una ola de cuarenta y siete metros que se tragó todo. Eso es Dios, sabés. Eso es Dios que se enoja y dice ‘déjense de joder con los chicos’. Es Dios que avisa que puede terminar con el mundo si se le da la gana.
–Premios y castigos. El viejo tema de premios y castigos –digo, doy otro sorbo al café con leche. Por la calle pasa un Schnauzer miniatura, sin correa. Pasa y mira por un segundo para adentro del bar. Mira, pero no ladra. Buen perro.
–Hoy cortan la Nueve de Julio –da vuelta una página, levanta el diario, como si quisiera concentrarse en una foto–. Cortan el Congreso, también. Hay una marcha contra la inseguridad, y una marcha por los derechos del niño, y un reclamo por los derechos originales del aborigen patagónico, y una marcha por los que perdieron sus departamentos por culpa de las escribanías, y una marcha contra el dengue, también. La ciudad va a ser un caos.
–Creo que la gente marcharía aunque les dieran exactamente lo que piden –digo–. Hemos descubierto, finalmente, nuestro destino como nación. Somos y seremos, por los siglos de los siglos, un país en marcha. Dicen que caminar hace bien al corazón, también.
Hace un desaprobatorio chistido. No le ha gustado mi comentario. Ella lleva, creo, unos buenos diez años en la facultad de ciencias sociales. Le gusta decir palabras como ‘coyuntura’, o ‘compromiso’. También le gustan las palabras ‘patología’ y ‘emblemático’. El idioma tiene muchísimas palabras, uno puede utilizar las que más le gusten.
–No te interesa mucho lo que te estoy diciendo –ha cerrado el diario, apoya ambas palmas sobre la mesa. Está un poco inclinada hacia delante–. ¿No te preocupa lo que pasa en el mundo?
–Mirá –digo. Lo último del café con leche es la parte más rica, porque el azúcar se deposita en el fondo. Prácticamente meto la nariz en la taza, como si fuera un oso hormiguero–. Será que estar acá, desayunando con vos, cubre en exceso mi cuota de tragedias. No creo que haya ninguna noticia capaz de empeorar este momento.

20.12.10

Desesperaciones

La cosa es, más o menos, así. Hay desesperaciones fijas, y desesperaciones móviles. Listo. Ya está. Ya te dije todo lo que tenía para decir. Ah, te veo la carita, querés un poco más. Algo de detalle, alguna pista. Bueno, ahí voy.
Trabajar de conductor de taxi es una desesperación móvil, trabajar en una oficina es una desesperación fija.
Correr una maratón es una desesperación móvil, fornicar es una desesperación fija. Para que veas que la cosa no es tan simple, no es tan superficial, la intrínseca naturaleza del fenómeno es más sutil.
Comer es una desesperación móvil, fumar es una desesperación fija.
Acá viene el truco, la chispa, el galerazo para que puedas –aunque te parece que ya no podés– seguir adelante con tu estúpida vida.
Si estás atormentado por una desesperación móvil, la solución viene del lado de lo fijo. Si estás atrapado por una desesperación fija, el alivio vendrá por el lado de lo móvil. Y esto, que puede parecer trivial, no lo es. Por que si tu desesperación es móvil, lo normal es que busques alternativas móviles, y si tu desesperación es fija, lo único que se te ocurrirá serán paliativos fijos. Te sale hacer lo que sabés hacer, es muy humano, más de lo mismo.
En cualquier caso, no importa lo que te pase, tenés que saber que el subte viene lleno. Pero eso ya te lo había dicho.

15.12.10

Capacidades diferentes

En la pileta, la pileta del club, la pileta del club de barrio, me tiro al agua. Sucede algo extraño, difícil de comprender, al principio. Veo, descubro, que puedo permanecer debajo del agua. Por el tiempo que quiera. Respiro. Primero me asusto, porque pienso que no necesito respirar y entonces quizás estoy muerto, pero no, nada de eso. Puedo respirar, abajo del agua, y respiro. No sé cómo es, cómo funciona, en qué consiste el mecanismo. Como esos taxis que andan a nafta o a gas, con tan solo tocar una tecla, un interruptor.
En la terraza, voy a buscar unas sábanas que dejé colgadas para que se sequen. Miro hacia arriba para sacar los broches, supongo que por un instante me encandila el sol, tropiezo, hago un mal movimiento, y estoy en el aire. Me caí, para un costado, fuera de la terraza, por encima de la baranda. Pero no me caí, ni llegué a gritar, apenas un gritito, como un hipo, y estoy en el aire. Me asusto mucho, porque miro hacia abajo, pero luego, cuando veo que no me caigo, que no me estoy cayendo, me incorporo, paso de la posición de acostado, como si jugara a moverme en cámara lenta, paso de la posición de acostado, decía, a parado. Estoy de pie, sin nada debajo, en el aire. Quedo así, me muevo muy despacio, camino en el aire, un ratito. Después paso un pie por encima de la baranda, vuelvo a entrar, por decirlo de algún modo, a la terraza, y termino de juntar mi ropa.
En el supermercado, domingo, cuatro y algo de la tarde, pocos productos, una pasada. Mortadela Paladini, la bochita, bolsas de residuos, ravioles de muzzarella y espinaca que no tienen ninguna de las dos cosas, o sea ravioles que están rellenos de nada, ravioles que son un oxímoron, queso rallado, una botella de jugo de pomelo natural, pan, una botella de fernet, maníes Pehuamar (con la pielcita roja, que te vigoriza el perico), un pote de queso untable. Voy, con mi canasto, a la caja rápida. Hay una persona, una mujer, delante de mí, pagando y embolsando sus cosas, superponiendo ambas tareas con idéntico grado de dificultad. Se me pone otra persona, dos personas, una joven parejita con sus compras, detrás. Murmuran algo. Siento que en cualquier momento voy a ponerme a llorar o a gritar, siento que voy a desmayarme. Debería ser capaz de resistir, de aguantar en esa situación dos minutos, tres. Es imposible, es impensable.

10.12.10

Las historias que me gustan a mí

Era un pueblito, de Buenos Aires, un pueblito a más de cien kilómetros de Buenos Aires, no importa el nombre.
La nena iba al colegio, a tercer grado, todas las mañanas. La nena se llamaba Laura, Laura Francini. Los padres de Laura estaban separados, desde siempre, eso tampoco importa. Pero el padre de la nena la había pasado a visitar un domingo, y la había llevado a tomar un submarino. Y el único lugar al que al padre se le había ocurrido llevar a la nena fue a un bar donde él, el padre, se juntaba algunas noches, con los amigos. El bar tenía cuatro mesas de billar, y una cortina de plástico que daba al fondo donde había dos cuartos. Porque en el bar, de noche, había tres o cuatro mujeres, putas algo mayores, que se ganaban unos pesos atendiendo a los vecinos del lugar.
Y la nena, esa mañana de domingo, mientras tomaba un submarino bajo la aburrida mirada de su papá, sentada sobre una de esas sillas plegables que nunca están del todo firmes, quedó fascinada.
Había una araña, en el bar. Una gigantesca lámpara que colgaba del techo, sobre el espacio exacto, la intersección de las cuatro mesas de billar.
Y la nena empezó a ir, una pasada, todos los días, al bar. Camino del colegio. Iba sola, al colegio, Laura, porque su mamá tenía que trabajar y porque el colegio estaba a siete cuadras de su casa y porque era un pueblo y nada malo podía pasar.
Se desviaba, Laura, dos cuadras, a las ocho menos veinte de la mañana. Y entraba al bar. Para mirar la araña, la lámpara, con sus brazos de infinito pulpo y sus goterones de cristal que parecían a punto de caer, de caer y estallar, esos goterones que a veces eran amarillos y a veces se volvían de un tinte naranja y a veces de un sutil violeta, de acuerdo al sol y sus caprichos. Los días de lluvia se ponía todavía mejor.
–Qué pasa, nena –preguntaba Héctor, que era el dueño del bar, y el único que estaba presente a esa hora, ojeando un suplemento deportivo o fumando el quinto cigarrillo de la mañana.
–Nada, don Héctor –decía Laura, y señalaba con un dedo, a lo alto–. Vine a ver la lámpara.
Héctor miraba a la nena, y la nena mantenía la mirada en alto, un minuto nomás, con la boca apenas entreabierta, casi en puntas de pie. Después la nena daba media vuelta y se iba sin decir más nada, las dos colitas de su peinado como saltarinas ardillas, su delantal blanco limpísimo perdiéndose en la somnolienta mañana.
Y así, todos los días, durante dos o tres años. Porque la mamá de Laura se juntó con un tipo, un corredor de artículos de limpieza, y se vino para capital. El papá de Laura se había ido a vivir al Paraguay, después a Brasil, mandó un par de cartas para la nena, para su cumpleaños, después no se supo más nada.
Laura Francini tiene, ahora, cincuenta y tres años. Vive en San Cristóbal, es docente y traductora de inglés. Divorciada, sin hijos, le gusta el cine y los caramelos de eucalipto. Tiene una perseverante artritis que le crispa los dedos de la mano derecha, sobre todo los días de humedad. Tiene un perro, atorrante, bigotudo, que se llama Felipe.
Tocan el timbre, es domingo a la mañana. Le dicen que vienen a verla, le dicen que vienen del pueblo, del pueblo donde Laura pasó su niñez, del pueblo que preferiría no tener que nombrar.
Laura baja, con cierto resquemor, cambió todo, nadie conoce más a nadie, ahora hay mucha inseguridad. Hay una camioneta, una algo embarrada pick up. Y dos hombres, se nota que son hermanos. Felipe asoma la cabeza por detrás de sus piernas, ladra un poco.
–¿Usted es Laura Francini? –Habla el más grande de los dos, es bastante calvo, tiene una barba casi rojiza, camisa a cuadros por fuera del gastado jean, algo en su cara, a Laura, le resulta familiar.
–Sí –dice Laura, y sale a la vereda.
–Soy el hijo de Héctor, Héctor del bar –hace un gesto, señala apenas con el mentón, y el más joven, que fuma sin haber dicho palabra, quita la lona. Ahí, en la caja de la camioneta, sobre frazadas, está la lámpara, la araña, con los metálicos brazos algo oxidados, el vidrio que parece haberse despertado y se ha puesto a tintinear–. Mi padre falleció hace algunos años. Me dejó encargado que si alguna vez vendíamos el bar, la lámpara debíamos dársela a usted. Nunca me explicó por qué, era su voluntad.

5.12.10

Lo malo y

¿Qué es peor, morir ahogado o morir quemado?
¿Qué es peor, veintisiete años de un absurdo matrimonio, o estar más solo que Wanchankein?
¿Qué es peor, la filosa dentadura de la ambición como único norte, o la indolencia de saber que no va a poder ser, que no hay manera?
¿Qué es peor, el dolor físico aguijoneándote como un aplicado insecto, o perder la razón?
¿Qué es peor, no haberla tenido nunca o extrañarla?
¿Qué es peor, la desgarradora mochila de saber, o la bobalicona sonrisa de ni siquiera haberlo pensado?
¿Qué es peor, ser como vos o como yo?

30.11.10

Una cena

Voy a un restaurante, un restaurante italiano. Una especie de cantina, bien de barrio, pero con aspiraciones. Un poco de decoración, una bandera, algo que te haga pensar que estás en Italia. Hay un inmenso póster, un cuadro enmarcado, colgado bien alto, del Padre Pío. No creo que haya que preguntar nada, no se me ocurre qué preguntar.
Como. Un exquisito plato de ravioles de roquefort y gorgonzola (hay ravioles de longaniza, muy buenos, también), con pesto, una porción de una fantástica mortadela, de entrada. Tomo un vino tinto, más o menos digno, no tomo toda la botella, pero tomo más de la mitad. Un agua sin gas, natural, últimamente me fastidia el agua fría.
No quiero postre ni café, no tomo café de noche, tengo miedo de quedarme despierto, de no poder dormir y tener que pasar toda la noche, despierto, conmigo. Me ofrecen lemoncello, de cortesía, digo que no. Me ofrecen una grappa italiana, digo que sí.
Pido la cuenta. Me traen la cuenta. Son, pongamos, ciento treinta pesos. Le doy a la moza, entonces, trescientos pesos.
–Cobrame doscientos sesenta, por favor –le digo.
Me mira, con el dinero en la mano, la boca apenas entreabierta. Está esperando a ver si yo me río, para entonces sí, reírse. Pero yo no me río, no es un chiste, y entonces ella no entiende.
–No entiendo –dice–. La cuenta es ciento treinta.
–Sí –digo–, pero vos me atendiste. Prestaste atención a lo que te pedí, hablaste poco, creo que incluso sonreíste un par de veces. Es muchísimo mejor que si hubiera invitado a alguien a comer. Quiero pagar tu espléndida participación en esta cena, hagamos de cuenta que comí con vos.

25.11.10

Celos

Debían ser las tres y media de la mañana cuando comenzó a sonar el timbre. Di un salto en la cama, del susto, porque en mi precaria guarida no suena casi nunca el teléfono, mucho menos el timbre. Tenía que ser algún salamín con ganas de tocar timbres y salir corriendo. Alguien a quien de seguro se le había roto un joystick y había salido a hacer una broma que atrasaba mil años.
Pero no, era mi amigo, mi amigo H. Se lo escuchaba agitado y alterado en indefinibles proporciones, en el borde mismo de algo que no podía ser bueno. Me dijo que le abriera, rápido. Así que le bajé a abrir.
Le serví un whisky. Transpiraba a pesar del frío. Parpadeaba mucho. Se tiraba del pelo con insistencia, y dejaba la mano ahí, agarrándose un mechón de pelo del costado de la cabeza o de la nuca, como si se hubiera olvidado del pelo y de la mano.
–Bueno, ¿me vas a decir qué pasa?
Y me lo dijo. Primero pasó al baño, lo escuché vomitar, pero no lo escuché soltar la cadena, mal presagio. Salió un poco más compuesto, la cara lavada. Vi que tenía algunas manchas, salpicones color ocre sobre su blanca remera. H., que siempre fue flaco, parecía todavía más flaco, más pálido, translúcido.
Acababa de matar a un tipo. No sabía el nombre, del tipo. Pero igual lo había matado. El tipo, al parecer, se cogía a su novia, a la novia de H. Los había seguido, había esperado que el tipo dejara a su novia, la novia de H., V., en su casa, había esperado que se despidieran con un beso, y lo había seguido hasta el auto.
No le dijo nada, lo apuñaló con un picahielos que llevaba en el auto, varias veces. Por la espalda. En los riñones, primero, en la nuca, después. El tipo había exhalado como si se desinflara, y cayó muerto. La calle estaba oscura, no había nadie.
–Lo tengo abajo, en el baúl del auto. Me tenés que ayudar, Juan.
Ahí fuimos. La idea que brotó era ir a la costanera, a algún punto de la costanera, y tirar el cuerpo al río. Mala, la idea, tirando a pésima, pero la idea anterior era subir al tipo, meterlo en mi bañera, y comprar algún solvente, cal viva, no sé. H. hablaba confuso, se le trababa la lengua, por el whisky, la adrenalina, y los nervios. Daba la impresión de estar empastillado, también.
La idea de traer al muerto a mi bañera, hacía que cualquier otra idea pareciera muchísimo más potable.
Me tomé un par de whiskys y bajamos. Tuve que manejar yo, H. había entrado en una soporífera fase, balbuceaba incoherencias, lloraba un poco.
Llegamos. Paré el auto pasando aeroparque, no mucho, me pareció que por ahí estaba todo tranquilo, apagué las luces. No había nadie, bastante frío, todavía madrugada. La maniobra consistía en bajar del auto, abrir el baúl, fumar un cigarrillo. Entonces teníamos que agarrar el cuerpo entre los dos, como si fuera una enrollada alfombra, y tirarlo al río. Había que caminar unos veinte pasos, quizás treinta. Esa era la parte donde estábamos expuestos. Era preciso moverse rápido.
–Envolvé el cuerpo con esa frazada –me dijo H. Parecía más compuesto, incluso animado–. Tiramos a este hijo de puta, y te llevo a tu casa. Voy a volver a lo de V., la voy a matar también. Hija de puta, hacerme esto a mí.
–¿Te volviste loco? –Le di una trompada en el hombro, fuerte, se le voló el cigarrillo de la mano. Pensé por un instante en preguntarle si sabía algo sobre la profundidad del río en esa parte y los movimientos de la marea, pero qué podía saber H. sobre el tema, si ni siquiera le gustaba comer pescado–. Si zafamos de esta ya es un milagro. ¿Y vos querés seguir? ¿Qué te pasa? ¿Tanto quilombo por una mina?
–Pero es una hija de puta. ¡Nos estábamos por ir a vivir juntos!
–Mirá, si vas a seguir con eso, te dejo acá. Me voy caminando. ¿Para qué carajo me viniste a buscar? Vamos a terminar todos en cana.
–Tenés razón, tenés razón –Sacudió la cabeza, se sonó los mocos tapándose las fosas nasales de a una, vaciando la nariz sobre el indiferente asfalto–. Vos sos un amigo. Terminemos con esto y me voy a dormir. No doy más.
–Dale –dije–, preparate. Cuando largue el semáforo, contamos hasta diez, vemos que no pasen muchos autos y lo tiramos.
Lo único que faltaba era que matara también a V. Una buena piba, y bonita, además. Cogía conmigo de vez en cuando.

20.11.10

Ahí viene

Cada vez que te burles de alguien, de algo, de alguna situación, quiero que sepas que eso es justamente en lo que te convertirás. Eso que te parece imposible, eso que no puede ocurrir, bueno, eso sos vos. Vas a ver, se va a manifestar.
El pelado, el gordo, el hombre en la plaza que intenta besar a esa mujer gritona y absurda, curiosa mezcla de foca y camello, el tipo que camina mirando las baldosas de la vereda, arrastrando los fragmentos de un desangelado maletín, el tipo que se tira del pelo y canta a los gritos en la sala de espera de un mugriento hospital, la mujer que no puede creer lo que ve en el espejo, la loca que le da de comer a las palomas pedazos de pan viejo, y les habla, también.
Somos lo que va a fracasar, los gritos en el balcón, las muelas rotas, el agua que queda en la olla después de hervir arroz, el auto que choca, el ladrido, el portazo, el teléfono que no va a dejar de sonar nunca por que necesita decirnos que sucedió lo peor.
No te olvides, cuando te cause gracia, cuando te burles, vas a ser vos. Ahora sos vos, te toca a vos.

15.11.10

Exceso de información

Ella estaba en bombacha y corpiño. Yo en calzoncillos. Hicimos una pausa para terminar nuestras bebidas. Apuré mi whisky. Ella terminó de quitarse una de sus botitas con una corta patada.
Ella me dijo que la excitaba mucho que mientras la penetraban, en la posición clásica, del misionero, así le dicen, le tocaran el clítoris. Con un dedo. Había tenido un novio que era contrabajista de una orquesta municipal. El novio tenía un tremendo callo, amarillento y duro, en el dedo corazón de la mano derecha. El contacto de ese dedo, más precisamente de ese callo, con su clítoris mientras la penetraba el poseedor del callo, eso, la excitaba mucho. Podía acabar cinco veces seguidas, casi superpuestas. A veces más.
Ella me dijo que su ano era una preciada zona erógena que debía ser estimulada. En determinado momento de la previa a la cópula, o si ella estaba sentada encima del sujeto, entonces se le debía meter un dedo. En el ano. Pero una falange, la primer falange, nada más. Por que los movimientos circulares y por decirlo de alguna forma, perimetrales al ano, pero sin entrar, le dejaban sabor a poco. Pero si le metían un dedo completo, ni que hablar un pulgar, eso le distraía la atención, la incomodaba y se iba de foco.
Ella me dijo que cuando estaba, técnicamente, en cuatro patas, si miraba hacia arriba, hacia el techo, aunque el sujeto no pudiera verle la cara, justamente, por que estaba detrás, detrás de ella (por lo general esa era justamente, en eso consistía parte de la gracia de la posición). Si estaba en cuatro patas y miraba hacia arriba, dijo, cosa que el sujeto, a pesar de estar detrás de ella, podía sin mayores dificultades inferir por la posición de la cabeza, de la cabeza de ella. Si estaba en cuatro patas y miraba hacia arriba, dijo, lo que le gustaba era que el movimiento del sujeto, el iterativo mete-saca fuera extremadamente despacio, más aún que si se tratara de una cámara lenta, y que el sujeto, desde atrás, le agarrara las tetas, las tetas de ella, con ambas manos. Habiendo dos tetas y dos manos, lo que ella quería era una teta en cada mano, o una mano en cada teta. Pero si ella bajaba la mirada, y hundía luego la cabeza en la superficie de la cama, entonces lo que quería era que la embistieran con fuerza, de una brutal y despiadada manera, y que la tomaran por la cintura, no quería que le siguieran tocando las tetas, ni que le tiraran del cabello. Quería sentir que era embestida por un gorila, un orangután, incluso un chimpancé, que era cogida por un mono, o alguna otra clase de mamífero mediano. Y ella acababa.
–¿Y vos? –me preguntó, dejó su vaso– ¿Cómo te gusta a vos?
–A mí me gusta coger un poco –dije–, ver qué pasa.

10.11.10

Pesos y medidas

La cantidad de empanadas que debe comer un mamífero mediano del sexo masculino, entre los once y los setenta y un años, es tres. En una comida, claro, de una sentada, o parado, por qué no. En lo personal podría comer seis, sin inconvenientes, y debe haber hombres con capacidades similares. Pero los riesgos son pasar a la categoría ‘chancho cimarrón’, o a la categoría ‘jabalí’. Si el mamífero del sexo femenino come dos empanadas, también está bien, es una señal de recato y mesura, muestra que reserva sus energías para los embates del amor. Si un masculino come dos empanadas, es timorato y débil, poca capacidad aeróbica, es un infeliz, caga unas bolitas pequeñas y duras de un pestilente hedor.
La cantidad de gustos que se piden para un helado es dos. No importa si es un cucurucho o un kilo. Repito: dos. Alguien que pide tres gustos duda, quizás es un homosexual todavía larvado, alberga esa inquietud, pero aún no ha saltado hacia la garompa misma. Si alguien pide más de tres gustos, bueno, requiere de inmediata medicación, quizás no recuerde cómo se deletrea el propio apellido, tendrá dificultades para encontrar el camino de regreso a su domicilio. Uno de los gustos debe llevar la palabra ‘chocolate’, o la palabra, más precisamente las palabras ‘dulce de leche’, en su denominación, en cualquiera de sus variantes. El otro gusto acompaña, permite al sujeto manifestar alguna patética arista de su inflamada personalidad.
La cantidad de whisky que se toma en una salida, pongamos después de una cena, en un domicilio quizás, antes o después de la práctica sexual, es dos, por aquello tan preciosamente contado por HT, respecto a que ‘uno es poco, y tres es poco’. Si usted no toma nada, verá con desgarradora claridad las múltiples falencias de su ocasional partenaire, y la detestará sin remedio. Si usted toma más de tres, entonces el maldito péndulo hará que usted vea inexistentes atributos en su acompañante. La etílica nube puede llevarlo a realizar incoherentes promesas, incluso a manifestar palabras de amor.
Por la misma ley física precedente, la cantidad de polvos son 2 (dos). Menos es a reglamento, más es un fastidio. El marcador está regido por la salida del sol. Al salir el sol, el contador vuelve a cero. Usted dispone de dos polvos para ese día. No, claro, si estás casado no se aplica (iba a decir ‘no funciona’), si estás casado cambia todo.
Podría seguir, si no fuera por que yo también me aburro, podría seguir. La medida mínima de ingesta de cerveza es un litro por persona, o dos pintas. La medida mínima de ingesta de vino es media botella (si una botella de vino le dura tres o cuatro días, su idea de la diversión es bailar tap en calzoncillos con Cormillot). La medida correcta de ingesta de pizza es media pizza (aquí se puede agregar una porción de fainá, y no, no importa si la pizza es chica o grande, tampoco importa el gusto). No es preciso decir ‘te quiero’ a alguien más de una vez por día, no hay que empalagar. Se puede fumar hasta cinco cigarrillos por día, en nada modificará su precario estado de salud, ni lo despojará de alguna por siempre tan fabulada como inexistente capacidad.
Ya está. Con eso más o menos tenés una vida. Podés comer un alfajor por día, también. Después pasan unos años y te morís.

5.11.10

Dilema

Existen dos tipos de errores en medicina. El falso-positivo, y el falso-negativo. El falso-positivo es el error donde se le comunica al paciente que tiene una enfermedad fulminante y quizás terminal, que debe comenzar el tratamiento de inmediato, aún cuando el médico no sabe con certeza si el paciente tiene la enfermedad, no está seguro. El falso-negativo es el error donde no se le dice al paciente nada, y quizás tenga el tremendo flagelo, el desgarrador padecimiento.
Entre los dos errores la medicina elegirá siempre el primero. Quizás por supervivencia, quizás para evitar complicaciones legales, quizás por sadismo. O una compleja combinación de todas las anteriores, más cosas que no tengo ganas de pensar en este momento, cosas que se me escapan.
En una oportunidad, allá lejos y hace tiempo, estaba en Villa Gesell. Me fui una madrugada de un bar al cual solía concurrir a tomar algo. Me fui con una señorita, decía, a fornicar.
Aunque siempre importan los detalles, aunque lo único que suele importar son los detalles, no importan, en esta oportunidad, los detalles.
El asunto es que finalizado el por siempre y más que nada en la adolescencia gratificante acto, emerjo del interior de la vagina misma después de haber estado cogiendo como un frenético babuino. Voy al baño apoyándome en las paredes, alcoholizado todavía, vencido por la falta de sueño y la pésima alimentación. Llego al baño, y cuando voy a quitarme el preservativo, descubro con pavura que no existe el preservativo. O sí hay preservativo. Una arandela de goma enroscada a la base de la todavía algo enhiesta garompa. El preservativo, de pésima calidad, hecho más que probablemente con restos de caucho de neumáticos de tractor reciclados, por que en Argentina se suele entender todo mal, en Argentina reciclamos así. El preservativo, entonces, se había roto durante el coito.
En aquella oportunidad y sin saberlo otra vez, el dilema, falso-positivo versus falso-negativo. El falso-positivo era salir del baño, pálido como un fantasma, sentarme sobre la cama, encender un cigarrillo, y contarle a P. que el preservativo se había roto, que yo había eyaculado como un dromedario, y que muy probablemente podía haberla dejado embarazada. El falso-negativo era hacer desaparecer los restos del preservativo, lavarme la cara, pishar, volver a la habitación, sentarme en la cama, encender un cigarrillo, y decirle a P. que me gustaba mucho su corte de pelo, su flequillito stone.
–Che, me encanta tu corte de pelo –dije, pité.
Opté por el falso-negativo. Y es que por más que me han dicho que tengo el don de curar mediante el garche, a pesar de haber ayudado a tanta pero tanta gente, jamás me consideré, en el estricto sentido de la palabra, un médico.

30.10.10

Ida y vuelta

Me llama un amigo, mi amigo L., para avisarme que otro amigo, nuestro amigo C., ha vuelto.
La historia, como todas las historias, no es tan lineal. Nuestro amigo C., desde la adolescencia, lo que equivale a decir desde siempre, fue un éxito con patitas. C. era el más vivo del barrio, por lejos, el más pintón, el que tenía las mejores chicas. Se recibió de abogado, tenía renombrados casos, conducía autos alemanes, se fue a vivir a la zona más cara de la ciudad, tomaba los mejores vinos, se casó con una modelo que fue –y es– un bombón.
Así iba C., tomando cocaína de la mejor, organizando orgías, mandándonos fotos por mail de sus viajes a Hawai. Todo lo que un mamífero mediano pueda querer, todo lo que uno pueda anhelar. C. tenía todo, le salían las cosas, con facilidad.
Y C. se despertó un día, más precisamente el día de su cumpleaños, de su cumpleaños número treinta y tres, y se puso mal. Algo tenía que haberle pasado esa noche, mientras dormía, algo quizás que tomó y le cayó mal. C. se despertó en su espléndido departamento, le trajeron el desayuno, y mientras probaba el jugo de naranja recién exprimido, C. se dio cuenta que estaba triste. C. sintió como si le pasaran un rallador de queso por la nuca, sintió que estaba triste, que la vida no tenía sentido, que no se iba a reír, no iba a estar contento, nunca más.
No importaba cuánto whisky single malt tomara, o cuántos trajes de Hugo Boss comprara, C. se dio cuenta que había caído en un abismo. Siento como si me hubieran agujereado el bote, y me entrara agua por todos lados, le dijo C. a su psiquiatra, y el psiquiatra le dijo que sí, que claro, que lo entendía, que tenía que hacer algo que le gustara. Es exactamente lo que vengo haciendo los últimos quince años, dijo C. y se dio cuenta que el psiquiatra era pelado, el psiquiatra usaba una camisa a cuadros muy vieja, el psiquiatra tenía miguitas de Bay Biscuit en su canosa barba. Para resumir, el psiquiatra no lo iba a poder ayudar.
Y dejó todo, C. Modelo, autos alemanes, vacaciones en Punta del Este, whisky de calidad. Se fue, C., al Tíbet. A una cueva, en la montaña, a ver al gurú más famoso del mundo, a meditar.
Comía un puñado de arroz por día, el gurú le enseñó a respirar, pero todo lo que el gurú tenía para enseñarle, el secreto de cómo iluminarse, cómo llegar a la gracia divina, por decirlo de algún modo, se podía aprender en media hora. El resto era hacerlo, permanecer sentado sobre una ínfima esterilla, doce horas por día, seis horas dentro de la cueva, seis horas al aire libre, en la montaña. Estuvo siete años, C., en el Tíbet, respirando, meditando, sin bañarse, sin hablar.
Fuimos con L. a verlo, C. había vuelto. Estaba parando en un hotel sobre la avenida Alvear. Su mujer lo había dejado, y había vendido el departamento. Ya no era socio en el estudio de abogados, aunque tenía dinero ahorrado.
Cuando llegamos a la habitación 308 y nos abrieron, le estaban cortando el cabello. Estaba muy flaco, huesudo, sonriente, canoso, con los dientes amarillos. Sobre una mesa había una bandeja con frutas, panes recién horneados, quesos y mermeladas, jarras con café, leche, jugo de pomelo rosado.
Nos abrazamos con genuino afecto. Nos palmeamos las espaldas y nos reímos recordando alguna compartida anécdota de un remoto pasado.
Había vuelto, finalmente, había estado de los dos lados, había conocido las dos caras de la moneda, el éxito de occidente, la mística de oriente. Era la persona más interesante que jamás hubiéramos conocido, y esperábamos que nos dijera algo sobre el sentido de la vida, para qué habíamos sido puestos sobre la faz de la tierra, alguna pista, no sé.
–Qué loco todo, ¿no? –Dijo C., y se sirvió un vaso de jugo.

25.10.10

Somos tu fracaso

–¡Eh, Hundred!
–¡Hey!
–¡Despertate, che! ¡Despertate!
Me despierto. Abro un ojo, primero. El otro, después. Estoy abrazando una almohada. Estoy abrazando una almohada como si estuviera en medio de un naufragio y la almohada fuera lo único capaz de mantenerme a flote, de evitar que me hunda. Metáforas en oferta. Ni sangre, ni mucho menos dinero, no me pidas eso. Pero metáforas sí, metáforas tengo.
–No entiendo –digo–. ¿Ustedes quiénes son? ¿Qué son todos estos cachivaches? ¿Cómo entraron acá?
–Somos tus sueños rotos –dice una chica, algo mayor, pero vestida con delantal. Morocha, dos colitas, sonrisa como un atardecer en la playa.
–Somos tu fracaso –dice un pibe que tiene un tablero de ajedrez bajo el brazo.
–Somos todo lo que no te salió, somos todo lo que te salió mal –Dice un señor de remilgado aspecto, ceñudo, circunspecto, enjuto tal vez. Me recuerda a un profesor, un profesor que tuve, aunque no consigo recordar la materia, lo que enseñaba.
–No entiendo –me incorporo un poco, aplasto la almohada contra la pared, y quedo, por decirlo de alguna forma, por que de alguna forma hay que decirlo, sentado en la cama–. ¿Qué quieren?
–Yo ya fracasé –prosigo, trago, necesitaría un vaso de agua. Miro por las rendijas de la persiana, deben ser las dos de la mañana. Hay una hora en la que la ciudad se queda muy quieta, un par de horas donde la furia se calma y el pavimento consigue descansar–. Fracasé en todos los rubros del horóscopo. ¿Qué más quieren?
–No queremos nada –hay un piano, es increíble pero entre la gente y los libros y las pelotas de fútbol y las botellas de whisky y un par de chicas pintándose las uñas de un horrible rosa pálido, hay un piano. La voz sale del piano, lo cual es todavía más increíble, el piano me habla–. Tenías que fracasar, no había manera. No tenés talento, eso es todo, ni sos demasiado querible. Tampoco creés en el esfuerzo. ¿Qué esperabas?
–Nada, no espero nada. ¿Por qué no se van? Quiero seguir durmiendo.
–Te queríamos decir que no nos gusta cómo nos contás –me habla un pibe con el pelo largo y camisa abierta, un amigo de la época de Gesell, cuando íbamos a bailar–. Nos contás como si la culpa fuera nuestra, como si tu fracaso, en definitiva, fuera algo muy por encima de tu fracaso. Como si tu fracaso fuera épico, algo que valga la pena destacar.
–Nos hacés quedar mal –dice un perro atorrante, bigotudo, que renguea un poco. Me muestra los dientes.
–Pero es lo único que me distrae un poco –gesticulo, me indigno–. Me salió todo para el culo, por lo menos lo puedo contar.
–No –veo a una prima que niega con la cabeza, y enciende un cigarrillo. Un Parliament.
–Lo contás mal –dice un libro, un libro de Anthony Burgess, un libro que habla y las hojas se mueven como un fuelle.
–Lo contás remal –dice una chica, en bombacha y corpiño, se tapa la boca con una mano, para reír. El pelo le cae sobre la frente, recuerdo su nombre, se llama Elina, es la mujer más hermosa que yo haya visto jamás.
–¿Entonces qué hago?
–Mejor no cuentes nada –dice una voz desde la tercera fila, un pibe, alguien del montón, está en malla, se acomoda unas antiparras mientras me habla–. No jodas más.
–Bueno. –Digo. Me acuesto, me tapo, la cabeza también. Quizás pueda volver a dormir un par de horas, antes que suene el despertador, antes de ir a trabajar.

20.10.10

De la existencia

No es lo que uno espera escuchar, irrita al principio, pero una de las pocas cosas que te permitirán confirmar tu existencia, uno de los pocos momentos en que se puede corroborar que se está vivo, es en el momento de pagar. En el occidente capitalista es así. Ahora si vos naciste en la India, si tus papis te quemaron un ojo con una brasa ardiente al nacer para que seas un mendigo de mayor contundencia, si te bañás tres veces por día en el Ganges, bueno, entonces puede que sea distinto. Si todas las mañanas tu tarea es llevar a pastorear a los dos ñus de la familia por las praderas del Tíbet, bueno, puede ser distinto, en esa situación, también.
Pero si no, si vivís en Europa o en América, si vivís en una ciudad (incluso de Oriente), entonces el único momento en que existís, en que podés saber que existís, es al pagar.
Cuando pagás un pedazo de 437 gramos de queso Fontina en la fiambrería, cuando pagás un par de zapatillas con suelas hechas de piel de pito de rinoceronte bebé, cuando le pagás al psiquiatra para contarle que el heladero, antes de pasarte el cucurucho por encima del mostrador, se rascaba el culo, bien adentro, y cambiaba de mano otra vez.
Pago, luego existo. Así debió ser la filosófica frase. A nadie le importa lo que pienses, mucho menos lo que sientas. Pagás y es una cinética chispa de magia de la emoción más pura. Antes de pagar, es bastante sencillo, no sos, no estás, y después de pagar, inmediatamente después, desaparecés.

15.10.10

Donde la física se toca con la filosofía

Existe un fenómeno que cae principalmente bajo el área de la física y la rigidez de sus leyes, aunque quizás, por aquello de que la naturaleza siente horror al vacío, también el fenómeno alcance filosóficos ribetes, no debiera esto resultar para nada contradictorio. Todo tiene que ver con todo, eso quise decir.
El fenómeno en cuestión consiste en que si uno está lleno de luz, entonces, no puede quedarse, para sí, la luz, uno ilumina, la luz ejerce su efecto sobre la circundante oscuridad y entonces, al mismo tiempo, uno genera más luz. Se derrama la luz, y se genera más luz. Así funciona el universo, por leyes tan físicas como filosóficas, lo que dije.
Con el agua funciona igual, más o menos igual, el recipiente se vacía, riega un campo, sacia una sed, y entonces la naturaleza se encarga, vuelve a ser llenado.
Me atrevería a decir que con el dinero ocurre algo parecido. Uno ayuda, uno da dinero, y como por arte de magia, uno consigue al poco tiempo más dinero. Leyes, otra vez, físicas y filosóficas, que incluso pasean en puntas de pie por el territorio de lo intuitivo, y parecen regir nuestro inconcebible y muchas veces precario hasta la exasperación universo.
Ahora, con respecto a los tres polvos que te acabo de echar, ahí no, nada que ver, la cosa va por algún otro nimbado carril. Yo venía de quién sabe cuánto tiempo sin coger, y vos quizás, por tu tremenda fealdad, sos portadora de un desesperado entusiasmo, me pone bien verte contenta, desde ya, hace que este episodio esté revestido de un altruista significado.
Pero no, no hay forma que se me vuelva a parar la hapi, no sé, por un mes como mínimo, ni creo francamente que quiera volver a verte. Vamos yendo, te alcanzo si querés, estoy con auto.

10.10.10

Tostada con mermelada

El experimento no requiere demasiada inversión en tecnología. Lo podés hacer en tu domicilio, o en un bar. Debe ser hecho de mañana, temprano, antes de comenzar, por decirlo de alguna forma, el día. Digamos que no más allá de las nueve de la mañana, pero si es antes de las ocho, mejor, mucho mejor.
El experimento precisa, requiere, como elemento basal e insustituible, una tostada. La tostada puede ser de pan blanco, o de pan negro. Si es en un domicilio, la tostada será, preferentemente, una de esas rodajas de pan, cuadradas, más o menos un cuadrado de pan, de pan tostado. Si se procede con el experimento en un bar, pues entonces la tostada será la tostada que te traigan en el bar, seguramente algo parecido a un redondel de pan francés, de pan francés del día de ayer, de pan francés del día de ayer tostado, lo que equivale a decir que se tratará de una tostadita, no importa.
Y hace falta mermelada. Una generosa dosis de mermelada, no importa el sabor, el gusto. Sí, puede ser mermelada de ciruela, y sí también, puede ser mermelada de naranja. Puede ser mermelada dietética, aunque preferiría que no lo fuera, como tampoco preferiría que en los bares la mermelada viniera en esos tristes cuadraditos que son envases tipo muestra gratis en lugar de servirte mermelada casera. Hay tantas cosas que no prefiero.
Se debe untar la tostada, como dije, con generosidad.
Se pone uno de pie. Respire hondo, dos o tres veces. Piernas algo separadas.
Coloque la tostada sobre su mano hábil. Si es usted derecho, sobre su mano derecha, si es usted zurdo, sobre su mano izquierda. Si no sabe cuál es su mano hábil, también es muy sencillo. Es la mano con la cual se masturba.
Pero no se coloca la tostada de cualquier manera, no. Debe colocarla sobre el dedo índice, el dedo índice que está en posición horizontal, y semiflexionado. Debajo del índice, vertical, en contacto con el índice y flexionado también, agazapado, está el pulgar. La posición, difícil de detallar pero fácil de entender, es la posición que se utilizar para lanzar, a fuerza de utilizar el pulgar como catapulta, para lanzar, decía, una moneda al aire.
Cierre los ojos.
Y eso es, justamente, lo que hay que hacer. Gatillar, el pulgar, y lanzar, con fuerza, la tostada al aire. Para que la tostada, como si fuera una moneda, de algunas vueltas en el aire, antes de caer. Y caiga, la tostada, finalmente, al piso.
Fin del experimento. Puede abrir los ojos.
En el 95% / 97% de los casos, la tostada caerá con la cara cubierta de mermelada sobre el piso. La tostada quedará pegada al piso. Esto le permitirá a usted corroborar que no tiene suerte, que nunca tuvo ni tendrá suerte, que todo es un desastre, su día será más o menos tan malo como el día de ayer, como el día de anteayer, como todos los demás.
También podría usted haber comido la tostada, la tostada con mermelada, haberle dado un buen mordiscón o dos, no lanzarla al aire, no proceder con experimento ninguno. Usted, en tal caso, se hubiera comido una rica tostada rebosante de mermelada. Usted bien sabe que su vida es un rotundo fracaso, no debiera precisar mayores confirmaciones.

5.10.10

Maten al rehén

La escena de la película que deseo mencionar es, más o menos, así. Están los buenos, los policías, los detectives, entre los cuales está Tommy Lee Jones (TLJ). En la escena, en la calle, uno de los malos, un ladrón, un asesino, no sé, logra agarrar al compañero de TLJ. El compañero, desde ya, es más jovencito, más novato, muy inexperto. El ladrón ha tomado al novato, y se cubre con él, lo ha tomado del cuello, y lo apunta, a la cabeza, con un arma. Le dice a TLJ que suelte su arma, por que si no, está claro, matará a su compañero.
La situación, vista hasta el hartazgo en el cine americano, tanto en películas como en series de televisión, es de lo más clásica. La música ayuda, espolvorea una dramática tensión.
TLJ, que está con el arma en la mano, simplemente tira. Mata al ladrón, claro, pero en la maniobra, el tiro, le roza la oreja a su compañero, le ha tocado la oreja, ya que el compañero, sentado sobre el asfalto, asustado todavía, sangra.
TLJ ayuda a su compañero a incorporarse, y se produce el siguiente diálogo.
Compañero: ¡Estás loco! Creo que voy a quedar sordo de por vida.
TLJ: Escuchá, me escuchás.
El compañero asiente, todavía dolorido, ya de pie. TLJ se aproxima, casi con ternura, al oído lastimado.
TLJ: Yo no pacto.
No importa la película, la película es mala, ni siquiera recuerdo el nombre. Aunque la escena es muy buena. TLJ es un gran actor.
Me tomé el trabajo de contarte la escena como pude, a los trompicones, por lo siguiente.
Habrá un momento, un momento como cualquier otro de tu vida, donde creas que podés negociar con tus tetas, con una tirada de goma. Creerás que esa es la llave, el interruptor que te permite doblegar la voluntad de un hombre. Creerás que, alabada sea tu suerte, fuiste munida con el perfecto kit de herramientas para comerciar, para obtener lo que quieras.
También habrá un momento, en cualquier trabajo, en cualquier oficina del planeta tierra, donde me quieras obligar a hacer algo absurdo, afeitarme o hacer la vertical o cantar una canción en la cena de fin de año abrazando un semicírculo de patéticos boludos, por que si no, si no accedo, entonces no hay aumento o peor aún, quizás me echen.
Y otro momento, otro momento más, donde un médico jovencito y prematuramente calvo, flaco como un alambre y con piorrea, deje el estetoscopio sobre el metálico escritorio y te diga que no, que no podés tomar vino nunca más, que tal vez, sólo tal vez puedas comer pizza una vez por mes, dos porciones. Por que si no, bueno, si no vendrá lo peor.
Quizás acceda, claro, me entregue mansamente, sin excusas, tampoco soy Tommy Lee Jones. Quizás tenga que mendigar sólo para ver cómo te bajás el jean otra vez, quizás haga un trencito en la fiesta de fin de año para poder cobrar, quizás coma un yogur a la mañana y una pechuga de pollo para la cena, sin piel, por el miedo a morir, a desaparecer, a no estar más.
O quizás no.

30.9.10

Doble tuco

Estoy comiendo. Afuera. Estoy comiendo afuera. Comer afuera es, por definición, distinto, distinto de comer adentro. Comer adentro, aunque no sea la expresión, aunque no se diga de ese modo, es comer en el domicilio, en el lugar donde uno vive. Comer afuera es comer en un restaurante.
Estoy comiendo en Pippo, más precisamente en Pippo de la calle Montevideo. Restaurante emblemático si los hay, humilde, eterno, apenas a un costado de la avenida Corrientes.
Es un restaurante, Pippo, cómo definirlo y ser justo a la vez, es un restaurante, decía, sin pretensiones, de batalla. Un restaurante como esas pizzerías de barrio que te dieron cobijo alguna vez, cuando eras pobre o ella te dejó o hacía frío, y uno sabe que va a poder volver a buscar refugio, siempre.
Como solo, en una mesa del fondo, donde me solía sentar hace muchos años. Tenía ganas de venir a comer acá, otra vez, por que soy pobre, o por que ella me dejó, o por que hace frío. Qué carajo te importa.
Vermicellis, tuco y pesto, la especialidad de la casa, de entrada una porción de longaniza, un Norton tinto. Si alguna vez estás mal, si alguna vez, y yo te aseguro que siempre, en alguna curva de la vida, está esa vez, si alguna vez sentís que nada tiene sentido, y no te salva el detalle, el menú que acabo de mencionar (se puede agregar un flan con dulce de leche, de postre, para casos extremos), entonces estás frito. No hay nada más, deambularás entre el rivotril y el feng shui y los cursos y las fotos y los viajes hasta que te mueras de pena, que es equivalente a decir de muerte natural. Es así.
Estoy comiendo mis vermicellis gruesos como lombrices, con el tuco salvaje y el pesto como para cagar un río verde fluorescente, indeleble y para siempre sobre la avenida Corrientes, y dejar entonces de esa forma, una opinión, una marca, de mi paso por la tierra. Y entra un cura.
El cura es gordo, usa gruesos lentes de metálico marco, la rojiza cara, un morrón donde debiera estar la nariz. Lleva un uniforme, un uniforme de cura, o mitad cura y mitad de civil, como si fuera un traje, pero se ve el cuellito. Y lleva un maletín, negro, de cuero muy cuarteado, con esa forma triangular que solían tener los maletines de los visitadores médicos.
Se sienta a comer, no se saca el saco. Pide lo mismo que yo, los vermicellis que le traen casi de inmediato, pero doble tuco, sin pesto, y medio litro de vino de la casa.
Mastica con voracidad, grandes bocados de vermicellis rebosantes de salsa. Se acomoda los lentes, con un dedo, como si quisiera atornillarse los lentes al entrecejo. Bebe un vaso de vino en dos tragos, respira, vuelve a comenzar.
Entonces sucede algo, digamos extraño, digamos imprevisto. El cura saca un pequeño crucifijo de un bolsillo del saco, parece de plata, es plateado. Lo mira un instante, luego lo pone en el plato. En el plato rebosante de fideos y salsa. Pone más queso rallado, mucho. Y revuelve con el tenedor.
Sigue comiendo, los vermicellis, doble tuco, mucho queso. El crucifijo dentro del plato. A mí me parece por un momento que sonríe, y que entonces yo voy a entender el chiste, la broma, el significado.
Pero no, no sonríe, es la satisfacción que le provoca comer, estar vivo y seguir comiendo.
Pido la cuenta, me tengo que ir. Sé que voy a recordar lo que acabo de ver, sé que alguna vez lo voy a contar.

25.9.10

Hace tiempo que escribo

Escuché los timbrazos, todavía dormido, y supe, no tengo otra forma de describirlo, que había llegado el día. Hacía tiempo que venía escribiendo, relatos cortos, y los mandaba a las revistas. Escribía cuentos como Chéjov, como Carver, como un centauro hecho de la precisión de Abelardo Castillo, una mitad, y la furia desatada, la potencia expresiva de Charles Bukowski, la otra mitad.
Había escrito dos novelas, también, y las había enviado a las más importantes editoriales españolas, prolijamente encuadernadas, por triplicado, dirigidas al Departamento de Lectores que tienen las editoriales del mundo civilizado. Mis novelas eran como las de Saer, como las de Onetti, como las de Anthony Burgess, la soledad del hombre y su desesperada lucha contra lo imposible, las más preciosas batallas for ever perdidas.
Escribía poemas, también. Poemas como cuchilladas, poemas que mordían y goteaban veneno, poemas de amor y de caminatas bajo la lluvia y de aquella vez que fui feliz. Poemas con el vuelo de Dylan Thomas, poemas como los de Ferlinghetti, poemas como los de Ezra Pound antes de perder definitivamente la cordura. Y mandaba los poemas a concursos, a todos los concursos, aunque fueran de la cooperadora de una escuela perdida en una ignota provincia.
Escuché los timbrazos y supe que era mi día. Finalmente me habían descubierto. Leería mis poemas en Madrid, whisky en mano. Mis novelas venderían miles de ejemplares, me comprarían los derechos para hacer películas. Vendrían las adolescentes a la feria del libro en Barcelona o en Frankfurt a pedirme que les firmara mis volúmenes de cuentos, y por qué no los corpiños. Comería los más sabrosos manjares, daría lecturas por el mundo, me reconocerían en los aeropuertos, en fin.
Todavía ebrio ya que últimamente me había inclinado a la bebida, pero no movido por una dipsómana vocación, de ninguna manera, sino por que no había encontrado ninguna inclinación más satisfactoria. Todavía ebrio, entonces, vestido con un shorcito manchado de fugazzeta, abrí la puerta. Había llegado el reconocimiento, al final (Cerati dixit) hay recompensa, el cambio de vida.
Era el portero. Me dijo, no de la mejor manera, que se estaba inundando todo el piso de abajo. Que me fijara si no había soltado mal la cadena del inodoro, o si había dejado abierta una canilla.

20.9.10

En crudo

Te respondo bien sencillito, para que hasta una pelotuda como vos lo entienda.
Hasta los treinta años, sos todo potencia. Funciona la tosca maquinaria del deseo. Podés ser jugadora de voley o de hockey, estudiar arquitectura como si en verdad fueras a enderezar la Torre Eiffel, chupar 18 hapis por noche (si Dylan Thomas se tomó 18 whiskys, por qué no vas a poder vos ejercitar tu magro talento), viajar a Sudáfrica de mochilera para sacarle una foto a Tantor lavándose las orejas con la trompa, hacer coros en una banda que se llame ‘Los Ragamuffins de la concha de tu hermana’, y así.
Después de los treinta años, entre los treinta y los cuarenta, viene un período de agridulce resignación, un conformismo que te empieza a brotar de las axilas como un sulfato, llamémoslo ‘etapa de mantenimiento’. Ya no vas a poder ser mejor pianista de lo que sos, no vas a poder patear la pelota más lejos, ni coger más fuerte, ni fumar treinta y tres cigarrillos en la playa como aquella madrugada, tus pezones ya no exhiben ese rozagante rosado. Hay que empezar a caminar, en lugar de correr, tu marido dice siempre las mismas boludeces pero una vez por semana vas al cine, en la oficina te dijeron que sos una subgerente de producto de lo más capaz, los chicos empiezan a crecer, en la playa te atragantás de un desteñido sol.
Y pasás los cuarenta. Viene el mundo del plano inclinado. La pérdida de facultades, la fatiga de materiales, la decadencia y caída. Vas a luchar, claro que vas a luchar, por que te parece injusto. Vas todas las mañanas al gimnasio, hacés un curso de computación, te suavizás los pelos de la vagina con aceite de castor del mar Adriático. Está el yoga y los yogures para cagar como una avispa, los suplementos vitamínicos y las pastillas que te dejan la garompa más dura que una lechuza embalsamada, los tratamientos de belleza, los corpiños reforzados de kevlar, el pelo de muñeco, las pequeñas mascotas de agudos ladridos, las maratones, las siliconas y el colágeno. Pero te caés, lo sabés, deberías entregarte, como si te hundieras en un tremebundo pantano, cualquier avezado pigmeo te aconsejaría que lo mejor es que no te muevas demasiado.
Parece que no entendiste, ponete cómoda, podés no estar de acuerdo todo lo que quieras. Tu opinión importa, en esta deliciosa oportunidad, en esta entretenida ocasión, si es posible menos que de costumbre. Es como yo te digo. Si no querías saberlo, no me lo hubieras preguntado.

15.9.10

Hundred Presidente

Si yo fuera presidente estarían prohibidos los productos dietéticos. Prefiero que te mueras de gorda, y no de pena.
Si yo fuera presidente los corredores de maratón podrían recibir similares penas a las de quienes cometan un homicidio, tendrían que ir a juicio y explicar muy bien por qué corrieron.
Si yo fuera presidente las personas mayores de sesenta años podrían presentarse en cualquier Farmacity y solicitar un vaso de vino tinto, con sólo mostrar el documento.
Si yo fuera presidente uno podría requerir a cualquier cajera del supermercado que lo masturbe mientras espera que le cobren su compra. El supermercado estaría obligado a capacitar a las cajeras para que den el servicio con cortesía no exenta de pericia.
Si yo fuera presidente se colocarían cintas transportadoras, como las de los aeropuertos, para desplazarse por las calles del centro. Existirían carriles con distintas velocidades de traslado.
Si yo fuera presidente a quien toca bocina se le cortaría una teta, o un huevo, según el caso. Después de dos bocinazos, se estima que la persona alcanzaría a percibir que quizás no tiene tanto apuro.
Si yo fuera presidente estaría terminantemente prohibido la utilización de los teléfonos celulares en la modalidad altavoz, manos libres, handy abierto, o como corneta se llame. Esa conversación no existe, por que no tenés nada para decir, ni vos ni el que está del otro lado, pelotudo.
Si yo fuera presidente todo el mundo estaría obligado a tener un animal doméstico (perros y gatos, básicamente, para tener un hámster o una tortuga, una boa o un loro, un par de pescaditos, da lo mismo que te hagas otro tatuaje).
Si yo fuera presidente no existiría la doble escolaridad en los colegios ni públicos ni privados, y la jornada laboral tendría una duración máxima de 6 (seis) horas. La ley apuntaría a reforzar el tan ancestral como purificador hábito de contar con el tiempo necesario, desde la más tierna infancia, para rascarse las pelotas.
Si yo fuera presidente existiría un impuesto a la tristeza. Un impuesto que debería pagar la gente que está triste. Puede que eso consiga alegrarlos.
Si yo fuera presidente meter las patitas en el mar sería parte de cualquier tratamiento psiquiátrico.

10.9.10

Un cubito

El procedimiento no es sencillo, no, ningún procedimiento es sencillo, pero tampoco es lo que podríamos decir en exceso, lo que equivale a decir excesivamente, engorroso.
Hay que llenar un cubito, o mejor dicho, el espacio de una cubetera destinado a formar un cubito, un cubito de hielo. Ah, eso sí, hay que llenarlo de esperma, de propio esperma.
La maniobra no es sencilla, claro, por eso hice referencia, al principio, al procedimiento. Lo mejor es masturbarse, y eyacular, por ejemplo, en un vaso. Y verter el contenido del vaso, lo que equivale a decir la eyaculación, en el espacio de la cubetera destinado a un cubito.
Se pone entonces la cubetera en el freezer. Y se aguarda, al día siguiente, por ejemplo, para repetir la operación. Masturbación-eyaculación en vaso-vertido del contenido al mismo espacio de la cubetera-puesta en freezer.
Dependiendo del tamaño de la cubetera, y de la espermática facultad del mamífero masculino que realice el procedimiento, podemos conjeturar que con más de tres eyaculaciones, y menos de nueve, el cubito, el espacio de la cubetera destinado a formar un cubito de hielo, habrá sido llenado. A pesar del engorro de eyacular en un vaso, y la complicación del trasvasamiento del esperma del vaso a la cubetera, podríamos decir que en una semana la operación estará concluida. Contaremos en el freezer con un cubito, un cubito de hielo, un cubito de hielo de esperma.
Ahora sólo falta que una de esas chicas algo remilgadas, demasiado psicoanalizadas, fastidiosas, esas chicas que siempre tienen excelentes motivos para mostrarse un poco reacias a la práctica de lo que se ha dado en llamar, por que de alguna forma hay que llamarlo, lo que se ha dado en llamar, entonces, decía, sexo oral, una de esas chicas te visite en tu domicilio. La chica querrá hablar de Coelho o de Foucault, escuchar quizás un tema de Arjona o de U2 del cual se aprendió parte de la letra de memoria, o discutir sobre un profundo significado que ella ha advertido (y nadie más) en una película donde actúa Ricardo Darín.
La chica pedirá, es natural, un poco de gaseosa, un poco de algún jugo. Y uno, por que hace calor, por que así es Buenos Aires, por que cualquier propaganda insiste hasta la extenuación con la importancia de refrescarse, colocará en la bebida de la chica un cubito, un cubito de hielo, un cubito de hielo de esperma en esta oportunidad.
Mientras la chica saborea su bebida, mientras la chica sacia su sed y juega apenitas con el hielo, uno sentirá esa secreta satisfacción que siempre da el poder ayudar.

5.9.10

Se cae un avión

Se cae un avión. Es el medio de transporte más seguro, eso ya lo sabemos, es infinitamente más peligroso viajar en automóvil, sólo hay que leer las estadísticas. Pero se cae un avión. Y era un avión que vos debías tomar, un vuelo para el que vos tenías un ticket.
Estabas en el aeropuerto, y decidiste no viajar, no subirte, al avión. Algo sucedió, algo que no podés precisar con claridad. Fuiste a hacer pis y te miraste al espejo, o hiciste un llamado por teléfono que no fue atendido, o en el viaje al aeropuerto viste una lluvia que te remontó a la niñez y te pusiste triste.
No subiste, al avión, no viajaste. Y el avión se cayó.
Estás sentado en un bar cualquiera, tomando una cerveza ya tibia, y en el televisor, el televisor del bar, mencionan la noticia, la noticia del avión, que cayó. Ves el número de vuelo, ves el nombre de la línea aérea.
Estás vivo, tenés que decidir si lo que ocurrió fue suerte o destino, casualidad o alguna señal de religiosa índole, tenés que decidir si sos un tipo afortunado o si fuiste puesto sobre la faz de la tierra con algún propósito en particular.
También tenés que decidir qué vas a cenar.

30.8.10

Sin querer

Te quiero. Te quiero mientras seas como quiero. Te quiero mientras hagas lo que quiero. Y entonces sí que te quiero. Por que lo que quiero, en realidad, es lo que yo quiero, independientemente de tu persona. El recipiente de lo que quiero debe ser llenado.
Pero, aunque seas como quiero, aunque hagas lo que quiero, en algún momento dejaré de quererte. Lo que quiero, está en su naturaleza, cambia.
Para resumir, te quiero hasta que llegue ese momento en el que no te quiero. Ese terrible, fantástico momento en el que no te quiero más.

25.8.10

Martes, viernes

Yo no estaba bien, yo andaba mal. Lo bueno no mejoraba, lo malo empeoraba. O las cosas que tenían que salir bien dejaban de salir bien, y las cosas que podían salir mal salían mal con milimétrica precisión. Lo único que sabía era que, por lo general, yo solía estar contento, y me había puesto triste. Los problemas que atacan a un ser humano nunca son lineales, uno se quiere matar por múltiples causas. Lo que te hace moco, el ‘pacman’ de la vida.
Así que fui al psicólogo. Me recomendaron un psicólogo, y fui. Un hombre de unos sesenta años, bastante excedido de peso, con barba, con pipa, semicalvo, que siempre usaba camisas a cuadros, de mangas cortas. Tenía los brazos muy velludos. Usaba lentes, también.
Fui durante un año, todos los martes. Y hablábamos. Yo hablaba, y él asentía, o decía ‘ajá’, o se rascaba los peludos antebrazos. A veces me hacía alguna pregunta, una pregunta como ‘¿usted qué piensa?’, o ‘¿a usted qué le parece?’. Una vez me dijo que existía un péndulo, un péndulo entre el control de los impulsos, y la tolerancia a la frustración. Otra vez me dijo que en su trabajo era muy importante la disociación instrumental, y la atención flotante. Me lo dijo por que yo le cuestioné alguna falta de interés, como si estuviera distraído, como si no me escuchara.
Después de un año dejé de ir. Le dije que sentía que mi terapia se había estancado, que no progresaba. Sostuvo la pipa en los labios, y me dio un fuerte apretón de manos. Me dijo que volviera, que lo podía llamar si lo necesitaba.
Al año siguiente comencé a coger con prostitutas. No iba los martes, sino los viernes. Todos los viernes. Elegía un aviso del diario, cualquiera, Nancy o Ayelén o Lidia, que atendían en sórdidos departamentos del centro de la ciudad, sobre la calle Marcelo T. de Alvear, o sobre la calle Paraguay. Iba y cogía, nada estrambótico, un servicio de lo más tradicional. Un poco de estimulación oral, y luego una penetración simple, tres o cinco minutos en la posición del misionero, luego le decía a la chica que se pusiera en cuatro patas, entonces yo embestía unos tres o cinco minutos más, apretaba un puñado de cabello, me aferraba a unas generosas ancas. Me quedaba acostado un rato, fumaba un cigarrillo. Dejaba muy buenas propinas, de entrada, así que la prostituta, Nancy o Ayelén o Lidia, me preguntaba si quería un masaje o un vaso de agua, o bañarme. Charlábamos un poco, temas generales. Me despedía con un beso en la mejilla cargado de familiaridad.
Pasé un año así, y me di cuenta, un domingo, que mi vida era un desastre. Mis problemas no tenían solución. Había fracasado en prácticamente todos los rubros del horóscopo. Momento de aceptar que ya no era, nunca más sería un joven con un extraordinario potencial.

20.8.10

Somos distintos

Somos diferentes, hombres y mujeres somos diferentes. Pero no por lo que vos pensás, es un poco más complejo. Las cosas siempre son un poco más complejas.
Lo mejor va a ser verlo con un ejemplo. La ilustrativa capacidad de un ejemplo donde uno, pareciera, está hablando de algo, de una cosa, pero en realidad está hablando de otro algo. De otra cosa.
¿Cuál es el ejemplo? Ah, sí, el ejemplo. Me olvidaba.
Suponete que tenés ganas de coger, unas tremendas ganas de coger, sucede, pasa, si nos ponemos en pacatos todo se vuelve más difícil de razonar.
Tenés ganas de coger, te decía, lo único que tenés son ganas de coger, y esas ganas tapan todo lo demás. Cuando tenés ganas de coger, de verdad, esas ganas te nublan, te impiden seguir funcionando con, por decirlo de algún modo, normalidad.
Pero también, en el ejemplo que nos ocupa, no tenés con quién. No tenés con quién coger. Pasa también, muy humano, muy normal. Eso, que no tengas con quién, es un fenómeno multicausal. Puede que seas albino y tus compañeras de facultad ni se te acerquen, puede que estés recién divorciada y no te animes a decirle que sí al gordito que se te sienta al lado en la oficina, puede que seas un pervertido con pequeñas pero rotundas matas de pelo brotándote de las orejas y las fosas nasales, acostumbrado a la pornografía y a las bebidas gasificadas, puede que estés con un herpes genital de lo más rebelde que te dejó la vagina y sus alrededores con la textura (y el color) de una pila sulfatada, puede que seas muy tímido y que te guste particularmente el jazz instrumental.
No importa, lo que importa es que no tenés con quién coger, entonces te querés masturbar. Pero. Claro que hay un pero, siempre hay un pero. Te masturbás desde que eras chico, te masturbás desde siempre. No es lo mismo masturbarse que ‘the real thing’, pensás un poco en eso, aunque te hayas comprado un pito semirígido de policarbonato color turquesa, aunque metas el pitulín en un kilo y medio de carne picada embutida en un florero de tallo largo. No, claro que no es lo mismo.
Y vas por la calle, caminando, hace frío, ya es de noche. Querés llegar a tu casa, te querés bañar, querés comer. Pero, por sobre todo, se impone, te querés masturbar.
Vas por la calle, te decía, y ves un maniquí. Tirado, contra un árbol, hay un maniquí. Si sos una chica, te encontrás con un maniquí, un maniquí de un hombre. Si sos un muchacho, te encontrás con un maniquí de mujer.
Eso es todo, vas caminando, de noche, con ganas de llegar a tu casa y masturbarte, y encontrás tirado, junto a un árbol ahí nomás, muy cerquita de la entrada de tu casa, un maniquí.
Listo, terminó el ejemplo. Si sos una mujer, ves que no hay nadie en la calle, te acercás al maniquí. Te das cuenta que le podés sacar, al maniquí, una mano. Como si la desenroscaras, le sacás una mano, al maniquí, y te la metés en la cartera. Te llevás la mano del maniquí, para masturbarte.
Si sos un hombre, te acercás al maniquí, también. Lo levantás, le sacudís un poco la mugre y te lo llevás, a tu casa. Cargándolo como si fuera, no sé, un abrigo, de costado. Te llevás el maniquí para masturbarte, por supuesto. Jamás le cortarías una mano.

15.8.10

Yusef, el genio

Debo haber frotado la lámpara de casualidad. Me pareció que estaba hecha una mugre y pasé una mano por el oxidado metal. Dejé la lámpara sobre el exhibidor y estaba por seguir caminando cuando escuché una suerte de módica explosión, como el pedorreo de un viejo calefón cuando uno abre la ducha. Vi el humito, lo cual me sorprendió aún más.
De pronto, parado frente a mí, con turbante en la cabeza, chaleco de raso color amarillo sobre el lampiño torso, pantalones tipo bombacha y encima blancos, unos simpáticos zapatitos que terminaban en punta y se curvaban hacia arriba.
–¡Epa! –Dije. Me sorprendió que el tipo se me hubiera parado tan cerca. Me miraba fijo, sin parpadear, con los brazos cruzados, muy apretados contra su escuálido torso. Parecía que el turbante le quedaba un poco grande.
–Soy el genio de la lámpara –carraspeó un poco–. Mi nombre es Yusef, o sea que soy el genio Yusef. Estuve encerrado quinientos años en esa lámpara, hasta que usted me liberó, mi amo. Pídame tres deseos y se los concederé.
Lo observé, no era muy alto. Debía pesar menos de cincuenta kilos, tenía un ínfimo y suave bozo sobre el labio superior. Miré por encima de su turbante, estábamos solos en un recóndito pasillo de aquella casa de antigüedades.
–En general no me dejo tirar la goma por pibes. Si trabajás acá ni sueñes con que compre algo, vine por que a mi chica le encanta mirar estas boludeces. Me volvés a hablar y te pongo de una, te meto la lámpara en el culo, y no te levantás por otros quinientos años. Tomatelás, pichón.

10.8.10

Monedita

El hombre, quizás un mendigo, quizás todavía no, se ha detenido. Mientras cruzamos la avenida que no conduce a ninguna parte, el hombre ha visto algo que ha capturado su atención. Lleva un mugriento bolsito enganchado de un hombro, y camina muy inclinado hacia delante. Una moneda, eso es lo que vio.
Se agacha, el hombre, para recoger la moneda. Pero, la ciudad y sus infinitas trampas, la moneda está adherida, incrustada quizás, en el indiferente pavimento.
El sol nos quema el alma a todos, el semáforo está a punto de cambiar, se ha puesto amarillo ya, y el hombre sigue inclinado, luchando, esa moneda es para él.
Apuro el paso, oigo el ruido de los motores que se aprestan a comer todo lo que se les ponga delante.
El hombre no escucha, no ve, quiere esa moneda que los astros han puesto en su camino y que quizás lo redima, lo justifique, la suerte parpadea, te hace un guiño, hay que saberla leer.
Yo, que he llegado ya al otro lado de la avenida, veo el grotesco de la escena, el hombre con dos dedos hurgando el pavimento, los automóviles que han arrancado, el demoledor sol, las bocinas.
Estoy a punto de reírme, como tantas situaciones donde no se sabe muy bien qué hacer, y uno se ríe de los nervios. Pero me doy cuenta que estamos haciendo todos más o menos lo mismo, entonces no me río, no creo que me pueda reír nunca más.

5.8.10

El generoso

Me hubiera gustado, lo he visto en películas, ser querido por lo que soy, por mis valores, por mi convicción, mi coraje, mi valentía, por todo lo bueno que anida en mí, por esa mezcla de talento y suerte que me vuelve un sujeto especial, único, merecedor de admiración y respeto.
Me hubiera gustado, sé que es posible, sé que pasa, ser querido por mi belleza, por esa curiosa combinación de genética y azar que me vuelve irresistible, por mi aptitud en las artes o en las ciencias, por la magia que sale de mis dedos al acariciar un piano o una guitarra, por la capacidad de conmover, de hacer reír, de tocar los corazones con una chispa de gracia.
Me hubiera gustado, llegado el caso, ser querido por que sí, sin motivo, sin causa, ser querido aunque sepas que te va a hacer mal, que vas a sufrir, pero igual no podés evitarlo.
Por eso dejo buenas propinas.