3.7.08

Digamos que yo también

yo también arrastro mis cadenas
yo también cargo mi cruz
yo también pago mi condena
y guardo una pena en la mesa de luz.

yo también tacho el calendario
yo también me siento fatal
yo también soy un presidiario
que espera piedad antes del final.

yo también creí en el futuro
yo también quise algo mejor
soñé con ser otro, eso te lo juro.

yo también junto las miguitas
yo también duermo cucharita
con el mejor recuerdo que tengo de vos.

30.6.08

Otra mudanza

Los muchachos del camión de mudanzas terminaron de cargar. Trabajaron toda la mañana, y hacía calor. Estaban exhaustos y fastidiosos. Demasiado atrás en el tiempo habían quedado las gaseosas y las medialunas que les compré para que desayunaran. Ya ni siquiera hacían esos incomprensibles chistes que consistían en empujarse con un cajón cargado de objetos, o lanzar un gemido gutural en un idioma todavía no inventado. Se limitaban a transpirar.
En el camión estaba todo, la heladera y los libros, la cama y los trajes, los platos, los cubiertos, la foto que nos sacamos con ella en Las Toninas y en donde parece que lo bueno puede durar para siempre, el conejito de goma que me vino en una lata de Nesquik, ya de grande, y que representa tal vez dónde quedan los sueños infantiles, la computadora indiferente, como si no supiera que guarda todo lo que pude exprimir de mi corazón y de mi mente, la reproducción del único Bacon que vi una vez en el Reina Sofía, la silla donde me senté a llorar y a reír, el vaso donde me serví ese whisky.
–Bueno, ¿cuál es la dirección? –Me dijo el que dirigía el operativo, el que no se había sacado la camisa, el que conducía el camión, el que fumaba.
Lo miré. Lo miré como si fuera un extraterrestre con cabeza de huevo y manos de tres dedos. Lo miré como si fuera un animal peligroso y famélico recién escapado del zoológico.
–La dirección, flaco –dio la última pitada y tiró la colilla contra el pavimento, con dos dedos, como en las películas. Hubo un fuego artificial en miniatura de un segundo de duración, hecho de chispitas naranjas– ¿Dónde vamos?
Me quedé mirándolo sin contestar, porque no sabía, porque yo sólo quería irme de ahí, ser otra persona, porque estaba tan cansado de ser yo mismo, porque no daba más.

27.6.08

Acerca de la escultura

El escultor utiliza su cincel, y es una maravilla. El escultor golpea, aquí y allá, y otra vez aquí, va quitando un velo hecho de la piedra más dura, ve algo hermoso, una forma que nadie más ve. El escultor se abre camino en la piedra, a fuerza de martillo, y la herramienta es tosca, pero el resultado sutil, y es justamente ahí donde reside la magia de su poder. Después de la rusticidad del golpe, aflora la más delicada de las obras.
Eso ocurre, así sucede, en las níveas alturas del arte. Para lograr resultados parecidos, en la fétida realidad, se utiliza dinero.

24.6.08

ay

Esta muela que me duele se parece a vos. Duele, para, deja un recuerdo de baja intensidad, vuelve a doler. Uno se acostumbra, se resigna, aprende a deambular ese vaivén. Es sencilla una cura, porque la medicina sabe administrar el olvido con agujas y frascos repletos de pastillas del más rutilante color.
Y esta muela que me duele se parece a vos, no hay manera de explicárselo a ningún doctor.

21.6.08

Testimonio

Son las nueve y veinte de la mañana, y el tránsito en la ciudad es el círculo que Dante no alcanzó a detallar, porque le tocaron bocina. A veces soy gracioso, no lo puedo evitar.
Hay ruido de caucho contra pavimento, hay odio de metal contra metal, hay gritos de gente que muere o cree que tiene derecho a avanzar, o las dos cosas al mismo tiempo, hay una fina llovizna que transforma el fastidio en una pasta que se adhiere y no se va nunca más, hay millones de almas presas y esperando que algún semáforo de la vida los guíe sobre adónde, sobre cómo, sobre a qué velocidad.
Y estamos todos juntos, apilados, llenos de espanto y de ganas de zafar, pero no hay cómo salir del tráfico, no hay cómo avanzar. Sólo se puede apretar el volante como aquellos cowboys de las pelis que mordían una lonja de cuero mientras algún colega les extirpaba una bala del cuerpo, a whisky y cuchillo y nada más.
El hombre del Fiat blanco, a mi derecha, abre la puerta, baja del auto, deja la puerta abierta apenas, avanza un paso o dos, mira hacia delante, haciendo visera con una mano, mientras, sin odio, sin violencia, cubierto por una sombrilla de resignación, se baja los pantalones, y se baja los calzoncillos. O no, lo estoy contando mal. Primero se ha subido de un salto, al capó de su automóvil, y desde allí, como desde una carabela, ha mirado tan adelante como ha podido, para luego, sí, bajarse los pantalones y los calzoncillos.
Se pone, entonces, en cuclillas, sobre el capó del auto. Y se pone, el hombre, con gesto reconcentrado, y el flequillo cayéndole sobre la frente, a cagar.
La maniobra no ha llevado en sí demasiado tiempo, un par de minutos, no creo que más. Y uno a uno, todos los conductores, los pasajeros de los colectivos, las mujeres en las esquinas, un Fox Terrier pelo duro encadenado a un poste de luz, no pueden dejar de mirar.
El hombre caga, y mientras caga opina, elabora su sinfonía más lograda, siente, tal vez, que ha logrado por fin encontrar el adecuado canal de expresión.
Completada la maniobra, el hombre da un salto y aterriza sobre el fatigado pavimento, enciende un cigarrillo, se sube los pantalones, y parte a paso vigoroso.

18.6.08

Entre nosotros

El perro viene hacia mí. Es una bola negra lanzada en velocidad. Chorrea baba hacia los costados, suficiente para llenar un balde. Muestra, en su enloquecida carrera, los dientes. Son demasiados dientes, amarillentos, cada uno del grosor de un dedo anular. El perro debe pesar sus buenos cincuenta kilos, o más, y se ha soltado, y corre, hacia mí. Alguien grita, alguien se aparta, alguien se toma la cabeza con ambas manos. Alguien sabe lo que va a ocurrir.
Mi cerebro, que suele funcionar a una velocidad respetable, no emite ninguna instrucción, ninguna señal. Me quedo quieto, de pie, sobre la vereda, esperando el impacto, la mordida, lo que sea que vaya a suceder.
El animal corre, más rápido, un poco más. Llega hasta mí. Y se detiene. En seco. Le cuesta frenar. Me mira, la baba se mezcla con el sudor. Se acuesta, y se cubre los ojos con sus patas delanteras, como quien solicita clemencia, alguna suerte de absolución, ser relevado de su castigo, o lisa y llana piedad por parte de un animal mucho más tremendo y feroz.

15.6.08

Canción de amor

El cantante escribe una canción que cuenta que lo dejaste. Es una triste, dulce, y hermosa canción. Una canción que nos acaricia el alma y nos recuerda que todos fuimos dejados, alguna vez. Una canción que nos transmite, atenuado por el poético filtro de la experiencia ajena, lo que se siente.
La canción, cosas que suceden, como la lluvia o el amor, es un éxito. La canción es genial, a todos les gusta la canción.
La canción hace que quieras volver con el cantante, que no puedas evitarlo, que adviertas que al irte estabas confundida, cometiste un error.
Así que escuchás la canción una vez más y decidís llamar al cantante, muy emocionada, y decirle que te equivocaste, al irte, que querés volver.
Ahora el cantante debe elegir entre la mujer que lo inspiró y la canción, entre el amor y el arte. El cantante duda si volver con la mujer, o escribir otra canción. El cantante se atormenta, el cantante no sabe qué hacer. El cantante, finalmente, elige suicidarse.
Mientras entierran al cantante la gente vuelve a escuchar la canción. Le encuentran, a la canción, nuevos significados. Les parece, la canción, todavía mejor. Vos estás mal, pensás hacer un viaje o un curso. Sin el cantante, tu vida no parece gran cosa, no se le ve magia ni color.
La pizza es napolitana, con ajo, y está buenísima. Me sirvo otra porción.

12.6.08

Esa cosa

Cuando se está enfermo, en un hospital, cuando se viaja, en avión, uno se ve transformado, por ningún arte de ninguna magia, en mercancía.
Esta situación no me ofende ni me intimida: el cuerpo, por circunstancias que no hacen a la cuestión, debe ser reparado, transportado, y eso lo despoja de cualquier atributo humano. Se ingresa en el gélido mundo de la ingeniería, de la medicina, de sus rigores. Es preciso entonces abandonar cualquier conducta emparentada con lo volitivo, y recostarse, en el mejor de los casos, en la suerte. Los paquetes, las cajas, suelen tener al menos la leyenda de ‘frágil’.

9.6.08

Boludos

Estos son los últimos que vi. Los últimos que me crucé. Y si bien aquello de ‘los boludos son como las hormigas’, se aplica, me parece útil agregar cierto trabajo estructurado, cierto rigor científico, cierta tipificación que pueda resultar de alguna ayuda, a pesar de encontrarme siempre limitado a la hora de combatir la toxicidad, los nocivos efectos.
*Está el boludo setter irlandés. Es el boludo eléctrico, el boludo epileptoide, el boludo agitado, con la lengua afuera, el boludo que mueve la cabeza en todas direcciones, como si en alguna parte estuviera sucediendo algo de relevancia. Patología muy femenina, también, muy de boluda.
*Está el boludo ketchup o boludo mostaza. Es un boludo que mancha, un boludo torpe, un boludo al que se le caen las cosas. Un boludo que te da la mano y uno percibe que en alguna parte de esa palma hay moco, o miel, o dw40.
*Está el boludo fluorescente. Es un boludo que brilla, que encandila un poco, al principio, un boludo que puede incluso usar un pañuelo en el bolsillo superior del saco, o el pelo prolijamente cepillado. Es un boludo que por lo general usa gel. Es un boludo que cree que un tatuaje, o un piercing, lograrán atenuar su boludez. En la versión femenina es la boluda que cree que un corte de pelo diferente la vuelve distinta, que tal vez peinándose de otra forma se diluya aunque sea por un ratito su tremenda carga bolúdica.
*Está el boludo críptico. También conocido como boludo crucigrama, o boludo sudoku (ex boludo cubo mágico). Es un boludo que se hace el profundo, que habla complicado, que para pedir que le alcances la sal te puede recitar una estrofa de un tema de Spinetta, o una frase atribuida a Jenofonte.
*Está el boludo a cuerda. Es el boludo al que le cuesta arrancar con su boludez. Es un boludo que necesita un voto de confianza previo. Es un boludo que precisa que alguien, la novia o un vendedor de camisas, le diga ‘dale’. Es un boludo que necesita que lo empujen, que lo animen.
*Está el boludo dolby. Es un boludo de lo más común, sin notas de color en exceso distintivas, pero habla muy fuerte. Sobre todo en lugares públicos. Sobre todo en bares y medios de transporte.
*Está el boludo espasmódico. Es un boludo que lucha, que no se decide. Es un boludo que es boludo por completo, hace una boludez, dice una boludez, y para. Piensa. Y vuelve a empezar, para invariablemente hacer o decir otra boludez, a la cual le ha pegado un par de vueltas. Y así.
*Está el boludo light o boludo bajas calorías. Es un boludo descafeinado, un boludo actimel, un boludo que va por la vida descubriendo nuevos yogures que lo hagan cagar como una avispa, es un boludo que come un queso port salut que parece una aleación plástico gomosa, es un boludo que toma bebidas de colores chillones, y deja una botellita al lado de la cama porque cuando cogés perdés muchas sales. A decir verdad, es más que nada una boluda.
*Está el boludo Ferrari o boludo con alerón. Es un boludo apurado, un boludo entusiasta. Es un boludo que va rápido. Es un boludo con personalidad, con iniciativa. Un boludo dispuesto a no frenar en las curvas de la vida. Es un boludo que se ríe mucho, un boludo que utiliza su carcajada estentórea como un cortinado detrás del cual esconderse.
*Está el boludo espejado. Es un boludo al que no le importa en lo más mínimo lo que te pase, es un boludo al que no le interesa para nada lo que le digas. Es un boludo esperando su oportunidad, y la oportunidad siempre llega, para hablar de él mismo, porque no hay nada más interesante para él, que él, sobre la faz de la tierra.
*Está el boludo épico. Es el boludo, la boluda, que cree que haber comprado medio kilo de queso cuartirolo, o haber pagado una factura de gas vencida, debe ser encuadrado bajo la categoría de epopeya. ‘¿Sabés lo que me pasó hoy? Cuando quería bajar del colectivo, llovía. ¡Y tuve que dar un saltito!’.

Acepten entonces este módico aporte para la categorización entomológica que, mucho me temo, no termina nunca.

6.6.08

Jugo de naranja, jugo de pomelo

Debo confesar, debo instruir, que cuando dos personas se juntan y formalizan, por decirlo de algún modo, aquello que ha sido denominado ‘una pareja’, no existe, bajo ningún aspecto, un plan conjunto, un plan de esa nueva entidad. Lo que sucede, a partir de un momento cero que nunca puede ser precisado con exactitud, lo que acontece, entonces, es un plan personal que se impone, de manera violenta o consentida, por sobre otro plan personal. A veces un plan personal es vencido por la sencilla prepotencia del otro plan personal, a veces un plan personal consiente porque ha perdido su identidad, su rumbo, lo que equivale a decir que ha perdido su plan personal, y al no tener plan, su plan es descansar en el plan personal del otro, hasta recuperarse, tomar aire, y recordar cuál era el propio plan para poder seguir.
Es precisamente esta pugna lo que da naturaleza al vínculo, lo que lo sostiene, primero, y lo aniquila, no mucho tiempo después, aunque en este caso la temporalidad no deba ser entendida de manera taxativa.
No se trata, entonces, de mezclar jugo de naranja con jugo de pomelo, para descubrir, con refrescante alegría, que ha nacido un nuevo y magnífico jugo. Se impondrá la naranja, o se impondrá el pomelo. Pero no hay que confundirse ante una aparente linealidad de roles. Si triunfa la naranja, es claro que el pomelo de alguna forma sufre, se pregunta qué hace allí. Pero la naranja, una vez impuesta su voluntad, también advierte que tras haberse impuesto, superada la satisfacción primera, se incomoda. Para seguir siendo naranja, si de eso se trataba, ¿entonces cuál fue la función del pomelo? Si era naranja desde el principio, y observa, ahora, que es naranja al fin, entonces se ha equivocado, cree la naranja, a la hora de elegir el jugo compañero de mezcla.
La voluntad que se impone, en resumen, y la voluntad vencida, quedan presas de un extenuante fastidio.
Y descubren que lo interesante ha sido imaginar el jugo, buscar la fruta que nos mejore, aunque eso implique tomar un cuchillo, cortar al medio, apretar, en definitiva, destruir.

3.6.08

Sin recreo

en el subte
los muertos caminan.
eternamente pobres.
llevando sus propias lápidas
bajo el brazo,
en busca de un futuro imperfecto
que sólo existe en sus imaginaciones
post mortem.

sin embargo, y contra todo pronóstico,
puede observarse cómo algunos luchan
por un asiento.
temo que sea verdad. que todo canse.

30.5.08

Señor inventor del maní con chocolate

Señor inventor del maní con chocolate:
¡Señor! Deseo manifestarle por este medio mi más profunda admiración y respeto. Usted ha logrado, de manera única, genial, e irrepetible, conjugar lo mejor de lo salado con lo mejor de lo dulce, llevando el concepto de sabor a un nuevo pedestal. Usted demuestra en su genialidad, como al pasar, la existencia de un maravilloso mundo plagado de exquisitas posibilidades, ahí nomás, con sólo atreverse a estirar un poquito la mano del talento. Usted es digno merecedor, por su creación, del premio Nobel de la paz, o del Pulitzer, o del Oscar. Usted, además de regalarle alegría a quién sabe cuántos millones de personas por quién sabe cuánto tiempo, es fuente de inspiración al evidenciar que la magia está hecha de sencillos componentes, y es por eso, por la potencia creadora que allí subyace, por lo que fomenta, por demostrar que un mundo mejor es posible y vale la pena intentarlo, que cualquier homenaje hacia su persona siempre pecará de insignificante.
Sin ir más lejos, el otro día, yo mismo probé mezclar dulce de leche con sal gruesa. Los resultados no fueron satisfactorios, pero no me desanimo.

27.5.08

¿Por qué a mí?

Si te pinto un Van Gogh, me dirás que esos colores chillones no hacen juego con el empapelado que pusiste en el living.
Si te compongo una sinfonía de Beethoven, me dirás que todo ese bochinche te distrae y no te deja cortar las uñas tranquila.
Si te escribo una novela de Faulkner, me dirás que es ridículo que a alguien se le ocurra ponerle a un condado el nombre de Yoknapatawpha.
Si te doy una patada en el culo, con todas mis fuerzas, me dirás que te olvidaste, que no te diste cuenta, y bajarás a comprar queso rallado a una velocidad inaudita. Y en la fiambrería, al cruzarte con una vecina, le dirás que estás viviendo con un bruto, que tuviste mala suerte en la vida.

24.5.08

Fracasing

Tengo una buena noticia, y una mala. La buena es que fracasaste. La mala es que todavía no lo sabés.
Tengo una buena noticia, y una mala. La buena es que fracasaste. La mala es que no lo entendés.
Tengo una buena noticia, y una mala. La buena es que fracasaste. La mala es que insistís en cambiar de vida, como si se tratara de un electrodoméstico defectuoso que todavía se encuentra dentro del período de garantía.

21.5.08

Sanador

Existe una técnica de sanación, una técnica curativa, no tradicional por cierto, basada tal vez en las profundidades de la fe y en el poder de quien la ejerce, llamada, la técnica, ‘imposición de manos’.
Créase o no, porque está permitido dudar, porque están quienes la consideran a la altura de cualquier otra superchería, existen numerosos casos en la historia de sujetos, individuos con ese poder, esa capacidad, la cual, una vez llevada adelante alguna suerte de contrastación empírica y corrida la voz, transformaba al sujeto practicante, lo elevaba a la categoría de semidios.
Entonces el sujeto pierde el control de su reputación, la misma se derrama como un bendito líquido y los enfermos, los que sufren, acuden a él en busca de alguna esperanza, de algún alivio.
Lo que te haya contrariado, tal vez, lo que te haya provocado cierto resquemor, es que la dolencia que te aqueja se encuentra ubicada en las honduras de tu mente, en tu cabeza. Y yo he comenzado, sin dilaciones, el trabajo, la cura, la imposición de manos, por tu culo.

18.5.08

Certezas

Mónica termina su café, enciende un cigarrillo con un gesto algo teatral, algo estudiado, da una pitada larga que parece satisfacer los más recónditos recovecos de sus pulmones, y dice:
Lo que pasa es que me gusta demasiado el sexo los hombres creen que pueden colmar mis apetitos con un poco de rústicos movimientos de sus fatigados pitos y eso no es suficiente pareciera que nunca han tenido una vida sexual satisfactoria que no han aprendido nada que no les han enseñado y eso es algo que me deja perpleja y también les molesta una mujer que piensa porque los hombres quieren hacer alguna boludez como por ejemplo el fuego hay que prepararlo con tiempo para que no se arruine el asado y quieren que una sonría con la boca abierta como si el tipo fuera Liam Gallagher en su mejor momento pero basta que una les tire al carajo un argumento para que entren en pánico porque si una mina piensa entonces no va a alcanzar con que repitan las dos boludeces de siempre que se acuerdan de memoria y encima no soportan que una sea independiente que una se pueda comprar su ropa sin ayuda y que una no tenga la obligación de volverse un caniche mendicante que espera con la lengua afuera que el salame de turno se digne meter la mano en el bolsillo y no hay sonrisa más obscena que la de un hombre cuando te mira mientras saca la billetera como si fuera la madre de todas las pijas y una no fuera capaz de lavarse los dientes sin la magnanimidad del imbécil que de manera asquerosa y condescendiente nos paga el café más aburrido del mundo mientras se cree Mickey Rourke en nueve semanas y media antes que las cirugías lo dejaran con la cara como un kilo trescientos de carne picada que se te acaba de caer al piso.
–Puede que tengas algo de razón, Mónica –dije–. Pero hablás mucho.

15.5.08

Preguntas, respuestas

Voy a la Avenida Alvear. Entro a Ermenegildo Zegna. Compro un traje, una camisa, una corbata, zapatos, medias, cinturón. No pregunten el precio, olvídense del precio. Es ropa elegante, de la mejor.
Salgo así vestido y voy a una carnicería de mi barrio. La carnicería se llama ‘El Toro Willy’, así se llama. Compro, después de algunas discusiones, media res. Pido que me coloquen la media res sobre los hombros, sobre el traje recién comprado.
Salgo a caminar, entonces, cargando la media res. Algunas personas ríen, otras se sorprenden, otras me preguntan si estoy siendo filmado, si lo que estoy haciendo es para algún programa de televisión.
Motivado por el alboroto, un agente de policía que suele estar apostado en la puerta de una farmacia, se me acerca. Me pregunta qué estoy haciendo. Me pregunta si me siento bien. Me pregunta si necesito ayuda.
Me olvidé de decir que el traje es blanco. Me olvidé de decir que la carne, por el movimiento, por la diferencia de temperatura en relación con la cámara frigorífica donde descansaba, está comenzando a soltar algunos jugos.
Miro al policía y le respondo que no necesito ayuda, que no me siento bien, y que no tengo la más mínima idea de lo que estoy haciendo.
Después, con una complicada maniobra, consigo rascarme la nariz.

12.5.08

La mesa de al lado

Yo no sé qué pasa últimamente, pero no importa dónde vaya, dónde me siente, alguien se sienta en la mesa de al lado. Y ese alguien que se sienta en la mesa de al lado, siempre hace algo que me molesta. Habla, o me mira, o respira de una manera incorrecta, de una manera inadecuada.
Y es ese alguien, sentado siempre en la mesa de al lado, el que me arruina el mágico momento de estar sentado mirando por la ventana.
Así que después de pensar el tema con inusual rigor, encontré un curso de acción a seguir. Cuando entro a un bar, en lugar de escoger azarosamente una mesa para mí, me concentro, pongo mis mayores esfuerzos en detectar cuál será la mesa de al lado.
Entonces me siento en la mesa original, la mesa que hubiera elegido para mí. Viene el mozo y pido algo, cualquier cosa, lo de siempre, lo habitual según el caso. El mozo toma el pedido con su costra de indiferencia rayana en el desprecio, y cuando está por irse, lo detengo.
–Y traiga también un licuado de banana con leche y un tostado de jamón y queso, para la mesa de al lado –y señalo la mesa donde quiero la última parte del pedido, la mesa de al lado.
El mozo, acostumbrado a ver la locura en estado puro: hombres que llevan en el maletín un hámster y comparten con el bicho una porción de torta de ricota, mujeres que roban sobrecitos de azúcar y van al baño a espolvorearse con azúcar el escote, escribanos que sueñan con ser putas y putas que sueñan con ser escribanos, esas cosas, el mozo, entonces, obedece con un encogimiento de hombros.
Pero la cosa se pone peor. Porque descubro que en la mesa de al lado alguien ha pedido, al rato, cuando miro, cuando presto atención, exquisitos manjares y por alguna razón no los prueba, no se mueve, permanece en silencio, oculto, observándome, estudiándome, y yo ni siquiera consigo imaginar su rostro, mientras el sujeto se divierte al ver que me fastidia sin que yo pueda hacer nada para evitarlo.

9.5.08

Séptimo B

La otra noche, al edificio donde vivo, por decirlo de alguna forma, vino la policía. No cualquier policía, según me informa el portero sin que le pregunte, porque no hay absolutamente nada para preguntarle a un portero, porque cualquier pregunta que se le haga a un portero es retórica. Ejemplo 1: ¿Llueve? No hay más que dar cinco o siete pasos, o mirar a través del vidrio. Ejemplo 2: ¿Ganó Boca? El partido fue ayer. Fin de los ejemplos.
No cualquier policía, dijo el portero, sino una brigada especial. Se llevaron detenido al vecino del séptimo B. Esta mañana, en los diarios, está la foto, tres cuartos de perfil, del vecino del séptimo B. El título de la noticia, en un diario, es ‘atraparon al asesino de la nariz roja’. La nota explica que fue finalmente atrapado, merced a un trabajo de inteligencia policial, si la contradicción es admisible, un asesino serial. El asesino iba por su víctima número veintisiete. Mataba mujeres, de cualquier edad. No las violaba, ni las mutilaba. Antes de huir, les colocaba sobre la nariz, una nariz roja, de payaso, con su correspondiente bandita elástica.
El asesino de la nariz roja estrangulaba a sus víctimas. También era conocido como ‘el payaso asesino’. Era el hombre más buscado por la policía.
El asesino se niega a declarar el porqué, los motivos de sus acciones. Sigo el caso por televisión.
Lo insondable, las honduras de la mente humana, sus vericuetos que nadie sabrá jamás dónde conducen.
Recuerdo que el hombre estaba de traje, por lo general, sin corbata, y prolijamente peinado con raya al costado. Los domingos a la mañana, cuando yo suelo ir a comprar el diario, lo veía temprano, muy tranquilo, paseando su perro. Un perro salchicha, simpático en su andar, que se llama Wilbur.
También recuerdo que fue una de las pocas personas, sino el único vecino, con el que tuve un interesante intercambio de palabras, lo más parecido a una conversación, respetuosa y plagada de ingenio, mientras aguardábamos el ascensor.

6.5.08

Permiso para perder

Quiero que sepas que estoy mucho más orgulloso de todo aquello que me salió mal, que de todo lo que me haya salido bien.
Quiero que sepas que respeto el odio cosechado, mucho más que el amor.
Quiero que sepas que el estado de deseo es más luminoso que el estado de satisfacción.
Quiero que sepas que la carencia, el fracaso, la frustración, son el más magnífico de los motores.
Y si tuviera que elegir tu aguachenta felicidad a base de módicos y tradicionales logros, hecha de melancólicas vueltas en calesitas prestadas, entonces, prefiero revolcarme como un rinoceronte en el barro de todo lo que no me sucederá jamás.

3.5.08

Antídoto

canillas que gotean.
encendedores que no encienden.
medias agujereadas.
ascensores desobedientes.
semáforos amarillos de tanta nicotina.
vecinos y peatones,
caras sin una sola expresión.
perros que renguean
para siempre perdidos
mientras sueñan con un paraíso
donde las nubes son churrascos.

mañanas en las que vislumbro
el soberano poder de tu sonrisa.

30.4.08

53 a 1

La mujer habla en voz alta, sino sería un monólogo interior, de sus últimas y porqué no recientes vacaciones. Habla de playas de arena blanca y mares de un verde esmeralda, donde los tiburones están dispuestos a entonar temas de Frank Sinatra si uno se digna a rascarles las aletas. Habla de puestas de sol donde la gente se emociona sin motivo aparente, sólo porque la belleza incita a emocionarse, a recordar la maestra de la primaria que te acarició la cabeza, esas cosas. Habla de tragos que son servidos en cáscaras de coco o ananá, y el sabor del azúcar en los labios mientras uno juguetea con simpáticas sombrillitas en miniatura que sirven para mezclar los hielos.
La mujer está orgullosa de sus vacaciones. Entonces hace una pausa y comienza a llorar. Las lágrimas bajan por sus mejillas como pequeños animales resbaladizos. Llora y se angustia, y se tira del pelo, y vuelve a sollozar. Porque recuerda su semana de vacaciones, y no sabe cómo hará para continuar con todo lo demás.

27.4.08

Prohibido explicar

–Te quiero.
–¿Por?
–Porque te quiero, porque me gustás.
–Es muy genérico. Tiene que haber algún porqué, alguna especificidad.
–Me gusta tu forma de ser, me hacés reír.
–Eso es por la novedad, no es una cualidad duradera.
–Me atraés físicamente.
–Eso se agota aún con mayor velocidad. Con la convivencia, por ejemplo.
–Te necesito.
–No sirve, es inseguridad.
–Sos buena compañía.
–Suena limitado, lo mismo podría decirse de una mascota, de un perro, de un animal.
–Siento que somos el uno para el otro, que el destino nos puso en un mismo camino para que nos cruzáramos, que nos completamos, que para cada uno de nosotros el otro encaja de manera ideal.
–No seas fatalista. Si así fuera, ¿dónde queda la voluntad?
Se hace una pausa. Un silencio. El ruido de los autos pugnando por llegar a alguna parte, más allá del ventanal.
–No sé, tal vez tengas razón. Quizás no te quiero.
–Por un momento pensé que eras la persona perfecta para mí, qué lástima.

24.4.08

Última pizza

Volví al barrio donde había nacido. Volví al bar, al viejo bar, modificado por algún decorador imbécil, de esos que creen que la luz dicroica es sinónimo de progreso. Cuanto más luz, más progreso.
Llamé al mozo y le pedí que me trajera una pizza, grande, de muzzarella, doble queso, y cerveza de tres cuartos, y una porción de fainá.
Tardó un poco. Aproveché para mirar por la ventana, casi seguro que, de un momento a otro, me vería pasar con mi frente demasiado amplia y la preocupación que sólo se puede tener en la adolescencia. La preocupación de no encontrar el motivo específico de preocupación y aún así saber que algo importante se está escapando de las propias manos. Intuición de la fugacidad, llámenlo como quieran.
Llegó la pizza, brillante y caliente, como un sol.
Levanté la pizza con ambas palmas, despegándola del plato de madera con cuidado, el queso quemaba y chorreaba y volvía a quemar.
Entonces, con un diestro movimiento jamás ensayado, hice girar, un rápido medio giro, un instante, la pizza, en el aire, dando vuelta a través de un imaginario eje vertical, para que el piso de la pizza, por decirlo de alguna forma, quede apuntando al techo del bar, y el techo de la pizza, la parte cubierta, quede mirando al piso. Y me la planté en la cabeza. Caía el queso, quemaba de verdad. Y yo, con las manos ya libres, hice presión desde los costados de la pizza, contra mi cabeza, como si fuera una capucha y al cabo de la maniobra yo mismo fuera a emerger del otro lado.
Me quedé así, refugiado bajo la pizza, sin gritar, sin pensamientos. Porque sabía que no iba a volver al barrio donde había nacido nunca más. Y me quería llevar la adolescencia, la magia, todo lo que valiera la pena recordar.

21.4.08

Psicotécnico

–No tengo título universitario –dijo la chica–, desconozco los rudimentos de la computación, tal vez pueda pronunciar unas dos palabras en inglés. A duras penas he logrado terminar la secundaria. Pero me encuentro en condiciones de pegarles una chupada de garompa a ustedes dos, que se les van a parar los pelos de las cejas. No sé si quieren traer a alguien más para que también participe o saque fotos.
–Yo creo, Licenciado Aldazaga –dijo el Licenciado Arizmendi–, que en determinadas situaciones el test psicotécnico es una herramienta algo limitada, que no nos permite adentrarnos en las honduras conductuales de un aspirante a un puesto de trabajo.
–Ni conocer sus potencialidades –dijo el Licenciado Aldazaga, y se incorporó para entornar la puerta.

18.4.08

El especialista

Lo normal es descubrir, salvo magníficas excepciones, gente con la vocación del tamaño de un tractor, o gente con talentos no tradicionales como el ajedrez o el violín, lo normal es descubrir, entonces, a los treinta años, cuando se cumplen treinta años, por poner un número, meses más, meses menos, se descubre con sorpresa, con estupor, con asombro, con una tristeza que parece brotar de una baldosa que uno es incapaz de recordar haber pisado, se descubre que uno jamás será lo que quiso ser, que el sueño infantil, cualquiera sea, ha estallado como un frasco de mermelada contra el pavimento y ya está, uno se queda mirando el enchastre del hecho consumado.
Tal vez me explayé en exceso. Tal vez hice abuso de detalle. Sucede que lo mismo me ha pasado a mí, a los once años. Es un dolor y uno consigue acostumbrarse, como a cualquier otro dolor.
No dejes que te mate de un susto tu propio fracaso.

15.4.08

Xorg de Xiburg

Domingo. Cinco de la tarde. Frío. Una llovizna de esas disimuladas, esa llovizna que mira para otro lado, que se hace la desentendida, pero en un momento te das cuenta que tenés empapado hasta los calzoncillos, te das cuenta que no te vas a secar jamás.
El bar está repleto de gente del barrio, boludos tradicionales, sin pretensiones, el fracaso hecho una fina costra sobre la epidermis. El fútbol como coagulante, como nexo, como aglutinador que permite olvidar por un par de horas la propia vida y que mañana es lunes. El gallego puso un televisor nuevo, de pantalla grande, y cobra un peso más el café, un trato justo. Hay una nube hecha de un humo denso; aquí a nadie le importa si la nicotina mata, porque la tristeza mata mucho más.
Cada uno se ha sentado como ha podido, donde ha podido, y ya no hay grupos definidos, sino una masa amorfa, noventa y cinco por ciento masculina, con calvas relucientes y pelambres pringosas y dedos en la nariz y eructos reverberantes, con los cuellos estirados y la vista fija en el televisor como un imán de todas nuestras desesperaciones.
Es el entretiempo. La lluvia golpea contra el ventanal, y dan ganas de quedarse ahí adentro, matando la tarde aunque Boca pierda uno a cero, empapado de lugares comunes y frases hechas y puteadas y quejas existenciales demasiado existenciales para prestarles atención.
Alguien aprovecha para ir al baño. Alguien pide dos cervezas más. Alguien tira un platito de maníes y estaremos sintiendo el cricrí de los maníes debajo de nuestras suelas hasta que salgamos a la calle otra vez, a la lluvia otra vez, al lunes implacable que no tiene apuro y se relame, otra vez.
–No se puede jugar sin enganche.
–Van para atrás, están peleados con el técnico, por eso van para atrás.
–Pedime otro café, Laucha.
–Qué ganas de coger que tengo, por favor.
Se abre la puerta. Alguien va a comprar cigarrillos. Se abre la puerta. Alguien entra.
–Señores, buenas tardes, soy Xorg de Xiburg.
Alguien levanta la vista. Es un pibe delgado, parece que se va a doblar. Usa jeans que le quedan largos y los tiene doblados de manera irregular, para no arrastrarlos, va muy abrigado, con un pulóver de cuello alto, un pulóver de lana muy gruesa, de esos que ya casi no se ven en la ciudad.
Por encima del cuello del pulóver asoma su cabeza, semejante a una lámpara gigante. El cráneo rasurado parece verde, juraría que es verde, pero puede ser el efecto de la luz. El cráneo está surcado por demasiadas venas, en relieve, venas que parecen presas de una extraña movilidad, como si regurgitaran bajo la piel.
Tiene puestos lentes sin marco, detrás de los cuales pueden verse sus pupilas dilatadas, de un verde casi fosforescente, y el hecho de no verlo parpadear, ni una sola vez, aumenta el efecto, la extrañeza que produce su rostro.
Alguien lanza una carcajada, desde el fondo. Se oye el ruido de un vaso roto.
El pibe permanece de pie, contrariado, carraspea y se rasca la nariz, que es un puntito apenas, una nariz de perro pekinés. Es un momento, un fulgor, no más, pero por debajo de la manga del pulóver he visto una mano, también verde, una mano que no puede ser humana, una mano como no he visto jamás.
–¡Señores, por favor! ¡Vengo de una galaxia lejana, con la intención de…!
–¡Sentate, cara de aceituna!
–No te pongas verde, triste, que ahora lo damos vuelta. Este partido no se pierde.
–¡Gallego, te pedí dos cervezas hace media hora!
–¡Ahí salen, ahí empieza! ¿Cambiaron a Ríspoli? Ríspoli es un muerto, no puede jugar a nada.
–Sentate, pibe, tenés mal color. Capaz que te bajó la presión –un gordo abre un sobrecito de azúcar, alguien ha tirado del brazo de Xorg, dejándolo sentado en un banquito libre, algo bajo, sin respaldo. El gordo le acerca el sobrecito de azúcar y se lo echa en la boca entreabierta.
–Es la presión, pibe, es la humedad. Esto te levanta enseguida.
–¡Vamos Boquita, carajo!
–Che, se está lloviendo todo.
–Dame un faso.
Xorg está sentado con la espalda muy recta, las manos sobre las rodillas, la mirada más fosforescente que nunca.
–¿Cómo van? –pregunta.

*Hace muchos años leí un cuento, un cuento de Fontanarrosa que me gustó mucho, con esta idea. Lo que quiere decir que la idea ya la tuvo alguien, el cuento ya fue escrito. Pero no pude evitarlo, no pude evitar escribir estas líneas, y no hace daño a nadie. Se olvidan de inmediato, sin esfuerzo, y cada uno puede seguir con lo suyo. Ustedes me van a saber disculpar.

12.4.08

Será un placer

La mujer ya está desnuda, sobre la cama, recostada, o de pie. Ya ha sucedido, ha tenido lugar, lo que podríamos llamar ‘la fase previa’. La fase de calentamiento. La mujer está lúbrica, las pupilas algo dilatadas, con la respiración no agitada, pero la frecuencia de la misma algo por encima de lo normal. Su estado es de predisposición para la práctica amatoria, para la cópula, para fornicar.
Entonces usted debe decir ‘vamos a hacer algo’. O ‘tengo ganas de hacer algo’. O ‘quiero que hagas algo’. Alguna variante por el estilo, algo acorde con su forma de expresarse, con su personalidad.
La mujer, en su estado de predisposición previamente descripto, asentirá. Un leve gesto de cabeza, de afirmación, esperando que usted solicite lo que la mujer, ya ducha en las lides del amor, sabe que le solicitarán, porque le fue solicitado ya demasiadas veces como para sentirse sorprendida. Son prácticas más o menos habituales, concesiones, si se me permite el término, que un participante hace para el placer del otro, en busca de la propia satisfacción, de la propia recompensa, y el placer del otro se amalgama con el propio placer, a veces pasa, y cuando pasa es todavía mejor.
Es entonces cuando usted, desnudo también, debe ir a la cocina, abrir la heladera, y volver con un pedazo de dulce de membrillo, de un kilogramo de peso, comprado previamente.
–Frotate con el dulce –debe usted decir. Es una solicitud y una orden.
La mujer, entonces, se sorprenderá. Esto es algo, se lo aseguro, que no le fue solicitado previamente. La mujer, por su estado de predisposición, por su curiosidad natural, accederá. Tibiamente, primero, con algunas dudas. Usted debe indicarle que haga los movimientos que haría si se estuviera bañando, sólo que el pan de jabón ha sido reemplazado por el dulce de membrillo. Debe usted pedirle que se concentre, particularmente, en frotarse las partes: las tetas, el pubis, la hendidura de las nalgas, en fin. Los movimientos son circulares, o como la mujer prefiera. Tal vez, el sentirse observada la excite. Tal vez elija cantar.
Pasados unos minutos, y por el contacto con la dermis y el calor generado, el dulce perderá consistencia, y se dificultará continuar con la maniobra. Es entonces cuando la mujer, cumplido el requerimiento, pintada de dulce de membrillo, lo mirará a usted, esperando que comience la función que usted, dado que usted fue el que formuló el pedido, la función que usted, decía, tiene preparada.
–Cuidado, ni se te ocurra tocarme. Estás hecha un pegote –debe usted decir.
Porque rechazar también es un placer, y eso es algo que todos sabíamos desde un comienzo. ¿No?

9.4.08

Es relativo

–Tome usted estos comprimidos, uno por día, hasta terminar la caja. –dijo el doctor.
–¿Esto me va a curar? –dijo el paciente.
–No lo sé, no creo, pero nos da unos doce días. En doce días pueden sucederle cosas mucho más graves. En doce días quizás esta dolencia le parezca una bobada.

6.4.08

Otra lluvia

Antes de conocerte me gustaba la lluvia. Caminar bajo la lluvia es lo más cerca que he deseado estar de la naturaleza, con la exquisita excepción del mar, preferentemente de noche junto al mar.
Pero ahora sé, qué remedio, que los relámpagos y los truenos te dan mucho miedo, tus ojos miran como sólo he visto mirar a un perro que acaba de ser castigado por un impertérrito y vociferante dueño, te ponés temblorosa, frágil, te dan ganas de llorar.
Y a mí, que me gustaba la lluvia, se me da por pensar bajo qué lluvia andarás sin mi más dulce abrazo. Y me enojo, con la lluvia, me pongo mal.

3.4.08

La revolución de tu hermana

voy a explicarlo
porque merece saberse:

madurar
es el proceso por el cual
uno descubre que es capaz
de hacer

y en efecto, hace

todo aquello que hubiera estado
dispuesto a jurar
que jamás haría.

me importa un carajo si sos
una secretaria
o un durazno

y mucho menos si estás de acuerdo.


posdata:
envejecer
es descubrir que no es tan grave.

31.3.08

Curaciones

Cuando anochece, concurro a cualquier shopping center. Llevo todo el dinero que soy capaz de transportar. Llevo una mochila llena de billetes.
Camino entonces, a paso lento, contemplando las vidrieras. Me detengo frente a objetos, prendas de vestir, artículos electrónicos que fácilmente podría comprar. Miro cualquier objeto un minuto o dos, no hace falta más. Aprecio su belleza, su utilidad. Lo miro, y no lo compro.
Hecho este ejercicio, dos o tres veces, se experimenta una inaudita carga de energía, como quien ha aprendido a retener la eyaculación mediante misteriosas técnicas hindúes. Se adquiere una enigmática paz. Puede entonces marcharse a su domicilio y dormirá como un bendito, podrá descansar sin dificultad.

28.3.08

El jefe de la tribu

El jefe de la tribu, el líder, el brujo, el chamán, salió de su choza con el torso pintado de naranja y verde, tenía el conocimiento para hacer colores con extractos vegetales. Lo aguardaba una multitud silenciosa, temerosa, expectante. Llevaba puesto una peluca gigantesca, hecha con plumas de pavo real. Al verlo sobre la tarima, la gente retrocedió un poco. Las mujeres se pusieron de rodillas y de espaldas, cabeza en tierra, exhibiendo el ano como un animal que se sabe vencido, no les estaba permitido mirar a la deidad de frente.
–¡Sagarp! –dijo el jefe. Luego encendió una antorcha y la arrojó, encendida, a la multitud. Dio media vuelta y volvió a entrar a su choza.
Pasadas siete lunas volvió a salir. Había estado espiando, y salió justo cuando un relámpago cruzaba el cielo, lo cual fue un exquisito golpe de efecto. Esta vez salió sin el pecho pintado ni la peluca hecha de plumas de pavo real macho. Iba completamente desnudo, cubierto por una piel de jaguar. La piel lo cubría como una manta, por la espalda, y llevaba las extremidades de la piel atadas a sus propias extremidades con finas tiras hechas de tripa de cerdo. Pierna delantera derecha de la piel de jaguar sobre su brazo derecho, pierna trasera izquierda de la piel de jaguar sobre su pierna izquierda, cabeza de jaguar con colmillos y bigotes y ojos amarillos por sobre su propia cabeza. El efecto era el de estar viendo al jefe convertido en un mismísimo jaguar, erguido sobre dos patas, mirando con disgusto y fiereza mientras se apoyaba en un bastón hecho de fémures humanos.
–¡Shagosh! ¡Shagosh! –avanzó un paso, como si fuera a atacar, y la multitud retrocedió, los hombres dejaron caer sus lanzas y levantaron los brazos al cielo–. ¡Shagosh Impele!
Dio media vuelta y se metió en su choza, no sin antes lanzar una furibunda escupida.
Pasaron siete lunas, otra vez, y la multitud hizo guardia frente a la choza desde muy temprano. Hacía mucho frío y el ganado se moría sin explicación. El invierno parecía no sólo haberse adelantado, sino también haber aumentado en intensidad. Además, el Guerrero Quibusi había encontrado en su choza, junto al lecho de su primogénito, una mamba negra. La serpiente había mordido al niño mientras dormía dejándole una manito del tamaño de una sandía, lo cual era un claro signo del disgusto de los dioses.
El jefe, el brujo, el chamán, había pasado la noche con dos vírgenes vestales, untándolas con aceite de coco y haciéndoles, luego del rito de iniciación, cruces de esperma y nuez moscada sobre sus pequeñas frentes. Las chicas habían reído y llorado un poco y vuelto a reír. Ahora dormían desnudas y abrazadas, sobre una piel de antílope, al pie del camastro principal, junto al perro Eke, perro atorrante y bigotudo que siempre se las ingeniaba para conseguir calor y comida fingiendo una lesión en una pata.
El jefe había estado toda la noche bebiendo un aguardiente de pésima calidad, hecho con caña de azúcar, con más de cincuenta grados de alcohol. Le dolía la cabeza, sentía que le latía la nuca y detrás de los párpados. Cuando quiso frotarse con una piel de castor embebida en mentol, casi grita de dolor. Le parecía que tenía la nuca a quince centímetros de la nuca.
Se puso lo primero que encontró: un traje negro Hugo Boss, de dos botones, una camisa Armani de seda blanca, zapatos negros Salvatore Ferragamo, y un pañuelo Hermès asomando del bolsillo superior del saco, color lila, que le había traído un primo de Milán.
Se asomó, gargajeó un poco, y apuntando con un índice a una nube dijo:
–¡Shuruk! ¡Shuruk tosi nowan! –iba a meterse en la choza de inmediato, pero volvió a girar, abrió los brazos en cruz, tanto como pudo, y levantó la vista al cielo– ¡Samur nevene!
La multitud, impávida, asintió y se quedó rumiando, repitiendo las palabras del gran jefe.
El jefe de la tribu volvió a meterse en su choza y lanzó una puteada. La camisa estaba planchada para la mierda.

25.3.08

Me llamo rencor

Yo no creo que seas mejor que yo. Creo que tuviste suerte, creo que no es justo, creo que fue casualidad. Creo que de ninguna manera te merecés lo que te está sucediendo. Creo que es un error, creo que todo lo que te fue dado en algún momento deberás devolverlo, creo que las boletas revolotean sobre tu cama como buitres famélicos y no te dejan dormir, creo que los milagros golpean en algún momento a la puerta y ya no son milagros, usan sombrero de hongo y están ojerosos y grises, y dicen ‘vengo a cobrar’.
O quizás yo hice todo mal, no me hagas caso.

22.3.08

Pastillas

Deje de recordar.
*De ‘Para poder olvidar. Lección # 73’.

Cuando entro a un bar, veo en cada mesa una vida que no voy a vivir, y me surgen inmediatas ganas de felicitarme, de invitarme a un café.
*De ‘Introducción al conformismo’.

Para saber qué clase de persona sos, necesito saber si tu aburrimiento se parece más a la preocupación o a la desesperación.
*De ‘Si es preciso conocerte, si no puede evitarse’.

Ser lo bastante bueno para imaginarse cómo sería ser bueno de verdad, y al mismo tiempo saberse incapaz de llegar allí.
*De ‘Frustración’.

Después de ver por televisión cantidad de programas de cocina, estoy en condiciones de afirmar que el futuro es pasado hervido.
*De ‘Gourmet’.

19.3.08

Puede ser extraño, puede ser cruel

Veo un documental de la National Geographic. Hay un rinoceronte. El rinoceronte, al parecer, tiene deseos de fornicar. La cámara toma su mirada, de perfil, su ojo legañoso, en medio de milenarias arrugas.
El rinoceronte encuentra una hembra. Si bien no hablan, si bien no consigo descifrar ninguna conversación, la voz en off nos cuenta que la hembra está dispuesta.
Es entonces cuando la hembra comienza a correr. No a caminar, ni a dar vueltas, sino a marchar a paso vivo. La hembra ha soltado algún olor peculiar, y marcha, veloz, con destino incierto. El rinoceronte la sigue, manteniendo el paso, olvidando todo lo demás.
Cuenta la voz que la hembra mantiene esa marcha durante días. Ya se ha hecho referencia a la predisposición, por lo tanto, dice la voz en off, el objeto es probar el estado físico del macho que la ha elegido, antes de dejarse alcanzar.
Puede ser extraño, puede ser cruel, puede ser algo que debe ser hecho de esa forma, algo natural. Sorprendente.
Pero no le pide dinero, en ningún momento del documental. Y eso me sorprende, también.

16.3.08

El día del desafío

El joven practicante de artes marciales entró al templo. Era muy temprano, de madrugada, y el sol se negaba a aparecer. Las alturas de la montaña Ku Soi Wen permitían, a los pocos elegidos de entre millones de aspirantes que se presentaban año a año para ser aceptados entre los discípulos, disfrutar del paisaje más maravilloso de todo China. Pero hacía frío.
Isogu había ingresado al templo teniendo tan sólo nueve años. Hijo de una humilde campesina y vaya a saber quién, tal vez un mongol que había bajado del caballo a orinar o a beber, y había dejado preñada a la mujer, para luego retirarse sin emitir mucho más que un sonido gutural.
Después de haber vagado durante su corta vida, comiendo un mendrugo de pan y un puñado de arroz, de vestir con harapos, de vivir como un lobo, sin saber mucho más que unas once palabras, había pasado un día por la puerta del templo. Como no tenía nada para hacer, y una interminable fila de muchachos de todas las edades esperaba, se había sentado a esperar también.
Cuando le tocó su turno después de nueve noches y nueve días de esperar a la intemperie, cuando llegó a la entrada del monasterio hecho de la piedra más maravillosa que nadie jamás hubiera visto, con sus furiosos dragones abrazados a columnas de jade que flanqueaban el inmenso pórtico de oro puro, se le permitió pasar, avanzar tan sólo tres pasos.
Los tres monjes examinadores le preguntaron porqué quería dedicar su vida al Kung Fu, porqué quería vivir para siempre bajo los designios del tigre y el dragón, cuáles eran sus habilidades especiales.
Cansado, exhausto, confundido por el hambre y la espera, el joven Isogu lanzó un aullido que estremeció las farolas de papel que adornaban la entrada. Luego emprendió una corta carrera en cuatro patas, y mordió con todas sus fuerzas los testículos de uno de los guardias que, despreocupado y de espaldas, se desmayó de inmediato.
Se le permitió quedarse, vaya uno a saber porqué. De eso hacía ya once años.
Isogu aprendió a hablar, a comer, aprendió artes marciales. Se volvió un verdadero maestro, temible en el manejo de sus manos y la espada, indomitable e indetenible en cada combate, sumiso y obediente a sus maestros a medida que se perfeccionaba, que se hacía hombre.
Isogu entró al templo esa mañana helada y se dirigió de inmediato a la sala de práctica, pasando la galería principal, donde pequeños budas de piedra recordaban a cada uno de los venerables predecesores que habían conducido los destinos del templo.
En la sala, iluminada apenas por la tenue luz del día que se negaba a comenzar, Pion Lin, su maestro de toda la vida, encendía cada una de las novecientas cuarenta y dos velas que circunvalaban el sagrado recinto.
El maestro Pion Lin le había enseñado todo lo que sabía. Llevaba puesto su tradicional kimono amarillo, y su cabeza rasurada parecía casi azul, por el frío. El maestro Pion Lin siguió encendiendo las novecientas cuarenta y dos velas, como cada mañana desde hacía treinta y siete años, sin prestarle atención.
Isogu sabía que el período de enseñanza había llegado a su fin. Sabía que la vida en el templo, y por ende la vida como él la conocía en su totalidad, había terminado. Sabía porqué había concurrido aquella mañana, tan temprano, después de beber un vaso de leche mezclado con la sangre de tres palomas blancas.
Isogu se quitó la camisa sin cuello de su uniforme negro, desabrochando con cuidado cada uno de los botones de nácar. Su cuerpo, trabajado al máximo, era un intrincado cableado de tendones, no había en él una pizca de grasa.
Hizo un lento y estudiado movimiento de manos que asemejaba la picadura de una cobra, con sus rodillas en una ínfima flexión y la mirada fija en la espalda, algo encorvada por cierto, del maestro.
–Maestro –su voz fue un susurro de chi contenido–, he venido a desafiarlo.
Pion Lin giró su hirsuta cabeza, apenas.
–Tomatelás, pendejo –dijo–. Hace un frío.

13.3.08

Arquímedes 3, Hundred 0

Todo cuerpo sumergido en agua recibe un empuje de abajo hacia arriba igual al volumen de agua desalojado (Arquímedes).
Todo cuerpo sumergido en agua recibe un empuje de arriba hacia abajo igual a, bueno, habría que preguntarle al que me empujó. ¿Son graciosos, no? (Hundred).
Denme una palanca, y moveré el mundo (Arquímedes).
Denme trescientos sesenta mil dólares, y te muevo lo que quieras (Hundred).
El lado del hexágono regular inscrito en un círculo es igual al radio de dicho círculo; así como que el lado del cuadrado circunscrito a un círculo es igual al diámetro de dicho círculo. De la primera proposición se deduce que el perímetro del hexágono inscrito es tres veces el diámetro de la circunferencia, mientras que de la segunda proposición se deduce que el perímetro del cuadrado circunscrito es cuatro veces el diámetro de la circunferencia.
Se afirma además que toda línea cerrada envuelta por otra es de menor longitud que ésta, por lo que la circunferencia debe ser mayor que tres diámetros, pero menor que cuatro. Por medio de sucesivas inscripciones y circunscripciones de polígonos regulares se determina el valor aproximado de pi (Arquímedes).
Estas milanesas están buenísimas. ¿Quedó más puré? (Hundred).

10.3.08

Servime otro martes

La falta de sentido en todo lo que hago, en todo lo que veo, no me impide continuar, cosa extraña y porqué no paradojal, haciendo y viendo.
El desapego se transforma en indolencia, en qué otra cosa podría transformarse.
El virus del fastidio hace una clásica pirueta y muta con displicencia hacia el tedio.
Claro que te estoy prestando atención, te estoy escuchando. Me interesa lo que me decís.
Estás deprimida, te parece. Mirá vos.

7.3.08

Cortinas

Sábado, nueve de la mañana, el otoño mancha las cosas de un melancólico gris. Bajo con mi bolsa de ropa para lavar. Voy al lavadero. Al lavadero de los chinos. El chino se llama, así me lo ha dicho, o yo lo he establecido y él no ha considerado relevante desmentirlo, se llama, decía, Li.
Conozco a Li desde hace unos cuatro años. El primer año, le enseñé a decir ‘buen día’. El segundo año, le enseñé a decir ‘¿todo bien?’. El tercer año, le enseñé a decir ‘nos vemos’. El parece disfrutar nuestro diálogo semanal, hecho de una sola oración.
Yo: Buen día, Li.
Li: Mdía.
Al año siguiente.
Yo: ¿Todo bien?
Li: ¿Tuwein?
Al año siguiente. Cuando ya he dejado mi ropa y le he pagado.
Yo: Nos vemos.
Li: Lemos.
Estoy pensando cuál será la frase del año en curso. Aún no lo he decidido. Li me recibe expectante, con interés, cuenta las camisas para planchar, y distribuye mi ropa en un par de canastos de plástico azul, usando un criterio que no consigo descifrar.
Luego debo darle veinte pesos, y él debe darme las camisas, planchadas, de la semana anterior. Hasta que me decida, hasta que agregue una nueva frase al repertorio, diré ‘nos vemos’. Tal vez la frase de este año sea ‘Calor’, o quizás, arriesgándome en las procelosas aguas del lenguaje, la frase sea ‘Mucho calor’.
Entra al local una mujer. La mujer es igual, en sus medidas, de ancho que de alto. Va vestida de manera tosca, con un arrugado vestido floreado. El vestido es verde, las flores amarillas. Lleva zapatos muy antiguos, y las piernas enfundadas en medias de color carne. Su cabello es corto, entrecano, y el ceño fruncido no podría ser alterado ni a punta de cincel.
Estamos en el local, solamente, Li y yo.
–Necesito que las cortinas tengan mucho suavizante, y cuidado con los bordes porque las puntillas…
La mujer parece no haber registrado mi presencia. Ha extraído dos gruesas cortinas de un bolso negro que ha dejado junto a su cartera, por seguridad, como si alguien pudiera querer robarle algo, entre sus piernas. Apoyó las cortinas sobre la mesa, sobre mi ropa. La mujer levanta un dedo, da instrucciones, su expresión es severa.
–Señora –le digo–. Estoy yo.
–La última vez las cortinas quedaron con manchitas, y eso es porque las lavaste junto con otra cosa, un par de medias, no sé –La mujer sigue con su diatriba.
–Señora –digo. Tiene que verme. Es imposible que no me vea. Mido un metro noventa.
–Y las voy a venir a buscar hoy a la tarde, Li. No quiero esperar un día. Ustedes los chinos son muy haraganes, y este país les dio todo.
–Señora, va a tener que esperar que me terminen de atender, va a tener que esperar que yo me vaya –algo me pasa, me conozco. Algo en mí se ha corrido de lugar, algo no está bien. Estoy perdiendo el control.
–Para la tarde, entonces. ¿A las cinco?
–Vas a tener que esperar, vieja de mierda, porque si no te voy a cagar las cortinas –Tomo las cortinas y las arrojo al piso, hechas un bollo. Me bajo los shorts y los calzoncillos en un solo movimiento, y me acuclillo sobre el montón de género. Hago fuerzas, ahora he logrado captar su atención. Se lleva el dorso de una mano a los labios, y retrocede un paso, aterrada. Li, por primera vez desde que lo conozco, se toma la frente y niega con la cabeza.
–Ahora vas a ver –digo. Me pongo rojo, hago un esfuerzo importante pero estoy incómodo. Me duelen las rodillas, y las cortinas me hacen cosquillas en los testículos. No consigo defecar, por más que lo intento.
La mujer logra recuperar las cortinas de un tirón, y huye despavorida, olvidando el bolso. Oigo el taconear de sus zapatones en retirada.
Me pongo de pie. Me subo los shorts. Li me mira con las manos a la espalda.
–Va a hacer calor, Li, mucho calor. –Le doy veinte pesos, me da mis camisas.
–Calol –dice Li.

4.3.08

amanece

tengo tremendas dudas
si el mundo soportará
un día más.
pero justo desde mi ventana
puedo ver ahí
entre dos edificios
asomarse con timidez al sol.

el croupier celestial
ha echado a rodar
otra bola.
hagan sus apuestas.

29.2.08

Hola, doctor

El filósofo escocés, pensador finisecular, y amigo, Paul Maker, me contó que en una oportunidad, viendo determinadas y preocupantes patologías de su conducta, familiares y amigos lo instaron a concurrir a la consulta de un afamado psicoanalista.
Para no defraudar, para no discutir, Paul Maker concurrió a la cita. Tomó asiento en el confortable diván y dijo:
–Hola, doctor. Sueño de manera recurrente que copulo con un delfín. Sueño que me sujeto de sus aletas y lo fornico por detrás, mientras el delfín gira de manera enloquecida en el estanque, emitiendo ese sonido tan particular, tan característico. Si me inclino hacia un costado puedo ver que el delfín tiene esa singular sonrisa en su rostro, y no para de nadar en círculos, y eso me da fuerzas para continuar, para embestir. Y una multitud azorada se pone de pie en las gradas y hace un silencio de puro estupor.
El afamado psicoanalista no volvió a ser el mismo, nunca más. Al poco tiempo dejó la profesión. Dicen que se fue a vivir al sur, puso un local de venta de matafuegos, sierras, hachas de mano, cosas así.

26.2.08

Como en aquella película

Ella me dijo que me odiaba. Que jamás me había querido. Que estar conmigo le había resultado una experiencia tremendamente traumática, desagradable. Que yo la había hecho infeliz. Y claro, porqué no, que me había dado los mejores años de su vida. Que yo era, y seguía siendo, malo. Egoísta. Una bestia sin alma. Frío. Hermético. A veces, triste.
Siguió hablando por un rato largo, enumerando un catálogo de barbaridades, todas las cuales me representaban a mí, como persona.
Golpeaba con su pequeño puño, rítmicamente, sobre la mesa. Se alisaba con desesperación, con una mano, su fantástico cabello. Los ojos se le humedecieron de lágrimas. Una vez agotada de tanto quejarse, lanzó un lastimero aullido, como un animal herido, como sólo un animal se animaría a lidiar con el dolor, como quien no concibe, no consigue entender la composición intrínseca de la mala suerte.
Después hizo silencio, y me preguntó si yo quería decir algo.
Cada desayuno compartido, cada cópula, cada abrazo, cada brindis, cada sonrisa, se habían transformado en esto. Como aquella película donde se colocaba una fruta arriba de una mesa, y se la fotografiaba, una y otra vez, hasta que se transformaba en algo diferente, en una cosa podrida.
Llamé al mozo, pedí la cuenta.

22.2.08

Pesca sin mosca

En medio de una conversación, cualquier conversación, con un interlocutor, un interlocutor cualquiera, suelo, de pronto, de improviso, de manera absolutamente extemporánea y porqué no fuera de contexto, decir la frase ‘yo ya fracasé’.
Se genera, entonces, un incómodo silencio, una pausa repleta de estupor y confusión, y la expresión del interlocutor adquiere una pesadumbre, una hondura, tan inesperada como preocupante.
De inmediato, el interlocutor intenta una explicación vigorizante, rebatir el concepto, ensayar una defensa de mi situación ante el universo, que en absoluto le fue solicitada.
El interlocutor de pronto debate y lucha como un pez que comprende una milésima de segundo tarde que ha mordido un anzuelo, que su vida jamás volverá a ser lo que era antes, y siente el metálico dulzor del fastidio.
Yo sigo con la conversación, con la charla, o tomo mi bebida, o miro por la ventana, pero el interlocutor ya no está allí presente, necesita ponerse de pie, caminar, partir sin rumbo fijo, como si su existencia hubiera adquirido de pronto un inconcebible peso.
Y la frase se va y lo acompaña, como un virus servicial, obligándolo a dudar de todo, de sus más íntimas convicciones, para siempre.

19.2.08

Jugador

No sé jugar a nada. No juego a las cartas. No juego al ping pong. Ni al fútbol, ni al vóley. Ni juego al dominó.
La ablación de lo lúdico es una de las cosas más tristes que te pueden pasar. Perfectamente comparable con un defecto físico, o la miseria extrema.
Es por eso que me puse tan contento la otra mañana. Cuando descubrí que podía jugar. Con las palabras.

15.2.08

Para tu conocimiento

Quiero que sepas que lo que nos sucedió no fue abstruso ni abyecto.
Quiero que sepas que lo que aconteció no fue aristotélico ni kantiano.
Quiero que sepas que lo que pasó no fue pantagruélico ni hipergeométrico.
Quiero que sepas que lo que hicimos no fue aerodinámico ni asintótico.
Quiero que sepas que lo que intentamos no fue paradojal ni diacrónico.
Quiero que sepas que lo vivido no fue taxidérmico ni crematístico.
Quiero que sepas que lo que compartimos no fue subrogado ni parametrizado.
Cogimos un poco. Teníamos ganas.

12.2.08

En el nombre del perro

La historia es más o menos así:
La mujer es viuda. La mujer tiene dinero, mucho dinero. La mujer tiene como cincuenta propiedades. La mujer vive en una mansión, con tres mucamas, y un perro que recogió de la calle, siendo cachorro. El perro es bigotudo, desprolijo, atorrante. El perro se llama Caruso.
La mujer, por una venta de una casa, conoce a un abogado, que es amigo de un amigo mío. El abogado cuenta la historia.
La mujer quedó satisfecha con los servicios del abogado en la venta de la casa. Le toma confianza. Le toma cariño.
La mujer está muy mayor, muy enferma. Sabe que va a morir. Contrata al abogado, al amigo de mi amigo, como albacea.
El hombre debe administrar los bienes de la mujer, ocuparse de la sucesión, que se cumpla su voluntad.
Aquí empieza lo interesante.
La mujer le deja un departamento al abogado, al albacea, un departamento pequeño a cada una de las mucamas, y todo el resto debe ser donado a obras de caridad.
Pero.
Pero mientras viva el perro, todo es del perro. Todo es de Caruso. Nada puede ser vendido, mientras Caruso esté con vida. Eso implica que mientras el perro viva, las mucamas viven en una mansión, con regios sueldos, sin otra cosa que hacer que alimentar al perro, y sacarlo a pasear dos veces por día, media hora cada vez. Hay un veterinario contratado para ir a ver al perro, una vez por semana, y presentar un informe acerca del estado de salud del perro. De Caruso. El veterinario cobra, por el mencionado servicio, una fortuna.
El abogado, el amigo de mi amigo, también cobra una fortuna, mes a mes, como albacea.
Todos los involucrados en la historia tienen la vida resuelta, mientras viva el perro. Cuando el perro muera, el 99% de la fortuna será donada, se entregará un departamento aquí y allá, y fin.
El veterinario fue a hablar con el abogado, el amigo de mi amigo, el otro día. Su tono era confidencial. Le dijo que tiene un perro similar, parecido, ideal para sustituir a Caruso cuando muera, y seguir con el esquema vigente, cinco o diez años más. Pero el abogado, el amigo de mi amigo, es abogado y respeta la ley y se comprometió a cumplir el mandato de una mujer moribunda. Sus más íntimas convicciones están en juego ahí. No puede hacer eso.
Una de las mucamas fue a ver al abogado. Le propuso llevar una perra, y que Caruso tenga un hijo. Esto fue algo que la viuda no contempló. Si Caruso tiene un hijo, será un legítimo heredero, y tendría derecho, tal vez, al mismo trato que Caruso. De esta forma se podría continuar, quién sabe por cuánto tiempo.
Sin haber recibido aprobación del abogado, la mucama introdujo una perra en la mansión, una perra en celo. Pero Caruso se dedica todo el día a estar echado sobre sus almohadones. Caruso se niega a fornicar. Las mucamas han llegado al extremo de intentar estimular al perro, de masturbarlo, preferiría no entrar en detalles. Pero Caruso no se digna a participar de una cópula canina.
En un parque, en un descuido, Caruso baja a la calle y es atropellado por un camión. Sufre un golpe tremendo, tiene conmoción cerebral, y fractura de las dos patas traseras.
Caruso permanece internado en la mejor clínica de la ciudad, recibiendo los cuidados de los más afamados especialistas.
Mientras en la sala de espera las mucamas, el veterinario, el abogado, y una simpática perra color té con leche, guardan un respetuoso silencio, y rezan para que Caruso no muera.

9.2.08

Entropía

1. Magnitud termodinámica que mide la parte no utilizable de la energía contenida en un sistema.
2. Medida del desorden de un sistema. Una masa de una sustancia con sus moléculas regularmente ordenadas, formando un cristal, tiene entropía mucho menor que la misma sustancia en forma de gas con sus moléculas libres y en pleno desorden.
3. Medida de la incertidumbre existente ante un conjunto de mensajes, de los cuales se va a recibir uno solo.
O quizás abrí la puerta desnudo. Eso fue todo.

Consejos prácticos de escasa utilidad

Cuando una pareja camina por la calle, cuando están juntos, felices de estar juntos a pesar de todo, dispuestos a luchar por algo que parece relevante, a insistir sin saber en qué, a intentar algo que podría denominarse un proyecto en común.
Cuando una pareja camina por la calle, decía, no debieran caminar abrazados, de ningún modo, ni del brazo, a la antigua usanza, ni siquiera de la mano.
La forma correcta de caminar es aquella en la cual uno de los miembros integrantes de la pareja, sostiene en su mano el meñique de una mano de su acompañante.
Es esta una delicada y exquisita forma de exhibir el afecto, la ternura, al tiempo que queda en evidencia la fragilidad de los piolines que sostienen una vida.

*No intente sostener durante la caminata el dedo meñique de un pie de su pareja. Las cosas tampoco funcionan así.

6.2.08

Tragediómetro

Si yo tuviera la oportunidad de terminar con el hambre en África, no lo haría.
Si yo tuviera la posibilidad de terminar con las catástrofes naturales, los terremotos, los tornados, no lo haría.
Si yo tuviera la chance de evitar, cada tanto, un accidente aéreo, no lo haría.
No quisiera yo dejarte sin tema de conversación, frente a tu propia vida.

2.2.08

Teoría, teorías

Fui al zoológico. Llevé una pizza grande napolitana con ajo para el cocodrilo, una botella de whisky Johnnie Walker etiqueta negra para la jirafa, chocolate con avellanas para el león.
Los animales me respondieron con su animal desinterés.
Habrá que darle algo de crédito a Darwin, nomás.

100.324

ahora que no estás
aprovecho para recordarte
de la mejor manera posible
y es cien mil
trescientas
veinticuatro
veces mejor que tu presencia


nada que vos hagas con tu vida
será mejor de lo que yo imagine.

te condeno a estampar
un modesto azulejo
de mi mente.


*este poema fue escrito hace años. ya saben lo que se dice en estos casos: era muy joven, no sabía lo que hacía.