Habiendo estado loco en más de una oportunidad, habiendo estado solo desde que puedo recordar, habiendo carecido de la más mínima posibilidad de un grupo de pertenencia, por voluntad ajena en un principio, por decisión íntima y personal después, habiendo estado borracho y perdido una madrugada de invierno, intentando a fuerza de golpes en la cabeza recordar a qué lugar debe uno con paso vacilante regresar, habiendo estado desesperado tanto como un ser humano lo pueda estar, habiendo pecado en todos los rubros del horóscopo, y fallado, y traicionado, y olvidado qué está bien y qué está mal.
Habiendo corrido bajo la lluvia con la desesperación y la certeza de quien sabe que esa lluvia no volverá nunca más.
Habiendo llorado sobre la porción de pizza más solitaria del planeta tierra.
Habiendo, en definitiva, hecho lo que pude, como pude, y no mucho más. Cuando me tocó estar sentado en un living de una casa de familia, con chicos que saltan y gritan y una mujer que saca un pollo del horno o termina de acomodar la mesa, entiendo con absoluta claridad la quirúrgica precisión de mi fracaso. Y me pregunto cómo pueden seguir adelante con sus vidas. Qué clase de resignación es necesaria para poder hilvanar otro día. Cómo lo pueden soportar.
Habiendo corrido bajo la lluvia con la desesperación y la certeza de quien sabe que esa lluvia no volverá nunca más.
Habiendo llorado sobre la porción de pizza más solitaria del planeta tierra.
Habiendo, en definitiva, hecho lo que pude, como pude, y no mucho más. Cuando me tocó estar sentado en un living de una casa de familia, con chicos que saltan y gritan y una mujer que saca un pollo del horno o termina de acomodar la mesa, entiendo con absoluta claridad la quirúrgica precisión de mi fracaso. Y me pregunto cómo pueden seguir adelante con sus vidas. Qué clase de resignación es necesaria para poder hilvanar otro día. Cómo lo pueden soportar.