18.9.08

Elvis

Elvis está vivo.
Trabaja en un bar de la calle Darwin, a dos cuadras de Corrientes, yendo para el lado de Córdoba, a mitad de cuadra, pasando un taller de reparación de autos que se llama ‘Nico’, o ‘Don Nico’, no me fijé bien porque llovía, y yo andaba lleno de fotocopias para legalizar, y si se me llegaban a mojar Arístide me iba a hacer echar, después de cagarme a patadas, así que me metí en el primer bar que encontré.
Entré al bar y me senté, y apoyé las carpetas en la otra silla, fijándome que el agua no hubiera arruinado nada. Las carpetas son de un material plástico, así que no hay problema, pero las escrituras de mierda, las actas, yo que sé, siempre son un poco más grandes, siempre hay una parte que asoma para afuera. Y es la parte donde están, tampoco sé porqué, las rúbricas, los sellos, puta madre.
–¿Qué va a tomar?
Estaba tratando de secar todo con servilletas, pero mientras secaba me caían gotitas de la cabeza, de la nariz, y entonces acababa de secar un sector, supongamos el ángulo superior derecho de un manojo de folios, y descubría con espanto que habían caído tres gotas sobre el centro de la hoja, y una parte de la palabra ‘artículo’ se había borroneado, y me quería matar. Me quería matar para que Arístide no me matara, para no darle el gusto.
Levanté la cabeza, y ahí estaba.
–Un café, y una medialuna de manteca, por favor –solté el manojo de servilletas, hechas un bollo húmedo y con alguna que otra mancha de tinta– ¡Elvis!
–¡Sh! –Dijo Elvis, y en su rostro había idénticas proporciones de tristeza y contrariedad–. No.
–¡Pero sos Elvis, papá! –No lo podía creer. No podía ser. Estaba grande, claro, con poco pelo, y blanco, peinado para el costado, y vestido de mozo y con su trapo rejilla sobre el hombro izquierdo. Pero los ojos, la cara, era Elvis– ¿Qué hacés acá?
–Vivo –dijo Elvis, y exhaló el suspiro más triste del mundo.
–Pero, pero… –Estoy hablando con Elvis Presley, ¿qué hago?–. Pero entonces…
–Sí, no estoy muerto. Tuve que escapar, las anfetaminas, quilombos políticos. Era otra época, pibe. Lo mejor fue escapar. Era escapar, o que la CIA me boleteara. No había opción.
–Pero te busca todo el mundo. Y cada año, en la fecha de tu muerte, la gente va a Memphis, hacen homenajes.
–Sí, lo miro por televisión. Y me emociona un poco, te digo la verdad. Pero no puedo volver, mirá cómo estoy. Sería un quilombo fenomenal.
Llovía más fuerte ahora. Las gotitas quedaban prendidas de la ventana y se balanceaban de un lado a otro, distorsionando la imagen del exterior.
–¡Elvis Presley! –Dije otra vez. Una cucharita se cayó al piso, y sonó como si alguien hubiera hecho sonar una campana diminuta.
–Sí, pibe, no jodas más. Ahí vengo.
Se fue por un pasillo que se perdía detrás de la barra. Y ahí estaba yo, revisando los daños de la lluvia sobre las carpetas, pensando si Arístide me iba a perdonar, y hablando con Elvis Presley. Le costaba caminar, como si tuviera problemas con una rodilla. Su español era bastante pasable.
Volvió.
–Es mejor así, pibe –dejó mi pedido sobre la mesa–. Creeme lo que te digo, es una historia que no se puede cambiar.
–¿Te duele? –Le señalé la rodilla que lo hacía renguear.
–Uf, y con humedad, mucho más. –Se hizo un masaje circular, y no pudo evitar un rictus, una mueca–. Bailar como bailaba yo no es gratis. Fijate algún jugador de rugby mayor de cuarenta años, fijate cómo le quedan los huesos. El tiempo te pasa todas las boletas, quedate bien tranquilo.
–Pero, Elvis… No sé.
–Tengo que seguir atendiendo, pibe –había entrado una parejita, y un señor de impermeable que luchaba por leer un diario mojado, con una tremenda mueca de contrariedad–. Cuidate, y suerte.
–¿Le puedo pedir algo?
Elvis se dio vuelta y resopló. Dejó la bandeja en la mesa de al lado.
–Sí, ya sé. Querés que te cante aunque sea una estrofa de ‘Love me tender’, o alguna otra, ¿no? Decime cuál querés escuchar. Te aviso que tengo la voz hecha pelota. Dos atados por día, no paro de fumar.
–No, traeme un jugo de naranja, que me debo estar por resfriar. ¿Es exprimido?

15.9.08

Conversaciones

De pequeño, cuando veía a alguien hablando solo por la calle, me generaba un profundo temor. Esos sujetos que gesticulan, que mueven los brazos, que niegan con la cabeza de manera enfática, que lanzan al cielo una risita nerviosa o un ‘¡no!’ contundente y definitivo, eran un inapelable sinónimo de la locura.
No había más que caminar unas pocas cuadras para verlos, exclamando, enojados, respondiendo al aire, diciendo ‘¡Ni se te ocurra!’, o ‘Me parece bien’, o ‘Así son las cosas’.
Tendrían que pasar muchos años para que pudiera comprender el fenómeno perfectamente. Soy el interlocutor más lúcido que jamás he tenido. ¿Con quién querés que hable?

12.9.08

Premios y castigos

En Mundo Marino escucho la siguiente conversación.
Habla el padre.
–¿Vos te pensás que la foca salta porque quiere?
El hijo mira el espectáculo pero algo se ha roto, una imperceptible grieta en la ilusión, el aprendizaje ingresando por los intersticios de la magia.

9.9.08

Oro puro

Hay un local sobre la avenida Corrientes, llegando a Pueyrredón. Es un local pequeño, algo sórdido, lúgubre. En su interior, el aire parece no haber sido respirado jamás. En el escaparate que puede verse desde la calle, hay una cabeza de un maniquí, con su correspondiente cuello, apoyado sobre un pequeño pedestal de madera algo lastimada. También hay un antebrazo, de pie, con una mano extendida como quien reclama una limosna a los transeúntes que sólo tienen tiempo para obsequiar apenas una gota de curiosidad, seguida de un baldazo de glacial indiferencia.
Hay un cartel, también, pequeño, sin luces ni efectos decorativos, pintado a mano en letras negras, mayúsculas, de imprenta.
El cartel dice ‘COMPRO ORO’.
Empujo la puerta y entro. Existe un mecanismo, algo en la puerta, sin dudas, que avisa a quien esté en el interior, que alguien, otro alguien, ha ingresado al local. Espero de pie, tampoco hay sillas ni nada donde uno pueda apoyarse, en la vitrina del mostrador se ven algunas cadenitas sobre un terciopelo demasiado gastado y sucio, como si hubiera sido usado para limpiar una mesa después de una comida.
Se abre una puerta lateral, y aparece una persona.
Sin mediar palabra, me bajo los pantalones, me bajo los calzoncillos, intento, con un movimiento tan característico como particular, desplegar mi pito algo entumecido. Logro al menos estirarlo un poco, separarlo del resto del cuerpo, y apoyarlo tímidamente sobre el vidrio. La vitrina está fría.
–¡Ja! –Dice el hombre que es calvo y pequeño, usa gruesos lentes y tiene alguna dificultad para desplazarse, o es que simplemente se ha acostumbrado a caminar así, entre vitrinas y mostradores. El pelo que le falta en la cabeza parece haber brotado de los orificios auditivos y nasales. Tiene el cuello de la camisa raído, las uñas amarillas y deformes, y el aspecto de no haberse bañado jamás.
Sin decir nada más, se dirige a la misma puerta por la que acaba de ingresar, y desaparece en el interior del local por misteriosos pasadizos.
Y yo no tengo más remedio que pensar que anoche me mentiste, producto de la excitación y el entusiasmo, o quizás no has tenido contacto con mucha gente, cosas que se dicen en medio de situaciones de carácter íntimo y que uno debería olvidar inmediatamente después, cosas que representan un momento de formidable alegría y que de ningún modo pueden ser verdad.

6.9.08

No es para cualquiera

Tenés que entender que no existe un ranking de tragedias.
Tenés que entender que tu dolor no es mejor que mi dolor.
Tenés que entender que para el rockero al que se le está cayendo el pelo, lo que le sucede es fácilmente comparable con el hambre en Etiopía.
Tenés que entender que cada vez que vos hacés lo que hacés, te parece que es un acto nimbado de una justicia divina, y cada vez que yo hago lo que hago, te parece que soy una rata egoísta.
Tenés que entender que todos vivimos en primera persona, y yo también vivo en tercera, cuando escribo, a veces, en una demostración de extrema cortesía.
Tenés que entender que si desaparecieras en este mismo instante de la faz de la tierra, como un pedo en una tormenta eléctrica, tu vecino del séptimo 'c' bajaría mañana a pasear a su caniche, y el perro se detendría en el mismo árbol e intentaría hacer lo que le fue dicho que no hiciera, como cada día.
Tenés que entender que fracasaste, aunque la peluquera te asegure que se te están fortificando las raíces.
Tenés que entender que comprar un kilo de mandarinas o escalar el volcán Lanín está muy bien.
Tenés que entenderlo, buenos días.

3.9.08

A los golpes

me pegan.
me pegan hasta
que me caigo
al piso.
y cuando estoy en
el piso
me pegan en el piso.
me siguen pegando
y me dicen que no
me levante, que
no oponga resistencia.
me quedo, entonces,
inmóvil
en el piso
mientras me pegan
y me dicen que no sea
tan obediente.
en definitiva
me pegan
y mientras me pegan
yo
aprendo.

30.8.08

Podía funcionar

Entro a una pinturería. Tras asesorarme un poco, ya que no domino el tema, y mientras no domino el tema aprovecho para descubrir que no domino prácticamente ningún tema, compro dos latas de pintura verde, de veinte litros cada una. Me explica un vendedor harto de la pintura más que de ninguna cosa en este mundo, que es la mejor pintura. Por sus atributos, dice, por sus propiedades, también dice. A su pesar me ha preguntado qué voy a pintar, y yo he respondido con evasivas, fácilmente confundibles con la imbecilidad de un cliente habitual.
Aquí comienza la parte entretenida. Le cuento al vendedor mi plan, que no es aceptado ni creído y genera solamente una burlona sonrisa, hasta que exhibo el dinero que estoy dispuesto a pagar.
–Necesitamos dos personas –digo–. Son cien pesos por cabeza –digo–. Son, como mucho, cinco minutos –digo. Y no digo nada más. Pero estoy serio, he pagado la pintura más cara que se vende en ese local, y he dejado doscientos pesos sobre el mostrador, por un instante, para que el vendedor los huela.
El vendedor es un muchacho joven, pálido hasta la exasperación, con un acné virulento sobre su mejilla derecha, como si se la hubiera orinado una rata, provocándole una reacción cutánea que no se irá jamás. El muchacho sabe que tendrá que vivir con su mejilla derecha, tendrá que vivir con eso, y entonces le parece que el resto del mundo, incluida mi persona, se ha vuelto una conspiración poco entretenida.
–Esperame afuera del local –me dice.
Tomo las dos latas de pintura y salgo. La pintura pesa una enormidad.
–Pará –me dice. Al parecer, el otro empleado le ha dicho que no, que yo estoy loco, que prefiere quedarse cuidando su trabajo, la caja, cualquiera haya sido la orden que le dejó el dueño del local.
Pero el empleado pálido tiene un amigo que trabaja en el kiosco, a mitad de cuadra.
–Es un ida y vuelta –me dice, y sale al trote.
Lo ha convencido. Vuelven los dos. El otro muchacho mantiene una prudente distancia de mi persona, como si le fuera a pegar. Tiene una risita nerviosa, como una especie de corto graznido, y mira todo el tiempo en dirección al kiosco. Quiere irse, pero quiere el dinero.
–Bueno, necesitamos una silla –digo. Porque soy alto, y es preciso que los sujetos estén más altos que yo.
–Mejor un banquito –dice el pálido.
–Sí, un banquito, dale –dice el chico del kiosco, y grazna otra vez.
El pálido vuelve con un banquito de madera. Así que me siento, coloco los antebrazos sobre las rodillas, cierro los ojos.
–Bueno, muchachos. Vamos.
Los chicos abren las latas de pintura. Se colocan uno a cada lado, y comienzan a verter la pintura verde sobre mi cabeza. La pintura es espesa, y al principio cae a borbotones. Cae sobre mi cara y mis hombros y mi ropa, cae y sigue cayendo y el olor es penetrante mientras se forma un charco verde a mis pies.
Algunas personas se detienen a mirar, otras apuran el paso, temerosas de recibir una salpicadura.
–Falta poco, ya terminamos –oigo que dice el pálido.
La operación debe haber durado un minuto, un minuto y medio.
–Ya está –dice el chico del kiosco–. Después me das la plata –y se va.
–Necesito el banquito –me dice el pálido. Así que me pongo de pie y abro los ojos. El muchacho toma el banquito y se va también. Le he dejado la plata sobre el mostrador, antes de salir.
Y me quedo de pie, recordando que de chico, cuando me llevaban a una plaza, yo elegía la hamaca verde, porque el verde me transmitía una particular sensación de felicidad.
Y me quedo de pie, como dije, esperando sentir algo parecido.

27.8.08

Si hubieras mirado National Geographic

Si se acerca uno a un elefante y le da un tirón en la trompa, con la máxima fuerza de la que uno sea capaz, y luego le dice ‘era una joda, era un chiste’, es casi seguro que el elefante intente embestir al agresor a la manera característica de los elefantes, bajando la cabeza, buscando el topetazo.
Si le sirve uno a una jirafa un fuentón, pongamos de las proporciones de una bañera, de sopa fría, con unos escasos fideos, poca sal, es probable que la jirafa mueva de un lado a otro su interminable cuello, exhiba los dientes en lo que sea el sucedáneo de una mueca, y se niegue a aceptar que eso sea su alimento, su comida.
Si se arroja uno sobre un cocodrilo e intenta ponerle, sujetando con fuerza, primero, con el afán de guiarlo, una pata delantera, dentro de una manga de un pulóver color borravino de lana gruesa, cuello alto, un día de más de veinticinco grados de temperatura, el cocodrilo, seguro, te morderá.
Lo que me llama la atención es por qué creíste que yo iba a soportarlo, querida.

24.8.08

Religiones alternativas

Bajo a caminar.
Es temprano, hace frío. La ciudad todavía no se ha despertado, y ahí está su encanto. Los árboles sisean alguna canción. La luna se ha rebelado, se niega a reconocer que ha empezado el día. Capricho de luna.
–¡Juan! –Mi nombre es Hundred, Juan Hundred.
Miro a mi interlocutor. Frente a mí, un hombre delgado, con un torso demasiado estrecho para albergar un corazón. Va vestido todo de celeste, shorts y musculosa a pesar del frío, o peor aún, de turquesa.
–¡Juan, qué hacés por acá! –el monocromo es un defecto de carácter inadmisible.
–Camino –contesto. Cómo me molesta ser redundante.
–Ya veo –dice con una sonrisa de suficiencia. Porque mi interlocutor, a quien conozco de algún pliegue del barro de mi pasado, no camina, no. El corre.
Se ha detenido para saludarme, pero no se ha detenido. Corre en el lugar, a mi lado. Echa humito por la boca, a pesar de los shorts y la musculosa, usa guantes de lana. Exuda salud.
–Bueno –digo. Yo no puedo caminar en el lugar, y deseo seguir caminando. Tengo cosas que pensar: qué quería ser, de chico, cuando fuera grande, qué soy, de grande, cómo llegué hasta aquí, qué salió mal, en qué momento me perdí en el camino, esas cosas.
–¿Por qué caminás? –He retomado, con lentitud, con una sonrisa, mi marcha, él trota a mi lado sin haber sido invitado a acompañarme–. ¿Por qué no corrés?
–No quiero correr –le digo–. Quiero caminar.
–Pero correr hace bien –se da un tímido golpe de puño sobre su escuálido pecho–. Yo corro once kilómetros por día, todos los días. Y los fines de semana, el doble.
–Te felicito –digo.
–Correr es lo más sano que hay –dice.
–La salud es un atributo ambiguo –digo–. En exceso sobrevalorado.
–Corrés y bajás la pancita –en un rapto de locura, me ha apoyado, por lo que dura un instante, una palma enguantada sobre mi abdomen. Lo miro, de costado, y retira su mano de inmediato.
–¿Cuánto whisky sos capaz de tomar de una sentada? –Le pregunto.
–Eeeh… No, yo no tomo –dice–. El alcohol es malísimo. Tampoco como carne, soy vegetariano. Y tampoco como quesos ni lácteos.
–¿Y qué comés, milanesas de durlock? –Acelero el paso, pero no hay forma de escapar. Soy un sujeto esforzándose por caminar rápido, acompañado por un sujeto esforzándose en trotar despacio.
–El otro día me hice mi chequeo médico trimestral –sonríe–. Tengo el colesterol total en 1.43. El médico me dijo que tengo las arterias de un pibe de veinte años.
–¿Cuántos polvos te echás? En una sesión de sexo. Una noche, cinco horas, digamos.
–Mirá, Juan. Vos sabés que yo estoy casado hace trece años con Martita.
No digo nada.
–Tenemos una vida sexual muy plena, excelente. Claro que la pasión se va transformando en amistad, en compañerismo, es como si la otra persona pasara a ser parte de uno mismo.
No digo nada.
–Nosotros los domingos a la mañana cogemos, nuestro buen polvote nos echamos. Acepté coger a la mañana porque los domingos salgo a correr después de la siesta. Y coger te quita piernas.
–Entiendo –digo.
–Coger, pasada cierta edad, no es tan importante, Juan –dice.
Sigo caminando. Ha comenzado a llover. Es una fina garúa que me pincha la cara.
–¿Cuándo fue la última vez que leíste?
–No entiendo –se ríe.
–Que leíste un libro. Una novela.
–No tengo tiempo, no leo mucho. Además están los expedientes que te exigen mucha atención. Pero trato de ir al cine. Deberías correr, Juan.
–Bueno, lo voy a pensar –le digo–. Si me decido, te aviso.
–Llamame, Juan. ¿Tenés mi teléfono?
–Creo que no, pero te llamo y te lo pido.
–Vas a ver lo bien que te hace. Correr te cambia la vida. Yo, si no corro mis once kilómetros, no puedo empezar el día.
–Como una droga.
–¡Sí! –está encantado con la idea–. Como la mejor droga.
–Qué bárbaro –le digo, y cruzo la avenida con las manos en los bolsillos, apuro el paso porque vienen autos.

21.8.08

Asimétrico

Parece mentira, da pena saberlo. Y lo sé, claro que lo sé, no es un descubrimiento para dar saltitos, ni andar festejando.
El amor es una mercancía perecedera. Como un exquisito manjar, como una exótica planta, exige infinidad de cuidados. Pero se termina pudriendo, el amor. Adquiere un amarronado triste, pierde su brillo. Agarra mal olor. Y ahí queda, todo ese esfuerzo prodigado, como un maniquí arrojado desde un piso treinta y tres, abrazado al pavimento de una avenida cualquiera.
En cambio el odio es mucho más resistente y duradero. Como un perro callejero que aprendió a vivir de las sobras, de los restos, y no espera caricias ni atenciones. Uno se lo cruzará a la vuelta de la esquina tres, cinco años después, y no queda menos que sorprenderse ante la inmutabilidad, la misma mancha de sarna, los dientes amarillos, la mirada famélica.

18.8.08

No va a ser fácil

Y cumplirás roles, claro que cumplirás roles. Subirás por la escalera mecánica de los roles, no es negociable, carecerá de importancia si estás o no de acuerdo. No tiene nada que ver con la voluntad, manda la inercia.
Y aprenderás a vivir de los intersticios. De esa media hora juntos, de ese paseo de madrugada, de ese whisky, de la vez que te toqué, de esas dos páginas que leíste, de ese cigarrillo.
Mientras tanto serás madre o gerente, doctora, profesor, tío. Y en cada esquina que te detengas esperando que cambie el semáforo, los días de lluvia oirás cómo las alcantarillas devoran el agua, con qué indiferente apetito. Y te dará frío.

15.8.08

Tristeza de rottweiler

Hay en mi barrio un rottweiler que tiene un problema. Es un rottweiler bueno, es un rottweiler que quiere afecto. Pero en cuanto pone una pata en la calle, comienzan las complicaciones. Las señoras con sus bolsas repletas de naranjas y acelga gritan, se quejan, reclaman correas y bozales, algo de protección ante la bestia. Los otros perros muestran los dientes, intentando vender cara la inevitable derrota, o se limitan a darse vuelta y exhibir el ano, en la más plena de las sumisiones. Pero nadie le ladra, nadie quiere olfatearlo a él. Y todas las caricias son para los cockers y los caniches y los pekineses, para perros sin su personalidad ni sus sentimientos, perros que parecen destinados a recibir afecto por el tamaño de sus orejas o su mirada bobalicona, perros que no deberán esforzarse jamás para ser alzados, para recibir palmadas en el lomo, pellizcos en un cachete.
Hay un rottweiler en mi barrio que baja a la calle con su expresión tristona y su andar cansino, porque sabe que todos se asustarán de él, un rottweiler que comprende como nadie aquello que le dijeron a Marilyn Monroe alguna vez, sobre que su belleza era demasiado específica y eso la limitaba para otro tipo de papeles (que la gente se calentaba con sus curvas, que no podía hacer de madre o de tía en una película, que no insistiera).
Y el rottweiler de mi barrio cada tanto muerde, muestra los dientes, amenaza con causar una tragedia, pero lo hace sin convicción, simplemente porque sabe que eso es exactamente lo que se espera que haga.
Esta mañana cuando me lo crucé, no pude resistir la tentación de acariciarlo, y pareció por un instante que iba a arrancarme el brazo de un mordisco. Después giró la cabeza, para que no lo viera llorar.

12.8.08

Santuario

Me llamó un par de años después de haber fracasado por última vez. La escuché alegre, con proyectos, la invité a cenar. Tomamos vino, recordamos algún episodio compartido, algún médano de alguna playa que tapó lo que fuimos. Después de cenar, advertimos que el piloto del calefón de la pasión todavía no se había apagado. La invité a mi casa, con improvisado pudor dijo que bueno, miró un inexistente reloj sobre su huesuda muñeca, dijo que claro, dijo que sí.
Pasado algún fuego, se puso de pie, al costado de la cama, con las manos en la cintura, y comenzó a insultarme, arrojó un zapato, hizo estallar una copa de vino contra el piso, gritó con el odio más puro que tenía y siguió quejándose un rato, repasando su vida, balbuceando incoherencias, mientras se vestía.
Le señalé, sin mucho entusiasmo, lo extraño de su comportamiento.
–No hace falta que terminemos la noche así.
–La comida estuvo exquisita, la conversación fantástica, y el sexo excelente -masculló-, pero el psicólogo me cobra una fortuna. Así que prefiero darme todos los gustos acá.

9.8.08

Carambeishon

Los niños reciben, desde el principio, desde el comienzo, un complicado mensaje. El mensaje es: hacé lo mejor que puedas.
Esa épica de la exigencia astutamente recubierta con el papel metalizado del amor los perseguirá hasta bien entrada la edad adulta, hasta que el fracaso sea demasiado evidente. Hasta que, incluso para el meteorólogo aficionado, no queden dudas que está lloviendo.
No menos cierto resulta que, si se les hubiera dicho que hicieran, no lo mejor que puedan, sino lo que puedan (sí, sí, claro, o lo que quieran, como te resulte más cómodo), entonces la inmensa mayoría no hubiera hecho nada.
Debemos decidir, si preferimos una multitud de frustrados, o una legión de inútiles.
Pero vos sos muy linda, eh. No vas a tener problemas.

6.8.08

Una fractura

Un sobrino mío se rompe una pierna. Jugando al fútbol, o jugando en un recreo, jugando a algo. Así que nos vamos al hospital mientras el chico logra dejar de gritar, y pasa a un apagado sollozo.
Quisiera que no sufra, quisiera que no le duela, pero es precisamente ante el dolor cuando descubrimos la exasperante insularidad de las personas. Ante el dolor descubrimos lo iguales que somos, lo lejos que estamos, y eso es casi más triste que el dolor mismo.
El médico que nos atiende es un imbécil demasiado satisfecho de su estetoscopio como para poder ayudar a alguien. Alguna noche de estas será asaltado por tres chicos de quince años que aspiran pegamento y quieren un automóvil y tienen la noción del bien y el mal algo difusa, entonces nuestro calvo doctor comprenderá, como cualquier superhéroe sabe, que hay determinadas circunstancias donde dejan de funcionar los propios poderes. Tristeza de superhéroe, un buen título para mi próximo libro de poemas.
Nos hacen esperar en un pasillo, sin que el doctor se haya dignado a transmitir una palabra de aliento a mi sobrino. Y eso es lo peor. Lo que nos pasa, nos pasa, siempre nos pasa, y queremos que alguien nos diga que no es tan grave, que alguien nos diga que va a andar todo bien, que alguien nos de una palmada en el hombro, que alguien nos insufle una molécula de esperanza.
Entonces mi sobrino, en ese pasillo húmedo y descascarado, logra sobreponerse al dolor y la consternación, la angustia y la tristeza, y me mira. Estamos de la mano.
–¿Por qué a mí? –dice, es todo lo que tiene para decir mientras espera ser enyesado, porque está demasiado aturdido para decir nada más.
Y a mí me parece que es la primera vez que se hace esta pregunta, que ya nada volverá a ser como antes.

3.8.08

21%

si el setenta y nueve por ciento de los viajes
son las fotos
entonces
no quiero viajar.
si el setenta y nueve por ciento del amor
son los recuerdos
entonces
prefiero viajar.
si el setenta y nueve por ciento de estar vivo
es estar muerto
entonces
prefiero enamorarme.
si el setenta y nueve por ciento de ser yo
consiste en no ser ninguno
de todos los demás
entonces
prefiero este sánguche de mortadela,
ajo
y mucho casancrem.

*el casancrem es un queso untable de venta libre en la república argentina.

30.7.08

El culo y el violín

Ella soñaba con tener talento musical, pero tenía buen culo. Y entonces, cada vez que tocaba el violín, cada vez que intentaba hacerlo, la gente quedaba extasiada, con su culo. Y ella tenía sentimientos encontrados. Estaba orgullosa de su culo, pero anhelaba demostrar sus inexistentes atributos musicales. Lejos de reconocer su falta de aptitud para la música, pensaba que su exquisito culo conspiraba, distraía, de lo verdaderamente importante, de lo que ella tenía para dar, de su música.
Pero ella tampoco estaba dispuesta a desprenderse de su don, nadie lo hace, y mucho menos aceptar que era una negada para la música, porque aceptar una incapacidad, claudicar, rendirse, es por lo general tan triste, y uno queda como en una habitación de hotel a oscuras.
Ella estaba atrapada en ese dilema, sufría. Había noches en que soñaba con la estatua de la justicia, pero la estatua de la justicia tenía el rostro, las facciones de un chancho pecarí. En un platillo de la balanza estaba su violín, en el otro, su culo (en ambos casos de ella, no del chancho). Pero en su sueño la balanza permanecía en perfecto equilibrio, la balanza no se inclinaba, y ella se despertaba agitada y sudorosa, intentando recodar, aferrarse al último piolín del sueño, porque si lograba ver en qué dirección se inclinaba la balanza entonces, presentía, su vida se ordenaría.
Después se casó con un escribano y abrió un local de venta de bijouterie. Me la encontré el otro día por la calle. No tenía buena cara, pero era muy temprano.

27.7.08

El cuerno de la abundancia

Últimamente, hago una cosa que provoca el más profundo de los desconciertos.
Tiene que ser en un bar. Si estoy solo, pido como si fuéramos dos personas. Si estoy con una persona, pido como si fuéramos tres los presentes, o incluso más, de acuerdo a la necesidad que me aguijonee en ese momento.
Permítanme dar un ejemplo. Lo que podríamos denominar, ejemplo 1.
Estoy con una chica, en un bar. Es de mañana, hora del desayuno antes de comenzar una jornada de trabajo. La chica quiere, lo sé, la conozco, un café con leche, nada más. Yo quiero un café chico, y una medialuna de manteca.
Se acerca el mozo. Formulo mi pedido.
–Buen día. Es un café con leche, un café chico, una medialuna de manteca, un jugo de naranja exprimido, un agua con gas, una porción de tostadas con queso y mermelada, ah, y un té.
Y no digo nada más. Miro, tal vez, distraído, por la ventana. El mozo duda, mira pero no encuentra una sonrisa de la cual aferrarse, y se aleja, pensando que están por ingresar las tres personas restantes, que ahí vienen. Pero no, no vienen.
Mi acompañante separa sus manos de la mesa y abre la boca en ‘u’, y luego decide callarse, confundida, o tal vez no logre contenerse y diga ‘yo no quería jugo…’, pero, ante un casi imperceptible asentimiento de mi parte, intenta desentenderse de una situación que comienza a incomodarla.
Entonces viene el mozo. Observa que seguimos siendo dos personas, y él tiene un pedido para, digamos, cinco personas. Se lo nota contrariado.
–El café con leche para la señora –digo, sin mirarlo. Esto es importante también, decirle ‘señora’ a una chica de menos de treinta es muy importante también, porque es sembrarle una duda, es devaluarle las tetas, es dejarla avizorar el futuro, para que se despabile, para que de a poquito comience a pensar en algo. Es fácil de practicar con alguna empleada de cualquier comercio. Cuando concurra a comprar algo, dígale en algún momento ‘señora’, y fíjese en su cara–. Ponga todo lo demás por acá. –Y señalo vagamente, sin mayor detalle, lo que podríamos denominar ‘mi’ mitad de la mesa.
Aquí, es inevitable, el mozo dirá algo, o mi acompañante dirá algo, o tras mirarse buscando alguna mínima complicidad que les permita superar un momento que no comprenden, los dos dirán algo, más o menos al mismo tiempo. Eso me obligará a decir algo, a mí también.
–Sucede que hace ya demasiados años que vengo huyendo de la carencia. Sucede que sufrí mucho de pibe. Sucede que una de las pocas cosas que me calma, que mitiga mi dolor, es ver que hay, que sobra, que yo no quiero en absoluto, pero que si hubiera querido, si hubiera necesitado, algo, cualquier cosa, mermelada en esta oportunidad, hubiera podido, estaba allí, al alcance de la mano, sin problemas.
Y tomaré mi café, daré un mordisco a mi medialuna de manteca, sintiendo que soy un tipo de lo más interesante.

24.7.08

Persecución

Voy a correr. No sé porqué. Correr es caminar, pero más rápido. Cuanto más rápido, más lejos se está de caminar, y más cerca de ser aceptado por la inconcebible secta de lo que se ha dado en llamar ‘deportistas’.
Lamentablemente para mí, quién sabe, no consigo una velocidad muy alejada de la caminata. Si mis rodillas hablaran me preguntarían, como una novia: ¿por qué me hacés esto?
El avanzar en ese estado de velocidad mínima, me permite escuchar de qué habla la otra gente que camina, la gente que también corre.
El 93% de las conversaciones son sobre comida. Estos sujetos hablan, mientras se mueven, mientras corren, de lo que comieron, de lo que comerán. Recuerdan. Anhelan.
Y es esta noción, tan arraigada por cierto, que cada premio tiene su castigo, que se debe sufrir antes o pagar después, pero que nunca existirá la posibilidad de arrancar un momento de la más pura alegría como quien descuelga un fruto de un árbol, con esa simpleza. Es esa noción, decía, lo que te dejará salpicado de un pestilente gris. No importa cuánto corras, no importa lo rápido que puedas correr.

21.7.08

Shakespeare no me ayuda

La mujer me explica que debo leer el soneto # 116 de Shakespeare para de esa forma comprender porqué se va, porqué me abandona.
Leo, entonces, el soneto en cuestión, intento leerlo una segunda vez, con idéntico resultado, a saber: no entiendo un pomo.
Así que a la hora de la cena, en lo que probablemente sea nuestra última cena, al terminar de comer mis agnolottis de ricotta y nuez, con mucho pesto, largo un descomunal eructo en pleno rostro de la mujer. Digo en pleno rostro porque he tenido la precaución de aproximarme un poco, como quien va a hacer una confesión, y ella, viendo mi actitud, se ha acercado, un poco también, lo cual me ha permitido, por decirlo de alguna forma, con admirable precisión y manejo de los tiempos, enfocar la columna del eructo a la altura del puente de su nariz. Digo descomunal, porque el eructo, dotado de un particular énfasis, ha surgido de mis entrañas, tal vez por un año y medio contenido, con la sonoridad, la guturalidad, la vehemencia del rugido de un león adulto en la sabana africana, apuntando a una luna del más precioso marfil.
La potencia del eructo, su musicalidad y fetidez, la han tomado, tal vez, algo desprevenida, al punto de hacerle perder el control del tenedor, que cayó al piso sin excesivo estrépito.
Ahora sí, con este nuevo motivo recién comprado, le digo que la entiendo, que le deseo lo mejor, que tal vez ella tenga razón, que no nos hagamos daño, que las cosas, todas las cosas, se terminan.

18.7.08

Maldito vademécum

Voy a una farmacia. Es una de esas farmacias modernas, donde los medicamentos están desplegados como si se tratara de un supermercado. Y así uno puede deambular por pasillos, recorrer exhibidores repletos de píldoras, de jarabes, de cremas, de blisters, de pócimas.
Camino y camino. Me paso una buena media hora perdido allí dentro, con una simpática canastita de plástico azul que me facilitan para que vaya colocando los artículos que preciso.
Finalmente, me dirijo a la caja con mi canasto vacío y le pregunto a la cajera de la caja tres si no sería de su agrado ir a conversar, tomar un café, caminar, si llueve, un par de cuadras de la mano.

15.7.08

Revolucionario sin remera

Debo luchar. A la mañana, cada mañana, debo luchar. Debo luchar contra la arritmia y la piorrea, contra la caída del cabello y las uñas encarnadas, contra la psoriasis y la gingivitis, contra los resfríos y la conjuntivitis, contra la lordosis y las infecciones urinarias, y el hígado que pide misericordia, clemencia, ser tratado de acuerdo al Protocolo de Yalta, contra la alergia al polen y a las plumas.
Sin embargo, todavía suelo cruzarme con gente cuya inaudita osadía les permite acusarme de burgués.

12.7.08

Felicidad. Una aproximación matemática

Tome la cantidad de cosas que tiene que hacer, y que no le gustan.
Tome las cosas que hace, y que le gustan.
Divida ambas cantidades. La cantidad de cosas que tiene que hacer, y que no le gustan, es el dividendo. La cantidad de cosas que hace, y que le gustan, es el divisor.
Recuerde que no puede dividir por cero. De ser ese el caso, usted es un triste indeterminado.
Si el número resultante del cociente es menor o igual a 1 (uno), usted es demasiado feliz para este mundo. Hágase un chequeo cada tres meses, sea cuidadoso, puede tomar un vaso de vino durante las comidas, utilice preservativo para cualquier tipo de práctica sexual, incluso la masturbación, use sobretodo en invierno, paraguas si está anunciado lluvia, y practique algún deporte sin contacto físico (tenis, voley, golf) tres veces por semana.
Si el número resultante del cociente, en adelante el ‘happiness ratio’ (HR), da un número entre 1 (uno) y 5 (cinco), usted está muy bien. Su señora le emboca a toda su familia, incluida su cuñada (la suya, la hermana de su señora) epiléptica con vocación de prostituta, durante toda la tarde del domingo, el médico le informa que usted tiene la tercera vértebra cervical con la forma de un fusile y que es conveniente que use un corsé de policarbonato para cualquier actividad que implique un esfuerzo superior al de, digamos, meterse el dedo en la nariz, su socio se fugó con la secretaria de diecisiete años, y todos sus (los suyos, no los de la secretaria, pobrecita) ahorros. Pero sus hijos le compran un par de medias para el día del padre, son medias ‘Tomasito’, 180% nylon, color beige, y usted ha aprendido, no sin esfuerzo, a navegar por Internet, y ha descubierto que si se queda despierto el tiempo suficiente, hay sitios para consultar donde señoritas muestran sus tetas en la pantalla, ¡y es gratis!
Si el HR (coeficiente de la felicidad), da un número entre 5 (cinco) y 10 (diez), bueno, usted la está remando. Su capacidad espermática se ha reducido tanto, que usted descubre que podría usar el mismo preservativo más de una vez sin que nadie lo advierta, su amante le informa que lo tiene filmado aquella vez que usted intentó copular con un Fox Terrier pelo duro, y da la casualidad que ella también frecuenta a un muchacho que trabaja en un noticiero de televisión y que estaría encantado de poder exhibir dicho material, cada vez que usted va a la cochera, cada mañana, alguien, un humano, a juzgar por el material, ha defecado sobre el capó de su Ford Escort 1993, y nadie tiene una explicación. Sin embargo, usted ha luchado para armar una familia, y se le permite como reconocimiento ver un programa de fútbol los domingos por la noche. También puede usted comer un alfajor Guaymallén, algo abollado, que ha encontrado vaya uno a saber por qué motivos, bajo la almohada del tercer hijo de su segunda esposa.
Para finalizar, si el cociente (HR) es superior a 10 (diez), alguien intenta sodomizarlo con una trompeta mientras usted viaja en tren hacia sus doce horitas diarias de trabajo, usted ve por televisión que el restaurante al que concurría con los muchachos de la oficina ha sido clausurado por el brote más grande de brucelosis que haya tenido jamás el planeta tierra, su hija de catorce años le informa que parte rumbo a Detroit, deja todo, porque se ha hecho devota de Marilyn Manson.
Y a las tres de la mañana, suena el teléfono.

9.7.08

No pienso decirlo

La mujer me dice, con tristeza, con énfasis, años después, lo malo, lo perjudicial que fui en su vida. El tremendo obstáculo que fui, según me informa, le impidió realizarse como persona, como mujer, como profesional, como artista, no recuerdo exactamente el orden.
El imponderable, la espantosa tragedia de encontrarse conmigo, la desvió para siempre de su exquisito potencial, la privó, como quien le arrebata a un oso un tarro de miel, de un hermoso futuro repleto de multicolores posibilidades.
Todo aquello que hubiera podido ser, todo aquello que la hubiera hecho feliz, se perdió para siempre en el inasible magma del antes, mientras que a ella sólo le fue permitido despertarse, cada día, en el forever gris después.
Por un momento, por lo que dura un momento, por ese intersticio, por esa ranura de tiempo equivalente a chasquear los dedos, parece que va a llorar, pero no llora. Es una congoja muy honda que se esfuerza en asomar su diminuta cabeza de animal, pero ella logra recomponerse, presionar la tapa de mimbre de la canasta de sus frustraciones.
–Ya está –dice–. Ya pasó.
Y yo siento el deseo, la pulsión física, hecha de una sustancia volitiva pura, como eyacular, como estornudar, como salir al balcón y ver llover, de decirle que cuando yo la conocí ella ya había fracasado en todos los rubros del horóscopo, que su tristeza era de antes, que yo fui un regalo, una vuelta, la última tal vez, quién sabe, en una calesita que apagó las luces de colores y arrancó el volante del autito y partió los caballos de madera con un hacha de mango corto y vendió la sortija y es la vida la reputa madre qué le vas a hacer.
Pero no dije nada. Le acaricié el cabello con la yema del dedo índice de mi mano izquierda, como quien toca un material demasiado frágil para este mundo. Le acaricié el cabello, y terminé el café.

6.7.08

El ascensor se cae

Las cosas que se me ocurren. Las cosas que me interesan a mí. Por ejemplo. Si estoy en un ascensor. Si estoy en un ascensor, moderno, automático, de esos ascensores que hay en las torres modernas y automáticas. Si estoy en el ascensor, entonces, pongamos, en el piso treinta y dos, o en el piso treinta y tres. Y por esas cosas que pasan, esas cosas modernas y automáticas, se corta el cable. Se corta el cable del ascensor. Y el ascensor, sin cable que lo sostenga, entonces, se cae, comienza a caer.
El ascensor se cae, dijimos, de un piso treinta y dos, o de un piso treinta y tres. Y agarra una velocidad importante, una velocidad de caída, la velocidad a la que caen las cosas.
Y supongamos que aunque se cortó el cable, aunque el ascensor se cae, a una velocidad, dijimos, considerable, a pesar de eso, el tablero del ascensor, el tablero de luces, el tablero que indica en qué piso estamos, o que no estamos, porque pasamos sin estar, porque el ascensor se cae, el tablero sigue funcionando. Y el tablero de luces, que sigue funcionando, marca en qué piso estamos, o por qué piso pasamos, mientras caemos, como dijimos, a una velocidad significativa.
Y yo, que estoy dentro del ascensor que cae, desde un piso treinta y dos o treinta y tres, con el tablero de luces que sigue funcionando por motivos eléctricos que me exceden, yo, que estoy ahí, no me desespero.
O me desespero. Pero desesperado y todo, tengo una idea. Podríamos decir, por esas casualidades de la vida, porque soy yo el que se cae, del piso treinta y dos o treinta y tres, que estar desesperado y tener una idea al mismo tiempo es mi especialidad.
Mi idea es la siguiente. Voy a estar desesperado, no puedo evitarlo, pero, quieto. Voy a estar desesperado y quieto, mirando el tablero de luces, que marca en qué piso estamos, o por qué piso pasamos, el tablero que marca la caída.
Y en el momento que el tablero de luces que marca la caída, porque el ascensor en el que estoy, desesperado y quieto, se cae, de un piso treinta y dos o treinta y tres, en el momento que el tablero de luces marque el 1 (uno), o mejor el 2 (dos), porque la velocidad de la caída, aunque no estoy desesperado, o sí lo estoy, desesperado y quieto, es importante, en el momento que el tablero de luces marque el 2 (dos), entonces, voy a saltar.
Voy a saltar. Con las dos piernas. Hacia arriba. Voy a saltar tan alto como pueda, rodillas al pecho, de ser posible. Y en el momento que el ascensor estalle contra el piso, porque es la única forma en la que puede terminar el ascensor que se cae, la caída, en el momento que el ascensor toque el piso para estallar, yo, que salté, para arriba, en el momento del impacto, voy a estar en el aire.
Y me voy a salvar.

La gente que tiene cierta formación científica me ha explicado, pueden fundamentar, que lo que acabo de narrar, el procedimiento descripto, es una soberana estupidez. Las leyes de la física están en mi contra y en el ascensor que se cae, de un piso treinta y dos o treinta y tres, desesperado o no, salte o no salte, me voy a hacer puré.
Pero lo que acabo de contar son las cosas que se me ocurren, las cosas que me interesan a mí.

3.7.08

Digamos que yo también

yo también arrastro mis cadenas
yo también cargo mi cruz
yo también pago mi condena
y guardo una pena en la mesa de luz.

yo también tacho el calendario
yo también me siento fatal
yo también soy un presidiario
que espera piedad antes del final.

yo también creí en el futuro
yo también quise algo mejor
soñé con ser otro, eso te lo juro.

yo también junto las miguitas
yo también duermo cucharita
con el mejor recuerdo que tengo de vos.

30.6.08

Otra mudanza

Los muchachos del camión de mudanzas terminaron de cargar. Trabajaron toda la mañana, y hacía calor. Estaban exhaustos y fastidiosos. Demasiado atrás en el tiempo habían quedado las gaseosas y las medialunas que les compré para que desayunaran. Ya ni siquiera hacían esos incomprensibles chistes que consistían en empujarse con un cajón cargado de objetos, o lanzar un gemido gutural en un idioma todavía no inventado. Se limitaban a transpirar.
En el camión estaba todo, la heladera y los libros, la cama y los trajes, los platos, los cubiertos, la foto que nos sacamos con ella en Las Toninas y en donde parece que lo bueno puede durar para siempre, el conejito de goma que me vino en una lata de Nesquik, ya de grande, y que representa tal vez dónde quedan los sueños infantiles, la computadora indiferente, como si no supiera que guarda todo lo que pude exprimir de mi corazón y de mi mente, la reproducción del único Bacon que vi una vez en el Reina Sofía, la silla donde me senté a llorar y a reír, el vaso donde me serví ese whisky.
–Bueno, ¿cuál es la dirección? –Me dijo el que dirigía el operativo, el que no se había sacado la camisa, el que conducía el camión, el que fumaba.
Lo miré. Lo miré como si fuera un extraterrestre con cabeza de huevo y manos de tres dedos. Lo miré como si fuera un animal peligroso y famélico recién escapado del zoológico.
–La dirección, flaco –dio la última pitada y tiró la colilla contra el pavimento, con dos dedos, como en las películas. Hubo un fuego artificial en miniatura de un segundo de duración, hecho de chispitas naranjas– ¿Dónde vamos?
Me quedé mirándolo sin contestar, porque no sabía, porque yo sólo quería irme de ahí, ser otra persona, porque estaba tan cansado de ser yo mismo, porque no daba más.

27.6.08

Acerca de la escultura

El escultor utiliza su cincel, y es una maravilla. El escultor golpea, aquí y allá, y otra vez aquí, va quitando un velo hecho de la piedra más dura, ve algo hermoso, una forma que nadie más ve. El escultor se abre camino en la piedra, a fuerza de martillo, y la herramienta es tosca, pero el resultado sutil, y es justamente ahí donde reside la magia de su poder. Después de la rusticidad del golpe, aflora la más delicada de las obras.
Eso ocurre, así sucede, en las níveas alturas del arte. Para lograr resultados parecidos, en la fétida realidad, se utiliza dinero.

24.6.08

ay

Esta muela que me duele se parece a vos. Duele, para, deja un recuerdo de baja intensidad, vuelve a doler. Uno se acostumbra, se resigna, aprende a deambular ese vaivén. Es sencilla una cura, porque la medicina sabe administrar el olvido con agujas y frascos repletos de pastillas del más rutilante color.
Y esta muela que me duele se parece a vos, no hay manera de explicárselo a ningún doctor.

21.6.08

Testimonio

Son las nueve y veinte de la mañana, y el tránsito en la ciudad es el círculo que Dante no alcanzó a detallar, porque le tocaron bocina. A veces soy gracioso, no lo puedo evitar.
Hay ruido de caucho contra pavimento, hay odio de metal contra metal, hay gritos de gente que muere o cree que tiene derecho a avanzar, o las dos cosas al mismo tiempo, hay una fina llovizna que transforma el fastidio en una pasta que se adhiere y no se va nunca más, hay millones de almas presas y esperando que algún semáforo de la vida los guíe sobre adónde, sobre cómo, sobre a qué velocidad.
Y estamos todos juntos, apilados, llenos de espanto y de ganas de zafar, pero no hay cómo salir del tráfico, no hay cómo avanzar. Sólo se puede apretar el volante como aquellos cowboys de las pelis que mordían una lonja de cuero mientras algún colega les extirpaba una bala del cuerpo, a whisky y cuchillo y nada más.
El hombre del Fiat blanco, a mi derecha, abre la puerta, baja del auto, deja la puerta abierta apenas, avanza un paso o dos, mira hacia delante, haciendo visera con una mano, mientras, sin odio, sin violencia, cubierto por una sombrilla de resignación, se baja los pantalones, y se baja los calzoncillos. O no, lo estoy contando mal. Primero se ha subido de un salto, al capó de su automóvil, y desde allí, como desde una carabela, ha mirado tan adelante como ha podido, para luego, sí, bajarse los pantalones y los calzoncillos.
Se pone, entonces, en cuclillas, sobre el capó del auto. Y se pone, el hombre, con gesto reconcentrado, y el flequillo cayéndole sobre la frente, a cagar.
La maniobra no ha llevado en sí demasiado tiempo, un par de minutos, no creo que más. Y uno a uno, todos los conductores, los pasajeros de los colectivos, las mujeres en las esquinas, un Fox Terrier pelo duro encadenado a un poste de luz, no pueden dejar de mirar.
El hombre caga, y mientras caga opina, elabora su sinfonía más lograda, siente, tal vez, que ha logrado por fin encontrar el adecuado canal de expresión.
Completada la maniobra, el hombre da un salto y aterriza sobre el fatigado pavimento, enciende un cigarrillo, se sube los pantalones, y parte a paso vigoroso.

18.6.08

Entre nosotros

El perro viene hacia mí. Es una bola negra lanzada en velocidad. Chorrea baba hacia los costados, suficiente para llenar un balde. Muestra, en su enloquecida carrera, los dientes. Son demasiados dientes, amarillentos, cada uno del grosor de un dedo anular. El perro debe pesar sus buenos cincuenta kilos, o más, y se ha soltado, y corre, hacia mí. Alguien grita, alguien se aparta, alguien se toma la cabeza con ambas manos. Alguien sabe lo que va a ocurrir.
Mi cerebro, que suele funcionar a una velocidad respetable, no emite ninguna instrucción, ninguna señal. Me quedo quieto, de pie, sobre la vereda, esperando el impacto, la mordida, lo que sea que vaya a suceder.
El animal corre, más rápido, un poco más. Llega hasta mí. Y se detiene. En seco. Le cuesta frenar. Me mira, la baba se mezcla con el sudor. Se acuesta, y se cubre los ojos con sus patas delanteras, como quien solicita clemencia, alguna suerte de absolución, ser relevado de su castigo, o lisa y llana piedad por parte de un animal mucho más tremendo y feroz.

15.6.08

Canción de amor

El cantante escribe una canción que cuenta que lo dejaste. Es una triste, dulce, y hermosa canción. Una canción que nos acaricia el alma y nos recuerda que todos fuimos dejados, alguna vez. Una canción que nos transmite, atenuado por el poético filtro de la experiencia ajena, lo que se siente.
La canción, cosas que suceden, como la lluvia o el amor, es un éxito. La canción es genial, a todos les gusta la canción.
La canción hace que quieras volver con el cantante, que no puedas evitarlo, que adviertas que al irte estabas confundida, cometiste un error.
Así que escuchás la canción una vez más y decidís llamar al cantante, muy emocionada, y decirle que te equivocaste, al irte, que querés volver.
Ahora el cantante debe elegir entre la mujer que lo inspiró y la canción, entre el amor y el arte. El cantante duda si volver con la mujer, o escribir otra canción. El cantante se atormenta, el cantante no sabe qué hacer. El cantante, finalmente, elige suicidarse.
Mientras entierran al cantante la gente vuelve a escuchar la canción. Le encuentran, a la canción, nuevos significados. Les parece, la canción, todavía mejor. Vos estás mal, pensás hacer un viaje o un curso. Sin el cantante, tu vida no parece gran cosa, no se le ve magia ni color.
La pizza es napolitana, con ajo, y está buenísima. Me sirvo otra porción.

12.6.08

Esa cosa

Cuando se está enfermo, en un hospital, cuando se viaja, en avión, uno se ve transformado, por ningún arte de ninguna magia, en mercancía.
Esta situación no me ofende ni me intimida: el cuerpo, por circunstancias que no hacen a la cuestión, debe ser reparado, transportado, y eso lo despoja de cualquier atributo humano. Se ingresa en el gélido mundo de la ingeniería, de la medicina, de sus rigores. Es preciso entonces abandonar cualquier conducta emparentada con lo volitivo, y recostarse, en el mejor de los casos, en la suerte. Los paquetes, las cajas, suelen tener al menos la leyenda de ‘frágil’.

9.6.08

Boludos

Estos son los últimos que vi. Los últimos que me crucé. Y si bien aquello de ‘los boludos son como las hormigas’, se aplica, me parece útil agregar cierto trabajo estructurado, cierto rigor científico, cierta tipificación que pueda resultar de alguna ayuda, a pesar de encontrarme siempre limitado a la hora de combatir la toxicidad, los nocivos efectos.
*Está el boludo setter irlandés. Es el boludo eléctrico, el boludo epileptoide, el boludo agitado, con la lengua afuera, el boludo que mueve la cabeza en todas direcciones, como si en alguna parte estuviera sucediendo algo de relevancia. Patología muy femenina, también, muy de boluda.
*Está el boludo ketchup o boludo mostaza. Es un boludo que mancha, un boludo torpe, un boludo al que se le caen las cosas. Un boludo que te da la mano y uno percibe que en alguna parte de esa palma hay moco, o miel, o dw40.
*Está el boludo fluorescente. Es un boludo que brilla, que encandila un poco, al principio, un boludo que puede incluso usar un pañuelo en el bolsillo superior del saco, o el pelo prolijamente cepillado. Es un boludo que por lo general usa gel. Es un boludo que cree que un tatuaje, o un piercing, lograrán atenuar su boludez. En la versión femenina es la boluda que cree que un corte de pelo diferente la vuelve distinta, que tal vez peinándose de otra forma se diluya aunque sea por un ratito su tremenda carga bolúdica.
*Está el boludo críptico. También conocido como boludo crucigrama, o boludo sudoku (ex boludo cubo mágico). Es un boludo que se hace el profundo, que habla complicado, que para pedir que le alcances la sal te puede recitar una estrofa de un tema de Spinetta, o una frase atribuida a Jenofonte.
*Está el boludo a cuerda. Es el boludo al que le cuesta arrancar con su boludez. Es un boludo que necesita un voto de confianza previo. Es un boludo que precisa que alguien, la novia o un vendedor de camisas, le diga ‘dale’. Es un boludo que necesita que lo empujen, que lo animen.
*Está el boludo dolby. Es un boludo de lo más común, sin notas de color en exceso distintivas, pero habla muy fuerte. Sobre todo en lugares públicos. Sobre todo en bares y medios de transporte.
*Está el boludo espasmódico. Es un boludo que lucha, que no se decide. Es un boludo que es boludo por completo, hace una boludez, dice una boludez, y para. Piensa. Y vuelve a empezar, para invariablemente hacer o decir otra boludez, a la cual le ha pegado un par de vueltas. Y así.
*Está el boludo light o boludo bajas calorías. Es un boludo descafeinado, un boludo actimel, un boludo que va por la vida descubriendo nuevos yogures que lo hagan cagar como una avispa, es un boludo que come un queso port salut que parece una aleación plástico gomosa, es un boludo que toma bebidas de colores chillones, y deja una botellita al lado de la cama porque cuando cogés perdés muchas sales. A decir verdad, es más que nada una boluda.
*Está el boludo Ferrari o boludo con alerón. Es un boludo apurado, un boludo entusiasta. Es un boludo que va rápido. Es un boludo con personalidad, con iniciativa. Un boludo dispuesto a no frenar en las curvas de la vida. Es un boludo que se ríe mucho, un boludo que utiliza su carcajada estentórea como un cortinado detrás del cual esconderse.
*Está el boludo espejado. Es un boludo al que no le importa en lo más mínimo lo que te pase, es un boludo al que no le interesa para nada lo que le digas. Es un boludo esperando su oportunidad, y la oportunidad siempre llega, para hablar de él mismo, porque no hay nada más interesante para él, que él, sobre la faz de la tierra.
*Está el boludo épico. Es el boludo, la boluda, que cree que haber comprado medio kilo de queso cuartirolo, o haber pagado una factura de gas vencida, debe ser encuadrado bajo la categoría de epopeya. ‘¿Sabés lo que me pasó hoy? Cuando quería bajar del colectivo, llovía. ¡Y tuve que dar un saltito!’.

Acepten entonces este módico aporte para la categorización entomológica que, mucho me temo, no termina nunca.

6.6.08

Jugo de naranja, jugo de pomelo

Debo confesar, debo instruir, que cuando dos personas se juntan y formalizan, por decirlo de algún modo, aquello que ha sido denominado ‘una pareja’, no existe, bajo ningún aspecto, un plan conjunto, un plan de esa nueva entidad. Lo que sucede, a partir de un momento cero que nunca puede ser precisado con exactitud, lo que acontece, entonces, es un plan personal que se impone, de manera violenta o consentida, por sobre otro plan personal. A veces un plan personal es vencido por la sencilla prepotencia del otro plan personal, a veces un plan personal consiente porque ha perdido su identidad, su rumbo, lo que equivale a decir que ha perdido su plan personal, y al no tener plan, su plan es descansar en el plan personal del otro, hasta recuperarse, tomar aire, y recordar cuál era el propio plan para poder seguir.
Es precisamente esta pugna lo que da naturaleza al vínculo, lo que lo sostiene, primero, y lo aniquila, no mucho tiempo después, aunque en este caso la temporalidad no deba ser entendida de manera taxativa.
No se trata, entonces, de mezclar jugo de naranja con jugo de pomelo, para descubrir, con refrescante alegría, que ha nacido un nuevo y magnífico jugo. Se impondrá la naranja, o se impondrá el pomelo. Pero no hay que confundirse ante una aparente linealidad de roles. Si triunfa la naranja, es claro que el pomelo de alguna forma sufre, se pregunta qué hace allí. Pero la naranja, una vez impuesta su voluntad, también advierte que tras haberse impuesto, superada la satisfacción primera, se incomoda. Para seguir siendo naranja, si de eso se trataba, ¿entonces cuál fue la función del pomelo? Si era naranja desde el principio, y observa, ahora, que es naranja al fin, entonces se ha equivocado, cree la naranja, a la hora de elegir el jugo compañero de mezcla.
La voluntad que se impone, en resumen, y la voluntad vencida, quedan presas de un extenuante fastidio.
Y descubren que lo interesante ha sido imaginar el jugo, buscar la fruta que nos mejore, aunque eso implique tomar un cuchillo, cortar al medio, apretar, en definitiva, destruir.

3.6.08

Sin recreo

en el subte
los muertos caminan.
eternamente pobres.
llevando sus propias lápidas
bajo el brazo,
en busca de un futuro imperfecto
que sólo existe en sus imaginaciones
post mortem.

sin embargo, y contra todo pronóstico,
puede observarse cómo algunos luchan
por un asiento.
temo que sea verdad. que todo canse.

30.5.08

Señor inventor del maní con chocolate

Señor inventor del maní con chocolate:
¡Señor! Deseo manifestarle por este medio mi más profunda admiración y respeto. Usted ha logrado, de manera única, genial, e irrepetible, conjugar lo mejor de lo salado con lo mejor de lo dulce, llevando el concepto de sabor a un nuevo pedestal. Usted demuestra en su genialidad, como al pasar, la existencia de un maravilloso mundo plagado de exquisitas posibilidades, ahí nomás, con sólo atreverse a estirar un poquito la mano del talento. Usted es digno merecedor, por su creación, del premio Nobel de la paz, o del Pulitzer, o del Oscar. Usted, además de regalarle alegría a quién sabe cuántos millones de personas por quién sabe cuánto tiempo, es fuente de inspiración al evidenciar que la magia está hecha de sencillos componentes, y es por eso, por la potencia creadora que allí subyace, por lo que fomenta, por demostrar que un mundo mejor es posible y vale la pena intentarlo, que cualquier homenaje hacia su persona siempre pecará de insignificante.
Sin ir más lejos, el otro día, yo mismo probé mezclar dulce de leche con sal gruesa. Los resultados no fueron satisfactorios, pero no me desanimo.

27.5.08

¿Por qué a mí?

Si te pinto un Van Gogh, me dirás que esos colores chillones no hacen juego con el empapelado que pusiste en el living.
Si te compongo una sinfonía de Beethoven, me dirás que todo ese bochinche te distrae y no te deja cortar las uñas tranquila.
Si te escribo una novela de Faulkner, me dirás que es ridículo que a alguien se le ocurra ponerle a un condado el nombre de Yoknapatawpha.
Si te doy una patada en el culo, con todas mis fuerzas, me dirás que te olvidaste, que no te diste cuenta, y bajarás a comprar queso rallado a una velocidad inaudita. Y en la fiambrería, al cruzarte con una vecina, le dirás que estás viviendo con un bruto, que tuviste mala suerte en la vida.

24.5.08

Fracasing

Tengo una buena noticia, y una mala. La buena es que fracasaste. La mala es que todavía no lo sabés.
Tengo una buena noticia, y una mala. La buena es que fracasaste. La mala es que no lo entendés.
Tengo una buena noticia, y una mala. La buena es que fracasaste. La mala es que insistís en cambiar de vida, como si se tratara de un electrodoméstico defectuoso que todavía se encuentra dentro del período de garantía.

21.5.08

Sanador

Existe una técnica de sanación, una técnica curativa, no tradicional por cierto, basada tal vez en las profundidades de la fe y en el poder de quien la ejerce, llamada, la técnica, ‘imposición de manos’.
Créase o no, porque está permitido dudar, porque están quienes la consideran a la altura de cualquier otra superchería, existen numerosos casos en la historia de sujetos, individuos con ese poder, esa capacidad, la cual, una vez llevada adelante alguna suerte de contrastación empírica y corrida la voz, transformaba al sujeto practicante, lo elevaba a la categoría de semidios.
Entonces el sujeto pierde el control de su reputación, la misma se derrama como un bendito líquido y los enfermos, los que sufren, acuden a él en busca de alguna esperanza, de algún alivio.
Lo que te haya contrariado, tal vez, lo que te haya provocado cierto resquemor, es que la dolencia que te aqueja se encuentra ubicada en las honduras de tu mente, en tu cabeza. Y yo he comenzado, sin dilaciones, el trabajo, la cura, la imposición de manos, por tu culo.

18.5.08

Certezas

Mónica termina su café, enciende un cigarrillo con un gesto algo teatral, algo estudiado, da una pitada larga que parece satisfacer los más recónditos recovecos de sus pulmones, y dice:
Lo que pasa es que me gusta demasiado el sexo los hombres creen que pueden colmar mis apetitos con un poco de rústicos movimientos de sus fatigados pitos y eso no es suficiente pareciera que nunca han tenido una vida sexual satisfactoria que no han aprendido nada que no les han enseñado y eso es algo que me deja perpleja y también les molesta una mujer que piensa porque los hombres quieren hacer alguna boludez como por ejemplo el fuego hay que prepararlo con tiempo para que no se arruine el asado y quieren que una sonría con la boca abierta como si el tipo fuera Liam Gallagher en su mejor momento pero basta que una les tire al carajo un argumento para que entren en pánico porque si una mina piensa entonces no va a alcanzar con que repitan las dos boludeces de siempre que se acuerdan de memoria y encima no soportan que una sea independiente que una se pueda comprar su ropa sin ayuda y que una no tenga la obligación de volverse un caniche mendicante que espera con la lengua afuera que el salame de turno se digne meter la mano en el bolsillo y no hay sonrisa más obscena que la de un hombre cuando te mira mientras saca la billetera como si fuera la madre de todas las pijas y una no fuera capaz de lavarse los dientes sin la magnanimidad del imbécil que de manera asquerosa y condescendiente nos paga el café más aburrido del mundo mientras se cree Mickey Rourke en nueve semanas y media antes que las cirugías lo dejaran con la cara como un kilo trescientos de carne picada que se te acaba de caer al piso.
–Puede que tengas algo de razón, Mónica –dije–. Pero hablás mucho.

15.5.08

Preguntas, respuestas

Voy a la Avenida Alvear. Entro a Ermenegildo Zegna. Compro un traje, una camisa, una corbata, zapatos, medias, cinturón. No pregunten el precio, olvídense del precio. Es ropa elegante, de la mejor.
Salgo así vestido y voy a una carnicería de mi barrio. La carnicería se llama ‘El Toro Willy’, así se llama. Compro, después de algunas discusiones, media res. Pido que me coloquen la media res sobre los hombros, sobre el traje recién comprado.
Salgo a caminar, entonces, cargando la media res. Algunas personas ríen, otras se sorprenden, otras me preguntan si estoy siendo filmado, si lo que estoy haciendo es para algún programa de televisión.
Motivado por el alboroto, un agente de policía que suele estar apostado en la puerta de una farmacia, se me acerca. Me pregunta qué estoy haciendo. Me pregunta si me siento bien. Me pregunta si necesito ayuda.
Me olvidé de decir que el traje es blanco. Me olvidé de decir que la carne, por el movimiento, por la diferencia de temperatura en relación con la cámara frigorífica donde descansaba, está comenzando a soltar algunos jugos.
Miro al policía y le respondo que no necesito ayuda, que no me siento bien, y que no tengo la más mínima idea de lo que estoy haciendo.
Después, con una complicada maniobra, consigo rascarme la nariz.

12.5.08

La mesa de al lado

Yo no sé qué pasa últimamente, pero no importa dónde vaya, dónde me siente, alguien se sienta en la mesa de al lado. Y ese alguien que se sienta en la mesa de al lado, siempre hace algo que me molesta. Habla, o me mira, o respira de una manera incorrecta, de una manera inadecuada.
Y es ese alguien, sentado siempre en la mesa de al lado, el que me arruina el mágico momento de estar sentado mirando por la ventana.
Así que después de pensar el tema con inusual rigor, encontré un curso de acción a seguir. Cuando entro a un bar, en lugar de escoger azarosamente una mesa para mí, me concentro, pongo mis mayores esfuerzos en detectar cuál será la mesa de al lado.
Entonces me siento en la mesa original, la mesa que hubiera elegido para mí. Viene el mozo y pido algo, cualquier cosa, lo de siempre, lo habitual según el caso. El mozo toma el pedido con su costra de indiferencia rayana en el desprecio, y cuando está por irse, lo detengo.
–Y traiga también un licuado de banana con leche y un tostado de jamón y queso, para la mesa de al lado –y señalo la mesa donde quiero la última parte del pedido, la mesa de al lado.
El mozo, acostumbrado a ver la locura en estado puro: hombres que llevan en el maletín un hámster y comparten con el bicho una porción de torta de ricota, mujeres que roban sobrecitos de azúcar y van al baño a espolvorearse con azúcar el escote, escribanos que sueñan con ser putas y putas que sueñan con ser escribanos, esas cosas, el mozo, entonces, obedece con un encogimiento de hombros.
Pero la cosa se pone peor. Porque descubro que en la mesa de al lado alguien ha pedido, al rato, cuando miro, cuando presto atención, exquisitos manjares y por alguna razón no los prueba, no se mueve, permanece en silencio, oculto, observándome, estudiándome, y yo ni siquiera consigo imaginar su rostro, mientras el sujeto se divierte al ver que me fastidia sin que yo pueda hacer nada para evitarlo.

9.5.08

Séptimo B

La otra noche, al edificio donde vivo, por decirlo de alguna forma, vino la policía. No cualquier policía, según me informa el portero sin que le pregunte, porque no hay absolutamente nada para preguntarle a un portero, porque cualquier pregunta que se le haga a un portero es retórica. Ejemplo 1: ¿Llueve? No hay más que dar cinco o siete pasos, o mirar a través del vidrio. Ejemplo 2: ¿Ganó Boca? El partido fue ayer. Fin de los ejemplos.
No cualquier policía, dijo el portero, sino una brigada especial. Se llevaron detenido al vecino del séptimo B. Esta mañana, en los diarios, está la foto, tres cuartos de perfil, del vecino del séptimo B. El título de la noticia, en un diario, es ‘atraparon al asesino de la nariz roja’. La nota explica que fue finalmente atrapado, merced a un trabajo de inteligencia policial, si la contradicción es admisible, un asesino serial. El asesino iba por su víctima número veintisiete. Mataba mujeres, de cualquier edad. No las violaba, ni las mutilaba. Antes de huir, les colocaba sobre la nariz, una nariz roja, de payaso, con su correspondiente bandita elástica.
El asesino de la nariz roja estrangulaba a sus víctimas. También era conocido como ‘el payaso asesino’. Era el hombre más buscado por la policía.
El asesino se niega a declarar el porqué, los motivos de sus acciones. Sigo el caso por televisión.
Lo insondable, las honduras de la mente humana, sus vericuetos que nadie sabrá jamás dónde conducen.
Recuerdo que el hombre estaba de traje, por lo general, sin corbata, y prolijamente peinado con raya al costado. Los domingos a la mañana, cuando yo suelo ir a comprar el diario, lo veía temprano, muy tranquilo, paseando su perro. Un perro salchicha, simpático en su andar, que se llama Wilbur.
También recuerdo que fue una de las pocas personas, sino el único vecino, con el que tuve un interesante intercambio de palabras, lo más parecido a una conversación, respetuosa y plagada de ingenio, mientras aguardábamos el ascensor.

6.5.08

Permiso para perder

Quiero que sepas que estoy mucho más orgulloso de todo aquello que me salió mal, que de todo lo que me haya salido bien.
Quiero que sepas que respeto el odio cosechado, mucho más que el amor.
Quiero que sepas que el estado de deseo es más luminoso que el estado de satisfacción.
Quiero que sepas que la carencia, el fracaso, la frustración, son el más magnífico de los motores.
Y si tuviera que elegir tu aguachenta felicidad a base de módicos y tradicionales logros, hecha de melancólicas vueltas en calesitas prestadas, entonces, prefiero revolcarme como un rinoceronte en el barro de todo lo que no me sucederá jamás.

3.5.08

Antídoto

canillas que gotean.
encendedores que no encienden.
medias agujereadas.
ascensores desobedientes.
semáforos amarillos de tanta nicotina.
vecinos y peatones,
caras sin una sola expresión.
perros que renguean
para siempre perdidos
mientras sueñan con un paraíso
donde las nubes son churrascos.

mañanas en las que vislumbro
el soberano poder de tu sonrisa.

30.4.08

53 a 1

La mujer habla en voz alta, sino sería un monólogo interior, de sus últimas y porqué no recientes vacaciones. Habla de playas de arena blanca y mares de un verde esmeralda, donde los tiburones están dispuestos a entonar temas de Frank Sinatra si uno se digna a rascarles las aletas. Habla de puestas de sol donde la gente se emociona sin motivo aparente, sólo porque la belleza incita a emocionarse, a recordar la maestra de la primaria que te acarició la cabeza, esas cosas. Habla de tragos que son servidos en cáscaras de coco o ananá, y el sabor del azúcar en los labios mientras uno juguetea con simpáticas sombrillitas en miniatura que sirven para mezclar los hielos.
La mujer está orgullosa de sus vacaciones. Entonces hace una pausa y comienza a llorar. Las lágrimas bajan por sus mejillas como pequeños animales resbaladizos. Llora y se angustia, y se tira del pelo, y vuelve a sollozar. Porque recuerda su semana de vacaciones, y no sabe cómo hará para continuar con todo lo demás.

27.4.08

Prohibido explicar

–Te quiero.
–¿Por?
–Porque te quiero, porque me gustás.
–Es muy genérico. Tiene que haber algún porqué, alguna especificidad.
–Me gusta tu forma de ser, me hacés reír.
–Eso es por la novedad, no es una cualidad duradera.
–Me atraés físicamente.
–Eso se agota aún con mayor velocidad. Con la convivencia, por ejemplo.
–Te necesito.
–No sirve, es inseguridad.
–Sos buena compañía.
–Suena limitado, lo mismo podría decirse de una mascota, de un perro, de un animal.
–Siento que somos el uno para el otro, que el destino nos puso en un mismo camino para que nos cruzáramos, que nos completamos, que para cada uno de nosotros el otro encaja de manera ideal.
–No seas fatalista. Si así fuera, ¿dónde queda la voluntad?
Se hace una pausa. Un silencio. El ruido de los autos pugnando por llegar a alguna parte, más allá del ventanal.
–No sé, tal vez tengas razón. Quizás no te quiero.
–Por un momento pensé que eras la persona perfecta para mí, qué lástima.

24.4.08

Última pizza

Volví al barrio donde había nacido. Volví al bar, al viejo bar, modificado por algún decorador imbécil, de esos que creen que la luz dicroica es sinónimo de progreso. Cuanto más luz, más progreso.
Llamé al mozo y le pedí que me trajera una pizza, grande, de muzzarella, doble queso, y cerveza de tres cuartos, y una porción de fainá.
Tardó un poco. Aproveché para mirar por la ventana, casi seguro que, de un momento a otro, me vería pasar con mi frente demasiado amplia y la preocupación que sólo se puede tener en la adolescencia. La preocupación de no encontrar el motivo específico de preocupación y aún así saber que algo importante se está escapando de las propias manos. Intuición de la fugacidad, llámenlo como quieran.
Llegó la pizza, brillante y caliente, como un sol.
Levanté la pizza con ambas palmas, despegándola del plato de madera con cuidado, el queso quemaba y chorreaba y volvía a quemar.
Entonces, con un diestro movimiento jamás ensayado, hice girar, un rápido medio giro, un instante, la pizza, en el aire, dando vuelta a través de un imaginario eje vertical, para que el piso de la pizza, por decirlo de alguna forma, quede apuntando al techo del bar, y el techo de la pizza, la parte cubierta, quede mirando al piso. Y me la planté en la cabeza. Caía el queso, quemaba de verdad. Y yo, con las manos ya libres, hice presión desde los costados de la pizza, contra mi cabeza, como si fuera una capucha y al cabo de la maniobra yo mismo fuera a emerger del otro lado.
Me quedé así, refugiado bajo la pizza, sin gritar, sin pensamientos. Porque sabía que no iba a volver al barrio donde había nacido nunca más. Y me quería llevar la adolescencia, la magia, todo lo que valiera la pena recordar.

21.4.08

Psicotécnico

–No tengo título universitario –dijo la chica–, desconozco los rudimentos de la computación, tal vez pueda pronunciar unas dos palabras en inglés. A duras penas he logrado terminar la secundaria. Pero me encuentro en condiciones de pegarles una chupada de garompa a ustedes dos, que se les van a parar los pelos de las cejas. No sé si quieren traer a alguien más para que también participe o saque fotos.
–Yo creo, Licenciado Aldazaga –dijo el Licenciado Arizmendi–, que en determinadas situaciones el test psicotécnico es una herramienta algo limitada, que no nos permite adentrarnos en las honduras conductuales de un aspirante a un puesto de trabajo.
–Ni conocer sus potencialidades –dijo el Licenciado Aldazaga, y se incorporó para entornar la puerta.